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CAPÍTULO VII Pasó otra noche, y la mañana siguiente trajo un gran acontecimiento. Era una mañana sin nubes, clara, fresca, llena de rocío. Las hojas de los árboles y los arbustos parecían despedir un aroma más dulce que de ordinario. De la pradera llegaban y ascendían hasta la copa de los árboles grandes nubes de perfume. —¡Piip! —dijeron los pájaros al despertar. Lo dijeron con mucha suavidad. Pero como todavía flotaba en el ambiente la grisácea penumbra del amanecer no agregaron nada más por el momento. De pronto sonó en los ámbitos del bosque el graznido áspero de la corneja. Parece que las cornejas ya estaban despiertas y se visitaban las unas a las otras en las copas de los árboles. La urraca dejó oír enseguida su “shackarakshak”, y agregó: —¿Creyeron ustedes que yo estaba dormida? Y a continuación un centenar de vocecitas empezaron a dejarse oír aquí y allá, muy suavemente al principio: “¡Piip! ¡piip! ¡tiú!” En esas voces todavía se notaba algo del sueño de la noche precedente. De pronto un mirlo voló hasta la cima de una haya. Se encaramó sobre la ramazón más alta y se quedó allí mirando cómo allá lejos, por encima del bosque, los cielos aún no despejados del todo de la somnolencia nocturna, de color gris pálido, empezaban a adquirir un resplandor de vida, lejos, hacia el Este. El día se acercaba por fin; y el mirlo empezó a cantar. Su cuerpecito negro no parecía más que una manchita oscura visto desde el suelo. Podía confundírsele con una hoja muerta. Mas su canto fluía lleno de júbilo y de vida, llenando toda la floresta. Entonces todo pareció despertar en el bosque. Los pinzones trinaban, y el diminuto petirrojo y el pintacilgo también se dejaban oír. Las palomas iban alborotadamente de un lado para el otro, haciendo mucho ruido con su batir de alas. Los faisanes cacareaban de una manera que parecía que la garganta les iba a estallar. El rumor de sus alas al volar de la ramazón de los árboles al suelo, era suave y a la vez potente. Y no dejaban un instante de emitir su llamada metálica y quebradiza, seguida de un cloqueo muy suave. Bien arriba, los halcones gritaban con voz alegre y aguda: —¡Yayaya! Salió el sol... —¡Diú-diyú! —cantó regocijado el jilguero, volando de rama en rama. El cuerpo amarillo brillaba a la luz matinal, dando la impresión de una bola de oro alada. Bambi se encaminó hacia el roble grande del prado, que centelleaba por efectos del rocío que lo cubría. El aire estaba embalsamado con el suave aroma del pasto, de las flores y de la tierra mojada; y se oían flotar las voces de las mil criaturas vivientes de los alrededores. La amiga liebre estaba ahí, al parecer sumida en graves reflexiones. Un faisán arrogante, henchido de vanidad, pasó pavoneándose y mordisqueando una que otra semilla que encontraba entre el pasto, mas sin dejar por eso de mirar precavidamente en todas direcciones. El azul metálico oscuro de su nuca brillaba a la luz del sol. Uno de los príncipes se acercó y se detuvo Junto a Bambi. Éste nunca había visto desde tan cerca a uno de los padres. El ciervo se encontraba inmediatamente delante de él y junto al macizo de avellanos, cuyas ramas le ocultaban un tanto. Bambi no se movió. Quería que el príncipe saliese del todo al claro; al mismo tiempo titubeaba y no sabía si dirigirle o no la palabra. Deseoso de consultar a su madre, la buscó con la mirada. Pero ésta ya se había ido y se encontraba a cierta distancia, conversando con la tía Ena. En ese momento Gobo y Falina salieron corriendo del bosque. Bambi seguía pensando, inmóvil. Si ahora iba al encuentro de su madre y los parientes tendría que pasar por donde se encontraba el príncipe. Y se sentía como incapacitado para hacer eso. —Oh, bueno —pensó—; no tengo por qué preguntárselo a mi madre. El viejo príncipe habló conmigo y, sin embargo, yo no se lo dije a ella. Me acercaré y le diré “buenos días, príncipe”. No puede ofenderse por esto. Pero si llega a enojarse, me escaparé corriendo. Bambi empezó a luchar con su resolución, que ya flaqueaba. El príncipe salió de detrás del macizo de avellanos al prado. —Ahora —se dijo el joven ciervo. Entonces se oyó un estruendo parecido al del trueno. Bambi se estremeció, sin darse cuenta de lo que acababa de ocurrir. Pero vio al príncipe dar un salto delante de sus propias narices para volver a introducirse enseguida, a toda velocidad, dentro del bosque. Entonces miró a su alrededor lleno de estupefacción. El aire parecía vibrar aún por efecto del estruendo. Vio cómo su madre, tía Ena, Falina y Gobo volvían precipitadamente al bosque. Vio cómo la amiga liebre pasaba por su lado corriendo como alma que lleva el diablo. Vio al faisán, que también corría con el cuello muy estirado hacia adelante. Y notó que de pronto el bosque se llenaba de un profundo silencio. Decidido, él también volvió a la espesura. Pero apenas había dado unos pocos saltos, cuando se encontró con el príncipe tirado en el suelo, a sus pies, inmóvil. Se detuvo horrorizado, sin darse cuenta de lo que eso significa. El príncipe sangraba abundantemente de una herida grande que tenía en el hombro. Estaba muerto. —¡No te detengas! —le ordenó a su lado una voz. Era la de su madre, que pasó junto a él a todo galope. —¡Corre! —le gritó volviendo la cabeza—. ¡Corre tanto como puedas! Y siguió corriendo sin disminuir la velocidad de su carrera. Sin embargo su orden tuvo por parte de Bambi inmediata obediencia; y ahora corría con todas sus fuerzas. —¿Qué pasó, mamá? —preguntó luego—. ¿Qué pasó? La madre le contestó con voz entrecortada por la fatiga: —¡Fue... Él! Bambi se estremeció; los dos reanudaron la carrera. Por fin se detuvieron, pues estaban sin aliento. —¿Qué pasó? ¿Qué dicen que pasó? —preguntó entonces una voz que venía desde arriba. Bambi levantó la cabeza. Era la ardilla que descendía por las ramas sin parar de hacer preguntas. Luego agregó: —Yo corrí todo el camino junto con ustedes. ¡Qué cosa terrible! —¿También tú estabas allí? —le preguntó la madre de Bambi. —¡Es claro que estaba! —replicó la ardilla—. Todavía estoy temblando de miedo. Enseguida se sentó con el cuerpo erguido, equilibrándolo con la hermosa cola, sacó el blanco pecho y apretó las patitas menudas contra el pecho, llena de nerviosidad. —¡Ah! —añadió—. ¡Estoy fuera de mí de puro excitada! —Yo también —dijo la madre de Bambi—; el miedo me ha dejado sin fuerzas. No logro comprender cómo pudo ocurrir la cosa. Ninguno de nosotros vio nada. —¿De veras? —dijo la ardilla con aspereza—. Pues yo le vi. Yo le vi. —Y yo también —dijo otra voz. Era la urraca, que se acercó volando para posarse en una rama. —También yo le vi —dijo alguien desde más arriba con un graznido. Era el grajo, que estaba sobre la rama de un fresno. Dos cornejas graznaron ásperamente, también desde lo alto de los árboles: —Pues nosotros le vimos también. Todos se pusieron a charlar con suma gravedad. Estaban muy excitados, y parecían a la vez llenos de enojo y de miedo. —¿A quién? —se preguntó Bambi—. ¿A quién visteis? —Yo hice todo lo posible —decía la ardilla, apretando las patitas contra el corazón—; hice todo lo posible por prevenir al pobre príncipe. —Yo también —protestó el grajo con su voz áspera—. ¿Cuántas veces le grité? Pero él no quiso escucharme. —Tampoco me escuchó a mí —chilló la urraca—. Le llamé por lo menos diez veces. Hasta quise volar por encima de él, porque me pareció que no alcanzaba a oírme; “volaré hasta el macizo de avellanos”, me dije. “Allí no podrá menos que oírme”. Y en ese preciso instante ocurrió la desgracia... —Mi voz es tal vez más fuerte que la de todos vosotros; yo le previne lo mejor que pude —dijo la corneja con desfachatez. Pero caballeros de tal estampa prestan poca atención a los que son como nosotros. —Demasiado poca, sí —convino la ardilla. —En fin, hicimos lo que pudimos —agregó la urraca—. Nosotros no tenemos la culpa de que ocurran accidentes así. —¡Era un príncipe tan hermoso! —se lamentó la ardilla—. Y estaba realmente en la flor de la vida. —¡Aakj! —graznó el grajo—. Hubiese sido mejor para él no mostrarse tan orgulloso y prestar atención a nuestras voces. —No puede decirse que fuese un príncipe orgulloso. —Por lo menos, no más que los otros príncipes de su familia —agregó la urraca. —Bah, no era más que un estúpido —dijo el grajo en tono despectivo. —El estúpido eres tú —le contestó la corneja desde arriba—. No hables de estupidez porque todo el bosque sabe cuan estúpido eres. —¡Yo! —exclamó el grajo, tieso de estupefacción—. Nadie puede acusarme a mí de estupidez; puedo ser algo descuidado, pero nunca estúpido. —Bueno, lo que tú quieras —replicó la corneja con gravedad—. Olvida lo que te dije; pero recuerda que el príncipe no murió porque fuese orgulloso o estúpido, sino porque nadie puede escapar a Él. —¡Aak! —graznó el grajo—. No me gusta esta clase dé conversación. Y se alejó volando. La corneja agregó entonces: —Él ya ha eliminado a varios de mi familia. Mata a todo el que se le antoja. Nada puede protegernos contra Él. —Hay que estar constantemente en guardia contra Él —intervino la urraca. —Ya lo creo que sí —dijo con tristeza la corneja—. Adiós. Y se fue volando seguida por su familia. Bambi miró a su alrededor. Ya su madre no estaba allí. —¿De qué está hablando ahora esta gente? —se dijo—. Yo no alcanzo a comprenderlo. ¿Quién es ese Él de quien hablan tanto? Aquel a quien yo vi entre los matorrales también era Él; y sin embargo, no me mató. Después Bambi pensó en el príncipe, yacente a sus pies, con el hombro deshecho, ensangrentado. Ahora estaba muerto... Bambi empezó a caminar. Nuevamente el bosque cantaba con sus mil voces; el sol atravesaba el follaje con sus fuertes rayos de luz. Había luz en todas partes. Las hojas empezaban a despedir olor. Muy arriba, en lo alto, los halcones soltaban su grito; muy cerca un pájaro carpintero picoteaba un tronco como si nada hubiese ocurrido. Bambi no se sentía nada feliz. se sentía amenazado por un peligro indefinible. No comprendía cómo otros podían vivir tan despreocupados y contentos cuando la vida era tan difícil y peligrosa. Después, se sintió invadido del deseo de penetrar en lo más espeso del bosque; quería llegar hasta lo más recóndito. Ansiaba encontrar un escondite donde, protegido por todos lados por la impenetrable espesura, no pudiese ser visto por nadie. Ya no quería volver nunca más al prado. Algo se movió suavemente entre unas matas. Bambi retrocedió violentamente. El viejo ciervo estaba frente a él. Bambi temblaba. Quería huir; sin embargo, pudo dominarse y permanecer en el mismo sitio. El ciervo le miró con Sus ojos grandes, de mirada profunda, y preguntó: —¿Tú también estabas ahí cuando ocurrió la desgracia? —Sí —replicó él en voz baja—. Sentía repercutir los fuertes latidos del corazón en la garganta. —¿Dónde está tu madre? —preguntó el príncipe. Bambi contestó con voz más baja aún: —No lo sé. El viejo ciervo siguió mirándole. —No lo sabes, y sin embargo, ¿no la llamas? —preguntó. Bambi fijó la mirada en el rostro noble; después se fijó en las cuernas del ciervo, y se sintió repentinamente lleno de coraje. —Yo también puedo arreglármelas solo ahora —dijo. El príncipe le estudió un instante; después preguntó en tono bondadoso: —¿No eres tú el pequeñuelo que encontré hace poco, llorando y clamando por su madre? Bambi se sintió algo confundido, pero el coraje no le abandonó. —Sí, soy yo —confesó. El ciervo se quedó mirándolo en silencio, y a él le pareció que ahora los ojos de mirar profundo tenían una expresión más tierna. —En aquella oportunidad tú me reprendiste, príncipe —agregó, excitado—, porque yo tenía miedo de quedarme solo. Desde entonces he dejado de tener miedo. El ciervo le miró con estimación y esbozó una ligerísima sonrisa, poco visible para quien no se fijase bien. Sin embargo, Bambi la notó. —Noble príncipe —dijo entonces en tono confidente—, ¿qué ha sucedido? Yo no logro entenderlo. ¿Quién es ese Él del que hablan todos? Pero calló enseguida, aterrorizado por la mirada severa que le mandó callar. Siguió una pausa. El viejo ciervo parecía tener la mirada perdida en lontananza. Después dijo, hablando lentamente: —Escucha, olfatea y mira por ti mismo. Averígualo tú solo. Después irguió la cabeza con las maravillosas astas. —Adiós —dijo, y nada más. Enseguida desapareció. Bambi permaneció anonadado, con deseos de llorar. Pero el “adiós” del príncipe todavía vibraba en sus oídos y le sostuvo. “Adiós”, le había dicho. Luego no podía estar enojado con él. Esto le hizo sentirse contento y orgulloso, y a la vez inspiró en él pensamientos profundos. Sí, la vida era difícil y estaba llena de peligros. Pero, ocurriera lo que ocurriese, él sabría hacer frente a todo. Caminando lentamente, se introdujo en lo más espeso del bosque.
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