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CAPÍTULO X El invierno pasaba lentamente. A veces la temperatura se elevaba un poco; después volvía a nevar; la nieve se amontonaba, y formaba una capa tan espesa que resultaba imposible quitarla. Lo peor era cuando venía el deshielo y el agua derretida volvía a congelarse al llegar la noche. Entonces se formaba una capa resbaladiza de hielo que se rompía a menudo en astillas que lastimaban y cortaban los tiernos menudillos de los ciervos hasta hacerles sangrar. Hacía varios días que caía una helada intensa. El aire era más puro y estaba tan enrarecido como no lo estuviera hasta entonces; a veces desplegaba gran energía y soplaba convertido en viento silbante. Era el suyo un silbido agudo, muy propio del tiempo frío. En los bosques reinaba el silencio; pero todos los días sucedía algo horrible. Una vez las cornejas se echaron sobre el hijito de la amiga liebre, que yacía enfermito, y lo mataron de una manera despiadada. El pobrecito estuvo lamentándose lastimeramente durante largo rato. La amiga liebre no estaba en casa; y cuando se enteró de la triste noticia se puso fuera de sí por la pena. Otra vez la ardilla anduvo corriendo alocadamente, debido a una gran herida que le produjera el hurón al cogerla con los dientes. La ardilla había escapado por puro milagro. No podía hablar debido al dolor intenso que sentía, pero corría como enloquecida de una a otra rama. Todos podían verla. Parecía haberse vuelto loca de veras. De vez en cuando se detenía, se sentaba, levantaba desesperadamente las patas delanteras y se agarraba la cabeza con desesperación y espanto, mientras la roja sangre corría por su blanco pecho. Estuvo corriendo así como una hora; después, bruscamente, tropezó, su cuerpo chocó contra una rama, y finalmente cayó muerta sobre la nieve. Un par de urracas se apresuraron a descender sobre su cadáver para devorarlo. Otro día un zorro destrozó al fuerte y hermoso faisán, que en vida gozara de tanto respeto y popularidad en el bosque. Su muerte provocó el sentimiento del amplio círculo de sus amistades, quienes trataron de confortar a la inconsolable viuda. El zorro le había sacado a la rastra de debajo de la nieve, donde el pobre se había creído bien oculto y a salvo de todo ataque. Nadie podía haberse sentido más seguro que el faisán, pues la cosa ocurrió en pleno día. La terrible lucha por la vida, el miedo de ser atacado, la falta de alimentos, males todos que parecían no tener fin, hicieron que se extendiesen entre los habitantes del bosque la amargura y la brutalidad. Éstas destruyeron todas las memorias del pasado, la fe del uno hacia el otro, y arruinaron todas las buenas costumbres que tenían. En el bosque ya no había ni paz ni misericordia. —Cuesta creer que la situación pueda mejorar algún día —suspiraba la madre de Bambi. La tía Ena suspiraba también. —Resulta difícil creer que existieron tiempos mejores que éstos— dijo. —Y sin embargo —terció Marena con la mirada perdida en la lejanía—, yo siempre pienso en los hermosos tiempos pasados. —Mira —dijo la vieja Netla a la tía Ena—. Tu hijito está temblando —y señaló a Gobo—. ¿Siempre tiembla así? —Sí —contestó gravemente la tía Ena—. Hace unos días que se estremece en esa forma. —Pues bien —dijo Netla con su característica rudeza—. Yo me alegro de no tener más hijos ya. Si ese pequeño fuese mío ya estaría preguntándome si lograría sobrevivir al invierno. El futuro no parecía, verdaderamente, muy promisorio para Gobo. El pobre estaba muy débil. Siempre había sido mucho más delicado que Bambi y Falina, y estaba quedándose más pequeño que ellos. Su crecimiento era más deficiente a medida que transcurría el tiempo. Ni siquiera podía injerir el poco alimento de que se disponía, pues le daba dolor de estómago. Aparte de eso, estaba completamente agotado por el frío, y por los horrores que le rodeaban. Cada vez temblaba más y más y apenas podía mantenerse en pie. Todos le miraban compasivamente. La vieja Netla se acercó a él y le acarició bondadosamente con el hocico. —No estés tan triste —le dijo para animarle—; ésta no es manera de comportarse un joven príncipe como tú; además, poniéndote así vas a enfermarte más todavía. Ánimo. Y enseguida se volvió para que nadie pudiese ver lo emocionada que estaba. Roño, que se había echado de costado sobre la nieve, se puso en pie de un salto. —No sé qué será —murmuró mirando a su alrededor—; no sé qué será..., pero me siento intranquilo. Todos se pusieron alerta. —¿Qué pasa? —preguntaron. —No lo sé —repitió Roño—. Pero me siento intranquilo. Repentinamente me sentí lleno de inquietud, como si fuese a ocurrir algo... Karus venteó repetidamente y con fuerza. —Yo no huelo nada extraño —declaró. Todos permanecieron inmóviles, escuchando y tomando el aire. —No hay nada; no se huele nada —manifestaron uno tras otro. —No obstante —insistió Roño—, podéis decir lo que os parezca; pero aquí pasa algo. Marena dijo: —Las cornejas están graznando. —Y ahora empiezan a graznar otra vez —dijo Falina tras una pausa. En efecto, todos pudieron oírlas. —Ahora las veo volar —avisó Karus. Todos miraron para arriba. Por encima de las copas de los árboles se veía volar un grupo de cornejas. Venían del extremo más distante del bosque, es decir, del lado por donde siempre llegaba el peligro. Las cornejas venían lamentándose en voz baja. Debía de haber ocurrida algo anormal. —¿Qué les dije? —preguntó Roño—. Ya veis cómo está ocurriendo algo. —¿Qué hacemos? —preguntó la madre de Bambi en voz baja, presa de la ansiedad. —¡Vámonos de aquí! —dijo la tía Ena, alarmada. —Esperemos —ordenó Roño. —Pero ¡las criaturas! —replicó la tía Ena—, ¡los pequeños! ¡Gobo no puede correr! —Vete —accedió Roño—; vete entonces con tus hijos. No creo que sea necesario, pero tampoco impediré que te vayas. Roño dijo estas palabras con seriedad; parecía prestar atención a algo. —Vamos, Gobo; vamos, Falina. No hagáis ruido, y proceded con cautela. Y no dejéis de seguirme a mí. Después de dar estas instrucciones a sus hijos, la tía Ena se alejó seguida por ellos. Transcurrieron varios minutos. Todos permanecían inmóviles, temblando. —Como si ya no hubiéramos sufrido bastante —empezó a quejarse la vieja Netla—, todavía tenemos que pasar por esto... Daba muestras de gran enojo. Bambi la miró y se dio cuenta de que estaba pensando en algo horrible. Tres o cuatro urracas habían empezado ya a gritar por el lado del bosque de donde vinieran las cornejas. —¡Cuidado! ¡Cuidado, cuidado! —exclamaban. Los ciervos no podían verlas, pero las oían llamándose y avisándose entre sí. Algunas veces una sola, y otras, todas a la vez, gritaban: —¡Cuidado! ¡Cuidado, cuidado! Después se acercaron. Revoloteaban aterrorizadas de árbol en árbol, atisbaban por entre las ramas, mirando hacia atrás, y volvían a volar otra vez nerviosamente, alarmadas, llenas de miedo. —¡Aakj! —gritaron los grajos, dando su voz de alarma lo más alto posible. De repente todos los ciervos se espantaron, apretujándose los unos contra los otros. Después permanecieron tiesos, inmóviles, tomando el aire. Acababan de reconocer la proximidad de Él. Una fuerte oleada de olor llegó hasta el olfato de los ciervos, que permanecieron en la misma inmovilidad, pues no podían hacer otra cosa. El olor les llenaba las narices y les entorpecía los sentidos, y hacía que el corazón se les paralizase de horror. Las urracas continuaban charlando excitadas. Allá en lo alto los grajos seguían gritando. En los contornos, el bosque se había llenado repentinamente de vida. Los pájaros revoloteaban por entre las ramas, parecidos a pequeñas pelotas aladas, y piaban: —¡Corran! ¡Corran! Los mirlos volaban velozmente por encima de los paros, soltando sus trinos largos. A través de la maraña de las ramas sin hojas veían sobre la blanca nieve la loca desbandada sin rumbo fijo de otros seres más pequeños: los faisanes. De pronto se vio pasar como un relámpago rojizo: era el zorro que huía también. En ese momento nadie le temía. El terrible olor aún llenaba el aire aterrorizándolos a todos por igual, y ese terror les unía en un miedo colectivo que les hacía enloquecer en el común y febril impulso de huir, de salvarse. El misterioso y subyugante olor llenaba el bosque de tal manera que todos se dieron cuenta de que esta vez Él no venía solo, sino acompañado por mucho» de sus iguales; la matanza sería espantosa... Nadie se movía. Miraron a los paros, que ahora se desbandaban con agitados aleteos; a los mirlos y a las ardillas, que iban de una a otra copa en saltos alocados. Sabían que todas las criaturas pequeñas del suelo no tenían nada que temer; sin embargo, comprendían el pavor que se había posesionado de ellas, pues no había habitante del bosque que pudiese resistir el olor ni la presencia de Él. La amiga liebre pegó un brinco. Luego titubeó, se quedó sentada y finalmente dio otro salto. —¿Qué sucede? —preguntó Karus con impaciencia, Pero la liebre se volvió a mirar con ojos azorados, sin poder articular palabra. La pobre estaba llena de espanto. —¿Qué ganamos con preguntar? —dijo Roño con desaliento. La liebre trató de recobrar el resuello. —Estamos rodeados —dijo por fin, con voz apagada—, No podemos escapar por ningún lado. Él está en todas partes. En ese preciso instante oyeron la voz de Él. En número de veinte o treinta, Ellos gritaron: —¡Ho! ¡Ho! ¡Ha! ¡Ha! Y sus voces resonaban en el aire como los vientos y las tormentas. Golpeaban los troncos de los árboles como si fuesen tambores. El ruido resultante era una verdadera tortura, un horror indescriptible. Luego se oyó el ruido característico de los matorrales, con sus crujidos y chasquidos: eran Ellos, que se abrían paso; el ruido de las ramas al romperse era cada vez más claro. Era Él, que se acercaba. Era Él, que se acercaba al corazón mismo de la espesura. De pronto se oyeron unos gorgoritos aflautados, emitidos en forma entrecortada y acompañados por el fuerte batir de unas alas que se remontaban. Era un faisán que levantaba vuelo y había estado a punto de sucumbir bajo el pie de Él. Los ciervos oyeron cómo el batir de alas se hacía menos audible a medida que el ave se elevaba. Entonces se produjo un estampido fuerte como el trueno. Luego, el silencio. Enseguida, el ruido sordo de un cuerpo al dar contra el suelo. —Ha muerto —dijo temblando la madre de Bambi. —Es el primero que cae —agregó Roño. La joven cierva, Marena, dijo: —En este momento van a morir muchos de nosotros. Tal vez yo sea una de ellos. Nadie prestó atención a sus palabras, pues todos eran presa de miedo atroz. Bambi trató de pensar. Pero los ruidos salvajes que producía Él se hicieron más y más fuertes y paralizaron sus sentidos. Ahora no oía otra cosa que esos ruidos, que le entumecían; y sin embargo, en medio de la feroz gritería, y a pesar del estrépito indescriptible, podía percibir claramente los latidos de su corazón. No sentía otra cosa que curiosidad, y ni siquiera se daba cuenta que temblaba de pies a cabeza. De vez en cuando la madre le decía al oído: —Quédate bien junto a mí. En realidad, se lo decía a gritos; pero en medio del estruendo a Bambi le parecía apenas un susurro. Ese “Quédate bien junto a mí” le inspiraba valor. Era como una tabla de salvación. Sin eso habría salido corriendo de una manera insensata; justamente lo oyó en el momento en que iba a perder la serenidad y a lanzarse alocadamente a la carrera. Bambi miró a su alrededor. Toda suerte de criaturas pasaban sin cesar, atropellándose, chocando ciegamente las unas contra las otras. Una pareja de comadrejas pasó corriendo de tal manera, que sólo se vio de ellas como un par de rayas alargadas; tal era la velocidad que llevaban. La mirada apenas podía seguirlas. Un hurón estaba escuchando, como hechizado, los chillidos que soltaba la desesperada liebre. Un zorro estaba en medio de un grupo de faisanes. Éstos no le prestaban la menor atención. Corrían de un lado para el otro pasando por debajo de sus narices, y por su parte tampoco él parecía darse cuenta de ellos. Inmóvil, con la cabeza echada hacia adelante, escuchaba el estrépito irguiendo las orejas puntiagudas, y venteaba constantemente con fuertes olfateadas. Sólo movía la cola, y ese meneo indicaba precisamente la intensa concentración con que escuchaba. Un faisán pasó veloz. Venía del lugar donde el peligro era mayor; el pobre estaba fuera de sí de tan aterrorizado. —¡No tratéis de volar! —gritó a los otros—. ¡No voléis! ¡Hay que correr! ¡Se trata de no perder la cabeza! ¡Nada de volar! ¡A correr, a correr! Y siguió repitiendo las mismas palabras como si quisiese darse coraje por ese medio. Pero en realidad ya ni se daba cuenta de lo que decía. —¡Ho! ¡Ho! ¡Ha! ¡Ha! —venía el grito de muerte, ahora aparentemente desde muy cerca. —¡A no perder la cabeza! —gritó el faisán. En el mismo momento la voz se le quebró en un silbido entrecortado, y extendiendo las alas se elevó con fuerte aleteo. Bambi le vio ascender en línea recta por entre los árboles, batiendo las alas con energía. El azul metálico y las pintas castañoverdosas de su cuerpo refulgían como el oro. Las largas plumas de su cola estaban majestuosamente extendidas. Se oyó un estampido seco, como un trueno. El faisán se encogió bruscamente en medio de su vuelo. La cabeza se le cayó pesadamente, como si quisiese alcanzar las garras con el pico, y enseguida se derrumbó pesadamente al suelo. Cayó entre los otros y no se movió más. Entonces todos parecieron perder la cabeza. Corrían los unos hacia los otros, embistiéndose. Cinco o seis faisanes se remontaron simultáneamente con gran rumor de alas. —¡No voléis! —gritaron los demás, y echaron a correr. El trueno volvió a dejarse oír cinco o seis veces más, y varias de las aves que emprendieron el vuelo cayeron sin vida. —Vamos —dijo la madre de Bambi. Éste miró a su alrededor. Roño y Karus ya habían escapado. La vieja Netla les seguía. Sólo Marena estaba junto a ellos. Bambi caminó detrás de su madre, y Marena les siguió tímidamente. Alrededor de ellos se oían voces y gritos; el trueno no dejaba de estallar. La madre de Bambi estaba serena. Temblaba un poco, pero lograba dominarse perfectamente. —Bambi, hijo mío —dijo—; quédate continuamente detrás de mí. Tendremos que salir de aquí y atravesar el gran espacio abierto. Pero por ahora debemos andar lentamente. El estrépito ahora era ensordecedor hasta la locura. El trueno se dejó oír diez; doce veces, arrojado por las manos de Él. —Atención —dijo la madre de Bambi—. Ahora no corras. Pero cuando lleguemos al espacio abierto, corre lo más velozmente que puedas. Y no olvides esto, Bambi, hijo mío: cuando hayamos llegado allá, no te fijes para nada en mí. Aunque yo caiga, no te fijes en mí: sigue corriendo. ¿Entiendes, Bambi? La cierva avanzó cautelosamente, paso a paso, en medio de la terrible conmoción. Los faisanes corrían de un lado para otro, escondiéndose en la nieve. Y una vez ocultos, salían bruscamente del escondite para reanudar su alocada carrera. La familia entera de la liebre andaba también de un lado para otro, a saltos; luego se agazapaban para reanudar enseguida los nerviosos saltos. Nadie dijo una palabra. Todos estaban extenuados, agotados por el ruido, los gritos y el repetido golpear del trueno. Al frente, Bambi y su madre vieron que aclaraba: era el espacio libre que empezaba a verse a través de la espesura. A sus espaldas, el espantoso tamborileo sobre los troncos de los árboles iba aproximándose más y más. Las ramas estallaban al romperse. se oía el rugiente “¡Ho! ¡Ho! ¡Ha! ¡Ha!” La liebre y dos de sus primos pasaron corriendo por delante de ellos y se internaron en el claro “¡Bin! ¡Ping! ¡Bang!”, rugía el trueno. Bambi vio cómo la amiga liebre embestía a un saúco en mitad de su carrera y rodaba por el suelo con el blanco vientre vuelto para arriba. Esto le hizo temblar para quedarse enseguida paralizado, petrificado. Pero a su espalda alguien le gritó: —¡Aquí están! ¡Corre! ¡Corre! Se oyó un golpear de las alas bruscamente desplegadas. A continuación el aire se llenó de voces entrecortadas, sollozos, lluvia de plumas, aleteos desesperados. Los faisanes, pues eran ellos, levantaron el vuelo de asustados que estaban; se elevaron todos simultáneamente. El aire resonó con los repetidos estallidos del trueno, y enseguida repercutió con el ruido seco de los que caían muertos, y con los chillidos de los que habían escapado con vida. Bambi oyó ruido de pasos y se volvió para ver quién era. Era Él, Él, que avanzaba a través de los matorrales, por todos lados. Él, que salía de todas partes, multiplicándose, golpeándolo todo a su alrededor, batiendo los matorrales, martillando los troncos de los árboles y gritando con voz diabólica. —Ahora —dijo la madre de Bambi—. Huye de aquí y no te mantengas muy cerca de mí. Dichas estas palabras, ella misma emprendió la carrera de un salto, rozando apenas el suelo cubierto de nieve. Bambi salió corriendo en pos de ella. El trueno estallaba alrededor de ellos, por todas partes. Parecía como si la tierra fuese a partirse en dos. Bambi no veía nada. Seguía corriendo. Le asaltó un fuerte deseo de alejarse del tumulto y de ponerse, sobre todo, fuera del alcance de ese olor que parecía ahogarle; sentía un impulso creciente de correr, de volar; el deseo de salvarse se había manifestado, por fin, en lo más íntimo de su ser. Y corrió. le parecía distinguir a su madre corriendo adelante, pero no estaba seguro de que fuese ella. El miedo de que el trueno estallase detrás de él cubría los ojos con una especie de velo. Por fin, el terror le dominó por completo, y junto con él el intenso deseo de seguir viviendo. Fuera de eso, no podía pensar en nada, no podía ver nada de lo que le rodeaba. Siguió corriendo... El espacio libre se vio interrumpido; Bambi se introdujo nuevamente en la espesura. El clamor y los ruidos todavía resonaban en sus oídos. Aún escuchaba los penetrantes estampidos del trueno. En las ramas, por encima de su cabeza, resonaba un golpeteo acompasado parecido al de la, caída del granizo. Luego se hizo el silencio. Bambi seguía corriendo. Un faisán yacía agonizante sobre la nieve, con la cabeza doblada, agitando débilmente las alas. Cuando oyó llegar a Bambi cesó en sus movimientos convulsivos y murmuró: —Todo ha terminado para mí. Pero él no le prestó atención y siguió corriendo. De pronto se vio en medio de unos matorrales que te forzaron a aminorar la marcha y buscar un paso libre. Impaciente, pateó contra el suelo. —Por aquí —le avisó una voz agitada. Bambi obedeció involuntariamente y encontró enseguida una salida. Alguien avanzaba delante de él con evidente dificultad. Era la esposa de la liebre quien acababa de avisarle. —¿Puedes ayudarme un poco? —le preguntó. Bambi la miró y no pudo menos que estremecerse. La pobrecilla arrastraba una de las patas traseras por la nieve; la sangre que manaba del cuerpo inanimado teñía su blancura, y su calor la derretía. —¿Puedes ayudarme un poquito? —repitió. Hablaba como si estuviese sana y buena, casi como si se sintiese feliz. —No sé qué puede haberme sucedido —agregó—. No consigo explicarme por qué no puedo caminar... No terminó de pronunciar estas palabras, cuando rodó sobre la nieve y expiró. Bambi volvió a sentirse acometido del terror y reanudó la carrera. —¡Bambi! Este grito le hizo pararse en seco; un ciervo le estaba llamando. El llamado se repitió; enseguida la misma voz preguntó: —¿Eres tú, Bambi? Entonces vio a Gobo arrastrándose penosamente por la nieve. Todas sus fuerzas estaban agotadas; ya no podía mantenerse en pie. Yacía allí, medio enterrado en la nieve y levantaba la cabeza con dificultad. Bambi se le acercó ansiosamente. —¿Dónde está tu madre, Gobo? —le preguntó, tratando de recobrar el aliento—. ¿Dónde está Falina?. Dijo estas palabras rápida, impacientemente. Todavía sentía el corazón lleno de espanto. —Mamá y Falina tuvieron que seguir sin mí —contestó Gobo resignado. Hablaba con voz débil, pero con la formalidad y determinación de un ciervo adulto. —Tuvieron que abandonarme aquí. Caí y ya no pude reincorporarme. Tú también tienes que seguir adelante, Bambi. —Levántate —dijo Bambi—. ¡Levántate, Gobo! Ya has descansado lo suficiente. Ya no hay un minuto que perder. ¡Levántate y ven conmigo! —No, déjame —contestó Gobo con calma—. No puedo tenerme en pie. Es imposible. Desearía seguirte, pero estoy demasiado débil. —Pero ¿qué será de ti? —insistió Bambi. —No lo sé. Probablemente moriré —repuso sencillamente Gobo. El clamor volvió a dejarse oír, llenando de nuevo el aire. Se repitieron los estampidos del trueno. Bambi se estremeció. De pronto se quebró una rama. El joven Karus pasó galopando velozmente, huyendo de los perseguidores. —¡Corre! —gritó al verle—. ¡No te quedes ahí si puedes correr! Y siguió corriendo con la velocidad del relámpago. Bambi le siguió. Sin embargo, apenas se dio cuenta que estaba corriendo otra vez, y sólo al cabo de un rato se volvió para decir: —¡Adiós, Gobo! Pero ya estaba demasiado lejos. Gobo no podía oírle. Corrió de ese modo, hasta el caer de la tarde, a través de los bosques que estaban llenos de los gritos y los estampidos del trueno de los perseguidores. A medida que fue oscureciendo volvió a renacer el silencio. Pronto sopló un viento leve que se llevó el olor horrible que se había desparramado por todos los ámbitos. Pero la excitación provocada por la devastadora presencia de Él persistía en todas partes. El primer amigo con quien se encontró fue Roño. El pobre cojeaba más que nunca. —Encontré al zorro en el bosquecillo de robles —explicó Roño. Estaba ardiendo de la fiebre que le produjo una herida. El desdichado sufre horriblemente. No hace más que echar mordiscos a la nieve y a la tierra. —¿Has visto a mi madre? —preguntó Bambi. —No —repuso evasivamente Roño. Y se alejó lo más rápidamente que pudo. Más tarde, siendo ya de noche, se encontró con la vieja Netla y con Falina. Los tres se alegraron mucho de estar juntos otra vez. —¿Habéis visto a mi madre? —les preguntó Bambi. —No —contestó Falina—. Ni siquiera sé dónde puede estar mi propia madre. —Bueno, bueno —dijo la vieja Netla en tono risueño—. Éste sí que es todo un problema. Yo, que estaba tan contenta de no tener que molestarme más con los hijos, ahora tengo que cuidar a dos a la vez. ¡Esto sí que está bueno! Bambi y Falina se echaron a reír. Luego hablaron de Gobo. Bambi contó cómo le había encontrado; los pequeños se pusieron tan tristes que se echaron a llorar. Pero Netla no les dejó llorar mucho. —Antes que nada, tenéis que procuraros algo para comer. ¡Dónde se ha visto cosa semejante! ¡No habéis probado un solo bocado en todo el día! Enseguida los condujo hasta un lugar donde todavía había algunas hojas que no estaban marchitas del todo. La vieja Netla se comportó tan hondamente como nunca. Ella no comió nada, pero en cambio hizo que Falina y Bambi comiesen. Escarbaba la nieve donde sabía que iba a encontrar pasto, y les ordenaba comer diciéndoles: —Venid; la hierba aquí está muy buena. O si no, decía: —Esperad, no comáis eso; ya encontraremos algo mejor un poco más adelante. Pero de vez en cuando agregaba refunfuñando: —Es ridículo el trabajo que los hijos causan a una. De pronto vieron a la tía Ena que se acercaba y corrieron a su encuentro. —¡Tía Ena! —exclamó Bambi, que fue el primero en verla. Falina, fuera de sí de contento, corrió al encuentro de su madre, exclamando: —¡Madre! Pero Ena venía llorando y estaba casi muerta de agotamiento. —Gobo ya no está —sollozó—. Yo fui a buscarle en el sitio donde se echó cuando no pudo sostenerse más..., pero ya no había nada sobre la nieve... Mi pobrecito Gobo ha muerto... La vieja Netla gruñó: En lugar de desesperarte y llorar, debiste seguir sus huellas en la nieve. —Allí no había huellas de Gobo —repuso la tía Ena—. En cambio..., vi las huellas de Él... Él encontró al pobrecito Gobo. La tía Ena calló. Entonces Bambi preguntó con desaliento: —Tía Ena..., ¿has visto a mi madre? —No —contestó ella con voz muy dulce. Bambi no volvió nunca más a ver a su madre.
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