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Capítulo XI

CAPÍTULO XI

Por fin, los sauces se desprendieron de sus amentos. Todo se vestía de verde, pero todavía las hojas jóvenes de los árboles y los arbustos eran pequeñitas. A la suave luz de la mañana, cuando aún era temprano, brillaban y parecían como unos niños sonrientes que acabasen de despertar.

Bambi estaba frente a un avellano, restregando sus astas nuevas contra la madera. Era muy agradable hacer eso. Y también una absoluta necesidad, ya que sus espléndidas astas todavía estaban cubiertas de corambre y piel. Eso debía caerse, naturalmente, y ninguna criatura sensata iba a esperar a que se desprendiese solo. Bambi golpeó las cuernas hasta que la piel se desprendió, cayéndole en largas tiras sobre las orejas. Al golpear contra los vástagos del avellano una y otra vez, vio cuánto más fuerte eran sus astas que la madera. Esto le hizo sentirse lleno de una sensación de fortaleza y orgullo. Golpeó aún con mayor fuerza y la corteza del arbusto cayó en largas tiras. El cuerpo blanco del árbol quedó expuesto al aire, razón por la cual se puso inmediatamente de un color rojo pardusco. Pero Bambi no reparó en eso. Sólo veía que la madera cedía a sus golpes, y eso le llenaba de ardor. Toda una fila de avellanos quedaron con las marcas dejadas por sus astas.

—Vaya, ya estás casi completamente desarrollado —dijo una voz alegre cerca de él.

Bambi levantó la cabeza y miró a su alrededor. Allí cerca estaba la ardilla, observándole con expresión de simpatía. Desde más arriba llegó a sus oídos una aguda carcajada:

—¡Ja! ¡Ja!

Bambi y la ardilla medio se asustaron. Pero el carpintero, que estaba encaramado sobre el tronco de un roble, dijo:

—Perdóname, pero no puedo menos que reírme cuando os veo a vosotros, los ciervos, comportándoos de esa manera.

—¿Qué tiene mi comportamiento para darte risa? —preguntó cortésmente Bambi.

—¡Oh! —dijo el carpintero—. Vosotros procedéis equivocadamente. En primer lugar, deberías elegir árboles corpulentos, puesto que no podéis sacar nada de las escuálidas ramitas de esos arbustos.

—¿Y qué quieres que saque yo de los árboles?

—Bichos y larvas —repuso riendo el carpintero—. Bichos y larvas. Mira: haz como yo.

Dijo, y golpeteó sobre el tronco produciendo una especie de tamborileo: “¡Tack! ¡tack! ¡tack! ¡tack!”

La ardilla ascendió por una rama y le reprendió.

—¿De qué estás hablando tú? El príncipe no busca ni bichos ni larvas.

—¿Por qué no? —dijo el carpintero con voz cantarina—. Constituyen un bocado exquisito.

Con estas palabras partió un bicho en dos, se lo tragó, y empezó de nuevo con su tamborileo sobre el tronco del roble.

—Tú no comprendes —siguió reprendiéndole la ardilla—. Un noble señor como él tiene otros motivos, pero muy otros, completamente distintos de los que tú imaginas, para proceder como procede. Hablando de esa manera no haces otra cosa que ponerte en ridículo.

—Pues a mí tanto me da —contestó el carpintero—. Me importan una higa los altos motivos que él pueda tener —agregó en tono jocoso. Y con estas palabras se alejó volando. Entonces la ardilla volvió a su lugar primitivo.

—¿No te acuerdas de mí? —preguntó con expresión de complacencia.

—Me acuerdo perfectamente —contestó Bambi en tono amistoso—. ¿Vives aquí? —agregó señalando al roble. La ardilla le miró con expresión risueña.

—Me estás confundiendo con mi abuela —dijo—. Yo sabía que me confundiste con ella desde el primer momento. Mi abuela vivía aquí cuando tú eras solamente una criatura, príncipe Bambi. Ella solía hablarme de ti con frecuencia. El hurón la mató hace ya tiempo, el invierno pasado; tal vez tú te acuerdes.

—Sí —repuso Bambi—; me he enterado de eso.

—Pues bien, después mi padre resolvió establecerse aquí —prosiguió la ardilla, sentada, teniendo las dos patitas delanteras pulcramente sobre el blanco pecho—. Es posible que también me confundas con mi padre. ¿Le conociste a él?

—Lo siento —dijo Bambi—; no creo haber tenido ese placer.

—Ya me parecía —exclamó complacida la ardilla—. Papá era un individuo retraído y tímido. No quería saber nada con nadie.

—¿Y dónde está ahora? —inquirió Bambi.

—¡Oh! —dijo la ardilla—. Cayó bajo las garras de la lechuza, hace cosa de un mes. Sí..., ahora soy yo quien vive aquí. Y estoy contenta, porque es donde nací.

Bambi se volvió para irse.

—Espera —se apresuró a gritar la ardilla—. Yo no quería hablarte de esas cosas. Lo que quería decirte es muy distinto.

Bambi se detuvo.

—¿De qué se trata? —preguntó con paciencia.

—Eso mismo —repitió la ardilla—, ¿de qué se trata? Pensó un momento; luego hizo una cabriola y se quedó sentada, bien erguida, manteniendo el equilibrio con su espléndida cola. Miró a Bambi y agregó:

—Ahora sí; ahora me acuerdo de lo que era. Quería decirte que tus cuernas están casi completamente desarrolladas, y que vas a ser un ciervo extraordinariamente hermoso.

—¿Lo dices de veras? —dijo Bambi, divertido.

—Extraordinariamente hermoso, sí, señor —dijo la ardilla; y apretó las patitas delanteras contra el blanco pecho, en un gesto de sincera admiración—. Eres muy alto, esbelto y arrogante; y tus astas tienen unos pitones desusadamente largos y brillantes. Pocas veces se ve un ciervo así.

—¿De veras? —repitió Bambi. Estaba tan contento con lo que acababa de oír, que volvió a dar cornadas contra el avellano, desprendiendo largas tiras de corteza.

Mientras tanto la ardilla habló sin cesar.

—Te diré que son pocos los que tienen semejantes astas a tu edad. Parece increíble. Yo te vi varias veces desde lejos, el verano pasado, y me cuesta creer que seas aquella criatura tan menudita de entonces.

Bambi se quedó repentinamente callado.

—Adiós —dijo de pronto—. Tengo que irme.

Y salió corriendo.

No le gustaba que le recordasen el verano anterior. A partir de entonces la vida se había hecho muy difícil para él. Al principio, después de la desaparición de su madre, se había sentido completamente perdido. El largo invierno se le hacía interminable. La primavera llegó tardía y pasó tiempo antes de que el bosque empezase a reverdecer. De no haber sido por la vieja Netla, Bambi tal vez no habría sabido cómo arreglárselas; pero ella le cuidó y le ayudó en todo lo que pudo. A pesar de eso, él se sintió muy solo.

Echaba de menos a Gobo a cada rato; al pobre Gobo, también muerto en aquella terrible ocasión. Durante aquel verano Bambi pensó en él con frecuencia, y por primera vez se dio cuenta de lo bueno y digno de afecto que había sido.

A Falina la veía raras veces. Ésta se quedaba la mayor parte de las veces con su madre, y parecía haberse convertido en una cierva muy tímida. Más tarde, cuando empezó a hacer calor, Bambi volvió a sentirse el mismo de siempre. Le salió la primera asta, y eso le hizo ponerse muy orgulloso. Pero a esa satisfacción siguió pronto un profundo desengaño.

Los otros ciervos le perseguían cada vez que le veían. Le echaban, furiosos. No le permitían que se acercase a ellos; y hasta tal punto llegó la cosa, que él temió acercárseles por miedo de ser cogido. Tenía miedo de mostrarse, y empezó a internarse por senderos escondidos, en un estado de ánimo muy deprimido.

A medida que los días del verano se hicieron más cálidos, se sintió invadido de una intensa intranquilidad. Tenía el corazón oprimido por una especie de nostalgia que era a la vez dulce y penosa. Cada vez que se le presentaba la oportunidad de ver a Falina o a cualquiera de las amigas de ésta, cosa que ocurría a buena distancia, se sentía dominado por una oleada de incomprensible excitación. A menudo sabía por qué sendero había pasado ella, y aspirando el aire sabía si se encontraba cerca. Entonces se sentía irresistiblemente arrastrado hacia ella. Pero cuando estaba próximo a satisfacer su deseo, terminaba siempre por sufrir una desilusión. O no encontraba a nadie —y después de mucho vagar tenía que admitir que ellas evitaban encontrarse con él—, o, por el contrario, se encontraba con uno de los ciervos, quien no tardaba en echársele encima para golpearle y patearle, y hacerle retirarse por la fuerza. Roño y Karus le habían tratado peor que los demás. No, aquel tiempo no había sido nada feliz.

Ahora, la ardilla venía a recordárselo estúpidamente. De pronto se puso como loco y empezó a correr. Los paros y las currucas revolotearon espantados por entre los arbustos al verle pasar y se preguntaron los unos a los otros, presas de gran agitación:

—¿Y eso qué fue?

Pero Bambi no los oyó. Una pareja de urracas chachareó nerviosamente:

—¿Qué ha pasado?

El grajo le gritó con enojo:

—¿Se puede saber qué te pasa? Él tampoco le hizo caso. Arriba la oropéndola cantó de árbol en árbol:

—Buenos días, estoy contenta.

Bambi no contestó. La espesura estaba llena de luz proveniente de distintos rayos de sol que la penetraban. Pero el joven ciervo tampoco se detuvo a observar eso.

De pronto oyó un gran murmullo de alas. Todo un arco iris de alegres colones se escondió a sus pies y le deslumbró de tal manera que se detuvo, encandilado. Era Jonelo, el faisán, quien se elevó por los aires atemorizado, pues Bambi había estado a punto de aplastarlo, Jonelo se alejó refunfuñando.

—¡Nunca he visto cosa semejante! —gritó con su manera de hablar entrecortada, cacareando. El joven ciervo seguía inmóvil, mirándole lleno de perplejidad.

—Esta vez no pasó nada, pero lo mismo fue una acción irreflexiva, desconsiderada —dijo una voz gorjeando con suavidad. Era Jonelina, la esposa del faisán, quien estaba sentada en el suelo, cubriendo sus huevos.

—Mi marido se llevó un susto terrible —prosiguió con voz irritada—. Y yo también. Sin embargo no me atrevo a moverme de aquí; no me movería de aquí, sucediera lo que sucediese. Tú podrías haberme aplastado, y sin embargo no me habría movido.

Bambi se sentía lleno de confusión.

—Perdóname —tartamudeó—; yo no lo hice con intención.

—Oh, no es nada —replicó la esposa del faisán—. Después de todo, la cosa no fue tan terrible. Pero es que mi marido y yo últimamente estamos muy nerviosos. Comprenderás la razón...

Bambi no comprendía nada y por eso mismo prosiguió andando. Ahora estaba más tranquilo. El bosque cantaba a su alrededor. La luz se hacía por momentos más luminosa y cálida. Las hojas en los matorrales, la hierba que crecía bajo los pies y la tierra húmeda empezaron a despedir un aroma más dulce. La fuerza y el vigor parecían correr juntos con la sangre por sus venas, y llegaban hasta sus miembros, haciéndole caminar con movimientos acompañados, rítmicos, llenos de una elasticidad que le conferían el aspecto de un juguete mecánico.

Acercándose a un joven aliso, levantó las patas tan alto y las dejó caer enseguida con tal fuerza sobre la tierra, que levantó espesas nubes de polvo. Las pezuñas puntiagudas cercenaban el césped que allí crecía; arrancaban los yeros y los puerros, las violetas y las campanillas, hasta que la tierra quedó completamente removida delante de él. Sus golpes resonaban sordamente.

Dos topos, que estaban escarbando entre las raíces entrelazadas de un viejo sicómoro, levantaron ansiosamente la cabeza y descubrieron a Bambi.

—Eso que está haciendo es una ridiculez —dijo uno de los topos.— ¿Dónde se ha visto que alguien escarbase alguna vez de esa manera?

El otro topo hizo un gesto burlón torciendo la boca.

—Sí —repuso—; se ve que no sabe escarbar. Pero esto es lo que ocurre siempre que la gente se mete a hacer lo que no le corresponde.

De pronto Bambi prestó atención y levantó la cabeza escuchando; después asomó la cabeza por entre las ramas. A través del follaje distinguió un lomo rojizo. Los pitones de unas astas relumbraron de tal modo que resultó imposible no reconocerlos como tales. Bambi bufó. Quienquiera que fuese, el que andaba rondándole, Karus o cualquier otro, ya no le inspiraba temor.

—¡Adelante! —se dijo con decisión; y cargó—. Voy a demostrarles que ya no les tengo miedo —añadió, sintiéndose lleno de coraje—. Voy a enseñarle a cuidarse de mí.

Los arbustos crujieron por la furia de su carga; las ramas restallaron y se quebraron. Bambi vio al otro ciervo delante de él. No le reconoció, pues todo parecía bailar delante de sus ojos. No pensaba en otra cosa sino en atacar. Con las astas bajas, aceleró la carrera. Toda su fuerza estaba concentrada sobre sus hombros. Iba listo para la feroz embestida. El joven ciervo percibió el olor característico del cuero de su oponente; mas no vio delante de sus ojos otra cosa que el flanco rojizo. Pero entonces el otro giró ligeramente y Bambi, sin encontrar la resistencia esperada, siguió de largo y no embistió otra cosa que el aire libre. Por el impulso que llevaba estuvo a punto de perder el equilibrio y rodar por el suelo. Se tambaleó, recobró el equilibrio y se preparó para embestir de nuevo.

Pero entonces reconoció al viejo príncipe. Al ver que era él se quedó tan estupefacto que perdió el control sobre sí mismo. se sentía avergonzado, y hubiese deseado huir a todo correr, pero la misma vergüenza le inhibía; así, permaneció tieso, inmóvil.

—Y bien —preguntó el viejo ciervo con tono calmoso, bondadosamente. Su voz estaba llena de sencillez; y sin embargo, tenía al mismo tiempo un algo de imperiosa que embargaba de respeto y temor el corazón de Bambi. El joven ciervo no supo qué decir.

—Y bien —repitió el viejo ciervo.

—Yo creí... —tartamudeó Bambi—. Yo creí que... que era Roño... o...

Calló y se arriesgó a mirar al majestuoso príncipe. La mirada de éste aumentó su confusión. El ciervo permanecía inmóvil, arrogante. Su cabeza ya estaba completamente blanca; y sus ojos oscuros y profundos despedían un vivo fulgor.

—¿Por qué no vuelves a atacarme...? —preguntó a Bambi.

Éste le miró, experimentando a la vez un éxtasis profundo y un misterioso terror. Quería poder exclamar: “¡No te ataco porque siento cariño hacia ti!”; pero sólo contestó:

—No lo sé...

El viejo ciervo le miró.

—Hacía mucho tiempo que no te veía —le dijo—. Has crecido; te encuentro grande, fuerte.

Él no contestó. Estaba temblando de júbilo. El viejo príncipe prosiguió mirándole con mirada llena de satisfacción. Después, inesperadamente, se le acercó, y al verle sintió acrecentarse su espanto.

—Pórtate siempre con bravura —le dijo. Enseguida se volvió y un segundo después había desaparecido. Bambi se quedó inmóvil en el mismo sitio durante un largo rato.

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Bambi


 


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