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Capítulo XII

CAPÍTULO XII

Era verano y hacía un calor sofocante. Bambi volvió a experimentar la misma ansiedad inexplicable; sólo que ahora era mucho más intensa que la primera vez. Era algo que bullía en su sangre llenándole de intranquilidad. Se iba, en su inquietud, a vagar campo adentro.

Un día se encontró con Falina. Fue un encuentro repentino, y era tal la confusión de sus pensamientos, y sus sentidos estaban hasta tal extremo oscurecidos por el desasosiego que ardía en su ser, que en el primer momento no la reconoció. Ella estaba allí, frente a él. La miró un instante, incapaz de pronunciar palabra. Después, como fascinado, exclamó:

—¡Qué hermosa te has puesto, Falina!

—¿Entonces me reconoces? —replicó ella.

—¿Y cómo no iba a reconocerte? —exclamó él—. ¿Acaso no nos criamos juntos?

Falina suspiró.

—Hace mucho tiempo que no nos veíamos —dijo. Luego añadió—: Y cuando la gente crece, parece como si la amistad que la unía se perdiese.

Sin embargo, pronto la joven cierva volvió a hablar con su tono alegre y zumbón de otro tiempo. Los dos se quedaron juntos.

—Cuando yo era pequeño, solía pasear con mi madre por este mismo lugar —dijo Bambi al cabo de un momento.

—Este sendero conduce al prado —dijo Falina.

—En el prado es donde te vi la primera vez —añadió él un tanto solemnemente—. ¿Recuerdas?

—Sí —repuso Falina. —Allí nos conociste a godo y a mí. —Suspiró y agregó en un murmullo:

—Pobre Gobo... Bambi repitió:

—Sí; pobre Gobo...

Enseguida se pusieron a evocar los viejos tiempos; y a cada minuto se preguntaban:

—“¿Recuerdas?” Y los dos vieron que todavía se acordaban de todo, cosa que les llenó de complacencia.

—¿Recuerdas cómo solíamos jugar y correr en el prado? —preguntó Bambi con nostalgia.

—Sí; jugábamos así —dijo Falina; y salió disparada, veloz como una flecha. En el primer momento Bambi permaneció inmóvil, sorprendido; pero enseguida corrió tras ella.

—¡Espérame! ¡Espérame! —gritó lleno de gozo.

—¡No puedo esperarte! —se burló ella—. Estoy apuradísima.

Y siguió corriendo veloz y describiendo amplios círculos por el pastizal y alrededor de los matorrales. Por fin Bambi la alcanzó y se le puso delante, impidiéndole el paso. Los dos permanecieron el uno junto al otro, riendo, divertidos. De repente Falina pegó una cabriola como si alguien la hubiese golpeado, y renovó la loca carrera. Bambi se disparó en pos de ella, que corría dando vueltas y más vueltas, y se las componía para eludirle siempre.

—¡Detente! —dijo Bambi resoplando—. Quiero preguntarte una cosa. Falina se detuvo.

—¿Qué quieres preguntarme? —inquirió curiosamente. Él permaneció callado.

—Oh, eso quiere decir que bromeas —dijo Falina—; y se dispuso a reanudar la carrera.

—No —dijo Bambi precipitadamente—. ¡Detente! ¡Detente! Yo quería... quería preguntarte... dime, Falina... ¿me quieres?...

Ella le miró con más curiosidad que antes; y repuso, un tanto reservada:

—No lo sé, Bambi.

—Pero tienes que saberlo —insistió—. Yo sé perfectamente que te amo. Te amo terriblemente, Falina. Dime, ¿tú no me amas también a mí?

—Es posible que sí —contestó ella, tratando de esquivar una respuesta directa.

—Entonces, ¿te quedarás conmigo? —preguntó apasionadamente el joven ciervo.

—Si me lo pides cortésmente... —repuso Falina, llena de felicidad.

—Por favor, quédate conmigo, Falina. ¡Querida, hermosa, bienamada Falina! —exclamó apasionadamente, lleno de ardor—. ¿Me oyes bien? Te quiero con toda el alma.

—Entonces sí; me quedaré contigo —dijo la hermosa cierva dulcemente. Y salió huyendo.

Bambi partió tras ella, extasiado. Falina atravesó velozmente el prado, y desapareció en el interior de la espesura. Pero cuando él se disponía a seguirla, se oyó un fuerte ruido entre los arbustos y Karus se hizo presente.

—¡Alto! —gritó a Bambi.

Pero él no le oyó. Estaba muy preocupado por seguir a Falina.

—Déjame pasar —dijo cuando el otro se interpuso en su camino—; no tengo tiempo para perderlo contigo.

—Vete —le ordenó Karus, iracundo—. Vete de aquí al momento o te propinaré tal tunda que no quedará aliento en tus pulmones. Te prohíbo que sigas a Falina.

El recuerdo del verano anterior, en el que había sido perseguido y acosado con tanta frecuencia, se despertó en Bambi. Y ese recuerdo le llenó de cólera. No dijo una palabra; sin esperar más, corrió hacia Karus con las cuernas bajas.

Su carga fue irresistible; y antes de que se diese cuenta de lo que había sucedido, Karus yacía tirado sobre la hierba. Sin embargo, se levantó con la rapidez del relámpago; pero no había terminado de incorporarse cuando un nuevo ataque de su rival le hizo trastabillar.

—Bambi —llamó—. Bam... —trató de volver a llamar; pero una tercera embestida le ahogó casi por el dolor intenso que le produjo.

Karus saltó a un costado para evitar a su oponente que volvía nuevamente a la carga. De pronto se sintió lleno de una extraña debilidad. Y enseguida comprendió, en medio del espanto que le dominaba, que ésta era una lucha a muerte. El espanto se hizo mayor en su ánimo, helándole el corazón. Y se volvió en el deseo de huir; pero Bambi corrió silencioso y terrible en pos de su rival. Karus comprendió entonces que estaba furioso e iba a matarle sin merced; ese pensamiento le paralizó por completo. Después, sacando fuerzas de flaqueza, hizo un último esfuerzo, corrió desviándose del sendero y se introdujo en la espesura a través de los arbustos. Su única esperanza de salvación consistía en escapar.

Pero Bambi dejó enseguida de perseguirle. Karus no se dio cuenta de eso, y en su terror siguió corriendo, lo más velozmente que pudo. En cuanto al primero, se detuvo porque acababa de oír el grito agudo de Falina. Prestó atención, y volvió a oírla, clamando auxilio con voz llena de miedo y desesperación. Entonces dio media vuelta y partió como una flecha.

Cuando llegó al prado vio que Roño perseguía a Falina, quien para librarse de su persecución se había introducido en la espesura.

—¡Roño! —gritó Bambi, sin darse cuenta de que le llamaba.

Roño, que no podía correr mucho por su cojera, se detuvo.

—Oh, es nuestro pequeño Bambi —dijo con sarcasmo—; ¿quieres algo de mí?

—Sí —repuso con calma, pero con voz alterada por la rabia contenida que le dominaba—. Quiero que dejes tranquila a Falina; y quiero que dejes de molestarla al momento.

—¿De veras? —se burló Roño—. ¡Vaya! Te has convertido en un pilluelo insolente. ¿Quién lo hubiera dicho de ti?

—Roño —dijo Bambi con mayor calma aún—; te lo digo por tu propio bien. Si no te vas ahora, después te alegrarás de poder correr; pero lo malo será que no podrás volver a correr nunca más.

—¿De veras? —gritó furiosamente Roño—. ¿Cómo osas hablarme en ese tono? Supongo que será porque yo cojeo. Pero la mayoría no nota mi cojera. También es posible que pienses que te temo porque Karus obró de manera tan cobarde. Pues mira: te prevengo que...

—No, Roño —le interrumpió Bambi—; soy yo quien te previene a ti: ¡Vete! —la voz le temblaba—. Tú siempre me fuiste simpático, Roño. Siempre te consideré muy inteligente, y te respeté porque eres mayor que yo. Te lo digo de una vez por todas: vete. Mira que ya no me queda más paciencia.

—Es una lástima que tengas tan poca paciencia —dijo el Otro con una risita sarcástica—; una gran lástima para ti, muchacho. Pero tranquilízate; voy a dar buena cuenta de ti. No tendrás que esperar mucho. Supongo que habrás olvidado las veces que yo te perseguí y acosé...

A la evocación de ese recuerdo Bambi no tuvo más que decir. Ya nada podía contenerle. Como una bestia furiosa, cargó sobre Roño, quien le esperó con la cabeza gacha. Los dos se embistieron y al encontrarse las astas chocaron ruidosamente. Roño permaneció firme, pero se preguntó cómo era posible que su rival no hubiese cedido ante su empuje. El ataque repentino le había ofuscado, pues no esperaba, que Bambi se atreviese a atacar el primero. La fuerza gigantesca del joven ciervo le inquietó, y se dijo que debía estar alerta.

Mientras estaban empujándose frente contra frente, Roño trató de servirse de una estrategia. Repentinamente dejó de hacer fuerza, de manera que su rival perdió el equilibrio y trastabilló, cayendo un poco hacia adelante.

Pero Bambi se afirmó en las patas traseras y se arrojó sobre Roño con redoblada furia, antes de que pudiese colocarse en posición de repeler el ataque. Uno de los pitones de las cuernas de Roño se quebró con un fuerte chasquido; éste pensó que tenía la frente deshecha. Veía danzar estrellas delante de sus ojos, y en los oídos sentía un estruendo ensordecedor. En el momento siguiente otra embestida le abrió el lomo. Entonces perdió el aliento y cayó al suelo, mientras el vencedor se erguía sobre él, amenazador.

—Déjame ir —suplicó el herido con voz doliente. Pero Bambi volvió a cargar ciegamente sobre él. Los ojos le relumbraban. En su mente parecía no caber en ese momento el pensamiento de ser misericordioso.

—Por favor, te ruego que te contengas —suplicó Ron, quejumbrosamente—. ¿No sabes que soy cojo? Yo sólo estaba bromeando. Perdóname. ¿No puedes recibir una broma?

El joven príncipe le abandonó sin decir palabra. Roño se incorporó penosamente. Estaba sangrando y sus patas vacilaban. Callado, humillado, se escurrió lo más silenciosamente posible.

Bambi se encaminó hacia el bosque en busca de Falina; pero ella salió a su encuentro antes de que él llegase. Había estado en el lindero del bosque, y desde allí lo había presenciado todo.

—Estuviste maravilloso —dijo sonriendo. Después agregó tiernamente y con aire grave:

—Te quiero, Bambi...

Los dos se alejaron caminando, llenos de felicidad.

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Bambi


 


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