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Capítulo XIII

CAPÍTULO XIII

Un día Falina y Bambi fueron a ver el pequeño espacio abierto situado en medio de lo profundo del bosque, donde éste encontrara la última vez al viejo ciervo. Bambi habló a Falina de él y llegó a entusiasmarse.

—Tal vez le encontremos otra vez —dijo—. Me gustaría que le conocieses.

—Me gustaría conocerle —dijo Falina animosamente—. Tendría mucho gusto en platicar con él.

Sin embargo, no decía la verdad, porque, aunque curiosa, tenía miedo al viejo príncipe.

La penumbra iba convirtiéndose poco a poco en una media luz grisácea. El amanecer estaba próximo.

Caminaron sin hacer ruido entre arbustos y matas, eligiendo senderos por donde la poca espesura del follaje les permitía ver hasta cierta distancia y en todas direcciones. De pronto se oyó ruido cerca de donde se encontraban. Se detuvieron y miraron. El viejo ciervo avanzaba con paso lento y majestuoso entre loa arbustos, en dirección al espacio abierto. A la escasa luz del momento, parecía una gigantesca sombra grisácea.

Falina soltó un gritito involuntario. Bambi consiguió dominarse. Él también estaba aterrorizado, y sentía en la garganta el ansia de gritar. Pero la voz de Falina sonó con tal expresión de miedo que se sintió acometido de piedad, y con ello, del deseo de tranquilizarla.

—¿Qué te pasa? —le preguntó en un murmullo lleno de solicitud, sin poder impedir, empero, que la voz le temblase un poco—; ¿qué te pasa? No tienes nada que temer; él no te hará el menor daño.

Pero Falina volvió a chillar.

—No te alarmes así, mi querida —le rogó Bambi. Es ridículo que te asustes de él. Después de todo, es uno de los nuestros.

Pero sus palabras no lograron serenarla; permaneció rígida, mirando al ciervo que pasó sin darse cuenta de lo que a ella le ocurría. Dominada por el pánico, Falina chilló y chilló.

—Sosiégate, domínate —suplicó Bambi—. ¿Qué va a pensar él de nosotros? Pero no había manera de tranquilizarla.

—Que él piense lo que quiera —repuso; y volvió a soltar sus balidos—: ¡Ah-oh! ¡Ba-ho!... ¡Es terriblemente grande! Y como Bambi insistiera, agregó sin dejar de balar:

—¡Baoh! Déjame, no puedo evitarlo. Tengo que balar. ¡Baoh! ¡Baoh! ¡Baoh!

El ciervo estaba ahora en el espacio abierto, arrancando bocados de pasto.

Bambi estaba ahora completamente sereno y con buen ánimo; con un ojo vigilaba a su compañera y con el otro observaba al viejo ciervo, que parecía estar muy pacífico. Tratando de serenar a Falina, había logrado dominar su propia emoción y ya no tenía miedo. Así, empezó a reprocharse por el estado lastimoso en que él mismo se ponía cada vez que veía al príncipe: un estado mezcla de terror y excitación, admiración y sometimiento.

—Es absurdo, completamente absurdo —se dijo con decisión—. Iré directamente a su encuentro y le diré quién soy.

—¡No hagas eso! —gritó Falina—. ¡No vayas! ¡Ba-oh! ¡Va a suceder algo terrible! ¡Baoh! ¡Baoh!

—Voy a acercármele de todos modos —repuso Bambi. El ciervo que estaba desayunándose con tanta calma, sin prestar la menor atención a la llorosa Falina, empezó a parecerle excesivamente arrogante. Eso le hizo sentirse ofendido y humillado.

—Voy a hablarle —dijo—. Cállate. Ya verás como no sucede nada. Espérame aquí.

Bambi partió, pero Falina no quiso esperarle. No tenía ni el deseo ni el coraje necesario para quedarse. Miró a su alrededor, indecisa, y salió corriendo sin dejar de balar, pensando que lo mejor que podía hacer era huir. Bambi la oyó alejarse cada vez más, gritando siempre:

—¡Baoh! ¡Baoh!

Él la habría seguido gustoso. Pero ya no era posible. Eso mismo disipó los últimos titubeos y avanzó.

A través de las ramas vio al ciervo en el espacio abierto, con la cabeza cerca del suelo, buscando qué comer. Bambi sintió que el corazón le latía desordenadamente al poner el pie en el claro.

Al oírle el viejo ciervo levantó inmediatamente la cabeza y le miró. Después perdió la mirada en un punto distante. Esa mirada perdida en el espacio, como si allí no hubiese nadie, pareció tan arrogante a Bambi como la que le dirigiera al oírle llegar.

Pero ahora que estaba frente a él, no sabía qué hacer. Había venido con la intención de hablarle; quería decirle:

—Buenos días, yo soy Bambi. ¿Me permites que te pregunte cuál es tu honorable nombre?

Sin embargo, la cosa que en el primer momento le pareciera tan sencilla, ahora no lo era tanto. ¿De qué le servían las buenas intenciones de un momento antes? Empero, no quería dar la impresión de ser un mal educado, impresión que indudablemente no dejaría de causar si partía sin decir una sola palabra. Tampoco quería parecer descarado, concepto en que podía quedar si iniciaba la conversación.

El ciervo era de una majestad sublime, que le causaba un infinito placer al mismo tiempo que le hacía sentirse muy humilde. Trató vanamente de levantar su espíritu, y se preguntó repetidas veces: “¿Por qué tengo que asustarme en su presencia? ¿Acaso yo no soy tan bueno como él?” Pero era inútil. Seguía con el mismo miedo y la misma timidez, y sentía en el fondo de su corazón que no era tan digno y bueno como el viejo ciervo. Por el contrario, se consideraba muy lejos de semejante igualdad. Tan poca cosa se consideró, que llegó a sentirse casi despreciable, y tuvo que apelar a todas sus fuerzas para mantenerse sereno.

El viejo ciervo le miraba, entre tanto, y pensaba: “Es hermoso, es realmente simpático; tan delicado, tan elegante y gracioso en todo su porte. Sin embargo, no debo mirarle así. No está bien mirarle de este modo. Además puedo desconcertarle. Por eso, levantó la cabeza y miró nuevamente hacia el espacio.

“¡Qué porte tan altanero!”, pensó Bambi. Resulta realmente inaguantable la opinión que algunos se forman de sí mismos.

El ciervo estaba pensando: “Me gustaría hablarle; es tan simpático... Qué tontería eso de no querer hablar con aquellos a quienes no conocemos.” Y volvió a perder la mirada en la lejanía, pensativo.

“Cualquiera diría que yo soy parte del aire, se dijo Bambi. Este individuo se comporta como si él fuese el único sobre la superficie terrestre.”

“¿Qué podría decirle?”, se preguntaba el viejo príncipe. Yo no tengo la costumbre de hablar. Lo más probable en que diga alguna tontería y me ponga en ridículo... porque no me cabe la menor duda de que es un joven muy inteligente.”

Bambi se armó de valor y miró fijamente al ciervo. “¡Qué espléndido es!”, pensó con admiración y perdiendo a la vez toda su decisión.

—Bueno, será para otra vez, acaso —decidió el ciervo; y se alejó, descontento pero majestuoso.

Bambi se quedó en el mismo sitio, lleno de desencanto.

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Bambi


 


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