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Capítulo XIV

CAPÍTULO XIV

El bosque se abrasaba bajo el sol ardiente. Desde su salida el astro rey había hecho desaparecer hasta la más pequeña nube del cielo, y ahora resplandecía solo en la inmensidad azul que parecía palidecer por efectos del calor. Sobre las praderas y las copas de los árboles el aire se estremecía en ondas brillantes, transparentes, como se observan en la parte superior de una llama. No se movía una hoja, ni una brizna de hierba. Los pájaros estaban callados y se quedaban escondidos a la sombra del follaje sin moverse de su sitio. Ninguno de los habitantes del bosque se animaba a salir al descubierto. El bosque parecía una criatura yacente, herida por la luz enceguecedora. La tierra y los árboles, los arbustos, las bestias, respiraban en ese intenso calor con una especie de perezoso y placentero abandono.

Bambi dormía.

Él y Falina habían estado jugando toda la noche; y siguieron divirtiéndose hasta muy entrado el día, olvidándose, en su regocijo, hasta de comer. Sin embargo, el joven ciervo se había cansado tanto que ya ni tenía hambre. Se le cerraron los ojos, y se echó en el mismo sitio del bosque donde se detuviera, quedándose dormido instantáneamente.

El olor amargo y acre que se desprendía del enebro recalentado por el sol, y el penetrante aroma de la laureola, llegaban hasta su hocico mientras dormía, infundiéndole lluevas energías. De pronto despertó, sobresaltado. ¿Acababa de llamarle Falina? Miró a su alrededor. Recordaba haberla visto en el momento en que se echara a descansar, junto al espino, mordisqueando las hojas del mismo. Supuso que Falina se quedaría a su lado, pero se había ido. Aparentemente se había cansado de estar sola y por eso ahora le llamaba, para que fuese a buscarla.

Bambi se preguntó cuánto tiempo habría dormido, y cuántas veces le habría llamado Falina. No estaba seguro. Todavía los velos del sueño le nublaban el pensamiento.

Ella volvió a llamar. Con un hábil salto de costado Bambi se volvió en la dirección de donde venía la llamada. Volvió a oírla. Y de pronto se sintió lleno de felicidad. Se encontraba notablemente reparado en sus fuerzas, descansado, despejado, pero experimentaba al mismo tiempo un apetito intenso, acicateador.

El reclamo llegó nuevamente, ahora más claro, agudo como el gorjeo de un pájaro, tierno y lleno de nostalgia:

—¡Ven! ¡Ven! —decía.

Sí, ésa era su voz. Ésa era Falina. Bambi corrió a su encuentro tan velozmente que las ramas secas apenas si chasqueaban al pasar corriendo por entre las matas, y las hojas verdes apenas producían sonido al ser rozadas.

Sin embargo, tuvo que pararse en seco en mitad de su carrera y virar hacia un costado, pues allí estaba el viejo ciervo, impidiéndole el paso.

Bambi no tenía tiempo para otra cosa que para dedicarlo al objeto de sus amores. El viejo príncipe ahora era absolutamente indiferente para él. En cualquier otro momento podrían verse. Ahora no podía detenerse, por noble que se le apareciese. Su pensamiento sólo tenía un objetivo: Falina. Por eso, saludó ligeramente al ciervo y trató de seguir corriendo.

—¿Adónde vas? —le preguntó aquél con aire grave. Bambi se sintió algo confundido y trató de pensar en algo para evadirse; pero cambió de parecer y repuso francamente:

—Voy hacia ella; me está llamando.

—No vayas —replicó él.

Por su mente pasó un chispazo de ira. ¿No acudir al llamado de Falina? ¿Cómo podía este viejo tonto pedirle semejante cosa? “Saldré corriendo sin hacerle caso” —pensó, y dirigió una rápida mirada al ciervo—. Pero la mirada intensa con que se encontró tuvo el poder de contenerle. Bambi se estremeció de impaciencia, pero no pudo irse.

—Ella está llamándome —explicó. Lo dijo con tal tono de súplica, que equivalía a haber perdido.

—¡No me entretengas con tu conversación!

—No —dijo el viejo ciervo—; no es ella quien te está llamando, como crees tú.

El llamado volvió a dejarse oír, débil como el piar de un pájaro:

—¡Ven!

—¿Qué quieres? —preguntó Bambi, fuera de sí de impaciencia—ya ves: ha vuelto a llamarme.

—La oigo perfectamente —asintió el ciervo.

—Bien, entonces, adiós —dijo disponiéndose a correr.

—¡Alto! —le ordenó esta vez el viejo príncipe.

—¿Qué quieres? —gritó Bambi sin poder ya contener su enojo—. Déjame ir. No tengo tiempo que perder. Por favor, Falina me llama... Deberías comprender...

—Te digo —insistió el viejo ciervo— que no es ella. Bambi estaba desesperado. Pero dijo:

—Yo conozco perfectamente su voz...

—Escúchame —agregó su interlocutor. La llamada volvió a dejarse oír. El joven ciervo sentía que el suelo le quemaba los pies.

—Más tarde —suplicó—; más tarde volveré para que me lo expliques.

—No —dijo tristemente el príncipe—; no volverás nunca, nunca más.

El reclamo llegó otra vez.

—¡Debo acudir! ¡debo ir! —gritó Bambi, ya casi sin control.

—Entonces —declaró el viejo ciervo con voz autoritaria— iremos juntos.

—¡Pronto! —dijo Bambi; y partió con un salto formidable.

—No, iremos lentamente —ordenó el príncipe con una voz tal que Bambi no se animó a desobedecerle—. Quédate detrás de mí. No des más de un paso por vez.

Tras estas palabras empezó a caminar. Bambi le siguió, suspirando lleno de impaciencia.

—Escúchame —dijo luego sin detenerse—; no importa con cuánta frecuencia oigas esa llamada; no te muevas de mi lado. Si se trata de Falina lo sabrás muy pronto. Pero no es ella. No te dejes engañar. Todo depende ahora de si confías o no en mí.

Bambi no osó resistirse y se rindió en silencio a la voluntad del ciervo.

Este último avanzó lentamente; y él le siguió. ¡Con cuánta habilidad y prudencia avanzaba el príncipe! Sus patas no producían el menor ruido en el suelo. No movían siquiera una hoja; ni quebraban una ramita. Y sin embargo, estaban deslizándose por entremedio de espesas matas, escurriéndose por la parte más espesa del bosque. Bambi estaba sorprendido y no pudo menos que admirarle a pesar de la impaciencia que sentía. Jamás se le había ocurrido que alguien pudiese caminar así.

La llamada se repitió una y otra vez. El viejo ciervo permaneció inmóvil, escuchando y moviendo la cabeza. Bambi estaba detrás de él, estremeciéndose, sufriendo al no poder dar rienda suelta a sus deseos de emprender la carrera. No lograba comprender qué objeto tenían las precauciones de su compañero.

Éste se detuvo varias veces; levantó la cabeza, escuchó, y luego la movió como si hiciese signos afirmativos. Bambi no oía nada. El viejo príncipe cambió el rumbo, como con la intención de rodear el punto de donde venía la llamada. Esto hizo que la impaciencia de Bambi se convirtiese en verdadera furia.

La llamada seguía repitiéndose cada vez más cerca. Por fin estaban casi junto al sitio de donde aquélla provenía.

El viejo ciervo susurró:

—Veas lo que vieres, no te muevas, ¿entiendes? Fíjate en todo lo que yo hago e imítame, con sumas precauciones. Y no pierdas la cabeza.

Avanzaron unos pasos más y de pronto aquel olor penetrante que tanto le impresionaba y que tan bien conocía llegó hasta donde estaban ellos. La sorpresa fue tan repentina al percibirlo, que Bambi estuvo a punto de soltar un grito. Pero se contuvo y permaneció como clavado en el suelo. Por un momento sintió los latidos del corazón golpeándole con fuerza en el cuello. El ciervo, sereno a su lado, le indicó algo con un movimiento de los ojos.

Él estaba allí.

Él estaba muy cerca, apoyado contra el tronco de un árbol, oculto por unos avellanos. Y era Él quien llamaba dulcemente:

—¡Ven! ¡Ven!

Bambi quedó completamente trastornado. Tal era el terror que se posesionó de su ánimo, que sólo gradualmente empezó a darse cuenta de que estaba imitando la voz de Falina. Él había estado llamando:

—¡Ven! ¡Ven!

Un frío terror pareció recorrer el cuerpo del joven ciervo. La idea de huir se hizo carne en él, dominándole, llenándole el corazón.

—Quédate quieto —susurró su compañero rápida y perentoriamente, como si quisiese prevenir los efectos desastrosos que podía ocasionarle el miedo que experimentaba.

El pobre logró dominarse mediante un esfuerzo.

El viejo ciervo le miró, al principio con mirada un tanto burlona, según pareció a Bambi, que a pesar del terror que experimentaba no dejaba de observarle. Pero la mirada cambió pronto de expresión, haciéndose grave, bondadosa.

Bambi atisbo, mirando hacia donde Él estaba, y sintió que ya no podría resistir mucho tiempo su presencia.

Como si acabase de leer ese pensamiento en la mente de su joven acompañante, el príncipe se inclinó y le dijo en voz baja:

Vámonos.

Y se volvió para emprender la retirada.

Se alejaron deslizándose sigilosamente. El viejo ciervo ahora avanzaba en un movimiento de zigzag cuya finalidad Bambi no alcanzaba a comprender. Sin embargo, dominó sus nervios y le siguió a pesar de la impaciencia que volvía a sentir otra vez. El temor con respecto a Falina ya había pasado, dejando lugar a la alegría de saberla a salvo. Y esta alegría lo llenaba del deseo de emprender una loca carrera, del deseo de volar, si esto último le hubiese sido posible.

Pero su protector caminaba lentamente, deteniéndose a escuchar con frecuencia. Al reanudar la marcha, lo hacía en zigzag; volvía a detenerse, y empezaba a caminar otra vez, siempre con extremadas precauciones, y con estudiada lentitud.

Ya estaban lejos del peligro. “Si vuelve a detenerse —pensó Bambi— estaría bien que yo le hablase para darle las gracias.”

Pero en ese preciso instante el viejo ciervo desapareció delante mismo de sus ojos por entremedio de una maraña de jóvenes cornejos. No se movió una hoja, ni se quebró una sola ramita al paso del generoso protector.

Bambi trató de seguirle, y, lo que es más, trató de hacerlo tan silenciosamente como él, evitando producir el menor ruido con la misma extraordinaria habilidad. Pero no tuvo esa suerte. Las hojas susurraban suavemente, y las ramas que le rozaban los flancos soltaban, al quedar libres del contacto con su cuerpo, un sonido vibrante. Ramas secas se quebraban contra su pecho con secos chasquidos.

“Él me salvó la vida —siguió pensando—. ¿Qué puedo decirle ahora?”

Pero el príncipe no se veía por ninguna parte. Avanzó un poco más y se encontró en medio de un mar de cardillos, llenos de flores amarillas. Levantó la cabeza y miró a su alrededor. Hasta donde alcanzaba su vista no vio moverse siquiera una hoja. Estaba completamente solo.

Libre de todo control, el impulso de correr velozmente le hizo emprender una loca carrera. Los cardillos se abrían a su paso como si sus pezuñas fuesen una tajante guadaña.

Después de vagar largo rato sin rumbo fijo se encontró con Falina. Estaba fatigado, pero lleno de felicidad, a la vez que profundamente excitado.

—Por favor, amada mía —dijo—, por favor, no vuelvas a llamarme jamás. Será mejor que siempre nos busquemos silenciosamente hasta encontrarnos. No vuelvas a llamarme nunca... porque si hay algo que no puedo resistir, es tu dulce voz...

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Bambi


 


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