![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
CAPÍTULO XIX Todos vieron muy pronto que Gobo tenía costumbres que resultaban extrañas y sospechosas. Dormía de noche, cuando todos se quedaban despiertos. Pero de día, cuando los demás buscaban un lugar donde echarse a dormir, él se quedaba levantado y se iba a pasear. Salía del bosque cuando quería, sin la menor vacilación, y se paseaba con toda tranquilidad por el prado, a plena luz del sol. Bambi encontró imposible guardar silencio por más tiempo. —¿No sé te ocurre pensar nunca en el peligro? —le preguntó. —No —repuso Gobo—; no hay ningún peligro para mí. —Tú olvidas, mi querido Bambi —intervino la tía Ena— que Él es amigo de Gobo. Mi hijo puede arriesgarse más que ninguno de vosotros. Dijo esto con notable orgullo. Bambi no agregó nada más. Un día Gobo le dijo: —¿Sabes una cosa? Me resulta un poco extraño esto de poder comer donde y cuando quiero. Bambi no comprendió. —No veo por qué ha de parecértelo —repuso—; a todos nos ocurre lo mismo. —Ah, a vosotros sí —dijo Gobo con superioridad—; pero yo soy un poco distinto de vosotros. Yo estoy acostumbrado a que me traigan la comida, o a que me llamen cuando está preparada y lista. Bambi le miró con lástima. Después miró a Falina, a Marena y a la tía Ena. Pero todas estaban mirando a Gobo con una sonrisa de admiración. —Yo creo que te va a resultar difícil acostumbrarte al Invierno, Gobo —empezó a decir Falina—. Nosotros no disponemos ni de heno, ni de nabos y patatas durante esa estación. —Es verdad —repuso él con aire reflexivo—. No se me había ocurrido pensar en eso aún. Ni siquiera puedo imaginar cómo será eso. Debe ser horrible. Bambi repuso calmosamente: —No es horrible; es duro, nada más. —Bien —declaró Gobo displicentemente—. Si la cosa se me hace muy dura, regresaré junto a ÉL ¿Por qué habría de pasar hambre? No veo la necesidad. Bambi se volvió sin decir palabra y se alejó lentamente. Cuando Gobo se quedó solo con Marena empezó a hablar de Bambi. —Mi primo no me comprende —dijo—. El pobre cree que yo soy siempre el bobito de otros tiempos. No puede acostumbrarse a la idea de que me he convertido en un ser excepcional. ¡Peligro!... ¿Qué quiere decir con esa palabra? Sé que lo hace por mi bien; pero el peligro es cosa que debe preocuparle a él, y a los que son como él: no a mí. Marena estaba de acuerdo con ese criterio. Amaba a Gobo, quien a su vez la amaba a ella. Los dos eran muy felices. —Bien —agregó—; nadie me entiende como tú, Marena. De todos modos, no puedo quejarme. Todos me respetan y me honran. Pero tú me comprendes como nadie. Cuando digo a los demás lo bueno que es Él, me escuchan, sí. Pero si no creen que yo miento, al menos siguen aferrados a la opinión de que Él es malo. —Yo siempre he creído en Él —dijo Marena ensoñadoramente. —¿De veras? —exclamó Gobo. —¿Recuerdas el día en que te dejaron caído en la nieve? —agregó Marena—. Ese día yo dije que alguna vez Él vendría al bosque a jugar con nosotros. —No —replicó Gobo bostezando—; no recuerdo eso. Pasaron unas pocas semanas. Una mañana Bambi, Falina, Gobo y Marena se encontraron en el viejo y familiar bosque de avellanos. Bambi y Falina regresaban de su paseo y se encaminaban hacia su refugio, cuando vieron a Gobo y Marena, El primero se disponía a salir a la pradera. —Quédate con nosotros —le sugirió Bambi—; pronto saldrá el sol y ya nadie irá al prado. —Tonterías —repuso Gobo en tono burlón—; si no va nadie, iré yo. Y se dirigió hacia el gran espacio libre, seguido por Marena. Bambi y Falina se detuvieron. —Ven —dijo Bambi con enojo—; vámonos. Deja que haga lo que quiera. Y ya iban a proseguir su camino, cuando el grajo soltó un agudo chillido en la parte más distante del bosque. Mediante un gran salto, Bambi empezó a correr rumbo a la pradera. Al llegar al roble del límite, dio alcance a Gobo y Marena. —¿Oísteis eso? —preguntó. —¿Qué? —preguntó Gobo con extrañeza. —El grajo volvió a chillar en la parte más distante del bosque. —¿Oísteis eso? —repitió Bambi. —No —declaró el otro con calma. —Eso significa peligro —insistió Bambi. Una urraca empezó a parlotear en voz alta; e inmediatamente, otra, y luego otra. Después el grajo chilló por tercera vez y las cornejas dieron su voz de alarma desde los airea. Falina empiezo a suplicar. —¡No salgas, Gobo! ¡Es peligroso! La misma Marena le suplicó: —Quédate aquí; quédate, amado mío. Es peligroso salir. Gobo les miró con su sonrisa de superioridad. —¡Peligroso! ¡Peligroso! ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó. Apremiado por la inminente necesidad de convencerle, Bambi tuvo una idea. —Al menos deja que Marena salga primero —dijo—; así sabremos si... No había terminado de hablar cuando Marena se deslizó rumbo al prado. Los tres permanecieron inmóviles, mirándola; Bambi y Falina ansiosamente; Gobo con evidente calma, como quien quiere ser indulgente con los temores vanos de los demás. Así vieron a Marena atravesar el prado paso a paso; con pie indeciso, la cabeza alta, miraba y venteaba en todas direcciones. De pronto la vieron moverse con la rapidez del rayo y, con un salto formidable, como si la impeliese un ciclón, regresó al bosque. —¡Es Él, Él! —susurró, con voz entrecortada por el terror. Estaba temblando—. Yo... yo le vi —tartamudeó—. Es Él. Está detenido cerca de los alisos. —Vamos —dijo Bambi—; vámonos inmediatamente de aquí. —Vamos —suplicó Falina—. Y Marena, que apenas podía hablar, susurró: —¡Por favor, vámonos, Gobo; vámonos de aquí! Pero éste permaneció impertérrito. —Corred cuanto gustéis —dijo—; yo no os detendré. Ya que Él está aquí, quiero hablarle. No hubo forma de disuadirle. Los tres se quedaron mirando cómo se alejaba hacia el prado. Estaban inmóviles, impresionados por su gran confianza, al mismo tiempo que un miedo horrible les atenaceaba las entrañas. Gobo llegó al centro del prado, donde se detuvo buscando los alisos con la vista. Después pareció encontrarlos, y junto a ellos, descubrió a Él. En ese momento resonó el trueno. Gobo pegó un salto en el aire en el preciso instante en que se oyó el estampido. Enseguida se volvió y emprendió veloz carrera hacia el bosque, tambaleándose. Los otros tres seguían en el mismo sitio, petrificados por el terror, mientras él se acercaba. Ya percibían las boqueadas que daba en su esfuerzo por respirar. Y como no se detuvo, sino que pasó corriendo por su lado, los tres le dieron alcance y huyeron a su vez. Pero el herido cayó pronto al suelo. Marena se detuvo a su lado; Falina y Bambi algo más lejos, dispuestos a huir a la primera señal de peligro. Gobo yacía con las entrañas saliéndose por la herida que tenía en el flanco. Con un movimiento débil, irguió la cabeza. —Marena —dijo con un esfuerzo—; Marena... Y ya no pudo reconocerla. Su voz se hizo más débil aún. Por el lado del prado se oyó un gran ruido. Marena se acercó a Gobo. —¡Él viene hacia aquí! —murmuró con desesperación—. ¡Gobo, que viene Él! ¿No puedes incorporarte y venir conmigo? El herido levantó un poco la cabeza, la giró otro poco, dio unos golpes convulsivos con las patas sobre la tierra, y después permaneció inmóvil. Con mucho ruido, estallidos y chasquidos de ramas rotas a su paso, Él se abrió camino entre los arbustos y se hizo visible. Marena le vio desde muy cerca. Volviéndose lentamente, la pobre desapareció entre los arbustos más próximos; después se apresuró para dar alcance a Bambi y a Falina. Al volver la cabeza por última vez, vio cómo Él se inclinaba para levantar al herido. Después, se oyó el alarido de muerte de Gobo.
|
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||