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CAPÍTULO XV Días más tarde los dos caminaban tranquilamente por un bosquecillo de robles situado al otro extremo de la pradera. Para llegar al sendero por donde solían transitar, tenían que atravesar todo el prado hasta llegar al sitio donde estaba el roble solitario. A medida que la vegetación iba haciéndose menos densa, se detenían y miraban a su alrededor. Algo de aspecto rojizo se movía cerca del roble. Los dos se detuvieron para mirar qué era. —¿Quién podrá ser? —suspiró Bambi. —Probablemente Roño o Karus —dijo Falina. Bambi dudó que pudiese ser alguno de ellos. —Ninguno de los dos se atreve a acercarse más a mí —dijo, mirando con concentrada atención—. No —concluyó con decisión—; no son ni Roño ni Karus. Se trata de un desconocido. Falina asintió, sorprendida y llena de curiosidad. —Sí —dijo—, es un desconocido. Yo también lo veo ahora. ¡Qué extraño! Los dos le miraron en silencio. —Es un tonto —dijo Bambi—, un verdadero tonto. Obra como una criatura, como si no hubiese el menor peligro. —Acerquémonos —propuso Falina. Su curiosidad podía más que todo sentimiento de prudencia. —Muy bien —contestó Bambi—. Vamos; quiero mirarle bien de cerca. Avanzaron unos cuantos pasos. De pronto Falina se detuvo. —Supón que quiera luchar contigo —dijo—. Parece muy fuerte. —¡Bah! —dijo Bambi inclinando la cabeza hacia un lado en gesto desdeñoso—. Fíjate en las astas pequeñas que tiene. ¿Crees que puede asustarme? Es cierto que ese individuo está bien gordo y tiene el pelo brillante. Pero ¿indica eso que sea fuerte? A mí no me lo parece. Ven, acerquémonos. Y siguieron avanzando. El desconocido parecía muy ocupado mordisqueando el pasto, y no se dio cuenta de la presencia de ellos hasta no tenerles bien cerca, cuando Bambi y Falina habían recorrido más de la mitad del prado. Entonces levantó la cabeza y corrió al encuentro de los dos. Avanzaba dando alegres saltitos que producían la impresión de que se tratase de una criatura. Bambi y Falina se detuvieron, sorprendidos, y le esperaron. Cuando se encontró a unos pasos de distancia, él también se detuvo. Después de unos segundos preguntó: —¿No me reconocéis? Bambi había inclinado la cabeza, preparándose para la lucha. —¿Nos conoces tú a nosotros? —replicó. El desconocido le contestó en tono de reproche, y al mismo tiempo como con confianza: —¡Bambi! Bambi se sorprendió al oírse llamar por su nombre. Al mismo tiempo la voz de su interlocutor parecía evocar recuerdos lejanos en su corazón. Antes de que se diese cuenta, Falina había corrido al encuentro del desconocido. —¡Gobo! —exclamó, y se quedó sin poder agregar ninguna otra palabra. Luego permaneció silenciosa, inmóvil. Apenas podía respirar. —Falina —dijo Gobo dulcemente—, Falina, hermanita mía..., tú me reconociste, al menos. Enseguida se acercó a ella y la besó. Por sus mejillas corrían lágrimas de emoción. Falina también estaba llorando y no podía hablar. —Vaya, Gobo —empezó a decir Bambi. La voz le temblaba; se sentía lleno de confusión. Estaba profundamente emocionado, lleno de asombro. —Vaya, entonces no habías muerto —agregó más animado, en tono alegre. Gobo rompió a reír. —Ya ves que estoy vivo —dijo—; bien puedes ver, pues, que no he muerto. —Pero ¿qué sucedió aquella vez en la nieve? —preguntó Bambi. —¡Ah!, ¿entonces? —repuso Gobo con aire lleno de gravedad—. En aquella oportunidad Él me rescató. —¿Y dónde has estado durante todo este tiempo? —preguntó Falina, asombrada. —Con Él —replicó Gobo—. Estuve todo el tiempo con Él. Después miró en silencio a Falina y a Bambi. El asombro que leía en sus semblantes le causaba un verdadero placer. Después agregó: —Sí, mis queridos; yo he visto más cosas que todos vosotros juntos en el viejo bosque. Estas palabras las dijo un tanto jactanciosamente, pero sus interlocutores no le hicieron caso. Los dos estaban todavía demasiado sorprendidos. —Cuéntanos eso, Gobo —dijo después Falina, llena de entusiasmo y alegría. —¡Oh! —dijo Gobo con satisfacción—. Podría pasarme todo el día contando al respecto, y sin embargo, no llegaría al fin de mi historia. —Bueno, no importa; habla —dijo Bambi con impaciencia. Gobo se volvió a Falina y se puso serio. —¿Mamá vive aún? —dijo tímida y dulcemente. —Sí —exclamó Falina con regocijo—. Está viva, aunque hace bastante tiempo que no la veo. —Pues me voy a buscarla ahora mismo —dijo Gobo con decisión—. ¿Venís conmigo? Partieron los tres juntos. Durante todo el camino no pronunciaron una sola palabra. Bambi y Falina comprendían el deseo y la impaciencia de Gobo por ver a su madre; por eso se mantuvieron callados. Gobo avanzaba adelante con rapidez, sin abrir la boca para nada. Y ellos dejaron que hiciese primero lo que pluguiese a su corazón. Sólo a veces, cuando parecía haber olvidado el camino y en su impaciencia por llegar pronto iba a tomar un sendero por el que no podría llegar a destino, le llamaban la atención. —Por aquí —le decía Bambi. O si no, era Falina la que le prevenía: —No, no; por ahí, no. Por aquí. Varias veces tuvieron que atravesar grandes espacios abiertos. Vieron que Gobo nunca se detenía en el límite del bosque para mirar a su alrededor antes de seguir avanzando y seguir al claro, sino que, por el contrario, seguía corriendo sin adoptar ninguna precaución. Bambi y Falina cambiaban miradas de estupor cada vez que ocurría eso; pero no dijeron una sola palabra al respecto y le siguieron, no sin cierta vacilación, pues ellos no podían dejar de vigilar, atisbar y asegurarse de la ausencia de peligro antes de proseguir. Gobo recordó al momento los senderos que recorriera en la niñez. Estaba encantado de sí mismo, sin darse cuenta de que eran Bambi y Falina quienes le guiaban en realidad. Volviéndose para mirarles les preguntaba: —¿Qué decís de la habilidad con que sé andar por el bosque después de tanto tiempo? Ellos no dijeron nada, pero volvieron a cambiar miradas de inteligencia. Pronto llegaron a un pequeño claro sombreado por espesa fronda. —Mira —dijo Falina y se deslizó dentro del mismo. Gobo la siguió, pero una vez dentro, se detuvo. Ése era el claro en que él y su hermana habían nacido y donde vivieron con su madre siendo pequeñitos. Gobo y Falina se miraron en los ojos. No dijeron una sola palabra. Pero Falina besó tiernamente a su hermano. Después siguieron avanzando. Caminaron de un lado para el otro durante una buena hora. El sol brillaba cada vez con mayor intensidad a través de las ramas y el bosque iba sumiéndose en un silencio cada vez más profundo. Era la hora de echarse a descansar. Pero Gobo no estaba cansado. Siguió caminando rápidamente, respirando agitado, debido a la excitación y la impaciencia que le dominaban, y mirando a su alrededor, sin detener la mirada en ningún punto determinado. Cada vez que una comadreja pasaba corriendo velozmente por entre sus patas, no podía menos que estremecerse. Por momentos parecía que iba a aplastar a los faisanes con las patas, y cuando éstos protestaban ante su falta de cuidado, agitando ruidosamente las alas, se asustaba terriblemente. Bambi se maravillaba ante la manera extraña y ciega que tenía de caminar. Por fin, Gobo se detuvo y se volvió hacia ellos. —Parece que mamá no está por aquí —exclamó con desaliento. Falina le calmó. —Pronto la encontraremos —le dijo, profundamente emocionada—. La encontraremos pronto, Gobo. Y le miró. Su hermano tenía siempre esa expresión de abatimiento que ella conocía tan bien. —¿Quieres que la llamemos? —le preguntó sonriendo—. ¿Quieres que la llamemos como cuando éramos pequeños? Bambi se alejó unos pocos pasos. Y entonces vio a la tía Ena. Ésta ya se había echado para descansar, allí cerca, junto a un joven avellano. —Por fin —se dijo. En el mismo momento, Gobo y Falina le daban alcance. Los tres juntos, miraron a Ena. Ésta levantó vivamente la cabeza y les miró a su vez con ojos soñolientos. Gobo dio unos pocos pasos inseguros, y dijo dulcemente: —¡Mamá!... Ella se incorporó rápida como un relámpago y permaneció inmóvil, como transfigurada. Gobo se puso a su lado de un salto. —¡Mamá! —repitió. Y trató de agregar algunas palabras, pero la emoción se lo impidió. La madre le miró intensamente en los ojos. La rigidez de la tía Ena dio lugar a un estremecimiento que afectaba a todo su cuerpo. No hizo ninguna pregunta. Ella no necesitaba escuchar ninguna historia que le explicase el milagro de volver a ver vivo a su hijo. Simplemente, besó a Gobo con infinita ternura; le besó en la boca, en la cara, en el cuello. Le besó larga, incansablemente, lo mismo que hiciera cuando Gobo era recién nacido. Bambi y Falina se alejaron prudentemente para dejarles a solas.
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