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CAPÍTULO XVI Estaban todos reunidos en un pequeño claro situado en el centro del bosque. Gobo tenía la palabra. Hasta la amiga liebre estaba allí. Llena de atención y asombro, levantaba una de sus orejas acucharadas, escuchaba, la dejaba caer, para volver a erguirla inmediatamente. La urraca estaba encaramada en la rama más baja de una haya, y escuchaba deslumbrada. El grajo se encontraba sobre la rama de un fresno; se veía que estaba muy inquieto; de vez en cuando soltaba un grito de asombro. Algunos faisanes amigos habían traído a sus respectivas esposas e hijos, y todos estiraban el cuello, escuchando con interés y asombro. A veces lo recogían para mirar a derecha e izquierda en un gesto de mudo estupor. La ardilla había subido veloz a su árbol, y desde arriba gesticulaba, presa de gran excitación. En un momento imprevisto descendía al suelo para encaramarse casi enseguida a otro árbol. Ubicada nuevamente en las alturas, se erguía sobre las dos patas traseras y sacaba el blanco pecho, manteniendo el equilibrio con la cola. De vez en cuando trataba de interrumpir a Gobo para decir algo; pero en cuanto abría la boca todos le decían en tono perentorio que callase. Gobo contó cómo en aquella memorable ocasión había permanecido tirado sobre la nieve, esperando la muerte. —Pero me encontraron los perros —agregó—. Los perros son terribles. Los seres más terribles del mundo. Tienen las mandíbulas chorreando sangre y su ladrido es cruel y colérico. Miró a su alrededor el círculo de caras atentas y prosiguió: —Pues bien; desde aquella vez he jugado con ellos como podría hacerlo con cualquiera de vosotros. Se veía que estaba muy orgulloso de lo que decía. —Ya no les temo, pues son buenos amigos míos. Pero cuando empiezan a ladrar me siento ensordecido y el corazón deja de latirme de miedo. Sin embargo, sus ladridos no significan necesariamente una amenaza; como ya os dije, son buenos amigos míos. —Prosigue —le urgió Falina. Gobo la miró. —Y bien —agregó—; los perros me habrían despedazado de no haber sido por la providencial llegada de Él. Gobo hizo una pausa; los demás apenas respiraban. —Sí —agregó el relator—; llegó Él, llamó a los perros, quienes al oírle se serenaron inmediatamente. A su segunda llamada éstos fueron a acurrucarse inmóviles a sus pies. Después, Él me levantó. Yo grité, asustado, pero él me acarició y me tomó en sus brazos. No me hizo ningún daño. Finalmente, me llevó consigo. Felina le interrumpió para preguntarle: —¿Qué quieres decir con eso de que “te llevó consigo”? Gobo procedió a explicárselo con lujo de detalles. —Es muy sencillo —le interrumpió Bambi—; es lo mismo que hace la ardilla cuando coge una nuez: “se la lleva”. La ardilla quiso aprovechar la coyuntura para meter baza. —Un primo mío... —comenzó a decir. Pero todos le interrumpieron vivamente, diciéndole: —¡Cállate, cállate! Deja proseguir a Gobo con su historia. Y la ardilla tuvo que callarse. Eso la desesperaba; oprimiéndose el pecho con las dos patas, intentó trabar conversación con la urraca. —Como decía, un primo mío... —empezó. Pero la urraca le volvió simplemente la espalda. Gobo contaba verdaderas maravillas. —“Afuera” puede estar lloviendo a mares y hacer un frío terrible, pero, en el mismo momento, “adentro” no sopla la menor brisa y hace una temperatura tan agradable como en verano —dijo. —¡Akj! —gritó el grajo. —Sí, sí; “afuera” la lluvia puede inundarlo todo, pero “adentro” no cae siquiera una gota y uno está bien séquito. Los faisanes estiraban el cuello más aún y ladeaban la cabeza llenos de curiosidad. —“Afuera” estaba todo cubierto por la nieve, mientras que “adentro” yo sentía un calorcito muy agradable. Me daban de comer heno y castañas, patatas y nabos, todo lo que yo quería. —¿Heno? —exclamaron todos a la vez en tono interrogativo, atónitos, incrédulos, excitados. —Sí, heno fresco, recién segado —repitió Gobo con calma, y dirigió una mirada triunfante a su alrededor. Nuevamente se dejó oír la voz de la ardilla: —Un primo mío... —¡Cállate! —le gritaron los demás. —¿De dónde saca Él el heno y lo demás en invierno? —preguntó Falina, intrigada. —Lo cultiva él mismo —contestó Gobo—. Él puede cultivar todo lo que quiere y conservar lo que se le antoja. Falina siguió preguntando: —¿No tenías miedo, Gobo, de estar con Él? Gobo sonrió con aire de superioridad. —No, querida Falina —dijo—; ya no. Por entonces sabía que Él no iba a hacerme daño. ¿Por qué iba entonces a tener miedo? Todos vosotros creéis que Él es un malvado. Pero no lo es. Él es bueno con todos aquellos a quienes ama y con los que le sirven. Pero muy bueno. Nadie en el mundo puede serlo tanto. Mientras Gobo estaba hablando de esta guisa, apareció repentinamente el viejo príncipe, sin hacer ruido, viniendo de lo más espeso del bosque. Gobo no se percató de su presencia y siguió hablando. Pero los demás, que le vieron, se mantuvieron inmóviles, conteniendo la respiración, respetuosos, impresionados. El recién llegado permaneció inmóvil, mirando a Gobo con ojos llenos de gravedad, con mirada profunda. Gobo dijo: —No sólo Él, mas todos sus hijos me querían. Su mujer y los niños me acariciaban y solían jugar conmigo... Gobo acababa de ver al ciervo, por lo que calló bruscamente. Se hizo un silencio general. Después el viejo ciervo preguntó con su voz serena y dominante: —¿Qué clase de banda es ésa que llevas al cuello? Todos miraron y vieron por primera vez la tira oscura de crin trenzada que le rodeaba el cuello. Gobo contestó, evidentemente turbado: —¿Esto? Es parte del cabestro que uso. Es el cabestro que Él me puso; usarlo es un gran honor, es... Pero dominado por la confusión, tartamudeó y terminó por callar. Volvió a reinar el silencio en la concurrencia. El viejo príncipe miró largamente a Gobo, con mirada inquisitiva y triste a la vez. —¡Pobrecillo! —le dijo al final; tras de lo cual se volvió para alejarse silenciosa y majestuosamente. En el silencio lleno de estupor que siguió, la ardilla empezó una vez más: —Como decía, un primo mío pasó también una temporada con Él. Fue capturado y encerrado; Él le tuvo prisionero mucho tiempo. Hasta que un día mi padre... Pero nadie escuchaba a la ardilla. Todos se retiraron, alejándose cada cual por su lado.
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