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CAPÍTULO XVIII Bambi fue en busca del viejo ciervo. Vagó durante toda la noche; llegó la aurora y salió el sol, para encontrarse frustrado en sus propósitos, en un sendero desconocido, sin Falina. Todavía se sentía, a veces, atraído por ella. Había momentos en que sentía hacia la cierva un amor tan intenso como jamás lo experimentara. Entonces le gustaba pasear con ella, escuchar su conversación, retozar en su compañía por el prado o ramonear en el límite del bosque. Pero ya su compañera parecía no satisfacerle tanto como al principio. Antes, cuando estaba con Falina, apenas si recordaba sus encuentros con el viejo ciervo; y cuando los recordaba, era por pura casualidad. Ahora le buscaba, impelido por un inexplicable deseo de verle. Sólo pensaba en Falina algunas veces. Con ella podía estar cuando quería. Con los demás no tenía mayor interés en encontrarse. A Gobo y la tía Ena evitaba encontrarles cuantas veces podía. La palabra que el viejo príncipe pronunciara con respecto a Gobo resonaba aún en sus oídos, pues le había hecho una impresión profunda, particular. En cuanto a Gobo, éste le producía una sensación extraña desde el día de su regreso. Bambi no sabía por qué, pero en la manera de ser de Gobo había para él algo muy penoso. Además, se sentía avergonzado de él, y no sabía por qué. También temía por su vida, siempre sin poder explicarse la causa. Cada vez que se encontraba con el inofensivo, vanidoso, afectado y satisfecho de sí mismo Gobo, la palabra volvía a resonar en sus oídos: “¡Pobrecillo!” y no podía dejar de recordarla. Pero una noche en que Bambi volviera a deleitar al mochuelo asegurándole que su grito le aterrorizaba, se le ocurrió, repentinamente, preguntarle: —¿Sabes dónde está ahora el viejo ciervo? El mochuelo contestó con su voz arrulladora que no tenía la menor idea al respecto. Pero Bambi se dio cuenta de que no quería decírselo. —No te creo —repuso—; tú eres demasiado listo para no saberlo. Todo lo que sucede en el bosque, lo sabes tú. Por tanto, tienes que saber dónde se oculta. El mochuelo, profundamente halagado y envanecido, estrechó las plumas todo lo posible contra el cuerpo, empequeñeciéndose visiblemente. —Es claro que lo sé —repuso con voz más arrulladora todavía—; pero no debo decírtelo; no: no debo decírtelo. Bambi empezó a suplicar. —Yo guardaré el secreto —dijo—; nadie sabrá que tú me diste el informe. ¿Cómo voy a descubrirte respetándote como te respeto? El ave distendió sus plumas, convirtiéndose en una hermosa pelota de color gris castaño, revoleó los arteros ojos, como lo hacía siempre que se sentía de buen humor. —De manera que tú sientes respeto hacia mí —dijo—; ¿y por qué, si se puede saber? Bambi no titubeó. —Porque eres muy sabio —contestó con acento sincero— y además, simpático y bueno. Y porque eres tan hábil y asustas tan bien. Se necesita mucha habilidad para asustar; sí; se necesita ser muy hábil. Ojalá yo pudiese hacerlo como tú; me serviría de mucho. El mochuelo hundió el pico en el plumaje del pecho. se sentía enteramente feliz con las manifestaciones de Bambi. —Pues bien —se resolvió a contestar por fin. —Yo sé que el viejo ciervo se alegraría mucho de verte. —¿De veras crees eso? —exclamó Bambi, mientras el corazón empezaba a latirle más rápidamente de contento que estaba. —Sí, estoy seguro de ello. Y cómo él se alegraría tanto de verte, creo que puedo aventurarme a decirte dónde se encuentra. Con estas palabras volvió a aplastar las plumas contra el cuerpo, empequeñeciéndose otra vez. —¿Conoces esa zanja honda junto a la cual crecen unos sauces? Bambi dijo que sí con la cabeza. —¿Conoces el bosquecillo de robles que hay al otro lado de la zanja? —No —contestó Bambi—; nunca he estado al otro lado de la zanja. —Bien, entonces escúchame atentamente —murmuró el mochuelo—. Como te dije, al otro lado de la zanja hay un bosquecillo de robles. Después encontrarás algunos arbustos, en su mayor parte avellanos y espinos. En medio de éstos encontrarás una haya vieja desarraigada. Tendrás que buscarla bien. No es tan fácil descubrirla desde el suelo como desde el aire. Encontrarás a quien buscas debajo del tronco. Pero no le digas que yo te lo dije. —¿Debajo del tronco? —repitió Bambi. —Sí —dijo riendo el mochuelo—. Allí, debajo del tronco, hay un agujero hecho en la tierra, cubierto en parte por el haya. Él duerme debajo del tronco. —Muchas gracias —repuso Bambi con efusión—. No sé si podré encontrarle, pero de todos modos te estoy muy agradecido. Y con estas palabras se alejó corriendo. El mochuelo voló tras él haciendo mucho ruido con las alas. Cuando le alcanzó empezó a ulular. —¡Oy! ¡Oy! —Bambi se estremeció. —¿Te asusté? —preguntó el gracioso. —Sí —tartamudeó él. Y esta vez decía la verdad. El mochuelo soltó un arrullo de satisfacción; después dijo: —Sólo quería recordártelo una vez más: no digas al viejo príncipe que yo te dije dónde podías encontrarle. —Cuenta con eso —dijo Bambi; y prosiguió su carrera. Cuando llegó a la zanja el ciervo apareció ante él en la negrura de la noche, de manera tan inesperada y silenciosa, que el joven visitante no pudo menos que retroceder, aterrorizado. —Ya no estoy en el lugar adonde ahora ibas a buscarme —explicó el príncipe. Bambi permaneció callado. —¿Qué quieres de mí? —preguntó el viejo ciervo. —Nada —tartamudeó Bambi—; nada. Excúsame; no deseo nada. Al cabo de un momento el príncipe volvió a hablar, y esta vez lo hizo con voz más bondadosa. —Esta no es la primera vez que andas buscándome —dijo. Luego esperó, pero Bambi no dio ninguna respuesta. Entonces agregó: —Ayer pasaste dos veces por mi lado, y esta mañana otra vez más, muy cerca de mí. —¿Por qué —dijo Bambi armándose de valor—, por qué dijiste aquella palabra a Gobo? —¿Tú crees que hice mal en decírsela? —No —repuso Bambi con pena—; por el contrario, siento que hiciste bien. El viejo ciervo asintió con un movimiento apenas perceptible; sus ojos miraron a Bambi con más bondad que nunca. —Pero, ¿por qué? —agregó Bambi—. ¿Por qué es Gobo un “pobrecillo”? No alcanzo a comprenderlo. —Es suficiente con que tengas el íntimo convencimiento de que lo es. Más adelante comprenderás por qué —dijo el viejo príncipe—. Adiós.
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