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Capítulo XX

CAPÍTULO XX

Bambi estaba solo. Iba caminando junto al arroyo que corría rápidamente entre juncos y sauces.

Ahora iba allí cada vez con mayor frecuencia. Por esos sitios había muy pocos senderos, y ello hacía que encontrase raramente a alguno de sus amigos. Eso era justamente lo que él deseaba. Últimamente sus pensamientos se habían hecho muy graves y su corazón estaba abrumado. Él mismo no sabía lo que le pasaba. Ni siquiera pensaba qué podía ser. No hacía más que recordar cosas de una manera inconexa; su vida entera parecía haberse oscurecido.

Solía estarse durante horas en la ribera. La corriente, que en ese punto describía una suave curva, ocupaba enteramente su pensamiento. El aire fresco de las ondas le traía olores extraños, refrescados y acres que le hacían sumirse en el olvido y le llenaban de confianza en sí mismo.

Bambi observaba a los patos bogando juntos, tranquilamente, hablando los unos con los otros enfrascados en charlas amistosas e interminables, y llenas de gravedad.

Había un par de mamas, rodeada cada una por un grupo de patitos. Las dos estaban enseñando constantemente cosas nuevas a sus hijos, quienes no parecían cansarse de aprenderlas. A veces una u otra de las mamás daba la voz de alarma. Entonces los patitos salían corriendo en todas direcciones, desparramándose veloz y silenciosamente. Bambi veía cómo los más diminutos, que todavía no podrán volar, nadaban entremedio de los espesos juncos sin agitar uno solo que pudiese denunciarles con su movimiento.

Veía desaparecer los diminutos cuerpecillos oscuros serpenteando sobre la superficie del agua.

Después, una de las mamas soltaba un grito y ellos volvían a rodearla en mi santiamén. La pequeña flotilla se reorganizaba y proseguía entonces su tranquilo crucero. Bambi experimentaba la misma admiración, se maravillaba siempre lo mismo cada vez que volvía a verles. Esa flotilla era para él una constante fuente de asombro.

Después de una de esas alarmas, Bambi preguntó a una de las mamas:

—¿Qué pasó? Yo estaba mirando atentamente y no vi nada.

—No pasó absolutamente nada —contestó la pata. Otra vez fue uno de los patitos quien dio la señal, volviéndose para correr veloz como una flecha y atisbar luego entre los juncos. Al rato salió de su escondite y se llegó a la orilla donde estaba Bambi.

—¿Qué pasó? —preguntó Bambi al pequeñuelo—. Yo no vi nada.

—No pasó nada —contestó el aludido, sacudiendo las plumas de la cola con la gravedad de un pato adulto, y alineando cuidadosamente cada pluma en su sitio. Y enseguida se alejó nadando.

Con todo, Bambi tenía fe en los patos. Llegó a la conclusión de que ellos eran más vigilantes y atentos que él, y que oían y veían las cosas más rápidamente. Cuando se ponía a mirarlos, la continua tensión que sentía en su interior en otros momentos, cedía un poco.

También le gustaba hablar con los patos. Ellos no decían las tonterías que se escapaban con tanta frecuencia de la boca de otros. Hablaban del ancho cielo, del viento, y de unos campos distantes donde ellos solían tener festín con los bocados elegidos que allí encontraban.

De vez en cuando Bambi veía algo que parecía un rayo encendido, atravesando el aire junto al arroyo. “¡Srrrri!”, cantaba suavemente el colibrí, y pasaba volando, veloz; apenas si se le distinguía; era una manchita que aleteaba vertiginosamente en el aire. se veía un resplandor de verde, otro de rojo... ya había pasado: se había ido. Bambi estaba maravillado y sentía deseos de ver al desconocido de los brillantes colores bien de cerca. Y le llamaba.

—No te molestes en llamarme —dijo la curruca a Bambi desde los macizos del junco—. No te molestes. No conseguirás que te conteste.

—¿Dónde estás que no te veo? —preguntó Bambi a la curruca, atisbando entre los juncos.

Pero ésta rió a carcajadas desde un sitio distinto del anterior.

—Aquí estoy. Esa criatura lunática a quien acabas de llamar no se molesta en contestar a nadie. Es inútil llamarla.

—Es muy hermoso —dijo Bambi.

—Pero malo —repuso la curruca, que había cambiado otra vez de lugar.

—¿Qué te hace pensar que es malo? —inquirió Bambi. La curruca le contestó desde un nuevo sitio:

—No le importa de nada ni de nadie. Suceda lo que sucediere, no habla con nadie y nunca pareció mostrarse agradecido porque los demás le dirigiesen la palabra. Cuando ve peligro nunca da la voz de alarma. Nunca ha dicho una sola palabra a ser viviente alguno.

—Pobre... —dijo Bambi.

La curruca siguió hablando, y su voz alegre y aflautada volvió a oírse nuevamente desde un punto distinto.

—Tal vez cree que la gente siente envidia de los tontos colores de su plumaje y no quiere por eso que nadie le mire de cerca.

—Pues yo conozco a otros que tampoco se dejan ver —repuso Bambi.

En un santiamén la curruca se puso delante de él.

—En mi caso no hay nada especial que mirar —dijo con sencillez.

Diminuta, y brillante el plumaje por el agua que lo empapaba, esbelta de cuerpo y de movimientos nerviosos e incesantes, se mostraba animada, satisfecha. Veloz como una centella, volvió a desaparecer.

—Yo no comprendo cómo la gente puede estar tanto tiempo en el mismo sitio —dijo desde el agua; y agregó enseguida desde la orilla opuesta—: Es cansador y peligroso quedarse mucho tiempo seguido en el mismo punto —y otra vez se oyó su voz desde otro lugar—: Hay que estar en constante movimiento —dijo alegremente—. Hay que estar en constante movimiento para mantenerse sano y fuerte.

Un susurro suave entre la hierba sobresaltó a Bambi. Miró a su alrededor y vio una cosa rojiza que pasaba veloz entremedio de unos arbustos para desaparecer enseguida entre los juncos. Al mismo tiempo percibió un olor penetrante y cálido, en el que reconoció al zorro; en efecto, él era el que acababa de escabullirse.

Bambi quiso gritar y dar patadas en el suelo para prevenir a los demás. Pero antes de que pudiese hacerlo se oyó el crujido de los juncos que el zorro separaba al avanzar en rápidos saltos. Se oyó un fuerte chapoteo en el agua y luego el grito desesperado de un pato. Bambi oyó cómo la pobre víctima agitaba las alas y distinguió su blanco cuerpo por entre el verde de las hojas. Vio también cómo las alas golpeaban con fuerza contra la cara del zorro. Después, el pato se quedó inmóvil.

El zorro salió de la maleza llevando al pato en las fauces. El cuello de la víctima caía sin vida; las alas se le movían un poco aún, pero el cazador no hacía caso de ello. Al pasar miró de soslayo y con expresión burlona al ciervo, y luego introdujese lentamente en el bosque.

Bambi permaneció inmóvil.

Algunos de los patos más viejos revoloteaban con gran rumor de alas, indefensos, asustados. La curruca gritaba alarmada, siempre desde un punto distinto. Los paros chispeaban excitados entre los arbustos. La víctima era una de las patas; sus pobres huerfanitos chapoteaban junto a los juncos, y lloraban en voz baja, dulcemente.

El colibrí pasó volando a lo largo de la orilla del arroyo.

—Por favor —le dijeron los patitos—, por favor, dinos, ¿has visto a nuestra madre?

—Srrri —contestó el colibrí con trino chillón, mientras se alejaba en todo el esplendor de sus colores—. ¿Qué tengo yo que ver con ella?

Bambi se volvió y se alejó. Atravesó un campo de espinos dorados, recorrió un bosquecillo de hayas y luego uno de viejos avellanos, hasta que llegó a la zanja por cuya proximidad vagó en la esperanza de encontrar al viejo ciervo, a quien no veía desde mucho tiempo atrás.

De pronto le distinguió a cierta distancia de donde se encontraba y corrió a su encuentro. Caminaron un momento en silencio y después el príncipe preguntó:

—Y bien, ¿siguen hablando de él como solían hacerlo? Bambi comprendió que se refería a Gobo, y replicó:

—No lo sé. Ahora estoy casi siempre solo —titubeó y añadió—: Pero yo pienso mucho en él.

—¿De veras? —preguntó el ciervo—, ¿estás casi siempre solo, ahora?

—Sí —repuso Bambi, expectante; pero su interlocutor permaneció callado.

Siguieron caminando. De pronto el viejo príncipe se detuvo.

—¿No oyes algo? —preguntó. Bambi escuchó. No oía nada.

—Ven —dijo el ciervo y emprendió la carrera; Bambi le siguió. El primero volvió a detenerse—. ¿Tampoco ahora oyes nada? —preguntó.

Entonces Bambi oyó un ruido que no pudo comprender. Parecía como si las ramas fuesen dobladas para recuperar enseguida y en forma violenta la posición natural. Algo golpeaba sobre la tierra con sonido irregular y opaco.

Bambi quiso emprender la huida, pero el viejo ciervo dijo:

—Ven conmigo.

Y corrió en dirección del ruido. Bambi, a su lado, se aventuró a preguntar:

—¿No es peligroso?

—Es terriblemente peligroso —contestó su compañero en tono misterioso.

Pronto vieron unas ramas que algo o alguien parecía tirar y agitar violentamente desde abajo. Se acercaron y distinguieron entonces un senderillo que corría entre los arbustos.

La amiga liebre estaba tirada en el suelo, revolcándose tan pronto sobre un costado como sobre el otro, retorciéndose. Se quedó inmóvil, para volver a retorcerse. Cada uno de sus movimientos significaba un tirón de las ramas que se elevaban por encima de ella.

Bambi vio un lazo delgado y oscuro, que se extendía desde una rama hasta el cuello de la liebre, alrededor del cual estaba anudada.

La amiga liebre debió de oír que alguien se acercaba, porque dio un salto salvaje en el aire para caer pesadamente al suelo. Quiso huir y rodó nuevamente, revolcándose por el pasto.

—Quédate quieta —ordenó el príncipe; después, bondadosamente, con una voz tan suave que llegó al corazón de Bambi, agregó—: Tranquilízate, amiga liebre, soy yo. No te muevas. Quédate todo lo inmóvil que puedas.

La liebre hizo lo que le recomendaron y se quedó quieta sobre el pasto. Su respiración agitada producía un leve ronquido al pasar por la garganta.

El viejo ciervo tomó la rama con los dientes, la dobló y la inclinó. Enseguida tiró de ella con fuerza hasta hacerla tocar el suelo, donde, sosteniéndola con la pata, la cortó con un solo golpe de sus astas.

Después hizo un movimiento de cabeza como para tranquilizar y dar ánimo a la liebre.

—No te muevas —le dijo—; aunque te lastime, quédate quieta.

Inclinando la cabeza, metió una de las astas junto a la nuca de la liebre y le oprimió la piel detrás de la oreja. Hizo un esfuerzo y cabeceó. La liebre empezó a retorcerse de dolor.

El ciervo se retiró vivamente.

—Quédate quieta —ordenó—. Esto es cosa de vida o muerte para ti.

Y empezó de nuevo. La liebre se quedó inmóvil, boqueando de dolor. Bambi estaba cerca, mudo de asombro.

Una de las astas del ciervo, oprimiendo a la liebre detrás de la oreja, se había introducido por debajo del lazo. Esto obligaba al viejo príncipe a estar con la cabeza muy inclinada y casi arrodillado, como si fuese a arremeter. Poco a poco metió el asta más y más debajo del lazo, de modo que éste pronto empezó a ceder.

La amiga liebre ya podía respirar con más libertad; y entonces dio rienda suelta al miedo y el dolor que sentía; de su garganta se escapó un débil quejido:

—¡I-i-ih!

El ciervo se contuvo.

—¡Quédate quieta! —exclamó, reprochándole bondadosamente—  Quédate quieta.

Ahora tenía la boca junto al hombro de la liebre; el asta se encontraba siempre entre las orejas de la misma. Parecía como si hubiese ensartado al pobre animalejo.

—¿Cómo puedes ser tan tonta de gritar en este momento? —gruñó, siempre bondadosamente—. ¿Es que quieres que venga el zorro? ¿Eso quieres? Yo creía lo contrario. Vamos; quédate quieta.

Y siguió trabajando, poniendo en juego, paulatinamente, toda su fuerza. De pronto el lazo se rompió con un chasquido seco. La liebre quedó libre sin darse cuenta de ello en el primer momento. Dio un paso y se dejó caer sentada, como atontada. Después empezó a correr a grandes saltos.

Bambi la vio alejarse.

—¡Se va sin darte siquiera las gracias! —exclamo asombrado.

—Es que todavía está aterrorizada —repuso el viejo ciervo.

El lazo estaba en el suelo. Bambi lo tocó, y del mismo se escapó una especie de chirrido que le atemorizo. Ese era un sonido como nunca lo había oído en el bosque.

—¿Fue... Él? —pregunto en voz baja.

El ciervo asintió.

Empezaron a caminar, callados.

—Cuando vayas por un sendero, ten cuidado —dijo después el viejo ciervo—; prueba todas las ramas. Púnzalas por todos lados con tus astas. Y si oyes ese chirrido retrocede inmediatamente. Y cuando pierdas las cuernas en la estación de la muda, sé doblemente precavido. Yo ya no uso más los senderos.

Bambi se sumió en profunda y afligida meditación.

—Pero... no veo que Él esté aquí... —murmuró hablando consigo mismo, lleno de estupefacción.

—No. Ahora Él no se encuentra, en el bosque —repuso el ciervo.

—Sin embargo no está y está —agregó Bambi sacudiendo la cabeza.

El viejo ciervo dijo con voz llena de amargura:

—¿Cómo eran las palabras de vuestro Gobo...? ¿No dijo que Él es todopoderoso y todo bondad?

—Con Gobo fue bueno —murmuró Bambi. El viejo ciervo se detuvo.

—¿Tú lo crees así, Bambi? —preguntó tristemente. Era la primera vez que le llamaba por su nombre.

—No lo sé —repuso Bambi, apenado—; no lo alcanzo a comprender.

El viejo príncipe agregó en tono solemne, grave:

—Debemos aprender a vivir y a cuidarnos.

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Bambi


 


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