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Capítulo XXIII

CAPÍTULO XXIII

El bosque estaba otra vez cubierto por el blanco manto de la nieve invernal. Reinaba en todas partes un profundo silencio. Sólo se oía, a veces, el grito de la corneja. De vez en cuando se dejaba oír también la ruidosa charla de la urraca. El gorjeo de los paros resonaba tímidamente. Cuando el frío se hizo más intenso, el silencio lo llenó todo. El aire parecía zumbar de frío.

Una mañana el ladrido de un perro rompió el silencio.

Era un ladrido continuo y repetido, que se extendía por todos los ámbitos del bosque, potente, claro, insistente.

Bambi levantó la cabeza. Estaba con su protector en el agujero, debajo del tronco del árbol caído. Acababa de oír el ladrido del perro, y miró significativamente a su compañero.

—No es nada —dijo éste, interpretando la mirada—. Nada que deba preocuparnos.

Con todo, los dos escucharon atentamente.

Se encontraban dentro del hueco; el tronco del haya los protegería haciendo las veces de techo. La gruesa capa de nieve les defendía del cierzo helado, y la enmarañada vegetación que cubría las proximidades del agujero les tenía a cubierto de miradas curiosas.

Los ladridos fueron acercándose. Se oían furiosos, jadeantes e implacables. Parecían de un podenco. Cada vez se acercaba más.

Después oyeron una voz, también jadeante, distinta del ladrido del perro. Era una especie de gruñido grave, que se oía distintamente a pesar del continuo ladrar del can.

—No tenemos por qué preocuparnos —dijo—. Bambi se inquietó, pero el viejo ciervo le tranquilizó otra vez.

Los dos permanecieron silenciosos en su abrigado agujero, atisbando hacia afuera por entre la maraña.

Los pasos se acercaron más y más. La nieve se desprendía de las ramas sacudidas, al mismo tiempo que del suelo se levantaban nubes de la misma.

Saltando, agachándose y escurriéndose alternativamente, vino el zorro, caminando por la nieve, pisando ramas y raíces. Un pequeño podenco, de patas cortas, le seguía.

Una de las patas delanteras del zorro estaba lastimada, con la piel arrancada. Él la mantenía estirada hacia adelante; de la herida manaba sangre. Estaba tan cansado, que le costaba resollar. Los ojos miraban con desesperación; se veía en la expresión de los mismos el esfuerzo que le costaba seguir huyendo. Además se advertían en ellos rabia y miedo. Estaba aterrorizado y exhausto.

De tanto en tanto miraba a su alrededor y gruñía de tal modo que el perro, momentáneamente alarmado, se detenía, quedándose rezagado.

Finalmente el zorro se sentó sobre la nieve. Ya no podía seguir más. Levantando penosamente la pata herida, las fauces abiertas y los labios desplegados hacia afuera, gruñó al perro.

Pero éste no cesaba de ladrar. Su ladrido agudo y áspero se hizo más lleno y profundo.

—¡Aquí! —decía—. ¡Aquí está! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí!

Ni acosaba al zorro, ni tampoco le hablaba, sino que parecía estar dando aviso a alguien que tardaba en llegar.

Bambi supo enseguida, lo mismo que su compañero, que era a Él a quien llamaba el perro.

El zorro también parecía saberlo. La sangre que manaba de su herida formaba sobre la nieve una mancha roja de espantable aspecto, una mancha de la que se desprendía un vapor tenue.

Acometido por repentina debilidad, el zorro dejó caer la pata lastimada; pero un dolor punzante pareció recorrerle todo el cuerpo cuando tocó la nieve. Volvió a levantarla con un esfuerzo, y la mantuvo erguida y temblorosa.

—Déjame escapar —dijo al perro—. Déjame ir.

Hablaba en tono suplicante, casi tierno. Estaba muy débil y desesperado.

—¡No! ¡no! ¡no! —bramó el perro. El zorro suplicó, insistente.

—Tú y yo somos parientes —dijo—; somos casi hermanos. Déjame ir con los míos. Deja que al menos muera en el seno de mi familia. Tú y yo somos casi hermanos.

—¡No! ¡no! ¡no! —repitió el perseguidor. Entonces el zorro se estiró de manera que, aunque sentado, ahora estaba erguido. Acercó el hocico, hermoso y puntiagudo, al pecho, que también tenía herido, levantó los ojos y miró al perro en la cara. Con voz completamente distinta, tensa y amarga, gruñó:

—¡No tienes vergüenza, traidor!

—¡No! ¡no! ¡no!—ladró el perro. Pero el zorro prosiguió:

—¡Desertor, renegado! —su cuerpo herido estaba rígido por el desprecio y el odio que lo animaba—. ¡Espía! —agregó entre dientes—. ¡Canalla! Nos persigues hasta el punto mismo donde Él jamás podría encontrarnos de no ser por tu intervención. Nos traicionas a nosotros, tus parientes; a mí, que casi soy tu hermano. ¡Cómo puedes mirarme sin avergonzarte!

Al momento varias voces de los contornos se unieron a la del zorro.

—¡Traidor! —gritó la urraca, desde un árbol.

—¡Espía! —graznó el grajo.

—¡Canalla! —silbó la comadreja.

—¡Renegado! —gruñó el hurón. De cada árbol y arbusto llegaban chirridos, píos, gritos chillones, mientras desde arriba las cornejas graznaban:

—¡Espía! ¡Espía!

Todos se habían refugiado en sitios seguros, y desde las copas de los árboles o desde los escondrijos del suelo, presenciaban la escena. La furia del zorro había desatado en ellos una ira llena de amargura. Y la sangre que manchaba la nieve y vahaba delante de sus ojos, les enloquecía hasta el punto de hacerles olvidar toda prudencia.

El perro miró a su alrededor.

—¿Quiénes sois vosotros? —preguntó—. ¿Qué queréis de esto? ¿De qué estáis hablando? Todo pertenece a Él, lo mismo que le pertenezco yo. Y yo le amo. Yo le adoro y le sirvo. ¿Creéis acaso que unas pobres criaturas como vosotros pueden oponerse a Él? Él es todopoderoso; Él está muy por encima de todos vosotros. Todo lo que tenemos, nos viene de Él. Todo lo que vive o crece es de Él.

El podenco está trémulo de exaltación.

—¡Traidor! —gritó la ardilla con voz penetrante.

—¡Sí, traidor! —dijo el zorro con voz silbante—. No hay otro traidor más que tú, sólo tú. El perro se paseaba agitado; su devoción hacia Él le ponía fuera de sí.

—Sólo yo, ¿eh? —dijo—. ¡Mientes! ¿No hay muchos otros de parte de Él? El caballo, la vaca, la oveja, la gallina, muchos, muchísimos de vosotros y de vuestra raza está de parte de Él, y le adoran y le sirven.

—Esos que nombras no son más que pura canalla —gruñó el zorro, lleno de inmenso desprecio.

Entonces el perro no pudo contenerse más y saltó a la garganta del zorro. Gruñendo, echando espuma por la boca, gañendo, rodaron por la nieve, convertidos en una masa que se movía frenética, salvajemente, de la que se desprendían mechones de pelo. La nieve se levantaba en verdaderas nubes salpicadas con manchas de sangre. Al fin el zorro no pudo luchar más. Segundos más tarde yacía echado de espaldas, el blanco vientre al aire. Se estremeció; luego quedó rígido, muerto.

El perro lo sacudió varias veces; después lo dejó caer sobre la nieve pisoteada. Entonces se plantó junto al muerto, y empezó a llamar con fuerza:

—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Está aquí!

Los demás, horrorizados, huyeron en todas direcciones.

—¡Qué horrible! —dijo Bambi a su compañero.

—Lo más horrible de todo —contestó el viejo ciervo— es que los perros creen sinceramente lo que acaba de decir este podenco. Creen en eso, y se pasan la vida con miedo; odian al amo y se odian a sí mismos, y sin embargo serían capaces de morir por Él.

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Bambi


 


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