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CAPÍTULO XXIV El frío cesó, y en pleno invierno se produjo una tregua de temperatura calurosa. La tierra bebió grandes cantidades de nieve derretida, de manera que en muchas partes se podía ver otra vez el suelo oscuro, formando contraste con la blanca sábana de nieve. Los mirlos todavía no cantaban, pero cuando levantaban vuelo del suelo, adonde bajaban en busca de gusanos, o cuando revoloteaban de rama en rama pasando de uno a otro árbol, soltaban un prolongado silbido, lleno de júbilo, que era casi un canto. El pájaro carpintero empezó a charlar un poco. Urracas y cornejas se hicieron más parleras. Los paros chirriaban con más alegría. Y los faisanes, bajando de sus nidos, se ponían a alisarse las plumas soltando sus cacareos guturales y metálicos. Esa mañana Bambi andaba vagando como de costumbre. En el gris amanecer llegó al borde de la zanja. Al otro lado de la misma, donde había vivido antes, había algo que se movía. Bambi permaneció oculto en la espesura, atisbando. Un ciervo se paseaba de un lado para el otro, buscando los sitios donde la nieve se había derretido, y mordisqueaba el poco pasto que ya, tan temprano, había brotado de la tierra. Bambi quiso volverse al punto e irse de ahí, pues acababa de reconocer a Falina. Su primer impulso fue saltar hacia adelante y llamarla. Pero se quedó en el mismo sitio, como si hubiese echado raíces. Hacía mucho tiempo que no la veía. El corazón empezó a palpitarle con fuerza. Falina se movía con movimientos lentos, como si estuviese cansada y triste. Ahora se parecía a su madre; el parecido con la tía Ena era notable. Bambi reparó en ello con dolorosa sorpresa. La cierva levantó la cabeza y miró hacia donde él estaba, como si se hubiese dado cuenta de su presencia. Bambi sintió otra vez el deseo de avanzar, pero se quedó inmóvil, titubeando incapaz de moverse. Veía que Falina había envejecido y que su pelo era gris. —La alegre, la vivaracha Falina —pensó—. ¡Qué alegre era cuando jovencita! ¡Y qué llena de vitalidad! Bambi creyó ver delante de sus ojos toda la juventud, ya pasada. Vio la pradera, los senderos por los que solía pasear con su madre, los juegos felices con Gobo y Falina, los simpáticos saltamontes y mariposas, la lucha con Karus y Roño, cuando ganara a Falina por derecho de conquista. se sentía feliz otra vez, y sin embargo estaba temblando. Ella, mientras tanto, iba caminando lentamente, llena de tristeza, con la cabeza gacha. En ese momento el ciervo sintió que la amaba con un amor inmenso, lleno de intensa melancolía. Sintió deseos de atravesar la zanja que le separaba de los demás, mediante un salto. Quería alcanzarla, hablar con ella, recordar a su lado la juventud que pasaran juntos y todo lo que había sucedido. Pero se quedó mirándola por entre las ramas mientras ella se alejaba lentamente, hasta que terminó por perderla de vista. Bambi permaneció mucho tiempo en el mismo sitio, mirando al lugar por donde su amada acababa de alejarse. Y de pronto se produjo un estampido parecido al del trueno. El joven ciervo se estremeció. El ruido procedía de un punto muy cercano, casi pegado a él. Se produjo un segundo estampido y enseguida un tercero. Bambi se introdujo de un salto en la espesura; después se detuvo a escuchar. Todo estaba en calma. Con toda precaución, se deslizó hacia su escondrijo. El viejo ciervo llegó al zanjón antes que él. Todavía no había entrado y estaba junto al tronco caído, en actitud expectante. —¿Dónde has estado tanto tiempo? —preguntó con tal severidad que Bambi se puso serio. —¿Oíste eso? —preguntó después, tras una pausa. —Sí —contestó Bambi—. Sonó tres veces. Él debe de andar por el bosque. —Con toda seguridad —asintió el viejo príncipe; y repitió con singular entonación: —Él está en el bosque y nosotros debemos ir... —¿Adónde? —se escapó de los labios de Bambi. —Adonde Él está en estos momentos —dijo el viejo ciervo con voz que ahora era solemne. Bambi se sintió aterrorizado. —No te asustes —agregó su protector y amigo—; ven conmigo y no temas. Me alegro de poder llevarte para que aprendas... —titubeó, y añadió en voz más baja—: antes de que yo me vaya. Bambi le miró sorprendido. Y entonces, de repente, se dio cuenta de que estaba muy, pero muy viejo. Ahora tenía la cabeza completamente gris. Su cara estaba muy demacrada. La luz intensa se había extinguido de sus ojos, en los cuales había ahora un brillo débil, nebuloso, que daba la impresión de que estuviese ciego. Bambi y el viejo ciervo no habían andado mucho cuando llegó a ellos ese olor acre que les llenaba el corazón de terror. El primero se detuvo. Pero el viejo príncipe siguió avanzando en dirección al olor. Y aquél le siguió indeciso. El terrible olor se hacía más y más intenso. Pero el ciervo seguía avanzando sin detenerse. La idea de huir acudió a la mente de Bambi para agolpársele enseguida en perentorio deseo dentro del corazón. Pronto fue tan irresistible, que parecía una fuerza material, capaz de arrastrarle. Sin embargo, con un esfuerzo de voluntad se dominó, y siguió desde muy cerca los pasos de su protector. Entonces el horrible olor se hizo tan fuerte que ahogó todos los demás; se hacía casi imposible respirar. —Aquí le tienes: es Él —dijo el viejo ciervo haciéndose a un lado. A través de las ramas desnudas, Él yacía sobre la nieve pisoteada, a pocos pasos de donde se encontraban. Bambi se sintió acometido de un terror irresistible; con un salto repentino, se decidió a ceder al deseo de escapar. —¡Alto! —ordenó su amigo y protector. Bambi volvió la cabeza y le vio detenido junto a Él, que yacía inmóvil. Esto le llenó de asombro; y, movido por el deseo de obedecer tanto como por una intensa curiosidad, se acercó. —Ven más cerca —dijo el viejo ciervo—. No temas. Allí estaba Él, con la cara pálida y sin pelos vuelta hacia el cielo, el sombrero caído junto a su cabeza, en la nieve. Bambi no sabía nada de sombreros y pensó que la horrorosa cabeza estaba partida en dos. La camisa del cazador furtivo, abierta en el cuello, estaba atravesada y por el agujero se veía una herida, parecida a una pequeña boca roja. De ella manaba sangre lentamente. En la nariz y en la cabellera, la sangre empezaba ya a secarse. Y un pequeño lago del rojo líquido, junto al cuerpo sin vida, había derretido la nieve con su tibieza. —Ya ves —dijo el viejo ciervo en voz baja—; podemos estarnos junto a Él sin correr el menor peligro. Bambi miró el cuerpo yacente cuyos miembros y cuya piel eran para él tan misteriosos y terribles; y miró los ojos, que se habían quedado abiertos, en una mirada sin vida. No lograba comprender... —Bambi —prosiguió el viejo príncipe— ¿recuerdas lo que dijo Gobo, lo que dijo el perro? ¿Recuerdas lo que todos piensan con respecto a Él? Bambi no pudo contestar. —Ya ves —agregó—, ya ves cómo ahora yace aquí, muerto. Escúchame, hijo mío: Él no es todopoderoso como dicen. Todo lo que crece y vive no proviene de su poder. Él no está por encima de todo; es lo mismo que somos nosotros.. Tiene los mismos temores, las mismas necesidades, y sufre en la misma forma. Puede ser muerto, como tú y yo, y cuando eso ocurre, yace impotente sobre la tierra como cualquier mortal, según lo estás viendo ahora. Se produjo un silencio. —¿Me entiendes, Bambi? —preguntó el viejo príncipe. —Creo que sí —dijo él en un suspiro. —Entonces, habla —ordenó su protector. Bambi se sintió inspirado; con voz trémula, dijo: —Hay Otro que está por encima de todos: por encima de nosotros, y de Él. —Ahora, puedo irme —dijo el viejo ciervo. se volvió, y los dos caminaron lentamente un trecho, el uno junto al otro. Después el príncipe se detuvo junto a un alto roble. —No me sigas más, Bambi —dijo con voz llena de serenidad—; me ha llegado la hora. Ahora debo ir en busca de un lugar para echarme a reposar. Bambi trató de hablar. —No digas nada —dijo el viejo ciervo interceptándole el uso de la palabra—; no hables. En la hora que para mí está próxima, nosotros los ciervos nos quedamos solos. Adiós, hijo mío. Te he amado entrañablemente.
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