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Capítulo XXV

CAPÍTULO XXV

El amanecer del primer día de verano llegó caluroso, sin viento, sin el frío que se sintiera hasta entonces a esa hora de la mañana. El sol pareció levantarse más rápidamente que de costumbre. Y brilló en el cielo azul como una antorcha, despidiendo rayos deslumbradores.

El rocío en la pradera y en los arbustos se secó rápidamente. La tierra estaba perfectamente seca, de manera que los terrones se deshacían bajo las pisadas. El bosque había permanecido en entera calma; sólo un pájaro carpintero martilleaba a intervalos, o las palomas expresaban sus ternezas en férvido e incansable arrullo.

Bambi se hallaba en un pequeño claro que formaba un recinto natural en el corazón de la floresta.

A la luz del sol, una bandada de moscas de agua revoloteaba zumbando alrededor de su cabeza.

Entre las hojas de los avellanos que estaban próximos a él, se oyó un zumbido grave; un enorme escarabajo apareció arrastrándose y luego emprendió pesadamente el vuelo... Voló entre las moscas, y después se elevó hasta alcanzar la copa del árbol donde pensaba dormir hasta la noche. Sus alas vibraban con fuerza en el aire.

Las moscas se dividieron para dejar pasar al escarabajo, y volvieron a cerrarse detrás de él. Su cuerpo color castaño oscuro, sobre el cual brillaban las alas transparentes y ruidosas, resplandeció un instante a la luz del sol y luego desapareció.

—¿Le habéis visto? —se preguntaron las moscas entre sí.

—Ese es el viejo escarabajo —dijeron otras—. Todos sus hijos han muerto. Sólo vive uno; sólo uno.

—¿Cuánto tiempo vivirá? —preguntaron varias moscas. Otras contestaron:

—No lo sabemos. Algunos de sus hijos viven mucho tiempo. Viven casi eternamente... Ellos ven el sol treinta o cuarenta veces; no sabemos exactamente cuántas. Nuestras vidas son bastante largas; pero, así y todo, alcanzamos a ver la luz del día una o dos veces.

—¿Cuánto tiempo hace que vive el viejo escarabajo? —preguntaron algunas de las moscas más jóvenes.

—Sólo sabemos que ha sobrevivido a toda su familia. Es tan viejo como las montañas. Ha visto y pasado por más cosas en este mundo de lo que nosotros podemos siquiera imaginar.

Bambi pasó caminando.

“Zumbido de moscas —pensó—; zumbido de moscas.”

Una débil llamada llegó a sus oídos.

Prestó atención y luego siguió avanzando, con toda suavidad, por la parte más espesa del bosque, moviéndose sin hacer el menor ruido, tal como aprendiera hacía ya mucho tiempo.

La llamada llegó otra vez, más plañidera, apremiante. Voces de cervatillos decían:

—¡Mamá! ¡Mamá!

Bambi se deslizó a través de la espesura, avanzando en dirección a esas voces.

Dos cervatillos estaban el uno junto al otro; tenían el pelo rojizo. Eran hermano y hermana, y estaban allí, desamparados, abatidos.

—¡Mamá! ¡Mamá! —llamaban sin cesar. Antes de que se diesen cuenta, Bambi estaba frente a ellos. Los pequeñuelos le miraron, incapaces de pronunciar palabra.

—Vuestra madre ahora no tiene tiempo para perderlo con vosotros —dijo severamente.

Después miró al cervatillo a los ojos.

—¿No eres capaz de arreglártelas solo? —le preguntó. El cervatillo y su hermanita permanecieron callados. Bambi se volvió y, deslizándose por entre la espesura, desapareció antes de que ellos hubiesen vuelto en sí de su estupor. Y siguió vagando.

“El pequeño me gusta —pensó—; tal vez vuelva a buscarle cuando sea mayor...”

Caminó otro trecho.

“Y la pequeñuela también es bonita —pensó luego—; Falina era como ella cuando pequeña.”

Así, caminando lentamente, desapareció por lo más denso del bosque.
FIN

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Bambi


 


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