![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Federico Schiller PERSONAJES ISABEL, reina de Inglaterra. MARÍA ESTUARDO reina de Escocia prisionera en Inglaterra. ROBERTO DUDLEY, conde de Leicester. JORGE TALBOT, conde de Shrewsbury. GUILLERMO CECIL, barón de Burleigh, gran tesorero. EL CONDE DE KENT. GUILLERMO DAVISON, secretaria de Estado. AMIAS PAULETO, caballero, carcelero de María. MORTIMER, su sobrino. EL CONDE DE L'AUBESPINE, embajador de Francia. EL CONDE DE BELLIEVRE, enviado extraordinario de Francia. OKELLY, amigo de Mortimer. ORUGEON DRURY, segundo carcelero de María. MELVIL, mayordomo de la casa de María. BURGOYN, su médico. ANA KENNEDY, su nodriza. MARGARITA KURL, su camarera. El Sherif del condado. Un oficial de guardias de Corps. Caballeros franceses e ingleses. Guardias. Criados de la Reina de Inglaterra. Hombres y mujeres al servicio de la Reina de Escocia. ACTO I Una sala del castillo de Fotheringhay ESCENA PRIMERA ANA KENNEDY, nodriza de la Reina de Escocia, disputando con viveza con PAULETO, que se empeña en abrir un armario. DRUGEON DRURY, con una palanqueta de hierro. ANA. ¿Qué hacéis, sir? ¡Qué nueva indignidad!... Dejad este armario. PAULETO.––¿De dónde proceden estas joyas arrojadas del piso superior para seducir al jardinero? ¡Maldita sea la astucia mujeril! A pesar de mi vigilancia y mis atentas investigaciones, todavía encuentro objetos preciosos y tesoros escondidos. (Echa abajo las Puertas del armario.) Sin duda, hay otros aquí. ANA.––Retiraos, temerario. Aquí se guardan los secretos de mi señora. PAULETO.––Que es precisamente le que busco. (Saca algunos papeles.) ANA.––Papeles insignificantes, ejercicios de escritura para hacer más llevadero el triste ocio de la prisión. PAULETO.––En el ocio, suele tentarnos el enemigo malo. ANA.––Son escritos en francés. PAULETO.––Peor que peor; esta es la lengua de nuestros enemigos. ANA.––Estos son borradores de cartas a la Reina de Inglaterra. PAULETO.––Yo se los remitiré: ¿pero qué veo brillar aquí? (Aprieta un resorte secreto y saca una joya de un cajoncito oculto.) ¡Una diadema real con piedras preciosas y adornada con las flores de lis de Francia! (La entrega a su segundo.) Júntala a los demás objetos, Drury y guárdala. (Drury se va.) ANA.––¡Tan afrentosa violencia se nos fuerza a soportar! PAULETO.––Mientras algo posea, algo podrá hacer en nuestro daño, porque todo se convierte en arma en sus manos. ANA.––Sed compasivo para con ella, sir, y no le arranquéis el último ornato de su existencia. La desgraciada se regocija aún de cuando en cuando a la vista de las insignias de su antiguo poder, pues cuanto tenía se lo habéis arrebatado. PAULETO.––Se halla en buenas manos, y os será devuelto a su tiempo. ANA. ¿Quién diría, al aspecto de estos muros, que aquí vive una reina?... ¿Dónde se halla el dosel, que la cobijó en su trono? ¿Cómo su delicado pie, habituado a hollar blando tapices, podrá acostumbrarse al duro suelo? Se le sirve a la mesa ccn grosera vajilla de estaño, que desdeñaría la más humilde esposa del último gentil-hombre. PAULETO. Así trataba ella a su marido en Sterlyn, mientras bebía en copas de oro en los brazos de su amante. ANA.––¡Ni un espejo tenemos siquiera! PAULETO.––Mientras le sea dado contemplar su vana imagen, abrigrará en su pecho esperanza y osadía. ANA.––Ni un libro para entretenerse. PAULETO.––Le hemos dejado la Biblia, para corregir su corazón. ANA.––¡Hasta el laúd le habéis quitado! PAULETO.––¡Cómo se servía de él, para entonar canciones amorosas! ANA. ¿Esta es la suerte que reserváis a quien fue educada con delicadeza, reina desde su cuna, crecida entre los placeres de la corte brillante de los Médicis? ¿No basta haberle arrebatado su poder, y hay que envidiarle sus humildes pasatiempos? En la desgracia, los nobles corazones vuelven al recto camino, pero es siempre muy triste hallarse privado de las menores corrodidades de la vida. PAULETO.––Sólo sabéis convertir su corazón hacia la vanidad, cuando debiera ponerse sobre sí y arrepentirse; la voluptuosidad y el desorden se expían con las privaciones y la humillación. ANA.––Si cometió alguna flaqueza en su juventud, sólo a Dios y a su alma debe dar cuenta de ella. No existe en Inglaterra quien pueda juzgarla. PAULETO.––Pues se la juzgará en los mismos lugares en que fue culpable. ANA.––¡Culpable!... ¡Si sólo ha vivido aquí entre cadenas! PAULETO.––Y sin embargo, entre cadenas tiende aún la mano al mundo, agita la tea de las discordias civiles, y arma contra nuestra Reina, aue Dios proteja, cuadrillas de asesinos. ¿Por ventura, desde esta su cárcel, no impelió al execrable regicidio, a Parry y a Babington? ¿Fueren obstáculo los hierros de esta verja, á que sedujera el noble corazón de Norfolk? Por ella cayó bajo el hacha del verdugo la mejor cabeza del reino, sin que este deplorable ejemplo atemorizara a los insensútos que se disputaban el honor de precipitarse en el abismo por ella. Levántase sin cesar el cadalso para las nuevas víctimas que se sacrifican por ella. Y esto no tendrá fin, hasta que ella sea también castigada, ella, la más culpable de todos. ¡Oh! Maldito sea el día en que la hospitalaria costa de nuestra isla recibió a esta nueva Helena. ANA.––¿Y qué hospitalidad ha recibido en la isla? ¡Desgraciada! Apenas llegó a este país, desterrada e implorando el auxilio de su parienta Isabel, fue detenida contra el derecho de gentes y la dignidad real; y en un calabozo, entre lágrimas, se consumen los mejores años de su juventud. Y ahora, después de haber sufrido cuantas amarguras trae consigo la prisión, vedla obligada a comparecer ante un tribunal, como un criminal vulgar, vilmente acusada de un crimen de Estado... ella... una reina. PAULETO.––Llegó a estas comarcas, perseguida de su pueblo, por homicida, arrojada de su trono que manchó con horribles acciones; llegó aquí, después de haber conspirado contra la felicidad de Inglaterra, aspirando a renovar el sangrientc reinado de la española María, a convertirnos al catolicismo, a entregarnos a los franceses. ¿Por qué se negó a firmar el tratado de Edimburgo, y abdicar con él sus pretensiones al trono inglés y abrirse con un rasgo de pluma las puertas de la prisión? Prefirió seguir estando prisionera y expuesta a malos tratos, antes que renunciar al vano esplendor de un título. ¿Por qué ha obrado así? Porque espera conquistar, con sus astucias y culpables conspiraciones y artificios, a Inglaterra entera, desde el fondo de su calabozo. ANA.––Os mofáis, sir Pauleto; a la crueldad añadís la amarga ironía. ¿Cómo alimentará semejantes sueños, ella, sepultada en vida entre estas paredes, sin que llegue a sus oídos ni una sola frase de consuelo, de su cara patria? Ella, que de mucho tiempo no vio otra figura humana que el sombrío rostro de su guardián, y desde que vuestro arisco pariente se encargó de custodiarla, ha visto aumentarse los cerrojos. PAULETO.––Ninguno de ellos basta a defendemos de sus astucias. Ignoro siempre, si durante mi sueño liman los hierros de sus ventanas; si este suelo, estos muros sólidos al parecer, están minados para dar paso a la traición. ¡Maldito cargo el mío! ¡Custodiar a esta mujer hipócrita, que cavila sin cesar funestos proyectos! El terror me arroja a veces del lecha; durante la noche, vago como alma en pena, para asegurarme de la resistencia de los cerrojos, o de la fidelidad de mis guardias; despierto cada día, sobresaltado, creyendo realizados mis temores. Pero por fortuna, espero que esto acabará pronto. Preferiría velar a las puertas del infierno custodiando a una turba de condenados, a ser el guardián de esta Reina artificiosa. ANA.––Ella sale. PAULETO.––Con el crucifijo en la mano, y el orgullo y la lascivia en el corazón. ESCENA II MARÍA, cubierta con un velo, y un crucifijo en la mano. Dichos. ANA.–––(Yendo a su encuentro.) ¡Oh, Reina! nos pisotean; la tiranía y crueldad con que nos tratan no tienen límites, y cada día viene a acumular sobre vuestra real cabeza nuevos ultrajes, nuevos padecimientos. MARÍA.––Cálmate, y dime qué ha pasado de nuevo. ANA.––Ved, han forzado este armario, nos han quitado vuestros papeles, el último tesoro salvado con tantos esfuerzos, y el último resto de vuestros adornos nupciales de Francia; estáis completamente despojada... nada os queda de vuestia dignidad real. MARÍA.––Tranquilízate, Ana; mi dignidad real no consiste en estas niñerías. Pueden tratarnos con vileza, nunca envilecernos. He aprendido a sufrir en Inglaterra, y puedo soportar lo que me dices. Sir, os habéis apoderado con violencia de lo que precisamente quería hoy mismo entregaros; una carta hay entre mis papeles, destinada a mi real hermana de Inglaterra: os suplico que me déis palabra de remitirla fielmente a sus propias manos, y no al pérfido Burleigh. PAULETO. Pensaré lo que debo hacer. MARÍA.––Puedo revelaros su contenido, Pauleto. Pido en ella un gran favor; una entrevista con la Reina en persona, a quien no he visto jamás. Se me ha obligado a comparecer ante un tribunal de hombres que no conozco por iguales míos, y no me resigno a comparecer ante ellos. Isabel es de mi familia..., igual a mí en jerarquía..., de mi sexo. Como hermana, como reina, como mujer, sólo en ella puedo poner mi confianza. PAULETO.––Señora, con harta frecuencia habéis confiado el honor a hombres que eran menos dignos de vuestra estimación. MARÍA ––Pido además una segunda gracia, que sería inhumano rehusarme. De mucha tiempo acá, me veo privada en este calabozo de los consuelos de mi religión y del beneficio de los sacramentos. Quien me arrebató la corona y la libertad, quien amenaza hasta mi existencia, ro querrá cerrarme las puertas del cielo. PAULETO.––El capellán del castillo atenderá vuestras súplicas. MARÍA.––(Interrumpiéndole con viveza.) Nada quiero de él; yo quiero un sacerdote de mi religión. Quisiera también, a mi servicio un escribano, un notario a quien dictar mi testamento. Minan mi vida el pesar y las prolongados padecimientos, y temo que mis días están contados; me contemplo a mí misma como a una agonizante. PAULETO––Hacéis bien;.éstas son ideas adecuadas a vuestra situación. MARÍA.––¡Quién sabe si una mano rápida acelerará la obra lenta de la pena!... Quiero hacer mi testamento y disponer de cuanto poseo. PAULETO.––Podéis hacerlo; la Reina de Inglaterra no quiere enriquecerse con vuestros despojos. MARÍA.––Me han separado de mis camareros, de mis criados... ¿donde están? ¿cuál es su suerte? Puedo prescindir de sus servicios, pero necesito saber para mi tranquilidad, que mis fieles servidores no padecen, no sufren privaciones. PAULETO.––Hemos cuidado de ellos. (Hace que se va.) MARÍA.––¿Os váis, sir? ¿Me abandonáis de nuevo, sin aliviar de los tormentos de la duda a mi inquieto y amedrentado corazón? Estoy separada del mundo entero; gracias a la vigilancia de vuestros espías, ninguna noticia llega hasta mí a través de los muros de mi cárcel; mi suerte se halla en manos de mis enemigos. Ha transcurrido lenta y penosamente todo un mes, desde el día en que mis cuarenta jueces vinieron a sorprenderme en este castillo y se constituyeron con inconveniente precipitación en tribunal. Sin preparación ninguna, sin abogado que me defendiera, contra toda regla de justicia, fui llamada a responder a severas y artificiosas acusaciones, sorprendida y turbada como me hallaba, sin haber tenido siquiera tiempo para poner en orden mis recuerdos. Entraron aquí como fantasmas y desaparecieron del mismo modo. Desde entonces, todo ha enmudecido para mí. En vano intento leer en vuestra mirada si ha prevalecido mi inocencia y el celo de mis amigos, o los malvados conseios de mis enemigs. Romped en fin vuestro silencio; decidme qué debo temer o qué debo esperar. PAULETO––(Pausa.) Arreglad vuestras cuentas con Dios. MARÍA.––Confío en su misericordia, y cuento con la rigurosa justicia de mis jueces de la tierra. PAULETO.––Se os hará justicia, no lo dudéis. MARÍA. ¿Ha terminado mi proceso? PAULETO.––Lo ignoro. MARÍA. ¿He sido condenada? PAULETO.––Lo ignoro, señora. MARÍA.––Aquí gustan de obrar con rapidez. ¿Se presentarán de improviso los verdugos como los jueces? PAULETO.––Figuraos siempre que así será y os hallarán en mejores disposiciones. MARÍA.––Nada puede sorprenderme; me figuro qué sentencia puede pronunciar el tribunal de Westminster, gobernado por el odio de Burleigh y los esfuerzos de Hatton. Sé también de qué es capaz la Reina de Inglaterra. PAULETO.––Las soberanos de Inglaterra sólo respetan su conciencia y su Parlamento. El fallo de la justicia se eiecutará sin temor, a la faz del mundo. ESCENA III Dichos. Sale MORTIMER, sobrino de PAULETO, y sin hacer caso de la Reina, se acerca a su tío.
MORTIMER.––Tío, os llaman. (Se retira como salió.) (La Reina le mira manifestando desagrado y se dirige a PAULETO que se va.) MARÍA.––Pauleto... otra súplica. Cuando tengáis algo que decirme... de vos puedo soportar muchas cosas, porque respeto vuestras canas, pero no me siento con fuerzas para sufrir la insolencia de este joven; os suplico que me evitéis el espectáculo de sus groseros modales. PAULETO.––Precisamente lo que en él os repugna, le da precio a mis ojos; no es por cierto uno de aquellos hambres débiles e insensatos, a quienes enternecen las mentidas lágrimas de una mujer. Ha viajado mucho; llega de París y de Reims, pero su corazón ha permanecido fiel a la vieja Inglaterra. Todos vuestros artificios serán vanos con él. (Vase.) ESCENA IV MARÍA. ANA KENNEDY. ANA. ¿Cómo se atreve a hablaros así ese grosero? ¡Oh! ¡esto es cruel!.. MARÍA.––(Abismada en sus reflexiones.) En los días de esplendor, prestamos el oído complaciente a la lisonja; justo es que ahora, mi buena Kennedy, soportemos la voz austera de la reprobación. ANA.––¡Cómo se muestra hoy tan humilde y resignada la señora... antes tan alegre! ¡Si me consolabais a mí, y antes hube de reprocharon la indiferencia que el abatimiento! MARÍA.––¡Ah! la reconozco... la sombra ensangrentada de Darnley que deja irritada la tumba para turbar mi reposo, hasta colmar la medida de mis tormentos. ANA.––¡Oh!... ¡qué ocurrencias! MARÍA.––Tú lo has olvidado, Ana, pero mi memoria es más fiel. Hoy es el aniversario de esta fatal acción y lo solemnizo con el ayuno y el arrepentimiento. ANA.––Dejad en paz este funesto recuerdo; harto habéis expiado ésta acción con tantos años de arrepentimiento, y tantas pruebas a que os sujetó la desgracia. La Iglesia que por cada falta tiene una absolución, la Iglesia y el cielo os han perdonado. MARÍA.––A pesar de este perdón, alcanzado tanto tiempo ha, esta falta surge todavía de la entreabierta tumba, con manchas de sangre, que se diría reciente. Ni el son de la campana, ni la mano poderosa del sacerdote, pueden hundir en la huesa la sombra de un esposo pidiendo venganza. ANA.––No fuisteis vos quien le mató; otros son los autores de este crimen. MARÍA.––Pero yo sabía que iba a cometerse y dejé que se cometiera; yo le atraía con suaves palabras hacia el lazo donde debía hallar la muerte. ANA.––Los pocos años os disculpan. Erais tan niña... MARÍA.––Tan niña, y apenas empezaba, echaba sobre mi vida el peso de un crimen. ANA—¡Apuró de tal modo vuestra paciencia este hombre con sus sangrientas injurias, y su conducta insolente! él, sacado de la nada como por divina mano, traído por vos a vuestro lecho nupcial, al pie del trono; él, a quien prodigasteis vuestros hechizos, a quien disteis vuestra corona. ¿Podía olvidar que debía a la generosidad de tal amor su brillante carrera? ¡Pues lo olvidó... el indigno! Os ultrajó con sospechas injuriosas, ofendió vuestra delicadeza con sus groseros modales; se hizo insoportable. Desvanecido el encanto que os había fascinado os vimos huyendo colérica de los brazos del infame, y librarle al desprecio. ¿Intentó por ventura reconquistar vuestro favor? ¿Os pidió perdón? ¿Se arrojó arrepentido a vuestras plantas con propósito de enmienda? ¡Ah! ¡no... cruel! Por el contrario:.., desafió vuestro poder, y quien fue vuestra hechura..., ¡pretendía ser tenido por soberano! Hizo matar en vuestra propia presencia al hermoso trovador Riccio... ¡Ah!... no hicisteis más que vengar con su sangre este horrible crimen. MARÍA.––Y será vengado a su vez con sangrienta condenación. Cuando pretendes consolarme; pronuncias mi sentencia. ANA.––Ocurrió el hecho, en época que no erais dueña de vos. Y el delirio y ceguera de la pasión os hizo esclava de un terrible seductor, el desgraciado Bothwel. Su arrogante voluntad os dominó con el terror; extravió vuestra mente con filtros mágicos e infernales artificios. MARÍA.––No hubo otra magia que su firme voluntad y mi flaqueza. ANA.––No, repito; llamó en su auxilio al espíritu de perdición y cogió en sus redes vuestra alma inocente. Sorda a los consejos de la amistad, olvidada de los preceptos del decoro, abjurasteis la púdica reserva, y en aquel rostro, que veló hasta entonces casto rubor, llameaba el fuego de las pasiones. Arrojasteis el manto del misterio; así triunfaba de la timidez la insolente lascivia de un hombre; así con altiva frente disteis vuestra deshonra en espectáculo. Permitisteis que aquel asesino, paseara por las calles de Edimburgo la real espada de Escocia, seguido de las maldiciones de la mutitud. El Parlamento fue sitiado por vuestras tropas, y allí, en el mismo templo de la justicia, forzasteis a los jueces, gracias a una insolente farsa, a que absolvieran del crimen al culpable. Hicisteis más todavía... ¡Dios!... MARÍA.––Acaba. Le di mi mano en el altar. ANA.––¡Oh! sepultad esta acción en eterno silencio, por atroz, por repugnante... digna de una perdida... y sin embargo, no lo sois. Os nutrí y eduqué desde niña, y os conozco perfectamente; vuestro corazón es débil, pero no desprovisto de pudor...; la ligereza es vuestro único delito. Pero hay seres malvados que en cuanto ven un alma sin defensa, se establecen en ella un instante, la empujan al crimen, y después huyen al infierno dejándola sumida en el horror de la mancha del pecado. Nada censurable habeis hecho desde aquella época, que cubrió con sombrío velo la vida de María...; he sido testigo de su conversión. Así, pues... ¡valor!..., reconciliaos con la propia conciencia. Ni sois culpable en Inglaterra, sean las que fueren vuestros remordimientos, ni Isabel y su Parlamento tienen derecho a juzgaros. Sois víctima de la opresión, y debéis comparecer ante este tribunal ilegal con el valor que da la inocencia. MARÍA.––¿Quién llega? (Sale MORTIMER.) ANA.––El sobrino de vuestro carcelero. Retiraos. ESCENA V Dichos. MORTIMER adelantándose con precaución. MORTIMER.–––(A la nodriza.) Id, y vigilad junto a la puerta. Tengo que hablar a la Reina. MARÍA.––(Con firmeza.) Ana, aguarda. MORTIMER––No temáis nada, señora; vais a conocerme mejor. (Le entrega un papel.) MARÍA.––(Lee y retrocede sorprendida.) ¡Ah!... ¿qué es esto? MORTIMER—(A la nodriza.) Id, Kennedy; y cuidad de que mi tío no nos sorprenda. MARÍA.––(A la nodriza que vacila y mira a la Reina.) Ve, ve; haz lo que te ha dicho. (Ana se va manifestando sorpresa.) ESCENA VI MORTIMER. MARÍA. MARÍA.––¡De mi tío el cardenal de Lorena... de Francia! (Lee.) “Fiad en sir Mortimer, portador de esta carta, porque es el amigo más fiel que poseéis en Inglaterra.” (Contempla a MORTIMER Con sorpresa.) ¿Es posible?... ¿no es engañosa ilusión? Cuando me creía abandonada del mundo todo, hallo tan cerca un amigo..., un amigo en el sobrino de mi carcelero que tenía por el más cruel enemigo. MORTIMER.––(De hinojos.) Perdonadme, señora, si tomé este odioso disfraz, a pesar de la lucha que hube de sostener para resolverme a ello; mas yo me felicito ahora de esta resolución, que me ha permitido acercarme a vos, para prestaros auxilio y traeros la libertad. MARÍA.––Alzad. Me sorprendéis, sir Mortimer... no me es posible pasar de un salto, del dolor a la esperanza. Hablad; persuadidme de que es verdad mi dicha, para que os crea. MORTIMER.–––(Se levanta.) El tiempo vuela, y pronto vendrá mi tío, acompañado de un hombre execrable. Antes que os sorprendan con su terrible comisión, oíd cómo el cielo ha preparado vuestra libertad. MARÍA.––La deberé a un milagro de su omnipotencia. MORTIMER.––Permitidme que empiece hablando de mí. MARÍA.––Hablad, sir Mortimer. MORTIMER.––Contaba veinte años, señora; había sido educado en severos principios, me había nutrido con el odio al papado, cuando un invencible deseo me llevó al continente. Dejé a mi espalda las sombrías predicciones de los puritanos, y abandonando mi país natal, crucé rápidamente Francia, y corrí con ardor a visitar la famosa Italia. La Iglesia celebraba, por entonces, solemnes fiestas: hallé los caminos que hube de atravesar, atestados de peregrinos; las imágenes de los santos, coronadas de flores; parecía que la humanidad entera se dirigía en peregrinación al cielo. El torrente de esta muchedumbre de fieles me arrastró consigo, y me condujo a Roma. Ignoro qué fue de mí, señora, cuando vi elevarse ante mis ojos aquellas columnas, aquellos pomposos arcos..., cuando el esplendor del coliseo cautivó mi alma y el genio de la escultura desplegó en torno sus maravillas. Yo no había sentido nunca la magia de las artes; la religión en que había sido educado las desdeña, y no tolera imágenes ni nada que hable a los sentidos; sólo quiere la palabra seca y escueta. ¿Cuál sería, pues, mi emoción, al entrar en la iglesia y oir la música que parecía descender del cielo..., al ver en los muros y bóvedas aquella multitud de imágenes representando al Todopoderoso, al Altísimo, que parecían moverse a la vista... Contemplé arrobado los cuadros divinos de la Salutación del Ángel, el Nacimiento del Salvador, la santa Madre de Dios, la divina Trinidad y la brillante Transfiguración..., presencié por fin el sacrificio de la misa, celebrado por el papa, que en todo su esplendor bendecía al pueblo. ¡Ah! ¿qué valen comparados con tanta magnificencia, el oro y las joyas de los reyes del mundo? Sólo él se ofrece ceñido de divina aureola; su palacio parece el reino de los cielos; que lo que allí se ve, no es cosa de este mundo. MARÍA.––¡Oh! ¡por Dios! no paséis adelante; atended a mi situación; no prosigáis desenvolviendo a mi vista el cuadro sonriente de la vida.... ¿no veis que soy desgraciada y prisionera? MORTIMER.––También vivía prisionero, señora, y mi cárcel se abrió, y mi alma, libre de súbito, rindió homenaje a los encantos de la vida. Juré desde entonces odio profundo a la mezquina y sombría interpretación de la Escritura..., prometí coronar mi frente de flores, y unirme alegremente a los alegres. Algunos nobles de Escocia y una turba de amables caballeros de Francia se unieron a mí, y me presentaron a vuestro noble tío el cardenal de Guisa. ¡Qué hombre!... ¡qué aplomo! ¡Cómo se comprende al verle, que ha nacido para gobernar a los demás! ...No ví en mi vida tan perfecto dechado de un sacerdote rey, de un príncipe de la Iglesia. MARÍA.––¡Ah! ¿le habéis visto? ¿habéis visto a este varón sublime. a este amigo caro que me sirvió de guía en mi tierna juventud?... ¡oh! ¡habladme de él! ¿Se acuerda de mí? ¿le es fiel la fortuna?... ¿sigue sonriéndole la vida? ¿sigue siendo en todo su esplendor columna de la Iglesia? MORTIMER.––Este hombre excelente se dignó descender de las alturas de su doctrina, para disipar las dudas de mi ánimo; mostróme cómo las sutilezas de la razón conducen siempre al error, que los ojos deben ver lo que el corazón debe creer, y la Iglesia tiene necesidad de un jefe visible... que el espíritu de la verdad presidió a las sesiones de los concilios... Las locas presunciones de mi adolescencia se desvanecieron ante su persuasión y victoriosos argumentos. Entré en el seno de la Iglesia católica y abjuré en sus manos mis errores. MARÍA. ¡Sois, pues, uno de estos millares de seres que, tocados de la magia celestial de sus palabras, parecidas a las del sublime sermón de la montaña, alcanzaron la salvación! MORTIMER.––Poco después, cuando los deberes de su cargo lo llevaron a Francia, me envió a Reims, donde la Compañía de Jesús con piadoso celo fundó algunos seminarios para la iglesia de Inglaterra, y allí encontré a Morgan, viejo escocés, a vuestro fiel Lessley, el sabio obispo de Ross; todos sufren en tierra de Francia triste destierro. Contraje con tan venerables sujetos estrechas relaciones de amistad, y me afirmé en mis nuevas creencias. Un día que me hallaba en casa del obispo, como me entretuviera en mirar en torno mío, me sorprendió súbitamente un retrato de mujer, de patética expresión, de maravilloso encanto. Aquel cuadro me cautivó, y estuve contemplándole sin poder dominar la emoción que me causaba, cuando me dijo el obispo: ––“No en vano os conmueve este retrato; la más bella mujer que existió jamás, es tambien la más desgraciada; sufre persecución por nuestras creencias, y por cierto en vuestra patria.” MARÍA.––¡Oh!.. ¡corazón leal! No: no lo he perdido todo, pues conservo en mi desgracia un amigo como éste... MORTIMER.––Entonces me explicó con patético lenguaje vuestro martirio, y la sanguinaria crueldad de los perseguidores; me enseñó vuestra genealogía y origen, que se remonta hasta la ilustre casa de los Tudor; por fin probome que solo vos teníais derecho al trono de Inglaterra, y no esta falsa Reina, fruto del adulterio, y rechazada como hija ilegítima por su propio padre Enrique. No quise fiarme de su único testimonio; consulté a algunos jurisconsultos, estudié las antiguas genealogías, y cuantos documentos pude recoger confirmaron a mis ojos la justicia de vuestros derechos. Supe también que precisamente en tales derechos consiste vuestro crimen en Inglaterra. Este reino, donde languidecéis prisionera e inocente, debiera ser vuestro. MARÍA.––¡Oh! ¡Este desdichado derecho es la única causa de todos mis males! MORTIMER––Supe al propio tiempo que habíais sido trasladada aquí, del castillo de Talbot, y confiada a la custodia de mi tío. Creí reconocer en esta ocasión que se me ofrecía, la mano omnipotente y salvadora de la Providencia; parecíame que la voz del destino me llamaba con estrépito a libertaros. Mis amigos me animan en mi designio; el cardenal me aconseja, me bendice, me enseña el dificilísimo arte de la disimulación. Concibo rápidamente mi plan, y regreso a mi patria, a donde, como sabéis, he llegado hace ocho días. (Pausa.) Os veo al fin, ¡oh Reina! a vos en persona, y no vuestro retrato. ¡Ah! ¡qué tesoro guarda este castillo!... ¡no es una cárcel, no..., es un templo..., un templo más brillante que la real corte de Inglaterra! ¡Feliz aquél, a quien le fue concedido respirar el mismo aire que vos! Razón tiene quien os oculta aquí profundamente; si los ingleses pudieran ver un instante a su reina, la juventud de Inglaterra se sublevaría, ni una sola espada dormiría ociosa en la vaina, y la revolución, alzando su gigantesca cabeza, transtornaría la paz de la isla. MARÍA.––Así pensáis vos, ¿pero pensarían así todos los ingleses? MORTIMER.––Sí, si como yo fueran testigos de vuestras penas, y de la dulzura y noble firmeza con que sufrís tan indigna suerte. Porque ¿no habéis soportado, como reina, estas pruebas a que os condenaron vuestros padecimientos? ¿Por ventura la vergüenza de veros encarcelada pudo empañar el esplendor de vuestra hermosura? Desprovista de cuanto es ornato de la vida, la luz y la vida no han cesado de inundaros; jamás pisé este suelo sin sentir rasgado el corazón, mas tampoco sin embriagarme del placer de contemplar vuestro rostro. Se acerca el momento decisivo y terrible, el peligro apremia y crece a cada instante; no me atrevo, pues, a diferir por más tiempo la revelación del terrible... MARÍA.––¿Han pronunciado ya mí sentencia?... decidlo con toda franqueza; puedo oíros. MORTIMER.–– Está pronunciada, Cuarenta y dos jueces os declaran culpable, y la cámara de los lores, la de los comunes, la ciudad de Londres, todos instan vivamente la ejecución. La Reina la retarda, no por humanidad, no por clemencia, sino por cruel astucia, a fin de verse forzada a ello. MARÍA.––(Con firmeza.) Sir Mortimer, ni me sorprendéis ni me atemorizáis; de mucho tiempo acá había fortalecido mi ánimo para recíbir semejante noticia. Conozco a mis jueces; después de los duros tratos empleados contra mí, claro que no querrán concederme la libertad, y sé a dónde quieren dirigirse. Quieren condenarme a perpetua prisión y sepultar en las sombras de un calabozo mis derechos y mi venganza. MORTIMER––No, Reina, no. No se detienen aquí; la tiranía no quiere hacer la obra a medias. Mientras viviréis, vivirá también el temor en el corazón de la Reina de Inglaterra. No hay calabozo donde encerraros profundamente: sólo vuestra muerte puede asegurarla en el trono. MARÍA. ¿Osaría decapitar a una reina? MORTIMER.––Osará; no lo dudéis. MARÍA. ¿Así arrastraría por el polvo su propia majestad y la de todos los reyes? ¿No teme la venganza de Francia? MORTIMER.––Concluye con Francia un tratado de paz, y cede al duque de Anjou su trono y su mano. MARÍA. ¿Y el rey de España no tomará armas? MORTIMER––Mientras se halle en paz con su propio pueblo, nada temerá del mundo entero. MARÍA. ¿Querrá dar este espectáculo a los ingleses? MORTIMER ––Más de una vez, señora, en estos últimos tiempos, han visto los ingleses a otras reinas descender del trono para subir al cadalso. La misma madre de Isabel sufrió esta suerte, y Catalina Howard y lady Grey ceñían también. corona. MARÍA.––(Pausa.) No, Mortimer; os ciega el temor; el propio celo, la fidelidad, os inspiran tan vanos terrores. No el cadalso, otros medios temo..., otros medios misteriosos que la Reina de Inglaterra podría emplear para ahogar la inquietud que mis derechos le causan. Antes de hallarse un verdugo para mí, bien podría comprar un asesino. Esto es lo que me hace temblar por mi vida; nunca llevo a mis labios una copa, sin estremecerme de terror, sin pensar que tal bebida puede ser prenda de la afección de mi hermana. MORTIMER––No se atentará a vuestra existencia, ni abiertamente, ni en secreto. Tranquilizaos, porque todo está preparado. Doce jóvenes gentil-hombres de Inglaterra han firmado conmigo un pacto; esta mañana han recibido la santa comunión y prometen arrancaros con valor de este castillo. El conde de 1'Aubespine, el embajador de Francia, conoce nuestra conjuración y la secunda; en su propio palacio nos reunimos. MARÍA.––Me hacéis temblar, sir Mortimer, y por cierto no de alegría, porque un siniestro presentimiento surge en mi corazón. ¿Habéis reflexionado bien lo que vais a emprender? ¿No os espantan las ensangrentadas cabezas de Babington y de Tishburn, expuestas en el puente de Londres como un aviso, ni la perdición de tantos infelices que hallaron la muerte en semejantes tentativas, sin haber logrado más que agravar el peso de mis cadenas? Desgraciado iluso mancebo, huid, huid si es tiempo todavía..., si el receloso Burleigh no conoce ya vuestros proyectos y no introdujo entre vosotros un traidor. Huid pronto de este reino...; pensad que no fue dichoso ninguno de cuantos quisieren proteger a María Estuardo. MORTIMER.––Ni me aterrorizan las ensangrentadas cabezas de Babington y de Tishburn, expuestas en el puente de Londres como un aviso, ni la perdición de tantos infelices que hallaron la muerte en semejantes tentativas. ¿Acaso no alcanzaron al propio tiempo gloria inmortal?... ¿No es una dicha morir por libertaros? MARÍA.––Es inútil; no han de conseguirlo ni la fuerza ni la astucia. Mis enemigos son vigilantes, y el poder se halla entre sus manos. No es Pauleto, ni la turba de sus carceleros los que guardan mi calabozo, sino Inglaterra entera. Sólo Isabel puede abrirlo. MORTIMER—¡Oh! ... nunca lo esperéis. MARÍA.––Sólo un hombre entonces podría hacerlo. MORTIMER.––Decidme su nombre. MARÍA.––El conde Leicester. MORTIMER.––(Retrocede sorprendido.) ¡Leicester!, ¡el conde Leicester... el más cruel de vuestros perseguidores, el favorito de Isabel, de él. MARÍA.––––Si he de ser libertada, sólo de él lo espero. Id a verle y abridle vuestro corazón, y en prueba de que sois mi enviado, presentadle este escrito que contiene mi retrato. (Saca un papel de su seno, MORTIMER retrocede y titubea.) Tomadlo... hace mucho tiempo que le llevo conmigo. La rigurosa vigilancia de vuestro tío no me dejaba medio alguno de comunicarme con él, pero mi ángel bueno os ha enviado aquí. MORTIMER.––Señora... ¡este enigma!... explicadme ... MARÍA.––El mismo conde de Leicester os lo explicará; fiad en él y él fiará de vos... ¿Quién llega? ANA—(Entrando precipitadamente.) Sir Pauleto se acerca con un señor de la corte. MORTIMER.––Es lord Burleigh. Serenaos, señora, y oid con firmeza lo que viene a anunciaros. (Vase por una puerta lateral. ANA le sigue.) ESCENA VII MARÍA. Lord BURLEIGH (gran tesorero de Inglaterra). El caballero PAULETO. PAULETO.––Hoy mismo me expresabais el deseo de conocer con certeza vuestra suerte. Su señoría lord Burleigh viene a anunciárosla; soportadla con resignación. MARÍA. Espero que sabré soportarla con la dignidad que conviene a la inocencia. BURLEIGH.––Vengo aquí como diputado del tribunal. MARÍA.––Lord Burleigh habrá consentido con gusto en ser el órgano de un tribunal al que ya había infundido su espíritu. PAULETO.––Habláis como si conocierais ya la sentencia. MARÍA.–––Puesto que me la trae lord Burleigh... la conozco... Al grano, sir... BURLEIGH.––¿No os sometiste, señora, al fallo del tribunal de los cuarenta y dos? ... MARÍA.––Escusadme, milord, si os interrumpo desde el principio. ¿Suponéis que me sometí al tribunal de los cuarenta y dos? No; no me he sometido a él en modo alguno. ¿Hasta tal punto hubiera podido olvidar mi categoría, la dignidad de mi pueblo, la de mi hijo, la de todos los príncipes? Las leyes inglesas ordenan que todo acusado sea juzgado por sus iguales. ¿Y quién es mi igual en esta asamblea?... Sólo los reyes son mis iguales. BURLEIGH.––Oísteis el acta de acusación y contestaisteis a ella ante el tribunal... MARÍA.––Sí; me dejé extraviar por las astucias de Hatton. Llevada del pundonor y confiando en la fuerza de mis pruebas, atendí a cada acusación y demostré su nulidad. Obraba así por respeto a la noble personalidad de los lores, mas no aceptando su jurisdicción que recuso. BURLEIGH.––Esta recusación, señora, es una vana formalidad que no puede detener el curso de la justicia. Vivís en Inglaterra, gozáis de la protección y del beneficio de las leyes, y estáis sometida a su imperio. MARÍA.––Vivo en una cárcel de Inglaterra... ¿A esto se llama en Inglaterra vivir y gozar del beneficio de las leyes? Ni las conozco, ni me obligué jamás a observarlas. No es esta mi patria; yo soy una reina libre de país extranjero. BURLEIGH. ¿Y presumís por ventura, que un título real os otorga el derecho de sembrar impunemente sangrienta discordia en tierra extraña? ¿Qué fuera de la seguridad de los Estados, si la espada de la justicia no alcanzara así a la cabeza de un huésped real culpable, como a la del mendigo? MARÍA.––No he pretendido sustraerme a la justicia; sólo recuso a los jueces. BURLEIGH.––¡Los jueces!... ¡Cómo, señora! ¿Son por acaso estos jueces, miserables salidos de la plebe, o indignos falsarios que venden la justicia y la verdad, consintiendo en ser órganos de la opresión? ¿No son los primeros del reino, asaz independientes para ser veraces, y sustraerse a la influencia de los príncipes y de la corrupción y la vileza? ¿No son los mismos que gobiernan un noble pueblo con justicia y libertad, y cuyo solo nombre impone silencio a toda duda; a toda sospecha? Figuran a su cabeza el pastor del pueblo, el primado de Cantorbery, el prudente Talbot, guardasellos del Estado, Howard, jefe de la armada del reino. Decid si la Reina de Inglaterra pudo hacer más de lo que hizo, eligiendo para jueces de este real proceso, a los más nobles personajes de la monarquía. Si cabe suponer que uno entre tantos, cede a la pasión de partido, no es posible que cuarenta individuos de tal modo elegidos, voten la misma sentencia, llevados de la misma pasión. MARÍA.––(Después de un momento de silencio.) Con sorpresa escucho el elocuente lenguaje de esta boca, tan funesta para mí. ¿Cómo he de medir mis fuerzas, yo, pobre e ingnorante mujer, con tan hábil orador? Sí; si estos lores fueran tales como los pintáis, me vería obligada a guardar silencio, y en el caso de declararme culpable daría mi causa por perdida. Mas a estos hombres que nombráis con elogio, cuya autoridad debe aplastarme, se les ha visto, milord, representando muy diverso papel en los sucesos de este reino. Veo a la alta nobleza de Inglaterra, a los miembros de este majestuoso Senado, adular como esclavos de un serrallo los tiránicos caprichos de mi tío Enrique; veo la noble cámara de los lores, tan venal como la venal cámara de los comunes, formular y después derogar las mismas leyes, romper y acomodar matrimonios según sea la consigna del amo, desheredar hoy y deshonrar con el título de bastarda a la hija del rey de Inglaterra, y proclamarla reina al día siguiente; veo a estos dignos pares, de volubles convicciones, mudar cuatro veces de religión en cuatro reinados. BURLEIGH. Os decíais ajena a las leyes de Inglaterra, mas conocéis al menos perfectamente nuestras desventuras. MARÍA.––¡Y estos son mis jueces! Lord tesorero... quiero ser justa para con vos... sedlo para conmigo. Dicen que vuestras intenciones son buenas, y que en el servicio del Estado y de la Reina sois incorruptible, vigilante, infatigable... Quiero creerlo... No os inspira el interés personal, sino el celo por vuestra Reina y por vuestra patria; mas en tal caso, guardaos. milord, de confundir el bien del Estado con la justicia. Entre mis jueces, se sientan a vuestro lado nobles varones, no lo dudo, pero son protestantes, celosos defensores de Inglaterra, y han de juzgarme a mí, reina escocesa y católica. El inglés, dice un antiguo proverbio, no puede ser justo cuando se trata de un escocés. Y conforme a una costumbre observada por nuestros mayores, un inglés no puede declarar como testigo contra un escocés, ni un escocés contra un inglés. La fuerza de las cosas estableció esta extraña ley; encierran las antiguas costumbres profundo sentido que debemos respetar, milord. Naturaleza arrojó estas dos naciones ardientes en medio del Océano, sobre una tierra dividida con desigualdad, y les llamó a disputársela. El estrecho cauce del Tweed separa a estos pueblos irritables, y la sangre de los combatientes enrojeció más de una vez sus aguas. Mil años ha que espada en mano, se miran y amenazan acampados en ambas orillas. Nunca se vio atacada Inglaterra sin que el enemigo tuviera por auxiliar a Escocia; y nunca ardió la guerra civil en las ciudades de Escocia sin que Inglaterra llevase a ella la discordia. ¡Odios que, no se extinguirán, hasta que el Parlamento reúna ambos pueblos en fraternal abrazo! ¡hasta que la isla entera sea gobernada por un solo cetro! BURLEIGH. ¿Y una Estuardo será quien asegure esta dicha al reino? MARÍA––¿Por qué he de negarlo? Sí, lo confieso; alimenté la esperanza de reunir libre y felizmente las dos nobles naciones, bajo el ramo de olivo. Lejos de presumir que sería víctima de sus odios, esperaba extinguir para siempre el terrible foco de discordia y poner fin a tan prolongada rivalidad. Del modo que mi antecesor Richmond reunió las dos rosas, tras sangrientos combates, esperé reunir pacíficamente las coronas de Escocia y de Inglaterra. BURLEIGH.––Elegisteis para llegar a este fin el peor camino; quisisteis incendiar el reino para subir al trono a través de las llamas de la guerra civil. MARÍA ––No; no era esto lo que yo quería, ¡por el cielo! ¿Cuándo concebí semejante propósito?... ¿Dónde están las pruebas? BURLEIGH.––No he venido aquí a sostener este debate; vuestra causa está definitivamente juzgada. Por cuarenta votos contra dos, se ha declarado que violasteis el bill del año pasado, e incurrido en las penas que señala la ley. Hace un año se decretó: “Que si ocurría en el reino un motín con la mira de sostener los derechos de un pretendiente a la corona, éste sería perseguido judicialmente como reo de Estado.” Y como se ha demostrado que. . . MARÍA.––Milord de Burleigh; no dudo que puede aplicárseme una ley, promulgada precisamente para mí, y con el intento de perderme. ¡Ay de la víctima, cuando unos mismos labios formulan la ley y pronuncian la sentencia! ¿Podréis negar, milord, que esta ley fue promulgada con el intento de perderme? BURLEIGH.–Debiais ver en ella un aviso, y la convertisteis en lazo para vos. Visteis el abismo que se abría a vuestras plantas y os arrojasteis a él, a pesar de haber sido lealmente advertida. Estabais de acuerdo con el traidor Babington v sus cómplices asesinos; sabíais cuanto ocurría y dirigisteis vos misma la conjuración desde este calabozo. MARÍA. ¿Cuándo hice esto?... ¡Vengan las pruebas!... BURLEIGH: Poco ha se os pusieron de manifiesto en el tribunal. MARÍA.––Algunas copias escritas por mano desconocida... probadme que yo misma dicté aquellas cartas, y que las dicté tales, absolutamente tales, como son. BURLEIGH.––Babingthon ha reconocido antes de morir que eran las que había recibido. MARÍA. ¿Por qué mientras vivió no fue traído a mi presencia? ¿Por qué acelerasteis su ejecución, antes de sujetarle a un careo conmigo? BURLEIGH.––Vuestros mismos secretarios Kurl y Nau afirman también bajo juramento, que aquellas son las cartas que dictasteis. MARÍA.––¡Y me condenáis bajo el testimonio de mis propios servidores! ¡y fiáis de las declaraciones de quienes hacen traición a su propia reina, y violan su juramento de fidelidad, en el punto en que declaran contra mí! BULEIGH.––Vos misma habéis asegurado otras veces que teníais por muy virtuoso y honrado al escocés Kurl. MARÍA.––Por tal le tuve, pero la hora del peligro es la piedra de toque de la virtud humana. La prueba del tormento pudo imponerle tal temor, que dijo y confesó lo que no sabía, creyendo así libertarse de la tortura sin perjudicar a su reina. BURLEIGH.––Afirmó el hecho bajo juramento, sin coacción. MARÍA ––Pero no delante de mí. ¡Cómo, milord! ambos testigos viven todavía; traedlos a mi presencia y hacedles repetir en mi presencia sus declaraciones. ¿Por qué me rehusáis una gracia, un derecho que no se rehusa al asesino? Talbot, mi anterior carcelero, me dijo que durante el gobierno actual se había promulgado una ley que ordenaba la comparecencia del acusador ante el acusado... ¿No es.así?... ¿Lo entendí mal? Sir Pauleto, os he tenido siempre por honrado: dadme una prueba de ello, diciéndome en conciencia si no es así... si existe o no en Inglaterra semejante ley. PAULETO.––Es así, señora; es de derecho entre nosotros. Yo debo decir la verdad. MARÍA––Pues bien, milord, ya que con tanto rigor se aplican contra mí las leyes que me perjudican, ¿por qué queréis sustraerme al imperio de las que me favorecen? Decidlo. ¿Por qué no compareció a mi presencia Babingthon, puesto que la ley lo ordena? ¿Por qué no obligáis a comparecer a mis dos secretarios, que viven todavía? BURLEIGH.––No os irritéis señora; vuestra inteligencia con Babington, no es el único motivo... MARÍA.––Es el único que me coloca bajo la espada de la ley, el único que me ogliga a justificarme... Milord, no os salgáis de la cuestión. BURLEIGH––Está probado que tuvisteis tratos con Mendoza, el embajador de España. MARÍA.—(Con viveza.) No os salgáis de la cuestión, milord. BURLEIGH.––Está probado que concebisteis el proyecto de derribar la religión del reino, y que habéis excitado a todos los reyes de Europa a declarar la guerra a Inglaterra. MARÍA.––Y aunque tal hubiese hecho... ––no lo hice; supongo sólo que lo hice, milord––; se me detiene aquí prisionera, contra el derecho de gentes. No vine a estos reinos con las armas en la mano; vine a invocar los derechos sagrados de la hospitalidad, a echarme en brazos de la Reina mi parienta, y he sido víctima de la violencia, y he sido encadenada en el mismo lugar donde esperé encontrar apoyo. Decidme, ¿qué compromisos he contraído con vuestro reino? ¿Qué deberes tengo para con Inglaterra? Si intento romper mis cadenas y oponer la fuerza a la fuerza y sublevar en mi favor todos los Estados de Europa, uso del derecho sagrado que da la opresión, y puedo emplear en mi defensa cuanto se tiene por justo y leal en una guerra legítima. Mi conciencia y mi altivez me prohiben tan sólo el asesinato, y los complots secretos y homicidas. Un asesinato mancharía mi fama, me deshonraría; me deshonraría, repito, pero no me sujetaría al fallo de la justicia, porque entre Inglaterra y yo, no se trata ya de justicia, sino de violencia. BURLEIGH.––No invoquéis señora el derecho del más fuerte; nunca fue favorable a los presos. MARÍA.––Soy débil, ella poderosa... Pues bien, sea; puede, si quiere, emplear la fuerza, matarme, sacrificarme a su seguridad, pero confiese al menos que usa de la fuerza, no de la justicia; no pida prestada la espada de la ley para deshacerse de su enemiga; y no revista con apariencias de santidad, la fuerza bruta y la opresión sangrienta y no engañe al mundo con semejante farsa. Puede matarme, pero no juzgarme. Cese en su intento de cubrir el crimen con el sagrado velo de la virtud, y atrévase, por fin, a mostrarse tal como es. (Vase.) ESCENA VIII BURLEIGH. PAULETO BURLEIGH.––Nos desafía, y nos desafiará, caballero Pauleto, en las mismas gradas del cadalso. Nadie podrá vencer nunca la altivez de su ánimo. ¿Le ha sorprendido la sentencia? ¿La habéis visto palidecer siquiera ni verter una sola lágrima? No invoca nuestra piedad, no; conoce que la Reina se halla perpleja y vacilante, y nuestro temor engendra su audacia. PAULETO.––Lord tesorero, esta vana arrogancia cesará cuando cese también toda apariencia de injusticia. Si se me permite decirlo, hay algo irregular en este proceso. Debisteis traer a su presencia a Babingthon, a Tishburn, y a los dos secretarios. BURLEIGH.––(Con viveza.) No, no, caballero Pauleto; no podíamos aventurar este paso. Ejerce excesivo imperio sobre los ánimos, y es grande el poder de sus lágrimas femeniles. En su presencia, su secretario Kurl no hubiera tenido valor para pronunciar una palabra de la cual dependía su vida; se hubiera retractado tímidamente; hubiera retirado su declaración. PAULETO.––Así los enemigos de Inglaterra conmoverán al mundo con odiosos rumores, y la pompa solemne de este proceso pasará por insolente crimen. BURLEIGH.––Esto es lo que teme nuestra Reina. ¡Oh!.. ¿Cómo no murió al poner el pie en el suelo de Inglaterra, esta mujer, origen de tantos males? PAULETO.––Sólo puedo responder a esto: así hubiese sido. BURLEIGH.––¡Cómo no sucumbió en esta cárcel, víctima de alguna enfermedad! PAULETO. –– ¡Cuántas desventuras hubiera ahorrado a nuestro país! BURLEIGH.––Y sin embargo, si hubiese fallecido por natural accidente, se nos hubiera llamado asesinos. PAULETO.––¡Verdad!.. No hay medio de impedir que piense la gente lo que se le ocurra. BURLEIGH.––Mas como el hecho no podría probarse, excitaría menos rumor. PAULETO. ¿Qué importan los rumores? No es el escándalo que acompaña a la reprobación, sino su justicia o injusticia, ofende al ánimo honrado. BURLEIGH.––¡Ah! ni la misma justicia se libra de la censura. La opinión se va siempre con los desgraciados; la envidia persigue la prosperidad victoriosa. La espada de la justicia que honra al hombre, parece odiosa en manos de una mujer; el mundo no cree en su equidad, cuando es también mujer la víctima. En vano los jueces hemos sentenciado conforme con lo que dicta la conciencia; si la Reina tiene el derecho de indulto, será conveniente usar de él. El pueblo no sufrirá que la Reina diese libre curso al rigor de las leyes. PAULETO.––Por tanto... BURLEIGH.––(Interrumpiéndole.) Por tanto, ella viviría y no debe vivir... ¡jamás! Esto es lo que causa la ansiedad de la Reina, y aleja el sueño de la cabecera de su lecho. Leo en sus ojos el combate que sostiene su alma; sus labios apenas se atreven a formular deseo alguno, pero su mirada expresiva parece decir con muda elocuencia: ––¿No habrá entre mis servidores quien quiera evitarme esta dolorosa alternativa: o temblar perpetuamente en mi trono, o librar al hacha del verdugo la reina, mi parienta? PAULETO—¡Inevitable necesidad! BURLEIGH.––No fuera inevitable, a juicio de la Reina, si contara con servidores más atentos. PAULETO.––¡Más atentos! BULEIGH.––Que supieran interpretar una orden, tácita. PAULETO.––¡Una orden tácita! BURLEIGH.––Que cuando se fía a su custodia una serpiente venenosa, no conservasen como inapreciable y sagrado tesoro, al enemigo que se les confía. PAULETO.—(Con intención.) El buen nombre, la reputación sin mancha de la Reina, es un tesoro precioso nunca bastante guardado, milord. BURLEIGH.––Cuando se suspendió de su cargo a Shrewsbury, para confiarlo al caballero Pauleto, se creyó que... PAULETO.––Supongo que se creyó, milord, que no podían deponerse más difíciles funciones en manos más puras. No hubiera aceptado ¡vive Dios! el cargo de carcelero, si no hubiese creído que debía confiarse al hombre más honrado de Inglaterra. Permitirme pensar que sólo a mi íntegra reputación lo debo. BURLEIGH.––Primero se echa a volar el rumor de que languidece, luego que enferma y se agrava, y por fin sucumbe y muere en la memoria de los hombres y vuestra reputación queda intacta. PAULETO.––Pero no mi conciencia. BURLEIGH.––Si no queréis prestar vuestro brazo, no impediréis al menos que otro... PAULETO. ––(Interrumpiéndole.) Mientras los dioses protectores de mi hogar serán los suyos, ningún asesino pisará el umbral de su puerta. Su vida es tan sagrada para mí, como la vida de la Reina de Inglaterra. Vosotros sois sus jueces, juzgadla, pronunciad la sentencia de muerte, ordenad que venga aquí el carpintero con el hacha y la sierra para levantar el cadalso la puerta de este castillo sólo se abrirá al sherif y al verdugo. Entre tanto, se halla confiada a mi custodia, y yo os juro que será custodiada de tal modo, que no podrá hacer ni recibir daño alguno. (Vanse.) ACTO II El palacio de Westminster. ESCENA PRIMERA El conde de KENT y Sir Guillermo DAVISON. DAVISON.–– ¿Sois vos, Tnilord de Kent? ¿Ya de vuelta del torneo?... ¿Ha terminado la fiesta? KENT.––¿Cómo no habéis asistido a la justa? DAVISON.––Mis ocupaciones me lo han impedido. KENT.––¡Qué bello espectáculo habéis perdido, milord! ... Ni pudo concebirse con más ingenio, ni dirigirse con más solemnidad. Se representaba el asedio de la casta fortaleza de la Hermosura por los Deseos. Defendían la fortaleza el lord mariscal, el gran juez, el senescal y otros diez caballeros de la Reina, y la atacaban los caballeros franceses. Primero, se adelantó un rey de armas que con un madrigal ha intimado la rendición; el canciller contesta de lo alto de las murallas y la artillería rompe el fuego; ¡qué lindos cañones! lanzaban ramilletes de flores y exquisitas y aromosas esencias, pero todo en vano; rechazado más de una vez el enemigo, los deseos se han visto forzados a retirarse. DAVISON. Lo cual me parece, conde, funesto augurio para las negociaciones matrimoniales entabladas por Francia. KENT—¡Ca!, ¡ca! ¡Pura broma!... Creo, hablando seriamente, que la fortaleza acabará por rendirse. DAVISON.––¿Lo creéis así? Por mi parte, creo seriamente que no será nunca. KENT.––Francia ha cedido ya en los artículos más dificultosos; Monseñor se contenta con practicar su culto en una capilla privada, comprometiéndose a honrar y proteger públicamente la religión del reino. ¡Si hubieseis presenciado el júbilo del pueblo cuando supo la nueva! Porque su perpetuo temor consistía en que la Reina muriese sin descendencia, y subiera al trono la escocesa, y cayera otra vez el reino bajo el yugo del papado. DAVISÓN.––Me parece que puede abandonarse semejante temor. El día que Isabel se dirija al altar, María se dirigirá al cadalso. KENT—¡La Reina! ESCENA |