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La Doncella de Orleáns

Federico Schiller
LA DONCELA DE ORLEÁNS
TRAGEDIA ROMÁNTICA

PERSONAJES

CARLOS VII, rey de Francia.

La reina ISABEL, su madre 

INÉS SOREL, su manceba.

FELIPE el Bueno, duque de Borgoña.

El conde DUNOIS, bastardo de Orleáns.

Oficiales del Rey:
     LA HIRE,                
     DUCHATEL.

EL ARZOBISPO de Reims.

CHATILLON, caballero borgoñón.

RAOUL, caballero lorenés.

TALBOT, general de los ingleses.

 Jefes ingleses:
        LIONEL.               
        FALSTOLF.                       

MONTGOMERY.

Consejeros de la ciudad de Orleáns.

Un Heraldo del campamento inglés.

TIBALDO DE ARCO, rico agricultor.

Sus hijas:
     
MARGARITA.
      LUISA. 
      JUANA.

Sus novios:
      ESTEBAN.
      CLAUDIO MARIA                        
      RAIMUNDO.

BERTRAN, aldeano.

El espectro del caballero negro.       

Un Carbonero y su mujer.

Soldados, pueblo, oficiales de la corona, obispos, frailes, mariscales, magistrados, cortesanos y demás personas que no hablan y forman el cortejo en el acto de la coronación.

 

PRÓLOGO

SITIO CAMPESTRE

A la derecha y en primer término, una imagen de santo en una capilla; a la izquierda una grande encina.

 

ESCENA PRIMERA

TIBALDO DE ARCO. Sus tres HIJAS. Los tres PASTORES sus novios.

 

TIBALDO.––Sí, mis queridos vecinos; hoy somos todavía franceses, hoy somos todavía libres habitantes y dueños de esta tierra que labraron nuestros padres... ¡Quién sabe de quién seremos mañana! En todas partes flota la victoriosa bandera del inglés. Sus caballos patean las ricas campiñas de Francia. París le ha recibido triunfante, y ha coronado con la antigua diadema de Dagoberto, el vástago de extranjera cepa. El nieto de nuestros reyes vaga errante, desheredado, fugitivo, por su propio reino, y en las filas enemigas que dirige una madre desnaturalizada, combate su más próximo pariente. Villas, ciudades, todo lo devora el incendio. El humo de la devastación se acerca cada vez más a éstos valles hasta ahora tranquilos. Ved por qué, mis queridos vecinos, trato de acomodar honradamente a mis hijas con la ayuda de Dios, hoy que es tiempo todavía. La mujer, en estos tiempos, necesita un protector. A mi entender, un amor fiel ayuda a soportar las más graves penas. (Dirigiéndose al primer pastor.) Acércate, Esteban; tú deseas la mano de mi hija Margarita; nuestras tierras se tocan, vuestros corazones se comprenden; esto basta para una feliz unión. (Al segundo.) Y tú, Claudio... callas, y mi Luisa baja los ojos... No he de separar dos corazones, porque no puedes ofrecerme tesoros. ¿Y quién los posee hoy? La casa como la granja son en el día presa del enemigo y de las llamas, y en los tiempos que corren no creo que exista más seguro refugio que el pecho de un muchacho honrado.

LUISA.––¡Padre mío!

CLAUDIO.––¡Luisa mía!

LUISA.––(Besando a JUANA.) ¡Hermana mía!

TIBALDO.––Doy a cada una de vosotras treinta fanegas de tierra, el establo, el corral y el hogar. Dios os bendiga como a mí.

MARGARITA.––(Abrazando a JUANA.) Accede a los deseos de padre, toma ejemplo de nosotras... hagamos tres bodas en un día.

TIBALDO.––ld y preparaos; las bodas se celebrarán mañana; quiero que acuda a ellas toda la gente del lugar. (Las dos parejas se van dándose el brazo.)

 

ESCENA II

TIBALDO. RAIMUNDO. JUANA.

 

TIBALDO.––Y tú, Juanilla... ya ves cómo se casan tus dos hermanas y cuánto regocija su dicha mi vejez, mientras que tú, la más joven, parece que sólo quieres darme pesar y tristeza.

RAIMUNDO.––¿Vais a reñirla todavía?

TIBALDo––El más honrado y guapo mozo de este país, con quien nadie osara compararse, te ofrece corazón y mano, te corteja tres años ha con discreción y ternura, y tú sólo le correspondes con desvíos y frialdad. Ni atrajo nunca tu sonrisa ninguno de nuestros pastores. ¡Parece imposible!... ¡Joven como eres!... ¡En la primavera de tu vida! ¡Cuando la esperanza sonríe!... ¡Cuando se abre la flor de tu belleza!... ¡En vano me fue dado esperar verla salir de su capullo, y convertirse en fruto de oro!... ¡Ah, no quiero ocultarlo!... Esto me aflige; me parece un fatal error de la naturaleza. No gusto yo de tales corazones... ¡fríos... austeros!... ¡cerrados a la dicha en la feliz edad en que los sentimientos sólo piden expansión!

RAIMUNDO.––Dejadla, padre, dejadla obrar como le plazca. El amor de mi noble Juana es augusta y casta flor del cielo, y sólo lenta y silenciosamente deben madurar tales tesoros. La juventud necesita del aire libre y puro de las montañas. No se atreve a bajar de las alturas donde habita, a nuestras estrechas casas donde moran los mezquinos cuidados. Muchas veces del fondo de los valles la contemplo con muda admiración, cuando se me aparece bella y majestuosa en el pico de algún monte, rodeada de sus rebaños y fija la vista en el suelo. En ocasiones creo ver en ella algo sobrehumano, y me pregunto si será por ventura esta niña, hija de otros siglos.

TIBALDO––Esto es precisamente lo que no puedo sufrir. Huye del trato de sus hermanas, y sólo se complace en andar errante por las cimas desiertas, sin que el canto del gallo la haya sorprendido nunca en sus correrías. En las medrosas horas en que el hombre busca para serenarse la compañía de sus semejantes, ella, como ave nocturna, vuela a sumergirse en las sombras de la noche, recorre las encrucijadas y habla misteriosamente con los vientos. ¿Por qué escogió este sitio para apacentar sus rebaños? La veo pasarse horas enteras sentada y pensativa bajo el árbol druídico, bajo esta encina, a la que temen acercarse los dichosos. Porque este asilo es reputado funesto, y de antiguo, desde los tiempos del paganismo, se cree que fue morada del espíritu malo. Los viejos cuentan de este árbol espantosas leyendas... ; de sus hojas se escapan a veces extraños sonidos. ¿No vi yo mismo, una tarde, al pasar cerca de aquí, una ¡fantasma de mujer, a la sombra del árbol, un espectro envuelto en un sudario, que extendía hacia mí la descarnada mano, como llamándome? Tanto fue así, que eché a correr, encomendando el alma a Dios.

RAIMUNDO.––(Señalando la imagen de la capilla.) No, creedme; vuestra hija viene aquí, no por obra del demonio, sino al sagrado influjo de esta imagen que esparce en torno la paz del cielo.

TIBALDO.––No, no en vano se me aparece en sueños, que empiezan a darme inquietud. Tres veces la he soñado en Reims, sentada en el trono de nuestros reyes, ceñidas las sienes con una corona en la que brillaban siete estrellas, y en la mano el cetro de donde salían, como del tallo, tres flores de lis, mientras que yo, su propio padre, sus hermanas, y todos los príncipes, condes y obispos, todos, hasta el mismo Rey, hincábamos la rodilla delante de ella. ¿Qué significa semejante esplendor en mi cabaña? ¿Qué puede ser sino presagio de profunda catástrofe? ¿No es semejante sueño el símbolo de las vanas aspiraciones de su corazón? Se avergüenza de la oscuridad en que vive. La belleza que Dios le concedió, los hechizos que le ha prodigado con sus bendiciones, fomentan en su alma un sentimiento de culpable orgullo... y el orgullo fue la causa de la caída de los ángeles... es el medio con que el infierno se apodera de las almas.

RAIMUNDO.––¡Ella orgullosa, cuando no la hay más modesta! ¡Si la pobre se complace con verdadera alegría en ser la sirvienta de sus hermanas! Siendo la mejor dotada entre todas, se muestra al propio tiempo la más dócil y se sujeta gustosa a las más rudas faenas. Con sus cuidados prosperan vuestros rebaños y vuestro cultivo; cuanto hace prospera de un modo indecible, nunca visto.

TIBALDO.––En efecto: de un modo nunca visto, y esto es lo que me espanta. No hablemos más de ello; me callo; quiero callarme. No seré yo quien acuse a mi propia hija. No; quiero sólo exhortarla, rogar por ella, y exhortarla sobre todo. Aléjate de este árbol, renuncia a tu amor por la soledad, cesa de escarbar la tierra a media noche, en busca de raíces... déjate de componer brebajes, y de trazar signos misteriosos sobre la mesa. Los malos espíritus viven junto a la superficie de la tierra, siempre alerta, y con el odio pegado al suelo. En cuanto se escarba un poco, lo oyen en seguida. Consiente en no quedarte sola; .mira que en la soledad tentó Satanás al mismo Dios del cielo.

 

ESCENA III

Dichos. BERTRÁN, con un yelmo en la mano.

 

RAIMUNDO.––¡Chit!... ahí está Bertrán que vuelve de la ciudad... A ver qué nuevas trae.

BERTRÁN.––Os sorprende verme con esta rara prenda en la mano, ¿verdad?

TIBALDO.––En efecto, decidnos cómo habéis adquirido ese yelmo... ¿por qué traéis a nuestros tranquilos valles este signo de discordia? (JUANA, que durante las anteriores escenas había permanecido retirada a un lado, silenciosa y sin tomar parte en la acción, se acerca y empieza a mostrarse atenta.)

BERTRÁN.––Apenas sé yo mismo cómo ha ocurrido esto. Me hallaba en Vaucouleurs, donde fui a comprarme un equipo de guerra. Muchedumbre de gente se agolpaba en la plaza del mercado, porque acababan de llegar de Orleáns bandadas de fugitivos trayendo malas noticias de los sucesos. La población entera se agitaba fuera de sí. Como tratase de abrirme paso entre la multitud, de repente se me acerca una gitana con este yelmo, y fijando en mí sus penetrantes ojos me dice: “Compañero, buscáis un yelmo, lo sé, necesitáis uno, tomad éste, os lo doy barato.” “A los soldados con él, le respondí; yo soy un labrador, y para nada me sirve.” Pero ella continuaba insistiendo. “Nadie puede decir ahora para nada me sirve un yelmo. Un abrigo de acero para la cabeza, vale más en nuestros tiempos que una casa de piedra.” Así me persiguió de calle en calle, forzándome a tomar el yelmo, que yo no quería, bien que me pareciera muy bello y reluciente, y digno de adornar la cabeza de un caballero. Y mientras seguía indeciso, y pesándole en la mano, y discurriendo sobre lo raro del caso, desapareció la gitana, arrebatada por la multitud, y yo me quedé con la prenda.

JUANA.––(Con calor e intentando apoderarse del yelmo.) Dadme ese yelmo.

BERTRÁN. ¿Qué váis a hacer de él? No es éste, adorno propio de una doncella.

JUANA.––(Arrancándoselo de la mano.) Os digo que este yelmo es mío; que me pertenece...

TIBALDO. ¿Qué nuevo delirio la agita?

RAIMUNDO.––Dejadla, padre. Ese apresto de guerra le corresponde, porque su pecho encierra un corazón varonil. ¿Olvidasteis cómo domeñó al guepardo furioso, azote de los corrales, terror de los pastores? Sólo ella, la muchacha de corazón de león, osó medir sus fuerzas con aquella bestia feroz y arrancó de sus dientes la presa. Por valiente que sea el dueño del casco, otro no podría hallarse más digno que Juana.

TIBALDO.(A BERTRÁN.) Hablad; ¿qué nuevos desastres debéis anunciarnos? ¿qué os han dicho los fugitivos?

BERTRÁN.––Dios salve al Rey y a este desventurado país. Vencedor de dos batallas decisivas, el enemigo está en el corazón de Francia. Se han perdido todas las provincias hasta la orilla del Loira. Ahora concéntranse las fuerzas frente a Orleáns. .

TIBALDO. Dios proteja al Rey.

BERTRÁN.––En todas partes se hacen grandes aprestos. Como en el verano el espeso enjambre de abejas en torno de la colmena, como nubes de langostas que oscurecen el sol y cubren la campiña por millares, se arroja a las llanuras de Orleáns confusa bandada de pueblos diversos, y suena en el campamento una mezcla ininteligible de todas las lenguas. Allí el Borgoñón ha juntado sus ejércitos con los del país de Liège y Namur, y con los del Luxemburgo y Brabante. Allí están los de Gante, que se pavonean ornados de seda y terciopelo, y los de Zelandia, cuyas ciudades se elevan a orillas del mar, blancas y limpias, y los holandeses, buenos vaqueros, y los hijos de Utrech y los de Frisia que mira al polo, todos adictos a la bandera del victorioso Borgoñón, todos decididos a someter a Orleáns.

TIBALDO––¡Oh! ¡lamentable discordia que vuelve contra Francia las propias armas de Francia!

BERTRÁN.––También a ella, la reina, la altiva Isabel, princesa de Baviera, se la ve revestida de su armadura, recorriendo el campamento a caballo, inflamando el odio de sus tropas con envenenadas frases contra el hijo que llevó en su seno.

TIBALDO.––Maldita sea; y así Dios la reserve la suerte de Jezabel.

BERTRÁN.––El temible Salisbury dirige el asalto. Combaten a su lado Lionel y Talbot, cuya mortífera espada siega los pueblos en el campo de batalla. Estos hombres juraron en su arrogancia entregar a la deshonra a todas las doncellas, y matar a cuantos les resistan. Cuatro fortalezas, obra suya, amenazan la ciudad. En lo alto de una de estas atalayas la mirada sanguinaria de Salisbury se cierne sobre la población, y cuentan los transeúntes que acelerando el paso se aventuran a atravesar las calles. Ya se hundieron a balazos las iglesias y el majestuoso campanario de Nuestra Señora. Han minado también la ciudad que se agita desesperada sobre estos volcanes del infierno, amenazada a cada instante de quedar reducida a cenizas con tonante explosión. (JUANA escucha con ansia creciente, y se cubre con el yelmo.)

TIBALDO. ¿Pero dónde están las espadas de Francia, Xantrailles y La Hire? ¿Dónde está el heroico bastardo, escudo de la patria, pues pudo el enemigo triunfante avanzar de tal suerte? ¿Qué hace el Rey? ¿Presencia indiferente las calamidades que agobian a su pueblo, y la ruina de las provincias?

BERTRÁN.––El Rey ha establecido la corte en Chinon. Sin hombres, ni posibilidad de sostener la campaña, ¿para qué sirve el valor de los jefes, el esfuerzo del héroe, si el miedo paraliza las tropas? Porque el terror ¡parece castigo del cielo! se apodera de los más valientes. En vana los jefes les ordenan que se pongan en pie de guerra. Como se estrechan las ovejas, tímidas y recelosas al aullido del lobo, los franceses, olvidados de su antigua gloria, se apresuran a refugiarse en sus fortalezas. Sólo uno, a lo que se dice, ha logrado reunir unos pocos combatientes, y marcha a la vanguardia de la corte con diez y seis compañías.

JUANA.––(Con viveza.) ¿Su nombre?

BERTRÁN.––Baudricourt. Mas por desgracia desconfían todos de que logre burlar al enemigo que con dos ejércitos le persigue encarnizado.

JUANA. ¿Dónde hallarle? ¿Lo sabéis? Si lo sabéis, decídmelo.

BERTRÁN.––Acampó a cosa de media jornada de Vaucouleurs.

TIBALDO.––(A JUANA.) ¿Y a tí qué te importa? ¿Por qué enterarte de lo que no te atañe, muchacha?

BERTRÁN.––En presencia del omnipotente enemigo, y desesperados de recibir del Rey auxilio alguno, han resuelto todos en Vaucouleurs pasarse al Borgoñón; único medio de escapar al yugo extranjero y conservar la antigua dinastía. Quizá correrían el albur de caer de nuevo bajo su poder, si Francia y Borgoña lograran entenderse.

JUANA.––(Como inspirada.) ¡Nunca! ¡No cabe trato alguno, no hay transacción posible, arrancada a la flaqueza! El salvador se acerca y está armándose para el combate. Enfrente de Orleáns va a palidecer la estrella del enemigo. Se ha colmado la medida. El trigo está ya en sazón para la siega. Ved cómo llega la doncella que segará la yerba de su orgullo, y desde el firmamento a donde lo alzaron, lo precipitará en el abismo. ¡No vaciléis! ¡no huyáis! porque antes que amarillee la espiga, antes que pase la luna, los caballos de Inglaterra habrán cesado de abrevarse en la límpida corriente del Loira.

BERTRÁN.––Pasó por desgracia el, tiempo de los milagros.

JUANA. Dios permitirá que vuelva. Blanca paloma alzará el vuelo, y como el águila audaz caerá sobre los buitres que despedazan la patria. Ha de acabar con el altivo Borgoñón y sus fatales traiciones, aterrando a Talbot, el de los cien brazos, y al sacrílego Salisbury, y echará por delante como rebaño los feroces isleños. Con ella estará el Señor, el Dios de los ejércitos, que elegirá para mostrarse la más tímida de sus criaturas, y se glorificará en una flaca doncella, porque Él es todopoderoso.

TIBALDO.––¡Qué demonio inspira a mi hija!

RAIMUNDO––El yelmo será, cuyo bélico influjo la penetra. ¡Mirad cómo le chispean los ojos y se tiñen de púrpura sus mejillas!

JUANA.––¡Pues qué!... ¿Se desplomará este reino? ¡Pues qué! ¿el país de la gloria, el más bello que alumbra el sol, el paraíso terrestre que Dios ama, soportará las cadenas del extranjero? No; aquí se estrelló el poderío de los gentiles; aquí se elevó la primera cruz, el signo de la redención; aquí reposan las cenizas de San Luis; de aquí partieron los conquistadores de Jerusalén.

BERTRÁN.––(Entupefacto.) ¿Pero no oís? ¿quién inspira tales palabras? Arco, Dios os hizo padre de una mujer predestinada.

JUANA.––¿Así perderíamos para siempre a nuestros reyes? ¿la nación, su soberano? El Rey desaparecería del haz de la tierra, é1 que no puede morir, él que protege el fecundo arado, él que da libertad a los siervos y agrupa los lugares en torno de su trono; él, providencia de los débiles, terror de los malos, sin envidia, porque es el más grande de todos, ángel de misericordia en esta tierra, presa de las malas pasiones. Porque el trono de los reyes refulgente de oro, es el albergue tutelar de los desamparados. Siéntanse a un lado y otro el poder y la caridad. El culpable se acerca á él tembloroso, y el inocente, confiado, y su mano juguetea con las crines del león extendido en aquellas gradas. ¡Un rey extranjero! ¡Un amo venido de fuera! ¿Pero cómo podría amar este suelo, si no descansan aquí los huesos de sus mayores? ¿Podrá llamarse nunca nuestro padre quien no creció junto con nuestros mancebos, quien no siente vibrar sus entrañas a nuestra voz?.

TIBALDO.––Dios proteja a Francia y al Rey. Cuanto a nosotros pacíficos labradores, ignoramos el arte de manejar la espada y de domar un caballo, ni que fuera un palafrén; tratemos, pues, de resignarnos en silencio con la suerte que nos depare la victoria. El éxito de las batallas es sentencia de Dios. Para nosotros no hay más soberano que el ungido y coronado en Reims. ¡A trabajar! ¡a trabajar! Cuidemos sólo de lo que nos importa. Dejemos a los grandes y a los príncipes que se disputen la tierra. Por fortuna podemos presenciar indiferentes semejantes catástrofes, porque el suelo que cultivamos resiste a todo embate. Si la llama incendia las aldeas, ¡qué importa! nuestras frágiles cabañas se reconstruyen fácilmente; si los cascos de los caballos pisotean las mieses..., otras traerá la primavera. (Vanse todos excepto JUANA.)

 

ESCENA IV

JUANA, sola.

JUANA.––¡Adiós, montañas; adiós, pastos, y vosotros tranquilos valles, adiós! Ya nunca más hollará Juana vuestros senderos, Juana os dirige su eterno adiós. ¡Prados que yo regaba, árboles que planté, seguid reverdeciendo! ¡adiós, grutas sonoras y frescos manantiales! ¡Eco, dulce voz de este valle, que tantas veces respondiste a mis cantos, Juana se aleja... para siempre!

Para siempre os dejo, ¡oh lugares, que fuisteis testigos de mis inocentes dichas! Id y dispersaos por la llanura, ovejas mías; dispersaos, abandonados rebaños; otros rebaños me reclaman ahora, y es fuerza que los conduzca a través de los ensangrentados campos del peligro. Tal es la orden del Espíritu que me llama; no me atrae la vanidad, no obedezco a terreno afecto.

El Dios que se apareció a Moisés en las cimas del Horeb y en la zarza ardiendo para mandarle que resistiera a Faraón; el Dios que supo armar en su defensa a un niño, al pastor Isaías, y se mostró siempre propicío a los pastores, este fue quien te habló también bajo la copa de este árbol, y me dijo:

“Ve a dar testimonio de mí en la tierra. Revestirás tus miembros de metal, y cubrirás de acero tu delicado pecho. Jamás arderá en tu pecho la llama del amor humano, ni avivará en ti ilícitos deseos, mas yo te haré ilustre en la guerra entre las demás mujeres.

“Cuando los más valientes flaquean y van a consumarse los destinos de Francia, pongo en tus manos mi oriflama. Como el segador las mieses, aterrarás a los vencedores y detendrás a la victoria; que te suscité para salvar a esta nación, para que libertes a Reims y corones a tu Rey.”

Dios me debía una prenda de su predilección, y me envía este yelmo que comunica a mi cuerpo fuerza sobrenatural, e infunde en mis venas el fuego sagrado de los ángeles. Siento que me impele, que me arrebata al combate con la impetuosidad del torbellino. ¡A las armas! ¡El corcel se encabrita!... ¡resuena el clarín!

 

ACTO I

La corte del rey Carlos en Chinon.

 

ESCENA PRIMERA

DUNOIS y DUCHATEL.

 

DUNOIS.––No; ya no quiero soportar más. Abandono al Rey que así se entrega cobardemente a la molicie. Mi corazón mana sangre, mis ojos lloran sangre, al ver cómo unos cuantos bandidos se reparten la patria, y las antiguas ciudades que envejecieron bajo la monarquía, entregan al enemigo las enmohecidas llaves. Y entre tanto, perdemos aquí en fútiles devaneos un tiempo precioso para la defensa. Al rumor de que Orleáns está amenazada, acudo de un rincón de Normandía creído de que hallaré al Rey a la cabeza de su ejército, y le sorprendo entre juglares y trovadores, ocupado en descifrar charadas y en festejar a su amiga. ¡Ni más ni menos que si reinara la paz! El condestable se retira disgustado de tales miserias. Yo hago lo propio, y le abandono a su mala suerte.

DUCHATEL.––¡El Rey!

 

ESCENA II

Dichos. El rey CARLOS.

 

CARLOS––El condestable me devuelve su espada y abandona mi servicio. ¡Alabado sea Dios! Así nos vemos libres de un malcontento, que con su carácter arisco y dominante enojaba a todos.

DUNOIS.––Mucho vale un hombre en las actuales circunstancias. Yo no me resigno tan fácilmente a perderle.

CARLOS.––Hablas sin duda por afán de contradecir. Mientras estuvo aquí no le tuviste ciertamente por amigo.

DUNOIS.––Convengo en que era loco, orgulloso, majadero, insoportable, que no acababa nunca, pero esta vez al menos estuvo oportuno dejando su puesto, cuando ya no podía permanecer en él con honor.

CARLOS.––Observo que estás hoy de mal talante, amigo, y no seré yo quien te distraiga. ––Duchatel, han llegado algunos emisarios del anciano rey René, que dicen ser muy famosos y maestros en el arte del canto. Cuida de que sean tratados como merecen. Déseles a cada uno una cadena de oro. (A DUNOIS.) ¿Por qué sonríes?

DUNOIS.––Me gusta oir cómo tu boca prodiga las cadenas de oro.

DUCHATEL.––Señor, ya no hay dinero en las arcas.

CARLOS.––A ti, amigo, te toca hallarlo. No creo que estos nobles cantores deban salir de mi corte sin recompensa. Gracias a ellos florece el cetro del monarca. Sólo ellos saben entretejer en la estéril corona los verdes laureles. Iguales a los reyes, se construyen un trono con sólo desearlo, y su reino, aunque pacífico, no es puramente fantástico. He aquí por qué no ceden en dignidad a los reyes; ambos habitan en las más altas regiones.

DUCHATEL.––Señor, mientras no se agotaron los recursos pude callarme, pero hoy la necesidad me fuerza a hablar claro. Has de saber que nada puedes dar, y que mañana te será imposible subvenir a tus propias necesidades. Tu tesoro está exhausto. Las tropas no reciben la paga y murmuran y amenazan con la deserción. Apenas sé cómo atender a los gastos de palacio, y a tu subsistencia, no ya como corresponde a un príncipe, sino con lo estrictamente necesario.

CARLOS.––Empeña mis derechos de soberano; pide prestado a los lombardos.

DUCHATEL.––Señor, todos tus derechos y rentas han sido empeñadas por tres años.

DUNOIS.––Y para entonces ya no existirán ni la prenda ni el reino.

CARLOS ––Muchos y buenos estados nos quedan todavía.

DUNOIS.––Mientras así lo quiera Dios y la espada de Talbot. Porque en cuanto caiga Orleáns, ya podrás irte con el buen René a apacentar carneros.

CARLOS.––Sólo sabes esgrimir tu ingenio contra ese buen príncipe, que aun hoy mismo se porta conmigo como un rey.

DUNOIS.–– ¿Te regaló quizá su corona de Nápoles? Dicen que está en venta desde que se fue a guardar rebaños.

CARLOS.––¡Pura chanza! ¡Gratos pasatiempos! Trata de establecer en medio de la realidad de nuestras bárbaras costumbres; una sociedad inocente y candorosa. Ocultan, sin embargo, sus planes cierta intención magnánima y propia de un rey: renovar la bella edad pasada, en que reinaba la dulce poesía y el amor hacia héroes, y nobles damas de exquisito gusto y peregrino ingenio se erigían en tribunal de la belleza. ¡Feliz edad de oro que ha elegido el alegre anciano, ocupado en edificar sobre la tierra la celestial ciudad que florece en los cantos del pasado! Con sus auspicios se congregó la corte de amor donde deben acudir los caballeros, y en la cual figuran castas matronas, y va a ronacer la poesía. A mí me nombró príncipe del amor.

DUNOIS.––No soy de los que quisieran acabar con su poder. Hijo soy del amor; le debo mi nombre. Todo mi patrimonio se halla en su reino. Mi padre fue el Duque de Orleáns a quien resistieron pocas mujeres, pero también pocos castillos, ¡príncipe del amor! Si quieres llevar con dignidad semejante título, muéstrate el más valiente entre los valientes, pues si hemos de creer lo que dicen algunos libros viejos, el amor en aquellos tiempos no existía sin algunas virtudes caballerescas, y héroes. y no pastores fueron los que formaban la Tabla Redonda. Quien no sabe defender la belleza, no merece su codiciado premio. Aquí está la liza; tira de la espada en defensa del honor de tus nobles damas, de tu patrimonio y tu corona. Cuando la hayas sacado del torrente de sangre enemiga, entonces será ocasión de ceñir tu frente con las guirnaldas del amor, y sentarán bien en el príncipe tales honores.

CARLOS.––(A un paje .que sale.) ¿Qué hay?

EL PAJE.––Los consejeros de Orleáns solicitan audiencia.

CARLOS.––Que entren. (El paje se va.) ¡Aún vendrán a pedirme recursos, cuando yo mismo ando tan necesitado de ellos!

 

ESCENA III

Dichos. Tres CONSEJEROS.

 

CARLOS.––Bien venidos seáis, fieles vasallos míos. ¿Cómo se porta mi leal ciudad de Orleáns? ¿Sigue resistiendo al sitiador con su acostumbrada intrepidez?

EL CONSEJERO.––¡Ah! señor, crece el peligro por instantes. La ciudad está próxima a sucumbir. Destruidas las obras exteriores, el enemigo avanza a cada nuevo asalto. Las murallas se hallan desprovistas de combatientes, porque nos vemos forzados a practicar desesperadas salidas, y pocos son los que vuelven una vez pasaron las puertas. A cuantas plagas nos agobian, se añade ahora el hambre. En tan supremo trance el conde de Rochepierre, que dirige la defensa, pactó con el enemigo, que si dentro de doce días no recibía el oportuno socorro, se rendiría la ciudad. (DUNOIS hace un gesto de cólera.)

CARLos.––El plazo me parece muy breve.

EL CONSEJERO.––Ahora, señor, acudimos a ti, escoltados por el enemigo, para suplicarte te compadezcas de la ciudad, pues si no la socorres, se rendirá en cuanto se cumplan los doce días.

DUNOIS—¡Cómo! ¿Xaintrailles podrá aprobar un tratado tan vergonzoso?

EL CONSEJERO.––Él, no, monseñor; mientras vivió, no se habló nunca de paz ni de sumisión.

DUNOIS. ¿Entonces ha muerto Xaintrailles?

EL CONSEJERO.––Sucumbió el héroe en nuestros muros, defendiendo la causa de su rey.

CARLOS.––¡Muerto Xaintrailles! ¡Con él pierdo un ejército! (Sale un caballero y habla al oído de DUNOIS, que queda estupefacto.)

DUNOIS––Este golpe nos faltaba.

CARLOS.––Veamos. ¿Hay más?

DUNOIS––Un mensaje del conde Douglas. Los escoceses se insurreccionaron con abandonar sus puestos si no reciben hoy mismo sus atrasos.

CARLOS.––¡Duchatel!

DUCHATEL.––(Encogiéndose de hombros.) Señor, no sé qué decir.

CARLOS.––Promete, empeña cuanto tengas... la mitad de mi reino.

DUCHATEL.––Vanos recursos, empleados ya con harta frecuencia.

CARLOS.––¡Mis mejores tropas! No; no conviene que me abandonen ahora los escoceses; de ningún modo.

EL CONSEJERO—(Hincando la rodilla.) Señor, socórrenos. Atiende a nuestra angustiosa situación.

CARLOS.––(Desesperado.) ¿Pero acaso puedo yo hacer que broten ejércitos de una patada? ¿Puedo hacer que nazca un campo de trigo en la palma de la mano? Hacedme pedazos; arrancadme el corazón y repartidlo en vez de dinero. Puedo daros mi sangre, pero no oro, no soldados. (Ve salir a INÉS y va a su encuentro con los brazos abiertos.)

 

ESCENA IV

Dichos. INÉS SOREL trayendo un cofrecillo.

 

CARLOS.––Inés mía, vida mía, ven a sacarme de la desesperación. Deja que te vea y me refugie en tus brazos. Mientras te posea a ti, nada habré perdido.

INÉS.––¡Mi señor! (Mirando en torno suyo con recelo.) ¿Será verdad, Dunois?..   ¿Duchatel?

DUCHATEL.––¡Ay de mí!

INÉS.––¿Hemos llegado ya al extremo, de que las tropas no reciban su paga y quieran desertar?

DUCHATEL.––¡Por            desgracia, es cierto!

INÉS.––(Obligándole a tomar el cofrecillo.) Ahí tenéis joyas, dinero, fundid mi rica vajilla, vended, empeñad mis castillos, mis dominios de Provenza. Convertidlo todo en dinero para satisfacer a las tropas. Daos prisa, vaya; no perdamos tiempo. (Le insta a que salga.)

CARLOS.––¿Qué dices a esto, Duchatel? ¿Qué dices a esto, Dunois? ¿Aún llamaréis pobre a quien posee esta perla de las mujeres? Tan noble como yo, de sangre tan pura como la de los Valois, honra sería del primer trono de la tierra, si no los desdeñara. De mí sólo quiere mi amor. Una flor de invierno, una fruta rara, tales son los únicos regalos que me permite. Y esta mujer que no acepta ningún sacrificio, se muestra solícita en colmarme de ellos. ¡Oh! ¡corazón magnánimo, que arriesga sus riquezas y tesoros cuando me ve en la desgracia!

DUNOIS.––Sí; es una loca como tú. Lo que hace es dar pábulo a las llamas, o empeñarse en llenar el tonel de las Danaides. No te salvará y se perderá contigo.

INÉS.––No le creas. Veinte veces arriesgó su vida por ti, y ahora me quiere mal porque te doy mi dinero. ¿Te habré sacrificado por ventura cuanto poseo, cuanto vale más que el oro y las perlas, para no compartir contigo mi dicha? Ven, ¡prescindamos de toda pompa inútil, y permite que te de un ejemplo de abnegación! Convierte la corte en un campamento, en hierro el oro, arroja resueltamente por tu corona cuanto poseas. Ven, ven; compartiremos los peligros y las privaciones. Ensillemos nuestros caballos de batalla. Vibre el sol sus rayos sobre nuestras corazas, tengamos por dosel las nubes, por almohada las piedras. Deja, que para soportar con paciencia sus fatigas, le bastará al aguerrido soldado ver que su Rey reclama también su parte en ellas.

CARLOS.––(Sonriendo.) Sí; ahora se cumple la profecía de aquella monja extática de Clermont, que predijo que una mujer me daría la victoria, y reconquistaría para mí la corona de mis padres. La buscaba en las filas de mis adversarios. Me empeñaba en creer que mi madre se reconciliaría conmigo. ¡Error!.... Hela aquí la heroína que debe llevarme a Reims. Escrito estaba que al amor de mi Inés debería el triunfo.

INÉS.––Al esfuerzo de tus soldados, lo deberás.

CARLOS.––Haz cuenta que fío también mucho en las discordias de mis enemigos. Porque si he de dar crédito a ciertos rumores, no se llevan bien como antes los soberbios lores de Inglaterra y mi primo de Borgoña. Por eso envié a La Hire con encargo de traer a su antigua fe y obediencia, a nuestro irascible par. Le aguardo de un momento a otro.

DUCHATEL.––(Mirando por la ventana.) Él se apea en el patio del castillo.

CARLOS.––Bien venido sea. Vamos a saber a qué atenernos.

 

ESCENA V

Dichos. LA HIRE

 

CARLOS.––(Adelantándose a recibirle.) ¿Nos traes alguna esperanza, La Hire? Dinos: ¿sí o no? ¿Qué debemos esperar?

LA HiRE.––Nada, si no es de tu propia espada.

CARLOS.––¿Rehusa el orgulloso duque toda reconciliación? Habla. ¿Cómo acogió el mensaje?

LA HIRE––Antes que todo, antes de oir tus proposiciones, exige que le entregues a Duchatel, que tiene por matador de su padre.

CARLOS.––¿Y si consentimos en tan infame pacto?

LA HIRE.––Romperá en este caso la alianza, aún antes de que haya producido sus primeros efectos. .

CARLOS.––¿Pero le provocaste a desafío, citándole para el puente de Montereau, donde espiró su padre?

LA HIRE.––Le arrojé tu guante diciéndole que querías olvidar tu calidad, para batirte como caballero por tu corona. A lo cual contestó: “No tengo por qué batirme por lo que ya poseo; si tanto desea tu amo esgrimir las armas, me verá mañana frente a Orleáns.” Y dicho esto, me volvió la espalda riéndose en son de fisga.

CARLOS. ¿Y no hubo nadie en el Parlamento que hiciera oir la voz de la justicia?

LA HIRE.––La ahoga el odio de los partidos. El Parlamento te expulsa del trono, a ti y a tu descendencia.

DUNOIS.––¡Cobarde arrogancia del villano, convertido en señor!

CARLOS.––¿Nada intentaste para atraer a mi madre?

LA HIRE.––¿A tu madre?

CARLOS.––Sí. ¿Te dio a entender algo?

LA HIRE.––(Después de algunos instantes de reflexión.) Cuando llegué a Saint-Denis, se celebraba la coronación del nuevo rey. Había que ver a los parisienses, engalanados como para una fiesta, y los arcos de triunfo en las calles, por donde pasaba el monarca inglés con su séquito. Las flores tapizaban el suelo. El pueblo, ebrio de alegría, se agolpaba junto a la carroza, ni más ni menos que si Francia hubiese ganado la más brillante victoria.

INÉS.––¡Ebrio de alegría el pueblo! Ebrio sin duda, de pisotear el corazón del mejor, del más clemente soberano.

LA HIRE.––Vi al joven Enrique Lancaster, sentado en el augusto trono de San Luis. Junto a él sus tíos los altivos Bedfort y Glocester. ¡Y el duque Felipe hincaba la rodillla delante de aquel trono, y rendía pleito-homenaje en nombre de sus estados!

CARLOS.––¡Infame par!...  ¡Indigno primo!

LA HIRE.––El niño parecía turbado, y al subir las primeras gradas, tropezó. ¡Mal presagio! murmuró el pueblo, y hubo un momento de risa. Entonces se adelantó la Reina, tu propia madre, quien... no... horrible es decirlo...

CARLOS.––Prosigue...

LA HIRE.––Quien cogió en brazos al niño y le sentó en el mismo trono de tu padre.

CARLOS.––¡Oh!... ¡madre mía!... ¡madre mía!

LA HIRE.––Los mismos borgoñones, los feroces, los sanguinarios borgoñones, se han estremecido de vergüenza ante semejante espectáculo. Lo advierte ella y volviéndose al pueblo exclama en voz alta: “Franceses, agradecedme que ingerte en el degenerado tronco nuevo y verde tallo. No quisiera el cielo que tengáis por soberano al depravado hijo de un demente.” (El Rey se cubre el rostro con las manos. INÉS se lanza hacia él, y le abraza. Todos los presentes manifiestan su disgusto e indignación.)

DUNOIS.––¡Fiera! ¡Furia infernal!

CARLOS.––(A los consejeros, después de una pausa.) Lo habéis oído, señores. Daos prisa, pues; regresad a Orleáns y decid que redimo a la noble ciudad del juramento prestado. Decidla que puede rendirse a Felipe para su seguridad. Le llaman el benigno. Esperamos que se mostrará tal.

DUNOIS.––¡Cómo, señor!. ¿Abandonar a Orleáns?

EL CONSEJERO.––(Arrodillándose.) ¡Oh! ¡señor! No nos retires tu auxilio. ¡No dejes que caiga en poder de Inglaterra tu fiel ciudad! Cede a mi ruego. Es el más bello florón de tu corona, y no hubo otra que se mostrara más leal a sus reyes, tus mayores.

DUNOIS. ¿Acaso hemos sido vencidos? ¿Podemos desertar nuestros puestos sin descargar un solo golpe? Sin que haya corrido la sangre todavía, ¿pretendes por ventura arrancar del corazón de la patria, su mejor fortaleza?

CARLOS.––Harto corrió la sangre y siempre inútilmente. El cielo está contra mí. Donde quiera que se presentan mis ejércitos son derrotados. Me repudia el Parlamento, y tanto él como el pueblo acogen con alegría a mi adversario. Hasta mis parientes me abandonan y me hacen traición. Mi propia madre alienta al extranjero y a los de su ralea. No queda otro recurso que retirarnos a la otra orilla del Loira y sustraernos al poder de Dios, que combate por los ingleses.

INÉS.––¡Desesperar de nosotros mismos, y volver la espalda a este reino! No. ¡Dios no lo quiere!... No, no es propio tal designio de un ánimo esforzado. Sin duda, la conducta infame de una madre desnaturalizada partió el corazón de mi Rey, pero volverás en ti, Carlos, y con varonil consejo harás frente al destino que te abruma.

CARLOS.––(Ensimismado y sombrío.) ¿Lo negaréis aún? Pesa la fatalidad sobre la raza de los Valois, raza maldecida de Dios. Los vicios de una madre criminal han desencadenado en esta casa las furias. Mi padre vivió veinte años víctima de la demencia; mis tres hermanos mayores murieron en la flor de su vida. ¡Ah! no hay duda; la dinastía de Carlos sexto debe perecer. Así lo ordena el cielo.

INÉS.––Mejor dirías que está destinada a rejuvenecer contigo. Recobra la confianza en tus propias fuerzas que no en vano la muerte te perdonó entre tus hermanos para llamarte a ti el más joven, al honor inesperado de ocupar el trono. A la bondad de tu alma fio el cielo el remedio, que tarde o temprano cicatrizará las heridas de este país, despedazado por el furor de las pasiones. Mi corazón me dice que has de sofocar las llamas de la guerra civil y restablecer la paz, fundando un nuevo reino en Francia.

CARLOS.––Deliras. Los tiempos de borrasca y discordias reclaman más enérgico piloto. Quizá hubiese hecho feliz a una nación pacífica, mas nada puedo contra desencadenados furores, y renuncio a franquearme con la espada los corazones que el odio me cierra.

INÉS.––El pueblo está ciego, víctima del engaño, pero bien pronto se desvanecerá su delirio. No está lejos el tiempo en que sienta reavivarse su amor por la antigua dinastía, amor profundamente arraigado en el corazón de los franceses, y con él los odios y celos que separan a ambos países. Llegará el momento en que su propia fortuna aterrará al arrogante vencedor. Cesa, pues, de empeñarte en desertar precipitadamente del campo de batalla, y pelea palmo a palmo y lucha por Orleáns como por tu vida. Húndanse antes los puentes que conducen a la otra orilla del Loira, tu laguna Estigia, la última frontera de tu reino.

CARLOS.––Hice ya cuanto pude. Quise reconquistar mi corona batiéndome como caballero en singular combate, y mi enemigo rehusa batirse. ¿Iré a prodigar ahora la sangre de mis vasallos y a ver cómo caen reducidas a polvo mis fortalezas? ¿Acuchillaré, como mi despiadada madre, al hijo de mis entrañas? No; prefiero que viva y renunciar a él.

DUNOIS.––¡Esto dice un rey, señor! ¿Así vende su corona? La patria lo es todo cuando la guerra civil enarbola su estandarte. El último de sus hijos no vacila en sacrificarle sus bienes, su odio, su amor. El labrador deja el arado, la mujer el torno, niños y ancianos corren a las armas, el ciudadano incendia los fuertes de la ciudad, y el campesino sus cosechas en tu daño o en tu servicio. Llevados del impulso que a todos arrebata, nada les cuesta, nada economizan, nada excusan ni esperan que nada se excuse con ellos, porque ha hablado el honor y combaten por sus dioses, y por sus ídolos. ¡Afuera, pues, femeniles escrúpulos que no sientan bien en el ánimo de un rey! Deja que siga la guerra su camino de desastres. No eres tú quien debe acusarse de haberla provocado con ligereza. Es ley que un pueblo debe saber morir por su soberano, y no creo que el francés quiera sustraerse a ella. ¡Vergüenza para la nación que regatea a su honor semejante sacrificio!

CARLOS.––(A los consejeros.) No aguardéis de mi otra resolución. Que Dios os guarde, señores. No puedo más.

DUNOIS. Puesto que es así, quiere el cielo que la victoria te vuelva la espalda, como tú al trono de tus mayores. Cedes tú a la flaqueza. Yo te abandono a mi vez. Tu propia pusilanimidad, y no la coalición de Borgoña a Inglaterra, te arroja del trono. Antes los reyes de Francia nacían héroes, pero tú, tú no tienes en las venas una sola gota de sangre generosa. (A los consejeros) El Rey os despide. Yo voy con vosotros a Orleáns. Es la patria de mi padre y quiero enterrarme en sus ruinas. (Intenta salir. INÉS le detiene.)

INÉS.––(Al Rey.) ¡Oh!... ¡no permitas que se vaya enojado! Su lenguaje es rudo, pero su corazón, puro como el oro. Te ama y mil veces dio por ti su sangre. Acercaos, Dunois, y confesad que en el arrebato de vuestra cólera os habéis excedido un poco; y tú perdona a tan fiel amigo la viveza de sus palabras. ¡Oh! venid; venid. Dejad que me apresure a reconciliaron antes que devore vuestros ánimos el fuego mortal, inextinguible, de la cólera. (DUNOIS clava la mirada en el Rey, como aguardando su respuesta.)

CARLOS.––(A DUCHATEL.) Pasaremos el río. Ordenad al momento que embarquen mi equipaje.

DUNOIS.––(A INÉS con sequedad.) Adiós. (Se vuelve y vase; los consejeros le siguen.)

INÉS.––(Untando las manos con desesperación.) ¡Dios mío! Si se va, estamos perdidos. La Híre, seguidle... tratad de calmar su enojo. (LA HIRE se va.)

 

ESCENA VI

CARLOS. INÉS SOREL. DUCHATEL.

 

CARLOS.––No parece sino que la corona es el único bien de este mundo. ¿Será tan difícil separarse de ella? Algo más difícil me parece dejarse gobernar por tales hombres arrogantes e imperiosos, y vivir por la gracia de tan orgullosos vasallos. Éste sí que es suplicio para un corazón noble, suplicio más cruel, sin duda, que el infortunio: (A DUCHATEL, que parece aún vacilante.) Ve; cumple mis órdenes.

DUCHATEL.––(Arrojándose a sus pies.) ¡Oh, señor!

CARLOS.––Ni una palabra más. Lo he resuelto.

DUCHATEL.––Firma la paz con el duque de Borgoña; ya que es tu única salvación.

CARLOS.––¿Y eres tú quien me la aconsejas, tú que debes pagarla con tu sangre?

DUCHATEL––Dispón de mi cabeza que tantas veces arriesgué por, ti en el campo de batalla y llegaré por ti al cadalso con gusto. Aplaca la cólera del duque. No vaciles en entregarme a ella. ¡Ojalá mi sangre apagara estos encarnizados odios!

CARLOS.––(Le contempla un inslante con emoción, sin decir palabra.) ¿Será verdad? ¿Tan grande es mi humillación, que ya mis amigos, los que me conocen, me indican para salvarme el camino del oprobio? Sí; ahora comprendo cuán profunda es mi caída. Nadie tiene fe en mi honor.

DUCHATEL.––Atiende...

CARLOS.––¡Silencio!... No irrites más mi cólera. Nunca jamás, aun cuando debiera renunciar a diez reinos, jamás consentiré en comprar mi salvación con la vida de un amigo. Cumple mis órdenes. Haz que embarquen mi equipo de guerra.

DUCHATEL. Obedezco.     (Se va. INÉS SOREL rompe a llorar.)

 

ESCENA VII

CARLOS. INÉS SOREL.

 

CARLOS.––(Tomándole la mano.) Enjuga tus lágrimas, Inés mía. Allende el Loira hay todavía una Francia, y bogamos hacia más felices climas. Sonríe allí un cielo sereno y sin nubes, es tibio el ambiente, suaves las costumbres, y el amor, la vida, las canciones, reinan y florecen en aquella región.

INÉS. ¿Por qué vieron mis ojos la luz de este día de calamidades v desgracia? ¡Desterrado el Rey! ¡El hijo abandonando la casa de sus padres, volviendo la espalda a su cuna! ¡Jamás volveremos a hollarte con ligera planta, oh caro país, que abandonamos para siempre!

 

ESCENA VIII

Dichos. LA HIRE.

 

INÉS.––¿Volvéis solo?... ¿No le traéis? (Observándole con más atención.) ¿Qué hay, La Hire? ¿Qué es lo que leo en vuestra mirada? Un nuevo desastre sin duda.

LA HIRE.––No. Agotada la suma de desgracias, reaparece un rayo de sol.

INÉS.––¡Cómo! ¡Explicaos!

LA HIRE.––Manda que sean de nuevo llamados los consejeros de Orleáns.

CARLOS. ¿Por qué?... ¿Qué ocurre?

LA HIRE.––Mandá que sean llamados. Tu suerte ha mudado de aspecto. Acaba de ocurrir un encuentro entre ambos ejércitos, en el cual has salido vencedor.

INÉS.––¡Vencedor!... ¡Grata musica del cielo trae a mis oídos esta palabra!

CARLOS.––Sin duda te equivocas con una falsa noticia. ¡Vencedor! No creo ya en la victoria.

LA HIRE.––Otros milagros te verás forzado a creer. Ahí viene el arzobispo que te trae a Dunois.

INÉS.––¡Oh, delicada flor de la victoria! ¡Cuán pronto produce sus divinos frutos, la concordia y la paz!

 

ESCENA IX

Dichos. El ARZOBISPO DE REIMS. DUNOIS. DUCHATEL. RAOUL armado.

 

EL ARZOBISPO. –– (Conduciendo junto al Rey a DUNOIS, e imponiendo en ambos las manos.) Abrazaos, príncipes, y callen desde ahora todos los resentimientos. El cielo se pone de nuestra parte. (DUNOIS abraza al Rey.)

CARLOS.––Sacadme pronto de la duda y la sorpresa.. ¿Qué significa este solemne cuidado? ¿A qué prodigio se debe tan rápida mudanza?

EL ARZOBISPO––(Toma de la mano a RAOUL y lo presenta al Rey.) Hablad.

RAOUL.––Habíamos armado los de Lorena diez y seis compañías para acudir en tu socorro, eligiendo por jefe al caballero Baudricourt de Vaucouleurs. Llegados a las cimas de Vermanton y cuando bajábamos a los valles que riega el Yonne, se presentó de súbito enfrente de nosotros el enemigo en la llanura. Volvimos la cabeza, y vimos también que a nuestra espalda centelleaban sus armas. Dos ejércitos nos rodean sin dejarnos más esperanza que vencer o morir. Flaqueaban ya los más valientes y estaban a punto de rendirse nuestros soldados, mientras deliberaban en vano los jefes, cuando ¡oh, inaudito milagro! sale de repente del bosque una doncella, cubierta la cabeza de un casco, y parecida a la diosa de las batallas, terrible y hermosa al par. Su cabellera caía en negras trenzas sobre los hombros, y apenas habló, iluminó la altura vivo resplandor que parecía venido del cielo. “Franceses ––dice––, valientes franceses, ¿por qué tembláis? ¡Sus al enemigo! Adelante, aunque fuera más numeroso que las arenas del mar. Dios y la santa Virgen están con vosotros.” Y esto diciendo, arranca el estandarte de manos del que lo llevaba, con ánimo resuelto se pone a la cabeza de los batallones. Como cediendo a involuntario hechizo y mudos de sorpresa, corremos nosotros tras la bandera y quien la enarbola, y sin vacilar un punto, caemos sobre el enemigo. Sobrecogidos de estupor e inmóviles nuestros adversarios, permanecen un instante deslumbrados por tal prodigio, y después, como aterrorizados ante el poder divino, acuden a la fuga arrojando las armas. El ejército entero se desbanda por la llanura. Ni la voz del caudillo, ni el llamamiento de los jefes, nada les detiene. Muertos de miedo, sin volver siquiera la cabeza, hombres y caballos se precipitan a tumbos en el río, o se dejan degollar sin resistencia, y degenera, el combate en verdadera carnicería. Diez mil enemigos mueren en el campo de batalla, sin contar los que se ahogaron en el río, mientras ni uno solo de nosotros recibió el más ligero rasguño.

CARLOS.––¡Esto es raro, vive Dios, y casi milagroso!

INÉS––¿Y este prodigio, decís que lo realizó una doncella? ¿De dónde venía? ¿Quién era?

RAOUL.––Sólo al Rey quiere revelarlo. Ella dice que es una visionaria, una profetisa enviada de Dios, y habla de libertar a Orleáns antes que pase la luna. El pueblo, henchido de fe en su poder, se muestra ávido de combate. Sigue al ejército y se hallará aquí bien pronto. (Suenan dentro campanas, y se oye ruido de armas.) ¿Oís el rumor de la multitud? ¿Oís las campanas? Es ella. El pueblo saluda a la enviada de Dios.

CARLOS––(A DUCHATEL.) Que la traigan a mi presencia. (Al ARZOBISPO.) ¿Qué debemos pensar de semejante suceso? Una muchacha me trae la victoria, cuando ya sólo el poder de Dios podía salvarme. Decidnos, monseñor, si no es llegado el caso de creer en milagros.

ALGUNAS VOCES—(Dentro.) ¡Viva la doncella! ¡Viva quien nos ha salvado!

CARLOS.––Ya está aquí. Ven a ocupar mi sitio, Dunois. Quiero poner a prueba a esta mujer, dotada del don de hacer milagros. Si es realmente una enviada del cielo, y obedece a inspiración divina, reconocerá al Rey. (DUNOIS se coloca donde estaba el Rey, con INÉS SOREI a la izquierda. El ARZOBISPO con los demás, enfrente de ellos, dejando libre el centro de la escena.)

 

ESCENA X

Dichos. JUANA, seguida de algunos consejeros, y gran número de caballeros, que ocupan el fondo. Se adelanta con dignidad, y mira en torno suyo.

 

DUNOIS.––(Después de una pausa.) ¿Eres tú doncella predestinada?

JUANA.––(interrumpiéndole, y mirándole con serenidad y altivez.) Bastardo de Orleáns, quieres tentar sin duda a Dios. Levántate y deja este sitio que no te corresponde. Dios me envía a aquél, más grande que tú. (Se dirige resueltamente hacia el Rey, hinca en tierra una rodilla, y se levanta luego, retrocediendo un paso. Muestras de general asombro. DUNOIS se levanta. Se abren las filas para dejar libre el paso al Rey.)

CARLOS.––Si hoy me has visto por primera vez, ¿a quién debes tu ciencia?

JUANA.––Te he visto donde nadie te veía sino Dios. (Acercándose al Rey y con misterio.) Pocas noches ha ––recoge tus recuerdos–– cuando todo dormía en torno tuyo, dejaste el lecho para dirigir a Dios ferviente plegaria. Haz que salgan todos, y te diré cuál era ésta.

CARLOS.––No tengo por qué ocultar a los hombres lo que confiaba a Dios en aquel momento supremo. Si revelas mi oración, cesaré de dudar al instante de tu misión divina.

JUANA.––Le pedías a Dios tres cosas. Estame atento. Primero le invocabas a fin de que te aceptara como víctima expiatoria, en lugar de tu pueblo, y derramara sobre tu cabeza los tesoros de su cólera, en el caso en que algún crimen cometido por tus mayores, e impune todavía, o algún bien mal adquirido, fuera la causa de esta lamentable guerra.

CARLOS.––(Retrocediendo de espanto.) ¿Pero quién eres tú, poderosa criatura? ¿De dónde vienes? (Asombro general.)

JUANA.––Luego dirigiste a Dios esta segunda oración: “Si está decretado y es tu voluntad, ¡Dios mío! que caiga de mis manos el cetro de mi raza, y pierda cuanto poseyeron mis antepasados en este reino, sólo te pido que me dejes tres cosas: una conciencia tranquila, el afecto de mis amigos y el amor de mi Inés.” (El Rey oculta el rostro, deshecho en lágrimas. Movimiento de estupor en los circunstantes. Pausa.) ¿Te diré ahora cuál fue tu tercer voto?

CARLOS––Basta; creo en ti. Tu poder es sobrenatural, y Dios quien te envía.

EL ARZOBISPO.––Pero ¿quién eres tú, santa hija del milagro? ¿Cuál fue el afortunado país que te ha visto nacer? Habla: ¿quiénes son tus padres, elegidos de Dios?

JUANA.––Juana es mi nombre, venerable señor. Nací en tierra de mi Rey, en Domremy, diócesis de Toul. Soy la humilde hija de, un humilde pastor, y pasé la infancia guardando los ganados de mi padre. Oía sín embargo hablar mucho de un pueblo de isleños, venidos a través del Océano, para esclavizarnos e imponernos por la fuerza un rey extranjero que Francia no quería. Oí decir también, que la gran ciudad de París estaba ya en poder de ese pueblo, que iba a conquistar el reino entero. Yo rogaba a María, madre de Dios, que alejara de nosotros el oprobio de la esclavitud y nos conservara nuestro Rey. A la entrada de mi pueblo natal hay una imagen de la Virgen, muy visitada por gran número de peregrinos, y junto a ella una vieja encina, famosa por sus milagros. A su sombra solía apacentar mis ganados, y me sentía atraída hacia aquel lugar. Cuando perdía en la montaña uno de mis corderos, bastaba que me hubiese dormido a la sombra de la encina, para que le encontrara en seguida. Y ocurrió que una noche sentada debajo de aquel árbol, con piadoso recogimiento, y esforzándome en vencer el sueño, se me aparecio de repente la Virgen María, llevando en una mano una espada, y en la otra un estandarte, pero vestida, como yo, de simple pastora, y dijo: “Soy yo, Juana, levántate y deja tus rebaños, que Dios te impone otros deberes. Toma ese estandarte, ciñe esa espada, extermina a los enemigos de mi pueblo, conduce a Reims al hijo de tu Rey y coloca en su cabeza la corona real.” Y yo le dije: “Pero ¿cómo voy a hacerlo, si soy una débil mujer, ignorante del arte de la guerra?” Y ella me dijo: “Nada es imposible a la casta virgen que sabe resistir al amor terreno; toma ejemplo de mí, que soy también una simple virgen como tú y di a luz a Dios Nuestro Señor y participo de la divinidad.” Diciendo esto, tocó mis párpados, y ví cubrirse de ángeles el cielo, y llevaban en las manos flores de lis, y al son de melodiosa música se esparcieron por los aires. Por tres noches consecutivas la bienaventurada María se me apareció así y me dijo: “Juana, levántate, que el Señor te llama a otros deberes.Y cuando llegó la tercera noche, su mirada era severa, y me reprendió diciendo: “El deber primero de la mujer en la tierra es la obediencia, y la resignación su ley, porque obedeciendo se purifica. Quien habrá obedecido en la tierra, será grande en el cielo.” Diciendo esto se despojó de sus vestiduras; y ví a la Reina del cielo en todo el esplendor de su gloria, y lentamente envuelta en nubes de oro, fue arrebatada a la celestial región de los éxtasis, donde desapareció. (Emoción general. INÉS, deshecha en lágrimas, oculta el rastro en brazos del Rey.)

EL ARZOBISPO.––(Después de larga pausa.) En presencia de semejante testimonio de la gracia divina, deben callar las dudas de la humana razón. Esta niña atestigua sus palabras con sus actos. Sólo Dios puede realizar tales milagros.

DUNOIS.––Su mirada, el suave candor de su rostro, y no estos milagros, me persuaden a creerla.

CARLOS.––¿,Merecía yo, miserable pecador, esta gracia?... ¡Oh! Tú cuya mirada infalible lee en los corazones, bien ves la humildad en el fondo del mío.

JUANA.––La humildad de los grandes complace al cielo. Te humillaste, y Dios te exalta.

CARLOS.––¿Podré, pues, hacer frente a mis enemigos?

JUANA.––Te prometo poner a tus plantas a Francia sumisa.

CARLOS.––¿Y dices que Orleáns no se rendirá?

JUANA.––Antes verás al Loira refluir hacia la fuente.

CARLOS.––¿Y entraré triunfante en Reims?

JUANA. Yo te llevaré a Reims, aunque sea a través de mil peligros. (Todos los caballeros sienten reanimarse su bélico ardor, y blanden lanzas y escudos.)

DUNOIS.––Marcha a la cabeza de nuestro ejército; donde quiera que nos conduzca la celestial doncella, allí la seguiremos ciegamente. Diríjanos su profética mirada, que yo me encargo de protegerla.

LA HIRE.––Levántese contra nosotros el mundo entero. Nada tememos mientras ella nos guía. El Dios de la victoria va con ella. ¡Guerra! Que su potente mano nos dirija. (Los caballeros hacen chocar las armas de golpe y se adelantan.)

CARLOS.––Sí, santa doncella, manda mis ejércitos y a mis jefes. Esta espada soberana que en momento de enojo me devolvió el condestable, halló una enano más digna que la suya. Tómala y marchemos...

JUANA: Detente, noble delfín. No es esta la que dará la victoria a mi señor, no; sé otra con la cual venceré. Quiero designártela, según las órdenes que recibí del Altísimo, para, que mandes por ella.

CARLOS:––Habla, Juana. ¿Qué debe hacerse?

JUANA.––Envía a la vieja ciudad de Fierbois, y al subterráneo que hay en el cementerio de Santa Catalina, donde se guardan a montones manojos de armas, botín de antiguas victorias. Allí se hallará la que debo llevar, reconocible por las tres flores de lis, grabadas en oro en la floja. Manda por ella. Con ella vencerás.

CARLOS.––Irán por ella, y se hará como dices.

JUANA.––Que me traigan también una bandera blanca, festonada de púrpura; pues con esta bandera se me apareció la Madre de Dios. En sus pliegues se halla representada la Reina de los cielos, con el niño Jesús en los brazos, y cerniéndose sobre la tierra.

CARLOS.––Se hará como dices.

JUANA.––(Al ARZOBISPO.) Ahora, venerable prelado, imponedme las manos y bendecid a vuestra humilde hija. (Se arrodilla.)

EL ARZOBISPO.––No; no has venido aquí a recibir, sino a repartir bendiciones. Ve, Juana. Fuerza sobrenatural te anima, y nosotros, por el contrario, somos indignos pecadores. (JUANA se levanta.)

UN ESCUDERO.––Acaba de llegar un heraldo del jefe del ejército inglés.

JUANA.––Que entre; Dios le envía (El Rey hace una señal y el escudero se va.)

 

ESCENA XI

Dichos. El HERALDO.

 

CARLOS. ¿Qué vienes a anunciarnos, heraldo?... Dinos tu mensaje.

EL HERALDO. ¿Quién de vosotros habla en nombre de Carlos de Valois, conde de Ponthieu?

DUNOIS.––¡Vil miserable!... ¡Infame bellaco! ¿Cómo te atreves a renegar del Rey de Francia en sus propios dominios? Da gracias a Dios de que tu armadura te proteja, sino...

EL HERALDO.––Francia sólo reconoce un rey, y éste se halla en el campamento inglés.

CARLOS.––Calma, primo. Y tú, heraldo, dinos tu mensaje.

EL HERALDO.––Mi noble jefe, deplorando a la vez la sangre vertida y la que debe verterse, y antes de desenvainar la espada y que sucumba Orleáns, viene a proponerte la reconciliación.

CARLOS.––Oigamos.

JUANA.––(Adelantándose.) Permíteme, señor, que hable en tu lugar al heraldo.

CARLOS.––Como quieras. A ti te corresponde decidir entre la paz y la guerra.

JUANA.––(Al HERALDO.) ¿Quién te envía y habla por tu boca?

EL HERALDO.––El jefe del ejército inglés, el conde Salisbury.

JUANA.––Heraldo, mientes; Salisbury no habla ya, porque sólo hablan los vivos, no los muertos.

EL HERALDO.––Juro que mi jefe vive y se halla robusto y en salud, y dispuesto a perderos a todos.

JUANA.––Vivía aún a tu partida, pero esta mañana, como se asomara a la torre de Tournelles, cayó muerto de un tiro del enemigo. Sonríes porque te anuncio lo que ocurrió lejos de aquí, y antes crees a tus ojos que a mis palabras, pero cuenta que a tu regreso has de encontrarte con su entierro. Ahora, veamos tu mensaje.

EL HERALDO.––Puesto que nada se te oculta, sin duda lo sabes antes que yo lo diga.

JUANA.––Poco me importa, pero te diré a mi vez el mío, que puedes repetir a tus príncipes: Rey de Inglaterra, y vosotros, duques de Bedfort y de Glocester, que os habéis apoderado de este reino, dad cuenta a Dios de tanta sangre vertida. Apresuraos a entregar las llaves de cuantas ciudades ocupáis por la fuerza, contra el derecho divino. Ved que llega la doncella enviada de Dios, y os ofrece la paz o la guerra. Elegid, porque os digo que el Hijo de María no creó para vosotros la hermosa Francia, sino para Carlos; mi señor delfín, a quien Dios la cedió para siempre, y ha de entrar como rey en París acompañado de sus nobles., Ahora, heraldo, parte diligente, pues antes de que llegues al campamento con tu mensaje, estará allí la doncella tremolando en los muros de Orleáns su triunfante bandera. (Se va. Todo se conmueve en torno suyo. Cae el telón.)

 

ACTO II

Sitio rodeado de peñascos.

 

ESCENA PRIMERA

TALBOT y LIONEL, jefes ingleses. FELIPE DE BORGOÑA. El caballero FALSTOLF y CHATILLON. Junto a ellos algunos soldados con banderas.

 

TALBOT.––Aquí, entre estas rocas, podemos acampar y hacer alto un instante, con tal que logremos replegar las fugitivas tropas que ha dispersado repentino terror. Ocupad vosotros la altura y estad alerta. La noche al menos nos libra del enemigo y no debemos temer ninguna sorpresa; porque no tienen alas que sepamos. Conviene, sin embargo, redoblar nuestra vigilancia. Es gente que no se duerme en las pajas, y no hay que olvidar que fuimos vencidos. (El caballero FALSTOLF Se retira y los soldados le siguien.)

 LIONEL.––¡Vencidos! general... ¡Ah! No repitáis esta palabra, porque todavía no he cesado de preguntarme si es realmente cierto que los franceses hayan visto huir a los ingleses a su sola presencia. ¡Orleáns! ¡Orleáns! ¡Tumba de nuestra gloria! ¡En tus campiñas se hundió el honor de Inglaterra! Derrota vergonzosa y ridícula. ¿Quién con el tiempo querrá creerlo? Verse arrojados por una mujer, los vencedores de Poitiers, de Crecy, de Azincourt.

FELIPE.––Consolémonos pensando que fuimos vencidos por el demonio, no por los hombres.

TALBOT.––Sí, por el demonio de nuestra necedad. ¡Bueno fuera que los príncipes se dejaran amedrentar por este espantajo del vulgo! Mala capa es la superstición para encubrir vuestra cobardía; pues si no me engaño, vuestras tropas fueron las primeras en desbandarse.

FELIPE.––Nadie se contuvo... Todos huyeron a la vez.

TALBOT.––No, monseñor; la fuga empezó en el ala que formaba vuestra gente, y vos mismo corristeis a nosotros gritando que se había desencadenado el infierno y que Satanás combatía por los franceses. Así introdujisteis el desorden en nuestras filas.

LIONEL.––Esto sí que no lo negaréis. Vuestras tropas fueron las primeras en huir.

FELIPE.––Porque fueron las primeras en resistir al empuje del contrario.

TALBOT.––La doncella conocía que aquél era el punto débil de nuestro campamento, y sabía dónde hallar el miedo.

FELIPE. ¿Es decir que pretendéis hacer responsable a Borgoña de los desastres de la jornada?

LIONEL.––Si hubiésemos sido todos ingleses, sólo ingleses, no perdíamos Orleáns.

FELIPE.––Claro que no, porque nunca lo hubierais poseído. ¿Quién os abrió camino hasta el corazón del reino? ¿Quién os tendió la mano cuando arribasteis a la playa enemiga? ¿Quién coronó a Enrique en París y sometió a su obediencia a los franceses? Vive Dios, a no baberos llevado a París el esfuerzo de mi brazo, corríais el albur de no ver en la vida el humo de las chimeneas francesas.

LIONEL.––Si se venciera con pomposas palabras, no dudo, duque, que os bastáis para conquistar Francia entera.

FELIPE. Como os contraría la pérdida de Orleáns, queréis ahora verter sobre mí, vuestro aliado, la hiel de vuestra cólera. Mejor sería tal vez que meditarais en las causas de semejante pérdida. Orleáns iba a rendírseme, y vuestra envidia lo impidió.

TALBOT.––¿Acaso creéis que vinimos a sitiarla por afecto a vos?

FELIPE.––¿Y qué sería de vosotros si os retirara mi auxilio?

LIONEL.––No habíamos de pasarlo peor que en Azincourt, donde hicimos frente a vos y a Francia entera.

FELIPE.––Lo cual no ha impedido que comprendierais la utilidad de nuestra alianza, y que el lugarteniente del reino la haya pagado harto cara.

TALBOT.––Muy cara, harto cara, tenéis razón, tan cara que la pagamos hoy delante de Orleáns con nuestro honor.

FELIPE.––Doblemos la hoja, milord, que podíais arrepentiros de tales palabras. ¿Creéis, por ventura, que deserté la legítima bandera de mi soberano, y atraje sobre mí la nota de traidor, para soportar estos ultrajes de un extranjero? ¿Qué saco yo de combatir contra Francia? Si he de servir a ingratos, más me valiera servir a mi Rey.

TALBOT.––Ya sabemos que estáis en tratos con el delfín, pero hemos de encontrar medio de guardarnos de la traición.

FELIPE.––¡Mal rayo!... ¿Así se me trata? Chatillon, preparaos a partir, regresaremos a nuestro campo. (Se va CHATILLON.)

LIONEL.––Buen viaje. Nunca brilló con más esplendor la gloria de Inglaterra, que cuando la fió a su propio esfuerzo combatiendo sola, sin aliados. Obre cada cual por su cuenta y riesgo. Sigue siendo eterna verdad, que sangre francesa y sangre inglesa nunca lograron hacer buena mezcla.

 

ESCENA II

Dichos. La reina ISABEL, seguida de un paje.

 

ISABEL. ¿Qué         es lo que oigo, señores? Deteneos. ¿Qué mala estrella os saca de tino? Cuando es más necesaria que nunca la concordia para salvarnos, váis a dividiros y a precipitar vuestra pérdida con intestinas querellas? ¡Por favor, noble duque!... Revocad esta orden violenta, y vos, glorioso Talbot, calmad la cólera de vuestro amigo. A ver, si entre los dos hacemos entrar en razón a estos hombres altivos... Vaya, ayudadme en la obra de reconciliarlos.

LIONEL.––No contéis conmigo para eso, señora, porque me impo