|

Acto tercero
Escena primera
Delante del
castillo
Entran
CASSIO y algunos MÚSICOS
CASSIO.-
Tocad aquí, maestros... Yo recompensaré vuestras molestias...
Algo que sea breve, y expresad el «¡Buenos días, general!»
(Música.)
Entra
el BUFÓN
BUFÓN.-
Pardiez, maestros, ¿han estado vuestros instrumentos en
Nápoles, que hablan tan de nariz?
MÚSICO
PRIMERO.- ¿Cómo, señor, cómo?
BUFÓN.-
Por favor, ¿son de aire esos instrumentos?
MÚSICO
PRIMERO.- Sí, pardiez; lo son, señor.
BUFÓN.-
¡Oh! ¿Entonces van a traer cola?
MÚSICO
PRIMERO.- ¿Dónde va a estar la cola, señor?
BUFÓN.-
A fe, señor, en muchos instrumentos que conozco. Pero,
maestros, aquí tenéis dinero. Al general le agrada tanto
vuestra música, que os suplica, por amor de Dios, que no
hagáis más ruido con ella.
MÚSICO
PRIMERO.- Bien, señor, no lo haremos.
BUFÓN.-
Si tenéis una música que no sea audible, tocadla; pero en
cuanto a la música que se oye, como quien dice, al general le
importa poco.
MÚSICO
PRIMERO.- No tenemos música de esa clase, señor.
BUFÓN.- Entonces meted las flautas en vuestros sacos,
porque me voy. Idos, desvaneceos en el aire; partid.
(Salen los músicos.)
CASSIO.-
¿Me oyes, mi honrado amigo?
BUFÓN.-
No, no oigo a vuestro honrado amigo, pero os oigo.
CASSIO.-
Por favor, guárdate esas sutilezas. Aquí tienes una pobre
moneda de oro; si la dama que sirve a la esposa del general
está levantada, dile que un tal Cassio solicita el favor de
hablar con ella un instante. ¿Lo harás?
BUFÓN.-
Acaba de saltar del lecho. Si tengo un tropiezo con ella, lo
haré con gusto.
CASSIO.-
Hazlo, mi buen amigo. (Sale el
Bufón.)
Entra
IAGO
¡En buen
hora, Iago!
IAGO.-
¿Es que no os habéis ido a dormir?
CASSIO.-
A fe mía, no había roto el día antes de que nos separáramos.
Iago, me he tomado la libertad de enviar aviso a vuestra
esposa; quiero solicitar de ella que consienta en procurarme
acceso acerca de la virtuosa Desdémona.
IAGO.-
Voy a enviárosla inmediatamente. Y yo hallaré un medio de
alejar al moro, para que vuestra conversación tocante a
vuestro asunto tenga más libertad.
CASSIO.-
Os lo agradezco humildemente. (Sale Iago.) No he
conocido un florentino más amable y honrado.
Entra
EMILIA
EMILIA.-
Felices días, buen teniente. Estoy afligida por vuestra
desgracia, pero todo se arreglará sin dilación. El general y
su esposa hablan del caso, y ella aboga por vos vigorosamente.
El moro replica que aquel a quien habéis herido es una persona
de gran autoridad en Chipre, y de una parentela poderosa, y
que no podía dejar de destituiros sin faltar a la prudencia;
pero declara que os estima y que no son necesarias otras
solicitudes que las de su amistad para decidirle a coger por
los cabellos la primera ocasión de volver a llamaros.
CASSIO.-
Sin embargo, os suplico -si lo juzgáis conveniente y hacedero-
que me procuréis la oportunidad de tener una breve charla a
solas con Desdémona.
EMILIA.-
Entrad, os ruego; yo os procuraré sitio donde tengáis tiempo
de abrir libremente vuestro corazón.
CASSIO.-
Os quedo muy obligado. (Salen.)
Escena segunda
Aposento en el
castillo
Entran
OTELO, IAGO y CABALLEROS
OTELO.-
Entrega estas cartas al piloto, Iago, y que presente al Senado
mis respetos. Yo, en tanto, iré a pasearme del lado de las
murallas; acude allí a reunirte conmigo.
IAGO.-
Bien, mi buen señor, lo haré.
OTELO.-
¿Vamos a inspeccionar ese fuerte, caballeros?
CABALLEROS.- Estamos a las órdenes de Vuestra Señoría.
(Salen.)
Escena tercera
Jardín del
castillo
Entran
DESDÉMONA, CASSIO y EMILIA
DESDÉMONA.-
Ten la seguridad, mi buen Cassio, de que emplearé todas mis
facultades en tu favor.
EMILIA.-
Hacedlo, buena señora, os garantizo que esta desgracia aflige
a mi esposo como si fuera suya.
DESDÉMONA.-
¡Oh, es un honrado compañero! No lo dudéis. Cassio, os haré a
mi esposo y a vos amigos como antes.
CASSIO.-
Bondadosa dama, suceda lo que quiera a Miguel Cassio, no será
jamás otra cosa que vuestro muy fiel servidor.
DESDÉMONA.-
Lo sé... Os doy las gracias. Estimáis a mi marido, le conocéis
desde hace mucho tiempo; y estad bien seguro de que no os
tendrá en reserva sino en la medida y durante el tiempo que le
imponga la política.
CASSIO.-
Sí, señora; pero esta política puede durar tanto tiempo,
nutrirse de pretextos tan delicados e insignificantes,
complicarse de tal modo a consecuencia de las circunstancias,
que yo ausente y ocupado mi puesto, mi general olvidará mis
afectos y mis servicios.
DESDÉMONA.-
No temas eso; te respondo de tu empleo ante Emilia aquí
presente. Certifícate de que cuando hago una promesa de
amistad, la cumplo hasta el último artículo. Mi señor no
tendrá nunca reposo; le mantendré en vela hasta que le dome;
le abrumaré a palabras hasta hacerle perder la paciencia; su
lecho será como una escuela; su mesa, como un confesonario:
mezclaré en todas sus ocupaciones la petición de Cassio. Así,
alégrate, Cassio, pues tu solicitador morirá antes de
abandonar tu causa.
EMILIA.-
Señora, he aquí venir a mi señor.
CASSIO.-
Señora, me despido.
DESDÉMONA.-
No, quédate y me oirás hablar.
CASSIO.-
Ahora no, señora; estoy muy desazonado e incapaz de servir a
mis propios asuntos.
DESDÉMONA.-
Bien; haced como juzguéis conveniente.
(Sale Cassio.)
Entran
OTELO e IAGO
IAGO.-
¡Ah! No me agrada esto.
OTELO.-
¿Qué dices?
IAGO.-
Nada, señor; o si..., no sé qué.
OTELO.-
¿No era Cassio el que acaba de separarse de mi mujer?
IAGO.- ¿Cassio,
señor? No, seguramente; no puedo suponer que se escapara así,
como un culpable, al veros llegar.
OTELO.-
Creo que era él.
DESDÉMONA.-
¡Hola, esposo mío! Acabo de conversar aquí con un solicitador,
un hombre que pena por vuestro desagrado.
OTELO.-
¿A quién os referís?
DESDÉMONA.-
Vaya, a vuestro teniente Cassio. Mi buen señor, si tengo
gracia o poder para conmoveros, aceptad la sumisión que os
ofrece para reconciliarse con vos; pues si no es un hombre que
os estima sinceramente; si no es un hombre que ha pecado por
ignorancia y no a sabiendas, no sé reconocer un semblante
honrado. Te lo suplico, reintégrale en su empleo.
OTELO.-
¿Es el que se aleja de aquí hace un instante?
DESDÉMONA.-
Sí, en verdad, y tan humillado, que me dejó una parte de su
pesar para sufrir con él. Mi querido amor, llamadle.
OTELO.-
Ahora no, dulce Desdémona; otra vez será.
DESDÉMONA.-
Pero esta otra vez, ¿será pronto?
OTELO.-
Lo antes posible, para agradaros, querida.
DESDÉMONA.-
¿Esta noche, a la hora de cenar?
OTELO.-
No; esta noche, no.
DESDÉMONA.-
¿Mañana, a la hora de comer, entonces?
OTELO.-
No comeré en casa; me reúno con los capitanes en la ciudadela.
DESDÉMONA.-
Vaya, entonces mañana por la noche, o el martes por la mañana;
o el martes a mediodía, o por la noche; o el miércoles por la
mañana... Por favor, señala el momento; pero que no exceda de
tres días. Por mi fe, él está arrepentido; y, sin embargo, su
falta (salvo si se tiene en cuenta la regla que, según dicen,
exige que en la guerra se haga el escarmiento de los mejores)
no es una de esas faltas que, según la opinión común, merezca
apenas una reprensión particular. ¿Cuándo volverá? Decidmelo,
Otelo. Me pregunto con asombro en mi alma qué podréis pedirme
que yo os negase, o que os concediera con esta vacilación.
¡Cómo! ¡Miguel Cassio, que os acompañaba cuando me
cortejabais, y que a menudo ha tomado vuestro partido, cuando
yo hablaba de vos desventajosamente! ¡Y que tenga yo ahora
necesidad de tantos esfuerzos para llamarle! Creedme, no sé
qué haría...
OTELO.-
¡Por favor, basta! ¡Que venga cuando quiera! ¡No he de negarte
nada!
DESDÉMONA.-
Vaya, esto no es una merced. Es como si os rogara que
llevarais guantes, que os alimentarais de platos nutritivos,
que no os resfriarais o solicitara de vos que hicieseis un
servicio particular a vuestra propia persona. No, cuando me
proponga realmente poner a prueba vuestro amor, será con una
cosa de gran importancia, difícil y arriesgada de conceder.
OTELO.-
No te negaré nada. Por tanto, te suplico que me otorgues esto:
dejarme un instante a solas conmigo.
DESDÉMONA.-
¿Y os lo voy a negar? Adiós, querido esposo.
OTELO.-
¡Adiós, Desdémona mía! Al punto iré a tu encuentro.
DESDÉMONA.-
Ven, Emilia.- Haced como el corazón os dicte. Lo que quiera
que deseéis, soy obediente. (Sale
con Emilia.)
OTELO.-
¡Adorable criatura! ¡Que la perdición se apodere de mi alma si
no te quiero! ¡Y cuando no te quiera, será de nuevo el caos!
IAGO.-
Mi noble señor...
OTELO.-
¿Qué dices, Iago?
IAGO.-
¿Es que conocía Miguel Cassio vuestro amor cuando hacías la
corte a la señora?
OTELO.-
Lo conoció desde el principio hasta el fin. ¿Por qué me
preguntas eso?
IAGO.-
Sólo por la satisfacción de mi pensamiento; no por nada más
grave.
OTELO.-
¿Y cuál es tu pensamiento, Iago?
IAGO.-
No creí que tuviera entonces conocimiento con ella.
OTELO.-
¡Oh, sí!, y a menudo nos ha servido de intermediario.
IAGO.-
¿De veras?
OTELO.-
«¡De veras!» Sí, de veras... ¿Percibes algo en esto? ¿No es él
honrado?
IAGO.-
¿Honrado, señor?
OTELO.-
«¡Honrado!» Sí, honrado.
IAGO.-
Mi señor, por cosa así le tengo.
OTELO.-
¿Qué es lo que piensas?
IAGO.-
¿Pensar, señor?
OTELO-«¡Pensar, señor!» ¡Por el cielo, me sirve de eco,
como si encerrara en su pensamiento algún monstruo demasiado
horrible para mostrarse!... Tú quieres decir algo... Te oí
decir ahora... que no te agradaba eso, cuando Cassio abandonó
a mi mujer. ¿Qué es lo que no te agradaba? Y cuando te he
dicho que estaba en mis secretos, durante el curso entero de
mis amores, has exclamado: «¿De veras?» Y tus cejas se han
contraído haciendo plegarse la frente en forma de bolsa, como
si hubieras querido encerrar en tu cerebro alguna concepción
horrible. Si me estimas, muéstrame tu pensamiento.
IAGO.-
Señor, sabéis que os estimo.
OTELO.-
Lo creo, y precisamente porque sé que estás lleno de afecto y
de honradez y que pesas tus palabras antes de proferirlas es
por lo que tus reticencias me asustan más; pues tales modos de
conducirse son perfidias habituales en un bellaco desleal y
mentiroso; pero en un hombre justo son revelaciones veladas
que se escapan de un pecho incapaz de dominar su emoción.
IAGO.-
Por lo que toca a Miguel Cassio, me atrevería a jurarlo,
pienso que es un hombre honrado.
OTELO.-
Y yo también.
IAGO.-
Los hombres debieran ser lo que parecen; ¡ojalá ninguno de
ellos pareciese lo que no es!
OTELO.-
Cierto, los hombres debieran ser lo que parecen.
IAGO.-
Por eso, pues, pienso que Cassio es un hombre honrado.
OTELO.-
No, en eso hay aún más. Exprésame tus pensamientos tal como
los rumias interiormente; y manifiesta los peores de ellos por
lo que las palabras tienen de peor.
IAGO.-
No, mi buen señor, perdonadme. Aunque comprometido a todo acto
de leal obediencia, no estoy obligado a descubrir lo que todos
los esclavos son libres de ocultar. ¿Revelar mis pensamientos?
Pardiez, suponed que son viles y falsos -¿cuál es el palacio
en que no se introducen alguna vez villanas cosas?-. ¿Quién
tiene un corazón tan puro donde las sospechas odiosas no
tengan sus audiencias y se sienten en sesión con las
meditaciones permitidas?
OTELO.-
Conspiras contra tu amigo, Iago, si, creyéndolo ultrajado,
dejas su oído extraño a tus pensamientos.
IAGO.-
Os suplico -aunque quizá soy mal inclinado en mis conjeturas
(pues confieso que es una enfermedad de mi naturaleza
sospechar el mal, y mis celos imaginan a menudo faltas que no
existen)- que vuestra cordura, sin embargo, no conceda ninguna
importancia a un hombre cuya imaginación se halla tan propensa
a equivocarse, ni construya una armazón de inquietudes sobre
el fundamento poco sólido de sus observaciones, imperfectas.
No convendría a vuestro reposo, ni a vuestro bienestar, ni a
mi fortaleza varonil, honradez y prudencia, permitir que
conocierais mis pensamientos.
OTELO.-
¿Qué quieres decir?
IAGO.-
Mi querido señor, en el hombre y en la mujer el buen nombre es
la joya más inmediata a sus almas. Quien me roba la bolsa, me
roba una porquería, una insignificancia, nada; fue mía, es de
él y había sido esclava de otros mil; pero el que me hurta mi
buen nombre, me arrebata una cosa que no le enriquece y me
deja pobre en verdad.
OTELO.-
¡Por el cielo! ¡Conoceré tus pensamientos!
IAGO.-
No podríais, aunque mi corazón estuviera en vuestra mano; con
mayor razón mientras se halla bajo mi custodia.
OTELO.-
¡Ah!...
IAGO.- ¡Oh,
mi señor, cuidado con los celos! Es el monstruo de ojos
verdes, que se divierte con la vianda que le nutre. Vive feliz
el cornudo que, cierto de su destino, detesta a su ofensor;
pero, ¡oh, qué condenados minutos cuenta el que idolatra y, no
obstante, duda; quien sospeche y, sin embargo, ama
profundamente!
OTELO.-
¡Oh suplicio!
IAGO.-
Pobreza y contento es riqueza, y riqueza abundante; pero
riquezas infinitas componen una pobreza estéril como el
invierno para el que teme siempre ser pobre... ¡Cielo
clemente, libra de los celos a las almas de toda mi casta!
OTELO.-
¡Qué! ¿Qué es eso? ¿Crees que habría de llevar una vida de
celos, cambiando siempre de sospechas a cada fase de la luna?
No, una vez que se duda, el estado del alma queda fijo
irrevocablemente. Cámbiame por un macho cabrío el día en que
entregue mi alma a sospechas vagas y en el aire, semejantes a
las que sugiere tu insinuación. No me convertiré en celoso
porque se me diga que mi mujer es bella, que come con gracia,
gusta de la compañía, es desenvuelta de frase, canta, toca y
baila con primor. Donde hay virtud, estas cualidades son más
virtuosas. Ni la insignificancia de mis propios méritos me
hará concebir el menor temor o duda sobre su infidelidad, pues
ella tenía ojos y me eligió. No, Iago, será menester que vea,
antes de dudar; cuando dude, he de adquirir la prueba; y
adquirida que sea, no hay sino lo siguiente..., dar en el acto
un adiós al amor y a los celos.
IAGO.-
Me alegro de eso, pues ahora tendré una razón para mostraros
más francamente la estima y obediencia que os profeso. Por
tanto, obligado como estoy, recibir este aviso... No hablo aún
de pruebas. Vigilad a vuestra esposa, observadla bien con
Cassio. Haced uso de vuestros ojos así..., sin celos ni
confianza. No quisiera que vuestra franca y noble naturaleza
fuese engañada por su misma generosidad. Vigiladla. Conozco
bien el carácter de nuestro país: en Venecia las mujeres dejan
ver al cielo las tretas que no se atreven a mostrar a sus
maridos. Toda su conciencia estriba, no en no hacer, sino en
tener oculto.
OTELO.-
¿Eso me cuentas?
IAGO.-
Engañó a su padre, casándose con vos; y cuando parecía
estremecerse y tener miedo a vuestras miradas, fue entonces
cuando las apetecía más.
OTELO.-
Así fue, en efecto.
IAGO.-
Sacad entonces la conclusión. La que tan joven pudo disimular
hasta el punto de tener los ojos de su padre tan estrechamente
cerrados como la madera de roble, tan cerrados que él lo tomó
por cosa de magia... Pero soy muy de censurar; os pido
humildemente perdón por este exceso de cariño.
OTELO.-
Te quedo por siempre obligado.
IAGO.-
Veo que esto ha confundido un poco vuestro ánimo.
OTELO.-
Ni una jota, ni una jota.
IAGO.-
Por mi fe, que lo temo; creedme. Espero consideréis que lo que
os digo dimana de mi afecto por vos...; pero veo que os habéis
emocionado; debo rogaros que no deis a mis palabras una
conclusión más grave ni una extensión más larga que la de una
sospecha.
OTELO.-
Es lo que haré.
IAGO.-
De otro modo, señor, mis palabras obtendrán resultados
terribles, a los cuales no tienden mis pensamientos. Cassio es
mi digno amigo... Mi señor, veo que estáis turbado.
OTELO.-
No, no tan turbado... No creo que Desdémona no sea honrada.
IAGO.-
¡Que viva así mucho tiempo, y otro tanto vos para creerla tal!
OTELO.-
Y, sin embargo, cuando la naturaleza se desvía de sí...
IAGO.-
Sí, al está el mal. Así -para hablaros claramente-, digamos
que no haber aceptado tantos partidos como se le proponían con
hombres de su país, de su color, de su condición, a lo que
vemos tiende siempre la naturaleza, ¡hum!, esto denota un
gusto muy corrompido, una grosera desarmonía de inclinaciones,
pensamientos contra naturaleza... Pero perdonadme. No es a
ella precisamente a quien me refiero; y, sin embargo, temería
que su alma, retornando a un juicio más frío, llegara a
compararos con las figuras de su país y se arrepintiera tal
vez.
OTELO.- Adiós, adiós. Si más adviertes, comunícame más.
Encarga a tu mujer que observe.
Déjame, Iago.
IAGO.- Mi
señor; tomo licencia para marcharme.
(Yéndose.)
OTELO.-
¿Por qué me habré casado? -¡Este honrado individuo ve y sabe
más, mucho más de lo que cuenta!
IAGO.-
(Volviendo.) Mi señor, quisiera suplicar a Vuestro
Honor que no escudriñase más en este asunto. Dejadlo al
tiempo. Aunque sea conveniente que Cassio recobre su empleo
(pues a decir verdad lo desempeña con aptitud), sin embargo,
si os place tenerlo por algún tiempo en desgracia, podríais de
este modo estudiarlo a él y a sus procedimientos. Advertid si
vuestra esposa insiste en su reposición con vigor e
inoportunidad vehemente. Por aquí se verá mucho. Mientras
tanto, pensad que soy por demás exagerado en mis temores (como
tengo grandes motivos para creerlo), y suplico a Vuestro Honor
la considere libre de toda sospecha.
OTELO.-
No te inquiete mi indiscreción.
IAGO.-
Me despido nuevamente de vos.
(Sale.)
OTELO.-
Este camarada es de una excesiva honradez y sabe penetrar con
espíritu claro en los resortes de las acciones humanas. Si yo
descubriese que ella es un halcón montano, aun cuando tuviera
por grillos las fibras de mi corazón, la soltaría con un
silbido y la dejaría a merced del viento, para que buscase su
presa al azar. Quizá porque soy atezado y carezco de esos
dones melosos de conversación que poseen los pisaverdes; o
quizá porque desciendo la pendiente de los años -aunque
todavía no mucho- es ida para mí. Quedo engañado, y mi único
consuelo debe execrarla. ¡Oh, maldición del casamiento! ¡Que
podamos llamarnos dueños de estas mimadas criaturas, y no de
sus apetitos! Mejor quisiera ser un sapo y vivir de la humedad
de un calabozo que guardar para usos ajenos un rincón de
aquello que amo. Empero es el castigo de los grandes; tienen
menos prerrogativas que las gentes bajas. Es un destino
inevitable, como la muerte. Esta maldición horcada se cierne
sobre nosotros desde el instante mismo en que venimos al
mundo. Ved, aquí llega. Si es pérfida, ¡oh, entonces el cielo
se burla de sí mismo! ¡No puedo creerlo!
Vuelven a entrar
DESDÉMONA y EMILIA
DESDÉMONA.-
¡Hola, mi querido Otelo! Vuestra comida y los nobles
insulares, a quienes habíais invitado, aguardan vuestra
presencia.
OTELO.-
Soy de censurar.
DESDÉMONA.-
¿Por qué habláis con una voz tan débil? ¿No os sentís bien?
OTELO.-
Me duele aquí en la frente.
DESDÉMONA.-
Es de velar, sin duda. Eso va a disiparse. Dejadme que la
vende, y dentro de una hora no sentiréis nada.
OTELO.-
Vuestro pañuelo es demasiado chico. (Aparta el pañuelo,
que cae.) Dejadlo. Voy con vos.
DESDÉMONA.-
Estoy verdaderamente afligida de que no os halléis bien.
(Salen Otelo y Desdémona.)
EMILIA.-
Me encanta haber encontrado este pañuelo. Es el primer
recuerdo que ella recibió del moro. Mi porfiado marido me ha
acariciado cien veces para que lo robara; mas ella ama tanto
la prenda -pues él la conjuró a que la guardara siempre-, que
la lleva constantemente sobre sí para besarla y hablarla. Voy
a hacer que saquen copia de la labor y se la daré a Iago. Lo
que intenta con ello, sábelo el cielo, no yo; yo no sé nada,
sino satisfacer su fantasía.
Entra
IAGO
IAGO.-
¡Hola! ¿Qué hacéis ahí sola?
EMILIA.-
No me riñáis; tengo una cosa para vos.
IAGO.-
¡Una cosa para mí! Es una cosa vulgar...
EMILIA.-
¿Eh?
IAGO.-
Tener una mujer boba.
EMILIA.-
¡Oh! ¿Eso es todo? ¿Qué me daríais ahora por este moquero?
IAGO.-
¿Qué moquero?
EMILIA.
-«¡Qué moquero!» Pardiez, el moquero que el moro dio como
primer regalo a Desdémona, que tantas veces me aconsejaste
hurtar.
IAGO.-
¿Y se lo has hurtado?
EMILIA.-
No, a fe mía; lo dejó caer por descuido, y como estaba yo
presente, me aproveché de esta ocasión favorable para cogerlo.
Miradle, aquí está.
IAGO.-
Eres una buena chica; dámelo.
EMILIA.-
¿Qué intentáis hacer con él, para haberme instado tan
reiteradamente a que lo escamotease?
IAGO.-
(Arrebatándole el pañuelo.) ¡Pardiez! ¿Qué os
importa? EMILIA.- Si no es para algún asunto de
importancia, devolvédmelo. ¡Pobre señora! Va a volverse loca
cuando advierta que le falta.
IAGO.-
Fingid no saber de ello. Tengo necesidad de él. Idos, dejadme.
(Sale Emilia.) Voy a extraviar este pañuelo en la
habitación de Cassio y a dejarle que lo encuentre. Bagatelas
tan ligeras como el aire son para los celosos pruebas tan
poderosas como las afirmaciones de la Sagrada Escritura. Esto
puede acarrear algo. El moro se altera ya bajo el influjo de
mi veneno. Las ideas funestas son, por su naturaleza, venenos
que en principio apenas hacen sentir su mal gusto; pero a poco
que obran sobre la sangre, abrasan como minas de azufre...
Tenía yo razón. ¡Mirad, aquí viene! ¡Ni adormidera, ni
mandrágora, ni todas las drogas soporíferas del mundo te
devolverán jamás el dulce sueño que poseías ayer!
Vuelve
a entrar
OTELO
OTELO.-
¡Ah! ¡Ah! ¡Pérfida conmigo!
IAGO.- ¡Pardiez!
¿Qué hay, general? ¡No más de eso!
OTELO.-
¡Atrás! ¡Vete! ¡Me ha puesto en el potro! Juro que vale más
ser engañado mucho que saber sólo un poco.
IAGO.-
¿Qué es esto, mi señor?
OTELO.-
¿Qué sentimiento tenía yo de sus horas furtivas de lujuria? Yo
no las veía, no pensaba en ellas, no me hacían sufrir. La
noche última dormí bien, comí bien, estaba alegre y mi
espíritu era libre; no hallaba en su boca los besos de Cassio.
Al que ha sido robado, no apercibiéndose la falta de lo
sustraído, dejadle en la inocencia del hurto, y no habrá sido
robado del todo.
IAGO.-
Estoy apesadumbrado de oíros esto.
OTELO.-
Habría sido feliz, aun cuando el campamento entero, con
gastadores y todo, hubiera gozado de su dulce cuerpo, con tal
de no haber sabido nada. ¡Oh! Ahora, ¡adiós para siempre a la
tranquilidad del espíritu! ¡Adiós al contento! ¡Adiós a las
tropas empenechadas y a las potentes guerras, que hacen de la
ambición una virtud! ¡Oh, adiós!... ¡Adiós al relinchante
corcel y a la aguda trompeta, al tambor que despierta el ardor
del alma, al penetrante pífano, a las reales banderas y a todo
lo que constituye el orgullo, la pompa y el aparato de las
guerras gloriosas! ¡Y a vosotras, máquinas asesinas, cuyas
bocas crueles imitan los terribles clamores del inmortal
Júpiter, adiós! ¡La carrera de Otelo ha dado fin!
IAGO.-
¿Es posible, señor?
OTELO.-
¡Villano, ten por seguro que me probarás que mi amada es una
puta; tenlo por seguro; dame la prueba ocular; o, por la salud
de mi alma eterna, más te valiese haber nacido perro que tener
que contestar a mi cólera en alerta!
IAGO.-
¿A esto hemos llegado?
OTELO.-
Házmelo ver, o, a lo menos, pruébalo de tal suerte, que la
prueba no deje ni gozne ni perno de que pueda colgarse una
duda; o ¡ay de tu vida!
IAGO.-
Mi noble señor...
OTELO.-
Si haces esto para calumniarla y atormentarme, no reces más;
abandona toda compasión; acumula horrores sobre horrores;
comete actos que hagan llorar al cielo y asombrar a la tierra,
pues nada puedes añadir a tu condenación más terrible que
esto.
IAGO.- ¡Oh,
gracia divina! ¡Oh, cielos, perdonadme!... ¿Sois un hombre?
¿Tenéis alma o sentimiento?... Quedad con Dios; aceptad la
renuncia de mi cargo... ¡Oh, miserable imbécil que vives para
ver tu honradez transformada en vicio!... ¡Oh, mundo
monstruoso! ¡Toma nota, toma nota, oh mundo, de lo peligroso
que resulta ser recto y honrado!... Os doy las gracias por
esta provechosa lección; y desde ahora no querré a ningún
amigo, ya que el afecto produce tales ofensas.
OTELO.-
No, quédate... Debieras ser honrado.
IAGO.-
Debiera ser prudente, pues la honradez es una tontería que
siempre trabaja en balde.
OTELO.-
Por el universo, creo que mi esposa es honrada y creo que no
lo es; pienso que tú eres justo; y pienso que no lo eres.
¡Quiero tener alguna prueba! Su nombre que era tan puro como
el semblante de Diana, es ahora tan embadurnado y negro como
mi propio rostro... Si existen cuerdas, cuchillos, venenos,
fuego o torrentes para ahogarse, no lo soportaré... ¡Quisiera
estar plenamente convencido!
IAGO.-
Veo, señor, que os devora la pasión. Me arrepiento de haberos
arrojado a este estado. ¿Querrías satisfacción?
OTELO.-
«¡Querríais!» Pues claro que quiero.
IAGO.- Y
podéis. Mas ¿cómo? ¿Cómo querríais que fuese esta
satisfacción, señor? ¿Querríais vos, el espectador, quedaros
con la boca abierta mirándola bestialmente topeteada?
OBELO.-
¡Muerte y condenación! ¡Oh!
IAGO.-
Sería, creo, una empresa difícil y enojosa inducirles a
dejarse sorprender así. ¡Malditos sean, pues, si otros ojos
mortales fuera de los suyos los ven acostados! Entonces ¿qué?
¿Cómo proceder? ¿Qué he de deciros? ¿Dónde está la
convicción?... Es imposible que sorprendáis tal cosa, aun
cuando estuvieran tan excitados como las cabras, tan ardientes
como los monos, tan lúbricos como los lobos en el celo y tan
imprudentemente tontos como los ignorantes en estado de
embriaguez. Pero, sin embargo, os lo digo, si la opinión,
fundada en una fuerte evidencia circunstancial, que conduce
directamente a las puertas de la verdad, puede daros
satisfacción, la obtendréis.
OTELO.-
¡Dame la prueba palpable de que es desleal!
IAGO.-
No me gusta el oficio; pero ya que tan adelante he ido en este
asunto -aguijoneado por la locura de la honradez y la
amistad-, seguiré más lejos aún. Estaba yo acostado hace poco
tiempo con Cassio, y como rabiara de dolor de muelas, no podía
dormir. Hay una clase de hombres tan indiscretos de alma, que
en sus sueños mascullan sus negocios. Uno de esta especie es
Cassio. Le oí decir en sueños: «¡Encantadora Desdémona, seamos
prudentes; ocultemos nuestros amores!» Y entonces, señor, me
cogía y estrujaba la mano, diciendo: «¡Oh, dulce criatura!» Y
luego me besaba con fuerza, como si quisiera arrancar por la
raíz besos que brotaran de mis labios. Después pasó su pierna
sobre mi muslo, suspiró y me besó. Y acto seguido repuso:
«¡Maldito sea el destino que te ha entregado al moro!»
OTELO.-
¡Oh, monstruoso! ¡Monstruoso!
IAGO.- ¡Bah!,
esto no es más que un sueño.
OTELO.-
Sí, pero denota una conclusión predeterminada; es un indicio
grave, aunque sólo sea un sueño.
IAGO.- Y
esto puede ayudar a justificar otras pruebas que parecen
demasiado menudas.
OTELO.-
¡La desgarraré toda en pedazos!
IAGO.-
Bien, mas sed prudente. Aún no vemos nada definitivo. Puede
que sea todavía honrada. Decidme tan sólo... ¿No habéis visto
nunca en manos de vuestra mujer un pañuelo con un bordado
moteado de fresas?
OTELO.-
Le di uno semejante; fue mi primer presente.
IAGO.-
Lo ignoraba; pero he visto un pañuelo de esa clase -estoy
seguro de que era de vuestra mujer- en poder de Cassio, con el
que se limpiaba hoy la barba.
OBELO.-
¡Si fuera ése!...
IAGO.-
Fuera ése u otro cualquiera de su propiedad, esto habla contra
ello con los demás indicios.
OTELO.-
¡Oh! ¿Por qué no ha de tener el miserable cuarenta mil vidas?
¡Una sola es demasiado pobre, demasiado débil para mi
venganza! ¡Ahora veo que es verdad!... Mira aquí, Iago...
¡Todo mi amor apasionado lo soplo así al cielo! ¡Voló!...
¡Levántate, negra venganza, del fondo del infierno! ¡Cede, oh
amor, tu corona y el corazón en que estabas entronizado, a la
tiranía del odio! ¡Hínchate, pecho, bajo la cargazón que
llevas, pues se compone de lenguas de áspides!
IAGO.-
Serenaos, sin embargo.
OTELO.-
¡Oh, sangre, sangre, sangre!
IAGO.-
Paciencia, os digo. Quizá mudéis de pensamiento.
OTELO.-
¡Iago, jamás!... Como el mar del Ponto, cuya corriente helada
y curso siempre adelante no conoce nunca el reflejo, sino que
continúa derecho su camino hacia el Propóntico y el Helesponto,
así mis pensamientos sanguinarios, con paso violento, no
volverán atrás nunca, no refluirán jamás hacia el humilde amor
hasta que no sean engullidos en una inmensa venganza
proporcionada a la ofensa... ¡Ahora, por ese cielo de mármol,
empeño aquí mis palabras (arrodillándose) para la
ejecución religiosa de un juramento sagrado!
IAGO.-
No os levantéis todavía... (Arrodillándose.) ¡Sed
testigos, luceros que eternamente brilláis en lo alto; y
vosotros, elementos que nos envolvéis por todas partes, sed
testigos de que Iago pone aquí las armas de su inteligencia,
de sus manos y de su corazón al servicio del ultrajado Otelo!
¡Que mande, y por sanguinaria que sea la obra, será para mí un
acto de piedad el obedecer! (Se
levantan.)
OTELO.-
Acojo tu afección, no con vanos agradecimientos, sino con
aceptación reconocida, y quiero inmediatamente ponerte a
prueba. ¡Dentro de tres días que te oiga yo decir que Cassio
no vive!
IAGO.-
¡Mi amigo está muerto! ¡Es cosa bien hecha a vuestra
instancia! Pero que ella viva.
OTELO.- ¡Sea condenada la impúdica bribona! ¡Oh, sea
condenada! Vamos, ven conmigo a un lugar apartado. Quiero
retirarme a fin de buscar algunos medios de muerte rápida para
la linda diablesa. Desde ahora, eres mi teniente.
(Sale.)
IAGO.-
Soy siempre vuestro.
Escena Cuarta
Delante del
castillo
Entran
DESDÉMONA, EMILIA y el BUFÓN
DESDÉMONA.-
¿Sabéis, pícaro, dónde se aloja Cassio?
BUFÓN.-
No me atrevo a decir que se aloja en ninguna parte.
DESDÉMONA.-
¿Por qué, amigo?
BUFÓN.-
Es un soldado, y para mí decir que un soldado miente es darle
de puñaladas.
DESDÉMONA.-
¡Quita allá! ¿Dónde se aloja?
BUFÓN.-
Deciros dónde se aloja es deciros dónde miente.
DESDÉMONA.-
¿Puede sacarse algún sentido de esas palabras?
BUFÓN.-
No sé dónde se aloja; inventarle un alojamiento y decir que se
aloja aquí o allá sería mentir por mi propia garganta.
DESDÉMONA.-
¿Podéis inquirir de él e informaros religiosamente?
BUFÓN.-Catequizaré a todo el mundo para buscarle. Es
decir, que haré preguntas y contestaré según las respuestas.
DESDÉMONA.-
Buscadle y pedidle que venga acá. Decidle que he movido a mi
esposo en favor suyo y que espero que todo irá bien.
BUFÓN.- Hacer esto entra en el círculo de las cosas que
puede abarcar el ingenio de un hombre, y por consiguiente voy
a intentar realizarlo. (Sale.)
DESDÉMONA.-
¿Dónde pude haber perdido ese pañuelo, Emilia?
EMILIA.-
Lo ignoro, señora.
DESDÉMONA.-
Créeme, hubiera preferido perder mi bolsa llena de cruzados,
pues si mi noble moro no fuera un alma leal y exento de esa
bajeza de que están hechos los seres celosos, sería esto
bastante para despertar en él malos pensamientos.
EMILIA.-
¿No es celoso?
DESDÉMONA.-
¿Quién, él? Pienso que el sol bajo el cual ha nacido secó en
él semejantes humores.
EMILIA.-
Miradle dónde viene.
DESDÉMONA.-
No quiero dejarle ahora, hasta que llame a Cassio.
Entra
OTELO
¡Hola! ¿Cómo
estáis, mi señor?
OTELO.-
Bien, mi querida mujer... (Aparte.) ¡Oh, qué difícil
es disimular! ¿Cómo os encontráis, Desdémona?
DESDÉMONA.-
Bien, esposo mío.
OTELO.-
Dadme vuestra mano. Esta mano está húmeda, señora.
DESDÉMONA.-
Aún no he sentido la edad, ni conocido los pesares.
OTELO.-
Esto arguye liberalidad y corazón pródigo. ¡Cálida, cálida y
húmeda! Esta mano requiere renunciación de la libertad, ayunos
y plegarias, mucha mortificación y ejercicio de votos; pues
hay en ella un diablo joven y sudoroso que habitualmente se
insurrecciona. Es una mano tierna, una mano franca.
DESDÉMONA.-
Podéis decirlo así, en verdad, pues esta mano fue la que os
entregó mi corazón.
OTELO.-
¡Una mano generosa! Antes eran los corazones los que daban las
manos. Pero nuestro nuevo blasón es... manos, no corazones.
DESDÉMONA.-
No sé nada de eso. Vengamos ahora a vuestra promesa.
OTELO.-
¿Qué promesa, paloma?
DESDÉMONA.-
He enviado a decir a Cassio que venga a hablar con vos.
OBELO.-
Tengo un catarro tenaz y pícaro que me molesta. Préstame tu
pañuelo.
DESDÉMONA.-
Aquí está, mi señor.
OTELO.-
El que yo os he dado.
DESDÉMONA.-
No lo llevo encima.
OTELO.-
¿No?
DESDÉMONA.-
No, por cierto, mi señor.
OTELO.-
Es una lástima. Ese pañuelo se lo dio una egipcia a mi madre.
Era una maga que casi podía leer los pensamientos de las
gentes. Y le dijo que mientras lo conservara, la haría
atractiva y sometería eternamente a mi padre a su amor; pero
que si lo perdía o entregaba, los ojos de mi padre se
apartarían de ella con disgusto, y su alma se lanzaría a la
caza de nuevas inclinaciones amorosas. Al morir, me lo dio y
recomendome que cuando el destino quisiera que me casara, se
lo entregase a mi esposa. Así lo he hecho; tened cuidado,
pues, acariciadlo como a las niñas de vuestros lindos ojos;
extraviarlo o perderlo sería una desgracia que nada podrá
igualar.
DESDÉMONA.-
¿Es posible?
OTELO.-
Es la verdad. Hay magia en su tejido; una sibila que contó en
el mundo doscientas evoluciones del Sol, realizó el bordado en
su furor profético; los gusanos que produjeron la seda estaban
encantados, y el tinte era de corazones de vírgenes
momificadas, que su arte había sabido conservar.
DESDÉMONA.-
¡De veras! ¿Es cierto?
OTELO.-
Certísimo; por consiguiente, cuidadlo bien.
DESDÉMONA.-
Entonces, ¡pluguiera al cielo que no lo hubiese visto jamás!
OTELO.-
¡Ah! ¿Por qué?
DESDÉMONA.-
¿Por qué habláis con un tono tan brusco?
OTELO.-
¿Es que se ha extraviado? ¿Desapareció? Hablad. ¿Está fuera de
su sitio?
DESDÉMONA.-
¡El cielo nos bendiga!
OTELO.-
¿Qué decís?
DESDÉMONA.-
No está perdido; pero ¿y si lo estuviera?...
OTELO.-
¡Cómo!
DESDÉMONA.-
Digo que no está perdido.
OTELO.-
Id a buscarle, dejármele ver.
DESDÉMONA.-
Bien, lo haré, señor; pero no ahora; es un ardid para esquivar
mi demanda. Os lo suplico, que Cassio sea llamado nuevamente.
OTELO.-
Id a buscarme el pañuelo. Mi espíritu recela.
DESDÉMONA.-
Vamos, vamos, no hallaréis nunca un hombre más capaz.
OTELO.-
¡El pañuelo!
DESDÉMONA.-
Por favor, habladme de Cassio.
OTELO.-
¡El pañuelo!
DESDÉMONA.-
Un hombre que toda su vida ha fundado su fortuna en vuestra
amistad, que compartió vuestros peligros...
OTELO.-
¡El pañuelo!
DESDÉMONA.-
En verdad, sois censurable.
OTELO.- ¡Atrás! (Sale.)
EMILIA.-
¿No está ese hombre celoso?
DESDÉMONA.-
Jamás había visto nada semejante. De seguro que hay algo
extraordinario en ese pañuelo. Me siento muy desgraciada con
haberlo perdido.
EMILIA.-
Ni en un año ni en dos se nos muestra un hombre. No son todos
más que estómagos, y nosotras tan sólo su alimento. Nos comen
glotonamente, y cuando están saciados, nos vomitan. Mirad,
aquí llega Cassio y mi marido.
Entran
CASSIO e IAGO
IAGO.-
No hay otro remedio. Ella es quien debe llevarlo a cabo. ¡Y
mirad qué dicha! ¡Id e importunadla!
DESDÉMONA.-
¡Hola, buen Cassio! ¿Qué noticias tenéis que darme que os
conciernan?
CASSIO.-
Señora, torno a mis primeras solicitaciones. Os lo ruego,
haced que por vuestra virtuosa intervención vuelva a existir y
constituya una parte del afecto de aquel a quien honro
enteramente y con todo el respeto de mi corazón. Desearía no
soportar más dilaciones. Si mi ofensa es de una orden tan
grave que ni mis servicios pasados, ni mis pesares presentes,
ni los méritos que me propongo en el porvenir pueden
rescatarme de nuevo en su amistad, saber esto debe constituir
al menos mi beneficio; entonces me resignaré a esta necesidad
forzada y me confinaré en alguna otra carrera, abandonándome a
la limosna de la fortuna.
DESDÉMONA.-
¡Ay, tres veces noble Cassio! ¡Mis súplicas desentonan en este
momento! Mi esposo no es ya mi esposo, y si su semblante
estuviera tan cambiado como su honor, no lo reconocería. Así
me ayuden todas las almas santas, como he intercedido por vos,
y con un entusiasmo y una libertad que me han hecho blanco de
su disgusto. Menester es que os revistáis de paciencia por
algún tiempo. Haré lo que pueda, y más por vos de lo que osara
hacer por mí misma. Básteos esto.
IAGO.-
¿Está mi señor encolerizado?
EMILIA.-
Acaba de salir de aquí hace un instante, y ciertamente en una
extraña inquietud.
IAGO.-
¿Puede encolerizarse? Le he visto cuando el cañón hacía saltar
en el aire sus regimientos, y semejante a un demonio arrancaba
de sus brazos a su propio hermano... ¿Y puede encolerizarse?
Entonces es una cosa de importancia. Voy en su busca. Algo
grave acontece, en verdad, si está encolerizado.
DESDÉMONA.-
Hazlo, por favor, Iago. (Sale Iago.) Sin duda, algún
asunto de Estado, alguna noticia procedente de Venecia, o
algún complot sordamente tramado, cuya revelación ha tenido
aquí en Chipre, que habrá turbado la claridad de su
inteligencia. Y en tales casos, aunque las cosas grandes sean
el objeto verdadero de las almas humanas, precisan éstas, no
obstante, luchar con las cosas inferiores. Así suele ocurrir.
Nos duele un dedo, y este mal va a comunicar a los otros
miembros que están sanos una sensación de sufrimiento.
Ciertamente, no debemos pensar que los hombres son dioses, ni
esperar de ellos siempre las mismas atenciones que el día de
la boda. Censuradme fuerte, Emilia; soldado indisciplinado
como soy, estaba en trance de acusar a su dureza ante el
tribunal de mi alma; pero ahora noto que habrá sobornado al
testigo y que él es falsamente acusado.
EMILIA.-
Roguemos al cielo que sean negocios de Estado como pensáis y
no alguna imaginación o quimera celosa que os ataña.
DESDÉMONA.-
¡Ay, día desgraciado! Nunca le di motivo.
EMILIA.-
Pero las almas celosas no se pagan de tal respuesta. No son
siempre celosas con motivo; son celosas porque son celosas.
Los celos son un monstruo que se engendra y nace de sí mismo.
DESDÉMONA.-
¡El cielo guarde de ese monstruo el alma de Otelo!
EMILIA.-
Amén, señora.
DESDÉMONA.-
Iré a buscarle. Cassio, daos un paseo por aquí; si le hallo en
buenas disposiciones, defenderé vuestra causa y me esforzaré
con todo mi poder en que se gane.
CASSIO.-
Doy humildemente las gracias a vuestra señoría.
(Salen Desdémona y Emilia.)
Entra
BLANCA
BLANCA.-
¡Dios os guarde, amigo Cassio!
CASSIO.-
¿Qué hacéis fuera de casa? ¿Cómo os encontráis, mi muy bella
Blanca? A la verdad, dulce amor, me dirigía a vuestro
domicilio.
BLANCA.-
Y yo iba a vuestro alojamiento, Cassio. ¡Cómo! ¡No venir en
toda una semana! ¡Siete días y siete noches! ¡Ciento sesenta y
ocho horas! ¡Y las horas de ausencia del ser amado son ciento
sesenta y ocho veces más enojosas que las del cuadrante! ¡Oh,
qué fatigosas de contar!
CASSIO.-
Perdonadme, Blanca. He permanecido todo este tiempo abrumado
por pensamientos de plomo; pero saldaré esta cuenta de
ausencia por visitas más frecuentes. Amable Blanca, copiadme
esta labor. (Entregándole el pañuelo
de Desdémona.)
BLANCA.- ¡Oh,
Cassio! ¿De dónde viene esto? Algún presente de una nueva
amiga. ¡Ahora comprendo la causa de vuestra ausencia cruel! ¿A
esto hemos venido a parar? Bien, bien.
CASSIO.-
¡Quitad allá, mujer! Arrojad a los dientes del diablo, que os
las ha dado, vuestras viles sospechas. Estáis ahora celosa
porque suponéis que es un recuerdo de alguna querida. ¡No, por
mi buena fe, Blanca!
BLANCA.-
Pues ¿de quién procede?
CASSIO.-
Lo sé menos que vos. Lo hallé en mi aposento. Me gustó mucho
la labor, y antes que sea reclamado -como probablemente lo
será- quisiera tener una copia. Tomadlo y hacedla, y dejadme
por un momento.
BLANCA.-
¡Dejaros! ¿Por qué?
CASSIO.-
Espero aquí al general, y no es recomendable para mí, ni mi
deseo, que me vea en compañía de una mujer.
BLANCA.-
¿Por qué, os lo ruego?
CASSIO.-
No porque no os ame.
BLANCA.-
Es sólo porque no me amáis. Por favor, acompañadme un poco y
decidme si os veré esta noche temprano.
CASSIO.-
No puedo acompañaros sino un instante, pues necesito esperar
aquí, pero os veré en seguida.
BLANCA.- Muy bien; me acomodaré a las circunstancias.
(Salen.)
Acto I | Acto II | Acto III | Acto IV | Acto V
Romeo y Julieta | Otelo | Hamlet

|