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William Shakespeare ROMEO Y JULIETATraducción de Marcelino Menéndez Pelayo
PERSONAJES
ESCALA, príncipe de Verona La escena pasa de Verona y en Mantua PRÓLOGO Coro En la hermosa Verona, donde acaecieron estos amores, dos familias rivales igualmente nobles habían derramado, por sus odios mutuos, mucha inculpada sangre. Sus inocentes hijos pagaron la pena de estos rencores, que trajeron su muerte y el fin de su triste amor. Sólo dos horas va a durar en la escena este odio secular de razas. Atended al triste enredo, y supliréis con vuestra atención lo que falte a la tragedia. ACTO I ESCENA PRIMERA Una plaza de Verona SANSÓN Y GREGORIO, CON ESPADAS Y BROQUELES Sansón A fe mía, Gregorio, que no hay por qué bajar la cabeza. Gregorio Eso sería convertirnos en bestias de carga. Sansón Quería decirte que, si nos hostigan, debemos responder. Gregorio Sí: soltar la albarda Sansón Yo, si me pican, fácilmente salto. Gregorio Pero no es fácil picarte para que saltes. Sansón Basta cualquier gozquejo de casa de los Montescos para hacerme saltar. Gregorio Quien salta, se va. El verdadero valor está en quedarse firme en su puesto. Eso que llamas saltar es huir. Sansón Los perros de esa casa me hacen saltar primero y me paran después. Cuando topo de manos a boca con hembra o varón de casa de los Montescos, pongo pies en pared. Gregorio ¡Necedad insigne! Si pones pies en pared, te caerás de espaldas. Sansón Cierto, y es condición propia de los débiles. Los Montescos al medio de la calle, y sus mozas a la acera. Gregorio Esa discordia es de nuestros amos. Los criados no tenemos que intervenir en ella. Sansón Lo mismo da. Seré un tirano. Acabaré primero con los hombres y luego con las mujeres. Gregorio ¿Qué quieres decir? Sansón Lo que tú quieras. Sabes que no soy rana. Gregorio No eres ni pescado ni carne. Saca tu espada, que aquí vienen dos criados de casa Montesco. Sansón Ya está lista la espada: entra tú en lid, y yo te defenderé. Gregorio ¿Por qué huyes, volviendo las espaldas? Sansón Por no asustarte. Gregorio ¿Tú asustarme a mí? Sansón Procedamos legalmente. Déjalos empezar a ellos. Gregorio Les haré una mueca al pasar, y veremos cómo lo toman. Sansón Veremos si se atreven. Yo me chuparé el dedo, y buena vergüenza será la suya si lo toleran. (Abraham y Baltasar) Abraham Hidalgo, ¿os estáis chupando el dedo porque nosotros pasarnos? Sansón Hidalgo, es verdad que me chupo el dedo. Abrabam Hidalgo, ¿os chupáis el dedo porque nosotros pasamos? Sansón. (A Gregorio) ¿Estamos dentro de la ley, diciendo que sí? Gregorio (A Sansón) No por cierto. Sansón Hidalgo, no me chupaba el dedo porque vosotros pasabais, pero la verdad es que me lo chupo. Gregorio ¿Queréis armar cuestión, hidalgo? Abraham Ni por pienso, señor mío. Sansón Si queréis armarla, aquí estoy a vuestras órdenes. Mi amo es tan bueno como el vuestro. Abraham Pero mejor, imposible. Sansón Está bien, hidalgo. Gregorio (A Sansón) Dile que el nuestro es mejor, porque aquí se acerca un pariente de mi amo. Sansón Es mejor el nuestro, hidalgo. Abraham Mentira. Sansón Si sois hombre, sacad vuestro acero. Gregorio: acuérdate de tu sabia estocada. (Pelean). (Llegan Benvolio, y Teobaldo) Benvolio Envainad, majaderos. Estáis peleando, sin saber por qué. Teobaldo ¿Por qué desnudáis los aceros? Benvolio, ¿quieres ver tu muerte? Benvolio Los estoy poniendo en paz. Envaina tú, y no busques quimeras. Teobaldo ¡Hablarme de paz, cuando tengo el acero en la mano! Más odiosa me es tal palabra que el infierno mismo, más que Montesco, más que tú. Ven, cobarde. (Reúnese gente de uno y otro bando. Trábase la riña) Ciudadanos Venid con palos, con picas, con hachas. ¡Mueran Capuletos y Montescos! (Entran Capuleto y la señora de Capuleto) Capuleto ¿Qué voces son esas? Dadme mi espada. Señora ¿Qué espada? Lo que te conviene es una muleta. Capuleto Mi espada, mi espada, que Montesco viene blandiendo contra mí la suya tan vieja como la mía. (Entran Montesco y su mujer) Montesco ¡Capuleto infame, déjame pasar, aparta! Señora No te dejaré dar un paso más. (Entra el Príncipe y su séquito) Príncipe ¡Rebeldes, enemigos de la paz, derramadores de sangre humana! ¿No queréis oír? Humanas fieras que apagáis en la fuente sangrienta de vuestras venas el ardor de vuestras iras, arrojad en seguida a tierra las armas fratricidas, y escuchad mi sentencia. Tres veces, por vanas quimeras y fútiles motivos, habéis ensangrentado las calles de Verona, haciendo a sus habitantes, aun los más graves e ilustres, empuñar las enmohecidas alabardas, y cargar con el hierro sus manos envejecidas por la paz. Si volvéis a turbar el sosiego de nuestra ciudad, me responderéis con vuestras cabezas. Basta por ahora; retiraos todos. Tú, Capuleto, vendrás conmigo. Tú, Montesco, irás a buscarme dentro de poco a la Audiencia, donde te hablaré más largamente. Pena de muerte a quien permanezca aquí. (Vase) Montesco ¿Quién ha vuelto a comenzar la antigua discordia? ¿Estabas tú cuando principió, sobrino mío? Benvolio Los criados de tu enemigo estaban ya lidiando con los nuestros cuando llegué, y fueron inútiles mis esfuerzos para separarlos. Teobaldo se arrojó sobre mí, blandiendo el hierro que azotaba el aire despreciador de sus furores. Al ruido de las estocadas acorre gente de una parte y otra, hasta que el Príncipe separó a unos y otros. Señora de Motesco ¿Ir has visto a Romeo? ¡Cuánto me alegro de que no se hallara presente! Benvolio Sólo faltaba una hora para que el sol amaneciese por las doradas puertas del Oriente, cuando salí a pasear, solo con mis cuidados, al bosque de sicomoros que crece al poniente de la ciudad. Allí estaba tu hijo. Apenas le vi me dirigí a él, pero se internó en lo más profundo del bosque. Y como yo sé que en ciertos casos la compañía estorba, seguí mi camino y mis cavilaciones, huyendo de él con tanto gusto como él de mí. Señora de Montesco Dicen que va allí con frecuencia a juntar su llanto con el rocío de la mañana y contar a las nubes sus querellas, y apenas el sol, alegría del mundo, descorre los sombríos pabellones del tálamo de la aurora, huye Romeo de la luz y torna a casa, se encierra sombrío en su cámara, y para esquivar la luz del día, crea artificialmente una noche. Mucho me apena su estado, y sería un dolor que su razón no llegase a dominar sus caprichos. Benvolio ¿Sospecháis la causa, tío? Montesco No la sé ni puedo indagarla. Benvolio ¿No has podido arrancarle ninguna explicación? Montesco Ni yo, ni nadie. No sé si pienso bien o mal, pero él es el único consejero de sí mismo. Guarda con avaricia su secreto y se consume en él, como el germen herido por el gusano antes de desarrollarse y encantar al sol con su hermosura. Cuando yo sepa la causa de su mal, procuraré poner remedio. Benvolio Aquí está. O me engaña el cariño que le tengo, o voy a saber pronto la causa de su mal. Montesco ¡Oh si pudieses con habilidad descubrir el secreto! Ven, esposa. (Entra Romeo) Benvolio Muy madrugador estás. Romeo ¿Tan joven está el día? Benvolio Aún no han dado las nueve. Romeo ¡Tristes horas, cuán lentamente camináis! ¿No era mi padre quien salía ahora de aquí? Benvolio Sí por cierto. Pero ¿qué dolores son los que alargan tanto las horas de Romeo? Romeo El carecer de lo que las haría cortas. Benvolio ¿Cuestión de amores? Romeo Desvíos. Benvolio ¿De amores? Romeo Mi alma padece el implacable rigor de sus desdenes. Benvolio ¿Por qué el amor que nace de tan débiles principios, impera luego con tanta tiranía? Romeo ¿Por qué, si pintan ciego al amor, sabe elegir tan extrañas sendas a su albedrío? ¿Dónde vamos a comer hoy? ¡Válgame Dios! Cuéntame lo que ha pasado. Pero no, ya lo sé. Hemos encontrado el amor junto al odio; amor discorde, odio amante; rara confusión de la naturaleza, caos sin forma, materia grave a la vez que ligera, fuerte y débil, humo y plomo, fuego helado, salud que fallece, sueño que vela, esencia incógnita. No puedo acostumbrarme a tal amor. ¿Te ríes? ¡Vive Dios!... Benvolio No, primo. No me río, antes lloro. Romeo ¿De qué, alma generosa? Benvolio De tu desesperación. Romeo Es prenda de amor. Se agrava el peso de mis penas, sabiendo que tú también las sientes. Amor es fuego aventado por el aura de un suspiro; fuego que arde y centellea en los ojos del amante. O más bien es torrente desbordado que las lágrimas acrecen. ¿Qué más podré decir de él? Diré que es locura sabia, hiel que emponzoña, dulzura embriagadora. Quédate adiós, primo. Benvolio Quiero ir contigo. Me enojaré si me dejas así, y no te enojes. Romeo Calla, que el verdadero Romeo debe andar en otra parte. Benvolio Dime el nombre de tu amada. Romeo ¿Quieres oír gemidos? Benvolio ¡Gemidos¡ ¡Donosa idea! Dime formalmente quién es. Romeo ¿Dime formalmente?... ¡Oh, qué frase tan cruel! Decid que haga testamento al que está padeciendo horriblemente. Primo, estoy enamorado de una mujer. Benvolio Hasta ahí ya lo comprendo. Romeo Has acertado. Estoy enamorado de una mujer hermosa. Benvolio ¿Y será fácil dar en ese blanco tan hermoso? Romeo Vanos serían mis tiros, porque ella, tan casta como Diana la cazadora, burlará todas las pueriles flechas del rapaz alado. Su recato la sirve de armadura. Huye de las palabras de amor, evita el encuentro de otros ojos, no la rinde el oro. Es rica, porque es hermosa. Pobre, porque cuando muera, sólo quedarán despojos de su perfección soberana. Benvolio ¿Está ligada a Dios por algún voto de castidad? Romeo No es ahorro el suyo, es desperdicio, porque esconde avaramente su belleza, y priva de ella al mundo. Es tan discreta y tan hermosa, que no debiera complacerse en mi tormento, pero aborrece el amor, y ese voto es la causa de mi muerte. Benvolio Déjate de pensar en ella. Romeo Enséñame a dejar de pensar. Benvolio Hazte libre. Fíjate en otras. Romeo Así brillará más y más su hermosura. Con el negro antifaz resalta más la blancura de la tez. Nunca olvida el don de la vista quien una vez la perdió. La beldad más perfecta que yo viera, sólo sería un libro donde leer que era mayor la perfección de mi adorada. ¡Adiós! No sabes enseñarme a olvidar. Benvolio Me comprometo a destruir tu opinión. ESCENA II Calle CAPULETO, PARIS Y UN CRIADO Capuleto La misma orden que a mí obliga a Montesco, y a nuestra edad no debía ser difícil vivir en paz. Paris Los dos sois iguales en nobleza, y no debierais estar discordes. ¿Qué respondéis a mi petición? Capuleto Ya he respondido. Mi hija acaba de llegar al mundo. Aún no tiene más que catorce años, y no estará madura para el matrimonio, hasta que pasen lo menos dos veranos. Paris Otras hay más jóvenes y que son ya madres. Capuleto Los árboles demasiado tempranos no prosperan. Yo he confiado mis esperanzas a la tierra y ellas florecerán. De todas suertes, Paris, consulta tú su voluntad. Si ella consiente, yo consentiré también. No pienso oponerme a que elija con toda libertad entre los de su clase. Esta noche, según costumbre inmemorial, recibo en casa a mis amigos, uno de ellos vos. Deseo que piséis esta noche el modesto umbral de mi casa, donde veréis brillar humanas estrellas. Vos, como joven lozano, que no holláis como yo las pisadas del invierno frío, disfrutaréis de todo. Allí oiréis un coro de hermosas doncellas. Oídlas, vedlas, y elegid entre todas la más perfecta. Quizá después de maduro examen, os parecerá mi hija una de tantas. Tú (al criado) vete recorriendo las calles de Verona, y a todos aquellos cuyos nombres verás escritos en este papel, invítalos para esta noche en mi casa. (Vanse Capuleto y Paris) Criado ¡Pues es fácil encontrarlos a todos! El zapatero está condenado a usar la horma, el sastre la vara, el pintor el pincel, el pescador las redes, y yo a buscar a todos aquellos cuyos nombres son los que aquí están escritos. Denme su favor los sabios. Vamos. BENVOLIO Y ROMEO Benvolio No digas eso. Un fuego apaga otro, un dolor mata otro dolor, a una pena antigua otra nueva. Un nuevo amor puede curarte del antiguo. Romeo Curarán las hojas del plátano. Benvolio ¿Y qué curarán? Romeo Las desolladuras. Benvolio ¿Estás loco? Romeo ¡Loco! Estoy atado de pies y manos como los locos, encerrado en cárcel asperísima, hambriento, azotado y atormentado.—Buenos días, hombre. (Al criado) Criado Buenos días. ¿Sabéis leer, hidalgo? Romeo Ciertamente que sí. Criado ¡Raro alarde! ¿Sabéis leer sin haberlo aprendido? ¿Sabréis leer lo que ahí dice? Romeo Si el concepto es claro y la letra también. Criado ¿De verdad? Dios os guarde. Romeo Espera, que probaré a leerlo. «El señor Martín, y su mujer e hijas, el conde Anselmo y sus hermanas, la viuda de Viturbio, el señor Plasencio y sus sobrinas, Mercutio y su hermano Valentín, mi tío Capuleto con su mujer e hijas, Rosalía mi sobrina, Livia, Valencio y su primo Teobaldo, Lucía y la hermosa Elena». ¡Lucida reunión! ¿Y dónde es la fiesta? Criado Allí. Romeo ¿Dónde? Criado En mi casa, a cenar. Romeo ¿En qué casa? Criado En la de mi amo. Romeo Lo primero que debí preguntarte es su nombre. Criado Os lo diré sin ambages. Se llama Capuleto y es generoso y rico. Si no sois Montesco, podéis ir a beber a la fiesta. Id, os lo ruego. (Vase) Benvolio Rosalía a quien adoras, asistirá a esta fiesta con todas las bellezas de Verona. Allí podrás verla y compararla con otra que yo te enseñaré, y el cisne te parecerá grajo. Romeo No permite tan indigna traición la santidad de mi amor. Ardan mis verdaderas lágrimas, ardan mis ojos (que antes se ahogaban) si tal herejía cometen. ¿Puede haber otra más hermosa que ella? No la ha visto desde la creación del mundo, el sol que lo ve todo. Benvolio Tus ojos no ven más que lo que les halaga. Vas a pesar ahora en tu balanza a una mujer más bella que esa, y verás cómo tu señora pierde de los quilates de su peso, cotejada con ella. Romeo Iré, pero no quiero ver tal cosa, sino gozarme en la contemplación de mi cielo. ESCENA III En casa de Capuleto LA SEÑORA DE CAPULETO Y EL AMA Señora Ama, ¿dónde está mi hija? Ama Sea en mi ayuda mi probada paciencia de doce años. Ya la llamé. Cordero, Mariposa. Válgame Dios. ¿Dónde estará esta niña? Julieta... Julieta ¿Quién me llama? Ama Tu madre. Julieta Señora, aquí estoy. Dime qué sucede. Señora Sucede que... Ama, déjanos a solas un rato... Pero no, quédate. Deseo que oigas nuestra conversación. Mi hija está en una edad decisiva. Ama Ya lo creo. No me acuerdo qué edad tiene exactamente. Señora Todavía no ha cumplido los catorce. Ama Apostaría catorce dientes (¡ay de mí, no tengo más que cuatro¡) a que no son catorce. ¿Cuándo llega el día de los Ángeles? Señora Dentro de dos semanas. Ama Sean pares o nones, ese día, en anocheciendo, cumple Julieta años. ¡Válgame Dios¡ La misma edad tendrían ella y mi Susana. Pero Susana está en el. cielo. No merecía yo tanta dicha. Pues como iba diciendo, cumplirá catorce años la tarde de los Ángeles. ¡Vaya si los cumplirá! Me acuerdo bien. Hace once años, cuando el terremoto, la quitamos el pecho. Jamás confundo aquel día con ningún otro del año. Debajo del palomar, sentada al sol, unté mi pecho con acíbar. Vos y mi amo estabais en Mantua. ¡Me acuerdo tan bien! Pues como digo, la tonta de ella, apenas probó el pecho y lo halló tan amargo, ¡qué furiosa se puso contra mí! ¡Temblaba el palomarl Once años van de esto. Ya se tenía en pie, ya corría... tropezando a veces. Por cierto que el día antes se había hecho un chichón en la frente, y mi marido (¡Dios le tenga en gloria!) ¡con qué gracia levantó a la niña¡ y le dijo: «Vaya, ¿te has caído de frente? No caerás así cuando te entre el juicio. ¿Verdad, Julieta?» Sí, respondió la inocente limpiándose las lágrimas. El tiempo hace verdades las burlas. Mil años que viviera, me acordaría de esto. «¿No es verdad, Julieta?» y ella lloraba y decía que sí. Señora Basta ya. Cállate, por favor te lo pido. Ama Me callaré, señora; pero no puedo menos de reírme, acordándome que dijo sí, y creo que tenía en la frente un chichón tamaño como un huevo, y lloraba que no había consuelo para ella. Julieta Cállate ya; te lo suplico. Ama Bueno, me callaré. Dios te favorezca, porque eres la niña más hermosa que he criado nunca. ¡Qué grande sería mi placer en verla casada! Julieta Aún no he pensado en tanta honra. Ama ¡Honra! Pues si no fuera por haberte criado yo a mis pechos, te diría que habías mamado leche de discreción y sabiduría. Señora Ya puedes pensar en casarte. Hay en Verona madres de familia menores que tú, y yo misma lo era cuando apenas tenía tu edad. En dos palabras, aspira a tu mano el gallardo París. Ama ¡Niña mía! ¡Vaya un pretendiente! Si parece de cera. Señora No tiene flor más linda la primavera de Verona. Ama ¡Eso una flor! Sí que es flor, ciertamente. Señora Quiero saber si le amarás. Esta noche ha de venir. Verás escrito en su cara todo el amor que te profesa. Fíjate en su rostro y en la armonía de sus facciones. Sus ojos servirán de comentario a lo que haya de confuso en el libro de su persona. Este libro de amor, desencuadernado todavía, merece una espléndida cubierta. La mar se ha hecho para el pez. Toda belleza gana en contener otra belleza. Los áureos broches del libro esmaltan la áurea narración. Todo lo que él tenga será tuyo. Nada perderás en ser su mujer. Ama ¿Nada? disparate será el pensarlo. Señora Di si podrás llegar a amar a Paris. Julieta Lo pensaré, si es que el ver predispone a amar. Pero el dardo de mis ojos sólo tendrá la fuerza que le preste la obediencia. (Entra un criado) Criado Los huéspedes se acercan. La cena está pronta. Os llaman. La señorita hace falta. En la cocina están diciendo mil pestes del ama. Todo está dispuesto. Os suplico que vengáis en seguida. Señora Vámonos tras ti, Julieta. El Conde nos espera. Ama Niña, piensa bien lo que haces. ESCENA IV ROMEO, MERCUTIO, BENVOLIO, Y MÁSCARAS CON TEAS ENCENDIDAS Romeo ¿Pronunciaremos el discurso que traíamos compuesto, o entraremos sin preliminares? Benvolio Nada de rodeos. Para nada nos hace falta un amorcillo de latón con venda por pañuelo, y con arco, espantapájaros de doncellas. Para nada repetir con el apuntador, en voz medrosa, un prólogo inútil. Mídannos por el compás que quieran, y hagamos nosotros unas cuantas mudanzas de baile. Romeo Dadme una tea. No quiero bailar. El que está a oscuras necesita luz. Mercutio Nada de eso, Romeo; tienes que bailar. Romeo No por cierto. Vosotros lleváis zapatos de baile, y yo estoy como tres en un zapato, sin poder moverme. Mercutio Pídele sus alas al amor, y con ellas te levantarás de la tierra. Romeo Sus flechas me han herido de tal modo, que ni siquiera sus plumas bastan para levantarme. Me ha atado de tal suerte, que no puedo pasar la raya de mis dolores. La pesadumbre me ahoga. Mercutio No has debido cargar con tanto peso al amor, que es muy delicado. Romeo ¡Delicado el amor! Antes duro y fuerte y punzante como el cardo. Mercutio Si es duro, sé tú duro con él. Si te hiere, hiérele tú, y verás cómo se da por vencido. Dadme un antifaz para cubrir mi rostro. ¡Una máscara sobre otra máscara¡ Benvolio Llamad a la puerta, y cuando estemos dentro, cada uno baile como pueda. Romeo ¡Una antorcha! Yo, imitando la frase de mi abuelo, seré quien lleve la luz en esta empresa, porque el gato escaldado huye del agua. Mercutio De noche todos los gatos son pardos, como decía muy bien el Condestable. Nosotros te sacaremos de esa caldera de amor en que te escaldaste. ¡Vamos, que la luz se va acabando! Romeo No por cierto. Mercutio Mientras andamos en vanas palabras, se gastan las antorchas. Entiende tú bien lo que quiero decir. Romeo ¿Tienes ganas de entrar en el baile? ¿Crees que eso tiene sentido? Mercutio ¿Y lo dudas? Romeo Tuve anoche un sueño. Mercutio Y yo otro esta noche. Romeo ¿Y a qué se reduce tu sueño? Mercutio Comprendí la diferencia que hay del sueño a la realidad. Romeo En la cama fácilmente se sueña. Mercutio Sin duda te ha visitado la reina Mab, nodriza de las hadas. Es tan pequeña como el ágata que brilla en el anillo de un regidor. Su carroza va arrastrada por caballos leves como átomos, y sus radios son patas de tarántula, las correas son de gusano de seda, los frenos de rayos de luna; huesos de grillo e hilo de araña forman el látigo; y un mosquito de oscura librea, dos veces más pequeño que el insecto que la aguja sutil extrae del dedo de ociosa dama, guía el espléndido equipaje. Una cáscara de avellana forma el coche elaborado por la ardilla, eterna carpintera de las hadas. En ese carro discurre de noche y día por cabezas enamoradas, y les hace concebir vanos deseos, y anda por las cabezas de los cortesanos, y les inspira vanas cortesías. Corre por los dedos de los abogados, y sueñan con procesos. Recorre los labios de las damas, y sueñan con besos. Anda por las narices de los pretendientes, y sueñan que han alcanzado un empleo. Azota con la punta de un rabo de puerco las orejas del cura, produciendo en ellas sabroso cosquilleo, indicio cierto de beneficio o canonjía cercana. Se adhiere al cuello del soldado, y le hace soñar que vence y triunfa de sus enemigos y los degüella con su truculento acero toledano, hasta que oyendo los sones del cercano tambor, se despierta sobresaltado, reza un padrenuestro, y vuelve a dormirse. La reina Mab es quien enreda de noche las crines de los caballos, y enmaraña el pelo de los duendes, e infecta el lecho de la cándida virgen, y despierta en ella por primera vez impuros pensamientos. Romeo Basta, Mercutio. No prosigas en esa charla impertinente. Mercutio De sueños voy hablando, fantasmas de la imaginación dormida, que en su vuelo excede la ligereza de los aires, y es más mudable que el viento. Benvolio Tú sí que estás arrojando viento y humo por esa boca. Ya nos espera la cena, y no es cosa de llegar tarde. Romeo Demasiado temprano llegaréis. Témome que las estrellas están de mal talante, y que mi mala suerte va a empezarse en este banquete, hasta que llegue la negra muerte a cortar esta inútil existencia. Pero en fin, el piloto de mi nave sabrá guiarla. Adelante, amigos míos. Benvolio A son de tambores. ESCENA V Sala en casa de Capuleto MÚSICOS Y CRIADOS Criado 1.º ¿Dónde anda Cacerola, que ni limpia un plato, ni nos ayuda en nada? Criado 2.º ¡Qué pena me da ver la cortesía en tan pocas manos, y éstas sucias! Criado 1.º Fuera los bancos, fuera el aparador. No perdáis de vista la plata. Guardadme un pedazo de pastel. Decid al portero que deje entrar a Elena y a Susana la molinera. ¡Cacerola! Criado 2.º Aquí estoy, compañero. Criado 1.º Todos te llaman a comparecer en la sala. Criado 2.º No puedo estar en dos partes al mismo tiempo. Compañeros, acabad pronto, y el que quede sano, que cargue con todo. (Entran Capuleto, su mujer, Julieta, Teobaido, y convidados sin máscaras) Capuleto Celebro vuestra venida. Os invitan al baile los ligeros pies de estas damas. A la danza, jóvenes. ¿Quién se resiste a tan imperiosa tentación? Ni siquiera la que por melindre dice que tiene callos. Bien venidos seáis. En otro tiempo también yo gustaba de enmascararme, y decir al oído de las hermosas secretos que a veces no les desagradaban. Pero el tiempo llevó consigo tales flores. Celebro vuestra venida. Comience la música. ¡Que pasen delante las muchachas! (Comienza el baile). ¡Luz, más luz! ¡Fuera las mesas! Nada de fuego, que harto calor hace. ¡Cómo te agrada el baile, picarillo! Una silla a mi primo, que nosotros no estamos para danzas. ¿Cuándo hemos dejado la máscara? El primo de Capuleto ¡Dios mío! Hace más de 30 años. Capuleto No tanto, primo. Si fue cuando la boda de Lucencio. Por Pentecostés hará 25 años. El Primo de Capuleto Más tiempo hace, porque su hijo ha cumplido los treinta. Capuleto ¿Cómo, si, hace dos años, aún no había llegado a la mayor edad? Romeo (A su criado). Dime, ¿qué dama es la que enriquece la mano de ese galán con tal tesoro? Criado No la conozco. Romeo El brillo de su rostro afrenta al del sol. No merece la tierra tan soberano prodigio. Parece entre las otras como paloma entre grajos. Cuando el baile acabe, me acercaré a ella, y estrecharé su mano con la mía. No fue verdadero mi antiguo amor, que nunca belleza como ésta vieron mis ojos. Teobaldo Por la voz parece Montesco. (Al criado). Tráeme la espada. ¿Cómo se atreverá ese malvado a venir con máscara a perturbar nuestra fiesta? Juro por los huesos de mi linaje que sin cargo de conciencia le voy a quitar la vida. Capuleto ¿Por qué tanta ira, sobrino mío? Teobaldo Sin duda es un Montesco, enemigo jurado de mi casa, que ha venido aquí para burlarse de nuestra fiesta. Capuleto ¿Es Romeo? Teobaldo El infame Romeo. Capuleto No más, sobrino. Es un perfecto caballero, y todo Verona se hace lenguas de su virtud, y aunque me dieras cuantas riquezas hay en la ciudad, nunca le ofendería en mi propia casa. Así lo pienso. Si en algo me estimas, ponle alegre semblante, que esa indignación y esa mirada torva no cuadran bien en una fiesta. Teobaldo Cuadra, cuando se introduce en nuestra casa tan ruin huésped. ¡No lo consentiré¡ Capuleto Sí lo consentirás. Te lo mando. Yo sólo tengo autoridad aquí. ¡Pues no faltaba más! ¡Favor divino! ¡Maltratar a mis huéspedes dentro de mi propia casa! ¡Armar quimera con ellos, sólo por echárselas de valiente! Teobaldo Tío, esto es una afrenta para nuestro linaje. Capuleto Lejos, lejos de aquí. Eres un rapaz incorregible. Cara te va a costar la desobediencia. ¡Ea, basta ya! Manos quedas... Traed luces... Yo te haré estar quedo. ¡Pues esto sólo faltaba! ¡A bailar, niñas! Teobaldo Mis carnes se estremecen en la dura batalla de mi repentino furor y mi ira comprimida. Me voy, porque esta injuria que hoy paso, ha de traer amargas hieles. Romeo (Cogiendo la mano de Julieta). Si con mi mano he profanado tan divino altar, perdonadme. Mi boca borrará la mancha, cual peregrino ruboroso, con un beso. Julieta El peregrino ha errado la senda aunque parece devoto. El palmero sólo ha de besar manos de santo. Romeo ¿Y no tiene labios el santo lo mismo que el romero? Julieta Los labios del peregrino son para rezar. Romeo ¡Oh, qué santa! Truequen pues de oficio mis manos y mis labios. Rece el labio y concededme lo que pido. Julieta El santo oye con serenidad las súplicas. Romeo Pues oídme serena mientras mis labios rezan, y los vuestros me purifican. (La besa) Julieta En mis labios queda la marca de vuestro pecado. Romeo ¿Del pecado de mis labios? Ellos se arrepentirán con otro beso. (Torna a besarla) Julieta Besáis muy santamente. Ama Tu madre te llama. Romeo ¿Quién es su madre? Ama La señora de esta casa, dama tan sabia como virtuosa. Yo crié a su hija, con quien ahora poco estabais hablando. Mucho dinero necesita quien haya de casarse con ella. Romeo ¿Conque es Capuleto? ¡Hado enemigo¡ Benvolio Vámonos, que se acaba la fiesta. Romeo Harta verdad es, y bien lo siento. Capuleto No os vayáis tan pronto, amigos. Aún os espera una parcacena ¿Os vais? Tengo que daros a todos las gracias. Buenas noches, hidalgos. ¡Luces, luces, aquí! Vámonos a acostar. Ya es muy tarde, primo mío. Vámonos a dormir. (Quedan solas Julieta y el Ama) Julieta Ama, ¿sabes quién es este mancebo? Ama El mayorazgo de Fiter. Julieta ¿Y aquel otro que sale? Ama El joven Petrucio, si no me equivoco. Julieta ¿Y el que va detrás... aquel que no quiere bailar? Ama Lo ignoro. Julieta Pues trata de saberlo. Y si es casado, el sepulcro será mi lecho de bodas. Ama Es Montesco, se llama Romeo, único heredero de esa infame estirpe. Julieta ¡Amor nacido del odio, harto pronto te he visto, sin conocerte! ¡Harto tarde te he conocido! Quiere mi negra suerte que consagre mi amor al único hombre a quien debo aborrecer. Ama ¿Qué estás diciendo? Julieta Versos, que me dijo uno bailando. Ama Te están llamando. Ya va. No te detengas, que ya se han ido todos los huéspedes. El coro Ved cómo muere en el pecho de Romeo la pasión antigua, y cómo la sustituye una pasión nueva. Julieta viene a eclipsar con su lumbre a la belleza que mataba de amores a Romeo. Él, tan amado como amante, busca en una raza enemiga su ventura. Ella ve pendiente de enemigo anzuelo el cebo sabroso del amor. Ni él ni ella pueden declarar su anhelo. Pero la pasión buscará medios y ocasión de manifestarse.
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