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Narración
continuada por el doctor: Cómo abandonamos el
barco Sería la una y media -los tres toques del mar - cuando dos chinchorros
fueron arriados desde la Hispaniola y algunos marineros se
dirigieron a tierra. El capitán, el squire y
yo volvimos al camarote y continuamos deliberando sobre los
acontecimientos. Si el viento hubiera estado a nuestro
favor, no habríamos dudado en deshacernos de los seis
amotinados que permanecían a bordo y zarpar.
Pero no corría ni la menor brisa y, para completar nuestras
cuitas, Hunter
nos comunicó que Jim Hawkins había saltado a uno de los botes y
estaba en la isla con los demás. Ni por un instante se nos ocurrió dudar
de la lealtad de Jim Hawkins, pero sentimos una profunda preocupación
por su seguridad. Conociendo la determinación de los
marineros, creímos tener pocas esperanzas de ver de nuevo
al muchacho. Preocupados, subimos a cubierta: la brea hervía
en las ensambladuras de los tablones; el olor insano de
aquel fondeadero me revolvió el estómago -se respiraba la
fiebre, la disentería-; vimos a los seis bribones que
andaban de conciliábulo sentados a la sombra de una vela en
el castillo de proa. Allá en tierra se divisaban los dos
botes amarrados y un marinero en cada uno, en la
desembocadura del riachuelo. Uno de los forajidos silbaba la
vieja canción «Lilibulero». La espera destrozaba nuestros nervios, por lo que decidimos que Hunter
y yo nos acercáramos a tierra en otro chinchorro en busca de noticias.
Los botes se habían dirigido hacia la derecha, pero
nosotros remamos en línea recta, hacia la empalizada que el
mapa señalaba. Cuando nos vieron aparecer los dos que
estaban de guardia en los botes, se sobresaltaron; dejé de
oír la canción, y me di cuenta de que discutían qué
hacer con nosotros. De haber ido alguno de ellos a avisar a Silver, seguramente hubiésemos podido tomarles
delantera, pero probablemente habían recibido órdenes de
permanecer en su puesto; de nuevo escuché la vieja canción.
La costa presentaba un pequeño saliente rocoso y
yo maniobré de forma que sirviera para ocultarnos de ellos,
por lo que incluso antes de desembarcar ya los habíamos
perdido de vista. Salté a tierra y empecé a caminar rápidamente,
aunque con prudencia; hacía tanto calor, que me protegí la
cabeza con un pañuelo de seda; también portaba dos
pistolas cargadas para mi defensa. No había caminado ni
cien yardas, cuando me encontré con la empalizada. Estaba levantada en la cima de una gran duna aprovechando que allí
manaba un pequeño manantial, al que se había dejado dentro
del recinto junto a una especie de fuerte construido con
troncos, y capaz de albergar, en caso de necesidad, lo menos
cuarenta hombres; se veían aspilleras practicadas en los cuatro
lados, lo que garantizaba una defensa de mosquetería.
Alrededor se había rozado un espacio considerable y la obra
se cerraba con una empalizada de seis pies de altura, lo
suficientemente sólida como para resistir cualquier ataque
y, por otra parte, hábilmente levantada con separaciones
que impedían el ocultamiento de los asaltantes. Sin duda
los que disparasen desde el fuerte tendrían a su merced a
los que atacaran; casi como cazadores que disparasen contra
perdices. Ni un regimiento hubiera podido tomar aquel fortín,
si los defensores estaban alerta y con suficientes
provisiones. Consideré sobre todo la importancia de contar
con un manantial en el mismo fortín, porque, si bien en la Hispaniola gozábamos
de buen alojamiento, abundancia de armas y municiones, y víveres
suficientes, amén de nuestros buenos vinos, algo había
sido descuidado: no teníamos agua. Meditaba sobre ello
cuando hasta mí llegó, como si resonara sobre toda la
isla, un espeluznante grito de agonía. La muerte violenta
no era algo a lo que yo no estuviera acostumbrado -pues serví
con Su Alteza el Duque de Cumberland,
y mi cuerpo muestra una cicatriz consecuencia de Fontenoy-, pero debo confesar que
mi corazón se detuvo y de pronto empezó a latir sin
medida. Pensé que Jim Hawkins había muerto. Haber sido un
viejo soldado me sirvió en ese instante, pero aún más mi
dedicación a la medicina, pues exige reacciones inmediatas;
y esta educación me hizo decidir al instante, y sin pérdida
de tiempo corrí hacia la playa y salté a bordo del
chinchorro. Afortunadamente, Hunter era un buen remero y parecía que volábamos
sobre las aguas; pronto amarramos al costado de la goleta, y
subí a bordo. Todos estaban allí sobresaltados, lógicamente. El squire,
pálido como un papel, aguardaba sentado, imagino que considerándose
culpable de habernos arrastrado a aquella situación. En el
alcázar uno de los marineros no demostraba mejor humor. -Fijaos en ese marinero -me dijo el capitán
Smollett señalándolo con disimulo-. Es novato. Cuando
escuchó ese grito terrible, estuvo a punto de desmayarse.
Creo que bastaría orientar su miedo para que se pasara a
nuestras filas. Comuniqué al capitán mi criterio de fortificarnos en la empalizada, y
entre los dos convinimos los detalles para llevarlo a cabo.
Apostamos entonces al viejo Redruth en el pasillo entre el
camarote y el castillo de proa, con tres o cuatro mosquetes
cargados y una colchoneta como protección. Hunter
situó el chinchorro en la portañuela de popa, y Joyce
y yo lo pertrechamos con sacos de pólvora, mosquetes, cajas de
galleta, barricas de salazón de cerdo, un tonel de brandy y mi inapreciable
botiquín. Entre tanto, el squire y el capitán permanecían en cubierta; este
último llamó al timonel, que obviamente era el jefe de los
amotinados a bordo. -Señor Hands
-le dijo, apuntándolo con sus pistolas-, el señor
Trelawney y yo estamos decididos a disparar sobre usted. Al
menor movimiento por parte de cualquiera de los suyos, es
usted hombre muerto. Los forajidos se quedaron desconcertados, y después
de una breve consulta empezaron a bajar uno a uno por la
escalera de rancho, seguramente pensando en sorprendernos de
alguna manera por la espalda. Pero allí se encontraron con
Redruth en el pasadizo, y no tuvieron otra salida que dar la
vuelta y regresar a cubierta, donde comenzaron a asomar
cautelosamente sus cabezas. -¡Abajo, perros! -gritó el capitán. Volvieron a ocultarse, y por el momento ninguno de
aquellos marineros, tan poco animosos, continuó inquietándonos. El chinchorro estaba ya dispuesto, tan cargado
como nuestra temeridad permitía, y Joyce y yo subimos a él,
desde la portañuela de popa, y remamos hacia la costa tan
de prisa como nos permitieron las circunstancias. Este segundo viaje despertó ya claramente las sospechas de los dos
bandidos que vigilaban en la playa. Una vez más dejé de oír
sus silbidos, y, antes de perdernos de su vista tras el
saliente, pude asegurarme de que uno de ellos saltaba del
bote y desaparecía en la maleza. Me dieron ganas de cambiar
mi plan y aprovechar para destruir los botes, pero temí que
Silver
y los otros estuvieran muy cerca, y no podía arriesgar todo por tan
poco. Pronto atracamos en el mismo lugar que la primera vez, y nos dedicamos
a aprovisionar el fortín. Trasladamos los pertrechos que
pudimos hasta la empalizada, y dejando allí a Joyce de vigilancia -que, aunque fuera sólo un
hombre, disponía de media docena de mosquetes-, Hunter y
yo volvimos al chinchorro a por más provisiones. No terminó
nuestra faena hasta que todo estuvo almacenado, y entonces
los dos criados del squire
ocuparon posiciones en el fortín y yo regresé, remando con todas mis
fuerzas, a la Hispaniola. Trasladar un segundo cargamento puede parecer más
osadía de la que en verdad representaba, porque, si los
piratas tenían sin duda la ventaja de su número, nuestras
eran las armas. Ninguno de los que permanecían en tierra
tenía mosquete y, antes de que pudieran acercársenos a
tiro de pistola, ya habríamos dado buena cuenta de media
docena, al menos. El squire
me aguardaba en la portañuela, sin demostrar su
pasada debilidad. Fijó la amarra y me ayudó a cargar
nuevamente el botecillo con la presteza de quien se juega en
ello la vida. Más carne de cerdo, más pólvora y galleta,
y un mosquete y un machete para cada uno de nosotros, el squire,
el capitán, Redruth y yo. El resto de las armas y de la pólvora lo
arrojamos al mar, y, dado el poco calado y la claridad de
las aguas, podíamos ver en el fondo el brillo del acero
sobre la arena. Empezaba ya a bajar la marea y el barco a derivar suavemente en torno
al ancla. Escuchamos voces lejanas en dirección de los dos
botes, y aunque ello nos tranquilizó pensando en Joyce y en
Hunter, que estaban más
hacia el este, también nos advertía que no podíamos
perder un minuto en zarpar. Redruth fue retrocediendo desde su parapeto y se
descolgó hasta el chinchorro; dimos entonces una vuelta
para recoger al capitán en la escalerilla de babor. Antes de partir, el capitán Smollett se dirigió
a los amotinados, que aún permanecían escondidos en el
castillo de proa: -¡Eh, vosotros! ¿Me oís? Pero no escuchamos respuesta alguna. -¡Gray!
-llamó el señor Smollett, en un último intento-. Voy a abandonar el
barco, y te ordeno que sigas a tu capitán. Sé que en el
fondo eres un buen hombre, y hasta diría que ninguno de
vosotros está definitivamente perdido. Tengo el reloj en la
mano; te doy treinta segundos para que me obedezcas. Hubo un silencio. -¡Ven conmigo, muchacho! -insistió el capitán-,
rompe amarras. No puedo esperar más, cada segundo que pasa
arriesgo mi vida y la de estos caballeros. Entonces escuchamos un repentino estrépito, como de lucha, y vimos a Abraham
Gray surgir como un rayo, con una cuchillada en el rostro, y correr hacia el
capitán, junto al que se situó como un perro que acude al
silbido de su amo. -Estoy con usted, señor -dijo. Inmediatamente el capitán y él embarcaron con
nosotros y empezamos a remar. Habíamos conseguido salir salvos del barco, pero
aún teníamos que alcanzar la empalizada.
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