![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Cuarta parte
Capítulo primeroEl autor parte como capitán de un navío. -Sus hombres se conjuran contra él y le encierran largo tiempo en su camarote. -Le desembarcan en un país desconocido. Se interna en el país. -Descripción de los «yahoos», extraña clase de animales. -El autor se encuentra con dos «houyhnhnms». Permanecí en casa, con mi mujer y mis hijos, por espacio de cinco meses, en muy feliz estado, sin duda, con sólo que yo hubiese aprendido a saber cuándo estaba bien. Dejé a mi pobre esposa embarazada y acepté un ventajoso ofrecimiento que se me hizo para ser capitán del Adventure, sólido barco mercante de trescientas cincuenta toneladas. Conocía bien el arte de navegar, y, hallándome cansado del cargo de médico de a bordo -que de todos modos podía ejercer llegada la ocasión-, tomé en mi barco a un inteligente joven de mi mismo oficio, de nombre Robert Purefoy. Nos hicimos a la vela en Portsmouth el día 2 de agosto de 1710; el 14 nos encontramos en Tenerife con el capitán Pocock, de Brístol, que iba a la bahía de Campeche a cortar palo de tinte. El 16 le separó de nosotros una tempestad; a mi regreso supe que el barco se fue a pique y sólo se salvó un paje. El capitán Pocock era un hombre honrado y un buen marino, pero terco con exceso en sus opiniones, y ésta fue la causa de su fin, como ha sido la del de tantos otros. Si hubiese seguido mi consejo, a estas horas estaría sano y salvo con su familia, en su casa, igual como lo estoy yo. Murieron en mi barco varios hombres de calenturas, hasta el punto de que tuve que reclutar gente en las islas Barbada y Leeward, donde toqué por instrucción de los comerciantes que me habían comisionado; pero pronto tuve ocasión de arrepentirme, pues supe que la mayor parte de los reclutados habían sido filibusteros. Llevaba yo a bordo cincuenta manos, y mis órdenes eran comerciar con los indios en el mar del Sur y hacer los descubrimientos que pudiese. Los bribones que había recogido me corrompieron a los demás hombres y todos ellos se conjuraron para apoderarse del barco y hacerme prisionero, lo que realizaron una mañana irrumpiendo en mi camarote, atándome de pies y manos y amenazándome con lanzarme al mar si se me ocurría moverme. Les dije que era su prisionero y obedecería. Me hicieron jurarlo y después me desataron, dejándome sujeto solamente por un pie con una cadena, cerca de mi cama, y me pusieron a la puerta un certinela con el fusil cargado y orden de matarme de un tiro si pretendía escapar. Me bajaron de comer y beber y se apoderaron del gobierno del barco. Su designio era hacerse piratas y saquear a los españoles, lo que no podían emprender hasta tener más gente. Determinaron vender primero las mercancías que llevaba el buque e ir luego a Madagascar para reclutar hombres, pues varios de ellos habían muerto durante mi prisión. Navegaron muchas semanas y traficaron con los indios; pero yo ignoraba el rumbo que seguían, reducido estrechamente como estaba a mi camarote, sin más esperanza que morir asesinado, conforme a las frecuentes amenazas de que era objeto. El día 9 de mayo de 1711, un tal James Welch bajó a mi camarote y me dijo que había recibido del capitán orden de desembarcarme. Discutí con él, pero en vano; ni siquiera quiso decirme quién era su nuevo capitán. Me forzó a entrar en la lancha, después de permitirme ponerme mi traje mejor, que estaba nuevo, y coger un atadijo de ropa blanca; pero no armas, salvo mi alfanje. Y fueron tan amables, que no me registraron los bolsillos, donde yo me había guardado todo el dinero que tenía y algunas cosillas de mi uso. Remaron obra de una legua y me desembarcaron en una playa. Les supliqué que me dijesen qué país era aquél; todos me juraron que lo ignoraban tanto como yo; sólo sabían que su capitán -como ellos decían- había resuelto, después de vender la carga, deshacerse de mí en el primer punto donde descubriesen tierra. Se apartaron en seguida, recomendándome que me apresurase para que la marea no me alcanzara, y de este modo se despidieron de mí. En esta lamentable situación avancé y pronto pisé tierra firme; me senté en un montón de arena para descansar y pensar cuál sería mi mejor partido. Cuando hube descansado un poco me interné en el país, resuelto a entregarme a los primeros salvajes que encontrara y comprar mi vida con algunos brazaletes, anillos de vidrio y otras chucherías de las que generalmente llevan los marinos en esta clase de viajes, y yo conservaba algunas conmigo. Cortaban la tierra largas filas de árboles, no plantados con regularidad, sino nacidos naturalmente; había hierba en gran cantidad y varios campos de avena. Andaba yo con gran precaución, temeroso de verme sorprendido o herido de pronto por una flecha que me disparasen por detrás o por un lado. Entré en un camino muy trillado donde se veían numerosas pisadas humanas, algunas de vacas, y de caballos muchas más. Por fin descubrí varios animales en un campo y uno o dos de la misma especie subidos en árboles. Su facha irregular y disforme me inquietó bastante, hasta tal punto, que me tumbé detrás de una espesura para examinarlos mejor. La circunstancia de venir algunos hacia el sitio en que yo yacía me dio ocasión de apreciar su forma exactamente. Tenían la cabeza y el pecho cubierto de espeso pelambre, rizado en unos y laso en otros; sus barbas eran de cabra, y largos mechones de pelo les caían por los lomos y les cubrían la parte anterior de las patas y los pies; pero el resto del cuerpo lo tenían desnudo y me dejaba verles la piel, de un color amarillento obscuro. No tenían cola y solían sentarse y tumbarse; con frecuencia se sostenían en los pies traseros. Trepaban a los árboles más altos con prontitud de ardilla, para lo cual contaban con grandes garras abiertas en las cuatro extremidades, ganchudas y de puntas afiladas. A menudo daban brincos, botes y saltos con prodigiosa agilidad. Las hembras no eran tan grandes como los machos; tenían en la cabeza pelo largo y laso, pero ninguno en la cara, ni más que una especie de vello en el resto del cuerpo. El pelo era en ambos sexos de varios colores: moreno, rojo, negro, amarillo. En conjunto, nunca vi en mis viajes animal tan desagradable ni que me inspirase tan honda repugnancia. Así, creyendo haber visto bastante, lleno de desprecio y aversión, me levanté y seguí el camino con la esperanza de que me llevase a la cabaña de algún indio. No había andado mucho cuando encontré que me cerraba el camino y venía directamente hacia mí uno de los animales que he descrito. El horrible monstruo, al verme, torció repetidamente todas las facciones de su cara y quedó mirándome fijamente, como a algo que no hubiese visto en su vida; y luego, acercándoseme más, levantó la pata delantera, no sé si llevado de curiosidad o de malas intenciones. Yo saqué mi alfanje y le di un buen golpe de plano, no atreviéndome a darle con el filo por si los habitantes se enconaban contra mí al saber que había muerto o dejado inútil a una pieza de su ganado. Cuando la bestia sintió el golpe se hizo atrás y rugió tan fuerte, que una manada de cuarenta, lo menos, se vino en tropel sobre mí desde el campo inmediato, aullando y haciendo gestos horribles; pero yo corrí al tronco de un árbol, y guardándome con él la espalda los contuve a distancia blandiendo el alfanje En medio de este apuro, vi que todos echaban a correr de repente con la mayor velocidad de que eran capaces; con lo cual yo me arriesgué a separarme del árbol y seguir el camino, admirado de qué podría haber sido lo que los asustase de tal modo. Pero mirando hacia mi siniestra mano vi un caballo que marchaba por el campo reposadamente, y que, visto antes-que por mí por mis perseguidores, era la causa de su huida. El caballo se estremeció un poco cuando llegó cerca de mí, pero se recobró pronto y me miró cara a cara con manifiestos signos de asombro; me inspeccionó las manos y los pies dando varias vueltas a mi alrededor. Quise continuar mi marcha; pero él se atravesó en mi camino, aunque con actitud muy apacible y sin intención alguna de violencia en ningún momento. Permanecimos un rato mirándonos con atención; por fin, me atreví a alargar la mano hacia su cuello con propósito de acariciarle, empleando el sistema y el silbido de los jockeys cuando se preparan a montar un caballo que no conocen. Pero este animal pareció recibir con desdén mis atenciones; movió la cabeza y arqueó las cejas, al tiempo que levantaba suavemente la mano derecha como si quisiera desviar la mía. Después relinchó tres o cuatro veces, pero con cadencias tan distintas, que casi empecé a pensar que estaba hablándose a sí mismo en algún idioma propio. Cuando en éstas nos hallábamos él y yo, llegó otro caballo, el cual se acercó al primero con muy ceremoniosas maneras, y ambos chocaron suavemente entre sí el casco derecho delantero, al tiempo que relinchaban por turno varias veces y cambiando el tono, que casi parecía articulado. Se apartaron unos pasos como para conferenciar, y pasearon uno al lado del otro, yendo y viniendo al modo de personas que deliberasen sobre algún asunto de cuenta, pero volviendo la vista frecuentemente hacia mí como para vigilar que no me escapara. Yo estaba asombrado de ver semejantes acciones y conducta en bestias irracionales, y tuve para mí que si los habitantes de aquella tierra estaban dotados de un grado proporcional de entendimiento habrían de ser las gentes más sabias que pudieran encontrarse en el mundo. Este pensamiento me procuró tanto alivio, que resolví seguir adelante hasta encontrar alguna casa o aldea, o tropezar a alguno de los naturales, dejando a los dos caballos que discurriesen juntos cuanto quisieran. Pero el primero, que por cierto era rucio rodado, al ver que me escapaba, me relinchó de manera tan expresiva, que me imaginé entender lo que quería decirme. En vista de ello me volví y me acerqué a él para esperar sus ulteriores órdenes, ocultando mi temor cuanto me era posible, pues empezaba a darme algún cuidado cómo podría terminar aquella aventura. Y el lector creerá sin trabajo que no me encontraba muy a gusto en tal situación. Los dos caballos se me aproximaron y me miraron la cara y las manos con gran interés. El rucio restregó mi sombrero todo alrededor con el casco derecho y lo descompuso de tal modo, que tuve que arreglarlo, para lo cual me lo quité, volviendo a ponérmelo luego. A él y a su compañero -que era bayo obscuro- pareció causarles esto gran sorpresa; el último tocó la vuelta de mi casaca, y al encontrarse con que me colgaban suelta por encima, hicieron los dos grandes extremos de asombro. Me acarició la mano derecha con señales de admirar la suavidad y el color, pero me la apretó tan fuertemente entre el casco y la cuartilla, que me arrancó un grito; desde entonces me tocaron con toda la dulzura posible. Les producían perplejidad enorme mis zapatos y medias, que palparon muchas veces, relinchándose uno a otro y haciendo diversos gestos no desemejantes de los que hiciera un filósofo que intentara explicarse algún fenómeno nuevo y difícil de entender. En suma: el proceder de aquellos animales era tan ordenado y racional, tan agudo y discreto, que, por último, concluí que habían de ser mágicos que con ciertos fines se hubieran metamorfoseado y que, encontrando a un extranjero en su camino, hubiesen querido holgarse con él, o quizá que realmente se sorprendieran a la vista de un hombre tan diferente, por su traje, su semblante y su tez, de los que era probable que hubiese en clima tan remoto. Tomando fundamento de estas razones, me aventuré a dirigirme a ellos en la manera siguiente: «Caballeros: si sois encantadores, como tengo serios motivos para suponer, entenderéis todos los idiomas; de consiguiente, me permito comunicar a vuestras señorías que yo soy un pobre inglés afligido, lanzado por mis desventuras a vuestra playa; y rogar que uno de los dos me deje ir en su lomo, como si fuese un caballo verdadero, hasta alguna casa o aldea donde pueda ser remediado. Y en pago de este favor yo os regalaré este cuchillo y este brazalete.» Y los saqué del bolsillo al mismo tiempo. Los dos animales guardaron silencio mientras yo hablaba, con muestra de escucharme muy atentamente; y cuando hube terminado relincharon repetidamente cada uno, dirigiéndose al otro, como si mantuviesen una seria conversación. Observé con toda claridad que su lenguaje expresaba muy bien las pasiones, y las palabras hubiesen podido reducirse sin gran trabajo a un alfabeto más fácilmente que el chino. Pude distinguir frecuentemente la palabra yahoo, que los dos repitieron varias veces; y aunque me fuera imposible conjeturar lo que significaba, mientras los dos caballos estaban entregados a su conversación, yo intenté ejercitar en mi lengua esa palabra; y tan pronto como callaron pronuncié yahoo descaradamente, en voz alta e imitando al mismo tiempo lo mejor que supe el relincho de un caballo. Los dos quedaron visiblemente sorprendidos, y el rucio repitió la misma palabra dos veces, como si quisiera enseñarme la pronunciación correcta; yo la imité después lo mejor que pude, y aprecié que progresaba perceptiblemente, aunque muy lejos todavía de todo grado de perfección. Luego el bayo me puso a prueba con una segunda palabra mucho más dura de pronunciar, pero que reducida a la ortografía inglesa pudiera deletrearse así: houyhnhnm. No fuí con ésta tan afortunado como con la anterior; pero después de dos o tres ensayos más di con ella, y los dos caballos se mostraron muy admirados de mi capacidad. Luego de cambiar nuevos discursos, que yo calculé referirse a mí, los dos amigos se despidieron con el mismo cumplimiento de chocar los cascos, y el rucio me hizo señas de que marchase delante de él, lo que juzgué prudente hacer en tanto que encontraba un más conveniente director. Se me ocurrió aflojar el paso, y él me gritó: Hhuun, hhuun; adiviné el sentido, y dile a entender como pude que estaba cansado y no podía andar más de prisa, con lo cual se paró un rato para dejarme descansar. Capítulo IIEl autor, conducido por un houyhnhnm a su casa. -Descripción de la casa. -Recibimiento al autor. -La comida de los houyhnhnms. -El autor, apurado por falta de alimento, es socorrido al fin. -Su régimen alimenticio en este país. Al cabo de unas tres millas de marcha llegamos a una especie de gran edificio, hecho de troncos clavados en el suelo y atravesados encima; el techo era bajo y estaba cubierto de paja. Empecé a sentir cierto alivio y saqué algunas chucherías de las que los viajeros suelen llevar como regalos a los salvajes de las Indias de América y de otros puntos, con la esperanza de que pudieran servir de acicate a las gentes de aquella casa para recibirme amablemente. El caballo me hizo seña de que pasara yo delante; entré en una estancia grande con piso de arcilla lustrada y un enrejado con heno y un pesebre, que se extendían a todo lo largo de una de las paredes. Había tres jacas y dos yeguas no comiendo, mas algunas sentadas sobre los corvejones, lo que me produjo gran asombro. Pero lo que me asombró más fue ver que las otras estaban dedicadas a trabajos domésticos. Su aspecto era el de ganado corriente; sin embargo, lo que veía confirmó mi primer juicio de que un pueblo que llegaba a civilizar hasta tal punto brutos irracionales, por fuerza había de exceder en sabiduría a todas las naciones del mundo. El rucio entró detrás de mí y evitó así cualquier mal trato de que los otros hubieran podido hacerme víctima. Les relinchó varias veces con tono autoritario y fue respondido. Más allá de esta habitación había otras tres que comprendían todo el largo de la casa, a las cuales se pasaba por tres puertas, dispuestas una enfrente de otra, como en un rompimiento. Atravesamos la segunda con dirección a la tercera; aquí el rucio entró delante, haciéndome con la cabeza seña de que esperara. Aguardé en la segunda estancia y dispuse mis presentes para el dueño y la dueña de la casa; consistían en dos cuchillos, tres brazaletes de perlas falsas, un pequeño anteojo Y un collar le cuentas. El caballo relinchó tres o cuatro veces, y yo esperaba oír en respuesta una voz humana; pero no advertí más que contestaciones en el mismo dialecto, diferentes sólo en ser una o dos, algo mas agudas y penetrantes. Comenzaba yo a pensar que aquella casa debía pertenecer a alguna persona de mucha nota en el país, ya que tanta ceremonia había que usar antes de que se me concediese audiencia. Pero iba más allá de mis alcances que un hombre de calidad estuviese servido solamente por caballos. Llegué a temer que se me hubiera turbado el juicio a fuerza de sufrimientos y desdichas; hice por serenarme y miré en torno mío por la estancia en que me habían dejado solo. Estaba amueblada como la primera, aunque de modo más elegante. Me froté los ojos, pero persistían los mismos objetos. Me pellizqué los brazos y los costados para despertarme, creyendo que todo era un sueño. Por fin deduje, sin lugar a duda, que todas aquellas apariencias no podían ser otra cosa que obra de magia y nigromancia. Pero no tuve tiempo de llevar más adelante mis reflexiones, porque el caballo rucio apareció en la puerta y me hizo seña de que le siguiese al tercer aposento, donde vi una muy hermosa yegua en compañía de un potro y de una cría pequeña, sentados todos sobre las ancas en esteras de paja no desmañadamente hechas y perfectamente limpias y aseadas. A poco de entrar yo, se levantó la yegua de su estera, acercóse a mí y, luego de haberme examinado muy cuidadosamente las manos y la cara, me dirigió una mirada de desprecio; volvióse luego al caballo y oí que entrambos repetían la palabra yahoo frecuentemente, palabra cuyo significado no comprendía yo aún, a pesar de ser la primera que había aprendido a pronunciar. Pero pronto quedé mejor enterado, para eterna mortificación mía; pues el caballo, haciéndome signo con la cabeza y repitiendo la palabra hhuun, hhuun, como había hecho en el camino, y yo comprendía significar que le acompañase, me sacó a una especie de patio, donde se levantaba otro edificio, a alguna distancia de la casa. En él entramos, y vi tres de aquellos detestables animales que habían sido mi primer encuentro después de tomar tierra, comiendo raíces y carne de algunos animales: asno y perros, según supe después, y a las veces una vaca muerta por accidente o enfermedad. Estaban atados por el cuello a una viga con fuertes mimbres; sujetaban la comida entre las garras de las patas delanteras y la destrozaban con los dientes. El caballo amo mandó a una jaca alazana, que era uno de los criados, que desatase al mayor de aquellos animales y lo sacase al patio. Nos pusieron juntos a la bestia y a mí, y amo y criado compararon diligentemente nuestra fisonomía, repitiendo muchas veces, conforme lo hacían, la palabra yahoo. Es imposible pintar el horror y el asombro que sentí cuando aprecié en aquel animal abominable una perfecta figura humana. Cierto que el rostro era ancho y achatado, la nariz hundida, los labios gruesos y la boca grande; pero estas diferencias son comunes a todas las naciones salvajes, donde las facciones de la cara se desfiguran por dejar los naturales a sus hijos que se arrastren contra el suelo o por llevarlos a la espalda con las caras aplastadas contra los hombros de la madre. Las patas delanteras del yahoo no se diferenciaban de mis manos sino en la longitud de las uñas; la aspereza y obscuridad de las palmas y lo peludo de los dorsos. Las mismas semejanzas con las mismas diferencias había entre nuestros pies, cosa que yo sabía perfectamente, pero no los caballos, a causa de mis zapatos y medias; las mismas entre todas las partes de nuestros cuerpos, excepto por lo que toca al pelambre y el color que ya he descrito anteriormente. Lo que parecía causar gran perplejidad a los dos caballos era ver el resto de mi cuerpo tan diferente del de un yahoo, lo que yo tenía que agradecer a mi vestido, aunque ellos no tuviesen del hecho la menor idea. El potro alazán me ofreció una raíz, sujetándola, según su modo y conforme a lo descrito en el lugar oportuno, entre el casco y la cuartilla; yo la tomé en la mano, y después de olerla se la devolví con toda la corrección que pude. Sacó de la covacha del yahoo un trozo de carne de burro, tan maloliente que me hizo apartar la cara con repugnancia; se la arrojó entonces al yahoo, que la devoró ansiosamente. Me presentó luego un manojo de heno y una cerneja llena de avena; pero yo moví la cabeza en señal de que ninguna de las dos cosas era comida propia para mí. Y muy de veras me asaltó el temor de morirme de hambre si no acertaba a encontrar algún ser de mi misma especie, pues por lo que hacía a aquellos inmundos yahoos, aunque por aquel tiempo había pocos amantes de la Humanidad más ardientes que yo, confieso que no vi nunca un ser sensible tan detestable en todos los aspectos; y durante toda mi estancia en aquel país, cuanto más me acercaba a ellos, más aborrecibles se me hacían. Deduciéndolo así el caballo amo de mi comportamiento, envió nuevamente al yahoo a su covacha. Luego se llevó el casco delantero a la boca, lo cual me sorprendió mucho, aunque lo hizo fácilmente y con movimiento que parecía perfectamente natural, e hizo asimismo otras señas encaminadas a que yo dijese qué comería. Pero yo no podía responderle de modo que me entendiera, ni aunque me hubiese entendido veía la posibilidad de que allá se encontrase alimento para mí. Cuando estábamos en éstas vi pasar cerca una vaca; apunté hacia ella y expresé el deseo de que me permitiese ir a ordeñarla. La cosa surtió su efecto, pues el caballo me llevó otra vez a la casa y mandó a una yegua criada que abriese una pieza, donde había buen repuesto de leche en vasijas de barro y de madera, dispuestas muy ordenada y limpiamente. La yegua me dio un gran bol lleno, del que yo bebí con muy buena gana, y me sentí muy restaurado. A eso de las doce del día vi venir hacia la casa una especie de vehículo arrastrado, como un trineo, por cuatro yahoos. Iba en él un hermoso caballo viejo, que parecía de calidad; se apeó apoyándose en los cuartos traseros, pues un accidente le tenía herida una pata delantera. Venía a comer con nuestro caballo, que le recibió con gran cortesía. Comieron en la mejor estancia y tuvieron de segundo plato avena cocida con leche, que el caballo viejo comió caliente, y los demás, en frío. Habían dispuesto los pesebres circularmente en medio de la pieza y dividídolos en varios compartimientos, y alrededor se habían sentado sobre las ancas en montones de paja. En el centro había un enrejado de madera lleno de heno, con ángulos correspondientes a cada partición del pesebre; así, que cada caballo o yegua comía de su propio heno y su propia mezcla de avena y leche, con mucha limpieza y regularidad. Las jacas y las crías observaban conducta muy respetuosa, y el dueño y la dueña se deshacían en amables extremos con su huésped. El rucio me mandó que me pusiera a su lado, y él y su amigo tuvieron larga conversación referente a mí, según pude conocer en que el invitado me miraba con frecuencia y en la frecuente repetición de la palabra yahoo. Se me ocurrió ponerme los guantes, lo que pareció sorprender grandemente al rucio amo, que mostraba con señales de asombro lo que yo me había hecho en las patas delanteras; llevó a ellas el casco tres o cuatro veces, como dándome a entender que las volviese a su forma primitiva, lo que hice quitándome los guantes y guardándomelos en el bolsillo. Esto determinó nueva charla, y pude apreciar que la compañía estaba contenta con mi conducta, de lo que no tardé en tocar los buenos efectos. Me mandaron decir las pocas palabras que sabía, y mientras comían, el amo me enseñó los nombres de la avena, la leche, el fuego, el agua y otras cosas. Pude pronunciarlos inmediatamente detrás de él, pues desde mi juventud tengo gran facilidad para aprender idiomas. Cuando la comida terminó, el caballo amo me llevó aparte y con señas y palabras me dio a comprender el cuidado con que le tenía que yo no hubiese comido nada. Avena, en su lengua, se dice hluunh. Pronuncié esta palabra dos o tres veces; pues aunque al principio rechacé la avena, lo pensé mejor y calculé que podría discurrir modo de hacer con ella una especie de pan que, sumado a la leche, bastase para conservarme la vida hasta que pudiera escapar a otro país y unirme a individuos de mi especie. El caballo ordenó inmediatamente a una yegua blanca, criada de su propia familia, que me llevase una buena cantidad de avena en una especie de bandeja de madera. La calenté al fuego lo mejor que pude hasta que se desprendieron las cáscaras, que me ingenié para separar del grano; molí y majé éste entre dos piedras, y luego, echando agua, hice una especie de pasta o torta que tosté al fuego y comí caliente con leche. Al principio me pareció una comida muy insípida, aunque es bastante corriente en muchos puntos de Europa; pero con el tiempo fue haciéndoseme más tolerable; y como a menudo me había visto reducido en mi vida a alimentarme con dificultad, no era aquélla la primera vez que experimentaba cuán poco basta para satisfacer a la naturaleza. Y no puedo por menos de advertir que mientras estuve en aquella isla no sufrí una hora de enfermedad. Es verdad que algunas veces logré atrapar un conejo con lazos hechos de cabellos de yahoo, y con frecuencia cogía hierbas saludables, que hervía, o comía como ensaladas, con mi pan. Y aun a las veces, como excepción, hacía un poco de manteca y bebía el suero. Al principio sufría mucho por la falta de sal, pero pronto me hizo a ella la costumbre, y estoy seguro de que el uso frecuente de la sal entre nosotros es un efecto de la sensualidad, y se introdujo en un principio como excitante para beber, menos cuando es preciso para la preservación de carnes en largos viajes o en sitios apartadísimos de los grandes mercados. Porque yo no he observado en animal ninguno, salvo en el hombre, tal afición; y por lo que a mí se refiere, cuando salí de aquel país, pasó bastante tiempo primero que pudiese sufrir el gusto de la sal en nada de lo que comía. Cuando fue anocheciendo, el caballo amo mando que se dispusiera un sitio para albergarme; estaba a sólo seis yardas de la casa y separado del establo de los yahoos. Llevé allí un poco de paja, me tapé con mis ropas y dormí profundamente. Pero al poco tiempo me acomodé mejor, como el lector verá más adelante, al tratar circunstancialmente mi modo de vivir. Capítulo IIIAplicación del autor para aprender el idioma. -El houyhnhnm su amo le ayuda a enseñarle. -Cómo es el lenguaje. -Varios houyhnhnms de calidad acuden, movidos por la curiosidad, a ver al autor. -Éste hace a su amo un corto relato de su viaje. Mi principal tarea consistía en aprender el idioma, que mi amo -pues así le llamaré de aquí en adelante- y sus hijos y todos los criados de la casa tenían gran interés en enseñarme, pues consideraban un prodigio que una bestia descubriese tales disposiciones de criatura racional. Yo apuntaba a las cosas y preguntaba los nombres, que escribía en mi libro de notas cuando estaba solo, y corregía mi mal acento pidiendo a los de la familia que los pronunciasen a menudo. En esta ocupación se mostraba siempre solícito conmigo un potro alazán perteneciente a la categoría de los más humildes criados. Pronuncian, al hablar, con la nariz y con la garganta, y su lenguaje se parece más al alto holandés o alemán que a ningún otro de los europeos que conozco, aunque es mucho más gracioso y expresivo. El emperador Carlos V hizo casi la misma observación cuando dijo que si tuviese que hablar a su caballo lo haría en alto holandés. La curiosidad y la impaciencia de mi amo eran tales, que dedicaba muchas de sus horas de ocio a instruirme. Estaba convencido, según más tarde me dijo, de que yo era un yahoo; pero mi facilidad de aprender, mi cortesía y mi limpieza le asombraban, como cualidades opuestas por entero a la condición de aquellos animales. Mis ropas le sumían en la mayor perplejidad, y muchas veces se preguntaba a sí mismo si serían parte de mi cuerpo; mas yo no me las quitaba nunca hasta que la familia se había dormido y me las ponía antes de que se despertase por la mañana. Mi amo tenía vehementes deseos de saber de dónde procedía yo, cómo había adquirido aquellas apariencias de razón que descubría en todas mis acciones, y, en fin, de oir mi historia de mis propios labios, lo que él esperaba que podría hacer pronto, gracias a mis grandes progresos en la pronunciación de sus palabras y frases. Para ayudar a mi memoria, buscaba la equivalencia de lo que aprendía en el alfabeto inglés y escribía las palabras con sus traducciones. Después de algún tiempo me atreví a hacer esto en presencia de mi amo. Me costó gran trabajo explicarle lo que hacía, pues los habitantes de aquel país no tienen la menor idea de libros ni literaturas. Al cabo de unas diez semanas podía entender la mayor parte de las preguntas, y en tres meses darle pasaderas respuestas. Mi amo tenía curiosidad extrema por saber de qué parte del país había llegado y cómo me habían enseñado a imitar a un ser racional, pues se había observado que los yahoos -a quienes veía que me asemejaba exactamente en la cabeza, las manos y la cara, que eran lo solo visible-, que presentaban alguna apariencia de astucia y la más decidida inclinación al mal, eran los animales más difíciles de educar. Le contesté que había llegado, a través de los mares, de un sitio lejano, con muchos otros de mi misma especie, en una como gran artesa, hecha de troncos de árboles; que mis compañeros me habían forzado a desembarcar en aquella costa y luego abandonádome a mi suerte. No sin dificultad, y ayudándome con señas, pude lograr que me entendiese. Me contestó que por fuerza estaba equivocado, o decía la cosa que no era -pues en su idioma no tiene palabra para expresar la mentira o la falsedad-. Sabía muy bien él que era imposible que hubiese un país más allá del mar, así como que un grupo de animales pudiese mover una artesa de madera sobre el mar según les viniese en gana. Tenía la seguridad de que ningún houyhnhnm existente podría hacer tal artesa ni confiar en que yahoos lo hiciesen. La palabra houyhnhnm, en su lengua, significa caballo, y por su etimología, la perfección de la Naturaleza. Dije a mi amo que me encontraba en gran apuro para expresarme; pero adelantaría lo más de prisa que pudiese, y esperaba poder decirle maravillas en breve plazo. Se dignó encargar a su propia yegua, sus potros, sus crías y los criados de la casa que aprovecharan todas las ocasiones de enseñarme, y todos los días se imponía él igual trabajo durante dos o tres horas. Varios caballos y yeguas de calidad del vecindario venían con frecuencia a nuestra casa, atraídos por la fama de un yahoo maravilloso que hablaba como un houyhnhnm y parecía descubrir en sus palabras y actos ciertos destellos de razón. Se encantaban de hablar conmigo; me hacían preguntas, a las que yo daba las respuestas que me era posible. Con circunstancias tan favorables, hice tales progresos, que a los cinco meses de mi llegada entendía todo lo que decían y me expresaba bastante bien. Los houyhnhnms que acudieron a visitar a mi amo llevados de la intención de averiguar y de hablar conmigo, apenas se determinaban a creer que yo fuese un yahoo verdadero, porque veían cubierto mi cuerpo de manera distinta que el de los demás de mi clase. Se asombraban de verme sin los pelos y la piel que eran naturales, salvo en la cabeza, la cara y las manos; pero un accidente ocurrido quince días antes me había obligado a descubrir a mi amo este secreto. Ya he dicho al lector que por las noches, cuando la familia se había ido a la cama, era mi costumbre desnudarme y taparme con las ropas. Ocurrió que una mañana temprano mi amo envió a buscarme al potro alazán que era su ayuda de cámara; cuando entró, yo dormía profundamente, con las ropas caídas por un lado y la camisa más arriba de la cintura. Me desperté al ruido que produjo y observé que me daba el recado con alguna turbación, después de lo cual se volvió con mi amo, a quien, con gran susto, dio confusa cuenta de lo que había visto. Así lo comprendí, pues al acudir tan pronto como estuve vestido a ponerme al servicio de su señoría, me preguntó qué significaba lo que su criado acababa de decirle, y añadió que yo no era cuando dormía la misma cosa que parecía en las demás ocasiones, y que su ayuda de cámara le aseguraba que yo era en parte blanco, en parte amarillo, o al menos no tan blanco, y en parte moreno. Hasta entonces yo había guardado el secreto de mi vestido para distinguirme todo lo posible de la maldita raza de los yahoos; pero en adelante era inútil querer hacerlo. Además, pensaba yo que mis zapatos y mis ropas, que estaban ya en mediano uso, quedarían pronto inservibles y tendrían que ser substituídos por algún invento a base de piel de yahoo o de otros animales, por donde el secreto vendría a ser conocido. Dije a mi amo, en consecuencia, que, en el país de donde yo procedía, los de mi especie llevaban siempre cubierto el cuerpo con el pelo de ciertos animales, preparado con arreglo a determinado arte, así por decencia como por guardarse de las inclemencias del aire caliente o frío, de lo cual podría convencerle inmediatamente por lo que a mí tocaba si tenía a bien mandármelo. Con esto, me desabotoné la casaca y me la quité. Lo mismo hice con el chaleco, y también con los zapatos, las medias y los calzones. Mi amo observó toda la acción con muestras de gran curiosidad y asombro. Tomó todas mis prendas, una por una, en la cuartilla, y las examinó muy diligente. Me tentó el cuerpo con gran dulzura y me miró todo alrededor varias veces, después de lo cual dijo que estaba claro que yo era un yahoo perfecto, pero que me diferenciaba mucho del resto de la especie en la suavidad y blancura de la piel, la falta de pelo en varias partes del cuerpo, la forma y cortedad de mis garras traseras y delanteras y mi empeño en andar siempre sobre las patas de atrás. No quiso ver más, y me dio licencia para volver a vestirme, pues ya estaba yo tiritando de frío. Le expresé el disgusto que me causaba oírle designarme tan a menudo con el nombre de yahoo, repugnante animal, por el que sentía el odio y el desprecio más absolutos. Le supliqué que se abstuviera de aplicarme aquella palabra y diese la misma orden a su familia y a los amigos a quienes permitía visitarme. Igualmente le encarecí qué guardase para sí y no comunicase a nadie más el secreto de llevar yo tapado el cuerpo con una cubierta postiza, al menos mientras me durasen las ropas que tenía; pues en cuanto al potro alazán, su ayuda de cámara, podía su señoría ordenarle que no descubriera lo que había visto. Mi amo consintió en todo muy graciosamente, y así el secreto se mantuvo hasta que comenzaron a inutilizarse mis ropas, las cuales hube de substituir con invenciones diversas de que más tarde hablaré. Mientras esto sucedía, mi amo me excitaba a que siguiera aprendiendo el idioma a toda prisa, pues estaba más asombrado de ver mi capacidad para el habla y el razonamiento que no la figura de mi cuerpo, estuviese cubierto o no, añadiendo que esperaba con bastante impaciencia oír las maravillas que le había ofrecido contarle. En adelante duplicó el trabajo que se tomaba para instruirme; me hacía estar presente en todas las reuniones, y exigía que los reunidos me tratasen con amabilidad; pues, según les dijo privadamente, eso me pondría de buen humor y me haría aún más divertido. Todos los días, cuando yo le visitaba, además de las molestias que se tomaba para enseñarme, me hacía varias preguntas referentes a mi persona, a las cuales contestaba yo lo mejor que sabía, y gracias a esto tenía ya algunas ideas generales, aunque muy imperfectas. Sería cansado exponer por qué pasos llegué a mantener una conversación más regular; baste saber que la primera referencia de mí que pude dar con algún orden y extensión vino a ser como sigue: Dije que había llegado de un muy lejano país, como ya había intentado decirle, con unos cincuenta de mi misma especie; que viajábamos sobre los mares en un gran cacharro hueco hecho de madera y mayor que la casa de su señoría; y aquí le describí el barco en los términos más precisos que pude, y le expliqué, ayudándome con el pañuelo extendido, cómo el viento le hacía andar. Continué que, a consecuencia de una riña que habíamos tenido, me desembarcaron en aquella costa, por donde avancé, sin saber hacia dónde, hasta que él vino a librarme de la persecución de aquellos execrables yahoos. Me preguntó quién había hecho el barco y como era posible que los houyhnhnms de mi país encomendaran su manejo a animales. Mi respuesta fue que no me aventuraría a seguir adelante en mi relación si antes no me daba palabra de honor de que no se ofendería, y en este caso le contaría las maravillas que tantas veces le había prometido. Consintió, y yo continué, asegurándole que el barco lo habían hecho seres como yo, los cuales, en todos los países que había recorrido, eran los únicos animales racionales y dominadores, y que al llegar a la tierra en que nos hallábamos me había asombrado tanto que los houyhnhnms se condujesen como seres racionales cuanto podría haberles asombrado a él y a sus amigos descubrir señales de razón en una criatura que ellos tenían a bien llamar un yahoo; animal éste al que me reconocía parecido en todas mis partes, pero de cuya naturaleza degenerada y brutal no sabía hallar explicación. Añadí que si la buena fortuna era servida de restituirme alguna vez a mi país natal, y en él relatar mis viajes, como tenía resuelto hacer, todo el mundo creería que decía la cosa que no era, que me sacaba del magín la historia; pues, con todos los respetos para él, su familia y sus amigos, y bajo la promesa de que no se ofendería, en nuestra nación difícilmente creería nadie en la existencia de un país donde el houyhnhnm fuera el ser superior y el yahoo la bestia. Capítulo IVLa noción de los houyhnhnms acerca de la mentira. -El discurso del autor, desaprobado por su amo. -El autor da una más detallada cuenta de sí mismo y de los incidentes de su viaje. Me oyó mi amo con grandes muestras de inquietud en el semblante, pues dudar o no creer son cosas tan poco conocidas en aquel país, que los habitantes no saben cómo conducirse en tales circunstancias. Y recuerdo que en frecuentes conversaciones que tuve con mi amo respecto de la naturaleza humana en otras partes del mundo, como se me ofreciese hablar de la mentira y el falso testimonio, no comprendió sino con gran dificultad lo que quería decirle, aunque fuera de esto mostraba grandísima agudeza de juicio. Me argüía que si el uso de la palabra tenía por fin hacer que nos comprendiésemos unos a otros, este fin fracasaba desde el instante en que alguno decía la cosa que no era; porque entonces ya no podía decir que nadie le comprendiese, y estaba tanto más lejos de quedar informado, cuanto que le dejaba peor que en la ignorancia, ya que le llevaba a creer que una cosa era negra cuando era blanca, o larga cuando era corta. Éstas eran todas las nociones que tenía acerca de la facultad de mentir, tan perfectamente bien comprendida y tan universalmente practicada entre los humanos. Pero dejemos esta digresión. Cuando aseguré a mi amo que los yahoos eran los únicos animales dominadores de mi país -lo que declaró que iba más allá de su comprensión-, quiso saber si había houyhnhnms entre nosotros y a qué se dedicaban. Díjele que los teníamos en gran número y que en verano pacían en los campos y en invierno se los mantenía con heno y avena, encerrados en casas donde sirvientes yahoos se dedicaban a lustrarles la piel, peinarles las crines, limpiarles las patas, darles la comida y hacerles la cama. «Te comprendo perfectamente -dijo mi amo-; y de todo lo que has hablado se desprende con toda claridad que, cualquiera que sea el grado de razón que los yahoos se atribuyen, los houyhnhnms son vuestros amos. Bien quisiera yo que nuestros yahoos fuesen tan tratables.» Rogué a su señoría que se dignase excusarme de continuar, porque estaba cierto de que los informes que esperaba de mí habían de serle sumamente desagradables. Pero él insistió en exigirme que le enterase de todo, bueno y malo, y yo le dije que sería obedecido. Reconocí que nuestros houyhnhnms, que nosotros llamábamos caballos, eran los más generosos y bellos animales que teníamos, y que se distinguían por su fuerza y su ligereza; y cuando pertenecían a personas de calidad que los empleaban para viajar, correr en concursos o arrastrar carruajes, eran tratados con gran regalo y atención, hasta que contraían alguna enfermedad o se despeaban. Llegado este caso, eran vendidos y dedicados a las más ingratas faenas hasta su muerte, y después de ella se les arrancaba la piel, que era vendida para varios usos, y se dejaba el cuerpo para que lo devorasen perros y aves de rapiña. Mas los caballos de raza corriente no tenían tan buena fortuna, pues estaban en manos de labradores y carreteros, que les hacían trabajar más y les daban de comer peor. Describí lo mejor que pude cómo montamos a caballo, la forma y el uso de la brida, la silla, la espuela y el látigo, el arnés y las ruedas. Añadí que les fijábamos planchas de cierta materia dura, llamada hierro, en los extremos de las patas, para evitar que se les rompiesen los cascos contra los caminos empedrados, por donde caminábamos con frecuencia. Mi amo, después de algunas expresiones de gran indignación, se asombró de que nos arriesgásemos a subirnos en el lomo de un houyhnhnm, pues estaba seguro de que el más débil criado de su casa era capaz de sacudirse al yahoo más fuerte, o de aplastarle echándose al suelo y revolcándose sobre el lomo. Le contesté que nuestros caballos eran amaestrados desde que tenían tres o cuatro años según el uso a que se destinaba a cada cual; que si alguno resultaba extremadamente indócil, se le dedicaba al tiro; que se les pegaba duramente cuando eran jóvenes, por cualquier travesura, y que, indudablemente, eran sensibles a la recompensa y al castigo. Pero su señoría se sirvió considerar que tales houyhnhnms no tenían el menor rastro de entendimiento, ni más ni menos que los yahoos de su país. Me costó recurrir a numerosas circunlocuciones el dar a mi amo idea exacta de lo que decía, pues su idioma no es abundante en variedad de palabras, porque las necesidades y pasiones de ellos son menos que las nuestras. Pero es imposible pintar su noble resentimiento por el trato salvaje que dábamos a la raza houyhnhnm. Dijo que si era posible que hubiese un país donde solamente los yahoos estuvieran dotados de razón, sin duda deberían ser el animal dominador, porque, a la larga, siempre la razón prevalecerá sobre la fuerza bruta. Pero considerando la hechura de nuestro cuerpo, y particularmente del mío, pensaba que no existía un ser de parecida corpulencia tan mal conformado para emplear el tal raciocinio en los fines corrientes de la vida; por lo cual me preguntó si aquellos entre quienes yo vivía se parecían a mí o a los yahoos de su tierra. Le aseguré que yo estaba formado como la mayor parte de los de mi edad, pero que los jóvenes y las hembras eran mucho más tiernos y delicados, y la piel de las últimas tan blanca como la leche, por regla general. Díjome que, sin duda, yo me diferenciaba de los otros yahoos en ser mucho más limpio y no tan extremadamente feo; pero en punto a ventajas positivas, pensaba que las diferencias iban en perjuicio mío. Ni las uñas de las patas delanteras ni las de las traseras me servían para nada. En cuanto a las patas delanteras, no podía darles en realidad tal nombre, ya que nunca había visto que anduviese con ellas; eran demasiado blandas para apoyarse en el suelo; generalmente las llevaba descubiertas, y las cubiertas que a veces les ponía no eran de la misma forma ni resistencia que las que llevaba en las patas de atrás. No podía marchar con seguridad, pues si se me escurría una de las patas traseras daría en tierra con mi cuerpo inevitablemente. Comenzó luego a poner faltas a otras partes de mi cuerpo: lo plano de mi cara, lo prominente de mi nariz, la colocación delantera de mis ojos, de modo que no podía mirar a los lados sin volver la cabeza, que no podía comer sin levantar hasta la boca una de las patas delanteras, remos éstos que la Naturaleza me había dado, por consiguiente, respondiendo a tal necesidad. No sabía para qué podrían servirme aquellas rajas y divisiones de las patas de delante; éstas eran demasiado blandas para soportar la dureza y los filos de las piedras sin una cubierta hecha de la piel de algún otro animal; todo mi cuerpo necesitaba contra el calor y el frío una defensa, que tenía que ponerme y quitarme todos los días, con el fastidio y la molestia consiguientes. Y, por último, él había observado que en su país todos los animales aborrecían naturalmente a los yahoos, que eran evitados por los más débiles, y apartados por los más fuertes; así que, aun suponiendo que estuviésemos dotados de razón, no podía comprender cómo era posible curar esa natural antipatía que todos los seres demostraban por nosotros, ni, por lo tanto, cómo podíamos amansarlos y servirnos de ellos. No obstante, dijo que no discutiría más la cuestión, porque tenía los mayores deseos de conocer mi historia, en qué país había nacido y los diversos actos y acontecimientos de mi vida hasta que había llegado allí. Le aseguré que tendría grandísimo gusto en darle en todos los puntos entera satisfacción; pero dudaba mucho de que me fuese posible explicarme en algunas materias de que su señoría no tenía seguramente la más pequeña idea, pues no veía yo en su país con qué poder compararlas. Sin embargo, haría cuanto estuviese en mi mano y me esforzaría por expresarme con símiles, y le suplicaba humildemente su ayuda para cuando me faltase la palabra propia, asistencia que se dignó prometerme. Le dije que había nacido de padres honrados, en una isla llamada Inglaterra, muy apartada de su país, a tantas jornadas como el criado más robusto de su señoría pudiese hacer durante el curso anual del sol. Que me hicieron cirujano, oficio que consistía en curar heridas y daños del cuerpo recibidos por azar o por violencia. Que mi país estaba gobernado por una hembra del hombre, llamada reina. Que yo salí de él para obtener riquezas con que mantenerme y mantener a mi familia cuando regresara. Que en mi último viaje yo era capitán del barco y llevaba cincuenta yahoos a mis órdenes, muchos de los cuales murieron en el mar, por lo que tuve que substituirlos con otros recogidos en diferentes naciones. Que nuestro barco estuvo dos veces en riesgo de irse a pique: la primera, a causa de una tempestad, y la segunda, por haber embestido contra una roca. Al llegar aquí me interrumpió mi amo preguntándome cómo había podido persuadir a extranjeros de otras naciones a aventurarse conmigo, después de las pérdidas que ya había sufrido y los peligros en que me había encontrado. Le dije que eran gentes de suerte desesperada, forzada a huir de los lugares en que habían nacido a causa de su pobreza o de sus crímenes. Unos estaban arruinados por pleitos; a otros fuéseles cuanto tenían tras la bebida, el lupanar y el juego; otros escapaban por traición; muchos, por asesinato, hurto, envenenamiento, robo, perjurio, falsedad, acuñación de moneda falsa, prófugos de su bandera o desertores al campo enemigo, y la mayor parte habían quebrantado prisión. Ninguno de los tales se atrevía a volver a su país natal por miedo de morir ahorcado o de hambre en una cárcel; y de consiguiente, se veían en la necesidad de buscar medio de vida en otros sitios. Durante este discurso mi amo se dignó interrumpirme varias veces. Había yo empleado muchas circunlocuciones para pintarle la naturaleza de los diferentes crímenes que habían forzado o, la mayor parte de los que formaban la tripulación a huir de su país. Consumí en esta tarea varios días de conversación, primero que pudiese comprenderme. No le cabía en la cabeza cuál podría ser la conveniencia o la necesidad de practicar aquellos vicios, lo que yo intenté aclararle dándole alguna idea de los deseos de pobres y ricos, de los efectos terribles de la lujuria, la intemperancia, la maldad y la envidia. Tuve que definirlo y describirlo todo poniendo ejemplos y haciendo suposiciones; después de lo cual, como si su imaginación hubiera recibido el choque de algo jamás visto ni oído, alzó los ojos con asombro e indignación. El poder, el gobierno, la guerra, la ley, el castigo y mil cosas más no tenían en aquel idioma palabra que los expresara, por lo que encontré dificultades casi insuperables para dar a mi amo idea de lo que quería decirle. Pero como tenía excelente entendimiento, desarrollado por la observación y la plática, llegó, por fin, a un conocimiento suficiente de lo que es capaz de hacer la naturaleza humana en las partes del mundo que habitamos nosotros, y me pidió que le diese cuenta en particular de esa tierra que llamamos Europa, y especialmente de mi país. Capítulo VEl autor, obedeciendo órdenes de su amo, informa a éste del estado de Inglaterra. -Las causas de guerra entre los príncipes de Europa. -El autor comienza a exponer la Constitución inglesa. Me permito advertir al lector que el siguiente extracto de muchas conversaciones que con mi amo sostuve contiene un sumario de los extremos de más consecuencia, sobre los cuales discurrimos en varias veces durante el transcurso de más de dos años, pues su señoría me iba pidiendo nuevas explicaciones conforme yo iba progresando en la lengua houyhnhnm. Le expuse lo mejor que pude el completo estado de Europa; diserté sobre comercio e industria, sobre artes y ciencias; y las respuestas que yo daba a todas sus preguntas sobre las diversas materias venían a ser un fondo inagotable de conversación. Pero sólo voy a trasladar la substancia de lo que tratamos respecto de mi país, ordenándolo como pueda, sin atención al tiempo ni a otras circunstancias, con tal de no apartarme un punto de la verdad. Mi único temor es que no sé si podré hacer justicia a los argumentos y expresiones de mi amo, los cuales habrán de resentirse necesariamente de mi falta de capacidad, así como de la traducción a nuestro bárbaro inglés. Obedeciendo los mandatos de su señoría, le relaté la revolución bajo el reinado del príncipe de Orange; la larga guerra con Francia a que dicho príncipe se lanzó, y que fue renovada por su sucesora, la actual reina, y en la cual, que todavía continuaba, aparecían comprometidas las más grandes potencias de la cristiandad. A instancia suya, calculé que en el curso de ella habrían muerto como medio millón de yahoos, y tal vez sido tomadas un ciento o más de ciudades e incendiados o hundidos barcos por cinco veces ese número. Me preguntó cuáles eran las causas o motivos que generalmente conducían a un país a guerrear con otro. Le contesté que eran innumerables y que iba a mencionarle solamente algunas de las más importantes. Unas veces, la ambición de príncipes que nunca creen tener bastantes tierras y gentes sobre que mandar; otras, la corrupción de ministros que comprometen a su señor en una guerra para ahogar o desviar el clamor de los súbditos contra su mala administración. La diferencia de opiniones ha costado muchos miles de vidas. Por ejemplo: si la carne era pan o el pan carne; si el jugo de cierto grano era sangre o vino; si silbar era un vicio o una virtud; si era mejor besar un poste o arrojarlo al fuego; qué color era mejor para una chaqueta, si negro, blanco, rojo o gris, y si debía ser larga o corta, ancha o estrecha, sucia o limpia, con otras muchas cosas más. Y no ha habido guerras tan sangrientas y furiosas, ni que se prolongasen tanto tiempo, como las ocasionadas por diferencias de opinión, en particular si era sobre cosas indiferentes. A veces la contienda entre dos príncipes es para decidir cuál de ellos despojará a un tercero de sus dominios, sobre los cuales ninguno de los dos exhibe derecho ninguno. A veces un príncipe riñe con otro por miedo de que el otro riña con él. A veces se entra en una guerra porque el enemigo es demasiado fuerte, y a veces porque es demasiado débil. A veces nuestros vecinos carecen de las cosas que tenemos nosotros o tienen las cosas de que nosotros carecemos, y contendemos hasta que ellos se llevan las nuestras o nos dan las suyas. Es causa muy justificable para una guerra el propósito de invadir un país cuyos habitantes acaban de ser diezmados por el hambre, o destruídos por la peste, o desunidos por las banderías. Es justificable mover guerra a nuestro más íntimo aliado cuando una de sus ciudades está enclavada en punto conveniente para nosotros, o una región o territorio suyo haría nuestros dominios más redondos y completos. Si un príncipe envía fuerzas a una nación donde las gentes son pobres e ignorantes, puede legítimamente matar a la mitad de ellas y esclavizar a las restantes para civilizarlas y redimirlas de su bárbaro sistema de vida. Es muy regia, honorable y frecuente práctica cuando un príncipe pide la asistencia de otro para defenderse de una invasión, que el favorecedor, cuando ha expulsado a los invasores, se apodere de los dominios por su cuenta, y mate, encarcele o destierre al príncipe a quien fue a remediar. Los vínculos de sangre o matrimoniales son una frecuente causa de guerra entre príncipes, y cuanto más próximo es el parentesco, más firme es la disposición para reñir. Las naciones pobres están hambrientas, y las naciones ricas son orgullosas, y el orgullo y el hambre estarán en discordia siempre. Por estas razones, el oficio de soldado se considera como el más honroso de todos; pues un soldado es un yahoo asalariado para matar a sangre fría, en el mayor número que le sea posible, individuos de su propia especie que no le han ofendido nunca. Asimismo existe en Europa una clase de miserables príncipes, incapaces de hacer la guerra por su cuenta, que alquilan sus tropas a naciones más ricas por un tanto al día cada hombre; de esto guardan para sí los tres cuartos y sacan la parte mejor de su sustento. Tales son los príncipes de Alemania y otras regiones del norte de Europa. «Lo que me has contado -dijo mi amo- sobre la cuestión de las guerras, sin duda revela muy admirablemente los efectos de esa razón que os atribuís; sin embargo, es fortuna que resulte mayor la vergüenza que el peligro, ya que la Naturaleza os ha hecho incapaces de causar gran daño. Con vuestras bocas, al nivel mismo de la cara, no podéis morderos uno a otro con resultado, a menos que os dejéis; y en cuanto a las garras de las patas delanteras y traseras, son tan cortas y blandas, que uno sólo de nuestros yahoos se llevaría por delante a una docena de los vuestros. Por lo tanto, no puedo por menos de pensar que al referirte al número de los muertos en batalla has dicho la cosa que no es.» No pude contener un movimiento de cabeza y una ligera sonrisa ante su ignorancia. Y, como no me era ajeno el arte de la guerra, le hablé de cañones, culebrinas, mosquetes, carabinas, pistolas, balas, pólvoras, espadas, bayonetas, batallas, sitios, retiradas, ataques, minas, contraminas, bombardeos, combates navales, buques hundidos con un millar de hombres, veinte mil muertos de cada parte, gemidos de moribundos, miembros volando por el aire, humo, ruido, confusión, muertes por aplastamiento bajo las patas de los caballos, huidas, persecución, victoria, campos cubiertos de cadáveres que sirven de alimento a perros, lobos y aves de rapiña; pillajes, despojos, estupros, incendios y destrucciones. Y para enaltecer el valor de mis queridos compatriotas, le aseguré que yo les había visto volar cien enemigos de una vez en un sitio y otros tantos en un buque, y había contemplado cómo caían de las nubes hechos trizas los cuerpos muertos, con gran diversión de los espectadores. Iba a pasar a nuevos detalles, cuando mi amo me ordenó silencio. Díjome que cualquiera que conociese el natural de los yahoos podía fácilmente creer posible en un animal tan vil todas las acciones a que yo me había referido, si su fuerza y su astucia igualaran a su maldad. Pero advertía que mi discurso, al tiempo que aumentaba su aborrecimiento por la especie entera, había llevado a su inteligencia una confusión que hasta allí le era desconocida totalmente. Pensaba que sus oídos, hechos a tan abominables palabras, pudieran, por grados, recibirlas con menos execración. Añadió que, aunque él odiaba a los yahoos de su país, nunca los había culpado de sus detestables cualidades de modo distinto que culpaba a una gnnayh (ave de rapiña) de su crueldad, o a una piedra afilada de cortarle el casco; pero cuando un ser que se atribuía razón se sentía capaz de tales enormidades, le asaltaba el temor de que la corrupción de esta facultad fuese peor que la brutalidad misma. Con todo, confiaba en que no era razón lo que poseíamos, sino solamente alguna cierta cualidad apropiada para aumentar nuestros defectos naturales; de igual modo que en un río de agitada corriente se refleja la imagen de un cuerpo disforme, no sólo mayor, sino también mucho más desfigurada. Añadió que ya había oído hablar demasiado de guerras tanto en aquella como en anteriores pláticas, y había otro extremo que le tenía en la actualidad un poco perplejo. Le había yo dicho que algunos hombres de nuestra tripulación habían salido de su país a causa de haberles arruinado la ley, palabra ésta cuyo significado le había explicado ya; pero no podía comprender cómo era posible que la ley, creada para la protección de todos los hombres, pudiera ser la ruina de ninguno. Por consiguiente, me rogaba que le enterase mejor de lo que quería decirle cuando le hablaba de ley y de los dispensadores de ella, con arreglo a la práctica de mi país, porque él suponía que la Naturaleza y la razón eran guías suficientes para indicar a un animal razonable, como nosotros imaginábamos ser, qué debía hacer y qué debía evitar. Aseguré a su señoría que la ley no era ciencia en que yo fuese muy perito, pues no había ido más allá de emplear abogados inútilmente con ocasión de algunas injusticias que se me habían hecho; sin embargo, le informaría hasta donde mis alcances llegaran. Díjele que entre nosotros existía una sociedad de hombres educados desde su juventud en el arte de probar con palabras multiplicadas al efecto que lo blanco es negro y lo negro es blanco, según para lo que se les paga. «El resto de las gentes son esclavas de esta sociedad. Por ejemplo: si mi vecino quiere mi vaca, asalaria un abogado que pruebe que debe quitarme la vaca. Entonces yo tengo que asalariar otro para que defienda mi derecho, pues va contra todas las reglas de la ley que se permita a nadie hablar por si mismo. Ahora bien; en este caso, yo, que soy el propietario legítimo, tengo dos desventajas. La primera es que, como mi abogado se ha ejercitado casi desde su cuna en defender la falsedad, cuando quiere abogar por la justicia -oficio que no le es natural- lo hace siempre con gran torpeza, si no con mala fe. La segunda desventaja es que mi abogado debe proceder con gran precaución, pues de otro modo le reprenderán los jueces y le aborrecerán sus colegas, como a quien degrada el ejercicio de la ley. No tengo, pues, sino dos medios para defender mi vaca. El primero es ganarme al abogado de mi adversario con un estipendio doble, que le haga traicionar a su cliente insinuando que la justicia está de su parte. El segundo procedimiento es que mi abogado dé a mi causa tanta apariencia de injusticia como le sea posible, reconociendo que la vaca pertenece a mi adversario; y esto, si se hace diestramente, conquistará sin duda, el favor del tribunal. Ahora debe saber su señoría que estos jueces son las personas designadas para decidir en todos los litigios sobre propiedad, así como para entender en todas las acusaciones contra criminales, y que se los saca de entre los abogados más hábiles cuando se han hecho viejos o perezosos; y como durante toda su vida se han inclinado en contra de la verdad y de la equidad, es para ellos tan necesario favorecer el fraude, el perjurio y la vejación, que yo he sabido de varios que prefirieron rechazar un pingüe soborno de la parte a que asistía la justicia a injuriar a la Facultad haciendo cosa impropia de la naturaleza de su oficio. »Es máxima entre estos abogados que cualquier cosa que se haya hecho ya antes puede volver a hacerse legalmente, y, por lo tanto, tienen cuidado especial en guardar memoria de todas las determinaciones anteriormente tomadas contra la justicia común y contra la razón corriente de la Humanidad. Las exhiben, bajo el nombre de precedentes, como autoridades para justificar las opiniones más inicuas, y los jueces no dejan nunca de fallar de conformidad con ellas. »Cuando defienden una causa evitan diligentemente todo lo que sea entrar en los fundamentos de ella; pero se detienen, alborotadores, violentos y fatigosos, sobre todas las circunstancias que no hacen al caso. En el antes mencionado, por ejemplo, no procurarán nunca averiguar qué derechos o títulos tiene mi adversario sobre mi vaca; pero discutirán si dicha vaca es colorada o negra, si tiene los cuernos largos o cortos, si el campo donde la llevo a pastar es redondo o cuadrado, si se la ordeña dentro o fuera de casa, a qué enfermedades está sujeta y otros puntos análogos. Después de lo cual consultarán precedentes, aplazarán la causa una vez y otra, y a los diez, o los veinte, o los treinta años, se llegará a la conclusión. »Asimismo debe consignarse que esta sociedad tiene una jerigonza y jerga particular para su uso, que ninguno de los demás mortales puede entender, y en la cual están escritas todas las leyes, que los abogados se cuidan muy especialmente de multiplicar. Con lo que han conseguido confundir totalmente la esencia misma de la verdad y la mentira, la razón y la sinrazón, de tal modo que se tardará treinta años en decidir si el campo que me han dejado mis antecesores de seis generaciones me pertenece a mí o pertenece a un extraño que está a trescientas millas de distancia. »En los procesos de personas acusadas de crímenes contra el Estado, el método es mucho más corto y recomendable: el juez manda primero a sondear la disposición de quienes disfrutan el poder, y luego puede con toda comodidad ahorcar o absolver al criminal, cumpliendo rigurosamente todas las debidas formas legales.» Aquí mi amo interrumpió diciendo que era una lástima que seres dotados de tan prodigiosas habilidades de entendimiento como estos abogados habían de ser, según el retrato que yo de ellos hacía, no se dedicasen más bien a instruir a los demás en sabiduría y ciencia. En respuesta a lo cual aseguré a su señoría que en todas las materias ajenas a su oficio eran ordinariamente el linaje más ignorante y estúpido; los más despreciables en las conversaciones corrientes, enemigos declarados de la ciencia y el estudio e inducidos a pervertir la razón general de la Humanidad en todos los sujetos de razonamiento, igual que en los que caen dentro de su profesión. Capítulo VIContinuación del estado de Inglaterra. -Carácter de un primer ministro de Estado en las Cortes europeas. Mi amo seguía sin explicarse de ningún modo qué motivos podían excitar a esta raza de abogados a atormentarse, inquietarse, molestarse y constituirse en una confederación de injusticia sencillamente con el propósito de hacer mala obra a sus compañeros de especie; y tampoco entendía lo que yo quería decirle cuando le hablaba de que lo hacían por salario. Me vi y me deseé para explicarle el uso de la moneda, las materias de que se hace y el valor de los metales; que cuando un yahoo lograba reunir buen repuesto de esta materia preciosa podía comprar lo que le viniera en gana, los más lindos vestidos, las casas mejores, grandes extensiones de tierra, las viandas y bebidas más costosas, y podía elegir las hembras más bellas. En consecuencia, como sólo con dinero podían lograrse estos prodigios, nuestros yahoos creían no tener nunca bastante para gastar o para guardar, según que una propensión natural en ellos los inclinase al despilfarro o a la avaricia. Le expliqué que los ricos gozaban el fruto del trabajo de los pobres, y los últimos eran como mil a uno en proporción a los primeros, y que la gran mayoría de nuestras gentes se veían obligadas a vivir de manera miserable, trabajando todos los días por pequeños salarios para que unos pocos viviesen en la opulencia. Me extendí en estos y otros muchos detalles encaminados al mismo fin; pero su señoría seguía sin entenderme, pues partía del supuesto de que todos los animales tienen derecho a los productos de la tierra, y mucho más aquellos que dominan sobre todos los otros. De consiguiente, me pidió que le diese a conocer cuáles eran aquellas costosas viandas y cómo se nos ocurría desearlas a ninguno. Le enumeré cuantas se me vinieron a la memoria, con los diversos métodos para aderezarlas, cosa ésta que no podía hacerse sin enviar embarcaciones por mar a todas las partes de la tierra, así como para buscar licores que beber y salsas y otros innumerables ingredientes. Le aseguré que había que dar tres vueltas por lo menos a toda la redondez del mundo para que uno de nuestros yahoos hembras escogidos pudiese tomar el desayuno o tener una taza en que verterlo. Díjome que había de ser aquél un país bien pobre cuando no producía alimento para sus habitantes; pero lo que le asombraba principalmente era que en aquellas vastas extensiones de terreno que yo pintaba faltase tan por completo el agua dulce, que la gente tuviese precisión de ir a buscar que beber más allá del mar. Le repliqué que Inglaterra -el lugar amado en que yo había nacido- se calculaba que producía tres veces la cantidad de alimento que podrían consumir sus habitantes, así como licores extraídos de semillas o sacados, por presión, de los frutos de ciertos árboles, que son excelentes bebidas, y que la misma proporción existe por lo que hace a las demás necesidades de la vida. Mas para alimentar la lascivia y la intemperancia de los machos y la vanidad de las hembras, enviábamos a otros países la mayor parte de nuestras cosas precisas, y recibíamos a cambio los elementos de enfermedades, extravagancias y vicios para consumirlos nosotros. De aquí se sigue necesariamente que nuestras gentes, en gran numero, se ven empujadas a buscar su medio de vida en la mendicidad, el robo, la estafa, el fraude, el perjurio, la adulación, el soborno, la falsificación, el juego, la mentira, la bajeza, la baladronada, el voto, el garrapateo, la vista gorda, el envenenamiento, la hipocresía, el libelo, el filosofismo y otras ocupaciones análogas; términos todos éstos que me costó grandes trabajos hacerle comprender. Añadí que el vino no lo importábamos de países extranjeros para suplir la falta de agua y otras bebidas, sino porque era una clase de licor que nos ponía alegres por el sistema de hacernos perder el juicio; divertía los pensamientos melancólicos, engendraba en nuestro cerebro disparatadas y extravagantes ideas, realzaba nuestras esperanzas y desterraba nuestros temores; durante algún tiempo suspendía todas las funciones de la razón y nos privaba del uso de nuestros miembros, hasta que caíamos en un sueño profundo. Aunque debía reconocerse que nos despertábamos siempre indispuestos y abatidos y que el uso de este licor nos llenaba de enfermedades que nos hacían la vida desagradable y corta. «Pero además de todo esto -agregué-, la mayoría de las personas se mantienen en nuestra tierra satisfaciendo las necesidades o los caprichos de los ricos y viendo los suyos satisfechos mutuamente. Por ejemplo: cuando yo estoy en mi casa y vestido como tengo que estar, llevo sobre mi cuerpo el trabajo de cien menestrales; la edificación y el moblaje de mi casa suponen el empleo de otros tantos, y cinco veces ese número el adorno de mi mujer.» En varias ocasiones había contado a su señoría que muchos hombres de mi tripulación habían muerto de enfermedad, y así, pasé a hablarle de otra clase de gente que gana su vida asistiendo a los enfermos. Pero aquí sí que tropecé con las mayores dificultades para llevarle a comprender lo que decía. Él podía concebir fácilmente que un houyhnhnm se sintiera débil y pesado unos días antes de morir, o que, por un accidente, se rompiese un miembro; pero que la Naturaleza, que lo hace todo a la perfección, consintiese que en nuestros cuerpos se produjera dolor ninguno, le parecía de todo punto imposible, y quería saber la causa de mal tan inexplicable. Yo le dije que nos alimentábamos con mil cosas que operaban opuestamente; que comíamos sin tener hambre y bebíamos sin que nos excitara la sed; que pasábamos noches enteras bebiendo licores fuertes, sin comer un bocado, lo que nos disponía a la pereza, nos inflamaba el cuerpo y precipitaba o retardaba la digestión. Añadí que no acabaríamos nunca si fuese a darle un catálogo de todas las enfermedades a que está sujeto el cuerpo humano, pues no serían menos de quinientas o seiscientas, repartidas por todos los miembros y articulaciones; en suma: cada parte externa o interna tenía sus enfermedades propias. Para remediarlas existía entre nosotros una clase de gentes instruidas en la profesión o en la pretensión de curar a los enfermos. Y como yo era bastante entendido en el oficio, por gratitud hacia su señoría iba a darle a conocer todo el misterio y el método con que procedíamos. Pero además de las enfermedades verdaderas estamos sujetos a muchas que son nada más que imaginarias, y para las cuales los médicos han inventado curas imaginarias también. Las tales tienen sus diversos nombres, así como las drogas apropiadas a cada cual, y con las tales hállanse siempre inficionados nuestros yahoos hembras. Una gran excelencia de esta casta es su habilidad para los pronósticos, en los que rara vez se equivocan. Sus predicciones en las enfermedades reales que han alcanzado cierto grado de malignidad anuncian generalmente la muerte, lo que siempre está en su mano, mientras el restablecimiento no lo está; y, por lo tanto, cuando, después de haber pronunciado su sentencia, aparece algún inesperado signo de mejoría, antes que ser acusados de falsos profetas, saben cómo certificar su sagacidad al mundo con una dosis oportuna. Asimismo resulta de especial utilidad para maridos y mujeres que están aburridos de su pareja, para los hijos mayores, para los grandes ministros de Estado, y a menudo para los príncipes. Había yo tenido ya ocasión de discurrir con mi amo sobre la naturaleza del gobierno en general, y particularmente sobre nuestra magnífica Constitución, legítima maravilla y envidia del mundo entero. Pero como acabase de nombrar incidentalmente a un ministro de Estado, me mandó al poco tiempo que le informase de qué especie de yahoos era lo que yo designaba con tal nombre en particular. Le dije que un primer ministro, o ministro presidente, que era la persona que iba a pintarle, era un ser exento de alegría y dolor, amor y odio, piedad y cólera, o, por lo menos, que no hace uso de otra pasión que un violento deseo de riquezas, poder y títulos. Emplea sus palabras para todos los usos, menos para indicar cuál es su opinión; nunca dice la verdad sino con la intención de que se tome por una mentira, ni una mentira sino con el propósito de que se tome por una verdad. Aquellos de quienes peor habla en su ausencia son los que están en camino seguro de predicamento, y si empieza a hacer vuestra alabanza a otros o a vosotros mismos, podéis consideraros en el abandono desde aquel instante. Lo peor que de él se puede recibir es una promesa, especialmente cuando va confirmada por un juramento; después de esta prueba, todo hombre prudente se retira y renuncia a todas las esperanzas. Tres son los métodos por que un hombre puede elevarse a primer ministro: el primero es saber usar con prudencia de una esposa, una hija o una hermana; el segundo, traicionar y minar el terreno al predecesor, y el tercero, mostrar en asambleas públicas furioso celo contra las corrupciones de la corte. Pero un príncipe preferirá siempre a los que practican el último de estos métodos; porque tales celosos resultan siempre los más rendidos y subordinados a la voluntad y a las pasiones de su señor. Estos ministros, como tienen todos los empleos a su disposición, se mantienen en el Poder corrompiendo a la mayoría de un Senado o un gran Consejo; y, por último, por medio de un expediente llamado Acta de Indemnidad -cuya naturaleza expliqué a mi amo-, se aseguran contra cualquier ajuste de cuentas que pudiera sobrevenir y se retiran de la vida pública cargados con los despojos de la nación. El palacio de un primer ministro es un seminario donde otros se educan en el mismo oficio. Pajes, lacayos y porteros, por imitación de su señor, se convierten en ministros de Estado de sus jurisdicciones respectivas y cuidan de sobresalir en los tres principales componentes de insolencia, embuste y soborno. De este modo tienen cortes subalternas que les pagan personas del más alto rango, y, a veces, por la fuerza de la habilidad y de la desvergüenza, llegan, después de diversas gradaciones, a sucesores del señor. El primer ministro está gobernado ordinariamente por una mujerzuela degenerada o por un lacayo favorito, que son los túneles por donde se conduce toda gracia y que, a fin de cuentas, pueden ser propiamente los calificados de verdaderos gobernadores del reino. Conversando un día, mi amo, que me había oído hablar de la nobleza de mi país, se dignó tener conmigo una galantería que yo no hubiera soñado merecer, y consistió en decirme que estaba seguro de que yo había de proceder de alguna familia noble, pues aventajaba con mucho a todos los yahoos de una nación en forma, color y limpieza, aunque pareciera cederles en fuerza y agilidad, lo que debía achacarse a mi modo de vivir, diferente del de aquellos otros animales; y, además, no sólo estaba yo dotado del uso de la palabra, sino también con algunos rudimentos de razón; a tal grado, que pasaba por un prodigio entre todos sus conocimientos. Hízome observar que, entre los houyhnhnms, el blanco, el alazán y el rucio obscuro no estaban tan bien formados como el bayo, el rucio rodado y el negro; ni tampoco nacían con iguales talentos ni capacidad de cultivarlos. De consiguiente, vivían siempre como criados, sin aspirar nunca a salirse de su casta, lo que se consideraría monstruoso y absurdo en el país. Di a su señoría las gracias más rendidas por la buena opinión que se había dignado formar de mí; pero le dije al mismo tiempo que mi extracción era modestísima, pues mis padres eran honradas gentes, sencillas, que gracias que hubiesen podido darme una mediana educación. Añadí que la nobleza entre nosotros era cosa por completo diferente de la que él entendía como tal; que nuestros jóvenes nobles se educan en la pereza y. en el lujo, y cuando casi han arruinado su fortuna se casan por el dinero con alguna mujer de principal nacimiento, desagradable y enfermiza, a quien odian y desprecian. Los frutos de tales matrimonios son, por regla general, niños escrofulosos, raquíticos o deformados; y en virtud de esto, la familia casi nunca pasa de tres generaciones, a menos que la esposa se cuide de buscar un padre saludable entre sus vecinos o sus criados para mejorar y perpetuar la estirpe. Un cuerpo enfermo y flojo, un rostro delgado y un cutis descolorido son las señales verdaderas de sangre noble; y una apariencia sana y robusta es una desgracia enorme en una persona de calidad, porque la gente deduce en seguida que el verdadero padre debió de ser un mozo de cuadra o un cochero. Las imperfecciones de la inteligencia corren parejas con las del cuerpo, y se concretan en una composición de melancolía, estupidez, ignorancia, capricho, sensualidad y orgullo. Sin el consentimiento de esta ilustre clase no puede hacerse, rechazarse ni alterarse ninguna ley; y de estas leyes dependen los fallos sobre todas nuestras propiedades, sin apelación. Capítulo VIIEl gran cariño del autor hacia su país natal. -Observaciones de su amo sobre la constitución y administración de Inglaterra, según los pinta el autor, en casos paralelos y comparaciones. -Observaciones de su amo sobre la naturaleza humana. Quizá el lector está a punto de maravillarse de cómo podía yo decidirme a hacer una tan franca pintura de mi propia especie entre una raza de mortales ya demasiado puesta a concebir la más baja opinión del género humano, dada la completa identidad entre sus yahoos y yo. Pero debo confesar sinceramente que las muchas virtudes de aquellos excelentes cuadrúpedos, puestas en parangón con las corrupciones humanas, de tal manera me habían abierto los ojos y avivado el entendimiento, que comenzaba a considerar las acciones y las pasiones del hombre con criterio muy distinto y a creer que el honor de mi raza no merece la pena de que se discurran arbitrios en su apoyo; lo que, además no me hubiera servido de nada ante personas de tan agudo entendimiento como mi amo, que a diario me llamaba la atención sobre mil faltas mías de que yo jamás me había dado la menor cuenta, y que entre nosotros nunca se hubiesen considerado en el número de las flaquezas humanas. Asimismo había aprendido en su ejemplo la enemiga más absoluta a la mentira y el disimulo; y la verdad me parecía tan digna de ser amada, que resolví sacrificarlo todo a ella. Voy a tener con el lector la ingenuidad de confesar que aún había un motivo mucho más poderoso para la franqueza que puse en mi descripción de las cosas. Todavía no llevaba un año en aquel país, y ya había concebido tal amor y veneración por los habitantes, que tomé la resolución firme de no volver jamás a sumarme a la especie humana y de pasar el resto de mi vida entre aquellos admirables houyhnhnms, en la contemplación y la práctica de todas las virtudes, donde no se me ofreciera ejemplo ni excitación para el vicio. Pero había previsto la fortuna, mi constante enemiga, que no fuera para mí tan gran felicidad. Sin embargo, me sirve ahora de consuelo pensar que en lo que dije de mis compatriotas atenué sus faltas todo lo que me atreví ante examinador tan riguroso, y di a todos los asuntos el giro más favorable que permitían. Porque ¿habrá en el mundo quien no se deje llevar de la parcialidad y la inclinación por el sitio de su nacimiento? He referido la esencia de las varias conversaciones que tuve con mi amo durante la mayor parte del tiempo que me cupo el honor de estar a su servicio; pero, en gracia a la brevedad, he omitido mucho más de lo que he consignado. Cuando ya hube contestado a todas sus preguntas y su curiosidad parecía totalmente satisfecha, mandó a buscarme una mañana temprano, y, mandándome sentar a cierta distancia -honor que nunca hasta allí me había dispensado-, díjome que había considerado seriamente toda mi historia, así en el punto que se refería a mi persona como en el que tocaba a mi país, y que nos miraba como una especie de animales a quienes había correspondido, por accidente que no podía imaginar, una pequeña porcioncilla de razón, de la cual no usábamos sino tomándola de ayuda para agravar nuestras naturales corrupciones y adquirir otras que no nos había dado la Naturaleza. Agregó que las pocas aptitudes que ésta nos había otorgado las habíamos perdido por nuestra propia culpa; habíamos logrado muy cumplidamente aumentar nuestras necesidades primitivas y parecíamos emplear la vida entera en vanos esfuerzos para satisfacerlas con nuestras invenciones. Por lo que a mí tocaba, era manifiesto que yo no tenía la fuerza ni la agilidad de un yahoo corriente; andaba débilmente sobre las patas traseras, y había descubierto un arbitrio para hacer mis garras inútiles e inservibles para mi defensa, y para quitarme el pelo de la cara, que indudablemente tenía por fin protegerla del sol y de las inclemencias del tiempo. En suma: que no podía ni correr con velocidad, ni trepar a los árboles como mis hermanos -así los llamaba él- los yahoos de su país. Añadió que nuestra institución de gobierno y de ley obedecía, sencillamente, a los grandes defectos de nuestra razón y, por consiguiente, de nuestra virtud, ya que la razón por sí sola es suficiente para dirigir un ser racional. Entendía, sin embargo, que ésta era una característica que no teníamos la pretensión de atribuirnos, como se desprendía incluso de la pintura que yo había hecho de mi pueblo, aunque percibía manifiestamente que para favorecer a mis compatriotas había ocultado muchos detalles y dicho muchas veces la cosa que no era. Tanto más se confirmaba en esta opinión cuanto que observaba que, así como mi cuerpo se correspondía en todas sus partes con el de los otros yahoos, salvo aquello que iba en notoria desventaja mía, cual lo relativo a fuerza, rapidez, actividad, cortedad de mis garras y algún otro punto en que la Naturaleza no tenía parte, del mismo modo descubría en la descripción que yo le había hecho de nuestra vida, nuestras costumbres y nuestros actos una muy estrecha semejanza en la disposición de nuestros entendimientos. Díjome que era sabido que los yahoos se odiaban entre sí mucho más que a especie diferente ninguna; y se daba ordinariamente como razón para esto lo abominable de su figura, que cada cual podía apreciar en los demás, pero no en sí mismo. Empezaba a pensar que no procedíamos torpemente al cubrirnos el cuerpo y, con este arbitrio, ocultarnos unos a otros muchas de nuestras fealdades, que de otro modo difícilmente podríamos soportar. Pero ya reconocía que había andado equivocado y que las disensiones que se veían en su país entre esta clase de animales se debían a la misma causa que las nuestras, según yo se las había referido. «Pues -dijo- si se echa entre cinco yahoos comida que bastaría para cincuenta, en vez de comerla pacíficamente, se engancharán de las orejas y rodarán por los suelos, ansioso cada uno de quedarse con todo para él solo.» Por tanto, solía ponerse a un criado cerca cuando comían en el campo, y los que se tenían en casa estaban atados a cierta distancia unos de otros. Tanto era así, que si moría una vaca de vieja o por accidente, y no iba en seguida un houyhnhnm a guardarla para sus propios yahoos, acudían todos los del vecindario en manada a apoderarse de ella y libraban batallas como las descritas por mí, de que resultaban con terribles heridas en los costados, abiertas con las garras, aunque rara vez llegaran a matarse, por falta de instrumentos de muerte análogos a los que habíamos inventado nosotros. En otras ocasiones se habían reñido análogas batallas entre los yahoos de vecindarios distintos sin causa alguna aparente. Los de una región acechaban la oportunidad de sorprender a los de la inmediata sin que pudieran apercibirse; pero si el proyecto les fracasaba, se volvían a sus casas, y, a falta de enemigos, ellos mismos se empeñaban en lo que yo llamaba una guerra civil. Añadió que en ciertos campos de su país había unas piedras brillantes de varios colores que gustaban a los yahoos con pasión; y cuando piedras de éstas, en cierta cantidad, como acontecía a menudo, estaban adheridas a la tierra, cavaban los yahoos con las garras días enteros hasta lograr sacarlas, y luego se las llevaban y las ocultaban en sus covachas, formando montón; todo ello mirando con grandes precauciones para impedir que los compañeros descubriesen el tesoro. Dijo mi amo que nunca había podido comprender la razón de este apetito, contrario a las leyes naturales, ni para qué podrían servir a un yahoo aquellas piedras; pero ahora suponía que se derivaba del mismo principio de avaricia que yo había atribuido a la Humanidad. Contóme que una vez, como experimento, había quitado secretamente un montón de estas piedras del lugar en que lo había enterrado uno de los yahoos. El sórdido animal, al echar de menos su tesoro, había atraído a toda la manada al lugar donde él aullaba tristemente, y después se había precipitado a morder y arañar a los demás. Empezó a languidecer, y no quiso comer, dormir, ni trabajar hasta que él mandó a su criado trasladar secretamente las piedras al mismo hoyo y esconderlas como estaban antes, con lo cual el yahoo, cuando lo hubo descubierto, recobró sus energías y su buen humor -aunque tuvo cuidado de llevar las piedras a un mejor escondrijo-, y fue desde entonces una bestia muy dócil. Mi amo me aseguró, y yo pude observarlo personalmente, que en los campos donde abundaban estas piedras brillantes se reñían combates y frecuentísimas batallas, ocasionadas por incesantes incursiones de los yahoos vecinos. Dijo que era frecuente, cuando dos yahoos que habían encontrado una piedra de éstas en un campo reñían por su propiedad, que un tercero se aprovechase del momento y escapara, dejando sin ella a los dos; lo que mi amo afirmaba que era en cierto modo semejante a nuestros procesos judiciales. Yo, por favorecer nuestro buen nombre, no quise desengañarle de ello, ya que la solución que él mencionaba era notablemente más equitativa que muchas de nuestras sentencias; pues allí el demandante y el demandado no pierden más que la piedra por que pleitean, al tiempo que nuestros tribunales de justicia jamás abandonan una causa mientras les queda algo a alguno de los dos. Continuando su discurso, dijo mi amo que nada se le hacía tan repugnante en los yahoos como su inconfundible apetito de devorar todo lo que hallaban en su camino, lo mismo si eran hierbas, que raíces, que granos, que carne de animales corrompida, que todas estas cosas revueltas; y era peculiar condición de su carácter gustar más de lo que adquirían por rapiña o hurto, o a una gran distancia, que de la comida que en casa se disponía para ellos. Si el botín daba de sí lo bastante, comían hasta casi reventar, y, para después, la Naturaleza les había indicado una cierta raíz que les producía una evacuación general. Había otra clase de raíces muy jugosas, pero algo raras y difíciles de encontrar, por las cuales los yahoos reñían con gran empeño, y que chupaban con gran deleite; les producía los mismos efectos que el vino a nosotros. Unas veces les hacía acariciarse; otras, arañarse unos a otros: aullaban, gesticulaban, parloteaban, hacían eses y daban tumbos, y luego caían dormidos en el lodo. Yo observé, ciertamente, que los yahoos eran los únicos animales de aquel país sujetos a enfermedades; las cuales, sin embargo, eran en mucho menor número que las que sufren los caballos entre nosotros, y no contraídas por ningún mal trato, sino por la suciedad y el ansia de aquellos sórdidos animales. Ni tampoco tienen en el idioma más que una denominación general para aquellas enfermedades, derivada del nombre de la bestia, que es hnea-yahoo, o sea el mal del yahoo. En cuanto a las ciencias, el gobierno, las artes, las manufacturas y cosas parecidas, confesó mi amo que encontraba poca o ninguna semejanza entre los yahoos de nuestro país y los del suyo; pues, por otra parte, sólo se había propuesto indicar la paridad de nuestras naturalezas. Cierto que había oído decir a algunos houyhnhnms curiosos que en la mayor parte de las manadas había una especie de yahoo director -igual que en nuestros parques suele haber un ciervo que es como el jefe o conductor de los otros-, que siempre era más feo de cuerpo y más perverso de condición que todos los demás. Este director solía tener un favorito, lo más parecido a él que pudiese encontrar, y que era siempre odiado por la manada; así que, para protegerse, se mantenía siempre cerca del individuo director. Por regla general, continúa en su oficio hasta que se encuentra otro peor; pero en el momento en que queda descartado, su sucesor, a la cabeza de todos los yahoos de la región, jóvenes y viejos, machos y hembras, formando un solo cuerpo, acude a atacarle. Mi amo dijo que yo podía juzgar mejor que él hasta qué punto esto podía ser comparable a nuestras cortes y nuestros favoritos. No me atreví a replicar a esta malévola insinuación, que colocaba el entendimiento humano por bajo de la sagacidad de un simple sabueso, que tiene criterio suficiente para distinguir y obedecer el ladrido del perro más experimentado de la jauría, sin equivocarse nunca. Díjome mi amo que una de las cosas que le asombraban más en los yahoos era una extraña inclinación a la porquería y a la basura, mientras en todos los demás animales parecía existir un amor natural a la limpieza. En cuanto a las dos primeras acusaciones, tuve a bien dejarlas pasar sin réplica, porque no tenía una palabra que oponer en defensa de mi especie; que, de tenerla, la hubiese opuesto dejándome llevar de mi inclinación. Pero hubiese podido fácilmente vindicar al género humano de singularidad respecto del último punto sólo con que hubiese habido un puerco en aquel país -que, por mi desgracia, no lo había-; animal que, si bien puede pasar por un cuadrúpedo más suculento que un yahoo, no puede aspirar en justicia, según mi humilde opinión, a que se le tenga por más limpio. Y así hubiese tenido que reconocerlo su señoría mismo viendo su modo de comer y su costumbre de hozar y de dormir en el lodo. Asimismo mencionó mi amo otra cualidad que sus criados habían descubierto en muchos yahoos y que a él le parecía inexplicable. Dijo que a veces le entraba a un yahoo la manía de meterse en un rincón, tumbarse y aullar y gruñir y apartar a coces todo lo que se le acercaba, sin pedir comida ni agua, aunque era joven y estaba gordo. Los criados no podían imaginar qué mal le atormentaba, y el único remedio que habían encontrado era hacerle trabajar duramente, con lo cual se restablecía de manera infalible. A esto guardé silencio, llevado de mi parcialidad por mi especie; no obstante, pude descubrir en aquello las verdaderas semillas del spleen, que sólo hace presa en los holgazanes, los regalones y los ricos, cuya cura yo tomaría con gusto a mi cargo si se los obligase a seguir el antedicho régimen. Capítulo VIIIEl autor refiere algunos detalles de los yahoos. -Las grandes virtudes de los houyhnhnms. -La educación y el ejercicio en su juventud. -Su asamblea general. Como yo conozco la humana naturaleza mucho mejor de lo que supongo que pudiera conocerla mi amo, me era fácil aplicar las referencias que él me daba de los yahoos a mí mismo y a mis compatriotas, y pensaba que podría hacer ulteriores descubrimientos por mi cuenta. A este fin, le pedía frecuentemente el favor de que me dejase ir con las manadas de yahoos del vecindario, a lo que amablemente siempre accedía, en la seguridad de que la repugnancia que yo sentía hacia aquellos animales no permitiría nunca que me corrompiesen; su señoría mandaba a uno de sus criados -un fuerte potro alazán, muy honrado y complaciente- que me guardase, sin cuya protección no me hubiese atrevido a tales aventuras, Porque ya he dicho al lector en qué modo fui atacado por aquellos animales odiosos a raíz de mi llegada; y después, dos o tres veces estuve a punto de caer entre sus garras, con ocasión de andar vagando a alguna distancia sin mi alfanje. Tenía además razones para creer que ellos sospechaban que yo era de su misma especie, lo que confirmaba a menudo subiéndome las mangas y mostrando a su vista los brazos y el pecho desnudo cuando mi protector estaba conmigo. En tales ocasiones se acercaban todo lo que se atrevían y remedaban mis acciones a la manera de los monos, pero siempre con signos de odio profundo, como un grajo domesticado y ataviado con gorro y calzas es perseguido siempre por los bravíos cuando le echan entre ellos. Desde su infancia son los yahoos asombrosamente ágiles; sin embargo, pude coger a un muchacho pequeño de tres años e intenté aquietarle haciéndole toda clase de caricias. Pero el endemoniado comenzó a gritar, a arañar y morder con tal violencia, que me vi precisado a soltarle; y lo hice muy a tiempo, porque al ruido había acudido, y ya nos rodeaba, un verdadero ejército de animales grandes, los cuales, viendo que la cría estaba en salvo -pues echó en seguida a correr-, y como mi potro alazán estaba al lado, no se atrevieron a arrimarse. Advertí que la carne del pequeño exhalaba un olor muy fuerte, como entre hedor de comadreja y zorro, pero mucho más desagradable. Por lo que |