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QUINTA PARTE La princesa Scherbazky consideraba imposible celebrar la boda antes de Cuaresma, para la que sólo faltaban cinco semanas, dado que la mitad del ajuar de la novia no podía estar preparado antes de aquel término. Mas no podía dejar de estar de acuerdo con Levin en que aplazar la boda hasta fines de Cuaresma era esperar demasiado, ya que la anciana tía del príncipe Scherbazky estaba gravemente enferma y podía fallecer de un momento a otro, en cuyo caso el luto aplazaría la boda aún más tiempo. Por esto, después de decidir que el ajuar se dividiría en dos partes, una mayor que se prepararía con más calma y otra menor que estaría dispuesta en seguida, la Princesa accedió a celebrar las bodas antes de la Cuaresma, aunque no sin molestarse repetidas veces con Levin por no contestar nunca con seriedad a sus preguntas ni decirle si estaba de acuerdo o no con lo que se hacía. La decisión era tanto más cómoda cuanto que, después de casados, los novios se irían a su propiedad, donde para nada necesitarían la mayoría de las cosas correspondientes a la parte mayor del ajuar. Levin continuaba en aquel estado de trastorno en el que le parecía que él y su felicidad constituían el único y principal fin de todo lo existente y que no debía pensar ni preocuparse de nada, ya que los demás lo harían todo por él. No tenía ni siquiera formado un plan para su vida futura, dejando la decisión a los otros, convencido de que todo marcharía a la perfección. Su hermano Sergio Ivanovich, Esteban Arkadievich y la Princesa, le orientaban en cuanto debía hacer. Y él se limitaba a conformarse con lo que decían. Sergio Ivanovich tomó para él dinero prestado, la Princesa le aconsejó irse de Moscú después de la boda y Esteban Arkadievich le sugirió que fuese al extranjero. Levin se mostró de acuerdo con todo. «Ordenad lo que más os agrade», se decía. «Soy feliz y mi felicidad no puede ser mayor ni menor por lo que vosotros hagáis o dejéis de hacer.» Y cuando comunicó a Kitty que Esteban Arkadievich les aconsejaba ir al extranjero, le pareció sorprendente que ella no estuviese de acuerdo y que tuviera para su vida futura sus propósitos determinados. Kitty sabía que en el pueblo Levin se ocupaba en una empresa que le apasionaba. Ella no comprendía aquellas actividades de su esposo ni quería comprenderlas, pero no por esto dejaba de considerarlas importantes; y como sabía que ellas exigirían su presencia en el pueblo, el deseo de Kitty era ir, no al extranjero donde nada tenían que hacer, sino a la casa de su futura residencia. Tal decisión, expresada muy concretamente, extrañó a Levin. Pero, como le daba igual marchar a un sitio que a otro, pidió inmediatamente a Oblonsky, cual si éste tuviera tal obligación, que fuese al pueblo y lo arreglase todo como mejor le pareciera y con aquel buen gusto que era natural en él. –Oye –dijo Esteban Arkadievich a Levin, al volver del pueblo donde lo dejó dispuesto todo para la llegada de los recién casados–, ¿tienes el certificado de confesión y comunión? –No. ¿Porqué? –Porque sin él no puedes casarte. –¡Caramba! –exclamó Levin–. Pues hace nueve años que no comulgo. No había pensado en eso. –¡Bueno estás tú! –exclamó, riendo Oblonsky–. ¡Y me acusas a mí de nihilista! Esto no puede quedar así. Tienes que confesar y comulgar. –¡Pero si sólo quedan cuatro días! Esteban Arkadievich le arregló esto también. Levin comenzó a asistir a los oficios de la iglesia. Para Levin, que no tenía fe, sin dejar por ello de respetar las creencias de los otros, era muy penosa la asistencia a los actos religiosos. Pero ahora, en aquel estado de ánimo, condescendiente y sensible a todo, en el que se encontraba, la obligación de fingir no sólo le resultaba penosa, sino completamente imposible. Parecíale que en la cúspide de su felicidad, de su esplendor íntimo, iba a cometer un sacrilegio. Sentíase, pues, incapaz de cumplir ninguno de aquellos deberes. Pero a todos sus ruegos de que le procurasen el certificado sin cumplir los actos, Esteban Arkadievich le contestaba que era imposible. –Por otra parte, ¿qué te cuesta? Al fin y al cabo es cuestión de dos días. El sacerdote es un anciano muy simpático y muy inteligente. ¡Te sacará ese diente sin que te des cuenta! Al acudir a la primera misa, Levin procuró refrescar sus recuerdos de juventud, renovar en él aquel fuerte sentimiento religioso que experimentara a los dieciséis o diecisiete años. Mas ahora comprobaba que le era imposible. Trató de considerarlo como una simple fórmula secundaria, análoga a la de hacer visitas, pero tampoco esto pudo conseguir. Respecto a la religión, Levin, como la mayoría de sus contemporáneos, se hallaba en una situación indefinida. No podía creer, pero a la vez no tenía la certeza de que la religión no fuese justa y necesaria. Y por ello, incapaz de creer en la importancia de lo que hacía, ni de mirarlo con indiferencia como mera formalidad, todo el tiempo que pasaba estos días en la iglesia experimentaba cierto malestar y vergüenza. La voz de su conciencia le decía que hacer una cosa sin comprenderla era una acción deshonesta, una falsedad. Durante los oficios religiosos, Levin, escuchaba las oraciones procurando darles un significado no distinto de sus propias ideas, o, reconociendo que no podía comprenderlas y que debía censurarlas, procuraba no oírlas, abstrayéndose en pensamientos, observaciones y recuerdos que con particular claridad pasaban por su cerebro durante aquella ociosa permanencia en la iglesia. Asistió a misa y vísperas, y, aquella misma tarde, a la lectura de las reglas de confesión; al día siguiente, levantándose más temprano que de costumbre y sin tomar su desayuno, fue a la iglesia a las ocho, a fin de confesarse después de las oraciones matinales. En la iglesia no había nadie, salvo un soldado, un mendigo, dos ancianas y los clérigos. Un joven diácono, de ancha y bien formada espalda bajo la leve sotana, se acercó a Levin y, luego, acercándose a la mesita próxima a la pared, comenzó a leerle las reglas. Oyendo la lectura y sobre todo la repetición de las mismas palabras, « Señor, ten misericordia ...» , que se unían en un monótono «Señor da... Señor da ...», Levin sentía la impresión de tener su pensamiento cerrado y sellado sin poder tocarlo ni moverlo, porque de lo contrario le parecería que habría de ser aún mayor su confusión. Y por ello, en pie tras el diácono, sin escucharle ni compenetrarse con sus palabras, continuaba entregado a sus reflexiones. «¡Es extraordinaria la expresión que tienen sus manos! », se decía, recordando el día anterior, en que estuviera sentado con Kitty cerca de la mesa, en un rincón del salón. Como sucedía casi siempre por aquellos días, no tenían nada que decirse, y Kitty, poniendo la mano en la mesa, la cerraba y la abría, y, reparando ella misma en tal movimiento, se puso a reír. Levin recordó que le había besado la mano, fijándose en las líneas que se unían sobre la palma, de color suavemente sonrosado. «¡Otra vez "Señor da"!» , pensó, persignándose y mirando el movimiento de la espalda del diácono, que se inclinaba al santiguarse. «Luego ella me cogió la mano y dijo, examinando sus líneas: "Tiene unas manos muy bellas"...» Y Levin contempló su mano, luego la del diácono de cortos dedos. –«Sí, ahora va a terminar», se dijo. «¡Ah, no!; empieza otra vez», rectificó, fijándose en las oraciones. «No, ya termina. Ahora marca una genuflexión y toca el suelo con la frente. Esto señala siempre el fin.» Una vez recibido discretamente en su mano, que ostentaba puños de terciopelo, un billete de tres rubios, el diácono dijo que se encargaría de inscribirle para la confesión y se alejó hacia el altar, haciendo resonar fuertemente sus zapatos nuevos sobre el pavimento de la iglesia desierta. Al cabo de un momento, volvió la cabeza y llamó con la mano a Levin. Los pensamientos de éste encerrados hasta aquel momento, se agitaron de nuevo en su cerebro, pero se apresuró a alejarlos de sí, y se adelantó hacia la gradería, mientras pensaba: «Ya se arreglará de un modo a otro». Al poner los pies en las gradas, volvió la mirada hacia la derecha y vio al sacerdote, un anciano de barba entrecana, de ojos bondadosos y fatigados, que de pie ante el analoy hojeaba el misal. Haciendo un leve saludo a Levin, el sacerdote comenzó a leer las oraciones con vez monótona. Al terminar, hizo un saludo hasta el suelo y, volviéndose hacia él y mostrándole un crucifijo, le dijo: –«Aquí está Cristo, en presencia invisible, para recibir su confesión. ¿Cree usted en lo que nos enseña nuestra Santa Iglesia Apostólica?» –continuó el sacerdote, apartando los ojos del rostro de Levin y cruzando las manos bajo la estola en ademán de orar. –Dudaba y dudo de todo –contestó Levin, en voz que le sonó desagradable incluso a él. Y calló. El sacerdote esperó unos segundos, para ver si decía todavía algo, y, cerrando los ojos y pronunciando las oes a la manera de la provincia de Vladimir, dijo: –La duda es propia de la debilidad humana, pero debemos orar para que Dios misericordioso nos ilumine. ¿Cuáles son sus principales pecados? –añadió el sacerdote sin hacer una sola pausa, como no queriendo perder tiempo. –Mi pecado principal es la duda. Dudo de todo. La duda me persigue casi en todo momento. –La duda es propia de la debilidad humana –repitió el cura con iguales palabras–. ¿De qué duda usted en especial? –De todo. A veces dudo de la existencia de Dios –dijo Levin, sin querer. Y se horrorizó de la inconveniencia de lo que decía. Pero tas palabras de Levin no parecieron causar al sacerdote impresión alguna. –¿Qué duda puede caber de la existencia de Dios? –dijo el sacerdote rápidamente, casi con una imperceptible sonrisa. Levin callaba. –¿Qué duda puede caber sobre el Creador cuando se contemplan sus obras? –continuaba el sacerdote con su hablar rápido y monótono–. ¿Quién adornó con astros la bóveda celeste? ¿Quién revistió la tierra de sus bellezas? ¿Cómo podrían existir todas estas cosas sin un Creador? Y miró interrogativamente a Levin. Éste comprendía que era poco delicado entrar en discusiones filosóficas con el sacerdote y sólo contestó lo que se refería directamente a la cuestión. –No lo sé –repuso. –Pues si no lo sabe ¿cómo puede dudar de que Dios lo ha creado todo? –preguntó el sacerdote con alegre sorpresa. –No comprendo nada –dijo Levin, sonrojándose al advertir la necedad de sus palabras y lo inadecuadas que eran a la situación. –Rece a Dios e implore su misericordia... Hasta los Santos Padres tenían dudas y pedían a Dios que fortaleciese su fe. El diablo posee un inmenso poder y hemos de defendernos de caer bajo su dominio. Rece a Dios, implore su gracia... ¡Rece! –añadió el sacerdote con precipitación. Y calló un momento pensativo. –He oído decir que se propone usted casarse con la hija de mi feligrés e hijo espiritual, el príncipe Scherbazky –añadió sonriendo–. Es una excelente joven. –Sí –contestó Levin. Y pensaba, sonrojándose por el sacerdote: «¿Por qué me dice esto durante la confesión?» . Y, como si contestase a su pensamiento, el sacerdote habló: –Piensa usted contraer matrimonio y acaso Dios le conceda descendencia, ¿no es eso? Pues, ¿qué educación podrá dar a sus hijos si no vence la tentación del diablo que le arrastra a la incredulidad? –dijo con dulce reproche–. Si quiere usted a sus hijos, como buen padre, deseará para ellos no sólo las riquezas, el lujo y los honores, sino también la salvación, la clarividencia espiritual en la luz de la verdad. ¿No es esto? ¿Y qué contestará a sus inocentes hijos cuando le pregunten: «Papá, ¿quién ha creado todo lo que he hallado en este mundo, la tierra, las aguas, el sol, las flores, las plantas?». ¿Por ventura les dirá usted: «No lo sé»? Usted no puede ignorar lo que el Señor, en su gran bondad, le revela. También pueden preguntarle sus hijos: «¿Qué me espera en la vida futura después de morir?». Y ¿qué contestará usted si lo ignora todo? ¿Qué les dirá? ¿Va a entregarles a la seducción del mundo y del diablo? ¡Eso sería un grave mal! Y el sacerdote, inclinando la cabeza a un lado, calló, mirando a Levin con sus ojos dulces y bondadosos. Levin no contestaba nada, no ya por no querer entrar en discusiones con el sacerdote, sino porque nadie le había hecho nunca preguntas así y pensaba que para cuando su hijo se las formulase, ya habría tenido él tiempo de resolver lo que debía contestar. El sacerdote continuó: –Entra usted en un momento de su vida en el que hay que escoger un camino y seguirlo. Rece para que Dios le ayude y le perdone en su misericordia –concluyó–. Nuestro Señor Jesucristo te perdone en su inmensa misericordia y amor a los hombres, hijo mío... Y, terminada la oración absolutoria, el sacerdote le bendijo y le despidió. Aquel día, al volver a casa, Levin se sintió alegre viendo que aquella situación forzada había terminado sin necesidad de mentir. Además le quedó la vaga impresión de que lo que le dijera aquel anciano simpático y bueno no era tan necio como al principio le había parecido, y que en sus palabras había algo que necesitaba una aclaración. «Naturalmente que ahora no», pensaba Levin, «pero después, algún día ...». Sentía más que antes que su alma estaba turbia y no pura del todo y, con respecto a la religión, se hallaba en el mismo estado que él veía en las almas de los demás, en aquel estado que reprochaba a su amigo Sviajsky. Pasó la velada con su novia en casa de Dolly. Levin, muy alegre, explicando a Oblonsky el estado de excitación en que se hallaba, dijo que estaba alborozado como un perro al que enseñan a saltar por el aro y el cual, al comprender lo que esperan de él, ladra, mueve la cola y salta con entusiasmo sobre las mesas y los alféizares de las ventanas. II El día de la boda, según costumbre (ya que la Princesa y Daria Alejandrovna insistían mucho en que todo se hiciese según la costumbre) Levin no vio a su novia y comió en su cuarto del hotel con tres amigos solteros que fueron a verle: Sergio Ivanovich, Katavasov –ex compañero de Universidad y ahora profesor de Ciencias naturales, a quien Levin halló en la calle y llevó consigo– y Chirikov, su testigo de boda, juez municipal en Moscú y compañero de Levin en la caza del oso. La comida transcurrió muy alegre. Sergio Ivanovich estaba en excelente estado de ánimo y se divertía con las originalidades de Katavasov. Este, notando que las apreciaban y comprendían, hacía más y más alarde de ellas. Chirikov, benévolo y jovial, se ponía a tono con la conversación. –De modo –decía Katavasov, alargando las palabras, según costumbre contraída en la cátedra– que podemos decir que nuestro amigo Constantino Dmitrievich era un muchacho muy bien dotado. Hablo de ausentes, porque él no está aquí. Al salir de la Universidad amaba la ciencia y los intereses de la Humanidad, pero ahora la mitad de sus facultades está dedicada a engañarse a sí mismo y la otra mitad a justificar ese engaño. –No he visto enemigo más acérrimo del matrimonio que usted –repuso Sergio Ivanovich. –No soy enemigo de él. Soy amigo de la distribución del trabajo. La gente que no puede hacer otra cosa, debe hacer hombres, y los demás contribuir a su instrucción y felicidad. Así lo creo. Hay muchos que quieren confundir esas dos actividades, pero yo no me cuento entre ellos. –¡Cómo me alegraré cuando sepa que usted está enamorado! –dijo Levin–. ¡No deje de invitarme a la boda! –Ya estoy enamorado. –Sí, de la jibia –indicó Levin a su hermano–. Miguel Semenich está escribiendo ahora una obra sobre la nutrición y... –No confundamos las cosas. No porque se trate de mi obra, pero en realidad aprecio la jibia... –La jibia no le impedirá amar a su mujer. –La jibia no, pero la mujer sí. –¿Por qué? –Ya lo verá por sí mismo. A usted le gustan la caza, los trabajos de la finca... Ya lo verá, ya... –Hoy ha venido Arjip, y dice que en Prudnoe hay una enormidad de alces y de osos –afirmó Chirikov. –Pues los cazarán ustedes sin mí. –Claro: en el futuro dará usted el adiós a la caza del oso. Su mujer no le dejará ir. Levin sonrió. La idea de que su mujer no le dejara ir a cazar le era tan agradable que estaba dispuesto a renunciar a aquella diversión para siempre. –De todos modos, es lástima cazar esos osos sin usted. ¿Recuerda la última vez en Yapilovo? ¡Qué caza tan espléndida hicimos! –dijo Chirikov. Levin, no queriendo decepcionarle diciéndole que dudaba que hubiese algo bueno allí donde no estuviese Kitty, optó por callar. –Por algo existe esta costumbre de despedirse de la vida de soltero –dijo su hermano–. Puedes ser muy feliz, pero, de todos modos, siempre es lamentable perder la libertad. –Confiéselo: ¿no es verdad que siente el deseo del novio de la comedia de Gogol que quiere huir de la boda saltando por la ventana? –Seguro que sí, pero no quiere confesarlo –afirmó Katavasov. Y rió a carcajadas. –¿Por qué no? La ventana está abierta. ¡Vámonos ahora mismo a Tver! La osa está sola y podemos buscarla en su cubil. Ea, marchémonos en el tren de las cinco y que se arreglen aquí como quieran –dijo, riendo, Chirikov. –Les juro –aseguró Levin sonriente– que por más que hago no consigo encontrar en mi alma ese sentimiento de dolor por la pérdida de mi libertad. –En su alma reina tal caos ahora que es imposible encontrar nada en ella –dijo Katavasov–. Aguarde un poco y cuando la tenga algo más en orden, ya me lo dirá... –No. Bien podía, aparte de mi sentimiento –no quiso decir «de mi amor» – y de la felicidad que experimento, lamentar perder la libertad. Pero, por el contrario, me siento satisfecho de perderla. –¡Malo! ¡Es un caso desesperado! –exclamó Katavasov–. ¡Bebamos por su curación o porque se realice, siquiera, la centésima parte de sus ilusiones! Con esto ya, tendrá tanta felicidad como es posible hallar en la tierra. Después de comer, los amigos se marcharon para tener tiempo de vestirse antes de la boda. Al quedar solo y recordar la conversación de aquellos solterones, Levin se preguntó una vez más si existía en su alma algún sentimiento de dolor por la libertad que perdía y del que ellos hablaban tanto, y sonrió al formularse aquella pregunta. «¡Libertad! ¿Para qué quiero la libertad? La dicha consiste en amar y desear, y pensar con los sentimientos de ella, es decir, en no tener libertad alguna. ¡Eso es la felicidad!» «Pero, ¿acaso conoces sus pensamientos y deseos?» , murmuró una voz en su interior. La sonrisa desapareció de su rostro y Levin quedó pensativo. De repente le invadió una extraña sensación de temor y de duda, una duda que se extendía a todas las cosas. «¿Y si ella no me quiere y se casa sólo por casarse? ¿Y si ella misma no sabe lo que se hace?» , se preguntaba. «¿Y si sólo se da cuenta después de casarse conmigo de que no me quiere ni me puede querer?» Y los peores y más extraños pensamientos acerca de Kitty invadieron su cerebro. Sentía celos de Vronsky, como hacía un año, como si la velada en que la había visto con él hubiera sido el día antes. Sospechaba que ella no le había dicho todo lo que tenía que decirle. Se levantó precipitadamente. «No, es imposible quedar así», se dijo, desesperado. «Voy a verla y le preguntaré por última vez. Le diré: "Aún somos libres... ¿No valdría más suspenderlo todo? Esto sería mejor que la infelicidad eterna, la deshonra, la infidelidad"...» Con el corazón dolorido, enojado contra todos, contra sí mismo y contra ella, salió del hotel y se dirigió a casa de su novia. La encontró en las habitaciones posteriores, sentada sobre un baúl, dando órdenes a una muchacha y revolviendo montones de multicolores vestidos puestos sobre los respaldos de las sillas y tirados por el suelo. –¡Oh! –exclamó Kitty, radiante de alegría al verle–. ¿Cómo? Tú... usted –hasta aquel último día le había hablado indistintamente de «usted» y de «tú» –. No te esperaba. Estoy repartiendo mis vestidos de soltera, mirando a quién puedo regalárselos... –Muy bien –dijo él mirando súbitamente a la muchacha. –Sal, Duniascha... Ya te llamaré cuando... –ordenó Kitty–. Pero, ¿qué te pasa? –preguntó, continuando decididamente su tuteo después de que la criada hubo salido. Ella veía la extraña expresión de su rostro, agitado y sombrío, y tuvo miedo. –Kitty, sufro mucho y no puedo soportarlo solo... –repuso Levin, con desesperación, deteniéndose ante ella y mirándola suplicante. Veía bien, por la mirada franca y cariñosa de su novia que no le saldría nada de lo que quería decirle, pero necesitaba que ella misma le sacase de dudas. –He venido a decirte que todavía estamos a tiempo, que aún es posible deshacer y arreglar... –¡No lo comprendo! ¿Qué te pasa? –Lo que te he dicho mil veces y no puedo dejar de pensar: que no te merezco... No es posible que consientas en casarte conmigo. Piénsalo bien. Te has equivocado, no puedes amarme... Vale más que me lo digas –seguía Levin sin mirarla–. Seré desgraciado. Que diga lo que quiera la gente; todo será preferible a la infelicidad. Mejor será que lo hagamos ahora que estamos todavía a tiempo. –No te comprendo –repuso Kitty asustada–. ¿Es posible que quieras renunciar y que no... ? –Sí, si no me amas. –¿Estás loco? ––exclamó ella enrojeciendo de indignación. Pero el rostro de Levin inspiraba en aquel momento tanta compasión que Kitty, conteniendo su enojo, quitó los vestidos de la butaca y se sentó a su lado. –¿Qué piensas? Dímelo todo. –Pienso que no puedes amarme. ¿Por qué me habrías de amar? –¡Dios mío! ¿Qué puedo decir? –exclamó Kitty llorando. –¡Oh! ¿Qué he hecho? –se lamentó Levin. Y arrodillándose ante ella le besó las manos. Cuando cinco minutos después entró la Princesa en la habitación los halló reconciliados por completo. No sólo Kitty aseguró a su novio que le quería, sino que, al preguntarle el motivo de que le quisiera, se lo explicó. Le dijo que le quería porque le comprendía plenamente, porque sabía cuáles eran sus anhelos y porque sabía también que todo lo que él anhelaba era justo. A Levin la explicación le pareció bastante clara. Cuando la Princesa entró en la estancia, los dos estaban sentados al borde del baúl revisando los trajes y discutiendo a propósito de si la joven debía regalarle a Duniascha el vestido de color castaño que llevaba cuando Levin se le declaró, o si, como quería él, no debía regalar a nadie aquel vestido y regalar a la muchacha el azul. –¿No comprendes que Duniascha es morena y no le sentaría bien el azul? Ya lo he pensado todo. Al enterarse del motivo de la visita de Levin, la Princesa casi se enfadó, y riendo le envió a su casa para que se vistiera y no estorbara el peinado de Kitty, ya que estaba a punto de llegar Charles, el peluquero francés. –Está ya bastante desmejorada de estos días que no come nada, y aún vienes a molestarla con tus tonterías –le dijo la Princesa–. ¡Vete, vete, querido! Levin, avergonzado, pero ya tranquilo, volvió a su hotel. Su hermano, Daria Alejandrovna y Esteban Arkadievich le estaban esperando para bendecirle con el icono. No había tiempo que perder. Daria Alejandrovna tenía que ir a casa para recoger a su hijo, el cual, muy compuesto y pulido, con el pelo rizado, debía llevar la santa imagen acompañando a la novia. Además, había que buscar un coche para enviarlo al padrino de boda y hacer volver al que se llevaría Sergio Ivanovich... Había, pues, muchas cosas importantes en que pensar. Era preciso no perder tiempo, porque eran ya las seis y media. La ceremonia de la bendición careció de seriedad. Oblonsky se puso al lado de su mujer en una actitud solemne y cómica a la vez, levantó la imagen y, ordenando a Levin que se arrodillase, le bendijo con bondadosa e irónica sonrisa y le besó tres veces. Dolly hizo lo mismo, pero de una manera precipitada y disponiéndose a partir en seguida, preocupada con el enredado asunto de los coches. –He aquí lo que podemos hacer –dijo dirigiéndose a su marido––: tú ve con nuestro coche a buscar al niño, y Sergio Ivanovich tendrá la amabilidad de ir allá y hacemos enviar el coche después. –Con mucho gusto. –Y nosotros iremos en seguida con el chiquillo... ¿Está todo preparado? –preguntó Esteban Arkadievich. –Sí –contestó Levin. Y ordenó a Kusmá que le ayudase a vestirse. III Mucha gente, mujeres sobre todo, rodeaban la iglesia, deslumbrante con todas las luces encendidas para la boda. Los que no habían podido entrar se agrupaban junto a las ventanas, empujándose, discutiendo y mirando a través de las rejas. Más de veinte coches se habían alineado ya a lo largo de la calle, bajo la vigilancia de los guardias. Un oficial de policía, ufano con su uniforme de gala, desafiaba el frío a la entrada del templo. Llegaban carruajes sin cesar. Ora entraban señoras adornadas con flores, recogiéndose las colas de los vestidos, ora llegaban caballeros que se quitaban sus sombreros negros o sus gorras de uniforme al entrar en la iglesia. En el interior habían sido ya encendidas las arañas y todos los cirios ante los ¡conos. El dorado brillo de la luz sobre el fondo rojo del iconostasio y de los soportes de los cirios, las baldosas, las alfombrillas, las banderas situadas arriba, junto a ambos coros, las graderías del analoy, los antiguos libros ennegrecidos por el tiempo, las sotanas y casullas, todo estaba inundado de luz. A la derecha de la iglesia caldeada, entre fracs y corbatas blancas, uniformes de gala, sedas, terciopelos, satenes, cabellos, flores, hombros y brazos descubiertos y largos guantes, se elevaba un murmullo contenido y animado que resonaba extrañamente bajo la alta cúpula. Cada vez que se sentía el chirrido de la puerta al abrirse, disminuía el murmullo y todos volvían la cabeza esperando ver aparecer a los novios. Pero la puerta se abrió aún más de diez veces y siempre era un invitado o invitada atrasados que se sumaban al círculo de los concurrentes, a la derecha; o bien alguna señora del público que, engañando al oficial de policía o con permiso de él, se unía a los extraños, a la izquierda. Los allegados y el público en general habían pasado por todas las fases de la espera. Suponían al principio que los novios llegarían de un instante a otro y no daban importancia al retraso. Pero luego miraban más frecuentemente hacia las puertas preguntándose si no habría sucedido algo. Al fin, la tardanza comenzó a parecer ya inconveniente y parientes a invitados procuraron simular que no se preocupaban ya de los novios y que sólo les interesaban las propias conversaciones. El arcediano tosía con impaciencia, como recordando el valor del tiempo, y su tos hacía vibrar los cristales de las ventanas. En el coro se oía ahora a los cantores que, irritados, probaban la voz o se sonaban. El sacerdote enviaba constantemente al diácono o al sacristán para informarse de si había llegado ya el novio, y hasta él mismo, con su sotana color lila y su cinturón bordado, se acercaba a menudo hasta las puertas laterales del altar. Al fin una señora, mirando el reloj, dijo: -Esto es muy extraño. Todos los invitados, inquietos, empezaron a expresar en alta voz su descontento y sorpresa. Uno de los testigos salió a enterarse de lo que pasaba. Entre tanto, Kitty vestida con su traje blanco, su largo velo y su corona de flores de azahar, acompañada de la madrina de boda y de su hermana Lvova, estaba en la sala de casa de los Scherbazky y miraba por la ventana aguardando en vano desde hacía media hora el aviso de su testigo de boda de que el novio había llegado a la iglesia. Por su parte, Levin, con los pantalones puestos, pero sin chaleco ni frac, paseaba de una parte a otra por su habitación del hotel asomándose sin cesar a la puerta y mirando el pasillo. Pero en el pasillo no aparecía aquel a quien esperaba, y había de volver, desesperado, a la alcoba, agitando los brazos y dirigiéndose a Esteban Arkadievich, que fumaba tranquilamente. -¿Habrá habido alguna vez hombre en tan necia situación? -decía Levin. -Sí, es bastante necia -convenía Oblonsky, sonriendo con suavidad-. Pero cálmate; lo la traerán ahora mismo. -¡Oh! -exclamaba Levin, con ira contenida-. ¡Y estos absurdos chalecos, tan abiertos! ¡Es imposible! -decía, mirando la pechera arrugada de su camisa-. ¿Y qué hacemos si se han llevado ya los equipajes a la estación del ferrocarril? --exclamaba exasperado. -Entonces te pondrás la mía. -¡Ya podíamos haberlo hecho hace tiempo! -No conviene dar motivo de burla. Cálmate, todo se arreglará. Había sucedido que, cuando Levin llamó a Kusmá para que le ayudase a vestirse, el viejo criado le llevó el frac, chaleco y lo demás necesario excepto la camisa. –¿Y la camisa? –preguntó Levin. –La lleva usted puesta –contestó Kusmá con tranquila sonrisa. Kusmá no había tenido la previsión de preparar una camisa limpia y, al recibir orden de arreglar las cosas y mandarlas a casa de los Scherbazky, de la que los recién casados saldrían aquella misma noche, lo cumplió a la letra, colocándolo todo en las maletas menos el traje de frac. La camisa que Levin llevaba desde por la mañana estaba arrugada y era imposible emplearla en la boda, dada la moda reinante de los chalecos abiertos. Pensaba mandar a buscar una en casa de los Scherbazky, pero tuvieron que desistir de ello en vista de lo lejos que vivían. Mandaron, pues, a comprar una camisa, pero el criado volvió al cabo de un momento diciendo que, por ser domingo, estaban cerradas todas las tiendas. Fueron a casa de Esteban Arkadievich, pero trajeron una camisa muy ancha y corta, con lo que, al fin, no les quedó otra solución que mandar a casa de los Scherbazky a que abrieran los baúles. Y, mientras esperaban al novio en la iglesia, él, como una fiera enjaulada, paseaba por la habitación, se asomaba al pasillo y recordaba con horror y desesperación lo que había dicho a Kitty y lo que ella podía pensar ahora. Al fin, el culpable Kusmá entró en la habitación, casi sin aliento, trayendo la camisa. –Por poco no la alcanzo. Estaban ya poniendo las cosas en el carro –dijo. Tres minutos después, sin mirar el reloj para no irritar aún más la herida, Levin se halló corriendo por el pasillo. –Con correr ya no ganas nada –decía Esteban Arkadievich, siguiéndole sin precipitarse y sonriendo–. Te aseguro que todo se arreglará, todo... IV –¡Ya han llegado! –¡Ya están! –¿Quién es? –¿Aquél, el más joven? –Y ella, la pobrecita está más muerta que viva... –Estas exclamaciones brotaban de la multitud, cuando Levin, uniéndose a la novia en la entrada, penetró con ella en la iglesia. Esteban Arkadievich contó a su mujer la causa del retraso. Los invitados sonreían, haciendo comentarios a media voz. Levin no veía a nadie ni nada. Miraba a su novia sin apartar los ojos de ella. Todos afirmaban que la joven estaba muy desmejorada desde estos últimos días, y que con la corona estaba menos bella que de costumbre, pero Levin no lo creía así. Miraba el alto peinado de Kitty, con su largo velo blanco, con blancas flores; miraba la alta gorguera que, con singular gracia virginal, cubría los lados de la garganta, dejando al descubierto la parte delantera; miraba su cintura finísima y le parecía su novia más hermosa que nunca, no porque las flores, el velo y el vestido traído de París añadieran nada a su belleza, sino porque, pese al artificial esplendor de su atavío, la expresión de su querido rostro, de su mirada, de sus labios, era la misma ingenua sinceridad de siempre. –Empezaba ya a creer que te habías escapado –dijo Kitty sonriéndole. –Me ha pasado una cosa tan necia que me avergüenza referírtela –dijo él. Y se dirigió a Sergio Ivanovich, que se le acercaba. –¡Vaya una historia esa de la camisa! –dijo éste a su hermano, moviendo la cabeza y sonriendo. –Sí, sí –contestó Levin sin comprender lo que le decían. –Hay que tomar una decisión, Kostia –intervino Esteban Arkadievich, con aire de fingida preocupación– acerca de un asunto muy importante. Me preguntan si encienden cirios nuevos o ya quemados. Y, plegando los labios en una sonrisa, añadió: –La diferencia es de diez rublos. Yo he resuelto ya, pero temo que no estés conforme... Levin, comprendiendo que se trataba de una broma, sonrió. –Ea, ¿quemados o no? Es cosa muy importante. –Sí, sí, nuevos... –¡Oh, encantados! ¡Cosa resuelta! –dijo, sonriendo, Oblonsky–. Pero ¡cómo se atonta la gente en estos casos! –comentó, dirigiéndose a Chirikov, mientras Levin le miraba desconcertado y se volvía hacia su novia. –Pon atención en ser la primera en pisar la alfombra, Kitty –aconsejó la condesa Nordson acercándose–. ¡Vaya unas bromas que gasta usted! –afirmó dirigiéndose a Levin. –¿Estás muy impresionada? –preguntó María Dmitrievna, la anciana tía. –¿Sientes frío? Estás pálida... Aguarda; inclínate un poco –dijo Lvova, la hermana de Kitty. Y, con un ademán circular de sus hermosos y redondos brazos, arregló las flores de la cabeza de la novia y la miró sonriendo. Dolly, se acercó, quiso decir algo, pero no pudo pronunciar ni una palabra, y se puso a llorar, y en seguida después rió, aunque sin naturalidad. Kitty contemplaba a todos con los mismos ojos abstraídos de Levin. Entre tanto, los clérigos se revestían con sus hábitos sacerdotales, y el sacerdote, acompañado por el diácono, salieron al analoy, levantado en el atrio de la iglesia, mientras aquél se dirigió a Levin y le dijo algo que éste no entendió. –Dé usted la mano a la novia y condúzcala al altar –le dijo el testigo. Levin, durante un momento, no pudo entender lo que le indicaban que hiciera. O bien cogía a Kitty con la mano que no debía, o le tomaba la izquierda en vez de la derecha. Sus amigos, que le corregían constantemente, viendo que sus indicaciones resultaban inútiles, estaban ya por dejar que se las compusiera como mejor supiera cuando él comprendió finalmente que tenía que coger la de la novia sin cambiar de posición. Entonces el sacerdote dio algunos pasos ante ellos y se detuvo frente al analoy. Los parientes y conocidos les siguieron, entre cuchicheos y rumor de roces de vestidos. Alguien, agachándose, arregló la cola del traje de la novia. Luego se hizo en la iglesia tal silencio que se sentía hasta el caer de las gotas de cera de los cirios. El sacerdote, un anciano, con el solideo, con los mechones de plata de sus cabellos peinados tras ambas orejas, sacando sus menudas manos arrugadas de la pesada casulla recamada de plata con una cruz dorada en la espalda, cambiaba la disposición de algunos objetos en el analoy. Esteban Arkadievich se acercó al sacerdote, le habló en voz baja y, guiñando un ojo a Levin, retrocedió de nuevo. El sacerdote –que era el mismo que había confesado a Levin–, encendió dos cirios ornados con flores, manteniéndolos inclinados en la mano izquierda, de modo que la cera fuese cayendo en gotas lentamente, y se volvió hacia los novios. Después de mirarles con ojos tristes y cansados, suspiró y, sacando la mano derecha de la casulla, bendijo al novio, y del mismo modo, pero con cierta blanda dulzura, puso los dedos doblados para la bendición sobre la cabeza de Kitty. En seguida les ofreció los cirios encendidos y, tomando el incensario, se alejó de ellos con pasos mesurados. «¿Es posible que todo esto sea verdad?», se dijo Levin mirando a su novia. La veía de perfil algo desde arriba y por el apenas perceptible movimiento de sus labios y de sus pestañas comprendió que ella sentía su mirada. Kitty no volvió la vista pero su gorguera arrugada se levantó un tanto hacia su pequeña oreja sonrosada, y Levin, en este movimiento apenas perceptible, creyó adivinar el suspiro ahogado en el pecho de Kitty, y vio temblar su manecita cubierta con el largo guante. Su inquietud por lo sucedido con la camisa, las conversaciones con parientes y amigos, el descontento de su ridícula situación, todo desapareció en un momento, y experimentó, a la vez, temor y alegría. El arcediano, alto y arrogante, con una dalmática de brocado de plata, bien peinados los rizos que ornaban su cabeza, se adelantó decididamente y, levantando el horario entre los dedos con un ademán familiar, se detuvo ante el sacerdote. –¡Bendícenos, padre! Y su voz resonó solemne, lenta, agitando las capas del aire. –Bendito sea Dios, Nuestro Señor, por los siglos de los siglos –contestó el anciano sacerdote con voz suave y melodiosa sin dejar de arreglar los objetos en el analoy. Y, llenando toda la iglesia desde los ventanales hasta las bóvedas, el acorde del coro invisible se elevó, armonioso y amplio, creció, se detuvo un momento y luego se apagó suavemente: Como siempre, se oró por la paz de todos, por la salvación, por el Sínodo, por el Zar y por los siervos de Dios, Constantino y Catalina, que iban a casarse. Parecía que la iglesia toda retumbara y lanzara hacia el cielo la voz del arcediano: –Oremos porque Dios les conceda un amor perfecto y tranquilo y no los abandone jamás. Levin escuchaba con sorpresa aquellas palabras. «¿Cómo han adivinado que lo que necesito es precisamente la ayuda de Dios?», pensaba recordando sus temores y dudas recientes. «¿Qué sé ni qué puedo hacer, si me falta esa ayuda en esta terrible preocupación? Sí, la ayuda divina es lo que necesito ahora ...» Cuando el arcediano concluyó la oración, el sacerdote se dirigió a los desposados. «Dios eterno, que uniste a los que estaban separados», leía en su libro, con voz blanda y melodiosa, «que les diste la unión del amor indestructible, que otorgaste tu bendición a Isaac y Rebeca, como lo hemos leído en los libros santos. Bendice a tus siervos Constantino y Catalina y condúcelos por el sendero del bien, y derrama sobre ellos los beneficios de tu misericordia y tu bondad. Alabados sean el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos.» «¡Amén!» llenaron de nuevo el aire las voces del coro. «Unió a los que estaban separados y les dio la unión del amor indestructible... ¡Qué profunda significación tienen estas palabras y en qué armonía están con mis sentimientos de este momento» , pensaba Levin. «¿Sentirá ella lo que siento yo?» Volviéndose, encontró la mirada de su novia, y por su expresión le pareció que sí lo sentía. Pero se engañaba. Kitty no comprendía apenas las palabras de la oración, ni casi las escuchaba. No podía escucharlas ni entenderlas por el inmenso sentimiento de alegría que llenaba su alma con creciente intensidad, alegría de ver realizarse plenamente lo que hacía mes y medio estaba consumado en su alma; lo que durante aquellas seis semanas había constituido su gozo y su tortura. Su alma, aquel día en que con su vestido castaño, en la sala de la casa de la calle Arbat, se acercara a Levin ofreciéndosele sin decir nada; su alma, aquel día y en aquel momento, rompió con todo el pasado a inició una vida nueva, desconocida para ella, a pesar de que su vida continuaba, en apariencia, la misma de siempre. Aquellas seis semanas fueron la época más dichosa y más atormentada de su vida. Y toda ella, sus anhelos y sus esperanzas se concentraban en aquel hombre a quien aún no comprendía, al que le unía un sentimiento menos comprensible aún que el hombre en sí, un sentimiento que ora la repelía ora la atraía y le inspiraba una completa indiferencia hacia su vida anterior: las cosas, las costumbres, las personas que antes la querían como ahora y a quienes ella quería también; indiferencia hacia su madre, entristecida por aquel sentimiento, hacia su querido padre, tan bueno, a quien antes amara más que a nada en el mundo. Y Kitty pasaba de asustarse de tal indiferencia a alegrarse de la causa que la motivaba. No podía pensar ni desear nada fuera de su vida con aquel hombre. Pero aquella nueva vida no había llegado aún y ni siquiera se la imaginaba con claridad. Sólo existía la espera, el temor y la alegría de algo nuevo y desconocido. Ahora, la espera, lo desconocido y el dolor de renunciar a su vida pasada, todo iba a acabar para empezar lo nuevo. Lo nuevo no podía, sin embargo, dejar de despertar en ella un cierto temor, por lo que tenía de ignorado, pero fuese como fuese, ahora en su alma no se verificaba más que la consagración de lo que hacía ya seis semanas se había realizado en ella. Volviéndose al analoy, el sacerdote tomó con dificultad el pequeño anillo de Kitty y, pidiendo la mano a Levin, le colocó el anillo sobre la primera falange. , –El siervo de Dios Constantino se une con la sierva de Dios Catalina. Y, poniendo el anillo grande en el dedo de Kitty, un dedo pequeño y sonrosado de una increíble fragilidad, el sacerdote repitió las mismas palabras. A pesar de sus esfuerzos los contrayentes no conseguían nunca adivinar lo que tenían que hacer. Cada vez se equivocaban y el sacerdote se veía obligado a cada momento a corregirles. Al fin, una vez hecho lo necesario y trazadas las cruces con los anillos, el sacerdote entregó a Kitty el anillo grande y a Levin el pequeño. Ellos volvieron a confundirse y por dos veces se entregaron mutuamente los anillos, siempre al contrario de como lo debían hacer. Dolly, Chirikov y Esteban Arkadievich se adelantaron para corregirles. Hubo un poco de confusión, la gente cuchicheaba y sonreía, pero la solemnidad y la humilde expresión de los rostros de los novios no se modificaron. Por el contrario, al equivocarse de mano, los dos miraban con mayor gravedad que antes, y la sonrisa con la que Oblonsky anunció que cada uno debía ponerse su propio anillo, expiró involuntariamente en sus labios, comprendiendo que cualquier sonrisa podía ser una ofensa para los desposados. –¡Oh, Dios! que desde el principio creaste al hombre –leía el sacerdote después de cambiar los anillos– y le has dado a la mujer por compañera para la continuación del género humano. Tú, Dios y Señor Nuestro, que enviaste tu verdad a tus siervos, a nuestros padres, elegidos por ti de generación en generación para conservarla y obedecerte. Dígnate mirar a tus siervos Constantino y Catalina y santifica sus desposorios en una misma fe y un mismo pensamiento de concordia y de amor. Levin tenía cada vez más clara la sensación de que todo lo que había pensado sobre el matrimonio, sus sueños sobre la manera en que organizaría su vida eran cosas pueriles, y que esta nueva situación de ahora no la había comprendido jamás, y a la sazón la comprendía menos que nunca. Sentía en su pecho una opresión más viva por momentos, y las lágrimas afluyeron a sus ojos contra su voluntad. V En la iglesia estaban todos los parientes y conocidos, todo Moscú. Durante la ceremonia, bajo la clara iluminación de la iglesia, en el grupo de señoras y señoritas elegantemente ataviadas y de hombres con corbata blanca, fraques o uniformes, no cesaba de oírse un continuo murmullo, discretamente sostenido en voz baja, iniciado en su mayor parte por los hombres, mientras las mujeres preferían observar los detalles de ese acto religioso que siempre despierta en ellas tan vivo interés. En el grupo más próximo a la novia estaban sus dos hermanas. Dolly, la mayor, y la bella y serena Lvova llegada del extranjero. –¿Por qué Mary va de color lila, casi de negro, en una boda? –preguntó la Korsunskaya. –Es el único color que va bien con el de su cara –contestó la Drubeskaya–. Me extraña que celebren la boda por la noche. Es costumbre de comerciantes. –Es más hermoso. Yo también me casé por la noche –repuso la Korsunskaya suspirando al recordar lo bella que estaba aquel día, lo ridículamente enamorado de ella que estaba entonces su marido y lo distinto que era todo ahora. –Dicen que quien es testigo de boda más de diez veces ya no se casa. Quise serlo ahora por décima vez para asegurarme, pero ya estaba ocupado el puesto –afirmó el conde Siniavin a la linda princesa Charskaya, que alimentaba ilusiones con respecto a él. Esta contestó sólo con una sonrisa. Miraba a Kitty pensando en el momento en que ella estuviera con el conde Siniavin como ahora Kitty y calculando de qué modo recordaría al Conde su broma. Scherbazky decía a la Nicolaeva, la antigua dama de honor de la Emperatriz, que él estaba resuelto a colocar la corona nupcial sobre el peinado de Kitty para que fuera feliz. –No tenía que haberse puesto postizos. No me gusta ese fasto –replicó la Nicolaeva, bien resuelta a casarse con boda sencilla si el viejo viudo a quien perseguía hacía tiempo se decidía a unirse con ella. Sergio Ivanovich decía a Daria Dmitrievna, en broma, que la costumbre de emprender un viaje después de la boda se imponía por esa vergüenza que siempre experimentan los recién casados. –Su hermano puede estar orgulloso. La novia es muy hermosa. ¿No le envidia usted? –Ya he pasado por ese sentimiento, Daria Dmitrievna –repuso Sergio Ivanovich. Y su rostro adoptó inesperadamente una expresión severa y melancólica. Oblonsky relataba a su cuñada una anécdota sobre un divorcio. –Tenemos que arreglar la corona de flores –repuso ella sin escucharle. –Es lástima que Kitty haya perdido tanto –decía la condesa Nordston a Lvova–. ¿Verdad que, de todos modos, él no merece ni un dedo de tu hermana? –A mí él me gusta mucho –contestó Lvova–. No porque sea ya mi futuro beau frére . Vea con qué naturalidad se mueve. Es muy difícil comportarse así en esta situación y no parecer ridículo. Él no parece ridículo ni afectado; se le ve sólo conmovido. –¿Contaba usted que se casase con él? –Casi. Siempre me ha gustado Levin. –Ya veremos quién de los dos pisa primero el tapiz. He aconsejado a Kitty... –Lo mismo da. En nuestra familia todas somos esposas obedientes. –Pues yo, cuando me casé con Basilio, pisé la primera, con intención. ¿Y usted, Dolly? Dolly estaba a su lado y las oía, pero no contestó. Sentíase profundamente conmovida, y las lágrimas llenaban sus ojos. No podía decir nada sin llorar. Alegre por Kitty y por Levin, evocaba su boda, miraba a su marido, olvidaba lo presente y recordaba sólo su primer a inocente amor. Recordaba no sólo su boda, sino la de cuantas mujeres conocía; las evocaba en el momento solemne y único en que, como Kitty ahora, estaban ellas bajo la corona nupcial, con el corazón henchido de amor, de temor y de esperanza, renunciando al pasado y entrando en el desconocido futuro. Y entre todas las novias que recordaba, estaba su querida Ana, sobre los detalles de cuyo divorcio se había informado poco antes. También Ana, pura como Kitty, había estado un día con corona de flores de azahar, con velo blanco... Y ahora... «¡Es terrible!», murmuró. No sólo las hermanas, amigos y parientes seguían con atención todos los pormenores de la ceremonia: los seguían también las mujeres del público que no conocían a Kitty y que les miraban conteniendo la respiración, temiendo perder un solo movimiento o una expresión del rostro de los novios. Llenas de enojo, dejaban sin respuesta los comentarios de los hombres, indiferentes, que bromeaban o hablaban de otra cosa. –¿Por qué llora? ¿La casan a disgusto? –¿Obligarla, con lo buen mozo que es? ¿Será tal vez un príncipe? –Esa que va vestida de satén blanco, ¿es hermana suya? Escucha, escucha, cómo grita el diácono: «La esposa debe temer a su marido.» –¿El coro es el del monasterio de Chudov ? –No; del Sínodo. –He preguntado a un criado. Dicen que se la lleva en seguida a sus tierras. Aseguran que es muy rico. Por eso la casan... –Pues hacen muy buena pareja. –¿Decía usted, María Vasilievna, que los miriñaques se llevan huecos? Pues mire a aquella del traje encarnado... Dicen que es la mujer de un embajador. ¡Qué recogida lleva la falda! Mire, otra vez... –¡Qué bonita está la novia! La han adomado como a una corderita. Digan lo que quieran, en estas ocasiones da lástima miramos a nosotras, las mujeres. Así hablaban los espectadores de ambos sexos que habían podido introducirse en la iglesia. VI Concluida la ceremonia de los desposorios, el sacristán puso ante el analoy un trozo de tela rosa; el coro cantó un salmo complicado y difícil en el que el tenor y el bajo se daban la réplica, y el sacerdote, volviéndose hacia los esposos, les señaló la alfombra en el suelo. Pese a haber oído con frecuencia que quien pisara primero el tapiz sería el que regiría la familia, ni Levin ni Kitty lo recordaron al dar aquellos pocos pasos. No oyeron tampoco los comentarios y discusiones que se suscitaron en aquel momento sobre quién había pisado el primero, o si lo habían hecho los dos a la vez, como algunos afirmaban. Después de las preguntas de rigor respecto a si querían contraer matrimonio y no lo habían prometido a otros, y de las respuestas que tan extrañas les sonaban, empezó otra ceremonia religiosa. Kitty se esforzaba en oír las oraciones y comprender su sentido, pero no pudo. Una impresión de solemnidad y radiante alegría inundaba su alma cada vez más, a medida que transcurría la ceremonia, privándola de poder concentrarse. Ahora rezaban: «Dios haga que sean puros y bondadosos los frutos de tu vientre y que os sintáis alegres mirando a vuestros hijos ...» Las plegarias recordaban que Dios había creado a la mujer de una costilla de Adán, y que por eso «el hombre dejará padre y madre, y se unirá a la mujer, y formará con ella una misma carne y una misma sangre, lo que era un gran misterio». Luego se deseaba que Dios bendijera a los desposados y les hiciese fecundos, como a Isaac y Rebeca, Moisés y Séfora, y que vieran a los hijos de sus hijos. «¡Cuán hermoso es todo esto!», pensaba Kitty, oyéndolo. «No, no puede ser de otro modo.» Y su animado rostro irradiaba una sonrisa alegre que involuntariamente se transmitía a cuantos la miraban. «¡Pongánselas del todo!», se oyó aconsejar cuando el sacerdote colocó sobre la cabeza las coronas nupciales, y Scherbazky, con mano temblorosa, sostuvo en el aire la corona sobre la cabellera de Kitty. –Póngamela –murmuró ella sonriendo. Levin, mirándola, se sorprendió de la alegre irradiación del rostro de Kitty. Sin querer, aquel sentimiento se le comunicó y se notó radiante y dichoso como ella. Escucharon con alegría la lectura de la epístola de san Pablo y el resonar de la voz del arcediano en la última estrofa, tan esperada por el público. Con alegría, también, bebieron en un cáliz redondo el vino caliente y aguado, y se sintieron más alegres aún cuando, apartando la casulla y tomándolos a los dos bajo ella, el sacerdote les hizo andar en tomo al analoy mientras el bajo cantaba: «Alégrate, Isaías...» Scherbazky y Chirikov, que sostenían las coronas nupciales, enredándose en la cola del vestido de la novia, sonreían también, joviales, ya atrasándose, ya tropezando en los novios, al pararse el sacerdote. La chispa de alegría encendida en Kitty parecía comunicarse a todos los presentes en la iglesia, y a Levin se le figuraba que hasta el sacerdote y el diácono tenían también como él deseos de sonreír. Una vez quitadas las coronas de las cabezas, el sacerdote leyó la última oración y felicitó a los jóvenes desposados. Levin miró a Kitty. Jamás la había visto antes tal como estaba ahora, encantadora en la luz nueva y radiante de la felicidad que animaba su rostro. Levin quería hablarle, pero ignoraba si habían terminado ya las ceremonias. El sacerdote le sacó de dudas, sonriéndole bondadosamente y diciéndoles en voz baja: –Bese usted a su esposa, y usted, esposa, a su marido. Y les cogió los cirios de las manos. Levin besó suavemente los labios sonrientes de Kitty, la ofreció el brazo y, sintiéndola extrañamente próxima a él, la sacó de la iglesia. No podía creer que todo lo sucedido fuese real, y sólo comenzó a darle fe cuando sus miradas, tímidas y asombradas, se encontraron, y sintió en aquel momento con plena verdad que los dos no formaban ya más que uno. Después de la cena, aquella misma noche, los recién casados se fueron al campo. VII Hacía tres meses que Ana y Vronsky viajaban por el extranjero. Después de visitar Venecia, Roma y Nápoles, llegaron a una pequeña ciudad italiana donde pensaban permanecer algún tiempo. El maestresala, arrogante mozo de pelo brillante partido por una raya que comenzaba en el mismo cogote, con frac y camisa blanca de batista, colgantes sobre su vientre varias baratijas, metidas las manos en los bolsillos y arrugando las cejas desdeñosamente, hablaba con altanería a un señor que estaba ante él. Al oír los pasos que subían la escalera lejos de la entrada, y viendo que era el conde ruso que ocupaba las mejores habitaciones del hotel, sacó respetuosamente las manos del bolsillo e, inclinándose, le explicó que el enviado había vuelto y que el alquiler del palacio era cosa resuelta. El encargado estaba conforme con las condiciones. –Lo celebro –dijo Vronsky–. ¿Está en el hotel la señora? –Salió a paseo y ha vuelto ya –repuso el maestresala. Vronsky se quitó el sombrero flexible de anchas alas, se enjugó con el pañuelo el sudor de la frente y de los cabellos, que se dejaba crecer hasta la mitad de la oreja, peinándolos hacia atrás para cubrirse la calva, y después de mirar al hombre que hablaba con el maestresala, que parecía muy turbado, y el cual le miraba a su vez, se dispuso a salir. –Este caballero es ruso y desea hablarle ––dijo el mayordomo. Con un sentimiento de enojo de no poder rehuir en ningún sitio a los conocidos, y satisfecho a la vez de encontrar algún entretenimiento en la monotonía de su vida, Vronsky miró otra vez a aquel señor que se había apartado y por un momento brillaron los ojos de los dos. –¡Golenischev! –¡Vronsky! Era, en efecto, Golenischev, compañero de Vronsky en el Cuerpo de Pajes. Durante su estancia allí, Golenischev había pertenecido al partido liberal. Del Cuerpo de Pajes había salido con un título civil, sin ninguna intención de entrar en servicio. Desde entonces se habían visto sólo una vez, y en aquella ocasión, Vronsky comprendió que su amigo, habiendo elegido una actividad liberal a intelectual, despreciaba su título y su camera militar. Por esto, al verle, le trató con aquella fría altivez que él sabía y con la cual parecía querer decir: «Puede gustarte o no mi modo de vivir; me es igual. Pero, si quieres tratarme, me has de respetar». Golenischev se había mantenido despectivamente indiferente al tono de Vronsky. De modo que aquel encuentro les separó aún más. Y, no obstante, ahora los dos, al verse, lanzaron una exclamación de alegría. Vronsky no podía esperar que le alegrase tanto el encuentro con aquel amigo, pero se debía seguramente a que él mismo ignoraba hasta qué punto se aburría. Olvidó la ingrata impresión del último encuentro y con rostro alegre y franco tendió la mano a su ex compañero. Igual expresión de contento substituyó a la expresión inquieta que un momento antes se dibujaba en el rostro de Golenischev –¡Cuánto celebro verte! –dijo Vronsky, mostrando, al sonreír amistosamente, sus dientes blancos y fuertes. –Yo supe que había aquí un Vronsky, pero ignoraba que fueras tú. Siento una alegría sincera. –Entra, haz el favor... Y ¿qué haces aquí? –Trabajar. Llevo aquí más de un año. –¡Ah! –dijo Vronsky con interés–. Pasa, pasa. Y, siguiendo la costumbre rusa de hablar en francés cuando no se quiere ser entendido por los criados, Vronsky dijo en aquella lengua: –¿Conoces a la Karenina? Viajamos juntos –y, al hablar, miraba intencionadamente a Golenischev–. Voy a verla ahora. –No lo sabía –contestó indiferente Golenischev, aunque estaba enterado–. ¿Hace mucho que estás aquí? –preguntó. –Tres días –repuso Vronsky, mirando de nuevo con atención el rostro de su amigo. «Es un hombre correcto y considera el asunto como debe», se dijo, comprendiendo el significado de la expresión del semblante de su amigo y su cambio de conversación. «Puedo presentárselo a Ana. Tomará las cosas en el sentido más razonable.» En los tres meses que Ana y Vronsky llevaban juntos en el extranjero, tratando gentes nuevas, Vronsky se preguntaba siempre cómo consideraría tal o cual persona sus relaciones con Ana. En la mayoría de los casos, encontraba en los hombres la debida «comprensión» . Pero si a ellos y a él les hubiesen preguntado en qué consistía aquella «debida comprensión», unos y otro se habrían visto en un grave aprieto. En general, los que comprendían «debidamente», según Vronsky, no comprendían de ningún modo, y procedían como suele proceder la gente educada tratándose de las cosas difíciles a insolubles de que está llena la vida: se mantenían en una actitud correcta, evitando alusiones y preguntas desagradables. Fingían comprender el sentido de la situación, la aceptaban y hasta la aprobaban, considerando inoportuno y superfluo entrar en explicaciones. Vronsky adivinó en seguida que Golenischev era una de estas personas, y por ello se sintió doblemente contento al hallarle. Y, en efecto, Golesnichev trató a la Karenina, cuando su amigo le pasó a las habitaciones de ella, tan correctamente como Vronsky pudiera desear, evitando sin esfuerzo toda charla que pudiese motivar la menor molestia. No conocía de antes a Ana y le sorprendió su belleza, y sobre todo la sencillez con que aceptaba su situación. Ana se ruborizó cuando Vronsky le presentó a su amigo, y el infantil rubor que cubrió su rostro bello y franco cautivó a Golenischev. Lo que más le impresionó, sin embargo, fue que ella, como para no dejar duda alguna en presencia de extraños, llamó en seguida «Alexey» a Vronsky y dijo que iban a vivir juntos en una casa alquilada que allí llamaban palazzo. Tan simple y recto modo de proceder impresionó agradablemente a Golenischev, quien, reparando en los modales de Ana, resueltos, francos y alegres, y conociendo como conocía a Karenin y a Vronsky, pareció comprenderla muy bien; y hasta pareció comprender lo que ella no podía en modo alguno: el que pudiese mostrarse tan decididamente alegre y feliz a pesar de haber causado la desgracia de su esposo, abandonándole a él y a su hijo, y haber perdido su buena fama. –Ese palacio se menciona en la guía –dijo Golenischev, refiriéndose al que alquilaba Vronsky–. Hay un excelente Tintoretto de los últimos años del pintor. –Hoy hace muy buen día. Vayamos y veremos la casa una vez más –propuso Vronsky a Ana. –Con mucho gusto. Voy a ponerme el sombrero. ¿Dice que hace calor? –preguntó ella, parándose en la puerta y mirando a Vronsky interrogativa. Y el rubor cubrió otra vez sus mejillas. Por la mirada de Ana, Vronsky comprendió que ella no sabía los términos en que él deseaba quedar con Golenischev y que temía no comportarse como él deseaba. La contempló con mirada larga y suave. –No, no mucho –contestó. Ana creyó comprender que él estaba satisfecho de ella; y, dirigiéndole una sonrisa, salió con rápido paso. Los amigos se miraron con cierta confusión en el rostro, como si Golenischev, admirando a Ana, quisiera decir algo de ella sin saber qué, y como si Vronsky lo deseara y a la vez lo temiera. –Sí... –empezó Vronsky, para entablar conversación–. ¿Conque vives aquí? ¿Sigues trabajando en lo mismo? –continuó, recordando que Golenischev le había dicho que escribía. –Sí, estoy escribiendo la segunda parte de Los dos principios –respondió Golenischev, satisfechísimo al oír la pregunta–. Para ser más exacto, no escribo aún: preparo y selecciono el material. Será un libro muy vasto. Tratará casi sobre todos los problemas. En Rusia no quieren comprender que somos herederos de Bizancio. Y Golenischev inició una explicación larga y animada. Vronsky se sintió avergonzado al principio, ignorando de qué trataba la primera parte de Los dos principios, de la que el autor le hablaba como de algo muy conocido. Pero luego, cuando Golenischev se explicó y Vronsky pudo seguirle, aun sin conocer la obra, le escuchó con gran interés, porque su amigo se expresaba con gran claridad. Sólo le disgustaba y extrañaba la irritada emoción con que Golenischev trataba el objeto que le interesaba. A medida que iba hablando, le brillaban más los ojos, con mayor rapidez replicaba a imaginarios contrincantes y más inquieta y ofendida expresión iluminaba su semblante. Recordando a su amigo como un niño delgado y vivo, bondadoso y noble, siempre el primero en el Cuerpo de Pajes, Vronsky no podía comprender ni aprobar la causa de tal irritación. Le disgustaba, sobre todo, que Golenischev, hombre distinguido, se pusiese al nivel de aquellos escritores venales que le irritaban. Él creía que no valía la pena, aunque por otra parte no dejaba de comprender que su amigo era desgraciado, y le compadecía. La desgracia, casi la locura, se leía en su rostro animado, incluso hermoso, cuando, sin apenas notar que Ana había salido, seguía exponiendo sus ideas con precipitado ardor. Al salir Ana con capa y sombrero y, con un rápido ademán de su bella mano que jugaba con el quitasol, ponerse al lado de Vronsky, éste, con un sentimiento de alivio, separo sus ojos de la doliente riada de Golenischev y los puso con renovado amor en su hermosa amiga, llena de vida y de alegría. Golenischev, tranquilizándose a duras penas, permaneció unos momentos triste y taciturno. Pero Ana, que estaba entonces en una excelente disposición de ánimo, le distrajo en seguida con su trato sencillo y alegre. Probando varios temas de conversación, le llevó, al fin, a la pintura, de la que Golenischev hablaba con mucho conocimiento. Ana le escuchaba con atención. Andando, llegaron a la casa que iban a alquilar y la visitaron. Cuando volvían, Ana dijo a Golenischev: –Estoy contenta de una cosa... Alexey tendrá un buen atelier. No dejes de quedarte con aquella habitación –indicó a Alexey, en ruso, comprendiendo que Golenischev, en la soledad en que vivían, se convertía en un amigo ante quien no tenía por qué fingir. –¿Pintas? –preguntó Golenischev dirigiéndose a Vronsky. –Sí. Hace tiempo lo practiqué y ahora empiezo de nuevo –repuso éste sonrojándose. –Tiene mucho talento –dijo Ana con alegre sonrisa–. Claro, que yo no soy quién para decirlo... Pero los entendidos se lo dicen también. VIII En este primer período de su libertad y de su rápida convalecencia, Ana se sentía indeciblemente feliz. El recordar la desgracia de su marido no estorbaba su felicidad. De una parte, tal recuerdo era demasiado terrible para pensar en él, y de otra, aquella desventura había sido fuente de tanta dicha que no sentía remordimiento. El recuerdo de cuanto le había sucedido tras la enfermedad, la reconciliación con su esposo, la ruptura, la noticia de la herida de Vronsky, su visita, la preparación del divorcio, la marcha de la casa conyugal, el adiós a su hijo, todo le parecía una pesadilla de la que no despertó sino al hallarse con Vronsky en el extranjero. El recuerdo del mal causado a su marido le producía un sentimiento como de repugnancia análogo al de quien, ahogándose, lograra desprenderse de otro que se hubiera aferrado a él y viera entonces que el otro se ahogaba. Esto era un mal, pero también la única salvación, y más valía no recordar los terribles detalles. Un pensamiento consolador acudía a su cerebro al pensar en lo que había hecho al principio de su ruptura con Karenin. Ahora, evocando el pasado, sólo se atenía a este pensamiento: «He causado la inevitable desgracia de ese hombre, pero no me aprovecho de ella, ya que también sufro y sufriré en el futuro al perder lo que más aprecio: mi nombre de mujer honrada y mi hijo. He obrado mal y por eso no quiero el divorcio ni la felicidad, y sufriré mi deshonra y la separación del ser a quien tanto quiero». Pero, pese a su intenso deseo de sufrir, no sufría ni notaba para nada la deshonra. Con el vivo tacto que ambos poseían, eludían en el extranjero a los rusos, no se ponían nunca en falsas situaciones y siempre hallaban gente que fingía comprender su posición mutua mucho mejor que ellos. La separación de su hijo, a quien tanto quería, tampoco la atormentó demasiado al principio. La niña, hija de Vronsky, era muy graciosa y cautivó su cariño desde que quedó sola con ella, así que rara vez se acordaba de Sergio. Su deseo de vivir, acrecido con la convalecencia, era tan fuerte y las condiciones de su vida tan nuevas y agradables, que Ana se sentía inmensamente dichosa. Cuanto más conocía a Vronsky, más le amaba. Le amaba por sí mismo y por el amor en que él la tenía. El poseerle por completo colmaba su ventura. Su proximidad le alborozaba. Los rasgos de su carácter, que cada vez conocía mejor, se le hacían más queridos. Su aspecto físico, muy cambiado al vestir de hombre civil, le era tan atractivo como podía serlo para una joven enamorada. En cuanto hacía, decía o pensaba Vronsky, Ana hallaba algo especial, elevado y noble.La admiración que sentía por él llegaba a veces a asustarla. Ana trataba de hallar en su amado algo que no fuera agradable. No se atrevía a dejarle ver la conciencia que tenía de su propia insignificancia. Parecíale que, al verlo, Vronsky había de dejar de amarla más pronto, y ella nada temía tanto como perder su amor, aunque no tenía motivo alguno de temor a este respecto. No podía dejar de estarle agradecida por su nobleza para con ella, de mostrarle cuánto la respetaba... Admirábale que, teniendo tanta vocación para las armas, en las que podía haber llegado a ocupar un elevado cargo, hubiera sacrificado su ambición por ella sin mostrar el mas pequeño arrepentimiento. Vronsky se mostraba más atento y cariñoso que nunca, y la preocupación de que ella no se diera cuenta de la irregularidad de su situación no le abandonaba jamás. Él, tan enérgico en su trato con ella, no sólo no la contrariaba nunca, sino que parecía no tener voluntad y ocuparse únicamente de cumplir sus deseos. Y Ana, aunque la intensidad de la atención que le consagraba, la atmósfera de cuidados en que la envolvía, llegaran, a veces, a fatigarla, no podía dejar de agradecérselo. En cuanto a Vronsky, aunque se había realizado lo que deseara por tanto tiempo, no era feliz. No tardó en advertir que la realización de sus deseos no le procuraba más que un grano de la montaña de dicha que esperó. ¡Eterna equivocación del hombre que espera la felicidad del cumplimiento de sus anhelos! Al principio de unirse Vronsky a Ana y vestir el traje civil, sintió el atractivo de una libertad general que antes no conocía, así como la libertad en el amor, y fue feliz, mas por poco tiempo. En breve sintió nacer en su alma el deseo de los deseos: la añoranza. Involuntariamente se asía a todos los caprichos pasajeros considerándolos como deseo y fin. Tenía que ocupar en algo las dieciséis horas hábiles del día, ya que vivían en plena libertad, fuera del círculo de vida social que ocupara su tiempo en San Petersburgo. Era imposible pensar en las distracciones de soltero que en sus anteriores viajes fuera de su patria había buscado siempre, ya que un solo ensayo produjo en Ana, al retrasarse él en la cena con los amigos, una insólita tristeza. Resultaba imposible relacionarse con la sociedad local y rusa por la situación equivoca en que estaban. Visitar las curiosidades del país, aparte de que las habían ya visto todas, no tenía para él, hombre inteligente y ruso, la inexplicable importancia que le dan los ingleses. Así como un animal hambriento coge cualquier objeto que halla esperando encontrar alimento en él, Vronsky, sin darse cuenta, se asía, ya a la política, ya a los libros nuevos, ya a los cuadros. Como en su juventud había mostrado alguna aptitud para la pintura y, no sabiendo en qué gastar su dinero, había empezado a coleccionar grabados, ahora se entregó a aquella afición, poniendo en ella su voluntad sin objetivo que necesitara satisfacerse. Tenía el don de comprender el arte a imitarlo con buen gusto. Pensando poseer facultades de pintor, meditó en la clase de pintura por la cual optaría: religiosa, histórica, de costumbres o realista, y, tras corta vacilación, empezó a trabajar. Comprendía todos los estilos y era capaz de interesarse por uno a otro, pero no le era posible comprender que era preciso ignorar las diversas clases que hay de pintura a inspirarse únicamente en lo que brota del alma, sin preocuparse del género a que perteneciera. Desconociendo esto, Vronsky, al pintar, no se inspiraba en la vida, sino en el medio de vida ya delimitado por el arte. Así se inspiraba rápidamente y con suma facilidad, y pronto y sin dificultad conseguía que lo que pintaba se pareciese al género pictórico deseado. Le gustaba, más que ninguna, la escuela francesa, graciosa y efectista, y en tal estilo comenzó a pintar el retrato de Ana en traje italiano. El retrato pareció excelente a cuantos lo vieron y también a él. IX El viejo y abandonado palazzo –de altos techos, frescos en los muros y suelo de mosaico, con grandes cortinas de seda en las altas ventanas, jarrones en las consolas y chimeneas de puertas esculpidas con lóbregas y desiertas estancias llenas de cuadros–, desde que se instalaron en él, mantenía en Vronsky la agradable equivocación de que no era un propietario ruso y un coronel retirado, sino un aficionado exquisito, un mecenas, y hasta un pintor modesto que abandonaba el mundo, relaciones y ambiciones por la mujer amada. Al trasladarse al palacio, el papel elegido por él halló su ambiente adecuado. Por medio de Golenischev conoció a varias personas interesantes, y durante los primeros tiempos se sintió a gusto. Pintaba apuntes del natural bajo la dirección de un profesor italiano y estudiaba la vida medieval de Italia. Últimamente, aquélla le había cautivado hasta el punto de empezar a usar el sombrero al descuido y la capa sobre los hombros, como en el medioevo italiano, lo que le sentaba admirablemente. –Vivimos sin saber nada –dijo Vronsky a Golenischev una mañana en que éste fue a visitarle–. ¿Has visto el cuadro de Mijailov? –preguntó, mostrándole un periódico de Rusia recibido aquel día. En él figuraba un artículo sobre un pintor ruso que vivía en aquella misma ciudad y había terminado un cuadro del que se hablaba hacía tiempo y que se había adquirido ya por anticipado. En el artículo se reprochaba al Gobierno y a la Academia de Bellas Artes el que un pintor tan notable careciera de estímulo y ayuda. –Lo he leído –repuso Golenischev–. Claro que a Mijailov no le faltan aptitudes, pero su orientación es completamente equivocada: considera la figura de Cristo y la pintura religiosa según las ideas de Ivanov, Strauss y Renan. –¿Qué representa el cuadro? –preguntó Ana. –Cristo ante Pilatos. Cristo está presentado como un hebreo, con todo el realismo de la nueva escuela. Llevado por aquella pregunta a uno de sus temas favoritos, Golenischev empezó a explicar: –No comprendo tales errores. Cristo ya tiene su encarnación definida en el arte de los maestros antiguos. Si quieren presentar, en vez de a Dios, a un revolucionario o un santo, que muestren a Sócrates, a Franklin o a Carlota Corday, pero no a Cristo. Escogen para el arte a un personaje que no puede llevarse al arte, y luego... –¿Es cierto que es tan pobre ese Mijailov? –preguntó Vronsky, pensando que él, como mecenas ruso, aparte de que el cuadro fuera malo o bueno, debía ayudar a aquel pintor. –No lo creo. Es un retratista notable. ¿Has visto su retrato de la Vasilchikova? Pero parece que ahora no quiere pintar más retratos, con lo cual es posible que necesite dinero... Claro que... –¿Podríamos pedirle que hiciera el retrato de Ana Arkadievna? –dijo Vronsky. –¿Para qué? –repuso ella–. Después de pintarme tú, no quiero otros retratos. Más vale que pinte a Anny –así llamaban a la niña–. Ahí viene –añadió, mirando por la ventana a la nodriza, una belleza italiana, que había sacado a la niña en brazos al jardín. Y luego volvió la cara para contemplar a Vronsky. La hermosa nodriza, cuya cabeza pintaba él para su cuadro, era el único dolor oculto que había en la vida de Ana. Vronsky, pintándola, admiraba su hermosura y su aire medieval, y Ana había de reconocer que temía tener celos de la italiana, y por ello trataba con especial afecto tanto a la nodriza como a su hijita. Vronsky miró por la ventana, puso sus ojos en los de Ana y luego, volviéndose hacia Golenischev, le preguntó: –¿Conoces a ese Mijailov? –Le veo a veces. Pero es un hombre raro y sin instrucción alguna, uno de esos hombres que se encuentran ahora con frecuencia, de esos librepensadores, educados d'emblée en las concepciones de la incredulidad, la negación y el materialismo. Y Golenischev, sin ver o no queriendo ver que también Ana y Vronsky deseaban hablar, prosiguió: –Antes, sucedía que el hombre de ideas libres estaba educado en normas religiosas, en la ley y la moralidad, llegando a las ideas libres mediante luchas y trabajos. Pero ahora surge un tipo nuevo de gente de ideas libres que crece sin saber siquiera que existen leyes de moral y religión y que hay autoridad. Se desarrollan en la negación de todo, es decir, como salvajes. Mijailov es de ésos. Al parecer, es hijo de un mayordomo de Moscú y no recibió instrucción alguna. Al entrar en la Academia y adquirir fama, como no es tonto, se quiso cultivar. Y se dirigió a lo que le parecía la fuente de la cultura: los periódicos. En otros tiempos, un hombre, supongamos un francés, que hubiera querido–instruirse, se habría dedicado a estudiar a los clásicos: teólogos, trágicos, historiadores y filósofos, y comprendería todo el esfuerzo intelectual que habría tenido que desarrollar. Pero en Rusia, éste cayó en derechura sobre la literatura negativa, absorbió rápidamente todo el extracto de la ciencia negativa, y he aquí formado al hombre... Veinte años atrás habría encontrado en esa literatura los signos de la lucha con la autoridad, con las creencias seculares, y en esta lucha habría comprendido que antes había existido algo más. Pero ahora da con una literatura que no hace dignas de discusión tales ideas, sino que dice sencillamente: «No hay nada. Sólo existen la evolución, la selección, la lucha por la vida y nada más». Yo, en mis artículos... –¿Saben –dijo Ana, que por las miradas que hacía rato cambiaba con Vronsky, comprendía que a éste no le interesaba la cultura del pintor, sino que no tenía más intención que ayudarle–, saben lo que debemos hacer? –sugirió, interrumpiendo decididamente a Golenischev, entusiasmado en sus explicaciones–. Vayamos a verle. Golenischev, serenándose, consintió, gozoso, en ir. Pero como el pintor vivía en un lugar muy apartado de la ciudad, resolvieron tomar un coche. Una hora después, Ana, al lado de Golenischev y Vronsky en el asiento delantero, se acercaban a una fea casa de moderna construcción en un barrio apartado. Informados por la mujer del portero de que Mijailov permitía visitar su estudio, pero que ahora estaba en su casa, cercana a él, le enviaron sus tarjetas pidiéndole que les dejara examinar sus cuadros. X El pintor Mijailov estaba trabajando, como de costumbre, cuando le llevaron las tarjetas del conde Vronsky y de Golenischev. Por la mañana no se había movido de su estudio, trabajando en su gran lienzo. De vuelta a su casa, se enfadó con su mujer por no haber sabido ésta contestar adecuadamente a la dueña de la casa, que pedía el dinero del alquiler. –¡Ya lo he dicho veinte veces que no tienes que darle explicación alguna! Eres una tonta rematada, pero lo eres todavía más cuando te pones a explicarte en italiano –dijo, después de una larga disputa. –Pues no dejes pasar tanto tiempo sin pagar. Yo no tengo la culpa. Si hubiera tenido dinero... –¡Déjame en paz, por Dios! –exclamó Mijailov con voz lastimera. Y, tapándose los oídos con las manos, se fue a su cuarto de trabajo, tras el tabique, y cerró la puerta, diciéndose que su mujer era una necia. Se sentó a la mesa, abrió la carpeta y empezó a dibujar con extraordinaria animación. Nunca trabajaba con tanto ardor y acierto como cuando la suerte le era adversa y, sobre todo, como cuando discutía con su mujer. «¡Quisiera desaparecer!», pensaba, mientras continuaba su tarea. Estaba dibujando la figura de un hombre encolerizado. Ya había hecho el dibujo antes, pero no había quedado contento de él. «No, el otro era mejor. ¿Dónde estará?» Salió de su cuarto con aspecto sombrío y, sin mirar a su esposa, preguntó a la niña mayor dónde estaba el papel que les había dado. El papel con el dibujo desdeñado apareció, pero sucio y manchado de estearina. No obstante, Mijailov tomó el dibujo, lo puso en la mesa, se apartó y lo miró entornando los ojos. De pronto sonrió y agitó alegremente las manos. –¡Esto es, esto! –exclamó. Y, cogiendo el lápiz, empezó a dibujar con gran entusiasmo. La mancha de estearina daba al hombre una nueva actitud. Mientras trazaba aquella nueva actitud, recordó de pronto el rostro enérgico, de saliente barbilla, del comerciante a quien compraba los cigarros, y Mijailov dio aquel rostro y aquella barbilla a la figura que dibujaba. Una vez hecho, rió con júbilo. De repente, la figura, antes muerta y artificial, cobraba vida y se le aparecía con carácter tan definido que no podía pedirse más. Cabía, no obstante, corregir el dibujo según las exigencias de la figura; podíase y se debía abrir más las piernas, cambiar del todo la posición del brazo izquierdo, descubrir la frente levantando algo los cabellos. Al hacer tales correcciones, no cambiaba, sin embargo, la figura, sino que prescindía de lo que la ocultaba. Era como si le quitase los celos que la envolvían y la hacían imprecisa. Cada nueva línea que trazaba el pintor daba más relieve a la figura, mostrándola en todo su vigor, tal como se le apareciera de pronto bajo la mancha de estearina. Cuando, cuidadosamente, daba la última mano al dibujo, le llevaron las tarjetas. –Voy en seguida... Se acercó a su mujer. –Mira, Sacha, no te enfades –dijo, sonriendo con dulce timidez–. La culpa ha sido de los dos. Ya lo arreglaré todo. Y, después de reconciliarse con su esposa, se vistió el abrigo color de aceituna con cuello de terciopelo, se puso el sombrero y marchó al estudio. La figura que, al fin, había conseguido fijar sobre el cartón quedaba olvidada. Ahora, la visita de aquellos rusos distinguidos, que habían llegado en coche a su estudio le tenía alegre y agitado. De aquel cuadro suyo, colocado en un caballete en el estudio, Mijailov, en el fondo de su alma, tenía una sola opinión: que nadie había pintado nunca un cuadro semejante. No creía que valiese más que los de Rafael, pero sí que lo que él quería expresar en el lienzo nadie lo había expresado aún. Esta convicción estaba firmemente arraigada en su ánimo desde hacía mucho tiempo, desde que lo empezara a pintar, pero, a pesar de ello, la opinión ajena, fuese la que fuese, tenía para él una enorme importancia y despertaba en su alma una emoción muy viva. La más leve observación que le demostrara que los críticos veían una mínima parte de lo que él encontraba en su cuadro le agitaba hasta lo más profundo de su ser. En general atribuía a sus jueces más capacidad de comprensión que la que él poseía, y siempre esperaba que, en sus palabras, había de descubrir algo que él no había podido ver en su cuadro. Se acercó con paso rápido a la puerta del estudio, y, a pesar de su emoción, la figura suavemente iluminada de Ana, que estaba a la sombra de la entrada, escuchando las animadas explicaciones de Golenischev, mientras trataba de dirigir una mirada al pintor que se aproximaba, hizo en éste una viva impresión. Sin que ni él mismo se diera cuenta, Mijailov captó y asimiló toda la gracia de aquella figura, como cazara al vuelo la barbilla del vendedor de cigarros, guardándola en el rincón de su cerebro de donde había de extraerla cuando la necesitó. Los visitantes, ya desilusionados por lo que Golenischev les contara del pintor, quedaron aún más decepcionados ante su aspecto. De mediana estatura, corpulento, de andar balanceante y amanerado, Mijailov, con su sombrero castaño y su abrigo color de aceituna, con sus pantalones estrechos cuando hacía tiempo que se llevaban anchos, producía una impresión que la vulgaridad de su ancho rostro y la mezcla de timidez y pretensiones de dignidad que se pintaban en él hacían aún más desagradable. –Hagan el favor –les dijo, tratando de adoptar un aire indiferente, mientras hacía pasar a sus visitantes y les abría la puerta del estudio. XI Al entrar en el estudio, el pintor Mijailov miró una vez más a los visitantes. La expresión del rostro de Vronsky, sobre todo de sus pómulos, se grabó en su imaginación. Aunque su sensibilidad artística trabajaba sin cesar, acumulando más y más materiales, aunque sentía una emoción cada vez mayor al acercarse el momento de exponer su cuadro, Mijailov, rápida y sutilmente, se formó una idea sobre aquellas tres personas basándose en apenas perceptibles indicios. Sabía que Golenischev era un ruso que vivía en la ciudad. No recordaba su apellido ni dónde le había visto, ni lo que había hablado con él. Sólo recordaba su rostro, como el de todas las personas que encontraba, y sabía que lo había clasificado ya en la inmensa categoría de los rostros sin expresión, a pesar de su falso aire de originalidad. Los cabellos largos y la frente despejada daban una aparente individualidad a aquel semblante de expresión minúscula, infantil, inquieta y concentrada sobre el arranque de la nariz. A juicio de Mijailov, Vronsky y Ana debían de ser rusos de la alta sociedad y muy ricos, artísticamente tan ignorantes corno todos aquellos rusos opulentos que fingían amar y apreciar el arte. «Seguramente han visto todas las antigüedades; ahora están visitando los estudios de los pintores modernos –el charlatán alemán, el prerrafaelista inglés– y han venido a ver mi estudio para completar la revista», pensaba. Conocía bien las costumbres de los dilettanti –tanto peores cuanto más informados– de visitar los estudios de los pintores modernos sólo con el fin de poder decir que el arte decae y que cuanto más conocen a los modernos más se persuaden de lo inimitables que son los maestros antiguos. Esperaba esto, lo veía en sus rostros, en la indiferente negligencia con que hablaban entre sí, mirando los maniquíes y bustos y paseando de un lado a otro en espera de que él descubriese su cuadro. Y, no obstante, cuando removió sus estudios, levantó las cortinas y descubrió el lienzo, Mijailov se sintió invadido por una viva emoción, tanto más cuanto que, a pesar de su juicio de que todos los nobles y ricos rusos tenían forzosamente que ser unos estúpidos, Vronsky, y sobre todo Ana, habían causado en él una excelente impresión. –Aquí... ¿Quieren verlo? –dijo Mijailov, apartándose del cuadro con su andar balanceante–. Es Cristo ante Pilatos... Mateo, capítulo XXVII –murmuró, sintiendo que sus labios empezaban a temblar de emoción. Y retrocedió, colocándose detrás de ellos. Durante los pocos segundos en que los visitantes miraron en silencio el cuadro, él lo contemplaba también con ojo indiferente a imparcial. Parecíale ahora que el juicio superior y justo sobre su pintura había de ser pronunciado por aquellos tres visitantes a quienes había despreciado un momento antes. Olvidó cuanto había pensado de su cuadro anteriormente, en los tres o cuatro años que llevaba pintándolo; olvidó todos sus méritos, fuera de duda para él, contemplándolo con la mirada severa, crítica y desapasionada de sus visitantes y no hallaba en él nada bueno. Veía en primer término el rostro de Pilatos, impaciente en su despecho, y el rostro sereno de Cristo; veía después las figuras de los criados de Pilatos y el semblante de Juan observando la escena. Cada rostro lentamente surgido en su interior, en medio de búsquedas y errores, con su carácter peculiar; cada figura tantas veces cambiada de sitio, para la armonía del conjunto; los tonos, matices y colores conseguidos con tanto trabajo, todo, mirado por los ojos de sus visitantes, le parecía trivial y repetido ya mil veces. Lo que más estimaba de él, el semblante de Cristo, centro del cuadro, que tanto le entusiasmara cuando lo descubrió, perdió todo su mérito al mirarlo con ojos ajenos. Veía una repetición, bien pintada –y aún no muy bien, porque ahora notaba en ella muchos defectos– de los innumerables Cristos de Tiziano, Rafael, Rubens, de los mismos guerreros y del invariable Pilatos. Todo aquello era trivial, mezquino y viejo a incluso mal pintado, con excesivo color y poca energía. Los visitantes tendrían razón en proferir algunas frases de fingido elogio en presencia del pintor, y compadecerle y burlarse de él cuando quedaran solos. Le pareció pesar durante largo rato aquel dilatado silencio, aunque en realidad no duró más de un minuto. Para interrumpirles y mostrar que no estaba conmovido, Mijailov, con un esfuerzo sobre sí mismo, habló a Golenischev. –Creo que ya he tenido el gusto de conocerle ––dijo, mirando con inquietud, ora a Ana, ora a Vronsky, a fin de no perder un detalle de la expresión de sus rostros. –Así es: nos vimos en casa de Rossi. ¿No se acuerda? En la velada en que declamó aquella señorita italiana, la nueva Raquel... –dijo con naturalidad Golenischev, apartando sin pesar los ojos del cuadro para hablar con el pintor. Advirtiendo, sin embargo, que Mijailov esperaba su juicio sobre el lienzo, dijo: –Su cuadro ha mejorado mucho desde la última vez que lo vi. Y como entonces, también ahora me sorprende extraordinariamente la figura de Pilatos. ¡Es tan comprensible este hombre, bueno, simpático, pero, en el fondo de su alma, un funcionario «que no sabe lo que se hace» ! No obstante, me parece... El movible rostro de Mijailov se iluminó de repente. Sus ojos brillaron. Fue a decir algo, pero la emoción no se lo permitió y fingió una tos. A pesar de lo poco que apreciaba el gusto artístico de Golenischev, a pesar de la insignificancia de aquella justa observación sobre la expresión del rostro de Pilatos como funcionario, a pesar de lo humillante que pudiese parecer un comentario tan minúsculo silenciando lo principal, Mijailov se sintió entusiasmado de aquella observación. Él opinaba sobre la figura de Pilatos lo mismo que Golenischev le había dicho. Que aquel comentario fuese uno de los millones de comentarios justos que pudieran hacerse sobre su pintura no disminuía a sus ojos la importancia de la observación de Golenischev. Sentía que sus palabras despertaban su simpatía hacia el otro y le hacían pasar del estado de abatimiento en que se encontraba a un estado de alegre entusiasmo. El cuadro, en el acto, se animaba a sus ojos con inexplicable complejidad en cuanto tenía de vivo. Trató de decir que él entendía también así a Pilatos, pero le temblaron los labios y fue incapaz de pronunciar una palabra. Vronsky y Ana hablaban en voz baja, como suele hacerse en las exposiciones, en parte por respeto al pintor y en parte por no decir en voz alta alguna tontería, tan fácil de decir en cuestiones de arte. Mijailov, pareciéndole que el lienzo les había impresionado también, se les acercó. –¡Qué extraordinaria expresión la de Cristo! ––dijo Ana. De cuanto veía, era aquello lo que más le gustaba. Le parecía, además, que, tratándose de la figura principal del cuadro, el elogio había de placer al pintor. –Se le nota que siente compasión de Pilatos –añadió. Tal observación pertenecía también a los millones de ellas que podían hacerse sobre un cuadro y sobre la figura de Cristo. Había dicho que sentía compasión de Pilatos, y era lógico que se viera en él la expresión de amor, de serenidad ultraterrena, de sentimiento de la proximidad de la muerte y de conciencia de la inutilidad de las palabras. Estaba claro que Pilatos debía tener una expresión de funcionario y Cristo había de tenerla de compasión, ya que uno encamaba la vida mortal y otro la vida espiritual. Todo esto y mucho más pasó por la mente de Mijailov, y, no obstante, su rostro volvió a iluminarse de entusiasmo. –Sí. Está muy bien pintada esa figura. ¡Y cuánta atmósfera en tomo de ella! Parece que habría de ser posible darle la vuelta –dijo Golenischev, seguramente queriendo signifcar que no estaba conforme con el significado a idea de la figura. –Es de una maestría excepcional –afirmó Vronsky–. ¡Cómo se destacan estas figuras del segundo término! ¡Esto tiene una técnica perfecta! –agregó, dirigiéndose a Golenischev, como dándole a entender, siguiendo su charla de antes, que él desesperaba de adquirir aquella habilidad. –Sí, es excepcional –confirmaron Golenischev y Ana. Pese al estado de exaltación en que se hallaba, la referencia a la técnica hirió dolorosamente a Mijailov. Mirando con enojo a Vronsky, se puso serio de repente. Oía con frecuencia la expresión «técnica» a ignoraba por completo lo que la gente entendía por ella. Sabía que indicaban así la facultad mecánica de pintar y dibujar completamente fuera de la idea del cuadro. Observaba a menudo, como en la presente alabanza, que contraponían la técnica al verdadero mérito, como si fuera posible pintar con arte una mala composición. Sabía que hay que tener mucha atención y esmero para, al quitar todas aquellas pinceladas que no expresaban nada interno, no estropear la obra de arte, pero en ello aquí no había ni arte pictórico ni técnica alguna. Si a un niño o a una cocinera se les hubiera revelado lo que veía él, también ellos habrían podido expresar lo que veían. Y el más hábil y diestro pintor técnico no habría podido pintar nada sólo con su facultad mecánica de no haber descubierto antes los límites del argumento y el contenido. Además, sabía que, hablando de técnica, era imposible elogiarle por ella. En cuanto había pintado y pintaba, reconocía defectos que saltaban a la vista, hijos de la escasa atención con que corregía sus cuadros de detalles materiales y que ya no podía corregir sin estropear la obra. Y en casi todas las figuras y rostros veía aún restos de defectos no bien corregidos que afeaban el cuadro. –Sólo objetaría una cosa, si me lo permitiera –notó Golenischev. –Lo celebro y se lo ruego –dijo Mijailov esforzándose en sonreír. –Que, en su cuadro, Cristo es un hombre–Dios y no un Dioshombre. Aunque ya sé que era eso lo que usted se proponía. –No puedo pintar un Cristo que no llevo en mi alma –repuso Mijailov, huraño. –Sí; pero entonces permítame expresar mi idea. Su cuadro es tan bueno, que mi observación no puede perjudicarle, y, además, es sólo mi opinión personal. En usted, el motivo mismo es diferente. Tomemos por ejemplo a Ivanov. Yo considero que si se reduce a Jesús al papel de figura histórica, habría sido preferible que Ivanov hubiese elegido otro tema histórico, más fresco, no tocado todavía por nadie. –¡Pero si es el tema más grande que se presenta al arte! –Sabiéndolos buscar se encuentran también otros. Sucede, no obstante, que el arte no admite discusión ni razones. Y ante el lienzo de Ivanov, tanto para el creyente como para el que no lo es, se presenta la misma duda: «¿Es Dios o no es Dios?». Y eso destruye el conjunto de la impresión. –¿Por qué? A mí me parece –dijo Mijailov– que para las personas cultas no puede ya haber discusión. Golenischev se mostró disconforme con esta opinión y, aferrándose a su primera idea sobre la unidad de impresión necesaria en el arte, venció a Mijailov, que, excitado, no supo decir nada en favor de su tesis. XII Hacía tiempo que Ana y Vronsky cambiaban miradas, cansados de la erudita charla de su amigo. Al fin, Vronsky se acercó a un pequeño cuadro sin esperar a que el pintor le invitara. –¡Oh, qué hermoso, qué hermoso! ¡Qué encanto! ¡Qué maravilla! –exclamaron al unísono él y Ana. «¿Qué les habrá gustado tanto?», se preguntó Mijailov, que no se acordaba ya de aquel cuadro, pintado por él tres años antes. Los sufrimientos que le había costado y los entusiasmos que despertara en él en aquellos meses que le tuvo absorbido noche y día, estaban olvidados, como los olvidaba siempre apenas terminaba su obra. En cuanto a aquélla, incluso le desagradaba verla y la había expuesto únicamente porque esperaba la visita de un inglés que quería comprarlo. –Es un estudio de hace tiempo –dijo. –Es admirable –afirmó Golenischev, notándose que sentía con sinceridad la fascinación de aquel lienzo. Dos niños, al pie de un alto arbusto, pescaban con caña. El mayor acababa de tender la suya y en aquel instante, colocado detrás de un arbusto, iba sacando el hilo con atención concentrada a fin de no perder el corcho de vista. El otro, menor, tendido en la hierba y acodado en ella, con su cabecita de cabellos rubios y enmarañados apoyada en sus manos, miraba el agua con pensativos ojos azules. ¿En qué pensaba? El entusiasmo ante aquel cuadro despertó en Mijailov la emoción de antes, pero no le placía aquel inútil sentimiento referente a algo ya pasado y así, aunque le halagaban los elogios, trató de desviar la atención de aquel cuadro y concentrarla en un tercero. Pero Vronsky le preguntó si quería venderlo. A Mijailov, emocionado con la visita, le resultaba desagradable hablar ahora de dinero. –Está expuesto para la venta, claro... –repuso con gravedad frunciendo el entrecejo. Cuando todos los visitantes se hubieron ido, Mijailov se sentó frente al cuadro de «Cristo ante Pilatos» y mentalmente se repitió lo que le dijeran y lo que podía sobreentender en las palabras de los visitantes. Y, cosa extraña, lo que tanto valor tenía para él cuando estaban presentes, perdía de pronto toda importancia ahora que mentalmente se ponía fuera del punto de vista de ellos. Ahora, mirando el cuadro con ojo de artista, adquiría la certeza absoluta de su perfección y la seguridad de su transcendencia, sentimiento que necesitaba para alcanzar aquella tensión que excluía todo otro interés y sin la cual no le era posible trabajar. No obstante, el pie de Cristo le parecía ahora algo desproporcionado. Cogió la paleta y empezó a trabajar. Mientras corregía el pie, miraba sin cesar la figura de Juan, en segundo término, y en el que no se fijaron los visitantes, pero que él sabía que era un modelo de perfección. Concluido el pie, pensó en trabajar en aquella figura, pero se sentía demasiado conmovido para poder hacerlo. No podía trabajar ni en frío ni cuando se sentía emocionado y lo veía todo exageradamente. De la frialdad a la inspiración había sólo un peldaño, y era entonces cuando le resultaba posible pintar. Hoy tuvo, pues, que abandonar el trabajo. Fue a tapar el cuadro, pero se detuvo con el paño en la mano mirando embelesado la figura de Juan. Al fin, apartó la mirada con pena, dejó caer el paño, y cansado, pero feliz, volvió a su casa. Vronsky, Ana y Golenischev, de regreso, iban animados y alegres. Hablaban de Mijailov y de sus cuadros. La palabra «talento», que ellos definían como una facultad natural, casi física, independiente del alma y el corazón, y con la que nombraban cuanto produjera el pintor, surgía en su charla con frecuencia, ya que necesitaban nombrar algo que no comprendían, pero de lo que deseaban hablar. Afirmaban que no se podía negar talento a Mijailov, pero que tal talento no había podido desarrollarse por falta de cultura, desgracia común a los pintores rusos. Mas el cuadro de los niños quedó grabado en su memoria, y de vez en cuando lo mencionaban de nuevo. –¡Qué maravilla! ¡Qué bien logrado y qué sencillo es! Él mismo no comprende el mérito que tiene. No hay que perder la ocasión. Debemos comprarlo ––dijo Vronsky. XIII Mijailov vendió el cuadro a Vronsky y aceptó hacer el retrato de Ana. El día fijado acudió y empezó a trabajar. Desde la quinta sesión, el retrato sorprendió a todos, y más que a nadie a Vronsky, no sólo por el parecido con el original sino en especial por su belleza. Asombraba el acierto con que Mijailov había sabido reproducir la peculiar belleza de Ana. «Parecía necesario conocerla y amarla como yo para encontrar lo más querido a íntimo de su expresión espiritual», pensaba Vronsky, aunque en realidad sólo a través de aquel retrato había conocido lo querido a ínfimo de tal expresión. Pero era tan exacta que a él y a otros les parecía conocerla desde mucho antes. –¡Tanto tiempo luchando para no hacer nada! –decía Vronsky, refiriéndose al retrato de Ana que pintaba él–. Y este hombre la ha captado apenas la ha visto. ¡He aquí lo que significa la técnica! –Eso se adquiere –le consolaba Golenischev, a juicio del cual Vronsky tenía talento y, sobre todo, la cultura que da un concepto elevado del arte. La convicción de que Vronsky tenía talento se afirmaba tanto más en Golenischev cuanto que él mismo necesitaba elogios y apoyo moral de parte de su amigo para obtener elogios de sus ideas en artículos de prensa. Y Golenischev opinaba que los elogios y ayuda debían ser recíprocos. Mijailov, en casa ajena, y sobre todo en el palazzo de Vronsky, resultaba un hombre diferente por completo a como era en su estudio. Se mostraba desagradablemente respetuoso, cual si temiera mantener amistad con gente a quien no respetaba. Trataba de excelencia a Vronsky y jamás, pese a las repetidas invitaciones de él y de Ana, se quedaba a comer cuando iba a las sesiones. Ella mostraba a Mijailov, a causa de su retrato, una profunda gratitud y le trataba más amablemente que a los otros. Vronsky iba más allá de la amabilidad y era evidente que le interesaba conocer la opinión que el pintor tenía sobre su cuadro. Golenischev no perdía ocasión de imbuir a Mijailov las verdaderas ideas sobre el arte. Pero Mijailov era igualmente frío con todos. Ana notaba por su mirada que le agradaba contemplarla; pero él rehuía el conversar con ella. Y cuando Vronsky le hablaba de pintura, Mijailov callaba, tozudo, como igualmente calló ante el cuadro de Vronsky y ante las conversaciones de Golenischev, que, por lo que se comprendía, no le interesaban en absoluto. En general, al conocer más a Mijailov le perdieron completamente la simpatía, por su carácter reservado y desagradable, casi hostil; y se sintieron todos satisfechos cuando, concluidas las sesiones, dejó de acudir al palacio, dejando un espléndido retrato en su poder. Golenischev fue el primero en anunciar el pensamiento general de que Mijailov tenía celos y envidia de Vronsky. –Si no envidia, ya que es hombre de talento, le irrita que un cortesano, un hombre rico, un conde (pues todos ésos odian estas cosas) haga sin esfuerzo especial lo mismo, si no mejor que él, a lo que ha consagrado toda su vida. Lo esencial es la cultura que él no posee. Vronsky defendía a Mijailov, pero en el fondo de su alma creía lo mismo, ya que, según sus ideas, un hombre de más baja extracción que él debía necesariamente envidiarle. El retrato de Ana, una figura pintada por ambos, debía mostrar sus respectivas diferencias, pero Vronsky no las veía. Mas, después de concluir Mijailov el retrato, dejó él de pintar el suyo, considerándolo superfluo. Continuaba trabajando en su lienzo de tema medieval. Él, Golenischev y, sobre todo Ana, encontraban que el cuadro era excelente, porque se parecía mucho más a los cuadros célebres que el de Mijailov. Mijailov, por su parte, a pesar de que el retrato de Ana le había proporcionado momentos deliciosos, estaba más satisfecho que ninguno de que hubieran concluido las sesiones y de no estar obligado a oír las disgresiones de Golenischev sobre arte, así como de poder olvidar la pintura de Vronsky. Sabía que no era posible prohibir a Vronsky que jugase con la pintura, comprendía que éste y todos los aficionados tenían derecho a pintar cuanto quisieran, pero ello le molestaba. Es imposible impedir a un hombre que haga una gran muñeca de cera y la bese. Pero si este hombre llega con su muñeca, se sienta ante dos enamorados y acaricia la figura como el enamorado a su amante, el enamorado se sentirá profundamente molesto. Este mismo sentimiento experimentaba Mijailov al ver la pintura de Vronsky, que encontraba ridícula; le producía enojo y piedad y le hacía sentirse ofendido. La pasión de Vronsky por la pintura y la Edad Media duró poco. Tenía el suficiente buen gusto en cuestión de pintura para advertir que era mejor no continuar. Presentía vagamente que los defectos del lienzo, no muy visibles al principio, serían horribles si llegaba al final. Le pasó lo mismo que a Golenischev, quien comprendía en el fondo que no tenía nada que decir y que se engañaba con la idea de que su pensamiento no estaba maduro y que debía desarrollarlo y elegir materiales. Pero ello irritaba y fatigaba a Golenischev, mientras que Vronsky no se engañaba ni atormentaba, y, sobre todo, no se irritaba contra sí mismo. Con su decisión característica, dejó de pintar sin explicarlo ni tratar de justificarse. Pero, sin tal ocupación, su vida y la de Ana, que estaba extrañada del desengaño de Vronsky, le pareció tan monótona en la ciudad italiana que encontró de pronto el palacio tan viejo y sucio, tan desagradables las manchas de las cortinas, las grietas del suelo y el yeso desconchado de las comisas; y le resultó tan ingrato tratar siempre, a Golenischev, al mismo profesor italiano y al mismo viajero alemán, que experimentaron una imperiosa necesidad de cambiar de existencia y decidieron regresar a Rusia. Vronsky quería dividir las propiedades con su hermano y Ana deseaba ver a su hijo. Se proponían pasar el verano en la gran propiedad de la familia Vronsky. XIV Levin llevaba casado más de dos meses. Era feliz, pero no tan completamente como había esperado. A cada momento le salía al paso una decepción de sus antiguas ilusiones, o bien encontraba en otro un encanto inesperado. Aunque dichoso, veía, al hacer vida familiar, que ésta era muy diferente de lo que él había creído. Experimentaba lo que un hombre que, admirando primero los suaves movimientos de una barca en un lago, entrara luego él mismo en la embarcación. Veía que había poco tiempo para estar inmóvil sobre las aguas, que había que pensar, sin olvidarlo ni un momento, en el rumbo, que no podía tampoco echar en olvido que debajo había agua, que era preciso remar y que las manos, no acostumbradas, sentían dolor, y, en fin, que lo que es muy fácil de ver, resulta difícil de hacer aunque sea agradable. De soltero, ante la vida conyugal de los otros, con sus pequeñas miserias, sus disputas y celos, Levin se limitaba a sonreír con ironía desde el fondo de su alma. Pensaba que en su futura vida de casado no sólo no podría haber nada parecido, sino que incluso creía que sus formas exteriores habían de ser en todo distintas a las de los demás. Y de pronto, en vez de esto, resultaba que su vida de casado no sólo no se organizaba de un modo peculiar, sino que se componía precisamente de aquellas mismas pequeñeces que tanto despreciara antes, y que ahora, contra su deseo adquirían una importancia extraordinaria. Ahora veía que su solución no era empresa tan fácil como antes le había parecido. Aunque pensaba conocer muy bien la vida familiar, él, como todos los hombres, no la imaginaba sino como un goce del amor no obstaculizado por nada y del que debían apartarse todas las pequeñas preocupaciones. Según él, una vez hecho su trabajo, debía descansar en la dicha del amor. Kitty debía ser amada y nada más. Pero Levin olvidaba, como todos los hombres, que ella también tenía que trabajar. Y le sorprendía que aquella gentil y poética Kitty pudiera, no ya en las primeras semanas, sino en los primeros días de su vida conyugal, pensar, acordarse y preocuparse de manteles, muebles, colchones para los huéspedes, bandejas, comidas, etc. Ya de novio |