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Séptima Parte

SÉPTIMA PARTE

I

Más de dos meses llevaban los Levin viviendo en Moscú, y el término fijado por los entendidos para el parto de Kitty había pasado ya, sin que nada hiciera prever que el alumbramiento hubiera de producirse en un término inmediato.

El médico y la comadrona, y Dolly y su madre y, sobre todo, el mismo Levin, que no podían pensar sin terror en aquel acontecimiento, empezaban ya a sentirse impacientes e inquietos. únicamente Kitty se sentía completamente tranquila y feliz.

Distintamente sentía ahora nacer en sí un gran afecto, un gran amor para el niño que había de venir, y, también, un gran orgullo de sí misma; y se complacía en estos nuevos sentimientos.

Su niño, a la sazón, era, no sólo una parte de ella, sino que a veces vivía ya por sí mismo, independiente de la madre. En estas ocasiones, con el rebullir del nuevo ser, solía experimentar fuertes dolores, pero al mismo tiempo gozaba con nueva a intense alegría.

Todos aquellos a quienes ameba estaban a su lado, y todos eran buenos con ella, la cuidaban con tan tiernas solicitudes y se lo hacían todo tan agradable, que a no saber que todo debía terminar muy pronto, Kitty no habría deseado vide mejor y más agradable. Sólo una cosa le enturbiaba el encanto de aquella vide: que su marido no fuese como ella le quería, que hubiese cambiado tanto.

A Kitty le agradaba el tono tranquilo, cariñoso y acogedor con que se mostraba siempre en la finca. En la ciudad, en cambio, parecía estar siempre inquieto y preocupado, temiendo que alguien pudiera ofenderle o –y esto era lo principal– ofenderla a ella.

Allí, en el campo, sintiéndose en su lugar, jamás se precipitaba y no se le veía nunca preocupado. En cambio, aquí andaba siempre apresurado, como temiendo no tener nunca tiempo de hacer lo que llevara entre manos, aunque casi nunca tuviera nada que hacer.

A Kitty le parecía casi un extraño, y la transformación que se había operado en su marido despertaba en ella un sentimiento de piedad.

Nadie sino ella experimentaba, sin embargo, este sentimiento, pues no había nada en la persona de él que excitara la compasión, y cada vez que en sociedad había querido Kitty conocer la impresión que producía Levin en los demás, pudo ver, casi con un sentimiento de celos, que no sólo no producía lástima, sino que, por su honradez, por su tímida cortesía, algo anticuada, con las mujeres, su recia figura y su rostro expresivo, se atraía la simpatía general.

No obstante, como había adquirido el hábito de leer en su alma, estaba convencida de que el Levin que veía ante ella no era el verdadero Levin.

A veces, en su interior, Kitty le reprochaba el no saber adaptarse a la vida de la ciudad; pero, también, a veces, se confesaba a sí misma que le sería muy difícil ordenar su vida en la ciudad de tal forma que la satisficiera a ella.

En realidad, ¿qué podía hacer? No le gustaba jugar a las cartas. No iba a ningún círculo. ¿Tener amistad con los hombres alegres, ser una especie de Oblonsky? Kitty sabía ahora que aquello significaba beber y luego, una vez bebidos, ir Dios sabía adónde. Y ella nunca había podido pensar sin horror en los lugares a donde debían ir los hombres en tales ocasiones. Tampoco el « gran mundo» le atraía. Para atraerle habría debido frecuentar el trato de mujeres jóvenes y bellas, cosa que a Kitty no podía en modo alguno gustarle. ¿Quedarse en casa con ella, con su madre y sus hermanas? Pero por muy agradables y divertidas que fueran para ella estas conversaciones de Alin y Nadin, como llamaba el viejo Príncipe a tales charlas entre hermanos, Kitty sabía que a su esposo le habían de aburrir. ¿Qué debía, pues, hacer? Al principio iba a la biblioteca para tomar apuntes y anotaciones, pero, como él confesaba, cuanto menos hacía, tanto menos tiempo tenía libre, y además, se quejaba de que, habiendo hablado de su libro demasiado, ahora tenía una gran confusión de pensamientos y hasta había perdido para él todo interés.

Esta vida en Moscú tenía, sin embargo, una ventaja: aquí no se suscitaba entre ellos ninguna discusión.

Ya fuese por las condiciones especiales de la vida de la ciudad o porque, tanto él como ella, se hubiesen hecho más prudentes y razonables a este respecto, el caso era que su temor de que en Moscú se renovasen las escenas de celos había resultado completamente injustificado.

En este aspecto se había producido un hecho muy importante para los dos: el encuentro de Kitty con Vronsky.

La vieja princesa María Borisovna, madrina de Kitty, que quería mucho a su ahijada, hizo presentes sus deseos de verla. Kitty que, por su estado, no salía a ninguna parte, fue, sin embargo, acompañada por su padre, a ver a la honorable anciana y encontró a Vronsky en su casa.

De lo ocurrido en este encuentro, Kitty no pudo reprocharse a sí misma sino que, cuando reconoció los rasgos tan familiares de Vronsky en su traje de paisano, se le cortó la respiración, le afluyó al corazón toda la sangre y sintió el rostro encendido de rubor. Pero esto duró sólo algunos segundos. Todavía su padre, que intencionadamente se había puesto a hablar con Vronsky en voz alta, no había terminado de saludarle, cuando Kitty estaba ya completamente repuesta de su emoción y dispuesta a mirar a Vronsky y hasta a hablarle, si era preciso, del mismo modo que hablaría con la princesa María Borisovna, a hacerlo de forma –y esto era lo principal– que todo, hasta la entonación y la más leve sonrisa pudieran ser aprobadas por su marido, la presencia invisible del cual parecíale presentir en todos los momentos de aquella escena.

Cruzó, pues, algunas palabras con su antiguo amado y sonrió tranquila cuando bromeó sobre la asamblea de Kachin, llamándola «nuestro Parlamento» (era preciso sonreír para mostrar que había comprendido la broma). En seguida volvióse hacia María Borisovna y no miró ya a Vronsky ni una vez más hasta que él se levantó para despedirse, porque no hacerlo entonces habría sido evidentemente una falta de consideración.

Kitty estaba agradecida a su padre por no haberle dicho nada acerca de su encuentro con Vronsky. Durante el paseo que según costumbre dieron juntos y por la particular dulzura con que la trató, Kitty comprendió que su padre estaba satisfecho de ella. También ella misma estaba satisfecha de sí. Nunca se había creído capaz de poder manifestar ante su antiguo amado la firmeza y tranquilidad que manifestó, de poder dominar los sentimientos que en presencia de él había sentido despertar en su alma.

Levin se sonrojó mucho más que ella cuando le dijo que había encontrado a Vronsky en la casa de María Borisovna.

Le fue difícil decírselo y aún más contarle los detalles de aquel encuentro, porque él nada le preguntó y sólo la miraba con las cejas fruncidas.

–Siento mucho que no hayas estado presente –dijo Kitty–. No en la misma habitación, porque con tu presencia no habría podido obrar tan naturalmente. Ahora mismo me ruborizo más, mucho más, que entonces –decía, conmovida hasta el punto de saltársele las lágrimas–. Lo que siento es que no pudieras verlo desde un lugar oculto...

Los ojos, que le miraban tan francamente, dijeron a Levin que Kitty estaba contenta de sí misma; y a pesar de que allí, ahora, se ruborizaba, él se sintió tranquilo y empezó a dirigirle preguntas, que era precisamente lo que ella quería.

Cuando lo supo todo, hasta aquel detalle de que, en el primer momento, Kitty no había podido dominar su emoción, pero que luego se había sentido tan tranquila como si se encontrara ante cualquier hombre, Levin se calmó totalmente, y dijo que a partir de entonces no se conduciría ya con Vronsky tan estúpidamente como lo había hecho en su primer encuentro en las elecciones, sino que, incluso, pensaba buscarle y mostrarse con él lo más amable posible.

–¡Es un sentimiento penoso el de huir, el de encontrarse con un hombre y tener que considerarle casi un enemigo! –dijo Levin–. Me siento dichoso, muy dichoso.

II

–Por favor, haz una visita, aunque sólo sea de paso, a los Bolh –dijo Kitty a su marido cuando éste, a las once de la mañana, entró en su habitación para despedirse al salir de casa–. Sé que comes en el Círculo, que papá lo ha inscrito de nuevo. ¿Y por la mañana qué vas a hacer?

–Sólo voy a ver a Katavasov –contestó Levin.

–¿Y por qué sales tan temprano?

–Katavasov me prometió presentarme a Metrov. Quiero hablarle de mi obra. Es un sabio muy conocido en San Petersburgo –explicó Levin.

–¡Ah! ¿Es el autor del artículo que has alabado tanto? –inquirió Kitty.

–Además, quizá vaya al Juzgado por el asunto de mi hermana.

–¿Y el concierto? –preguntó Kitty.

–¿Qué voy a hacer solo en el concierto?

–Tendrías que ir. Es una fiesta magnífica, toda a base de piezas modernas que tanto te interesan... Yo en tu lugar no dejaría de ir...

–En todo caso, antes de comer vendré aquí.

–Ponte la levita. Así podrás ir directamente a casa de la condesa de Bolh.

–¿Y es necesaria esa visita?

–Sí, es necesaria. El Conde estuvo en nuestra casa. ¿Y qué trabajo te cuesta? Vas allí, te sientas, hablas cinco minutos del tiempo, te levantas y te vas.

–¿Quieres creer que he perdido tanto esas costumbres que hasta dudo de saber comportarme debidamente? Fíjate: va a verles un hombre casi desconocido, se sienta, se queda allí sin tener ninguna necesidad. Estorba a aquella gente, se molesta él mismo y luego se marcha...

Kitty rió de buena gana.

–Pero, ¿cuando estabas soltero no hacías esas visitas? –lo dijo sonriendo aún.

–Las hacía, pero siempre experimentaba vergüenza; y ahora estoy tan desacostumbrado, que te juro que preferiría quedarme dos días sin comer y no hacer esta visita. ¡Siento tanta vergüenza! Me parece incluso que se van a enfadar y que dirán: «¿Y para qué vendrá este hombre sin tener necesidad de vernos?».

–No, no se enfadarán. De esto yo te respondo –dijo Kitty, mirando al rostro a su marido y sonriéndole, burlona y cariñosa.

Luego le tomó una mano y le dijo:

–Adiós. Te pido que hagas esa visita.

Ya iba a marcharse, tras haber besado la mano a su mujer, cuando ella le paró.

–Kostia. ¿Sabes que sólo me quedan cincuenta rublos?

–Bien. Pasaré por el banco. ¿Cuánto quieres? –contestó Levin con la expresión de desagrado que Kitty conocía ya en él.

–No, espera –dijo ella reteniéndole por la mano–. Hablemos. Esto me inquieta. Creo que no pago nada que no deba pagar, pero el dinero desaparece con tanta rapidez que a veces pienso que gastamos más de lo que podemos.

–Nada de eso –contestó Levin, aunque mirándola ceñudo y tosiendo ligeramente.

Kitty conocía también aquel modo de toser. Aquel gesto y aquella tosecilla eran señal de descontento, si no de ella, de sí mismo.

En efecto, Levin estaba descontento no de que hubieran gastado mucho dinero, sino de que Kitty le hubiese recordado que –como él sabía bien, pero procuraba olvidarlo– sus cosas no marchaban como él quería.

–He ordenado a Sokolov –dijo a su esposa– vender el trigo y cobrar adelantado el arriendo del molino. No te preocupes; de todos modos, tendremos dinero.

–Temo que gastamos demasiado...

–No... Nada... Nada, querida... Adiós querida –repitió Levin.

–Te aseguro que a veces siento que hayamos dejado el pueblo. Me arrepiento de haber escuchado a mamá. ¡Estábamos tan bien allí! En cambio aquí molesto a todos, y, por otra parte, gastamos tanto dinero...

–No, no... En manera alguna... Desde que estoy casado no he dicho ni una sola vez que me haya arrepentido de nada.

–¿Y es verdad que piensas así? –preguntó ella mirándole a los ojos.

Levin lo había dicho sin pensarlo, sólo para tranquilizarla; pero cuando vio que los ojos, claros, puros, de ella le miraban interrogativamente, lo repitió con toda su alma. Recordó luego lo que esperaban para pronto y se dijo entre sí: «La olvido demasiado».

Y tomándola por las manos, le preguntó cariñosamente y con cierta ansiedad:

–¿Y cuándo ...? ¿Cómo te sientes?

–He contado tantas veces y me he equivocado, que ahora ya no sé ni pienso nada.

–¿Y no temes ...?

Kitty sonrió con despreocupación.

–Nada.

–En todo caso, estaré en la casa de Katavasov.

–No, no pasará nada. No pienses en ello. Iré a dar un paseo en coche con papá, por la avenida. Pasaremos a ver a Dolly. Antes de la comida te espero. ¡Ah! ¿Sabes que la situación económica de Dolly vuelve a ser insostenible? Debe en todas partes, no tiene dinero... Ayer hablé con mamá y con Arsenio (así llamaba ella al marido de su hermana Lvova) y decidimos mandaros a ti y a él a hablar seriamente con Stiva. Es absolutamente imposible que las cosas sigan de este modo... Con papá no se puede hablar de esto... Pero si tú y Arsenio...

–Pero, ¿qué podemos hacer nosotros? –––objetó Levin.

–De todos modos, pasa a ver a Arsenio y háblale. Él te dirá lo que hemos decidido.

–Bien pasaré a verle. Con él siempre me pongo de acuerdo. A propósito: si voy al concierto, iré con Nataly. Adiós, pues.

En la escalinata, Kusmá, el criado que tenía ya cuando estaba soltero, detuvo a Levin.

–A «Krasavchik» le han herrado de nuevo –«Krasavchik» era el caballo que enganchaban a la izquierda del tiro que los Levin habían llevado del pueblo– y todavía cojea –dijo Kusmá–. ¿Qué hago, señor?

En los primeros días de su estancia en Moscú, Levin se ocupaba continuamente de los caballos que había traído del campo. Quería organizar este asunto de la mejor manera y más económica, pero, al fin, había tenido que recurrir a los caballos de alquiler, porque los suyos le resultaban demasiado caros.

–Manda a buscar al veterinario. Quizá tenga una magulladura en ese casco.

–¿Y para Katerina Alejandrovna? –preguntó Kusmá.

A Levin le sorprendió, como en el primer tiempo de su estancia en Moscú, que para ir de Vosdvijenskoe a Sivzev Vrajek hubiera que enganchar un pesado carruaje con un par de fuertes caballos que salvasen el barro pegajoso y la nieve y, después de un cuarto de versta, dejarlos allí cuatro horas pagando por ello cinco rublos.

–Ordena al cochero de alquiler que traiga un par de caballos para nuestro coche –dijo.

–Sí, señor.

Y después de haber resuelto tan fácilmente, con tanta sencillez, gracias a las condiciones de vida en la ciudad, aquella cuestión que en el pueblo hubiera requerido tanto trabajo y atención personal, Levin salió a la escalera y, habiendo llamado a un coche de alquiler, se sentó en él y se dirigió a la calle Nikitskaya.

Una vez instalado en el coche, dejó de pensar en el dinero para pensar únicamente en aquel sabio petersburgués que se dedicaba a sociología y en la conversación que había de tener con él.

Al principio de llegar a Moscú, a Levin le sorprendieron aquellos gastos extraños para él, habitante de un pueblo; gastos sin utilidad, pero imprescindibles que había que hacer a cada paso. Pero ahora ya estaba acostumbrado. Le pasó en este aspecto lo mismo que dicen que ocurre a los borrachos: la primera copa –se dice– les sienta como un tiro; la segunda como si se tragaran un halcón; y, al pasar de la tercera, las otras copitas parecen pajarillos. Cuando Levin cambió por primera vez cien rublos en Moscú para comprar las libreas al lacayo y al portero, libreas que, contra la opinión de Kitty y la Princesa, juzgaba él perfectamente inútiles, pensó que el dinero que estas libreas iban a costar correspondía a la labor de dos obreros durante todo el verano, es decir, de trescientos días de labor –desde la Pascua hasta la Cuaresma, en otoño–, de trabajo penoso, diario, desde bien temprano, en el amanecer, hasta ya caída la tarde, y también este gasto fue para él un trago amargo. En cambio los otros cien, cambiados para comprar las provisiones de la comida que dieron a los parientes y que costó veintiocho rublos, aunque despertaron en él el recuerdo de que aquel dinero correspondía a nueve cuartas de avena, las cuales la gente, con sudor y rudo trabajo, había segado, ligado, trillado, aventado y tamizado, los gastó, a pesar de todo, con más facilidad.

Y ahora, hacía ya tiempo, los billetes que cambiaba no le despertaban estas reflexiones y volaban como pajarillos ligeros. Levin no se preguntaba ya si el placer que el dinero le procuraba correspondía al esfuerzo que costaba obtenerlo.

Había olvidado también su principio de que había que vender el trigo al más alto precio posible.

El centeno, cuyo precio Levin había sostenido alto durante tanto tiempo, era vendido ahora a cincuenta cópecs el cuarto, más barato que lo daban hacía un mes, y ni el pensamiento de que con gastos como aquellos les sería imposible vivir todo el año sin contraer deudas le preocupaba ya.

Necesitaba sólo una cosa: tener dinero en el banco, saber que al día siguiente podían hacer frente a las necesidades de la vida y no preocuparse de nada más.

Hasta entonces las cosas se habían deslizado sin obstáculos, las necesidades de la casa habían quedado siempre cubiertas. De pronto, Levin había descubierto que en la cuenta corriente no quedaba dinero, ni sabía tampoco dónde lo podría obtener; por lo cual no era extraño que al mentárselo Kitty se pusiera de mal humor.

Ahora no tenía, sin embargo, tiempo de pensar en ello.

Pensaba sólo en Katavasov y en Metrov, al cual iba a conocer inmediatamente.

III

En esta su nueva estancia en Moscú, Levin reanudó la gran amistad que le unía con su compañero de universidad, el profesor Katavasov, al cual no había visto desde su casamiento.

Katavasov le atraía por la claridad y sencillez de sus ideas.

Levin pensaba que la claridad de pensamiento de Katavasov provenía de la escasez de ideas, mientras que el profesor pensaba que la falta de coordinación en los pensamientos de Levin era debida a indisciplina de su cerebro.

Pero la claridad de Katavasov le era agradable a Levin, como la abundancia de ideas indisciplinadas lo era para Katavasov, y los dos se encontraban y discurian con evidente satisfacción.

Levin le había leído algunas partes de su obra a su amigo, el cual la encontró de mucho interés.

El día anterior, al encontrar a Levin en una conferencia pública, Katavasov le dijo que el famoso Metrov, uno de cuyos recientes artículos habían entusiasmado a Levin, se encontraba en Moscú y estaba muy interesado por lo que le había dicho él de su obra; que al día siguiente por la mañana, a las once, Metrov les esperaría en su casa y se alegraría mucho de conocerle.

–¡Hola! ¿Ya está usted aquí? Decididamente, amigo mío, veo que va haciéndose usted puntual. Bueno, hombre, me agrada mucho verle –dijo Katavasov al encontrar a su amigo en el saloncito–. Oí la campanilla, pero pensé « no puede ser que sea ya él». ¿Y qué? ¿Qué me dice de los montenegrinos? Son guerreros de raza, ¿no?

–¿Qué ha pasado? –preguntó Levin.

Katavasov, en pocas palabras, le informó de las últimas noticias, y, entrando en el despacho, le presentó a un señor de alta estatura, fuerte y de presencia muy agradable. Era Metrov.

La conversación versó un momento sobre la política y los comentarios que en las altas esferas de San Petersburgo habían suscitado los últimos acontecimientos. Metrov refirió una conversación, una fuerte discusión, que se aseguraba había habido entre el Emperador y uno de los ministros. Katavasov dijo haber oído también, como cosa muy segura, que el Emperador había dicho todo lo contrario. Levin buscó una explicación que, tomando algo, lo más verosímil, de cada versión, diera la justa, la más aproximada a la realidad de lo ocurrido. Y seguidamente cambiaron de terra.

–Mi amigo tiene casi terminado un libro sobre la economía rural –dijo Katavasov–. Yo no soy un especialista en la materia, pero, como naturalista, la idea fundamental del libro ha despertado mi interés. Lo que más me ha gustado de él es que no toma al hombre como algo que está fuera de las leyes zoológicas, sino que, al contrario, examina su situación y el medio en que se encuentra y en esta relación busca las leyes para el desarrollo de su teoría.

–Es muy interesante –comentó Metrov.

–A decir verdad –explicó Levin– empecé a escribir un libro sobre economía rural, pero, por fuerza, habiéndome ocupado de la primera máquina de la agricultura –del obrerollegué a resultados completamente insospechados –dijo sonrojándose.

Y poniendo un gran cuidado en sus palabras, pues sabía que Metrov había escrito un artículo contra su punto de vista, Levin se puso a explicar sus opiniones sobre la cuestión. Miraba en tanto con gran atención a su interlocutor, como explorando el terreno que pisaba, queriendo ver cómo reaccionaba aquél ante tales ideas, mas en el rostro tranquilo a inteligente del sabio nada lograba adivinar.

–Pero, ¿en qué ve usted condiciones particulares al obrero ruso? –preguntó Metrov, al fin–. ¿En sus cualidades zoológicas, por decirlo así, o en las condiciones en las cuales se encuentra?

Levin veía que esta pregunta, en sí misma, contenía ya una oposición a sus ideas sobre aquel asunto, pero continuó explicando su pensamiento, que consistía en creer que el campesino ruso tiene un punto de vista respecto a la tierra muy distinto del que sustentan los campesinos de otros pueblos. Y, para demostrarlo Levin se apresuró a añadir que este punto de vista del pueblo ruso proviene de considerarse predestinado a poblar los enormes espacios libres de Oriente.

–Es muy fácil equivocarse extrayendo conclusiones de la predestinación general de un pueblo –dijo Metrov interrumpiéndole–. El estado del obrero siempre depende de sus relaciones con la tierra y el capital.

Y ya, no dejando hablar más a Levin, Metrov se puso a exponer la particularidad de su ciencia.

En qué consistía la particularidad de tal ciencia, Levin no lo entendió, en primer lugar, porque no se esforzó en comprenderlo.

Levin veía que, como otros, y no obstante su artículo en que refutaba la ciencia de los economistas, Metrov consideraba la posición del obrero ruso sólo desde el punto de vista de capital, sueldo y renta. Y lo hacía así a pesar de reconocer que en la mayor parte de Rusia –la zona oriental–, la renta era aún nula; que el sueldo para las nueve décimas partes de la población rusa –de ochenta millones de habitantes– significaba sólo no morirse de hambre, que, en fin, el capital no estaba representado sino por los instrumentos de trabajo más primitivos.

En muchas cosas, Metrov no estaba de acuerdo con los economistas, y tenía su teoría propia respecto a la remuneración de los obreros, teoría que expuso de manera detallada.

Levin le escuchaba de mal grado y hasta le replicaba, le interrumpía para exponerle su idea, la cual pensaba que haría innecesaria la explicación de Metrov. Luego, convencido de que cada uno de ellos consideraba la cuestión de un modo tan distinto que nunca podrían comprenderse, dejó de oponer objeciones y se limitó a escuchar.

A pesar de que ahora no le interesaba ya lo que estaba diciendo, Levin le escuchaba con gusto, halagado en el fondo de que un sabio de tanto renombre le expusiera sus ideas con el calor, atención y confianza con que lo hacía. Levin lo atribuía a sus méritos, sin saber que Metrov, después de haber hablado de ello con todos sus íntimos, no dejaba de aprovechar cuantas ocasiones se le presentaban para tratarlo con cada hombre que encontraba dispuesto a escucharle, y que hallaba, por otra parte, un gran placer en hablar de una cuestión que le apasionaba y que él, el gran sabio, no veía aún clara.

–Con todo eso se nos va a hacer tarde –dijo Katavasov, mirando el reloj, cuando Metrov acabó la exposición de sus ideas–. Hoy se da en la Sociedad de Amigos de la Ciencia una conferencia para conmemorar el cincuentenario de la muerte de Sviatich –añadió–. Pedro Ivanovich y yo vamos allí. He prometido presentar una comunicación acerca de la obra de Sviatich en la Zoología. Vente con nosotros. Será muy interesante.

–Sí, es verdad; ya es tiempo de ir –dijo Metrov–. Vamos todos juntos y de allí iremos a mi casa, si usted quiere, Levin. Allí podría usted leerme su obra. Me gustaría mucho.

–En cuanto a esto, me es imposible complacerle, pues todavía no la tengo terminada. Pero con mucho gusto iré a la conferencia –contestó Levin.

–Y esto, ¿lo ha oído usted? –le preguntó Katavasov en otra habitación, donde había ido a ponerse el frac.

Y les explicó una opinión que se apartaba de todas las expuestas anteriormente.

Luego hablaron de los asuntos de la universidad.

La cuestión universitaria era un acontecimiento muy importante aquel invierno en Moscú.

En el Consejo, tres catedráticos ancianos no habían aceptado la opinión de los jóvenes, y los jóvenes habían presentado una memoria particular.

Según la opinión de algunos, esta memoria era detestable; según otros, no podía ser más justa y sencilla.

Los catedráticos se dividieron en dos grupos: unos, a los cuales pertenecía Katavasov, veían en el campo adversario el engaño y la delación; los otros veían en sus contrarios puerilidad y poco respeto a las autoridades universitarias.

Aunque Levin no pertenecía ya a la universidad, muchas veces desde que vivía en Moscú, había escuchado, hablado y hasta discutido sobre aquel asunto y tenía formada su opinión sobre él, por lo que, ahora, tomó también parte en la conversación de Katavasov y Metrov, que se continuó en la calle mientras se dirigían los tres a pie al edificio de la universidad antigua, al lado de la cual se había construido la nueva universidad.

La conferencia había empezado ya. A la mesa donde tomaron asiento Katavasov, Metrov y Levin, estaban sentados seis hombres, y uno de ellos muy inclinado sobre el papel, leía un manuscrito.

Levin se sentó en una de las sillas desocupadas que había alrededor de la mesa y, en voz baja, dirigiéndose a un estudiante que estaba sentado a su lado, preguntóle de qué trataba la exposición.

–La biografía –contestó secamente, con cierto descontento, el estudiante.

A pesar de que a Levin no le interesaba la biografía del sabio, hubo de escucharla, quieras que no, y conoció, de este modo, detalles nuevos a interesantes de la vida de aquel famoso hombre de ciencia.

Cuando el lector hubo terminado, el Presidente le dio las gracias y leyó, a su vez, unos versos que el poeta Ment había escrito para aquel jubileo a quien dedicó algunas palabras de gratitud.

Luego, Katavasov, con su voz fuerte y aguda, leyó su memoria sobre las obras científicas del sabio.

Cuando Katavasov hubo terminado, Levin miró el reloj, vio que era ya la una dada, y pensó que no tendría tiempo de leer a Metrov su obra antes del concierto, cosa que por otra parte había dejado de ofrecer interés para él. Durante la conferencia meditó también sobre la conversación que habían sostenido. Ahora veía claro que sus ideas eran al menos tan importantes como las del sabio, y que los pensamientos de los dos podrían ser aclarados y llegar a algo práctico con la condición de trabajar cada cual separadamente en la orientación elegida. Comunicarse mutuamente sus ideas y emplearse en discutirlas, le parecía ahora perfectamente inútil.

Decidió, por lo tanto, rehusar la invitación de Metrov y, al final de la conferencia, se acercó a éste para hacérselo saber.

Metrov le presentó al Presidente, con el cual estaba hablando en aquel momento de las últimas noticias políticas; le repitió lo mismo que había dicho anteriormente a Levin, y éste formuló las mismas objeciones que había formulado ya por la mañana, aunque y, para variarlas en algo, expuso una nueva idea que, en aquel momento precisamente, había acudido a su cerebro.

Luego pasaron a hablar de la cuestión universitaria.

Como quiera que Levin había ya oído todo aquello infinidad de veces y no le interesaba, se apresuro a decir a Metrov que sentía mucho no poder aceptar su invitación, saludó y se dirigió a casa de Lvova.

IV

Casado con Natalia, hermana de Kitty, Lvov había pasado toda su vida en las capitales y en el extranjero, donde se había educado y había actuado después como diplomático.

El año anterior había dejado el servicio diplomático, no porque le hubiese sucedido nada desagradable (cosa imposible en él), sino para pasar al servicio del ministerio de la Corte, en Moscú, y tener así la posibilidad de dar una educación superior a sus dos hijos.

No obstante la diferencia bien marcada entre sus costumbres a ideas, y aunque Lvov era mucho más viejo que Levin, durante aquel invierno los dos cuñados se habían sentido unidos por una sincera amistad.

Lvov estaba en casa y Levin entró en su gabinete sin anunciarse.

Vestido con una bata, con cinturón y zapatillas de gamuza, Lvov estaba sentado en una butaca y con su pincenez de cristales azules leía en un libro colocado sobre un pupitre, mientras que, con una mano, entre dos dedos, sostenía con cuidado, a distancia, un cigarrillo encendido a medio consumir.

Su rostro, joven aún, al cual los cabellos rizados, blancos y brillantes, daban un aire aristocrático, al aparecer Levin se iluminó con una sonrisa de alegría.

–Ha hecho usted muy bien en venir. Precisamente quería mandarle una carta... ¿Cómo está Kitty? Siéntese aquí, por favor. (Lvov se levantó y acercó a Levin una mecedora.) ¿Ha leído usted la última circular en el Journal de Saint-Petersburg? La encuentro muy bien –comentó con acento ligeramente afrancesado.

Levin refirió a su cuñado lo que había dicho a Katavasov sobre los rumores que circulaban en San Petersburgo y, después de haber charlado de otras cuestiones políticas, le contó su encuentro con Metrov y su impresión de la conferencia, cosa que despertó en el otro un extraordinario interés.

–Le envidio que pueda frecuentar ese mundo tan interesante de la ciencia –dijo, y animándose, continuó, en francés ahora, porque en este idioma se explicaba con más comodidad–. A decir verdad, tampoco tendría tiempo; mi trabajo y mis ocupaciones con los niños no me lo permitirían y, además (lo confieso sinceramente) no tengo la suficiente preparación.

–No lo pienso así –dijo Levin con una sonrisa y conmovido como siempre ante las palabras de su cuñado, por saber que respondían, no a un deseo de aparentar modestia, sino a un sentimiento profundo y sincero.

–Repito que es así, y ahora me doy cuenta de mi escasa cultura. Hasta para enseñar a mis niños tengo que refrescar frecuentemente mi memoria y aun a veces repasar mis estudios. Porque, para educar a los hijos, no basta procurarles maestros; hay que ponerles también observadores, tal como en su propiedad tiene usted obreros y capataces. Ahora estoy leyendo esto –Lvov indicó la gramática de Buslaev que, por ejemplo, tenía sobre el pupitre–. Se lo exigen a Michka y es tan difícil... ¿Quiere usted explicarme qué es lo que dice aquí?

Levin le objetó que se trataba de materias que debían ser aprendidas sin intentar profundizar en ellas, pero Lvov no se dejó convencer.

–Usted se ríe de mí...

–Al contrario. Usted me sirve de ejemplo para tu porvenir y, viéndole, aprendo a pensar en lo que habré de hacer cuando tenga que encargarme de la educación de mis hijos.

–Poco podrá usted aprender de mí.

–Sólo puedo decirle una cosa: no he visto niños mejor educados que los suyos y no quisiera más sino que los míos lo fueran como ellos.

Lvov quiso contenerse para no expresar la satisfacción que le causaban aquellas palabras, pero su rostro se iluminó con una sonrisa.

–Eso sí; quisiera que fuesen mejores que yo. Es todo lo que deseo. Usted no se figura el trabajo que dan chicos como los míos, que por nuestra forma de vivir, casi siempre en el extranjero, estaban tan atrasados en sus estudios.

–Ya adelantarán. Son muchachos despiertos a inteligentes. Lo principal es la educación moral, y en este aspecto he aprendido mucho viendo a sus hijos.

–Usted dice «la educación moral»... Es imposible imaginar hasta qué punto es difícil eso. Apenas ha salvado usted una parte, se enfrenta con otra y de nuevo comienza la lucha. Si no fuera por el apoyo de la religión (se acordará usted de lo que hablamos sobre este asunto), ningún padre podría, con sus medios solamente, llevar adelante la educación de sus hijos.

Esta conversación, que interesaba siempre a Levin, fue interrumpida por la bella Natalia Alejandrovna, que entraba vestida ya para ir al concierto.

–No sabía que estuviese usted aquí –dijo desviando aquella conversación tan repetida y aburrida para ella. ¿Y cómo está Kitty? Hoy como en casa de ustedes –dijo a Levin–. ¿Lo sabías, Arseny? Tú tomarás el coche... –se dirigió a su marido.

Los esposos se pusieron a discutir sobre lo que tenían que hacer aquel día. Como el marido, por obligaciones del servicio, debía ir a la estación a recibir a un personaje y la mujer quería asistir al concierto y luego a una conferencia pública de la Comisión del Sudeste, tenían que meditar y resolver varias cuestiones relacionadas con todo ello, en las cuales entraba también Levin como persona de la casa. Decidieron, al fin, que Levin iría al concierto con Natalia Alejandrovna y a la conferencia, y desde allí mandarían el coche a Arsenio, el cual, a su vez, iría a buscar a su mujer para llevarla a casa de Kitty. En el caso de que Lvov no terminara a tiempo sus quehaceres, mandaría el coche y Levin acompañaría a Natalia Alejandrovna a su casa.

–Levin quiere halagarme –dijo Lvov–. Me asegura que nuestros niños están muy bien dotados, cuando yo les reconozco tantos defectos.

–Arseny exagera, lo digo siempre –comentó la mujer–. Si buscas la perfección –dijo luego a su marido–, nunca estarás contento. Eso es imposible. Papá dice, y yo lo pienso también, que cuando nos educaban a nosotros se pecaba en un sentido, nos tenían en el entresuelo mientras los padres habitaban en el principal; ahora, por el contrario, los padres viven en la despensa y los hijos en el principal. Ahora los padres ya no han de vivir, sino sacrificarlo todo por los hijos.

–¿Y por qué no ha de ser así si es agradable? –dijo Lvov, sonriendo con su hermosa sonrisa y acariciando la mano de su mujer–––. Quien no lo conozca podría pensar que no eres madre sino madrastra.

–No, la exageración no va bien en ningún caso – insistió Natalia Alejandrovna con tranquilidad, poniendo en su sitio la plegadera.

–Ahí les tiene usted. ¡Ea, pasen acá los niños perfectos! ––dijo Lvov dirigiéndose a sus dos hermosos hijos, que entraban en aquel momento.

Los niños saludaron a Levin y se acercaron a su padre con evidente deseo de decirle algo.

Levin quiso hablarles y oír lo que iban a decir a Lvov, pero en este momento Natalia Alejandrovna se puso a hablar con él y en seguida entró en la habitación Majotin, compañero de Lvov en el servicio, el cual, vestido con el uniforme de la Corte, venía a buscarle para ir juntos a recibir al personaje que llegaba. Al punto se entabló entre ellos una conversación, que resultó interminable, sobre la Herzegovina, la princesa Korinskaya, el Ayuntamiento y sobre la muerte inesperada de la Apraxina.

Levin, con todo esto, se olvidó del encargo que le había dado Kitty para Arsenio, pero, cuando se disponía a salir, lo recordó:

–¡Ah! Kitty me encargó hablarle sobre Oblonsky –dijo ahora, al detenerse Lvov en la escalera, acompañándoles a su esposa y a él.

–Sí, sí, maman quiere que nosotros, les beaux fréres, le dirijamos una reprimenda –dijo Lvov, poniéndose rojo–. ¿Y por qué debo hacerlo yo?

–Entonces lo haré yo –repuso, sonriendo, Natalia Alejandrovna, que esperaba el final de la conversación, habiéndose puesto ya su capa de zorro blanco... Ea, vamos.

V

En el concierto ejecutaban dos piezas interesantes.

Una era El rey Lear en la estepa y otra el cuarteto dedicado a la memoria de Bach.

Las dos obras eran nuevas, compuestas en estilo moderno, y Levin desaba fomar juicio acerca de ellas. Con esta intención, después de haber acompañado a su cuñada a la butaca, se puso al lado de una columna, decidido a escuchar con toda atención.

Procuró no distraerse, no estropear la impresión de la obra mirando los movimientos del director de orquesta, solemne con su corbata blanca, lo que entretiene tanto la atención en los conciertos. Tampoco quería mirar a las mujeres, tocadas con sombreros, cuyas cintas, especialmente destinadas a tales fiestas, ocultaban delicadamente sus lindas orejas, ni a todas aquellas fisonomías no preocupadas por nada o sólo por las cuestiones más diversas fuera de la música. Quiso sobre todo evitar a los aficionados, grandes habladores casi todos, y con los ojos fijos en el espacio se puso a escuchar.

Pero cuanto más oía la fantasía de « El rey Lear» tanto más lejos se sentía de poder formar una opinión definida. Juntándose las melodías sin cesar, empezaba la expresión musical del sentimiento para en seguida diluirse en los principios de nuevas expresiones según el capricho del compositor, dejando como única impresión la de la búsqueda penosa de una difícil instrumentación. Pero estos trozos que a veces encontraba excelentes, otras le eran desagradables por inesperados, o bien provocados sin ninguna preparación. Alegría y tristeza, y desesperación, y dulzura, y exaltación, se sucedían con la incoherencia de las ideas de un loco para desaparecer después de la misma manera.

Durante la audición, Levin experimentaba continuamente la impresión de un sordo contemplando una danza.

Cuando la pieza hubo terminado, se sintió perplejo a invadido de una inmensa fatiga provocada por la tensión nerviosa a que inútilmente se había sometido.

Desde todas partes se escucharon grandes aplausos. Todos se levantaron, se movieron de una parte a otra y empezaron a hablar. Queriendo aclarar su desconcierto con la impresión de otros, Levin se dirigió al encuentro de los inteligentes en música y tuvo la suerte y la alegría de ver a uno de los que gozaban de más crédito hablando con su amigo Peszov.

–Es pasmoso –decía Peszov, con su profunda voz de bajo. Buenos días, Constantino Dmitrievich... El pasaje más vivo, el más rico en melodías, es aquel en que aparece Cordelia, en que la mujer, das ewig Weibisgche , entra en lucha con el Destino... ¿No es cierto?

–¿Y qué tiene que ver con esto Cordelia? –preguntó tímidamente Levin, olvidando por completo que aquella fantasía presentaba al rey Lear en la estepa.

–Aparece Cordelia... Mire: aquí... –dijo Peszov, dando golpecitos con los dedos al programa satinado que tenía en la mano y alargándolo a Levin.

Sólo entonces Levin recordó el título de la fantasía y se apresuró a leer, traducidos al ruso en el programa, al dorso de éste, los versos de Shakespeare.

–Sin esto, es imposible seguir la música –dijo Peszov dirigiéndose a Levin porque su otro interlocutor se había marchado y no tenía con quién hablar.

En el intermedio, entre Levin y Peszov se entabló una discusión sobre las cualidades y los defectos de las directrices seguidas por Wagner en su música. Levin decía que el error de Wagner, como el de todos sus seguidores, consiste en querer introducir la música en el campo de otro arte, y que yerra también la poesía cuando describe los rasgos de un rostro, lo que debe dejarse a la pintura.

Como ejemplo de tal error Levin adujo el del escultor que quiso cincelar en mármol rodeando la figura del poeta en el pedestal las pretendidas sombras de sus inspiraciones.

–Estas sombras del escultor tienen tan poco de sombras, que se tiene la impresión de que se sostienen merced a la escalera –concluyó Levin. Y se sintió satisfecho de su frase.

Pero apenas la había dicho, cuando se dio cuenta de que acaso la había dicho ya en otra ocasión y precisamente al mismo Peszov, y se sintió turbado.

Peszov, por su parte, demostraba que el arte es único y que puede llegar a su máxima expresión sólo en la unión de todos sus aspectos.

La segunda obra del concierto, Levin no pudo escucharla. Peszov, a su lado, le habló casi todo el tiempo, criticando esta composición por su sencillez, demasiado exagerada, azucarada, artificial, y comparándola con la ingenuidad de los prerrafaelistas en la pintura.

A la salida, Levin encontró muchos conocidos, con los cuales habló de política, de música y de amigos y conocidos comunes.

Entre otros, encontró al conde Bolh, de la visita al cual se había ya olvidado por completo.

–Bueno, pues, vaya ahora –le indicó Lvova, a la que habló de aquel olvido–. Puede ser que no le reciban, con lo que ganaría tiempo, y podría ir a buscarme en seguida a la Comisión. Yo estaré todavía allí.

VI

–¿Acaso no reciben hoy? –preguntó Levin a la entrada de la casa de la condesa de Bohl.

Sí, reciben. Haga el favor de pasar –dijo el portero quitando el abrigo a Levin.

«Que lástima», pensó suspirando Levin. Se quitó un guante y, arreglándose el sombrero, se dirigió al primer salón. «¡Para qué habré venido!», iba diciéndose para sí. «¿Y qué les diré?»

Pasado el primer salón, Levin encontró, a la puerta del siguiente, a la condesa de Bohl, que con el rostro grave y severo daba órdenes a su criado.

Al ver a Levin, la Condesa sonrió y le rogó que pasara al saloncito contiguo, del cual salían rumores de conversación.

En él estaban sentados, en sendas butacas, los dos hijos de la Condesa y un coronel moscovita que ya conocía Levin. Este se acercó a ellos, saludó y se sentó con su sombrero sobre las rodillas.

–¿Cómo está su esposa? ¿Estuvo usted en el concierto? Nosotros no hemos podido ir. Mamá tuvo que asistir a un funeral.

–Sí, lo he oído decir. ¡Qué muerte tan inesperada! –dijo con indiferencia Levin.

Vino la Condesa, se sentó en un diván y le preguntó también por su mujer y por el concierto.

Levin repitió su sorpresa por la muerte repentina de la Apraxina.

–De todos modos, siempre había tenido una salud muy frágil ––comentó.

–¿Estuvo usted ayer en la ópera?

–Sí. La Lucca estuvo soberbia.

–Sí, estuvo muy bien –dijo Levin. Y, sin importarle lo que pudieran pensar de él, se puso a repetir lo que había oído decir respecto al talento particular de la cantante.

La condesa Bohl fingía escucharle.

Le pareció que había dicho ya bastante, se calló, y entonces el Coronel, que hasta entonces había guardado silencio, comenzó a hablar a su vez. Habló de la ópera, del nuevo alumbrado, y, tras hacer alegres pronósticos acerca de la folle journée que se preparaba en casa de Tiurnin, rió, recogió su sable con gran ruido, se levantó y se fue.

Levin se levantó también, pero por el gesto que hizo la Condesa, comprendió que aún era pronto para irse, que debía quedarse un par de minutos más por lo menos. Se sentó, pues, de nuevo, atormentado por la estúpida figura que hacía a incapaz de encontrar un motivo de conversación.

–¿Usted no va a la conferencia pública de la Comisión del Sudeste? –le preguntó la Condesa–. Dicen que es muy interesante.

–No estaré en la conferencia, pero he prometido a mi cuñada pasar a buscarla allí –contestó Levin.

Hubo otro silencio.

La madre y el hijo cambiaron una mirada.

«Bueno, parece que ahora ya es tiempo», pensó Levin. Y se levantó.

La Condesa y los dos hijos le dieron la mano, rogándole que dijera mille choses de su parte a su mujer.

El portero, al ponerle su abrigo, le preguntó: «¿Dónde para el señor en Moscú?». Y en seguida lo anotó en una libreta grande y elegantemente encuadernada.

«A mí me da igual», pensó Levin, « pero, de todos modos, me molesta y ¡es tan ridículo todo esto!». Se consoló, no obstante, pensando que todo el mundo hacía visitas como aquélla.

Se dirigió de allí a la conferencia pública donde había de encontrar a su cuñada para ir juntos a su casa una vez terminado el acto.

Había allí una numerosa concurrencia, y se veía a casi toda la alta sociedad.

Al llegar él, todavía hacían la exposición general, la cual le aseguraron que era muy interesante.

Cuando se dio fin a la lectura y el Comité se reunió para tratar diversas cuestiones, Levin encontró también a Sviajsky, el cual le invitó a ir a la Sociedad de Agricultores, donde, según él, se daba también aquel día una conferencia de gran interés. Encontró, asimismo, a Esteban Arkadievich, que venía de las carreras de caballos y a otros muchos conocidos suyos, con todos los cuales conversó sobre la conferencia sobre una nueva obra teatral que acababa de estrenarse y sobre un proceso que apasionaba a la gente, y a propósito del cual, seguramente a causa del cansancio que empezaba a experimentar, cometió un error que, después, tuvo que lamentar. Comentando la pena impuesta a un extranjero juzgado en Rusia y hablando de que sería injusto castigarle con la expulsión del país, Levin repitió esta frase, que había oído anteriormente conversación con un conocido: «Me parece que mandarle fuera de Rusia es igual que castigar al sollo echándole al río.»

Y luego recordó aun que este pensamiento, que él había presentado como propio, era tomado de una fábula de Krilov, y que el conocido de quien lo oyera lo había recogido, a su vez, de un artículo publicado en un periódico.

Después de haber ido a su casa, junto con su cuñada, y habiendo encontrado a Kitty alegre y en perfecto estado de salud, Levin se fue al Círculo.

VII

Llegó al Círculo a la hora justa, en el momento en que socios a invitados se reunían en él.

Levin no había estado allí desde el tiempo en que, habiendo salido ya de la universidad, vivía en Moscú y frecuentaba la alta sociedad. Recordaba con todo detalle el local, y cómo estaban dispuestas todas las dependencias; pero había olvidado por completo la impresión que antes le producía.

Seguro de sí y sin vacilar, llegó al patio, ancho, semicircular y, dejando el coche de alquiler, subió la escalinata. Cuando le vio el portero, de flamante uniforme con ancha banda, le abrió la puerta sin hacer ruido y le saludó.

Levin vio en la portería los chanclos y abrigos de los miembros del Círculo, que, ¡al fin!, habían comprendido que cuesta menos trabajo despojarse de aquellas prendas y dejarlas abajo, en el guardarropa, que subir con ellas al piso de arriba. En seguida oyó el campanillazo misterioso que sonaba siempre al subir la escalera, de pendiente moderada y cubierta con una rica alfombra. Vio en el rellano la estatua, que recordaba bien, y en la puerta de arriba al tan conocido y ya envejecido tercer portero, con la librea del Círculo, el cual abría siempre la puerta sin precipitarse pero sin tardanza, examinando detenidamente al que llegaba. Y Levin sintió de nuevo la sensación de descanso, de tranquilidad, de bienestar que experimentaba siempre hacía años al entrar en el Círculo.

–Haga el favor de dejarme el sombrero –le dijo el portero, viendo que había olvidado esta costumbre del Círculo de dejar los sombreros en la portería–. Hace tiempo que el señor no ha venido por aquí... El Príncipe le inscribió ayer. El príncipe Esteban Arkadievich no ha llegado todavía.

El portero conocía, no sólo a Levin, sino, también, a todos sus parientes y amigos, y en seguida le fue nombrando, de entre ellos, a todos los que en aquel momento se encontraban allí.

Después de haber pasado por la primera sala, en la que se veían grandes biombos, y por la habitación de la derecha, donde estaba sentado el vendedor de frutas, y adelantando a un viejo que iba despacio, entró en el comedor, lleno de animación y de ruido.

Levin pasó por delante de las mesas, casi todas ya ocupadas, mirando a los concurrentes. Aquí y allá veía las gentes más diversas, jóvenes y viejos, unos íntimos, otros conocidos. No había ni un rostro enfadado ni preocupado. Parecía que todos habían dejado en la portería sus disgustos y preocupaciones y se habían juntado allí para gozar, sin cuidados, de los bienes materiales de la vida. Allí estaban Sviajsky, y Scherbazky, y Neviedovsky, y el viejo príncipe, y Vronsky, y Sergio Ivanovich.

–¡Ah! ¿Por qué has tardado tanto? –le preguntó el viejo Principe dándole una palmadita cariñosa en el hombro–. ¿Cómo está Kitty? –añadió, arreglando la servilleta y colocándosela en el ojal del chaleco.

–Está bien. Las tres comen en casa.

–¡Ah! « Alinas–Nadinas...» Aquí ya no tenemos sitio para ti... Ve allí, a aquella mesa, y ocupa en seguida el puesto que hay vacante –dijo el viejo Príncipe volviendo la cabeza. Y, con gran cuidado, tomó de manos del lacayo el plato de sopa de lota .

–Levin, ven aquí –le llamó, de algo lejos, una voz alegre.

Era Turovzin.

Estaba sentado junto a un joven militar desconocido para Levin, y a su lado había dos sillas reservadas inclinadas contra la mesa.

Después de las fatigosas conversaciones de aquel día, la vista de aquel amable libertino, por quien había sentido siempre simpatía y que le recordaba el día de su declaración a Kitty, a la que había estado presente, fue para Levin un motivo de particular alegría.

–Son las sillas para usted y Oblonsky, que vendrá ahora mismo –le dijo su antiguo amigo.

El militar, que permanecía sonriente, de pie, era el petersburgués Gagin.

Turovzin les presentó.

–Oblonsky siempre llega tarde –dijo luego–. ¡Ah! Allí viene.

–¿Has llegado ahora? –preguntó Oblonsky acercándose a ellos y dirigiéndose a Levin. ¡Buenas! ¿Has bebido ya vodka? ¿No? Pues vamos...

Levin se levantó y, junto con Oblonsky, se acercó a una gran mesa, donde había bocadillos y garrafas llenas de vodka y otras bebidas. Parecía que entre dos docenas de bocadillos de diversas clases, ya se podía elegir a gusto; pero Esteban Arkadievich pidió otra cosa especial, que en seguida le trajo uno de los criados.

Los dos cuñados bebieron unas copitas de vodka, tomaron unos bocadillos y volvieron a su mesa.

En seguida, cuando aún comían la sopa de pescado, a Gagin le sirvieron el champaña y ordenó que llenaran cuatro copas.

Levin no rehusó el vino que le ofrecía su amigo y pidió, por su parte, otra botella.

Tenía apetito y sed y comía y bebía con gran gusto; y con mayor gusto aún, tomaba parte en las conversaciones, sencillas y alegres, de sus compañeros de mesa.

Bajando la voz, Gagin contó una de las últimas anécdotas de San Petersburgo, la cual, aunque indecente y simple, era tan divertida, que Levin estallo en una fuerte carcajada que atrajo la atención de los que estaban en las mesas, aun los más lejanos.

–Es por el estilo de «esto precisamente no me gusta...» ¿Conoces ese chiste? –dijo Esteban Arkadievich–. ¡Ah! Es estupendo. Trae una botella más –ordenó al criado. Y empezó a contar la anécdota.

–De parte de Pedro Illich Vinovsky, quien les ruega que acepten –le interrumpió un criado viejecito, ofreciéndole dos finas copas llenas de burbujeante champaña.

Esteban Arkadievich tomó una de las copas y, mirando por encima de la mesa, cambió una mirada con un hombre calvo, de bigotes rubios, que estaba sentado unas mesas más alla, y le hizo, con la cabeza, una señal de agradecimiento y saludo.

–¿Quién es? –preguntó Levin.

–Le encontraste un día en mi casa... ¿No recuerdas? Es un buen mozo.

Levin repitió el gesto de su cuñado y tomó la copa que le ofrecían.

La anécdota de Esteban Arkadievich era también divertida. Levin contó otra que agradó igualmente. Luego hablaron de caballos, de las carreras que se habían celebrado aquel día y de la brillante victoria obtenida por el «Atlasny » de Vronsky, que había ganado el premio. La comida transcurrió con todo ello tan agradablemente para Levin que apenas se dio cuenta de nada.

–¡Ah! ¡Aquí están! –dijo Esteban Arkadievich, ya al final de la comida, alargando su mano, por encima de la silla, a Vronsky y a un alto coronel de la Guardia Imperial que se dirigían hacia ellos.

La alegría que reinaba en el Círculo se reflejaba también en el rostro de Vronsky, el cual, muy animado, se apoyó en el hombro de Esteban Arkadievich y le dijo algo al oído. Y con la misma sonrisa alegre adelantó la mano a Levin, que se la estrechó efusivamente.

–Estoy muy contento de encontrarle de nuevo –dijo Vronsky–. Aquel día, el de las elecciones, estuve buscándole, pero me dijeron que ya se había marchado usted.

–Sí, me marché aquel mismo día –contestó Levin–. Ahora mismo hablábamos de su caballo –siguió–. Le felicito.

–Usted también tiene caballos, ¿no?

–No. Mi padre sí tenía, yo no. Pero me acuerdo y entiendo de ellos.

–¿Dónde has comido? –preguntó Esteban Arkadievich a Vronsky.

–Estamos en la segunda mesa. Detrás de las columnas.

–Le han festejado –dijo el coronel–. Ganó el segundo premio del Emperador. Si tuviese yo tanta suerte con las cartas como él con los caballos... Pero, estoy perdiendo un tiempo precioso. Voy a la «sala infernal» –añadió. Y se alejó de la mesa.

–Es Jachvin –contestó Vronsky a Turovzin, que le había preguntado quién era aquel jefe militar. Y se sentó al lado de ellos, en la silla que había vacante.

Habiendo bebido la copa de champaña que le ofrecieron, Vronsky pidió otra botella.

Ya fuera por la impresión que le produjo el Círculo, ya por el vino que había bebido, Levin se sentía feliz. Entabló con Vronsky una animada conversación sobre caballos y se sintió aún más feliz al comprobar que no experimentaba animosidad alguna contra él. Hasta le dijo, entre otras cosas, que su mujer le había dicho que le había encontrado en la casa de la princesa María Borisoyna.

–¡Ah! La princesa María Borisovna... ¡Es un encanto! –comentó Esteban Arkadievich. Y contó una anécdota referente a ella que hizo reír a todos.

Con tanta gana, tan francamente rió Vronsky, que Levin se sintió completamente reconciliado con él.

–¿Qué? ¿Hemos terminado? –preguntó Esteban Arkadievich–. Vamos, pues –añadió sonriente.

VIII

Al dejar la mesa, Levin se dirigió, con Gagin, a la sala de billares. Sentíase extraordinariamente ligero.

En el salón grande encontró a su padre político.

–¿Qué? ¿Cómo encuentras nuestro templo de la ociosidad? –le preguntó el Príncipe tomándole del brazo–. Vamos. Echaremos un vistazo... daremos una vuelta y visitaremos el local...

–Sí, también yo tenía esa intención. Me parece muy interesante.

–Sí, para ti es interesante. Ahora, yo ya tengo otros intereses... Cuando miras a aquellos viejecitos, seguro que piensas que han nacido así, «machacados» –––dijo el Príncipe mostrándole un miembro del Círculo con el labio inferior colgando y que al andar apenas movía los pies, calzados con zapatos flexibles.

–¿Qué quiere decir «machacado»?

–Es un apodo que damos en el Círculo, ¿sabes? Cuando en las Pascuas se juega con huevos , si éstos chocan fuertemente, quedan machacados. Así somos nosotros: a fuerza de frecuentar el Círculo nos vamos «machacando». ¿Conoces al príncipe Chechensky? A ti esto te hace reír, pero a mí no, porque, mirándoles pienso que muy pronto seré también uno de epos –añadió. Y Levin comprendió por el rostro de su suegro que éste quería contarle alguna anécdota divertida.

–No, no le conozco.

–¿Cómo? ¿No conoces al famoso príncipe Chechensky? Bien, es igual... Es un hombre que siempre juega al billar. Hace tres años no estaba todavía entre los « machacados» y lanzaba bravatas, y llamaba «machacados» a los demás. Pero un día llegó al Círculo y a nuestro portero, ¿sabes?, Vasili, ese grueso, que gusta tanto de decir palabras chistosas; pues bien: el príncipe Chechensky, se acerca a él y le pregunta: «¿Qué, Vasili, quién hay en el Círculo? ¿Han llegado ya algunos de los "machacados"? Y nuestro hombre le contesta: "Usted es el tercero"». ¿Qué te parece?

De este modo, hablando, y saludando a los amigos y conocidos que encontraban a su paso, Levin, junto con el Príncipe recorrió todas las salas: la grande, donde ya estaban puestas las mesas, y se habían organizado diversas partidas con los jugadores de siempre; la sala de los divanes, donde se jugaba al ajedrez y donde estaba Sergio Ivanovich, hablando con un desconocido; la sala de los billares, en cuyo recodo había un diván, en el cual, con alegre compañía y bebiendo champaña, estaba Gagin. Echaron, también, una ojeada a la « sala infernal», donde rodeando una mesa, sentados o de pie, se hallaban muchos socios, entre ellos Jachvin, haciendo «apuestas» en el juego de azar o entretenidos mirando el juego.

Procurando no hacer ruido, entraron en la obscura biblioteca, donde, cerca de las lámparas con pantalla, estaban sentados un señor joven, con el rostro sofocado y leyendo periódico tras periódico, y un general calvo que parecía muy interesado por lo que estaba leyendo.

Estuvieron también en la sala que el Príncipe llama «de los sabios». En ella había tres señores que discutían animadamente las últimas noticias de política.

–Príncipe, haga el favor de venir. Todo está ya dispuesto –le dijo en aquel momento uno de sus compañeros de diversiones. Y el Príncipe se marchó con su tertulio.

Levin se sentó y se puso a recordar todas las conversaciones que había tenido durante la mañana; pero se sintió aburrido; y, levantándose precipitadamente, salió en busca de Oblonsky y Turovzin pensando que con ellos hallaría al menos distracción.

Turovzin estaba sentado en un diván en la sala de los billares, teniendo cerca de él, en una mesita, un cubilete con un brebaje.

Esteban Arkadievich y Vronsky hablaban de algo cerca de la puerta, en un rincón de la sala.

–No es que ella se aburra, pero esta posición tan indefinida... –oyó Levin al pasar.

Quiso alejarse, pero Esteban Arkadievich le llamó.

–¡Levin! –le gritó, con los ojos humedecidos, como solía tenerlos siempre que bebía mucho o estaba emocionado. Esta vez la causa era, sin embargo, otra.

–Levin, no te marches ––dijo y apretó a éste fuertemente el brazo bajo su codo para impedirle que se marchara.

–Es mi amigo más sincero y mejor –dijo luego a Vronsky–. Tú también me eres muy querido. Y deseo que os hagáis buenos amigos, porque los dos sois excelentes personas.

–¿Por qué no? Sólo nos falta besarnos –dijo Vronsky con bondadosa y burlona sonrisa, dando a Levin la mano, que él estrechó afectuoso, fuertemente, mientras decía:

–Me alegro, me alegro mucho.

–¡Mozo! Trae una botella de champaña ––ordenó Esteban Arkadievich al criado.

–Yo también me alegro mucho –dijo Vronsky.

Pero, a pesar de los deseos de Esteban Arkadievich y de ellos dos mismos, de entablar conversación, no encontraron de qué hablar y aparecían mustios y aburridos.

–¿Sabes? Levin no conoce a Ana ––dijo Esteban Arkadievich a Vronsky–. Y yo quiero llevarle a tu casa para presentarles y que se conozcan.

–¿Es posible? ––dijo Vronsky–. Ana se sentirá muy contenta... Yo iría con vosotros, también, a casa, pero me preocupa Jachvin. Me quedaré aquí hasta que termine su juego.

–¿Y qué, va mal?

–Está perdiendo, como siempre, y soy el único que puede contenerle.

– ¿Qué? ¿Jugamos una partida? –propuso Esteban Arkadievich–. Levin, ¿quieres jugar? Coloca los bolos –ordenó al marcador.

–Ya hace rato que están preparados –contestó éste que, en efecto, había ya dispuesto los bolos en triángulo y se entretenía en rodar la roja.

–Bien; vamos a jugar.

Después de la partida, Vronsky y Levin se sentaron a la mesa, al lado de Gagin, y Levin, aceptando la propuesta de Esteban Arkadievich, se puso a jugar a las cartas apuntando a los ases.

Vronsky estaba sentado al lado de la mesa, rodeado de conocidos que sin cesar venían a hablarle o iba, de cuando en cuando, a la «sala infernal» para ver cómo marchaba en su juego Jachvin.

Levin, después de la fatiga cerebral que había sentido por la mañana, experimentaba ahora una sensación agradable de descanso. El hecho de no sentir ya animosidad alguna contra Vronsky, le hacía sentirse dichoso, y una impresión de tranquilidad y de placer invadía continuamente su espíritu.

Terminada la partida, Esteban Arkadievich le tomó por el brazo.

–¿Vamos a ver a Ana? Ahora mismo, ¿no? Ella estará en casa. Hace tiempo que le prometí llevarte. ¿A dónde vas esta noche?

–A decir verdad, a ninguna parte. He prometido a Sviajsky ir a la Asociación de Agricultores. Pero es igual. Podemos ir a ver a Ana.

–¡Estupendo! Vamos. Entérate de si ha llegado mi coche –encargó Esteban Arkadievich al criado.

Levin se acercó a la mesa, pagó la apuesta perdida a los ases ––cuarenta rublos–; pagó, de una manera particularmente misteriosa, el gasto que había hecho en el Club, que el criado viejecito que había en la puerta conocía, y moviendo mucho los brazos, a través de diversas salas, se dirigió hacia la puerta.

IX

–¡El coche de Oblonsky! –gritó, con voz de bajo profundo, el portero.

El carruaje se adelantó hasta la entrada del Círculo y Levin y Esteban Arkadievich subieron a él y se dirigieron a la casa de Ana.

Solamente algunos momentos más –en tanto que el coche salía del zaguán– le duró a Levin la sensación de bienestar que había experimentado en el Círculo. Apenas el carruaje salió a la calle y sintió las sacudidas que daba rodando sobre un pavimento desigual, y oyó los gritos de un cochero de alquiler con el que se cruzaron, y percibió, a la luz tenue de los faroles la muestra roja de un café y tienda de comestibles, aquella sensación placentera se le desvaneció.

Reflexionó ahora sobre los hechos de aquel día y se preguntó si hacía bien yendo a la casa de Ana. ¿Qué iba a decir de esto Kitty?

Pero Esteban Arkadievich no le dejó que se preocupara, y, como si hubiese adivinado sus pensamientos, le dijo:

–No sabes lo que me alegra que vayas a ver a Ana. ¿Sabes? Dolly hacía tiempo que lo deseaba. Lvov estuvo ya en su casa y ahora la visita de vez en cuando. Aunque es mi hermana, puedo decir que es una mujer inteligente, y agradable, muy interesante. Su situación, sin embargo, es muy penosa, sobre todo ahora...

–¿Y por qué lo es sobre todo ahora?

–Porque llevamos unas negociaciones con su marido para tramitar el divorcio. Él está conforme, pero hay complicaciones a causa del hijo. Y el asunto, que debió quedar terminado en poco tiempo, dura ya más de tres meses. En cuanto se ultime el divorcio, Ana se casará con Vronsky. ¡Qué tonta es esta antigua costumbre de andar a vueltas con los cánticos! «Regocíjate, Isaías.» Nadie cree ya en el divorcio, Ana vive en Moscú. Aquí todos les conocen a él y a ella. Y no sale a ninguna parte, ni ve a parientes ni amigas, excepto Lvov y Dolly, porque, ¿comprendes?, estas cosas estorban la felicidad de la gente. Entonces, casada ya con Vronsky, la posición de Ana será tan regular como la tuya y la mía.

–¿Y a qué se deben esas complicaciones? –preguntó Levin.

–¡Ah! Es una historia larga y aburrida. Todo está tan poco claro, indefinido... Lo cierto es que, esperando, Ana no quiere que la traten sólo por compasión. Hasta esa idiota de la princesa Bárbara se ha marchado de la casa considerando inconveniente permanecer con ella. Otra mujer, en su situación, no habría podido encontrar recursos morales para vivir... Y ya verás cómo ha arreglado ella su vida con tranquilidad y dignamente. A la izquierda, por la calle pequeña, enfrente de la iglesia –ordenó Esteban Arkadievich sacando la cabeza por la ventanilla.

–¡Oh, qué calor tengo! –dijo a continuación. Y, no obstante el frío (doce grados bajo cero), echó atrás su pelliza, que llevaba ya bastante desabrochada.

–Pero Ana tiene, según creo, una hija –dijo Levin–. Esto debe también de ocuparla mucho.

–¿Imaginas que toda mujer ha de ser una hembra, une couveuse –replicó Esteban Arkadievich– que ha de pasarse el día al lado de sus hijos? No. Ana cría y educa a su hija, y, a mi parecer, de una manera excelente, pero no es ésta su ocupación principal. En primer lugar, Ana escribe. Ya veo que sonríes irónicamente, pero no tienes motivo. Escribe un libro para niños. No habla a nadie de esto, pero a mí me lo ha leído y yo le he dado a leer el manuscrito a Vorkuev. ¿Sabes a quién me refiero? El editor ese que me parece que escribe también. Es un hombre que entiende de estas cosas y me ha dicho que la obra es interesante. No pienses, por esto, que Ana es una escritora. Nada de eso. Antes que nada es una mujer de gran corazón... Ya la verás... Ahora tiene recogidos en su casa una niña inglesa y una familia entera, de los cuales se ocupa ella personalmente.

–¿Se dedica, pues, a la filantropía?

–Ya quieres ver en ello algo malo, ¿no? No es una cosa al estilo de los «filantrópicos», sino hecha de todo corazón y bien. Ellos tenían, o mejor dicho, Vronsky tenía un entrenador inglés, un hombre muy entendido en su especialidad pero un borracho, delirium tremens. Llegó a tal extremo de embrutecimiento, que abandonó a su familia, dejándola en la miseria. Ana se enteró, se interesó por ellos y ha terminado por encargarse de todos.

No sólo les ayuda con dinero, sino que ella misma enseña a los chicos el ruso para que puedan ingresar en el colegio, y a la niña la recogió en su casa... Ya la verás.

El coche entró en el patio de la casa de Ana, y Esteban Arkadievich llamó con un fuerte campanillazo.

A la entrada de la casa había un trineo.

Sin preguntar al hombre que les abrió la puerta si estaba en casa o no Ana, Oblonsky entró en el primer vestíbulo. Levin le seguía, dudando aún si hacía bien en ir allí.

Al mirarse en el espejo, vio que estaba muy sofocado. Pero seguro de que no estaba ebrio, siguió a Esteban Arkadievich, que subió por la escalera alfombrada.

Una vez en el piso superior, Oblonsky preguntó al criado, que le saludó como a persona de la casa, que quién estaba de visita con Ana Arkadievna y aquél le contestó que era el señor Vorkuev.

–¿Dónde están?

–En el despacho.

Tras atravesar el pequeño comedor, de paredes de madera oscura, Esteban Arkadievich y Levin entraron en una pieza débilmente iluminada por una lámpara cuya pantalla amortiguaba casi por completo la luz. Otra lámpara con reflector estaba fijada en la pared a iluminaba un retrato de mujer, pintado al óleo y de tamaño natural, que llamó en seguida la atención de Levin.

Era el retrato de Ana Arkadievna hecho en Italia por el pintor Mijailov.

Oblonsky continuó hacia donde estaba su hermana y la voz de hombre que se oía se calló.

Entre tanto Levin continuaba junto al cuadro, fascinado, sin poder apartar los ojos de él. Estaba admirado y conmovido hasta el punto de olvidar dónde se hallaba y de no oír a los que estaban hablando cerca de él. Lo que tenía ante sí no le parecía un cuadro, sino una mujer viva, deliciosa, con preciosos cabellos negros rizados; bellos hombros y brazos descubiertos; ligera y encantadora sonrisa en sus labios finos, rojos y sombreados por ligero vello; una mujer en fin que parecía mirarle dulce y dominadora, con ojos ensoñadores que le conturbaban. ¿Era posible que aquella hermosa criatura existiera en realidad?

De repente, oyó tras de sí la voz de aquella misma mujer cuya efigie estaba contemplando.

–Me alegra mucho su visita –le dijó Ana Arkadievna saliendo a su encuentro.

Y Levin vio, a la media luz del gabinete, la misma imagen del retrato con vestido de color azul oscuro alternado con otros colores.

Su actitud y sus ademanes eran distintos a los que tenía en el retrato, pero sí la misma expresión en el rostro y la misma belleza que tan bien había sabido captar el pintor.

En la realidad estaba menos brillante que en el retrato, pero, en cambio, había en ella algo nuevo y atrayente que faltaba en aquél: una alegre y dulce animación.

X

Ana Arkadievna no ocultó a Levin la alegría que experimentaba al verle.

Y en la forma con que ella le dio la mano, en cómo le presentó a Vorkuev y le mostró la niña –muy bonita, de cabellos rojizos– que estaba sentada allí, haciendo labor, llamándola «su pequeña y querida protegida», en todo esto, Levin reconoció los modales que tanto le admiraban de una mujer de gran mundo, siempre tranquila y natural.

–Me alegra mucho su visita –repitió. Y en sus labios estas palabras, tan sencillas, adquirieron para él una significación particular.

–Ya le conocía a usted hace tiempo –siguió Ana, dirigiéndose a Levin–y le quiero por su amistad con Stiva y por su mujer de usted. La traté muy poco tiempo, pero me dejó la impresión de una hermosa flor, precisamente de una flor. ¡Y pronto será madre!

Ana hablaba con soltura, sin precipitarse, mirando ya a Levin, ya a su hermano. Levin comprendió que producía en ella una excelente impresión, se sintió desembarazado y feliz y le habló con naturalidad, agradablemente. Le parecía conocerla desde la infancia.

–Ivan Petrovich y yo nos hemos quedado aquí en el despacho de Vronsky para poder fumar –dijo Ana a Esteban Arkadievich, que le preguntó si les estaba permitido fumar. Y, mirando a Levin y sin preguntarle si fumaba o no, cogió una lujosa pitillera y le alargó un cigarrillo.

–¿Cómo te encuentras hoy? –le preguntó su hermano.

–Nada... Nervios... Como siempre.

–¿No es verdad que este retrato es una obra maestra? –preguntó Esteban Arkadievich a Levin, viéndole contemplar el cuadro.

–No he visto en mi vida un retrato mejor –contestó Levin.

–Se parece mucho, ¿verdad? –dijo Vorkuev.

Levin comparó el retrato con el original.

El rostro de Ana, en el momento en que Levin la miró, resplandeció con una claridad particular; y éste, al cruzar su mirada con la de ella, se sonrojó.

Para ocultar su emoción, quiso preguntar a Ana si hacía mucho tiempo que no había visto a Daria Alejandrovna, pero precisamente en aquel instante ella le dijo:

–Ahora mismo hablábamos con Ivan Petrovich de los últimos cuadros de Vaschenkov. ¿Usted los ha visto?

–Sí, los he visto –contestó Levin.

–¡Oh! Perdón, le he interrumpido... Usted quería decir..

Levin hizo la pregunta que había pensado respecto a Daria Alejandrovna.

Ana contestó que hacía poco tiempo que Daria Alejandrovna le había visitado.

–Por cierto que cuando estuvo aquí, parecía muy disgustada de lo que le pasaba a Gricha en el colegio. Al parecer, el maestro de latín era poco justo con el muchacho –añadió.

Levin volvió a la conversación sobre los cuadros de Vaschenkov.

–Sí, he visto los cuadros y no me gustaron –dijo.

Ya no hablaba ahora torturándose continuamente, como lo había hecho aquella mañana. Cada palabra de Ana adquiría para él una significación particular. Y. si agradable le era hablarle, escucharla le era más agradable todavía.

Ana conversaba con naturalidad y desenvoltura, sin dar importancia alguna a lo que decía, y dándola en cambio grande a lo que decía su interlocutor.

Hablaron de las directrices que seguía el arte; de la nueva ilustración de la Biblia hecha por un pintor francés. Vorkuev criticaba a este pintor por su crudo realismo. Levin le objetó que aquel realismo era una reacción natural y beneficiosa contra el convencionalismo, que los franceses habían llevado en el arte hasta un extremo al que no había llegado ninguna nación. Y añadió que los pintores franceses, en el hecho de no mentir, veían ya poesía.

Nunca una idea espiritual expuesta por él había procurado a Levin tanto placer como ésta.

Ana, comprendiéndole, se sintió animada, le aprobó, y, sonriendo, dijo:

–Río, como se ríe cuando se ve un retrato muy parecido. Lo que usted ha dicho ahora caracteriza completamente el actual arte francés –la pintura y hasta la literatura: Zola, Daudet–. Tal vez haya sido siempre así: Se empieza por realizar sus conceptions por medio de figuras convencionales, imaginarias; pero, luego, todas las combinaisons artificiales, todas las figuras imaginarias, acaban por fatigar, y entonces se empiezan a concebir figuras más justas y naturales.

–Esto es verdad ––dijo Vorkuev.

–Entonces, ¿ustedes estuvieron en el Círculo? –preguntó Ana a su hermano.

«Sí, sí, he aquí una mujer», pensaba Levin, olvidándose de todo y mirando absorto el rostro bello y animado de Ana, el cual en aquel momento, a inopinadamente, cambió de expresión.

Levin no oyó lo que Ana decía en voz baja a su hermano, al oído, pero el cambio que se había manifestado en su rostro le impresionó. Aquel rostro antes tan hermoso en su tranquilidad, expresó de pronto una curiosidad extraña y después ira y orgullo. Pero eso duró sólo un instante. Ana frunció las cejas como recordando algo desagradable,

–Pues, al fin y al cabo, eso no le interesa a nadie –comentó para sí. Y, dirigiéndose a la inglesa, dijo:

–Please order the tea in the drawing–room .

La niña se levantó y salió de la habitación.

–¿Qué tal ha hecho sus exámenes? –preguntó Esteban Arkadievich, señalando a la pequeña.

–Muy bien. Es una niña inteligente y tiene muy buen carácter –contestó Ana.

–Acabarás queriéndola más que a tu propia hija.

–Se ve bien que eso lo dice un hombre. En el amor no hay más y menos... A mi hija la quiero con un amor y a ésta con otro diferente.

–Y yo digo a Ana Arkadievna –intervinó Vorkuev– que si ella hubiera puesto una centésima parte de la energía que emplea para esta inglesa en la obra común de educación de los niños rusos, habría hecho una obra grande y útil.

–Diga usted lo que quiera, yo no puedo hacer eso. El conde Alexey Kirilovich me animaba mucho a ello –y al pronunciar estas palabras, Ana miró tímidamente y como interrogándole a Levin, que le contestó con una mirada afirmativa y respetuosa–. El Conde, como digo, me animaba a ocuparme de la escuela del pueblo y he ido varias veces allí... Son muy simpáticos, sí; pero no pude interesarme por ellos. Usted dice: «energía». La energía se basa en el amor y no es posible adquirir amor a la fuerza; no se puede ordenar que se ame. A esta niña le tomé cariño sin saber yo misma porqué.

Ana miró de nuevo a Levin. Y su sonrisa y su mirada le dijeron claramente que hablaba sólo para él, que tenía en mucho su opinión, y que sabía de antemano que se comprendían.

–La entiendo muy bien –dijo Levin–. En la escuela y en otras instituciones semejantes no es posible poner el corazón y pienso que, precisamente por esta razón, todas las instituciones filantrópicas dan tan malos resultados.

Ana sonrió.

–Sí, sí –afirmó después–. Por mi parte, nunca lo pude hacer. Je n'ai pas le coeur assez large como para querer a un asilo entero de niños, incluyendo los malos. Cela ne m'a jamais réussi ! ¡Y, no obstante, hay tantas mujeres que se han creado con esto una position sociale! Y ahora, precisamente ahora, cuando tan necesaria me sería una ocupación cualquiera, es cuando puedo menos ––dijo con expresión melancólica y confiada, dirigiéndose a su hermano, pero hablando en realidad para Levin.

De pronto frunció las cejas y cambió de conversación.

Levin comprendió por aquel gesto que Ana estaba descontenta de sí misma, pesarosa de haber hablado de sí.

–¿Y usted qué hace? –dijo dirigiéndose ahora directamente a Levin–. Pasa usted por ser un mal ciudadano, pero yo he tomado siempre su defensa...

–¿Y cómo me defendía usted?

–Según los ataques... Bueno, ¿quieren ustedes tomar el té?

Ana se levantó y cogió un libro encuadernado en tafilete.

–Démelo usted, Ana Arkadievna –dijo Vorkuev indicando el libro–. Es merecedor de...

–¡Oh, no! No está bien terminado...

–Ya le he hablado a Levin de él –dijo Esteban Arkadievich a su hermana.

–No debiste hacerlo. Mis escritos son por el estilo de aquellas cestitas de madera que me vendía Lisa Markalova, hechas por los presos. A fuerza de paciencia, aquellos desgraciados hacían milagros –dijo, dirigiéndose también ahora a Levin.

Y éste descubrió un rasgo nuevo en aquella mujer que tanta admiración había ya despertado en él. Además de ser inteligente, espiritual y hermosa, tenía una sinceridad admirable que le llevaba a no disimular en nada todo lo que de penoso tenía su situación.

Dicho aquello, Ana suspiró y, de repente, su rostro adquirió una expresión seria y triste, y quedó inmóvil, como petrificada.

Con ese aspecto parecía aún más bella que antes; pero esta expresión era nueva, estaba fuera de aquel círculo de expresiones que irradiaban alegría y producían felicidad y que el pintor había sabido reproducir tan bien en el retrato.

Levin miró una vez más al cuadro, mientras Ana tomaba por el brazo a su hermano, y un sentimiento de ternura y de compasión, que le sorprendieron a él mismo, se despertó en su alma por aquella mujer.

Ana pidió a Levin y Vorkuev que pasaran al salón y ella se quedó en la habitación a solas con su hermano para hablar secretamente con él.

«Hablarán ahora del divorcio, de Vronsky, de lo que hace éste en el Círculo, de mí...» , pensó Levin. Y le preocupaba tanto lo que pudieran estar hablando los dos hermanos, que no atendía a lo que Vorkuev le decía en aquel momento de las cualidades de la novela para niños escrita por Ana.

Durante el té continuó la conversación, agradable y llena de interés.

No sólo no hubo un momento de silencio, sino que, al contrario, se desenvolvía tan rápida y agradablemente como si hubiera de faltarles tiempo para decir todo lo que querían exponer.

Y todo lo que decía Ana a Levin le parecía interesante, a incluso los relatos o comentarios de Vorkuev y Esteban Arkadievich adquirían para él una profunda significación por el interés que ponía en ellos y las atinadas observaciones que hacía.

Mientras seguía la interesante conversación, Levin se extasiaba continuamente ante la belleza, la inteligencia y la cultura y a la vez la sencillez y sinceridad de Ana.

Él escuchaba o hablaba, pero incluso entonces pensaba constantemente en ella, en su vida interior, y no apartaba de Ana sus ojos, queriendo, por sus gestos y su mirada, adivinar sus sentimientos. Y él, que antes la juzgaba con severidad, ahora la justificaba y, al mismo tiempo, la compadecía; y la idea de que Vronsky no llegara a comprenderla completamente le oprimía el alma.

Habían dado ya las diez de la noche cuando Esteban Arkadievich se levantó para marcharse. (Vorkuev se había marchado ya.) A Levin le había pasado el tiempo tan agradablemente, que le pareció que acababan de llegar y se levantó pesaroso.

–Adiós –dijo Ana, reteniendo la mano de Levin y mirándole a los ojos con una mirada que le conturbó–. Me siento muy dichosa de que la glace soit rompue .

Mas, seguidamente, ella retiró su mano y frunció el ceño.

–Dígale a su esposa –encargó a Levin– que la quiero como siempre. Y que si ella no puede perdonarme, le deseo que no me perdone nunca. Para perdonar es preciso padecer lo que yo he padecido. Y de esto deseo de corazón que la libre Dios.

–Sí, se lo diré... se lo diré... repuso Levin sonrojándose.

XI

«¡Qué mujer tan extraordinaria, tan simpática y digna de compasión!», pensaba Levin mientras salía, acompañado de Esteban Arkadievich, al aire frío de la calle.

–¿Qué te ha parecido? ¿No te lo dije yo? –preguntó Oblonsky, observando que su cuñado estaba completamente entregado al recuerdo de Ana.

–Sí –contestó Levin pensativo–. Es una mujer extraordinaria. No sólo es inteligente sino, también, de una admirable cordialidad. La compadezco con toda el alma.

–Ahora, si Dios quiere, todo se arreglará. Y puesto que ves lo que te ha pasado en este caso, en adelante no formes juicios prematuros sobre la gente –añadió Esteban Arkadievich en tanto que abría la puerta de su carruaje.

–Y adiós –se despidió–, que vamos por caminos diferentes.

Levin se dirigió a su casa, en la que entró sin dejar de pensar en Ana, en la conversación tan sencilla que con ella había tenido, en todos los cambios que había observado en su fisonomía, en su situación, que despertaba en él una piedad profunda.

Al entrar en su casa, Kusmá le comunicó que Katerina Alejandrovna se encontraba bien, que hacía pocos momentos que se habían marchado de allí las hermanas, y le entregó dos cartas. Una era de su encargado, Sokolov, el cual le decía que no había vendido el trigo porque ofrecían tan sólo cinco rublos y medio y que no tenía de dónde sacar más dinero; la otra carta era de su hermana reprochándole el que su asunto no estuviera aún terminado.

Levin, con el ánimo alegre, resolvió en seguida, con extraordinaria facilidad, la cuestión del trigo, que en otra ocasión le habría dado mucho que pensar.

«Pues bien: si no dan más, lo venderemos a cinco rublos y medio.»

En cuanto a las quejas de su hermana no despertaron en él más que este pensamiento:

«Es extraordinario lo ocupado que tenemos aquí todo el tiempo».

Se sentía culpable ante su hermana por no haber hecho aún lo que ésta le había pedido, pero encontró fácil disculpa.

«Es verdad que hoy no he ido tampoco al Juzgado», se acusaba. «Pero es que hoy», se disculpaba luego, « no he tenido, realmente, tiempo de hacerlo».

Y, después de haber decidido ocuparse de aquel asunto al día siguiente, se dirigió a las habitaciones que ocupaba su esposa.

Mientras se dirigía hacia allí, repasaba mentalmente todo lo que había hecho durante el día; las conversaciones que había escuchado y aquellas en las que había tomado parte. En todas ellas –se confesaba– habían tratado de cuestiones por las cuales no se habría interesado en otra ocasión, sobre todo estando solo, en el pueblo, pero ahora, aquí, le habían resultado interesantes. Tan sólo en dos ocasiones encontraba haber hecho algo que no le satisfacía plenamente: una era su símil del sollo en los comentarios respecto a la pena impuesta a un extranjero; la otra era «algo no bien definido» que había en aquella dulce compasión o tierno afecto que se había despertado en él hacia Ana.

Levin encontró a su mujer triste y aburrida.

La comida entre las tres hermanas había resultado animada, pero se habían cansado de esperarle, y la animación fue decayendo hasta no saber qué decirse. Luego las hermanas se marcharon, y Kitty quedó sola con sus pensamientos, preocupada por la tardanza de su marido.

–¿Y tú qué has hecho durante todo el día? –le preguntó Kitty, mirándole a los ojos, en los que advertía cierto brillo sospechoso. No obstante, y a fin de no contenerle en su efusión, disimuló y escuchó con dulce sonrisa de aprobación la referentecia de lo que había hecho aquella noche.

–En el Círculo me encontré con Vronsky –explicó Levin–, y me alegré de verle. Todo sucedió de la manera mas natural. ¿Lo comprendes, verdad? La tirantez que había entre nosotros ha dejado ya de existir. Era una situación absurda que tenía que terminar. No vayas a creer por esto que intente ahora buscar su sociedad –y mientras decía estas palabras Levin se puso rojo, pensando que «por no buscar su sociedad» había ido a visitar a Ana a la salida del Círculo.

–¡Y decimos que el pueblo bebe! –exclamó después–. No sé quién bebe más, si el pueblo o nuestra clase... El pueblo bebe en los días de fiesta, pero nosotros...

Kitty oía extrañada las incoherencias de su marido. ¿A qué venía aquello de si el pueblo bebía o si los aristócratas bebían? ¿Qué les importaba a ellos? A ella, lo que le interesaba ahora era averiguar por qué causa se había él sonrojado, cosa que había observado muy bien.

–¿Y luego dónde estuviste?

–Esteban Arkadievich me pidió con gran interés que visitara a su hermana.

Y al decir esto se sonrojó de nuevo y sintió que las dudas sobre si habría hecho bien o mal visitando a Ana se le desvanecían para dejar paso al convencimiento de que había obrado de una manera inconveniente.

Los ojos de Kitty relampaguearon, pero se contuvo, disimuló su emoción y exclamó sencillamente:

–¡Ah!

–Espero que no te enfades porque haya ido allí. Me lo pidió, como te digo, Esteban Arkadievich, y Dolly también lo deseaba –continuó Levin.

–¡Oh, no! –dijo ella con una mirada que nada bueno predecía.

–Es una mujer muy simpática, digna de compasión –dijo Levin tratando de convencer a Kitty–. Me dio para ti un encargo conmovedor. –Y le repitió las palabras que le había dicho para su esposa.

–Sí, sí, está claro. Es una mujer digna de compasión –dijo Kitty con voz indiferente. Y, en seguida, le preguntó–: ¿De quién has recibido carta?

Levin explicó la correspondencia que había recibido, y sosegado por el tono tranquilo de su esposa, se marchó al gabinete para cambiarse de traje.

Al volver, encontró a su mujer en la misma butaca, en la misma actitud en que la había dejado. Cuando Levin se le acercó, ella le miró con tristeza y rompió a sollozar.

–¿Qué es eso? ¿Qué te pasa? –preguntó él, que ya había adivinado lo que «le pasaba».

–Te has enamorado de esa mala mujer –decía Kitty entre sollozos–. Te ha hechizado... Lo he visto en tus ojos... Sí, sí... ¿Qué puede resultar de eso? Has ido al Círculo... Has bebido... Has bebido... Has jugado a las cartas... Y luego has ido... ¡Adónde has ido!... ¡No, vámonos de aquí...! ¡Esto no puede durar! ¡Yo me voy mañana mismo!

Durante un largo rato Levin trató inútilmente de calmarla.

No lo consiguió sino prometiéndole no visitar más a Ana, cuya perniciosa influencia junto con el vino que había bebido, habían perturbado su razón. Lo que más sinceramente reconoció fue, sin embargo, que el vivir tanto tiempo en Moscú, dedicado sólo a conversar, a fumar en exceso, a comer abundantemente y a beber más abundantemente aún, habían acabado por hacer de él un estúpido. Y con igual sinceridad le prometió que nada de aquello volvería a suceder.

Así hablaron hasta altas horas de la noche. Cuando se acostaron, ya completamente reconciliados, eran las tres.

XII

Cuando Esteban Arkadievich y Levin se hubieron marchado, Ana se puso a pasear a lo largo de la habitación.

Aunque inconscientemente (como lo hacía todo en los últimos tiempos), Ana había hecho durante toda la noche cuanto le había sido posible para enamorar a Levin. Sabía que había logrado su propósito tanto como era posible en una noche y tratándose de un hombre casado y honesto enamorado de su mujer.

También él le había gustado y, a pesar de la gran diferencia que existía entre Vronsky y Levin, su tacto de mujer le había permitido descubrir en ambos aquel rasgo común gracias al cual Kitty había podido sentirse atraída por los dos. Y, no obstante, apenas se hubo despedido, Ana dejó de pensar en él para pensar en Vronsky de nuevo.

Un solo pensamiento la perseguía de una manera obsesiva: «Si tal efecto causo en un hombre casado», se decía, «y enamorado de su mujer, ¿por qué sólo él se muestra tan frío conmigo? Yo sé que Alexey me ama», siguió pensando» . «Pero ahora hay algo nuevo que nos separa. ¿Por qué no ha estado aquí en toda la noche? Encargó a Stiva que me dijera que no podía dejar a Jachvin en su juego... ¿Es que es un niño ese Jachvin? Supongamos que sea así, puesto que él nunca miente. Sin embargo, dentro de esta verdad hay alguna otra cosa. Aprovecha todas las ocasiones para mostrarme que tiene otras obligaciones que le impiden estar más conmigo. Sé que es así y estoy conforme... Mas, ¿por qué ese afán de decírmelo? ¿Quiere hacerme comprender que su amor hacia mí no debe coartar su libertad? Pues bien: no necesito esas demostraciones; lo que preciso que me demuestre es su cariño. Debía comprender todo lo penosa que es mi vida aquí, en Moscú. ¿Es que esto es vivir? No, no vivo; paso el tiempo esperando este desenlace que nunca acaba de llegar. ¡Otra vez estoy sin contestación! Stiva dice que no puede ir a casa de Alexey Alejandrovich, y yo no puedo escribir de nuevo. No puedo hacer nada, no puedo emprender nada para salir de esta situación. Tan sólo puedo procurarme pequeños entretenimientos –la familia inglesa, leer, escribir– para ir mal pasando el tiempo, pues todo esto no es sino un engaño, como la morfina. Vronsky debía tener compasión de mí», terminó. Y lágrimas de piedad por su propia suerte le inundaron los ojos.

Oyó el nervioso campanillazo de Vronsky, y, precipitadamente, se secó las lágrimas, se sentó en una butaca al lado de la lámpara, abrió un libro y fingió leer para que él creyese que estaba tranquila. Creía conveniente mostrar algún descontento porque él no había vuelto a la hora prometida, pero no extremar el enfado, y, sobre todo, no despertar en él compasión. Ella se compadecía a sí misma, pero no quería en manera alguna compasión de él; de él sólo quería amor. No quería tampoco luchar, pero, involuntariamente, se colocaba en plan de combate.

–¿No te has aburrido? –le preguntó él, acercándose a Ana, animado y alegre–. ¡Qué pasión más terrible es el juego! –comentó luego.

–No, no me he aburrido –contestó Ana–. Ya hace tiempo que aprendí a no aburrirme en estas largas esperas. Además, han estado aquí Stiva y Levin.

–Sí, me dijeron que venían a visitarte. ¿Te ha gustado Levin? –preguntó Vronsky, sentándose al lado de Ana.

–Mucho. Hace poco que se han marchado. ¿Qué ha hecho Jachvin?

–Al principio ganó diecisiete mil rublos. Le llamé para que abandonara el juego. Casi se decidió, pero, luego volvió a jugar, y ahora está perdiendo.

–Entonces, ¿a qué te quedaste tú allí? –dijo Ana, levantando sus ojos hacia él.

Su mirada se cruzó con la de Vronsky, que en aquel momento era fría y agresiva.

–Has dicho a Stiva –siguió– que te quedabas allí para evitar que Jachvin jugara demasiado, y resulta que esto no era verdad, que fue sólo un pretexto, puesto que ahora le has dejado en el juego y perdiendo por añadidura.

Y sus palabras, su entonación, sus ademanes, todo en ella reflejaban deseos de discusión, de lucha...

Vronsky contestó fríamente y con firmeza:

–Primero, no le he pedido a Stiva que te dijera nada. Segundo, nunca digo lo que no es verdad. Y tercero y principal: he tenido ganas de quedarme en el círculo y me quedé.

–Y después de un breve silencio añadió–: Ana, ¿a qué vienen estas recriminaciones? –Y se inclinó hacia ella y extendió, abierta, su mano derecha esperando que ella pondría entre aquélla las suyas.

Ana se sintió conmovida y dichosa ante aquel gesto de ternura; pero una fuerza extraña y maligna –un sentimiento de lucha– la impelía a no dejarse dominar.

No correspondió, pues, a aquel gesto de su amado, sino que le dijo con más irritación:

–Naturalmente: has querido quedarte allí y te has quedado. Haces todo lo que quieres. Está bien. Pero, ¿para qué me lo dices? ¿Para qué? –dijo más enardecida cada vez–. ¿Acaso te discute alguien tus derechos? Si quieres tener razón, quédate con ella.

La mano de Vronsky se cerró con enojo, su cuerpo se enderezó y en su rostro se pintó una expresión más decidida aún y tenaz.

–Para ti es una cuestión de tozudez –dijo Ana de repente, al encontrar una palabra que definiera justamente los pensamientos y el sentir de Vronsky, un calificativo para aquella expresión de su rostro que tanto la irritaba–. Para ti se trata sólo de salir vencedor en esta lucha conmigo, mientras que para mí...

La invadió una inmensa compasión por sí misma, y, casi llorando, continuó:

–¡Si supieras lo que representa esto para mí! ¡Si pudieras comprender lo que significa para mí tu hostilidad, esta hostilidad, que ahora, en este instante, siento tan cruelmente! ¡Me encuentro al borde de una gran desgracia y siento miedo de mí misma!

Ana volvió la cabeza para ocultar sus sollozos.

–Pero, ¿a qué te refieres? –pregúntó Vronsky, horrorizado de sus pensamientos. Y, asustado ante la desesperación que ella manifestaba, se le acercó de nuevo, le tomó la mano acariciándosela, a inclinándose, se la besó. Luego le dijo cariñosamente, esforzándose en convencerla:

–¿De qué te quejas? ¿Acaso busco diversiones fuera de casa? ¿Es que no huyo del trato con otras mujeres?

–¡No faltaría más! –exclamó Ana.

–Pues dime: ¿qué debo hacer para que estés contenta? Estoy pronto a hacer todo lo que me digas con tal de que seas feliz –decía Vronsky– ¡Qué no haría yo, Ana, para librarte de todas tus penas!

–No es nada... no es nada... –dijo ella, sintiéndose dichosa de nuevo–. Ni yo misma sé lo que quiero...

Acaso la soledad... Los nervios... Pero no hablemos más de esto –y cambió la conversación procurando disimular la victoria conseguida–. ¿Cómo han ido las carreras? No me has contado nada todavía.

Vronsky pidió la cena y se puso a contar las incidencias de las carreras de caballos, pero por su tono y por sus miradas, que se hacían a cada momento más fríos, Ana comprendió que, a pesar de su precaución, Vronsky no le perdonaba la derrota sufrida, que reaparecía en él aquel sentimiento de tozudez contra el cual venía luchando. Parecía incluso que estaba más frío y duro que antes, como arrepentido de haberse dejado dominar por ella.

Ana recordó las palabras que le habían proporcionado el triunfo sobre él («estoy al borde de una gran desgracia, y siento miedo de mí misma»), mas comprendió que este recurso era peligroso, quizá contraproducente, y desistió de emplearlo otra vez.

Ana percibía claramente en ambos, a la par de su amor, otro sentimiento antagónico formado por recelos y dudas en ella y ansias de libertad y voluntad de dominio por parte de él; y desesperó de poder dominar en ella aquel sentimiento, y sabía que tampoco él lo podría dominar.

XIII

No hay situación a la que el hombre no se acostumbre, especialmente si todos los que le rodean la soportan como él.

Tres meses antes, Levin no se hubiera creído capaz de dormir tranquilo en las condiciones en que estaba viviendo ahora sin fin definido, desordenadamente, con gastos superiores a sus recursos económicos, emborrachándose como lo había hecho aquella noche en el Círculo, y, sobre todo, sosteniendo relaciones amistosas con el hombre del cual, en algún tiempo, había estado enamorada su mujer). Le habría quitado el sueño, también, pensar que había visitado a una mujer a la que se consideraba como una mujer perdida, sentirse cautivado por ella, y se lo habría quitado, sobre todo, el pesar de haber disgustado a su querida Kitty.

No, Levin antes no habría dormido tranquilo con el peso de todo aquello sobre la conciencia, pero esta noche, ya fuera por el cansancio del ajetreo que había tenido durante todo el día, ya por no haber dormido la noche anterior o por los efectos del vino, se durmió en un sueño profundo.

A las cinco de la mañana, el ruido de una puerta que se abría le despertó. Se incorporó de un salto y miró alrededor.

Kitty había abandonado la cama. Pero en el gabinete contiguo se veía luz y sintió los pasos de ella, que se movía por aquella estancia.

–¿Qué hay Kitty? –le preguntó, alarmado–. ¿Qué haces?

–No pasa nada –contestó Kitty entrando en el cuarto con la luz encendida–. Me sentí algo indispuesta –explicó sonriente y con acento cariñoso.

–¿Qué, ya empieza eso? ¿Hay que ir a buscar a la comadrona? –preguntó él. Y comenzó a vestirse apresuradamente.

–No, no –contestó Kitty sonriendo. Y le detuvo y le obligó a acostarse de nuevo.

–No es nada –explicó–. Sentí un pequeño malestar. Pero ya ha pasado.

Y Kitty apagó la luz y se metió otra vez en la cama, quedando quieta y tranquila.

A Levin le resultaba sospechosa aquella tranquilidad en la respiración, pareciéndole que Kitty hacía esfuerzos por no aparecer agitada, y más que nada consideraba extraña la expresión dulce y animada con que ella, al volver a la habitación, le había dicho « no es nada», sin duda –pensaba él para tranquilizarle. Pero Levin tenía tanto sueño que, apenas hubo acabado de hablar, se quedó dormido en seguida.

Solamente después se acordó del acento tranquilo de Kitty y comprendió lo que había pasado en el alma de su mujer durante aquellos momentos en que ella, inmóvil pero con el alma llena de inquietudes, de dudas, de temores, de alegrías y de sufrimientos físicos, esperaba el hecho más transcendental de su vida.

A las siete sintió la mano de Kitty sobre su hombro y le oyó decir algo, aunque no la entendió, porque hablaba en voz baja, con un débil murmullo, dudando entre la necesidad de despertarle y la lástima de estropearle el tranquilo sueño de que estaba gozando.

–Kostia, no te asustes –le dijo, al fin–, pero me parece que habrá que mandar a buscar a Elisabeta Petrovna.

La luz estaba otra vez encendida y Kitty, sentada en la cama, tenía en sus manos la labor en que estaba trabajando aquellos días (una prenda para el niño que esperaba).

–Por favor, no te asustes. Yo no tengo miedo alguno –dijo ella al ver la cara de espanto de Levin. Y cariñosamente le apretó la mano contra su pecho y luego se la llevó a los labios.

Levin se incorporó precipitadamente, se tiró de la cama, se puso la bata y se quedó sentado en el lecho, sin saber lo que hacía, sin apartar los ojos de su esposa.

Sabía lo que tenía que hacer, tenía que ocuparse en seguida de todo lo preciso para aquel trance, pero no se movía, no podía apartar la mirada de aquel rostro querido que tantas veces había contemplado. Ahora descubría en él una expresión nueva, mezcla de ansiedad y de alegría. ¡Cuán miserable se consideraba al recordar el disgusto que aquella misma noche le había ocasionado al verla ahora ante sí tal como estaba en aquel instante! El rostro de Kitty le parecía más bello que nunca, encendido y rodeado de los rubios cabellos que se escapaban de su cofia de noche, radiante de alegría y de resolución.

Nunca aquel alma cándida y transparente se le había aparecido ante los ojos con tanta claridad, toda entera y sin velo alguno, y Levin se sentía ante ella maravillado y sorprendido.

Kitty le miraba sonriendo.

De pronto, sus cejas temblaron, levantó la cabeza y, acercándose rápidamente a su esposo, lo cogió por la mano, le atrajo hacia sí, le abrazó fuertemente y le besó, sofocándole con su aliento. Debía de sentir fuertes dolores, y le abrazaba como buscando un lenitivo, y a Levin le pareció, como siempre, que él era el culpable de aquel dolor.

Sin embargo, la mirada de Kitty, en la que había una gran dulzura, le decía que ella, no sólo no le reprochaba, sino que le amaba más por aquellos mismos sufrimientos.

«Pues si no soy yo el culpable, ¿quién es?», se dijo involuntariamente Levin, como buscando al culpable con ánimo de darle su castigo.

Pero en seguida se dio cuenta de que allí no había culpable a quien castigar.

Kitty sufría, se quejaba, mas se sentía orgullosa de sus sufrimientos, que la colmaban de alegría, y hacían que los deseara.

Levin presentía que en el alma de ella nacía y se desarrollaba algo cuya grandeza y sublimidad escapaba a su comprensión.

–Yo haré avisar a mamá mientras corres en busca de Elisabeta Petrovna... ¡Kostia!... No, no es nada, ya ha pasado.

Se apartó de Levin para llegar al timbre y oprimió el botón.

–Ahora ya puedes irte. Pacha vendrá en seguida. Ya estoy bien –terminó.

Y Levin vio, con sorpresa, que Kitty tomaba su labor y se ponía a trabajar tranquilamente.

En el instante en que él salía por una de las puertas de la habitación, entraba la criada de servicio por la otra. Se paró y oyó cómo Kitty daba órdenes precisas a la muchacha y, junto con ésta, empezaba a mover la cama.

Levin se vistió y, mientras enganchaban los caballos, porque a aquella hora no había coches de alquiler, subió corriendo al dormitorio. Entró en la habitación de puntillas (como llevado por alas le pareció). Dos sirvientas iban de un lado a otro de la habitación atareadas, trasladando cosas y arreglándolas, mientras Kitty se paseaba dando órdenes y sin dejar de hacer labor a la vez.

–Ahora voy a casa del médico. Han ido ya a buscar a Elisabeta Petrovna. De todos modos, pasaré yo por allí. ¿Necesitas algo más? –le preguntó.

Kitty le miró sin contestar, y, frunciendo las cejas a causa del intenso dolor que experimentaba, le despidió con un ademán.

–¡Sí, sí... ve ...!

Cuando atravesaba el comedor, oyó un débil gemido que salía del dormitorio, y de nuevo se restableció el silencio. Se detuvo, y, durante un largo rato, no pudo comprender lo que sucedía.

«Sí, es ella», se dijo al fin. Y, llevándose las manos a la cabeza, corrió escaleras abajo.

« ¡Señor, Dios mío, perdóname y ayúdanos! » , imploró.

Y el hombre sin fe repetió varias veces la misma imploración, y le brotaba de lo más profundo del alma.

En momentos como aquel, de incertidumbre y angustia, Levin olvidaba todas sus dudas respecto a la existencia de Dios y, considerándose impotente, recorría al Todopoderoso implorándole que le ayudase. Su escepticismo había desaparecido al punto de su alma, como el polvo barrido por el vendaval. Él no se sentía con fuerzas para afrontar debidamente aquel trance, ¿y a quién podría recurrir mejor que a Aquel en cuyas manos creía ahora entregada a la que era todo su amor, su alma y aun su propia vida?

El caballo no estaba todavía enganchado y Levin, con la gran ansiedad y tensión nerviosa que le dominaba, no quiso esperar y comenzó a caminar a pie, encargando a Kusmá que le alcanzase con el carruaje.

En la esquina encontró un trineo de alquiler del servicio de noche que se acercaba veloz. Sentada en él iba Elisabeta Petrovna, con una capa de terciopelo y la cabeza cubierta con un pañuelo de lana.

–¡Loado sea Dios! ––dijo Levin con alegría al reconocer el rostro, pequeño y rosado de la comadrona, cuya expresión era entonces severa y hasta preocupada. Salió al encuentro del trineo y sin hacerle parar, le fue siguiendo a pie sin dejar de correr.

–¿Sólo dos horas dice usted? ¿Sólo dos? –preguntó ella–. A Pedro Dmitrievich le encontrará en su casa, pero no hace falta que le dé prisa. ¡Ah!, oiga: entre en una farmacia y compre opio.

–¿Cree usted que todo irá bien? ¡Dios mío, perdóname y ayúdanos! –exclamó Levin.

En aquel momento su trineo salía del portal de su casa. De un salto se colocó al lado de Kusmá y ordenó a éste que le llevara a casa de Pedro Dmitrievich lo más rápidamente posible.

XIV

El médico no estaba levantado aún.

El criado, ocupado en limpiar los cristales de sus lámparas de petróleo y sin dejar su trabajo, dijo a Levin que «el señor había ido a dormir tarde y le había ordenado que no le despertara. Ahora», añadió, «que creo que se levanta pronto». Absorto en su trabajo, apenas le había mirado, y aquella atención hacia las lámparas y su indiferencia ante las palabras de Levin, al primer momento indignaron a éste. Pero reflexionó en seguida y comprendió que nadie sabía lo que ocurría en su interior ni estaba obligado a compartir sus sentimientos, y se dijo que, por esta razón, debía obrar con tranquilidad y firmeza para romper el hielo de la indiferencia de los otros y alcanzar el fin que perseguía.

«No debo precipitarme ni omitir nada, tal debe ser mi regla de conducta», se dijo, satisfecho de sentir toda su atención todos sus fuerzas físicas absorbidas por la tarea que se había impuesto.

Puesto que el médico no estaba levantado todavía, Levin cambió su plan. Así, decidió ordenar a Kusmá que fuera, con una carta suya, a buscar a otro médico. Él iría a la farmacia para adquirir el opio y si, a su regreso, Pedro Dmitrievich no estaba aún levantado, trataría de conseguir del criado como fuera, de grado o por fuerza, que despertara a su señor y le diese su recado.

En la farmacia el mancebo ponía en unas obleas cierta medicina que esperaba un cochero, y lo hacía con la misma atención con que el criado de Pedro Dmitrievich limpiaba las lámparas; y, con igual indiferencia que el criado, dijo a Levin que no podía atenderle en aquel momento, que esperase.

Procurando no irritarse ni precipitarse, Levin explicó al farmacéutico para qué necesitaba el opio, le hizo ver que se trataba de un caso de urgencia y le rogó que le despachara cuanto antes. El mancebo consultó en alemán a alguien que se encontraba detrás de un biombo, y, habiendo recibido el consentimiento de aquella persona, tomó sin prisas un frasco, vertió una pequeña cantidad de su contenido en otro frasco pequeño, le puso una etiqueta, lo cerró con precinto y, no obstante las indicaciones y apremios de Levin, se dispuso a envolverlo en un papel.

Levin, intranquilo, nervioso, no pudo soportar ya más aquella dilación, arrebató el frasco de las manos del mancebo y salió de la farmacia corriendo, derribando sillas, y cerrando violentamente las grandes puertas con cristales.

Pedro Dmitrievich no estaba aún levantado y el criado se ocupaba en colocar un tapiz, y también esta vez se negó a despertar a su señor.

Sin precipitarse, Levin sacó de su cartera un billete de diez rublos, se lo dio al criado, y pronunciando las palabras lentamente, pero sin perder tiempo, le explicó que su señor (¡qué grande a importante le parecía a Levin ahora aquel Pedro Dmitrievich, a quien tan insignificante había visto siempre