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A Juan Pablo Duarte

Poema a Juan Pablo Duarte
César Sánchez Beras

Yo conocí a Juan Pablo
una tarde de fiesta,
cuando asomó a mi oído su sentencia de amor
con el timbre otoñal de su voz lastimera.

Sus ojos ya eran tristes,
como una solterona en un banco de parque,
con la tristeza sobria con que los pescadores,
levantan la mañana tendida en sus chinchorros,
en el húmedo canto marino de unos peces,
o el milagro fluvial que destilan las algas.

El acercó sus manos a mi frente de niño
con la ternura austera de una vieja nodriza,
enredó mis retozos en sus barbas maltrechas
y me contó sus viajes de pirata angelino.

Entonces yo era alegre,
quizás no como ahora
sino como una novia dormida en los balcones,
esperando el hechizo de la canción que abrevie
la pasión que su piel esconde con recelo.

Entonces yo no odiaba,
y escuché sus palabras
como un salmo pagano que desvela un misterio,
como luz que irrumpe en tinieblas de siglos,
cual torrente incendiario que nace entre las piedras.

De su voz salía el mar,
como un desfiladero de halcones insurrectos,
marea de águilas blancas o escuadrón de gaviotas,
como si de su boca naciera tierra y viento.
Adiviné en sus manos de bisoño alquimista
los galopes tortuosos del futuro del pueblo,
el Pambiche, la ceiba, el tambor del guloya,
el trapiche que muele la esperanza del negro.

Yo descubrí en su frente de nácar y estrategias
los senderos del llanto y la luz de los puertos,
la sangre del vencido, el perdón del injusto,
el festín del mendigo y la equidad del ciego.

Él dijo que la aurora
es el vaso común donde beben los hombres,
la savia que propicia la dicha verdadera.

Que el otro pecado original del hombre
era la ingratitud de no entender los sueños,
la terquedad del necio que busca entre las cartas
lo que sólo es posible predecir en el trigo.

Como todos los magos tenía pocos amigos:
una espada oxidada, una Biblia en hebreo,
una carta de amor firmada por Bolívar,
y la efigie de Cristo desgastada y sin brillo.

Al terminar la fiesta,
me dijo con los ojos lo que su voz no quiso,
su orgullo de saberse soñador incansable,
su versión personal del libro Apocalipsis
y el dolor de marcharse para siempre al olvido.

Yo conocí a Juan Pablo
una tarde de fiesta,
y desde entonces voy con su espada oxidada,
blandiendo luz y acero contra sus enemigos.

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