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Guayaquil

       XXVII

       GUAYAQUIL (1822)
      
de "Canto General" de Pablo Neruda

       Cuando entró San Martín, algo nocturno
       de camino impalpable, sombra, cuero,
       entró en la sala.
             Bolívar esperaba.
       Bolívar olfateó lo que llegaba.
       Él era aéreo, rápido, metálico,
       todo anticipación, ciencia de vuelo,
       su contenido ser temblaba
       allí, en el cuarto detenido
       en la oscuridad de la historia.

       Venía de la altura indecible,
       de la atmósfera constelada,
       iba su ejército adelante
       quebrantando noche y distancia,
       capitán de un cuerpo invisible,
       de la nieve que lo seguía.
       La lámpara tembló, la puerta
       detrás de San Martín mantuvo
       la noche, sus ladridos, un rumor
       tibio de desembocadura.

       Las palabras abrieron un sendero
       que iba y volvía en ellos mismos.
       Aquellos dos cuerpos se hablaban,
       se rechazaban, se escondían,
       se incomunicaban, se huían.

       San Martín traía del Sur
       un saco de números grises,
       la soledad de las monturas
       infatigables, los caballos
       batiendo tierras, agregándose
       a su fortaleza arenaria.
       Entraron con él los ásperos
       arrieros de Chile, un lento
       ejército ferruginoso,
       el espacio preparatorio,
       las banderas con apellidos
       envejecidos en la pampa.

       Cuanto hablaron cayó de cuerpo a cuerpo
       en el silencio, en el hondo intersticio.
       No eran palabras, era la profunda
       emanación de las tierras adversas,
       de la piedra humana que toca
       otro metal inaccesible.
       Las palabras volvieron a su sitio.

       Cada uno, delante de sus ojos
       veía sus banderas.
       Uno, el tiempo con flores deslumbrantes,
       otro, el roído pasado,
       los desgarrones de la tropa.

       Junto a Bolívar una mano blanca
       lo esperaba, lo despedía,
       acumulaba su acicate ardiente,
       extendía el lino en el tálamo.
       San Martín era fiel a su pradera.
       Su sueño era un galope,
       una red de correas y peligros.
       Su libertad era una pampa unánime.
       Un orden cereal fue su victoria.

       Bolívar construía un sueño,
       una ignorada dimensión, un fuego
       de velocidad duradera,
       tan incomunicable, que lo hacía
       prisionero, entregado a su substancia.

       Cayeron las palabras y el silencio.
       Se abrió otra vez la puerta, otra vez toda
       la noche americana, el ancho río
       de muchos labios palpitó un segundo.

       San Martín regresó de aquella noche
       hacia las soledades, hacia el trigo.
       Bolívar siguió solo.

 

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