|
|
 |

José Joaquín Olmedo
La victoria de Junín
Canto
a Bolívar
Este
poema tiene más de 800 versos y se supone que fue compuesto a pedido de Bolívar.
Fue escrito a partir de la Batalla de Junín y la de Ayacucho, en 1824.
| El trueno horrendo que en fragor revienta |
| y sordo retumbando se dilata |
| por la inflamada esfera, |
| al Dios anuncia que en el cielo impera. |
| Y el rayo que en Junín rompe y ahuyenta |
| la hispana muchedumbre |
| que, más feroz que nunca, amenazaba, |
| a sangre y fuego, eterna servidumbre, |
| y el canto de victoria |
| que en ecos mil discurre, ensordeciendo |
| el hondo valle y enriscada cumbre, |
| proclaman a Bolívar en la tierra |
| árbitro de la paz y de la guerra. |
| Las soberbias pirámides que al cielo |
| el arte humano osado levantaba |
| para hablar a los siglos y naciones |
| -templos do esclavas manos |
| deificaban en pompa a sus tiranos-, |
| ludibrio son del tiempo, que con su ala |
| débil, las toca y las derriba al suelo, |
| después que en fácil juego el fugaz viento |
| borró sus mentirosas inscripciones; |
| y bajo los escombros, confundido |
| entre la sombra del eterno olvido |
| -¡oh de ambición y de miseria ejemplo!- |
| el sacerdote yace, el dios y el templo. |
| Mas los sublimes montes, cuya frente |
| a la región etérea se levanta, |
| que ven las tempestades a su planta |
| brillar, rugir, romperse, disiparse, |
| los Andes, las enormes, estupendas |
| moles sentadas sobre bases de oro, |
| la tierra con su peso equilibrando, |
| jamás se moverán. Ellos, burlando |
| de ajena envidia y del protervo tiempo |
| la furia y el poder, serán eternos |
| de libertad y de victoria heraldos, |
| que con eco profundo, |
| a la postrema edad dirán del mundo: |
| «Nosotros vimos de Junín el campo, |
| vimos que al desplegarse |
| del Perú y de Colombia las banderas, |
| se turban las legiones altaneras, |
| huye el fiero español despavorido, |
| o pide paz rendido. |
| Venció Bolívar, el Perú fue libre, |
| y en triunfal pompa Libertad sagrada |
| en el templo del Sol fue colocada.» |
| ¿Quién me dará templar el voraz fuego |
| en que ardo todo yo? Trémula, incierta, |
| torpe la mano va sobre la lira |
| dando discorde son. ¿Quién me liberta |
| del dios que me fatiga...? |
| Siento unas veces la rebelde Musa, |
| cual bacante en furor, vagar incierta |
| por medio de las plazas bulliciosas, |
| o sola por las selvas silenciosas, |
| o las risueñas playas |
| que manso lame el caudaloso Guayas; |
| otras el vuelo arrebatada tiende |
| sobre los montes, y de allí desciende |
| al campo de Junín, y ardiendo en ira, |
| los numerosos escuadrones mira, |
| que el odiado pendón de España arbolan, |
| y en cristado morrión y peto armada, |
| cual amazona fiera, |
| se mezcla entre las filas la primera |
| de todos los guerreros, |
| y a combatir con ellos se adelanta, |
| triunfa con ellos y sus triunfos canta. |
| Tal en los siglos de virtud y gloria, |
| donde el guerrero sólo y el poeta |
| eran dignos de honor y de memoria, |
| la musa audaz de Píndaro divino, |
| cual intrépido atleta, |
| en inmortal porfía |
| al griego estadio concurrir solía; |
| y en estro hirviendo y en amor de fama |
| y del metro y del número impaciente, |
| pulsa su lira de oro sonorosa |
| y alto asiento concede entre los dioses |
| al que fuera en la lid más valeroso, |
| o al más afortunado; |
| pero luego, envidiosa |
| de la inmortalidad que les ha dado, |
| ciega se lanza al circo polvoroso, |
| las alas rapidísimas agita |
| y al carro vencedor se precipita, |
| y desatando armónicos raudales |
| pide, disputa, gana, |
| o arrebata la palma a sus rivales. |
| ¿Quién es aquel que el paso lento mueve |
| sobre el collado que a Junín domina? |
| ¿que el campo desde allí mide, y el sitio |
| del combatir y del vencer desina? |
| ¿que la hueste contraría observa, cuenta, |
| y en su mente la rompe y desordena, |
| y a los más bravos a morir condena, |
| cual águila caudal que se complace |
| del alto cielo en divisar la presa |
| que entre el rebaño mal segura pace? |
| ¿Quién el que ya desciende |
| pronto y apercibido a la pelea? |
| Preñada en tempestades le rodea |
| nube tremenda; el brillo de su espada |
| es el vivo reflejo de la gloria; |
| su voz un trueno, su mirada un rayo. |
| ¿Quién aquél que al trabarse la batalla, |
| ufano como nuncio de victoria, |
| un corcel impetuoso fatigando, |
| discurre sin cesar por toda parte...? |
| ¿Quién sino el hijo de Colombia y Marte? |
| Sonó su voz: «Peruanos, |
| mirad allí los duros opresores |
| de vuestra patria; bravos Colombianos |
| en cien crudas batallas vencedores, |
| mirad allí los enemigos fieros |
| que buscando venís desde Orinoco: |
| suya es la fuerza y el valor es vuestro, |
| vuestra será la gloria; |
| pues lidiar con valor y por la patria |
| es el mejor presagio de victoria. |
| Acometed, que siempre |
| de quien se atreve más el triunfo ha sido; |
| quien no espera vencer, ya está vencido.» |
| Dice, y al punto, cual fugaces carros, |
| que dada la señal, parten y en densos |
| de arena y polvo torbellinos ruedan, |
| arden los ejes, se estremece el suelo, |
| estrépito confuso asorda el cielo, |
| y en medio del afán cada cual teme |
| que los demás adelantarse puedan: |
| así los ordenados escuadrones |
| que del iris reflejan los colores |
| o la imagen del sol en sus pendones, |
| se avanzan a la lid. ¡Oh! ¡quién temiera, |
| quién, que su ímpetu mismo los perdiera! |
| ¡Perderse! no, jamás; que en la pelea |
| los arrastra y anima e importuna |
| de Bolívar el genio y la fortuna. |
| Llama improviso al bravo Necochea, |
| y mostrándole el campo, |
| partir, acometer, vencer le manda, |
| y el guerrero esforzado, |
| otra vez vencedor, y otra cantado, |
| dentro en el corazón por patria jura |
| cumplir la orden fatal, y a la victoria |
| o a noble y cierta muerte se apresura. |
| Ya el formidable estruendo |
| del atambor en uno y otro bando |
| y el son de las trompetas clamoroso, |
| y el relinchar del alazán fogoso, |
| que erguida la cerviz y el ojo ardiendo |
| en bélico furor, salta impaciente |
| do más se encruelece la pelea, |
| y el silbo de las balas, que rasgando |
| el aire, llevan por doquier la muerte, |
| y el choque asaz horrendo |
| de selvas densas de ferradas picas, |
| y el brillo y estridor de los aceros |
| que al sol reflectan sanguinosos visos, |
| y espadas, lanzas, miembros esparcidos |
| o en torrentes de sangre arrebatados, |
| y el violento tropel de los guerreros |
| que más feroces mientras más heridos, |
| dando y volviendo el golpe redoblado, |
| mueren, mas no se rinden... todo anuncia |
| que el momento ha llegado, |
| en el gran libro del destino escrito, |
| de la venganza al pueblo americano, |
| de mengua y de baldón al castellano. |
| Si el fanatismo con sus furias todas, |
| hijas del negro averno, me inflamara, |
| y mi pecho y mi musa enardeciera |
| en tartáreo furor, del león de España, |
| al ver dudoso el triunfo, me atreviera |
| a pintar el rencor y horrible saña. |
| Ruge atroz, y cobrando |
| más fuerza en su despecho, se abalanza, |
| abriéndose ancha calle entre las haces, |
| por medio el fuego y contrapuestas lanzas; |
| rayos respira, mortandad y estrago, |
| y sin pararse a devorar la presa, |
prosigue en su furor, y en cada huella
deja de negra sangre un hondo lago. |
| En tanto el Argentino valeroso |
| recuerda que vencer se le ha mandado, |
| y no ya cual caudillo, cual soldado |
| los formidables ímpetus contiene |
| y uno en contra de ciento se sostiene, |
| como tigre furiosa |
| de rabiosos mastines acosada, |
| que guardan el redil, mata, destroza, |
| ahuyenta sus contrarios, y aunque herida, |
| sale con la victoria y con la vida. |
| Oh capitán valiente, |
| blasón ilustre de tu ilustre patria, |
| no morirás, tu nombre eternamente |
| en nuestros fastos sonará glorioso, |
| y bellas ninfas de tu Plata undoso |
| a tu gloria darán sonoro canto |
| y a tu ingrato destino acerbo llanto. |
| Ya el intrépido Miller aparece |
| y el desigual combate restablece. |
| Bajo su mando ufana |
| marchar se ve la juventud peruana |
| ardiente, firme, a perecer resuelta, |
| si acaso el hado infiel vencer le niega. |
| En el arduo conflicto opone ciega |
| a los adversos dardos firmes pechos, |
| y otro nombre conquista con sus hechos. |
| ¿Son ésos los garzones delicados |
| entre seda y aromas arrullados? |
| ¿los hijos del placer son esos fieros? |
| Sí, que los que antes desatar no osaban |
| los dulces lazos de jazmín y rosa |
| con que amor y placer los enredaban, |
| hoy ya con mano fuerte |
| la cadena quebrantan ponderosa |
| que ató sus pies, y vuelan denodados |
| a los campos de muerte y gloria cierta, |
| apenas la alta fama los despierta |
| de los guerreros que su cara patria |
| en tres lustros de sangre libertaron, |
| y apenas el querido |
| nombre de libertad su pecho inflama, |
| y de amor patrio la celeste llama |
| prende en su corazón adormecido. |
| Tal el joven Aquiles |
| que en infame disfraz y en ocio blando |
| de lánguidos suspiros, |
| los destinos de Grecia dilatando, |
| vive cautivo en la beldad de Sciros: |
| los ojos pace en el vistoso alarde |
| de arreos y de galas femeniles |
| que de India y Tiro y Menfis opulenta |
| curiosos mercadantes le encarecen; |
| mas a su vista apenas resplandecen |
| pavés, espada y yelmo, que entre gasas |
| el Itacense astuto le presenta, |
| pásmase... se recobra, y con violenta |
| mano el templado acero arrebatando, |
| rasga y arroja las indignas tocas, |
| parte, traspasa el mar y en la troyana |
| arena muerte, asolación, espanto |
| difunde por doquier; todo le cede... |
| aun Héctor retrocede... |
| y cae al fin, y en derredor tres veces |
| su sangriento cadáver profanado, |
| al veloz carro atado |
| del vencedor inexorable y duro, |
| el polvo barre del sagrado muro. |
| Ora mi lira resonar debía |
| del nombre y las hazañas portentosas |
| de tantos capitanes, que este día |
| la palma del valor se disputaron |
| digna de todos... Carvajal... y Silva... |
| y Suárez... y otros mil... Mas de improviso |
| la espada de Bolívar aparece |
| y a todos los guerreros, |
| como el sol a los astros, oscurece. |
| Yo acaso más osado le cantara, |
| si la meonia Musa me prestara |
| la resonante trompa que otro tiempo |
| cantaba al crudo Marte entre los Traces, |
| bien animando las terribles haces, |
| bien los fieros caballos, que la lumbre |
| de la égida de Palas espantaba. |
| Tal el héroe brillaba |
| por las primeras filas discurriendo. |
| Se oye su voz, su acero resplandece, |
| do más la pugna y el peligro crece. |
| Nada le puede resistir... Y es fama. |
| -¡oh portento inaudito! |
| que el bello nombre de Colombia escrito |
| sobre su frente, en torno despedía |
| rayos de luz tan viva y refulgente |
| que, deslumbrado el español, desmaya, |
| tiembla, pierde la voz, el movimiento, |
| sólo para la fuga tiene aliento. |
| Así cuando en la noche algún malvado |
| va a descargar el brazo levantado, |
| si de improviso lanza un rayo el cielo, |
| se pasma y el puñal trémulo suelta, |
| hielo mortal a su furor sucede, |
| tiembla y horrorizado retrocede. |
| Ya no hay más combatir. El enemigo |
| el campo todo y la victoria cede; |
| huye cual ciervo herido, y a donde huye, |
| allí encuentra la muerte. Los caballos |
| que fueron su esperanza en la pelea, |
| heridos, espantados, por el campo |
| o entre las filas vagan, salpicando |
| el suelo en sangre que su crin gotea, |
| derriban al jinete, lo atropellan, |
| y las catervas van despavoridas, |
| o unas en otras con terror se estrellan. |
| Crece la confusión, crece el espanto, |
| y al impulso del aire, que vibrando |
| sube en clamores y alaridos lleno, |
| tremen las cumbres que respeta el trueno. |
| Y discurriendo el vencedor en tanto |
| por cimas de cadáveres y heridos, |
| postra al que huye, perdona a los rendidos |
| Padre del universo, Sol radioso, |
| dios del Perú, modera omnipotente |
| el ardor de tu carro impetüoso, |
| y no escondas tu luz indeficiente... |
| Una hora más de luz... -Pero esta hora |
| no fue la del destino. El dios oía |
| el voto de su pueblo; y de la frente |
| el cerco de diamante desceñía. |
| En fugaz rayo el horizonte dora, |
| en mayor disco menos luz ofrece |
| y veloz tras los Andes se oscurece. |
| Tendió su manto lóbrego la noche: |
| y las reliquias del perdido bando, |
| con sus tristes y atónitos caudillos, |
| corren sin saber dónde, espavoridas, |
| y de su sombra misma se estremecen; |
| y al fin en las tinieblas ocultando |
| su afrenta y su pavor, desaparecen. |
| ¡Victoria por la patria! ¡oh Dios, victoria! |
| ¡Triunfo a Colombia y a Bolívar gloria! |
| Ya el ronco parche y el clarín sonoro |
| no a presagiar batalla y muerte suena |
| ni a enfurecer las almas, mas se estrena |
| en alentar el bullicioso coro |
| de vivas y patrióticas canciones. |
| Arden cien pinos, y a su luz, las sombras |
| huyeron, cual poco antes desbandadas |
| huyeron de la espada de Colombia |
| las vandálicas huestes debeladas. |
| En torno de la lumbre, |
| el nombre de Bolívar repitiendo |
| y las hazañas de tan claro día, |
| los jefes y la alegre muchedumbre |
| consumen en acordes libaciones |
| de Baco y Ceres los celestes dones. |
| «Victoria, paz -clamaban-, |
| paz para siempre. Furia de la guerra, |
| húndete al hondo averno derrocada. |
| Ya cesa el mal y el llanto de la tierra. |
| Paz para siempre. La sanguínea espada, |
| o cubierta de orín ignominioso, |
| o en el útil arado transformada |
| nuevas leyes dará. Las varias gentes |
| del mundo, que a despecho de los cielos |
| y del ignoto ponto proceloso, |
| abrió a Colón su audacia o su codicia, |
| todas ya para siempre recobraron |
| en Junín libertad, gloria y reposo.» |
| «Gloria, mas no reposo» -de repente |
| clamó una voz de lo alto de los cielos-; |
| y a los ecos los ecos por tres veces |
| «Gloria, mas no reposo», respondieron. |
| El suelo tiembla, y cual fulgentes faros, |
| de los Andes las cúspides ardieron; |
| y de la noche el pavoroso manto |
| se transparenta y rásgase y el éter |
| allá lejos purísimo aparece, |
| y en rósea luz bañado resplandece. |
| Cuando improviso, veneranda Sombra, |
| en faz serena y ademán augusto, |
| entre cándidas nubes se levanta: |
| del hombro izquierdo nebuloso manto |
| pende, y su diestra aéreo cetro rige; |
| su mirar noble, pero no sañudo; |
| y nieblas figuraban a su planta |
| penacho, arco, carcaj, flechas y escudo; |
| una zona de estrellas |
| glorificaba en derredor su frente |
| y la borla imperial de ella pendiente. |
| Miró a Junín, y plácida sonrisa |
| vagó sobre su faz. «Hijos -decía- |
| generación del sol afortunada, |
| que con placer yo puedo llamar mía, |
| yo soy Huayna-Cápac, soy el postrero |
| del vástago sagrado; |
| dichoso rey, mas padre desgraciado. |
| De esta mansión de paz y luz he visto |
| correr las tres centurias |
| de maldición, de sangre y servidumbre |
| y el imperio regido por las Furias. |
| No hay punto en estos valles y estos cerros |
| que no mande tristísimas memorias. |
| Torrentes mil de sangre se cruzaron |
| aquí y allí; las tribus numerosas |
| al ruido del cañón se disiparon, |
| y los restos mortales de mi gente |
| aun a las mismas rocas fecundaron. |
| Más allá un hijo expira entre los hierros |
| de su sagrada majestad indignos... |
| Un insolente y vil aventurero |
| y un iracundo sacerdote fueron |
| de un poderoso Rey los asesinos... |
| ¡Tantos horrores y maldades tantas |
| por el oro que hollaban nuestras plantas! |
| Y mi Huáscar también... ¡Yo no vivía! |
| Que de vivir, lo juro, bastaría, |
| sobrara a debelar la hidra española |
| ésta mi diestra triunfadora, sola. |
| Y nuestro suelo, que ama sobre todos |
| el Sol mi padre, en el estrago fiero |
| no fue, ¡oh dolor!, ni el solo, ni el primero: |
| que mis caros hermanos |
| el gran Guatimozín y Motezuma |
| conmigo el caso acerbo lamentaron |
| de su nefaria muerte y cautiverio, |
| y la devastación del grande imperio, |
| en riqueza y poder igual al mío... |
| Hoy, con noble desdén, ambos recuerdan |
| el ultraje inaudito, y entre fiestas |
alevosas el dardo prevenido
y el lecho en vivas ascuas encendido. |
| ¡Guerra al usurpador! -¿Qué le debemos? |
| ¿luces, costumbres, religión o leyes...? |
| ¡Si ellos fueron estúpidos, viciosos, |
| feroces y por fin supersticiosos! |
| ¿Qué religión? ¿la de Jesús?... ¡Blasfemos! |
| Sangre, plomo veloz, cadenas fueron |
| los sacramentos santos que trajeron. |
| ¡Oh religión! ¡oh fuente pura y santa |
| de amor y de consuelo para el hombre! |
| ¡cuántos males se hicieron en tu nombre! |
| ¿Y qué lazos de amor...? Por los oficios |
| de la hospitalidad más generosa |
| hierros nos dan, por gratitud, suplicios. |
| Todos, sí, todos; menos uno sólo: |
| el mártir del amor americano, |
| de paz, de caridad apóstol santo, |
| divino Casas, de otra patria digno; |
| nos amó hasta morir. Por tanto ahora |
| en el empíreo entre los Incas mora. |
| En tanto la hora inevitable vino |
| que con diamante señaló el destino |
| a la venganza y gloria de mi pueblo: |
| y se alza el vengador. Desde otros mares, |
| como sonante tempestad, se acerca, |
| y fulminó; y del Inca en la Peana, |
| que el tiempo y un poder furial profana, |
| cual de un dios irritado en los altares, |
| las víctimas cayeron a millares. |
| «¡Oh campos de Junín!... ¡Oh predilecto |
| Hijo y Amigo y Vengador del Inca! |
| ¡Oh pueblos, que formáis un pueblo sólo |
| y una familia, y todos sois mis hijos! |
| vivid, triunfad...» |
| El Inca esclarecido |
| iba a seguir, mas de repente queda |
| en éxtasis profundo embebecido: |
| atónito, en el cielo |
| ambos ojos inmóviles ponía, |
| y en la improvisa inspiración absorto, |
| la sombra de una estatua parecía. |
| Cobró la voz al fin. «Pueblos -decía- |
| la página fatal ante mis ojos |
| desenvolvió el destino, salpicada |
| toda en purpúrea sangre, mas en torno |
| también en bello resplandor bañada. |
| Jefe de mi nación, nobles guerreros, |
| oíd cuanto mi oráculo os previene, |
| y requerid los ínclitos aceros, |
| y en vez de cantos nueva alarma suene; |
| que en otros campos de inmortal memoria |
| la Patria os pide, y el destino os manda |
| otro afán, nueva lid, mayor victoria.» |
| Las legiones atónitas oían: |
| mas luego que se anuncia otro combate, |
| se alzan, arman, y al orden de batalla |
| ufanas y prestísimas corrieran |
| y ya de acometer la voz esperan. |
| Reina el silencio; mas de su alta nube |
| el Inca exclama: «De ese ardor es digna |
| la ardua lid que os espera; |
| ardua, terrible, pero al fin postrera. |
| Ese adalid vencido |
| vuela en su fuga a mi sagrada Cuzco, |
| y en su furia insensata, |
| gentes, armas, tesoros arrebata, |
| y a nuevo azar entrega su fortuna; |
| venganza, indignación, furor le inflaman |
| y allá en su pecho hirvieron, como fuegos |
| que de un volcán en las entrañas braman. |
| Marcha; y el mismo campo donde ciegos |
| en sangrienta porfía |
| los primeros tiranos disputaron |
| cuál de ellos solo dominar debía |
| -pues el poder y el oro dividido |
| templar su ardiente fiebre no podía-, |
| en ese campo, que a discordia ajena |
| debió su infausto nombre y la cadena |
| que después arrastró todo el imperio, |
| allí, no sin misterio, |
| venganza y gloria nos darán los cielos. |
| ¡Oh valle de Ayacucho bienhadado! |
| Campo serás de gloria y de venganza... |
| Mas no sin sangre... ¡Yo me estremeciera |
| si mi ser inmortal no lo impidiera! |
| Allí Bolívar en su heroica mente |
| mayores pensamientos revolviendo, |
| el nuevo triunfo trazará, y haciendo |
| de su genio y poder un nuevo ensayo, |
| al joven Sucre prestará su rayo, |
| al joven animoso, |
| a quien del Ecuador montes y ríos |
| dos veces aclamaron victorioso. |
| Ya se verá en la frente del guerrero |
| toda el alma del héroe reflejada, |
| que él le quiso infundir de una mirada. |
| Como torrentes desde la alta cumbre |
| al valle en mil raudales despeñados, |
| vendrán los hijos de la infanda Iberia, |
| soberbios en su fiera muchedumbre, |
| cuando a su encuentro volará impaciente |
| tu juventud, Colombia belicosa, |
| y la tuya, ¡oh Perú! de fama ansiosa, |
| y el caudillo impertérrito a su frente. |
| ¡Atroz, horrendo choque, de azar lleno! |
| Cual aturde y espanta en su estallido |
| de hórrida tempestad el postrer trueno. |
| Arder en fuego el aire, |
| en humo y polvo oscurecerse el cielo |
| y, con la sangre en que rebosa el suelo, |
| se verá al Apurímac de repente |
| embravecer su rápida corriente. |
| Mientras por sierras y hondos precipicios, |
| a la hueste enemiga |
| el impaciente Córdova fatiga, |
| Córdova, a quien inflama |
| fuego de edad y amor de patria y fama, |
| Córdova, en cuyas sienes con bello arte |
| crecen y se entrelazan |
| tu mirto, Venus, tus laureles, Marte. |
| Con su Miller los Húsares recuerdan |
| el nombre de Junín, Vargas su nombre, |
| y Vencedor el suyo con su Lara |
| en cien hazañas cada cual más clara. |
| Allá por otra parte, |
| sereno, pero siempre infatigable, |
| terrible cual su nombre, batallando |
| se presenta La Mar, y se apresura |
| la tarda rota del protervo bando. |
| Era su antiguo voto, por la patria |
| combatir y morir; Dios complacido |
| combatir y vencer le ha concedido. |
| Mártir del pundonor, he aquí tu día: |
| ya la calumnia impía |
| bajo tu pie bramando confundida, |
| te sonríe la Patria agradecida; |
| y tu nombre glorioso, |
| el armónico canto que resuena |
| en las floridas margenes del Guayas |
| que por oírlo su corriente enfrena, |
| se mezclará, y el pecho de tu amigo, |
| tus hazañas cantando y tu ventura, |
| palpitará de gozo y de ternura. |
| Lo grande y peligroso |
| hiela al cobarde, irrita al animoso. |
| ¡Qué intrepidez! ¡qué súbito coraje |
| el brazo agita y en el pecho prende |
| del que su patria y libertad defiende! |
| El menor resistir es nuevo ultraje. |
| El jinete impetuoso, |
| el fulmíneo arcabuz de sí arrojando, |
| lánzase a tierra con el hierro en mano, |
| pues le parece en trance tan dudoso |
| lento el caballo, perezoso el plomo. |
| Crece el ardor. Ya cede en toda parte |
| el número al valor, la fuerza al arte. |
| Y el Ibero arrogante en las memorias |
| de sus pasadas glorias, |
| firme, feroz resiste, ya en idea, |
| bajo triunfales arcos, que alzar debe |
| la sojuzgada Lima, se pasea. |
| Mas su afán, su ilusión, sus artes... nada; |
| ni la resuelta y numerosa tropa |
| le sirve. Cede al ímpetu tremendo; |
| y el arma de Baylén rindió cayendo |
| el vencedor del vencedor de Europa. |
| Perdió el valor, mas no las iras pierde, |
| y en furibunda rabia el polvo muerde; |
| alza el párpado grave, y sanguinosos |
| ruedan sus ojos y sus dientes crujen; |
| mira la luz, se indigna de mirarla, |
| acusa, insulta al cielo, y de sus labios |
| cárdenos, espumosos, |
| votos y negra sangre y hiel brotando, |
| en vano un vengador muere invocando. |
| ¡Ah! ya diviso míseras reliquias, |
| con todos sus caudillos humillados, |
| venir pidiendo paz; y generoso, |
| en nombre de Bolívar y la Patria, |
| no se la niega el Vencedor glorioso, |
| y su triunfo sangriento |
| con el ramo feliz de paz corona. |
| Que si Patria y honor le arman la mano |
| arde en venganza el pecho americano, |
| y cuando vence, todo lo perdona. |
| Las voces, el clamor de los que vencen, |
| y de Quinó las ásperas montañas |
| y los cóncavos senos de la tierra |
| y los ecos sin fin de la ardua sierra, |
| todos repiten sin cesar: ¡Victoria! |
| Y las bullentes linfas de Apurímac |
| a las fugaces linfas de Ucayale |
| se unen, y unidas, llevan presurosas, |
| en sonante murmullo y alba espuma, |
| con palmas en las manos y coronas, |
| esta nueva feliz al Amazonas. |
| Y el espléndido rey al punto ordena |
| a sus delfines, ninfas y sirenas |
| que, en clamorosos plácidos cantares, |
| tan gran victoria anuncien a los mares. |
| ¡Salud, oh Vencedor! ¡oh Sucre! vence, |
| y de nuevo laurel orla tu frente; |
| alta esperanza de tu insigne patria, |
| como la palma al margen de un torrente |
| crece tu nombre..., y sola, en este día |
| tu gloria, sin Bolívar, brillaría. |
| Tal se ve Héspero arder en su carrera, |
| que del nocturno cielo |
| suyo el imperio sin la luna fuera. |
| Por las manos de Sucre la Victoria |
| ciñe a Bolívar lauro inmarcesible. |
| ¡Oh Triunfador! la palma de Ayacucho, |
| fatiga eterna al bronce de la Fama, |
| segunda vez Libertador te aclama. |
| Esta es la hora feliz. Desde aquí empieza |
| la nueva edad al Inca prometida |
| de libertad, de paz y de grandeza. |
| Rompiste la cadena aborrecida, |
| la rebelde cerviz hispana hollaste, |
| grande gloria alcanzaste; |
| pero mayor te espera, si a mi Pueblo, |
| así cual a la guerra lo conformas |
| y a conquistar su libertad le empeñas, |
| la rara y ardua ciencia |
| de merecer la paz y vivir libre, |
| con voz y ejemplo y con poder le enseñas, |
| Yo con riendas de seda regí el pueblo, |
| y cual padre le amé, mas no quisiera |
| que el cetro de los Incas renaciera; |
| que ya se vio algún Inca, que teniendo |
| el terrible poder todo en su mano, |
| comenzó padre y acabó tirano. |
| Yo fui conquistador, ya me avergüenzo |
| del glorioso y sangriento ministerio, |
| pues un conquistador, el más humano, |
| formar, mas no regir debe un imperio. |
| Por no trillada senda, de la gloria |
| al templo vuelas, ínclito Bolívar: |
| que ese poder tremendo que te fía |
| de los Padres el íntegro senado, |
| si otro tiempo perder a Roma pudo, |
| en su potente mano |
| es a la Libertad del Pueblo escudo. |
| ¡Oh Libertad! el Héroe que podía |
| ser el brazo de Marte sanguinario, |
| ése es tu sacerdote más celoso, |
| y el primero que toma el incensario |
| y a tus aras se inclina silencioso. |
| ¡Oh Libertad! si al pueblo americano |
| la solemne misión ha dado el cielo |
| de domeñar el monstruo de la guerra |
| y dilatar tu imperio soberano |
| por las regiones todas de la tierra |
| y por las ondas todas de los mares, |
| no temas, con este héroe, que algún día |
| eclipse el ciego error tus resplandores, |
| superstición profane tus altares, |
| ni que insulte tu ley la tiranía; |
| ya tu imperio y tu culto son eternos. |
| Y cual restauras en su antigua gloria< | |