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Tres héroes
José Martí, Cuba 1853-1895
La
Edad de Oro, 1889
Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse
el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a
donde estaba la estatua de Bolívar, Y cuentan que el viajero, solo con los
árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía
que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien,
pues todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a
todos los que pelearon como él, porque la América fuese del hombre americano. A
todos: al héroe famoso y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta
hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.
Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a
hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar.
Un hombre que oculta lo que piensa o no se atreve a decir lo que piensa no es un
hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que
el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con
obedecer a leyes injustas, y permiten que pisen el país en que nació, los
hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede
pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden
vivir en honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y
debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su
alrededor y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un
hombre que vive del trabajo de un bribón y está en camino de ser bribón. Hay
hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres
para vivir dichosas; el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso, la
llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con
rudeza o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo
menos, tan decoroso como la llama y el elefante. En América se vivía antes de la
libertad, como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la
carga, o morir.
Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen
como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el
mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, así como ha de haber cierta
cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que
tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza
terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a
los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo
entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son
sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de
México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más
que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema
con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no
hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.
Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban y las palabras se le
salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de
montar a caballo. Era su país, su país oprimido que le pesaba en el corazón y no
le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como despertando. Un hombre
solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan,
cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos,
porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen
muchos hombres y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de Bolívar,
que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que
Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles, lo habían echado del
país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, a pensar en su tierra.
Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió un día a
pelear con trescientos héroes, con los trescientos libertadores. Libertó a
Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó al Ecuador. Libertó al Perú.
Fundó una nación nueva, la nación de Bolivia. Ganó batallas sublimes con
soldados descalzos y medio desnudos. Todo se estremecía y se llenaba de luz a su
alrededor. Los generales peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un
ejército de jóvenes. Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor en el mundo por la
libertad. Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres de
gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Los envidiosos
exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón, más que de mal del
cuerpo, en la casa de un español, en Santa Marta. Murió pobre, y dejó una
familia de pueblos.
México tenía mujeres y hombres valerosos, que no eran muchos, pero valían por
muchos; media docena de hombres y una mujer preparaban el modo de hacer libre a
su país. Eran unos cuantos jóvenes valientes, el esposo de una mujer liberal y
un cura de pueblo que quería mucho a los indios, un cura de sesenta años. Desde
niño fue el cura Hidalgo de la raza buena, de los que quieren saber. Los que no
quieren saber son de la raza mala. Hidalgo sabía francés, que entonces era cosa
de mérito, porque lo sabían pocos. Leyó los libros de los filósofos del siglo
XVIII, que explicaron el derecho del hombre a ser honrado, y a pensar y hablar
sin hipocresía. Vio a los negros esclavos, y se llenó de horror. Vio maltratar a
los indios, que son tan mansos y generosos, y se sentó entre ellos como un
hermano viejo, a enseñarles las artes finas que el indio aprende bien: la
música, que consuela; la cría del gusano, que da la seda; la cría de la abeja,
que da la miel. Tenía fuego en sí, y le gustaba fabricar: creó hornos para cocer
los ladrillos. Le veían lucir mucho, de cuando en cuando, los ojos verdes. Todos
decían que hablaba muy bien, que sabía mucho nuevo, que daba muchas limosnas el
señor cura del pueblo de Dolores. Decían que iba a la ciudad de Querétaro una
que otra vez, a hablar con unos cuantos valientes y con el marido de una buena
señora. Un traidor le dijo a un comandante español que los amigos de Querétaro
trataban de hacer a México libre. El cura montó a caballo, con todo su pueblo,
que lo quería como a su corazón; se le fueron juntando los caporales y los
sirvientes de las haciendas, que eran la caballería; los indios iban a pie, con
palos y flechas o con hondas y lanzas. Se le unió un regimiento y tomó un convoy
de pólvora que iba para los españoles. Entró triunfante en Celaya, con músicas y
vivas. Al otro día juntó el Ayuntamiento, lo hicieron general y empezó un pueblo
a nacer. El fabricó lanzas y granadas de mano. El dijo discursos que dan calor y
echan chispas, como decía un caporal de las haciendas. El declaró libres a los
negros. El les devolvió sus tierras a los indios. El publicó un periódico que
llamó "El Despertador Americano". Ganó y perdió batallas. Un día se le juntaban
siete mil indios con flechas y al otro día lo dejaban solo. La mala gente quería
ir con él para robar en los pueblos y para vengarse de los españoles. El les
avisaba a los jefes españoles que si los vencía en la batalla que iba a darles
los recibiría en su casa como amigos. ¡Eso es ser grande! Se atrevió a ser
magnánimo sin miedo a que lo abandonase la soldadesca, que quería que fuese
cruel. Su compañero Allende tuvo celos de él, y él le cedió el mando a Allende.
Iban juntos buscando amparo en su derrota cuando los españoles les cayeron
encima. A Hidalgo le quitaron uno a uno, como para ofenderlo, los vestidos de
sacerdote. Lo sacaron detrás de una tapia y le dispararon los tiros de muerte a
la cabeza. Cayó vivo, revuelto en la sangre, y en el suelo lo acabaron de matar.
Le cortaron la cabeza y la colgaron en una jaula, en la Alhóndiga misma de
Granaditas, donde tuvo su gobierno. Enterraron los cadáveres descabezados. Pero
México es libre.
San Martín fue el libertador del sur, el padre de la República Argentina, el
padre de Chile. Sus padres eran españoles, y a él lo mandaron a España para que
fuese militar del rey. Cuando Napoleón entró en España con su ejército, para
quitarles a los españoles la libertad, los españoles todos pelearon contra
Napoleón: pelearon los viejos, las mujeres, los niños; un niño valiente, un
catalancito, hizo huir una noche a una compañía, disparándole tiros y más tiros
desde un rincón del monte; al niño lo encontraron muerto, muerto de hambre y de
frío; pero tenía en la cara como una luz, y sonreía, como si estuviese contento.
San Martín peleó muy bien en la batalla de Bailén, y lo hicieron teniente
coronel. Hablaba poco; parecía de acero; miraba como un águila; nadie lo
desobedecía; su caballo iba y venía por el campo de pelea, como el rayo por el
aire. En cuanto supo que América peleaba para hacerse libre, vino a América;
¿qué le importaba perder su carrera, si iba a cumplir con su deber? Llegó a
Buenos Aires; no dijo discursos; levantó un escuadrón de caballería; en San
Lorenzo fue su primera batalla; sable en mano se fue San Martín detrás de los
españoles, que venían muy seguros, tocando el tambor, y se quedaron sin tambor,
sin cañones y sin bandera. En los otros pueblos de América los españoles iban
venciendo: a Bolívar lo había echado Morillo el cruel de Venezuela; Hidalgo
estaba muerto; O' Higgins salió huyendo de Chile; pero donde estaba San Martín
siguió siendo libre la América. Hay hombres así, que no pueden ver esclavitud.
San Martín no podía; y se fue a libertar a Chile y al Perú. En diez y ocho días
cruzó con su ejército los Andes altísimos y fríos. Iban los hombres como por el
cielo, hambrientos, sedientos; abajo, muy abajo, los árboles parecían yerba, los
torrentes rugían como leones. San Martín se encuentra al ejército español y lo
deshace en la batalla de Chacabuco, lo derrota para siempre en la batalla de
Maipú. Liberta a Chile. Se embarca con su tropa, y va a libertar al Perú. Pero
en el Perú estaba Bolívar, y San Martín le cede la gloria. Se fue a Europa
triste, y murió en brazos de su hija Mercedes. Escribió su testamento en una
cuartilla de papel, como si fuera el parte de una batalla. Le habían regalado el
estandarte que el conquistador Pizarro trajo hace cuatro siglos, y él le regaló
el estandarte en el testamento al Perú.
Un escultor es admirable, porque saca una figura de la piedra bruta; pero
esos hombres que hacen pueblos son como más que hombres. Quisieron algunas veces
lo que no debían querer; pero ¿qué no le perdonará un hijo a su padre? El
corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son
héroes, los que pelean por hacer a los pueblos libres, o los que padecen en
pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la
ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle
a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales.
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