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X —Señor,
los remeros ya están aquí —anunció Troche, abriendo los
batientes de la ventana. Un
clarísimo rayo de sol irrumpió en la vasta alcoba,
empapelada de azul, de alto techo blanqueado al temple —¿Qué
hora es, Troche? —Las
ocho, doctor. —¡Caramba!
Ya es tarde. Y
sentándose en el lecho, gritó a sus amigos: —¡Arriba,
ociosos; nos esperan! Aguirre,
Valle y Ocampo estiraron, soñolientos, los brazos, para
frotarse los ojos, heridos por la crudeza de la —¿Te
levantas, poetilla? Obtuvo
por respuesta un largo ronquido. Entonces Pantoja cogió su
almohada y lanzósela a la cabeza. Al —¿Qué
hay?... Los
amigos lanzaron una alegre carcajada. Suárez se enojó: —¡Ca...!
No me gustan esas bromas. Duróle
poco el enojo. Era de índole apacible y en el campo lucía
gloriosamente el sol, piaban infinidad de Apareció
Asunta trayendo una bandeja con copas y una garrafa donde
humeaba el sucumbé. Dejó la bandeja —¿Y
por qué no viene a servirnos la bella Clorinda? —preguntó
Suárez, recibiendo su copa desbordante y —Está
enfermita, niño, y ahora se levanta tarde repuso la chola
con acento evasivo. —¡Es
que ya no quiere vernos la ingrata!... —¡De
aunde no más, niño! —¡Caramba!
¡Está delicioso esto! Tiene otro sabor. —Lo
hicimos con el pisco de durazno que anoche han traído los apirís
—dijo la chola. Y ofreció—: ¿Otro vasito —¡Ya
lo creo, buena Asunta! A ti te hemos de hacer reina de las
cocineras. Sólo por comer los platos que —¡Ya,
el niño! —dijo la chola complacidísima por el
cumplimiento. No
tal; Clorinda es mi novia y nadie me la quita —intervino
Aguirre, alargando su copa para que se la llenara Ya
vestidos y armados y de excelente humor tomaron camino de la
charca donde esperaban los remeros La
mañana era de una serenidad admirable. El lago estaba terso
como un cristal, limpio de nubes el cielo. El Los
balseros apoyaron sus perchas en los montones de totora seca
de la orillan y las balsas comenzaron a El
agua parecía turbia en el canal y negra donde se espesaban
los totorales. A veces se abrían éstos en —Separémonos
aquí, pero cuidado con dirigir tiros horizontales entre las
totoras. Podemos matar a algún —Veamos
quién lo hace mejor esta mañana. Yo no me quedo con la
derrota —dijo Ocampo poniendo a su —Doy
dos contra uno en mi favor. Hasta ahora yo llevo
cuatrocientas setenta piezas; Pedro, trescientas —Es
que yo no quiero matar... —Di
que no puedes le interrumpió Aguirre. No.
No quiero. Ustedes saben que en el tiro sólo me gana Pablo... —Otra
cosa es con guitarra le volvió a interrumpir el aludido. —Como
quieran; pero me repugna matar en balde. ¿Para qué? ¡Pobres
avecillas! —¡Pareces
una tímida doncella! —le dijo García, riendo. —¡Adelante
y cuidado con las escopetas! El otro día Pedro me hizo
silbar los perdigones en las orejas... A las Se
dispersaron. Pantoja tomó la izquierda, hacia el fondo del
lago, tupido en totorales; la derecha, Ocampo; —¡Niño!
¡Una bandada de patos rojos! —le dijo a poco su remero
Tiquimani, inclinándose bruscamente en la Era
Tiquimani un mozo alto y robusto, de cara redonda, ojos
negros y garzos y tenía fama de excelente —¿Dónde? —Acá,
patrón; delante la balsa, entre las totoras; mira. Y
Tiquimani, radiante el rostro, los ojos encandilados, extendía
el brazo señalando la proa de la balsa, en Suárez
se puso cuidadosamente de rodillas y dirigió la mirada al
punto señalado por el remero. Allí,
en las lindes del totoral, en un claro vecino a la
red de algas oscuras, que parecía el moho de las aguas, Rompía
la marcha un soberbio macho de pecho encendido, cabeza negrísima
y alas vistosas rayadas con una —¡Tírales!,
¡tírales! —dijo Tiquimani, ansioso por ver destruida la
alegre bandada. —No,
¿para qué? ¡Dejémosles! —repuso Suárez, encantado de
sorprender en su intimidad inocente y Tiquimani
le miró con asombro y una viva contrariedad se pintó en
sus facciones. De
pronto, el ruido de un lejano disparo turbó la enorme y
divina mudez del espacio. Las aves se detuvieron —¡Tírales,
porque el otro caballero nos ha de ganar! —insistió
Tiquimani, que había visto avanzar Suárez
pensó levantarse para espantar a las aves, mas en ese
momento atronó el espacio el hórrido —¡Qué
brutos! —y Suárez hizo un gesto de cólera amarga e
impotente. —¿Cuántos?
—le gritó Ocampo alzándose de pie sobre la balsa. Y
como su amigo no se dignase responder siquiera, los
cazadores se lanzaron a recoger las piezas cobradas. —Vamos
fuera de las totoras; no quiero matar—ordenó Suárez
a su balsero consternado. Tiquimani
puso mano a la percha de mal talante y enderezó la proa de
su embarcación lago adentro y hacia Ruda
fue la faena para ganar el espacio libre, pues las algas se
extendían, en más de dos kilómetros de Sus
nidos, fabricados con suma habilidad, apenas podía
descubrirlos la vista después de mucho mirar, pues Al
fin salieron del límite de las plantas lacustres. Las
aguas, limpias y puras como el cristal, dejaban ver el Fulgía
el sol, quebrando sus rayos en haces de luz multicolor, que
se proyectaban formando mil A
eso de las doce se oyó el lejano silbido de un pito. Suárez
se puso en pie y vio que en un claro del totoral Fue
el último en llegar y encontró a sus amigos refiriéndose
los variados incidentes con que habían tropezado Ante
el exterminio cobarde e inútil sublevóse el alma de Suárez
y no pudo ocultar su despecho y contrariedad. Aquello
era bárbaro y estúpido. Bueno que se matase por necesidad.
Aceptaba también el crimen de la —Estamos
matando la gallina de los huevos de oro—dijo Suárez—y
no hay quien se dé cuenta de ello. Antes, —¡Ja,
ja, ja!... ¡Vuelo poético!... ¡Ja, ja, ja! —rió P. P.
con risa amable y regocijada, ahogando la de sus —Rían
lo que quieran— prosiguió éste, de buen humor—; pero
es el caso que por malicia o ignorancia, como Se
había puesto serio y hablaba con pena, con esa pena del
hombre honesto que ve miserias y no puede —Tienes
razón; es así —convino Aguirre. —¡Hay
que hacerte diputado, poeta! —le dijo Ocampo, volviendo a
reír con benevolencia. —¡Déjate
de idioteces! Hazme dictador y verás lo que hago. Sólo un
dictador puede realizar algo que valga la —¿No
tienes fe en nuestros hombres públicos? —No
tengo fe en nadie y menos en nuestros doctores inflados con
discursos muy orondos con su palabrería —¡Chico!
¡Muestra tu botella! ¡Apuesto que te la bebiste
toda! —le dijo, riendo, Aguirre. —Creo
que tienes razón. Sólo los borrachos hablan así
—contestó Suárez sonriendo con amarga ironía. —Bueno,
adelante y basta de discusiones. Tengo hambre y ya no puedo
más de cansancio —dijo Pantoja —Ni
yo. —Ni
yo. Se
sentían flojos, acalambrados por cuatro horas de
inmovilidad en las balsas y tenían deseos de moverse, Los
balseros enderezaron a tierra la proa de sus balsas y se
internaron entre los canales abiertos en la Hacía
calor. De
las aguas inmovilizadas por la flor de enea que forma una
espesa costra verde, alzábase un vaho tibio y De
pronto, una voz clara, vibrante, pero monótona, se elevó,
rompiendo el silencio del lago adormecido; las —¡Caramba!,
¡qué linda india! exclamó de súbito Suárez, que iba en
cabeza, y su voz repercutió sonora en el Era
Wata-Wara. Metida
hasta la cintura entre las plantas acuáticas segaba totora
y algas para sus bueyes, y su balsa, vieja y Era
uno de sus placeres. Gustábale
hundirse en el aterciopelado limo del fondo, para sentir en
las piernas el gelatinoso roce de los Hacíales
una guerra tenaz, incansable, sin tregua, y no medía sus
crueldades para las cercetas, de quienes Sus
agudos y cortos chillidos, su vuelo pesado y a ras del agua,
la cual azotan levantando huella de espuma De
mal agüero era esa ave para ella. En cierta ocasión,
distraída, dejó escapar una que se puso al alcance de Otra
vez fugóse de entre sus manos una que había cogido en
trampa, y días después su novio recibió una Llevaba
la joven desposada desnudos los fuertes y morenos brazos, y
por entre la abertura de su camisa de —¡Qué
hermosa india! —repitió Valle, clavando con avidez los
ojos en los senos de Wata-Wara, que en el Exaltóse
el fácil lirismo de Suárez ante la rústica y fuerte
belleza del cuadro y prorrumpió con voz chillona y —¡Salud,
hechicera ondina de este piélago formado por las lágrimas
de los de tu raza mártir y esclava! —¡Cállate,
ganso, y habla como gente! —le interrumpió Pantoja,
cortando la lírica salutación del poeta. Luego
se volvió hacia la india: —¿Cómo
te llamas? La
joven, turbada, no respondió. —¿Eres
muda? —dijo Pantoja frunciendo el ceño. —Wata-Wara—articuló,
mirando con angustia a su esposo. —¿Eres
casada? —¡Qué
pregunta! ¿No ves que está encinta? —dijo Suárez,
riendo. —Es
mi mujer, tata—intervino Agiali, que hasta entonces
no había desplegado los labios y miraba a los Pantoja
se volvió hacia su remero. —¡Caramba!
Tienes una linda mujer... ¡Adelante! Reanudaron
la marcha, y a poco saltaron a tierra. —¡Que
preciosa hembra! Si pudiéramos tenerla en casa... —dijo
Ocampo, una vez que estuvieron lejos de los —Ya
la tendremos—asintió con aplomo Pantoja. Una
vez en casa corrieron al comedor. Sentíanse desfallecer de
hambre y pidieron a gritos el almuerzo. Asunta
no les hizo esperar y a poco devoraban, más que comían,
una sopa de quinua, leche, huevos y queso, un
costillar de cordero a la brasa, acompañado de chuño revuelto,
una tortilla de sardinas y chocolate en leche —¿Qué
hacemos ahora? —preguntó Aguirre, que ya comenzaba a
cansarse de la permanencia en Kohahuyo —Yo
voy a dormir un poco. Esta mañana me han hecho levantar muy
temprano —dijo Valle, como hombre —¡Temprano
a las ocho! ¡Qué tipo! —criticó Ocampo. —Yo
voy a escribir un cuento—saltó Suárez. —¡Al
diablo con estos escribanos!... ¡Oh, mi dulce y casta
prometida, virgencita blanca!... ¡Tonterías! —criticó Aguirre. —¿Y
tú? —No
sé; quisiera matar un flamenco. Los malditos escapan a la
legua y no hay modo de cogerlos a tiro de —Te
acompaño; tú eres la única persona decente— dijo el
anfitrión. En
ese momento apareció Troche; venía en mangas de camisa y
traía un cuchillo corto y puntiagudo y llevaba —Vengo
a preguntarle, doctor, si le gusta el chicharrón —dijo
sonriendo amablemente. —¡Ya
lo creo que me gusta, don Pedro! ¿Por qué? —Tengo
algunos chanchitos y pudiéramos matar uno. La Asunta me
dice que los indios ya no tienen —¡Mienten
estos pillos! Seguramente no querrán darle... —Así
es, doctor. Son unos bribones. Al patrón le niegan todo y
van a vender al pueblo lo que tienen. —Será
que no les pagan su precio —intervino Suárez, en su afán
de defender a los oprimidos y sin fijarse que —Se
les paga no más—repuso el cholo, muy serio. Ahí
está, pues, la cosa. Si les ofreciera el mismo precio que
en el pueblo... —¡Pero
el patrón es, pues, el patrón, doctor! —le interrumpió
Troche. —¿Y
eso qué? —¡Cállate,
escribano! ¿Tú qué entiendes de esas cosas?—le atajó
Pantoja, entre serio y disgustado. —¡Caramba!
Si yo tuviera una hacienda sería el primer amigo de mis
colonos —repuso Suárez con sincero Pantoja,
que ya estaba predispuesto contra él por la anterior
discusión y sus al parecer continuas alusiones, se —¿Conoces
bien al indio? —¡Hombre!
Ya lo creo; lo conozco. —¿Y
cómo es? Suárez
quedó perplejo con la inesperada pregunta y dijo tras
breves segundos de vacilación: —Es
un hombre como los demás; pero más rústico, ignorante,
humilde como el perro, más miserable y más —...parco,
bueno, servicial, comedido, generoso, etcétera, etcétera...
¿no es así? —le interrumpió Pantoja, —¡Eso
es natural correcto, legítimo! —le interrumpió con igual
viveza Suárez—, Porque el blanco, desde hace —Será
como dices y quiero darte la razón; pero ahora ya es otro
el problema este nuestro problema boliviano, —Y
eso será justo, después de todo... —quiso interrumpir Suárez. —¿Justo?...
No sabes lo que dices. En un comienzo, cuando las tierras
casi no tenían valor y se hicieron Suárez
le volvió a interrumpir, negando enérgicamente con la
mano: —¡Eso
no es verdad! Las haciendas de la puna no han recibido ningún
impulso de los propietarios y —Muy
bien, concedido. Pero al pasar de manos de los indios a las
de los blancos cada uno ha satisfecho un —¡Así
es! —apoyó Ocampo con profunda convicción, como
latifundista que era. —Pablo
tiene razón—sostuvo Aguirre que seguía con mucho interés
la controversia, porque era uno de los —También
yo quiero ceder en esto repuso Suárez con calma—. Pero lo
que no me explico todavía es por qué —...
Te voy a hacer otra pregunta, parecida a la anterior. ¿Cómo
es el mujik? Explícamelo claramente, para Suárez
quedóse más cortado todavía con la pregunta, pues también
él lo poco que sabía del mujik lo había —El
mujik es la última categoría social rusa y en él
predomina la ausencia casi absoluta de voluntad y más —Estás
entrando en generalidades y Yo necesito respuestas categóricas.
¿Goza el mujik del derecho de Suárez
no supo qué decir ante el apremio de su anfitrión y se
sintió algo incómodo de su postura, que no —Yo
no sabría —dijo al fin— responderte con precisión,
porque no he tenido ocasión de enterarme de lo que —Esas
son frases de escritor. Y yo podría responderte, con ese
mismo Gorki, que aquí, como sabes, leemos Pero
dejemos Rusia, desconocida, lejana, y vengamos a nuestro
propio país. Contra lo que más he oído trinar —¿Y
por qué, entonces, no son ricos como los mismos hacendados?
—preguntó con viveza Suárez. —Te
lo voy a decir: porque son viciosos, rutinarios y vanidosos.
Años de años puedes estarles predicando las —Ni
máquinas ni abonos usan los propietarios... —...
Y otros adelantos y nunca te oirán y seguirán. Al
contrario, serán los primeros en oponerse a que hagas Porque
pagan fiestas a menudo; son alcaldes, maestros mayores, alféreces,
y en cada uno de estos cargos —Sí,
hasta que me coman o ellos revienten... —Sí,
che; hay que ser así... —asintió Valle con profunda
convicción, pues era la política que practicaba —¡Naturalmente!...
Mi padre fue bueno con ellos y ¡cómo le pagaron! ¿Verdad,
Troche? —dijo Pantoja con —Sí,
doctor; lo han asesinado estos canallas —dijo señalando
al pongo que en ese momento apareció en el "¡Bien
hecho!", pensó Suárez para sí, y guardó silencio,
pues ya conocía la historia. —Entonces,
doctor, ¿matamos al chanchito?—preguntó Troche,
sonriendo más amablemente todavía. —Vamos
a verlo primero. ¿Dónde está? —En
el corral, doctor. Pero no vaya usted; eso está muy sucio.
Que lo traigan más bien. Y
llamando a Clorinda le dijo fuese a sacar los cochinos de la
porqueriza. A
poco se abrió la puerta de los corrales y aparecieron unos
ocho cerdos que la moza incitaba punzándoles el Al
verlos, rieron los amigos. —¡Qué
curioso! Diríase que tienen miedo de andar observó Valle. —Están
ciegos—repuso Troche, asentando una patada en la cabeza de
uno de los cochinos, que se había —¿Ciegos?
¿Y por qué? ¿Cómo es eso? —De
intento. Para que engorden más. Suárez
hizo un gesto de repulsa. —¡Pero
eso es una crueldad! ¡Horrible! Troche
se encogió de hombros, sin comprender que pudiera tacharse
de crueldad una simple operación en las —¿Y
dónde viste hacer eso?—preguntó Pantoja divirtiéndose
con ver las pobres bestias atontadas. —Lo
vi en algunas provincias de Cochabamba. —¿Y
de veras engordan más? —¡Ya
lo creo, doctor! Así no se mueven de un sitio y echan
grasa. —¿Y
cómo hacen para cegarlos? —Se
les hunde en los ojos un clavo caliente... —¡Brr!
—hizo Suárez, horrorizado, y se tapó los ojos. —¡Vaya
con el maricón!—dijo desdeñosamente Pantoja al ver el
gesto de su amigo. Y
volviéndose a Troche, agregó: —¡Caramba!
Están lindos tus chanchos. ¿Y cuántos tenemos en la
hacienda? —Pocos,
doctor; unos veinte. —¿Y
dónde los tienes? —Los
llevan a la orilla del lago. —Estarán
gordos como éstos... —¡De
dónde no más, doctor! Estos se crían con los desperdicios
de la casa con lahuas que les da Clorinda y —Pues
entonces—le atajó el patrón— que los distribuyan en
las casas de los peones mas ricos... —¡Imposible,
doctor! No quedrían recibirlos; se alzarían... —le
interrumpió Troche, alarmado. —¿Que
no los recibirán, dices? Pues al que no quiera recibir le
das una paliza y lo botas de la hacienda... ¡Y Troche
meneó la cabeza, indeciso y temeroso. Los amigos
escuchaban, callados y serios. Pantoja había Al
notar este silencio, el joven, como para hacer ostentación
de su autoridad añadió luego con vehemente —Estos
salvajes se están echando a la carga. Hasta malcriados se
han vuelto. Antes, cuando mi padre estaba Es
que si los has de recibir como los recibiste el día de
nuestra llegada... —le atajó Suárez. Pantoja,
sin hacerle caso, prosiguió: Pero
yo les voy a quitar la gana. Ellos aprietan y yo tiro de la
cuerda. Y vamos a ver quién sale venciendo. —Seguramente,
tú, pero el día que te cojan desprevenido, ya lo sabes, te
comen —dijo Suárez con Pantoja
se volvió hacia su amigo hecho una furia: —¿Y
crees que eso me acobarda? Primero yo mato a cien y después
que hagan de mí lo que quieran. —Si
la vida no te importa, ¡claro! Pero... —Lo
que hay es que les tienes mucho miedo a los indios —le
atajó Pantoja con acento irónico. —No.
Miedo no les tengo. Piedad, sí. —¡Y
miedo también, chico! —afirmó el anfitrión,
dulcificando su acento. ¡Como
quieras! Y
Suárez fijó en su amigo una mirada serena. Se
hizo un silencio embarazoso, y como el patrón era obstinado
y sufría en exceso su amor propio, demasiado —Ya
sabes, Troche. Repartes los chanchos entre los principales
peones de la hacienda y les revientas los Suárez
volvió a intervenir, y su acento era persuasivo y suave: —Mira,
Pablo, eso es horrible. No seas cruel; hazlo por mí... Pantoja
sonrió con socarronería escuchando el tono de voz de su
amigo. —Tienes
entrañas de mujer, querido Alejo, y como no deseo hacerte
sufrir, voy a darte gusto. No les revientes —Bueno,
doctor, pero ya verá usted: se han de quejar. —¡Que
se amuelen!... Pero veo que tú también les tienes miedo, y
es mejor que yo mismo dé la orden... Dame A
García le recocijaban las escenas de violencia y siguió a
su amigo. Tomaron la dirección del caserío, Tocaron
la primera casa. Al aproximarse a las goteras, dos enormes
perros lanudos, con la cabeza cubierta de Saludó: —Buenas
tardes nos dé Dios, tata. —¡Hola,
bribón! ¿Qué haces? —Componía
mis redes, tata. —Bueno;
he dado orden para que te entreguen un chancho. —¡Gracias,
tata! —repuso efusivamente el indio —¡Al
diablo, pillo, si crees que es un obsequio! Es para que lo
cuides y me lo entregues gordo cuando te lo El
indio se puso serio y una honda arruga partió en dos su
frente; no repuso una sola palabra. —¿Es
que no has oído, pícaro? —le interpeló Pantoja. —Sí,
he oído; pero yo no sé cómo he de hacer lo que me pides. —¿Por
qué, bribón? Cheka,
con un gesto, señaló el corral, donde estaban atados por
las patas dos cerdos de hocico puntiagudo y —Mira
cómo están nuestras propias bestias. Se van muriendo de
consunción porque no tenemos qué darles. Pantoja
se encogió de hombros. —Nada
me importa eso. El que no quiera recibir mis bestias, se va.
Y asunto concluido. —Bueno
me iré pero antes recogeré mi cosecha —repuso
tranquilamente Cheka. Pantoja
enrojeció de cólera. La respuesta le pareció insolente y
que no debía soportarla. —Pues
te vas, y ahora mismo, pillo, ¿entiendes? Te vas sin
recoger tu cosecha. El
indio le clavó una mirada dura y cargada de odio: —¿Por
qué? Tú no me has dado la semilla. —¡Insolente!
¿Así sabes contestar al patrón?... ¡Toma, ladrón! Lanzóse
sobre el indio y le descargó el látigo en la cabeza, en
las espaldas, donde caía, ciego de ira, en tanto —¡Déjalo,
hombre! ¡Pobrecito! —intervino Aguirre, realmente
contrariado por la flagrante injusticia y cogiéndole —¡Tata...,
perdón; tata..., tataíto!... —rogaba el
indio, tratando de contener la sangre que a borbotones le —¿Es
que la tierra es también tuya, ladrón? —vociferaba
Pantoja, mordiéndose los labios. El
indio se prosternó a sus pies, dolorido y humillado: —¡Perdón,
tata; te voy a obedecer! —¡Te
has de ir! ¡Ahora mismo te has de ir!... —Bueno,
tata, me voy a ir; pero no me maltrates, pues soy
viejo—suplicaba Cheka, llorando, más que de dolor —Eres
injusto, y te has de quedar sin peones —le dijo Aguirre,
apiadado y muy pesaroso de haberle seguido. —¿Y
por qué son insolentes? —¡Pero,
hijo, tiene razón! Fíjate en esto —y señaló la pobre
casucha— y verás que estos infelices viven peor Y
luego añadió, con el sincero deseo de reparar un mal: —Déjame
hacer y no te metas a nada. Te lo suplico. —Oye
—le dijo al indio—, yo he de rogarle al patrón para que
no te vayas; pero en otra no seas insolente... Y
cogiendo su cartera le alcanzó dos billetes. —¡Tata!...,
¡tata!... Y
arrastrándose de rodillas hasta el joven, le besó las
manos con humildad. Luego se fue a lo de Pantoja e —¡Ya
me has de ver, condenado!...
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