Sobre Pedro Henríquez Ureña
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El más alto literato de la República Dominicana
Testimonios sobre Pedro Henríquez Ureña

Palabras del presidente Ernesto Zedillo, de México, ante el Pleno de la Asamblea Nacional de la República Dominicana.

Pedro Enríquez Ureña, seguía diciendo Alfonso Reyes, "enseñaba a oír, a ver, a pensar, y suscitaba una verdadera reforma de la cultura".

Su aportación fue capital en la reafirmación de nuestra identidad como nación en las primeras décadas del siglo XX.

Su convicción humanista y pensamiento esclarecedor, dejaron una marca indeleble en la educación y la cultura nacionales.

En gran medida gracias a hombres como Henríquez Ureña, asumimos el fortalecimiento de la educación y la cultura como llaves fundamentales para el progreso y la justicia social.

Por eso, ante esta representación popular del pueblo dominicano quiero reiterar la gratitud de México a Pedro Henríquez Ureña.

A fin de expresar este reconocimiento en el marco de esta Visita de Estado hemos anunciado el compromiso de que México hará una edición de obras escogidas en homenaje a don Pedro.

Y por eso también es muy satisfactorio que estemos intensificando los intercambios y la cooperación en materia educativa, cultural, científica y técnica, entre México y la República Dominicana.

Santo Domingo, República Dominicana, 16 de abril de 1999.

Conceptos del Embajador de la República de Argentina, Carlos Piñeiro Iñiguez
LOS VEINTE AÑOS ARGENTINOS DE PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA

Un dominicano excepcional que hizo un vital aporte a la cultura argentina; los múltiples frutos de su magisterio marcaron esa cultura de forma indeleble.

Las circunstancias que hicieron de la Argentina la segunda patria de Pedro Henríquez Ureña son singulares; lo único seguro es que no adoptó "de una vez y para siempre" la idea de vivir el último y tan prolífico tercio de su vida en las ciudades argentinas de Buenos Aires y La Plata (la capital de la provincia de Buenos Aires, no muy distante de la ciudad de Buenos Aires, capital de la República Argentina). Más bien se trató de una serie de pequeñas decisiones personales a las que el destino dio inesperada continuidad, de ilusiones que no se pudieron concretar -retornar a México, retornar a la República Dominicana-, de resignación, de madurez y hasta de una voluntad final de permanecer entre argentinos, por su hija argentina, por los amigos, por los discípulos, por los arduos trabajos que allí había emprendido y que consideró -con toda razón- como útiles para su patria americana.

Esta última consideración es importante, pues también hay que tener en cuenta el hecho de que Henríquez Ureña consideraba como "patria" a cualquier territorio de América, convicción que había demostrado viviendo en Cuba y, por largos años, en México. México lo atraía por la extraordinaria continuidad de su cultura; seguramente se hubiera quedado a vivir allí de no haber mediado circunstancias políticas desfavorables.

ENTRE LA VOLUNTAD Y EL DESTINO. Habiendo perdido su cargo en el Instituto de Intercambio Universitario de México, distanciado de José Vasconcelos, quien había sido hasta entonces su protector dentro de la caótica política revolucionaria mexicana, recién casado y con su mujer embarazada, Henríquez Ureña se dirigió por correspondencia a uno de sus amigos argentinos, Rafael Alberto Arrieta, pidiéndole que le buscara alguna forma de subsistencia en la Argentina. Arrieta formaba parte del Consejo Superior de la Universidad de La Plata, de la que dependía un colegio secundario donde Henríquez Ureña podría dar varias cátedras. No era un porvenir demasiado estimulante, pero le permitiría subsistir; el escritor dominicano esperó que naciera su hija y se embarcó con su familia hacia Buenos Aires.

UN MAESTRO EXCEPCIONAL. Hasta el final de su vida, más de veinte años después, Henríquez Ureña conservó sus cátedras en el Colegio Nacional de La Plata; ello determinó que durante años fijara la residencia familiar en esa ciudad -donde nacería su segunda hija- o que viajara innumerablemente en el tren que la unía con Buenos Aires (la muerte lo sorprendió, precisamente, cuando acababa de abordar ese tren). Es materia de discusión el porqué mantuvo siempre esas cátedras, incluso cuando estaba ejerciendo la docencia a un nivel superior -en las universidades de Buenos Aires y La Plata- y colaboraba con varias publicaciones y en diversos proyectos editoriales. Hay dos interpretaciones al respecto, que hablan de vocación o necesidad; probablemente la verdad se encuentre -como suele suceder, como la proverbial moderación y equilibrio de Pedro Henríquez Ureña hubiesen deseado- en algún punto intermedio, en alguna síntesis de los dos motivos.

A favor de la primera explicación, la vocacional, tenemos los múltiples testimonios de quienes fueron sus alumnos a través de los años; se trata de una serie de nombres que fueron ilustres en la "provincia argentina", pero que incluso allí han ido perdiendo significado con el correr del tiempo. Eso sí: fueron muchos, demasiados como para que no se tratara de un maestro excepcional, como para que no se estuvieran refiriendo a una experiencia de aprendizaje que los había marcado de por vida. De entre ellos podemos escoger al escritor Ernesto Sábato, compilador de un volumen en homenaje a "don Pedro", como le llamaban los jóvenes del Colegio Nacional de La Plata. En el prólogo de ese libro, Sábato cuenta acerca de sus encuentros posteriores con el maestro, una vez que él también comenzaba a ser un escritor reconocido: "a partir de entonces lo vi con cierta frecuencia, a veces en La Plata, más tarde en Buenos Aires, sobre todo en el Instituto de Filología. A veces acompañándole hasta el famoso y sempiterno tren de La Plata, como cuando yo era niño. Llevaba como entonces su portafolio lleno de deberes corregidos paciente y honradamente. "¿Por qué pierde tiempo en eso?", le dije alguna vez, apenado al ver cómo pasaban sus años en tareas inferiores. Me miró con suave sonrisa, y su reconvención llegó con pausada y levísima ironía: "Porque entre ellos puede haber un futuro escritor".

En el relato de Sábato, que coincide a grandes rasgos con el de varios de sus alumnos, se le mostraba como el docente ideal, el docente soñado por todo niño o muchacho con inquietud por el conocimiento: "no ya con sus iguales sino con sus chicos del Colegio Nacional de La Plata discutía sobre todos los problemas del cielo y la tierra, en calles o plazas, en cafés o patios de la escuela: infatigable, a veces ligeramente irónico (pero en general con tierna ironía, con apacible sátira), con aquella suerte de contenida pasión, con la serenidad que, por su estirpe filosófica, deberíamos llamar sofrosine, corrigiendo levemente a sus alumnos, alentando sus intuiciones, respondiendo siempre, pero también preguntando y -aunque resulte asombroso- aprendiendo y anotando lo que en tales ocasiones aprendía. A veces era algo sobre fútbol, otras sobre el lenguaje de un diarero; después nada de lo humano le era indiferente... sus preguntas eran exactas y revelaban un gran conocimiento previo. Vivía en permanente tensión mental, aunque lo disimulaba bajo una máscara anecdótica y risueña".

La imagen tal vez requiera alguna corrección, pues pudiera parecer que se trataba de una personalidad blanda. Aunque al llegar a Argentina ya había dejado atrás ciertas intemperancias de juventud -que le atribuye su amigo Alfonso Reyes-, hay algún testimonio de que no permitía en su presencia ciertas superioridades a las que algunos porteños -habitantes de Buenos Aires- se creían obligados en presencia de provincianos o de americanos de latitudes menos templadas. Arrieta recuerda que, estando Henríquez Ureña en la sala de profesores del colegio, alguien habló despectivamente de la "hojarasca de las tierras calientes"; el manso antillano lo puso en su lugar con dialéctica demoledora. No soportaba el prejuicio sobre los "pequeños países tropicales" ni la necedad de la supuesta relación frío=cultura, y más de una vez salió en defensa de su terruño.

En Buenos Aires, la cátedra que Henríquez Ureña sostuvo por más tiempo fue la del Instituto del Profesorado; aquí también evitaremos las enumeraciones de hombres que hoy pueden decir muy poco, pero lo cierto es que fueron sus alumnas- el oficio de la docencia secundaria estaba muy asociado al género femenino, entonces y tal vez también ahora- quienes después escribirían los textos y manuales de lengua, ortografía, sintaxis, historia, geografía con los que se formaron las generaciones posteriores.

UN VITAL APORTE A LA CULTURA ARGENTINA. Participó de distintos proyectos editoriales con los que tenía en común la característica de la relativa y forzada extranjería; dirigió una colección para la Editorial Losada -fundada por el exiliado de la Guerra Civil Española, Gonzalo Losada- y, a la distancia, otra para el Fondo de Cultura Económica, que en México había fundado el argentino Orfila Reynal. Era miembro "senior" del grupo que editaba la revista Sur, donde estableció relaciones con los más prometedores escritores jóvenes, entre ellos Jorge Luis Borges y Eduardo Mallea. La novelista Silvina Bullrich ha dado testimonio de la generosidad con la que Henríquez Ureña atendía todas las consultas del grupo -o de cualquiera- atinentes a las formalidades idiomáticas, proverbialmente descuidadas por los escritores argentinos hasta que el maestro dominicano les explicó su verdadera importancia.

Su doctrina en la materia se sintetizaba así: "el arte empieza donde acaba la gramática", pero esto no debiera entenderse como oposición sino más bien como condición: el buen uso de las reglas gramaticales no garantizaba la calidad de una literatura, pero le permitía ser. Curiosa relativización de una materia en la que era un verdadero especialista, aun cuando su formación universitaria hubiese sido en leyes.

La preocupación por la gramática lo condujo al Instituto de Filología de Buenos Aires, que por entonces dirigía Amado Alonso. Henríquez Ureña tejió de inmediato una estrecha amistad con él, lo que les permitió durante años compartir una mesa de trabajo: el mobiliario de la institución no estaba a la altura de la dignidad de sus objetivos. Aquí el testimonio nos viene de los jóvenes que trabajaban allí, que esperaban el momento en el que Henríquez Ureña dejaba la mesa de Alonso para descansar un rato en la mesa grande, colectiva, de los investigadores. El descanso solía consistir en interrogatorios sobre dudas que habían sido apuntadas "para preguntarle a don Pedro cuando tenga tiempo".

En realidad, siempre lo tenía: lo que es probable es que quien venía con una consulta o lo abordaba sin conocimiento previo tuviera que resignarse a acompañarlo en su desplazamiento de una cátedra a otra, o verlo corregir trabajos escolares con su lápiz mientras dialogaba sobre el tema más abstracto. Esta condición, que Henríquez Ureña desarrolló durante sus atareadísimos años argentinos, impresionó a algunos testigos, que la describen como la extraña capacidad para resolver en simultáneo materias que el común de los mortales necesita poner en orden sucesivo.

De sus tareas en el Instituto de Filología quedan varios frutos; el más famoso de ellos es la Gramática castellana, que escribiera con la colaboración de Amado Alonso. Se trata de un caso realmente notable, pues en un ámbito donde nuevos textos suelen enterrar a aquellos que apenas tienen un par de años de vida, la Gramática sigue siendo utilizada en diferentes niveles de la enseñanza del idioma español y lleva ya más de 50 ediciones. La explicación seguramente radica en el excepcional grado de apertura de su autor, la forma dinámica en la que consideraba a la lengua, su preocupación porque la cultura académica no se escapara demasiado lejos de la cultura popular.

No puedo dejar de compartir una breve experiencia personal, sensación sería más preciso. Hace pocos meses, siendo ya embajador argentino acreditado en este país, encontré en mi biblioteca personal un ejemplar de esa Gramática, era el libro que yo había utilizado en mis años escolares. Ajado por el tiempo y con las marcas de los años transcurridos, encerraba un raro simbolismo. Generaciones de argentinos (inclusive todos aquellos que con el tiempo demostraron sus habilidades con la pluma) aprendieron los primeros secretos de la lengua castellana de la mano del maestro dominicano.

En los distintos niveles de su magisterio -incluido el del colegio secundario-, Henríquez Ureña hizo un mayúsculo aporte a los argentinos. Sin ser filósofo, su condición de pensador lo hizo revolverse contra la hegemonía del positivismo, que cuestionó desde una variada gama de perspectivas. Era capaz de combinar el pensamiento de Nietzsche con el pragmatismo de William James o el utilitarismo de John Dewey, doctrinas que había conocido en los Estados Unidos y que eran desconocidas en nuestra América. De ese modo evitaba los riesgos de caer en el irracionalismo, y mantenía a salvo su indisoluble fe de humanista, que era sin duda su verdadera condición.

En La Plata había encontrado un par para esas aventuras del intelecto y para la estimulante tarea de cuestionar en los jóvenes lo que estos daban mecánicamente por supuesto; se trataba de Alejandro Korn, a quien se suele considerar como el fundador de un pensamiento filosófico independiente en la Argentina. No escribió Henríquez Ureña sobre estos temas, pero sus convicciones están implícitas en su obra de crítica cultural. En 1928 publicó Seis ensayos en busca de nuestra expresión, en 1945 Corrientes literarias en la América hispánica (en inglés) y en 1947, en forma póstuma, Historia de la cultura en la América hispánica.

Sólo dos veces se interrumpió la estadía de Henríquez Ureña en la Argentina: en 1933/34 hizo un intento de volver a radicarse en Santo Domingo para emprender la vasta tarea de la educación de su pueblo. No pudo quedarse por las arbitrariedades políticas. En 1940 fue invitado a dar clases en Harvard, por lo que permaneció en los EE.UU. durante algunos meses (de esas conferencias saldrían sus Corrientes literarias). Las breves interrupciones bien pueden obviarse y considerar los veinte años de conjunto, sin duda, no es poco tiempo.

Los múltiples frutos de su magisterio marcaron la cultura argentina como no lo hizo la obra de ningún argentino durante esos años; es mucho lo que los argentinos tenemos para agradecerle y, de todo corazón, lo hacemos: a ciertas deudas de honor no hay tiempo que las borre.

El Siglo, 4 de mayo del 2001

Publicación aparecida en Listín Diario Digital, Santo Domingo, República Dominicana. http://www.listin.com.do/

Fragmento de “El viaje: la familia como metáfora de la nación y Pedro Henríquez Ureña”, ensayo en la que el autor aborda el tema del exilio en los escritores dominicanos

La errancia intelectual de Pedro Henríquez Ureña
Cayey, Puerto Rico

En la iconografía duartista existe una pintura, ya canónica por la reiteración de su presencia en el marco de las festividades de la República. Es un óleo del pintor fundador de nuestra plástica, Luis Desangles. En esta obra, en la que dialogan el origen de la nación con el origen de la actividad artística, se puede ver a Juan Pablo Duarte sentado en un peñón solitario, oteando la patria lejana que se simboliza mediante la imagen de la Puerta del Conde, monumento en el que se instala la bandera nacional.
Esta obra, por razones que no puedo explicar, me ha acompañado durante los años de mi exilio literario o económico, como prefieren algunos; pero un somero análisis de este icono nacional nos remite al destino de nuestra República de las letras, que es en fin de cuentas, la República de nuestros sueños. El padre de la Patria mira desde la distancia a su criatura, en medio de ella está el mar anchuroso y casi violento de los caribes. La mirada patriótica es la visión del poeta exiliado, el primero expulsado, cuán designio platónico, de la misma República que él fundara.
Un dominicano en otro espacio, en un lugar que no era el de la utopía sino una heterotopía. El peñón solitario, la distancia de la patria-tierra, el mar como frontera, los símbolos desdibujados, casi perdidos en la noche, podrían constituirse en metáforas de una realidad dominicana que hoy es nuestro destino; en tropos que son también el camino que muchos están obligados a andar y desandar.

En la metáfora de la modernidad

La errancia intelectual de Pedro Henríquez Ureña se inicia en enero de 1901, justo al inicio del siglo XX. Su rumbo no deja de ser menos significativo: Nueva York. Pedro inicia el derrotero de muchos intelectuales latinoamericanos. El héroe cultural dominicano duraría tres años en la metáfora gigantesca de la modernidad. En ese primer escalón de su estancia en la heterotopía se refleja la metáfora de la emigración dominicana.
Era el Nueva York al que décadas atrás había llegado, cargando una cándida visión de progreso, el educador Domingo Faustino Sarmiento. Pero la situación política era diferente, y Pedro no tenía razones, como las que motivaban al argentino, para confiar en la modernidad que esta ciudad ofrecía como espejo del desarrollismo estadounidense.
Después pasa Pedro a Cuba; en la tierra de Martí publica su primer libro, ‘‘Ensayos críticos’’, y colabora con la revista ‘‘Cuba Literaria’’. Poco después pasa a México; desde 1907 a 1914 el dominicano continental se integra al ambiente cultural mexicano, vive los tiempos tumultuosos de la Revolución Mexicana y es en el Ateneo de la Juventud, compañero y maestro de un grupo de pensadores que van a contribuir, como ninguna otra generación, a fomentar el sentido de identidad de los pueblos hispanoamericanos.
La transhumancia del poeta y crítico parte de Santo Domingo, pasa a Nueva York luego a Cuba y se asienta en México, donde tejerá el sentido caribeño que ha expresado Antonio Benítez Rojo en ‘‘La isla que se repite’’: ‘‘Nuestro Caribe -metáfora y realidad acuática- es un espacio sin centro, en el que cada punto tiene el mismo valor y en el que se manifiesta el caos’’.
El trabajo educativo y literario realizado por Henríquez Ureña en su estancia mexicana y argentina, dos espacios de la heterotopía nuestra, no solamente se puede ver como el que intentó desvelar la importancia de un arte cualquiera, sino como la acción de un pensador que se apoyó en las distintas formas que tiene el arte para instalarse (Heidegger) ante nuestra sensibilidad, para encontrar los valores que tejen el manto significativo de nuestra cultura americana.
Señalaba el humanista con mucha razón, que pecan de ingenuos los que creen que su labor literaria está destinada a la exposición crítica de nuestras letras; su ruta era diferente, su trabajo era una manera de crítica cultural que no tenía fronteras, o para decirlo con un sentido que se acostumbra hoy: Pedro Henríquez Ureña trabajaba en las fronteras creadas por el pensamiento positivista.
Allí donde las diversas manifestaciones artísticas se encuentran formando una calzada con los diversos mosaicos de nuestro ser hispanoamericano.
Es él, sin lugar a dudas, el punto de referencia obligado para hacer una historia de las ideas culturales en nuestro continente. Nadie como él pudo llegar tan lejos en la identificación de nuestro ser y en el análisis erudito de los aspectos más importantes de nuestra cultura.
En los años veinte, y siguiendo al historiador Osward Spengler y el filósofo hispánico José Ortega y Gasset, comienza a desarrollarse un grupo de memorables ensayistas en nuestra América. El Caribe recibe esos influjos que no cesan hasta la Segunda Guerra Mundial. En Cuba, Mañach y Marinello; en Puerto Rico, Antonio S. Pedreira y Tomás Blanco; en nuestro país: Pedro Henríquez Ureña y Arturo Peña Batlle, cada uno a su manera se une al mexicano Alfonso Reyes y al peruano Mariátegui para formar el inconsciente colectivo de nuestra identidad cultural.
Ninguno llegó tan lejos como Pedro Henríquez Ureña en situar las corrientes subterráneas que se manifiestan bajo nuestro mar Caribe y en los dos grandes océanos que bordean nuestro continente. Pedro fue búsqueda, estudio y acción; en su vida se refunden los valores del investigador, el estudioso erudito, con el hombre que no traicionó nunca su aspiración a un mundo de justicia.

El eterno peregrino

En el espacio de la heterotopía fue visto como extranjero cuando él se creyó hijo de una magna patria. Sus deseos de buscar la tierra prometida, patria de la justicia, está escrito en el poema que le escribiera Salomé antes de morir: el vergel del letrado. La tranquilidad no fue siempre su compañera; siempre le acompañó un deseo inagotable de unir a través de los valores culturales un continente perdido en la segmentación nacional.
Las obras que Henríquez Ureña escribió sobre la literatura y la cultura dominicanas son testimonios fidedignos de su interés de organizar una visión cultural del país. A pesar de algunos logros, este plan se ha perdido en nuestros días. Las instituciones que deberían fomentar el estudio literario se han olvidado de su papel y gracias a algunas mentes pensantes hemos tenido algunos trabajos de importancia, pero falta mucho por hacer.
Un ejemplo de lo que vengo diciendo más arriba lo constituye la historia de la literatura dominicana. Dispersa en un conjunto de antologías, esta importante actividad de nuestra memoria colectiva tiene en el ‘‘Panorama de la literatura dominicana’’ de Max Henríquez Ureña y en ‘‘La historia de la literatura dominicana’’ de Joaquín Balaguer, dos intentos que hoy tenemos que poner en su justa perspectiva, para construir una visión de conjunto de nuestras letras.
Sería de fundamental importancia que estas actividades que realizamos, teniendo a Pedro Henríquez Ureña como centro, nos lleven a la conformación de equipos de investigadores que realcen esa labor en la que el ilustre dominicano fue figura principal, para así poner en manos de nuestros estudiantes y de los investigadores nacionales y extranjeros, propuestas valederas sobre nuestro quehacer cultural y literario.
Don Pedro creía en la literatura dominicana mucho más de lo que se cree hoy día en nuestra República de las letras. Pensaba que le faltaba promoción y a eso dedicó parte de su trabajo como intelectual itinerante. Hoy debemos retomar su justa apreciación e iniciar un proceso de valoración de nuestras letras. El reto le corresponde a la academia y será ella la que más se enriquecerá siendo formadora y recipiente de tan importante puesta al día, con lo que podremos seguir difundiendo nuestra literatura en el exterior.
Esto así porque el camino del pueblo hebreo parece ser el destino dominicano. Duarte, el creador de la nacionalidad, fue el primero en seguir el camino del mar y convertirlo en metáfora acuática: nuestro espacio de transhumancia. Así lo han realizado muchos de nuestros escritores. Henríquez Ureña fue, sin lugar a dudas, el más conspicuo de nuestros inmigrantes letrados.
Otro que también lo siguió, y cuyas huellas quedan en sus obras como en nuestro corazones, fue Pedro Mir, el poeta contemporáneo que mejor encarna el sentido viajero, político desterrado de la República. En ‘‘Balada del destierro’’ se reescribe a ‘‘Ecos del desterrado’’ de José Joaquín Pérez; en su ‘‘¡Buen viaje, Pancho Valentín!’’ (Memorias de un marinero), el poeta recrea su vida y su memoria; el regreso, cuán José Joaquín Pérez, no es el tiempo del conflicto sino la hora de asentarse y echar raíces. El poeta es un marinero, una entidad volátil que no encuentra su centro, un extranjero en su propia tierra.
¿Acaso no fue éste el destino del joven poeta, soñador, hijo-futuro de la familia-nación-letrada que en sus diversos periplos por el mundo en busca de la sabiduría, cual Prometeo jugando a escondidas con los dioses, buscó el camino de regreso, pero ya la ciudad no era la ciudad ni mi casa era ya mi casa como escribió García Lorca.
El despotismo se había apoderado del lar nativo. Un llamado que lo convierte en colaboracionista de Trujillo le hace reafirmar sus convicciones y de que, a pesar de que la élite hostosiana y arielista, que dirigía su padre y su hermano Max, fue atraída por el ideal progresista que vendía la tiranía y se integró al proyecto trujillista, como las artes y las ciencias en la mirada de Salomé; el hijo pródigo de la Nación, prefirió perderse en la exuberancia americana antes que rendir su pluma y su pensamiento a la Roma cesarina, al minotauro de bicornio que se dibujaba en Trujillo.
Un joven escritor mira desde un peñón solitario. Atiza en su pecho la nostalgia, es de noche, tras sus ojos se van sus pensamientos. En su memoria un cuadro de la patria, metáfora acuática, aspiración aérea. En el bolsillo de su camisa lleva una pluma. El espacio pudiera ser Berna, Roma, Nueva York, Madrid o San Juan, ¡qué importa! Como en ‘‘Cuando amaban las tierras comuneras’’ de Pedro Mir, mientras un hombre camina por una calle de Santo Domingo, una mujer camina en el subway neoyorquino.
Esas son las metáforas de la Patria; sus proles somos los hijos del mar: marineros en tierra, extranjeros en su propio lar; poetas exiliados de los muros citadinos. La heterotopía es nuestro destino. Pedro Henríquez Ureña inició ese peregrinar que todavía nadie ha podido detener. El es tan actual como cada dominicano que, acosado por la política o la miseria, compañeras de viaje, eleva ancla o sube las velas, para nunca más retornar, por lo menos a bañarse en el río que acostumbraba, el río heraclitiano.

Domingo 21 de Abril del 2002

De "Carta de Lectores" del Diario La Nación de Argentina - 07-02-99

Pedro Henríquez Ureña

Señor Director:

"En el libro "Antes del fin", de Ernesto Sábato, en la página 46, escribe: "En la época en que cursaba el primer año supimos que tendríamos como profesor a un mexicano que en rigor era portorriqueño. Y se me cierra la garganta al recordar la mañana en que vi entrar a la clase a ese hombre silencioso, aristócrata en cada uno de sus gestos que con palabra mesurada imponía una secreta autoridad: Pedro Henríquez Ureña".

"Lamentablemente, la editorial Seix Barral ha incurrido nuevamente en un error: mi padre, Pedro Henríquez Ureña, nació en Santo Domingo, República Dominicana; por lo tanto era dominicano, no portorriqueño."

Sonia Henríquez Ureña de Hlito
Virrey Cevallos 1492, Capital

El texto de Ernesto Sábato (que si bien comete este error señalado) está escrito con calidad y calidez y hace una semblanza de Pedro Henríquez Ureña que puede leerse cliqueando aquí)