|
|
[ Home ]
El más
alto literato de la República Dominicana
Testimonios sobre Pedro Henríquez Ureña
|
| Palabras
del presidente Ernesto Zedillo, de México, ante el Pleno de la
Asamblea Nacional de la República Dominicana.
Pedro Enríquez Ureña, seguía
diciendo Alfonso Reyes, "enseñaba a oír, a ver, a pensar,
y suscitaba una verdadera reforma de la cultura".
Su aportación fue capital en
la reafirmación de nuestra identidad como nación en las
primeras décadas del siglo XX.
Su convicción humanista y
pensamiento esclarecedor, dejaron una marca indeleble en la
educación y la cultura nacionales.
En gran medida gracias a
hombres como Henríquez Ureña, asumimos el fortalecimiento de
la educación y la cultura como llaves fundamentales para el
progreso y la justicia social.
Por eso, ante esta representación
popular del pueblo dominicano quiero reiterar la gratitud de México
a Pedro Henríquez Ureña.
A fin de expresar este
reconocimiento en el marco de esta Visita de Estado hemos
anunciado el compromiso de que México hará una edición de
obras escogidas en homenaje a don Pedro.
Y por eso también es muy
satisfactorio que estemos intensificando los intercambios y la
cooperación en materia educativa, cultural, científica y técnica,
entre México y la República Dominicana.
Santo Domingo, República
Dominicana, 16 de abril de 1999. |
Conceptos
del Embajador de la República de Argentina, Carlos Piñeiro
Iñiguez
LOS VEINTE AÑOS ARGENTINOS DE
PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA
Un dominicano excepcional que
hizo un vital aporte a la cultura argentina; los múltiples
frutos de su magisterio marcaron esa cultura de forma indeleble.
Las circunstancias que hicieron
de la Argentina la segunda patria de Pedro Henríquez Ureña son
singulares; lo único seguro es que no adoptó "de una vez
y para siempre" la idea de vivir el último y tan prolífico
tercio de su vida en las ciudades argentinas de Buenos Aires y
La Plata (la capital de la provincia de Buenos Aires, no muy
distante de la ciudad de Buenos Aires, capital de la República
Argentina). Más bien se trató de una serie de pequeñas
decisiones personales a las que el destino dio inesperada
continuidad, de ilusiones que no se pudieron concretar -retornar
a México, retornar a la República Dominicana-, de resignación,
de madurez y hasta de una voluntad final de permanecer entre
argentinos, por su hija argentina, por los amigos, por los discípulos,
por los arduos trabajos que allí había emprendido y que
consideró -con toda razón- como útiles para su patria
americana.
Esta última consideración es
importante, pues también hay que tener en cuenta el hecho de
que Henríquez Ureña consideraba como "patria" a
cualquier territorio de América, convicción que había
demostrado viviendo en Cuba y, por largos años, en México. México
lo atraía por la extraordinaria continuidad de su cultura;
seguramente se hubiera quedado a vivir allí de no haber mediado
circunstancias políticas desfavorables.
ENTRE LA VOLUNTAD Y EL DESTINO.
Habiendo perdido su cargo en el Instituto de Intercambio
Universitario de México, distanciado de José Vasconcelos,
quien había sido hasta entonces su protector dentro de la caótica
política revolucionaria mexicana, recién casado y con su mujer
embarazada, Henríquez Ureña se dirigió por correspondencia a
uno de sus amigos argentinos, Rafael Alberto Arrieta, pidiéndole
que le buscara alguna forma de subsistencia en la Argentina.
Arrieta formaba parte del Consejo Superior de la Universidad de
La Plata, de la que dependía un colegio secundario donde Henríquez
Ureña podría dar varias cátedras. No era un porvenir
demasiado estimulante, pero le permitiría subsistir; el
escritor dominicano esperó que naciera su hija y se embarcó
con su familia hacia Buenos Aires.
UN MAESTRO EXCEPCIONAL. Hasta
el final de su vida, más de veinte años después, Henríquez
Ureña conservó sus cátedras en el Colegio Nacional de La
Plata; ello determinó que durante años fijara la residencia
familiar en esa ciudad -donde nacería su segunda hija- o que
viajara innumerablemente en el tren que la unía con Buenos
Aires (la muerte lo sorprendió, precisamente, cuando acababa de
abordar ese tren). Es materia de discusión el porqué mantuvo
siempre esas cátedras, incluso cuando estaba ejerciendo la
docencia a un nivel superior -en las universidades de Buenos
Aires y La Plata- y colaboraba con varias publicaciones y en
diversos proyectos editoriales. Hay dos interpretaciones al
respecto, que hablan de vocación o necesidad; probablemente la
verdad se encuentre -como suele suceder, como la proverbial
moderación y equilibrio de Pedro Henríquez Ureña hubiesen
deseado- en algún punto intermedio, en alguna síntesis de los
dos motivos.
A favor de la primera explicación,
la vocacional, tenemos los múltiples testimonios de quienes
fueron sus alumnos a través de los años; se trata de una serie
de nombres que fueron ilustres en la "provincia argentina",
pero que incluso allí han ido perdiendo significado con el
correr del tiempo. Eso sí: fueron muchos, demasiados como para
que no se tratara de un maestro excepcional, como para que no se
estuvieran refiriendo a una experiencia de aprendizaje que los
había marcado de por vida. De entre ellos podemos escoger al
escritor Ernesto Sábato, compilador de un volumen en homenaje a
"don Pedro", como le llamaban los jóvenes del Colegio
Nacional de La Plata. En el prólogo de ese libro, Sábato
cuenta acerca de sus encuentros posteriores con el maestro, una
vez que él también comenzaba a ser un escritor reconocido:
"a partir de entonces lo vi con cierta frecuencia, a veces
en La Plata, más tarde en Buenos Aires, sobre todo en el
Instituto de Filología. A veces acompañándole hasta el famoso
y sempiterno tren de La Plata, como cuando yo era niño. Llevaba
como entonces su portafolio lleno de deberes corregidos paciente
y honradamente. "¿Por qué pierde tiempo en eso?", le
dije alguna vez, apenado al ver cómo pasaban sus años en
tareas inferiores. Me miró con suave sonrisa, y su reconvención
llegó con pausada y levísima ironía: "Porque entre ellos
puede haber un futuro escritor".
En el relato de Sábato, que
coincide a grandes rasgos con el de varios de sus alumnos, se le
mostraba como el docente ideal, el docente soñado por todo niño
o muchacho con inquietud por el conocimiento: "no ya con
sus iguales sino con sus chicos del Colegio Nacional de La Plata
discutía sobre todos los problemas del cielo y la tierra, en
calles o plazas, en cafés o patios de la escuela: infatigable,
a veces ligeramente irónico (pero en general con tierna ironía,
con apacible sátira), con aquella suerte de contenida pasión,
con la serenidad que, por su estirpe filosófica, deberíamos
llamar sofrosine, corrigiendo levemente a sus alumnos, alentando
sus intuiciones, respondiendo siempre, pero también preguntando
y -aunque resulte asombroso- aprendiendo y anotando lo que en
tales ocasiones aprendía. A veces era algo sobre fútbol, otras
sobre el lenguaje de un diarero; después nada de lo humano le
era indiferente... sus preguntas eran exactas y revelaban un
gran conocimiento previo. Vivía en permanente tensión mental,
aunque lo disimulaba bajo una máscara anecdótica y risueña".
La imagen tal vez requiera
alguna corrección, pues pudiera parecer que se trataba de una
personalidad blanda. Aunque al llegar a Argentina ya había
dejado atrás ciertas intemperancias de juventud -que le
atribuye su amigo Alfonso Reyes-, hay algún testimonio de que
no permitía en su presencia ciertas superioridades a las que
algunos porteños -habitantes de Buenos Aires- se creían
obligados en presencia de provincianos o de americanos de
latitudes menos templadas. Arrieta recuerda que, estando Henríquez
Ureña en la sala de profesores del colegio, alguien habló
despectivamente de la "hojarasca de las tierras
calientes"; el manso antillano lo puso en su lugar con dialéctica
demoledora. No soportaba el prejuicio sobre los "pequeños
países tropicales" ni la necedad de la supuesta relación
frío=cultura, y más de una vez salió en defensa de su terruño.
En Buenos Aires, la cátedra
que Henríquez Ureña sostuvo por más tiempo fue la del
Instituto del Profesorado; aquí también evitaremos las
enumeraciones de hombres que hoy pueden decir muy poco, pero lo
cierto es que fueron sus alumnas- el oficio de la docencia
secundaria estaba muy asociado al género femenino, entonces y
tal vez también ahora- quienes después escribirían los textos
y manuales de lengua, ortografía, sintaxis, historia, geografía
con los que se formaron las generaciones posteriores.
UN VITAL APORTE A LA CULTURA
ARGENTINA. Participó de distintos proyectos editoriales con los
que tenía en común la característica de la relativa y forzada
extranjería; dirigió una colección para la Editorial Losada
-fundada por el exiliado de la Guerra Civil Española, Gonzalo
Losada- y, a la distancia, otra para el Fondo de Cultura Económica,
que en México había fundado el argentino Orfila Reynal. Era
miembro "senior" del grupo que editaba la revista Sur,
donde estableció relaciones con los más prometedores
escritores jóvenes, entre ellos Jorge Luis Borges y Eduardo
Mallea. La novelista Silvina Bullrich ha dado testimonio de la
generosidad con la que Henríquez Ureña atendía todas las
consultas del grupo -o de cualquiera- atinentes a las
formalidades idiomáticas, proverbialmente descuidadas por los
escritores argentinos hasta que el maestro dominicano les explicó
su verdadera importancia.
Su doctrina en la materia se
sintetizaba así: "el arte empieza donde acaba la gramática",
pero esto no debiera entenderse como oposición sino más bien
como condición: el buen uso de las reglas gramaticales no
garantizaba la calidad de una literatura, pero le permitía ser.
Curiosa relativización de una materia en la que era un
verdadero especialista, aun cuando su formación universitaria
hubiese sido en leyes.
La preocupación por la gramática
lo condujo al Instituto de Filología de Buenos Aires, que por
entonces dirigía Amado Alonso. Henríquez Ureña tejió de
inmediato una estrecha amistad con él, lo que les permitió
durante años compartir una mesa de trabajo: el mobiliario de la
institución no estaba a la altura de la dignidad de sus
objetivos. Aquí el testimonio nos viene de los jóvenes que
trabajaban allí, que esperaban el momento en el que Henríquez
Ureña dejaba la mesa de Alonso para descansar un rato en la
mesa grande, colectiva, de los investigadores. El descanso solía
consistir en interrogatorios sobre dudas que habían sido
apuntadas "para preguntarle a don Pedro cuando tenga
tiempo".
En realidad, siempre lo tenía:
lo que es probable es que quien venía con una consulta o lo
abordaba sin conocimiento previo tuviera que resignarse a acompañarlo
en su desplazamiento de una cátedra a otra, o verlo corregir
trabajos escolares con su lápiz mientras dialogaba sobre el
tema más abstracto. Esta condición, que Henríquez Ureña
desarrolló durante sus atareadísimos años argentinos,
impresionó a algunos testigos, que la describen como la extraña
capacidad para resolver en simultáneo materias que el común de
los mortales necesita poner en orden sucesivo.
De sus tareas en el Instituto
de Filología quedan varios frutos; el más famoso de ellos es
la Gramática castellana, que escribiera con la colaboración de
Amado Alonso. Se trata de un caso realmente notable, pues en un
ámbito donde nuevos textos suelen enterrar a aquellos que
apenas tienen un par de años de vida, la Gramática sigue
siendo utilizada en diferentes niveles de la enseñanza del
idioma español y lleva ya más de 50 ediciones. La explicación
seguramente radica en el excepcional grado de apertura de su
autor, la forma dinámica en la que consideraba a la lengua, su
preocupación porque la cultura académica no se escapara
demasiado lejos de la cultura popular.
No puedo dejar de compartir una
breve experiencia personal, sensación sería más preciso. Hace
pocos meses, siendo ya embajador argentino acreditado en este país,
encontré en mi biblioteca personal un ejemplar de esa Gramática,
era el libro que yo había utilizado en mis años escolares.
Ajado por el tiempo y con las marcas de los años transcurridos,
encerraba un raro simbolismo. Generaciones de argentinos
(inclusive todos aquellos que con el tiempo demostraron sus
habilidades con la pluma) aprendieron los primeros secretos de
la lengua castellana de la mano del maestro dominicano.
En los distintos niveles de su
magisterio -incluido el del colegio secundario-, Henríquez Ureña
hizo un mayúsculo aporte a los argentinos. Sin ser filósofo,
su condición de pensador lo hizo revolverse contra la hegemonía
del positivismo, que cuestionó desde una variada gama de
perspectivas. Era capaz de combinar el pensamiento de Nietzsche
con el pragmatismo de William James o el utilitarismo de John
Dewey, doctrinas que había conocido en los Estados Unidos y que
eran desconocidas en nuestra América. De ese modo evitaba los
riesgos de caer en el irracionalismo, y mantenía a salvo su
indisoluble fe de humanista, que era sin duda su verdadera
condición.
En La Plata había encontrado
un par para esas aventuras del intelecto y para la estimulante
tarea de cuestionar en los jóvenes lo que estos daban mecánicamente
por supuesto; se trataba de Alejandro Korn, a quien se suele
considerar como el fundador de un pensamiento filosófico
independiente en la Argentina. No escribió Henríquez Ureña
sobre estos temas, pero sus convicciones están implícitas en
su obra de crítica cultural. En 1928 publicó Seis ensayos en
busca de nuestra expresión, en 1945 Corrientes literarias en la
América hispánica (en inglés) y en 1947, en forma póstuma,
Historia de la cultura en la América hispánica.
Sólo dos veces se interrumpió
la estadía de Henríquez Ureña en la Argentina: en 1933/34
hizo un intento de volver a radicarse en Santo Domingo para
emprender la vasta tarea de la educación de su pueblo. No pudo
quedarse por las arbitrariedades políticas. En 1940 fue
invitado a dar clases en Harvard, por lo que permaneció en los
EE.UU. durante algunos meses (de esas conferencias saldrían sus
Corrientes literarias). Las breves interrupciones bien pueden
obviarse y considerar los veinte años de conjunto, sin duda, no
es poco tiempo.
Los múltiples frutos de su
magisterio marcaron la cultura argentina como no lo hizo la obra
de ningún argentino durante esos años; es mucho lo que los
argentinos tenemos para agradecerle y, de todo corazón, lo
hacemos: a ciertas deudas de honor no hay tiempo que las borre.
El Siglo, 4 de mayo del 2001 |
| Publicación
aparecida en Listín Diario Digital, Santo Domingo, República
Dominicana. http://www.listin.com.do/
Fragmento de “El viaje: la familia como metáfora
de la nación y Pedro Henríquez Ureña”, ensayo en la que el
autor aborda el tema del exilio en los escritores dominicanos
La errancia
intelectual de Pedro Henríquez Ureña
Cayey, Puerto
Rico
En la iconografía duartista existe una pintura,
ya canónica por la reiteración de su presencia en el marco de
las festividades de la República. Es un óleo del pintor
fundador de nuestra plástica, Luis Desangles. En esta obra, en
la que dialogan el origen de la nación con el origen de la
actividad artística, se puede ver a Juan Pablo Duarte sentado
en un peñón solitario, oteando la patria lejana que se
simboliza mediante la imagen de la Puerta del Conde, monumento
en el que se instala la bandera nacional.
Esta obra, por razones que no puedo explicar, me ha acompañado
durante los años de mi exilio literario o económico, como
prefieren algunos; pero un somero análisis de este icono
nacional nos remite al destino de nuestra República de las
letras, que es en fin de cuentas, la República de nuestros sueños.
El padre de la Patria mira desde la distancia a su criatura, en
medio de ella está el mar anchuroso y casi violento de los
caribes. La mirada patriótica es la visión del poeta exiliado,
el primero expulsado, cuán designio platónico, de la misma República
que él fundara.
Un dominicano en otro espacio, en un lugar que no era el de la
utopía sino una heterotopía. El peñón solitario, la
distancia de la patria-tierra, el mar como frontera, los símbolos
desdibujados, casi perdidos en la noche, podrían constituirse
en metáforas de una realidad dominicana que hoy es nuestro
destino; en tropos que son también el camino que muchos están
obligados a andar y desandar.
En
la metáfora de la modernidad
La
errancia intelectual de Pedro Henríquez Ureña se inicia en
enero de 1901, justo al inicio del siglo XX. Su rumbo no deja de
ser menos significativo: Nueva York. Pedro inicia el derrotero
de muchos intelectuales latinoamericanos. El héroe cultural
dominicano duraría tres años en la metáfora gigantesca de la
modernidad. En ese primer escalón de su estancia en la
heterotopía se refleja la metáfora de la emigración
dominicana.
Era el Nueva York al que décadas atrás había llegado,
cargando una cándida visión de progreso, el educador Domingo
Faustino Sarmiento. Pero la situación política era diferente,
y Pedro no tenía razones, como las que motivaban al argentino,
para confiar en la modernidad que esta ciudad ofrecía como
espejo del desarrollismo estadounidense.
Después pasa Pedro a Cuba; en la tierra de Martí publica su
primer libro, ‘‘Ensayos críticos’’, y colabora con la
revista ‘‘Cuba Literaria’’. Poco después pasa a México;
desde 1907 a 1914 el dominicano continental se integra al
ambiente cultural mexicano, vive los tiempos tumultuosos de la
Revolución Mexicana y es en el Ateneo de la Juventud, compañero
y maestro de un grupo de pensadores que van a contribuir, como
ninguna otra generación, a fomentar el sentido de identidad de
los pueblos hispanoamericanos.
La transhumancia del poeta y crítico parte de Santo Domingo,
pasa a Nueva York luego a Cuba y se asienta en México, donde
tejerá el sentido caribeño que ha expresado Antonio Benítez
Rojo en ‘‘La isla que se repite’’: ‘‘Nuestro Caribe
-metáfora y realidad acuática- es un espacio sin centro, en el
que cada punto tiene el mismo valor y en el que se manifiesta el
caos’’.
El trabajo educativo y literario realizado por Henríquez Ureña
en su estancia mexicana y argentina, dos espacios de la
heterotopía nuestra, no solamente se puede ver como el que
intentó desvelar la importancia de un arte cualquiera, sino
como la acción de un pensador que se apoyó en las distintas
formas que tiene el arte para instalarse (Heidegger) ante
nuestra sensibilidad, para encontrar los valores que tejen el
manto significativo de nuestra cultura americana.
Señalaba el humanista con mucha razón, que pecan de ingenuos
los que creen que su labor literaria está destinada a la
exposición crítica de nuestras letras; su ruta era diferente,
su trabajo era una manera de crítica cultural que no tenía
fronteras, o para decirlo con un sentido que se acostumbra hoy:
Pedro Henríquez Ureña trabajaba en las fronteras creadas por
el pensamiento positivista.
Allí donde las diversas manifestaciones artísticas se
encuentran formando una calzada con los diversos mosaicos de
nuestro ser hispanoamericano.
Es él, sin lugar a dudas, el punto de referencia obligado para
hacer una historia de las ideas culturales en nuestro
continente. Nadie como él pudo llegar tan lejos en la
identificación de nuestro ser y en el análisis erudito de los
aspectos más importantes de nuestra cultura.
En los años veinte, y siguiendo al historiador Osward Spengler
y el filósofo hispánico José Ortega y Gasset, comienza a
desarrollarse un grupo de memorables ensayistas en nuestra América.
El Caribe recibe esos influjos que no cesan hasta la Segunda
Guerra Mundial. En Cuba, Mañach y Marinello; en Puerto Rico,
Antonio S. Pedreira y Tomás Blanco; en nuestro país: Pedro
Henríquez Ureña y Arturo Peña Batlle, cada uno a su manera se
une al mexicano Alfonso Reyes y al peruano Mariátegui para
formar el inconsciente colectivo de nuestra identidad cultural.
Ninguno llegó tan lejos como Pedro Henríquez Ureña en situar
las corrientes subterráneas que se manifiestan bajo nuestro mar
Caribe y en los dos grandes océanos que bordean nuestro
continente. Pedro fue búsqueda, estudio y acción; en su vida
se refunden los valores del investigador, el estudioso erudito,
con el hombre que no traicionó nunca su aspiración a un mundo
de justicia.
El
eterno peregrino
En
el espacio de la heterotopía fue visto como extranjero cuando
él se creyó hijo de una magna patria. Sus deseos de buscar la
tierra prometida, patria de la justicia, está escrito en el
poema que le escribiera Salomé antes de morir: el vergel del
letrado. La tranquilidad no fue siempre su compañera; siempre
le acompañó un deseo inagotable de unir a través de los
valores culturales un continente perdido en la segmentación
nacional.
Las obras que Henríquez Ureña escribió sobre la literatura y
la cultura dominicanas son testimonios fidedignos de su interés
de organizar una visión cultural del país. A pesar de algunos
logros, este plan se ha perdido en nuestros días. Las
instituciones que deberían fomentar el estudio literario se han
olvidado de su papel y gracias a algunas mentes pensantes hemos
tenido algunos trabajos de importancia, pero falta mucho por
hacer.
Un ejemplo de lo que vengo diciendo más arriba lo constituye la
historia de la literatura dominicana. Dispersa en un conjunto de
antologías, esta importante actividad de nuestra memoria
colectiva tiene en el ‘‘Panorama de la literatura
dominicana’’ de Max Henríquez Ureña y en ‘‘La historia
de la literatura dominicana’’ de Joaquín Balaguer, dos
intentos que hoy tenemos que poner en su justa perspectiva, para
construir una visión de conjunto de nuestras letras.
Sería de fundamental importancia que estas actividades que
realizamos, teniendo a Pedro Henríquez Ureña como centro, nos
lleven a la conformación de equipos de investigadores que
realcen esa labor en la que el ilustre dominicano fue figura
principal, para así poner en manos de nuestros estudiantes y de
los investigadores nacionales y extranjeros, propuestas
valederas sobre nuestro quehacer cultural y literario.
Don Pedro creía en la literatura dominicana mucho más de lo
que se cree hoy día en nuestra República de las letras.
Pensaba que le faltaba promoción y a eso dedicó parte de su
trabajo como intelectual itinerante. Hoy debemos retomar su
justa apreciación e iniciar un proceso de valoración de
nuestras letras. El reto le corresponde a la academia y será
ella la que más se enriquecerá siendo formadora y recipiente
de tan importante puesta al día, con lo que podremos seguir
difundiendo nuestra literatura en el exterior.
Esto así porque el camino del pueblo hebreo parece ser el
destino dominicano. Duarte, el creador de la nacionalidad, fue
el primero en seguir el camino del mar y convertirlo en metáfora
acuática: nuestro espacio de transhumancia. Así lo han
realizado muchos de nuestros escritores. Henríquez Ureña fue,
sin lugar a dudas, el más conspicuo de nuestros inmigrantes
letrados.
Otro que también lo siguió, y cuyas huellas quedan en sus
obras como en nuestro corazones, fue Pedro Mir, el poeta
contemporáneo que mejor encarna el sentido viajero, político
desterrado de la República. En ‘‘Balada del destierro’’
se reescribe a ‘‘Ecos del desterrado’’ de José Joaquín
Pérez; en su ‘‘¡Buen viaje, Pancho Valentín!’’
(Memorias de un marinero), el poeta recrea su vida y su memoria;
el regreso, cuán José Joaquín Pérez, no es el tiempo del
conflicto sino la hora de asentarse y echar raíces. El poeta es
un marinero, una entidad volátil que no encuentra su centro, un
extranjero en su propia tierra.
¿Acaso no fue éste el destino del joven poeta, soñador,
hijo-futuro de la familia-nación-letrada que en sus diversos
periplos por el mundo en busca de la sabiduría, cual Prometeo
jugando a escondidas con los dioses, buscó el camino de
regreso, pero ya la ciudad no era la ciudad ni mi casa era ya mi
casa como escribió García Lorca.
El despotismo se había apoderado del lar nativo. Un llamado que
lo convierte en colaboracionista de Trujillo le hace reafirmar
sus convicciones y de que, a pesar de que la élite hostosiana y
arielista, que dirigía su padre y su hermano Max, fue atraída
por el ideal progresista que vendía la tiranía y se integró
al proyecto trujillista, como las artes y las ciencias en la
mirada de Salomé; el hijo pródigo de la Nación, prefirió
perderse en la exuberancia americana antes que rendir su pluma y
su pensamiento a la Roma cesarina, al minotauro de bicornio que
se dibujaba en Trujillo.
Un joven escritor mira desde un peñón solitario. Atiza en su
pecho la nostalgia, es de noche, tras sus ojos se van sus
pensamientos. En su memoria un cuadro de la patria, metáfora
acuática, aspiración aérea. En el bolsillo de su camisa lleva
una pluma. El espacio pudiera ser Berna, Roma, Nueva York,
Madrid o San Juan, ¡qué importa! Como en ‘‘Cuando amaban
las tierras comuneras’’ de Pedro Mir, mientras un hombre
camina por una calle de Santo Domingo, una mujer camina en el
subway neoyorquino.
Esas son las metáforas de la Patria; sus proles somos los hijos
del mar: marineros en tierra, extranjeros en su propio lar;
poetas exiliados de los muros citadinos. La heterotopía es
nuestro destino. Pedro Henríquez Ureña inició ese peregrinar
que todavía nadie ha podido detener. El es tan actual como cada
dominicano que, acosado por la política o la miseria, compañeras
de viaje, eleva ancla o sube las velas, para nunca más
retornar, por lo menos a bañarse en el río que acostumbraba,
el río heraclitiano.
Domingo 21 de Abril del 2002 |
| De
"Carta de Lectores" del Diario La Nación de Argentina
- 07-02-99
Pedro
Henríquez Ureña
Señor Director:
"En
el libro "Antes del fin", de Ernesto Sábato, en la página
46, escribe: "En la época en que cursaba el primer año
supimos que tendríamos como profesor a un mexicano que
en rigor era portorriqueño. Y se me cierra la garganta al
recordar la mañana en que vi entrar a la clase a ese hombre
silencioso, aristócrata en cada uno de sus gestos que con
palabra mesurada imponía una secreta autoridad: Pedro Henríquez
Ureña".
"Lamentablemente,
la editorial Seix Barral ha incurrido nuevamente en un error: mi
padre, Pedro Henríquez Ureña, nació en Santo Domingo, República
Dominicana; por lo tanto era dominicano, no portorriqueño."
Sonia
Henríquez Ureña de Hlito
Virrey Cevallos 1492, Capital El
texto de Ernesto Sábato (que si bien comete este error
señalado) está escrito con calidad y calidez y hace una
semblanza de Pedro Henríquez Ureña que puede leerse cliqueando
aquí) |
|