Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Flagelo

FLAGELO

            Mi nombre es Ámbar, tengo 35 años de vida y llevo 62 días muerta.

            Quisiera poder contar más cosas de mí, pero siento que no hay mucho para hablar. A decir verdad, en mis quince años de matrimonio no disfruté de nada, es más, creo que ni siquiera viví mi vida, sino la de mi esposo. Mis días, mi cuerpo, mi alma y mi corazón, todos, estaban supeditados a él. La culpa la tuve yo, Olaf nunca me obligó a nada, fue el amor que yo sentía lo que me forzaba a vivir bajo esta circunstancia.

            Era una relación difícil. Yo no sentía lástima por él, pero podría haberlo hecho, solamente alguien que lo conociese tanto como yo, sabría por qué lo digo. “Paranoico, ansioso y atormentado por sus alucinaciones,” es como su psiquiatra me dijo que notaba a Olaf, pero eso no era todo...

            Mi amigo del alma Joaquín, siempre me aconsejaba que lo dejara y que rehiciera mi vida, nunca lo escuche porque, insisto, yo amaba a mi esposo, y además porque siempre sospeché que ese consejo estaba sujeto al deseo que él sentía por Olaf. A veces, cuando le contaba las situaciones por las cuales me hacía pasar mi marido, se apasionaba tanto que hasta me atemorizaba.

            Recuerdo perfectamente una ocasión, como tantas, en que  mi pareja había llegado tarde de su trabajo, agitadísimo, sudoroso y aterrado por un par de hombres que, según él, lo siguieron, lo golpearon en la espalda y que aun estaban esperándolo en la calle. Salí afuera para comprobar si era cierta la versión de mi marido y, como lo suponía, no lo era; me mostró las heridas en su piel, pero él no sabía que yo lo había descubierto la noche anterior, en el baño, auto flagelándose. Me sentí engañada, corrompida, violada: el hombre al que yo amaba me había mentido y, posiblemente, lo había hecho siempre, ¿pero por qué, con qué fin, acaso era tan morboso que se jactaba con verme creer y sufrir sus patrañas, sus síntomas, sus enfermedades...? Me sentí  tan sola, que necesité escuchar la voz de un amigo, de alguien que me quisiera abnegada y sinceramente: Joaquín. Lo llamé por teléfono, yo casi no podía completar una idea sin quebrarme, pero igualmente le pude contar lo que había pasado, me sorprendió mucho que él se haya demostrado tan frío, incluso no me brindó ningún tipo de contención y no se embraveció, como solía hacerlo siempre cuando a mí me pasaban estas cosas, sólo me dijo que quería hablar conmigo y me citó en el bar al que a menudo concurríamos a confesarnos y a consolarnos mutuamente, por supuesto, acepté la cita y me cortó. Esta charla telefónica no me quitó la profunda angustia que sentía, pero al menos la opacó la intriga que me hicieron experimentar ese tono y esa postura enigmáticos que había adoptado Joaquín. Hasta el momento de la reunión estuve calma, preocupada, pero calma.

            El encuentro estaba pactado para las ocho de la mañana, Olaf desconocía todo esto, pero imaginé que si se enterase, no querría que yo acudiese, no sólo porque le tenía un poco de desconfianza y recelo  a Joaquín, sino también porque cuando sufría una crisis nerviosa como la de ese día, no quería que yo me alejase de su lado, pero en esa ocasión no sería así: yo necesitaba encontrarme con mi mejor amigo. Por única vez, me valí de la dependencia de mi esposo y, cuando me pidió que le diese sus medicamentos, contemplé la posibilidad de aumentar las dosis de ansiolíticos y sedantes para que durmiese por, aproximadamente, dieciocho horas... y así lo hice.

            Se despertó a las cuatro y cuarto de la tarde, todavía se encontraba somnoliento cuando se incorporó y comenzó a llamarme a los gritos. Estaba irritado, sentía una mezcla de miedo y cólera. Esa era la primera ocasión en que yo lo dejaba solo, sin antes avisarle, cocinarle, o prepararle los remedios que tuviese que tomar... en definitiva, se hallaba desorientado. Sin mí, Olaf, era un inútil, no podía ni siquiera prepararse un café, él alegaba que le tenía fobia a todo quehacer hogareño, por causa de un incidente que sufrió cuando era niño, el cual nunca me quiso contar..., yo siempre creí que era una excusa para jamás hacer nada y no derrochar el valioso tiempo que dedicaba a sentir lástima por si mismo. Ese día viernes, en el que yo me iba a encontrar con Joaquín, mi esposo no ingirió alimento, tampoco tomó alguno de sus amados psicofármacos, permaneció inmóvil en su sillón, abúlico, diría casi, en estado de alerta, aguardando por mi regreso, hasta que a las once en punto de la noche sonó el teléfono...

            Le costó entrar en razón una vez que supo que habían encontrado mi cuerpo, sin vida, tirado en un barranco. Se puso de pie y, con saña, comenzó a destrozar cuanto objeto encontró en la casa, luego salió y, raudamente, emprendió una carrera hacia ningún lado. Corrió durante horas, hasta que sus piernas no le respondieron más. Se encontró en un parque, lleno de personas y, lo que era peor, muchas de ellas eran policías. Sintió que se quedaba sin oxígeno, no podía soportar estar rodeado por tanta gente, además creía que los oficiales que patrullaban por el lugar, estaban tras él. Su desesperación se incrementaba minuto a minuto, segundo a segundo; su propio sudor helado le erizaba la piel, las manos no le temblaban más que su manzana de Adán y el temor por desvanecerse se acrecentaba tanto como la debilidad de sus piernas. Caminó, casi arrastrando los pies, hasta un automóvil policial y rogó a un agente que lo llevara a la jefatura: “- no logro tolerar más esta situación, quiero confesar que yo cometí el asesinato de mi esposa -“ dijo.

 

            “_ En verdad la amaba, pero... últimamente nos estábamos llevando muy mal. Yo soy una persona muy frágil y temerosa y, como ella manejaba mi medicación, tuve miedo de que me quisiera matar o dopar por muchas horas. Sepa, señor juez, que ella me amenazó muchas veces... no tuve otra alternativa... bueno... no se me ocurrió otra cosa... se que no es para nada sensato lo que le estoy revelando, pero, en mi estado, nada de lo que yo pudiese decir, le resultaría sensato a nadie. Lo único juicioso que deseo mencionar es que estoy muy arrepentido, y que ya no conseguía seguir con esto adentro, necesitaba desahogarme.

_ Y... dígame... Olaf, ¿cómo es que asesinó a su esposa?

_ No lo recuerdo. Me pasa muy seguido: suelo hacer cosas en un estado de absoluta inconsciencia, y luego las olvido, Ámbar siempre me las recordaba pero... ahora ella ya no puede hacerlo.

            _ ¿Me quiere decir que usted no recuerda nada de lo que pasó el viernes por la mañana?

            _ Exactamente.

            _ Y... si es así... ¿cómo puede estar tan seguro de que usted fue quien cometió el crimen?

            _ Porque lo imaginé muchas veces. Imaginé cómo la tomaría por el cuello y lo presionaría hasta dejarla sin aliento, hasta que el color de su rostro cambiase, y luego cómo me desharía del cadáver arrojándolo en un pantano cualquiera.

            _ Olaf... su sadismo no me indigna tanto como haber escuchado de su boca decir que amaba a su esposa.

            _ Es que es verdad. La amaba, pero la agresividad que tengo contenida, es más fuerte que el amor que yo pudiese sentir por cualquiera. De todos modos, se que recordaré muy pronto cómo lo hice, y cuando así sea, le prometo que se lo contaré todo.

            _ Espero que así  lo haga, pero hasta entonces, tengo que comunicarle que, estará recluido en una celda de máxima seguridad, sin ver la luz, aislado del mundo. Aunque  creo es inútil porque, para usted, será como estar en su casa.”

 

            La habitación era de un metro por un metro y medio; Olaf, recibía puntualmente sus raciones de pan y agua a las seis de la mañana, a la una del medio día y a las ocho de la noche. Comía con desgano, pero lo hacía para apaciguar la ansiedad que le causaba no ingerir sus píldoras. Sentía que cada minuto era una eternidad pero, igualmente, soportó en ese lugar 84.960 de esos martirizantes e interminables minutos: 59 días mirando al vacío y tratando de recordar cómo me asesinó. Pobre... la verdad es que en ese momento, sí tuve lástima por él, no se muy bien por qué, pero supongo que es porque en esa tortura de que el tiempo nunca transcurre, me sentí identificada.

            En la noche del quincuagésimo noveno día de aislamiento, Olaf, sintió que era el momento de abandonar la postura de buda y la actitud de autista, para contar la verdad que había estado tratando de desentrañar de lo profundo de su mente. Comenzó a estrechar su cuerpo contra las paredes, gritando a viva voz el nombre del juez, hasta que los guardias lo vinieron a buscar y lo llevaron con el magistrado.

           

            “_ Ahora lo recuerdo todo. La noche anterior al asesinato, Ámbar me dio mis medicamentos, pensó que yo no me percataría de que eran más que de costumbre, pero sí lo noté y, haciendo un gran esfuerzo, no los tomé. No dormí en toda la noche, cuando amaneció observé que mi esposa, silenciosamente, se estaba alistando para salir. Unos instantes después, llamó por teléfono a su amigo Joaquín, escuché que le decía que en momentos saldría para encontrarse con él, en un bar de mala muerte al que frecuentaban. Dejé que pasaran unos minutos luego de que ella se fue y, posteriormente, salí a la calle y la seguí hasta ese sitio. Una vez allí, me senté a unas pocas mesas de distancia de dónde estaban Joaquín y Ámbar, de manera tal, que podía oír, sin dificultad, su conversación. Realmente, siempre desprecié a ese amigo de mi mujer... verán, el es gay ... y... a mi eso me repugna sobremanera , pero, lo que más me indignó fue lo que ese monstruo le decía de mí a mi esposa... no resistí más... recuerdo que me levanté de la silla, la tomé y se la partí en la cabeza a Joaquín, sujeté a Ámbar de su cabellera y la llevé arrastrando hasta un barranco en donde la estrangulé con mis propias manos y pude disfrutar de ver teñirse su cara de un azul pastel que, por cierto, combinaba muy bien con sus ojos turquesa, los que pronto se pusieron en blanco, fue entonces que comprendí que había muerto. Sólo me quedaba arrojarla y que el lodo hiciese lo que restaba. Volví a mi casa y dormí hasta las cuatro y cuarto de la tarde, con una armonía inusitada.

            _ Sorprendente Olaf. Veo que estos días de encierro no han sido en vano para usted: por lo menos le sirvieron para hilar una casi perfecta versión de los hechos. Pero no es necesario que continúe con esta patraña. Vea... en este tiempo en el que usted estuvo en cautiverio, recibimos una visita de una persona que está muy relacionada con este caso: Joaquín.

            _ ¿Joaquín? ¿Qué es lo que le dijo? Imagino que no le creerá a él.

            _ ¿Y por qué no habría de hacerlo? Él no es un paciente psiquiátrico, paranoico, ansioso y mitómano.

            _ Supongo que también habló con mi psiquiatra.

            _ En efecto, Olaf. Pero... volviendo a lo de Joaquín... él me lo contó todo. No es preciso que oculte más su sexualidad, ni que siga encubriendo al verdadero asesino. Se, y está comprobado, que usted y Joaquín mantenían una relación homosexual de años, a espaldas de su esposa Ámbar. También se que cada vez que aparentaba sufrir esas crisis paranoicas y psicóticas, producidas, según usted lo afirmaba, por persecuciones de personas que lo golpeaban y flagelaban, era una magnánima y fantástica excusa para justificar los encuentros con Joaquín y los consiguientes llegadas fuera de horario a su casa. Tengo entendido además, que las heridas que le mostraba a su cónyuge, eran producidas por usted mismo, para satisfacer un deseo sexual y perverso de su amante.

            Pero eso no es lo que está en tela de juicio ahora, sino el crimen de Ámbar. Contrariamente a lo que usted declaró, en la víspera del día del homicidio, cuando su mujer le dio sus pastillas, usted se las tomó, porque sabía muy bien lo que ocurriría en el encuentro al que ella acudiría al día siguiente, cómo no saberlo, si fue una idea suya y de Joaquín, lo habían premeditado todo: el encuentro en el bar, luego el paseo por la ciudad hasta llegar al barranco, después el estrangulamiento soñado y más tarde despedirse del cuerpo arrojándolo barranca abajo en el fango. Supongo que habrán soñado también, con despedirse del recuerdo de Ámbar, de la culpa, de la locura... pero no pudieron, ni tampoco podrán disfrutar de la vida que proyectaron juntos para después de este episodio, porque ambos... van a ser arrestados y jamás volverán a verse la cara el uno al otro, ni el resplandor del sol, tampoco sentirán el cantar de un pájaro, la humedad de un beso, ni el placer del sexo. Permanecerán célibes, famélicos y retraídos hasta el día en que mueran.”

 

            ¿Pueden creerlo? Mi amigo entrañable... y el hombre al que siempre amé... ¿complotados contra mí? ¿por qué?, si lo único que yo hice constantemente, fue entregarme por completo, amar con toda la fuerza de mi ser, con mi corazón, con mi alma... No puedo asimilarlo, nunca me hubiese imaginado que Olaf, sería capaz de tener un romance con otro hombre, y menos con mi amigo. Tampoco se me cruzó por la cabeza que Joaquín sería capaz de matar a alguien... de matarme a mí. De todas formas, debo reconocer que no les guardo rencor, por el contrario, hasta merecen mi respeto, porque por lo menos ellos fueron capaces de hacer lo impensado para defender su amor... actuaron acorde a lo que sentían... si tan sólo yo lo hubiese podido hacer en su momento...

            No dejo de preguntarme cómo sería todo si me hubiesen confesado lo de su relación, qué hubiese sido de mi, cómo habría reaccionado... Cómo sería mi vida si Olaf me hubiese amado, si fuésemos sólo dos personas normales... cómo sería mi vida si... viviera... si yo existiese verdaderamente, si mis sentimientos fuesen reales... si todo esto no fuese una fantasía de Olaf. Una fantasía de una persona introvertida, solitaria, mustia, sin vida social... si esto no fuese un flagelo a sí mismo que un individuo se propicia cada vez que se le ocurre comenzar una nueva vida, comenzar una relación amorosa, definirse sexualmente o insertarse en la sociedad..., no dejo de preguntarme... cómo sería todo.

[Home] [Up] [Culpables] [Flagelo] [La Doncella ...]
 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.  
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006