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LA DONCELLA EN BÚSQUEDA DE LA ESMERALDA PERDIDA La casa le resulta cada vez más grande. Las fotos de su esposo y de su hijo la acechan día a día con más frialdad, distancia y rigidez. A diario, Esmeralda se levanta, realiza sus quehaceres y luego se sienta, como en este momento, a tomar un té junto al cofre que protege las cenizas de su marido. Más de una vez fantaseó con que los restos cobraban vida y su, ahora, exánime déspota la condenaba a sucumbir en el infierno por haber sido ella quien perduraba con vida y no él, por lo cual, la preciada caja permanecía, hacía años, clausurada con un candado tan viejo y oxidado como la autoestima de la viuda. Su pasado estuvo cercado por miedos que enmarañaba en su propia mente – con un poco de ayuda, claro –, eran como una coraza (sí, los mismos miedos) con la que siempre se quiso resguardar ¿pero de qué? Quizás de ella misma. Tal vez le resultaba más fácil, inconscientemente, esgrimir temor a todo lo nuevo o extraño que se le presentaba, que hacerse cargo, verdaderamente, de lo que sentía, que ser realmente ella quien decidiese sobre su vida y no, delegar aquello que todo ser racional concibe como normal, a la figura y al primitivo razonamiento de su esposo. Le costó continuar después de que su hijo la abandonó, pero más difícil fue aceptar la muerte de su marido, no porque lo amase, sino porque la aterraba saber que se quedaría sola, físicamente, porque afectivamente lo estaba casi desde que nació: primero fue su madre infundiéndole temor – ya sea azotándola con ramas de árboles por pedir golosinas, o inculcándole que todos los hombres eran malignos, cuando se manifestó en la mujer el apetito sexual –; y luego su padre – que la traspasaba con su mirada incisiva antes, por supuesto, de mascullar alguna crítica hacia el cuerpo o al accionar de Esmeralda –. Detalles más, detalles menos, lo que recibió siempre de sus padres fue de todo, excepto amor. ¿Cómo condenarla, entonces, por convertirse en obesa de niña, por volverse adicta a las anfetaminas poniendo en peligro su vida y su carrera de estudiante prodigio y, finalmente, por casarse con un hombre al que apenas conocía no sólo porque éste poseía dinero, sino además porque tenía la misma edad e igual carácter y facilidad para subyugarla que su madre? La soledad de su alma y de su corazón fue siempre implacable, y lo único que alguna vez llegó a sosegarla fue el cariño que sus alumnos de escuela primaria, esporádicamente, le brindaban. Hay quienes sostienen que las personas, cuando adultas, son el reflejo de lo que perciben en el seno paterno y de lo que vivieron en la niñez, pues bien, en Esmeralda esta afirmación se cumplió singularmente: ante la constante carencia afectiva, su dúctil inconsciente, decidió aislarla de la realidad, al punto de convertirla en una ingenua permanente, un gran escudo para justificarse y no reconocerse a si misma su incapacidad de desempeñar con gloria, como quisiera, los papeles de esposa, madre, vecina y amiga que su madre nunca demostró realizar con orgullo, alegría o siquiera amor, de todas maneras, lidiando con esa maraña en su mente, se las tuvo que arreglar para educar a su hijo, e incluso ocupar el lugar que el padre del chico dilataba a diario con indiferencia y desamor hacia el mundo. El bagaje con el que cargaba la pobre era muy pesado, pero disconforme con eso, la vida se propondría pegarle un pequeño golpe de gracia, y ella... lo recibiría, sin objeción, como siempre. Ahí se encuentra ahora, sentada, terminando su taza de té y contemplando su futuro escrito en un papel y resumido en la frase “un mes de vida.” Trata de desentrañar una y otra vez de su memoria momentos en los que se haya sentido feliz, pero feliz por haber actuado como a ella se le hubiese ocurrido, sin ningún tipo de influencia... no los halla. Piensa que si en setenta y ocho años no tuvo un segundo de la verdadera Esmeralda, ésa que hasta ahora estaba casi muerta de opresión, quizás era ya tiempo de dejarla respirar... de dejarla ser: de dejarse ser. Tratará de convencerse de que un mes de vida, de su verdadera vida, es suficiente para fundamentar toda su existencia.
La sensatez de su ceño distendido lo dice todo: ella está feliz, está satisfecha por haber planeado tan sólo en una noche insomne, el resto de su vida, por haber enviado las cenizas de su marido a un vertiginoso pero meritorio viaje por las cloacas de la ciudad. Se siente como si estuviese levitando, es increíble cómo las piernas ya no le pesan, la espalda no la tortura y las manos le sirven, sin aquejarla, para cargar su equipaje. La mañana promedia y el tren aún no llega. Está sentada en un banco, inmutable, trata de no desviar su mirada para no contemplar a toda esa gente que se saluda y se promete volverse a encontrar, no quiere recordar que está sola, vieja, e inexorablemente moribunda. Cierra los ojos, una súbita lágrima le recorre los surcos de su rostro y le recuerda que todavía está viva; respira hondo, ve que llega el tren y regresa a la paz de saber que ya no tiene que postergar nada más, a partir de ahora... nada más.
Observa que el tren se aleja y se pregunta para qué volvió. ¿Tanto se había equivocado? ¿Tan bien estaba su madre que ahora se la daba de trotamundos? No puede creer que la haya perdido otra vez, que no haya podido abortar de su sistema eso perentorio que le tiene que decir, que le corroe el alma, le extingue el espíritu y le taladra el organismo. ¿Adónde iría con su edad? ¿Estaría feliz? ¿Lo extrañaría? ¿Lo recordaría? ¿Él... la recordaba? Entra a la casa que lo cobijó del mundo macabro que le describía su padre, la misma que comenzó a odiar cuando supo que fuera de ella había algo por qué vivir, la odió tanto, los odió tanto a sus padres que le resultó estúpido continuar en cautiverio en ese lugar. Le parece asombroso cómo lo reconstruyeron después de que él lo incendiase, para despedirse notoriamente antes de irse. Ahora se arrepiente de muchas cosas, pero sobre todo de haber abandonado a su madre y de no haber llegado cinco minutos antes ese día a la estación, él la hubiese detenido un momento para decirle eso tan importante que necesita contarle y que después ella hiciese lo que se le antojare. ¿Qué haría ahora? ¿La encontraría? ¿Quizás... la volvería a buscar, o este desencuentro le serviría para aletargar nuevamente lo que en este momento le es preciso para sobrevivir?
El tren se detiene flemático, y el fragor del acero oxidado rescata a Esmeralda de un sueño tremebundo y patético que la tiene como protagonista de un cuento de hadas en el que está condenada a envejecer esperando a su príncipe azul, quien tiene que liberarla de su perverso y opresor padrastro, ofreciéndole como prueba de amor, una piedra preciosa que le brindaría juventud eterna. Entreabre sus ojos y la luz incandescente que emana de las almas paupérrimas, miserables que yacen sobre el andén, la enceguece por un instante. Posa su mirada en un niño mendigo, cabizbajo y apático en quien encuentra algo familiar, inmediatamente se imagina a ella misma mendigando y se pregunta cómo se sentiría en esa situación, simultáneamente recuerda haber pasado días enteros confeccionando ropa para su marido, preparando comida para que su hijo se llevase a la universidad, también recuerda que jamás alguien le agradeció por algo, o alguna vez le dijo te amo; vuelve a su mente la imagen de ella mendigando, pero ya no le hace falta preguntarse cómo se sentiría. Toma de los hombros al niño y mirándolo fijo a sus ojos acongojados le grita que ella entiende perfectamente como él se siente y que ya no es necesario que siga mendigando amor porque ella lo ama y está dispuesta a brindarle todo el afecto que necesita; el pequeño, absorto, le responde que el no necesita afecto, que lo que en realidad quiere es dinero para que su padre pueda embriagarse a gusto, que es una vieja loca y que si no lo suelta va a llamar a quien lo está vigilando escondido en un vagón. Esmeralda ahora comprende que no todos están preparados para recibir el gran amor que tiene para dar, que se equivocó en la manera en que increpó a ese niño indigente y que tal vez esa ciudad tan pobre no es el lugar que ella está buscando para vivir sus últimos días de vida. Decide volver al tren y viajar hasta la próxima ciudad, quizás nuevamente soñaría ser una doncella y, esta vez, el príncipe acudiría a su encuentro.
Hace dos días que está en la casa y no logra dormir un solo minuto, es que todo le recuerda a su madre: las tétricas telarañas que permanecen tendidas en el techo, esperando ser redimidas para poder continuar con su existencia de suspensión, de embuste y de un triste color ceniciento que evoca al óbito; los armarios apestados con los aromas de la humedad y de la implacable vetustez, así como las marchitas azucenas que acicalan de incuria al abdicado jardín de Esmeralda. Gael comprende que es tiempo de buscar a su madre, de abandonar esta situación de estancamiento, de encontrarla y decirle aquello que ella y hasta él mismo necesitan oír de su voz. No se le ocurre otra alternativa para hallar a Esmeralda que hacer el mismo recorrido del tren en el que la vio partir.
A esta altura la mujer ya pasó por varios lugares que no creyó apropiados para sus actuales y apremiantes aspiraciones: una ciudad sumergida en la miseria, en el desamparo, en la angustia y en las pútridas aguas de un río desbordado; un pueblo espectral que parecía desvanecerse por los efectos del opio de la lejanía de todo – inclusive de la realidad –, de la eventual opulencia de sus campos y del infame sosiego de sus habitantes de sentirse protegidos por conocerse de sobra unos con otros, y finalmente, en esta ciudad en la que se encuentra ahora. Aún no sabe qué es, pero hay algo en este lugar que le hechiza, quizás sea la perfecta distribución de los edificios, el correcto estado de sus calles o la hábil naturaleza de su gobernante para marginar a los desvalidos y excluidos de la sucia e indiferente sociedad, exiliándolos en refugios hechos de chapas herrumbrosas y de cartones corroídos por las ratas y teñidos por el moho que se prolifera desde el basural, en los inmundos y lúgubres suburbios del sitio. En apariencia, todo parece ordenado y pulcro, no hay nada que desentone; al fin, Esmeralda cree haber encontrado su último paraje terrenal, hasta que le llegue el momento de su partida. Insospechadamente, ve aparecer como de la nada una figura de rasgos humanos extremadamente distorsionados. A medida que se acerca, puede distinguir que se trata de una mujer obesa de estatura baja, quien cubre sus partes íntimas con una vuelta de cortina de baño sostenida con un alfiler a punto de colapsar. Esmeralda logra ver en sus ojos un dejo de tristeza y un hilo de mucosidad sobre su inexpresivo y deforme rostro. El hedor es insoportable, y el grosor de sus piernas, aterrador. Cada vez se aproxima más y Esmeralda trata de idear un argumento para conversar con la mujer. Rozan sus hombros, la extraña, indolentemente, la observa, luego, sin reacción alguna, gira su cuerpo y sigue caminando toscamente, delegando a sus torvos pies la tarea de movilizar un quintal y medio de grasa, pellejo, abstracción y zozobra. _ Espere – masculla con temor Esmeralda –. _ ¿Me habla a mí? – pregunta entre absorta y lánguida la mujer –. _ Sí, usted. ¿Cómo se llama? _ Usted no quiere hablar conmigo, en verdad. _ Sí, quiero, créame. _ No tengo nombre. Aquí todos me ignoran, así que no necesito uno. _ Vamos, siéntese conmigo aquí y charlemos.
No puede creer que la haya encontrado; la nota bellísima, llena de vida y de plenitud, pero... ¿quién es esa mujer espantosa que la acompaña? ¿Cómo hace él ahora para enfrentarla después de tanto tiempo, después de tanta ausencia... después de tanto dolor que causó? ¿Sería suficiente lo que le tiene que decir como para contrarrestar todo el rencor que, seguramente, su madre guarda hacia él? Se ve tan bien, tan distendida, tan llena de luz... ¿sería oportuno ir a su encuentro, o le causaría un desorden emocional? Gael decide dar la respuesta más fácil a todos sus interrogantes: desistir de la idea del reencuentro, al menos por ahora.
Ambas mujeres continúan hablando. Esmeralda está conmovida por lo que oye. La mujer había sido abandonada por sus familiares cuando ella ya no les era útil, la despojaron de sus pertenencias, de sus hijos y de su dignidad. Hace cinco años que vive vagabundeando por las calles y las plazas de la ciudad, la indiferencia de la gente es tan grande como su resignación a morir sola, deforme y roñosamente apesadumbrada. Esmeralda no puede evitar sentirse identificada con la historia que le cuenta esta desconocida: tanta frialdad, tanta angustia y tanta... sumisión, le resultan demasiado conocidas. De todos modos, ver a esa mujer completamente devastada y abatida, le provoca mucha pena y hasta culpa por tener dinero en su bolsillo, un pantalón que abriga sus piernas y lucidez mental como para llevar las riendas de su vida – amén de que esta virtud la haya adquirido hacía apenas unas semanas –. En este momento la preocupación de cómo alivianar la pesada estiba con la que le toca lidiar a esa mujer, la martiriza. _ Soledad. Mi nombre es soledad. _ Dígame, Soledad ¿qué puedo hacer por usted? _ Nada, mi vida ya está resuelta. En todo lo que me podía ayudar ya lo ha hecho ¿sabe cuánto hace que nadie me dirige la palabra? _ ¿Segura? _ Segura. Además usted también debe tener su cruz. _ No lo dude. Esmeralda se pregunta ahora qué es lo que está haciendo mal. Soledad era la segunda persona que rechazaba su ayuda ¿estaría eligiendo el camino equivocado para rehacer su vida? El tiempo apremia, su salud se debilita día a día, siente cada vez más tangible el momento de su muerte. ¿Qué hacer ahora? Evidentemente en ese barajar y dar de nuevo, de algo se había olvidado. Por lo pronto, es hora de tomar el tren, nuevamente.
Adormecida sobre los confortables asientos del vagón comedor, Esmeralda sueña, tiene los ojos apretados, trata de resistirse aun dormida, a que su cerebro le haga vivir situaciones que no está dispuesta a soportar: no lo logra. El sueño de la doncella no se había repetido hasta ahora, pero esta vez es diferente. La doncella ya no espera al príncipe azul, ni a la piedra preciosa que le daría juventud eterna, ella está feliz tal y como se encuentra en este preciso momento. No necesita de ninguna presea, porque se dio cuenta de que lo que la engrandece está dentro de ella, aquello intangible que guarda en su interior la hace sentir plena, detiene su envejecimiento,... la hace... quererse... aceptarse y concebir cualquier obstáculo que se le cruce en su camino como un desafío. Claro que este cambio en el razonamiento de la doncella Esmeralda no fue espontáneo, ni surgió dentro de los confines de su cerebro, sino que le fue legado por la magnánima sapiencia de un oráculo mágico. El sonido agudo y exasperante de los rieles, carcomidos por el óxido en contacto con las ruedas del tren, interrumpe el fantástico descanso de Esmeralda. Se despierta invadida por la zozobra: es que hubiese querido recordar el mensaje del oráculo, palabra por palabra, tal vez para hacerlo suyo. De pronto piensa que ya se está tornando insoportable esto de esperar por alguien o por algo que pueda leer dentro de ella y le haga saber todo lo que desconoce de su propia persona. La somnolencia se disipa, y con ella la suposición de que la verdad de su ser le será develada hoy. Súbitamente, ve entrar en el vagón a un individuo de singular apariencia: esbelto, de pelo rizado y un particular embelesamiento en su mirada. Por primera vez, desde que su esposo no está con ella, siente deseos de besar a un hombre. Toma conciencia de su edad y descarta la idea pero... esa persona se le acerca, cuidadosamente se sienta a su lado, mirando al vacío. Esmeralda lo observa azorada de perfil durante unos instantes... unas débiles y hasta lastimosas lágrimas le brotan de sus ojos. El hombre la mira fijo; ahora, él también llora, se abrazan. _ Hijito mío... volviste... no me habías mentido. _ Sí, te mentí mamá... te oculté la verdad. Tengo algo que decirte... algo que me quedó pendiente y que me atormenta a diario desde aquel momento en que te abandoné. Nunca te lo dije antes porque sentía miedo, cobardía, pero es ahora que debo confesártelo, antes de que me destruya por completo. _ ¿Qué es Gael? _ Mamá... te amo –. En ese instante piensa en confesarle que cada segundo sin verla sirvió para darse cuenta de que dentro de ella tiene guardado un gran tesoro, que posee un valor extraordinario y que sólo necesita entenderlo, arraigar ese concepto en su mente y encontrar la manera de sentir... la manera de encontrar la verdadera Esmeralda perdida. Lo piensa y se lo dice en una mirada, Esmeralda comprende y el hombre repite: _ Mamá, te amo –. _ Ay...! Gaelito, tú eras lo que estaba esperando, tú eres mi príncipe azul, mi oráculo, mi piedra preciosa, mi todo – murmura roncamente la mujer con el exiguo y acibarado aliento que le queda –. _ No, mamá la piedra preciosa – la Esmeralda –, está en ti, estaba profundamente oculta, pero juntos la desenterramos. La mujer esboza una sonrisa y es nada menos que porque se siente feliz, plena. Se imagina a aquel niño indigente que había conocido, con una familia y con una vida decente y a Soledad, la mujer abandonada y triste, reencontrándose con su gente y vistiendo como una dama, pero piensa que ni así se sentirían como ella. Mira a su hijo y se potencia la sensación de dicha. Los ojos de Esmeralda lloran y sus arterias se alborotan y tensionan en una liturgia frenética que le acelera los latidos, el pulso, y le inmoviliza el cuerpo. Gael esgrime una acongojada expresión de ternura, y el cuerpo de su madre, desfalleciendo, cae a sus brazos. El desasosiego y la tristeza que apenumbran su alma son enormes, al igual que la flamante satisfacción de saber que el último segundo de vida de Esmeralda fue bello, fausto y legítimamente puro.
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