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JOSÉ WINSTON PACHECO 1 La jornada de clases llegó a su final cuando el crepúsculo se deshacía en matices multicolores. Los estudiantes se precipitaron hacia los portones como un torrente bullicioso y vivaz. Había cierta solemnidad en aquel tropel de despreocupados adolescentes. En el enorme edificio del colegio San Clemente sólo quedamos el profesor Cirilo Moncada y yo, aparte, por supuesto, del personal de servicio. Miré salir a Moncada presuroso y un rato después me hizo un ademán de despedida, al tiempo que su automóvil emprendía la marcha con un ruido semejante al de un demonio en desbandada. Matemático capaz, Moncada era también un personaje contradictorio. A veces se mostraba circunspecto y como sumido en hondas reflexiones; otras, en cambio, solía sorprendernos con un relato capaz de ruborizar a una cantinera de barrio marginado. Tomé mis materiales y me dispuse abordar mi propio transporte: una vieja pero todavía eficiente bicicleta, regalo de un sobrino a quien en una ocasión ayudé a hacer un análisis sobre la filosofía de la Angustia. En las afueras del colegio me esperaba una chica, una de esas adolescentes que le obligan a uno a fijarse con nostalgia en la tersura de la tez, el brillo de los ojos y lo insinuante de las formas. Me miró con malicia, casi con desplante, e hizo un ademán como invitándome silenciosamente a detener mi desvencijado vehículo. -¿Qué hace usted todavía aquí? –me adelanté a preguntar. -Estoy esperándolo para que me dé “jalón” en la bici, y me lleve a algún sitio donde podamos hablar de un tema que me interesa. -¿Todo eso junto? – repuse asombrado, tanto por la propuesta de la chica como por la íntima convicción de que mi vehículo jamás resistiría un doble peso. Era casi seguro que de llevar a cabo aquella odisea, todo terminaría con una voltereta espectacular en cualquier calle concurrida. Desmonté, y poniendo cara de resignación inquirí: -¿Necesita acaso alguna información? ¿Cumplir algún deber? -Nada de eso –exclamó con la mayor frescura- Estoy enamorada y quiero estar segura de lo que es eso. La miré con cuatro ojos, aunque a decir verdad, en ese momento recordé que había dejado olvidados los lentes que le compré cierto día a uno de esos quincalleros más sagaces que un político en época electoral. -Y... ¿qué la hace imaginar que yo puedo ayudarla? –inquirí con voz apenas audible. -No lo imagino –sentenció con firmeza- Lo sé. Me rasqué la cabeza un tanto desconcertado, al tiempo que acudían a mi mente, sin saber por qué, los versos de aquella vieja canción que dicen: ¨ cuando aparezcan los hilos de plata en tu juventud ¨. -Mire –le dije- la acompañaré mientras hablamos, pero para serle franco no se si mis palabras le sirvan de algo… -¡Claro que me servirán! –Cortó convencida- Recuerdo que en una ocasión usted nos habló de algo que dijo Platón acerca del amor ¿quiere repetírmelo? -¿Se refiere usted a lo que suelen llamar "amor platónico"? -¡Si… a ese! Pero también al otro tipo de amor del que también nos habló ¿Recuerda? Pero bueno… ¿Qué fue lo que dijo Platón? - Pues que… el amor es el contacto invisible de dos almas. -¿Contacto invisible? Eso no es posible, dos seres no pueden quedarse ahí nomás, sólo en contacto y peor invisible ¿no es cierto? -Bueno, algunos se han quedado –repuse un tanto incómodo por aquella plática inusitada- Aristóteles pensaba de otro modo. -¡Ah ¿verdad que sí? ¿Y qué pensaba él? –demandó con ansiedad - Bueno, Aristóteles decía que “el amor es el contacto visible de dos cuerpos”. Sonrió complacida -¡Eso es! Eso suena mejor –exclamó con júbilo – Y usted profesor ¿De cuál de esos dos señores es partidario? -¿Yo? -balbucee carraspeando– Bueno…hace mucho tiempo que voté por los dos. - Claro. Es que los dos tienen razón ¿no es así? -Es una buena deducción –repuse- sin embargo hay quien cree que ninguno de los dos tuvo razón. Me miró con sus grandes ojos glaucos, inquisitivos -¿Qué significa eso? –preguntó vivamente interesada. En ese instante pasó cerca de nosotros un enorme furgón haciendo un ruido atronador. Yo dudaba en continuar con aquellas disquisiciones filosóficas o concentrarme en las desniveladas llantas mi bicicleta. Sabía por experiencia, que cuando trataba de frenar siempre lo lograba varios metros adelante del lugar deseado. -Escuche –le dije con el tono más dulce de que fui capaz - en lugar de seguir con esta conversación, le prometo regalarle un librito que escribí hace algunos años, talvez lo encuentre interesante o apropiado para su propósito. -¿De veras? ¿Y cómo se llama su libro? -Imperfecto amor -Es un título extraño. ¿Por qué imperfecto amor? -Bueno, quizás porque como lo dijo otro gran pensador “el amor tiene razones que la razón no comprende” – indiqué citando la trillada sentencia filosófica- Y a propósito, no me ha dicho su nombre señorita... -Soy Giselle, y usted…es pesado para la “casaca” –repuso sonriendo con malicia. -Siendo honesto, de casaca andaría yo con usted si viviésemos en otra época, pero como existe aquí un abismo de edades y tabúes, me voy y la dejo con sus inquietudes, diciéndole de paso que ese pantalón tan ceñido la hace lucir indudablemente muy atractiva. -Gracias. Es la moda “chicle” – respondió casi a gritos, pero yo ya pedaleaba con ardor, esforzándome por alcanzar mi acostumbrada marca de seis kilómetros por hora, era lo más que dábamos mi vehículo y yo. Al día siguiente lo primero que me reclamó fue el libro prometido, pero no lo hizo en el receso de clases. No. Se presentó intempestivamente, mientras yo dictaba mi clase de filosofía a un grupo que no era el suyo. -Profesor…vengo a que me entregue su amor imperfecto –exclamó con la más campante naturalidad. Entiendo que hay personas que se ruborizan extremadamente al cohibirse. Yo no pude sonrojarme porque aparte de tener una piel más bien trigueña, la malaria que padecí años atrás me dejó una palidez recalcitrante, difícil de domar, además, el malicioso murmullo de los pupilos no me dio tiempo de pensar en nada. Por cierto que esa vez al terminar la clase, observando desde el corredor de la segunda planta el barullo formado por los adolescentes a la hora del recreo, me puse a meditar en los cambios operados en aquella antigua institución con el paso de los años. “Todo es distinto ahora- pensé con profunda nostalgia—Hay una diferencia dramática, abismal. Ha cambiado el colegio, la ciudad, las personas ¡todo!...Sin embargo, hay cosas que parecen repetirse “ Y como en un lento y vívido desfile, acudieron a mi mente las escenas más emotivas experimentadas veinte años atrás, cuando llegué por vez primera a Santa Marta de la Colina. 2 No sabría explicar los motivos con precisión, pero desde que puse mi planta en aquel pueblo, tuve la certeza de que ahí me quedaría para siempre. Experimenté una sensación extraña y sumamente agradable. La rara impresión de haber vivido ahí toda una vida, de percibirlo todo más allá de los sentidos físicos, de absorberlo todo, de sentirlo y conocerlo todo. El maltrecho autobús que me condujo hasta Santa Marta de la Colina, emitió un agudo chirrido de hierros viejos y oxidados, como un lamento de protesta, después de una andadura de muchas horas por un camino abrupto, fangoso y lleno de baches. No sé los demás, pero yo me sentía dolido en toda la extensión de mi osamenta. En la estación, encajado en el pescante de una tosca carreta tirada por un mulo de aspecto cansino, estaba un viejo de largas barbas y rugoso semblante, con el sombrero de anchas alas enfundado casi hasta las cejas, fumando un puro con deleite. Fue cosa de verme y venir hacia mí con la seguridad de quien se dirige a alguien conocido. -Usted es el profesor De la Fuente ¿no es cierto? -Bruno de la Fuente para servir a usted -Yo soy Modesto Vargas, conserje del colegio San Clemente. He venido para llevarlo al pueblo. Desde que lo divisé supe que usted era el nuevo maestro. Ustedes los profesores tienen un talante inconfundible. -¿Ah si? ¿Y cómo es ese talante? - Hablaremos de eso en el camino. El director del colegio San Clemente me ordenó que lo llevara hasta su posada. Lo están esperando. - Muy amable de su parte Y dígame ¿Está muy lejos el pueblo? -Cosa de una legua más o menos. Es corto el trayecto. “Vaya trayecto corto” me dije para mis adentros, pensando desaprensivamente en mi doliente humanidad. El viejo emitió una sonrisa que se me antojó sardónica, al tiempo que arriaba la bestia con un gruñido acompañado de un latigazo. - Ustedes los de la capital son ruines para andar por estos caminos, pero ya se acostumbrará, sí señor, ya se acostumbrará. -No soy ni vengo de la capital, mi querido amigo- afirmé con tono seco. -¿Ah no? Entonces ¿de dónde viene? –inquirió sorprendido. -De un lugar mucho peor que este supongo. Y puedo garantizarle que me siento muy bien aquí. Estoy seguro de haber encontrado el sitio que he venido buscando por muchísimos años, se lo aseguro. -¡Vaya!...eso si que es novedad para mi, jamás lo hubiese pensado- Repuso el viejo Modesto. Mientras avanzábamos, admiraba la abundante vegetación existente a ambos lados del camino. Las suaves colinas circundantes en las que se advertía la mano laboriosa de hombres empeñados en arrancarle a aquellas tierras una diversidad de frutos. -Aquí las tierras son feraces – Comenté -Al igual que las mujeres, sí señor. Sepa que todo el extraño que viene aquí es para quedarse. Puede ser que no se enamore de la tierra, pero si de nuestras muchachas, de eso no le quepa duda. -Sin embargo, veo que han descuidado los caminos- Señalé. -Desgraciadamente muchos fuereños han llegado a Santa Marta de la Colina sólo a aprovecharse de nuestras riquezas naturales, según dicen, eso ha ocurrido desde hace una tarranganada de años. Se lo llevan todo y nada le dejan a Santa Marta de la Colina- repuso el viejo Modesto con acento cáustico. -Es una lástima –repuse- Una tierra tan fértil merece mejor destino. Las autoridades ya debieran haber implementado un verdadero plan de desarrollo para esta región. A simple vista se nota que sus habitantes son trabajadores, laboriosos. -Pues si, profesor, así somos aquí. Cualquiera diría que usted nos conoce de años, eso me agrada, je,je,je -Usted también conoce a los profesores a primera vista ¿No me lo dijo en la estación? Y me gustaría saber cómo es que nos conoce. - Tiene razón- asintió el viejo- Y sin ofender lo presente, los conozco porque tienen un talante de pensadores desilusionados que mis respetos. -Veo que no tiene una buena impresión de nosotros- Señalé -Y no tengo la culpa, estimado profesor, todos los que han venido aquí parece que anduvieran con la cabeza en la luna. Hasta que los casa una mujer y los pone quietos, la mayoría han terminado haciéndose agricultores. -Vaya, es lo que menos imaginé. - Mire profesor, en este pueblo la gente es muy buena, a veces, creo yo, se pasa de sencilla, de inocente. La mayoría pasamos dificultades, pero yo pienso que eso es preferible a que sucedan cosas como se dice que ocurren en otros lugares más adelantados. ¿Me entiende lo que quiero decirle? -Absolutamente ¿Y sabe qué? En cierta forma estoy de acuerdo con usted. -¡Que bueno! Y le diré algo más, cuando usted mire, si se queda a vivir aquí, que van desapareciendo todas esas cercas de piedra amontonadas a puro pulmón a ambos lados del camino - aquí las llamamos cimientos - cuando vayan desapareciendo nuestras tapias de adobe y nuestras calles empedradas, tenga la plena seguridad de que a esta población le pasará como a esas muchachas que a la fuerza les roban la inocencia. Por suerte yo ya estoy viejo y talvez no lo vea. Guardé silencio reflexionando en las palabras de mi interlocutor. Media hora después frente a nosotros apareció Santa Marta de la Colina. -Bueno, profesor, hemos llegado- dijo el viejo con una amplia sonrisa- Lo llevaré a la posada de doña Serafina, es una señora servicial, honrada, y hace unos guisos como para chuparse los dedos. -Excelente-repuse- Le agradezco mucho, don Modesto, y ya sabe que me tiene a sus órdenes para lo que pueda servirle. -Gracias profesor, de todas maneras nos veremos siempre en el colegio- contestó, emitiendo acto seguido un gruñido al tiempo que agitaba las bridas, haciendo que la bestia tirara de la desvencijada carreta con renovado vigor. Entretanto yo, parado en medio de la empedrada callejuela, sentí como si aquella jubilosa plenitud que experimentara en la estación, inundara de nuevo todos los rescoldos de mi espíritu. 3 Me encontraba aquel día en la segunda planta del edificio colegial, viendo el ir y venir de los jóvenes a la hora del recreo. Era impresionante aquel mar de estudiantes, los unos, sentados en círculos sobre la grama, los otros, charlando en parejas y otros más, corriendo o simplemente caminando por el amplio espacio del patio rodeado de altos eucaliptos, cuyas ramas, mecidas por la brisa, inundaban el ambiente de un peculiar y saludable aroma. Tan absorto estaba que no me di cuenta del momento en que aquella joven se situó a mi lado. -¡Hola profesor Bruno! –Dijo con su voz musical-¡Que bueno que lo encuentro! Quiero decirle que me gustó mucho su clase, la verdad, no sentí pasar la hora. -Gracias, eso me alegra, espero que sus compañeros piensen igual. -Estoy segura que si, muchos me lo han comentado. -Me alegro mucho. Y usted ¿Cómo se llama? Usted está en último año ¿no es cierto? - Si, en segundo de bachillerato. Mi nombre es Yalila. ¿Sabe una cosa? Yo pensaba que esa clase de filosofía iba a ser aburridísima. Muchas veces me pregunté por qué tiene uno que estudiar teorías de unos viejos que murieron hace siglos. ¿Para qué puede servirnos eso? -Entiendo su inquietud- repuse en tono comprensivo- Pero poco a poco se dará cuenta de que muchas de las ideas de esos hombres están hoy más vigentes que nunca. Ya lo verá, hasta podríamos decir que muchos de ellos fueron visionarios en su forma de apreciar el mundo, la vida, o a los seres humanos. -O estaban locos –sentenció ella soltando una risa juguetona- He leído algunas cosas que parecen absurdas…locura. Sonreí contagiado por el entusiasmo de la chica. -Le diré algo que espero no olvide, aunque estamos en recreo y más bien usted debería estar merendando. -Ya me comí dos bolsas de tostaditas- señaló alegremente- Me interesa más lo que quiere decirme ¿de que se trata, profesor? -Dos bolsas….¡Ah si! Hablábamos del absurdo ¿verdad? Lo que iba a decirle es que el absurdo es una escuela, mi querida señorita, lo es en filosofía y también en literatura. Una escuela que tiene muchos discípulos, ya veremos eso en clase… Quedó pensativa un instante, luego, fijando en mí sus grandes ojos glaucos expresó: -Profesor ¿no se enoja si le hago una pregunta un poco…digo…personal? -Por supuesto que no -¿Está casado, profesor? -Sí, bueno… ¡No!... ahora –balbucee como si el recuerdo me estrujara. -¡Ah!... no trajo a su esposa con usted ¿No es cierto? –cortó ella. -Evidentemente – repuse casi entre dientes. Sonrió vagamente, luego, tornó a ponerse seria -¿Y por qué, profesor? -Bueno…si no le importa prefiero no hablar de ello- dije un tanto sofocado. -Perdón, debe pensar que soy una metiche, pero ¿le puedo preguntar algo más? Asentí con un movimiento de cabeza -Un hombre mayor como usted ¿Podría amar a una muchacha más joven? Quiero decir como…como… -¿Como alguien de su edad?- inquirí para ayudarla. -¡Si!..Como alguien...como una de nosotras sus alumnas. - No sería ético que me pusiera a enamorar alumnas- repuse un tanto nervioso- ¿Qué quiere que le diga? -Bueno…la verdad profesor, lo que piensa sobre eso, además... ¿Qué tiene que ver la ética con el amor? En el cielo, profundamente azul, pasó en ese instante una bandada de tordos haciendo unas cabriolas increíbles en su vuelo. -Bien –repuse tratando de imprimir convicción a mis palabras- Yo no soy un puritano, señorita, ni mucho menos. Esa situación que usted plantea se ha dado muchas veces, en otros tiempos y en otros lugares. No es algo muy común, pero ha sucedido. No sé si ha ocurrido aquí en Santa Marta de la Colina. En mi criterio es algo… -¿Absurdo? –señaló ella sonriendo intencionalmente. -Si –afirmé- absurdo para muchos, pero ¿lo será para los involucrados? Yo creo en un dicho, no sé si es italiano o de otra parte: “Lo que ha de ser, será” La campana sonó en ese momento anunciando el final del recreo. En el patio algunos estudiantes se arremolinaron frente a las escaleras, tratando de alcanzar de primeros, el segundo piso. -¡El último es cuche!- gritó uno de ellos subiendo las gradas a toda prisa. -Vamos a clase- anuncié a mi alumna -¿Qué hará el sábado, profesor?- inquirió ella caminando a mi lado por el largo pasillo. -No sé…no tengo un plan por ahora. -Vaya a visitarme a mi casa. Saldremos a caminar, y podré mostrarle algunos lugares bonitos de Santa Marta de la Colina. -Bueno…no sé si será conveniente… -¿A qué le tiene miedo? No haremos nada malo-expresó con énfasis. Me sentí desarmado -Tiene razón, además, me gusta la idea. Nos veremos el sábado, a las dos de la tarde ¿está bien? -Lo espero entonces- dijo, esbozando una dulce sonrisa. La miré alejarse presurosa en dirección a su aula, también yo apuré el paso, a esa hora me tocaba servir clase en un aula ubicada en un extremo del edificio, seguramente los alumnos ya deberían estar esperándome. 4 Como la mayoría de ciudades y pueblos de herencia hispana, Santa Marta de la Colina fue erigida siguiendo el mismo patrón estructural. Frente al parque, la antigua iglesia, mezcla de diseño barroco con detalles indigenistas que le daban un aspecto imponente, o mejor dicho, señorial. En el extremo opuesto, el viejo edificio municipal, construcción de adobe de trazo sobrio y sólida estructura, con un amplio corredor al frente en que se destacaban las columnas de madera, elaboradas con esmero, rematando en su parte superior con detalles que recordaban vagamente el estilo corintio. Dichas columnas iban empotradas en una base de piedra cincelada a mano. Por lo demás, el parque estaba rodeado de viviendas de parecida estructura, todas construidas de adobes macizos y tejas de arcilla cocida, todo ello fabricado en el lugar por artesanos que- según me enteré después-heredaron el oficio de sus ascendientes, generación tras generación. Yalila y yo nos sentamos en una banca situada frente a la iglesia. Un viento frío soplaba aquella tarde sabatina, y una verdadera bandada de tordos armaba una gritería estruendosa, al retorno de sus andanzas cotidianas, en tanto buscaban sus nidales en los frondosos árboles que rodeaban el quiosco ubicado en el centro del parque. -No me dicho si le gusta mi pueblo –dijo ella iniciando la conversación. -Me gusta mucho –respondí- Siempre desee vivir en un lugar así, tranquilo y de gente muy amable. -Me alegro que le guste- agregó sonriente- Yo siempre vengo al parque a escuchar los conciertos que ofrecen los domingos por la noche. Vengo con una amiga. Ahora esto está muy tranquilo, pero si viera los domingos, hasta se arman bailes que duran muchas horas. -Ya veo. Es una forma muy bonita y sana de divertirse. ¿Sus padres no vienen con usted? -Ellos viven en una comunidad vecina llamada Sierra Verde, es una pequeña aldea un poco alejada de aquí, son agricultores, yo vivo con mi tía, en una casa de familia. -Entiendo -Y a usted ¿le gusta bailar, profesor? -Nunca logré aprender, pero me gusta la música y ver bailar a las parejas, especialmente a las que saben hacerlo. -¡Vaya!...pues en eso nos parecemos. Yo tampoco se bailar, aunque me gustaría mucho hacerlo. Pero, dígame ¿Qué hace en su tiempo libre, aparte de oír música y leer libros de filosofía? -Bueno, a veces me pongo a escribir, tomo notas de… todo lo que me parece interesante. Y a propósito, no sólo se aprende filosofía leyendo. Hay filosofía en tantas cosas… -¡No me diga!- Exclamó visiblemente sorprendida- ¿Acaso hay filosofía en este parque? ¡Vamos! Dígame, que filosofía hay aquí, según usted. -Podría aburrirla si se lo digo –advertí -No. Al contrario, le aseguro que no me aburriré de escucharlo. Me rasqué la cabeza, estaba ciertamente agradado en compañía de aquella chica. -Sabe usted, señorita Yalila, que en muchas ocasiones el destino suele comenzar a tejer sus hilos en los parques. Sentado en una banca, como un personaje invisible, se entretiene en enredar su madeja... -¿El destino? – balbució en un susurro -Es que los lugares como este son, por excelencia, los escenarios en que a diario se representa el drama del amor, la tragedia del dolor o la comedia de las alegrías sencillas. -El destino ¿un personaje? –tornó a repetir quedamente. -Si. Y en esas representaciones, según el caso, puede haber un silencio sugestivo, como el de este momento, quitando o no, la gritería de esos pájaros; o puede haber la música estruendosa de una banda municipal, como la que me dice que ofrece conciertos los domingos. -Pero ¿como es eso de que el destino enreda su madeja? No entiendo muy bien. -Es fácil de entender, querida, los otros actores son las personas que vienen aquí. Cada una representa su papel en el drama de la vida. Son protagonistas principales, y sus representaciones son sumamente francas, tanto que a veces nos impresionan por su sinceridad. Y es que son espontáneas, porque cada quien se representa a sí mismo. -¡Vaya!...Nunca se me ocurrió mirar las cosas así, como si cada quien estuviera representando su propia historia, incluyéndolo a usted y a mí. -Pues así es, querida mía. A veces, cuando veo algunas personas, por ejemplo, aquel señor que viene saliendo de la iglesia ¿lo ve? Ese que lleva un sombrero blanco en la mano... -Si...si...el viejito de chaqueta azul, lo veo, si -Pues me vienen a la mente personajes de libros famosos, o simplemente los títulos de esos libros. -¿Cómo que libros, profesor? -Son muchos, por ejemplo “Confieso que he vivido” de Pablo Neruda; o “La simulación en la lucha por la vida” de José Ingenieros; o “La comedia humana” de Honorato de Balzac, en fin... -¡Vaya títulos!, impresionan por sí solos –comentó ella- ¿Y usted ha leído todas esas obras, profesor? No vaya a decirme que esos señores escribieron sus libros en un parque como este. -Eso no lo sé cabalmente, pero tengo mis sospechas. Llevó sus manos a la boca en gesto de asombro. Se puso seria, me dio la impresión de que trataba de ordenar los pensamientos que acudían en tropel a su mente. -¡Ahora comprendo!- exclamó de pronto- ¡Está claro, clarísimo ¡Eso fue lo que sucedió aquí! -¿A qué se refiere? –inquirí un tanto sorprendido. -Este parque tiene una historia, profesor, todos la conocen en Santa Marta de la Colina. Mi papá me la contó desde que era una niña, y nunca la olvidé, porque me pareció muy triste ¿Quiere que se la cuente? -Por supuesto, me encantaría -Dice papá que él estaba muy joven cuando sucedió aquello. Aquí vino a vivir un muchacho de la capital. Se llamaba Vladimiro, y se enamoró de una de las muchachas más bonitas del pueblo. Ella se llamaba Rosalina, y era hija única de un matrimonio muy rico, los Carreño, talvez los ha oído mencionar. -Claro- asentí- el director del colegio me presentó a un señor Pedro Carreño. -¡Ajá! Es de los mismos. Pues Vladimiro era comerciante, de esos que van y vienen por varios lugares vendiendo cosas. Muchas personas le aconsejaron que no se hiciera ilusiones con aquella muchacha, pero él no hizo caso. Todos los días venía al parque para verla, y en una ocasión en que ella fue a la iglesia a confesarse, la siguió, y ahí cerca del confesionario se le declaró. Imagínese usted, profesor. -Pues si que era audaz ese muchacho -Bandido era, no respetar ni la iglesia. Dice papá que un día Rosalina le mandó un papelito con la doméstica de su casa, citándolo aquí en el parque, a las cinco de la tarde, para darle una respuesta a su declaración de amor. -¿Y qué ocurrió -pregunté sumamente interesado- ¿Se hicieron novios? -¡Que va! El muchacho llegó desde horas antes, muchos lo vieron pasearse de un lado para otro dando vueltas alrededor de este parque. Dicen que así estuvo por largo rato esperándola. -Ya me figuro la impaciencia de ese chico- comenté sonriente. Para esa hora había llegado bastante gente al parque. Personas de todas las edades caminaban por las estrechas calzadas bordeadas de flores y árboles viejos. El reloj del templo dio cuatro campanadas que se fueron diluyendo lentamente en el ambiente. Confieso que el relato de mi joven amiga comenzaba a interesarme sobremanera. 5 La fresca brisa del atardecer soplaba por todos los rincones con un hálito vivificante. Los tordos habían silenciado un poco su bullanguería al acogerse en sus nidos. -Muy bien, Yalila, sígame contando ¿Qué ocurrió después? -Pasé por alto algo muy importante –dijo ella con entusiasmo- Vladimiro no era sólo un pequeño comerciante. Dice papá que la gente del pueblo lo relacionó con algo que ocurrió en este parque por ese tiempo, algo ¿cómo le digo? Que nadie se esperaba. ¿Ve usted esa plancha de piedra que sobresale de la hierba, ahí, junto a ese arbusto de buganvilla? -Si, lo veo perfectamente -Pues dice papá que una noche, hace muchos años, alguien vino a colocar sobre esa base de piedra la estatua de una joven pensativa. Lo sorprendente es que nadie vio quien la puso ahí, ni siquiera los serenos de la municipalidad. Lo cierto es que al día siguiente fue la sorpresa en todo el pueblo. La estatua debió ser hecha por alguien que sabía el oficio porque estaba bien elaborada, eso se notaba a simple vista. Pero en el pueblo se formó enseguida una discusión, unos estaban de acuerdo con que la estatua se quedara en el parque; otros no. En fin, el pleito llegó hasta la Municipalidad. -¿Y qué resolvieron ellos? – inquirí sumamente interesado en el relato de mi amiga. -Tardaron una eternidad discutiendo el asunto. Parece que entre ellos también había desacuerdo. La verdad es que el tiempo fue pasando y la estatua se quedó en ese lugar. -¿Y dónde está ahora? -Cuenta papá que con el paso de los años se fue deteriorando. Y como siempre hay muchachos sin oficio, primero la manchaban y luego le tiraban piedras, hasta que le botaron la cabeza, por cierto que papá todavía se ríe cuando se acuerda de eso, y es que dice que por ese tiempo vivía aquí en Santa Marta de la Colina un señor muy ocurrente llamado don Honorio, y tenía una voz muy fuerte. Un día se detuvo frente a la estatua y haciendo un ademán de desacuerdo comentó con su gran voz como para que todos lo oyeran: “¡Ja! No hay mujer que no pierda la cabeza”. Hizo reír a todos los presentes y nunca olvidaron ese comentario. -Pues vaya que era agudo ese señor- comenté -Por último la estatua se cayó del todo, sólo quedó esa base de piedra, y, por supuesto, la leyenda del escultor desconocido. Pero la historia no termina ahí. Dice papá que un día unos escolares descubrieron en esa plancha unas palabras que todavía pueden leerse ¿quiere verlas? -Naturalmente Fuimos hasta el lugar y nos inclinamos sobre la plancha. Se apreciaban claramente los signos grabados a punta de cincel sobre la roca. Decía: “Todo puede caer. El amor vivirá por siempre” -Es asombroso –exclamé vivamente sorprendido -¿Verdad que si, profesor?- repuso ella sonriente -Tengo la impresión de que quien hizo esto no era una persona común y corriente- agregué- Para mí que fue alguien con grandes sentimientos y no poca sabiduría, y se me ocurre algo más… Ella se me quedó mirando un tanto asombrada por mis comentarios. Regresamos a sentarnos. -Pienso –le dije- que pocas cosas son fugaces en los pueblos pequeños y tranquilos. Lo que hizo esa persona debió causar conmoción en Santa Marta por mucho tiempo. - Tiene razón, profesor- apoyó ella- dice papá que desde que descubrieron esa leyenda, comenzaron a llamarle a este sitio “Monumento al amor” Así se le conoce desde entonces, y era aquí donde se citaban los enamorados de otro tiempo, los románticos, ja, ja, ja. - ¿Ya no lo hacen ahora? -No, por supuesto que no, sería ridículo - Bien –expliqué- Eso es parte del progreso que poco a poco va entrando a esta comunidad trayendo un cargamento de novedades, especialmente para la juventud, y borrando de paso costumbres y valores tradicionales, por cierto muy positivos. Sólo hay algo que no acabo de entender en esta historia que me ha contado. -¿Qué cosa? Profesor… -Usted me estaba hablando del enamorado de Rosalina. Se citaron aquí, pero ¿cómo terminó esa historia? -¡Ah! Es verdad ja,ja,ja. Es que olvidé decirle que fue en este mismo sitio donde Rosalina citó a Vladimiro aquella tarde. Ella nunca vino a la cita. Dicen que algunos vieron a Vladimiro poner sobre esa base de piedra el papelito que ella le envió. Ahí lo dejó y luego se marchó muy resentido. Jamás lo volvieron a ver en el pueblo. -Pobre muchacho- comenté- El destino, armado con su lápiz intemporal le escribió una historia de amor diferente. -Creo que si- repuso ella- Rosalina fue mala. Nada le costaba rechazarlo desde el principio pero hizo lo contrario, algunos cuentan que le dio esperanzas. -Bien. Con lo que me ha contado puede sacar la conclusión de que hay filosofía aún en un parque como este ¿De acuerdo? Asintió convencida y sonrió. -Creo que ha llegado la hora de irnos- indiqué- Debo decirle que he pasado unas horas muy agradables en su compañía. Para ser sincero, su presencia, su relato, todo ha sido perfecto. Muchas gracias, Yalila. -Por nada, profesor. Yo también he tenido una tarde muy bonita- dijo ella con voz suave. Hay quienes, como alguien dijo una vez, acuden a los parques con tristeza, con alegría o simplemente para librarse del fastidio. Como quiera que sea, el aire que se cuela por entre el follaje recoge y arrastra las inquietudes como si fuesen hojas secas, y conduciéndolas por sobre los arbustos las eleva sobre las doradas cúpulas y las hace remontarse como pájaros en desbandada. Por eso- pensé- tantas personas van a los parques, y a veces se detienen como embelesados a mirar los surtidores de las fuentes. Surtidores que manan, la mayoría de veces, de las bocas de ángeles de piedra, o de cisnes de cuellos interrogantes o de marmóreas estatuillas de Eros. Simbolismo de cielos serenos, o lagos de tranquilidad inmutable. O aladas representaciones del amor contradictorio, que quiere ser eterno y fugaz al mismo tiempo. Mientras regresaba con mi joven amiga, cada uno sumido en sus propios pensamientos, recordé la leyenda grabada a cincel en la tosca piedra del parque: “Todo puede caer. El amor vivirá por siempre” Y, lo confieso, imaginé que el amor personificado debía tener, indudablemente, la apariencia de mi amiga, a ratos delicada y a ratos atrevida. Y, mirándola de reojo, sentí que algo en mi vida sonreía. 6 En otra ocasión me encontraba en la pequeña plazoleta construida dentro del área del colegio, junto a los viejos y frondosos ceibos que crecían casi al borde de la calle. Tenía vacante a esa hora, así que dispuse revisar mis apuntes en aquel lugar tranquilo, pero en eso miré a Yalila venir hacia mí. Recién terminaba un examen y traía sus cuadernos apretados contra su pecho. -Hola –saludó- ¿Que hace aquí tan solito? -Preparándome para poner un examen en la próxima hora. Y usted ¿Como le fue? ¿Hizo bien su examen? -Mmm…no me siento muy segura, fue un examen muy difícil, el profesor Cirilo es “hueso” -¿Hueso? -Duro, pues, y no admite reclamos, aunque uno tenga razón. Se sentó cerca de mí con aquellos impulsos suyos tan impredecibles. -¿Ya vio eso, profesor? –dijo señalando el tronco del árbol que se erguía junto al descansadero que ocupábamos. -¿Se refiere a esas grabaciones que han hecho en el tronco? - Si –afirmó con un tono de traviesa malicia En efecto, el árbol ostentaba su corteza maltratada, no sólo por los años sino por las múltiples heridas inferidas en su tronco, nombres o iniciales enlazadas en corazones dibujados a punta de cuchillo. -En todas las épocas ha habido amantes tan apasionados como exhibicionistas –comenté acercándome al árbol- Mire esto: “Juan y Gabriela”, “Roberto y Nereida”, “PM y RZ se aman”. ¡Pobre árbol! Se me figura como uno de esos ancianos comprensivos que soportan sin quejarse toda clase de sinsabores. - Menos mal que ahora ya no se acostumbra hacer esas tonterías – replicó ella con convicción. -¿Ah no? ¿Cree de verdad eso? –repliqué a mi vez sin convencerme. -Claro que sí. Si se fija bien, esas letras son de hace varios años, cinco, diez, quién lo sabe - ¿Y ahora qué es lo que se acostumbra? –torné a inquirir -Mmm...No lo sé. Ahora es diferente, una puede andar con varios muchachos, salir con ellos, abrazarlos, pero sólo es amistad, nadie debe confundirse. Si alguien siente algo más por una, se lo dice y ya. -Entiendo- repuse - Hablando de otra cosa –expresó cambiando de tema- ¿Se ha fijado que los días parece que tuvieran distintos vestidos como nosotros? Este, por ejemplo, me luce como con un vestido gris, como si se hubiese echado encima un abrigo oscuro. - Tiene razón! –repuse, oteando el cielo grisáceo en el que parecían correr algunos nubarrones negros – Y ya que está comparando los días con las personas, a mí me parece este día más bien como un niño triste y aletargado. Mi miró interrogante. Escuché que exhalaba un hondo suspiro, y descubrí en su voz un matiz como de inconformidad. -Pero…los niños corren tanto, en un momento no se les tiene junto a una -señaló con cierta pesadumbre- Son como ciertos hombres. -¿De verdad piensa eso? –inquirí tratando de penetrar en sus pensamientos. -Si, lo pienso y lo creo así, aunque, claro, no todos los casos son iguales ¿verdad? -Desde luego, hay niños y hombres que son tranquilos, hasta diría que excesivamente tranquilos. Me miró en forma indefinible. Entonces noté aquella rara ambivalencia natural en su ser, y que en lo adelante me desconcertaría tanto. En aquel momento, su mirada parecía reflejar un abismo o un desierto gris, como el día que, según ella, parecía vestido de tonalidades oscuras y deprimentes. - No – dijo de pronto con énfasis- A mí me gusta que los niños jueguen, que corran, que griten. Los que no lo hacen están enfermos de tristeza. Siempre he creído que la contradicción es una característica muy marcada de la naturaleza femenina. La actitud que la chica asumía a veces me intrigaba. En ocasiones lucía ingenua y melancólica, en tanto en otras su atrevimiento sacaba de quicio a cualquiera. -Creo –le dije- que en todos los tiempos existirán sentimientos, aunque cambie la forma de expresarlos, siempre existirán actos y hechos semejantes. ¿Sabe lo que miré cuando vine a esta plazoleta? Negó con un movimiento de cabeza, en su mirada percibí un claro matiz de curiosidad. -Un joven estaba haciendo marcas en este árbol, por este lado de atrás ¿quiere verlas? Se acercó al árbol y miró las letras con fijeza: “Yali, te amo” Hizo un mohín de desgano. -Este fue el alocado de Javier comentó con acento de disgusto. -En efecto-repuse- dijo que su nombre es Javier. Tuve que quitarle el cortaplumas y llamarle la atención. -Es un muchacho iluso y terco- trató de explicar- Le he dicho un montón de veces que no me moleste, pero no entiende. -Eso que le pide algo que no es fácil para alguien que está enamorado –señalé -¡Bah! Y yo que voy a hacer –exclamó encogiéndose de hombros- No voy a engañarlo. -Tiene razón, pero ¿sabe? Aunque la actitud de él es inconveniente, no deja de dar pena un joven que se enamora contra toda esperanza. No dudo que por eso haya querido cobrárselas con este pobre árbol. Sonrió divertida por mi comentario, pero enseguida tornando a ponerse seria expresó con vehemencia. -No es por eso, profesor. Javier es un alocado y caprichoso. Un día que íbamos a clase con el profesor Moncada, se subió a la cátedra y gritó ante todos los compañeros:”Yali, te amo” y comenzó a lanzarme besos, así con la mano. Me puse furiosa, le tiré los libros encima y salí del aula. No sé ni cuántas cosas le dije ese día, desde entonces no me habla. -¿De veras? -Si, profesor, ya lleva como un mes sin dirigirme la palabra. Asentí con un movimiento de cabeza -Entonces está usando el libro de planes –comenté sonriendo abiertamente. Ella me miró sin comprender -¿El libro de qué? –inquirió desconcertada -El libro de planes -¿Y ese libro cual es? Nunca lo había oído mencionar- expresó -Es uno que se ha usado en todas las épocas, especialmente por ciertos jóvenes que tienen dificultades para desenvolverse con naturalidad en sus relaciones con el sexo opuesto, y principalmente cuando una chica les gusta. -¡Vaya! –Exclamó sonriente- ¿Por qué no me cuenta de ese libro, profesor? Debe ser divertido. -Lo haré en otra ocasión. Se lo prometo. Ahora debo ir a poner el examen, faltan solamente diez minutos para entrada. -¡Que le vaya bien! –exclamó, al tiempo que yo apuraba el paso- Y deje que los muchachos se digan algunas respuestas. No sea malo. 7 Una tarde que llegué a casa de Yalila, doña Agustina, su tía, me indicó que esperase en la pequeña y acogedora salita. -Esa muchacha debe andar por el huerto- explicó- Allá pasa la mayor parte del tiempo en medio de ese montón de animalitos que tiene. -¿Animales? ¿Qué clase de animales?- pregunté sorprendido. -Ya veo que no le ha contado todavía –repuso ella- ¡Si viera usted! Tiene casi dos docenas de pájaros. Lo que es a mí al principio no me gustaba tanto animal, pero al oírlos cantar poco a poco me fui encariñando con ellos. -¿Podría entrar a verlos? –solicité un tanto dubitativo. -Claro, profesor, pase usted, no tenga ninguna pena. -Gracias –dije, dirigiéndome hacia dentro de la casa. Al trasponer el corredor interior, me encontré de pronto con un jardín increíble poblado de las más variadas y aromosas flores. Avanzando por entre bancos y maceteros rebosantes de plantas, fui a dar al huerto interior poblado de frutales de diversas especies. Colgando de las ramas descubrí una multitud de jaulas cada una con su cautivo huésped. Ahí estaba Yalila, hablándoles a sus pájaros con vocecilla tierna, como quien les habla a los niños. Como me gustaba verla contrariada, avancé sigilosamente tratando de que no me descubriera. -¿Sabe que en el vecindario anda alguien matando todo tipo de aves? – dije, a guisa de saludo. Volteó sorprendida -¿Qué? – Repuso con asombro- ¡Profesor! ¡Usted aquí! Es lo que menos esperaba. Pero… óigalo bien, si ese gato que dice viene por aquí…lo ahorco con mis propias manos. ¡No les tocará una sola pluma a mis pájaros! -No es un gato, ni ningún animal –agregué gravemente. -¿Entonces qué es? -Se llama encierro, y enferma gravemente a los pájaros como a las personas. -¡Vaya que cosas! – exclamó Yalila haciendo un mohín de fingido disgusto- Ya sabía yo que era una broma... -Pues no lo es, querida señorita, es una verdad –expresé. Ella me miró con cierto desplante, incrédula. -Profesor. Usted mismo nos ha dicho que en este mundo no hay verdades absolutas. ¿Sabe qué? Le aseguro que estos pájaros son muy felices aquí conmigo, más que si estuvieran libres. -¿Lo cree así? -Estoy segura –proclamó con una sonrisa. Miré a mi alrededor. En su casa tenía mirlos saltarines e inquietos que gorjeaban en cada amanecida. Tenía zorzales melancólicos, alondras altivas y guardabarrancos que regaban un caudal de entremezcladas notas musicales. Los oí ese día y me asombré. Su casa siempre ha sido un templo de pájaros cantores -pensé- Orquestación eterna en la fronda de la vida. Armonía perfecta de la aurora al crepúsculo. -Sabe algo Yalila. Si me fuera posible cambiarle su nombre, la llamaría Canción, o Armonía, o Melodía. Hubo en su mirada un rasgo de íntima satisfacción o de halago, quizás. -¿Y por qué me cambiaría el nombre? ¿Acaso no le gusta el que tengo? - Si, me gusta mucho, pero al verla ahí en medio de tanto pájaro, pienso que su nombre, especialmente cuando le dicen “Yali”, es como el piar de una golondrina en primavera, como un canto en flor, como la sonatina de un ave volandera... Soltó una risa fresca, amplia, desenfadada -No me cuentee tanto, profesor, mejor deje que le diga los nombres de mis pájaros. ¿Sabe que a todos les he puesto nombre?- inquirió entusiasta. -¿Ah si? ¿Y cómo ha hecho para inventar tanto nombre? Aquí debe haber más de dos docenas de aves. -Bueno –explicó complacida- Siempre me fijo en lo que hace cada pájaro, en cómo canta, en cómo me recibe cuando vengo a alimentarlos. En fin, cada uno tiene un modo diferente. -¿Y todos son cantarines? – pregunté escuchando aquella sinfonía de trinos. Ella hizo un gesto de desaliento -Hay uno que me da mucha pena, es muy chiquitico. Siempre parece estar triste, nunca le he oído cantar. ¿Quiere verlo? -Claro Me condujo hacia otra parte de huerto. La jaula colgaba de la rama de un almendro. Cuando estuvimos cerca, ella empezó a hablarle con diminutivos, a silbarle y hacerle toda suerte de mimos. Noté que le causaba verdadera pesadumbre el pajarillo aquel, pequeñito y tímido, con el plumaje de un blanco abrillantado. -Este nunca canta –expresó con voz trémula- No sé de que clase es. No sé como llamarlo… -Si –afirmé observando la esmirriada avecilla- Se le nota la tristeza. Me miró de pronto y en sus ojos pareció brillar una esperanza. Sonrió. -¡Ya sé, profesor! Usted puede ayudarme a buscarle un nombre ¿verdad que sí? -Bueno yo…no tengo mucho arte para esto ¿Por qué no lo llama “Lucero”? Sus plumas son brillantes – dije como para salir del apuro. Reflexionó unos segundos -No –repuso con cierta decepción- Los luceros brillan en las noches más oscuras, alegran las noches haciendo guiños desde el cielo. Y este pobrecillo… -Entonces llámelo “Silencioso”, el nombre le encaja bien- señalé. Por un buen rato ella se quedó mirando la avecilla con un leve gesto de congoja. Meneó la cabeza de un lado a otro en señal de negación. -No –expresó con voz queda- con ese nombre lo terminaría de matar. Yo quiero darle un nombre alegre, bullicioso ¿comprende? Asentí con un movimiento de cabeza -Haremos una cosa- anuncié- buscaré en mis libros una lista de nombres apropiados y se la traeré otro día. Podrá escoger el que más le guste. -¿Lo promete? profesor -Lo prometo, señorita Yali Sonrió con satisfacción, luego, con cierta malicia proclamó: -Ya me ha hecho dos promesas hasta ahora, voy a comprobar que tan cumplido es usted, profesor -¿Dos? ¿Cuál es la otra? –inquirí rascándome la cabeza. -¡Ah! ¿Verdad que ya no se acuerda? Usted me dijo en el colegio que me iba a explicar el libro de...no sé qué cosa, el que utilizan algunos muchachos con las chicas. -¡Claro!- exclamé recordando de golpe- Cómo pude olvidarlo. Usted se refiere al libro de planes, por supuesto. -Bueno, pues ahora tendrá que explicármelo mientras le invito a una taza de café ¿de acuerdo? -De acuerdo, pero le advierto que esa historia la hará reír, o, quién sabe, así como es usted a lo mejor se enoja – advertí sonriente Ella sonrió complacida. Enseguida nos encaminamos hacia el corredor, me invitó a sentarme en una de las sillas mecedoras de viejo estilo, ubicadas con vista hacia el jardín. -Voy por el café –anunció con una amplia sonrisa- Mientras tanto vaya recordando todos los detalles de ese dichoso libro de planes ¿De acuerdo? -De acuerdo –repuse, mientras me balanceaba en la silla con inocultable complacencia. Regresó poco después con la bandeja del café y panecillos, depositándola en una mesita entre las dos mecedoras. - Mi tía es una especialista en hacer este pan. Estoy segura que le gustará, profesor –anunció con una sonrisa- ¿Sabe usted que muchas personas de Santa Marta de la Colina le hacen encargos para fechas importantes? Es famosa ella en este lugar. -Ya me habían dicho en el colegio, creo que fue la profesora Erlinda. -¿Ah si? Pues fíjese usted que para la feria del pueblo tiene que preparar grandes cantidades de estos rosquetes, la pobre no se da abasto con tanto pedido. En efecto, aquellos panecillos tenían una textura y un sabor especial, lo comprobé con los primeros mordiscos. -Esto sabe a gloria – comenté – Se nota que doña Agustina es una experta. -Me alegro que le gusten. Le prepararé algunos para que los lleve, pero ahora, mi querido profesor, soy toda oídos. 8 Se balanceó en su silla mecedora, al tiempo que sostuvo su mentón con la mano derecha. Yo sorbí un trago de la aromática bebida y despejé mi garganta como quien se prepara para cantar una melodía. -Pues bien, mi querida –comencé con tono grave- Lo primero que le diré y que la sorprenderá sin duda alguna, es que el famoso “libro de planes” no es un libro que alguien escribió, pero que muchos parecen haber leído, por lo que hacen ¿Comprende? Meneó la cabeza en señal de negación, y en sus labios se dibujó un gesto de escepticismo. -No entiendo –expresó con desenfado- ¿Cómo se puede leer un libro que nadie ha escrito? Además ¿De qué trata ese libro? ¿Lo leyó usted? - Poco a poco, querida –repuse, haciendo un ademán con las manos como quien intenta detener una avalancha- Yo diría que el libro este trata sobre el eterno tema del amor. Usted sabe que de eso han hablado todo tipo de personas, pensadores, filósofos, escritores, han hablado de ello antes, ahora y lo harán en el futuro, eso téngalo por seguro. Sorbí otro trago de café y terminé de engullir un panecillo. Ella no apartaba su vista de mí ¿Tanto le fascinaría aquel tema? Pensé, luego continué: -Yo he sacado como conclusión que el amor es cosa seria. Dando por hecho que existen diversas formas de amor, desde luego, y que en cada una de ellas encontraremos ejemplos excelsos a través de los tiempos. Pero si hablamos del amor pasional entre un hombre y una mujer, parece que la cuestión se vuelve complicada. Esa forma de amor ha venido causando destrozos al paso de los siglos. Hombres que pierden el paraíso, reyes que matan a sus subalternos para quedarse con la mujer ajena, o que pierden su corona, o su cabeza, o abjuran de su poder y su riqueza, o renuncian a sus creencias, o hunden a sus pueblos en la rivalidad, la guerra y la muerte por el amor de una mujer. Traiciones, engaños, intrigas, descrédito, todo…todo por el encanto de un encuentro prohibido, pero lleno de un encanto irresistible para ellos. -Si yo fuera rey no daría mi corona por una mujer –sentenció ella sonriente. -Hum ¡Quién sabe! –Repuse escéptico- Hay reyes que han dado más que eso. Pero sigo contándole. El libro de planes, ja, ja, ja… siempre que lo recuerdo me hace reír. Es que contiene…algo así como unas “estrategias” que siguen algunos chicos tímidos que no se atreven a declararse abiertamente a una muchacha. Eso ocurre por alguna razón, real o ficticia, que los obliga a seguir esos comportamientos realmente absurdos, o ridículos, si usted quiere, pero que en ellos son formas obligadas de actuar. Ellos no hablan con franqueza y naturalidad, más bien insinúan, y esperan una respuesta positiva para sus pretensiones amorosas. -Pero si no hablan ¿Qué hacen? –preguntó sonriente. -Bueno…el “plan número uno” consiste en “hacerse el indiferente” aunque se esté quemando por dentro. -¡Aaah! -Naturalmente el pobre diablo que sigue ese plan seguramente ignora lo que dice un pensador por ahí, que la mujer es maestra en el arte de actuar, y rápidamente le adivina al desdichado que está fingiendo. -¡Por supuesto! una sabe bien cuando alguien está enamorado, aunque se haga el tonto ¡Vaya! -Eso es exacto, pero deje que le siga mencionando. El plan número dos es “hacerse el enojado” por…por cualquier cosa. Ante la presencia de la chica o por algo que ella dice o hace, él se finge bravo, resentido. -¡Ja, ja, ja, ¡No puede ser! -Plan número tres: “decir que uno se marcha del lugar” Por supuesto que es una mentira, pero el pobre chico espera que ella le diga: “No, por favor no te vayas o me muero” -Ja, ja, ja, yo he visto, yo he visto eso –indicó ella -¿Verdad que da risa? Pero el que lo está experimentando vive en un infierno. Continúo: plan número cuatro: “Hacerse el enfermo”, con eso trata de despertar algún sentimiento de piedad en la chica. Hay algunos que hasta se han tirado por el suelo fingiendo que tienen un síncope... -No ¡que barbaridad! ¿Y que logran con eso? -No lo que ellos esperan. Plan número cinco: “Pedirle a una amiga, o incluso a una pariente que les escriba en el cuaderno una frase apasionada para ellos, y tratar de que la chica la mire” -Pero… ¡Qué tontería! –exclamó ella -Plan número seis: “Decir que uno tiene otra, o fingir que quiere a otra” ja, ja, ja, ja -Y usted que se burla, profesor -Plan número siete: “andar en el bolsillo de la camisa una carta o postal, suficientemente visible para que ella se entere y pregunte. -Y que pasa si ella no pregunta- inquirió con cierta gravedad. -Eso es lo más seguro. Ella no preguntará nada, y si en caso pregunta él dirá que se la envió una amiga que tiene en otro lugar. Pero le dará un tono especial a la palabra “amiga” -¡Si que es una tontera! No sabe que con eso más bien se hunde –señaló ella -El pobre chico no lo sabe, él lo que quiere es provocarle celos a su amada. -Pero… ¡No! -Plan número ocho: “Decir que está preocupado, y si por fortuna ella preguntara por qué, decir que le preocupa haber dejado embarazada a otra chica, en otro lugar por supuesto. -¡Qué!... ¡Yo mando a volar a un estúpido así!- exclamó con vehemencia, como si se tratara de algo real y tuviese que ver con ella. -Eso es exactamente lo que hace la mayoría de muchachas –subrayé- Lo que sucede es que el pobre chico, víctima de la inseguridad, recurre a semejante plan pensando que provocará en ella una reacción de llanto, lo cual le indicará que ella lo quiere. -¡Vaya estupidez!...pero ¡un momento! Usted me dijo que en una ocasión puso en práctica esos planes ¿no es cierto? –interpeló con tono inquisitivo. -Es verdad, y es más, la mayoría de chicos de mi generación lo hicieron. Lo que ocurre es que en mi época no había libertad de relacionarse con naturalidad como ahora. Si uno pretendía una chica primero topaba con los padres, además, a las chicas las mantenían como se dice “a mecate corto”. -Pero entonces ¿cómo se hacían novios? ¿Cómo llegaban a casarse? -Cuando había aprobación de los padres, pero en infinidad de casos muchas muchachas se casaron con hombres a los que no querían, ni ellos las querían por la buena. -Yo hubiera salido huyendo –exclamó contrariada. -Eso hicieron muchas, pero ni el quedarse ni el huir arregló la situación. Fueron pocos los éxitos y muchos los fracasos. Al no existir libertad de relacionarse con naturalidad, sin ninguna malicia, se generó una doble moral. En los chicos, el “libro de planes” fue eso: Hacer muchas veces lo que no se quería, decir lo que no se sentía, y pensar en cosas diferentes a las que se hacían. -¡Que triste! - susurró Esbozó una leve sonrisa, como si se alegrase de no encontrarse en la época que yo le describía. -Y ¿esos son todos los planes del libro? –preguntó quedamente. -Hay más, pero ya no podré contárselos, se ha hecho muy tarde y debo marcharme. Me acompañó hasta la puerta. Cuando ya me marchaba dijo de pronto: -No se le olvide cumplir su promesa, profesor Me detuve en seco mirándola interrogativo. -¿Promesa? –Dije mirando hacia el suelo- ¡Ah sí!...los pájaros, claro… -Ya lo había olvidado ¿verdad? -Si, digo, no, por supuesto que no, hasta luego ¿eh? Agitó su mano diciéndome adiós, no obstante, cuando doblé la esquina una cuadra adelante, miré que aún permanecía de pie junto a la puerta de su casa. 9 Cuando llegué al colegio aquella fresca mañana de septiembre, encontré a los chicos llenos de un entusiasmo desbordante. Se habían despojado del uniforme diario y vestidos con ropas comunes y corrientes, comentaban con inocultable alborozo los acontecimientos que tendrían lugar ese día y que para ellos constituían toda una aventura. Un joven de aspecto desgarbado vino corriendo hacia mí cuando ingresaba al edificio principal. -Profesor Bruno, a usted le toca ser nuestro guía ¿verdad? ¿Puede decirme a que lugar iremos de paseo? -Iremos al río Apaguay, jovencito, pero ¡atento! No se trata de un simple paseo sino de una práctica de observación de nuestro ambiente ¿De acuerdo? -Si, profesor -Muy bien, dígales a sus compañeros que se reúnan en el aula, en un momento estaré con ustedes –indiqué Más tarde, cuando estuve reunido con ellos, por primera vez noté en Yalila un gesto de profunda tristeza, algo verdaderamente inusual en su modo de ser. Avancé con los chicos por un abrupto sendero rodeado de frondosa vegetación. En esa ocasión noté con extrañeza que ella no hizo ningún intento por acercarse a mí, antes bien, se mantuvo alejada y, a diferencia de los demás estudiantes, la observé callada y distante. En cierto tramo del camino ordené hacer un alto. Los chicos se desparramaron buscando sentarse en cualquier saliente, roca o montículo que les pareció apropiado. Dirigiéndome al grupo les dije en voz alta: -Jóvenes, su atención por favor. Quiero que se fijen bien en la belleza natural de este lugar. En la variedad de la vegetación que crece aquí libre y espontáneamente. Este bosque es un orgullo para Santa Marta de la Colina, y representa salud y bienestar para todos sus habitantes. A ustedes que son el futuro de esta región les digo ahora con plena convicción: cuiden esta floresta que es refugio de tantas especies animales, que purifica el aire que respiramos y protege el agua que consumimos. Amen estos bosques, muchachos, así como ellos nos aman a nosotros. Recuerden que hay lugares en el mundo en donde la aridez consume los cuerpos y los espíritus y en donde seguramente desean tener siquiera un poquito de esta vegetación maravillosa. Quiero que me hagan hoy una promesa: cuando sean mayores y si acaso les tocase conducir los destinos del país, jamás se presten a destruir este don inapreciable con que Dios nos ha bendecido. ¿Lo prometen? - Si, profesor – exclamaron en coro. Luego escuché sus aplausos espontáneos y sus gritos entusiastas- ¡Bravo, profe! ¡Buena, profe! -Muy bien –expresé sin ocultar mi complacencia- Ahora, continuemos caminando. Una hora más tarde llegamos a la ribera del río Apaguay, cuya corriente límpida y silenciosa, discurría como un ancho hilo de plata por entre la lujuriosa vegetación. Muchos jóvenes anunciaron su intención de tomar un baño en aquellas frescas aguas, otros se prepararon para descansar bajo la arboleda y otros más se aprestaron a encender hogueras en terreno limpio para calentar sus alimentos. Busqué una saliente rocosa para sentarme y beber un poco de refresco que llevaba en mi mochila. Desde donde estaba situado podía observar cabalmente a los chicos y disfrutar a plenitud el hermoso panorama que se abría ante mis ojos. En eso estaba cuando llegó Yalila. El velo de tristeza que noté en su rostro a la hora de salir, aún persistía en sus agraciadas facciones. -Hola, profesor –dijo con vocecita triste -Hola Yalila, que bueno que aparece por aquí, desde que salimos del instituto quise decirle que le traje lo que le prometí – indiqué al tiempo que le alargaba una hoja de papel cuidadosamente doblada. Cuando lo leyó advertí que sus ojos brillaban más de lo acostumbrado. Había lágrimas en ellos. -Gracias, profesor – dijo quedamente frotándose los ojos con los dedos de su mano derecha. -¿Ocurre algo? – Inquirí realmente sorprendido - Desde que la miré hoy por la mañana noté que algo le preocupa. ¿Puedo ayudarla? Guardó silencio un momento mirando hacia la lejanía. -Veo que encontró bastantes nombres –repuso forzando una sonrisa-¡Vaya nombres!...”Albatros” me parece muy ostentoso… ”Serpentinero” muy…muy audaz “Halconcillo” muy pretencioso... Sonreí, encogiéndome de hombros indefenso -Todos estos nombres evocan cantos agudos gritos desafiantes, vuelos audaces –balbució con voz melancólica- Son bonitos, pero no son apropiados para…para mi pobre pajarito encogido de frío y tristeza. -Lo siento, fueron los únicos que encontré, pero sé que hay más, buscaré otros – repuse apuradamente. -Ya no es necesario, profesor –musitó sollozante -¿Por qué? ¿Acaso?... -Ayer cuando iba a alimentarlo…lo miré cuando hizo esfuerzos por escapar por un hueco que yo no había notado- explicó con voz quebrada- Lo miré luchar hasta hacerse sangre… y luego remontar el vuelo, parecía…una mariposa de colores. Era de color blanco ¿recuerda? Asentí con un movimiento de cabeza. Continuó: -Pues…parecía un rubí en el lienzo del cielo, por la sangre. Fue la primera vez que lo escuché cantar. Piaba, piaba, como diciendo olvido, olvido, olvido –expresó con acento trémulo. Le ofrecí mi pañuelo para secar las lágrimas que brotaban incontenibles de sus hermosos ojos. -Olvido – repetí siguiendo una intuición- Quizás ese es el nombre que mejor le encajaba. Me miró fijamente un poco sorprendida. Luego su vista pareció perderse en la lejanía. En aquel sitio las montañas parecían desvanecerse en el inmenso llano que se extendía en la otra ribera del río. Caminó unos pasos y con los ojos entrecerrados aspiró con deleite el aire fresco que llegó de pronto procedente de la otra orilla. -A veces pienso que alguna vez yo también habré de marcharme tras esas montañas – expresó como hablando consigo misma- Me gustaría tanto conocer lo que hay allá, allá donde las montañas parecen unirse con el cielo. -¿Acaso nunca ha viajado a otras ciudades? –pregunté, mirando también hacia el horizonte. -Sólo una vez, siendo muy pequeña mis padres me llevaron a la capital. Es muy poco lo que recuerdo. Pero en sueños, en sueños he viajado mucho- repuso sonriendo. -Me lo imaginaba – indiqué- Siempre me pareció una peregrina de ensueños. Un camino, como un pájaro, despiertan en usted anhelos de andanza y aventura que no puede ocultar. -Es verdad –afirmó- Pero ¿Cómo se ha dado cuenta de ese detalle? –inquirió mirándome con fijeza y ya sin lágrimas. -Observándola, por supuesto, pero eso es hasta cierto punto peligroso. - ¿Peligroso? ¿Por qué? –volvió a preguntar, intrigada -Tengo la impresión de que es una viajera en medio de un mar desconocido. Su barca de anchas velas blancas es impulsada hacia regiones que se encarga de forjar su fantasía. Si he de ser sincero, la naturaleza que le ha concedido tanta gracia le ha dado también una imaginación creadora, pero desbordada…tanto, que podría darle a este paisaje el toque multicolor que le hace falta para hacerlo más sugestivo, o hacer brillar nuevas estrellas en una noche iluminada por miríadas de ellas. -¿De verdad lo cree así, profesor? -Desde luego –subrayé- Usted es capaz de describirme una región fantástica, probablemente inexistente, pero a la que sabe dar matices de realidad. -¿Todo eso piensa de mí? -Más que eso, pienso que es una muchacha y a la vez una historia inconclusa. Una historia que puede comenzar en la orilla de este río y quedar suspendida en una rayo del sol poniente. En verdad, a veces me parece una interrogación… -¡Vaya! – Exclamó complacida - ¿Y qué otra cosa piensa de mí? -Creo que muchos desean tenerla cerca y escucharla, pero que son pocos los que la comprenden, porque por otra parte usted es en sí una contradicción, a veces me parece atrevida hasta la temeridad, otras frágil y delicada. No me extraña que de pronto comience a preguntarse ¿que hay más allá del horizonte? ¿Qué hay más allá de aquella estrella? Como le he dicho, su imaginación la lleva a crear mundos de fantasía, paisajes utópicos, quimeras irrealizables… -Mas que profesor parece adivino –dijo esbozando una amplia sonrisa. -Sus rutas imaginarias siempre tienen un destino. Sus mares, un puerto de arribo. Sus sueños, una conclusión placentera. Pero hay algo a lo que le teme, y es a la duda; eso sí parece perturbarla bastante- expresé con convicción. Me miró con admiración, casi con ternura -Es…cierto – reafirmó -Se que nunca quiere quedarse en el punto de ignorar algo que le interesa. Si no conoce algo, es capaz de imaginarlo. Todo eso es bueno, pero hay, como le dije antes, un peligro. -¿Cual, profesor? –inquirió con voz trémula - Que las realidades no son castillos encantados sino fortalezas casi inexpugnables. Su belleza, querida, está en su serenidad de espíritu. En un mundo azotado por la tempestad usted es un puerto de calma. En un desierto calcinado por los soles inclementes, es un oasis de frescura. Un faro en la noche tormentosa y oscura... -¡Caramba, profesor, cualquiera pensaría que me está cuenteando! – exclamó con acento travieso. -No es cuentear si le digo que no confunda realidad con fantasía. Yo no quiero que su limpia corola se marchite. Si alguna vez se marcha de aquí no permita que otras latitudes consuman su alma limpia y cambien su modo de ser, a la vez vivaz y tierno. Yo puedo asegurarle que más allá de esas montañas hay algo parecido a un desierto, frío y paradójico. Allá los ruidos proliferan, la tranquilidad se rompe a cada instante en miles de fragmentos como los que produce el choque de la corriente contra el acantilado. Los seres son como mundos adversos, hostiles, que chocan entre sí estrepitosamente. No todos, por supuesto, pero abundan los enjambres de moscardones venenosos ansiosos de inyectar su veneno. -¿Tan malas son las cosas allá? –preguntó con acento susurrante. -No del todo, pero allá es más fácil considerarse o ser extraño en medio de extraños. Los seres compiten usando las peores armas, o sea, no lo hacen en buena lid en la mayoría de veces. Como lo dijo un gran pensador: pareciera que cada uno piensa que el otro quiere quitarle lo que considera suyo, y se apresta desde antes a atacar y despojar al otro. -Cualquiera diría que usted es un pesimista, profesor – subrayó – Hablándome así, me asusta. -Pudiera ser…pero es que usted a veces me da la impresión de ser como los pájaros. Ellos también se asustan antes del primer vuelo. Los espacios son amplios, infinitos, y sus alas pequeñas y débiles. Temen caer y lastimarse, no poder alzar vuelo y remontarse. Pero el viento les empuja y les lanza al infinito como pequeñas estrellas fugaces. Se van, y en la floresta sólo quedan los ecos desvaídos de sus cantos, y sus nidos vacíos, huérfanos de calor y alegría. -Entonces, según lo que usted me dice, allá no hay alegría, amistad, amor…. ¡No lo puedo creer! - exclamó escéptica. -Bueno, no es para tanto. Quizás es que yo prefiero que no se vaya, pero sé que es algo imposible, terminará marchándose de todos modos como su pájaro ¿no es cierto? Me miró con aquella actitud traviesa tan característica de ella, y esbozando una enigmática sonrisa, expresó -¿Y qué pasará si allá nos encontramos alguna vez, profesor? No supe que responder. En ese momento un bullicioso grupo de chicas llegó a invitarnos para que fuésemos a disfrutar del guisado campestre que habían preparado. 10 El sonido de la campana seguido de las carreras de los chicos, me sacó súbitamente de aquella especie de contemplación extática en que había caído mientras desfilaban por mi mente las escenas más calidas desde mi llegada a Santa Marta de la Colina. -Profesor Bruno, tiene vacante a esta hora ¿verdad? –escuché que me decían. -¿Eh? ¿Vacante?... pues no sé….quiero decir, si, sí, parece que a esta hora tengo libre- contesté, al tiempo que trataba de comprobarlo en mi libreta. - El Consejo Directivo está reunido, me pidieron le avisara que lo están esperando – dijo el profesor Moncada dirigiéndose, acto seguido hacia una de las aulas. - Gracias, profesor, voy ahora mismo – repuse. Di unos cuantos toques en la puerta de la Dirección. Al entrar noté que había cuatro compañeros de trabajo reunidos con el director. Ellos formaban el Consejo Directivo y se reunían cuando había que asumir decisiones trascendentales para la institución -Buenos días, compañeros –dije saludando en general. -Adelante – contestó el director Silvano Rocas, viejo maestro de complexión mediana y aspecto adusto- Tome usted asiento, por favor. Sólo faltaba usted para dar inicio a la sesión. Ocupé un asiento. No pasó desapercibida para mí la expresión grave de todos los presentes. Intuí que algo importante se discutiría en esa reunión. -Profesor De la Fuente, como presidente del Consejo Directivo del colegio San Clemente, es mi deber informarle que esta instancia ha tomado una resolución sobre la solicitud de licencia que usted nos presentó –anunció el director Rocas al tiempo que se ajustaba los lentes sobre la nariz- Antes, sin embargo, hemos querido escuchar de su propia voz si mantiene en pie su solicitud o ha pensado en reconsiderarla, además, debemos informarle de otras cuestiones bastante delicadas. Así que tiene usted la palabra. Miré a mis compañeros con cierta inquietud. No parecían los hombres y mujeres de siempre, ocurrentes y dicharacheros. El profesor Alamo, de ciencias sociales, esbozaba una sonrisa forzada, casi una mueca. La profesora consejera, Anita Rosas, tan simpática y equilibrada, lucía desanimada y era evidente que rehuía mi mirada. La subdirectora Arancibia, de fuerte carácter y continente hasta cierto punto altanero, me observaba detenidamente tras los grandes y redondos aros de sus lentes, como si desease penetrar en mis pensamientos, y el profesor Henríquez, tan jovial y ocurrente siempre, me pareció en esa ocasión un tanto meditabundo, preocupado en extremo. -Naturalmente que sostengo mi petición de licencia- afirmé con convicción- Necesito arreglar algunas cosas. Observando cuidadosamente una hoja de papel el director Rocas prosiguió: -Usted nos plantea aquí la necesidad de atender asuntos personales urgentes, como fundamento capital de su solicitud ¿No es cierto? -En efecto, así es -De acuerdo. Su solicitud parece conforme con el reglamento, sin embargo, según me lo ha manifestado, este Consejo desea discutir previamente con usted un asunto que la profesora Arancibia le hará saber en este momento, se trata de algo delicado a todas luces, pero que estamos obligados a resolver ahora mismo, profesora Arancibia, tiene usted la palabra. -Efectivamente- repuso la aludida con tono grave- Tengo aquí, profesor De la Fuente, un acta de sesión anterior de este consejo que en su parte resolutiva determina que usted ha venido cometiendo serias infracciones a las leyes educativas vigentes, en lo que concierne a su relación con los alumnos, específicamente con las señoritas. Tenemos conocimiento de que usted ha violentado el espíritu y la letra del título….déjeme ver….sí….del título “De los profesores”, capitulo séptimo, artículo 20, de la ley educativa vigente…permítame que se lo lea, dice aquí…dice aquí…. Me quedé de una pieza, como si me hubiesen dado un mazazo inesperado en la nuca. No obstante, reaccioné a tiempo. -No es necesario que lo busque, señora subdirectora- indiqué con voz firme- conozco bien ese artículo, es el que señala que los profesores tenemos estrictamente prohibido todo trato amoroso con los alumnos de la institución. Ella achicó sus ojos hasta que adquirieron la apariencia de dos rayas tras los lentes. -En efecto, así es…y califica también esta conducta como muy grave y a la que se deben aplicar sanciones del mismo tipo- añadió la profesora Arancibia con voz fría, metálica. Se hizo un silencio pesado en la reunión. Un ave volandera apareció de pronto tras los ventanales haciendo alocados giros en su vuelo. Planeaba, piaba, revoloteaba, retornaba una y otra vez en su vuelo juguetón y errático. Era evidente que algunos de los compañeros se encontraban incómodos en medio de aquella situación embarazosa. Yo, por el contrario, experimenté una extraña oleada de jubilosa satisfacción. Muchas veces, en el curso de los años, me había hecho a la idea de lo que sucedería si me encontrase en medio de un caso parecido. El ave volandera torno a girar, gorjear, revoloteando insólitamente tras el ventanal. -Señores- exclamé poniéndome de pie- ¿Qué es esto? Esta situación me sorprende y me indigna. Si ustedes no me dan una pronta explicación sobre semejante acusación, me siento inclinado a sospechar que se trata de una pobre estratagema para violentar mis derechos como docente. Así que les ruego que hablen con claridad para poder entendernos. -¿Estratagema de quién o de quienes? Es usted quien debe ser claro en sus apreciaciones, señor mío, recuerde que se encuentra frente al Consejo Directivo, y lo que está diciendo es una acusación seria – tronó la profesora Arancibia con acento cáustico -La acusación me la hace este Consejo a mí –puntualicé con convicción- Y como usted lo dice, se trata de una acusación seria. De modo que exijo formalmente se me presenten las pruebas de lo que se afirma en esa acta a la que usted hizo alusión. Quiero pruebas de que mi relación con alguna señorita de este colegio ha sido indebida o inapropiada. ¿Está claro? -Yo opino que el profesor De la Fuente debe calmarse- Intervino el profesor Álamo con gesto aparentemente conciliador- Si se le ha convocado a esta sesión es para dilucidar esta situación en forma profesional. No veo por qué debamos exaltarnos o llegar a extremos que nadie desea. Considero que este problema puede resolverse aquí mismo sin mayores escándalos. -Un momento, señor –dije dirigiéndome a él - Lo que se discute aquí no es la simple travesura de un alumno o cosa por el estilo. Este Consejo ha dejado constancia de que su servidor ha violentado las leyes educativas al sostener relaciones indebidas con alguna alumna. No sé a que alumna se refiere y espero que me lo digan claramente. Como estoy seguro de que no podrán hacerlo por tratarse de una falsedad, le exijo hoy, en este momento, a este Consejo que me certifique las pruebas correspondientes que le sirvieron de base para tomar una resolución como esa. Es más, exijo que se citen aquí, ahora mismo, a la señorita o señoritas perjudicadas ¿Está claro? Los miré revolverse en sus asientos con desasosiego. El director Rocas, visiblemente nervioso, y tratando en lo posible de mantener una actitud ecuánime, intervino en el debate. -Debo admitir que el Consejo se precipitó al tomar esa resolución en la sesión anterior, y, sin duda, debemos ver la forma de corregir ese lápsus, para bien del profesor De la Fuente y de la institución. Yo no presidí la sesión anterior, ya que estuve ausente ese día por razones de salud, así que me gustaría que la profesora Arancibia, que la presidió, nos informara todo lo referente al caso, además, que cada uno de ustedes, señores profesores, expliquen la forma en que razonaron su voto en esa ocasión. ¿Está usted de acuerdo, profesor De la Fuente? -Me parece razonable, señor director, y estaré de acuerdo siempre y cuando se me den las pruebas concluyentes que he exigido- repuse. Volví a tomar asiento. Los profesores se revolvieron en los suyos, ostensiblemente nerviosos. -Bien…lo cierto es que el trato, la forma de relacionarse con sus alumnas no es nada ortodoxo, profesor De la Fuente. Usted las trata con demasiada confianza, con flojedad diría yo, y si ese trato no es una forma de coqueteo, dígamelo usted, porque en todo caso yo, particularmente, estimo que ese tipo de comportamiento no es el apropiado para mantener la disciplina en la institución- terció la profesora Arancibia. -Esa es su opinión señora –señalé a mi vez- pero que no va al punto de la cuestión. Se me acusa de algo muy serio, y quiero saber quién o quienes formularon tal acusación ante este Consejo Directivo. ¿Fue usted acaso? ¿Fue otro compañero? Quiero saberlo. El profesor Álamo se incorporó y caminó hacia el ventanal visiblemente perturbado. -Profesor De la Fuente –dijo con voz ronca y mirándome fijamente - yo insisto en que esta situación debemos arreglarla aquí mismo y sin mayores escándalos. Me voy a tomar la atribución, con el permiso de los compañeros, de aclararle que todos los miembros del Consejo estuvimos de acuerdo en traer a discusión su forma de tratar a los estudiantes, especialmente a las señoritas, por ser inapropiada, y se presta a comentarios bien o mal intencionados de parte de los alumnos, de los profesores y de las personas particulares. Todos los miembros del Consejo que estuvimos en la sesión anterior creemos que su comportamiento recae dentro de lo que las leyes del ramo prohíben, es decir, la relación romántica maestro-alumna, por esa razón el Consejo adoptó esa determinación ¿De acuerdo? -Además- añadió la subdirectora Arancibia con tono de prepotencia apenas disimulada- Ahora que se le ha convocado, tiene usted la oportunidad de defenderse, y exponer a este Consejo sus puntos de vista, su verdad. Le aseguro que estamos ansiosos de escucharlo y que estaríamos dispuestos a rectificar si usted nos convence de que estamos equivocados ¿No es así compañeros? Asintieron con un gesto de aprobación. Yo tenía la vista fija en el ventanal donde el pájaro, una vez más, hizo una serie de cabriolas espectaculares antes de alejarse con rumbo desconocido. Tuve la sensación de que me liberaban de un pesado e inútil lastre, como quien sale, regocijado, de un foso lleno de oscuridad y mira frente a sí un horizonte pletórico de luz y alegría. Todavía dejé transcurrir un espacio de tiempo para ordenar las ideas que se agolpaban en mi cerebro como un torrente casi incontenible. -Creo, compañeros, que por fin han dicho lo que esperaba escuchar desde el principio. Son ustedes los que por sí y ante sí han juzgado mi conducta como reprobable y digna de censura. Algo en esa conducta les molesta, y si he entendido bien lo que ha dicho el profesor Álamo, creen, piensan, y han dejado constancia de ello, que mi modo de ser con las señoritas estudiantes entraña algo pecaminoso, una falta muy grave que ustedes están dispuestos a sancionar como es debido. -Escuche, profesor -interrumpió la profesora Arancibia- Usted no debería… -No señora subdirectora, yo no debería estar aquí escuchando una acusación absurda y temeraria como la que me hacen ustedes. Ustedes, mis supuestos compañeros de trabajo. Una acusación tan falsa e hipócrita como falso e hipócrita es el flamante artículo 20 de la ley educativa que ustedes pretenden aplicarme, bajo el expediente de preservar la disciplina de la institución… -Por favor, profesor, un poco de cordura- intervino el director Rocas. -Cordura la he tenido en abundancia, señor director, ahora ha llegado el momento de hablar con franqueza, sin tergiversar ni maquillar la verdad para adecuarla a esa doble moral que es la que le hace verdadero daño a esta institución. Por eso, señores profesores, voy a decirles lo que pienso sobre ese artículo 20, tan apreciado por ustedes y sobre su acusación… Hice una pausa. Advertí que en la lejanía se había formado un cúmulo de arreboles con la puesta de sol. - Dice ese artículo que constituye una grave falta, sancionada con suspensión del cargo, el sos |