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¿Será cierto que la suerte
de la fea 1
Sucesivos cuatrienios de estériles
gobiernos tenían a Colombia convertida en un caos. Inseguridad,
corrupción y desempleo caracterizaban
esta situación, calamitosa. Cualquier
día eran masacradas familias completas y el gobierno
simplemente prometía tomar las medidas del caso. Los
campesinos acosados por La Violencia y los préstamos
agrarios perdían las fincas y migraban a los centros
urbanos para engrosar los cinturones de miseria.
Era fácil encontrar en los semáforos
muchachitos desnutridos y harapientos que pedían monedas a
cambio de limpiar el parabrisas, y también mujeres con niños
de brazos implorando una limosna. 100 cuadrillas de
alzados en armas volaban torres de alta tensión y
oleoductos, instalaban retenes, cobraban tributos, asaltaban
pueblos, secuestraban y mataban policías y soldados. La
inversión foránea comenzaba a buscar horizontes menos
turbulentos. El comercio internacional de narcóticos,
marihuana y cocaína, corrompía con su avalancha de dólares
a todas las clases sociales.
La impunidad había logrado niveles
vergonzosos. Era fácil cometer un delito sin afrontar el
peso de la ley. El enriquecimiento ilícito era la
forma común de mostrar el éxito obtenido en la política.
Al carecer de una industria exportadora, las
fuentes de trabajo habían disminuido y el desempleo
alcanzaba niveles de zozobra. 20.000
asesinatos al año nos marcaban como el más inseguro de
todos los países. Y
de no ser por Botero, Carlos Vives, César Rincón, García
Márquez, Llinás, María Isabel Urrutia, Montoya,
Mutis, Patarroyo, Shakira y otros talentosos compatriotas un
poco menos publicitados, el nombre del país sería con
frecuencia cuestionado en el resto del mundo.
Como los valores morales habían escaseado y
cada nuevo día era peor de incierto, la gente buscaba la
forma de subsistir, sin que la línea divisoria entre el
bien y el mal demarcara propiamente el camino a seguir. Flotaba
en el ambiente un pesimismo general que iba cayendo
sobre los colombianos como nube asfixiante y el que
podía emigrar no dudaba en hacerlo y se iba para cualquier
lugar del planeta, a la brevedad que el destino
se lo permitiera, llevando en el corazón sólo el recuerdo
de ese bello país que fuera en otros tiempos. Esmeraldas,
café, ríos, música y paisaje. Época
horrenda que nos dio la entrada al siglo XXI por la puerta
de atrás. 2
En
medio de este desmangurre social había nacido en
Cali, la capital del Valle del Cauca, en una familia exageradamente
pobre, una niña de singular belleza, que desde el
nacimiento fue admirada por todos. Pero su belleza le causaría
sinsabores y más de una vez lamentaría haber nacido. No
había ser humano que al verla no quedara fascinado; y así
creció, persuadida de que era la misma venus encarnada en
mujer. Como
en su humilde hogar las angustias económicas eran cada vez
más agobiantes y pasaban los días sin ver un solo peso,
se sintió empujada a buscar dinero donde
mejor pudiera y con este fin se empleó de ventera en
la tienda de un comerciante rudo y analfabeta que facilitaba
a la familia vituallas y otras viandas para calmar el
hambre, quien la sometería a un continuo acoso hasta que
finalmente lograría disfrutar de todos sus encantos. Acordaron,
los dos, vivir sin casarse; ya que ella albergaba la
esperanza de organizar su vida con alguien más joven y
aprender un oficio que pudiera generarle mejores ingresos. Por
un corto circuito, de una instalación mal hecha, al
comerciante se le incendió la tienda y pereció quemado.
Ella recuperó su libertad, pero la familia quedó sin
sustento, pues las llamas lo dejaron todo convertido en
cenizas. 3 Inició
a trabajar en un casino nocturno donde debía atender y
servir trago a los jugadores. No obstante las propinas, no
conseguía lo suficiente para cubrir los gastos del hogar.
La energía eléctrica ya estaba cortada y tampoco había cómo
pagar el agua. Al
hermano que a ella seguía, quien iniciaba a trabajar en un
asadero de pollos, le metieron una puñalada, entre el
paradero del bus y su vivienda, por robarle los tenis,
obsequiados por ella el día de su cumpleaños, y cuando lo
llevaron al hospital, de caridad, ya estaba muerto; pues con
la sangre se le escapó la vida, sin que nadie hubiera sido
capaz de retenerla. Ella
hizo migas con un capitán del ejército para que lo
eximiera del servicio militar. Ahora pensaba que tal
vez estando en la milicia se hubiera librado de la muerte o
le hubieran enseñado a defenderse. Al sentirse culpable se
ponía más triste. Esta absurda muerte le impuso seguir
aportando sola hasta para el café del desayuno. Una
tarde su padre empujando una carreta atascada en un barrizal
sufrió una lesión en la columna que le impediría realizar
cualquier fuerza, y ahora sí que menos iba a conseguir
trabajo. Su madre lavaba ropa, pero ya tenía hongos en las
manos, no le rendía y por consiguiente le pagaban
poco. Como
a veces los clientes del casino se disgustaban porque ella
no aceptaba licor y embriagados intentaban subirla contra su
voluntad a los vehículos dejándole los brazos llenos
de moretones, decidió conseguir un trabajo diferente. 4 Ingresó
a trabajar en un exclusivo burdel costoso, llamado “El
Jardín de las Muñecas Lindas”, donde sólo aceptaban
mujeres embrujadoramente hermosas. Sus padres
sospechaban que no estaba en algo decente, puesto que dormía
en el día y trabajaba de noche. Mas no se lo
recriminaban sabiendo que lo hacía para que al menos no
faltara la comida diaria. Y
una noche la sofisticada elegancia del reputado lugar fue
hecha pedazos por un hombre enloquecido que allí
mismo ajustó cuentas con su esposa; pues se había enterado
de que ahí guerreaba cuando él se hallaba ausente de la
ciudad. No obstante que ella de rodillas suplicaba no
la fuera a matar, ofendido en el alma y energúmeno de un
bofetón la arrojó al suelo y antes de que pudiera
levantarse, en medio de quienes esa noche se
encontraban juergueando, sin compasión alguna le dio un
balazo en el corazón y uno más entre las partes íntimas. Todas
las muñecas lindas lloraron hasta acabar sus lágrimas y
ella sufrió un ataque de nervios que le impidió volver a
trabajar, y acoquinada por la tragedia se refugió en su
humilde rancho. Así
en todo el país se hubiera perdido el valor de la
vida, ella no aceptaba que la muerte ejerciera tan
completo dominio. Ya había sufrido o presenciado tres
muertes en el corto espacio de dos años. 5
Al ver a sus padres y
hermanos cada día más acorralados por la pobreza, con el
vestido remendado y los zapatos rotos, y ya acostándose con
el estómago vacío, se llenó de valor y volvió a la
calle en busca de dinero. Fácilmente
consiguió trabajo en un hotel, como recepcionista;
mas no podía evitar el continuo asedio de los huéspedes
que ponderaban su belleza y le soltaban propuestas
indecentes. Y por haber sido hallada, en comprometedora
escena, dentro de la alcoba de un viajero, fue botada de
inmediato. Un
alocado fotógrafo profesional le ofreció un dinero por
posar desnuda. Ella aceptó si la dejaba ponerse un antifaz;
pero éste adujo que perdería atractivo y además
las tomas iban para la colección particular de un adinerado
vejestorio que compraba fotos de mujeres muy bellas.
Le
hizo mil tomas, así y asá. De pie, sentada, medio
acostada. Con la mano ahí, ahora acá. Ese
día percibió un raro placer al exhibir entera la
bonita escultura de su cuerpo al desnudo. 6 Uno
de los clientes del burdel le había dado una tarjetita
personal, por si algún día lo necesitaba. Cada vez que él
llegaba preguntaba por La Bonita, y desde entonces
adquirió este apelativo; y como en realidad era muy linda y
los años la iban haciendo aún más hermosa, pues le
quedaba bien y así la llamarían en ese mundo. El
de la tarjetita, un importante político, la envió a un
centro nocturno, del que era propietario, para que la
incluyeran en el show. Aprendió
a realizar stript-tease; lo cual era un magnífico espectáculo.
Ingresaba al escenario vestida de novia, con un ramo de
azahares en la mano, como si estuviera lista para la
boda. Cantaba Novia Mía, de Guerrero Castellanos, mientras
esperaba que el supuesto consorte se hiciera presente. Como
no aparecía comenzaba por lanzar las flores al piso, luego
el velo nupcial y después se quitaba el vestido, mostrando
su piel sedosa y limpia. Dejaba cubiertas las partes
virginales por pequeñas estrellas transparentes que también
luego quitaba, paralizando la respiración y dejándolos a
todos extasiados con los redondos senos coronados por
diminutas cerezas enhiestas, el ombligo perdido en un
vientre planito, sus caderas anforinas, y las
nalgas respingadas, el oscuro bosquecito
afelpado, comienzo de unas piernas bien torneadas. -¡Muñequita!
-¡Bella!
-¡Hermosura!
-¡Perfecta! -¡Linda!
-¡Preciosa! -¡Divina!
-iban cayendo entre aplausos y suspiros los cumplidos sobre
la pasarela a medida que La Bonita exhibía toda desnuda su
almendrada piel. Y después de lucirse unos instantes
desaparecía envuelta en una niebla artificial para volver
traída por vítores y aplausos, incansables. Pero
no se iba a dormir con nadie, pues debía realizar el mismo
show en otros clubes nocturnos. Uno
de los admiradores la puso en contacto con una agencia de
damas de compañía y entonces realizó algunos viajes con
hombres de negocios, ejecutivos y profesionales que sentíanse
muy solos cuando añoraban a sus lejanas esposas en
las frías habitaciones de los hoteles. Los
debía acompañar a lujuriosas discotecas, exclusivos
restaurantes y fiestas galantes, y de paso gozar de la vida
y hasta reírse un poco, como la vez que estando alojada en
un hotel de Cartagena de Indias, con un arquitecto que
participaba en un simposio de urbanismo, anunciaron la
llegada de la verdadera esposa y entonces le tocó a La
Bonita empacar, muerta de risa, el equipaje y correr a
esconderse en la alcoba de otro colega que tuvo a bien
hacerse cargo de ella, sacándolos del apuro; y después,
entre burlas y sarcasmos, explicar que el hombre
inicialmente presentado como esposo resultara con otra
mujer. Todos se los gozaron en los eventos restantes. Desde
luego que algunos no habrían dudado un instante en arreglar
con ella para que los acompañara en otro congreso. En
tan peculiar oficio le tocaba lidiar con hombres de variados
tipos: jóvenes y maduros, dormilones y sonámbulos,
calmados y golosos; pero todos sí bien exigentes, por lo
cual debía estar a la moda, llevar ropa interior muy fina,
ponerse exquisitas fragancias. Como
casi toda la plata la gastaba en su atuendo y además debía
entregar un porcentaje al dueño del negocio, decidió
buscar un trabajo que sí le dejara unos pesos para atender
las necesidades de su familia. 7 Volvió
a trabajar en un casino. Y allí conoció un joven que
arreglaba los muebles. Siempre
que él llegaba se ponía muy contenta y entonces buscaba la
forma de preguntarle alguna insignificancia, como disculpa
para sentirlo cerca. La Bonita no hizo el menor intento de
frenar los impulsos de su corazón. Era
alguien que la había tratado con delicadeza, valorado como
mujer, no por su belleza sino por las otras cualidades; que
se había apiadado del destino impuesto por las paupérrimas
condiciones de su familia. Quien no obstante lo entrada de
la hora iba por ella al casino, la esperaba hasta cuando
terminaba el turno y la acompañaba a su rancho. Y no le había
pedido irse a la cama con él. Ella
no sabía cómo explicar a sus padres que se iba a casar con
alguien tan pobre como ellos, y para remate tampoco estudio
había tenido y no era más que un simple muchacho humilde,
ayudante de carpintería. Y
en este dilema hizo la suerte que ella le enseñara a
jugar black-jack y una noche ganó mucho dinero,
suficiente para instalar un negocio propio. Al fin la
vida le estaba dando un chance y podría escapar del
perverso mundo en que se hallaba inmersa. Como
ella mantenía sus dudas, se hizo examinar la sangre. Para
infortunio suyo apareció con SIDA. Ya
podrán imaginar el desconcierto, la rabia y la
tristeza que esta desgracia le causó. La Bonita no sabía
qué hacer y desesperada hasta quiso matarse. En
medio de la descomunal angustia revolcaba en su mente
buscando en qué momento pudo contagiarse de tan mortal
azote, si ella siempre tomaba precauciones; y hasta una
noche le apagaron un cigarrillo en una pierna y otra vez
estuvo a punto de morir estrangulada por negarse a
hacer el amor sin preservativo. Ni
siquiera aceptó dejarse poseer sin protección por un
apuesto vendedor de autos que deseaba un hijo con ella; y
aunque a veces La Bonita también lo deseaba, se había
negado por temor de ser contagiada, como le
sucedió a una compañera de trabajo que vencida por esa
enfermedad la piel de todo el cuerpo se le cubrió de
ulceraciones supurantes. Murió aislada, hasta por las
enfermeras repudiada y el cadáver fue enterrado en ataúd
metálico y sus ropas incineradas. El solo recuerdo la
dejaba pálida y temblaba hasta acabar llorando. Al
no encontrar a nadie que en su vida hubiera tenido el
privilegio de amarla al natural se llenó de esperanza y
volvió a practicarse el examen. Había
sido un error del laboratorio: estaba sana. Lloró de
rabia y de alegría. Pensó en demandar; como no había
hecho ningún comentario decidió olvidarlo; pero le
entró desconfianza y quiso estar segura de la salud de su
futuro esposo. Esta
alegría le duró hasta cuando entregaron el resultado: él
sí estaba de veras contagiado. Posiblemente había sido en
una transfusión de sangre cuando estuvo recluido en un
hospital por un paludismo que casi se lo lleva. Lo cual
parece sí podía ser cierto. Tantas,
tantas, tantas lágrimas derramó La Bonita que hasta un
vaso hubieran podido llenar. Renegó incontables veces de su
mala suerte. Sintió mucho pesar por él y por ella. Le
obsequió la parte del dinero que a ella le tocaba, se hizo
la promesa de ayudarlo en cuanto pudiera; pero ahí terminó
el idilio. Y Juró nunca más volverse a enamorar. Lo cual,
qué iba a ser cierto. 8 Envuelta
aún por la tragedia que hacía pedazos todos sus sentimientos,
fue contactada por un narcotraficante que le propuso viajar
a los Estados Unidos llevando cocaína. El mafioso no ahorró
palabras dibujándole el porvenir que tendría de coronar un
sólo viajecito, con lo cual ayudaba a su familia, olvidaba
la pena y podría abrirse un camino en el país de las
oportunidades. El
mismo le consiguió el pasaporte y la Visa y la preparó
para que diera a las autoridades portuarias respuestas
propias de una empresaria en cosméticos y perfumería. Sufrió
un calvario durante todo el tiempo que duró el viaje.
Varias veces le tocó ir al baño; hizo lo posible por
dormir un poco, sin lograrlo. Al
llegar a Miami su nerviosismo aumentó y temblaba caminando
hacia Inmigración. Aunque la droga estaba oculta en el
doble fondo de la maleta y un frasco de perfume, entre las
muestras, había sido dejado con la tapa suelta para
que al derramarse lo impregnara todo, ella sabía que al ser
descubierta no le iría nada bien. Casi
muere del susto cuando escuchó su nombre por el altavoz. La
llamaban para que reclamara el pasaporte, caído al piso del
avión sin que ella se diera cuenta. Suponía
que todos la miraban con sospecha, que había cámaras
ocultas y policías disfrazados de turistas. El
oficial de la aduana consideró innecesario revisar su
equipaje y la dejó pasar como si nada. En
los Estados Unidos consiguió trabajo en un cabaret,
haciendo stript-tease; de esos en que las muchachas se ponen
una liga entre el muslo y el pubis para que a medida que se
van desvistiendo les coloquen billetes de a dólar. Sin que
nadie se atreva a tocarlas, pues para evitarlo cuidan dos
gorilas enormes que de inmediato lanzarán a la calle
al que apenas lo intente. La
primera vez que presentó su show le infundió tanto ánimo,
con la esperanza de no tener que hacer más viajes llevando
cocaína, sino vivir de eso, que el éxito fue instantáneo;
le pusieron tantos billetes que la liga al no poder
contenerlos se reventó y entonces los arrojaban al
piso. Aunque
allí se mostraban mujeres hermosas de todo el ancho mundo,
ella era la más admirada. Se desvestía con verdadero arte.
De cada prenda, al quitarse, lo hacía con total seducción
y picardía. En
el transcurso de la noche repetían el show hasta que
únicamente quedaba la que más espectadores reuniera en
torno al escenario, y al final La Bonita los congregaba a
todos y ganaba más dólares. Tanta
era su fama que la anunciaban como la oportunidad de
contemplar desnuda, totalmente desnuda, a la mujer más
bella del universo. La comparaban con Liz Taylor. Sin los
ojos violetas, pero aún más hermosos. Carmelitas
claros, grandes y expresivos, con chispitas de oropel.
Y sus largas pestañas curvas y separadas aumentaban su
encanto. Su
cara, su cabello, sus hombros y los brazos, los senos y su
vientre, las manos, las caderas, la espalda y las
nalgas, las piernas, los muslos y los pies; todo el
cuerpo mostraba una armonía perfecta, sin que hubiera
intervenido el mágico bisturí de un cirujano plástico. Subía
luego a una pequeña plataforma giratoria para que pudieran,
todos, darse el gusto de observarla más detenidamente. Hacían
silencio y después comenzaban a soltar comentarios y
expresiones de asombro como si fuera la primera vez que sus
ojos podían apreciar la belleza del cuerpo desnudo de
una mujer perfecta. Hasta las compañeras de trabajo,
los del bar y la música suspendían sus labores para admirarla
envuelta en luces y destellos de múltiples colores. Este
oficio, según calculaba, le daría más dinero que viajar
de `mula' con tan peligroso cargamento; ya que las `mulas'
corrían el riesgo de ser descubiertas o las utilizaran como
distractor para pasar un despacho bien grande mientras los
policías del aeropuerto harían el papelón de haberlas
pillado. Hubo
un viernes por la noche en que hizo novecientos veintisiete
dólares; pues un espectador que nunca había visto
reflejada en sus pupilas desnuda una mujer tan bella,
fascinado le obsequió cien dólares. Las
otras desnudistas no entendían por qué no tenía un hombre
que fuera su marido, si además de hermosa era latina. Y
hasta lo hubiera conseguido, de proponérselo; mas el
recuerdo de la amiga muerta en el burdel le hacía suponer
que sería difícil pescar entre los que sólo querían
verla desnuda. Y también porque el recuerdo de su último
amorío le impedía pensar en nada edificante. Todo
andaba bien hasta cuando un orangután que trabajaba
de policía, por no haber querido irse a la cama con él, la
amenazó con denunciarla por estar trabajando con una simple
Visa de turista. Dudando
si volver a Colombia o cambiar de ciudad donde hubiera este
tipo de shows recibió la noticia de que su padre había
muerto, de un ataque cardiaco. La inmensa tristeza destrozó
su alma. Ambos se querían mucho. El
siempre había lamentado de que su pobreza la hubiera
lanzado a un mundo que sin piedad se aprovechó de su
belleza. Ella ahorraba plata para que a su regreso
pudiera hacerlo operar de la columna y comprara también una
casita en algún mejor sector de la ciudad; pues el barrio
donde quedaba el rancho era un barrizal completo y los
peligros rondaban a sus otros hermanos. Lloró
sin parar en todo el viaje y también durante el entierro. Ante
el dinero que llevó, ni su madre ni los hermanos
preguntaron como lo había obtenido. Simplemente comentó
que estuvo trabajando de recepcionista en una empresa donde
no requerían hablar en inglés, por ser todos hispanos. Había
regresado con bastante plata. Y punto. 9
Nuevamente fue contactada por el
narcotraficante, quien la hizo sucumbir con una tentadora
oferta. Esta vez debía ir acompañada de otra mujer; lo
cual le pareció bien, pues tenía un cuerpo hermoso y quizás
podría trabajar en el show. Pensaba que iba a ser su
confidente y compañía. Mas no habría tal, ya lo veremos. Pasaron
sin problema la requisa en el aeropuerto de Cali, donde todo
ya estaba arreglado. En el avión tomaron un licor y
comieron galletas para alejar sospechas. El
aeropuerto de Miami estaba plagado de viajeros que hacían
fila a este lado de la línea amarilla esperando ser
llamados por el agente de inmigración. Había niños
sentados en el suelo jugando con transformers, y turistas
que abordaron el avión de regreso tal como estaban en
la playa de alguna isla caribeña. Otros, más
circunspectos, piensan que llegar a USA, demanda respeto y
están bien ataviados. Detrás de sus gafas ahumadas se
aprecia la seriedad de sus rostros. Y también hacen fila
mujeres de cabellos tan rubios como el sol, ojos con azul de
cielo, exuberantes senos, blujines ajustados y blusas
diminutas sin brasieres. No
obstante que era noviembre, La Bonita sentía un calor
sofocante, como si el aire acondicionado se hubiera
descompuesto. El
oficial de inmigración, que no había percibido su belleza,
le sonrió cuando al levantar la cara pudo apreciar
que realmente era espectacular: la boca mediana, de labios
carnosos, los ojos inmensos, preciosos y festivos, de
encurvadas pestañas largas y separadas, las cejas delgadas
y de línea perfecta, la nariz pequeña, sedoso y negro, el
cabello, el rostro ovalado y de piel de manzana. No sólo le
sonrió, sino que exclamó en voz baja: -¡Oh,
my God! -y soltó un ligero suspiro de emoción. Ella
simplemente respondió: -Gracias
-le obsequió una sonrisa y cogió el pasaporte. Las
dos `mulas' hermosas se han dividido, una en cada línea, a
su propia suerte individual, esperando la revisión del
equipaje por parte de los funcionarios de la aduana.
Generalmente es allí donde son descubiertos los viajeros
que intentan ingresar narcóticos. La
Bonita está tranquila; no es la primera vez que realiza
este viaje, lo sabemos, salvo que ahora el cargamento
no es de cualquier cocaína, sino de altísima pureza, que
ha sido hábilmente compactada en las gruesas plataformas de
sus blancos zapatos, puestos, y en otros que lleva en el
equipaje. Pues esta vez su fachada es de representante de
una importante fábrica de lencería. El de la aduana no
descubre nada y da el visto bueno para ingresar a los
Estados Unidos. La
Bonita hace una llamada para informar que todo ha salido
bien, y llena de alegría toma el equipaje y apresura el
paso hacia la salida. Pero enreda un pie en las ruedas de la
maleta y se le perfora el tacón; y entonces un polvo
blanquecino comienza a formar montoncitos cada vez que ella
descarga el pie sobre la alfombra gris del aeropuerto.
Cuando
La Bonita se da cuenta, su reacción es quitarse los zapatos
y cruzar la puerta, corriendo, tomar el primer taxi y
desaparecer cuanto antes; mas un policía disfrazado de
recogebasuras también ha observado el funesto hilito
delator. Se lleva la mano al bolsillo, saca la billetera y
la muestra diciendo: -Policía,
queda arrestada. Con
su otra mano, en el cinto, empuña el revólver. -¡Estúpido!,
¿qué le pasa?, -reclama La Bonita en el momento en que el
policía le cierra las esposas. La
compañera de viaje, inmediatamente captó el desastre,
rapidito se escurrió entre quienes salían del aeropuerto;
tomó un taxi y huyó para siempre. 10
En medio de la confusión de
hallarse detenida en un país extranjero y encerrada en un
pequeño cuarto, ingresó una oficial de policía, que
asombrada quedó ante su belleza; lo cual hizo pensar a La
Bonita que tal vez era un hombre disfrazado de mujer e
intentaría abusar de su derrota. -Hay
dos formas de practicar esta inspección -explicó en
correcto español-. Con su ayuda o sin ella -com-plementó-.
Todo depende de usted. Desnúdese totalmente -ordenó
mientras empujaba con la mano la cámara del circuito
cerrado de televisión para que apuntara al techo y no fuera
a grabar lo que allí sucediera. Al
notar que La Bonita la miraba extrañada, enfatizó: -¡Y
pronto! Como
viera que comenzaba a llorar, agregó: -No
llore, mamita. Usted se metió voluntariamente en este
problema -y continuó observando sus finas prendas
interiores a medida que La Bonita se desnudaba; pero no como
si las examinara en busca de otra evidencia, sino deleitándose
con ellas. Hasta las llevó a la nariz para oler el perfume,
que obviamente era muy fino; pues La Bonita desde cuando
iniciara a rodar por el mundo adquirió la costumbre de
aromarse exquisitamente. -Si
colabora, todo saldrá bien -dijo, y le ordenó-: ponga
ambos pies sobre esas marcas pintadas en el piso y acurrúquese. Mientras
La Bonita se estaba colocando, le expresó: -¡Qué
senos más bellos tiene usted y qué mujer tan hermosa! -y
comenzó a tocárselos. Como
La Bonita se extrañara, le explicó: -Hasta
cirugías se hacen para ocultar la droga. Era
la primera vez que ella sentía las manos de una mujer sobre
sus partes femeninas y no pudo evitar la repulsión,
que de inmediato le erizó la piel. Especialmente
porque la oficial de policía no examinaba los senos como un
ginecólogo buscando un tumor, sino que los acariciaba con
placer. La
Bonita, que había oído de estas humillantes requisas, pensó:
si eso es con los senos, cómo será en las partes íntimas
-y pensando estaba cuando sintió un beso en uno de los
pezones; ante lo cual exclamó: -¡Qué
le pasa! ¡Está loca! -y se quedó mirándola con ira. La
oficial era fornida y con cara de rinoceronte. La falda le
dejaba apreciar sus musculosas piernas. Los brazos también
eran de marimacho. -Aquí
puede gritar, llorar o colaborar. -¿Colaborar
es dejarme tocar? -preguntó La Bonita-, y todo lo que me
quiera hacer -agregó. -Mamita,
eso depende de usted. Yo no quiero maltratarla -respondió
y tomó de un empaque los guantes plásticos. -¿Y
para eso tiene que besarme los senos? -reclamó. -De
lo que suceda aquí nadie se dará cuenta, ni lo sabrá,
salvo que usted traiga más droga escondida dentro de
su cuerpo y para eso debo examinarla. Y
sin más palabras se quitó los zapatos y se puso los
guantes. Procedió a tocarle las piernas, las nalgas y al
llegar al terciopelo púbico le pasó la mano con deleite.
Cuando se alistaba a practicar la íntima inspección,
La Bonita, como por instinto, reaccionó y le
dio un patadón en el estómago que la hizo ir al suelo a
revolcarse del dolor. -¡La
voy a matar! ¡Hija de perra! -gritó. -¡Nos
mataremos! -replicó La Bonita al tiempo que echaba mano a
un bolillo que apareció como por encanto. -¡Quieta!
¡Por favor no haga nada! -le pidió la oficial, toda
mansita. -¡La
denunciaré!, ¡atrevida! -No
tendrá pruebas. -Averiguaré
con todas las que han pasado por esta humillación.
Conseguiré testigos. La
escena, deplorable, en eso terminó. 11 Acompañada
de su infausta belleza fue transportada en un
carro-patrulla y confinada luego en una celda donde la
asaltaron tenebrosos pensamientos atormentadores hasta que
al fin rendida se durmió después de haber soltado incontenibles
lágrimas que ahogaban todas sus ilusiones. 12 Frío
intenso. Una corte solemne. Un enlutado juez de mirada
robusta, un mal traductor; el abogado de oficio, los jurados
que la observaban como bicho raro. Abandonada a su suerte,
sin nadie que la ayudara; pues el mafioso adujo que una estúpida
mujer tan descuidada para caminar no merecía otra
suerte que podrirse en la cárcel. Un sofoco que le hacía
empapar el vestido de incómodo sudor. Impotencia, tristeza
y arrepentimiento inútil. Luego un llanto amargo que salía
de las profundidades de su alma; pero que a nadie conmovió.
La
Bonita quedó sentenciada a cinco años en la prisión
estatal de Mariana; pues ella ingenuamente confesó,
esperando rebaja en la pena, que ya había realizado otro
viaje. Todo por prestarse a agregar otro kilo de
estupefaciente a las 900 toneladas de cocaína que al año
ingresan a los Estados Unidos y las autoridades no iban a
dejar escapar la oportunidad de dar un escarmiento y también
para justificar la solicitud de incrementar el presupuesto. 13
Ya
en la cárcel comentó a una guardiana, con la cual
congenió, lo sucedido cuando la detuvieron, y ella se
encargó de obtener testimonios de otras `mulas' que
igualmente habían sido vejadas; la oficial fue procesada y
destituida. Para
colmo de su desgracia, cuando ya casi estaba resignada a su
adversidad, apareció en la cárcel, dizque practicando una
inspección, el mismo policía que había amenazado con
denunciarla si no se acostaba con él y al reconocerla
le propuso que para la fiesta anual de los guardianes
realizara una exhibición privada; y si se negaba le
haría un reporte de malos antecedentes, que hasta ahora no
estaban consignados en su expediente. Lo cual podría
aumentar la permanencia en la prisión. Le
dio inmensa rabia sentirse chantajeada; pero tan grande era
la falta de su familia, que esa noche le dio vueltas y
vueltas a la respuesta. Al
día siguiente no dudó en darle una respuesta negativa. Había
llegado a la conclusión de que iba a pagar sus
pecados todo el tiempo que Dios quisiera mantenerla presa y
al salir comenzaría una vida distinta; que hasta ahora había
observado excelente conducta, y por nada del mundo la echaría
por la borda. Contó
a la guardiana lo que sucedía y ésta notificó al oficial
que si lo volvía a ver por el penal lo haría sancionar;
lo cual siempre hizo, dando a conocer tan ilusas
pretensiones. Sola,
todos los días, de interminables noches, metida en sí
misma, abrazada a la almohada, pensando en qué momento su
vida se torció, le habían permitido establecer la
diferencia entre la virtud y el vicio. Reconocía que si
bien era cierto que su familia carecía de todo, tal vez no
hubiera sido necesario que ella se perdiera, pues haciendo
un esfuerzo habría podido tomar un camino distinto. “Si
hubiera estudiado -pensaba- y no me hubiera dejado convencer
por los halagos que hacían a mi belleza... Ni por las
vanas ilusiones del dinero fácil... Si en el mundo no
existiera tanta pobreza… Si las enfermedades tuvieran
curación… Si la vida, al menos, me diera una
oportunidad…” Arrepentida
de su pasado, haría hasta lo imposible por enderezar la
vida. No iba a ser más juguete del destino; su belleza
corporal no sería su principal atractivo. Nunca
volvería a exhibirse desnuda, ni acostarse con nadie por
dinero. Aprovecharía el tiempo en la prisión para estudiar
un oficio en que no interviniera su belleza física. Tan
fuerte era su determinación que le sirvió para rechazar
una oferta de posar desnuda para la revista Playboy,
renunciando, desde luego, a un montón de dinero. 14 Dos
larguísimos años habían pasado, cuando al ojear una
revista encontró una sección donde relacionaban parejas y
entonces le escribió a un caballero que parecía
interesante; pero le pidió el favor a su amiga la guardiana
de enviar la carta y recibir la respuesta en su
casa, si era que él respondía; como en efecto sucedió. Comenzó
entonces un ir y venir de cartas, que poco a poco iban
creando una relación amorosa. Luego de un tiempo, y después
de meditarlo mucho, La Bonita se atrevió a contarle que se
hallaba purgando una condena y le explicaba, también, el
penoso motivo. Para
sorpresa suya, el enamorado no se corrió y antes por el
contrario comenzó a enviarle dinero en Money Orders para
hacerle más llevadera la permanencia en la cárcel. Por
mucho que intentaba no podía conocerla; pues ella no
autorizaba que fuera a visitarla; por lo cual debía
contentarse con las cartas y las fotos. Aunque
él suponía que las fotos correspondían a otra
persona, que no podía ser tan hermosa, albergaba la
esperanza de que su belleza sí fuera real y tuviera, además,
tan buenos sentimientos como lo percibía en las
cartas. 15 Como
las cárceles se llenaron de presos, aprobaron una ley que
favorecía a quienes su delito no constituyera mayor peligro
para la sociedad americana y hubieran observado buen
comportamiento, y si eran extranjeros podrían ser devueltos
a su país de origen. La
Bonita hizo valer su excelente conducta y así un bendito día
recibió la esperada noticia de que la deportarían. Con
tristeza y alegría contó a su enamorado la buena nueva; le
agradeció, una vez más, los dólares que le diera, pues
con ellos había pagado los servicios del abogado; le dejó
una carta llena de amor y gratitud, pero no le dio la
dirección en Cali. Le había parecido un gran tipo y ella
no se creía digna de él. Lamentaba no haberlo conocido, al
menos para agradecerle personalmente lo que había hecho por
ella. Lloró
abrazada a su amiga la guardiana, que había sido su
ángel. Se despidió de casi todas en la cárcel, recibió
algunas cartas que mandaban con ella, pues no era la única
caleña que se hallaba presa, y salió muy contenta para el
aeropuerto de regreso a Colombia. Cuando
el avión estaba aterrizando, al ver el valle del río
Cauca, los cañaduzales espigados, las Tres Cruces del cerro
a lo lejos, también a Cristo Rey, Aguablanca y Siloé,
se le vino un torrente de compungidas lágrimas. De
ese mismo aeropuerto había partido tres años antes, sin
medir las consecuencias de sus actos; con la ilusión de
ganarse unos pesos y tener un futuro distinto y mejor, para
ella y su pobre familia. Como
pudo superó la congoja, detuvo los sollozos. Se puso la
mano sobre el corazón y exclamó: -¡Vamos,
Isabel!, ya pasó lo peor y estás de nuevo en casa. Sacó
el espejo, borró los surcos dejados por las lágrimas,
retocó el maquillaje en el hermoso rostro y dándose un
impulso con las nalgas se levantó. La
policía de Cali la recibió en la puerta del avión, no
para llevarla a la cárcel, pues ya había pagado la deuda
con la justicia de los Estados Unidos, que castiga con
extrema dureza a las `mulas' olvidando que son ellos los
causantes de este comercio ilícito, del que se aprovechan
los traficantes, sino porque ese era el convenio con las
autoridades norteamericanas. Su
pequeña familia, compadecida de su pésima suerte, fue
a recibirla con algo de vergüenza, pero con mucho amor. Hasta
Carlos, el carpintero, fue al aeropuerto. Un curandero
había logrado controlar la enfermedad y prometido que
tal vez podría sanarlo. Juiciosamente había trabajado el
dinero del juego y era un hombre rico. La
recibió con flores. Ella también sintió alegría de
volverlo a ver. Le agradeció las flores, mas no le dio
esperanzas. Por ahora no quería nada con nadie. Iba a
tomarse un tiempo para organizar su vida. 16
Consumida por la tristeza de lo que había sido
su existencia y sumida en la pena ocasionada por la
falta de su padre y del hermano menor, y acomplejada
ante quienes la conocían, pasaba los días sin salir de
casa, desorientada y sin saber qué rumbo tomar. Si regresar
a ese mundo que ella conocía: del dinero fácil, el placer,
los shows o buscar un trabajo que fuera decente, así no
le diera mucha plata; donde encontrara un hombre
sano, tierno, bueno y trabajador que la quisiera,
comprendiera su pasado, y con el cual pudieran conformar un
hogar.
Como durante el tiempo que estuvo en la cárcel
había logrado aprender inglés y nociones básicas de
Sistemas, intentó presentarse a una multinacional
para desempeñarse como recepcionista, o donde ese idioma le
pudiera servir; mas se desanimó al suponer que investigando
los antecedentes descubrirían su pasado y qué puesto
entonces le darían.
Sufría días de infinito desconsuelo en
que abatida ni se levantaba y si lo hacía era para
tomar los alimentos que su madre con pesar le preparaba. Era
como si las ilusiones hubieran partido llevando su energía
y deseos de vivir.
La situación del país no mejoraba y su
familia volvía a sentir la falta de dinero. El dinero que
ella les dejara, ganado como striptisera, parecía maldito;
sólo alcanzó para la cuota inicial de la casa, y al no
haber podido con las mensualidades estaba bajo remate
por la corporación que la había financiado. Y del dinero
que sobró luego de pagar al abogado ya no quedaba nada y
nuevamente las privaciones comenzaban a golpear sus vidas. Como
pocas veces rezaba, no sabía una oración completa. Sólo
se acordaba de Dios cuando tenía problemas. Pero ante tanta
angustia sintió la necesidad de ir a la iglesia. Se postró
de rodillas a los pies de la Virgen, conversó con Ella y
consiguió un poco de ánimo. Tenía
que salir a trabajar; pero en qué y en dónde. Pensaba que
podría servir de modelo, pues no obstante el tiempo pasado
en la prisión, conservaba imbatibles todos sus
encantos. Y para ello no indagarían sus antecedentes.
Pero... si a las modelos las hacían desvestir más de la
cuenta, recordaba. Acosada
por las preocupaciones pensó en el político, quien ahora
estaba en el Senado. Temía pedirle ayuda, pues recordaba
que no lo haría desinteresadamente, sino que exigiría
volverse a acostar con él, y después... quién sabe con qué
más le saldría, y ella iba a ser fiel a las promesas que
se hiciera en la cárcel, de enderezar su vida. En Carlos,
el carpintero. Tal vez él pensaría que lo utilizaba o le
crearía falsas esperanzas; además, ella no creía en magos
ni curanderos. 17
Una
tarde apareció reptando por la casa un horripilante gusano
negro y peludo que inspiraba asco y temor. Al principio
quiso destriparlo con los pies, mas recordó que uno de los
milagros más bellos de la naturaleza consistía en que
el feo gusano se transformaría en mariposa. Lo dejó
vivir y se puso a observarlo día tras día, como única
entretención. Y
una mañana, generosamente iluminada por el sol, se abrió
la crisálida y del capullo fue saliendo una tímida
mariposa de élitros azules con vetas rojas y blancas, que
después de estrenar sus alas volando por el patio de la
casa se acercó a La Bonita. Ella estiró el brazo para que
se posara sobre la palma de su mano. Anonadada
la observaba pensando en el inmenso poder y buen gusto de
Dios al haber creado una mariposa tan bella, cuando descubrió
que en las alas tenía dibujados varios números. Recordó
que unos pescadores se hicieron millonarios al comprar la
lotería con los números que inexplicablemente aparecieron
dibujados en las escamas de un bocachico. Estaban ahí: un
8, un 0, un 8 y otro número que parecía un 0 ó un 6; 8080
o quizás 8086, leía pensativa mientras la mariposa
escribía un mensaje con su lengüita alfilerezada. La
luz del día reflejada en sus alas daba visos de variados
colores y cambiaba la forma de los números. Ahora el
6 parecía un 9 o un tres... 18 Trataba
de descifrar el mensaje, enigmático, que la mariposa
le estaba escribiendo, cuando escuchó que
tocaban a la puerta. “Un
vendedor de lotería” -pensó-. “Y yo
sin un peso” -agregó-.“Que me la fíe y después
arreglamos” -complementó, y caminó hacia la puerta. Ese
día, casualmente, se había ataviado muy bien: una blusa
escotada y una falda ceñida resaltaban sus femeninos
atributos. También había puesto rubor en sus mejillas y en
tormo a los ojos, sombras y pestañina. Estaba hermosa. Casi
se desmaya de la sorpresa: Frente a ella estaba un hombre
apuesto y ya maduro, quien sin esperar un segundo preguntó:
-¿Tú
eres Isabel, verdad? Y
ella, sonriendo de alegría, respondió: -¿Y
tú eres Jack, verdad? -Yes,
I am Jack Puller. Se
dieron un abrazo de nunca acabar, pues la atracción fue
irresistible. Era
la primera vez que se veían, lo sabemos; todo había sido
mediante fotografías. Utilizando la dirección que La
Bonita diera a la guardiana, había venido a buscarla. Y
con ella aún entre sus brazos, le susurró al oído estas
palabras, amorosamente: -Cariño,
siempre soñé que eras tan bella como en las fotos, y que
yo pudiera conocerte. La
Bonita lo estrechó más contra su corazón y emocionada
lloró de felicidad. Rendido
a sus encantos se enamoró más de ella y ella también
se enamoró de él. Para
nada le preocupó su humilde condición, sino que después
de estar saliendo a divertirse en los muchos lugares buenos
que para el caso existen en la agradable y salsera capital
del Valle del Cauca, le propuso matrimonio. Era un
millonario, dueño de condominios y centros comerciales. 19 Se
casaron sin demora ni invitados, en un juzgado civil . Ingresaron
por México, y luego de cambiar sus apellidos obtuvo
la ciudadanía americana. Un
día él quiso demostrarle cuánto la amaba: Fue con ella al
aeropuerto a recibir una persona que La Bonita extrañaba
mucho. No podía creerlo cuando a lo lejos vio
caminando hacia ellos a su añorada madre. El había hecho
todas las gestiones para que ellas pudieran vivir
juntas. Después consiguió que sus hermanos también
ingresaran, legalmente. Mister
Puller ha resultado un modelo de esposo, la quiere mucho,
la trata con ternura, nunca le recrimina su pasado,
tampoco sabe más de la cuenta; desde luego que ella no se
lo contó todo, aplicando la sabia frase de que la
ignorancia de las cosas es la mayor causa de felicidad. Ella
ha cumplido sus promesas, y, además se porta como una
señora, y lo hace sentir muy orgulloso en todos los
eventos en que participan.
Por mucho que intentaron no pudieron tener
familia. Como desde jovencita había usado anticonceptivos,
y otras medidas no muy santas, quedó estéril para siempre.
No hubo médico que no la tratara, ni cirujano que no
hiciera el intento, inútilmente. Vive
en Texas, con el apellido de su esposo y el nombre en
inglés. Ya no llama Isabel, sino Elizabeth. Trabaja en un
voluntariado que ayuda a jóvenes drogadictos. Sentada
a mi lado por casualidad, viajando entre Houston y Miami
cuando iba a visitar la guardiana, al saber que yo
escribía relatos me obsequió su historia en las cuatro
horas del vuelo; y tal como la recibí de su preciosa boca,
matizada con algunas lágrimas, se la he contado a ustedes. Al
despedirse dibujó en sus labios para mi una sonrisa que
iluminó como un sol toda su cara. Y puedo asegurar que, no
obstante las huellas de la vida, se conserva invicta,
como: La Bonita. Miami
Beach, julio 20 de 2001
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