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Libro
Primero El
Génesis Capítulo
I En
el que se da noticia de la figura de Tupã y de la forma en
que inicia la creación. Iluminado
por su propia luz, Tupã, en medio de las tinieblas primigenias,
pensativo, busca la manera de crear la luz. Su rostro es grave, mas
en su mirada un destello azabache habla del encuentro inminente con
la creación. Su
cuerpo de coloso, antes reposado, comienza a tensar cada uno de sus
músculos con un rayo de luz. Viste una túnica que cae, fresca,
sobre su cuerpo divino al que la luz de su alma le ha otorgado el
dorado color de las futuras mieses. Tupã
se levanta, atrae hacia sí lo más oscuro de esas tinieblas y
condensa la esencia entre sus manos. Sus pies, levemente separados,
se apoyan con firmeza en la oscuridad. Su mirada se proyecta con
rectitud hacia lo que vendrá, sostenida por el firme eje de la
nariz, recta y soberbia. Tupã
extiende sus manos hacia el infinito, las abre, y de ellas, el
resplandor nace con la fuerza de los futuros huracanes inundándolo
todo. Tupã
ha construido su morada para la eternidad. Ha creado la luz que le
era propia, y ahora los astros brillan al pasar, bailan descubriendo
sus encantos. Ahora, Tupã se deleita en la contemplación. Capítulo
II En
el que Tupã descubre a Arasy y la nombra Madre
de los Cielos. De
la contemplación al descubrimiento tan sólo hay un paso. Tupã
observa con agrado las consecuencias de su obra y descubre, aún con
más agrado, la presencia de otro ser que es gracias a su creación.
Allí está, invisible y con todos sus encantos. Tupã
siente que el alma se le sale del cuerpo y va al encuentro de la
maravilla que sus ojos contemplan. Arasy
levanta su mirada y es como si levantara el universo entero, y al
bajarla nuevamente cae como caen las sábanas que se tienden sobre
el lecho para una noche de bodas. Esa mirada de suave pelaje ha
lanzado sus dardos de la luna al sol, desde sí misma al centro de
la Creación. Arasy,
envuelta en su cabellera nace a nuevas sensaciones. Es el mismo
Creador el que la ha visto con su túnica aérea, sus pies de sólido
nácar sosteniendo las columnas que enmarcan los finísimos
escalones que conducen a las mieles de la eternidad. La ha visto y
la ha elegido. –Arasy
–dice Tupã ahora– y su voz recorre en un susurro enamorado y
azul todo el universo. La ha nombrado y eso es suficiente para que
ella sea ahora madre del azul eterno, Madre de los Cielos. Capítulo
III En
el que el Poeta, iluminado, Tupã
la siente dueña de sí mismo, se siente prenda y le ofrece el Reino
de los Cielos. Y
esa misma Luz Precursora se monta a la voz del poeta que rige este
universo para hablarnos con otra palabra de los magníficos sucesos: Capítulo
IV En
el que se da detalles a ciencia cierta acerca de las bodas de Tupã
y Arasy y
de la actitud de los Dioses de tierras lejanas. El
Poeta corre las cortinas del lecho nupcial. En medio de la Creación
misma acontecen las bodas de Tupã y Arasy. Los astros, únicos
testigos del compromiso eterno. Los astros se desatan de sus órbitas.
Este momento de desobediencia les es permitido por única vez, pero
la historia sabe que no será la última. El poeta se sube a su
cisne y déjase volar por el espacio interminable. Las estrellas
dejan caer sus brillantes pétalos ante el hecho que sucede. El
pacto infinito ha sucedido. Tupã levanta con fuertes brazos el
liviano cuerpo de Arasy y avanza a través del Universo, y es como
si un jaguarete avanzara a plena luz sin que nadie pueda advertirlo.
Con ese silencio, con esa osadía, Tupã y Arasy que ahora son uno
avanzan hacia su dorado lecho. Planetas lejanos se emborrachan con
el desequilibrio del amor por un momento y luego vuelven a sus
cauces. Meteoros errantes se detienen y sobrevuelan la fiesta olvidándose
de sus recorridos inciertos. Cometas de larguísimas cabelleras
trazan dibujos bellísimos en la lejana oscuridad celebrando las
bodas. El universo todo se tambalea. Se escucha un galope alejándose,
son los Jinetes del Apocalipsis que huyen de la Vida. El amor
ahuyenta a la Muerte. La Noche se vuelve Día y el Día Júbilo
sorprendido en toda su desnudez. Quetzatcoátl envía las plumas del
Quetzal como ofrenda. Desde el Olimpo, Zeus ordena a sus hijos
participar de las celebraciones. Mercurio, el de los pies alados, es
el enviado de Júpiter, Venus bendice la unión con sus encantos.
Vesta ayuda a encender el fuego de este nuevo hogar. Los Dioses
todos observan la más colosal de las bodas, la más sencilla, la más
ardiente. Un tigre azul guarda las puertas de la récamara
rugiendo cada cierto tiempo para que se sepa que vela el dulce sueño
de los Dioses, el colibrí lanza-relámpagos envía sus brillantes
colores en sutiles rayos que se convierten en pequeños soles. El
cabure’i desconociendo su futuro de escondrijos oscuros
ofrece una dulce serenata nocturna. Pero en medio de la fiesta hay
alguien que se esconde tras las sombras de los comensales del
firmamento, alguien que por ahora no empaña la celebración... Capítulo
V En
el cual Tupã y Arasy deciden bajar a la Tierra. A
la mañana siguiente, pasada la embriaguez de la boda, Tupã y Arasy
con un brillo nuevo sobre sus cuerpos contemplan el Universo azul. –Allí
está –dice Arasy señalando una esfera celeste que se mueve no
lejos de los Reinos de Tupã– Esa puede ser la morada de nuestros
hijos. Tupã
la atrae hacia su cuerpo blandamente y la mira con ternura. –Bajemos
a ver –responde Allí
van. Unidos en la luz, dejando a su paso una estela de perfumes
azules. Satélites divinos giran alrededor de la Tierra. La perfecta
anatomía de los valles y cerros de Areguá con sus llamaradas
verdes los ha encandilado. Descienden. Ahora
están en la cima del cerro. Capítulo
VI Momento
culminante en el cual Tupã y Arasy crean todas las cosas de la
Tierra. Tupã
y Arasy se abrazan y del abrazo surgen las aguas de los mares. Se
besan y de sus besos fluyen los ríos que bañan y alimentan las
selvas vírgenes. Una
mirada, y a sus pies, parte del valle encantado se llena con las
aguas encantadas del lago Ypakarai, y todas las aguas de la Tierra
se llenan de peces. Se
toman de las manos y, del contacto, una bandada enorme de todas las
especies de aves escapa en busca de sus propios cielos. Dan
un paso hacia las aguas y de las plantas de sus pies los animales
terrestres, a toda carrera, comienzan a buscar los sitios de sus
moradas. Las
golondrinas buscan los lugares más altos para hacer sus nidos. Formando
una larguísima y pesada tropa, los elefantes, panteras, cebras,
jirafas, leones, gorilas, rinocerontes, leopardos, búfalos, tigres,
ciervos, ñus, mandriles, cocodrilos e hipopótamos trotan sobre las
azules aguas del océano en busca de la sabana y las selvas
africanas, lugares que apañarán sus andanzas. Parte
de la gran familia de los pumas y jaguaretes salen en busca de las
grandes tierras del norte que los asilarán entre sus montañas
vigilados en su camino y desde lo alto, por la penetrante mirada de
las águilas imperiales. Los
grandes cóndores prefieren seguir la trayectoria de kuarahy y
avanzan hacia los picos más altos del mundo en vuelos altísimos
sobre la cabeza de las llamas y los guanacos. Los
jurumi, los mborevi, los tagua, los jakare, los aguara, los ciervos
de los pantanos, los karaja, los ka’i, los flamencos, las garzas,
las cigüeñas, los koati, los gua’a, los mua, los guasu, los
carpinchos, las nutrias, los kure ka’aguy, los ñandu, todos ellos
y muchos más se sienten con un apego especial a estas tierras y
saludan a los que parten con sus voces múltiples, con sus carreras
y vuelos, orgullosos de sus colores... Los
osos polares, los pingüinos, las focas, las ballenas y los lobos
marinos marchan al sur y al norte buscando los fríos vientos
polares, seguidos de cerca por albatros y gaviotas que vuelan bajo,
muy cerca de las olas en un romance eterno. Capítulo
VII Momento
en que Tupã, insatisfecho, decide crear al hombre y a la mujer. Tupã
está satisfecho, pero mira a su alrededor y siente que aún falta
algo. Siente
la necesidad de recrearse a sí mismo. Se
recoge sobre sí mismo a orillas del lago. Entre
sus manos la arcilla primigenia que se hace barro y masa con el zumo
del ka’a ruvicha, con la sangre del yvyja’u, con la sensible
carne de las hojas de la sensitiva, con los movimientos del cuerpo
del ambu’a, con el agua del manantial que surge entre las verdes
piedras. La
materia de la creación suprema ya está lista. Tupã
moldea dos figuras. Las
hace a imagen y semejanza de sí mismo y de Arasy. La
creación está a punto de completarse. El
tiempo se detiene. Las
dos figuras, hechas con esa mezcla divina están expuestas a la luz
de Kuarahy, la luz de la vida. Todos los seres del planeta observan.
La respiración contenida. Ni un solo aliento se escucha. El
silencio es total cuando Tupã y Arasy les infunden el soplo de
vida. El
hombre y la mujer han sido creados. El
uno para vivir con la otra. La
historia está por comenzar. Capítulo
VIII En
el que Tupã y Arasy dan nombre al hombre y a la mujer y
brindan sus sabios consejos a la pareja primigenia. El
hombre y la mujer, recién creados se arrodillan frente a sus
creadores. El Universo entero exhala el aliento contenido y comienza
a girar nuevamente. Todos los animales continúan su recorrido, las
olas de los mares vuelven a bañar las playas. Tupã
pone la mano sobre el hombro del hombre y le dice: “Desde
hoy, todas las cosas que fueron creadas estarán a tu servicio. Te
llamarás Rupave, padre de la raza americana. Cumplirás tu misión
respetando todas las cosas de la Tierra. Procrearás con la mujer
que ha sido creada de la misma mezcla y que dejo a tu lado. Buscarás
tu propia felicidad. Te alimentarás de las hierbas y de los
animales que he puesto en este reino. Serás el conductor de este
pueblo, y este pueblo será fuerte y noble. Nunca olvidarás que
existen el bien y el mal. Para recordártelo siempre, he puesto en
el Universo a Angatupyry, espíritu del bien y a Tau, espíritu del
mal. En el equilibrio de sus fuerzas encontrarás guía para todos
los actos de la vida. La presencia de Tau te obligará al esfuerzo y
de esa manera comprenderás el valor de todas las cosas. La
presencia de Angatupyry compensa la maldad de Tau y su fuerza te
sacará de las enfermedades y te ayudará a resolver los tantísimos
problemas de la existencia”. De
la misma manera, Arasy puso la mano sobre el hombro de la mujer y le
dijo: “Como
has nacido a mi imagen y semejanza, te impongo por nombre Sypave,
madre de la raza americana. Tendrás el privilegio de ser madre de
los primeros habitantes de la Tierra. Procrearás con el hombre que
ha sido creado de tu misma mezcla. Cuidarás de tus hijos y de la
Tierra. Guardarás especialmente el fruto de arasa que aquí te
entrego y que enriquecerá a tu reino. Luego
Tupã entregó las semillas del mbokaja a Rupave y le dio muchos y
buenos consejos sobre cómo vivir en amor y pacíficamente. Les
dijo Tupã en tono grave: “Ha llegado el momento en que deberán
comenzar la vida en éste que será el reino de ustedes para la
eternidad. A partir de ahora deberán amarse y reproducirse
indefinidamente. De la misma manera, deberán amar a los hijos que
nazcan de su amor, infundiéndoles el respeto a los mayores, a la
Tierra y al equilibrio de todas las cosas que en ella nacen, crecen
y mueren. Cuando llegue la hora, ustedes, que llevan en su sangre la
sangre de esta tierra, deberán volver a ella. De esa manera podrán
volver a vivir, porque cubiertos sus cuerpos en la profundidad de la
tierra las plantas se alimentarán de ellos y los animales, a su
vez, de las plantas. De esa forma podrán estar en todos lados,
viendo las maravillas que no hayan alcanzado a contemplar durante la
vida. Cuando enfrenten a la muerte por vez primera, háganlo con
calma, pues la vida continuará eternamente. Pueden tomar de la
tierra cada cosa que hay en ella siempre que la necesiten. Los árboles,
los frutos, las plantas todas y los animales están para servirles.
Pero, si acaso destruyeran sin necesidad alguna cosa, recibirán un
castigo por ello. Recuerden siempre que, quien arrebate la vida a un
hermano, no podrá dormir en paz por el resto de sus días. Con el
tiempo y con el esfuerzo de ustedes les descubriré los secretos con
los cuales podrán labrar la tierra y hacer brotar las simientes
para que el espíritu de cada uno de los integrantes del pueblo que
habrán de formar, se aplaque y sosiegue. El trabajo es un buen
consejero. Y disfrutarán el doble cuando los frutos de las plantas
que plantaren estén maduros”. Más
tarde Tupã anunció la llegada de los karaiete diciéndoles: “Un
día llegarán a estas tierras unos hombres extraños. No serán
dioses de nadie. No deben dejarse engañar. Serán diferentes en el
color de su piel, en sus costumbres, en su figura, en su modo de
hablar. No los rechacen ni los tomen por dioses. Serán hombres que
vendrán de tierras lejanas y después de su llegada muchos cambios
habrá en estas tierras. Marcarán el destino futuro. Muchos vendrán
a quedarse entre ustedes. Deberán respetarlos y exigirles respeto.
Llegarán bogando en las aguas, en brazos del viento y ansiosos de
ver la Tierra.” Capítulo
IX En
el que se cuenta de la forma en que Tupã y Arasy abandonaron la
Tierra. Dicho
ésto Tupã y Arasy abandonaron la Tierra y en ese mismo
momento los tajy, los jacarandá y los chivatos se cubrieron de
flores; y los frutos de los naranjos, los pomelos, los mangos, las
papayas y los aguacates, maduros y enormes pendieron de las ramas de
sus árboles. La hierba de los prados se transformó en un manto
verde, aterciopelado por deliciosas fragancias. Los sonidos de la
naturaleza en un in crescendo maravilloso llenaron todos los
rincones de la creación. Los peces saludaron dando saltos fuera del
agua y haciendo divertidas cabriolas en el aire, para luego volver a
sumergirse. Los aguara corrieron en círculos alrededor de los samu’u
que florecían una y otra vez borrachos de aromas celestiales. Los
koati intentaban graciosas reverencias formados en una fila
interminable. Los jakare latigaban las aguas en la orilla formando
abanicos que el sol transformaba en pequeños arco iris. Las
anacondas se enroscaban suavemente en las ramas de los árboles
prestándoles el tramado de los colores de sus pieles. Era la gran
fiesta del agradecimiento después de la gran fiesta de la cración.
La luz se hizo más potente y clara y el cielo más azul en clara señal
del regocijo de Tupã y Arasy. Rupave
y Sypave se miran a los ojos. En
ellos está esa luz de los cielos. En
ellos está la savia del ka’aruvicha y la esencia de la tierra. No
están solos. El
amor los ha despertado. Rupave
y Sypave se abrazan tiernamente y se entregan al amor sobre la
hierba. Capítulo
X En
el que se cuenta acerca de los hijos que procrearon Rupave y Sypave. Tres
hijos varones y muchas hijas mujeres fueron el fruto de aquel amor
primigenio. El primero fue llamado Tume Arandu, el segundo llevó
por nombre Marangatu y el último de los varones fue llamado Japeusa
y se decía de él, que había nacido de pie. Entre
las muchas hijas mujeres que procrearon, cuatro se destacaron por
sus bondades y fueron: Guarasyáva, incomparable nadadora; Tupinamba,
mujer de una resistencia física notable, Yrãséma, a quien
llamaban «murmullo de las aguas» porque poseía el don de la música
y el canto; y por último Porãsy, mujer de singular belleza, la más
bella entre las bellas. Capítulo
XI En
el que se dan datos ciertos acerca del semblante y las cualidades de
cada uno de los principales hijos de Rupave y Sypave. Criados
todos en los parajes de la colina de Aregua, los hijos de Rupave y
Sypave vivieron su infancia en armonía y felicidad. Convivían con
los animales de quienes se habían hecho amigos y de quienes aprendían
los secretos de cada especie. Amaban la naturaleza que Tupã y Arasy
les habían dejado en herencia y crecían físicamente tanto como en
sabiduría. Tume
Arandu, el primogénito, se destacó siempre no sólo por su
paciencia para descubrir y aprender los secretos de la naturaleza,
sino por su calma y sus medidas palabras. Sus hermanos lo escuchaban
frecuentemente cuando él se sentaba sobre alguna piedra a orillas
de los arroyuelos que abundaban en la región. Entonces él hablaba
despacio, como midiendo el efecto de cada una de sus palabras. Desde
siempre tuvo una gran ascendencia sobre todos sus hermanos. Su
contracción al estudio de las plantas –podía pasar horas
observando los efectos de una hierba en los animales– no le impedía
desarrollar una fortaleza física que infundía respeto en todos. A
una señal de Tume Arandu sus hermanos se reunían a su alrededor
para escucharlo. Sus
ojos claros y su mirada aún más traslúcida, hablan de su enorme
bondad. Sí. Ocupa el espacio ahora, Marangatu, segundo de los hijos
varones. De elevada estatura y delgado en su contextura física,
Marangatu fue un virtuoso de la bondad. Jamás alzó la voz y
siempre estuvo dispuesto a dar antes que a recibir. Frugal en el
comer y austero en todas las cosas materiales, Marangatu vivió para
los demás porque era la única forma de vivir para sí. Nació
de pie, al revés que todos sus hermanos. El errático destino de
Japeusa lo conduciría a un final prematuro. Inquieto y vigoroso,
Japeusa anduvo equivocándose frecuentemente y sin encontrar el
verdadero sentido de su vida. Por
su habilidad se diría que está emparentada con los peces, por su
belleza, que es una verdadera sirena. Guarasyáva conoció cada
arroyo, cada laguna, cada río, surcándolos con su ágil cuerpo de
nadadora. De bella nadadora. No hubo secretos en el agua para la
esbelta muchacha de larguísima cabellera negra. Lejos
de imaginarse que de su nombre nacería una raza, Tupinamba, corre y
recorre los alrededores de su pueblo. Investiga. Sube a los cerros.
Trepa a los árboles para husmear el horizonte con su mirada.
Contempla los valles y luego va hacia ellos. Tupinamba nunca se
agota. Se suma a cada cacería codo a codo con los hombres de la
tribu. Toda hecha de fibras. Flexible y fuerte. Yrãséma,
en cambio, es una joven reposada. Ha encontrado en la música a su
compañera ideal. La guitarra está siempre entre sus brazos. La
guitarra y su voz arrulladora que envuelve en un perfume exquisito a
quien la escuche. La
más pequeña de las hermanas mujeres es Porãsy. Aún está lejos
de suponer el sacrificio al que se entregará. Pero porta sus armas
a simple vista: su belleza sin par no tiene parangón en nuestra
raza. De ella se valdrá para salvar a a su pueblo. He
aquí los hijos de Rupave y Sypave. Con
sus bondades y sus maldades, con sus luces y con sus sombras,
viviendo tranquilamente en el paraje de las colinas de Areguá. Aliados
con la naturaleza cada uno hace el trabajo que le corresponde. Capítulo
XII En
el que se narran los hechos que llevaron a la muerte a Yrãséma. Todo
el día se ha escuchado en los alrededores del majestuoso lago la
susurrante voz de Yrãséma. Su canto ha sido constante, y los
animales y las plantas y los hombres han caído bajo su hechizo. Ya
es noche en la aldea y sin embargo Yrãséma continúa cantando sin
pausa. Nada
se mueve cuando su armoniosa voz se escucha. Corre
el sonido como corren los arroyos de esta tierra. Es
tarde ya cuando la bella joven se llama a silencio recogiéndose en
su hamaca de plumas. Su
madre viene a verla cuando ya duerme. Yrãséma
se revuelve inquieta en su lecho. Respira mal. Su madre le toca la
frente. Yrãséma sufre calores fuertísimos. Hierve en medio de la
calma de la noche estrellada que está llegando a su fin. Sypave se
sienta a su lado y tomándola de una mano vela las últimas horas
del sueño de su hija. Cuando los primeros resplandores comienzan a
mover la vida del monte, Sypave despierta al inquieto Japeusa y lo
envía junto al lago, a buscar hojas de agrial y cáscaras de inga.
Pero el destino ya estaba escrito y Japeusa, en lugar de las plantas
que su madre le había pedido, junta hojas de ka’atái, de
ortiga y frutos de naranja agria con lo cual prepara un brebaje que
da de beber a su hermana Yrãséma, cuyos excesos en el cantar han
provocado una descomunal hinchazón de garganta y le han
enronquecido la voz. Poco tiempo después de beber el preparado de
su hermano, Yrãséma siente que su garganta se cierra cada vez más
hasta que al fin expira. Muere
como mueren las plantas a las que el agua no les ha llegado. Muere
suavemente, como si ella misma fuese el suave arrullo de sus cantos
pasados. Muere
sin mancha. Muere
virgen. Cierra
los ojos sobre el recuerdo de sus dulcísimos cantares. La
consternación es general. Japeusa
conciente de su equivocación huye de la aldea. Los
habitantes del poblado forman un círculo alrededor del cuerpo sin
vida de Yrãséma. Es la primera vez que contemplan la muerte de un
igual. Incrédulos
rodean el cuerpo con flores mágicas. A su alrededor van posando
diferentes objetos con el único fin de revivir a la muerta.
Hierbas. Frutas. Amuletos. Ramas. Esperan
que una mariposa multicolor se pose sobre la cabeza de la niña y le
devuelva la vida. Esperan
sin darse por vencidos. Esperan
sin levantar los ojos del cuerpo sin vida. Esperan
cantando en un susurro. Esperan
que se levante y siga cantando. Capítulo
XIII En
el cual Tume Arandu explica el sentido de la muerte a su tribu. Tume
Arandu, en medio de la perplejidad general, hace una señal con sus
manos y toda la tribu se calla. Tume Arandu tiene algo que decir, y
lo dice así: “Estamos
todos rodeando el cuerpo sin vida de Yrãséma y nos resistimos a
creer en su muerte. Es la primera vez que uno de nosotros se queda
sin aliento. Así lo han querido Tupã y Arasy. Pero para que no
estemos negando su muerte con nuestros cantares, debemos llevar el
cuerpo de mi hermana al sitio donde encontrará reposo. Tupã ha
ordenado que todo hombre que muere debe ser puesto en un profundo
pozo hecho en la tierra. Ha dicho que cada uno de nosotros tendrá,
a su hora, su propio tyvy. En
la tierra está nuestro origen y a la tierra hemos de volver. Enterremos
a Yrãséma y ya verán que Tupã es sabio. Cuando
pasen unas cuantas lunas nadie se acordará de la muerta. Pues
cuando los despojos de los muertos se hayan mezclado con la tierra,
pasarán a vivir la Vida Elemental y sentirán todo lo que la tierra
siente. Sí, la tierra es un ser vivo, y su sangre es el agua y su
aliento es el aire. A
aquellos que piden venganza, les digo que no debe extrañarles el
error que ha cometido mi hermano Japeusa. Todos tenemos un destino
que debe cumplirse inexorablemente y aunque nos opongamos. Japeusa
no hizo más que responder a sus instintos erráticos. Ustedes saben
que nació al revés de todos nosotros y no debemos esperar que se
comporte como nosotros. Es por este motivo que pido clemencia para
mi hermano y para los que como él estén cumpliendo su destino
inexorable”. Capítulo
XIV En
el que se cuentan los sucesos acaecidos en el entierro de la joven
Yrãséma. El
cuerpo de Yrãséma fue puesto cuidadosamente en una urna de barro. Flores
y frutas le acompañan en el interior del cántaro. Así
colocado, su cuerpo parece estar a punto de hacer sonar la guitarra
y comenzar a cantar. Lleva
para la eternidad sus más hermosos vestidos. Sus
hermanos ya han escogido el lugar donde enterrar el cuerpo de Yrãséma:
ha de ser bajo un guayabal de altísimos árboles y frutas doradas. Luego
de depositar la urna en el fondo de la fosa, toda la tribu forma un
círculo en derredor y entona las canciones que cantara Yrãséma,
rindiéndole así un postrer homenaje al arrullo de su voz
encantada. Ahora Sypave, su madre, toma entre sus manos un poco de
la tierra removida y la deja caer dentro de la fosa. Imitándola,
todos hacen lo mismo hasta que terminan por cubrir el agujero. Japeusa
está aquí. Ha
llegado para la ceremonia del entierro de los restos de su hermana; él
mismo ha sido el causante de su muerte. Japeusa
está aquí y la tribu, con indignación, grita en su contra y pide
que se le aplique el duro castigo de la muerte. Sypave
se interpone entre la furia y su hijo. Es
hora de cederle la palabra a Sypave. La
tribu calla y espera. “Tupã
nos ha dejado muchas enseñanzas, pero la más importante de ellas
es aquella en la que nos señala claramente que no debemos arrebatar
la vida a nadie. Dejemos entonces que sean nuestros propios dioses
quienes apliquen el castigo a Japeusa. Ellos sabrán hacerlo mejor
que nosotros. Nadie que haya matado a un hermano, aunque sea por
equivocación puede tener la conciencia tranquila. Dejemos en paz a
Japeusa, que bastante tiene con su conciencia.” Japeusa
se aleja nuevamente. La
tribu entera murmura. Japeusa
ante la mirada de todos se arroja a las aguas del río y desaparece. Capítulo
XV En
el que Jahari sueña con la muerte de Yrãséma, y
corre a su lado para protegerla. Sobresaltado
por una horrible pesadilla, Jahari despierta. El
cuerpo entero bañado en un sudor frío. Se sienta en la hamaca. Los
pies en tierra. En
su extraño sueño, la voz del gua’a que él mismo obsequiara a Yrãséma,
repetía «Jahari, Yrãséma ha muerto», una y otra vez repetía la
frase el gua’a. Jahari
no cree en las supersticiones, pero la aparición del gua’a y su
frase han sido una imagen tan clara... Jahari
corre como el ñandu. Salva
los obstáculos del camino con la fuerza del amor. Jahari
tiene miedo. Lo siente en el cosquilleo que eriza sus cabellos. La
aldea ya está cerca. Jahari
es impulsado por el miedo, por la desesperación. Corre. Un silbido
es lo único que los árboles y las plantas y los arroyos escuchan
cuando pasa el joven a toda velocidad. Capítulo
XVI En
el que la tribu descubre el castigo que Tupã y Arasy han impuesto al
infortunado Japeusa. Mientras
Jahari corre, en la aldea la tribu busca infructuosamente el cuerpo
de Japeusa. Las aguas del río se lo han tragado. Pasan los días.
El sol y la luna, una y otra vez han iluminado las tierras del reino
de Rupave y Sypave. Una
mañana, cuando el sol despunta en el oriente, Marangatu descubre un
esqueleto sobre la arena de la playa. En cuclillas escruta los
huesos y entre los huesos, adherido al esqueleto, un animal extraño,
de piel ósea comienza a moverse. La tribu rodea a Marangatu que
observa en calma. El extraño animal despega sus patas de las
costillas del esqueleto y comienza a andar hacia atrás. Los
aldeanos gritan todos a una vez: “¡Japeusa, Japeusa!”. El
cangrejo se aleja por la arena dejando las huellas de sus duras
patas. La
tribu entierra el esqueleto en la arena y todos se alejan del lugar. No
cabe duda de que Tupã y Arasy han castigado a Japeusa transformándolo
en cangrejo y obligándolo a andar hacia atrás para toda la
eternidad. Japeusa
ha sido convertido en cangrejo y los cangrejos desde hoy se llamarán,
para este pueblo, japeusa. Capítulo
XVII En
el que Jahari se entera de la muerte de Yrãséma, canta
su canción y muere de amor. Agitado
por la larguísima carrera, Jahari llega a la aldea. “¡Yrãséma!”
llama a viva voz, acongojado. Toda
la tribu, que ya ha comenzado a olvidar la desgracia, lo mira
compasivamente. Jahari,
percibe las miradas y unas lágrimas cargadas de pena resbalan por
sus mejillas. Corre hacia la habitación de Yrãséma. Sypave va a
su encuentro. El gua’a que anda cerca confirma la frase de sus sueños
con estridente voz: “Yrãséma ha muerto”. Las
lágrimas de Jahari corren por la aldea. Suben
a todas las cosas que pertenecieron a Yrãséma. Las recorren, las
acarician con su profunda tristeza, llenan los cántaros donde la
joven guardaba el agua fresca. Resbalan en la curva de su hamaca y
juntas forman un torrente que se encamina a la tumba de Yrãséma.
Allí, riegan la tierra aún blanda y refrescan las flores que la
tribu ha depositado. La tristeza de las lágrimas de Jahari, su
humedad infinita hace que las flores revivan. Jahari
junto a la tumba. Jahari
desconsolado. Jahari
todo el día y toda la noche llorando por su amada, de rodillas
frente a la tumba. En
su mente las horas de felicidad: Cuando
escuchaba a lo lejos el arrullo de la suave voz de Yrãséma. Cuando
embelesado por los rasguidos de su dulce mbaraka reposaba durante
horas a su lado. Cuando ambos se prometieron amor eterno en aquel
atardecer sembrado de estrellas fugaces y de deseos. Cuando con
regocijo Yrãséma recibió el gua’a que ahora ha anunciado su
muerte. Tantas horas de paz, encanto, dulzura y felicidad. Tantas
horas de amor entre ambos... Jahari
canta junto a la tumba: Ya
que nos has de estar junto a mí, murmullo
de las aguas, ya
que tu voz se ha apagado en este mundo, arrullo
de los vientos, ya
que la noche ha cegado tu mirada, luz
de los trinos, ya
que no podré abrazar tu cuerpo en este mundo, oh
Tupã, oh Arasy, oh
luz, oh cielos, ya
no quiero estar en este mundo sin Yrãséma. Llévenme
a visitar a mi amada. No
bien hubo terminado su letanía Jahari se desploma sobre la tumba de
su amada y allí queda muerto. La tribu en medio de un silencio que
lo cubre todo, cava una fosa junto a la tumba de Yrãséma y sepulta
al amante desconsolado que así se funde para siempre con su amada
virgen. Capítulo
XVIII En
el cual se cuenta cómo la calma de la tribu es interrumpida por
el desmedido deseo de Tau. Desde
aquella mañana de silencios en que Jahari fue sepultado, la calma
reina en la aldea. Tume Arandu continua descubriendo misterios en
las hierbas que crecen en el valle, Guarasyáva se hace dueña de
los secretos de los animales del agua. Porãsy, en su reinado de
belleza y hermosura pasea por los montes hablando con los pájaros.
Tupinamba sigue conquistando cerros con su fuerza inigualable.
Marangatu cuida a su unigénita con infinita bondad y ella, Kerana
es el apodo de la hija única de Marangatu, ella duerme. Kerana,
bella como sus tías, está en la flor de la adolescencia, sus ojos
tienen el brillo del movimiento de las aguas cuando juegan con el
sol. Sus delicadas manos existen sólo para las caricias. Su boca
tiene la consistencia de la carne de las papayas maduras. Sus
piernas han sido torneadas por el agua y los vientos con infinita
dulzura. Kerana,
la suavísima dormilona. Kerana,
la joven más codiciada de toda la tribu. Todos
disfrutan de los escasos momentos en que la dormilona deja su hamaca
para pasearse por la aldea, pero aún nadie imagina la desgracia que
su belleza encierra para ella y para toda la gente que está a su
lado. Desde
lo más oscuro de las sombras nefastas, Tau, el espíritu del mal,
observa a la niña. La
observa con deseo. La
observa con pasión lujuriosa. La
observa para encontrar los puntos débiles y atacarla. La
quiere para sí y está dispuesto a todo para conseguirla. El
espíritu maligno se decide ahora a atacar. Para aparecer en la
tierra convierte su repugnante cuerpo en el de un joven apuesto y
elegante. Vestido como un extranjero acierta a pasar por la aldea
donde Kerana duerme sus dulces sueños. Lleva entre sus manos un
flauta mágica que hace sonar junto a la hamaca de Kerana. La niña
despierta y ve al joven. Nunca antes había visto un joven tan
hermoso. El genio maléfico sonríe grotescamente para sus adentros,
pero en el exterior de su ingenioso disfraz la sonrisa es casi
celestial y la mirada suavemente acariciadora. Kerana, hechizada por
la música, la mirada y la sonrisa, lo escucha con placer. Más
tarde el joven sigue su camino dejando extasiada a Kerana. Pero la
estrategia del espíritu maligno es observada con detenimiento por
Angatupyry, el espíritu del bien. “¡No te será fácil!”
piensa para sí Angatupyry. La
calma de otrora ya ha sido rota. Aunque en apariencias todo esté
como entonces, en los cielos ha comenzado la lucha. Capítulo
XIX En
el cual Angatupyry interviene y Tau lo enfrenta. Kerana
duerme y sus sueños son ocupados por una única imagen, la del
joven que pasó como pasa la suave brisa, dejándole un placentero
recuerdo. Pero
Tau le tiene preparadas otras trampas a la niña hija de Marangatu.
Dos días después de su primera aparición vuelve con el sonido de
su flauta mágica a despertar a Kerana. La niña ahora lo escucha
embelesada. Ya no es sólo música lo que trae el joven desconocido.
Ahora conversa con ella. Le cuenta historias maravillosas. La
enamora. Angatupyry
observa las visitas de Tau que ahora se hacen diarias. Un
paseo por el monte. El
obsequio de una mariposa de radiantes colores. Miradas
de pasión. Angatupyry
decide intervenir. Primero
siembra la duda en la niña. Le hace soñar sueños escandalosamente
repugnantes. En sus pesadillas, Kerana ve como el joven apuesto y
tierno se transforma en un horrible monstruo, se transforma en el
mismísimo Tau. Pero la innata ingenuidad de Kerana la lleva a
contar sus pesadillas al joven. Cuando Tau se entera de los sueños
cae en la cuenta de que es acosado por Angatupyry y decide
enfrentarlo. Como tantas otras veces, Tau y Angatupyry se han de
trabar en una lucha sin tregua. Eligen como escenario los grandes
campos cercanos a las colinas de Areguá. Capítulo
XX En
el que se relata la lucha extraordinaria entre el espíritu del bien
y el espíritu del mal. La
lucha es fragorosa. Durante seis días con sus noches se han
debatido los espíritus contrapuestos cruzándose en furibundos
encuentros cuerpo a cuerpo. Lanzándose llamaradas de odio. Kerana
ha dormido esos seis días completos sin levantarse ni abrir los
ojos. Tau
y Angatupyry, trenzados en recio combate, continúan ahora la lucha.
Una vez más Angatupyry está venciendo. Tau extenuado trata de
evadir las feroces embestidas del espíritu del bien. Una vez más
el bien triunfará sobre el mal. En
su lecho, Kerana comienza a tranquilizarse. Tau
se va retirando de sus sueños. Angatupyry
sonríe viendo casi vencido a su eterno enemigo. Tau
muerde el polvo de la derrota. Rueda por el campo una y otra vez
tratando de esquivar los arrestos de Angatupyry. Su monstruoso
cuerpo herido y dolorido ya no da para más, está a punto de
retirarse del combate. Ya es el séptimo día de lucha y Tau se ve a
merced de su enemigo, pero con el último aliento invoca al dios del
valor. Lo invoca sabiendo que él también puede morir para siempre
jamás con esa súplica. “Pytãjovái
63, ayúdame a vencer”, gime desde el suelo Tau. “Pytãjovái,
ayúdame”, repite con desesperación viendo avanzar a Angatupyry. Un
viento de fuego frena el ataque de Angatupyry. Tras las llamas se
escucha la horrenda carcajada de Tau. Pytãjovái ha escuchado los
ruegos del malvado y se ha presentado en el campo de batalla con
todas sus armas. No crecerá más el pasto donde el aliento del dios
del valor ha sido expulsado. Angatupyry yace moribundo. Tau se
levanta y mira altivo con sus ojos cargados de maldad. Kerana
despierta de pronto. Marangatu que ha estado observando el largo sueño
de su hija intenta hablarle pero la niña le pide que la deje sola y
sube a lo alto de un árbol desde donde escruta el horizonte. Tau,
convertido nuevamente en el apuesto joven se dirige hacia ella sin
oposición alguna. Capítulo
XXI En
el cual se cuenta cómo Tau rapta a Kerana y
la maldición de Arasy. Kerana
escucha el sonido de la mágica flauta del joven que le ha hecho
perder la cabeza. Hechizada, baja del árbol y corre por el monte al
encuentro del mágico sonido. Fundidos en un largo abrazo los jóvenes
se saludan. Tau, desde su disfraz de ingenuo, por primera vez le
habla con lascivia. Le habla de sus deseos más recónditos. Se
desenfrena haciéndola protagonista de los placeres carnales que él
imagina. La niña pretende resistirse pero Tau, conducido por sus
propias ansias, se muestra ante ella con toda su fealdad convirtiéndose
de pronto en el terrible monstruo que es. Grita Kerana y toda la
tribu acude a su llamado. Tau se aferra a su presa y huye
enceguecido. Nadie puede detenerlo. Lo ven alejarse llevándose
consigo a la bella Kerana. Tau
conduce a la niña a su inaccesible morada y la persuade de intentar
escaparse. “No
lo intentes, morirás si pretendes irte”, le dice con su voz de
trueno. Tau,
a partir de entonces sacia su sed de placer en el joven cuerpo de
Kerana. Sometida,
la niña llora desconsoladamente y su llanto enfurece aún más al
terrible espíritu del mal. “No seré tuya jamás” grita Kerana
cada vez que el monstruo la posee, pero el grito es apagado por los
ensordecedores gruñidos de Tau. La
tribu implora, clama, pide a Arasy que interceda para lograr el
milagro de rescatar a Kerana. La indignación y el estupor han
invadido a las gentes que ahora piden un castigo ejemplar para el
raptor desalmado. Arasy escucha los ruegos y maldice a Tau, lo
maldice para toda la eternidad y maldice a toda su descendencia. Capítulo
XXII En
el cual se informa de los alumbramientos de Kerana, fecundada por el
espíritu del mal, de
las características de sus siete hijos y del terrible dolor de la
joven. Siete
lunas han pasado desde aquel día aciago en que Kerana fue raptada
por el malvado. Siete lunas han observado pálidas de espanto la
desesperación de la niña. Ahora Kerana está dando a luz. Ella
espera un niño, pero la maldición de Arasy le ha hecho engendrar
un monstruo. Kerana da a luz un horrible monstruo de siete cabezas.
Siete de cabezas de perro cuyos ojos despiden llamaradas. Siete
cabezas de perro y un horrible cuerpo de lagarto. En el futuro será
conocido como Teju Jagua. Siete cabezas de perro que le condenan a
la inacción. Su ferocidad fue aniquilada por deseo de Tupã y,
contrariamente a su horrenda figura, se alimenta solamente de frutas
y de la miel que su futuro hermano menor, Jasy Jatere le lleva hasta
su escondrijo. Kerana,
asediada permanentemente por Tau, parió un hijo cada siete lunas.
Todos sietemesinos. Todos fenómenos deformes. Todos malvados. El
segundo hijo del mal vio la luz con la forma de una gran sierpe con
cabeza de loro y un descomunal pico. Su bífida lengua, roja como la
sangre. Su piel escamosa y veteada. Su cabeza emplumada. Su mirada
maléfica. Se le conoce con el nombre de Mbói Tui, ronda por los
esteros y protege a los anfibios. Adora la humedad y las flores. Se
lo puede identificar sin verlo pues lanza terribles y potentes
graznidos que se escuchan desde tantísimas lejanías. Kerana,
abrumada por la pena, apabullada por el incontrolable Tau, carcomida
por la certeza de estar engendrando monstruos capaces tan sólo de
hacer el mal. Dolida porque su cuerpo es el artífice que está
dando forma a un ejército terrible, pare su tercer hijo: Se
le conocerá en el mundo de los hombres con el nombre de Moñái 66
y tal como su antecesor inmediato, su cuerpo es el de una enorme
serpiente. Posee dos cuernos rectos e iridiscentes que funcionan
como antenas. Sus dominios son los campos abiertos. Sube a los árboles
con gran facilidad y se descuelga de ellos para cazar a las aves con
las que se alimenta, a quienes domina con el hipnótico poder de sus
antenas. Es por ello que también se dice que es el señor del aire.
Moñái protege el robo y lo fomenta. Ladrones y sinvergüenzas aún
hoy lo invocan en sus fechorías. En
su cuarto período de gestación, Kerana siente que al fin hay algo
de humano en su vientre. A los siete meses, como ha ocurrido con
todos sus hijos anteriores, pare a un niño de dorados cabellos y
piel muy blanca, pero el niño ha nacido con un bastón áureo en su
mano derecha. Una leve presión sobre su varita mágica y el niño,
al que llaman Jasy Jatere, desaparece volviéndose invisible. El niño
horroriza a su madre desapareciendo y apareciendo en lugares increíbles.
Jasy Jatere será el duende que en las siestas, escudado en su
figura de niño, asediará a las jóvenes y a las niñas que se
animen a salir solas, conquistándolas y poseyéndolas con los
poderes de su mágico bastón. Dominará a las abejas y de ellas
obtendrá la miel con la que se alimentará, cuyos restos lleva
hasta la cueva donde vive su hermano mayor, Teju Jagua. Kerana
no tiene consuelo. Ya hace más de dos años que se encuentra presa
del espíritu del mal y Kerana sigue contando los días. Su radiante
cuerpo de otrora se ha deformado debido a los maltratos que ha
recibido en forma constante por parte de Tau. Ahora
Kerana da a luz al quinto engendro del mal. Su figura se parece en
mucho a la de Tau, En sus rasgos agudos. En su piel oscura, en el
cabello de alambre y la boca grande. Se
le conocerá por su nombre: Kurupi, que llenará de temor a las jóvenes. Y
también se le conocerá por su principal característica física:
un enorme y larguísimo pene que lleva enrollado a la cintura. Sus
ataques a las mujeres solas que se aventuran por la selva serán
mucho más furibundos y crueles que los de su hermano Jasy Jatere.
En esos casos Kurupi viola y mata a sus víctimas. Pero su mayor
diversión es raptar a las vírgenes, quienes desparecen
misteriosamente para regresar encintas y listas para parir a los
siete meses. Los hijos de Kurupi, sin embargo, mueren al séptimo día
de un extraño mal *. Kurupi
domina a los animales silvestres y no abandona nunca la selva donde
reina con el poder de su sensualidad, excepto para raptar a sus víctimas. Cansada
y desilusionada. Entregada y mustia, Kerana da a luz a su sexto
hijo. Una vez más sietemesino. Una vez más monstruoso. Se le
conocerá con el nombre de Ao Ao. Posee la facultad de reproducirse
solo y vive en una gran manada en las zonas más inhóspitas de
cerros y montañas. El Ao Ao se alimenta de carne humana y vive
persiguiendo a las gentes que se aventuran por los cerros. La única
manera de salvarse de la manada es trepando a un pindo. Cualquier
otro árbol en el que se refugien los perseguidos será desarraigado
por sus terribles garras y derribado en poco tiempo pero al parecer,
el pindo posee algún hechizo contra la ferocidad de estos
monstruos. El Ao Ao es cuadrúpedo pero cuando ataca se para en dos
patas. Sus poderosísimas garras y su cabeza feroz nos recuerdan a
un oso, pero su cuerpo es como el de una oveja y bajo esa apariencia
logra que las gentes se acerquen sin temor **. El
séptimo alumbramiento de Keraná fue tan terrible como los seis
anteriores. Esta vez, de su vientre, nació una criatura totalmente
contrahecha. Su cabeza, semejante a la de un perro, deja ver una
larga hilera de filosos dientes de diferentes tamaños. Sus orejas
son pequeñas e impuestas en la parte superior del gran cráneo. Su
cuerpo esmirriado y seco, sus extremidades mitad humanas, mitad
garras le dan un aspecto desgarbado. Se le conocerá con el nombre
de Luisõ. Luisõ
habita en los campos santos y se alimenta de los cadáveres que allí
desentierra. Se le puede escuchar en las noches de luna llena,
cuando emite sus lastimeros y aterrorizadores aullidos trepado a las
lápidas de las tumbas ***. Luisõ
fue el último alumbramiento de Kerana. Tau,
parece concentrarse ahora en alimentar el malvado espíritu de su
prole y se olvida de la doncella. Vejada y arruinada la pobre Kerana
duerme cada vez más para evitar las lágrimas, infructuosamente,
pues hasta en sueños llora... Capítulo
XXIII En
el cual el Jahari gua’a se da a conocer como enviado de Tupã y
revela el secreto de la hierba mágica a Tume Arandu. Dejemos
por un momento la maldición de Arasy, que se está cumpliendo en
toda su extensión mientras Tau se regocija con los genios del mal
que ha engendrado. Dejemos por un momento la expansión del mal, los
espíritus, los fenómenos y las gentes. Vayamos
ahora hasta el lugar donde se encuentra Tume Arandu. A
orillas de una aguada luminosa, el sabio investiga las hojas de unas
plantas pequeñas que allí crecen. Una voz extraña y chillona lo
sobresalta: “Tengo algo que decirte” dice la voz. Recuperado del
susto inicial, Tume Arandu alza la vista y no ve sino al Jahari gua’a
que está posado en una rama cerca de allí. El ave lo mira y repite
la frase: “Tengo algo que decirte”. Tume Arandu se acerca y le
ofrece el dorso de la mano a la manera en que un aficionado a la
cetrería lo haría con su halcón. El gua’a se posa sobre el
brazo de Tume Arandu y le habla al oído. A
juzgar por las expresiones de Tume Arandu, pues desde aquí no
podemos oir lo que le está diciendo, debe ser algo asombroso. El
gua’a habla sin parar y Tume Arandu expectante, lejos del paisaje
que le rodea, absorto, escucha las maravillosas palabras del ave.
Luego, con el gua’a en el hombro cual un pirata, se dirige hacia
el otro lado de la aguada y se pierden por un estrecho camino entre
los árboles del monte. El
secreto le ha sido revelado. Tal
como lo había dicho Tupã, los esfuerzos de Tume Arandu han
merecido la develación del secreto. Tume Arandu ya conoce la hierba
mágica, el ka’aruvicha, la hierba portadora de la eterna
juventud. Pero también conoce cuáles son las condiciones para
utilizarla. Restricciones severísimas acarrea el uso del ka’aruvicha,
restricciones que de ser violadas se pagan con la propia vida. El
hombre que haya bebido la infusión de ka’aruvicha y cometa el
angaipa, será hombre muerto. Pero si se mantiene casto, mantendrá
su juventud, será inmortal, gozará siempre de buen humor, será
sabio y estará a salvo de toda enfermedad. En cambio la mujer que
la beba se fortalecerá, procreando de mejor manera y sin dolores de
parto. Tume
Arandu prepara la infusión. Él mismo ha de beberla y ha de dársela a sus hermanas y al gua’a, maravilloso instrumento de Tupã, que ha partir de ahora no se separará de Tume Arandu ni un solo instante. Capítulo
XXIV En
el cual se da noticia del estado de cosas promovido por
los hijos de Tau. A
los siete años, los fenómenos alcanzan su apogeo. Sus
fechorías constantemente atormentan al pueblo. Los frecuentes
raptos de las doncellas que lleva a cabo Kurupi. Las violaciones.
Los robos y saqueos de Moñai. Los ultrajes de los cementerios de
Luisõ. Las escandalosas travesuras de Jasy Jatere. Las salvajes
persecuciones de la manada de Ao Ao y sus ritos antropófagos. Los
graznidos de Mbói Tui. la terrible mirada de fuego que se esconde
en la cueva de Teju Jagua inspirando temor y supersticiones. Moñai
acumula el producto de su pillaje en Yvytykuápe. Nadie
se atreve a cruzar los montes por temor a Kurupi. Los
cerros son el imperio de la ya famosa manada de Ao Ao. El
cementerio se transforma en lugar de miedo y terror por obra de Luisõ. El
atrevimiento de los cazadores que buscan sustento en los esteros es
castigado con la muerte por Mbói Tui, el protector de los anfibios. Muertes,
ultrajes, robos y violaciones predisponen a los habitantes de la
tribu a pelearse unos con otros. A matarse entre hermanos. Las
familias se atacan unas a otras. Se incendian las aldeas. El
mal, propagado por el triunfo de Tau, impera en las tierras que Tupã
bendijo aquel día primero. Ahora los hombres se arman, se matan,
prefieren el vandalismo a la bondad. La semilla del mal está
instalada en toda la tribu. Es
en este momento de confusión y furia es cuando la calma y sabiduría
de Tume Arandu aparecen para decir basta. El sabio convoca a los
avare y a los más renombrados miembros de la tribu para que le
acompañen al Ñemono ongáva de Atyha pues tiene algo importante
que decir, algo que solucionará los problemas actuales. Capítulo
XXV En
el cual se habla de la reunión del pueblo en la Asamblea y de las
resoluciones que
se tomaron para acabar con el vandalismo desatado por los fenómenos. Aquel
día el pueblo estuvo reuniéndose desde muy temprano, deseoso de
escuchar las palabras de Tume Arandu. Cuando todos estuvieron
atentos, el sabio les dirigió un breve pero clarìsimo mensaje de
amor, de unidad y de compañerismo. Lo hizo con palabras sencillas,
las más difíciles de pronunciar en esas ocasiones. Lo hizo
apelando al sentimiento común y dejó en todos y en cada uno de los
asistentes la semilla de la bondad y la esperanza. Luego,
en una sesión secreta, se reunió con los notables de la tribu y
les dijo: “No les digo nada nuevo contándoles que estamos viviendo un tiempo en el que la muerte se impone sobre la vida. La tristeza ocupa el lugar que antes estaba reservado a la alegría. El odio es el sentimiento que reemplaza al amor. La sangre corre con más fuerza que el agua de nuestros arroyos. El agua cristalina de la vida se enturbia en las oscuras cloacas de la muerte. Es evidente que de esta forma nos encaminamos dire |