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Libro II
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 Libro Segundo (Parte I)

 Las Leyendas Indígenas y Mitológicas

 La leyenda de Karãu

Vista desde la cumbre del cerro Kavaju.

La tarde iba preparándose para el sueño, dejaba tras de sí los multicolores vestidos de fiesta que había llevado durante el día. Como siempre, rumores de aves en retirada completaban la cercanía de la noche. La gran dama de negro preparaba las lentejuelas del universo para pasearse a sus anchas. La luna era en ese momento apenas un hilo de plata, una pulsera finísima tejida con la luz del sol, elevándose desde la otra orilla del río.

Frío.

Agosto reina.

Hoy las rosadas mieses florales de los tajy han estallado, pero bajo el hermoso manto de flores aletean las oscuras sombras del más allá.

Aletean en torno del joven indio que se prepara para la gran ceremonia.

Aletean en torno de la anciana que se prepara para la otra vida.

Aletean en torno de la choza y de los árboles y de las flores y de las estrellas, que rodean la fuerza del joven y la agonía de la anciana.

La anciana clama por el hijo que en ese momento no tiene oídos para su madre.

El joven guerrero escucha ahora tan sólo los latidos de su deseo. Presiente el encuentro amoroso. Lo avizora en los tambores que resuenan en la noche recién nacida, en los ruidos de los animales que se deslizan en busca de sus presas, en el zumbido apenas audible de las flores que se fecundan unas a otras. El joven guerrero no tiene oídos para el clamor de su madre. Y su madre está muriendo.

El médico de la aldea sujeta las manos de la anciana entre las suyas y cierra los ojos para no ver a los enviados del más allá que vienen a llevársela.

Supuesta cueva del Moñái en la ladera del cerro Kavajú,
ubicado en el departamento Cordillera.

El joven guerrero se aferra a su bastón emplumado y parte, dejando atrás la choza donde vive. Aún existe un instante en el que duda y se detiene. Las estrellas lo miran esperanzadas, las flores de los lapachos gritan: ¡vuelve junto a tu madre! El joven guerrero gira su altiva cabeza y mira en dirección de la choza que acaba de abandonar. Su madre clama: vuelve, hijo mío, sólo quiero despedirme. Pero el joven no la ha escuchado. Cegado por la pasión de su juventud, retoma el camino y las estrellas dejan caer lágrimas celestiales.

Ahora los pasos del joven son firmes.

A medida que avanza, la noche se cierra sobre él y los tambores acercan sonidos cada vez más potentes. En la planta de sus pies descalzos, Karãu, el joven guerrero, siente el pulso de la tierra latir al unísono con su pecho. Los perfumes del fuego comienzan a llegar hasta su piel e inician el proceso de enardecer a cada uno de sus músculos. Su mirada se enciende cuando llega al círculo en el que la tribu danza sus sueños.

Orgulloso de sus prendas, orgulloso de su cuerpo, Karãu se hace un lugar en el círculo de fuego, se apoya en su bastón emplumado y con su mirada lanza-relámpagos comienza a buscar entre las jóvenes más bellas a aquella que lo ha estado llamando sin saberlo.

¡Ahí está!

La mirada de aquella mujer ha cruzado, por un instante brevísimo, sus brillos de río con la mirada del vanidoso guerrero. Lo ha enceguecido, lo impulsa a la conquista. Esquiva, la joven desaparece de inmediato en el racimo de hembras teñidas de fuego.

Karãu duda. Ha sido como una aparición que ahora vuelve para hacerse ver tan sólo por un momento. El guerrero sale del círculo y camina con firmeza por el exterior de ese pequeño sol tribal que forman los indios en su fiesta de la Luna Nueva. Camina sigiloso como el jaguarete sobre las ramas de los árboles. Se diría que sus ojos, su piel, sus pasos, todo él ruge cada vez que la aparición juega a incitarlo.

De pronto, lo que parecía una aparición está ante la vista de todos.

¿Ha dado un salto, o simplemente la magia de su belleza extrema la ha puesto allí, junto al fuego? Karãu se detiene y entra en el círculo. Sólo el fuego los separa. Sólo el fuego los une. Cualquier otro se quemaría. Ellos, en cambio, están allí como si estuvieran en su ámbito más natural.

Sus cuerpos hacen el fuego.

¿Quién cazará a quién?

Es la mujer vestida de llamas la que inicia el movimiento, y los tambores, que se habían callado para escuchar el crepitar de esas llamas, inician un tam-tam cada vez más intenso. Karãu se mueve en sentido contrario, no dejará que los papeles se inviertan. Él quiere ser el cazador y va al encuentro de la joven por el lado opuesto. Le da alcance y rodea la pequeña cintura de la joven con su brazo derecho. Ella echa sus brazos al cuello del joven y él la desprende del piso como arrancando una planta exótica de la orilla del río.

Ahora danzan.

Todas las cosas giran a alta velocidad.

Las manos en los tambores. Los pies de Karãu y la joven. Sus cuerpos. El fuego. Las estrellas. La finísima curva de la luna. El círculo de la tribu.

Todas las cosas giran a alta velocidad.

Se desenfrenan.

El alma. Los corazones. La carne. Los pensamientos. La pasión.

Una sombra sola está quieta en medio de la alocada carrera.

Una sombra a espaldas de Karãu.

Tu madre ha muerto dice la sombra, y los tambores callan. Enmudece el aire de la noche y todo lo que giraba abandona su impulso y se deja ir en un último movimiento que ya no atiende al movimiento...

Tu madre ha muerto, repite ahora en medio del silencio la sombra quieta.

No molestes, viejo. Ahora no es momento. Ahora no es tiempo de llorar.

Karãu, teñidas sus palabras por el fragor sensual del momento, no comprende que su madre ha muerto. La tribu en pleno no comprende el desamor de Karãu y, sintiéndose culpables, cada uno de los presentes, esconde su mirada en el piso de tierra. Las llamas retroceden, ceden en la hoguera dejando paso al reinado de las cenizas. La joven, objeto del deseo desenfrenado de Karãu, escapa hacia el bosque. Karãu olvida la fiesta, a su madre muerta, al viejo médico que le ha dado aviso, y corre tras ella.

La persecución ya no es simbólica sino real: el jaguarete persigue a la hermosa gacela.

Karãu huele en el aire el perfume de la joven y entra en el bosque.

Como si fuera una premonición, la estela de flores de tajy  que va dejando tras sus largas zancadas, se deshace y las flores, antes perfumadas, caen marchitas y con un hedor de muerto. Karãu se interna en el monte que cada vez se hace más y más espeso. Cae repetidas veces enredado entre las lianas que ahora proliferan por doquier. Ya no hay flores ni suaves fragancias, todo es oscuridad impenetrable. El suelo que pisa es un barro pegajoso.

Un crujido, el canto de un ave, un movimiento de hojas y Karãu cambia de rumbo.

Ya no sabrá regresar.

El cielo, ahora ausente, lo sabe, pero Karãu ya no puede ver el cielo, sólo un cerrado techo de hojas que le impiden la orientación. Como si fuera un canto de sirenas, cualquier ruido lo atrae. Karãu piensa solamente en la bella joven que ha escapado de sus brazos.

Karãu es ahora otro hombre. El deseo se ha transformado en obsesión primero y en desesperación después. Ha perdido su preciado bastón emplumado. Su cuerpo arañado por la vegetación presenta rastros de sangre. Su rostro se ha hinchado producto de las picaduras de los insectos. Su temple es ahora obstinación.

Toda la noche tras un imposible.

Karãu sale ahora a un claro, ve un cielo bajo y cerrado por nubes oscuras.

Nuevas esperanzas le trae el pantano neblinoso que tiene frente a sí.

Avanza.

Las pestilentes aguas hasta la cintura.

Apariciones entre la niebla.

Ve a la joven que se aleja caminando suavemente sobre el inmundo lodazal.

Ve a la madre muerta que asoma entre las aguas y se hunde nuevamente. Escucha sus gritos: ¡Sálvame, hijo! ¡Sálvame, por favor!

Una y otra vez la bella joven y la madre muerta aparecen y desaparecen ante los azorados ojos de Karãu. Una y otra vez Karãu intenta alcanzar a las mujeres con su voz, pero de su garganta no sale un solo sonido.

El agua ahora le llega al cuello y sin embargo Karãu sigue avanzando.

Ya no hace pie.

Karãu se hunde y vuelve a salir a flote en el pantano.

Ya no es un hombre.

Apenas una masa informe entre el barro.

De pronto un grito lastimero alza su cuerpo flaco y de entre los pajonales un ave negra extiende sus alas y se pierde entre la niebla. Un ave condenada a vagar en los pantanos. El cuerpo del color del barro. El grito del color del arrepentimiento tardío. Un ave triste: el karãu.

La leyenda de Pombéro

Éstas son las tierras de Carapeguá,
 ciudad ubicada en el departamento 
Paraguarí: escenario de la leyenda del pombéro.

En medio de la noche Itivere despertó con la sensación de que algo rondaba su choza. Salió y anduvo un buen rato por los alrededores del monte con pasos sigilosos pero nada pudo ver ni escuchar. Sólo algunos pájaros nocturnos, breves aleteos y graznidos apenas perceptibles.

Itivere piensa en Guyravera, su amada esposa.

Guyravera descansa, enorme la curva de su vientre. Habita en él la vida de un nuevo ser que pronto brillará para ellos. Guyravera sueña paraísos de paz y ni siquiera en sueños atisba la desgracia que el destino les ha entregado hace ya un buen tiempo.

Itivere mira al cielo cara a cara al jaguaveve que parece estar quieto pero que, él lo sabe, pronto se irá. Mira confiado a la desgracia, la desafía. Cree que enfrentando al astro, las desgracias huirán muertas de miedo. Confía en su poder. En su fuerza hay algo natural que siempre lo ha sacado a flote en los momentos más acuciantes. Confía en sus propias fuerzas.

Itivere no ha escuchado los silbidos fuertes y agudos que desde hace varias lunas rodean el poblado y en particular su choza. Un silbido que parece salir de la oscuridad misma de la noche. Un silbido cargado de magia, algo que Itivere desprecia.

Desde cientos de años atrás los akahendy merodean los poblados guaraníes. Siempre con la esperanza de engendrar en una mujer de suprema belleza que mejore las extrañas características de su raza. Los akahendy, homúsculos pequeños, nunca descubrieron las distintas formas de generar el fuego. En las noches más oscuras roban los tizones de los fogones y los llevan hasta sus poblados. Son expertos, eso sí, en preparar elíxires y filtros con hierbas y mieles. Son expertos en esa magia que proviene del poder de las hierbas.

El cuerpo de estos pequeños seres, que no superan la estatura de un niño de diez años, está cubierto de vellos de una gran suavidad los cuales les crecen incluso en las palmas de las manos y en las plantas de los pies.

Pueblo rencoroso, los akahendy, marcan a sus víctimas tocándolas con sus velludas manos. Una caricia imperceptible que provoca un escozor de extraña sensación en las niñas y que les hace amigas de las sombras para siempre.

Los akahendy son más veloces que el viento y para no ser descubiertos se mimetizan como si fueran  ñandúes empollando, o como troncos secos o como matorrales. La forma de su cuerpo y sus extrañas vestimentas hechas de pieles, plumas y hojas les ayudan a despistar a sus enemigos.

Capaces de la amistad, los akahendy esperan la ofrenda de los pueblos que cerca de los matorrales les dejan caña, tabaco y miel. La respuesta generalmente no se hace esperar. Los akahendy retribuyen las ofrendas con huevos de pájaros, panales llenos de miel, y otras delicias del monte. Pero también son muy vengativos cuando la ofrenda no llega.

Guyravera ya siente los primeros síntomas del parto. Se recuesta dentro de la choza y al poco tiempo, cerca de la medianoche, nace una niña. Itivere escucha un silbido largo y profundo. Sale a ver, siente pasos y un tizón encendido escapa del poblado hacia el monte a gran velocidad. Itivere lo entiende todo. Los akahendy han robado el fuego de la vida a su pequeña hija. Lleno de furia intenta perseguir al duende pero sus fuerzas se acaban bien pronto. Es imposible perseguir a quien corre más rápido que el viento. Desesperanzado vuelve al poblado. Su niña es más hermosa de lo que hubiese podido imaginar pero él sabe que el fuego de la vida ya no le pertenece. Ha sido tocada por las heladas manos del akahendy.

Itivere se revuelve en su propia impotencia. Sabe que con la fuerza no podrá lograrlo. Entonces decide granjearse su amistad. Tal vez de esa forma logre liberar a su hija del maleficio. Itivere deja ofrendas a los duendes. Una y otra vez las ofrendas desaparecen pero no son retribuidas. Signo inequívoco de que la amistad no será dada.

Ha crecido la niña. Su padre la observa con pena. Trata de seguir sus movimientos pero al menor descuido Iramara se pierde de la vista de los suyos. La niña prefiere los lugares oscuros del monte. La penumbra es su aliada y se siente atraída irremediablemente hacia ella.

Una tarde en que Iramara se ha desprendido de la vigilancia de su padre y se encuentra en lo espeso del monte trepada a un añoso árbol, es sorprendida por un hombrecillo que se presenta ante ella de improviso y festeja su gusto por las sombras.

“Si te gusta la sombra y la oscuridad de los montes, entonces también te gustará la miel, tanto como a mí” dice el hombrecillo.

La niña acepta la miel que el duende le alcanza y siente que la presencia de aquel ser le hace sentirse más segura. Menos  rara. Aceptada y halagada la niña entabla una conversación fluida con el duende que no se limita tan sólo a esa tarde, sino a muchísimas tardes más.

El hombrecito le realiza permanentes obsequios y la niña se siente a gusto con él.

Ahora, Iramara es una adolescente hermosa. Ha pasado mucho tiempo desde aquel primer encuentro con Timbe, el duende, y se han hecho muy amigos.

El hombrecito le ha estado embrujando con la magia de sus brebajes. Iramara ya está lista para la gran expedición de la que siempre hablan cuando están juntos. Partir a tierras lejanas, abandonar la aldea a la que nada ni nadie la ata, irse por los caminos del monte... Iramara lo siente en su sangre joven en la que el deseo también empieza a bullir, no sólo por el desarrollo natural sino, y sobre todo, por los brebajes que Timbe le proporciona.

Itivere y Guyravera se han vuelto taciturnos de tanta tristeza. Su hija, la luz de sus ojos, los desprecia. No contesta a sus preguntas. Se encierra en un ensimismamiento en el que ellos ven el fin. Ambos han decidido irse de la aldea. Llevarse lejos de allí a Iramara, arrancarla de las garras de los akahendy y comenzar una nueva vida más allá del horizonte. Lo han pensado mucho y al fin se han decidido. No encuentran otra forma de salvar la vida de su amada hija.

Pero los akahendy también han decidido con respecto a la vida de Iramara.

“Ha llegado el momento”, dice Timbe a sus congéneres.

“Hoy traeré a Iramara”, repite el duende y una multitud de hombrecitos aúllan de placer y lanzan risotadas sin sentido mientras se revuelcan en el campo pelado.

“Mañana partiremos”, dice Itivere a Guyravera.

La mujer calla, presiente que todo será inútil pero no contrariará a su esposo.

Itivere vigila su choza. Duerme Guyravera. Duerme Iramara. Pero la noche no duerme. La oscuridad de unas nubes densas y negras va cubriendo el cielo. Se escucha un silbido. La luna ya ha desaparecido del cielo. Algunos relámpagos caen en la lejanía como agujas de fuego.

Un descuido apenas y la niña ha desaparecido. Itivere descubre la hamaca vacía. No recuerda haberse dormido. Despierta a Guyravera. Iramara se ha ido.

“Volverá” dice la madre. Pero la niña ya no ha de volver.

Cerca de los pantanos, en la zona más oscura, se puede ver lo que Itivere y Guyravera no quieren imaginar. Allí están Iramara y Timbe. El duende la convence para partir. Le da de beber los zumos mágicos y se la lleva. La niña va sentada en un especie de trono que los akahendy han construido sobre dos varas. Varios hombrecitos se turnan para llevar las varas sobre sus hombros.

Cuando llegan a su destino la tierra y los árboles y los matorrales parecen despertar. De todos lados surgen más y más hombrecitos. Hediondos y zaparrastrosos. Excitados por la presencia de la bellísima adolescente rodean el pequeño trono con frenesí ensordecedor. Gritos. Zapateos. Risas y un olor inmundo que casi desmaya a Iramara. Nuevamente Timbe le alcanza zumos mágicos y la niña entra en un estado de sopor del que ya no saldrá nunca más. Ella no imagina que será fecundada por estos pequeños monstruos, no entiende del todo lo que sucede, no entiende la lascivia de los hombrecillos diabólicos. Pero está allí en medio de la turba y nada puede hacer.

Itivere, al amanecer, viendo que su hija no regresa, decide reunir a su tribu y partir en su busca. Allá van los bravos indios en busca de las tierras de Karapegua, en busca de los akahendy para exterminarlos. Dos días caminaron los indios hasta llegar a las planicies de Karapegua que tienen frente a ellos. Amanece nuevamente y el jefe, Itivere, siente la proximidad de su hija. La vé y corriendo a su encuentro la toma entre sus brazos y sale del círculo de duendes, incendiándolo todo. Los indios ponen fuego a todos los matorrales y el fuego se extiende de inmediato rodeando a los hombrecitos infernales.

“Ahora están donde deben estar”, dice Itivere con su hija en brazos mientras se aleja caminando por la orilla de un río. La venganza está hecha y el guerrero siente que su hija está a salvo aunque la observa temblar en sus brazos. Un sudor helado cubre el cuerpo de la niña que poco después muere. Su padre con el llanto incontenible la entierra junto al río y regresa vencido a su aldea.

Aunque Itivere creyó haber destruído a la raza de los akahendy con aquel monumental incendio, algunos de ellos lograron escapar. Itivere y Guyravera murieron poco después de pena y desconsuelo. Los akahendy sobrevivientes se distribuyeron por distintas tierras y aún hoy continúan haciendo de las suyas en los alrededores de los poblados. Se les conoce con el nombre de Pombéro, a raíz de sus manos velludas y continúan dando su protección a quienes les acercan ofrenda de tabaco, caña y miel. Aparecen en los lugares donde se los nombra y atacan de vez en cuando a las adolescentes insistiendo con su manía de fecundar a las mujeres bellas para mejorar su raza. Se los encuentra solos, y utilizan andrajos mugrosos como vestimenta, llevando casi siempre un rotoso sombrero de paja que les cubre el rostro.

La leyenda del Ñanduti

Como el humo de las grandes quemazones, un techo bajo de nubes negras cubría la aldea de los Guerreros del Sol. Las nubes se arrastraban enceguecidas por la fuerza de los vientos. Los habitantes de la tribu sabían que esa oscuridad era circunstancial y se preparaban para el próximo esplendor del Sol. Nadie estaba triste porque sabían que el astro de oro volvería a brillar sobre sus cabezas alzándose con toda su fuerza. Nadie, excepto Ñandu Guasu, el hijo del jefe de “los grandes avestruces”.

Desencajado, se revuelve en su hamaca de fibras.

¿Cuánto tiempo lleva así?

¿Cuánto tiempo lleva su madre intentando hechizos para librarlo de aquel tormento?

“¡Oh, Sapuru, hermosa ninfa indígena, abandona esta tierra y nunca vuelvas!” piensa para sí la madre de Ñandu Guasu, viendo a su hijo sufrir por el amor no correspondido.

Sapuru desafía al Sol.

Paradoja: Sapuru envía su mensaje de esperanza montado en las nubes y en el viento.

Sapuru se quiere casar y se lo ha dicho a sus padres”, dijo la machu con tono malicioso al oído de Ñandu Guasu. De inmediato el guerrero está en pie escuchando lo que la vieja viene a decirle. “Sapuru se casará con el hombre que le haga el más raro y valioso presente”. La machu hizo una pausa para palpar con sus ojos sesgados las reacciones de Ñandu Guasu. “Claro que será muy difícil superar los que ya ha recibido –agregó la machu– aunque dicen que el regalo que trae Jasy Ñemoñare es más hermoso y raro todavía. Trae collares, pendientes y brazaletes de un metal raro, blanco y brillante, y dicen que lo ha sacado de la luna misma una noche en que ascendió hasta allí con su magia de descendiente directo de la reina de la noche”.

Ñandu Guasu la escucha y se siente demolido por la evidencia verbal de la vieja.

Ñandu Guasu piensa en la muerte.

En su muerte.

Canta el kogohé y Ñandu Guasu huye de la vieja, del canto y de la muerte.

Corre por el bosque el joven guerrero.

Corre con sus piernas de acero.

Corre ahuyentando a las nubes negras, al canto maléfico, a los augurios de la vieja machu, al viento que retuerce el cielo. Trepa a los árboles, los traspasa. Cruza los manantiales y sobre todas las cosas va extendiendo con furia la furia del Sol. Todo se ilumina a su paso.

Corre haciendo el día hasta que cae la noche.

Ahora, Ñandu Guasu, con paso reposado, recorre el monte que ha hecho suyo durante el día. Presiente el hallazgo, lo huele en el aire. Es un perfume finísimo, casi imperceptible. Una sonrisa se dibuja en su rostro de hombre. Ha llegado junto al árbol muerto. El árbol que el rayo de los cielos ha destruido con su fuego. Ñandu Guasu acaricia el tronco muerto y en el lugar que ha tocado nace un brote pequeño y verde. Ñandu Guasu levanta la mirada advirtiendo la presencia viva de la más encantadora obra de la naturaleza que jamás había visto. Un tejido blanco y brillante, empapado en rocío, lleno de reflejos, hecho con dibujos de una perfección celestial. Un manto nacido para Sapuru. Sin dudas un regalo insuperable.

De pronto, de entre el follaje, surge la figura de Jasy Ñemoñare. El también quiere a Sapuru. Ñandu Guasu no tiene armas pero lo enfrenta. Un duelo por amor. Por el amor de Sapuru. Rodeos. Fieras miradas. Ruedan los contrincantes. La luna los mira. Una piedra, una herida mortal, la sangre corre y la luna llora porque su hijo ha muerto. Jasy Ñemoñare yace bajo la luz de la luna.

Ahora Ñandu Guasu trepa hacia las ramas que sostienen el codiciado manto. Su rostro iluminado por la certeza de tener a Sapuru para siempre. El joven alarga sus manos y el finísimo tejido se deshace en una baba pegajosa e informe. Es un hechizo. Es una quimera. Es un imposible. Jamás podré tener entre mis brazos a la bella Sapuru, se lamenta en sus pensamientos Ñandu Guasu y lágrimas de rabia ruedan por su rostro.

De un salto está en el suelo y corre rumbo a su aldea.

Corre con sus piernas de acero.

Corre cubriendo la luz lunar con un manto negro que todo lo ensombrece.

Corre ahuyentando a los hechizos, a la muerte y a la fría luz de la luna.

Corre haciendo la noche con su llanto hasta que nace el día.

Ahora Ñandu Guasu se revuelve en su hamaca. Sueños terribles agitan su espíritu. Habla en lenguas extrañas mientras duerme. Grita. Su madre, acongojada lo despierta. Lo saca del infierno. Ñandu Guasu calla. No cuenta su travesía por el monte. Se lo ve con el semblante ensombrecido por la pena y por la rabia. El sol ya está en lo alto cuando el joven decide sincerarse con su madre. Se sientan juntos, a orillas del río, y con la mirada perdida relata lo sucedido: la travesía, el claro en el monte, la muerte de Jasy Ñemoñare, la joya de aquel tejido, la desazón final.

La madre se levanta y simplemente dice: “Llévame a ese lugar”.

El joven la mira, primero sorprendido y luego con una sonrisa esperanzadora.

“Confía en mi”, dice la madre, y parten.

No corren por el monte, lo sobrevuelan con la fuerza del amor.

Ahora están en el sitio del hallazgo. La madre observa el cuerpo de Jasy Ñemoñaré cubierto de insectos y luego dirige su mirada a la maravilla del tejido allá en lo alto. La fuerza del sol parece haberle dado más vida, más brillo, más luz. La madre observa con detenimiento, no se arriesga a tocar la tela, sabe que el mínimo roce la destruirá. Se limita a mirar el constante movimiento del pequeño animal. Sus idas y vueltas. Su colgarse y descolgarse contínuo, casi sin pausas.

Ñandu Guasu se ha dormido.

Sobre una rama repone las fuerzas que ha gastado durante la noche.

La madre aprende la urdimbre del tejido maravilloso. Sigue los pasos de la araña. La madre comienza a tejer un manto hecho a imagen y semejanza del que tiene ante sus ojos. Lo teje con sus propias canas. Lo teje con amor. Lo teje sabiendo que hará feliz a su hijo.

Cuando Ñandu Guasu despierta, su madre descubre ante sus ojos el tejido que ha hecho con sus canas. El joven sorprendido mira la obra de su madre y mira el tejido prendido de las ramas: son idénticos. Con temor el joven toma entre sus manos la suavísima urdimbre. La madre cuenta cómo lo ha hecho y el hijo, con su natural ingenio, le dice: “lo llamaremos ñandu ati.”

“Ve y entrega esta ofrenda a Sapuru” dice la madre.

Los descendientes de Ñandu Guasu y Sapuru continuaron tejiendo aquel delicado encaje que hoy conocemos como ñanduti, homenaje eterno al talento y sabiduría de la madre de Ñandu Guasu, y nombraron a las arañas, tejedoras naturales y primigenias de aquella maravilla, con el nombre de ñandu con el que hoy las conocemos en nuestro idioma guarani.

La leyenda del Urutau  

Es la calma hora de la siesta, cuando la sombra aparece apenas a nuestros pies. Uruti, la hija del mburuvicha de los guarani sale de la aldea. Guía sus pasos la pasión por un hombre. Un guerrero. Un solitario que ha desafiado las fuerzas de la naturaleza con el poder de sus ancestros.

Uruti llega junto al tajy florido que está al borde de la fronda espesa. Allí deberán encontrarse. Allí espera al amado. Allí, inquieta y ardorosa, Uruti se sienta y se pone de pie una y otra vez a la sombra fresca del lapacho. Jaguarainga no llega. Algo lo ha retrasado.

Cuando Uruti está a punto de retirarse aparece el guerrero solitario deseoso de ver a su amada.

La tarde se enciende nuevamente y los nubarrones que poblaban el alma de Uruti con desencantos desaparecen como si un gigante los hubiera soplado con fuerza alejándolos para siempre.

Estoy aquí, viéndolos. Uruti la bella princesa guarani y Jaguarainga, el fuerte guerrero, plebeyo pero orgulloso de ser descendiente de los primeros habitantes de estas tierras. No sabe él, sepámoslo nosotros, que su madre ha sido la hermana del gran jefe guarani.

El diálogo meloso de los jóvenes. Las caricias.

él le ha traído como ofrenda una piel de tigre aún caliente y algunas heridas en los brazos y en el pecho, rasguños de la fiera con la que ha tenido que luchar a plena luz del día, para llegar junto a su amada. Orgulloso de su triunfo, el guerrero descansa en el regazo de su amada. Ella cura sus heridas con hojas de ceibo y palabras de amor.

Los enamorados sienten pasos y voces.

La niña se asusta.

El guerrero le pide calma.

“Es la voz de mi padre, debo irme”, dice la niña.

“Ya es tarde para huidas, enfrentemos la situación”, le contesta el guerrero.

Ambos se ponen de pie y de esa forma reciben a la comitiva que se acerca hacia ellos.

Reprende con voz firme el padre a la hija y ésta pretende poner excusas a la presencia del guerrero junto a ella. Pero Jaguarainga, altivo y seguro de sí mismo, enfrenta la situación y confiesa su amor por Uruti al gran jefe guarani.

Indignación es lo que ha logrado con su confesión de amor. Una indignación que esconde un odio ancestral. La tribu a la que pertenece Jaguarainga es una tribu esclava de los guarani. Con soberbia, Arakare, el padre de Uruti, destrata y menosprecia al guerrero. El joven se defiende recordando al viejo jefe que su tribu ya era dueña de estos lugares cuando la suya aún no existía como pueblo y le advierte que el alejarse de los consejos de la naturaleza poniendo por encima la ansiedad de poder le pesará en el futuro, en un futuro muy cercano.

“Hoy pueden ser dueños de estas tierras y esclavizar a las tribus ancestrales, hoy tienen el poder, pero si continúan alejándose de la madre tierra, se volverán esclavos en muy poco tiempo”, dice el joven. El viejo jefe lo maldice y lo hace echar fuera de su presencia.

La niña vuelve a la aldea con sus padres y sus padres la envían al templo mayor para que los sacerdotes conjuren el daño de la pasión y el ardor de su alma. Uruti deberá consagrarse como vestal del templo y alejarse de todo hombre por siempre jamás.

Se resiste Uruti, mientras las otras vestales del templo la animan diciéndole que pronto olvidará los sucedido. Que los sacrificios, los ayunos y la disciplina la convertirán en otra mujer.

Pasa el tiempo y Uruti ha superado las pruebas para ser consagrada vestal del templo.

Hoy es el día.

Su padre y su madre están presentes en el templo.

Los sacerdotes realizan los ritos iniciales de la ceremonia.

Uruti, vestida de blanco como las demás vestales está lista para la danza espiritual.

Las melodías de los dioses resuenan en ecos profundos y las vestales comienzan su danza circular. Cuando la música cesa, las vestales quedan con la vista clavada en el techo del templo. Hay algo allí que llama la atención de las vírgenes. Pero antes que nadie pueda darse cuenta ya las mujeres han bajado la vista. Sólo Uruti, como si escuchara una música del más allá, inicia una danza extraña a la santidad del templo, extraña a las vestales, extraña a los sacerdotes. Es una danza de una sensualidad como no se ha visto. Su cuerpo transformado en las llamas de una gran fogata. Cada desplazamiento una insinuación. Los movimientos ondulatorios de Uruti cesan de pronto y cae al piso desmayada.

Los sacerdotes, alarmados por la expresividad lujuriosa de Uruti, se reúnen y entienden que el espíritu de castidad no ha penetrado en el alma de la joven. ¿Qué hacer?

La ira despierta en el gran jefe Arakare.

Como es posible que de su simiente haya nacido tan baja mujer, que se rehúsa a ser casta y pura para la eternidad. Que corre tras un bastardo. ¿Qué clase de hija ha tenido?

Minutos más tarde los guardias del templo reclaman la presencia de los sacerdotes en las afueras del lugar. Han sorprendido a un indio trepado a los techos del templo. Han sorprendido a Jaguarainga espiando la ceremonia de las vestales. Tratando de impedir la consagración de Uruti. Y lo ha conseguido. De inmediato Arakare condena al maldito a la muerte y a su hija a presenciar el castigo.

“Morirá. El verdugo le aplastará la cabeza, cortará su cuerpo en pedazos que serán devorados por la tribu y sus huesos se tirarán en un claro del bosque para que su alma no tenga reposo”, esas son las palabras que usa Arakare para sentenciar a Jaguarainga.

El guerrero intenta defenderse pero nadie atiende sus reclamos. Invoca el amor por Uruti y eso enardece aún más al gran jefe: “Llévenlo y átenlo al árbol. Ofrézcanle mujeres, manjares y vino, para que gozando de los placeres terrenales sufra más a la hora de la muerte”.

Los preparativos para el castigo-sacrificio comienzan de inmediato. Los guardias traen mujeres, manjares y bebidas al prisionero que todo lo rechaza. Las vestales y Uruti, mientras tanto, preparan un plan para liberar al guerrero. Mezclan a las bebidas jugo de adormideras rosadas y ninfeas azules. Una vez que todos comienzan a beber, pues sin ese paso no hay ritual, comienzan a caer dormidos como troncos. Es aquí cuando vuelve a aparecer en escena Uruti. Llega para liberar al prisionero. Desata las cuerdas que lo mantienen unido al árbol y luego de solazarse en caricias y declaraciones de amor eterno escapan del lugar llenos de esperanza. Desean alejarse lo más pronto posible hasta que la ira de Arakare se aplaque. Toman el rumbo del naciente. Van unidos en el amor. Huyen pero en la huida no hay rencores. En sus almas no hay espacio para otra cosa más que para el amor.

Días después una nutrida comitiva de trescientos guarani armados hasta los dientes y encabezados por el jefe de los guerreros de Arakare y antiguo pretendiente de Uruti atrapan a los fugados y los regresan al templo. Ahora el castigo es doble. A Jaguarainga se le impone la misma forma de muerte que fuera sentenciada por el gran jefe y a Uruti, la condena para las vestales mancilladas, que es tan terrible como aquella: ser devorada por la boa de templo. Una terrible y gigantesca pitón con poderes de augur. Ruega la madre de Uruti por su hija, implora ante Arakare por la vida de Uruti pero éste no le perdonará la afrenta. La suerte está echada.

Un rugido terrible hace temblar todo el templo, ¿se está cumpliendo la sentencia? ¿de dónde ha venido aquel terrible rugido que aún desde el eco continúa haciendo temblar las poderosas paredes? ¿Qué es lo que está pasando allí afuera? Dos guardias horrorizados penetran en el templo y dan aviso: Juaguarainga ha dado muerte a la serpiente gigante. La ha partido en dos luego de librarse de sus ataduras. Al ver que la serpiente se enroscaba a los pies de amada, logró zafar de las ataduras y como un poceso arrebató el hacha de uno de los guardias y de un sólo golpe partió en dos a la terrible boa. Sus dos partes aún siguen agitándose y manchando de sangre las paredes del templo.

Jaguarainga continúa disputando con los guardias hasta que al fin cae rendido.

Arakare perdona la vida de Uruti aconsejado por los sacerdotes y ratifica la condena de Jaguarainga, sacrificio que deberá ser presenciado por Uruti. La sentencia se cumple sin ritual. El verdugo le aplasta la cabeza, troza su cuerpo muerto y tira los huesos. Luego del sacrificio libera a Uruti que corre hacia su padre. Uruti llora, grita y maldice a su padre que se mantiene impávido ante los reclamos infructuosos de la bella Uruti.

Uruti se marcha del templo seguida por su madre, Ojampi, que decide seguir a su hija a donde vaya en lugar de cuidar del anciano y malvado jefe de los guaraníes. Las señales de desastre para la tribu de Arakare no se hacen esperar. Los sacerdotes se las hacen saber, pero el viejo jefe ha perdido la capacidad de entender esas cosas y no hace caso de los avisos. “Los malos augurios se cumplen sólo con los cobardes y yo soy un hombre valiente”, dice Arakare. “Nada ni nadie me doblegará”. Los dioses para hacer más penosa su soledad deciden convertir a la bella Uruti en un pájaro nocturno que llora todas las noches y descansa durante el día y a su madre en un árbol seco sobre el cual se posará el urutau.

El viejoArakare ya no puede conciliar el sueño. Su tribu fue perdiendo sus posesiones y él fue perdiendo el poder. Arakare envejeció rápidamente y murió solo, escuchando el lamento terrible del urutau durante todas las noches de su vida y aún después de muerto.

La leyenda del guavira

Corren las primeras épocas de la colonización. Corren como los primeros caballos que atravesaron la mar océano. Corren como las nubes que vienen empujadas por los mismos vientos que ensancharon las velas de las primeras carabelas. Corren como lo han hecho en todos los tiempos, sin detenerse, avanzando siempre en pos del futuro inalcanzable.

Los bravos indios de esta tierra se enfrentan a los conquistadores que vienen con su soberbia en busca de Eldorado. Dispuestos a todo por un pedazo de oro, los hombres de allende el mar se internan en los bosques de las nuevas tierras y se enfrentan cuerpo a cuerpo con los aborígenes.

En una de aquellas luchas un guerrero español cae prisionero del temido cacique Jaguati.

Jaguatí tenía una hija muy hermosa pretendida por varios de sus mejores guerreros a los cuales ella había rechazado uno a uno.

Cuando el hombre blanco llegó a la aldea fue encerrado en una jaula.

Allí, avergonzado y temeroso, pasó sus primeros días sin probar bocado. Pensaba en su dulce amada que había dejado en las ahora lejanas tierras europeas. Imaginaba que ya no volvería a verla. Sufría por ella. Se veía sacrificado por aquellos salvajes de los cuales no entendía ni siquiera el idioma. Lloraba en silencio.

En esos pensamientos estaba cuando sintió la penetrante mirada de Apykasu, la joven y bella hija de Jaguati. Ella le entregó dulcemente una vasija con agua fresca y él, sediento, aceptó. Desde entonces fue Apykasu quien llevó los alimentos destinados al prisionero. Su figura le había impactado al punto de sentirse totalmente enamorada del extranjero.

Apykasu entonces habló con su padre. Le pidió que le entregara al prisionero porque se había enamorado de él, que le perdonara la vida. El cacique se mostró condescendiente con su amada hija. ¿Cómo iba a negarle un deseo? Además quería que su hija le diera descendientes.

Apykasu inició la seducción del extranjero. Ante las atenciones de la joven el hombre se mostraba amable pero distante y no daba muestras de corresponderle. Como si estuviera en otro lado y no en aquella aldea.

Apykasu le hizo mantas y adornos. Le preparó platos especiales. Le hizo entender que le amaba y al fin, vencida por la desdicha del amor no correspondido, Apykasu ordenó que lo enviaran a la hoguera. Fue un simulacro lamentable ya que el prisionero, aún al borde de las llamas, no se inmutó. Prefería la muerte a ser infiel a la promesa que le había hecho a su amada. Prefería morir antes que faltar a su palabra.

Terminada la farsa de la hoguera Apykasu intentó por todos los medios comunicarse con el apuesto joven hasta que al fin lograron entenderse. Entonces ella suplicó su amor una y otra vez. Pero él, con absoluta sinceridad le confesó que no podía amarla, que le agradecía lo que ella había hecho por su vida pero que era un imposible porque había dado su palabra a otra mujer.

Apykasu lloró mucho aquel día encerrada en su choza.

Su padre intentó consolarla pero ella insistía en que estaba enamorada del extranjero.

Una voz amiga que Apykasu no reconoció la sacó de triste llanto. “Ve a ver a la kuña Paje” murmuró alguien a través de una abertura de la choza en medio de la noche. Apykasu salió a ver quien le aconsejaba pero sólo encontró el silencioso sueño de la aldea.

De inmediato, Apykasu se puso en marcha. Al llegar a la casa de la hechicera, Apykasu encontró que ésta le estaba esperando. “Pensé que ya no vendrías”, le dijo. “Hace días que estoy esperándote. Cuéntame todo“, dijo la hechicera acomodándose en su poltrona.

Apykasu le contó sus desdichas y sus penas paso a paso sin olvidarse de ningún detalle.

“Es muy sencillo lo que debes hacer”, dijo la Kuña Paje.

“¡Quiero saberlo ya!”, respondió la joven inquieta.

“Mañana bien temprano vas a invitar al extranjero a dar un paseo. Llévalo hasta la falda del primer cerro elevado que veas. Allí encontrarás un papagayo que te preguntará qué buscas. Dile que quieres encontrar los frutos del guavira y él te conducirá hasta los árboles donde podrás tomar la fruta. Dale de comer esos frutos a tu extranjero en forma abundante. Tienen una propiedad mágica: se olvidará de todo lo que vivió en sus tierras y entonces quedará a tu voluntad. El resto tendrás que hacerlo tú misma”.

Sonriente y reconfortada por las palabras de la hechicera, la joven princesa volvió a su aldea con el espíritu cambiado. A la mañana siguiente, Jaguati no podía creer el espíritu alegre de su hija. Apykasu se levantó de buen humor e hizo como la hechicera le indicara. Invitó al extranjero a dar un paseo. Divisó el cerro. Se dirigió hacia él y encontró al papagayo parlante que les habló atentamente ante el asombro del extranjero. Más tarde conducidos por el animal encontraron los jugosos frutos del guavira de los cuales el extranjero tomó los más grandes deleitándose con ellos.

Está demás decir que el hechizo se hizo realidad. El extranjero quedó para siempre en la aldea y Jaguatí tuvo una numerosa descendencia producto del amor de su hija con el hombre blanco.

La leyenda del Jaguaru

Navega el eximio remero cerca de la costa. Sus ojos escrutan la topografía de cada sitio. Se siente dueño del río pero no por eso deja de investigar su costa, sus profundidades, sus secretos.

Mira con asombro la extraña cueva que se abre ante sus ojos.

Es como una boca monstruosa y oscura que espera sobre la barranca. Nada se puede divisar de su interior. Oscuridad total. Guarán enfila su canoa hacia la abertura. En un primer momento nada puede ver. Lo negro absoluto. Ahora, habituado comienza a percibir las paredes de la cueva. Se diría que posee como los murciélagos una visión que proviene de los ecos. Guarán se guía más por el ruido de sus remos en el agua, aquí poco profunda. El olor es nauseabundo en esta pocilga. Lo aguanta todo en el afán de conocimiento el joven Guarán. Pero llega un momento en el que debe regresar. Es mucha ya la distancia recorrida y a juzgar por los ecos hay aún mucho por delante. Guarán decide tomar consejo de sus mayores. Su espíritu aventurero no le impide ser juicioso ente lo desconocido. Regresa Guarán sin inconveniente alguno y al fin, luego de un largo trecho, logra salir a río abierto nuevamente.

Guarán ha llegado a la aldea. Se encamina hacia la choza del más anciano de los de su tribu. Se sienta en silencio junto a él. El viejo le invita una infusión que hierve en el fogón. Beben. “¿Qué has descubierto ahora, Guarán?”, pregunta el anciano como leyendo los pensamientos del joven. “He encontrado una cueva cavada en la barranca del río. He entrado en ella y parece no tener fin. Pero por lo que se huele allí debe estar ocupada por algún animal enorme. Me gustaría cazarlo”, responde Guarán ansioso. “Mala cosa lo que has descubierto muchacho, mala cosa...”

Sorprendido por la respuesta el joven cacique espera la continuación. Un largo silencio queda suspendido en el aire como levitando hasta posarse en el suelo suavemente. Entonces el anciano vuelve a hablar: “Muchos, en mis tiempos, buscaron esa cueva y no pudieron encontrarla. Muchos guerreros fuertes y nobles esperaron al monstruo de aquella caverna inaccesible por años junto a la orilla de río, mas el monstruo siempre les encontraba desprevenidos. En esa caverna habita el jaguaru, de eso no tengo dudas. Te ayudó la bajante pero el mérito es tuyo. Ahora ya sabemos dónde está pero ¿qué podemos hacer? Nunca podremos sorprenderlo. Eso es ley...”

“Pero, ¿qué clase de animal es el jaguaru?, preguntó Guarán. “Eso no sabría decírtelo pero es enorme y espantoso. Nadie que lo haya visto cara a cara ha vivido para contarlo. Dicen que se parece a un gigantesco lagarto. Dicen que tiene cabeza de tigre. Dicen que agita su cola con una fuerza jamás vista, arrancando árboles de cuajo con un solo golpe, dicen que se alimenta del bofe de las mujeres jóvenes... dicen tantas cosas del jaguaru”.

Guarán recuerda haber escuchado alguna historia acerca del jaguaru cuando muy niño y un escalofrío corre por su espalda. ¿Por qué no siguió avanzando? Hubiese sorprendido al monstruo y lo hubiese matado, salvando a todo su pueblo de la terrible amenaza.

Pasaron los días y las semanas.

Guarán anduvo merodeando el lugar donde descubriera la cueva pero ya no pudo encontrarla. “Que existe estoy seguro, yo no soñé esa cueva” afirmaba para sus adentros el cacique. Había mantenido el secreto pero no evitaba el sitio del río donde suponía que se encontraba la cueva.

Varias lunas han pasado desde aquel misterioso hallazgo.

Guarán siente que algo está por suceder. él mismo en persona, junto a los guerreros más fuertes de la tribu, marcha hacia aquel lugar. No divisan nada especial. Sólo la costa del río y calma. Mucha calma. Cada garza en su lugar. Los pájaros en absoluta tranquilidad. Ni un pez salta fuera del agua. La calma tan acentuada resulta sospechosa pero nada puede decir el joven cacique. Ni un indicio ante los ojos de los guerreros.

Es el atardecer. Están de vuelta en la aldea.

Cada uno se ocupa de sus tareas hasta que, entrada la noche, la aldea se concentra en el sueño. Jukyete, la esposa de Guarán siente que el joven no está bien. Lo ve dormir agitado. Una transpiración fría recorre su cuerpo. De pronto se levanta sobresaltado, se pone de pie y mira a su alrededor. Sólo la noche y el silencio. A lo lejos se escucha el lamento del urutau. Guarán desea fervientemente que su mirada penetre en la oscuridad. Jukyete desea fervientemente que su esposo pueda reposar en paz. Le frota ungüentos que ella misma ha preparado hasta que al fin el guerrero duerme tranquilo. Ahora es ella, la mujer, quien siente dentro de su cuerpo aquella ansiedad enorme que despertó a su marido. Se queda de rodillas junto a su esposo. Quisiera correr alrededor de la aldea, tal es la fiebre que le ha quedado encerrada en el cuerpo. El suave ondular de la brisa es para ella como un huracán sobre su piel. Trabajan los sistemas de su cuerpo de una manera exagerada.

Jukyete observa el descenso de las llamas en las hogueras. Observa el sueño de su esposo y de los guerreros en sus hamacas. Su cuerpo alerta siente ahora el sacudón del follaje en dirección al río. Debe ser el viento, piensa la mujer. Debe ser el viento...

Jukyete, vencida por el cansancio, cae acurrucada junto a su Guarán.

Más allá del temblor de los nidos, más allá del crugido de las ramas quebradas, más allá de los pasos que hacen retemblar el monte, la tribu duerme. Una sombra de barro. Una cabeza de barro. Un cuerpo de barro. Un monstruo de barro es el que asoma sus fauces abiertas en medio del silencio de la noche. Nada se mueve. La fetidez del monstruo todo lo invade, todo lo cubre, todo lo aletarga. Yérguese el fenómeno y muestra un pecho blanco y al parecer vulnerable. Adelanta su cabeza protegiéndose y atacando, todo a un mismo tiempo. En un abrir y cerrar de ojos la boca del monstruo rodea a Jukyete y la aprisiona. El terror desvanece a la joven que no tiene tiempo ni siquiera de gritar. El monstruo da un salto felino, agita con furia su larga cola y desaparece tal como ha venido. Los guerreros siguen en el sueño. Unos ancianos ven pasar la sombra espantados pero sus piernas no responden y no pueden avisar nada a nadie.

En lo alto del cielo se prepara una tormenta.

Riñen las nubes chocando unas contra otras. Saltan las chispas del duelo y caen quebradas y verticales sobre el río. La tribu despierta con el primer ramalazo de la tormenta. Guarán busca con el brazo a su mujer pero no la encuentra. Se pone de pie y grita su nombre. Interroga a cada uno de sus hombres. Nadie ha visto nada. Al fin aparece un viejecito que dice haber visto la silueta del monstruo llevándose a una mujer. Guarán la ha perdido para siempre. Su grito es desgarrado. Guarán, enloquecido promete venganza.

Desde aquel día prepara a sus guerreros el joven cacique. Prometió venganza y así lo hará. Somete a los mejores a un duro entrenamiento. Día y noche están alertas. Han cavado una fosa para atrapar al maldito. Navegan el río buscando la maldita cueva pero no pueden hallarla. Saben que en algún momento, la bestia tendrá que salir. Esperan.

Guarán escucha en la noche nublada el retumbar del follaje y sonríe. Ha llegado el tiempo de la venganza. Despierta a los pocos guerreros que duermen y cada uno se coloca en su sitio. La bestia se acerca. Está cebada. Viene por más. Como si percibiera la trampa, el monstruoso animal se acerca lentamente, como tanteando el terreno. Los viejos se encierran en sus chozas. Los niños duermen. Las mujeres espían por las rendijas. Los hombres, tensos, esperan la llegada del que resopla sobre sus cabezas. Calcados de su anterior aparición son los movimientos del monstruo, pone los pies sobre las huellas que había dejado. Alarga el cuello buscando a la víctima pero esta vez no encuentra a nadie. Esta vez encuentra un sorpresivo ataque. Lazos y boleadoras enormes le aprisionan las patas. cae de costado el monstruo, se desploma en la fosa disimulada con hierbas. Se desploma su enorme peso y nubes de polvo blancuzco se elevan impidiendo la visión. De entre las nubes de polvo un rugido espeluznante se eleva quemando el aire. Es Guarán quien clava en las fauces del monstruo una lanza enorme. La lanza vuelve a aparecer salpicando la hedionda sangre en la nuca de la bestia. Las flechas caen en lluvia tremenda sobre el blanco pecho tiñéndolo para siempre de sangre. Con la lanza de Guarán incrustada en la boca se desplomó el monstruo.

Una imagen en la pared posterior del templo de Yaguarón inmortaliza la tremenda lucha.
Continúa...

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