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| Libro Segundo Las Leyendas Indígenas y Mitológicas La
leyenda del Irupé Cumple
con sus ritos la tribu en medio de la noche. La
luna acompaña cada paso. Las doncellas vírgenes danzan en torno al
fuego. Corre entre los hombres el vino de mandioca. Canta y baila la
tribu. Se exacerban los espíritus. El
joven Chiru cuenta sus
hazañas. Acaba de regresar de la ciudad del oro. Cuenta todo con
lujo de detalles y las fantásticas aventuras ocupan todo su hablar.
Nada de lo que allí pasa parece tener mucha gracia después de
haber pisado aquellas tierras doradas. Bailan
las doncellas vírgenes alrededor del fuego. Coronadas
de flores danzan con sus atuendos blanquísimos. Las
llamas que se levantan con fuerza crujiente tiñen la piel de las jóvenes
de un rojo incandescente y furioso que enerva los espíritus. Chiru mira a las doncellas. Mira a una doncella en especial. La más
joven. La más hermosa. La más áurea. La mira con deseo
irrefrenable. Ahora
las doncellas detienen su danza y agitadas descansan junto a un árbol. Chiru
manifiesta su deseo a un hombre que está a su lado. El
hombre le advierte que esas doncellas no pueden ser tocadas. La
maldición de Tupã caerá
sobre quien ose tocar a las doncellas vírgenes de la tribu. Chiru,
agitado por los espíritus del vino, se acerca a la joven y le
ofrece sus brazos para el merecido descanso. La joven rehúsa el
ofrecimiento. El muchacho insiste. La acosa. Se le acerca. La joven
huye. Se levanta y corre por el monte. Chiru,
enceguecido por la negativa la persigue. Alejada
del fuego y corriendo por el bosque, la niña, plateada por la luna
parece un espectro encantado. No está dispuesta a entregarse a los
brazos de aquel indio ebrio. Llena de miedo, trémula pero decidida
se aleja con sus ágiles piernas. Casi lo ha perdido de vista. Chiru,
embriagado, no acierta el camino que ha tomado la joven pero su
deseo es irrefrenable y no se detiene. Obstinado avanza. La niña se
detiene junto al río. Se ha trepado a una roca saliente y allí
aprisiona entre sus manos el talismán defensor de la virginidad. En
ese mismo momento ve aparecer a través del follaje a Chiru. “Al
fin te he alcanzado” grita el muchacho poseído por los espíritus
del alcohol. “Huiremos
juntos. Te llevaré a la ciudad del oro. Viajaremos sin descanso y
la aventura será nuestra única guía. Te ofrezco el paraíso que
está más allá de los cerros”. Suplica el joven ante el silencio
de la niña que temblorosa aprisiona aún más su amuleto. El hombre
se acerca a ella. Intenta
varias veces subir a la piedra en la que está erguida la pequeña
doncella. Le
acosa desde abajo Chiru
hablándole continuamente de amor y desenfreno. El
silencio es el resguardo de la niña. Mira el río cargado de
estrellas. Un reflejo vivo. La luna enorme en su superficie. Todo
parece hablarle, incitarla. Ya
trepa Chiru. Ahora
sí está por darle alcance. La
niña no lo duda un instante. Salta y se sumerge en ese espejo de
astros y reflejos. Salta detrás el muchacho, guiado por el deseo. Se
desliza la niña hacia lo más profundo. “Te
salvaré y serás mía” balbucea el hombre y se sumerge en las
oscuras aguas en busca de la doncella. Una y otra vez va y viene de
la superficie a las profundidades hasta que al fin logra alcanzar el
cuerpo de la niña. Lo aferra fuertemente y se dirige a la
superficie, pero al salir a flote descubre que lo que trae aferrado
es una flor. Grande y en forma de corona. Ámbar en el centro y teñida
de colores rosados en los bordes de cada pétalo, ancho y carnoso.
Sorprendido primero y furioso después, Chiru
tomó la flor y sin fijarse en su gran belleza la arrojó lejos de sí. Chiru
siguió
sumergiéndose con la esperanza de encontrar el objeto de su deseo
pero fue inútil. Al fin, sin fuerzas fue arrastrado por un remanso
que se lo llevó para siempre a las profundidades. Los dioses habían
dado su castigo al importuno joven y premiado la bondad de la
doncella convirtiéndola en una hermosa flor que se eternizaría
dando nombre al río que puebla, porque Paraguay significa río de
coronas y aquellas coronas llevan el nombre de Irupé. La
leyenda del jurunda Cerca
del río, los chiquilines pescan. Tiran sus precarios anzuelos en
cuya punta danzan alguna lombriz y, atentos, esperan el pique.
Muchas veces pasan horas hasta que pueden engañar a algún pez. Las
más de las veces los peces se acercan al anzuelo, miran a la
lombriz que se retuerce todavía bajo el agua, la olisquean y se van
quizá riéndose de la ingenua manera de pescar de esos chiquilines. Pero
ellos son felices. Estar
junto a las aguas del río los hace felices. De
vez en cuando se cansan de esperar y entonces se dan un chapuzón. Claro
que no se aventuran a acercarse al remanso que desde el recodo del río
los mira con sus negros ojos. Pero en el remanso era donde más
gusto da pescar. Allí se pueden atrapar los mejores peces. El
remanso es para los más osados y sólo uno de aquellos chiquilines
se atreve a pescar en ese lugar. Es que el riesgo de resbalar y caer
es grande. Y si se cae allí... “Se
enfurece el Ypóra y te
arrastra hasta el fondo del río, te entierra en el barro te cubre
de ramas, te ahoga y ya no te deja regresar. Ni tu cuerpo van a
encontrar si te caés ahí...” le dice uno de los amigos al más
audaz. Pero
el chiquilín no hace caso. Lo
que más le gusta es tentar al remanso. Se
acerca siempre solo y allí tiende la línea con el anzuelo. Una vez
hasta sacó un dorado de allí. Claro que su padre lo felicitó por
la pesca pero también le advirtió que no debía arriesgarse tanto,
“Ypóra puede enojarse
contigo si eres tan obstinado”, le dijo. Todo
reto, toda advertencia era de balde. El
chiquilín no tenía oídos para recomendaciones, obedecía más que
nada al llamado de la sangre. Había nacido aventurero y nadie podía
impedirlo. Eso pensaba su padre. Aunque no dejara de llamarle la
atención y de poner cuidado en él toda vez que podía. Un
día iba del brazo de su madre a una fiesta en el pueblo. Parecía
muy contento de acompañarle, pero lo cierto es que al primer
descuido, el chiquilín desapareció. ¿Dónde estará? No desesperó
la madre, conociendo el temperamento de su hijo, mas al pasar las
horas y no verlo regresar comenzó a asustarse. ¿Dónde se habrá
ido? se preguntaba la madre ahora desesperada. Al fin decidió
buscarlo a orillas de río. Cuando
la madre llegó el chico ya no estaba en la orilla, había caído al
agua, el remanso lo había arrastrado pero él había logrado asirse
a un tronco y giraba y giraba en el remanso. La madre al verlo dio
un grito de espanto y sin pensar que podía ayudarlo mejor de otra
manera, se arrojó al agua para salvarlo. “¡No, madre!”, gritó
el chiquilín que conocía la fuerza del remanso. Pero ya era tarde.
La madre ya era arrastrada por el remolino implacable. Los círculos
de agua le apretaban el pecho y la arrastraban hacia el fondo. Aún
tuvo tiempo para una mirada última a su amado hijo que, con lágrimas
en los ojos contemplaba lo inevitable. El
agua dulce del río le mojaba el cuerpo. El
agua salada de las lágrimas le mojaba el rostro. Miró
hacia el fondo del río y vio dos ojos verdes que también le
miraban desde el fondo del agua. Una mirada terrible que surgía de
la oscuridad total de las aguas. “Has
sido castigado”, dijo una voz que resonó profunda, “por tu
culpa tu madre ha muerto. Ypóra
te condena: desde hoy obligatoriamente seguirás el curso de los ríos,
intrincado como tus deseos. Pescar era tu alegría, pues pescarás
toda tu vida y más aún. Te pondré plumas de colores, volarás a
ras del agua y perseguirás a los peces. Pero los chicos como tú te
perseguirán por siempre. No te será posible cantar, pero cada vez
que lo intentes un graznido seco saldrá de tu garganta para
recordarte que tu madre ha muerto por tu culpa.” Despareció
la mirada luminosa del fondo del río. Y el martín pescador que
ahora estaba posado en el tronco se alejó volando sobre el rumor de
las aguas. La
leyenda del muembe Espera
el hombre dando rodeos sigilosos alrededor del poblado. El cacique
de la aldea ha faltado a su palabra y el joven indio está al
acecho. No quiere enfrentarse al cacique, simplemente llega hasta
aquí para llevar a su amada lejos de las mentiras y el engaño. Hace
ya varias lunas el cacique prometió a Chihy
la mano de su hija, pero faltando a su palabra, ahora la entrega al
mejor postor, un cacique poderoso de las costas del Paraná. Una
alianza que la tribu necesitaba y la princesa es entregada a otro
hombre. Eso Chihy no lo permitirá jamás. Espera
Chihy borrar del rostro de la princesa el amargo llanto. Ella
no sabe de la presencia de su amado tan cerca del lugar pero
mantiene la secreta esperanza de que aquel se haga presente y la
rescate. Como un fantasma el joven enamorado busca el mejor lugar
para controlar los movimientos de la aldea y poder entrar sin ser
visto. Dos grandes perros y una vieja paje
custodian la puerta de la choza donde reposa su angustia la
princesa. Mira
con atención Chihy. Piensa
en un plan para rescatar a la princesa. Piensa
en un plan para unirse con su amor. La
noche deja caer sus negros párpados sobre el monte. Chihy,
amparado en esas sombras baja de su escondite. Los perros están
alertas. La vieja paje se
ha quedado dormida pero tiene el sueño liviano. Eso lo ha
comprobado ya Chihy
durante el día. Ayudado tal vez por los duendes del amor, Chihy
ve al fin libre su camino. Logra entrar a la choza y despertando
suavemente a la pequeña princesa se da a conocer. “Te
he esperado con gran esperanza”, le dice la muchacha. “Calla.
Debemos irnos”, le responde cauto el indio y salen a enfrentarse
con las fauces del monstruo nocturno. Ni una señal de vida. Ladran
los perros a lo lejos, seguramente perseguirán a algún animal que
los distrajo. Vuelve a sentarse en el portal la vieja y se adormila
nuevamente. La
pareja de jóvenes enamorados corre ahora tratando de alejarse lo más
rápido posible de aquel lugar. “Tu padre me ha engañado”, dice
él. “A mi también, contesta la joven, nos ha engañado a los
dos. No le creía capaz de hacerme esto”. “Lo único que
importa es que ahora estamos juntos”, dice Chihy.
“Para siempre”, responde la princesa. Sus
miradas rozan el infinito. Sus
cuerpos arden de deseo. Sus
corazones se agitan de pasión. Toda
la noche han escapado poniendo el corazón en la fuerza de sus
piernas. Al amanecer fatigados por la huida se detienen frente a un
surgente de cristalinas aguas. Allí calman su sed y se echan a
descansar. No cuentan con una persecución inmediata, pero se quedan
dormidos. Despiertan cuando el sol está alto y los saluda con toda
su vehemencia. “Debemos
irnos pronto”, dice Chihy. Se
levantan de la hierba y observan que del otro lado de la surgente
los pájaros huyen en bandada. Alguien viene hacia ellos. Intentan
la fuga por el otro lado pero se dan cuenta de que están rodeados.
Ya se escuchan los gritos de los grupos que les persiguen. Se
comunican entre ellos. Llegan desde todos los puntos. Escapar es
imposible. Se escuchan los pasos rápidos que se acercan hacia
ellos. Aún no los pueden ver pero ya huelen a aquellos sabuesos
expertos en la caza. Chihy
abraza a la princesa y la besa ardientemente. Cuando
los cazadores llegan, nada encuentran en el claro. Tan sólo un
hermoso y fuerte yvyrapytã
abrazado por una frágil planta de muembe,
prendida a su tallo como una tierna princesa abrazada a su amante. El
amor de Chihy y la
princesa, por gracia de Tupã,
se ha tornado eterno. La
leyenda del sapo Vio
con envidia Añá desde su
morada de tinieblas cómo Tupã,
desprendiendo haces de luz, construía un gracioso y bello pájaro.
Muy pequeño y muy hermoso resultó el mainumby
que Tupã puso para
alegrar los aires de la tierra. De
inmediato y con mucho afán el Rey de las Tinieblas puso manos a la
obra pensando en crear una criatura que le supere en belleza. Quería
una criatura deslumbrante pero olvidó que en su reino carecía de
luz. En su empeño, Aña
mezcló las sustancias que le parecieron más apropiadas para su
creación. Se aplicó durante mucho tiempo a esta tarea y cuando al
fin estuvo satisfecho, al igual que Tupã lanzó la figura que tenía entre las manos para que esta
emprenda el vuelo por sí misma. La
creación oscura, en vez de aletear, cayó pesadamente sobre la
tierra y se alejó dando unos saltos pesados y grotescos. Los
planificados gorjeos resultaron unos gritos graves y desmañados.
Croando y saltando el sapo buscó los lugares más húmedos y
oscuros para habitar sobre la tierra. En
su afán, Añá creo una
figura hecha de tinieblas y oscuridad. La
leyenda de Ypakarai Tume
Arandu
es uno de los pocos hombres que saben acerca del la llegada de los karaiete. Tume
Arundu
teme la llegada de esos seres extraños y despiadados que pretenderán
dar nuevos rumbos a su pueblo. Teme por esos rumbos desconocidos.
Teme a esa gente desconocida. Teme porque Tupã
lo ha anunciado en la hora primera y ya está escrito en el destino guarani. En
la invisible balanza en la que Tume
Arandu sopesa la idea de irse de este mundo, la próxima llegada
de los karaiete es un tema
que inclina el plato hasta hacerlo tocar el piso. Tume
Arandu
no quiere presenciar esa llegada extraordinaria, el rompimiento de
las tradiciones. No quiere ser parte de de los indígenas masacrados
por la civilización. Pero eso también es parte de un designio
divino y debe ser respetado. Estaba escrita la súplica de Tume Arandu. Entonces,
antes de entregarse a las transformaciones de la muerte, Tume Arandu suplica a Tupã.
Le habla con sencillez y le pide que cuando llegue ese momento
aciago haga desaparecer para siempre de la tierra la bella y sagrada
ciudad resplandeciente. Haga desaparecer el Mbaeveraguasu
y a toda la gente que allí vive y disfruta de la luz inextinguible. Tupã
escucha los ruegos de su hijo dilecto. Escucha
las palabras de Tume Arandu
y se dispone a cumplir sus deseos. Tupã
se traslada en la historia. Avanza
hacia el futuro con la velocidad del rayo. Alcanza el momento en que
están desembarcando los Karaiete
en las playas americanas. Llega hasta Mbaeveraguasu,
donde los descendientes de Paragua
realizan sus ritos sagrados. Alcanza a escuchar los tres cañonazos
de los conquistadores y desencadena el fin para la gente del Mbaeveraguasu. Los
pobladores de Mbaeveraguasu
ven con asombro como crece la fuerza del Tupã
Ykua. El agua salta cada vez con mayor rapidez y en mayor
cantidad. Llama la atención el fenómeno pero no preocupa en
primera instancia. Cada hora que pasa la surgente multiplica sus
fuerzas. El
agua ahora adquiere fuerza. Saca bravura de sus propias caídas y
renovada rebota y repica contra cada obstáculo. Las zonas más
bajas de la ciudad comienzan a inundarse. Crece
la superficie de agua y con su crecimiento adquiere olas que van y
vienen entre los edificios. Las aguas provocan la caída de algunas
piedras. Arrastran los utensilios de la gente, sus pertenencias. El
agua va ganando terreno y se vuelve implacable. Ahora comienza a
arrastrar a los pobladores más débiles. Engulle a los niños.
Voltea a las mujeres. Ahoga a los ancianos. Los hombres tratan de
salvar a sus familias. Mbaeveraguasu
está quedando bajo el agua. Buscan una salida las impetuosas
corrientes recorriendo todas las habitaciones que hasta hace pocas
horas eran lugares de felicidad y alegría. ¿Quién nos maldijo?
piensan algunos sin saber que todo lo que acontece es por la súplica
de uno de los suyos, uno de los fundadores. No entienden el
exterminio dispuesto por su dios. No entienden la violencia de las
aguas. Pero Tupã sabe que
no se podía hacer de otra manera. Y ahora también lo sabemos
nosotros. No pasan dos días cuando ya la ciudad resplandeciente está
completamente bajo las aguas y gran parte de sus habitantes también.
Muy pocos se salvaron de la furia de aquellas aguas. Tupã
vuela nuevamente hacia el futuro, se anticipa a los hechos. Las
aguas están a punto de superar la resistencia
impasible de los cerros. Ahora
un frayle recién llegado a la región para la evangelización se
acerca a las todavía rugientes aguas. El Tupã
Ykua no se ha detenido ni tan sólo un minuto. No ha dado
respiro. Yacen el fondo ya cenagoso del pequeño mar los miles de
hombres, mujeres y niños de la perdida Mbaeveraguasu. El
frayle se aproxima a las aguas. Las olas golpean las laderas de los
cerros. Entonces el fraile bendice aquella gran masa líquida y las
aguas se calman. El frayle bautiza el sitio con el nombre de Ypakarai
y las aguas duermen un sueño plácido y tranquilo. Tupã
regresa hacia otros tiempos donde se lo necesita de inmediato. El
lago de Ypakarai comienza
a ser una leyenda. La
leyenda de Suinana Muchas
bajas había sufrido el valiente pueblo Pyturusu
en los últimos enfrentamientos con sus enemigos. El peligro de que
la impotencia cundiera en los integrantes de la tribu era inminente.
Los jefes y sacerdotes se reunieron entonces en uno de los sitios
sagrados a deliberar sobre los pasos a seguir. El pueblo aguardaba
expectante las resoluciones de sus líderes. Alguien
debía penetrar el territorio enemigo de incógnita y traer noticias
ciertas acerca de los movimientos que preparaban para poder
sorprenderlos y darles un golpe definitivo. ¿Quién era el indicado
para esa misión? ¿Sería mejor enviar a un grupo de guerreros o
tan sólo a uno de sus hombres? ¿En cuánto tiempo necesitaban
tener conocimiento de esos movimientos? Estas preguntas se hacían
los integrantes del consejo de la tribu, que eran como de costumbre
los más ancianos. Ellos volcaban toda su experiencia en ayuda de la
fuerza de los jóvenes guerreros. “Chopo
debe ser nuestro enviado” dijo el cacique de la tribu. Los demás
asintieron en silencio. Chopo era era el hombre indicado. Las mujeres de la tribu lo
detestaban, pero eso no era ningún problema. El sentimiento venía
impulsado por el rechazo del guerrero que no encontraba en ellas
ningún atractivo. Su fama de asceta era por todos conocida. Parecía
hecho para la guerra. Nada lo ataba. No sentía afecto por nadie más
que por el ente abstracto de su nación. Era valiente, fuerte y bien
intencionado. Chopo debería
infiltrarse en el campo enemigo. Esa
fue la determinación. Después
tenderían sus trampas para atrapar y vencer al enemigo. Fue
llamado Chopo y comunicado
de la tarea que los venerables le encargaban. Fue instruido
claramente de los objetivos de su misión, sobre cómo llevarla
adelante sin peligro para su vida y cómo recoger la información
precisa que el pueblo Pyturusu necesitaba. Chopo
orgulloso ante la designación se preparó para su peligrosa misión
y sin pérdida de tiempo emprendió el camino. Atravesó arroyos y ríos.
Sorteó cerros y planicies hasta llegar a las tierras de sus odiados
enemigos. Chopo se apostó
en las altas ramas de un árbol durante el día y al llegar la noche
bajó a inspeccionar el lugar. Algunas
chozas esparcidas en un claro del monte componían el poblado. Muy
cerca de allí habían perdido la olvidable batalla que los llevara
a tomar tan drásticas determinaciones. Por ello Chopo
se encontraba allí. Cuando la noche absorbió por completo los
colores Chopo bajó de su
sitio de espía y se
aproximó a una de las viviendas en total silencio. A través de una
hendija abierta en el adobe de la choza pudo ver una sola hamaca y
en ella a una mujer. Curioso, Chopo
penetró en la choza y, primero con mucho sigilo y luego más
descaradamente, se puso a observar a la mujer que dormía plácidamente.
Era una mujer joven y dormía totalmente desnuda. Los efluvios de la
feminidad que antes no habían llamado la atención de Chopo
parecían atraerle irremediablemente. Absorto el espía contempló a
la mujer toda la noche. Su blanco cuerpo atraía al guerrero. Antes
del amanecer Chopo volvió a su árbol. Trepó nuevamente a las
ramas más altas y se quedó allí viendo aquella choza en la que se
había solazado en la contemplación de aquella criatura hermosa. Chopo
no atendía, muy a pesar suyo, los movimientos que había venido a
vigilar. Al
llegar nuevamente la noche, Chopo
esperó que los hombres se retiraran a descansar y cuando lo creyó
prudente volvió a bajar. Llegó hasta la choza de adobe y se
introdujo en ella para volver a deleitarse en el placer de la
mirada. Lo que Chopo sentía era algo nuevo. Nunca antes había experimentado ese
estremecimiento en la contemplación de una mujer. Así,
en forma invariable, el accionar de Chopo
se repitió día tras día. Cuando llegó el momento del regreso, Chopo
inició su viaje con pena. Pensaba en la mujer y pensaba también cuáles
serían los informes que llevaría a su gente. Un sentimiento de
culpa le invadió y fue por ello y por su ensimismamiento que varias
veces extravió el camino. Cuando
llegó a su aldea, lo aguardaban con inquietud, pero Chopo sólo pudo dar informes imprecisos y vagos que en poco
ayudaron a su tribu. El viejo mago de la tribu lo llamó aparte y le
sugirió que él sabía lo que estaba pasando en su interior. Chopo entonces confesó la verdad de su aventura y por ello fue
reprendido severamente. Pero el viejo mago que era un profundo
conocedor del alma humana comprendió la situación en la que el
guerrero se encontraba. “Si
esa mujer ocupa tu mente tan intensamente, debes ir a buscarla y
retirarte a otras tierras para vivir con ella. De lo contrario nunca
tendrás paz en tu espíritu”, le dijo el mago. Chopo
se alegró de aquellas palabras. Necesitaba ese aliento y la
comprensión del viejo se lo había dado. “No
creas que te será fácil. Raptar a la mujer de tu enemigo es tan arriesgado
como enfrentarlo en inferioridad de condiciones”, dijo
el mago. “Ese no es obstáculo para Chopo”,
respondió el guerrero confiado. “Te daré algo para que tu misión
no fracase –continuó el viejo– llevarás esta bolsa siempre
contigo. Si llegas a encontrarte en peligro puedes usar los
talismanes que en ella encierro. Si te persiguen y quieres despistar
a tus seguidores deberás usar este huevo de urraca rompiéndolo
contra el suelo. Si vuelves a encontrarte en peligro podrás usar el
segundo talismán que es el que se parece a la punta de un asta de
ciervo. Pero debes guardarte de usar el último. Este que está
envuelto en este trozo de caña tiene indicaciones severas, sólo en
caso de peligro mortal podrás usarlo. Y para ello deberás plantar
esta caña en el suelo. Entonces te hallaré y romperé el hechizo.
Deberás llegar a las tierras del Ka’aguasu,
sólo allí encontrarás paz. Pero recuerda los peligros del
camino”. Chopo
puso la bolsa colgando de su cuello y partió en busca de aquella
mujer que le había quitado el sueño. Atravesó los mismos arroyos
y ríos. Cruzó los mismos cerros y planicies hasta llegar a aquel
árbol que le sirvió tantos días de seguro refugio. En
este punto no está demás decir que Chopo
era un hombre apuesto y hubo una época en que fue muy codiciado en
su propia tribu por las jóvenes más hermosas. Su apostura siempre
le había dado una soltura y seguridad envidiables. Ahora Chopo
esta subido al árbol y espera que la noche venga en su auxilio. Aún
no ha visto a la mujer que le desvela, pero él sabe que está allí.
Percibe sus aromas con su fino olfato de cazador. Cuando la diosa de
negro tendió sus mantas y oscureció el cielo, Chopo
bajó cuidadosamente del árbol. Con paso firme se dirigió a la
choza. Espió primero por la rendija y entró luego en la pequeña
habitación. Allí estaba la mujer radiante y hermosa. Blanca y
reluciente. Desnuda. Chopo contuvo el aliento y cubriéndole la boca
suavemente para evitar cualquier grito inoportuno la despertó. Lo
primero que vió Chopo en
la mirada de aquella mujer fue el miedo ante la posibilidad de ser
agredida, mas con palabras tranquilizadoras Chopo
le explicó su plan y ella consintió en irse de aquella aldea.
Chopo la tomó en brazos y huyó con ella. En
su camino tuvo necesariamente que encontrar peligros que le
obligaron a usar sus talismanes. El primero, cuando una horda de
salvajes se le echaba encima. Entonces Chopo
rompió el huevo de urraca contra el piso y de inmediato sus
perseguidores se vieron envueltos en una especie de ceniza azulada y
muy oscura que les impidió la visión y los desorientó. El segundo
cuando unos bandidos salteadores pretendían arrebatarle a su mujer.
Entonces Chopo prendió
fuego al talismán que parecía la punta de un asta de ciervo y de
inmediato una densa niebla de humo rodeó a sus enemigos. Fue en ese
momento cuando el tercer talismán, sin que Chopo
se diera cuenta cayó al fuego y comenzó a quemarse. Chopo
y la mujer se abrazaron aprovechando la humareda neblinosa y
entonces Chopo obtuvo de
aquella criatura que él consideraba de una belleza celestial su
primer beso. Un beso apasionado que le producía oleajes intensos en
la sangre. Chopo gozaba de
aquel momento único en su vida mientras su tercer talismán ardía
en el fuego. Chopo
no tuvo tiempo de darse cuenta de la extraña transformación que en
aquellos dos cuerpos unidos se estaba produciendo. Un fuerza suprema
proveniente de las profundidades de la tierra succionaba su cuerpo
asentándolo en la tierra. él
mismo se estaba convirtiendo en un grueso y macizo tronco y la mujer
en un ramaje ralo y escaso. Así,
unidos para toda la eternidad quedaron Chopo y su amada mujer
blanca. El mago de su tribu sintió en las lejanas tierras de los Pyturusu lo que estaba ocurriendo pero nunca pudo ayudarlos pues Chopo
no había enterrado el trocito de caña y en cambio se había
consumido en aquel fuego del primer y único beso de su vida.
Transformados en el árbol que hoy se conoce con el nombre de Chopo
o Suinana cuya corteza participa en una mezcla que produce estados de
espíritu irreales al igual que el hatchís. La
leyenda de Sa Guasu La
selva extendíase lujuriosa en aquel valle. De
tanto en tanto algún viajero desprevenido aventurábase entre los
matorrales, las arboledas y la enmarañada trama. Los que lo veían
adentrarse en aquellos peligrosos parajes sabían que ese viajero ya
no avanzaría. Ya no continuaría su recorrido. Sabían que Sa
Guasu no perdonaba y que inevitablemente quien entrara en
aquellos dominios perecería. Nadie
lo había visto jamás pero todos conocían su aspecto. Sa
Guasu
era un terrible personaje. Enorme en su totalidad Sa
Guasu tenía las piernas muy cortas y los brazos larguísimos y
terminados en garras afiladísimas. Su rostro con un solo ojo en
medio de la frente producía espanto de tan sólo imaginarlo. Poseía
una boca enorme con dos filas de afilados dientes desparejos. Su
aspecto hirsuto y mugroso lo hacía aún más terrible. Olía a
carroña y se alimentaba exclusivamente de carne humana. Cientos de
desprevenidos habían sucumbido en sus garras y habían sido
destrozados por sus mandíbulas. La historia lo hizo inmortal y así
se mantenía. Muchas veces los hombres de los poblados cercanos
intentaron destruirlo. Ninguno de ellos regresó jamás. Nadie
conocía la fórmula para acabar con aquel flagelo viviente que no
perdonaba a hombres y mujeres. Nadie imaginaba el fin del terrible
monstruo. Era un sueño imposible. Pero un día un aventurero cruzó
la selva de ida y vuelta sin que nada le pasara. “Habladurías”
dijo el viajero. En esa selva no habita ningún monstruo. La gente
del pueblo entonces supo que el monstruo había perecido. Al fin
podrían vivir en paz. Ya no tendrían que esquivar aquellas sendas
maléficas. Ya no había motivos para temer. El miedo se alejó de
los aldeanos de la zona. Yo
sé lo que ocurrió con Sa
Guasu y es por eso que quiero contarlo. Una
tarde, el monstruo estaba trepado a un árbol muy alto y, cual vigía
de un barco contemplaba los senderos aledaños a su reino de terror.
Cada vez le costaba más conseguir su alimento, pero al final
siempre aparecía algún distraído que se animaba a andar esos
caminos y Sa Guasu podía
repetir sus banquetes. En el tiempo del que hablo Sa Guasu estaba con hambre. Desde
lo alto, cierta tarde de verano en que el sol levantaba luces como
de polvo y desfiguraba las imágenes de todo lo existente, Sa Guasu divisó a una mujer vestida de blanco que se aproximaba al
lugar. De inmediato se le hizo agua la boca al antropófago.
Descendió del árbol con la rapidez del rayo aferrándose a una y
otra rama con sus enormes garras y sus largos brazos parecían
hamacas. El terrible monstruo acechó a su presa y cuando estuvo lo
suficientemente cerca se lanzó con fuerza para atraparla. Sa
Guasu rodó por la tierra. La mujer se había zafado con un
movimiento simple y sus blancos vestidos ondulantes en el aire
enrarecido flotaron un instante y se desvanecieron. Nada pudo hacer
el fenómeno. La mujer siguió su camino cada vez más aprisa. Etérea.
Sa Guasu pensó en un
espejismo pero lo descartó de inmediato. Esa selva no era un
desierto y allí no había ningún espejismo sino la posibilidad
cierta de un banquete. Sa
Guasu
fue tras su víctima pero esta corría cada vez más a prisa.
Tropezaba el monstruo trepando los cuestas tras la grácil mujer que
en ningún momento se detenía ni miraba hacia atrás. Parecía
seguir un designio sagrado. La vista al frente. Escondido el rostro
bajo un manto blanco. Sa
Guasu
la siguió con ahínco. Anduvieron así leguas y leguas hasta llegar
a una zona de aridez total. La selva había quedado atrás y ahora Sa
Guasu supo que se encontraban en una zona inhóspita. Sospechó
nuevamente de la existencia real de su víctima pero ya había
andado demasiado como para volver sin su presa. El monstruo se
impulsó nuevamente con fuerza. Acometió a la mujer pero cuando
parecía tenerla al alcance de sus garras se le volvía a escapar. Desesperado
Sa Guasu reconoció el
sitio sobre el que andaban. Cerca de allí estaba el famoso Itakua,
la grieta abismal de la que nadie volvía. Pero eso era nada para
tan temido personaje. Sa Guasu
siguió adelante. La mujer también. Una y otra vez se le escapaba.
La mujer se acercó finalmente a la grieta y movida por una
fatalidad terrible se lanzó al Itakua.
El monstruo no se iba a amilanar ante aquello. Lo suyo era
sobrenatural y aquello que era mortal para los humanos no lo era en
absoluto para él. Sa Guasu
se lanzó tras su futura víctima. El
silencio reinó. Después
de la caída de ambos, sólo el viento. El
viento y algún guijarro que caía empujado por éste a las
profundidades. Aquella
extraña mujer, se los digo porque lo sé a ciencia cierta, era el
fantasma de una de sus víctimas que volvió para vengarse. Ahora
aquel valle donde vivió el monstruo atemorizando a las gentes se
llama Mbae Sa Guasu, pero
ya no hay ningún monstruo antropófago en él. Plantaciones y
Chacras cubren lo que ayer fue la morada del terrible homúnculo de
un solo ojo. La
leyenda de Manaka Marcha
por la selva la tropa de indómitos. Mbarakaju
lidera a los suyos. Guerrero sin par. No hay quien le iguale en
resistencia física, en el tiro de las flechas y el manejo del mbaraka. La madre naturaleza ha sido generosa con Mbarakaju. Las
tropas de Mbarakaju pasan
por los poblados y en cada lugar pintan el signo de la dominación.
No hay quien se le resista. Mbarakaju,
como buen tirador es también un eximio cazador. Prueba de ello es
su collar donde ya no caben más colmillos de
jaguareté. Ha cazado cientos de estos animales en su corta vida. Mbarakaju
en su plenitud. Ahora
persigue a una fiera que ha herido. Se
aparta de los suyos. Avanza por la selva siguiendo el rastro de
sangre. La
noche lo sorprende y Mbarakaju
opta por descansar. Busca un buen lugar y allí pasa la noche. Mbarakaju tiene el sueño liviano. La menor señal de peligro y el
guerrero está alerta. Al
amanecer continúa su marcha, encuentra al tigre que ruge de dolor y
acaba con él. Sigue sumando cuentas en su collar. Pareciera que la
cosecha de colmillos jamás acabará. Una
lluvia atropellada y densa cae sobre la selva ahora y lava todo
rastro de sangre. ¿Cómo regresar junto a los suyos? La capacidad
de orientación del joven indio y su intuición no bastan para
vencer a la enmarañada vegetación que frente a él se levanta como
una muralla. Mbarakaju
comienza a andar. Vuelve
sobre sus pasos. Le parece estar dando vueltas en círculo. No.
No puede ser. Al fin Mbarakaju,
exhausto se tiende sobre la hierba en busca del sueño y el descanso
reparador. Duerme el guerrero. Duerme y sueña con una joven
hermosa. La niña le habla, ahora lo está llamando: “acércate”
le dice en su luminoso sueño. Mbarakaju
despierta cuando el sol está declinando. Un rocío claro y fresco
cae sobre su cuerpo. Al incorporarse descubre que el rocío tan
claro y perfumado cae de un ysapy,
el árbol de la dicha. Buen augurio, piensa el guerrero y avanza
nuevamente a través de la selva como guiado por un espíritu más
poderoso que su voluntad. Mbarakaju
escucha lejanos sones de tambor. Apura el paso. Ahora ya puede oir
voces. Es evidente que se aproxima a una aldea. El
indio, escondido en la frondosidad de la selva observa la aldea.
Todo es movimiento allí. Se preparan para una celebración. Reposan
los manjares y las bebidas en gran cantidad. Con avidez mira Mbarakaju
todo lo que ante sus ojos se extiende como una aparición. Van y
vienen las mujeres apuradas con los preparativos. Se encienden las
fogatas. La tarde va dejando paso a la oscuridad. Los hombres
preparan sus instrumentos. Comienzan a beber. Mbarakaju
decide integrarse a la fiesta. Avanza hacia la aldea. A su paso las
gentes de la tribu detienen sus acciones. Mbarakaju llega junto a los músicos. Extiende la piel del tigre que
acaba de matar. Arranca de las manos del músico el mbaraka y sentándose sobre la piel comienza a ejecutar el
instrumento y a narrar la historia del principe Chimboi. Su canto, más allá de la forma en que llega hasta el
lugar, ocurrente y misterioso, concita la atención de hombres y
mujeres. La
canción relata que el príncipe Chimboi,
jefe de los karios, altanero y solitario vivía en un blanco
palacio, suspirando permanentemente por una mujer bella y virgen. La
habilidad de Mbarakaju
para el relato cantado le lleva a mezclar el encantador argumento
del príncipe con la tribu en la que se halla cantando. Mezcla la
realidad y la fantasía y lo hace premeditadamente.
Cuenta en su canción que el príncipe Chimboi
cree que va a encontrar a aquella mujer de sus sueños, símbolo de
la perfección humana, entre las doncellas de aquella tribu. Las jóvenes
de la tribu se miran unas a otras comparándose. ¿Quién de ellas
será la elegida de Chimboi? Pero el príncipe es sólo invento de Mbarakaju, ha nacido de su ingenio y allí vive. Después
de terminada su canción Mbarakaju
es aceptado en la fiesta. Se celebra la cosecha de la mandioca y las
fiestas de la nubilidad. Las familias de las núbiles han adornado a
sus vírgenes y cada una de las que pasan en desfile parece más
bella que la otra. Túrbase
Mbarakaju cuando ve
avanzar en aquel desfile iniciático a la mujer que ha visto en sueños.
Se le ilumina el rostro ya encendido por el calor de las fogatas.
Los sueños le han anticipado el encuentro. Mbarakaju
siente deseos de actuar. Toma nuevamente entre sus manos el mbaraka
y dedica una canción a la joven. El desfile se detiene pero parece
suspendido sobre las notas y las palabras de la canción. Es un
momento tocado por la divinidad. Al finalizar su canto Mbarakaju,
tramposamente dijo: “Esta será la esposa de Chimboi”. Koeti
se llamaba la dulce niña. La abuela de la niña, Chiro,
recordó entonces las señales del cielo que el día del nacimiento
de Koeti habían señalado
un camino sembrado de estrellas. Una vida grandiosa y eterna. La
anciana creyó ver en las palabras de Mbarakaju
parte de aquel designio divino. “Guíanos hasta el palacio de Chimboi”,
dijo la vieja al extranjero. Los hermanos de Koeti
se opusieron pero a una palabra de la anciana moderaron su enojo y
reprimieron sus decisiones. Mbarakaju,
Chiro y Koeti partieron al día siguiente hacia el inexistente palacio
blanco donde vivía Chimboi.
Avanzaron los tres. Mbarakaju
con paso firme, la anciana ágil como una joven y la niña extrañamente
torpe. Como si no quisiera avanzar. Con recelo y miedo. Se
detuvieron después de mucho andar. Mbarakaju
cazó un venado y lo puso al fuego. Koeti
dormía en su hamaca. Cuando estuvo lista la carne comieron en
silencio los tres. La anciana preguntó: “¿Cuándo llegaremos al
palacio de Chimboi?”.
“Cuando yo quiera” respondió secamente Mbara-kaju.
Inmediatamente la vieja recriminó al guerrero su promesa, tras lo
cual Mbarakaju dijo: “¡Yo soy Chimboi,
Mbarakaju es sólo mi
nombre de guerra”. La
anciana no creía lo que estaba escuchando. Había sido engañada.
Tal vez se había apresurado al decidir hacer este viaje con un
desconocido. “Déjame
a la niña y vete. No te necesito”, dijo el guerrero a Chiro. Chiro
recupera la calma y unta la frente, las mejillas y el pecho de su
nieta con un ungüento verde que extrae de un pequeño recipiente. Mbarakaju
observa la despedida de la mujer y se alegra de que no oponga
resistencia. La anciana se aleja y cuando Mbarakaju
vuelve la vista hacia Koeti
comprende el sentido de aquellos ungüentos. La vieja se va pero
deja sus hechizos. Mbarakaju quiere gritarle algo pero la voz no le responde. Algo le
marea, le impide la mirada. Koetí
se vuelve neblinosa ante sus ojos, desaparece. Se transforma. El
guerrero siente que su cuerpo pesa como un elefante. No puede
moverse de su sitio. Impotente observa la transformación de la niña.
Ahora logra acercarse a la joven. Intenta abrazarla pero se
sorprende él mismo de estar abrazado al tronco de un árbol. Sorprendido
mira al árbol buscando alguna señal que le indique el
lugar de Koeti. Nada
alrededor. Koeti ha
desaparecido. Chiro también.
Solo en aquel desolado lugar Mbarakaju
se sienta bajo el árbol, la espalda apoyada en el tronco.
Un suave cansancio invade al guerrero. Sus piernas ya no le
pesan pero un extraño sopor le invade hasta vencerle. Mbarakaju
despierta. Es
la hora del alba y el sol aparece suavemente. Mbarakaju
se pone de pie y golpea las ramas más bajas con su cabeza. Una
lluvia de pétalos cae
a sus pies. El árbol estaba cubierto de flores. El guerrero busca
por todos lados algún indicio que le guíe hacia Koeti.
Infructuosa es su búsqueda. Vencido, huye de aquel lugar encantado. Chiro
ve que el extranjero se aleja del lugar y vuelve para deshechizar a
su joven nieta. La anciana contempla el bello árbol florido y
siente un vértigo extraño. La belleza marea sus pupilas cansadas.
De pronto, de los árboles vecinos surge un ave pequeña y
multicolor. Como una flecha llega hasta las flores y allí,
sostenido en vilo por el rápido movimiento de sus alas, introduce
su pico en una y otra flor bebiendo el sabroso néctar. Las flores
se tiñen de rosas y leves morados al contacto del largo pico que
las ultraja. Se diría que se ruborizan y tiñen su blancura de
subidos colores. Chiro no
se atreve a dar caza a aquel pequeño pájaro que va de flor en
flor. Su nieta seguía siendo bellísima, pero ya no era marane.
Así lo entendió la mujer y consideró inútil deshechizarla. Así
quedó entre nuestros árboles el manaka
que con sus bellas flores se sonroja de haber perdido la virginidad
con aquel misterioso pájaro del cual se dice que era un príncipe
encantado. La
leyenda de Mua Mua Las
lavanderas en el arroyo Mbokaja. Trabajan
y ríen. Son felices más allá de las desdichas de amor que todas
han experimentado alguna vez. Bonichua
las observa. Les ofrece filtros para el amor. Las lavanderas cuentan
sus historias. Cambian hierbas que atraerán al amado por algunos
vestidos. Ofrecen sus productos y se llevan encerradas muy cerca de
la piel aquellas hierbas que les traerán la felicidad. Ahora
un hombre baja hacia el arroyo arrastrando un ciervo muerto. Le ha
dado caza y viene a lavarse la sangre que le mancha el cuerpo. Asukape es su nombre y lleva un talismán poderoso colgado a su
cuello. Una itakaru
encierra el talismán, la misteriosa piedra que Asukape
ha extraído de las mágicas minas de Juty.
La piedra que crece alimentándose como los seres vivos. Bonichua
siente que su cuerpo se estremece ante la presencia de aquel joven
hermoso. Bonichua
es una mujer vieja, fea, desdentada y lleva como una condena un
enorme bocio en la garganta. Todas las mujeres de su familia han
tenido ese aspecto terrible que les da el bocio levantado. Todas las
mujeres de su familia han sido hechiceras. Todas han acercado a los
amantes con sus hierbas y han destruido a aquellos hombres que
quisieron escaparse de su influjo. Bonichua
vive en una cueva cerca del arroyo. Hasta
allí lleva las hierbas que recoge por las noches y en ella hierve
sus caldos mágicos en las noches de tormenta propicias para los
efectos destructores. Los hombres que se acercan hasta la cueva para
pedirle hierbas y filtros que les ayuden a conquistar a sus amadas
se quedan en el lugar por uno o varios días y vuelven hoscos y
retraídos. Vuelven sin haberse resistido a los encantamientos
artificiales de la bruja. Aquellos que osan despreciarla o se burlan
de sus poderes amanecen muertos en cualquier parte o quedan idiotas
para siempre. Bonichua,
cuando conversa con las lavanderas, se jacta de sus poderes y ríe
con ellas. Las
lavanderas saben que es mejor tenerla de su lado. Pero ahora |