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Libro Segundo Las Leyendas Indígenas y Mitológicas La
leyenda de la Mandio Un
temblor extraño recorre la espalda de Mandi. Mandi
es
una vestal de la tribu de las marahyva. Una tribu de mujeres que rechazaban el contacto con los
hombres y que se mantenían sin mancha en el Pindoráma. Un
temblor extraño y nuevo recorre la espalda de Mandi. Piensa
la joven virgen en un hombre. Pensamiento pecaminoso pero
inevitable. Piensa la joven en el castigo a las vestales que
infringen las leyes de la castidad. Ella, que cuidaba la pitón
sagrada, sabía muy bien como trituraba a sus víctimas la enorme
serpiente. Había visto alguna vez como engullía a aquellas que habían
cometido alguna falta en el campo del amor. Inevitable,
una y otra vez, el extraño escozor se presentaba en el cuerpo de Mandi
al mismo tiempo que la imagen de Mborotúva.
Sonaba el nombre del guakara
cada vez con más fuerza poblando el alma de Mandi. La
joven estaba exenta de las tareas de la caza y la pesca. Esas eran
actividades reservadas para el común. Ella era sacerdotisa y se había
entregado en cuerpo y alma al culto de la luna. Sabía que su
temblor y el nombre del guakara
constituían un imposible para su condición. Las
marahyva aceptaban la unión
carnal con los hombres una vez al año y tan sólo con la tribu de
los guakara. Ellas adormecían a las serpientes que custodiaban las
puertas del Pindoráma y
recibían a los guerreros. Los hijos engendrados durante aquella
noche de libaciones y amor, si nacían varones eran sacrificados o
retirados por sus padres. Las hijas mujeres, en cambio, pasaban a
integrar la comunidad de las marahyva y las más bellas se convertían en vestales por designio
sagrado. Mandi,
entregada a la luna, había contemplado su fría luz y se había
extasiado en su belleza reflejada en las aguas de los ríos de
fuertes torrentes que rodeaban el Pindoráma.
Mandi pensaba en la luna más
que en ella misma pero ahora sus pensamientos sagrados, su adoración
había menguado producto de aquel extraño escozor que le recorría
el cuerpo entero cuando la luz del jefe guakara
se encendía en sus recuerdos. Lo había visto una sola vez pero eso
bastaba. Mandi
miraba
a la luna con otros ojos ahora, casi con indiferencia. En aquel
disco plateado se reflejaba no el rostro de la divinidad sino el
rostro de Mborotúva. Ha
llegado el día del encuentro con los guakara. Mandi
junto a las demás vestales se retira del lugar custodiada por las
ancianas de la tribu. Ellas no participan de la jornada de amor y
lascivia en la que se sumergen las cazadoras y los guerreros, pero
un algo quemante le indica que debe estar allí. Reluce
el Pindoráma a la luz de
la luna. Las melenas de las palmeras refulgen en medio de la noche
estrellada. Es una fiesta en la que el cielo borda con habilidosas
manos y las lágrimas de rocío un manto cristalino que todo lo
embellece. El placer se sienta en el trono por una vez en el año y
ordena la orgía fantástica. Los guakara
se entregan a las jóvenes marahyva
a sabiendas de que es su única oportunidad. Sólo Mborotúva está silencioso en un espacio apartado de la fiesta. Mborotúva
siente en su cuerpo el mismo temblor que Mandi
siente encerrada en el templo. Mborotúva
sabe que Mandi vendrá
hasta él. Lo
sabe desde aquel día en que cruzaron sus miradas por vez primera. Ahí
está. Mandi ha burlado la
vigilancia de las confiadas ancianas y llega junto al cacique que le
aguarda con impaciencia. sin mediar palabra el jefe guakara
le dice: “Huyamos, en el río tengo preparada una piragua más
veloz que el viento, nadie podrá alcanzarnos”. La joven siente
que su alma se desgarra. Sabe que no podrá escapar de la serpiente
sagrada. Sabe que toda huida sería inútil. Guarda silencio. El
jefe guakara, ansioso,
camina en círculos a su alrededor admirando la perfecta y única
belleza de aquella joven, dispuesta a entregarse, pero rendida al
designio que le ha sido impuesto. Al fin ella le contesta. “Jamás
podremos escapar, vete”. Mandi huye hacia el templo nuevamente. Regresa junto a las demás
vestales. Las ancianas no han notado su ausencia y tampoco la ven
reintegrarse al grupo. Pero Mandi
sabe que nadie puede engañar a la serpiente sagrada. Mandi
se siente condenada y lo único que enciende la luz en su alma es el
rostro del guerrero. Desde
aquel momento de tensión, amor y miedo, Mandi
ya no puede descansar en paz. Cada
vez que se acerca a la boa esta se agita con movimientos que Mandi
presiente destructores. Empalidece día a día la niña. Languidece.
Los ojos vidriosos de la pitón han fijado la imagen de la estela
que la piragua de Mborotúva
ha dejado en el río y el temblor del cuerpo de la niña. Sensible
como ningún otro animal, la serpiente espera el momento. Mandi lo sabe. Pero
el desencanto por el amor perdido puede más que las miradas
oblicuas de la boa. El desencanto y la pena terminan por matar a Mandi. Mandi muere tumbada
en su hamaca. Nadie sabrá jamás de su amor. Nadie sabrá jamás
que la misteriosa desaparición de Mborotúva
se debió a la persecución de la serpiente sagrada. Nadie sabrá de
aquel extraño temblor que se instaló en el cuerpo de Mandi
a partir de un cruce casual de miradas. Nadie sabrá jamás que ella
perteneció no a la luna, sino al guerrero al que entregó su alma. Mandi
fue puesta en una
vasija y enterrada junto a sus pertenencias más queridas. Tiempo
después, en aquel lugar creció una planta hasta entonces
desconocida. Las marahyva
la llamaron Mandi’óga.
La planta poseía unas raíces henchidas y fuertes. Más que raíces
aquellas daban la impresión de ser frutos subterráneos. Con la
desaparición de las marahyva,
los guarani heredaron
aquella raíz casi sagrada que sirvió de alimentación a todo el
pueblo. A aquella raíz los guaraníes la llamaron Mandio.
El nombre de la pequeña vestal enamorada se ha eternizado así
hasta nuestros días y el amor de aquella niña acude a nuestra mesa
renovando esa entrega tan profunda. La
leyenda del mainumby Concierto
de colores en el manantial. Las
azucenas silvestres con sus arreboladas coronas. Los helechos de
verdes sólo imaginables a la hora de escribir estas hojas. Plantas
acuáticas se regodean desparramando sus hojas en la limpidez de la
surgente. Enredaderas de flores azules y rojas trepan a los troncos
de los árboles que se bañan en el constante salpicar de la
naciente. Desde arriba puede uno asombrarse con el espectáculo. Sólo
donde fluye el agua se puede encontrar la tremenda variedad que
ahora tenemos frente a nuestros ojos. Las
flores más pequeñas, blancas como perlas o los racimos de flores
que caen de las orquídeas gigantes, todas las plantas aportan su
instrumento como si fuera esto un gran concierto de colores cuyo único
rumor saliera del agua que salta de la roca espontáneamente, del
agua que sube en la savia de las plantas, del agua que surge en la
transpiración de las hojas. El
agua. Siempre el agua. No
lejos de allí, descansa Itakuéra
con su dulce hija y dos de sus criadas. Descansa
bajo la sombra de un samu’u
que de vez en vez deja caer sus flores blancas y esponjosas sobre la
tierna hierba que crece a su alrededor. Ytakuéra
es madre de grandes guerreros. Yvotyjuru es la hija más pequeña de Itakuéra. Envía
la mujer a una de sus criadas por agua al manantial. Presurosa
parte la joven llevando una calabaza hueca para traer el líquido,
pero no regresa. La
vemos allí junto a la surgente, como hipnotizada. Se diría que está
en trance. Apenas estuvo junto al agua, una sombra juguetona llamó
su atención. Una sombra que no es gris como todas las sombras sino
multicolor. Lleva prendidos en su plumaje, pues se diría que son
plumas tejidas por algún orfebre místico lo que cubre aquel latir
pequeñísimo, los colores de aquel lugar hermoso. La
criada no regresa. Entonces
Itakuéra envía a su otra criada a ver que ha sucedido, por qué
no regresa con el agua fresca, pero ella tampoco regresa. ¿Qué
estará sucediendo allí abajo? Itakuéra
y
su hija bajan a ver lo que sucede. Llegan junto al pequeño arroyito
y encuentran a las dos criadas tal como las describimos.
Hipnotizadas por un pequeño pájaro que se mueve inquieto de flor
en flor. La fina espada de su pico ya penetra a una azucena, ya a un
jazmín, ya los pensamientos de las criadas. Madre e hija se han
quedado estupefactas ante el ave de refulgentes colores. Las
cuatro mujeres no responden por sí mismas. Es tanta la hermosura
del pajarillo que se han quedado mudas de asombro. Lo ven ir y venir
hasta que en un momento de encantamiento el mainumby
llega junto a la hija de Itakuéra
e introduce el pico entre los rojos labios vírgenes. Un
remolino de luz. Un aleteo incesante. Un roce infinito y la niña
traspasa las fronteras de lo humano. Ella también vuela ahora con
el mismo aspecto del pájaro que las ha embelesado. La
leyenda de la Virgen de Ka’akupe Es
el bosque sembrado de luces, de sombras, de chillidos y cantos. Es
la tarde brillante de oros y verdes azulados. Es el paraíso para el
muchacho indio que se ha internado en el monte en busca de maderas
apropiadas para el trabajo. El indio ha salido de las misiones con
ese objetivo y recorre el monte observando los árboles, la
magnificencia del paisaje, las luces, las sombras, los chillidos,
los cantos. Los pájaros y los animales han llamado su atención y
se ha alejado de las misiones tal vez demasiado. El indio ha
recogido algunas maderas que lleva consigo pero, extasiado ha ido de
aquí para allá extraviando el camino. Esconde la madera que ha
juntado en un sitio que le parece seguro y comienza a buscar el
camino de regreso. José
es el nombre cristiano del indio. Se lo han puesto los misioneros al
bautizarlo. José
es joven y fuerte. Avanza seguro de sí mismo. Seguro de encontrar
el camino de regreso. Pasan las horas y José no puede hallar el
camino, tan denso es el bosque, que se ha perdido. Ya
no podría decir con exactitud ni tan siquiera dónde dejó las
maderas que ha recogido para las tallas que se proponía encarar. Ha
aprendido el oficio de tallar la madera y todos en las misiones lo
consideran un artista. José es feliz allí. Trabaja para sí mismo
y para los demás. Aprende cosas nuevas. Honra a Dios y no le falta
nada. ¿Qué más podría pedir? José
y el monte, hermoso y escabroso. De
pronto José siente que alguien lo sigue. Escucha
murmullos. José apura el paso. Trata de alejarse de aquellas voces.
¿Lo han escuchado? ¿Lo han visto? José teme que sí y trata de
despistar a quien lo sigue. Ahora
corre. Avanza entre las lianas y los arbustos que le lastiman la
piel. José
corre. Desconoce el monte en esta zona y cada vez le parece estar
internándose en regiones más lejanas y sombrías. Lo
persigue un grupo de guerreros mbya.
La tribu que no se ha hecho amiga de los misioneros. La tribu que
rechaza la evangelización. Terribles y poderosos son los guerreros mbya. José
presiente que se trata de ellos. Lo han descubierto y lo persiguen
como el cazador persigue a su presa. Lo rodean. Dan gritos. Se
comunican en una lengua que José no entiende. La
persecución es larga. José está agotado. No sabría cómo seguir.
Se detiene en un claro. ¿De dónde vendrán estos guerreros? ¿Estaré
rodeado? piensa José. Y se lanza de nuevo hacia la espesura a
ciegas. Ha logrado salir nuevamente del círculo que los mbya
le tienden. A
punto de desfallecer, José llega junto a un gran árbol. Se detiene
apoyándose en su tronco enorme. Se acurruca. Reza ahora José. Implora.
Clama a la Virgen María. Hace su promesa. Si
salgo con vida de esta te prometo Virgencita que he de tallarte una
hermosa imagen con la madera de este mismo árbol que ahora me
protege, dice para sí mismo José. Escucha
los pasos de los guerreros. Ellos lo huelen. Está seguro de eso.
José se esconde en una grieta que el tronco tiene hacia sus grandes
raíces. Ya
se escuchan las voces de los guerreros acercándose. El
círculo se hace cada vez más pequeño. Ahora
José puede verlos. Vienen hacia él. Son siete los guerreros. Están
armados y son fuertes y jóvenes. Están furiosos de haber
descubierto a un intruso en sus tierras. José reza en silencio. Los
mbya pasan junto al árbol,
perciben la presencia del extraño pero no lo ven. Pasan
los guerreros junto a José sin verlo y desconfiados continúan su búsqueda
yéndose hacia otros lugares del bosque. José respira aliviado y
agradece a la Virgen. Los mbya,
a juzgar por sus gritos y señales que se escuchan a lo lejos, han
perdido el rastro. Una
vez que los mbya se han perdido en la lejanía, José arranca del árbol
un buen pedazo de madera y retoma el camino de regreso. Ahora cree
reconocer el lugar donde se encuentra y sin problemas retorna a las
misiones. De
inmediato José se dispuso a cumplir con la promesa hecha a la
Virgen y comenzó a tallar una imagen con aquella madera. Semanas más
tarde José tenía lista dos imágenes de la Virgen. Una, destinada
a la veneración pública y otra más pequeña para su culto
personal. La primera reposa hoy en el altar de la iglesia de Tobatí
y la más pequeña es la milagrosa imagen venerada por cientos de
miles de personas de todo el mundo en la Basílica de Caacupé. La
leyenda de Ka’a Sentada
sobre el borde rocoso del arroyo una bella joven juega metiendo sus
pies en el agua. Las gotas que levanta vuelven al cauce más
brillantes que antes, como tocadas por una varita mágica. Un ave de
blanco plumaje bebe a orillas del arroyo. La muchacha observa al
ave. El
tiempo parece inexistente a esta hora de la tarde. Nadie más se ve
en las inmediaciones. El pájaro bebiendo a sorbos pequeños,
picotea el agua. Ka’a
juega con el agua. Los pies de la niña y el agua del arroyo son lo
único móvil. No hay una gota de viento. Las plantas parecen
expectantes. Del
otro lado del arroyo una enmarañada vegetación de verdes
fulgurantes. De este lado, las piedras y una amplia extensión de
doradas arenas. La tierra parece detenerse a observar la imagen de
la chica en el arroyo. De la espesura surge de pronto una pequeña
caravana. Va encabezada por un hombre joven, alto y altivo. Ka’a
nota a la caravana porque un momento antes de aparecer, el ave
levanta vuelo asustada dejando en el aire un graznido que ahora
flota sobre la cabeza de quienes van cruzando el arroyo sobre las
piedras. El hombre que encabeza la caravana llama la atención de Ka’a. Es alto y fuerte. Su mirada está clavada en algo con
fijeza, pero Ka’a no
sabe precisar dónde. Su mirada resulta irresistible para la joven
que con los pies en el agua observa a los forasteros. Ninguno de
ellos parece percatarse de la presencia en la costa. Pasan muy cerca
de donde está Ka’a pero
nadie dirige un saludo ni una mirada. Los largos pasos del hombre se
adentran en un estrecho sendero y se pierden en un recodo. Más
tarde, Ka’a vuelve a la
aldea y cuando cae la noche procura descansar. La fiera mirada del
forastero que ha visto durante la tarde le inquieta. Ha perdido su
habitual tranquilidad. Hay una vibración extraña en la joven.
Nunca se ha sentido de esa forma. Da vueltas en su hamaca sin poder
conciliar el sueño durante horas. Cuando la noche ya está muy
avanzada el sueño la vence y cae en una especie de sopor. En sueños
los negros ojos del forastero le calan el corazón. El
sol alarga su luminoso cuerpo cuando Ka’a
despierta. Despierta posiblemente al escuchar una voz desconocida.
Su padre conversa con alguien. Ka’a
se queda quieta en su hamaca. Su padre conversa con el hombre de
la caravana. Y el hombre al que ahora puede ver de cerca está
relatando los objetivos que lo han traído hasta las tierras de Ka’a. “Como
avare mbya tengo la misión
de recorrer estas tierras en busca de una gran ofrenda para el
templo de Mbaeveraguasu.
Es bien conocida la riqueza en metales preciosos que se da en estas
tierras y los mbya
queremos recorrerla sin chocar con nadie”. “Délo
por hecho”, contestó secamente el padre de Ka’a. Ka’a
no pudo evitar la fascinación que la mirada de aquel joven
sacerdote despertaba en ella y estuvo viéndolo a través del tejido
de la hamaca en la que, ya despierta procuraba ni siquiera respirar
para que nadie advirtiera su presencia. En aquella incómoda posición,
Ka’a recordó todo lo que de los mbya
había escuchado en el pasado. Decían que se creían insuperables y
que ningún mbya, mucho
menos los avare, se
casaban con gentes de otras tribus. Tan elevado era el amor propio
de los mbya. Ka’a se dijo para
sí misma que eso a ella no debía importarle, puesto que intentaría
conquistar a aquel que estuvo mirándola y entró en sus sueños
toda la noche. El
avare se despidió del
cacique diciéndole que durante aquel día andaría observando los
alrededores sin alejarse mucho. Ka’a
que era toda oídos se levantó ni bien el sacerdote se hubo
retirado del lugar y anduvo recorriendo los alrededores de la aldea
con la esperanza de encontrarse con aquel que había venido a
visitarla en sueños. Anduvo
así durante varias jornadas y muchas fueron las veces en que los jóvenes
cruzaron sus miradas. Ka’a sentía
el ardor del avare. Lo
notaba en las cosas imperceptibles y misteriosas que sólo se dan a
conocer cuando el amor despierta. Varias veces se cruzaron en el
bosque y en los arroyos, el avare y los suyos buscaban piedras preciosas. Ka’a buscaba al sacerdote. Una
tarde sombría Ka’a se
enteró de que el avare
volvería a su pueblo. El dolor atravesó el corazón de la joven.
Ante la posibilidad cierta de perderlo para siempre, Ka’a
salió en busca del avare a quien pensaba manifestar su amor. Ka’a
marcha decidida. Dispuesta a usar todas las armas de la seducción
para despertar la pasión que intuye escondida en el alma del
sacerdote mbya. Una extraña
fuerza gobierna cada paso de la muchacha que avanza hacia el arroyo
como si supiera que allí va a encontrarse con el avare. Ka’a
está frente al hombre. Todo
indica que será correspondida. El mbya
siente que su sangre hierve. Se reprime. Lucha contra sus propios
sentimientos. Lucha contra la pasión que le inunda el cuerpo. El
ascetismo contra la pasión. Despiadada
es la lucha en el interior del hombre que, por un lado está
enceguecido de amor por la joven y por el otro tiene una misión que
cumplir para la cual ha sido adiestrado durante largo tiempo. Ka’a
baja hasta la arena y danza para el avare.
Su cuerpo se mueve con gracia despertando cada vez con más
intensidad el deseo del avare. Ahora
Ka’a se desliza a través
de las piedras. Se acerca al hombre. Le confiesa su amor. Lo abraza.
Hay un momento que se hace eterno cuando las palabras de Ka’a se
enredan en los vestidos del sacerdote. Es en ese instante eterno
cuando el ascetismo aprovecha la distracción y aniquila a la pasión.
El joven sacerdote toma el hacha de piedra que lleva consigo y sin
pensarlo ni una sola vez la azota sobre la cabeza de Ka’a
que se desploma sin un solo quejido. La sangre de la joven mancha la
piedra. El mbya sin siquiera mirarla guarda su arma y se marcha dando la
espalda a la pasión y al amor para siempre jamás. Han
pasado los años. El
dolor de la tribu por la muerte de Ka’a
ya casi no se recuerda. Un
viejo sacerdote mbya llega
hasta aquella aldea. Viene el hombre con la espalda doblada por los
años. Viene el hombre cargando el peso de la muerte de la pasión
en su alma. Se detiene en aquella piedra junto al arroyo. Se sienta
allí a descansar. Un arbusto de hojas desconocidas para el sabio
sacerdote le brinda su fresca sombra en la tórrida tarde de verano.
De las brillantes hojas del arbusto se desprende un aroma que le
lleva a tomar unas cuantas hojas y masticarlas. El jugo de las hojas
penetra en su cuerpo como un elixir de vida. Ya no hay dudas, el
viejo sacerdote ha venido a encontrarse con su último momento al único
sitio donde conoció la vida con plenitud. Allí donde en sus años
de juventud perdiera la posibilidad del amor de una vez y para
siempre. El mbya siente
que viaja hacia el
amor. La yerba que ha probado por primera vez no es sino la
encarnación de aquella dulce joven que le confesara su amor. Ahora
el avare viaja su viaje
infinito y último para reunirse con su amada. Lleva en su boca el
recio sabor de la yerba mate. La
leyenda de Laguna Sirena El
joven indio solía rondar las
orillas del arroyo Yhaguy.
Hasta allí llegaban a lavar la ropa unas mozas que respondían con
risas a las atrevidas palabras de Kavare.
Las endulzaba el indio con su facilidad para versificar y contar
historias fantásticas de las que eran protagonistas principales las
flores, los árboles y los animales. Una
siesta en la que Kavare no
encontró a nadie en el arroyo, se alejó un poco de la corriente y
se adentró en un bosquecito cercano. Grande fue su sorpresa cuando
descubrió que detrás de los árboles había una laguna de quietas
aguas. Diestro en la natación, Kavare
no perdió ni un segundo y se tiró a la laguna. Nada
el muchacho relajado. Se
desliza mansamente sobre la superficie de plata. Al
llegar al centro mismo, una fuerza extraña lo estira hacia las
profundidades. Kavare se
deja llevar. Ducho en “remansos” sabe que en unos momentos el
agua lo devolverá a la superficie. Pero el fondo de la laguna
parece no existir y el joven pierde el conocimiento. Cuando
despierta se halla en un aposento nuevo para él. Una joven le habla
delicadamente al oído y luego se aleja dejándolo en compañía de
varias mujeres que le atienden proporcionándole comidas, bebidas y
todo lo necesario para que no se sienta abrumado por el cambio. Cada
noche la joven de la exquisita voz le visita y pide sus favores. El
joven, encantado con la nueva situación, no se preocupa demasiado
por las cosas de su vida anterior. Cierto
día Kavare pregunta a la
mujer por qué sólo aparece de noche. Entonces ella le confiesa que
si él viera su rostro a la luz del día ella desaparecería para
siempre de su vida. Terribles palabras que despertaron la natural
curiosidad de Kavare. Los
pensamientos del joven indio lo llevan a anhelar lo prohibido. Jamás
pensó que sería cierto lo dicho por la joven. Kavare
busca dos piedras duras y,
cuando llega la noche y con ella la joven a visitarlo, Kavare
golpea las piedras entre sí y deja que un montón de paja seca que
había juntado previamente, arda con las chispas. La luz de la
fogata desata el hechizo: de inmediato la joven desparece de su
vista y un arco iris se instala sobre la laguna. Un arco iris que
fulgura como retorciéndose en sus propios colores hasta hundirse en
las aguas. Kavare
despierta. Está
ahora en la casa de sus padres. Cuenta
los hechos vividos tan recientemente. Los padres lo escuchan atentos
y nerviosos. “Hijo,
dice su madre, has estado preso de una Sirena”. Un tiempo que para
él no fue más allá de algunos días, en la realidad humana ocupó
un espacio de dos años. “Has tenido suerte en regresar” le dice
el padre ahora y se dispone a contar historias viejas de cuando unos
tíos suyos fueron raptados por la misma extraña mujer, lejos en
una laguna llamada... La
leyenda de Ka’aguy Póra Un
grupo de hombres a caballo avanza por el monte. Van
contando sus hazañas y, chacoteando, se tientan unos a otros. Para
quien los observa desde el follaje es claro que estos hombres están
bajo el picante efecto de la caña. Han bebido y se han largado al
monte en busca de presas. Lo hacen para competir entre ellos. Quien
logre la pieza mayor se quedará con la gloria por un momento. Los
otros deberán esperar una nueva oportunidad. Armados
de grandes escopetas avanzan por el monte. Los
caballos se muestran inquietos. Presienten algo malo. Los
hombres se detienen en un claro y rodeados de sus perros, dejan sus
cabalgaduras y parten a pie entre el chircal. Buscan venados,
chanchos salvajes, tapires...Cualquier animal que pueda ser cazado y
les de ese momento de supremacía que tanto ansían. El
monte los mira con recelo. Con
sus pequeños ojos de gigante sigue cada paso que dan. En
el poblado, otro grupo de hombres se dedica a seguir los caminos del
alcohol y esperan la vuelta de sus compañeros. Han prometido volver
cuando baje el sol con las presas atadas a sus caballos. Desde lejos
se sabrá quién trae la mayor por la polvareda que levantará. Ladran
los perros y olfatean el aire. Han
detectado algún animal. Corren los perros. Todos en una misma
dirección. Los
hombres, achispados, siguen los pasos de los canes cazadores con las
escopetas listas. De
pronto los ladridos cesan. Los
hombres detienen el paso, esperan. Los
perros comienzan a chillar como si alguien los estuviera apaleando. Los
hombres quedan como postes, clavados al suelo. En su borrachera
entienden que algo grave está por ocurrir. Los perros,
efectivamente, regresan dando chillidos lastimeros. Se acurrucan a
los pies de los cazadores buscando protección. Uno
de los hombres envalentonando a los demás grita: “Debe
ser una manada de chanchos salvajes. Vamos a cazarlos.” Y
los demás siguen los pasos de quien se ha convertido en adalid.
Corren hacia la arboleda de donde vinieron los perros. “Rodiémoslos”,
dice el líder, y los hombres se esparcen formando un semicírculo. Son
cazadores expertos. Muchas veces han entrado en el monte a y han
vuelto con buenas piezas. Muchas veces han enfrentado el peligro de
los tigres que aparecen de improviso saltando desde los árboles y
de las serpientes que nunca se sabe de dónde aparecen. Ahora
entran en la arboleda cerrada por numerosas lianas y helechos
gigantes. El
bosque los mira. “Allí
están”, dice el líder, y alza su escopeta para disparar sobre un
chancho enorme que le viene a torear de frente. Suena el disparo,
potente y seco. Retumba largamente con un largo chiflido por todo el
monte. El animal cae y comienza un berrinche agónico que los
hombres festejan con risotadas. Los otros chanchos de la manada
huyen hacia otro sitio más espeso. “Difícil
que puedan superarme. Es el más grande de la manada”, dice el líder
de los cazadores. Bromas
y chacota están en la punta de la lengua de los otros. Todo es
algarabía. El cazador pela de su cintura un gran cuchillo y mirando
a los ojos del animal le produce un gran corte a la altura del
cuello. El chorro de sangre salta bañándole el pecho y los otros
festejan con ruidosos sapukái. El
cazador ata las patas delanteras del chancho con una cuerda y ata la
cuerda a un árbol cercano. “Para que no se lo lleve el Ka’aguy Póra”, dice malicioso tentando a los otros. Ríen los
cazadores. Todos. Todos, excepto uno. El más viejo mueve la cabeza
negando y murmulla para sí. “Lo ha convocado” dice el viejo,
pero nadie lo escucha. “Vamos
a buscar a los otros”, dice uno de los cazadores. Y
la cacería se reinicia. La manada que se encontraba cerca de allí
observando a los hombres desde la espesura, corre alocada hacia otro
sitio. Los hombres vuelven a hacer un rodeo. La
caza ha continuado y varias son las presas que traen arrastrando con
cuerdas. Tácitamente, el lugar donde fue cobrada la primer pieza ha
quedado designado como el lugar de encuentro. Hacia allí marchan
los cazadores. Ninguno ha podido cazar un animal más grande que el
primero y todos vienen hablando del tema. Cuando
llegan al sitio, no encuentran al gran chancho. “Ka’aguy
Póra”
dice el viejo entre dientes. Los
hombres, azorados, no saben qué decir. “Me
robaron la presa” grita el que en un momento se erigió en líder del grupo. Obnubilado por el alcohol y la sangre el hombre busca un
culpable. “Ese fuiste vos, viejo”, grita el hombre. “Ka’aguy
Póra” vuelve a decir el viejo entre dientes. “Ahora
entiendo, cuando desapareciste fue para robarme la pieza. ¿Dónde
la pusiste?” increpa al hombre. “Estamos cazando sin
necesidad”, dice el viejo. “Eso no te da derecho” insiste el
hombre sacando amenazadoramente su cuchillo por segunda vez en el día.
El viejo no se defiende. Un rugido terrible se escucha en el monte.
Los hombres quedan paralizados, pues de inmediato y detrás del
cazador que amenaza al viejo un gigante de cinco metros de altura
aparece haciendo a un lado los árboles. En su enorme cabeza los
ojos fulgurantes hipnotizan a los cazadores. “Ka’aguy
Póra” dice el viejo entre dientes y es lo único que seguirá
diciendo por el resto de sus días. Agita
su salvaje crin el gigante y una especie de pipa hecha con una
calavera que lleva en su mano. Ruge furioso el monstruo y se
abalanza sobre los hombres. En
vano esperaron en el poblado la vuelta de los cazadores a la puesta
del sol. Los hombres siguieron bebiendo hasta caer en un profundo
sueño. Al
día siguiente, preocupados y sobrios, los hombres del poblado se
organizan para salir a buscar a los cazadores perdidos. Los más
optimistas dicen que no vale la pena. Que pronto volverán. Que se
habrán quedado en el monte para cobrar más piezas. Pero algunos
temen. El monte es peligroso. Ninguno
sabe que todos los preparativos serán inútiles. Por
el camino se acerca un hombre de a pie. Es
el viejo. Es
el único sobreviviente. Delira
y repite en su extravío: “Ka’aguy
Póra”. Los
hombres del poblado lo rodean pidiendo explicaciones sobre los demás
cazadores. Pero el viejo parece saber sólo dos palabras: “Ka’aguy Póra”. Una y otra vez contesta el viejo “Ka’aguy
Póra”. Hasta que al fin los hombres entienden. Conocedores de
la leyenda y temerosos de internarse en el monte dejan al viejo en
paz. Ka’aguy Póra le ha
perdonado la vida pero le ha quitado el juicio. La
leyenda de Mbaeveraguasu El
atlante se siente incompleto en su nuevo hogar. Añora la ciudad
dorada en la que viviera su juventud. No puede quejarse de su
destino pero tampoco le resulta el más alentador. Un
buen día, de plática con Tume
Arandu, su cuñado, Paragua
confesó sus penas. Necesitaba
ocuparse en algo grande. Quería construir una ciudad que se
pareciera a aaquella que sucumbió ante las enardecidas olas del
mar. Quería hacer la réplica de Atlántida, su ciudad natal. Tume
Arandu
le habla del lugar donde Tupã creó al primer hombre y a la primera mujer, sus padres. El
valle entre los cerros, el intenso verde de la vegetación, el cielo
azul... Marchan
los hombres hacia la colina de Areguá. Los acompaña el primogénito
de Paragua. Arekaja es su nombre y posee facultades extraordinarias para las
invenciones. Joven y fuerte, hombre de gran dinamismo, Arekaja es el indicado para iniciar empresas. Instalados
en la colina, los tres hombres observan el majestuoso espectáculo
de la naturaleza. El valle luce esplendoroso. Frente a Areguá una
hermosa cordillera. “Al pie de aquellos cerros”, dice Paragua
y los tres hombres inician la travesía del amplio valle. Surgentes
cristalinos caen desde las faldas de los cerros. Los pájaros se
multiplican en aquella tierra virgen. “Aquí”, dice Paragua
a su hijo, señalando una roca que marca el sitio donde levantarán
la nueva ciudad. “Aquí levantaremos la nueva Atlántida”. Días
más tarde cientos de aldeanos de la tribu de Paragua se incorporan al trabajo frente a la colina de Areguá.
Verlos trabajar desde la distancia es una maravilla para los ojos. Arekaja
dirige las obras. Las maderas que traen desde el otro lado de
los cerros. Las piedras pulidas. Los hornos que cocinan el barro. Máquinas
extrañas producto de la invención de Paragua
y su hijo que alivianan el trabajo de los hombres. En medio del
vergel, la presencia del hombre. No
tardaron mucho tiempo en terminar los trabajos. La
ciudad, nueva y limpia, lucía como una aparición cuando la luz de
la mañana rebotaba contra las blancas paredes. Resplandecía la
nueva Atlántida, pero Paragua
aún no estaba contento con el trabajo. Apreciaba el esfuerzo y la
colaboración de su pueblo pero deseaba darle a aquella ciudad
luminosidad nocturna. Deseaba que brillara tanto como cuando el sol
le daba a pleno. Paragua
ordena
ahora, con la ayuda de Arekaja, que se inicie la excavación de un pozo. Señala el lugar,
muy cerca de la casa que ha elegido como su residencia. Pocos días
después los excavadores han perforado la tierra varios centenares
de metros. Ya no se puede ver el fondo de aquel pozo. Ahora brota de
las entrañas de la tierra un líquido lechoso, blanco y espeso. con
él pintaron los edificio más imponentes del poblado, redoblando su
poder resplandeciente. Los aldeanos descubren que el líquido es
sabroso y comienzan a ingerirlo. Luego de una cantidad determinada,
esa extraña leche de la tierra, produce embriaguez y una
somnolencia que los transporta a un estado de deleite maravilloso.
La leche de la tierra, además, engorda a quienes la ingieren sin
medida, pero les debilita los huesos hasta producirles la muerte.
Entonces Arekaja decide
continuar con la excavación. Buscan el líquido amarillo que en Atlántida
se utilizaba como generador de luz artificial. Buscan afanosamente.
La excavación sobrepasa el millar de metros. En ese momento, de las
profundidades brota un fuego seco que produce una gran alarma en los
excavadores. Arekaja ordena el cierre del pozo y dice a todos: “Ibamos buscando
el antro de la luz y nos hemos topado con el infierno, hasta aquí
hemos llegado”. Lejos
de caer vencidos, Arekaja
y su padre continúan, ahora en soledad, con sus experimentos a fin
de obtener alguna forma de luz artificial. Una y mil veces prueban
artefactos que no sirven a sus propósitos. Una y mil veces
recomienzan la tarea, hasta que un buen día consiguen armar un
extraño recipiente que, accionados sus mecanismos, produce una luz
intensa. De inmediato se entregan a la fabricación en gran cantidad
y los distribuyen por toda la ciudad. Por la noche las luces
emergen, ahora, de las ventanas de todos los edificios con inaudita
brillantez. Tanto es así que los aldeano llamaron a esa extraña
ciudad Mbaeveraguasu, la
ciudad resplandeciente. Han
pasado los siglos. Mbaeveraguasu
es famosa por sus luces. La vista que de ella se tiene desde la
no menos famosa colina de Areguá, es maravillosa. Los viajeros
llegan hasta allí pasmados de admiración y sus habitantes han
conservado el orgullo con el que trabajaron sus creadores. Ya
no existe sobre la faz de la tierra el viejo patriarca Tume Arandu. Ya
no existe sobre la faz de la tierra el nostálgico atlante conocido
aquí con el nombre de Paragua. Ya
no existe sobre la faz de la tierra Arekaja,
el dinámico hombre inventor. Y
a no existen sobre las faz de la tierra sus hijos ni sus nietos. Ahora
Mbaeveraguasu es una
ciudad sagrada para los guarani. La
llegada del karaiete está
cerca. Así lo ha dejado escrito Tupã
en el destino de la raza. Una
mañana estival, desde la ciudad sagrada se escuchan tres fuertes
explosiones. ¿A qué atribuirlas? ¿Quién puede haber producido
semejantes ruidos? Muy pronto los guarani
se enterarían de la llegada del karaiete
que entró en aquellas tierras a sangre y fuego. Ellos habían hecho
detonar sus poderosos cañones y ahora se acercaban a la ciudad
resplandeciente. En
tiempos ya lejanos Tume Arandu
había implorado a Tupã
para que la radiante ciudad guarani,
la cuna de la luz y el misterio, el mbaeveraguasu
desapareciera bajo las aguas antes de ser profanada por las plantas
del enemigo. Tupã acogió
favorablemente aquel ruego del patriarca guarani
e hizo que las aguas del Tupã
Ykua se enturbiaran y comenzaran a bullir día y noche. Muy
pronto la bellísima ciudad y sus habitantes fueron sólo una
leyenda luminosa. Desapareció bajo las aguas como la tierra que la
había inspirado. Durante mucho tiempo el Tupã
Ykua, luego de cubrir la ciudad, continuó arrojando grandes volúmenes
de agua. Tanto que éstas amenazaron cubrir toda la superficie de
las tierras de Rupave. Fue entonces cuando llegó a aquel lugar un karaiete
bondadoso que bendijo las aguas, bautizó aquellos parajes y
conjuró el peligro, pero esa es otra historia y por suerte ya ha
sido contada en otra ocasión con lujo de detalles. La
leyenda de Perurima Mucha
es la nostalgia que cae con todo su peso sobre el corazón de Paragua.
Guarasyáva hasta aquel momento desconocía la pena que su marido no
había podido superar. Fue en un atardecer en el cual mbaeveraguasu brillaba más que nunca cuando Paragua le contó sus cuitas. Guarasyáva
reprochó a su esposo el no habérselo dicho antes, pero luego
comprendió su silencio y le apoyó en lo que él quería hacer
ahora. “Partir
para reencontrarme con Amaraso
es lo que quiero ahora. Tal vez eso calme un poco mis penas y
termine con mis quebrantos”. Paragua
no imaginaba que volvería a su terruño natal y que ya no volvería
a ver la bella ciudad que había construido con Tume
Arandu y Arekaja. Pero
el poeta hoy está de buen humor y no quiere transitar largos
caminos ni contar historias de travesías gigantescas como fue
aquella sino ir directamente al grano. Una vez en Amarasoia,
Paragua y su esposa fueron
víctimas de las chanzas del más pequeño de sus sobrinos que por
entonces se llamaba Toryja. Entabló
conversación Paragua con
el más pequeño de los hijos de Amaraso,
uno al que apodaban Toryja.
Toryja era un gran
mentiroso, poseía la admirada capacidad de inventar historias de
todo tipo. No pasó mucho tiempo de charla y ya Paragua
se hallaba completamente enredado con la conversación de aquel
chiquillo. Le contó historias fantásticas y le invitó a visitar
el lugar donde todas las tardes se dejaba ver un Ypóra
de tres cabezas. Paragua
creyó en su pequeño sobrino y se dejó guiar, pero después de
andar durante horas se dio cuenta de que se trataba de una broma y
recriminó duramente al muchachito por su comportamiento. Paragua
amenazó con castigar a Toryja
si no le llevaba de regreso. En esa discusión estaban cuando
apareció un tigre y se abalanzó sobre Paragua.
Desesperado, el hombre pidió al sobrino que buscara auxilio, pero
el niño se quedó mirando la escena impávido primero y luego
abandonó su tío a su suerte y volvió a la aldea. Al
llegar a la aldea, Toryja inventó
una historia en la que su tío se había quedado con unas amables
mujeres que lo llevaron a su casa y que no había querido regresar. Guarasyáva entonces le prometió al chiquillo una buena propina si
le llevaba hasta esa casa donde se había quedado Paragua. El niño aceptó gustoso y de inmediato se pusieron en
camino. Muchas horas después, se sentaron a descansar a orillas de
un hermoso lago. Habían andado una gran distancia. Guarasyáva
cayó en la cuenta del engaño y se puso a llorar desconsolada. En
ese momento apareció ante ella una enorme serpiente lista para
atacarla. Guarasyáva huyó
de inmediato pero con tanta mala suerte que fue a enredarse en medio
de un espinar. Salir de allí sin lastimarse feamente era imposible.
Ni siquiera la serpiente se animó a entrar, y Guarasyáva
quedó atrapada allí. Toryja
no hacía caso de los gritos de su tía pero pensaba en alguna
solución. “Si con un susto enorme fue a meterse allí, con otro
susto podrá salir”, se dijo para sí el chiquilín y prendió
fuego al espinar. Ardían las ramas chisporroteando y presa del
terror, Guarasyáva salió
de aquel lugar. ¡Lo había logrado! No se puede decir que el
remedio fuera peor que la enfermedad pero le andaba cerca. Guarasyáva
salió arañada y chamuscada de aquel sitio tan parecido al
infierno, pero al menos pudo regresar a la aldea. Tupinambá
escuchó el relato de su hermana que iba recorriendo sus desventuras
con lujo de detalles y tuvo que apenarse con ella. Los aprietos en
los que Toryja le había
puesto eran realmente graciosos y, como había regresado sana y
salva, el rostro chamuscado y el cuerpo así tiznado provocaron la
risa en Tupinamba. ¿Cómo le había creído a aquel chiquillo malcriado? Pero
la sorpresa mayor de la aldea fue ver llegar a Paragua. Cansado, arañado por las garras del tigre y sucio penetró
en la aldea. Lo primero que quería hacer Paragua
era castigar al mocoso que le había estado tomando el pelo todo el
tiempo. Tupinamba se
interpuso a Paragua y le
explicó la desventura de su esposa. “Nos ha tomado del pelo a
todos”, dijo Paragua y la aldea entera estalló en una carcajada. Los mismos
protagonistas de las desgracias no pudieron contener la risa
festejando la habilidad del chico para tender trampas, mentir e
inventar historias. Toryja marchó en la comitiva que su padre y Paragua organizaron en busca de Halánte, su ciudad natal, perdida entre las aguas del mar. Muchos años anduvo Toryja con su padre y su tío en busca de la perdida Halánte, hasta que los dos hombres encontraron al fin la ciudad de sus nostalgias y se re |