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Libro tercero Las
Leyendas Tradicionales, Populares y Religiosas La
leyenda del Ykua Bolaños El
nombre de Fray Luis Bolaños está inscripto con letras de fuego en
la historia paraguaya. El franciscano, en su tiempo, ha realizado un
trabajo evangelizador ejemplar. Pero ha perdurado en la memoria del
pueblo por ser instrumento de Dios en la concreción de un milagro
cuya obra se ha quedado para siempre entre nosotros. Marcha
Fray Luis Bolaños al frente de un numeroso grupo de indígenas
apenas convertidos a la fe católica. Hace ya varios días que
avanzan por tierras chamuscadas. El calor se hace cada vez más y más
insoportable. Las reservas de agua se agotan y no hay cómo
reponerlas. Ni
un bañado, ni un estero, ni un arroyo, ni unas míseras gotas de
lluvia. Nada
de agua. Las
hierbas son mudos testigos de la sequía y se quiebran con sonidos
tristes al paso de los hombres. La fe se debilita. Desde la conversión
los nuevos católicos sólo han pasado penurias y creen ver en ello
una venganza terrible de sus antiguos dioses. Fray
Bolaños les habla, trata de apaciguarlos, les pide calma. Siente el
franciscano mucha pena por la situación que deben atravesar estas
gentes pero a la vez les demuestra una fe inquebrantable que no podrá
ser doblegada por ninguna sequía por más terrible que fuese. Les
habla de los sacrificios que tuvo que hacer el hijo de Dios para
salvarnos del pecado. Les habla y más que nada él mismo se da
fuerzas para continuar. El camino agobia y ya las fuerzas
desfallecen. Es hora de detenerse y volver a empezar con las
palabras para que los recién iniciados puedan entender que no se
trata de un castigo de sus antiguos dioses sino simplemente de un
fenómeno de la naturaleza. Al dar un rodeo para ubicar un mejor
lugar de descanso Fray Bolaños se encuentra con tres de los más
importantes caciques de la zona que vienen a su encuentro. El
más anciano llega junto al fraile y dialogan. En
realidad el cacique intima al fraile. Si no consigue agua invocando
a su Dios será atravesado por las flechas de su tribu. El fraile
pide unos momentos a solas. Recorre el lugar lentamente. Cerca de
unos arbustos hay una piedra grande. El fraile pide ayuda para mover
el peñón. Lo retiran de su lugar y como si hubiesen arrancado la
tapa a un interminable recipiente, la surgente deja escapar un
chorro de agua cristalina y fresca en medio de aquel polvaredal. Las
tribus de aquellos tres caciques también se convirtieron al
catolicismo y Fray Bolaños siguió adelante con más confianza que
nunca en su campaña evangelizadora. La
leyenda de Kurusu Isabel
Marcha
la diezmada columna rumbo al norte. Pocas esperanzas habitan los
corazones de los soldados. Piensa el Mariscal en su Patria. Quiere
reunir a su gente, juntar fuerzas e iniciar el contraataque. Sus
deseos van más allá de las fuerzas que le restan. Se niega aún a
admitir la derrota. Un país en ruinas va quedando atrás. Marchan
en la columna las esforzadas residentas y entre ellas marcha también
Isabel con su pequeña hija en brazos. Atraviesan
los bañados con el agua casi hasta la cintura. Los insectos se
hacen el festín hundiendo sus lancetas en la costra de aquellos
cuerpos cansados. Descalzos
marchan. Ahora sobre un campo sin árboles, llano y hostil que se
extiende sin fin ante los nublados ojos de la tropa. llora la niña
en brazos de Isabel, ahogado el llanto por el sofocante viento norte
que extiende su manto caliente sobre la columna. Nadie escucha los
lamentos que se alzan constantemente. Nadie habla. Es un ejército
de muertos rumbo al purgatorio. Trastabilla Isabel pero aún logra
levantarse y proseguir. La joven madre se va rezagando pero el grupo
harapiento no está para atender a los que se quedan y sigue su
marcha. Quiere
gritar Isabel pero el grito se queda pegado en la sequedad de su
garganta. Cada diez metros Isabel cae y vuelve a levantarse. Con
cada caída la maltrecha columna se aleja un poco más. Confía
Isabel en darles alcance cuando caiga la tarde y se arme el
campamento. Una pareja de tigres siguen atentos los endebles pasos
de Isabel. Rugen cada tanto los tigres avisando a la presa indefensa
el terrible final que le espera como si fueran enviados de la más
profunda oscuridad. Detrás
de aquellos árboles se ha perdido la columna de hombres y mujeres.
Isabel ya no los ve. Sus fuerzas se agotan. ¿Cuántos días lleva
caminando con su hija en brazos? Una terrible puntada en la espalda
la tira una vez más al suelo. Quien viera ahora el desolador
paisaje no vería más que campo. Isabel yace cerca de un árbol
entre el chircal. Se
ha quedado dormida la mujer. Su pequeña hija prendida a su pecho.
Los tigres caminan en círculos cada vez más estrechos a su
alrededor. Sólo los lomos amarillos refulgen con el sol a ras de
los yuyales. El inhóspito lugar les ha entregado un bocado fácil.
Rugen ferozmente y el sonido vuela hasta un lejano grupo de árboles
y se cuelga entre las ramas haciendo huir a las aves. Pasa la
bandada en silencio sobre el escenario de la muerte. Los
tigres están a un paso de la mujer dormida. Huelen la carne que aún
late. Escuchan los quejidos de la criatura. Clavan su mirada
amarilla en la mujer y su hija. ¿Acaso los impulsa el instinto de
conservación o están cebados con la carne de los muertos de la
guerra? Nadie nunca podrá responder a este interrogante. Se
agazapan los tigres. Arañan el aire con sus zarpas sucias de lodo.
Olisquean el cuerpo de la mujer. Demoran el acto final. La presa no
se defiende.
Sueña
Isabel en su desmayo y en su sueño se ve entrando a un palacio. Dos
tigres enormes, sujetos con cadenas de oro custodian la puerta. Ella
sube las escaleras del pórtico principal de la mano de una niña.
La niña pregunta por los tigres y la madre le tranquiliza diciéndoles
que son sus protectores. En efecto a su paso los tigres se echan y
esperan. Nada hay que temer dice Isabel en el sueño. En una sala de
mosaicos blancos Isabel deja a la niña jugando con unas hermosas muñecas
de porcelana que visten coquetos atuendos de fiesta. Ella comienza a
andar por un pasillo pintado de cielo. Sólo el piso por donde
camina parece real. El resto es cielo. Como si se deslizara sobre
una alfombra cuadriculada y recta. Camina Isabel hacia el extremo más
alejado de aquel pasillo celestial. Camina y termina por perderse en
ese cielo con el que ahora se funde. Isabel siente que vuela. Una
luz fortísima rodea a la mujer y a su hija. Los tigres retroceden
como ante la luz del Poderoso y se echan cerca de ellas. La
niña sigue prendida al pecho de su madre. Se alimenta. Su madre,
desde el estado de inconsistencia la acaricia con su mirada, calma
sus momentos de miedo. Vigilan
los tigres con la luz del día. Vigilan
los tigres bajo las estrellas. Pasan
los días. La
tropa ya está muy lejos. Ahora,
en el horizonte una vaga nube de polvo se levanta acercándose. Son
dos jinetes que avanzan por el desolado campo. Al galope van pasando
cuando divisan algo que se mueve en aquella quietud. ¡Tigres! dicen
al unísono y espolean sus caballos para dar caza a los animales,
pero los tigres no se mueven. De pie sobre los chircales los miran
avanzar. Los miran de frente como quien ve llegar a dos viejos
amigos. Sólo cuando están muy cerca los tigres corren hacia un
lado y parecen desaparecer. Los hombres sorprendidos divisan a la
mujer y su hija. Se acercan apeándose de sus caballos. ¡La niña
está viva! Mientras
uno cuida a la criatura, el otro cava una fosa. ¡Por
suerte los tigres no le han hecho daño! Duro
trabajan los hombres para dar una digna sepultura a la mujer que ha
alimentado a su hija aún después de muerta. Los hombres le
construyen una pesada cruz con la cual señalan aquel lugar. Al
final, sobre el llanto de la niña, rezan unas breves oraciones y se
marchan en busca del poblado más cercano. ¡Ni
rastro de los tigres! ¡Ni
rastros de la crueldad de la guerra! Han
pasado los años y las gentes que pasaron por aquel lugar de la
cruz, fueron alimentando la leyenda de la mujer que salvó a su hija
después de muerta. Las voces populares le han tejido infinidad de
historias hasta el punto de perderse aquella verdadera que sólo fue
presenciada por la pareja de tigres. Hoy en día aquel lugar es
conocido como Kurusu
Isabel. Los viajeros que llegaron hasta el lugar han ido quitando
astillas de aquella cruz primigenia hasta casi hacerla desaparecer.
Astillas que guardan como amuleto de la buena suerte. Un templete
fue alzado por las manos del pueblo y nuevas cruces fueron puestas
en aquel sitio a donde hoy en día acuden los promeseros en busca de
algún milagro. La
leyenda de la muerte de Guido Boggiani Yo
que estuve ahí no le veo ningún misterio. La gente se empeña en
que las cosas parezcan mágicas. Yo no sé
adonde quieren llegar con esa manía enfermiza. Las cosas
existen o no existen. Para qué vamos a andar con vueltas. Con la
edad que yo tengo para qué les voy a mentir. He contado esta
historia siempre que me lo han pedido pero ya he perdido las
esperanzas de que alguien la escriba tal como es. Siempre le agregan
cosas que yo no dije. Mucho
años me guardé la historia, pero como siempre hay alguien que
insiste al final cedí. Después, cuando me di cuenta que todos la
modificaban ya me dio bronca, pero no puedo negarme cuando se trata
de contar qué pasó con Guido Boggiani. Aquella
vez yo me encontraba de casualidad como miembro de su expedición.
No tenía en mí ese espíritu aventurero innato que tenía el
italiano y seguramente, no me acuerdo bien, no había podido oponer
fuerzas suficientes a su insistencia. Eso ocurría a menudo.
Boggiani tenía un poder de convencimiento extraordinario. Nadie podía
detenerlo en sus investigaciones. Era de esos hombres inquietos por
naturaleza, me entiende. Si él en Italia lo tenía todo, relaciones
con gente influyente, destaque como pintor, músico y poeta, una
mujer hermosa, hijos... Yo
me hubiese quedado donde estaba pero él no, él estaba poseído por
una intranquilidad esencial que lo llevaba a iniciar una y otra vez
aventuras cada día más difíciles. Y bueno, yo estaba en aquella
expedición de la que no volvió. Estaba ahí de pura casualidad. Nos
habíamos adentrado en la selva
y plantamos nuestro campamento en un lugar protegido de los
vientos y de difícil acceso. Nos llevábamos bien con los indios
con lo que nos topábamos andando por aquellos lugares, pero siempre
cabía la posibilidad de una agresión, así que tomábamos recaudo
eligiendo sitios que nos dieran cierta ventaja en caso de que tuviéramos
que defendernos. Con
nosotros iban dos guías indios y eso nos evitaba sorpresas. Una
de las cosas que más le gustaban a Boggiani era fotografiar a los
indios en los que veía los rasgos más puros. Eran reacios los
nativos, sentían un temor extraño ante aquella máquina, pero al
final siempre terminaban por aceptar los regalos con que Boggiani
los sobornaba, sobre todo las mujeres que se derretían ante las
telas que se les daba. Una
tarde llegó hasta el campamento, junto a otras nativas, una joven
esbelta y muy graciosa. Inmediatamente, Boggiani puso sus ojos de
científico en ella y tras muchas vueltas pudo convencerla de que
pose para él. Boggiani la dibujó pacientemente durante poco más
de dos horas. Cuando el trabajo estuvo terminado, la india que no
tendría más de 16 o 17 años, salió corriendo con sus telas y
Boggiani sonrió satisfecho por el trabajo que había realizado. No
fue esa la última vez en que aquella muchacha nos visitara en el
campamento. Venía casi todos los días, a tal punto que uno de los
guía ya suspiraba por ella. Es que era realmente bonita. Pero ella
venía a ver a Boggiani, eso se notaba. Mas el interés que Boggiani
dispensaba a los indígenas era meramente científico y en cuanto a
su relacionamiento humano con ellos, se podría decir que los quería
como quería a todos los seres que con él se relacionaban. Boggiani
andaba por aquellos días melancólico y pensativo. Bueno, ése era
su carácter habitual, sólo cuando estaba en medio de un trabajo se
mostraba con interés y cuando lo terminaba con éxito era el
momento en que se le podía ver feliz, ustedes saben. La
cuestión es que la joven venía y venía al campamento, pero
Boggiani no parecía darse cuenta de nada extraño. Todo el mundo
sabía que ella estaba allí por él, menos él mismo. Una
noche, mientras todos parecían dormir y Boggiani fumaba retirado de
nuestras hamacas, apareció la joven india, alargó sus brazos con
la intención de abrazar al científico pero éste le sujetó las
manos. Hablaron largamente. Yo no dominaba el lenguaje de aquella
parcialidad por eso poco y nada pude entender. Más percibí por las
entonaciones que por las palabras en sí. Pero al final la niña
india partió a toda carrera y se perdió en la selva. Boggiani
se acostó y aparentemente durmió con tranquilidad. Yo me mantenía
despierto, algo me mantenía despierto y no era simple curiosidad
sino presentimiento. No sé, la cuestión es que aquella noche no
dormí hasta muy tarde. Poco
tiempo después de que la india partiera, con mucho cuidado de no
despertar a nadie, y en la misma dirección, partió el guía indio.
Ese que estaba totalmente prendado de la muchacha. Después
el sueño me venció y cuando desperté estaba solo en el
campamento. Dí unas vueltas y apareció el otro guía que venía
con un manojo de leña. Los demás se habían ido de excursión.
Pregunté por su compañero y me dijo que también estaba de excursión
pero que por la noche él había encontrado el cadáver de la chica
indígena muy cerca de allí. Al verla partir, la siguió –me
relató el guía– pero no pudo evitar que se atravesara el corazón
con el cuchillo que Guido le había regalado a su padre. ¿Qué
había pasado? La joven sintió o creyó que su alma había quedado
prisionera de Boggiani desde aquel día en que la dibujó. Ella había
visitado aquella noche a Guido para que le devuelva su alma, pero él
se negó a devolverle el retrato. Entonces ella le pidió que por
favor la tomara por entero para poder regresar junto a su alma. Pero
Boggiani también se negó. Como la niña no iba a poder ser nunca más
feliz con otro hombre se dio muerte. Recuerdo
el tono sombrío que imprimió a su voz el guía cuando me dijo que
los parientes de la joven se vengarían. Ante la advertencia ordené
al guía que siguiera las huellas de mi amigo, llevé conmigo apenas
el fusil, el agua y un cuchillo. No anduvimos mucho tiempo. En un
recodo de una picada yacía tirado de bruces el cuerpo de Guido
Boggiani con la cabeza destrozada de un hachazo. Me acerqué a él y
toqué sus manos en las que aún se podía sentir la sangre
caliente. El guía me sacó de aquel estado de incredulidad al ver
al amigo muerto. El insttinto de conservación, ante la advertencia
del indio pudo más en aquel momento. Yo abandoné el cuerpo de
Guido Boggiani. Si no lo hubiera hecho no estaría contando esta
historia. La
leyenda de la fuente del amor Mana
el agua del misterioso ykua
Bolaños. Así, fluyente, se la ha visto desde hace casi tres
siglos. Ahora es verano. Recorre el Paraguay un año desgraciado:
mil novecientos sesenta y nueve. Año de guerra. Año de huida hacia
el Aquidabán. Las
aguas milagrosas le dan al sitio desde donde nace el arroyo un aura
diferente. Mágica si se quiere. Fresca. Propicia para el amor. A
caballo llega un joven hasta el sitio desierto. De
un salto desciende a tierra antes que el caballo se detenga. Y
al tocar el suelo que verdea de una gramilla tierna, en una
demostración de habilidad que sólo él disfruta se quita el
sombrero y lanzándolo suavemente le hace describir una pirueta
combada tras la cual queda apenas colgado de la punta de una rama
seca. Se sienta el hombre al pie de un árbol tarareando una
cancioncilla suavemente. Espera
a alguien o simplemente disfruta del paraje. Nadie
que venga hasta el ykua
con esa alegría inconfundible puede estar simplemente de paseo. El
muchacho parece esperar a su amada. Está ansioso. Un buen tiempo ha
pasado y el mozo se ha ido adormilando. El mentón le cae ahora
sobre el pecho. ¿Estará dormido? Una
jovencita llega al claro desde el monte. Se acerca a la cruz que
memora el milagro. En silencio se arrodilla y reza. Enciende fuego a
dos velas. Las rodea con piedras y las deja allí. ¿Habrá hecho
alguna promesa? Ahora
la muchacha cruza el pequeño puente de piedras tendido sobre el
arroyuelo y se dirige hacia el lugar donde el hombre dormita. Con
los encajes de su mantilla roza el rostro del muchacho. De inmediato
se despierta y se excusa ante la mujer. “¡Oh, gracias a Dios que
estás aquí! Como tardabas un poco me he adormilado, pero lo peor
no fue eso, estuve soñando que debía partir sin poder verte. ¡Qué
alegría!” La toma entre sus brazos y se funden entregados al
amor. Ella
sabe que es el final. Él
parece no saberlo. O es que realmente su inocencia es grande o sabe
esconder muy bien sus sentimientos. A punto de marchar con las
tropas hacia el Aquidabán aparece optimista con respecto a la
guerra. Seguramente no quiere darle un disgusto a su amada. Las
campanas de una iglesia lejana dejan caer sus cansados sonidos sobre
las aguas del arroyo. Se diría que aquellos sonidos vienen a morir
en el ykua. Los pájaros
van llegando desde todos los puntos cardinales para quedarse en los
árboles que rodean al arroyo. Con empujoncitos leves, la noche
aparta al sol y va ocupando su sitial de reina de las sombras. Antes
de aquietarse para el descanso, la vida da muestras de su enorme
poder. “Tengo
sed”, dice la joven. El
hombre le entrega la guampa orlada de oro que lleva atada a su
cintura y le acompaña hasta la vertiente. La mujer carga el agua y
bebe. “Volveré pronto, ya verás. Y entonces estaremos juntos
para siempre”, dice el hombre. “Para siempre”, dice ella
devolviéndole la guampa de donde bebiera. Queda aún un poco de
agua en su interior. El hombre mira el recipiente. La marca de los
labios de su amada. Se lleva el objeto hacia la boca. Apoya sus
labios en el lugar marcado y bebe el agua que resta en el interior.
Un beso sobre otro beso. Al
fin se despiden tiernamente. La mujer desaparece en el monte y el
hombre emprende el camino de la guerra sobre su caballo. Ya no tiene
dudas. Volverá junto a la mujer que ama. Y esta vez no es inocencia
ni lástima. Es una fuerza extraña. Se diría que viene del agua y
del fuego. De aquellos cirios que ardían lentamente frente a la
cruz y del agua que bebió del mismo vaso con su amada. El
hombre fue uno de los pocos sobrevivientes de la guerra. Logró
burlar a la muerte y a las prisiones enemigas para llegar sano y
salvo junto a su amada. Desde
entonces el ykua Bolaños
sumó un milagro tras otro pues se inició la creencia de que si dos
enamorados beben del mismo vaso agua del ykua
ya nada podrá separarlos. La
leyenda del Chingolo Dorado
y brillante el pájaro desciende sobre la torre y camina picoteando
aquí y allá algún grano que el viento ha traído hasta las
alturas del edificio. A pesar de su tamaño, relativamente pequeño,
el pájaro se mantiene en equilibrio enfrentando el fuerte viento de
las alturas. Está sobre una torre mohosa que ha soportado el paso
de los siglos sin inmutarse. Sus paredes han vivido más de cien
tormentas sin un ¡ay! Los hombres la han rodeado, la han sitiado y
han guerreado en su derredor, pero las flechas y las balas no le han
hecho mella. Impertérrita, la torre continúa altiva, elevándose
hacia el azul, símbolo de la búsqueda del infinito que el hombre
siempre ha perseguido. Allí
anda el pájaro dorado con su paso elegante y el brillo inaudito de
su plumaje. De
pronto su voz se eleva en el aire de la tarde en un gorjeo
enamorado. Ante
la presencia de una compañera –las hembras eran en aquella época
de un color plata sin igual– el chingolo hace alarde de gracia y
vivacidad. Gira alrededor de la torre rozando las campanas y haciéndolas
temblar para que emitan un rozar de metales apenas audible para
ellos. Da la vuelta y roza el suelo con el pecho dorado. La pajarita
le mira atenta, gozando con la demostración que no tiene otro
objetivo más que impresionarla. El
chingolo da otra vuelta y va a pararse firmemente sobre la veleta
que adorna la torre. Entonces mira a la pajarita que está más
abajo y dice: “Si lo quisiera, derribaría esta torre de una sola
patada”. La
pajarita sonríe maliciosamente ante la exagerada afirmación de su
pretendiente. Una
nube negra aparece de pronto cerca de la torre y con gran velocidad
avanza hacia la veleta. La pajarita mira horrorizada el fenómeno y
no puede menos que pensar en un castigo. El chingolo le hace frente
pero la fuerza de la tormenta le arrastra en sus remolinos. Nada
puede hacer. Su alarde de fuerza y poder no tiene ningún sentido
ahora. El castigo divino a la soberbia llegó en menos de lo que
canta un gallo. El
chingolo rueda por tierra malherido y sus plumas doradas se
convierten en una mezcla de ceniza y tierra. Toda su belleza ha
desaparecido. Su bello gorjeo no aparece en su garganta y ya no
puede sostenerse con gracia sobre sus finas patas.
Desde entonces el chingolo se mueve con esos ridículos
saltitos y se confunde con la tierra. El presuntuoso, el engreído y
el soberbio siempre tienen un triste final. La
leyenda de Karai Octubre Este
hombre que ahora trenza su látigo de ysypo
resguardado en las anchas alas de su raído sombrero de paja vive
solo en el monte. Nadie lo ve sino una sola vez al año. Aparece
para comprobar que se cumpla la tradición de siempre el primer día
de octubre. Viene preparado, con su rebenque listo para castigar a
quienes se atrevan a desafiar la costumbre. Le
interesa sobremanera la cocina de cada casa. Pasa hasta donde las
ollas están hirviendo sin importarle nada más. Lo ha hecho durante
siglos. ¿Quién podría cuestionar su actitud? Malhumorado
y hombre de pocas pulgas el Karai
se pasea por los poblados haciendo sonar su látigo para anunciar su
llegada. Las mayoría de las mujeres le ceden el paso y le dejan
espiar en las ollas. Pero aquellas que no han seguido la tradición,
pretenden ahuyentarlo, temerosas. Esas no se salvan del castigo. Karai
Octubre le llaman. Medio petisón es el hombre y su ancho sombrero
lo achata aún más. Lleva puestas unas ropas roñosas y, como ya
dijimos, hace sonar su rebenque antes de entrar a espiar en las
cocinas y en las ollas. Karai
Octubre es la pobreza, la miseria, las penurias. Se
le ahuyenta solamente con una olla repleta de comida. Si
no encuentra suficiente se queda con esa familia para todo el año
y, además de los rebencazos, la miseria les acompañará por todo
el año, con sus nefastas consecuencias. De
ahí que en todas las casas, cada primero de octubre, no falte el
puchero bien servido. De esa forma la conciencia de toda la familia
quedará tranquila por el resto del año. En cambio aquellos que se
resistan y mezquinen la comida de ese día tendrán que convivir con
el hambre por el resto del año. Esta tradición enseña al
campesino a prever el alimento para los suyos durante los meses de
“vacas flacas”, época que se inicia en octubre y que abarca los
últimos meses del año. El
premio es para los previsores. El
castigo, para los haraganes. La
leyenda de Mala Visión Llevaban
más de tres años conviviendo en matrimonio. Habían sido felices
en los primeros tiempos, pero el monstruo de los celos les había
arrebatado la risa. La mujer con sus sospechas fue empujando a su
marido hacia la infidelidad y éste, cansado de los reproches que
recibía en su casa, optó por buscar consuelo en otros brazos. El
hecho de celar sin motivo terminó por producir lo que se temía. El
hombre, a pesar de su infidelidad, seguía viviendo con su mujer. Pero
la mujer ya no vivía para construir una familia sino para destruir
el matrimonio. Cada
paso que daba tenía siempre un propósito destructivo. Se
pasaba la vida pensando en cómo hacer caer a su marido en las
trampas que a menudo le tendía. Sus pensamientos fueron cayendo en
la locura hasta que un día la idea terrible ardió en su mente
enferma. “Y si alguien me pregunta por él, le diré que se fue
con otra”, se decía la mujer en plena efervescencia de sus
macabras ideas. No
tenían hijos así que eso le evitaba cualquier inconveniente. No
habría testigos. Una
noche la mujer esperó pacientemente a su marido. En el lugar de la
cama donde ella debía estar acostada acomodó unas viejas cobijas
que formaron un bulto parecido a su cuerpo y con un garrote bien
pesado se sentó a esperar a su marido. Lo esperaba como esperan los
sabuesos que han rodeado a su presa: tranquilamente, sin apuros. Cuando
el hombre llegó, la mujer no tuvo inconvenientes con su plan. Lo
recibió con un terrible garrotazo en la cabeza. Crujieron los
huesos y el hombre se despidió de la vida. La mujer, por las dudas,
arremetió con su primitiva arma y le dio unos cuántos golpes más
impulsados por la fuerza del odio que había alimentado durante
tanto tiempo. Arrastró
el cadáver del hombre hasta una carretilla, lo cargó y en medio de
la oscuridad de la noche lo llevó hasta una cueva alejada de su
casa. Allí, en el fondo de la gruta, volcó el cuerpo sin vida y
cubriéndolo con ramas secas le prendió fuego. Aún
se tomó el trabajo, la mujer, de borrar las huellas de la
carretilla. Hizo todo esto con gran paciencia y nadie la vio. El
crimen había resultado perfecto. Su rostro ahora se veía
distendido, casi feliz. Cuando, en los días siguientes sus vecinos
preguntaron por el marido, ella contestaba alegremente: “Terminó
yéndose ese sinvergüenza, con alguna loca por ahí”. La
mujer no esperaba lo que iba a suceder. Una
semana después que el marido ardió en la gruta, la noche se
presentó tormentosa. Negras las nubes se podían divisar cada vez
que los relámpagos iluminaban la escena. La mujer, tarareando una
canción, preparaba la cena. Siempre había tenido la costumbre de
cantar mientras hacía las labores. Un ventarrón violento y
repentino vino a incomodar su paz. Saltaron los vidrios de la
ventana. La mujer se dio vuelta asustada y vio suspendido en el aire
el cuerpo de su marido, echando chispas, cubierto de brasas. Un
aullido espeluznante se escuchó en toda la región. La mujer cayó
muerta de espanto en el acto. El
alma en pena del marido muerto había regresado al hogar. Un
gran incendio se desató más tarde en aquella casa y nadie supo lo
que había sucedido. Sólo encontraron el cuerpo sin vida de la
mujer. Pero el alma de aquel hombre, que también tenía su culpa, aún
vaga por los caminos y cuando ve viajeros solitarios o
desprevenidos, suele lanzar sus aullidos. Si alguno responde a sus
gritos, entonces se presenta y con su imagen terrorífica, lanzando
chispas, enloquece o mata. La
leyenda de Kurusu Bartolo Corre
el año 1816. Corre Pai Bartolo hacia la iglesia. Ya es hora de la
misa. El sacristán ya ha llamado a los feligreses haciendo sonar la
campana y los pocos hombres y mujeres que pueblan los viejos bancos
están ansiosos de cumplir con la obligación cristiana de la santa
misa. Pai
Bartolo viene de los campos sembrados. Ha estado hablando con los
campesinos pero antes visitó a dos familias que se dedican al
trabajo del tejido. Ahora
está en el altar sudoroso pero feliz de haber llegado a tiempo para
cumplir con su obligación. Las lecturas las hace el sacristán y
Pai Bartolo se reserva el sermón. Habla Pai Bartolo del escaso
interés que en la población despierta la palabra de Dios. Hace
responsable de ello al gobierno del El Supremo que difunde el
materialismo y se olvida del alma de las gentes. Habla con pasión y
devoción. Habla convencido de que sus palabras transmiten la
verdad. Así
es Pai Bartolo, un hombre apasionado. Un
hombre que anda por los caminos de la vida contagiando a la gente
con su entusiasmo. Esto
es Villarrica del Espíritu Santo y aquí Pai Bartolo es como de la
familia. De todas las familias que viven, sueñan y trabajan en esta
ciudad. Es que Pai Bartolo recorre casa por casa con la esperanza de
lograr que se sumen a la escasa feligresía que asiste y colabora
con la iglesia. No son buenos tiempos para la iglesia en Paraguay.
Por eso mismo hay que andar el doble, dice Pai Bartolo. Es
un poco acelerado el cura, eso hay
que decirlo. A veces le pide cosas a la gente que la gente no
puede dar. No, nada material, es con respecto a las actividades de
la iglesia. Las cosas espirituales. El compromiso. Esas cosas. Pero
eso es lo mínimo que se puede pedir a un católico, dice Pai
Bartolo. En
estos tiempos es distinto, le contestan a veces. Dios no solamente
está en su iglesia Pai, le dicen otros. Dios está más en nuestros
campos que en esa su iglesia, dicen. Para qué me voy a ir, para que
digan que soy un chupamedias del cura. Las cosas que Pai Bartolo
escucha habitualmente son para un hombre de fe a veces terribles,
pero sin embargo sigue adelante. Algunos
campesinos reconocen que el entusiasmo de Pai Bartolo es capaz de
hacer brotar los almácigos más rápidamente. Las plantas crecen más
rápido cuando cruza por las quintas Pai Bartolo con su paso
inquieto. Los tejidos parecen avanzar el doble cuando él habla con
quienes operan los
telares. Claro,
esa inquietud, ese dinamismo, ese aceleramiento tienen un precio. Más
de una vez lo ha visto el sacristán sofocado y ahogado en sus
preocupaciones, pero Pai Bartolo rechaza cualquier
tipo de ayuda. No más que un vaso de agua que a veces era
insuficiente para salir del trance en que sus propios nervios le
encerraban. No
se sabe bien cuando, pero Pai Bartolo un día olvidó el camino de
la iglesia y un
campesino tuvo que acercarlo con buena voluntad. Otro día se le
encontró divagando por el campo. Pai Bartolo empezó a hablar solo
por las calles. La gente primero pensó que era producto de su
natural forma de ser, pero cuando comenzó a pasar frente a sus
conocidos sin dirigirles la palabra se dieron cuenta de que alguna
grave enfermedad le estaba aquejando. Los
familiares de Pai Bartolo entonces decidieron hablar con el sacristán
el cual confirmó sus temores. Decidieron entonces llevarlo a su
chacra y cuidarlo de que no salga pues todas las cosas se tornaban
peligrosas ante el comportamiento que por su enfermedad demostraba
Pai Bartolo. Pai
Bartolo no aceptó esta situación de buenas a primeras y una noche
de tormenta logró escapar a los cuidados de su familia y salió a
caminar por los campos cercanos. En el camino intentó cruzar un
arroyo pero cayó en él y murió ahogado. Los lugareños le dieron
sepultura junto a aquel arroyo y señalaron el sitio con una cruz. La
cruz fue ganando fama de milagrosa y parece que escuchaba
particularmente los ruegos de los campesinos que llegaban a pedirle
que les enviara la lluvia. Tiempo después la cruz fue retirada y
llevada a un oratorio que a efecto de adoración le había construido
don Hilario Meaurio en su domicilio. Aún hoy se le adora cerca de
allí y cada 3 de mayo, día de la cruz, se acostumbra a hacer el
sabroso Chipa Kurusu.
Cuando los campesinos acuden a ella ansiosos de lluvia para sus
sembrados es infalible. El noveno día de la novena, según cuentan,
la lluvia siempre llega. Lo curioso es que cada tarde, entre cánticos
y sones de tambores suelen llevar la cruz en procesión para darle
un baño en aquel arroyo donde Pai Bartolo encontrara la muerte. La
leyenda de Santo Tomás Recuerdo
que un día de lluvia en que viajábamos por la zona del Guairá
tuvimos que quedarnos a pasar la noche en un pequeño poblado a la
vera de la ruta. Volvíamos hacia la capital luego de visitar a unos
parientes de la campaña y nos quedamos en una especie de pulpería.
Allí se daba de comer y además nos ofrecían, por poco dinero, un
lugarcito donde dormir. La noche era fría y como no queríamos
arriesgarnos hicimos el alto y nos quedamos. Comimos
un caldo ava riquísimo
que la dueña de casa había preparado durante horas. Y después de
la cena, casi todos los que allí habíamos parado, nos quedamos en
la mesa charlando largamente acerca de las leyendas de nuestra
tierra. Surgió
entonces la famosa leyenda de Santo Tomás, el santo de los
agricultores. Algunos
sugirieron que la leyenda era antiquísima y que en realidad no era
de Santo Tomás sino del primogénito de Rupave
y Sypave, el patriarca Tume
Arandu, cuyas hazañas al trascender las épocas le fueron
variando el nombre así se conocen historias de Paí
Tume, Pai Zume o Chume. Hay
quien le llama karai Zume
o sus variantes. Decían éstos que los evangelizadores que llegaron
a América aprovecharon la similitud fonética y entonces hicieron
creer a los indios que se trataba de su Santo Tomás, aunque otros
sostienen que se trata de San Bartolomé. Las similitud fonética de
los nombres fue lo que posibilitó la apropiación de una historia
con raíces indígenas con fines evangelizadores. Coincide esto
conque al parecer, Pai Tume
(yo prefiero llamarlo con su nombre original Tume Arandu) fue quien enseñó a los guarani el cultivo de la
mandioca y sus preparados. En otros lugares dicen que en realidad lo
que enseñó fue el cultivo del maíz y en otros que fue él quien
enseñó las propiedades y usos de la yerba mate. Démosle chance a
todas las posibilidades. La
confusión adquiere ribetes de acertijo cuando nos encontramos con
los cientos de textos que al tema se refieren de manera diversa.
Inclusive el famoso Pai Tume
o como se llame se convierte en personaje serial protagonizando los
famosos “casos” que abundan en la literatura oral de nuestro país.
Así las cosas la discusión se planteó larga y distendida. Todos
parecían tener la razón y todos parecían no tenerla. ¿Cómo
encontrar un punto de concordancia más o menos sensato tratándose
de un tema de origen legendario, mitológico, fantástico y
espiritual? Hay
quien dice que Pai Tume en
realidad fue el Santo que habría llegado a América por caminos
diversos según las fuentes. La historia ubica al santo en la época
anterior a Cristo. Las condiciones históricas entonces entran a
tallar y por descarte se llega a la conclusión de que el santo no
pudo haber llegado por mar sino a pie a través del estrecho de
Bering. Esta teoría “razonable” se desbarata cuando se buscan
los antecedentes locales. Casi todos coinciden en que el santo habría
llegado desde el Brasil y aún han mostrado el camino que siguió a
través de las selvas. Hay
quien dice que todas esas discusiones de folkloristas y literatos no
tienen ningún sentido y son un verdadero mamarracho. Pero hay quien
afirma que todas las historias conocidas tienen una parte de la
verdad. Pero, ¿cómo armar ese gigantesco rompecabezas? Tarea
improbable y casi imposible. A
través de Rosicrán, uno de los más informados folkloristas
paraguayos de este siglo, sabemos por su Ñande
Ypy kuéra que Tume Arandu,
hacia el final de su vida se refugió en una gruta donde se unió
por primera y única vez a una mujer y donde poco después murió. En
fin, aquella noche se la dedicamos al, llamémoslo así, Santo Tomás
criollo. Discutimos
y nos divertimos mucho con las diferentes versiones que de la huella
de un pie impresa en la roca de un cerro aún existe. Nos reímos
porque algunos autores dicen que es una patada de furia dada por Tau
para anunciar su venganza a los guarani,
otros dicen que la famosa huella es del pombéro
y los más audaces que es la huella de Pai
Tume. No
hay manera de construir un relato definitivo sobre este tema. Lo
cierto es que la imagen de un hombre diferente que dejó sus enseñanzas
a los guarani ha
sobrevivido durante siglos en el inconsciente colectivo. Haya enseñado
a plantar y usar la mandioca, haya enseñado a plantar y usar el maíz,
o haya conjurado la yerba mate sacándole el veneno que Aña
había cargado en ella, Pai
Tume, Pai Sume, Karai Chume o Zume
o Tume Arandu, o Santo Tomás, o San Bartolomé, siempre se hallan
vinculados al hombre de campo, a su trabajo y al desarrollo de las
tareas que ayudan a cultivar el espíritu. La leyenda de Karai Vos Casi
sin responder, el viejo echa en su bolsa vieja y raída el pan que
en aquel rancho acaban de darle. Karaí
Vosã anda por las calles constantemente. Nadie
sabe lo que lleva en su bolsa de arpillera pero allí mete todo lo
que encuentra. Seguramente un entrevero de cosas. Se le ha visto
meter la comida que en las casas le regalan, las latas viejas que
por ahí encuentra y que levanta quién sabe para qué, tornillos y
clavos en desuso, algún cachorro abandonado también ha ido a parar
a la bolsa del viejo. Se
dice que está loco porque habla solo. Se
dice que no tiene casa ni sitio donde dormir porque siempre se lo ve
vagando por las calles. Se
dice que es un asqueroso porque casi nunca se baña y se encima unas
ropas con otras. Se
dice que se alimenta de sus perros a los que tiene a su alrededor
por medio de hechizos. Se
dice que cuando encuentra un niño solo por las siestas lo mete en
la bolsa y se lo lleva, para luego matarlo y comerlo. El Karai
Vosã, el hombre de la bolsa o el señor de la bolsa es un
personaje infaltable en todos los pueblos. Los niños le temen y
huyen de su presencia. Mentando
al karai Vosã, las madres
logran que sus hijos desobedientes se queden en casa en las pesadas
siestas de verano. La hora que más le gusta a Karai
Vosã. La hora en que sale especialmente a cazar niños. Si te
encuentra solo en la calle, estás perdido. Hay que tener cuidado
porque con su mirada ladina te puede paralizar. No lo mires mucho si
es que te topás con él por ahí. La
leyenda de la Niña Francia Es
domingo. En la iglesia de Trinidad la gente se arremolina a la
salida de misa. Un
muchacho alto y de elegante porte avanza con paso firma hacia la
arboleda del fondo de la Iglesia. Por la otra galería una niña ha
salido de la iglesia y con pequeños pasos también se dirige hacia
allí. Van a encontrarse en secreto. Están
enamorados y si tuviéramos que remitirnos a los inicios de este
amor diríamos que todo comenzó cuando el muchacho levantó el pañuelo
que la niña dejó caer a la salida de misa un domingo, hace ya
algunos meses. La pasión ha ido alimentándose en secreto y el amor
fue creciendo. Ahora los jóvenes hablan sobre la posibilidad de
comprometerse. El muchacho no se anima a enfrentar al tutor de la niña
sin que ésta hable antes con él explicándole sus sentimientos. ¡Nada
más y nada menos que el Supremo! Don José Gaspar Rodríguez de
Francia, en el apogeo de su gobierno, se muestra inaccesible aún
para la niña. Aunque suele visitarla es parco. Parece haber perdido
el don de la elocuencia que lo llevó a encabezar el primer grito de
independencia americano. La
niña promete hablar con su tutor a la brevedad. El
mozo promete volver a verla a través de la reja de su casa y
llevarle flores silvestres. En
los breves minutos que están juntos experimentan el goce juvenil de
amor sano y sincero. Sus miradas, sus breves caricias y un furtivo y
delicado beso engalanan el encuentro. Días
más tarde el Supremo visita la casa de la niña, se interesa por su
estado de salud, conversa con las criadas que tienen la misión de
cuidarla. Vela, celoso, porque en esa casa no falte nada. La niña
debe criarse con las necesidades satisfechas. La
niña pide hablar con él. Se
sientan ambos en sendas sillas de asientos de mimbre. La niña tímidamente
pero decidida le cuenta
que tiene un pretendiente y que el joven desea hablar con él. ¡Cómo
se atreve! piensa Don Gaspar. Pero su semblante se mantiene serio
escuchando a la niña. Pregunta con interés fingido el nombre del
muchacho. José Antonio Rojas de Aranda, responde la niña. Pregunta
en dónde se ven. A la salida de misa, los domingos en Trinidad,
responde la niña. Pregunta si está segura de su amor. Y la niña
sonríe sonrojándose. Ya no pregunta: Puedes retirarte, dice ahora
y la niña avergonzada pero feliz de haber confesado su amor va
hacia sus habitaciones. El
Supremo llama a las criadas y sentencia con voz grave y alta, como
para ser escuchado por la niña. Ninfa, la niña no volverá a salir
de esta casa. Se prohíbe terminantemente las misas del domingo y
cualquier otra actividad. Dicho esto, Don Gaspar sale al patio,
desata su caballo, se acomoda en la silla y emprende la marcha hacia
su quinta de Yvyrai. La
niña, que ha escuchado las palabras del tutor, rompe a llorar
amargamente. A
su mente venía la conversación con el Supremo. No se había
explicado bien. No había insistido. No había demostrado la
suficiente pasión. Se culpó de estas y otras muchas cosas. Las
horas fueron apagando el llanto y encendiendo nuevas esperanzas. La
noche se iba cerrando sobre la arboleda de naranjos que rodeaba la
casa y con la noche llegaría el amado. El siempre tenía una salida
para las situaciones más difíciles. Allí
va el Supremo. Precedido a buena distancia por los guardias que van
anunciando su paso. Las ventanas de las pocas casas que se levantan
en el camino corren las cortinas, cierran las persianas. Apagan las
luces. El
trote lento de su caballo lo lleva a perderse en sus pensamientos.
Marcha solo el animal. Ya sabe el camino de memoria. Fiel compañero
aquel caballo. El Supremo recuerda sus años mozos. Sus aventuras
amorosas. Aquellos Rojas de Aranda tenían en sí mismos el poder de
la seducción. Uno de ellos se había interpuesto en el amor que José
Gaspar profesaba por una joven y lo había humillado conquistando a
quien él tanto amaba. La
soledad había vuelto agrio al Supremo. El poder lo había aislado
de la gente. Ahora
otro Rojas de Aranda en su camino queriendo llevarse el único
afecto de su vida. Pero esta vez era él quien podía evitar la concreción
del amor. El destino había dado una vuelta completa. Jamás
permitiría que uno de aquellos se entrometiera en su vida. ¡Jamás! Diez
de la noche. Un jinete llega hasta el naranjal y se apea de su
caballo. Lo esconde entre los árboles y se dirige a hacia la casa.
El perro guardián, Sultán, sale a recibirlo con festejos. Se diría
que es el dueño de la casa pero no enfila hacia el portal. Da un
rodeo y se acerca hacia una de las ventanas enrejadas. Allí lo
espera la niña. Se echa el sombrero hacia atrás, cruza su brazo
entre los barrotes y toma por la cintura a la prenda de su amor.
Impaciente por saber las noticias de la entrevista inquiere a la niña:
“¿Qué pasó con nuestra petición?”. La niña relata la
entrevista con el Supremo. “Traerán otro perro guardián”, dice
la niña. “No te preocupes, me haré su amigo, ya ves que con Sultán
no me ha sido muy difícil”, dice el mozo acariciando la cabeza
del perro que está a su lado. Las
palabras de amor de José Antonio borran las amargas huellas que
dejaran las palabras de el Supremo. “Todo se arreglará muy
pronto”, dice el muchacho antes de marcharse. Nunca
más se supo de él. ¿Acaso
fue secuestrado por los guardias del Supremo? ¿Acaso
fue enviado a otras tierras? ¿Acaso
fue asesinado? Lo
cierto es que el joven desapareció como por arte de magia. Nunca más
volvió a visitar a la niña y la niña nunca más volvió a salir
de aquella casa. Los días que pasaron por su vida fueron todos
iguales. La niña no dirigía su mirada a nadie. Apenas si probaba
bocado de las comidas que les servían las criadas de Francia. No
hablaba nunca con nadie. No contestaba las preguntas que se le hacían.
Pero por las noches, se pegaba a la reja de su ventana y miraba la
luna añorando a su amado. De pronto le parecía que asomaba entre
los naranjos la esbelta figura, pero todo se reducía a su imaginación.
El hombre de sus sueños no volvería a aparecer. Sultán ya no hacía
fiestas a nadie. Ladró, eso sí durante muchas noches
desconsoladamente. Ladró insistente una noche nublada en la cual
las estrellas se escondían en los oscuros nidos de las nubes. El
Supremo estaba allí. Había pasado largo tiempo desde aquella noche
aciaga en la que pronunció su sentencia. Ahora volvía. ¿Qué
extraños designios lo traían nuevamente a la casa? Nadie lo sabrá
jamás. “Tu
padre quiere verte”, anunció Ninfa a la niña. La
niña enloquecida por la furia contenida durante tanto tiempo le
respondió con gritos bien entendibles. “El no es mi padre. Es un
monstruo. Me quitó el amor. No quiero verlo”, gritaba la niña
mientras las mulatas del servicio la arrastraban ante la presencia
del Supremo. La niña se paró frente a él con toda la arrogancia
de la juventud: “Te odio. Te odiaré toda la vida. Tú no eres mi
padre”, le dijo mirándolo a los ojos. La niña escupió en el
suelo: “Me das asco”, le dijo y luego inició una carcajada
terrible en la que ya se podía entrever la demencia. El Supremo dio
media vuelta y se retiró. Nunca más volvería a aquella casa. A
la muerte del dictador, en su testamento no se encontró ninguna
mención a la niña. Nadie sabía su verdadero nombre excepto él,
así que la niña quedó sin nombre para la eternidad. A la muerte
de Ninfa, la celadora, las mulatas se hicieron cargo de la niña. Se
mudaron a una casa del centro y allí continuó su eterno encierro. Las
mulatas se turnaban para el trabajo de la casa y también para las
salidas, en las cuales vendían productos casa por casa. La gente
deseosa de conocer los secretos de la niña preguntaban por ella,
pero las mulatas se guardaron siempre de hablar. Vendían sus
productos, contestaban amablemente lo que podían y callaban cuando
les hacían preguntas indiscretas. La
niña Francia murió, tal vez de pena, tal vez de locura de amor,
una mañana soleada... Nunca pudo caminar libremente por las calles.
Cuatro soldados llevan su ataúd y las fieles mulatas le acompañan
como único cortejo. La
leyenda de Ka’a Iary Gira
el mate espumoso y caliente en la rueda que forman los hombres
alrededor del fogón. Son
mineros y reponen sus fuerzas luego de una jornada de duro trabajo.
La cosecha de la yerba mate es la actividad de los mineros. Algunos
son particularmente hábiles, pero todos saben que deben moverse con
respeto en las plantaciones, cosechando sólo aquellas hojas que ya
estén bien sazonadas. Nadie destruye el árbol que le da de comer,
es el dicho entre ellos. Ahora
es hora de cuentos en la rueda que forman los hombres. En la
oscuridad rojiza los mineros se
transforman en voces que se van alternando en el relato. Historias
de aparecidos, de hadas, de jinetes sin cabeza, de fantasmas,
historias fantásticas que mueven la adrenalina de los mineros. En
el rincón más oscuro Julio y Taní escuchan en silencio. Son recién
llegados. Apenas tres días llevan en la cosecha con el raído en la
espalda. No es mucho lo que Julio y Taní han podido cosechar pero
al menos tienen casa y comida. Julio
y Taní son jóvenes y tienen ambiciones. Julio
y Taní se preguntan para sí mismos si será cierta la leyenda que
tanto repiten los mineros sobre la Ka’a Iary y ambos se duermen
esa noche con la idea de comprobarlo. Aún
no cantan los gallos y Tani sale del galpón donde duermen los
mineros. Sale en silencio, sin despertar a nadie. Un concierto
desparejo de ronquidos le acompañan. Taní sale y enfila hacia la
iglesia. Quiere estar de vuelta sin que nadie lo haya notado. Quiere
hacer una promesa ahora que ya es Semana Santa. Ahora que es el
momento oportuno para probar si es que esa hada del monte existe o
no. Taní conoce la fórmula. La escuchado muchas veces. Entra en la
iglesia y jura vivir siempre en los montes, amigarse con Ka’a Iary y no tener trato con otra mujer. Ahora
Taní sale. Una
sombra se escurre detrás de sus pasos. Taní
corre hacia el monte. La
sombra entra en la iglesia y jura vivir siempre en los montes, ser
amigo de Ka’a Iary y no
tener trato con mujer alguna. Julio
sale de la iglesia y marcha hacia el monte. El juramento le ha dado
nuevas fuerzas. Lleva un papel en el que ha escrito su nombre y una
fecha. Lo aprieta en su mano derecha. Está emocionado. Busca una
mata de yerba donde dejar su mensaje. Al fin encuentra una que le
parece apropiada y disimula el papel entre sus hojas. Volverá el
domingo. Así lo ha puesto en el papel. Volverá para encontrarse
con la bella Ka’a Iary.
Sabe que antes deberá pasar otras pruebas, pero sabe que entonces
será protegido por el bosque, cubierto su sueño por las verdes
alas del hada. Julio
y Taní confundidos con los otros mineros trabajan esa semana con ahínco.
Al final del día su frente está marcada por la vincha del raído
que llevan sobre las espaldas. Ahora le van tomando la mano a la
cosecha y el kilaje de lo recogido aumenta días tras día. Julio
espera con serenidad el domingo, el día del encuentro. Taní
está agitado por la posibilidad de descubrir la verdad... ¿existe
la famosa Ka’a Iary? Taní
no sabe de la promesa de Julio. Julio
presiente que Taní también ha hecho la promesa al hada del bosque. Hace
frío a esta hora de la madrugada. Taní va en busca del lugar donde
dejara su mensaje. Se detiene frente a la mata de yerba. mira hacia
todas partes. El silencio abismal de la noche lo recoge en sus
brazos. Lo mira de reojo la luna que se recuesta en su propio
creciente hundiéndose en el oeste del monte tras los árboles que
miran fijamente al joven como guardianes altísimos e invencibles.
Un viento hablador corre alborozado trayendo las conversaciones del
más allá. De
pronto dos luces pequeñas y amarillas surgen con un rugido feroz
entre las plantas. Encendida la mirada de un tigre enorme enfrenta a
Taní que queda clavado al piso. El tigre lo mira y avanza hacia él.
Taní sabe que es la prueba de fuego. Debe mantenerse tranquilo pero
no puede evitar el miedo y el temblor de sus rodillas. Cuando el
tigre está dispuesto a saltar sobre el joven una enorme serpiente
salta sobre el tigre y con la luz de su escamoso cuerpo comienza a
envolverlo. El tigre se debate con todas sus fuerzas. El oscuro
aliento de la pelea se queda pegado a los pies de Taní que todo lo
observa con profundo temor. Un ejército de escorpiones gigantes se
hace presente en ese mismo lugar iluminado por la inusual gresca.
Los escorpiones saltan sobre los animales en lucha y clavan sus
aguijones venenosos para luego pelear a muerte entre ellos . Una
bandada de monos gritones cae de los árboles zapateando sobre los
otros y sumándose a la infernal pelea. Los monos tiran al suelo a
Taní. Los escorpiones suben a su cuerpo. El tigre intenta alcanzar
al joven con sus zarpas. Atropellan los chanchos salvajes. Alrededor
de la pelea una nube de polvo luminoso. Grandes papagayos se lanzan
en vuelo rasante picoteando a los monos que gritan aún con más
fuerza. Ya no se sabe quién ataca a quién y Taní está mezclado
en esa horda que destila sangre y odio. Un
frío azul congela la imagen y ante los ojos de Taní aparece una
dulce joven de dorados cabellos. Los animales han desaparecido. La
joven lo mira con ternura. Taní se levanta y quiere ir hacia ella
pero el hada lo detiene suavemente con su voz: “No
te acerques. Has superado la prueba. Tu sinceridad me ha traído
hasta aquí y aquí estoy para protegerte. Celebro que estés junto
a mí y desde ahora estaré a tu lado. Hay una sola condición que
deberás cumplir y seguramente ya sabes cuál es”, dijo al fin Ka’a
Iary. “Si
te refieres a que de hoy en más deberé serte fiel, ya estoy
avisado”, contestó Taní. El
Hada del Bosque contestó tan sólo con una sonrisa y desapareció
al instante. Taní
volvió al puesto donde estaban los mineros de la yerba pero no
encontró a su amigo Julio a quien deseaba invitar para concurrir a
la misa dominguera. Taní se fue solo a la misa, renovó su promesa
y agradeció a Dios por haberle permitido conocer a Ka’a
Iary. Taní
volvió al puesto poco después del mediodía y se encontró con un
espectáculo terrible. En medio del rancho yacía sobre un catre el
cuerpo sin vida de su amigo Julio. Según los mineros que lo
encontraron en el monte había sido atacado por las fieras. Su
cuerpo desagarrado hablaba por sí solo. Taní pensó en la pelea de
las fieras a su lado. En el tremendo entrevero que había sucedido
con él como centro y lloró por su amigo. Taní que adivinaba el
deseo de Julio de descubrir si Ka’a
Iary existía o no supo lo que le había ocurrido a su amigo. La
poca fe había hecho que las fieras, en lugar de destrozarse entre
ellas lo atacaran y así había acabado. Taní volvió a dar gracias
a Dios y se persignó frente al cuerpo sin vida de su amigo. Desde
entonces Taní contó con la ayuda de Ka’a
Iary en su cosecha. Se internaba en el monte y reaparecía con
el raído repleto de hojas de la mejor yerba. Y cuando se aprestaba
a pesar su cosecha Ka’a Iary,
subía a la balanza, invisible para los demás aumentando el peso de
la cosecha de Taní. El
joven fue fiel al hada por el resto de sus días, pero hubo otros
mineros que por falta de fe no superaron la prueba de las fieras a
las que Ka’a Iary les
sometió en su momento. Muchos otros juraron fidelidad al hada,
superaron la prueba pero en algún momento la tentación les alcanzó
y rompieron su juramento de fidelidad. Ka’a
Iary entonces acabó con sus vidas extraviándolos en el monte y
dejándolos a merced de las fieras. Muchos
fueron los mineros que, incrédulos de su existencia, arrancaron las
hojas que aún no estaban sazonadas y destruyeron el bosque, ellos
también pagaron con el extravío y la muerte. El hada protectora
del monte, Ka’a Iary no perdona las ofensas. Taní siempre lo supo y vivió
cada uno de sus días enmarcados en el respeto y la fidelidad. Ka’a Iary siempre lo protegió La
leyenda de la campana del Ypoa Orgullosos
de su obra entre los indígenas, el superior de los Jesuitas de las
Misiones se pasea bordeando las chacras comunitarias. Piensa el
sacerdote en alguna obra material que sirva para acercar las señales
de Dios a los hombres de estas tierras. No tardan en aparecer en su
mente los sones de una campana que resuenan en su mente desde su más
tierna infancia. Una campana que a esta altura de su vida –el
sacerdote posee ya 63 años– no sabe bien si escuchó en la
realidad o, simplemente, en sus sueños. Una campana única. El
sonido resuena claro y sereno, recio y suave. Es un sonido
diferente. El jesuita vuelve a sus aposentos y, febrilmente, escribe
una carta. Se dirige a unos famosos fundidores italianos cuyos dones
de profesión fueron muy alabados por un amigo suyo que ha regresado
a Europa hace muchos años. Tiempo
después recibe la respuesta. Los
técnicos están dispuestos a viajar a este apartado lugar de la
tierra. Dispuestos
y ansiosos de fundir esa campana única. El
sacerdote envía expediciones a buscar los metales preciosos que les
solicitan los italianos. Deben estar de vuelta antes de que éstos
lleguen a las Misiones. Siete meses después los materiales y los técnicos
ya se encuentran en el poblado. Todo está listo para la fundición.
Los moldes han sido preparados con el mayor de los cuidados. Las
inscripciones de la campana dejarán fe del hecho para la eternidad.
El sacerdote imagina los sones echados a vuelo en las bellísimas
comarcas en las que se asientan los pueblos de las Misiones y sonríe
para sí. Con la conciencia tranquila se retira de los talleres
donde se realizan los trabajos para completar la campana
maravillosa. Los
técnicos italianos, con la ayuda de los indígenas, que fueron
adiestrados en el oficio durante un buen tiempo, se preparan para la
fundición. Los metales preciosos hierven. La aleación es el paso más
importante en todo el proceso pero en el momento culminante los técnicos
se dan cuenta de que algo ha fallado. Detienen la tarea. Deben
analizar cada paso dado. Con
honestidad comunican al Superior su fracaso y proponen reponer los
materiales perdidos. Ahora el trabajo se transforma en una cuestión
de dignidad. El dinero a cobrar pierde interés para los directores
del proyecto. Pero algo se quiebra en el interior del sacerdote. Con
furia recrimina a los especialistas. Les hecha en cara su curriculum,
los insulta. Sabe que no debe hacer lo que está haciendo pero no
puede evitarlo. Algo superior a sus fuerzas le domina el espíritu.
El homenaje al Señor pierde fuerza y se va transformando en
capricho de un mortal. Emplaza a los trabajadores. Les da sólo una
última oportunidad. Indalecio
es el nombre cristiano de uno de los indígenas que allí trabajan.
Indalecio ha sido cacique de su tribu y está avergonzado por el
fracaso. Cuando llega a su casa para el descanso nocturno comenta lo
sucedido, cuenta el enojo del Superior, dice “yo también me
enojaría”. Su hija, a la que todos llaman Ysapy,
por el brillo de sus ojos, escucha con atención. Quince o dieciséis
años tendrá la joven, esbelta y hermosa. Esa noche Ysapy
no puede descansar en paz. Piensa en su padre. En las amenazas del
superior. En el castigo que le espera si vuelven a fracasar. En la
vergüenza de su padre. Aún
no ha salido el sol pero Ysapy
ya está en pie. Ha juntado todas sus joyas y se dispone a partir
hacia la casa de un sabio que vive aislado, mucho más allá de los
cerros. Quiere preguntarle cómo debe hacerse el trabajo de aleación
para que no fracase. Quiere salvar a su padre. El
hombre es europeo pero domina la lengua de los indígenas. Su
avanzada edad le obliga a usar unos gruesos cristales delante de sus
ojos. En completo silencio escucha lo que la joven india viene a
preguntarle y la súplica de una respuesta a cambio de las joyas que
le lleva. El sabio consulta sus libros de alquimista, los lee y
relee. Ysapy espera. Al
fin da su respuesta. La única manera de unir en completa armonía
aquellos metales es combinarlos con la sangre de una mujer virgen.
La respuesta es de magia pura. Ysapy vuelve contenta a las Misiones.
Ya tiene el secreto que posibilitará el éxito del trabajo de su
padre, pero muy pronto caerá en la cuenta de que entre las mujeres
vírgenes ninguna está dispuesta a la inmolación. Los
técnicos ya han analizado paso a paso el trabajo y no han
encontrado falla en sus procedimientos. Hay algo que hicimos mal en
la práctica concluyen. Dispuestos a dar una segunda batalla,
preparan todos los materiales y vuelven a iniciar el proceso. La
gente observa los trabajos. Los metales bullen, cambian de colores.
Entre el gentío, Ysapy
asiste a los trabajos. Íntimamente ya ha tomado la decisión,
espera el momento en que todo está listo para la aleación,
entonces salta . Nadie puede detener a la jovencita que se ha
arrojado a los enormes recipientes dejando en el aire un brevísimo
aullido de dolor. Indalecio quiere arrojarse tras su hija pero los
potentes brazos de sus compañeros de trabajo lo detienen. El indio
muere de dolor allí mismo. La aleación ha sido posible. Es un éxito.
El silencio es total. Nadie se anima a estar feliz. La muerte de la
joven no pudo evitar la muerte de su padre. Ambos viajan hacia otro
espacio, mucho más sereno. Un espacio celestial que de hoy en
adelante será llenado con los sones de esta fabulosa campana. El único
sonriente es el sacerdote que al fin ve concretado su capricho. La
campana, según estaba planeado, es izada y colocada en una torre en
el centro del poblado. Desde allí durante un buen tiempo dejó
libres muchos sones que cobraron vida y se perdieron en el azul del
cielo paraguayo. Pero un buen día, otros caprichos, esta vez políticos,
producen la huida de los jesuitas. Amenazados, deben abandonarlo
todo y retirarse de las Misiones. El sacerdote, ya muy anciano confía
la campana a un grupo de indígenas de confianza. Les pide que la
escondan en algún sitio seguro hasta que pasen los malos tiempos. Los
indios llevan la campana hasta las orillas del Lago Ypoa. Piensan
cruzar el lago y guardarla en un lugar secreto. La suben en una gran
canoa y comienzan su viaje sin retorno. Las aguas están quietas .
Alguna que otra isla se desplaza de lugar cambiando el paisaje. Los
indígenas se desorientan. Ya no saben por dónde ir. Hacia donde
remar. Choca la canoa con un raigón y caen al agua sus tripulantes
y con ellos la campana celestial. Tanto sonar allá en lo alto y
ahora deberá reposar en lo más hondo del lago, entre el barro y
las alimañas. ¿Sonará con la misma claridad en esas profundidades?
¿A quiénes dará su voz milagrosa? Cuentan los visitantes del lago
y los viajeros que pasan por sus riberas que en las noches, desde
los campos cercanos se puede escuchar el tan-tan de una campana.
Misterioso sonido que se suma a los misterios del lago Ypoa.
Misteriosos y mágicos los sones que invitan al desprevenido a
acercarse y hundirse para siempre en las oscuras aguas. La
leyenda del Cristo de Piribebuy Maderas
y yerba trae la caravana. Suben la última cuesta. El camino no ha
sido fácil pero ahora llegan a la posta y ya se nota en los hombres
la expectativa. Los movimientos de las carretas parecen agilizarse
ante la vista del lugar. Numerosas carretas descansan llenas de
mercancías que llevan rumbo a Asunción. Un rancho grande e
iluminado es el centro de aquella romería donde los hombres hablan
en alta voz y algunos se emborrachan con caña. Don
Taní dirige la caravana. Ahora los peones desenganchan los bueyes,
los llevan a pacer hacia una zona de yuyales que han visto al
llegar. Don Taní cuenta el ganado. ¡Falta una mula! dice en alta
voz. !Ramón!, llama Don Taní y al instante Ramón, un muchacho de
veinte años, está junto al capataz. Falta una mula, ve a buscarla,
ordena Don Taní, habrá quedado en el bajo. Parte Ramón a toda
prisa. Quiere volver pronto y sumarse al jolgorio. La oscuridad de
la noche no intimida a Ramón. Es joven y fuerte, ¿qué puede
pasarle? Al
poco tiempo, escucha el rebuzno grave, se orienta y ayudado por la
luz de la luna, encuentra la mula perdida. Intenta llevarla por el
sendero más corto pero la mula se resiste. La mula toma el camino
que ella quiere. Seguramente habrá olido agua, piensa Ramón. La
deja ir. Hay que tener paciencia. La noche es larga. A mitad de
camino Ramón cree ver un bulto tirado junto a un árbol, pero no es
ésto lo que llama la atención de Ramón, sino unos sollozos que
escucha como viniendo de aquel bulto. Lastimeros y ahogados son los
sollozos. Ramón escapa del lugar tironeando la mula como puede y
llega agitado junto a su capataz. Don Taní, dice Ramón, usted tal
vez no me crea pero he visto algo, un bulto, cerca de un árbol allá
en el bajo y el bulto sollozaba todo el tiempo. Yo no quise
acercarme solo. La verdad que me dio un poco de miedo. Pero, qué
jodido, le contesta chancero, el capataz. Andá con José y Ricardo
y traigan ese bulto. Mirá si alguien abandonó una criatura. Eso
suele pasar. Los tres peones vuelven al lugar y efectivamente
encuentran un tercio de cuero al que primero no se animan a
acercarse debido a los lastimeros sollozos que escuchan. Al final,
Ricardo, el más corajudo, avanza seguido de cerca por los otros dos
y abre la bolsa. !Un
Cristo! exclama Ricardo. !Un Cristo! repiten a coro e incrédulos
los otros dos. Efectivamente,
dentro de la bolsa de cuero, encuentran un cristo de madera de
grandes dimensiones . Al abrir la bolsa los llantos han cesado. Nos
estaba llamando, dice Ramón. Y vos no te animabas, le contesta
socarrón, Ricardo. Vuelven los hombres llevando al Cristo en andas
dentro de la bolsa de cuero. Llaman a su capataz y le muestran lo
hallado. Bien,
bien, dice Don Taní mirando la imagen, si Dios quiso que lo
encontremos, pues lo llevaremos con nosotros hasta Piraju.
Allí le voy a construir un oratorio. ¿Quién sabe quién dejó allí
el Cristo? La mano de Dios... No
tardaron en descubrir el hallazgo los parroquianos viajeros que
paraban en la posta y quisieron ver la imagen. Al fin Don Taní cedió
y la imagen fue vista por todos. Maravillados miraban aquel enorme
Cristo tallado en madera con los brazos articulados. Como era de
esperar hubo quienes estuvieron de acuerdo en que Don Taní se lleve
la imagen y otros que opinaban que debía quedarse allí para
proteger a los viajeros. Si allí había aparecido, allí debía
quedarse, decían. Pese a la insistencia de éstos últimos, Don Taní
se mantuvo firme y al otro día, cuando despuntaba el alba, cargó
la bolsa con el Cristo sobre una mula y se dispuso a partir. Extrañamente
la caravana toda se puso en marcha pero la mula que llevaba el
Cristo se empacó y no quiso avanzar. Cambiaron al Cristo de mula y
ésta tampoco quería ponerse en marcha. Así estuvieron todo el día.
Don Taní, presionado por el dueño del rancho no sabía qué hacer.
Por un lado quería aquel Cristo, pero por el otro parecía
milagroso aquello de que las mulas no quieran marchar sólo cuando
llevaban cargada la imagen. Al
final se mantuvo en sus trece. Lo llevaré yo mismo hasta Piraju, dijo Don Taní. Dio un día de descanso a sus peones y
decidió pernoctar allí mismo. Esa
noche Don Taní comenzó a sentirse mal. Una fuerte descompostura le
arrebataba. Sentía dolores horribles en el vientre y no había nada
que le calmara. Le prepararon infusiones
que ningún resultado daban. Los dolores seguían y Don Taní
sufría enormemente. La cosa se agravó al caer la noche. Don Taní
maldecía la comida. Pero en realidad la familia dueña de la posta
era la que le atendía con mayor cuidado. Le dieron la mejor cama de
la casa. Le ponían paños de agua fría en la cabeza... Porque Don
Taní volaba de fiebre. Extraño mal, éste que aqueja a Don Taní,
no hay con qué pararlo, decía moviendo negativamente la cabeza
Filomeno, el dueño del rancho.
Todos
interpretaron que el Cristo debía quedarse allí. Vieron
una clara señal en la muerte de Don Taní, el Cristo quiere
quedarse, era la voz de la mayoría de los viajeros. No hay vuelta
que darle... Desde
entonces, el Cristo se alojó en el rancho de la posada. Años
más tarde y con la colaboración de los viajeros, se construyó un
oratorio junto al rancho. Alrededor de estas dos construcciones se
fueron multiplicando las casas. Las gentes se asentaban allí para
obtener la protección de Ñandejára
Guasu, como comenzaron a llamar al Cristo. El caserío formó en
poco tiempo un pueblo que fue llamado Capilla Guasu,
población que dio origen a la pintoresca Piribebuy, en cuya iglesia
reposa la imagen de aquel Cristo de extraña procedencia. |