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Historias Odiosas: Cuentos

Las Anti-Musas

Los desvanes son lugares más propicios que los sótanos para que las hadas aparezcan como pequeños dragones de luz, alumbrando los jardines de incienso por las noches o como mariposas frágiles desprendidas de arco irises durante el día. Los atardeceres son más propicios que los despertares, porque el canto de los pájaros las espantan y las luces tibias de la ciudad las atraen y adormecen. Los inviernos son también más propicios que los veranos porque los cristales temblorosos del rocío las aman y la humedad de los helechos las alimentan, con su rapsodia de renacuajos y grillos. Nadie ha visto a una y nadie la verá, porque son seres escurridizos que huyen a la mirada y nos acarician cuando dormimos con sueños de castillos palaciegos, de mármol y cristal, con príncipes y princesas bellas y amantes hasta el final. Para ellas una rana es un príncipe y una cenicienta una princesa.

Pero las musas, y peor aún, las anti-musas, esas son otra cosa. Es mejor no desearlas, no llamarlas ni atraerlas. Son seres caprichosos, las hay enfermizas neurasténicas y temperamentales, buscadoras de lo inhóspito y oscuro, husmeadoras del ayer que se esconde y descompone. Solo los tristes poetas gustan de las musas y solo los poetas delirantes aman las anti-musas. Seres que gravitan las noches, esperando a que el poeta tome la pluma y la cuartilla o se siente pensativo frente al monitor, acariciando con sus manos el frío teclado para llegar, bellas y oscuras, luces perdidas de estrellas fugaces, fugitivas, ramaje inquieto de fuego que abraza a los sentidos y hacen de nuestras sienes sus temporales nidos. Para ellas el sótano es más propicio que el desván y un vino tinto mejor que el champaña. Para ellas no hay príncipes ni princesas. Una choza es una choza, donde un grito duele y pesa y el vientre es un puño duro y amargo que llora. El poeta muere en cada estrofa y la anti-musa lo besa con besos salados de veneno, que gustan porque recuerdan el agua de mar, el amor en la piel de las mujeres y el sudor de los obreros que todas las mañanas bajan y todas las tardes suben, descascarándose como los árboles donde habitan ellas.

Nada dan a cambio sino tristeza, pesadillas que se cortan y cuando se quiebran duelen como la vida, como los ojos que han visto vez tras vez la sangre, la sangre roja estampada en las botas y en los fusiles; como llanto de niño en la madrugada, escurriéndose sobre las almohadas duras de tanto esperar el amor blanco de los senos, ubre de mujer que se ha secado de tanto suspirar, de tanta angustia por la sangre atropellada que clama con boca de profeta desde la bota.

Las hadas, las musas y las anti-musas podrían ser una misma cosa, quizá son hermanas, sino fuera porque habitan diferentes reinos, y aunque están hechas del mismo mineral de la alegría, la indiferencia y la tristeza, mineral que los poetas, animales odiosos de presagio, lamen cada noche para mirar luz, para lanzarse al camino sin camino, cada una de ellas reclama su propia gloria, gloria de vida o de muerte, de alborozo o de silencio.

Tal vez jamás hayamos visto una y ojalá que nunca la veamos, aunque la hayamos sentido, postrada a nuestro lado, moviéndose de un lugar a otro por nuestro cuarto o juguetonas, lanzándonos pequeñas piedrecitas negras de palabras, cuando no gustan de nuestros giros o cuando cansadas o ansiosas por caer rendidas de amor ante nosotros quisieran que diluyéramos todo el odre tinto, toda la raíz hirsuta del verbo en una frase.

Yo amo a unas y me conmueven las otras. Las abrazo, las acaricio con manos suaves de amante; les dejo a ellas la ultima palabra, mientras les canto que se queden un segundo más, un llamado más de alguna Aurora, para que juntos bordemos con lagrimas blancas de mujer, el mantel oscuro de la noche…

Ariel Cambia…(*) 

Ariel repasaba todas las noches en su interior, su mejor sueño: algún día él sería poeta, o más bien, la gente reconocería en él su sentir y existir. Se había declarado a sí mismo poeta por motivos de fuerza interior.

Trabajaba como empleado en una modesta oficina ubicada en las afueras de la ciudad y el regreso a casa invariablemente lo hacía a pie, porque según su decir, aquello era bueno para la salud de su inspiración; no obstante que, en las calles, la gente murmuraba las más extrañas e inverosímiles cosas del valle de las hamacas: fulanos que desaparecían casi por arte de magia, sin dejar rastro, rumores del juicio universal y atentados contra lo sacro y lo imposible.

Uno de aquellos días, Ariel se despidió de sus compañeros de oficina a media jornada. Era un sábado “chiquito” y dejaba el trabajo temprano para atender asuntos personales: conversar al filo de las doce con sus amigos, atemorizarlos y torturarlos con sus últimas poesías, producto de la mente calenturienta de un auténtico poeta, y engullir frutas de “El Caminante”.

San Salvador vestía de fiesta, los vientos de octubre arrojaban las canciones de moda hasta los últimos rincones de las plazas alegres y bullangueras de la ciudad: “Cómo te va mi amor, cómo te va. En el silencio…”. Más adelante, las mismas cuadras y cuadros de ayer: las vendedoras ambulantes, los evangélicos de parque regalando el cielo por un poco de atención, los ojos alegres y avispados de las colegiales, y aquel calor vertical que comenzaba a despertar sobre la calle.

Para Ariel toda aquella situación era completamente normal. Unos pasos más y el centro comercial se lo tragó en sus tripas de letreros de neón y olor a frituras, sin que él siquiera se diera cuenta. Iba absorto repasando versos de Rubén.

Un estremecimiento cercano y otro más bajo sus pies, lo trajo de nuevo a este mundo. Una gran bestia subterránea despertaba de su letargo de veinte años, sacudiendo hasta la última fibra y antena de la ciudad.

La psicosis tuvo rostro. El aire se cargaba de rumor y asombro, y las vigas y mampostería caían en atropello como en una visión apocalíptica. El poeta no se inmutaba, con su aire sereno, parecía un observador incólume, lejano al inminente peligro. Dios es un poeta. De pronto, una conmoción en las entrañas, sacudió cada célula viva de Ariel: durante los segundos fatales, una mujer no pudo apartar a su cría de debajo de la cornisa de un edificio. Ambas – mujer y cría – fueron arrojadas al aire, sacudidas por las convulsiones de la bestia, y la mole de concreto cayó aplastante sobre la pequeña, quien ni siquiera gimió. La madre sobrevivió, pero su cría fue un montón de esperanzas que estallaron en vísceras y polvo.

Un charco de sangre se ennegrecía ante la mirada desconcertada de Ariel, quien sintió despertar dentro de sí, una dimensión insospechada de su sensibilidad. Algo parecido a lo que le ocurría al contemplar el mar, al sentirlo palpitar bajo sus pies y en la arena, y verlo perderse en el horizonte como un gran monstruo inalcanzable. Pero esta vez, la sangre le gritaba desde el asfalto con una voz interior, desde muy dentro y muy arriba. Regresó a casa sintiéndose otro poeta: poeta por motivos de fuerza exterior.

Sin saber porqué, esa noche a él le pareció que la luna tuvo una visión de un increíble génesis apocalíptico.

Regina No Tuvo Opción (*)

La conoció cuando ella era una muchacha humilde de un olvidado cantón y en su carne comenzaba a florecer una hermosa primavera, aunque todavía escondía en su delantalcito de manta, como rezago de su niñez, un cuento de muñecas. El era para esa adelfa en flor, una vieja rama de un triste conacaste, que llevaba podrida en el alma un sueño frustrado de cananas y cartucheras. Tenía el carácter seco y sombrío, un ser tan mezquino que nunca fue prodigo ni con los vicios. Detestaba el olor a humo de los sobacos de los campesinos y los estornudos y tos de los enfermos. Carecía de ternura en la mirada y hasta las flores más bellas, en sus manos, cobraban un aspecto tosco y falto de significado. Trabajaba en una pequeña oficina de aduanas, último refugio de otros días de poder, y por las noches se dedicaba a reparar vetustas maquinas de coser y relojes de péndulo que marcaban un tiempo indefinido. La muchacha y su tía todos los días lo miraban pasar, mientras regaban el jardín y daban de comer a las gallinas, a su rutina de trabajo, con su traje negro de levita y su sombrero de fieltro oscuro.

Ella siempre consideró a ese hombre algo lejano, distante a su mundo y a su geografía, hasta que esa noche, sin más antecedente, tocó a la puerta, sosteniendo entre sus manos, un ramo de alegres margaritas, y conversó tendidamente con la tía. Momentos después, ésta la llamaba para que dejara de lavar los últimos trastos sucios de la cena y atendiera a aquella inusitada visita. Cuando se aproximó, su tía dijo: “Regina, el señor aquí ha venido a pedir tu mano. Yo he consentido en dársela, porque te conviene. Desde hoy será tu novio formal y podrá visitarte cuando guste.” Regina sintió que aquellas palabras eran una baldada de agua helada con que su tía, sin consultar, le lavaba el último olorcito a orines infantiles que todavía cargaba sobre sí. Hubiera querido resistirse, gritar con todo su aliento que NO, que ese sujeto era a su corazón, tan remoto como un oriental de nombre impronunciable y que era necesario esperar. Pero no pudo, y un silencio de formalidad cruzó la habitación, mientras en su cerebro bullían aquellos pensamientos imposibles de expresar. Quiso decirles, saltando una cuerda, que todavía les tenía miedo a los hombres, esos animales con cara de chivo a quienes les salían vellos en el rostro; que era inconcebible unir su vida a la de un desconocido, para que la tumbara en un camastro y le descuartizara sin miramientos el sexo. Pero calló. Calló como se calla ante una gran tragedia o un gran sacrificio. Porque eso sería en el fondo, vivir junto a aquel hombre que limpiaba meticulosamente la orilla de la taza, cuando bebía café y padecía de la más triste de las soledades: la de solo poder amarse a sí mismo y a nadie más.

A la mañana siguiente, Regina no se levantó como de costumbre a regar las flores del jardín ni a darle de comer a las gallinas. Ella “dormía” en el viejo catre, y junto a su lecho yacían desparramados, frutos de adelfa que impregnaban de un olor agrio y a monte el ambiente del aposento. Regina no tuvo opción.

El Número 01524 (*)

El ascensor se detuvo con su bamboleo mecánico y la puerta se abrió: estaba en el cuarto piso. Emilio comenzó a caminar por los pasillos de aquel edificio en donde antes había prestado sus servicios. Muchas escenas pasadas fueron recogidas mentalmente por un golpe de melancolía. Recordó los días remotos de su juventud, cuando apenas tenía veinte años; aquellas tardes de oficina: preparando reportes, bebiendo café, intercambiando penas y alegrías con sus compañeros, observando de modo nada ingenuo a las remilgadas secretarias y escuchando el golpeteo mecánico y frío de las maquinas de escribir, que hoy se exhibían en los escaparates de los grandes almacenes, como un eslabón de la evolución mecánica-electrónica de nuestros días. “El tiempo camina con zancos sigilosos”, pensó.

Por fin llegó a una ventanilla en donde mostró una papeleta color celeste, y después, a cambio, le entregaban un carnet, perfectamente laminado: era la constancia de su jubilación. “Gracias”, dijo y partió. Ya afuera, en la calle, se dirigió a la parada de autobuses a esperar el que conducía al Centro-Zacamil. Unos muchachos de distintas edades y sexo, y con vestimenta estrafalaria a lo americano, aguardaban también, mascando chicle. Por el aire de resolución y determinación que reflejaban sus rostros, era obvio que venían de mirar la película exhibida en el cine, donde una cartelera anunciaba con grandes letras color sangre: “Rambo”. Los muchachos lo invitaron a una goma, pero él no aceptó. “No puedo, gracias”, dijo, con una sonrisa que mostraba sus encías solitarias como las de un bebé. Llegó el autobús y Emilio subió, seguido de los jóvenes que, a empellones y risotadas entraban desordenadamente. Sonrió nuevamente recordando su juventud. “La juventud nunca cambia, siempre es la misma, es eterna”, dijo para sí.

Ya en casa, Emilio se detuvo a contemplar más detenidamente aquel carnet, el cual tenía impreso su nombre y el número 01524, y que utilizaría para cobrar mensualmente la cuota de su pensión; pero que, para él, no era mas que la contraseña que serviría de base para que un día no muy lejano se le extendiera la partida de defunción. Claro que este último trámite ya no podría efectuarlo personalmente.

Por de pronto, ese pequeño carnet, impreso con caracteres de computadora, reducía toda su larga vida y existencia, a solamente dos cosas: Un cheque girado cada mes y una simple cifra: 01524, que bien podría significar el muerto número 01524 de una guerra sin tregua ni fin, el equipo obsoleto 01524 de una fabrica, o el ser humano 01524 más viejo y solitario del mundo. Era, en efecto, el complemento más mordaz y sarcástico para una vida que terminaba. Muy parecido a aquel con que los dioses griegos solían acompañar las grandes tragedias que caían sobre los héroes: El ostracismo interior, es decir, el sufrimiento a solas y callado de las miserias, derrotas y desgracias intimas. ¿Quién es el que no sabe la profunda tristeza que ocasiona beber a solas un café, pasar las tardes sentado en la solitaria banca de un parque alejado, esperando y haciendo nada, y regresar muy entrada la noche al oscuro cuarto, a descansar solo en un camastro, teniendo como única compañía una radio?

Emilio abrió la ventana de dos hojas del apartamento 41 y observó el cielo: El sol estaba por ocultarse, los últimos celajes eran del color del fuego robado a los dioses por Prometeo, o sea de un rojo indefinible. Luego bajó la mirada. Una pareja de enamorados aprovechaba la primera sombra proyectada por un amate para hacerse nudo sobre la grama. “La juventud nunca cambiará, siempre será la misma: es fuerza y es amor. Es eterna”, dijo y recordó que ya había dicho algo parecido antes. “Los que cambiamos somos nosotros”, agregó. Se sentó en su sillita de mimbre de dos brazos y se durmió. Algo gracioso soñaba porque de vez en cuando sonreía dejando ver sus encías solitarias.  

Prohibido Para Adultos (*)

Yo sabía que entre nosotros y los adultos existía un muro, lo presentía y se hacía claramente visible cuando conversaban mis padres lejos de nuestro alcance. Pero qué más daba, ya que también nosotros teníamos nuestros propios secretos de almendras, confites y barriletes, y tarde o temprano venderíamos la niñez para comprar cosas que nunca serían realmente nuestras y entonces, nos volveríamos adultos.

En casa del abuelo la cena había sido frugal para algunos y sobreabundante para otros. Los hombres que trabajaban como peones y arrieros hacía rato descansaban en sus barracas. Los cafetales eran un canto constante y monótono de un millón de grillos y cigarras. Mis primos y yo, no obstante las insistencias de los mayores, continuábamos desperdigados por la sala practicando diferentes juegos. Después de todo era viernes, los hombres habían comido gallina y bebido aguardiente trasegada, y sobre todo estaba el recurso muy difícil de esquivar: mañana será sábado y no habrá clases; y continuábamos allí, embebidos en nuestras riñas infantiles y reconciliaciones instantáneas. La última discusión había sido sobre quién montaría el domingo el potro manchado. La disputa era totalmente inútil puesto que el abuelo jamás dejaría tocar el semental.

A la altura de esta riña estábamos, cuando de repente los ladridos de un perro tuvieron reacción en cadena a modo de concierto, unos pasos apurados, con duda y temerosos se sintieron cerca de la puerta; el abuelo tocó instintivamente el revólver que siempre cargaba al cinto y ordenó a Eduardo, su hermano postizo, que abriera la puerta. Cuando ésta se abrió, apareció una silueta que cubría todo el rectángulo dejado por la hoja al girar. Era el cuerpo de un hombre descomunal con aspecto de volcán. Mis primos y yo quedamos mudos ante la visión extraordinaria y fantasmal de aquel hombre totalmente negro. A sobresaltos y palabras entrecortadas, el intruso trató de explicar su presencia. Colocó sus manos en señal de súplica y miró fijamente al abuelo, con una mirada de angustia y derrota, buscando afanosamente algo humano en los humanos. Por fin se decidió a hablar y dijo:

-¡Señores, protéjanme, por el amor de Dios, que viene siguiéndome la muerte!

El abuelo le explicó lo imposible que era que alguien le dañara en la hacienda, incluso le indicó que no lograba explicarse cómo había conseguido él llegar hasta allí, habiendo tantos hombres y sabuesos rondando el lugar.

-No te preocupes, nada te va a pasar aquí – dijo el abuelo.

Pero el hombre continuaba diciendo que era la propia muerte la que lo venía persiguiendo. Lo expresaba con vehemencia, como clavado en una idea constante y con la monotonía del estribillo que llevan casi todas las canciones tropicales.

Mi abuelo y Eduardo se miraron y llegaron a la conclusión que el negro no era más que un pobre loco inofensivo que padecía de alguna extraña ansiedad y que a esa hora de la noche era más trabajoso sacarlo de allí que permitirle quedarse a dormir. Armado de un petate y una escopeta, Eduardo se encaminó, acompañado por el negro, a un pequeño cuarto de cinc y madera. A la par de Eduardo, aquel hombre adquiría dimensiones colosales.

-Aquí estarás seguro – Le dijo Eduardo, extendiendo el petate sobre un catre, a la suave luz de un quinqué. – Cerraré con candado -  agregó.

Minutos después apareció nuevamente Eduardo de entre la oscuridad, sonando con sus manos una multitud de llaves que ya no abrían ninguna puerta, pero que las conservaba como amuleto para espantar los nervios.

Y era sábado. Durante la mañana, las tortillas calientes revueltas en la leche espumosa recién ordeñada, como desayuno y los juegos de escondelero y uno, dos, tres para todos mis amigos, entre los cafetales, hicieron olvidar la visita fantasmal de la noche anterior. Por la tarde, el abuelo recuperándose del abandono de la siesta, llamó a Eduardo.

-Con tanto trajín, me había olvidado del negro, ¿ya se marchó, verdad?

-¡Caramba! A mi también se me olvidó, aún debe estar allí porque cerré con candado – refirió Eduardo.

Como por una orden telepática todos nos encaminamos al cuartito. El abuelo regañaba a Eduardo por ser tan descuidado.

-¡Imagínate que se tratase de un criminal! – le decía -. ¿Y qué era lo que repetía con tanta insistencia anoche?

-Una locura. Nada menos que lo venía persiguiendo la muerte.

Eduardo hizo sonar las llaves buscando la del candado de la puerta del pequeño cuarto y todos posamos nuestra mirada en los cuatro ángulos de la hoja. La puerta crujió y sentimos recorrer en nuestras espaldas un inesperado escalofrío. Eduardo abrió de un puntapié la puerta y se echó hacia atrás. Entonces fue que comenzó a salir del cuarto, intempestivamente, una nube oscura de mariposas negras y polillas con alas hechas de ramitas de ciprés. Adentro, en el cuarto, ya no estaba el negro ni nadie, solo una bruma que desapareció poco a poco, dejándonos en la ropa olor a museo y pergamino.

-No es nada – dijo el abuelo – Ese negro estaba loco. Seguro escapó durante la noche.

De nuevo yo sentía formarse aquella barrera o muro entre ellos y nosotros, como una brecha insalvable.

En Un Rincón Del Desván

Diciembre me traía con sus vientos plomizos y explosiones – de cohetería, no de guerra – recodos de descanso y felicidad, principalmente porque atrás había dejado el negro pizarrón con sus ecuaciones ininteligibles como duras pesadillas, los frecuentes castigos por mi indigna aplicación y mi evidente torpeza delatada aún más por las preguntas incontestables hechas por la maestra ante los más burlones de mis compañeros de grado, quienes se solazaban a mi costa. Verdad era que cierta nostalgia subía de golpe a mi corazón al recordar los grandes ojos negros de la maestra, como los de una virgen mestiza por el trópico, desahuciándome con conmiseración, y la juergas infantiles entre recreos; las tardes sobre los montículos de tierra, encumbrando piscuchas de papel periódico con el socorro de los vientos indiscretos del décimo mes; y el día de poda de tumbas y carruseles de flores en los que se rompía el lúgubre silencio del cementerio y se suplía con alambre, estaño, pintura y recuerdos: el rejuvenecimiento anual de los difuntos. 

Mas ahora era diciembre, y yo, como siempre, lo miraba pasar con un hálito de tristeza, recostado entre cachivaches en un rincón del desván, último refugio de mis pensamientos y mis intenciones, presintiendo a solas que la vida ya no se reducía a un par de cosas como antes: un pan, una estrella, un camino; sino que había cambiado y era más compleja de lo imaginado: era mi vecina, una oculta voluntad, el último comentario de la semana, el rumor de guerra, mi ansiedad por crecer, por ser distinto de los demás, y entre más distinto, más similar. Sí, lo único que parecía no cambiar, ser atemporal, era aquel pequeño cuarto, donde la intuición me indicaba que algo yacía oculto, quizá transparente. Algo que me producía sobrecogimiento y confusión, pero a la vez curiosidad. Y era esta ultima la que me llevaba hasta allí todas las tardes de diciembre, con la voluntad insuficiente para atreverme a develar el misterio y romper de ese modo el hechizo, por temor a que se convirtiera aquella pequeña esquina del desván, en otro rincón cualquiera de la casa.

Allí, en ese rincón, estaba todo lo que en mi vida había poseído: los zapatos de colegial, los cuadernos de primero con grandes garabatos, los cohetes y naves espaciales, la ratonera que yo mismo había construido para prensarme los dedos, mi pelota de fútbol, el viejo libro de poemas… En fin, todo lo digno de guardarse, es decir, todo lo que cupiera en ese rincón, estaba allí, devotamente desordenado; y eso me provocaba los más extraños pensamientos y recuerdos, y los deseos de volver a vivir algunos de mis actos que por temor o ignorancia no pude completar.

Únicamente un rayo de sol cruzaba de través el cuarto y eso tornaba más mágico el desván, que transformaba el sol en polvo de estrella y a la humedad en interminable diamantes, mientras en aquel rincón, algo palpitaba vivo, con fuerza, como llamándome y reclamando mi presencia. Hice lo posible por incorporarme y descubrir de una vez por todas el misterio; mas no pude. Volví a intentarlo, pero otra vez fallé. Oí unos pasos presurosos subir la escalera y luego tocar a la puerta, con siete golpes musicales. “Esaú”, y se abrió el rectángulo. Yo volví la vista a aquel rincón y sentí que algo sobrehumano se alejaba por la hoja entreabierta. “Esaú”, repitió la voz. “¿Qué haces allí tirado?”, era Alma Aleyda. Sentí un escalofrío y el rubor me subió hasta las sienes al adivinar los grandes ojos negros de mi vecina, como los de una virgen mestiza por el trópico. El secreto quizá estaba develado. Era mi niñez, o tal vez, mi inocencia que ese diciembre para siempre se marchaba.

…Sin Causa

Allí estaba nuevamente esa sensación, ese sentimiento de vacío y soledad que siempre le embargaba. Hoy, por el olor a azufre transpirado por las losas calcáreas del hospital, la sensación era aún más profunda y penetrante; las tenazas de la fiebre lo apretaban fríamente y un sudor de perro le bajaba hasta los muslos. Y allí, otra vez, le agobiaban los mismos pensamientos confundidos con su lucidez y fantasía de poeta truncado y escritor hambruno: ¿Qué le habrá sucedido? Es posible que ya no sea la misma de ayer, y ahora se halle irreconocible. De seguro vagará sin un instante de sosiego y es posible que hasta pregunte por mí; pero, ¿cómo será preguntar sin boca, mirar sin ojos y sentir sin corazón? No, para ella no existo, jamás existí o nunca sintió mi existencia.

Noche tras noche, en delirante fiebre, Carlos se había formulado esas mismas preguntas y todas las noches quedaban sin respuesta, cortadas por el alboroto de los gallos anunciando el amanecer.

El reloj de la Catedral iba a dar las dos de la madrugada. La fiebre había acompañado a Carlos por dos semanas y con el frío que se colaba por las rendijas de la ventana y entraba por los poros de su piel, la tenaza de la fiebre apretaba aún más hasta roer los huesos, y una enredadera de sudor se confundía en el caldo de su cama. Las dos de la madrugada eran dos golpes de gong dados por un gigante tratando de arrancarle de cuajo los tímpanos. Carlos podía adivinar el revoloteo impreciso de las palomas y golondrinas confundidas en la noche por los golpes diapasónicos del reloj centenario.

Una semana después de “aquello”, el doctor le dijo:

-Es imposible que continúes viviendo con ella; tú sabes que hemos hecho todo lo posible para que se quedara contigo, pero hay cosas en la vida a las que hay que renunciar, y esta es una de ellas.

¡Renunciar! Esa palabra escondía un eco, y es que en ella estaba, como fantasma o sombra, empotrado el olvido.

-Renunciar. Es fácil para usted decir eso – respondió Carlos – Pero para mí que llevo veintitrés años junto a ella, es difícil; preferiría morir a cambio que se quedara toda la vida o toda la muerte cerca de mí.

¡Renunciar! Y se miraba cuando pequeño, en aquellas canchas de fútbol; y en el estadio el clásico: Alianza – Águila. El quería pegarle a la pelota con todas sus fuerzas, pero cuando se acercaba a ella, ésta había crecido y era un globo que lo remontaba por el aire mostrándole la ciudad: el bullicio de los mercados, las tardes en los parques y la risa alborotada de las mujeres en los carnavales callejeros. Y luego, en el río pescando junto a su padre, los tirones del anzuelo y el pez llevándosela a ella hasta los confines del mar.

Fue inevitable, los separaron. ¡Ah la distancia! Para qué existirá un mundo tan grande, un universo tan grande plagado de distancias. Deberíamos ser mucho más pequeños y caber en el electrón de un átomo. Y soñaba que se volvía pequeño: un microbio, el núcleo de la única célula del microbio, un electrón del átomo del microbio y por último algo más pequeño, sin nombre, sin tiempo, pero con vida y con ella. Sí, con ella y sin distancias: un idilio perfecto.

Un día después de la separación, le sobrevino la fiebre y la angustia, aquel palpar del vacío dejado por ella en las sábanas de la cama. Y en ese momento era peor que un guerrero vencido: era un cobarde vencido sin pelea por un fantasma, por el fantasma del fantasma de ella.

Repasaba en su memoria, lo mismo de las noches anteriores: estará sin tumba, o de tumba tendrá el mar  y por ataúd un gran pez, como Jonás, pero para siempre. Luego iré yo, sin ella hasta la tumba y ésta me parecerá vacía y desde algún lejano lugar ella clamará por mí. Nos juntaremos en el polvo y contra el polvo o seremos dos llamas alumbrando una misma estrella.

Al filo de las cuatro se durmió, la pesadilla había concluido, los almohadones y sábanas húmedos de sudor, como todas las noches, se volverían refrescantes, les crecerían manos y desenredarían la hiedra de la fiebre.

El doctor llegó ese día por la tarde. Carlos lo veía desde su lecho con ojos fijos e inexpresivos, y sin inquietud alguna le preguntó:

-Doctor, ¿no retoña, verdad?

-No, Carlos. No retoña. Ese es nuestro gran problema. No retoñamos.

El doctor hizo un examen auscultativo sobre lo que quedaba de la pierna de Carlos, y sonrió.

-el peligro ha pasado – dijo, hablando impersonalmente – La maldita gangrena se ha ido – Luego miró a los ojos del enfermo y agregó:

-Pero la vida, tu comprenderás, ya no será la misma. Tu lucha hasta aquí ha llegado.

Carlos correspondió a la mirada del médico, pero no contestó. Se limitó a lanzar entre dientes una anatema de la que el galeno sólo alcanzó a escuchar: … ¡Y para fregar, sin causa!

La Mujer De Enfrente

Era irremediable: El olor a musgo, helechos y ruda le recordaba siempre el duro trance del olvido de su abuelo muerto hacía más de medio siglo en una guerra civil que pintó de escarlata los maizales y cafetales de occidente. Y fue ese mismo amargo olor a ausencia el que Julián sintió cuando de un puntapié abrió de par en par la puerta de la desvencijada casa de Helena Palacios, la viuda de Hernández, de quien se contaba que no había vuelto a salir de su hogar desde que le acaecieron aquellos extraños sucesos que le enlutaron por completo y para siempre la vida.

Julián ese verano estaba frisando los treinta y dos años, y por los traspiés y tropezones dados en las enredaderas y algas del destino tenía más de dos lustros de estar sin trabajo y sin un oficio definido, era, dicho en pocas palabras: un vago. Pero un vago de hogar pues salvo ralas ocasiones, casi nunca salía de su vivienda. Estas circunstancias lo habían obligado a vivir una vida muy estrecha y a disponer de lo más preciado sólo para algunos en este mundo: de tiempo. Por carecer de oficio y tener suficiente de lo que las Parcas miden a los mortales, Julián se había dedicado a revolver y cocinar a fuego lento en la hornilla de sus sesos, la espina aguda de la frustración, y al muy conocido y viejo oficio de la humanidad: el de hurgar la vida ajena, y en especial a la de aquella viuda que por buenaventura del ocio vivía enfrente de su casa: De modo que era él y no otro quien se hallaba en condiciones insuperables para dar fé que Helena, la viuda de Hernández, tenía aproximadamente dos veranos y dos inviernos de no salir para nada de su hogar, que ninguna visita la frecuentara y que incluso el cartero y los agresivos vendedores y pertinaces e inoportunos cobradores se fueran de largo.

Durante el día, la casa mostraba un aspecto fantasmal y de abandono, el cual era acentuado por la lúgubre sombra que proyectaba la fronda de una centenaria ceiba plantada en el traspatio; pero por la noche la morada cobraba vida propia, inundándose con las cascadas de luz arrojadas por potentes luminarias, y en su interior se escuchaba una voz dulce de vocalista francesa que entonaba canciones de cuna y arrullo. Cuando había luna, la silueta delineada por la frondosa ceiba era un monstruo, un Cerbero que guardaba bajo sus plateados y leñosos brazos, aquella casa.

Fueron estos hechos los que inquietaron y desconcertaron a Julián, llevándolo a adoptar la temeraria decisión de irrumpir de modo sorpresivo en la casa de la viuda de Hernández, la mujer de enfrente; pues era prácticamente imposible e inconcebible que un ser de carne y hueso viviera de modo tan aislado y sin necesitar de nadie ni de nada, así como de que un finado penara de forma tan abierta y declarada sin ningún respeto para los mortales.

Julián entró y observó que todo el interior de la vivienda era blanco, hasta los escasos muebles, otrora numerosos, que en un tiempo sirvieron para albergar las posaderas de hombres y mujeres pobres e influyentes, estaban pintados del mismo color de las azucenas. Hizo un recorrido visual, y constató que el calor de vida era ajeno a ese lugar y que lo único que se respiraba era el olor característico de la ruda y el ciprés. De pronto, de un cuarto contiguo se desprendió una voz aguda de mujer que con hilo de lamento decía: ¡Mi marido! ¡Devuélvanme a mi marido! ¡Se han equivocado! ¡El simplemente es un obrero y no se mete en nada! ¡Se los juro! Después, uno gritos de atropellada y el sonoro ruido de una metralla inundaba la habitación. Hubo un silencio y luego nuevamente la misma voz: ¡Mi hijo! ¿Han visto a mi hijo? ¡Fui a comprar allí, a la tienda y dejé a mi hijo aquí en esta cuna, y cuando regresé ya no estaba! ¡Unos hombres, sí, unos hombres abrieron la puerta y se llevaron a mi hijo! ¿Lo han visto? ¡Díganme! ¡Quiero a mi hijo! ¿Dónde está? Y se escuchaban los gritos y lamentos de una mujer dando a luz y reclamando a su cría. Era demasiado aquello para Julián: las piernas le pesaban como el plomo y las sienes estaban a punto de estallarle. Podía oír los latidos apresurados de su corazón y su sangre recorriendo con vértigo el cerebro. Buscó en la habitación de donde procedía la voz y los gritos, pero no halló nada, salvo una cama recorrida por un cobertor blanco y en uno de los ángulos del recinto, acurrucada, una mujer totalmente pálida y cadavérica que le extendía la huesuda mano y le mostraba el globo de un ojo salido de su órbita. Llevado más por el temor que por la curiosidad, Julián miró dentro de la pupila del ojo y observó aquella casa inundada de luz que miraba por las noches y en su interior veía a un niño de brazos mecido en una hamaca por una mujer que entonaba canciones de otro tiempo y a un hombre que la contemplaba desde una mecedora bajo la acogedora sombra de la centenaria ceiba.

Yo, buscando donde vivir, pregunté a una señora de nombre Leonor Fonseca si estaba en alquiler la casa número treinta y ocho, y ella persignándose y con voz atragantada me respondió: ¡Ni Dios lo quiera joven! ¡Allí vivía Juliancito y el muchacho hace ya varios años que desapareció!

Un Día Cualquiera

Hacía frío, aunque ya estaba entrada la mañana, un viento y nubosidad del norte, que amenazaba con volverse temporal, helaba hasta el último vestigio de piel y entraba hasta el tuétano de los huesos, haciendo tiritar cuero y coyunturas. Los perros de la calle se refugiaban en las viejas galeras del mercado municipal y emitían con sus hocicos sonidos parecidos a los de un recién nacido.

El policía municipal o choricero, como le conocíamos, apoyado en su fusil y acariciando lo torneado del garrote que pendía de su cinturón, esperaba ordenes. Sus ojos estaban atentos a cualquier movimiento sospechoso de los transeúntes y vendedoras que ofrecían con voces agudas y desencajadas, apenas entendibles, sus confituras, reposterías, verduras y carnes. Se vendía y ofrecía de todo. La venta de hot-dogs yacía asediada por escolares que compraban comida rápida al nomás salir de sus deberes colegiales.

El cielo se volvía cada vez más gris y una capa frustrante y depresiva de nubosidad lo envolvía interminablemente sin dejar pasar la luz solar. El policía observaba mientras recordaba su pueblo natal, su triste, pobre y viejo pueblo cerca de la Pirraya, allá en el oriente. Los momentos de angustia y hambre pasados y su reclutamiento al servicio de la autoridad. Era necesario vivir. Y la guerra era la más cruel pero también la más fácil de las formas de sobrevivir en esta tierra de desempleo y miseria. Pensaba en su madre, encanecida, con los ojos anegados en lagrimas cuando lo vio partir, todavía un muchacho con sus miembros desarticulados por efecto del desarrollo y la pubertad, y el bozo apenas comenzando a florecer. Tenía años de no saber de su madre, y se la imaginaba triste, por apagarse como una pequeña llama de candil azotada por un fuerte huracán. Detenida frente al poyetón, midiendo con sus pequeñas manitas las pelotitas blancas de masa que después se volverían tortillas. La recordaba avejentada, temerosa y solitaria, con esa soledad de los viejos que intuyen con resignación la obligada muerte, sin haber visto pasar  o detenerse por su camino eso llamado felicidad. Pariendo y pariendo hijos, hijos para la guerra, hijos sin paz. Muriendo destrozada por el ineludible destino imposible de torcer. “De todas maneras los hijos se van”, recordaba que había dicho en más de una ocasión. Pobre madre.

A pesar de la lluvia amenazante, la gente seguía pasando y de vez en cuando se detenía a regatear el precio de alguna mercancía. Los canastos eran cubiertos con viejas sombrillas, plásticos y toldos improvisados. Las vendedoras protegían su única hacienda, su sustento diario. En un rincón apartado, ya casi llegando al Telégrafo, una pobre vieja cubría su cabeza con un pedazo de cartón, mientras ofrecía acurrucada, a cada quien que pasaba, su producto: pescado seco de oriente. La mujer levantaba de cuando en cuando su rostro para llamar con su voz queda al que pasaba. Pero nadie compraba. No era tiempo de pescado seco. Caía mal en invierno. La mujer se limpiaba la lluvia del rostro con su delantal.

El Policía esperaba órdenes como siempre. Y estas llegaron junto con el comandante y el resto de la patrulla. Había que desalojar a aquellos vendedores de esos sitios ajenos al mercado. “Dan mal aspecto”, dijo el comandante. “Además lo que ofrecen es contrabando, no pagan impuesto”. Se les previno, pero, como era de esperar, no hicieron caso. El mercado ambulante pronto se transformó en caos y las mujeres y hombres se defendían y retrocedían ante las embestidas de los garrotes de la autoridad. Las confituras y las chucherías lo mismo que las aves de corral volaban por los aires y se desparramaban en la calzada. Se garroteaba a todo. Ni siquiera los perros sarnosos de las galeras se escapaban.

El policía acompañaba al comandante. “Quitá a esta vieja de aquí”, dijo, refiriéndose a la mujer del pescado seco. La vieja levantó la vista, dejando ver sus canas y su rostro arrugado como una pasa. “Si, mi comandante”, respondió el policía. Y sus ojos se encontraron con la desesperanzadora mirada de la mujer que protegía su producto. El policía levantó su garrote amenazante, pero una idea perturbadora y pavorosa lo contuvo. Después de unos segundos balbuceó al comandante:

-Mi comandante, esa mujer se parece a mi madre

-¡Aquí todas estas viejas putas son madres! – Respondió el comandante-. La orden es echarlas fuera.

-Le digo que ésta se parece a la mía.

-No vengas con sentimentalismos maricones ¿Es o se parece a tu madre? También se parece a la mía. Ya escuchaste la orden… o preferís la bartolina por desacato…

-Creo que solo se le parece, mi comandante.

Y de un puntapié arrojó el canasto con el pescado seco de la vieja, quien solamente suspiró bajo la lluvia. “Vete pronto de aquí, mujer”, dijo el policía. La vieja lo observó y bajando la mirada murmuró para sí: “De todas maneras los hijos se van”. Y con mucho esfuerzo se levantó, recogió de nuevo el pescado y con su delantal se limpió el rostro. Y no se sabía si eran lágrimas o lluvia la que se secaba.

Al día siguiente las vendedoras y el policía yacían en el mismo lugar. Y el alboroto de compra y venta también era el mismo al de ayer, solo que esta vez había sol y el sitio ocupado por la vieja del pescado seco estaba vacío.

Conversación Con María

Casi adivino su mirada al preguntarme: ¿A qué vas? Y yo le respondo: no sé, quizá a nada. De pronto sonríe y me vuelve a cuestionar ¿Irás de traje, de etiqueta, con el rostro planchadito como muerto? Muevo negativamente la cabeza y le digo: Sabes que eso ya hace tiempo que pasó, hoy se puede ir sport y hasta con aire de jugador de golf. Arremete con otra pregunta: ¿Cuándo será? Porque es necesario saberlo, tú sabes, los arreglos de siempre, los amigos que querrán despedirse y yo darte un beso, ¿verdad? Adopto un aire serio, muy serio, como el de las estatuas pensativas de los parques, le refiero: Tampoco sé. Eso sí, será pronto, estas cosas o se hacen luego o jamás se realizan, son algo así como los retorcijones, o se te pasan rápido o tienes que actuar pronto…

Yo siempre quise tener una casa en el campo – me interrumpe ella, cambiando de tema como toda mujer – en la montaña, ¿me comprendes? Mirar los amaneceres y sentir la brisa cargada de olor a miel, que atraviesa la estancia; y por las tardes bajar al río y acostarme en esas grandes rocas chatas, finas, milenarias  y dormirme escuchando el canto del agua cristalina. Pero no pude. Jamás pude. – Baja la cabeza – Me estremezco, algo camina por mi espalda y me hace cosquillas. Me incorporo dificultosamente y palpo con mi pie, el duro y frío piso, y miro la pared blanca, de hospital. ¿Tú nunca pensaste en una casa de campo? – prosigue ella -. Le indico que no, que siempre fui mero raro: Jamás pensaba en lo que no tenía. ¿Es importante acaso pensar en lo que no se posee? Ella ríe y me dice: Ese hormigueo que sientes son tus nervios, siempre sucede así…, conformista.

Mira por la ventana y me cuenta: abajo hay uno niños jugando alrededor de un conacaste. ¡Que naturalidad más grande la de los niños! ¿Se puede cambiar un kilogramo de oro por la tranquilidad de un niño?.. Ese tipo de preguntas no me gustan – la interrumpo -, ya te lo he dicho otras veces: son pueriles. ¿Puede el hombre volver a ser niño? Si dices sí, prosigue; si dices no, entonces hablemos de otro tema más real. Miro el techo ¡Qué mal pintor, ¿qué es lo real?! Ese jamás llegará a pintar una basílica.

Me interroga: ¿Crees que tu viaje sea la solución? Le respondo que no sé. El doctor me dijo que sí, que eso de la prótesis es seguro, pero yo le pregunté: ¿Puedo acaso dejar algo mío acá y llevarme solo lo que me conviene? El médico rió, por supuesto y me preguntó que de qué hablaba. De nada doctor -  Le respondí -  Es la fiebre.

Ella vino a las diez, y ya van a ser las doce. Me pregunto si no se aburrirá. Creo que no, siempre trae un libro. Hoy lee Romeo y Julieta. ¿Por qué lees eso? – La interrogo – Me gusta – dice ella, sin levantar la mirada – Es un tema absurdo – le digo – infantiloide, cargado de retórica. ¡Viva la retórica! Pero el tema es del todo cursi, no por eso irreal. Siempre me gustó – comenta ella -, dándose por aludida – Cuando tuve quince, veinte e incluso hoy. A ti siempre te gustó la locura en el amor -  le digo, provocándola – Yo a cambio, preferí los amores sobrios y tranquilos, sin pasión. Por eso has enflaquecido – se defiende ella – te has vuelto seco como las pasas. Callo. Quizá tenga razón. Ella vuelve a ensimismarse en su lectura.

Sabes, yo siempre me he preguntado qué se sentirá cargar algo que no es tuyo – ella reinicia la conversación – Andar en tu cuerpo un material distinto a tu carne y huesos. Se ha de sentir un poco robot, ¿verdad? Dentro de pocos días te lo diré – le respondo.

Y recuerdo el Popol Vuh: los hombres de maíz, ¿cómo fue? ¿Cómo pudo sucederte a ti? – Inquiere ella – Comienzo a fastidiarme. Quizá el calor. El caballo – le digo – se desvió del camino y yo lo dejé. De pronto un fogonazo, el trueno y el ruido del silencio vibrando en mis oídos, y esa estrella oscura. Eso es todo lo que recuerdo. Y luego, como aparición, me encuentro de repente aquí. Bueno – me dice, levantándose de la poltrona – creo que vendré mañana. Chao. Yo solo le muevo los dedos y mi silencio se lo dice todo. No quiero o quizá no puedo sonreír. Empeoro.

Al día siguiente ella vuelve, trae un ramo de rosas rojas. ¿El señor Equizábal? – Pregunta a la enfermera – Partió ayer por la tarde – le responde esta – Dejó este papel para usted. Ella lee: Querida María: Yo también quise saber qué se siente cargar algo que no es tuyo, como tu casa de campo, ¿comprendes? Chao.

Dentro mi féretro. Fuera: Los hombres de maíz.

Lizandro El Cuto

Lizandro el cuto era diestro con el machete. Este era como uno más de sus miembros. Con qué brío y gracia lo mecía de un extremo a otro, girándolo al ritmo de su muñeca. Era un espectáculo contemplarlo pelear con uno, dos y hasta ocho de sus enemigos a la vez  o en vaca como decimos nosotros. Un espectáculo sangriento, era verdad. Sangriento y mortal, donde al final solo uno restaba vivo y ese siempre era Lizandro, quien tenía la salvaje costumbre de cortar con el machete el dedo meñique del oponente muerto. Al verlo hacer eso, yo solo podía recordar las corridas de toros, por aquello de la oreja. Eso sí, Lizandro aunque salvaje, era limpio. Advertía a su contrario, por momentos yo sentía que casi le suplicaba no pelear, arreglar de otro modo los asuntos porque aún era tiempo. Pero no, el adversario se crecía con los ruegos y con los brazos adicionales que sentía a su favor. Le parecía Lizandro presa fácil.

Ya sé, y te lo voy a decir antes que me interrumpás. Lizandro era hombre difícil e impredecible. Se podía decir que en circunstancias no tenía razón propia ni constancia en sus actos. Cuántos no lo acusaban de ser informante u oreja, como se dice, en las peores horas de la guerra, cuando una sola palabra te podía haber significado la muerte. Pero aquello nunca se confirmó. Otros más lo tenían marcado de guerrillero solapado, porque era cierto y constaba en los archivos de la policía secreta, que había matado a ocho miembros de la Benemérita Guardia Nacional. Los había cortado con G-3 y todo. Y si el gobierno no se atrevió a hacer pública tal verdad solo fue por la vergüenza que representaba aquello para un cuerpo de reputación sanguinaria como lo era la Benemérita. Dicen que lo buscaron a sol y sombra, como se buscan los garrobos en Usulutan, pero Lizandro se les escondió en Guazapa, el cerro invicto, hasta que la efervescencia pasó.

Vos podés decir lo que se te antoje, pero yo no podría hablar cosas malas del hombre que salvó mi vida, sin casi conocerme, excepto por dos o tres tragos de Muñeco y Chaparro que nos cruzamos juntos en la cantina del Transito. Y a veces creo y no dejo de creer en aquel dicho que Lizandro se repetía: hombre que bebe con vos, es tu amigo. Que no lo sabías, pues sábelo, el cuto salvo mi vida.

Vos sabés que una vez empecé a estudiar derecho en la Universidad, mis visitas al pueblo fueron ralas. Se reducían a los descansos entre exámenes. Fue en uno de esos recesos de pueblo, una madrugada cuando todos dormían, excepto yo acostumbrado a los desvelos de exámenes y parrandas y porque me gustaba escuchar aquellas radios internacionales y clandestinas, incluyendo la Farabundo, con mi radito al oído, por temor a las paredes, que escuché pasos en el techo. Muchos pasos quebrándolo todo, buscándolo todo y encontrándome a mí debajo de la cama. Eran ocho de la Benemérita y me buscaban a mí, el subrayado en la lista negra que solían cargar, ¿te acuerdas? Creéme, se siente miedo. Sobre todo porque ese era el modo en que desaparecían a la gente. Sentí orinarme y mi voz se cortaba. “Culero” dijo uno de ellos entre la oscuridad. “Te vamos a hacer pedacitos”, y me arrastraron hacia afuera. Vos recordás que mi pueblo es bullicioso, pero esa noche ni siquiera los perros ladraban. Solo un viento frío cruzó rozándome y un golpe trasero empujándome hacia la cuneta: En ese instante se oyó la sorda voz de Lizandro el Cuto. “Déjenlo cabrones. Métanse con uno de su tamaño”. No se esperó respuesta. Se vió el brillar del filo de un machete, y yo reparé que era noche de luna. Los ocho intentaron sacar sus G-3, pero no hubo tiempo, los hombres no acertaron a apuntar ni lograron refugiarse de aquella arma que lo encontraba todo, que se metía en todo, sin el mínimo respeto a sus cuerpos uniformados para la muerte. Fueron ocho, yo los conté. Ocho de una sola vez, o en vaca como se dice. “Vete”, me dijo Lizandro, un poco sofocado. Y él también se fue.

¿Te asusta, verdad? Imagínate cómo habrá sido la pelea donde Lizandro perdió aquellos dos dedos meñiques y por lo que le decían El Cuto. Eso nunca me lo contó. Sí, ya sé que murió en la última ofensiva, pero qué esperabas, un machete contra un regimiento.

Diana Quería Partir

Después de un largo silencio interior, Rodolfo reflexionó para sí: ¡Dios mío, cuánta belleza encerraba ella! Y aquel retrato casual lo delataba sobremanera. Así ha de haber sido cuando joven, pensó. Y aunque conocía que la mayoría de las fotografías mienten con sus retoques estilísticos, aquel era un retrato de ocasión, sin ninguna finalidad exhibicionista.

Y ella era bella. El retrato la mostraba en una playa sin tiempo, de arena blanca y aguas serenas, con su traje de baño de época, de esos que cubrían aún parte del muslo. Y su figura resaltaba sobre el paisaje de gaviotas, mar y cocoteros. 

Rodolfo la había conocido mucho tiempo después, cuando las penas y los años habían declarado su presencia sombría e inevitable sobre aquella figura de terciopelo. ¡Y Dios mío, aún era bella! Aunque ya la perseguían cierta ansiedad, inquietud e inestabilidad por los lugares y tiempos. En la oficina pasaba lamentándose de que otras épocas más pacíficas y soportables no volviesen y que hubiesen entrado estos tiempos de noticieros y desgracias. Y quería huir, buscar un lugar lejos, muy lejos de esta tierra, como si la tierra y no los hombres llevasen esa levadura de maldad inyectada entre sus venas.

Con Rodolfo se miraban de continuo, pues Diana – así se llamaba ella – era su secretaria, pero solamente una vez por semana rompían la rutina diaria de informes y reportes; y se dedicaban a entretenerse con charlas de sobremesa. Después de la ofensiva le había comentado su intención de volar, de irse muy lejos. Hablaba de Australia, Canadá y Suiza. Y le enseñaba a Rodolfo postales que, amigos de otros tiempos, le enviaban mostrándole lugares y describiéndole en su reverso los paradisíacos sitios que visitaban y las nocturnas horas de revuelos y juegos que disputaban en esas apacibles tierras. Y su imaginación partía, partía, y luego caía tenebrosamente en el vacío seco del piso que sostenía sus talones como una figura antípoda a lo celestial. Fue en esa ocasión que suplicó a Rodolfo su ayuda para llenar solicitudes que organizaciones internacionales requerían para evaluar una posible inmigración y residencia.

-¡Miente, miente! – Le decía -, a vos que te abunda la imaginación no te ha de costar. Decí que me persiguen, que la otra semana me matan o me secuestran. Decí algo que los convenza.

Rodolfo se resistía, con argumentos frágiles, en lo cálido de la batalla, pero convincentes en cualquier tiempo.

-Esto tiene que pasar – decía Rodolfo – Y vos, por mucho que no lo creas serás necesaria. Aquí sos necesaria. ¿Qué es una espina sin su rosa? ¿Qué es la tierra sin un hombre? ¿Qué es la idea sin un pan? Todo después será necesario

Diana sonreía.

-Además tenés un empleo – continuaba Rodolfo -, una familia, ¿Qué te preocupa?¨…

Varias semanas después le contó que había visitado al médico y que era necesaria una intervención quirúrgica, que Diana llamó leve. “Están tan acostumbrados a practicarla – dijo -  que de eso nadie se muere”. Y tenía razón. “Solo me recupero y después me voy, para donde sea, pero me voy…” Rodolfo únicamente la miraba con sus ojos inquietos y su media sonrisa de pequeño dios.

Diana murió. La operación fue un éxito, pero el despertar de la anestesia no. Un arranque de nervios hizo que desatara los hilos, rompiera las fibras y vaciara los sueros, de manera que fue yéndose en un charco de plasma y sangre, que terminó en un paro irremediable del cual ya no volvió.

Es difícil – dijo el médico a Rodolfo – explicar este caso. Casi nunca alguien reacciona así a la anestesia, es como si en ella de pronto su inconsciente renunciara a la oportunidad de vivir. Algo así como un suicidio inexplicable… Es que nuestra naturaleza es complicada. Ella después de todo quizá deseaba en el fondo de su corazón partir…

Rodolfo continuó mirando el retrato de la pared y ¡Dios mío, que bella estaba! Aunque ahora yaciera inmóvil y de blanco, y nunca jamás la volviese a ver. Y de pronto, pensó en Canadá, Australia, en otro país y en quién le llevaría el café hasta su escritorio la semana entrante.

La Muerte Era Un Arlequín

Esta historia casi se me obliga a contarla. Digo se me obliga porque si por mi fuera no la contaría jamás; pero no del todo se me obliga, porque hay algo muy dentro de mi, en mis entrañas, que pide a gritos, y no sé porqué, que la vomite. De allí el casi.

A Enrique lo conocí en el bar El C…No fue ninguna coincidencia o azar; digamos, para no abundar, que fue el destino. El bar se hallaba efervescente. El licor y la cerveza corría por todos lados, y no había sitio disponible para un borracho más, salvo en la mesa donde yacía abandonado Enrique, contemplando a solas su vaso de cerveza y fumando un cigarrillo barato. Al principio tuve cierta aprensión ante aquel sujeto que parecía solo aun rodeado de tanta muchedumbre. Pero estaba muy entrada la noche y buscar un sitio en otro bar en día viernes, era tiempo perdido. Por otra parte, yo simplemente quería beber una cerveza más. Me senté frente a él, y al notar mi presencia, como regresando de muy lejos, levantó la vista para mirarme en silencio. Lo esquivé, pero aún así pude sentir sus ojos oscuros y profundos, inquisidores y fríos. No tuve el valor de enfrentarlos.

En el pequeño estrado que hacía de escenario, cantaba música popular, en un pésimo ingles, un conjunto. “Cantan mal”, me dijo, y yo le respondí que sí, porque tenía razón: los instrumentos ahogaban al solista. Luego se rió, y noté que su rostro era franco y cínico a la vez. ¡Vaya contradicción! En uno de los costados dos mujeres semidesnudas, de tez muy blanca, bailaban al ritmo de la música cadenciosa. Una luz roja, intermitente, fue encendida en derredor, imprimiéndoles un toque fotográfico a las imágenes. “En un principio me costó acostumbrarme a esto”, le referí yo señalándole a las mujeres, “pero después me fue fácil”. El se rió cínicamente y me dijo con franqueza: “A mi también. Pero es lógico, al principio uno en lo que menos piensa es en la procreación, mas después comprende que, a pesar de todo, hay algo mas superficial y vano, pero que arrastra los sentidos”. Es verdad, dije. Y me pareció muy acertada la observación. “No se crea – continuó con el mismo aire frío – todo es igual. Y en todo hay cosquillas, quiero decir algo cómico, incluso en la muerte… Las mujeres también son iguales; sino, ¿por qué cree que a la libertad se la imaginan mujer?…” Yo le referí que no compartía su modo de pensar, pero el prosiguió: “Da igual, de todos modos yo también tengo una amante… ¿Quiere conocerla? Es muy atractiva. Hoy vendrá a mi cuarto”. El siguiente día, es decir, el sábado, yo no tenía nada qué hacer, y aunque me pareció muy intempestiva la invitación, dije sí. Y lo acompañé.

Al llegar al cuarto, ya estaba ella allí dentro: “Tiene llave”, me dijo. Era un cuarto pequeño y frío, con mucho desorden en su interior, y libros regados por todas partes. Después de presentármela, le confirmé al oído sus palabras: Ella era bella y atractiva. Y continuamos bebiendo hasta perder los sentidos. La mujer nos hacía compañía desde la cama.

Cuando desperté, me encontré de frente al espectáculo: ella fría y estática, sosteniendo un arma entre sus manos, y el tirado sobre el piso en un reguero de sangre y con aire cómico, pero macabro a la vez. “Me lo pidió por todo el amor que le tenía – dijo ella -, y no podía defraudarlo, porque nada me lo había pedido de esa forma; además me dijo que la muerte era…un arlequín, y que le hubiera gustado que usted fuese su testigo…” Pero aquello ya no pude escucharlo muy bien porque otro estampido de arma y la sirena de la policía me lo impidieron…

Eso es todo, señores de esta sala, y les suplico que no me hagan preguntas, incluso las ordinarias, ni la defensa ni el fiscal, sería simplemente redundar; porque en definitiva no se puede hablar de lo que no se sabe…Quizá la muerte para él, después de todo, era un arlequín, y yo, un mal testigo…

Ella Era Como El Mar

La última vez que la miró, ella llevaba un vestido color amarillo vivo, como la flor del cortés en el verano, con amplio revuelo, de esos que la moda ha dejado atrás. Estaba con su cuerpo totalmente apoyado sobre la balaustrada del muelle de Acajutla, contemplando con fascinación los barcos que se despedían con un bramido triste en el horizonte, y escuchando el crujir de las amarras y el rechinar de las cadenas que se mecía sobre el hierro fundido, corroído por la sal y la humedad. Santiago nunca había podido comprender por qué ella observaba el mar de aquel modo inusual, hasta que ese día Zorayda se lo dijo, abriendo sus ojos inteligentemente tristes, grandes y oscuros como las aceitunas.

- Soy boliviana – dijo, con la mirada perdida, y sus tristes ojos se humedecieron – A mi tierra no la baña el mar y yo jamás he estado tan cerca de él… Soy Boliviana – repitió, ese era su modo de hablar -, y me crié en una provincia muy alejada de la capital, en una tierra de sombreros y llamas, de niños refajados.

- ¿Qué haces tan lejos de tu patria? -  interrogó Santiago.

- El periodismo me ha traído hasta acá, y gracias a él hoy conozco este monstruo.

En ese momento un bumerán oscuro de gaviotas se dibujo en el cielo para luego descomponerse, con un grito triste, buscando peces

-Porque eso es el mar – continuo ella – un monstruo que te atrae, como atrae al hombre la guerra. Si te metes con él, es como un juego que tú sabes que tarde o temprano has de perder, porque no se puede pelear contra un monstruo y salir ileso.

- Luego que se ha visto el mar, es difícil olvidarlo – dijo Santiago, buscándole un sorbo romántico a la seudo-filosofal platica.

- ¡Correcto! – Afirmó ella - ¡Cómo olvidar sus bramidos, esa sensación agradable que lame muy de cerca tus pies! Y su espuma blanca y el negro chocar contra los arrecifes.

- En noches de luna, es más bello – indicó Santiago, insinuándole las veladas y juergas de guitarra y cerveza que acostumbraba pasar en el puerto. Pero ella no se dio por aludida e intempestivamente, dijo:

- ¡Estoy enamorada! Sí, de este mar que es como la esperanza, siempre allí, ante tus ojos, más imposible de alcanzar… Pero mañana me voy.

-¿A dónde? – Interrogó Santiago, tratando de utilizar el menor número de palabras, convencido que, en el amor, aquella era una guerra perdida.

- Para la montaña – respondió ella – Soy periodista, ya te lo he dicho, y me toca a mí cubrir la guerra… Es irónico, es como decir: cubrir el mar, pero lo intentaré. Cada vez que escuche el bramido de las bombas y el tableteo de una metralla, me acordaré de este mar, que encierra la vida y la muerte y que, sin embargo, parece convivir indiferente…

Después de aquella conversación, Santiago jamás volvió a ver a Zorayda; pero siempre que va al puerto  y mira el mar, o escucha el bramido oscuro y sordo de la guerra, se acuerda de ella. Zorayda era como el mar.

Era Una Sirena

Había tormenta. El muelle, el viejo muelle, crujía llorosamente ante las embestidas del huracán que amenazaba con llevarle los últimos restos de los antiguos hierros carcomidos por el tiempo, la sal y la humedad del trópico, sin que existiera una mano salvadora que lo rescatara en su vejez, después de haber prestado maravillosos e inimaginables servicios. Tarde había comprendido que, de la indiferencia y desprecio humano hacia lo viejo, no se escapan ni siquiera las cosas.

Desde la orilla azotada por los vientos, los pescadores, los pequeños marineritos, que todos los días se adentraban en su madre mar, a conseguir el sustento, veían con pasmosidad la tormenta, e imploraban al Altísimo que no arrasara con aquel delgado pero firme sostén que los mantenía a flote ante las más adversas contrariedades del mar de la realidad y del hambre nuestra de cada día. Pero la terrible tempestad parecía no escuchar las suplicas, y se enrosquillaba como perro negro sobre la mar, de modo que daba pavor mirar las olas, como puertas abiertas a inmensos túneles que conducían a otra dimensión. Los marineros temblaban ante cada retumbo y desgarramiento celestial, que hacían aparecer de pronto, surgidos de la oscuridad, como fantasmas, sus rostros pálidos y mojados. Los pescadores desmayaban, no por la falta de costumbre ante aquellos acontecimientos propios del oficio, sino por la falta de uno de sus compañeros más jóvenes, que desde temprano en la mañana había salido a pescar mar adentro y aún no regresaba.

María y yo habíamos decidido, no obstante ser invierno y anunciarse tempestad, pasar aquella semana de vacaciones en la playa. Yo me resistí al principio, pero luego cedí ante la persistencia y aventurera imaginación de María. Nos alojamos, imitando a los muchachos exploradores, en una pequeña tienda de campaña, armada por nosotros mismos muy cerca de la playa. Y durante el día que precedió a la tormenta, habíamos pescado con anzuelo y almorzado mariscos con cerveza, cerca del viejo muelle de la Libertad. Todo parecía normal hasta que caída la tarde unas espesas y oscuras nubes amenazaron el horizonte, y un viento sorpresivo y arrebatador nos dejó sin albergue. El cielo se ennegreció por completo y gruesas gotas comenzaron a sacudir nuestros lomos jóvenes y desnudos. Desesperadamente corrimos tras las pocas pertenencias que aún nos quedaban, y nos recogimos bajo un viejo galerón, donde uno a uno fueron llegando después los pescadores con rostros desconsolados. Desde allí mirábamos, María y yo, la tempestad y la turbación de los hombres. “Se lo dijimos a Mauricio, el viento y las nubes lo anunciaban. Pero no, él quería una sirena” “¡Soñador, sirenas en estos lados! ¡Es fácil soñar despierto!”.

A la luz de los relámpagos, entre el silencio intermitente de cada trueno y retumbo, oímos, como quien trata de escuchar en un caracol, que alguien desde el muelle gritaba con todas sus fuerzas: “¡Ayúdenme, ayúdenme!” Era Mauricio. Todos al unísono, nos abalanzamos con gran riesgo, hasta el muelle roto, y uniendo esfuerzos, rescatamos a Mauricio quien traía atado a su barcaza semi-destruida un enorme pez, con buena parte del torso y cola intactos, pero con la cabeza totalmente destrozada. “¡Era una sirena!” nos decía rebozando de alegría y superando la fatiga. ¿Han comprendido? ¡Una sirena! “Sí, chico. Una sirena”, le respondía uno de los más viejos, dándole un abrazo y unas palmadas en el hombro. Y los demás reíamos. María fue la única que creyó, quizá por lo persistente y soñadora que ella también era, aunque el torso y la cola del gran pez eran los de una sirena.

El Dragón Rojo (*)

Julio y Carlos, por exigencias estomacales, se habían mudado a otra ciudad. A un pueblo rodeado de mar y rieles. Fueron contratados para trabajar por un año con la principal empresa pesquera, que había decidido ampliar sus operaciones en la zona. Llegaron hasta allí, dejando atrás familias y amigos. Ambos se ayudaron mutuamente, con su reciproca compañía, a combatir la soledad y a soportar la separación del hogar. Y es que ellos eran de aquellas personas cuya entrega y positivismo ante las más adversas condiciones, reconciliaban con la vida. Todos sus actos estaban acompañados de sonrisas de primera intención y palabras de encomio.

Los trabajos en la empresa se prolongaron por más tiempo del previsto, y las cartas enviadas por sus familiares y las que ellos enviaban para curar la nostalgia, disminuían en proporción inversa a las visitas que hacían a un lugar nuevo para ambos, un bar del pueblo conocido como “El Dragón Rojo”, nombre de curiosa estirpe oriental para estas latitudes morenas y de vegetación tropical. Fue en este lugar donde ellos encontraron otra facilidad más para perder muy a su gusto el tiempo. El vino y la cerveza, acompañados de las continuas francachelas, se encargaron de llevarles, casi por inercia, nuevos amigos que tenían solo en común una misma historia de lágrimas, maletas y olvido. Entre convite y convite, alzando el tarro y gritando “¡Salud!, las noches en el Dragón Rojo se marchaban rápidamente, después de la primera cerveza, en risas, humo, y léperas agudezas; entonces llegaba el “nos veremos” amistoso y los cálidos abrazos con olor a vinagre y sal.

“Siempre lo recordaremos”, me dijeron a mi, ambos. También iba al bar del pueblo un extraño personaje, un hombre, que a juzgar por la apariencia, no llegaba a los cincuenta, de baja estatura y pronunciada calvicie. Vestía usualmente una vieja chaqueta desteñida, y tanto sus maneras como todo su ser, revelaban un extraño refinamiento espiritual, propio de las almas elevadas.

Acostumbraba beber dos o tres cervezas de modo cadencioso, mirar las gotas de agua que se licuaban en el exterior del tarro de porcelana y luego marcharse gesticulando un adiós y alzando su mano en señal de despedida, con toda la elegancia de un obispo del vicio y del abandono.

Una de esas tantas noches, para variar húmeda y fría, el hombre del silencio hablado – los de la taberna así le habían dado en llamar al extraño personaje – apuraba con una frecuencia desacostumbrada los vasos de cerveza. Al cabo de siete canciones de música salsa y agónicas rancheras, el hombre se incorporó con dificultad, caminó atropellando mesas y llegó hasta donde se hallaban los jóvenes. El nunca había conversado con nadie en el bar, ni siquiera con el cantinero, quien tenía fama de haber escuchado confesiones más sinceras que las oídas por el cura del pueblo. Era cierto, a ese sujeto jamás se le había escuchado decir algo, sin embargo aquella noche, su rostro y su mirada parecían estallar en palabras. Y así fue. Comenzó a hablar sin importarle rostros u oídos. Absorto en su propia interioridad, el río de su vida se desbordaba en un torrente de palabras. Contó de una carrera brillante que fue truncada porque la cigüeña no supo de geografía, ni respetó leyes demográficas; habló de sus innumerables fracasos e infortunios que más bien parecían argumentos para doloridos tangos; en el clímax de su desesperación, dijo: “Ustedes, señores, no saben qué es realmente que un hombre ya no tenga a donde ir, que le estén cerradas las puertas de los suyos y de los ajenos. Es como si la vida se le cortara en mil abismos y sólo se dejaran retazos sostenidos en las débiles franjas de la memoria… Sí señores, yo que de joven quise entregarlo todo, que perdí la juventud sin saber cómo; la inocencia sin saber cuándo; y las ilusiones y esperanzas sin saber dónde; y que pensé no poder perder más, hoy este sin regreso, el ostracismo, se lleva mi existencia y no lo puedo liquidar ni siquiera en este Dragón Rojo…”

Después de aquello, Julio y Carlos lo miraron partir, tarareando un viejo bolero y caminando imprecisamente sobre aquellas piedras prehistóricas que, a fuerza de tanto besar el vientre sin sexo de la tierra, conocían de cuentos antiquísimos y remotos, habían olido la sal de los mares más turbios y distantes y sabían de alegrías y derrotas prehispánicas.

Max, El Teósofo

-¿Qué lees, Max? – preguntó la mujer sentada a lo bartola sobre la ancha y esponjosa cama, recorrida por un cobertor blanco, muy blanco como la nieve.

-¡Un libro muy interesante! – dijo Max -. Es toda una novedad. Y saber que me lo había estado perdiendo desde hace tantos años.

-A vos siempre se te ocurre algo particular. Después de hacerme el amor dictas decretos. Parece que en vez de hijos parimos leyes para el pueblo… Y hoy es fin de año, afuera se oye el sonar de los tambores y el retumbar de los morteros, y toda tu tropa se dedica a parrandear y celebrar; más vos te empeñas, como para llevarle la contraria a la tradición, en leer libros…!Buen macho me he conseguido yo! ¡Soy tu amante, tu querida! Nos amamos con ardorosa pasión y, sin embargo, este día me ignoras. ¡Hoy que tenemos que celebrar a nuestro modo en esta cama!

-¡Calla! ¡No blasfemes! – Interrumpió Max – Soy tu amante, es cierto, pero este libro es estupendo. ¿Ves? ¡Viene de los griegos! ¡Todos nosotros estamos iluminados por una divinidad! ¡Dios nos creó para gobernar!… Te leeré un párrafo:

“Vosotros los llamados. Vosotros los escogidos por la divinidad para gobernar a los simples mortales, debéis actuar con toda la potestad que os ha sido entregada. Debéis gobernar fríamente, con la energía suficiente para glorificar a los dioses. Vosotros debéis comprender que matar a un hombre no es pecado y matar a mil es toda una gloria, porque el hombre renace, revive, transmuta… Mas no atentéis contra las bestias, ni mucho menos contra las indefensas hormigas, porque si las matáis, ¿qué alma les quedará?… ¡Es día y hora que entendáis que es voluntad de grandes gobernar, quienes gobiernan gozan de inmortalidad! ¡Traed a cuentas, subyugad a los simples mortales que no conocen el bien ni el mal! ¡Pobres almas! Si os oponen, flageladlos, reprimidlos con vara de hierro y fuego hasta que obedezcan, y entonces comprenderán cuanto os necesitan para vivir…

-Este libro, – continuó Max, con euforia- es lo más bello, lo más sublime que he leído. Habla sobre nosotros, los caudillos de hoy y de mañana.

-Profundo libro ha de ser para que vos distraigas tu atención leyéndolo en este fin de año. Deberían incorporarlo a la biblioteca de la Universidad.

-Bah! –Replicó Max – ¡Allí solo llevan mierda! ¡Por eso detesto la universidad! Nunca fui y nunca iré sino para sacar a esos comunistas. Todo lo que soy me lo he hecho yo solito. Yo no necesito estudios de esa clase. ¿Quién enseña a un dios?

-¡Ah, mi dios, ven a acostarte!

La mujer extendió sus brazos desnudos, blancos como el mismo mármol y sacudiendo su cabello como manojo de trigo, cambió de posición. Su carne era rosada. Max se incorporó y comenzó a desprenderse de su uniforme. Sendos galones, muchas medallas, sin fin de condecoraciones: una por cada muerto, le impedían lanzarse abruptamente sobre la mujer sin hacerle daño.

-El que está por venir será mi mejor año – dijo Max-. Vos no sabés lo que esto significa para mi – indicó Max, mostrando su uniforme-. Es mi honor, lo es todo.

La casa donde la pareja se encontraba era blanca, como pintada con cal a modo de sepulcro. De estilo colonial, con grandes balcones de metal pintado, ventanales vítreos y madera empotrada. Colgando del cielo, enormes arañas de cristal cortado servían de luminarias. Desde las ventanas, con las cortinas de terciopelo rojo recogidas, se podía apreciar el Sin-variar San Salvador.

-¡Es extraño! –Dijo de pronto Max- Hay veces en que uno sabe que algo es, más no sabe qué hasta que alguien se lo dice o lo lee en algún libro… Yo siempre he sido lo que este libro dice que soy. ¿Ves? Quizá es sencillo.

- Para mí no es extraño – replicó la mujer – Después de tanto ir y venir, ya se lo que soy. Ustedes me lo han dicho.

- ¡Entonces comprendes! La vida misma cambia cuando sabes quien sos…Yo soy un dios.

- ¡Por Dios, Max! ¡Te estas volviendo loco!

- ¡Nada de eso! El poder solo es para nosotros, y una luz y este libro me lo han revelado todo.

-¡Ven, acuéstate mi dios! Que esta noche se termina el año y yo solo aspiro a tu lado mortal.

- ¡Mujeres, simples mujeres! Cuándo entenderán a los hombres como nosotros. Desde que nacemos, nacemos especiales. El destino nos mide y nos guía, nos abre el camino por donde pasar y pasamos, aun sobre los demás.

- ¡Mi Dios! – Dijo la mujer, ya exasperada – Esta noche es interminable, hemos comido, bailado, bebido a más no poder y ya borrachos, ¿qué nos falta? Vos sabés en exceso y, sin embargo, te ponés como político a hablar… Para ya eso y estrenemos el año.

La lujosa mansión se desvaneció poco a poco en la oscuridad. Afuera San Salvador era una fiesta, una fiesta de pobres. San Salvador interminable se iba en luces, humo y pareceres. Más aun de noche había dos San Salvador. Uno que reía con sus salmos de prosperidad y alegría, entre el vino y la champaña; mientras que el otro, el sin-variar San Salvador guardaba una mueca de pobre y entre las luces de bengala, tramaba, buscando dentro de la noche la solución a su hambre, la salida a su mal. ¡Pan, pan, pan! Gritaban con sus voces estertóreas los cohetes, pero San Salvador estaba sin pan. Y aun las luces mortecinas lo denunciaban.

Después de colocar el libro revelador sobre la mesa de noche y hacerle el amor a la mujer, Max se durmió. Tendido informe sobre la cama, soñaba ser el rey, el dios de un país de ensueño, con enormes mansiones palaciegas y millones de esclavos. Y el gritaba: ¡Soy un dios! Y los esclavos respondían: ¡Eres un dios! Y trabajaban mientras sus huesos moldeaban la piel. Era un pueblo feliz: trabajador y obediente, regando la tierra con su sudor, mientras los dioses continuaban naciendo para gobernar. Y entre ellos departían, reían y gozaban, y sus hijos eran rubios y rosados, con autos polarizados. ¡Catorce dioses! ¡Millones de pobres! Y con ellos se jugaba. Así debía de ser. Los pobres siempre renacen o resucitan, y por lo mismo a los dioses les esta permitido matarlos.

Así pasó toda la noche Max: soñando. Y su amante se recogía al lado de él, entre las sábanas blancas, buscando a tientas aquel calor propio de la carne. Alguien interrumpió el bello sueño de Max. Tocaban fuertemente la oscura puerta de caoba curada. Desamodorrándose y maldiciendo la madrugada, cansado de aquel ruido impertinente, Max despertó.

- ¡Mi general, mi general! – gritaba la voz, jadeando-. ¡Despierte, mi general!

-¿Que sucede? – preguntó el General.

- Mi General, hay rumores que el levantamiento comenzó.

Max se incorporó, abrió la puerta, y el otro sujeto se cuadró ante el superior.

-Mil perdones, mi General, pero creí un deber despertarlo. Hay rumores que en occidente el levantamiento empezó. Dicen que pronto vendrán para acá. 

- ¿Y para eso interrumpís mi sueño? – dijo Max, enfadado -. ¿Acaso no sabés lo que hay que hacer? ¿De nada han servido todas mis enseñanzas?

- Perdóneme, sí sabíamos, pero no queríamos hacerlo sin comunicarle de antemano… Dicen que Farabundo, Luna y Zapata, y entre los indígenas un tal Feliciano, son los que se han atrevido a desafiarlo.

- ¡Ah, pendejos! ¡Hijos de la gran puta! ¡Si tan solo fueran hormigas, con gusto les perdonaría la vida, pero ustedes saben lo que son…Comunistas! ¡Deben proceder!

- Mi general, son más de treinta mil.

- ¡Millón que fueran! A nosotros nadie ni nada nos intimida.

Max recobró la calma, y con toda tranquilidad dijo al oficial:

-¡Proceda, proceda! A mediodía llegaré.

El oficial se retiró, Max cerró la puerta y después de contemplar el iluminado libro que yacía inocente sobre la mesa de noche, deletreando con la mirada, las doradas letras de su cubierta: “Libro Del Buen Teósofo”, se volvió a acostar y susurraba: “ Tacho, Tacho, gran regalo el de ese Tacho.” La mujer lo buscaba a ciegas, olfateando desde la madrugada, el característico olor de la carne humana.

Max se durmió. Y como siempre volvió a soñar: El era un dios…

Muerte De Nelson Iván

La hierba del parque aun húmeda por la lluvia torrencial de la madrugada. Sentada sobre las barandas y en las bancas de concreto, la gente esperaba el autobús. La figura ferrosa del hombre del Sur goteaba lluvia y caca de las palomas descansando sobre la alta ceiba, y su sable fuera de la vaina, apuntaba hacia el muro de piedra, y a su costado, al otro lado de la calle, las mujeres de los burdeles descascarados con las mil manos de pintura una sobre otra y sobre otra, sacaban sus nicas y lanzaban a la calle los orines, rezagos inconvenientes de los amores pagados de la noche anterior. Mas allá los bares, los hombres limpiando con agua los vómitos de las aceras y recogiendo la basura y los cristales rotos en las trifulcas nocturnas por mujeres o por juego.

El cielo arriba azul profundo, a la espera del vapor oreado, lamido por el sol. Abajo los estudiantes con sus libros bajo el brazo, con sus uniformes de colores sólidos, blancos, oscuros y plisados; jugando en las bancas del parque o besándose tempranamente, sin aun lavarse el primer aliento de la mañana, en el quiosco o apoyados en el Libertador. La risa suelta y loca contrastaba con la seriedad de las corbatas de los oficinistas que apuraban el paso al consultar su reloj; o se detenían para un lustre en los zapatos o una menta para el la boca.

Vos caminabas así, mirando abajo, a las hormigas, queriéndote esconder sin deber nada, ser fantasma transparente en la luz, porque intuías la presencia de las bestias escondidas que abrían secretamente las ventanas oscuras para mirarte pasar, para medirte el camino transitado y las horas, sin ningún odio, nada personal solo el encargo, el pago de sangre, sin siquiera una pizca de rencor por alguna deuda no liquidada, sino solo tu causa, la causa justa que es de todos aun de las bestias que con mil ojos te asediaban ocultas desde sus cuevas de hule y metal, de cristales, polarizando el día.

Ibas a tu empleo en la oficina. Cruzabas el parque con un libro en la mano. Los colegiales reían a tu paso. Porque vos pensaste que eran colegiales, porque llevaban uniformes y reían como tales. Te miraron pasar indiferentes. Y vos alzaste tarde la mirada, porque sus botas no eran botas de colegiales. Las palomas se desperdigaban como granos de arroz en una boda, como confite en un carnaval, como pañuelos blancos sobre la arena y sobre la sangre. Y vos quedaste solo en el parque. Solo con el hombre del Sur a tu costado. Tu sangre corría, se iba en un hilito por la sangradera, sin haber ni siquiera un huacalito de morro para que alguien la recogiera. Las ventanas se cerraban y los oficinistas apresuraban aun mas el paso al otro lado de la carretera. Nadie se detuvo. Nadie gimió o lloró por vos. Eras uno más, marcada tu frente con una idea. Eras solo vos y el parque. Y los pasos presurosos de los asesinos con manos tatuadas de fosforescente culpa.

El periódico de la tarde imprimía la noticia. Traía tu fotografía. Mis manos nerviosas restregaban a mis ojos incrédulos. Era tu nombre, eras vos que te ibas con el día, día cualquiera, que dejabas para siempre marcada esta tierra, que nos dejabas deshaciéndonos en pedacitos, en terrones duros de un mineral desconocido hecho de grito y de dolor, cristal molido, rasgándonos despacio el alma viva, mordiéndonos una herida abierta por siempre, por siempre…

Nota: A la memoria de Nelson Iván Velado.

El Dilema De Odiseo

A mediados del año 1932 y principios de 1933, en plena extirpación del levantamiento indígena por parte del dictador Martínez, el arqueólogo e historiador Walter Anderson, realizó varias excavaciones en las regiones de Tacuba, Juayua e Izalco, con el propósito de localizar un papiro muy antiguo al que hacía referencia ciertos escritos griegos de muchos siglos antes de Cristo. El documento fue hallado finalmente por el historiador en el asentamiento de los Izalcos, muy cerca de la tumba donde posiblemente reposaban los restos de un natural de nombre Feliciano Ama, principal dirigente del levantamiento, quien murió luchando por su libertad. Estaba escrito en su totalidad en un lenguaje que bien podría haber sido griego, pero que más bien coincidía con el Nahuat. Con el fin de conocer su antigüedad, el papiro fue sometido a la prueba de carbono catorce, pero fue inútil, el procedimiento reveló que el documento era atemporal, lo que significaba que estaba fuera de la corriente lineal – por ahora -  del tiempo.

A continuación reproducimos íntegramente el contenido del papiro, señalando entre paréntesis con la palabra ilegible u otra acorde, todas aquellas partes del manuscrito cuyo significado, más por efecto del descuido que de la vejez, no pudo ser conocido y los jeroglíficos estuvieron lejos de toda traducción.

“Cuando la nave zozobró en medio de la bestial tormenta nocturna y sus hombres cayeron, muy cerca de los arrecifes, él sintió por primera vez unos extraños deseos de morir, de hacer a un lado la existencia y decir adiós para siempre a las voluptuosas mujeres y a las cansadas empresas, a los traidores coterráneos que a espaldas suyas seducían inútilmente a su fiel mujer, a la paciente y bella Penélope que encontraba en la blanca lana y el suave lino entretenimiento y engaño para los insistentes y voraces pretendientes que día con día mermaban la hacienda del joven Telémaco. Sí, pensó que la vida se estaba volviendo muy pesada para sus fuerzas y que era mejor aceptar la tranquila muerte en las profundidades del tenebroso Hades, a soportar a aquellos caprichosos e impredecibles dioses que utilizaban todo su ingenio y ociosidad en tramar matarlo sin matarlo, con el ánimo de que padeciera su carne humana todas las sensibilidades y desgracias conocidas y desconocidas del espíritu, por las contrariedades del destino que lo habían llevado a embarcarse en una empresa funesta e inútil como lo era la guerra.

Nadando con vigor y coraje en el vinoso ponto, logró asirse en medio de la oscuridad y de la tempestad, del mástil que flotaba como único despojo sal