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Las Anti-Musas Los desvanes son lugares más propicios que los sótanos para que las hadas aparezcan como pequeños dragones de luz, alumbrando los jardines de incienso por las noches o como mariposas frágiles desprendidas de arco irises durante el día. Los atardeceres son más propicios que los despertares, porque el canto de los pájaros las espantan y las luces tibias de la ciudad las atraen y adormecen. Los inviernos son también más propicios que los veranos porque los cristales temblorosos del rocío las aman y la humedad de los helechos las alimentan, con su rapsodia de renacuajos y grillos. Nadie ha visto a una y nadie la verá, porque son seres escurridizos que huyen a la mirada y nos acarician cuando dormimos con sueños de castillos palaciegos, de mármol y cristal, con príncipes y princesas bellas y amantes hasta el final. Para ellas una rana es un príncipe y una cenicienta una princesa. Pero las musas, y peor aún, las anti-musas, esas son otra cosa. Es mejor no desearlas, no llamarlas ni atraerlas. Son seres caprichosos, las hay enfermizas neurasténicas y temperamentales, buscadoras de lo inhóspito y oscuro, husmeadoras del ayer que se esconde y descompone. Solo los tristes poetas gustan de las musas y solo los poetas delirantes aman las anti-musas. Seres que gravitan las noches, esperando a que el poeta tome la pluma y la cuartilla o se siente pensativo frente al monitor, acariciando con sus manos el frío teclado para llegar, bellas y oscuras, luces perdidas de estrellas fugaces, fugitivas, ramaje inquieto de fuego que abraza a los sentidos y hacen de nuestras sienes sus temporales nidos. Para ellas el sótano es más propicio que el desván y un vino tinto mejor que el champaña. Para ellas no hay príncipes ni princesas. Una choza es una choza, donde un grito duele y pesa y el vientre es un puño duro y amargo que llora. El poeta muere en cada estrofa y la anti-musa lo besa con besos salados de veneno, que gustan porque recuerdan el agua de mar, el amor en la piel de las mujeres y el sudor de los obreros que todas las mañanas bajan y todas las tardes suben, descascarándose como los árboles donde habitan ellas. Nada dan a cambio sino tristeza, pesadillas que se cortan y cuando se quiebran duelen como la vida, como los ojos que han visto vez tras vez la sangre, la sangre roja estampada en las botas y en los fusiles; como llanto de niño en la madrugada, escurriéndose sobre las almohadas duras de tanto esperar el amor blanco de los senos, ubre de mujer que se ha secado de tanto suspirar, de tanta angustia por la sangre atropellada que clama con boca de profeta desde la bota. Las hadas, las musas y las anti-musas podrían ser una misma cosa, quizá son hermanas, sino fuera porque habitan diferentes reinos, y aunque están hechas del mismo mineral de la alegría, la indiferencia y la tristeza, mineral que los poetas, animales odiosos de presagio, lamen cada noche para mirar luz, para lanzarse al camino sin camino, cada una de ellas reclama su propia gloria, gloria de vida o de muerte, de alborozo o de silencio. Tal vez jamás hayamos visto una y ojalá que nunca la veamos, aunque la hayamos sentido, postrada a nuestro lado, moviéndose de un lugar a otro por nuestro cuarto o juguetonas, lanzándonos pequeñas piedrecitas negras de palabras, cuando no gustan de nuestros giros o cuando cansadas o ansiosas por caer rendidas de amor ante nosotros quisieran que diluyéramos todo el odre tinto, toda la raíz hirsuta del verbo en una frase. Yo amo a unas y me conmueven las otras. Las abrazo, las acaricio con manos suaves de amante; les dejo a ellas la ultima palabra, mientras les canto que se queden un segundo más, un llamado más de alguna Aurora, para que juntos bordemos con lagrimas blancas de mujer, el mantel oscuro de la noche… Ariel Cambia…(*) Ariel repasaba todas las noches en su interior, su mejor sueño: algún día él sería poeta, o más bien, la gente reconocería en él su sentir y existir. Se había declarado a sí mismo poeta por motivos de fuerza interior. Trabajaba como empleado en una modesta oficina ubicada en las afueras de la ciudad y el regreso a casa invariablemente lo hacía a pie, porque según su decir, aquello era bueno para la salud de su inspiración; no obstante que, en las calles, la gente murmuraba las más extrañas e inverosímiles cosas del valle de las hamacas: fulanos que desaparecían casi por arte de magia, sin dejar rastro, rumores del juicio universal y atentados contra lo sacro y lo imposible. Uno de aquellos días, Ariel se despidió de sus compañeros de oficina a media jornada. Era un sábado “chiquito” y dejaba el trabajo temprano para atender asuntos personales: conversar al filo de las doce con sus amigos, atemorizarlos y torturarlos con sus últimas poesías, producto de la mente calenturienta de un auténtico poeta, y engullir frutas de “El Caminante”. San Salvador vestía de fiesta, los vientos de octubre arrojaban las canciones de moda hasta los últimos rincones de las plazas alegres y bullangueras de la ciudad: “Cómo te va mi amor, cómo te va. En el silencio…”. Más adelante, las mismas cuadras y cuadros de ayer: las vendedoras ambulantes, los evangélicos de parque regalando el cielo por un poco de atención, los ojos alegres y avispados de las colegiales, y aquel calor vertical que comenzaba a despertar sobre la calle. Para Ariel toda aquella situación era completamente normal. Unos pasos más y el centro comercial se lo tragó en sus tripas de letreros de neón y olor a frituras, sin que él siquiera se diera cuenta. Iba absorto repasando versos de Rubén. Un estremecimiento cercano y otro más bajo sus pies, lo trajo de nuevo a este mundo. Una gran bestia subterránea despertaba de su letargo de veinte años, sacudiendo hasta la última fibra y antena de la ciudad. La psicosis tuvo rostro. El aire se cargaba de rumor y asombro, y las vigas y mampostería caían en atropello como en una visión apocalíptica. El poeta no se inmutaba, con su aire sereno, parecía un observador incólume, lejano al inminente peligro. Dios es un poeta. De pronto, una conmoción en las entrañas, sacudió cada célula viva de Ariel: durante los segundos fatales, una mujer no pudo apartar a su cría de debajo de la cornisa de un edificio. Ambas – mujer y cría – fueron arrojadas al aire, sacudidas por las convulsiones de la bestia, y la mole de concreto cayó aplastante sobre la pequeña, quien ni siquiera gimió. La madre sobrevivió, pero su cría fue un montón de esperanzas que estallaron en vísceras y polvo. Un charco de sangre se ennegrecía ante la mirada desconcertada de Ariel, quien sintió despertar dentro de sí, una dimensión insospechada de su sensibilidad. Algo parecido a lo que le ocurría al contemplar el mar, al sentirlo palpitar bajo sus pies y en la arena, y verlo perderse en el horizonte como un gran monstruo inalcanzable. Pero esta vez, la sangre le gritaba desde el asfalto con una voz interior, desde muy dentro y muy arriba. Regresó a casa sintiéndose otro poeta: poeta por motivos de fuerza exterior. Sin saber porqué, esa noche a él le pareció que la luna tuvo una visión de un increíble génesis apocalíptico. Regina No Tuvo Opción (*) La conoció cuando ella era una muchacha humilde de un olvidado cantón y en su carne comenzaba a florecer una hermosa primavera, aunque todavía escondía en su delantalcito de manta, como rezago de su niñez, un cuento de muñecas. El era para esa adelfa en flor, una vieja rama de un triste conacaste, que llevaba podrida en el alma un sueño frustrado de cananas y cartucheras. Tenía el carácter seco y sombrío, un ser tan mezquino que nunca fue prodigo ni con los vicios. Detestaba el olor a humo de los sobacos de los campesinos y los estornudos y tos de los enfermos. Carecía de ternura en la mirada y hasta las flores más bellas, en sus manos, cobraban un aspecto tosco y falto de significado. Trabajaba en una pequeña oficina de aduanas, último refugio de otros días de poder, y por las noches se dedicaba a reparar vetustas maquinas de coser y relojes de péndulo que marcaban un tiempo indefinido. La muchacha y su tía todos los días lo miraban pasar, mientras regaban el jardín y daban de comer a las gallinas, a su rutina de trabajo, con su traje negro de levita y su sombrero de fieltro oscuro. Ella siempre consideró a ese hombre algo lejano, distante a su mundo y a su geografía, hasta que esa noche, sin más antecedente, tocó a la puerta, sosteniendo entre sus manos, un ramo de alegres margaritas, y conversó tendidamente con la tía. Momentos después, ésta la llamaba para que dejara de lavar los últimos trastos sucios de la cena y atendiera a aquella inusitada visita. Cuando se aproximó, su tía dijo: “Regina, el señor aquí ha venido a pedir tu mano. Yo he consentido en dársela, porque te conviene. Desde hoy será tu novio formal y podrá visitarte cuando guste.” Regina sintió que aquellas palabras eran una baldada de agua helada con que su tía, sin consultar, le lavaba el último olorcito a orines infantiles que todavía cargaba sobre sí. Hubiera querido resistirse, gritar con todo su aliento que NO, que ese sujeto era a su corazón, tan remoto como un oriental de nombre impronunciable y que era necesario esperar. Pero no pudo, y un silencio de formalidad cruzó la habitación, mientras en su cerebro bullían aquellos pensamientos imposibles de expresar. Quiso decirles, saltando una cuerda, que todavía les tenía miedo a los hombres, esos animales con cara de chivo a quienes les salían vellos en el rostro; que era inconcebible unir su vida a la de un desconocido, para que la tumbara en un camastro y le descuartizara sin miramientos el sexo. Pero calló. Calló como se calla ante una gran tragedia o un gran sacrificio. Porque eso sería en el fondo, vivir junto a aquel hombre que limpiaba meticulosamente la orilla de la taza, cuando bebía café y padecía de la más triste de las soledades: la de solo poder amarse a sí mismo y a nadie más. A la mañana siguiente, Regina no se levantó como de costumbre a regar las flores del jardín ni a darle de comer a las gallinas. Ella “dormía” en el viejo catre, y junto a su lecho yacían desparramados, frutos de adelfa que impregnaban de un olor agrio y a monte el ambiente del aposento. Regina no tuvo opción. El Número 01524 (*) El ascensor se detuvo con su bamboleo mecánico y la puerta se abrió: estaba en el cuarto piso. Emilio comenzó a caminar por los pasillos de aquel edificio en donde antes había prestado sus servicios. Muchas escenas pasadas fueron recogidas mentalmente por un golpe de melancolía. Recordó los días remotos de su juventud, cuando apenas tenía veinte años; aquellas tardes de oficina: preparando reportes, bebiendo café, intercambiando penas y alegrías con sus compañeros, observando de modo nada ingenuo a las remilgadas secretarias y escuchando el golpeteo mecánico y frío de las maquinas de escribir, que hoy se exhibían en los escaparates de los grandes almacenes, como un eslabón de la evolución mecánica-electrónica de nuestros días. “El tiempo camina con zancos sigilosos”, pensó. Por fin llegó a una ventanilla en donde mostró una papeleta color celeste, y después, a cambio, le entregaban un carnet, perfectamente laminado: era la constancia de su jubilación. “Gracias”, dijo y partió. Ya afuera, en la calle, se dirigió a la parada de autobuses a esperar el que conducía al Centro-Zacamil. Unos muchachos de distintas edades y sexo, y con vestimenta estrafalaria a lo americano, aguardaban también, mascando chicle. Por el aire de resolución y determinación que reflejaban sus rostros, era obvio que venían de mirar la película exhibida en el cine, donde una cartelera anunciaba con grandes letras color sangre: “Rambo”. Los muchachos lo invitaron a una goma, pero él no aceptó. “No puedo, gracias”, dijo, con una sonrisa que mostraba sus encías solitarias como las de un bebé. Llegó el autobús y Emilio subió, seguido de los jóvenes que, a empellones y risotadas entraban desordenadamente. Sonrió nuevamente recordando su juventud. “La juventud nunca cambia, siempre es la misma, es eterna”, dijo para sí. Ya en casa, Emilio se detuvo a contemplar más detenidamente aquel carnet, el cual tenía impreso su nombre y el número 01524, y que utilizaría para cobrar mensualmente la cuota de su pensión; pero que, para él, no era mas que la contraseña que serviría de base para que un día no muy lejano se le extendiera la partida de defunción. Claro que este último trámite ya no podría efectuarlo personalmente. Por de pronto, ese pequeño carnet, impreso con caracteres de computadora, reducía toda su larga vida y existencia, a solamente dos cosas: Un cheque girado cada mes y una simple cifra: 01524, que bien podría significar el muerto número 01524 de una guerra sin tregua ni fin, el equipo obsoleto 01524 de una fabrica, o el ser humano 01524 más viejo y solitario del mundo. Era, en efecto, el complemento más mordaz y sarcástico para una vida que terminaba. Muy parecido a aquel con que los dioses griegos solían acompañar las grandes tragedias que caían sobre los héroes: El ostracismo interior, es decir, el sufrimiento a solas y callado de las miserias, derrotas y desgracias intimas. ¿Quién es el que no sabe la profunda tristeza que ocasiona beber a solas un café, pasar las tardes sentado en la solitaria banca de un parque alejado, esperando y haciendo nada, y regresar muy entrada la noche al oscuro cuarto, a descansar solo en un camastro, teniendo como única compañía una radio? Emilio abrió la ventana de dos hojas del apartamento 41 y observó el cielo: El sol estaba por ocultarse, los últimos celajes eran del color del fuego robado a los dioses por Prometeo, o sea de un rojo indefinible. Luego bajó la mirada. Una pareja de enamorados aprovechaba la primera sombra proyectada por un amate para hacerse nudo sobre la grama. “La juventud nunca cambiará, siempre será la misma: es fuerza y es amor. Es eterna”, dijo y recordó que ya había dicho algo parecido antes. “Los que cambiamos somos nosotros”, agregó. Se sentó en su sillita de mimbre de dos brazos y se durmió. Algo gracioso soñaba porque de vez en cuando sonreía dejando ver sus encías solitarias. Prohibido Para Adultos (*) Yo sabía que entre nosotros y los adultos existía un muro, lo presentía y se hacía claramente visible cuando conversaban mis padres lejos de nuestro alcance. Pero qué más daba, ya que también nosotros teníamos nuestros propios secretos de almendras, confites y barriletes, y tarde o temprano venderíamos la niñez para comprar cosas que nunca serían realmente nuestras y entonces, nos volveríamos adultos. En casa del abuelo la cena había sido frugal para algunos y sobreabundante para otros. Los hombres que trabajaban como peones y arrieros hacía rato descansaban en sus barracas. Los cafetales eran un canto constante y monótono de un millón de grillos y cigarras. Mis primos y yo, no obstante las insistencias de los mayores, continuábamos desperdigados por la sala practicando diferentes juegos. Después de todo era viernes, los hombres habían comido gallina y bebido aguardiente trasegada, y sobre todo estaba el recurso muy difícil de esquivar: mañana será sábado y no habrá clases; y continuábamos allí, embebidos en nuestras riñas infantiles y reconciliaciones instantáneas. La última discusión había sido sobre quién montaría el domingo el potro manchado. La disputa era totalmente inútil puesto que el abuelo jamás dejaría tocar el semental. A la altura de esta riña estábamos, cuando de repente los ladridos de un perro tuvieron reacción en cadena a modo de concierto, unos pasos apurados, con duda y temerosos se sintieron cerca de la puerta; el abuelo tocó instintivamente el revólver que siempre cargaba al cinto y ordenó a Eduardo, su hermano postizo, que abriera la puerta. Cuando ésta se abrió, apareció una silueta que cubría todo el rectángulo dejado por la hoja al girar. Era el cuerpo de un hombre descomunal con aspecto de volcán. Mis primos y yo quedamos mudos ante la visión extraordinaria y fantasmal de aquel hombre totalmente negro. A sobresaltos y palabras entrecortadas, el intruso trató de explicar su presencia. Colocó sus manos en señal de súplica y miró fijamente al abuelo, con una mirada de angustia y derrota, buscando afanosamente algo humano en los humanos. Por fin se decidió a hablar y dijo: -¡Señores, protéjanme, por el amor de Dios, que viene siguiéndome la muerte! El abuelo le explicó lo imposible que era que alguien le dañara en la hacienda, incluso le indicó que no lograba explicarse cómo había conseguido él llegar hasta allí, habiendo tantos hombres y sabuesos rondando el lugar. -No te preocupes, nada te va a pasar aquí – dijo el abuelo. Pero el hombre continuaba diciendo que era la propia muerte la que lo venía persiguiendo. Lo expresaba con vehemencia, como clavado en una idea constante y con la monotonía del estribillo que llevan casi todas las canciones tropicales. Mi abuelo y Eduardo se miraron y llegaron a la conclusión que el negro no era más que un pobre loco inofensivo que padecía de alguna extraña ansiedad y que a esa hora de la noche era más trabajoso sacarlo de allí que permitirle quedarse a dormir. Armado de un petate y una escopeta, Eduardo se encaminó, acompañado por el negro, a un pequeño cuarto de cinc y madera. A la par de Eduardo, aquel hombre adquiría dimensiones colosales. -Aquí estarás seguro – Le dijo Eduardo, extendiendo el petate sobre un catre, a la suave luz de un quinqué. – Cerraré con candado - agregó. Minutos después apareció nuevamente Eduardo de entre la oscuridad, sonando con sus manos una multitud de llaves que ya no abrían ninguna puerta, pero que las conservaba como amuleto para espantar los nervios. Y era sábado. Durante la mañana, las tortillas calientes revueltas en la leche espumosa recién ordeñada, como desayuno y los juegos de escondelero y uno, dos, tres para todos mis amigos, entre los cafetales, hicieron olvidar la visita fantasmal de la noche anterior. Por la tarde, el abuelo recuperándose del abandono de la siesta, llamó a Eduardo. -Con tanto trajín, me había olvidado del negro, ¿ya se marchó, verdad? -¡Caramba! A mi también se me olvidó, aún debe estar allí porque cerré con candado – refirió Eduardo. Como por una orden telepática todos nos encaminamos al cuartito. El abuelo regañaba a Eduardo por ser tan descuidado. -¡Imagínate que se tratase de un criminal! – le decía -. ¿Y qué era lo que repetía con tanta insistencia anoche? -Una locura. Nada menos que lo venía persiguiendo la muerte. Eduardo hizo sonar las llaves buscando la del candado de la puerta del pequeño cuarto y todos posamos nuestra mirada en los cuatro ángulos de la hoja. La puerta crujió y sentimos recorrer en nuestras espaldas un inesperado escalofrío. Eduardo abrió de un puntapié la puerta y se echó hacia atrás. Entonces fue que comenzó a salir del cuarto, intempestivamente, una nube oscura de mariposas negras y polillas con alas hechas de ramitas de ciprés. Adentro, en el cuarto, ya no estaba el negro ni nadie, solo una bruma que desapareció poco a poco, dejándonos en la ropa olor a museo y pergamino. -No es nada – dijo el abuelo – Ese negro estaba loco. Seguro escapó durante la noche. De nuevo yo sentía formarse aquella barrera o muro entre ellos y nosotros, como una brecha insalvable. En Un Rincón Del Desván Diciembre me traía con sus vientos plomizos y explosiones – de cohetería, no de guerra – recodos de descanso y felicidad, principalmente porque atrás había dejado el negro pizarrón con sus ecuaciones ininteligibles como duras pesadillas, los frecuentes castigos por mi indigna aplicación y mi evidente torpeza delatada aún más por las preguntas incontestables hechas por la maestra ante los más burlones de mis compañeros de grado, quienes se solazaban a mi costa. Verdad era que cierta nostalgia subía de golpe a mi corazón al recordar los grandes ojos negros de la maestra, como los de una virgen mestiza por el trópico, desahuciándome con conmiseración, y la juergas infantiles entre recreos; las tardes sobre los montículos de tierra, encumbrando piscuchas de papel periódico con el socorro de los vientos indiscretos del décimo mes; y el día de poda de tumbas y carruseles de flores en los que se rompía el lúgubre silencio del cementerio y se suplía con alambre, estaño, pintura y recuerdos: el rejuvenecimiento anual de los difuntos. Mas ahora era diciembre, y yo, como siempre, lo miraba pasar con un hálito de tristeza, recostado entre cachivaches en un rincón del desván, último refugio de mis pensamientos y mis intenciones, presintiendo a solas que la vida ya no se reducía a un par de cosas como antes: un pan, una estrella, un camino; sino que había cambiado y era más compleja de lo imaginado: era mi vecina, una oculta voluntad, el último comentario de la semana, el rumor de guerra, mi ansiedad por crecer, por ser distinto de los demás, y entre más distinto, más similar. Sí, lo único que parecía no cambiar, ser atemporal, era aquel pequeño cuarto, donde la intuición me indicaba que algo yacía oculto, quizá transparente. Algo que me producía sobrecogimiento y confusión, pero a la vez curiosidad. Y era esta ultima la que me llevaba hasta allí todas las tardes de diciembre, con la voluntad insuficiente para atreverme a develar el misterio y romper de ese modo el hechizo, por temor a que se convirtiera aquella pequeña esquina del desván, en otro rincón cualquiera de la casa. Allí, en ese rincón, estaba todo lo que en mi vida había poseído: los zapatos de colegial, los cuadernos de primero con grandes garabatos, los cohetes y naves espaciales, la ratonera que yo mismo había construido para prensarme los dedos, mi pelota de fútbol, el viejo libro de poemas… En fin, todo lo digno de guardarse, es decir, todo lo que cupiera en ese rincón, estaba allí, devotamente desordenado; y eso me provocaba los más extraños pensamientos y recuerdos, y los deseos de volver a vivir algunos de mis actos que por temor o ignorancia no pude completar. Únicamente un rayo de sol cruzaba de través el cuarto y eso tornaba más mágico el desván, que transformaba el sol en polvo de estrella y a la humedad en interminable diamantes, mientras en aquel rincón, algo palpitaba vivo, con fuerza, como llamándome y reclamando mi presencia. Hice lo posible por incorporarme y descubrir de una vez por todas el misterio; mas no pude. Volví a intentarlo, pero otra vez fallé. Oí unos pasos presurosos subir la escalera y luego tocar a la puerta, con siete golpes musicales. “Esaú”, y se abrió el rectángulo. Yo volví la vista a aquel rincón y sentí que algo sobrehumano se alejaba por la hoja entreabierta. “Esaú”, repitió la voz. “¿Qué haces allí tirado?”, era Alma Aleyda. Sentí un escalofrío y el rubor me subió hasta las sienes al adivinar los grandes ojos negros de mi vecina, como los de una virgen mestiza por el trópico. El secreto quizá estaba develado. Era mi niñez, o tal vez, mi inocencia que ese diciembre para siempre se marchaba. …Sin Causa Allí estaba nuevamente esa sensación, ese sentimiento de vacío y soledad que siempre le embargaba. Hoy, por el olor a azufre transpirado por las losas calcáreas del hospital, la sensación era aún más profunda y penetrante; las tenazas de la fiebre lo apretaban fríamente y un sudor de perro le bajaba hasta los muslos. Y allí, otra vez, le agobiaban los mismos pensamientos confundidos con su lucidez y fantasía de poeta truncado y escritor hambruno: ¿Qué le habrá sucedido? Es posible que ya no sea la misma de ayer, y ahora se halle irreconocible. De seguro vagará sin un instante de sosiego y es posible que hasta pregunte por mí; pero, ¿cómo será preguntar sin boca, mirar sin ojos y sentir sin corazón? No, para ella no existo, jamás existí o nunca sintió mi existencia. Noche tras noche, en delirante fiebre, Carlos se había formulado esas mismas preguntas y todas las noches quedaban sin respuesta, cortadas por el alboroto de los gallos anunciando el amanecer. El reloj de la Catedral iba a dar las dos de la madrugada. La fiebre había acompañado a Carlos por dos semanas y con el frío que se colaba por las rendijas de la ventana y entraba por los poros de su piel, la tenaza de la fiebre apretaba aún más hasta roer los huesos, y una enredadera de sudor se confundía en el caldo de su cama. Las dos de la madrugada eran dos golpes de gong dados por un gigante tratando de arrancarle de cuajo los tímpanos. Carlos podía adivinar el revoloteo impreciso de las palomas y golondrinas confundidas en la noche por los golpes diapasónicos del reloj centenario. Una semana después de “aquello”, el doctor le dijo: -Es imposible que continúes viviendo con ella; tú sabes que hemos hecho todo lo posible para que se quedara contigo, pero hay cosas en la vida a las que hay que renunciar, y esta es una de ellas. ¡Renunciar! Esa palabra escondía un eco, y es que en ella estaba, como fantasma o sombra, empotrado el olvido. -Renunciar. Es fácil para usted decir eso – respondió Carlos – Pero para mí que llevo veintitrés años junto a ella, es difícil; preferiría morir a cambio que se quedara toda la vida o toda la muerte cerca de mí. ¡Renunciar! Y se miraba cuando pequeño, en aquellas canchas de fútbol; y en el estadio el clásico: Alianza – Águila. El quería pegarle a la pelota con todas sus fuerzas, pero cuando se acercaba a ella, ésta había crecido y era un globo que lo remontaba por el aire mostrándole la ciudad: el bullicio de los mercados, las tardes en los parques y la risa alborotada de las mujeres en los carnavales callejeros. Y luego, en el río pescando junto a su padre, los tirones del anzuelo y el pez llevándosela a ella hasta los confines del mar. Fue inevitable, los separaron. ¡Ah la distancia! Para qué existirá un mundo tan grande, un universo tan grande plagado de distancias. Deberíamos ser mucho más pequeños y caber en el electrón de un átomo. Y soñaba que se volvía pequeño: un microbio, el núcleo de la única célula del microbio, un electrón del átomo del microbio y por último algo más pequeño, sin nombre, sin tiempo, pero con vida y con ella. Sí, con ella y sin distancias: un idilio perfecto. Un día después de la separación, le sobrevino la fiebre y la angustia, aquel palpar del vacío dejado por ella en las sábanas de la cama. Y en ese momento era peor que un guerrero vencido: era un cobarde vencido sin pelea por un fantasma, por el fantasma del fantasma de ella. Repasaba en su memoria, lo mismo de las noches anteriores: estará sin tumba, o de tumba tendrá el mar y por ataúd un gran pez, como Jonás, pero para siempre. Luego iré yo, sin ella hasta la tumba y ésta me parecerá vacía y desde algún lejano lugar ella clamará por mí. Nos juntaremos en el polvo y contra el polvo o seremos dos llamas alumbrando una misma estrella. Al filo de las cuatro se durmió, la pesadilla había concluido, los almohadones y sábanas húmedos de sudor, como todas las noches, se volverían refrescantes, les crecerían manos y desenredarían la hiedra de la fiebre. El doctor llegó ese día por la tarde. Carlos lo veía desde su lecho con ojos fijos e inexpresivos, y sin inquietud alguna le preguntó: -Doctor, ¿no retoña, verdad? -No, Carlos. No retoña. Ese es nuestro gran problema. No retoñamos. El doctor hizo un examen auscultativo sobre lo que quedaba de la pierna de Carlos, y sonrió. -el peligro ha pasado – dijo, hablando impersonalmente – La maldita gangrena se ha ido – Luego miró a los ojos del enfermo y agregó: -Pero la vida, tu comprenderás, ya no será la misma. Tu lucha hasta aquí ha llegado. Carlos correspondió a la mirada del médico, pero no contestó. Se limitó a lanzar entre dientes una anatema de la que el galeno sólo alcanzó a escuchar: … ¡Y para fregar, sin causa! La Mujer De Enfrente Era irremediable: El olor a musgo, helechos y ruda le recordaba siempre el duro trance del olvido de su abuelo muerto hacía más de medio siglo en una guerra civil que pintó de escarlata los maizales y cafetales de occidente. Y fue ese mismo amargo olor a ausencia el que Julián sintió cuando de un puntapié abrió de par en par la puerta de la desvencijada casa de Helena Palacios, la viuda de Hernández, de quien se contaba que no había vuelto a salir de su hogar desde que le acaecieron aquellos extraños sucesos que le enlutaron por completo y para siempre la vida. Julián ese verano estaba frisando los treinta y dos años, y por los traspiés y tropezones dados en las enredaderas y algas del destino tenía más de dos lustros de estar sin trabajo y sin un oficio definido, era, dicho en pocas palabras: un vago. Pero un vago de hogar pues salvo ralas ocasiones, casi nunca salía de su vivienda. Estas circunstancias lo habían obligado a vivir una vida muy estrecha y a disponer de lo más preciado sólo para algunos en este mundo: de tiempo. Por carecer de oficio y tener suficiente de lo que las Parcas miden a los mortales, Julián se había dedicado a revolver y cocinar a fuego lento en la hornilla de sus sesos, la espina aguda de la frustración, y al muy conocido y viejo oficio de la humanidad: el de hurgar la vida ajena, y en especial a la de aquella viuda que por buenaventura del ocio vivía enfrente de su casa: De modo que era él y no otro quien se hallaba en condiciones insuperables para dar fé que Helena, la viuda de Hernández, tenía aproximadamente dos veranos y dos inviernos de no salir para nada de su hogar, que ninguna visita la frecuentara y que incluso el cartero y los agresivos vendedores y pertinaces e inoportunos cobradores se fueran de largo. Durante el día, la casa mostraba un aspecto fantasmal y de abandono, el cual era acentuado por la lúgubre sombra que proyectaba la fronda de una centenaria ceiba plantada en el traspatio; pero por la noche la morada cobraba vida propia, inundándose con las cascadas de luz arrojadas por potentes luminarias, y en su interior se escuchaba una voz dulce de vocalista francesa que entonaba canciones de cuna y arrullo. Cuando había luna, la silueta delineada por la frondosa ceiba era un monstruo, un Cerbero que guardaba bajo sus plateados y leñosos brazos, aquella casa. Fueron estos hechos los que inquietaron y desconcertaron a Julián, llevándolo a adoptar la temeraria decisión de irrumpir de modo sorpresivo en la casa de la viuda de Hernández, la mujer de enfrente; pues era prácticamente imposible e inconcebible que un ser de carne y hueso viviera de modo tan aislado y sin necesitar de nadie ni de nada, así como de que un finado penara de forma tan abierta y declarada sin ningún respeto para los mortales. Julián entró y observó que todo el interior de la vivienda era blanco, hasta los escasos muebles, otrora numerosos, que en un tiempo sirvieron para albergar las posaderas de hombres y mujeres pobres e influyentes, estaban pintados del mismo color de las azucenas. Hizo un recorrido visual, y constató que el calor de vida era ajeno a ese lugar y que lo único que se respiraba era el olor característico de la ruda y el ciprés. De pronto, de un cuarto contiguo se desprendió una voz aguda de mujer que con hilo de lamento decía: ¡Mi marido! ¡Devuélvanme a mi marido! ¡Se han equivocado! ¡El simplemente es un obrero y no se mete en nada! ¡Se los juro! Después, uno gritos de atropellada y el sonoro ruido de una metralla inundaba la habitación. Hubo un silencio y luego nuevamente la misma voz: ¡Mi hijo! ¿Han visto a mi hijo? ¡Fui a comprar allí, a la tienda y dejé a mi hijo aquí en esta cuna, y cuando regresé ya no estaba! ¡Unos hombres, sí, unos hombres abrieron la puerta y se llevaron a mi hijo! ¿Lo han visto? ¡Díganme! ¡Quiero a mi hijo! ¿Dónde está? Y se escuchaban los gritos y lamentos de una mujer dando a luz y reclamando a su cría. Era demasiado aquello para Julián: las piernas le pesaban como el plomo y las sienes estaban a punto de estallarle. Podía oír los latidos apresurados de su corazón y su sangre recorriendo con vértigo el cerebro. Buscó en la habitación de donde procedía la voz y los gritos, pero no halló nada, salvo una cama recorrida por un cobertor blanco y en uno de los ángulos del recinto, acurrucada, una mujer totalmente pálida y cadavérica que le extendía la huesuda mano y le mostraba el globo de un ojo salido de su órbita. Llevado más por el temor que por la curiosidad, Julián miró dentro de la pupila del ojo y observó aquella casa inundada de luz que miraba por las noches y en su interior veía a un niño de brazos mecido en una hamaca por una mujer que entonaba canciones de otro tiempo y a un hombre que la contemplaba desde una mecedora bajo la acogedora sombra de la centenaria ceiba. Yo, buscando donde vivir, pregunté a una señora de nombre Leonor Fonseca si estaba en alquiler la casa número treinta y ocho, y ella persignándose y con voz atragantada me respondió: ¡Ni Dios lo quiera joven! ¡Allí vivía Juliancito y el muchacho hace ya varios años que desapareció! Un Día Cualquiera Hacía frío, aunque ya estaba entrada la mañana, un viento y nubosidad del norte, que amenazaba con volverse temporal, helaba hasta el último vestigio de piel y entraba hasta el tuétano de los huesos, haciendo tiritar cuero y coyunturas. Los perros de la calle se refugiaban en las viejas galeras del mercado municipal y emitían con sus hocicos sonidos parecidos a los de un recién nacido. El policía municipal o choricero, como le conocíamos, apoyado en su fusil y acariciando lo torneado del garrote que pendía de su cinturón, esperaba ordenes. Sus ojos estaban atentos a cualquier movimiento sospechoso de los transeúntes y vendedoras que ofrecían con voces agudas y desencajadas, apenas entendibles, sus confituras, reposterías, verduras y carnes. Se vendía y ofrecía de todo. La venta de hot-dogs yacía asediada por escolares que compraban comida rápida al nomás salir de sus deberes colegiales. El cielo se volvía cada vez más gris y una capa frustrante y depresiva de nubosidad lo envolvía interminablemente sin dejar pasar la luz solar. El policía observaba mientras recordaba su pueblo natal, su triste, pobre y viejo pueblo cerca de la Pirraya, allá en el oriente. Los momentos de angustia y hambre pasados y su reclutamiento al servicio de la autoridad. Era necesario vivir. Y la guerra era la más cruel pero también la más fácil de las formas de sobrevivir en esta tierra de desempleo y miseria. Pensaba en su madre, encanecida, con los ojos anegados en lagrimas cuando lo vio partir, todavía un muchacho con sus miembros desarticulados por efecto del desarrollo y la pubertad, y el bozo apenas comenzando a florecer. Tenía años de no saber de su madre, y se la imaginaba triste, por apagarse como una pequeña llama de candil azotada por un fuerte huracán. Detenida frente al poyetón, midiendo con sus pequeñas manitas las pelotitas blancas de masa que después se volverían tortillas. La recordaba avejentada, temerosa y solitaria, con esa soledad de los viejos que intuyen con resignación la obligada muerte, sin haber visto pasar o detenerse por su camino eso llamado felicidad. Pariendo y pariendo hijos, hijos para la guerra, hijos sin paz. Muriendo destrozada por el ineludible destino imposible de torcer. “De todas maneras los hijos se van”, recordaba que había dicho en más de una ocasión. Pobre madre. A pesar de la lluvia amenazante, la gente seguía pasando y de vez en cuando se detenía a regatear el precio de alguna mercancía. Los canastos eran cubiertos con viejas sombrillas, plásticos y toldos improvisados. Las vendedoras protegían su única hacienda, su sustento diario. En un rincón apartado, ya casi llegando al Telégrafo, una pobre vieja cubría su cabeza con un pedazo de cartón, mientras ofrecía acurrucada, a cada quien que pasaba, su producto: pescado seco de oriente. La mujer levantaba de cuando en cuando su rostro para llamar con su voz queda al que pasaba. Pero nadie compraba. No era tiempo de pescado seco. Caía mal en invierno. La mujer se limpiaba la lluvia del rostro con su delantal. El Policía esperaba órdenes como siempre. Y estas llegaron junto con el comandante y el resto de la patrulla. Había que desalojar a aquellos vendedores de esos sitios ajenos al mercado. “Dan mal aspecto”, dijo el comandante. “Además lo que ofrecen es contrabando, no pagan impuesto”. Se les previno, pero, como era de esperar, no hicieron caso. El mercado ambulante pronto se transformó en caos y las mujeres y hombres se defendían y retrocedían ante las embestidas de los garrotes de la autoridad. Las confituras y las chucherías lo mismo que las aves de corral volaban por los aires y se desparramaban en la calzada. Se garroteaba a todo. Ni siquiera los perros sarnosos de las galeras se escapaban. El policía acompañaba al comandante. “Quitá a esta vieja de aquí”, dijo, refiriéndose a la mujer del pescado seco. La vieja levantó la vista, dejando ver sus canas y su rostro arrugado como una pasa. “Si, mi comandante”, respondió el policía. Y sus ojos se encontraron con la desesperanzadora mirada de la mujer que protegía su producto. El policía levantó su garrote amenazante, pero una idea perturbadora y pavorosa lo contuvo. Después de unos segundos balbuceó al comandante: -Mi comandante, esa mujer se parece a mi madre -¡Aquí todas estas viejas putas son madres! – Respondió el comandante-. La orden es echarlas fuera. -Le digo que ésta se parece a la mía. -No vengas con sentimentalismos maricones ¿Es o se parece a tu madre? También se parece a la mía. Ya escuchaste la orden… o preferís la bartolina por desacato… -Creo que solo se le parece, mi comandante. Y de un puntapié arrojó el canasto con el pescado seco de la vieja, quien solamente suspiró bajo la lluvia. “Vete pronto de aquí, mujer”, dijo el policía. La vieja lo observó y bajando la mirada murmuró para sí: “De todas maneras los hijos se van”. Y con mucho esfuerzo se levantó, recogió de nuevo el pescado y con su delantal se limpió el rostro. Y no se sabía si eran lágrimas o lluvia la que se secaba. Al día siguiente las vendedoras y el policía yacían en el mismo lugar. Y el alboroto de compra y venta también era el mismo al de ayer, solo que esta vez había sol y el sitio ocupado por la vieja del pescado seco estaba vacío. Conversación Con María Casi adivino su mirada al preguntarme: ¿A qué vas? Y yo le respondo: no sé, quizá a nada. De pronto sonríe y me vuelve a cuestionar ¿Irás de traje, de etiqueta, con el rostro planchadito como muerto? Muevo negativamente la cabeza y le digo: Sabes que eso ya hace tiempo que pasó, hoy se puede ir sport y hasta con aire de jugador de golf. Arremete con otra pregunta: ¿Cuándo será? Porque es necesario saberlo, tú sabes, los arreglos de siempre, los amigos que querrán despedirse y yo darte un beso, ¿verdad? Adopto un aire serio, muy serio, como el de las estatuas pensativas de los parques, le refiero: Tampoco sé. Eso sí, será pronto, estas cosas o se hacen luego o jamás se realizan, son algo así como los retorcijones, o se te pasan rápido o tienes que actuar pronto… Yo siempre quise tener una casa en el campo – me interrumpe ella, cambiando de tema como toda mujer – en la montaña, ¿me comprendes? Mirar los amaneceres y sentir la brisa cargada de olor a miel, que atraviesa la estancia; y por las tardes bajar al río y acostarme en esas grandes rocas chatas, finas, milenarias y dormirme escuchando el canto del agua cristalina. Pero no pude. Jamás pude. – Baja la cabeza – Me estremezco, algo camina por mi espalda y me hace cosquillas. Me incorporo dificultosamente y palpo con mi pie, el duro y frío piso, y miro la pared blanca, de hospital. ¿Tú nunca pensaste en una casa de campo? – prosigue ella -. Le indico que no, que siempre fui mero raro: Jamás pensaba en lo que no tenía. ¿Es importante acaso pensar en lo que no se posee? Ella ríe y me dice: Ese hormigueo que sientes son tus nervios, siempre sucede así…, conformista. Mira por la ventana y me cuenta: abajo hay uno niños jugando alrededor de un conacaste. ¡Que naturalidad más grande la de los niños! ¿Se puede cambiar un kilogramo de oro por la tranquilidad de un niño?.. Ese tipo de preguntas no me gustan – la interrumpo -, ya te lo he dicho otras veces: son pueriles. ¿Puede el hombre volver a ser niño? Si dices sí, prosigue; si dices no, entonces hablemos de otro tema más real. Miro el techo ¡Qué mal pintor, ¿qué es lo real?! Ese jamás llegará a pintar una basílica. Me interroga: ¿Crees que tu viaje sea la solución? Le respondo que no sé. El doctor me dijo que sí, que eso de la prótesis es seguro, pero yo le pregunté: ¿Puedo acaso dejar algo mío acá y llevarme solo lo que me conviene? El médico rió, por supuesto y me preguntó que de qué hablaba. De nada doctor - Le respondí - Es la fiebre. Ella vino a las diez, y ya van a ser las doce. Me pregunto si no se aburrirá. Creo que no, siempre trae un libro. Hoy lee Romeo y Julieta. ¿Por qué lees eso? – La interrogo – Me gusta – dice ella, sin levantar la mirada – Es un tema absurdo – le digo – infantiloide, cargado de retórica. ¡Viva la retórica! Pero el tema es del todo cursi, no por eso irreal. Siempre me gustó – comenta ella -, dándose por aludida – Cuando tuve quince, veinte e incluso hoy. A ti siempre te gustó la locura en el amor - le digo, provocándola – Yo a cambio, preferí los amores sobrios y tranquilos, sin pasión. Por eso has enflaquecido – se defiende ella – te has vuelto seco como las pasas. Callo. Quizá tenga razón. Ella vuelve a ensimismarse en su lectura. Sabes, yo siempre me he preguntado qué se sentirá cargar algo que no es tuyo – ella reinicia la conversación – Andar en tu cuerpo un material distinto a tu carne y huesos. Se ha de sentir un poco robot, ¿verdad? Dentro de pocos días te lo diré – le respondo. Y recuerdo el Popol Vuh: los hombres de maíz, ¿cómo fue? ¿Cómo pudo sucederte a ti? – Inquiere ella – Comienzo a fastidiarme. Quizá el calor. El caballo – le digo – se desvió del camino y yo lo dejé. De pronto un fogonazo, el trueno y el ruido del silencio vibrando en mis oídos, y esa estrella oscura. Eso es todo lo que recuerdo. Y luego, como aparición, me encuentro de repente aquí. Bueno – me dice, levantándose de la poltrona – creo que vendré mañana. Chao. Yo solo le muevo los dedos y mi silencio se lo dice todo. No quiero o quizá no puedo sonreír. Empeoro. Al día siguiente ella vuelve, trae un ramo de rosas rojas. ¿El señor Equizábal? – Pregunta a la enfermera – Partió ayer por la tarde – le responde esta – Dejó este papel para usted. Ella lee: Querida María: Yo también quise saber qué se siente cargar algo que no es tuyo, como tu casa de campo, ¿comprendes? Chao. Dentro mi féretro. Fuera: Los hombres de maíz. Lizandro El Cuto Lizandro el cuto era diestro con el machete. Este era como uno más de sus miembros. Con qué brío y gracia lo mecía de un extremo a otro, girándolo al ritmo de su muñeca. Era un espectáculo contemplarlo pelear con uno, dos y hasta ocho de sus enemigos a la vez o en vaca como decimos nosotros. Un espectáculo sangriento, era verdad. Sangriento y mortal, donde al final solo uno restaba vivo y ese siempre era Lizandro, quien tenía la salvaje costumbre de cortar con el machete el dedo meñique del oponente muerto. Al verlo hacer eso, yo solo podía recordar las corridas de toros, por aquello de la oreja. Eso sí, Lizandro aunque salvaje, era limpio. Advertía a su contrario, por momentos yo sentía que casi le suplicaba no pelear, arreglar de otro modo los asuntos porque aún era tiempo. Pero no, el adversario se crecía con los ruegos y con los brazos adicionales que sentía a su favor. Le parecía Lizandro presa fácil. Ya sé, y te lo voy a decir antes que me interrumpás. Lizandro era hombre difícil e impredecible. Se podía decir que en circunstancias no tenía razón propia ni constancia en sus actos. Cuántos no lo acusaban de ser informante u oreja, como se dice, en las peores horas de la guerra, cuando una sola palabra te podía haber significado la muerte. Pero aquello nunca se confirmó. Otros más lo tenían marcado de guerrillero solapado, porque era cierto y constaba en los archivos de la policía secreta, que había matado a ocho miembros de la Benemérita Guardia Nacional. Los había cortado con G-3 y todo. Y si el gobierno no se atrevió a hacer pública tal verdad solo fue por la vergüenza que representaba aquello para un cuerpo de reputación sanguinaria como lo era la Benemérita. Dicen que lo buscaron a sol y sombra, como se buscan los garrobos en Usulutan, pero Lizandro se les escondió en Guazapa, el cerro invicto, hasta que la efervescencia pasó. Vos podés decir lo que se te antoje, pero yo no podría hablar cosas malas del hombre que salvó mi vida, sin casi conocerme, excepto por dos o tres tragos de Muñeco y Chaparro que nos cruzamos juntos en la cantina del Transito. Y a veces creo y no dejo de creer en aquel dicho que Lizandro se repetía: hombre que bebe con vos, es tu amigo. Que no lo sabías, pues sábelo, el cuto salvo mi vida. Vos sabés que una vez empecé a estudiar derecho en la Universidad, mis visitas al pueblo fueron ralas. Se reducían a los descansos entre exámenes. Fue en uno de esos recesos de pueblo, una madrugada cuando todos dormían, excepto yo acostumbrado a los desvelos de exámenes y parrandas y porque me gustaba escuchar aquellas radios internacionales y clandestinas, incluyendo la Farabundo, con mi radito al oído, por temor a las paredes, que escuché pasos en el techo. Muchos pasos quebrándolo todo, buscándolo todo y encontrándome a mí debajo de la cama. Eran ocho de la Benemérita y me buscaban a mí, el subrayado en la lista negra que solían cargar, ¿te acuerdas? Creéme, se siente miedo. Sobre todo porque ese era el modo en que desaparecían a la gente. Sentí orinarme y mi voz se cortaba. “Culero” dijo uno de ellos entre la oscuridad. “Te vamos a hacer pedacitos”, y me arrastraron hacia afuera. Vos recordás que mi pueblo es bullicioso, pero esa noche ni siquiera los perros ladraban. Solo un viento frío cruzó rozándome y un golpe trasero empujándome hacia la cuneta: En ese instante se oyó la sorda voz de Lizandro el Cuto. “Déjenlo cabrones. Métanse con uno de su tamaño”. No se esperó respuesta. Se vió el brillar del filo de un machete, y yo reparé que era noche de luna. Los ocho intentaron sacar sus G-3, pero no hubo tiempo, los hombres no acertaron a apuntar ni lograron refugiarse de aquella arma que lo encontraba todo, que se metía en todo, sin el mínimo respeto a sus cuerpos uniformados para la muerte. Fueron ocho, yo los conté. Ocho de una sola vez, o en vaca como se dice. “Vete”, me dijo Lizandro, un poco sofocado. Y él también se fue. ¿Te asusta, verdad? Imagínate cómo habrá sido la pelea donde Lizandro perdió aquellos dos dedos meñiques y por lo que le decían El Cuto. Eso nunca me lo contó. Sí, ya sé que murió en la última ofensiva, pero qué esperabas, un machete contra un regimiento. Diana Quería Partir Después de un largo silencio interior, Rodolfo reflexionó para sí: ¡Dios mío, cuánta belleza encerraba ella! Y aquel retrato casual lo delataba sobremanera. Así ha de haber sido cuando joven, pensó. Y aunque conocía que la mayoría de las fotografías mienten con sus retoques estilísticos, aquel era un retrato de ocasión, sin ninguna finalidad exhibicionista. Y ella era bella. El retrato la mostraba en una playa sin tiempo, de arena blanca y aguas serenas, con su traje de baño de época, de esos que cubrían aún parte del muslo. Y su figura resaltaba sobre el paisaje de gaviotas, mar y cocoteros. Rodolfo la había conocido mucho tiempo después, cuando las penas y los años habían declarado su presencia sombría e inevitable sobre aquella figura de terciopelo. ¡Y Dios mío, aún era bella! Aunque ya la perseguían cierta ansiedad, inquietud e inestabilidad por los lugares y tiempos. En la oficina pasaba lamentándose de que otras épocas más pacíficas y soportables no volviesen y que hubiesen entrado estos tiempos de noticieros y desgracias. Y quería huir, buscar un lugar lejos, muy lejos de esta tierra, como si la tierra y no los hombres llevasen esa levadura de maldad inyectada entre sus venas. Con Rodolfo se miraban de continuo, pues Diana – así se llamaba ella – era su secretaria, pero solamente una vez por semana rompían la rutina diaria de informes y reportes; y se dedicaban a entretenerse con charlas de sobremesa. Después de la ofensiva le había comentado su intención de volar, de irse muy lejos. Hablaba de Australia, Canadá y Suiza. Y le enseñaba a Rodolfo postales que, amigos de otros tiempos, le enviaban mostrándole lugares y describiéndole en su reverso los paradisíacos sitios que visitaban y las nocturnas horas de revuelos y juegos que disputaban en esas apacibles tierras. Y su imaginación partía, partía, y luego caía tenebrosamente en el vacío seco del piso que sostenía sus talones como una figura antípoda a lo celestial. Fue en esa ocasión que suplicó a Rodolfo su ayuda para llenar solicitudes que organizaciones internacionales requerían para evaluar una posible inmigración y residencia. -¡Miente, miente! – Le decía -, a vos que te abunda la imaginación no te ha de costar. Decí que me persiguen, que la otra semana me matan o me secuestran. Decí algo que los convenza. Rodolfo se resistía, con argumentos frágiles, en lo cálido de la batalla, pero convincentes en cualquier tiempo. -Esto tiene que pasar – decía Rodolfo – Y vos, por mucho que no lo creas serás necesaria. Aquí sos necesaria. ¿Qué es una espina sin su rosa? ¿Qué es la tierra sin un hombre? ¿Qué es la idea sin un pan? Todo después será necesario Diana sonreía. -Además tenés un empleo – continuaba Rodolfo -, una familia, ¿Qué te preocupa?¨… Varias semanas después le contó que había visitado al médico y que era necesaria una intervención quirúrgica, que Diana llamó leve. “Están tan acostumbrados a practicarla – dijo - que de eso nadie se muere”. Y tenía razón. “Solo me recupero y después me voy, para donde sea, pero me voy…” Rodolfo únicamente la miraba con sus ojos inquietos y su media sonrisa de pequeño dios. Diana murió. La operación fue un éxito, pero el despertar de la anestesia no. Un arranque de nervios hizo que desatara los hilos, rompiera las fibras y vaciara los sueros, de manera que fue yéndose en un charco de plasma y sangre, que terminó en un paro irremediable del cual ya no volvió. Es difícil – dijo el médico a Rodolfo – explicar este caso. Casi nunca alguien reacciona así a la anestesia, es como si en ella de pronto su inconsciente renunciara a la oportunidad de vivir. Algo así como un suicidio inexplicable… Es que nuestra naturaleza es complicada. Ella después de todo quizá deseaba en el fondo de su corazón partir… Rodolfo continuó mirando el retrato de la pared y ¡Dios mío, que bella estaba! Aunque ahora yaciera inmóvil y de blanco, y nunca jamás la volviese a ver. Y de pronto, pensó en Canadá, Australia, en otro país y en quién le llevaría el café hasta su escritorio la semana entrante. La Muerte Era Un Arlequín Esta historia casi se me obliga a contarla. Digo se me obliga porque si por mi fuera no la contaría jamás; pero no del todo se me obliga, porque hay algo muy dentro de mi, en mis entrañas, que pide a gritos, y no sé porqué, que la vomite. De allí el casi. A Enrique lo conocí en el bar El C…No fue ninguna coincidencia o azar; digamos, para no abundar, que fue el destino. El bar se hallaba efervescente. El licor y la cerveza corría por todos lados, y no había sitio disponible para un borracho más, salvo en la mesa donde yacía abandonado Enrique, contemplando a solas su vaso de cerveza y fumando un cigarrillo barato. Al principio tuve cierta aprensión ante aquel sujeto que parecía solo aun rodeado de tanta muchedumbre. Pero estaba muy entrada la noche y buscar un sitio en otro bar en día viernes, era tiempo perdido. Por otra parte, yo simplemente quería beber una cerveza más. Me senté frente a él, y al notar mi presencia, como regresando de muy lejos, levantó la vista para mirarme en silencio. Lo esquivé, pero aún así pude sentir sus ojos oscuros y profundos, inquisidores y fríos. No tuve el valor de enfrentarlos. En el pequeño estrado que hacía de escenario, cantaba música popular, en un pésimo ingles, un conjunto. “Cantan mal”, me dijo, y yo le respondí que sí, porque tenía razón: los instrumentos ahogaban al solista. Luego se rió, y noté que su rostro era franco y cínico a la vez. ¡Vaya contradicción! En uno de los costados dos mujeres semidesnudas, de tez muy blanca, bailaban al ritmo de la música cadenciosa. Una luz roja, intermitente, fue encendida en derredor, imprimiéndoles un toque fotográfico a las imágenes. “En un principio me costó acostumbrarme a esto”, le referí yo señalándole a las mujeres, “pero después me fue fácil”. El se rió cínicamente y me dijo con franqueza: “A mi también. Pero es lógico, al principio uno en lo que menos piensa es en la procreación, mas después comprende que, a pesar de todo, hay algo mas superficial y vano, pero que arrastra los sentidos”. Es verdad, dije. Y me pareció muy acertada la observación. “No se crea – continuó con el mismo aire frío – todo es igual. Y en todo hay cosquillas, quiero decir algo cómico, incluso en la muerte… Las mujeres también son iguales; sino, ¿por qué cree que a la libertad se la imaginan mujer?…” Yo le referí que no compartía su modo de pensar, pero el prosiguió: “Da igual, de todos modos yo también tengo una amante… ¿Quiere conocerla? Es muy atractiva. Hoy vendrá a mi cuarto”. El siguiente día, es decir, el sábado, yo no tenía nada qué hacer, y aunque me pareció muy intempestiva la invitación, dije sí. Y lo acompañé. Al llegar al cuarto, ya estaba ella allí dentro: “Tiene llave”, me dijo. Era un cuarto pequeño y frío, con mucho desorden en su interior, y libros regados por todas partes. Después de presentármela, le confirmé al oído sus palabras: Ella era bella y atractiva. Y continuamos bebiendo hasta perder los sentidos. La mujer nos hacía compañía desde la cama. Cuando desperté, me encontré de frente al espectáculo: ella fría y estática, sosteniendo un arma entre sus manos, y el tirado sobre el piso en un reguero de sangre y con aire cómico, pero macabro a la vez. “Me lo pidió por todo el amor que le tenía – dijo ella -, y no podía defraudarlo, porque nada me lo había pedido de esa forma; además me dijo que la muerte era…un arlequín, y que le hubiera gustado que usted fuese su testigo…” Pero aquello ya no pude escucharlo muy bien porque otro estampido de arma y la sirena de la policía me lo impidieron… Eso es todo, señores de esta sala, y les suplico que no me hagan preguntas, incluso las ordinarias, ni la defensa ni el fiscal, sería simplemente redundar; porque en definitiva no se puede hablar de lo que no se sabe…Quizá la muerte para él, después de todo, era un arlequín, y yo, un mal testigo… Ella Era Como El Mar La última vez que la miró, ella llevaba un vestido color amarillo vivo, como la flor del cortés en el verano, con amplio revuelo, de esos que la moda ha dejado atrás. Estaba con su cuerpo totalmente apoyado sobre la balaustrada del muelle de Acajutla, contemplando con fascinación los barcos que se despedían con un bramido triste en el horizonte, y escuchando el crujir de las amarras y el rechinar de las cadenas que se mecía sobre el hierro fundido, corroído por la sal y la humedad. Santiago nunca había podido comprender por qué ella observaba el mar de aquel modo inusual, hasta que ese día Zorayda se lo dijo, abriendo sus ojos inteligentemente tristes, grandes y oscuros como las aceitunas. - Soy boliviana – dijo, con la mirada perdida, y sus tristes ojos se humedecieron – A mi tierra no la baña el mar y yo jamás he estado tan cerca de él… Soy Boliviana – repitió, ese era su modo de hablar -, y me crié en una provincia muy alejada de la capital, en una tierra de sombreros y llamas, de niños refajados. - ¿Qué haces tan lejos de tu patria? - interrogó Santiago. - El periodismo me ha traído hasta acá, y gracias a él hoy conozco este monstruo. En ese momento un bumerán oscuro de gaviotas se dibujo en el cielo para luego descomponerse, con un grito triste, buscando peces -Porque eso es el mar – continuo ella – un monstruo que te atrae, como atrae al hombre la guerra. Si te metes con él, es como un juego que tú sabes que tarde o temprano has de perder, porque no se puede pelear contra un monstruo y salir ileso. - Luego que se ha visto el mar, es difícil olvidarlo – dijo Santiago, buscándole un sorbo romántico a la seudo-filosofal platica. - ¡Correcto! – Afirmó ella - ¡Cómo olvidar sus bramidos, esa sensación agradable que lame muy de cerca tus pies! Y su espuma blanca y el negro chocar contra los arrecifes. - En noches de luna, es más bello – indicó Santiago, insinuándole las veladas y juergas de guitarra y cerveza que acostumbraba pasar en el puerto. Pero ella no se dio por aludida e intempestivamente, dijo: - ¡Estoy enamorada! Sí, de este mar que es como la esperanza, siempre allí, ante tus ojos, más imposible de alcanzar… Pero mañana me voy. -¿A dónde? – Interrogó Santiago, tratando de utilizar el menor número de palabras, convencido que, en el amor, aquella era una guerra perdida. - Para la montaña – respondió ella – Soy periodista, ya te lo he dicho, y me toca a mí cubrir la guerra… Es irónico, es como decir: cubrir el mar, pero lo intentaré. Cada vez que escuche el bramido de las bombas y el tableteo de una metralla, me acordaré de este mar, que encierra la vida y la muerte y que, sin embargo, parece convivir indiferente… Después de aquella conversación, Santiago jamás volvió a ver a Zorayda; pero siempre que va al puerto y mira el mar, o escucha el bramido oscuro y sordo de la guerra, se acuerda de ella. Zorayda era como el mar. Era Una Sirena Había tormenta. El muelle, el viejo muelle, crujía llorosamente ante las embestidas del huracán que amenazaba con llevarle los últimos restos de los antiguos hierros carcomidos por el tiempo, la sal y la humedad del trópico, sin que existiera una mano salvadora que lo rescatara en su vejez, después de haber prestado maravillosos e inimaginables servicios. Tarde había comprendido que, de la indiferencia y desprecio humano hacia lo viejo, no se escapan ni siquiera las cosas. Desde la orilla azotada por los vientos, los pescadores, los pequeños marineritos, que todos los días se adentraban en su madre mar, a conseguir el sustento, veían con pasmosidad la tormenta, e imploraban al Altísimo que no arrasara con aquel delgado pero firme sostén que los mantenía a flote ante las más adversas contrariedades del mar de la realidad y del hambre nuestra de cada día. Pero la terrible tempestad parecía no escuchar las suplicas, y se enrosquillaba como perro negro sobre la mar, de modo que daba pavor mirar las olas, como puertas abiertas a inmensos túneles que conducían a otra dimensión. Los marineros temblaban ante cada retumbo y desgarramiento celestial, que hacían aparecer de pronto, surgidos de la oscuridad, como fantasmas, sus rostros pálidos y mojados. Los pescadores desmayaban, no por la falta de costumbre ante aquellos acontecimientos propios del oficio, sino por la falta de uno de sus compañeros más jóvenes, que desde temprano en la mañana había salido a pescar mar adentro y aún no regresaba. María y yo habíamos decidido, no obstante ser invierno y anunciarse tempestad, pasar aquella semana de vacaciones en la playa. Yo me resistí al principio, pero luego cedí ante la persistencia y aventurera imaginación de María. Nos alojamos, imitando a los muchachos exploradores, en una pequeña tienda de campaña, armada por nosotros mismos muy cerca de la playa. Y durante el día que precedió a la tormenta, habíamos pescado con anzuelo y almorzado mariscos con cerveza, cerca del viejo muelle de la Libertad. Todo parecía normal hasta que caída la tarde unas espesas y oscuras nubes amenazaron el horizonte, y un viento sorpresivo y arrebatador nos dejó sin albergue. El cielo se ennegreció por completo y gruesas gotas comenzaron a sacudir nuestros lomos jóvenes y desnudos. Desesperadamente corrimos tras las pocas pertenencias que aún nos quedaban, y nos recogimos bajo un viejo galerón, donde uno a uno fueron llegando después los pescadores con rostros desconsolados. Desde allí mirábamos, María y yo, la tempestad y la turbación de los hombres. “Se lo dijimos a Mauricio, el viento y las nubes lo anunciaban. Pero no, él quería una sirena” “¡Soñador, sirenas en estos lados! ¡Es fácil soñar despierto!”. A la luz de los relámpagos, entre el silencio intermitente de cada trueno y retumbo, oímos, como quien trata de escuchar en un caracol, que alguien desde el muelle gritaba con todas sus fuerzas: “¡Ayúdenme, ayúdenme!” Era Mauricio. Todos al unísono, nos abalanzamos con gran riesgo, hasta el muelle roto, y uniendo esfuerzos, rescatamos a Mauricio quien traía atado a su barcaza semi-destruida un enorme pez, con buena parte del torso y cola intactos, pero con la cabeza totalmente destrozada. “¡Era una sirena!” nos decía rebozando de alegría y superando la fatiga. ¿Han comprendido? ¡Una sirena! “Sí, chico. Una sirena”, le respondía uno de los más viejos, dándole un abrazo y unas palmadas en el hombro. Y los demás reíamos. María fue la única que creyó, quizá por lo persistente y soñadora que ella también era, aunque el torso y la cola del gran pez eran los de una sirena. El Dragón Rojo (*) Julio y Carlos, por exigencias estomacales, se habían mudado a otra ciudad. A un pueblo rodeado de mar y rieles. Fueron contratados para trabajar por un año con la principal empresa pesquera, que había decidido ampliar sus operaciones en la zona. Llegaron hasta allí, dejando atrás familias y amigos. Ambos se ayudaron mutuamente, con su reciproca compañía, a combatir la soledad y a soportar la separación del hogar. Y es que ellos eran de aquellas personas cuya entrega y positivismo ante las más adversas condiciones, reconciliaban con la vida. Todos sus actos estaban acompañados de sonrisas de primera intención y palabras de encomio. Los trabajos en la empresa se prolongaron por más tiempo del previsto, y las cartas enviadas por sus familiares y las que ellos enviaban para curar la nostalgia, disminuían en proporción inversa a las visitas que hacían a un lugar nuevo para ambos, un bar del pueblo conocido como “El Dragón Rojo”, nombre de curiosa estirpe oriental para estas latitudes morenas y de vegetación tropical. Fue en este lugar donde ellos encontraron otra facilidad más para perder muy a su gusto el tiempo. El vino y la cerveza, acompañados de las continuas francachelas, se encargaron de llevarles, casi por inercia, nuevos amigos que tenían solo en común una misma historia de lágrimas, maletas y olvido. Entre convite y convite, alzando el tarro y gritando “¡Salud!, las noches en el Dragón Rojo se marchaban rápidamente, después de la primera cerveza, en risas, humo, y léperas agudezas; entonces llegaba el “nos veremos” amistoso y los cálidos abrazos con olor a vinagre y sal. “Siempre lo recordaremos”, me dijeron a mi, ambos. También iba al bar del pueblo un extraño personaje, un hombre, que a juzgar por la apariencia, no llegaba a los cincuenta, de baja estatura y pronunciada calvicie. Vestía usualmente una vieja chaqueta desteñida, y tanto sus maneras como todo su ser, revelaban un extraño refinamiento espiritual, propio de las almas elevadas. Acostumbraba beber dos o tres cervezas de modo cadencioso, mirar las gotas de agua que se licuaban en el exterior del tarro de porcelana y luego marcharse gesticulando un adiós y alzando su mano en señal de despedida, con toda la elegancia de un obispo del vicio y del abandono. Una de esas tantas noches, para variar húmeda y fría, el hombre del silencio hablado – los de la taberna así le habían dado en llamar al extraño personaje – apuraba con una frecuencia desacostumbrada los vasos de cerveza. Al cabo de siete canciones de música salsa y agónicas rancheras, el hombre se incorporó con dificultad, caminó atropellando mesas y llegó hasta donde se hallaban los jóvenes. El nunca había conversado con nadie en el bar, ni siquiera con el cantinero, quien tenía fama de haber escuchado confesiones más sinceras que las oídas por el cura del pueblo. Era cierto, a ese sujeto jamás se le había escuchado decir algo, sin embargo aquella noche, su rostro y su mirada parecían estallar en palabras. Y así fue. Comenzó a hablar sin importarle rostros u oídos. Absorto en su propia interioridad, el río de su vida se desbordaba en un torrente de palabras. Contó de una carrera brillante que fue truncada porque la cigüeña no supo de geografía, ni respetó leyes demográficas; habló de sus innumerables fracasos e infortunios que más bien parecían argumentos para doloridos tangos; en el clímax de su desesperación, dijo: “Ustedes, señores, no saben qué es realmente que un hombre ya no tenga a donde ir, que le estén cerradas las puertas de los suyos y de los ajenos. Es como si la vida se le cortara en mil abismos y sólo se dejaran retazos sostenidos en las débiles franjas de la memoria… Sí señores, yo que de joven quise entregarlo todo, que perdí la juventud sin saber cómo; la inocencia sin saber cuándo; y las ilusiones y esperanzas sin saber dónde; y que pensé no poder perder más, hoy este sin regreso, el ostracismo, se lleva mi existencia y no lo puedo liquidar ni siquiera en este Dragón Rojo…” Después de aquello, Julio y Carlos lo miraron partir, tarareando un viejo bolero y caminando imprecisamente sobre aquellas piedras prehistóricas que, a fuerza de tanto besar el vientre sin sexo de la tierra, conocían de cuentos antiquísimos y remotos, habían olido la sal de los mares más turbios y distantes y sabían de alegrías y derrotas prehispánicas. Max, El Teósofo -¿Qué lees, Max? – preguntó la mujer sentada a lo bartola sobre la ancha y esponjosa cama, recorrida por un cobertor blanco, muy blanco como la nieve. -¡Un libro muy interesante! – dijo Max -. Es toda una novedad. Y saber que me lo había estado perdiendo desde hace tantos años. -A vos siempre se te ocurre algo particular. Después de hacerme el amor dictas decretos. Parece que en vez de hijos parimos leyes para el pueblo… Y hoy es fin de año, afuera se oye el sonar de los tambores y el retumbar de los morteros, y toda tu tropa se dedica a parrandear y celebrar; más vos te empeñas, como para llevarle la contraria a la tradición, en leer libros…!Buen macho me he conseguido yo! ¡Soy tu amante, tu querida! Nos amamos con ardorosa pasión y, sin embargo, este día me ignoras. ¡Hoy que tenemos que celebrar a nuestro modo en esta cama! -¡Calla! ¡No blasfemes! – Interrumpió Max – Soy tu amante, es cierto, pero este libro es estupendo. ¿Ves? ¡Viene de los griegos! ¡Todos nosotros estamos iluminados por una divinidad! ¡Dios nos creó para gobernar!… Te leeré un párrafo: “Vosotros los llamados. Vosotros los escogidos por la divinidad para gobernar a los simples mortales, debéis actuar con toda la potestad que os ha sido entregada. Debéis gobernar fríamente, con la energía suficiente para glorificar a los dioses. Vosotros debéis comprender que matar a un hombre no es pecado y matar a mil es toda una gloria, porque el hombre renace, revive, transmuta… Mas no atentéis contra las bestias, ni mucho menos contra las indefensas hormigas, porque si las matáis, ¿qué alma les quedará?… ¡Es día y hora que entendáis que es voluntad de grandes gobernar, quienes gobiernan gozan de inmortalidad! ¡Traed a cuentas, subyugad a los simples mortales que no conocen el bien ni el mal! ¡Pobres almas! Si os oponen, flageladlos, reprimidlos con vara de hierro y fuego hasta que obedezcan, y entonces comprenderán cuanto os necesitan para vivir… -Este libro, – continuó Max, con euforia- es lo más bello, lo más sublime que he leído. Habla sobre nosotros, los caudillos de hoy y de mañana. -Profundo libro ha de ser para que vos distraigas tu atención leyéndolo en este fin de año. Deberían incorporarlo a la biblioteca de la Universidad. -Bah! –Replicó Max – ¡Allí solo llevan mierda! ¡Por eso detesto la universidad! Nunca fui y nunca iré sino para sacar a esos comunistas. Todo lo que soy me lo he hecho yo solito. Yo no necesito estudios de esa clase. ¿Quién enseña a un dios? -¡Ah, mi dios, ven a acostarte! La mujer extendió sus brazos desnudos, blancos como el mismo mármol y sacudiendo su cabello como manojo de trigo, cambió de posición. Su carne era rosada. Max se incorporó y comenzó a desprenderse de su uniforme. Sendos galones, muchas medallas, sin fin de condecoraciones: una por cada muerto, le impedían lanzarse abruptamente sobre la mujer sin hacerle daño. -El que está por venir será mi mejor año – dijo Max-. Vos no sabés lo que esto significa para mi – indicó Max, mostrando su uniforme-. Es mi honor, lo es todo. La casa donde la pareja se encontraba era blanca, como pintada con cal a modo de sepulcro. De estilo colonial, con grandes balcones de metal pintado, ventanales vítreos y madera empotrada. Colgando del cielo, enormes arañas de cristal cortado servían de luminarias. Desde las ventanas, con las cortinas de terciopelo rojo recogidas, se podía apreciar el Sin-variar San Salvador. -¡Es extraño! –Dijo de pronto Max- Hay veces en que uno sabe que algo es, más no sabe qué hasta que alguien se lo dice o lo lee en algún libro… Yo siempre he sido lo que este libro dice que soy. ¿Ves? Quizá es sencillo. - Para mí no es extraño – replicó la mujer – Después de tanto ir y venir, ya se lo que soy. Ustedes me lo han dicho. - ¡Entonces comprendes! La vida misma cambia cuando sabes quien sos…Yo soy un dios. - ¡Por Dios, Max! ¡Te estas volviendo loco! - ¡Nada de eso! El poder solo es para nosotros, y una luz y este libro me lo han revelado todo. -¡Ven, acuéstate mi dios! Que esta noche se termina el año y yo solo aspiro a tu lado mortal. - ¡Mujeres, simples mujeres! Cuándo entenderán a los hombres como nosotros. Desde que nacemos, nacemos especiales. El destino nos mide y nos guía, nos abre el camino por donde pasar y pasamos, aun sobre los demás. - ¡Mi Dios! – Dijo la mujer, ya exasperada – Esta noche es interminable, hemos comido, bailado, bebido a más no poder y ya borrachos, ¿qué nos falta? Vos sabés en exceso y, sin embargo, te ponés como político a hablar… Para ya eso y estrenemos el año. La lujosa mansión se desvaneció poco a poco en la oscuridad. Afuera San Salvador era una fiesta, una fiesta de pobres. San Salvador interminable se iba en luces, humo y pareceres. Más aun de noche había dos San Salvador. Uno que reía con sus salmos de prosperidad y alegría, entre el vino y la champaña; mientras que el otro, el sin-variar San Salvador guardaba una mueca de pobre y entre las luces de bengala, tramaba, buscando dentro de la noche la solución a su hambre, la salida a su mal. ¡Pan, pan, pan! Gritaban con sus voces estertóreas los cohetes, pero San Salvador estaba sin pan. Y aun las luces mortecinas lo denunciaban. Después de colocar el libro revelador sobre la mesa de noche y hacerle el amor a la mujer, Max se durmió. Tendido informe sobre la cama, soñaba ser el rey, el dios de un país de ensueño, con enormes mansiones palaciegas y millones de esclavos. Y el gritaba: ¡Soy un dios! Y los esclavos respondían: ¡Eres un dios! Y trabajaban mientras sus huesos moldeaban la piel. Era un pueblo feliz: trabajador y obediente, regando la tierra con su sudor, mientras los dioses continuaban naciendo para gobernar. Y entre ellos departían, reían y gozaban, y sus hijos eran rubios y rosados, con autos polarizados. ¡Catorce dioses! ¡Millones de pobres! Y con ellos se jugaba. Así debía de ser. Los pobres siempre renacen o resucitan, y por lo mismo a los dioses les esta permitido matarlos. Así pasó toda la noche Max: soñando. Y su amante se recogía al lado de él, entre las sábanas blancas, buscando a tientas aquel calor propio de la carne. Alguien interrumpió el bello sueño de Max. Tocaban fuertemente la oscura puerta de caoba curada. Desamodorrándose y maldiciendo la madrugada, cansado de aquel ruido impertinente, Max despertó. - ¡Mi general, mi general! – gritaba la voz, jadeando-. ¡Despierte, mi general! -¿Que sucede? – preguntó el General. - Mi General, hay rumores que el levantamiento comenzó. Max se incorporó, abrió la puerta, y el otro sujeto se cuadró ante el superior. -Mil perdones, mi General, pero creí un deber despertarlo. Hay rumores que en occidente el levantamiento empezó. Dicen que pronto vendrán para acá. - ¿Y para eso interrumpís mi sueño? – dijo Max, enfadado -. ¿Acaso no sabés lo que hay que hacer? ¿De nada han servido todas mis enseñanzas? - Perdóneme, sí sabíamos, pero no queríamos hacerlo sin comunicarle de antemano… Dicen que Farabundo, Luna y Zapata, y entre los indígenas un tal Feliciano, son los que se han atrevido a desafiarlo. - ¡Ah, pendejos! ¡Hijos de la gran puta! ¡Si tan solo fueran hormigas, con gusto les perdonaría la vida, pero ustedes saben lo que son…Comunistas! ¡Deben proceder! - Mi general, son más de treinta mil. - ¡Millón que fueran! A nosotros nadie ni nada nos intimida. Max recobró la calma, y con toda tranquilidad dijo al oficial: -¡Proceda, proceda! A mediodía llegaré. El oficial se retiró, Max cerró la puerta y después de contemplar el iluminado libro que yacía inocente sobre la mesa de noche, deletreando con la mirada, las doradas letras de su cubierta: “Libro Del Buen Teósofo”, se volvió a acostar y susurraba: “ Tacho, Tacho, gran regalo el de ese Tacho.” La mujer lo buscaba a ciegas, olfateando desde la madrugada, el característico olor de la carne humana. Max se durmió. Y como siempre volvió a soñar: El era un dios… Muerte De Nelson Iván La hierba del parque aun húmeda por la lluvia torrencial de la madrugada. Sentada sobre las barandas y en las bancas de concreto, la gente esperaba el autobús. La figura ferrosa del hombre del Sur goteaba lluvia y caca de las palomas descansando sobre la alta ceiba, y su sable fuera de la vaina, apuntaba hacia el muro de piedra, y a su costado, al otro lado de la calle, las mujeres de los burdeles descascarados con las mil manos de pintura una sobre otra y sobre otra, sacaban sus nicas y lanzaban a la calle los orines, rezagos inconvenientes de los amores pagados de la noche anterior. Mas allá los bares, los hombres limpiando con agua los vómitos de las aceras y recogiendo la basura y los cristales rotos en las trifulcas nocturnas por mujeres o por juego. El cielo arriba azul profundo, a la espera del vapor oreado, lamido por el sol. Abajo los estudiantes con sus libros bajo el brazo, con sus uniformes de colores sólidos, blancos, oscuros y plisados; jugando en las bancas del parque o besándose tempranamente, sin aun lavarse el primer aliento de la mañana, en el quiosco o apoyados en el Libertador. La risa suelta y loca contrastaba con la seriedad de las corbatas de los oficinistas que apuraban el paso al consultar su reloj; o se detenían para un lustre en los zapatos o una menta para el la boca. Vos caminabas así, mirando abajo, a las hormigas, queriéndote esconder sin deber nada, ser fantasma transparente en la luz, porque intuías la presencia de las bestias escondidas que abrían secretamente las ventanas oscuras para mirarte pasar, para medirte el camino transitado y las horas, sin ningún odio, nada personal solo el encargo, el pago de sangre, sin siquiera una pizca de rencor por alguna deuda no liquidada, sino solo tu causa, la causa justa que es de todos aun de las bestias que con mil ojos te asediaban ocultas desde sus cuevas de hule y metal, de cristales, polarizando el día. Ibas a tu empleo en la oficina. Cruzabas el parque con un libro en la mano. Los colegiales reían a tu paso. Porque vos pensaste que eran colegiales, porque llevaban uniformes y reían como tales. Te miraron pasar indiferentes. Y vos alzaste tarde la mirada, porque sus botas no eran botas de colegiales. Las palomas se desperdigaban como granos de arroz en una boda, como confite en un carnaval, como pañuelos blancos sobre la arena y sobre la sangre. Y vos quedaste solo en el parque. Solo con el hombre del Sur a tu costado. Tu sangre corría, se iba en un hilito por la sangradera, sin haber ni siquiera un huacalito de morro para que alguien la recogiera. Las ventanas se cerraban y los oficinistas apresuraban aun mas el paso al otro lado de la carretera. Nadie se detuvo. Nadie gimió o lloró por vos. Eras uno más, marcada tu frente con una idea. Eras solo vos y el parque. Y los pasos presurosos de los asesinos con manos tatuadas de fosforescente culpa. El periódico de la tarde imprimía la noticia. Traía tu fotografía. Mis manos nerviosas restregaban a mis ojos incrédulos. Era tu nombre, eras vos que te ibas con el día, día cualquiera, que dejabas para siempre marcada esta tierra, que nos dejabas deshaciéndonos en pedacitos, en terrones duros de un mineral desconocido hecho de grito y de dolor, cristal molido, rasgándonos despacio el alma viva, mordiéndonos una herida abierta por siempre, por siempre… Nota: A la memoria de Nelson Iván Velado. El Dilema De Odiseo A mediados del año 1932 y principios de 1933, en plena extirpación del levantamiento indígena por parte del dictador Martínez, el arqueólogo e historiador Walter Anderson, realizó varias excavaciones en las regiones de Tacuba, Juayua e Izalco, con el propósito de localizar un papiro muy antiguo al que hacía referencia ciertos escritos griegos de muchos siglos antes de Cristo. El documento fue hallado finalmente por el historiador en el asentamiento de los Izalcos, muy cerca de la tumba donde posiblemente reposaban los restos de un natural de nombre Feliciano Ama, principal dirigente del levantamiento, quien murió luchando por su libertad. Estaba escrito en su totalidad en un lenguaje que bien podría haber sido griego, pero que más bien coincidía con el Nahuat. Con el fin de conocer su antigüedad, el papiro fue sometido a la prueba de carbono catorce, pero fue inútil, el procedimiento reveló que el documento era atemporal, lo que significaba que estaba fuera de la corriente lineal – por ahora - del tiempo. A continuación reproducimos íntegramente el contenido del papiro, señalando entre paréntesis con la palabra ilegible u otra acorde, todas aquellas partes del manuscrito cuyo significado, más por efecto del descuido que de la vejez, no pudo ser conocido y los jeroglíficos estuvieron lejos de toda traducción. “Cuando la nave zozobró en medio de la bestial tormenta nocturna y sus hombres cayeron, muy cerca de los arrecifes, él sintió por primera vez unos extraños deseos de morir, de hacer a un lado la existencia y decir adiós para siempre a las voluptuosas mujeres y a las cansadas empresas, a los traidores coterráneos que a espaldas suyas seducían inútilmente a su fiel mujer, a la paciente y bella Penélope que encontraba en la blanca lana y el suave lino entretenimiento y engaño para los insistentes y voraces pretendientes que día con día mermaban la hacienda del joven Telémaco. Sí, pensó que la vida se estaba volviendo muy pesada para sus fuerzas y que era mejor aceptar la tranquila muerte en las profundidades del tenebroso Hades, a soportar a aquellos caprichosos e impredecibles dioses que utilizaban todo su ingenio y ociosidad en tramar matarlo sin matarlo, con el ánimo de que padeciera su carne humana todas las sensibilidades y desgracias conocidas y desconocidas del espíritu, por las contrariedades del destino que lo habían llevado a embarcarse en una empresa funesta e inútil como lo era la guerra. Nadando con vigor y coraje en el vinoso ponto, logró asirse en medio de la oscuridad y de la tempestad, del mástil que flotaba como único despojo salvador. Estaba exhausto. Cuando las olas lo arrastraron hasta la blanca playa y lo alejaron del mar océano, por la fuerza del noto y del céfiro, desgarrada su carne, casi lacerada por el sol, el agua, la sal y los golpes contra los arrecifes, y sufrida su alma por la lejanía de los suyos y sobre todo, por la imposibilidad de volver a ellos, cautivo sin prisión más que la topografía y la geografía, en una ignota tierra, a Odiseo jamás se le ocurrió que el retorno a su patria, la tierra de las cabras, iba a durar tanto: una eternidad. Al contrario, pensó que en suelo firme pronto hallaría hombres, quizá perdidos igual que él, dispuestos a facilitarle su regreso o a consolarle su dolor, aunque todos los dioses juntos del Olimpo se opusieran a ello. ¡Insensato! ¡Nada más equivocado! Sin fuerzas, abandonado sobre la blanca arena, se compadeció de él, el único ser que habitaba la isla: la ninfa Calipso, la que moraba por aquellas regiones en calidad de ermitaña, cargando sobre sus hombros el dolor indescifrable de la soledad inmortal. Ella fue quien lo condujo hasta su gruta, donde gozaba de todas las comodidades de las que se jactan, sin razón, los pudientes y señores de la tierra. Calipso, de hecho, tenía y gozaba de todo, hasta poseía un hermoso y voluptuoso cuerpo que Venus envidiaba cuando en las tardes estivales, la ninfa completamente desnuda se bronceaba en la playa al calor del sol, y con el que trastornaba a los mortales satisfaciendo a su modo sus más caros caprichos. Con su cuerpo y melodiosa voz – porque cantaba igual que las sirenas - , en el devenir del tiempo había conseguido para sí y para sus antojos, hombres de donde escoger: de toda nacionalidad, raza y lengua; de todo color, alcurnia y nobleza; de todo vigor, tamaño y sapiencia. De toda clase. Pero por desgracia de un modo u otro todos habían muerto y continuaban muriendo, a pesar de los esfuerzos de la ninfa por contrariar la naturaleza humana. Todos morían de la más solitaria de las enfermedades: la vejez. La complacían, si bien era cierto, por un corto lapso, y la ninfa durante ese tiempo gozaba a plenitud de su don: la inmortalidad; tanto que olvidaba su máxima e inseparable preocupación: la soledad y los grandes parajes, fuentes y jardines que cuidaba en invierno y miraba florecer en primavera. Más hoy Calipso se encontraba otra vez sola. De modo que cuando vio a aquel hombre, Odiseo, con sólo su alma como despojo del reciente naufragio, el corazón de la ninfa se alegró mucho, al punto que olvidó por completo a sus antiguos amantes, a algunos de los cuales ella misma les había producido la muerte ante la impotencia viril, consecuencia de la vejez. Envolvió al héroe en una nube que más parecía peplo de bacante y lo llevó consigo hasta su gruta, curó las llagas y heridas y le dio de comer almíbar y ambrosía, néctar y manjar de dioses. Al volver en sí, muchos días después, Odiseo se sorprendió de su rejuvenecido estado y se maravilló aún mas al contemplar aquel ser que superaba a las mujeres en belleza. El Laertiada preguntó a la ninfa: “¿Por qué me has salvado y curado?” Estaba convencido que era Dios el único ser que da sin reconvenir. Pero Calipso no respondió y se retiró en silencio a sus parajes. Odiseo comprendió que aquello tenía un precio… (Oraciones subsiguientes ilegibles). Los primeros meses, Ulises accedió a las peticiones y favores que la ninfa exigía sin palabras, y se pasaban los días y principalmente las noches, retozando completamente desnudos sobre una blanca y esponjosa cama y haciendo libaciones con el producto de las ubres del verde odre del sarmiento. Por las tardes se perseguían, siempre desnudos, como Fauna y Fauno, por los corredores de los exuberantes jardines interiores de cuyas cornisas pendían, como racimos, las flores más raras y cantaban melodías los innumerables pájaros traídos de todas las latitudes; para luego caer exhaustos en la alberca y chapalear el agua con sus juegos sensuales que insinuaban el tierno lecho. La ninfa había olvidado por completo su soledad, la había dejado enmarañada en los miembros de aquel hombre de semejantes proporciones, que únicamente recordaba a los Nefilim por su talla. Ulises, por su parte, en su laxitud temporal, había olvidado a los suyos en los brazos de aquella semidiosa, envidia de Venus, aunque un vacío pectoral que provenía a saber de qué región interna de su ser, oprimía su pecho de semental. Pero de tanta libación, orgía y bacanal el titán se cansó y entró en aburrimiento y hastío. La ninfa lo incitaba con sus tentadoras caricias y melosos abrazos, pero él no respondía: se hallaba absorto, pensando en su hogar, en su tierra anclada en el mar. Cabizbajo, meditaba sobre su destino de continuar viviendo así, de aquel modo tan extravagante. Un día dijo a Calipso: -Deseo recorrer la isla, descubrirla por fuera, pues nunca he visto su exterior. La ninfa comprendió la doble intención del mortal y respondió: -Aparte de tu y yo, y de las bestias del campo que se arrastran, no hay ser vivo en esta isla, solo rocas muertas que penden de los arrecifes y del suelo yermo. Hasta los rayos mismos del sol parecen marchitarse o caer dormidos o muertos sobre la isla… Ulises agregó: -Aún así, deseo conocerla. Derecho y propiedad de todo mortal es su curiosidad. Permíteme que vaya. La ninfa accedió a la petición del Laertiada convencida de que el mar es prisión para los hombres lo mismo que hogar para los peces. “Imposible que cumpla por sí mismo la voluntad que arde en su pecho”, se dijo. Las palabras dichas a Odiseo por Calipso eran ciertas. Nada habitaba la isla, aparte de los rastros en forma de adobe, tejas y enhiestos muros de los que en un tiempo fue un alegre poblado, habitado por hombres vigorosos, fértiles mujeres y niños sonrosados; pero que ahora era el albergue de venenosas víboras y descanso transitorio de los buitres y chacales. El héroe se aproximó, cruzó los muros de la ciudad y comenzó a entrar en cada una de las casas de barro calcinado y pozos secos. Estaban desiertas y los bienes personales y de hogar de los que antes fueron sus dueños aún yacían en los armarios, cofres y anaqueles, dejados allí sin la menor intención de llevárselos, como en una marcha presurosa y repentina. Odiseo continuó hurgando. Esqueletos de mujeres, infantes y perros convertidos en polvo blanco y yeso, aguardaban sin tiempo, tirados en las esquinas y bajo los camastros en posición fetal. “¿Qué los habrá podido matar de ese modo?”, se preguntó a sí mismo y en voz alta el hábil en ardides, pero por más que buscó en el pueblo no halló respuesta a su pregunta. -Un virus – le contestó la ninfa – El Sol se enfureció mucho al ver sus vacas divinas diezmadas y lanzó sobre estas ciudades un virus de calor e insolación que calcinaba a los mortales. Yo vi cómo moría uno a uno e intenté salvar a los hombres, más me fue inútil. Los desdichados primero enmudecían y luego les sobrevenía una extraña demencia que los llevaba a construir inmensos muros con los que aislaban sus viviendas. Después sellaban puertas y ventanas y se dejaban morir en las esquinas de sus moradas. Del mismo modo que los perros al sentir la muerte, buscan con vehemencia el hogar, para morir entre los pies de su amo con sus penosos gemidos agudos o en silencio, aquella gente moría. Yo quise salvar a los hombres, como ya te he dicho, pero el mal estaba ya muy avanzado sobre sus órganos y además temía a la ira del Sol. Algunos de aquellos desdichados accedieron a venir conmigo hasta aquí, hasta esta gruta; pero aún ellos y a pesar de curarlos como a ti te he curado y de mostrármeles también como a ti, con toda la gracia con que los dioses me han rodeado, me fue imposible volverlos a la vida. Lo único que deseaban era estar con los suyos…- Calipso calló en este punto y se arrepintió de lo dicho, pues intuyó que había hecho recordar los suyos a Ulises, y su rostro cobró un aspecto triste y de pena. El Laertiada dio la espalda a la ninfa y caminó hasta los jardines colgantes donde los exóticos pájaros y aves traídos de algún paraíso terrenal entonaban canciones que bien podrían haber sido la envidia de experimentados aedos. Al anochecer, Odiseo regresó al lecho, donde Calipso reposaba y solazaba su ánimo mirándose en un espejo de cristal de roca en cuyos bordes se hallaba empotrada toda clase de pedrería preciosa que hacía surgir con la luz, un sin fin de arco iris. Ulises la escuchó murmurar: “Nunca podré verme tal cual soy. Esa es mi mayor desgracia. Mejor otros pueden mirarme”. El Laertiada se aproximó y dijo de este modo: -Ninfa, ¡por todos los dioses del Olimpo, tus compañeros, y por la memoria eterna de tus padres, déjame ir! ¡Quiero volver a los míos, a mi hogar! Calipso no respondió inmediatamente, se limitó a mirar los ojos anegados en llanto del héroe, colocó el espejo sobre la almohada hecha de plumas de ave del paraíso, y como hablando para sí, respondió: -¡No puedo dejarte marchar! ¿No comprendes? Hoy tú eres todo para mí, sin ti todo sería distinto. La ninfa se incorporó, hizo una trenza de su hermosa cabellera que caía blanda hasta sus piernas y se dirigió a la cratera donde hervía el espumoso vino, producto del verde sarmiento. -No puedo…-continuo-.Ulises la interrumpió con estas palabras: -Pero, ¿Cómo era tu vida antes de conocerme, antes de recogerme de la blanca playa? ¿Acaso era importante e imprescindible para ti mi existencia? ¿Acaso la presentías y te nutrías de mi eterno vagabundear? Piensa Calipso, haz de caso que nunca vine y verás que te soy innecesario. -¡No puedo! –Repitió Calipso-, los inmortales tampoco podemos volver atrás. Hoy ya eres parte de mí, posesión mía, y sería inútil cualquier esfuerzo que hiciera por olvidarte. ¿Acaso no comprendes esforzado varón que la vida no puede echar marcha atrás, aun siendo eterna? La ninfa tomó una copa de diamante puro y la llenó del oscuro vino. -Ten – dijo a Odiseo-. Bebe, el vino relaja, da resignación y a veces ilumina nuestros pensamientos – luego agregó: ¡Quédate! Te daré lo más preciado que tengo y que jamás he dado u ofrecido a ser alguno; eso que la mayoría de los mortales, principalmente los gobernantes (podría también traducirse como políticos o tiranos), añoran y buscan afanosamente hasta el cansancio: La Inmortalidad. ¿Qué es Penélope? Dentro de algún tiempo sólo será polvo, ese es el indefectible fin y destino de los mortales; pero tú y yo seguiremos siendo carne viva, miembros palpitantes a los que la zarza hiere, el aedo canta y la pasión enloquece. Correrá siempre dentro de nosotros fermento vivo, vino sagrado de los dioses. Ulises bebió de la copa y sintió caer sobre él un extraño sopor que le cerraba los parpados y le impregnaba de una sensación falta de cuerpo. En medio de su alucinación, el héroe se preguntaba muy dentro, en su interior ¿Cómo podría ser posible vivir eternamente infeliz al lado de la ninfa, extrañando a los suyos? Ó ¿Para qué vivir feliz por un corto lapso, como viven las cigarras? ¿Acaso la felicidad y la desdicha no son dos hermanas que corren juntas, pero separadas por un sempiterno odio que quizá se convierte en amor y las une en el infinito? ¿Qué no es necesaria la desdicha para conocer la felicidad? Aún más, ¿Acaso la felicidad y la desdicha no son un chisporroteo constante, explosiones intermitentes del destino, un sube y baja que la inmortalidad une o compensa? Tal vez la ninfa comprendía más de aquellas cosas, y sabía que esas dos hermanas contrariadas se juntan en algún punto del infinito donde los mortales no han podido u osado llegar y que solo los dioses conocen. ¿Para que vivir una vida corta, desdichada y sin disfrute alguno? ¿Qué no era mas conveniente eso llamado inmortalidad? Así pensaba Ulises dentro de la nebulosa del vino y por más que buscaba el auto convencimiento en sus elucubraciones, siempre le quedaba algo sin resolver como una ecuación de quinto grado siempre con una incógnita algebraica sin respuesta: ¿No eran Telémaco y Penélope parte de él, algo a lo que no se podía renunciar sin dejar de lacerar su propia carne o cercenar un miembro vivo y vital de su ser? ¿Acaso compensa realmente la eterna felicidad un segundo de desdicha y dolor?… Lo único cierto era que la propuesta, si podría llamársele así, estaba planteada y era necesario adoptar una decisión pronta… (Después de este párrafo hay otro en el original, que fue intraducible). Odiseo cayó dormido, ahogado en la inconciencia. Un hombre con la figura de Mentor se le apareció: -¡Ven! – dijo Mentor al héroe, señalándole un camino trillado, cubierto de zarzas y espinas, y donde el sol hería las rocas calcáreas con su lengua de fuego. Los dos hombres comenzaron la marcha por la fatigosa senda. -¿Qué haces aquí? – preguntó Ulises a Mentor -Lo mismo que tú. Vivir. Más hoy te he venido a buscar para mostrarte a ti ¡Oh fecundo en ardides! Algo que nunca has visto y que es oportuno que conozcas. El camino se cerró tras ellos y una blanca playa surgió hiriente frente a sus ojos. El mar completamente azul, arrojaba al viento el rescoldo del sol y el canto triste del ave de la costa, mientras un bumerán oscuro de gaviotas se descomponía, buscando peces. A la orilla del mar, sobre la playa, se erguía una inmensa y grande ciudad – grande por sus edificios, no por sus hombres -, con edificaciones de cristal, concreto y acero que al caerles la flama solar emulaban enormes hogueras. Odiseo recordó a su Itaca. El asfalto por el calor del mediodía se hallaba casi derretido sobre la calzada. Ulises y mentor contemplaban la ciudad de grandes proporciones y observaban con curiosidad aquellos carros que rodaban por la carretera, muy parecidos a la nave de fuego de Ezequiel. Percibieron el aspecto solitario y fantasmal del pueblo: ni siquiera había perros que levantaran la pata y orinaran los postes o paredes. El Laertiada recordó que, allá en su tierra, era frecuente que Argos, su perro, alegrara las calles constantemente con sus ladridos de desamparado e hiciera sus necesidades a media calle y a plena luz del día o detrás de los monumentos de mármol elevados a los dioses o a los héroes, y que las golondrinas o palomas revolotearan en los parques y se cagaran en los próceres y libertadores. Tampoco la tierna alegría de los niños se dejaba sentir en la ciudad. El olor de ésta – porque cada pueblo tiene su olor – era el olor típico de la indiferencia y el negocio: El olor de la oportunidad… (Ilegibles las oraciones subsiguientes). -¡Mentor! Esto es extraño. Esta ciudad jamás la había visto o imaginado antes. Parece obra de los dioses que se deleitan en crear universos estériles y fustigar a los mortales para la guerra. -No te apresures – respondió el próvido Mentor – Para proferir esas palabras es necesario que conozcamos aún más esta ciudad, así el sol nos calcine o muramos aplastados por una de esas máquinas oscuras que transitan a gran velocidad. -¡ea! Que ánimo no nos ha de faltar para descubrir cuanto secreto se halle oculto aquí o en el mar. -¡Hey amigos! Aquí estamos, suban – dijeron dos mujeres jóvenes y de hermosa apariencia, muy semejantes a las ninfas, quienes solicitaban la presencia de los héroes, desde la ventana de cristal de un décimo piso. Ambos hombres vacilaron, pero pudo más la curiosidad y después de infundirse ánimos entraron a la morada. Era un apartamento refrigerado, cómodo, acogedor, cargado de bienes sintéticos y electrónicos. -¿Qué es lo que buscan con tanta vehemencia para que se les ocurra vagabundear a esta hora del día? ¿Acaso están dementes o quieren que el sol los consuma o chamusque, o una de esas máquinas los deje pegados al pavimento? -Somos extranjeros - dijo Mentor - Acabamos de llegar a la ciudad y hasta ahora no hemos encontrado hospitalidad. -Eso era lo que temíamos – dijo una de las mujeres y ambas se echaron a reír - ¡Hospitalidad! Aquí no hay nada de eso. Aquí todo es metal, y aún eso últimamente no funciona (en el original hay un juego de palabras que no puede ser traducido). Deben ser del otro lado de la frontera, más su aspecto nos confunde. ¿Qué clase de trajes y armas son esas que llevan puestas? -Este es Mentor y Yo soy Ulises, y vengo de librar sendas guerras contra Troyanos y otros pueblos. Guerras que me han traído la perdición. Hoy, buscamos la inmortalidad. -Entonces ustedes deben ser políticos o tiranos. Porque solo ellos buscan semejante cosa. -No somos ni lo uno ni lo otro – explicó Mentor -. Simplemente somos hombres. Una de las mujeres se fue hasta la cocina y ofreció dos limonadas a los héroes, en vasos de cristal. -Yo soy María – dijo la mayor de las mujeres sin que nadie se lo preguntara - y ella es mi hermana Virginia. Hace siete años que venimos a esta tierra llamada Oportunidad, huyendo de la guerra. Para venir tuvimos que soportar toda clase de vejaciones y en el camino tuvimos que dejar hasta nuestra virginidad. Hemos estado en la cárcel y con sádicos salteadores, ellos arrancaron una nalga a mi hermana y la dieron de almuerzo a los sabuesos. Ya aquí nos vimos obligadas a vagabundear, pedir limosna y dormir en duras bancas de parque. Pero en fin, aquí estamos, y bien porque en este lugar no hay guerras y la gente las sustituye con la indiferencia, más si eres fuerte ésta no te mata. -¿De qué guerra huían? - interrogó Odiseo -, porque hasta ahora no conozco guerra tan cruel que obligue a los indefensos mortales que no participan de ella, a dejar su natal tierra y tirarse a la aventura, buscando refugio en extraño e ignoto suelo. (Muy difícil la traducción de este párrafo, sobre todo porque parece que Ulises mintió) -Es una guerra que lleva más de cincuenta años y no ceja, no acaba y nos acaba. -Algo habrán hecho contra los dioses – interrumpió Mentor – para que de semejante modo sean castigados. -Contra los dioses no – dijo María – porque ni los conocemos y la ignorancia es a veces sinónimo de inocencia; sino contra los dueños de todo, que odian el bien y el grito de libertad de sus hermanos, contra los tiranos… -¡Basta! – Gritó Ulises – No quiero escuchar más de un pueblo donde se matan entre hermanos. Esta sangre me hierve como el vino de la cratera. De saber dónde está ese pueblo y disponer de hombres y armas, ahora mismo sabrían esos engendros del Hades quien es Ulises Laertiada, el desolador de Ciudades. -Esta lejos - replicó Virginia - ¡Olvídalo! -Tengo una curiosidad – dijo Mentor, cambiando el hilo de la conversación – ¿Dónde está la demás gente? ¿Dónde están los canes y los niños que adornan las ciudades? -Han venido en mal tiempo – repuso María – Sobre esta ciudad ha caído una peste, una rara enfermedad. Desde que llegó nadie sale de sus casas y nadie quiere desear. El deseo está prohibido. El dinero está prohibido, dicen que transmite la enfermedad… Angustiado por semejantes relatos que convertían en glorias sus tragedias, Ulises pudo darse cuenta que sus aventuras sólo habían sido diversión de dioses carentes de propósito. Mientras que los hechos de aquellas mujeres sobrepasaban en fama su más grande victoria, por solo una razón: tenían un fin, sobrevivir. En estas meditaciones se hallaba Odiseo cuando alguien golpeó sórdidamente a la puerta. María abrió. -¡Buscamos a los hombres que vinieron a refugiarse aquí! – dijo uno de los oficiales desde el vano de la puerta. -¡Por los mismos dioses, esos hombres no tienen rostro! – gritó admirado Odiseo mientras desenvainaba su espada. (Juego de palabras. Se ha traducido este párrafo lo más fielmente posible) -Sí, - dijo con aire de rutina, Virginia – Se nos olvidó contarles. Nadie en este pueblo tiene rostro. Ese es otro mal del que padecen desde hace mucho tiempo, y odian a muerte al que lo tiene. ¡Deja tu espada, es inútil! -¿Para qué nos buscan? – preguntó Mentor -Han violado una de nuestras leyes – respondió el oficial. -¿Qué ley? No conocemos ley – dijo Ulises -La ley que prohíbe tener rostro -Pero, nosotros no sabíamos – respondió Mentor, casi disculpándose. -Nadie alega ignorancia – replicó el oficial-. Acompáñennos. -Bah!, son una mierda – increparon ambas mujeres. -¡Ustedes cállense la boca, putas exiliadas! – Gritaron los hombres desde la puerta – Si no quieren que acabemos con su oficio. En el camino Mentor logró soltarse de sus captores, y halló refugio en la única parte libre y solitaria de la ciudad: la biblioteca municipal. Allí en el glosario de razas y culturas, buscó en las ilustraciones enciclopédicas un rostro para aquel pueblo. Por fin, en el tomo de raza pre-hispánica halló uno. No era el ideal, pero sí el apropiado. “Este será”, dijo con regocijo, y partió hacia donde un gran muchedumbre, escuchaba sin entender, las conspicuas e ininteligibles palabras de un orador extranjero, inaugurando una gran estatua en honor a un concepto o a una mujer… (En este párrafo hay muchos juegos de palabras, podría tratarse de figuras alegóricas). Mentor interrumpió la ceremonia, subió al estrado y dijo: -¡Compañeros, antes de inaugurar esta estatua, deben tener rostro! ¿Acaso no se han dado cuenta? ¡Carecen de rostro! La multitud se echó a reír. “Esta chiflado”, dijeron. -Si no me creen – prosiguió Mentor – mírense en este espejo -. Y se los mostró Se oyó el grito de espanto de alguien que decía: ¡Dios mío, Dios mío! ¡No tengo rostro! Era uno de los del pueblo que se había visto en el espejo. -Pero desde hoy – dijo Mentor – lo tendrán. E hizo un ademán, y el pueblo por extraño que parezca, tuvo rostro. El hombre del pueblo se vio de nuevo en el espejo y su faz palideció. -¡Maldito, maldito! – Gritaba a Mentor – Nos ha dado un rostro de indio (podría traducirse también como indígena o natural) un rostro de humillado. ¡Maldito, maldito! -¡Matémosle! – vociferó el orador – Y la muchedumbre ciega, se lanzó contra Mentor y a puntapiés, garrotazos y empellones lo tiraron al hoyo que habían abierto para asentar la base del monumento y donde yacía Ulises inmovilizado. Mentor se transformó en lechuza, cegó aún más a la multitud, libertó al héroe y se alejó de aquel lugar: Era Atenea la Divinidad de ojos de Tecolote, la protectora de Odiseo. -¡Hermanos, hermanos! – inició nuevamente el orador, como si no hubiese ocurrido nada, y revelando la estatua continuó: Después de tantos esfuerzos, luchas y discordias, por fin tenemos… -¡Libertad, libertad! ¡Inmortalidad, inmortalidad!… (Este párrafo está incompleto, el resto es intraducible) Ulises entonces era un cacique Maya-Pipil – así son los sueños de contrariados -, tal como los que aparecen ilustrados y descritos en las viejas enciclopedias (hace referencia a las encontradas por Mentor en la biblioteca), quien junto con su tribu se enfrentaba a los avarientos españoles (confuso: podría tratarse de otra nacionalidad), que sedientos de riqueza desembarcaban en una blanca playa, cargados de pertrechos de guerra y baúles, inmensos baúles azules, vacíos; donde echarían todo el oro que quitaran a los indígenas. El y su tribu rodeaba la playa desde una ladera, donde terminaba lo verde y comenzaba la arena. Esperaban a que todos bajaran de la embarcación para atacar. El cielo estaba totalmente azul y el mar era un espejo donde el infinito se miraba y se mecía al vaivén de las olas. Las pequeñas balsas llegaban hasta la orilla, dejaban en la playa españoles y baúles y volvían a la mar. El sol se ponía vertical y la hirviente arena salcochaba sus codos y vientre. El cerebro bullía y la desesperación y angustia se apoderaban de él. Una insolación estaba a punto de ocurrirle, y trataba de levantar su brazo para dar la orden de ataque; pero no podía. Su mano estaba muerta o dormía, precisamente ahora cuando le era más necesaria. ¡Mano traidora!, le gritaba y sacaba su puñal y de un tajo cortaba todo el brazo. ¡Mano española!, profería, cuando ésta yacía tirada en la arena y su sangre formaba una rosa roja sobre la blanca arena. ¡Ahora! ¡Ya!, gritaba con desesperación. Y el ciempiés se levantaba y corría a zancadas sobre la arena hirviente. Preparaban los arcos, estirando aún más, con las flechas, las cuerdas templadas. El marchaba a la vanguardia. Los españoles se refugiaban en los viejos baúles y las saetas rebotaban de las pieles curadas. Los extranjeros asomaban sus cabezas como lagartos y disparaban sus armas contra el pecho de los indios. Los cañones rugían y el sonido sordo de la bala al caer sobre la arena o sobre los hombres, espantaba a las sirenas, quienes sacaban sus hermosas cabezas de largas cabelleras para observar el espectáculo. Más de alguna de ellas cantó, se rió y chapaleó el agua con la cola. El circulo se cerraba y estaban a punto de tomar por el cuello a los españoles; pero en ese preciso momento, Odiseo se daba cuenta con perplejidad que estaba solo, completamente solo en la playa: sin tribu, sin mar y sin sirenas; corriendo como enajenado hacia los baúles. Los cañones apuntaban a él y las balas silbaban trágicamente sobre su cabeza. Luego perdía el equilibrio, giraba sobre sí mismo y caía abatido por catorce flechas lanzadas por sus mismos, traidores hermanos. En ese instante moría, moría…María, María… (Confuso: el párrafo se vuelve intraducible). Con eso Odiseo despertó y pudo comprobar que por desgracia todo había sido un simple sueño y que aún yacía prisionero de la ninfa Calipso. No obstante, a pesar de haber sido solo una pesadilla, ésta le renovó las fuerzas, las ganas de seguir luchando por su libertad y le infundió la certeza que por mucho que sea grata la inmortalidad, esta nunca supera la dicha que produce el encontrarse libre, dueño del destino, en compañía de los suyos y de su tierra, y lejos de la horrible soledad y ostracismo que todo mata, y que transforma en aburrimiento y rutina aun a la eternidad. Iris bajó en ese momento del Olimpo y tocó el oído del mortal con un susurro (En la literatura clásica es Hermes quien comunica a la ninfa) -Ulises – dijo – Los dioses te han concedido en este día la libertad y han accedido a que regreses al lado de los tuyos. Han comprendido que no corresponde a ellos, mucho menos a los mortales, luchar contra la voluntad del hombre, contra el deseo del hombre de ser libre y ser carne, que es lo mismo que ser polvo. Pero bendito polvo que lucha y se rebela contra el polvo… (Difícil la traducción de este párrafo. El uso de figuras alegóricas es abundante)” Hasta aquí el contenido del documento. Más para que el lector haga un juicio sobre lo que acaba de leer, exponemos abajo uno de los principales párrafos de los comentarios finales del Doctor Anderson sobre el manuscrito: “Es muy probable que se trate de un texto apócrifo, hecho por algún cronista sin oficio de aquel tiempo. Sin embargo, el que se halle escrito en un griego o nahuat impecable y que además coincida con varias partes muy conocidas de la literatura clásica, y esté impreso en un tipo de papel (si puede llamársele así) oriundo de la Grecia antigua, hace pensar que su contenido debe tomarse como original, especulándose que fue traído a esta región de América por los primeros conquistadores, quienes perdieron en los combates con los naturales sus pertenencias…” Cecilia Cambia De Alma Definitivamente era cierto: El alma de Cecilia había cambiado. Su brújula había dado un giro de ciento ochenta grados, o quizá, había sufrido un infarto mental. Lo peor era que la que menos se percataba de la metamorfosis almática era ella misma. Todo mundo que la rodeaba lo había presentido o intuido en sus maneras, sus tratos y hasta en sus sentimientos últimamente obtusos y sofocantes. La pregunta clave era: ¿Qué razones la habían llevado a cambiar? Si es que en realidad existían razones, es decir, estructuras lógicas y conscientes que justificaran el cambio. O era que, en el fondo, solo consistía en un fluir fuera del cauce de su conducta; en un desbordamiento del río habitual de su vida y su destino. Era muy difícil de explicar. Ni Reynaldo, su mejor amigo desde hacía algún tiempo, podía encontrar el hilo que viniera a dar con el ovillo. Todo había sucedido como a hurtadillas, como si unas manos invisibles le hubieran ido modificando paso a paso, con el transcurso de los días, meses y años su conducta, hasta convertirla en lo que actualmente era: Una mujer rapaz y curtida, capaz de llegar a las acciones más abyectas a fin de conseguir sus propósitos dentro de la empresa. Hacía apenas tres años que había ingresado a la bonancible y próspera empresa de futuro, con el cargo de secretaria del Director General. Había sido un golpe de fortuna, pues acababa de concluir sus estudios de secretariado, cuando las manos invisibles que mueven el destino de los mortales y los conducen por los senderos que ellos han dado en llamar libre albedrío, la habían llevado a asumir tan importante cargo, en una tierra donde la mayoría de estudiantes terminaban frustrados y tachados de vagos, holgazanes, ladrones o comunistas ante la imposibilidad de optar a un empleo honrado. Pero, viéndolo bien y con más detenimiento, fue algo más que la fortuna o el destino quien había intervenido en este caso. Cecilia tenía influencias muy poderosas y convincentes, y la más poderosa y convincente carta de recomendación era su mismo rostro y figura. Los rasgos de su faz eran los de una virgen mestiza bañada por el trópico, con sus ojos negros reflejando la inocencia. Y las formas de su cuerpo, escondidas tras su blusa y falda, eran, sin lugar a dudas las de una Venus. De modo que cuando se dirigió a la oficina de empleo de esa importante empresa, los ejecutivos tuvieron que forcejear y rifársela, y, desde luego, ganó el más fuerte: El Director General, hombre de mediana edad y mucha experiencia en el arte de cazador y embobador de mujeres con su labia. Cuando ingresó, Cecilia lo primero que intentó fue trabar amistad con compañeros de su mismo rango y jerarquía. Y lo consiguió. Mas fueron muchos los que se le acercaron con doble intención, pero a estos, intuitivamente, y de modo cortés, los rechazó. También se le acercaron mujeres, jóvenes y viejas; las primeras, con el ánimo de descubrir de cerca defectos a su belleza, proyecto en el que fracasaron; y las ultimas, con el fin de granjearse el aprecio de una mujer todopoderosa, capaz de obtener el despido de cualquiera de ellas con solo bajar el dedo. Todas se equivocaron. Cecilia desconocía el enorme poder que yacía entre sus manos, y por tanto, concluía de modo inocente que aquel acercamiento, no pretendía otra cosa que ganar su amistad y hacerla sentir bien como recién llegada. Entre los que se le acercaron y cayeron a sus pies como mosca muerta, también estuvo Reynaldo, un Auxiliar de Contabilidad, sin la menor importancia jerárquica dentro de la empresa. Cecilia con la astucia y sagacidad, natural en las mujeres, percibió desde un principio, el doble fin de aquella pretendida amistad, pero no la rechazó. No la esquivó por dos razones básicas: En primer lugar era un muchacho, muy joven igual que ella, y daba la impresión que también muy inexperto, lo cual lo volvía, en cuestiones de amor, totalmente inofensivo; en segundo termino, en sus ojos revelaba una sencillez y naturalidad también igual a las de ella, lo que le atrajo y agrado mucho. La amistad fue un hecho, y a través de telefonazos a la hora del café, después del almuerzo y antes de la salida habitual, ambos se actualizaban y se reconfortaban con los últimos chismes y rumores que circulaban sin tener propietarios. Los compañeros de Reynaldo lo envidiaban, al límite que enfrente de él y de modo indirecto se decían el viejo refrán: “Dios le da barba a quien no tiene quijada”. Claro que en términos un tanto más soeces y vulgares que, por temor a la censura, omito referir. Cecilia pronto se vio acosada por ejecutivos jóvenes y viejos, barba verdes y barbarrojas que le hacían claras proposiciones y provocativas insinuaciones. Todas las rechazó Cecilia. El Director General, por su parte, tuvo que hacer girar memorandums claros y explícitos entre los ejecutivos, dándoles a conocer sus radios de influencia y permanencia, y la necesidad de guardar la compostura dentro de la empresa. Pero tal como reza el refrán y que no se equivoca: “El que de la naranja habla es que chuparsela quiere”, las insinuaciones del Director General, un hombre maduro, ave de rapiña y acostumbrado a no perder el tiempo en menesteres amorosos, no tardaron demasiado. Primero la invitó a una cena formal en un lujoso hotel capitalino. Cecilia dijo: -No Después la convidó a un día de campo, un recreo entre la naturaleza, para olvidar la fatigante rutina diaria, en la montaña. Cecilia dijo: -No Luego la invitó a ir a la playa el sábado, después de mediodía, para contemplar el mar y refrescarse con la saludable agua de coco, y al regreso disfrutar de una mariscada de clase alta en un conocido hotel costeño. Cecilia dijo: -No Imposible aquella situación. El Director General pasaba las horas y los días embobado. Había perdido por completo la concentración, y sus más íntimos amigos, al verlo doblegado y postrado ante semejante enfermedad, le sugerían visitar con urgencia a un neurólogo o algún siquiatra. El rehusaba. -Ya se me pasará esto – decía- Es cuestión de mucho trabajo. Cansancio mental. Días después, el Director General, al ver que sus anteriores técnicas habían fracasado, y sintiendo en carne viva el amor propio herido, fue más directo en aquel difícil trance, y propuso a Cecilia un fuerte incremento salarial a cambio de compartir un fin de semana en su rancho en la playa. Aquello era vergonzoso para ambos, pero aun más para él, quien se consideraba todo un experto en cuestiones amorosas y a quien nunca en su bendita existencia se le había presentado un caso semejante. “Ni que la tuviera de oro”, se decía con el fin de reconfortarse. Pero era inútil, aquella obsesión rayaba con la locura y había ocasiones en que hasta padecía sueños húmedos y más de alguna vez orinó la misma cama. A pesar de que el incremento propuesto era muy beneficioso a su presupuesto familiar y contribuiría mucho a que el resto de sus hermanos pudieran estudiar y a que su madre pudiera obtener la medicina recetada por el médico, Cecilia dijo: -No El Director General tuvo que recurrir al neurólogo, y este le recetó simplemente, unos días de descanso. -¡Doctor, por Dios! ¿Acaso cree que puedo guardar la mente en algún sitio y de ese modo descansar? ¡Es mental, doctor! ¡Por favor comprenda! -Comprendo perfectamente-dijo el doctor-, más de lo que imagina. -¡Entienda doctor, entienda!-Continuaba gritando, histérico, el Director General, y casi cogía por el cuello al médico-. ¡Por la gran puta, me voy a volver loco! ¿Qué no entiende? Y el Director General lloraba. -¡Entiendo, entiendo!-dijo enfadado el doctor- ¿Acaso piensa que me regalaron este cartón?..¿Pero es que acaso usted solo para despedir gente tiene huevos? ¡Sea hombre y afronte su situación! Todos hemos pasado alguna vez por esto… Lo menos que hizo el Director General fue seguir los consejos del galeno, y un día después de la consulta, al llegar a su oficina lo primero que hizo fue llamar a su secretaria, a Cecilia. -Señorita-le dijo, con voz inflexible-Este fin de semana lo pasaremos en la playa, ¿comprende? Venga preparada…Si no está dispuesta, antes de las cinco espero su renuncia sobre mi escritorio. Aquello para Cecilia fue una sacudida interna, un terremoto que estremecía su alma. Iba a enfrentar por primera vez el rostro tétrico del desempleo o los ojos manchados por la debilidad de una mujer. Cecilia no se atrevió a comentar aquello con nadie. Pero los rumores, como sucede casi siempre, corrieron solos. -¡Ya sabemos que el Director General te ha invitado a su rancho!-dijo una de sus compañeras-¡Que privilegio! ¡Anda niña, no seas boba! ¡Y conocerás lo bueno! El rostro de Cecilia mudaba de color ante aquel atrevimiento o allanamiento a su intimidad. Reynaldo llamó el sábado, como a eso de la doce, pero no hubo respuesta, ni ese día ni los subsiguientes. -¡Ha salido!-decía una voz desde el otro extremo del auricular, e inmediatamente después se escuchaba una risita. El día lunes, el Director General volvió completamente repuesto. Con rostro de satisfacción y una figura deportiva. Atendió todos sus quehaceres con un optimismo brillante y una lucidez envidiable. Cecilia no se presentó a sus labores: Se hallaba indispuesta. Pasado algunos días se conoció de un jugoso aumento para Cecilia, y esta ya no se escondía para salir a almorzar o cenar con el Director General o con otros ejecutivos que así se lo propusieran. Meses después, Cecilia era de carro: compró un Toyota, último modelo, el que lucía en todas partes. Desde aquellos sucesos, Cecilia se había convertido en otra, y ella, tal vez inconscientemente, lo sabía, y era por eso que quizá rehuía y evitaba las llamadas y encuentros con Reynaldo, por temor a que aquel enfrentamiento fuese a ser el encuentro obligado con su conciencia. Reynaldo desistió por completo a la amistad de Cecilia, aunque hacía caso omiso de las murmuraciones de sus compañeros, sobre que “a un gato siempre le comen el mandado”, y que “todas las mujeres son iguales”, y a las citas que hacían del viejo refrán que las abuelas se decían al oído: “Pisto en mano, culito entierro”. Pero el encuentro obligado llegó. Y un día en que Reynaldo dejaba la oficina, coincidió con Cecilia en el elevador. Aquel bajó la cabeza. -Hola –dijo Cecilia, acostumbrada ya a fingir -Hola – dijo Reynaldo con resequedad. -¿Para adónde vas? -A la universidad -Si gustas te llevo -Gracias pero va a ser mucha molestia -Al contrario-dijo Cecilia-.Así conocerás mi carro Reynaldo aceptó. -Muy bonito – dijo Reynaldo – refiriéndose al auto-. ¿Y cuánto diste? -No mucho- dijo Cecilia- Solo…Reynaldo, has cambiado. Ya no eres el de antes. Ahora te has vuelto más serio y un poco taciturno. ¿Qué te ha pasado? -¡Nada! –respondió Reynaldo-.Alguna vez tenemos que cambiar. Nada más que yo aún no tengo carro, ni creo que lo llegue a tener muy pronto. -¿Qué pretendes decir con eso? – Interrogó Cecilia con un poco de enfado. -¡Nada! Solo lo que oíste. Que no se consigue auto de la mañana a la noche. Por lo menos no de modo honrado. Aquello fue un duro golpe para Cecilia, quien se vio presa de un arrebato de ira, y observando el rostro frío de Reynaldo, detuvo el auto. Atrás se escuchó un concierto de bocinas. -Me estas ofendiendo, bruto – grito Cecilia -No – replico Reynaldo – Solo te digo la verdad. Cecilia tuvo que poner de nuevo en movimiento el auto. Hubo un incomodo silencio en todo el resto del trayecto. Y al llegar al campo de la universidad, y detenerse el auto en un lugar apropiado, Reynaldo agregó: -Trato de decirte que quien ha cambiado más eres tú. ¿Acaso no te das cuenta, o no escuchas los rumores? Todos hablan de ti como la mujer del Director General. Para nadie es un secreto que tú vives con él, ¿no entiendes? Todos dicen que todo lo que tienes es gracias a eso, que te ha nacido de oro. -¡Basta! – Gritó Cecilia – ¡Yo no he cambiado! ¡Soy la misma! -¡Ah, si, pues mírate en el espejo! -Cecilia acomodó el retrovisor y contempló su rostro. -¿Ves? – Continuó Reynaldo – Ya no es el de una virgen, ni mucho menos el de una santa, parece más el de… -¡Calla! Tú no sabes lo que he sufrido para que me trates así… Es cierto, mi rostro ha cambiado. Efectivamente, el rostro de Cecilia había cambiado, y mucho. Ya no era aquel rostro de virgen, con sus grandes ojos inocentes que alumbraban su interior, sino que eran los ojos de una cualquiera. -¡Tú no sabes lo que he sufrido! – Prosiguió Cecilia – Ha sido para mí todo un dilema, y he caído…, he cedido ¡Soy una mujer! ¿Acaso nunca comprendiste eso? -Porque te creía una mujer esperaba otra cosa de ti. Cecilia lloró y relató a Reynaldo lo ocurrido. Este tuvo que dar por suspendidas las clases de aquella tarde. Al día siguiente, Cecilia llegó temprano a la empresa. Parecía nerviosa. Casi una hora después entraba el Director General, con aire deportivo. Cecilia lo siguió hasta el interior de su oficina. Después de algún tiempo se escucharon dentro gritos y vociferaciones. Los curiosos hicieron corro para oír mejor. De pronto, el ruido cesó y dos estampidos de arma inundaron a toda la empresa. El olor a pólvora se impregnaba en las solapas de los trajes elegantes de las secretarias y ejecutivos. -¡Seguridad, Seguridad! ¡Para qué esta ese maldito departamento de seguridad! – Decía a gritos uno de ellos. Un hilo de sangre manchó la mullida alfombra de la oficina del Director General y corrió por entre los pasillos de la bonancible y prospera empresa. El Fusilamiento UnoA finales del invierno de 198X, Ernesto Carpio fue trasladado al viejo poblado costeño de I…, en el departamento de la Unión. Era, probablemente, porque a ciencia exacta nadie lo supo, un castigo ante su última borrachera que había dejado como resultado dieciocho civiles, dos soldados y un viejo perro - porque también hay que tomarlo en cuenta – muertos. Los incidentes habían ocurrido dos semanas antes, en el cantón L…, de Soyapango. El, un Cabo de la Defensa Civil, y dos soldados más, habían decidido tomarse, a hurtadillas, un domingo libre bajo pretexto de ronda de vigilancia por las polvorientas calles de ese alejado cantón. Antes de llegar a lo denso del poblado, con los G-3 colgando de sus hombros en señal de autoridad, habían entrado a la cantina más retirada de la municipalidad y bebido aguardiente hasta muy entrada la noche, combinando los tragos con boquitas de sal y de limón. Las carcajadas se dejaban escuchar hasta muy lejos, y el perro del cantinero, inocente y sin discernir el evidente peligro, se unía al concierto, ladrando desamparadamente. Uno de los soldados se cansó de oír ladrar al perro y midiendo su bota desde donde yacía sentado, lanzó un puntapié que hizo sangrar el hocico del canino. El cantinero, aunque molesto, contuvo su furia ante la presencia de la autoridad y rogó a los hombres que partieran, porque ya eran casi las once y tenía que cerrar. Los soldados a regañadientes, dieron por aceptados los pretextos del cantinero y este, persignándose, los vio salir. El perro aullaba lastimeramente en el traspatio de la cantina. Casi arrastrándose y ocupando sus armas como bastón, los soldados llegaron hasta una casa donde una muchedumbre congregada, conversaba en un tono serio y solemne sobre una persona en particular. Comentaban sus bondades desde su niñez, sus alegrías e infortunios durante su adolescencia, lo pomposo de su matrimonio, y lo sola que había dejado a la viuda mucho antes que esta se hubiera dado el lujo de envejecer. Los que de ese modo hablaban estaban ubicados en el ala del centro, cerca de la puerta principal de la casa. Había otros dos grupos más: El del solar izquierdo que se dedicaba a jugar póquer y beber aguardiente trasegado; y el del derecho que había conseguido, sin saberse como, una vieja guitarra, y con ella entonaban rancheras, viejos tangos de Gardel y música sacra en honor al que esa noche ocupaba el centro de atención. En cierto modo los tres grupos, que solo se distinguían de cerca, porque de lejos eran una masa compacta, se entretenían en alabar todo acto de la vida y lo impredecible de la muerte. -Sí, fue muy generoso – decía una mujer vestida totalmente de negro y con una Biblia grande bajo del brazo. -Nunca se metía con nadie- decía un hombre con sombrero de ala -. Y ya ven, ni los solitarios se escapan…, saber que lo mataron solo porque leía en voz alta el libro de Santiago. ¿Acaso no es también la Biblia? Los tres borrachos se aproximaron, observaron lo tétrico de la reunión, y después de un rato, con los ojos desorbitados por el alcohol, Ernesto dijo: -¡Es pachanga! ¡Aquí la continuamos, y gratis! Y sin saberse porqué, cedió al llanto. Ernesto, no bebido, bastaba una palabra, un adjetivo, para describirlo: Era un malvado. Pero ya con sus tragos era necesario emplear dos, tal como Fedor define a otro personaje: Era un malvado sentimental. -¡Es un velorio! –Dijo uno de los soldados, al ver en el interior cuatro grandes cirios encendidos, un gran crucifijo colgando de la pared del fondo y un ataúd, cuyo barniz brillaba con el resplandor de las flamas. Dentro, varias plañideras lloraban y se golpeaban el pecho con la mano hecha puño. -¡Hoy no, vuelvan otro día! -. Dijo a los soldados uno de los que jugaban póquer y treinta y uno. -¡Hay que entrar! – dijo Ernesto, mordido por el sentimiento de perro que da el desprecio. Y entraron. Un perro les ladraba desde el umbral de la puerta: Era el mismo perro del cantinero que aun no aprendía la lección. La sala, casi por manos invisibles, fue despejada al paso de la autoridad. De modo que solo quedó el difunto. Ernesto lloraba con profusión: Había salido su lado sentimental. -¡No llore mi cabo! –Lo consolaba uno de los soldados- , que hasta para esto hay remedio. – Y le mostraba el negro ataúd. Al ver que la autoridad lloraba todos los asistentes ganaron confianza y se juntaron nuevamente para charlar, haciendo corro en torno a los soldados. -¡Y saber que para esto venimos! – decía, llorando Ernesto - ¡Mejor no viniéramos, y que la patria produzca más condones! La mujer del muerto, una profesora de cantón, llamada Leticia, no soportó tanto escándalo y alboroto y cesando de llorar, fue hasta su dormitorio, en el extremo de la casa, y se tiró de bruces sobre el pequeño catre, que hasta hacía poco había servido de tálamo nupcial. Estaba exhausta. Era la primera vez que se las entendía con la muerte y la miraba pasar muy cerca de ella. A Ernesto y a los soldados les sirvieron café amargo en tazas de porcelana, de esas que fabrican en Ilobasco. Y ellos, para su comodidad apoyaron sus armas en la pared que olía a cal y se sentaron en las sillas plegables, propias para aquellos acontecimientos. De pronto Ernesto gritó: - ¿Acaso solo esto tienen? ¿No hay por casualidad de eso que quema? - ¡Si mi cabo! ¡Claro que sí tenemos! Y ahora mismo voy por ella. – Dijo uno de los asistentes. - Lo sigo - dijo Ernesto – No quiero que se demore. El grupo de la guitarra entró a la casa y se apostó cerca de los soldados. Uno de ellos afinaba el instrumento, y después de sentirlo en su punto, acariciándolo como a una mujer, comenzó a tocar una lastimera ranchera, que hacía llorar, ya con sus tragos, al más pintado. Uno de los soldados en medio del griterío y cantos desentonados, cedió al llanto. El perro del cantinero se unía con sus aullidos al alboroto. -¡No llorés, pendejo! – Le dijo el otro soldado, incorporándose. – ¿Qué no sabes que todos los de la Defensa Civil somos muy machos? … Aquel lo soporto porque es mi Cabo, pero aguantar a dos, que te soporte tu madre. -¡A mi nadie me llama pendejo, ni me saca a mi madre! – dijo el otro.- Y quitándole la espuela a una granada, gritó: ¡Aquí todos somos muy machos! ¡Y para demostrarlo vamos a morir! ¡La vida no vale nada! Y allí fue el crujir de dientes y el rezar plegarias. Desenfrenados gritos se dejaban escuchar. Todos querían ser los primeros en alcanzar la puerta, excepto el muerto. Y aquella, como para fregar, se cerró. Eso fue todo, dos semanas después, Ernesto Carpio partía con ascenso de Comandante, pero de un pueblo muerto de hambre de la Unión. DosEn un principio Ernesto Carpio creyó ver la muerte y el fantasma del ostracismo en el poblado costeño de I…, en el departamento de la Unión. Y hasta maldecía la hora en que había sucumbido a aquel vicio abyecto de la borrachera. Para él no podía haber peor castigo que aquel que el destino le había deparado en ese olvidado pueblo. A su llegada, el alcalde, un hombre un poco obeso, de escaso vello sobre su piel y sobre su mollera y de trajes lamparosos, le describió así, en breves brochazos el poblado. - Me llamo Herminio – dijo –Y soy el alcalde de este pueblo, que parece pequeño, ¿verdad? Pero tiene de todo. Solo mire usted. Si va al oriente está la cantina, disfrazada de bar y restaurante; si se dirige al poniente están dos prostíbulos camuflajeados de centros de masaje. En lo que toca al sur, allí se topa con el cementerio y unas cuantas casas de oración; y si decide ir al norte, ahí está el complejo turístico, que no es más que un simple río, en cuya ribera hemos colocado unos columpios… Al centro está el parque, la iglesia, el mercado, la escuela y nosotros la alcaldía y la defensa civil, por supuesto. Todo esto se lo digo aquí, en confianza, como si hablara conmigo mismo… ¿Ve usted? Parecemos un pueblo pequeño, pero hay de todo. Ya lo dice el refrán: Pueblo chico, jodezón grande. Así, en breves y descoordinados brochazos, Herminio Cuellar, que ese era el nombre completo del Alcalde, le pintó el pueblo. Acto seguido, y sin solemnidades protocolares de ninguna especie, le presentó a los cuatro soldados que integraban su batallón después del último atentado guerrillero. Entre estos sobresalía uno de nombre Alcides Iraheta, de complexión delgada y fuerte, rostro magro, mirada penetrante y oscura, y que tenía el sentido del deber impreso en la comisura de sus labios delgados y finos. A juzgar por su aspecto físico, no alcanzaba los veinte años, mas por sus maneras y gestos, parecía un hombre maduro y sobrio, y de carácter firme e incorruptible. A Ernesto le agradó mucho este joven, sin saber él muy bien porque. Mas la razón, si hay que decirla, era muy sencilla: Alcides era su antípoda. O más bien, era lo que él siempre había pretendido o soñado ser al incorporarse a la Defensa Civil. Como era de esperar, lo primero que Ernesto hizo después de la descripción del pueblo y presentación de su patrulla por parte del alcalde, fue dar ordenes. Mandó a pintar, no se sabe con que dineros, el local de la defensa civil. De azul y blanco lo pintó, y ordenó reforzar los muros todavía más, de manera que aquello daba el aspecto de ser una madriguera más bien que una fortaleza. Entabló calidas relaciones con sus subalternos de grado e hizo esfuerzos por ampliar el número de sus compañeros de armas, pero en este último proyecto fracasó. -¿De dónde va usted a coger hombres, Comandante? Si todos están con la guerrilla. – Le hizo ver el alcalde y agregó: En este pueblo los únicos hombres que quedan somos usted, sus subalternos y yo. Todos los demás o son unos viejos, o son unos maricas que están disfrazados de mujeres en los lupanares, o están muertos. -Entonces, reclutaremos mujeres – dijo el Comandante asombrado él mismo de su ingenio militar. El alcalde se echó a reír de tan original y descabellada idea, y dijo: -¡Solo esto va a faltar, que usted reclute a las putas de mis prostíbulos! No friegue, quiere que la Defensa Civil se le convierta en un antro de vicio. ¿Cómo cree que se sentirán esos sus soldados al ver entre ellos a mujeres? ¡Calientes! ¡Calientes, Comandante! ¡No le tire! Y Ernesto recordó, al señalarle el alcalde el vicio potencial, el motivo obligado de su estancia en aquel poblado, y lo maldijo en su interior. El resultado fue un escupitajo que dio contra una vieja planta de la suerte que servía de adorno en el recinto. -Lo pensaré, lo pensaré – dijo al alcalde-, aunque, créame, no es del todo mala idea. El Comandante era un hombre diabólicamente cómodo. Porque se necesita ser demonio para ingeniárselas en descargar el trabajo de uno en otros. De tal forma que poco a poco iba transfiriendo sus responsabilidades convertidas en funciones a Alcides, su mano derecha y Mariscal de campo de una guerra jamás peleada. Pronto él se vio libre de muchas de sus tareas y con el tiempo suficiente para pasarse las mañanas metido en la oficina del alcalde, hablando con éste sobre el tema preferido de muchos hombres: las putas. -Las conozco a todas – le decía el alcalde con un aire de satisfacción y sobreabundancia. – ¡Ah, si usted viera, al descoser atrocidades! Y quiere que le haga una confidencia: Aquí el prerrequisito para trabajar es ese: abajo los calzoncitos. ¡Hemos eliminado la burocracia! -No hay duda - respondía el Comandante, en tono burlón – que donde las toman las dan. -Eso menos, yo soy hombre integro. Solo tiro para un lado y pido a Dios que jamás se me vaya a torcer el gusto. ¿Que ejemplo daría a mis hijos? -A ver si una noche de estas me invita. Le haré también una confidencia: tengo más de un mes… -¡Cielo santo! ¡Lo van a canonizar! Es todo un record. Pero de esta semana no va a pasar… Y así continuaba la conversación casi a diario, y parecía un milagro del cielo que no se les agotaran los temas ni la paciencia para soportarse mutuamente tanta retahíla de tonterías. Por la tarde, ya al borde de las cinco, iban a darse baños de mar que les parecían muy beneficiosos para la salud, y a charlar sobre estrategias de guerra. -Fíjese bien – decía el Comandante, mientras observaba la oquedad de las olas -, hay estrategias envolventes, en donde el enemigo queda totalmente aniquilado. Y hay otras –proseguía Ernesto, observando a una mujer rubia, pecosa, de graciosas formas, que se zambullía en el mar- en donde la clave consiste en desesperar al enemigo, hacerlo sufrir y destruirlo poco a poco. Esta última es la que yo comparto. -Yo no se nada sobre guerra – le indicaba el Alcalde -. Pero sí sobre política. He llegado a desarrollar una intuición tan profunda que, por ejemplo, le podría decir quien va a ser el próximo presidente. Y gracias a esa intuición hoy ocupo este cargo, y ya vera, si me dan chance, llego más lejos… Le llevo gran ventaja, aunque usted no lo crea. El Comandante reía. -No se ría – le dijo el Alcalde -. Una tan sola pregunta le haré para demostrarle lo acertado de mi suposición: ¿Cuándo cree usted que terminará la guerra? Un buen estratega me lo diría. -¡Mierda!- imprecó el Comandante-. ¡No joda! ¿Cómo quiere que yo sepa eso? Ni los más altos militares lo saben. Lleva ya ocho años y no acaba, y mire, no da visos de terminar. No me ande haciendo ese tipo de preguntas cabronas. Eso solo Dios y Los Estados Unidos lo saben… Lo que sí le puedo decir es que no terminará hoy ni mañana. Mientras hablaba, el Comandante se había dedicado a la tarea de mirar a la mujer rubia y a tirar guijarros a unos pescados verdes de plástico. Y el Alcalde a hacer castillos de arena. Así les llegó esa y muchas noches, tertuliando sobre un sin fin de cuestiones que ni el mismo Masferrer o Gavidia responderían con certeza aunque resucitaran solo para ello. Muy entrada la noche, el Comandante regresaba a la Defensa Civil y después de pasar revista a la diezmada tropa, les interrogaba sobre las novedades del día. Alcides le respondía que no había ninguna, que se había hecho varias rondas de vigilancia por el pueblo y solo mujeres, niños y viejos, fuera de toda sospecha circulaban. El calor húmedo de la noche predisponía al Comandante a su inolvidable vicio, pero hasta esa fecha había sabido llevar la cruz de la abstinencia con todo rigor y gallardía. Y para engañar a su corazón y su mente, pedía a Francisco, quien era uno de los mas avispados y lleno de ingenio para contar mentiras, que le relatara una de tantas historias que corrían entre las gentes. Y Francisco iniciaba, mientras todos soltaban sus botas y se recostaban en sus catres. “Esto que le voy a contar mi Comandante, pido de todo corazón que me lo crea, porque según mi entender y por los rastros dejados, es la pura y única, porque no hay dos, verdad. Sucedió que al final de este caserío, como quien busca a San Salvador, habitaba una anciana, quien tenía dos hijos varones, ya grandes, como de veinte y veinticuatro. Hijos crueles y desalmados que no tenían el menor aprecio y amor por su madre, y tan solo se acercaban a ella cada fin de semana a quitarle a la pobre vieja lo poco que había ganado vendiendo frutas en el mercado. Ocurrió que un día, recostada en el espaldar de su cama, doña Presentación, que ese era su nombre, murió, y paso día y medio sin que nadie lo supiera, hasta que el viernes, porque murió jueves, sus hijos la hallaron totalmente estirada y tiesa. Los dos hermanos sufrieron una profunda pena, no por la vieja, sino por la opinión que de ellos se formaría el pueblo. Porque va usted a saber que no hay peor desgracia que caerle mal al pueblo. Y la falta que les harían los reales que la vieja ganaba con su sudor. Lo peor fue que doña Presentación había quedado tiesa en aquella posición que hubiera sido casi imposible meterla en el ataúd de no ser por el ingenio – que también la maldad va acompañada de ingenio - de los dos hermanos que por medio de dos lazos lograron poner horizontal el cadáver. Se hizo la bulla, ser armó el velorio y en pleno rezo, cuando más denso de gente estaba el local y el sudor de los concurrentes se confundía con el tufo del muerto, y mientras los dos hermanos lloraban pegados al féretro, para simular dolor, los lazos que sostenían a doña Presentación en forma horizontal, se reventaron y de un solo golpe ésta vino a quedar en la misma posición en que la encontraron los dos hermanos. Allí fue el grito de espanto de la muchedumbre, al ver sentada a la vieja; y allí fue el desfallecer de los dos hermanos que creyeron que la anciana había regresado del otro lado solo para cobrar venganza de su infortunio en vida. Y aunque usted, como le dije, no me lo crea, allí mismo cayeron muertos aquellos dos miserables, que así con las mismas trampas le cobra sus fechorías la fortuna a los malvados”. El Comandante rió a mandíbula batiente de lo gracioso del relato – porque para él era gracioso-, mas suplicó a Francisco que jamás le volviera a contar otra historia que tratara sobre velorios, porque a él le parecía que esos sucesos traían mala suerte. Tales historias, juergas y tertulias entretenían al Comandante mientras llegaba fin de mes, ocasión en que de la tropa en general se apoderaba un extraño sentimiento de desasosiego, que se notaba hasta en la manera en que la patrulla efectuaba las rondas, y que se justificaba en gran manera: Eran los días angustiosos del mes en que esperaban su recompensa a la ardua labor de vigilancia: un cheque proveniente del gobierno central. Luego que este llegaba, todo volvía a la normalidad y la serenidad y calma entraban de nuevo a los rostros. El único que no se inmutaba ante tales trances financieros mensuales, era Alcides, que parecía construido con una armazón férrea. TresEntrado el año siguiente, se dieron en el pueblo de I…, del departamento de la Unión, dos acontecimientos extraordinarios dignos de ser narrados. El primero ocurrió a principios del mes de febrero, y fue que llegó al pueblo una mujer muy joven y hermosa, agradable a los ojos y al espíritu. Iba nombrada por el gobierno central en calidad de profesora y provenía de un lejano cantón de nombre L…, de Soyapango. Al tan solo verla, el Comandante de la localidad, cayó rendido a sus pies, perdidamente enamorado. Y lo primero que hizo fue averiguar su nombre de pila. -Se llama Leticia – le dijo con voz desencajada, una vieja verdulera del Mercado Municipal. “Leticia, Leticia”, repetía el Comandante para sí como embobado, y su siguiente paso fue intentar establecer relaciones amistosas con la mujer. A este punto se le presentaba un gran obstáculo: sabía poco leer y nada de escribir. Y entonces, ¿como remitirle cartas, que era el medio más apropiado para aquellas circunstancias, a la profesora? Preguntó entre sus hombres de batalla sobre quien sabía leer y escribir, y el único que respondió afirmativamente fue Alcides. -¡Ayúdame Alcides, ayúdame! – le pedía el Comandante, casi llorando, picado por el gusano del amor. Y Alcides accedió a las peticiones de su jefe. Fue mucho el papel que consumió Ernesto en las misivas, mas todas recibieron el mismo trato indiferente por parte de la profesora. Esta sentía cierta aversión que provenía de a saber donde, contra los de la Defensa Civil. De modo que aquellas cartas más que con la indiferencia, fueron castigadas con el desprecio y con el odio. El Comandante se hallaba completamente rendido ante Leticia, esa mujer que tenía un sí se que para atraer a los hombres, y no encontraba la manera de llevar a un exitoso fin su trance amoroso. Y un hirviente día de verano, a pleno mediodía, cayéndole el sol vertical del trópico sobre sus espaldas, tuvo la hombría de visitar a Leticia en la misma escuela pública donde impartía clases a niños de primaria. La mujer se sorprendió mucho de la presencia de aquel sujeto de cuyo hombro colgaba un G-3 en señal de autoridad. -¡Jamás le haré caso a uno de la Defensa Civil! – le respondió en tono inflexible y seguro al Comandante. Y agregó:- Tenga la bondad de marcharse, asusta con su presencia a mis alumnos. Esto último era mentira, pues los niños, completamente curiosos, se habían dado a la tarea de manosear el arma del Comandante y a registrar los bolsillos de su traje camuflajeado. Ernesto no sentía la presencia de los niños, y dando por concluida la visita, dirigió una mirada profundamente diabólica a la engreída mujer, y girando sobre sus talones, se alejó. Mucha hombría demostró Ernesto en presencia de la profesora, pero ya solo, y sin que la tropa lo contemplara, agazapado en un rincón de su dormitorio, lloraba como un niño a quien se le ha propinado un profundo castigo. Ernesto, como era de esperar, soltó su cinturón de abstinencia y cedió al vicio. Junto al Alcalde que era su paño de lágrimas y consolador incondicional se emborrachaba de continuo, aun durante el día y por la noche, de modo que no había ocasión en que ambos no dejaran por donde pasaban un penetrante olor a níspero y a dragón. -¡No llore, mi Comandante! – le decía el Alcalde completamente borracho -. No se deje ganar la moral por una simple mujer. Usted mejor que nadie sabe que todas tienen lo mismo y que no hay nada nuevo bajo este sol. El Comandante continuaba llorando. Había salido de nuevo su lado sentimental. -¡Es el fracaso el que lloro! – le respondía al Alcalde -. ¡Qué humillación! Yo, todo un Comandante de la honorable Defensa Civil, derrotado por una triste profesorita de escuela. ¡Maldita sea! Por la noche, los dos hombres, a hurtadillas, para evitar el desprestigio a su buen nombre y cargo, se iban disfrazados a los lupanares o prostíbulos, a donde una chusma de turistas improvisados, que llegaban a saciar su sed de amor, y que provenían del otro lado del golfo, armaban verdaderas tremolinas. -¡Entre Ernesto! – decía el Alcalde-.Entre, por favor, aquí olvidará sus penas y confirmará lo que ya le dije: todas las mujeres son iguales. El Comandante entraba y una mujer con aire de matrona les entregaba la carta, como en un restaurante. -¡Mire esta! – Señalaba Herminio-. ¡Que bárbara! ¿Estará disponible? – Preguntaba a la matrona. Y ésta le respondía que sí. -Entonces, ésta es para usted, Ernesto. Solo siga. Y el Comandante completamente borracho y desorientado, entre la música salsa y bolero, y el olor a cigarro y sudor, entraba a un pequeño cuarto, donde una mujer en paños menores, le hacía provocativas insinuaciones. -¡Que vidón! ¡Que vidón, señor Alcalde!- decía el Comandante a Herminio, al salir de aquellos antros de vicio en plena madrugada y ya casi clareando la aurora-. Aquí es donde quisiera creer en la vida eterna y toda esa paja. -Yo solo tengo envidia de los que vienen- respondía el Alcalde- ¡Malditos! ¿Acaso no soy yo suficiente en este pueblo?- Y Herminio lloraba al recordar que ese año se le vencía su periodo-. ¡Tengo que disfrutar al máximo, Ernesto! ¡Al máximo! Y que después me registren, que no soy el primero ni el último que ocupa los dineros del pueblo en sanas diversiones. -¡Tiene toda la razón, Herminio! Usted y yo, en el fondo, nos parecemos mucho. Como dicen los jóvenes: nos subimos en el mismo autobús. El Comandante durante ese largo tiempo se había vuelto completamente laxo y había delegado a plenitud sus responsabilidades a Alcides. El otro suceso digno de contarse ocurrió a finales de junio del mismo año. El ejército regular, empleó una de sus acostumbradas operaciones para cazar guerrilleros que les jugaban la vuelta en el cerro A…, cerca del poblado. Resultado del acosamiento fue la captura de un guerrillero, a quien llevaron como trofeo de guerra a la cárcel del poblado de I… El guerrillero, un joven de edad como de veinte, con el rostro casi macerado y en harapos, fue entregado en acto público, y con todas las solemnidades del caso, al Alcalde y al Comandante del pueblo, con la consiguiente aclaración de ser muy peligroso. Y luego partieron, dejando tras de sí un reguero de polvo que, el pueblo congregado, tuvo que tragarse. La maldad abyecta de Ernesto, asomó de nuevo a su corazón, y después de tener por cinco días a puro pan y agua al cautivo, tuvo la ingeniosa idea de practicar la tortura, como experimento de laboratorio, aplicando cargas eléctricas en el órgano viril del joven. -¡Van a ver que rápido habla ese infeliz! – Decía el Comandante a su tropa y al Alcalde- Este procedimiento no falla Intentó la tortura eléctrica casi quince veces, y en una de ellas estuvo a punto de morir electrocutado, lo que lo hizo desistir del malvado proyecto. -¡Le haremos consejo de guerra, y lo fusilaremos por traidor a la patria, por comunista! – dijo a Herminio. Pero éste le rogaba que claudicara de semejante idea por ser peligrosa y anti-política. -Nos acusaran de violadores de derechos humanos. Y el partido sufrirá una terrible derrota las próximas elecciones. – dijo el Alcalde como último recurso. -¡Váyase con su partido al demonio! – imprecó Ernesto -. ¡Ese hombre es un traidor a la patria, un comunista! ¡Y yo lo voy a fusilar el domingo! ¡Después la patria me ha de premiar! -Por lo menos consúltelo con el párroco – profirió Herminio. -¿Para qué? Quien se tiene que confesar es el otro, no yo. El pueblo se congregó el domingo, en plena madrugada, y se sentía en el ambiente, como un olor a fiesta y a celebración. Una banda improvisada, entonaba la marcha sepulcral de costumbre. -¡Se va arrepentir! – le dijo todavía el Alcalde -. ¡Ya verá! -¡Culero! – imprecó secamente el Comandante. Ya en el paredón del cementerio, le vendaron los ojos a Enrique, que así se llamaba el guerrillero, y lo apostaron a tiro de G-3. El comandante se había colocado su uniforme de gala. Todo el pueblo estaba congregado, excepto los niños a quienes la profesora de primaria, Leticia, les había prohibido terminantemente, con amenaza de expulsión, asistir a aquel bochornoso acontecimiento. Los cuatro hombres de la Defensa Civil se colocaron en posición, y el comandante, a un lado del paredón, a tiro de garrocha del infeliz y con una varita cortada de unos almendros, daba las órdenes acostumbradas. Sus ojos brillaban de gozo y devoción al deber: había salido su lado malvado. -¡Preparen! Y se escuchó el ruido de las armas. -¡Apunten! Y los cuatro de la Defensa Civil colocaron su ojo derecho sobre el infortunado. -¡Fuego! Y se escuchó el estruendo de las armas, que asustó a los negros zopilotes que poblaban los viejos conacastes y a los del pueblo menos a los difuntos. El Comandante cayó redondo, de bruces a tierra. Agonizaba. Todo el pueblo, excepto el Alcalde se desparramó por entre las cruces y lápidas pintadas con cal viva. -¡Pendejo! –dijo Alcides al Comandante -. ¡Soy guerrillero, y estos también! Y entre los cuatro desataron a Enrique, y se alejaron por un camino sinuoso del poblado de I…, del departamento de la Unión. El alcalde se aproximó a Ernesto que yacía muerto, en un charco oscuro de sangre. -¡Pendejo! – dijo también-. Si me hubiera hecho caso, ahorita mismo estuviéramos hablando de las putas y emborrachándonos con Flor de Caña. Y se alejó. La Lágrima Cristalizada Allí, tirada en la alberca, probablemente marchita, aún estaría aquella pequeña rosa color carmesí que él, la noche de su última visita lanzó al aire con desdén. Acaso se hallaría confundida y contrastando con el verde del musgo y los helechos que crecían amparados por el sabor de la humedad. Días antes de su partida, Flor de María mil veces se había preguntado cómo sería la vida sin Alfonso. Iba a ser difícil, por ridículo que pareciera, olvidar las llegadas nocturnas, a primeras horas de la madrugada, tropezando con los gatos que deambulaban y lloraban como niños en el corredor, con su caminar impreciso, efecto del alcohol; y las peleas díscolas nacidas de hechos sin ninguna importancia como lo eran un cabello castaño caído sobre la nata de la leche matutina o el carmesí borroso en la solapa del traje abandonado la noche anterior. Sí, sería difícil olvidar su presencia nerviosa y colmada de ansiedad cuando requería cosas urgentes que en el tramo de la vida eran una antigüedad; sospechar la posibilidad de que nunca jamás lo volvería a tener a su lado aunque fuese ajeno, y lo peor, renunciar a ver cada noche, con la brillantez de la luz de la luna colada por la traslucida ventana, la silueta de su cuerpo dibujado a su lado, y aquel bultito lleno de calor que le transmitía savia y deseos plenos de continuar existiendo, aunque al fin y al cabo la vida solo fuese una rutina sin significado alguno, ahogada y golpeada en el oleaje continuo y pasajero de las preocupaciones. La noche de su despedida él no deseaba entrar a la casa, se limitó a cubrir en parte el rectángulo que dejó la hoja de la puerta al girar y mirar en su interior sin quitarse su quepis de militar, con ojos de niño expósito y mártir a punto de ser sacrificado, los recuerdos próximos y lejanos de aquellos dos años al lado clandestino de ella. Ni siquiera intentó llevarse sus escasas y pobres pertenencias, despojos de un amor furtivo que siempre había cargado sobre los hombros de su conciencia. Pero cuando Flor de María insistente le preguntó si algún día regresaría, él, sin responder una tan sola palabra, mirándola con ojos nublados e incandescentes, intuyendo también que ese adiós era definitivo y obligado, la comenzó a desnudar a zarpazos y desfogo en ella la última llama viva que conservaba de un cariño que en un principio creyeron pasajero y producto del inicio de la edad senil que se resistía a perder su potencialidad y virilidad, y se satisfacía haciendo el amor en posiciones solo semejantes a operaciones quirúrgicas, en imitación a los actos vistos en las películas pornográficas baratas distribuidas en video-casete. Nada les hubiera gustado tanto como quedarse en aquella posición de nudo marinero, por toda la eternidad; pero era imposible pedir al destino aquello, la partida tendría que realizarse tarde o temprano, y era mejor antes que la vía de escape abierta por el gobierno de turno se hubiese cerrado por completo. Después de solazarse, Alfonso, acostumbrado a los amores cargados de declaraciones falsas y apuradas, pleitos pasajeros y reconciliaciones espontáneas, ajeno al dolor humano de cualquier índole, se puso de nuevo su quepis que había jurado no quitarse y a paso de ganso se alejó para siempre de aquel lugar sin siquiera decir adiós. Cortó del jardín una rosa color carmesí y justo de inmediato la tiró sin sentido y con desdén muy cerca de la alberca. Pasados varios meses, ya no pensaba tanto en él: en el cinismo y aceptación tácita de sus engaños, en las vajillas sin estrenar acabadas sobre puertas y ventanas y la rabiosa espera de su regreso a altas horas de la noche. Aunque en cierto modo sí, cuando la realidad la obligaba a meditar sobre qué haría con aquel bultito que día con día crecía escondido en sus partes más bajas y que tarde o temprano miraría brillar el sol reflejado en el smog de la ciudad. Entonces era que comprendía y tomaba plena conciencia de la profunda verdad que encerraban las palabras de su madre cuando le decía que “a este mundo de mierda las mujeres solo traen como misión la de parir y dar vida a tantos dictadores oscuros y políticos rastreros.” ¡Mierda! ¡Mejor nos muriéramos chiquitas! Daba igual esas palabras u otras, aquella granada que se multiplicaba en su interior, por de pronto no entendía nada de las cosas de la vida y era obligación moral de ella darla a luz y cuidarla mientras tuviera fuerzas, tal como su madre había parido y criado quince hijos, sin el socorro de nadie y con la ayuda de un viejo poyetón. Flor de María soñaba con que su hijo se pareciera a él, a ese hombre, que se cruzó por su vida por casualidad, sorteando todo orden de probabilidades y obstáculos puestos por el destino y que le dejó clavado dentro de sí el estigma del coito tantas veces evitado por medios poco lícitos: el embarazo. Era, en el fondo, una burla del destino: pasar dos años junto a él sin ocurrir nada, haberse jurado impotencia el uno y esterilidad el otro con el fin de hacerlo a todas horas y en cualquier sitio disponible, para venir a quedar encinta hasta el último momento, cuando él ya partía y se marchaba sin haberse ella dado el gusto de hundirle muy dentro del corazón la singular estaca del sufrimiento que ocasiona un hijo. Sentía el palpitar dentro de ella de algo nuevo, de un ser nuevo que se nutría de su sangre y de su carne. Observaba con pasmosidad, mientras se recostaba en el camastro, lo pronunciado y templado de su vientre, semejante a globo o cuero de tambor, y contemplaba como sus senos habían perdido su forma torneada y de duro mármol y se habían transformado en dos caídas berenjenas de color café oscuro, y le sobrecogía un extraño temblor que algunas veces se convertía en crispar de dientes y escalofríos. Aunque todavía no lo conocía, lo amaba como jamás ella recordaba haber amado: con la ternura y arrullo propio de las tórtolas y las palomas, la sabiduría del tacuazín y el canguro, el celo de la perra y la gallina, y la constancia y paciencia de la tortuga. Ni una tan sola carta había recibido desde que Alfonso se marchó, y este hecho unido a la incertidumbre del futuro de su hijo, empalaba su soledad en la espina aguda y punzante de la angustia. Un telegrama con la frase:”Llegue bien, besos”, era todo lo que había recibido de él, y todas las noches leía con voracidad aquella única línea y a veces hasta la escribía en un viejo cuaderno de sus días de estudiante, como plana obligada de colegial:”Llegue bien, besos”, mil veces. Como única compañía tenía una radio y el viejo conacaste a cuya fronda se iba todas las tardes de verano a hacer croché y cantarle a su cría, acariciándose el vientre sentada en la poltrona. La radio era una compañera nocturna que entablaba un soliloquio de música y comerciales, y la cual escuchaba desde que caía la sombra hasta que el gallo de patio más joven, atrevido y vivaracho anunciaba su presencia desde la cerca con un canto ronco y desentonado, armando el revuelo al perseguir con un ala barriendo el polvo a las gallinas más rebosadas del corral. Escuchaba la radio para ahogar la soledad en tanto miraba aquel pedazo de papel rectangular que con caracteres de computadora decía: “Llegue bien, Besos.”. Quizá por la soledad y la angustia, el parto se adelantó. Empezó con pequeños saltitos de vientre y terminó con coses de burro que hacían soltar gritos de atropellada a Flor de María. Un sudor de perro le bajaba por entre los senos y un líquido amarillo y viscoso comenzó a manar y a deslizarse por sus piernas. Hubo necesidad de llamar una matrona. La vieja, con aspecto de verdulera y soportando un pronunciado vientre, pero de origen natural, la vio recostada sobre el camastro, pálida como un cadáver serenado y gesticulando: “agua”. “Hay que darse prisa”, dijo, mirando con un aire de derrota el aspecto fantasmal de la parturienta. Los dolores le habían comenzado a Flor de Maria a eso de las diez de la mañana, después de que se bebiera un café con pan dulce, y eran las ocho de la noche y la criatura aún no hacía acto de presencia por el telón oscuro de su madre. Hubo necesidad de abrir una pequeña herida para facilitar las cosas. Ella sacaba fuerzas del amor que sentía por su hijo y la partera la ayudaba con breves presiones sobre el vientre, tratando de hallar la cabeza del infante en las partes mas bajas de Flor de María. Por fin, después de mucho esfuerzo, la criatura salió rojita y arrugada, acompañada de algo semejante aun trozo grande de morcilla. La madre se desvaneció y una nube negra cubrió sus ojos. La alegría brillo por un momento en el recinto. “¡Es un varón! ¡Es un hombre!” Decían los presentes. “¡Pero ha nacido muerto!”, dijo la matrona, del mismo modo con que anuncian la calamidad las aves negras de mal agüero. Su cuerpecito arrugadito como la película de los mangos subdesarrollados que se pudren en la rama, era de color amarillo pálido y seco. En su rostro aun mal dibujado, se presentía una profunda soledad y en sus ojos la silueta de la angustia estaba cristalizada en una lágrima. Flor de María comenzó a volver de su desmayo. Los escalofríos sacudían su cuerpo y las colchas se empapaban del caldo tibio que manaba de su ser. La matrona la secaba con una aterciopelada toalla y fijo un trapo con hojas de epazote alrededor de su cabeza. De pronto, en un chispazo fosforescente de su mente, por instinto, sintiendo el vacío de su vientre, grito: ¡Mi hijo! ¡¿Donde esta mi hijo?! Todos callaron. La matrona bajo humildemente la cabeza, sintiéndose alcanzada por algún pecado. “¿Qué pasa con mi hijo? ¿Dónde está?”, prosiguió ella. -Calmese- dijo la partera melosamente -.No se mueva, le hace daño. -Quiero a mi hijo – gritó Flor de María. -Su hijo… Su hijo nació muerto. Lo siento creame, no fue culpa mía. Ya estaba muerto. Flor de María no profirió más palabras. Fue presa de otro desmayo. La matrona la hizo revivir con especias aromáticas y alcohol y aplicó lienzos de salvia sobre el vientre. Los meses transcurrieron a zancadas sigilosas. La herida corporal sanó. Pero la laceración hecha allí donde ningún hombre ha sido capaz de mirar, no sanaba ni cerraba por completo; una gangrena almática había caído sobre Flor de María y la soledad y el vacío se encargaban de agudizarla y de abrir la herida cuanta vez intentaba cerrarse. Por las mañanas mecía la hamaca vacía que había hecho colocar en el traspatio y le cantaba a un viejo muñeco de trapo de su niñez, canciones de cuna y lo cubría de mimos como si se tratara de un infante de carne y hueso. En las tardes, lo escuchaba sonreír con la risa cortada y cargada de jerigonzas propia de los niños y lo buscaba en los rincones húmedos de su cuarto, por la cama o cerca de la mesa de noche, donde tenía una infinidad de frascos conteniendo somníferos y calmantes. Se iba al jardín y allí sentía su respiración, su calorcito infantil muy cerca de ella, rondando el conacaste y caminando casi a pininos por entre los geranios. A veces, por las noches, lo miraba a orillas de la alberca comiéndose los helechos y musgos que crecían en esta, y desflorando con sus manitas de uñas cartilaginosas, la añeja rosa color carmesí, tirada con desdén por su padre al partir. Nada le causaba tanta turbación y desconsuelo como mirar aquel fajo de pañales, cuturinas y gorros rosados y celestes, obsequiados por sus vecinos y amigos adelantándose al advenimiento de la criatura. Observarlos vacíos, carentes de alegría, esmaltados con el barniz de la soledad. En ese momento se apoderaba de ella una extraña ansiedad y se sentía bajar abruptamente por el tobogán de la depresión; y buscaba aquellos calmantes que la adormecían y tranquilizaban por las noches, con sus efectos soporíferos. Todo, absolutamente todo le recordaba a su hijo muerto antes de nacer: el portal, las esquinas llenas de telarañas que vibraban con el paso del viento, el viejo camastro, el sofá, testigo de los amores clandestinos de su juventud. Pero ante todo, la mirada triste de su hijo y aquella lágrima donde se hallaba cristalizada la soledad. El gallo que cantaba por las mañanas, ya no le infundía el regocijo de un día menos, sino el tedio y aburrimiento de un día más viva o pareciendo vivir, en aquella casa que por las noches parecía cobrar vida, mientras su hijo con los ojos abiertos, contemplando el blanco interior de su ataúd, yacía solo, sin compañía, sin una madre que lo arrullara y le calmara el llanto y necesidad. Hubiera sido una experiencia insospechada mirarlo crecer, jugar al caballito con el y verlo reír con su risa de pequeños arrocitos, cargada de esperanza. Pero no pudo ser. Y ahora, esta dimensión que empuja a vivir sin regreso y a la encrucijada obligada de la muerte, la llevaba también, a espaldarazos, a enfrentarse con él, con su retorno. De seguro ya no sería lo mismo. Algo fuera o dentro de ella había cambiado, y después de ser una mujer lozana y reflejando la vida en sus ojos, se había convertido en un ser casi fantasmal: delgada y transparente, y en su mirada ardía la llama oculta del abismo y el silencio blanco del sepulcro. Aunque hubiese regresado cagando oro u orinando petróleo, o gritando con plena libertad: ¡Libertad!, o lo que se le antojara y donde se le antojara, para ella hubiera sido siempre lo mismo. Daba igual. En estos pensamientos se hallaba ocupado su atribulado cerebro, cuando alguien tocó, de modo familiar la puerta. El picaporte cedió y la silueta del hombre que en un tiempo había sido el de sus sueños, pero que ahora era el de sus pesadillas, ocupó el rectángulo de la hoja al girar. -¡He vuelto! ¡Y esta vez a quedarme para siempre! – Dijo con regocijo. Ella lo miró con clara indiferencia. Al principio, Alfonso no reconoció a su mujer: se hallaba tan distinta que por un momento creyó haberse equivocado de morada. -¡Soy yo! – dijo Flor de Maria, adivinando el pensamiento de él. Y Alfonso a quien le había parecido en el transcurso del camino, que el exilio solo había sido una corta espera en la antecámara de la estación de un ferrocarril y un telegrama, tuvo la certeza que el ostracismo había durado una eternidad y que lo que contemplaba no era otra cosa que el espectro de su mujer que había salido de la tumba solo para esperarlo. ¡Tan grande era su amor! ¡Se equivocaba! Dio a Flor de María un acostumbrado beso, como se los daba siempre, antes de la partida, pero por mucho esfuerzo que hizo no consiguió disimular el asco y repugnancia que le producía besar a un cadáver. -¿Qué sucede? ¡Soy el mismo! – dijo Alfonso, tratando de refrescar la situación y sintiendo los fríos labios de la amante. -¡Has muerto! – Profirió fúnebremente la mujer -.El día que cruzaste el jardín moriste. ¡Has muerto! -Pero… -Has muerto, como muerto esta él. Alfonso no comprendió aquellas palabras, como tampoco se pudo explicar el cambio radical tanto externo como interno de su mujer. -¡De modo que hubo otro! – Gritó indignado Alfonso. -¡Sí, hubo otro! – indicó ella, observando con sus dilatadas pupilas la mirada torva del hombre. – Otro que esta conmigo y vive para siempre en mi. -¡Y yo que creí que el cambio solo había sido de cuerpo! – Profirió contristado y exasperado él – Pero ya veo que no. Tu alma también se ha trastornado. -Sí, también el alma – confirmó ella – Ahora, tú te iras, pero él se quedará conmigo. El no soportó más, con su carácter seco, de indio, se acercó hasta el camastro y sacudiendo por los hombros a la mujer le preguntaba a voz en cuello: ¿Quién es, dime quien es? -¡Es el! – gritó Flor de María – descubriendo el pequeño feto disecado que yacía en el camastro muy cerca de su seno. El hombre quedó petrificado al observar aquella criatura completamente arrugada y fantasmagórica que parecía mirarlo. Una sonrisa de burla se dibujaba en el rostro del niño, mientras en sus ojos la silueta de la angustia y soledad se hallaba para siempre cristalizada en una lagrima.
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