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Cuentos

La Hormiga Holgazana Y La Cigarra

¡Chuta! Fue el caso que, cuando entró la primavera y la nieve empezó a derretirse, la tierra por fin despertó de su aletargamiento y abrió su seno, como una madre tierna y generosa, para que brotaran sus criaturas: hija – hierba, hija – flor, hijo – árbol, hijo – tulipán…hija – lombriz. Sí, porque al sentir aquel calor amoroso, procedente del vientre materno, también estas ultimas comenzaron a aflorar y salir a la superficie. Eran lombrices largas y ligosas, de esas que la gente se toma la molestia de recoger; así, con asco y repugnancia, por su aspecto a fideo sucio, por su ligosidad y espasmos, porque son buenas para la pesca con anzuelo. Surgían de repente, de los sitios menos esperados, retorciéndose como carruseles de feria.

 

El patio de nuestra casa era el más afortunado para que tales bichos llegaran, y a nosotros nos gustaba jugar con ellos, recogerlos, también con asco, y ponerlos en cautiverio, en botes de cristal. Por supuesto, no para pescar con anzuelo, sino para otros usos, como el de introducirlos en los bolsos de la escuela de las niñas distraídas. Nos deleitaba escuchar los gritos de ellas, a media clase, al sentir aquello suave, húmedo y ligoso, moverse entre sus dedos. La profesora llamaba al orden y explicaba lo útil de esos animalitos, pues ayudaban a nuestra madre tierra a respirar.

 

También surgió en primavera, cerca del jardín de mamá, un asentamiento ilegal de hormigas. Se trataba de un hormiguero profundo y elevado, como un volcán. Eran de esa clase de hormigas laboriosas, industriosas y disciplinadas, que no gustan de perder el tiempo en quehaceres inútiles y recreos. No gastaban las horas como nosotros, en juegos de calle y barrio, en mascones de fútbol por las tardes.

 

Ellas eran como soldados, con su comandante a la vanguardia, guiándolas y ordenándoles qué hacer, como con una idea fija en su mente y nada más. Mi madre no las quería, pues aunque admiraba sus cualidades, que hubieran resultado muy útiles en nosotros, sus hijos; en ellas, eran la perdición. Era gracias a su tenacidad y disciplina que estaban a punto de terminar con el manzano y ya venían por el rosal, cosa que ella jamás permitiría.

 

Nosotros prestábamos mucha atención a los métodos de trabajo de las hormigas, las estudiábamos, no porque quisiéramos imitarlas, sino porque la escuela había terminado y algunas tardes eran realmente aburridas y tristes, y contemplar a esos animalitos nos mantenía la mente ocupada, pensando en qué buenos guerreros serían y lo que ocurriría si alguien hiciera crecer un animal de esos, que podía levantar, no sé cuantas veces, su mismo peso, y ya domesticado, ocuparlo de ayuda de casa. Las cosas que podría hacer, hasta lo podríamos tomar como transporte y para lucirlo, con nuestros amigos, como mascota.

 

Ocurre que siempre hay excepciones. Esa tarde, nuestra vista y  ocio se posaron en una de ellas en particular. Era una hormiguita cabezona, de aspecto frágil y color rosado, diferente a las demás. No solo su color, por lo que decidimos llamarla Rosi, era lo diferente en ella, sino también sus hábitos de trabajo, si al caso los tenía. Era, para los ojos de las demás, una hormiga holgazana. Rompía la formación, con los oídos sordos a los gritos del comandante; salía tarde del hormiguero, cabizbaja y con ojos soñolientos, desorientada, moviéndose en zig-zags, por entre las flores del jardín, sin ánimos de empezar el día, pues había gastado las horas de la noche cantando, tarareando a solas canciones que ella por si misma componía. Ante las amenazas serias del comandante, pretendía darse prisa y se unía al grupo y a la asignación del día: cortar las hojas del manzano. Las hormiguitas trepaban decididas al tronco del árbol, mordiendo los tallos y soltando las hojas al suelo. Ya en tierra, las acomodaban a sus espaldas y las acarreaban al hormiguero, entre tres o cuatro. Rosi, nosotros lo sabíamos, solo fingía. Hacía la pantomima. Tardaba en subir al tronco y tardaba en bajar. Se colocaba al final de la hoja caída y pretendía cargarla. Más adelante, cuando creía que nadie la veía, la soltaba y subía a la hoja a cantar y descansar. Sus compañeras llegaban al hormiguero, sudorosas y cansadas del ajetreo del día, y se admiraban del estado de reposo de su compañera: fresco y descansado. No había duda, Rosi había nacido con fuerzas más allá de lo normal. Pero como sucede, siempre hay ojos que te vigilan desde el bosque.

 

Una vez, ocurrió algo muy, pero muy inusual. Al despertar de la mañana, las hormigas guardas del hormiguero, se encontraron de lleno defendiéndose del ataque de una serpiente, de esas venenosas que tienen una  maraquita en su cola. Se llamaba Filomena y quería el hormiguero como refugio, para depositar sus huevos. Les había dado un ultimátum, de desalojar al calentar el día o sufrir las consecuencias del rocío de su veneno, que esta vez lo lanzaría a chorros sobre ellas.

 

Las hormiguitas temblaban, y se daban ya por muertas, pero como buenos soldados, planearon la estrategia: despacharon al refugio a las más pequeñas y débiles y a las madres. Rosi, sin siquiera habérsele ordenado, corrió también a resguardarse, pero la voz inflexible del comandante, la alcanzó.

-¡¿Para dónde crees que vas, Rosí?! – Dijo.

 

Y la hizo volver.

 

Las hormigas cerraron filas y rodearon al invasor. Se le fueron encima, sin darle tiempo que regara su veneno, con un ataque que la serpiente jamás hubiera imaginado. Ella se retorcía en si misma, con espasmos. Aullaba, con gritos de serpiente adolorida y contra atacaba con su cola, queriéndose desprender a las hormigas, que yacían prensadas, clavándoles sus tenazas en cada palmo de su piel. Rosi, se animaba a veces a combatir e hizo varios intentos de acercarse, a donde sus hermanas se debatían en la defensa, pero jamás llegó a poner un pie en el campo de batalla. Al final, la serpiente huyó despavorida, sin antes jurar venganza. Las pérdidas, en vidas y destrozos, fueron muchas. Había que rehacer el hormiguero y enterrar con honor a las caídas. Rosi descansaba bajo el manzano, cuando oyó la voz del comandante y de otros cuatro de alto rango, acercándose. Lo habían visto todo. El comandante, dirigiéndose a Rosi, dijo:

-Te hemos observado desde el primer momento. Hemos visto cómo holgazaneabas, mientras tus hermanas trabajaban. Te hemos escuchado cantar y cantar, mientras tus hermanas se preparaban para el invierno. Y te hemos perdonado. Hemos aceptado, aunque de mal agrado, tu holgazanería. Pero lo que hemos visto hoy, no lo podemos perdonar. No podemos pasar por alto tu cobardía. Hemos visto cómo permitías que tus hermanas murieran por ti y por todos nosotros. Tu solo observabas, sin entrar en la lucha…

 

Rosi quiso hablar, decir algo en su defensa, pero el comandante prosiguió.

-¡No más palabras!

E hizo un gesto, que los oficiales que lo acompañaban, entendieron a perfección. Tomaron a Rosi por sus patas, y la expulsaron del campamento.

 

Nosotros, vimos a Rosi partir, solitaria, vacía, vencida e incomprendida. Ella era una hormiga echada a perder, buena para nada. La tarde caía. Caminó varias cuadras – medidas por hormigas – y se tiró rendida, debajo de un rosal. A los pocos minutos, la despertó un sonido triste y monótono. Buscó de dónde procedía, pero la oscuridad que se cerraba y extendía y las hojas del rosal, no le permitían mirar.

-¡¿Quién canta?! – preguntó. Pero no hubo respuesta y el sonido continuó.

-¡¿Quién canta tan bello?! – Dijo esta vez, y el cumplido surtió efecto.

-Soy yo, Wendy – contestó una cigarrita joven, de alitas café, prendida de una de las ramas del rosal. – ¿De verdad, te gusta cómo canto?

-No tienes la menor idea. Pero, ¿qué haces sola?

-Nosotras, cantamos solas. Somos muchas en cada árbol, pero cantamos solas. Y morimos solas. De hambre, pues nadie cree que el que canta, merece comer.

-¿Ya comiste? – Preguntó la hormiga – Porque lo que soy yo, no he probado bocado.

-¿Y qué hace una hormiga sola y hambrienta?

-No soy más una hormiga. Hoy puedo ser cualquier cosa, menos una hormiga.

-¿Y qué quieres ser?

-Quisiera ser de nuevo una hormiga, pero a la que se le dejara cantar.

-¡Cantar!

-¡Sí, cantar!

-Primera vez que oigo esto. A ver, ¿qué quisieras cantar?

-Algo como esto…

Y la hormiguita cantó, con su tono alto y agudo, una canción de amor incomprendido, de patitas entrelazadas y de la espera de la noche con la amada.

-¡Bravo, bravo! – dijo la cigarra, mientras aplaudía. – Sabes que nos podríamos unir, cantar a dúo, y ganarnos el sustento. Podríamos visitar hormigueros y colmenares. Nosotros cantaríamos y ellos nos pagarían con alimento. Leche, pan y miel, para las dos.

-Suena bien. Deberíamos de hacernos de un repertorio y practicar, para que nuestras voces no tengan nada que envidiar a la de los ángeles del día, que alegran las mañanas de los hombres con su trinar.

-Muy bien – dijo la cigarra – Pero por esta noche, busquemos un refugio, porque mira el cielo, viene tormenta y el viento fuerte, ha comenzado a soplar… Yo conozco un lugar que te va a gustar.

 

Iban las dos alegres, contentas la una de la otra. La hormiga, meditaba en que a ella le hubiera gustado ser una cigarra trabajadora y la cigarra concluía que no hubiera estado nada mal ser una hormiga cantora. Lo que Wendy ignoraba, era que Rosi era la excepción a la regla. Para sus hermanas, ella era una hormiga holgazana.

 

Wendy mostró el lugar, y entraron tomándose fuerte de la hierba, pues la tormenta se había adelantado y venía levantando ramas. Con la última luz, miraron pasar veloz a una mariposa, luciendo los bellos colores del trópico. Ellas concluyeron que se trataba de una monarca, que iba camino al sur, pues se despedía desde el aire, con su voz dulce de niña, aun extasiada de su metamorfosis de luz y color.

 

El refugio era una cueva labrada en la roca, tal vez por alguna ardilla o conejo silvestre. Y ellas subieron a sus lados altos, para evitar ser barridas en caso de una inundación. También buscaron lo profundo, para que la respiración calida de la tierra, las resguardara del frío de la noche. A lo lejos, unas rocas anchas despedían luz y calor, y recogido cerca de ellas, estaba lo que parecía ser el alto  turbante de un oriental o un yagual. No le dieron importancia, y mientras caminaban, practicaban el canto. Sus voces rebotaban de las paredes calizas, trayendo de nuevo la armonía a los oídos. Iban a ser ricas y dichosas, haciendo lo que a ellas más les gustaba y comiendo solo como la reina.

 

Pronto el turbante se contrajo y luego se extendió. Sacó su lengua bífida, de animal de traición y olió y saboreo al enemigo. Reconoció a la hormiga y miró con detenimiento a la cigarra. Paladeo la venganza y de paso contempló a su alimento. Ambas serían un exótico platillo, para su hambre de animal herido. Aun no se reponía de los miles de mordiscos de la mañana. Al recordar la afrenta, azotó con furia su cola con maraca, y esto hizo que la hormiga y cigarra dejaran de practicar y se detuvieran a escuchar, sin imaginar cuán cerca estaban del peligro.

-Vienen a buen tiempo, las quiero invitar a cenar – Dijo la serpiente.

A la cigarra y hormiga el miedo las hacía tiritar. Y esta ultima se daba por perdida, porque sabía que la víbora, aun recordaría los pinchazos de sus hermanas y, de seguro, con ella se ensañaría, y se fue quedando atrás apretándose a la pared. Había en ese lugar, una especie de cristales delgados, como agujas o alfileres. Ella tomó sin ser vista dos de ellos y los ocultó en sus costados.

-Las escuché cantar – Prosiguió Filomena – Y me dije: ¡Qué bueno sería comer con música! Por eso, antes de disfrutar de sus carnitas, quisiera que me cantaran a dúo, una de esas canciones que hablan de la sabiduría infinita de nosotras, las víboras.

 

¡Era una serpiente vanidosa!

 

Con temblor y desaliento, ellas accedieron, y mientras cantaban, la víbora Filomena, cerraba sus ojos y sonreía placida, al imaginar el gozo del que disfrutarían sus sentidos al tragarse a esos dos insignificantes bichos pretenciosos. Con señas, Rosí le dijo a Wendy que la levantara sobre su lomo y que volara con ella, sin dejar de cantar. Y que se acercara lo más que pudiera a la cabeza de la víbora. Se jugarían la última carta.

 

Estaban casi enfrente de los ojos cerrados de la serpiente y esta, al sentir el olor de ambas, tan cerca de sí, se contorsionaba en deseo. Rosi, entonces, pidió a Wendy que se mantuviera en el aire, sin moverse, y soltando un grito cantado, dijo:

-¡Abre los ojos, sabia viborita, para que nos veas mejor!

La serpiente abrió grande, muy grande los ojos y Rosi, sin perder un segundo, en un solo movimiento, clavó cada uno de los cristales en ambos ojos de Filomena. La cigarra, al ver esto, zumbó despavorida, en retroceso, y buscó el más apartado rincón, más allá de las rocas que manaban luz.

-¡Aaay, mis ojos! – Gritó Filomena - ¡Maldita hormiga! ¡Te rastrearé con mi lengua hasta que te encuentre!

Y la serpiente soltaba coletazos de dolor, pulverizando las rocas y arrancándose pedazos de su misma piel.

 

Rosi ahora, tuvo otra idea y dijo a Wendy que se separaran un poco. Recogió otras astillas finas de cristal y se las ató a la espalda. Los ojos de la víbora sangraban con profusión y con su lengua rastreaba al enemigo. Sintió el olor de la cigarra. Y a esta, arrinconada, le temblaban sus alitas.

-¡Adiós, cigarrita! – Dijo la serpiente y abrió grande la trompa.

La hormiga aprovechó para clavar otra astilla entre la lengua y el paladar. La víbora dió varios brincos de dolor, como quien jinetea. Y aullaba. Pero entre más gritaba y apretaba su trompa, el punzante dolor era mayor

 

Una vez sosegada, y con el hocico y ojos sangrando, Filomena reinicio su ataque; pero en esta ocasión, la hormiga decidió que tenía que terminar. Cogió una gran astilla de cristal y dijo a Wendy que caminaría por el cielo de la cueva, mientras ella, como carnada, atraía a la serpiente. Esta, a puras penas lograba extender su lengua, porque la astilla clavada se la sujetaba al paladar.

 

Wendy la vió venir ansiosa, decidida, ensangrentada, regando su veneno por donde sus papilas recogían el olor, dispuesta a terminar. La víbora la olió. Sintió que hoy sí se le acabaría el gusto y el canto a la cigarrita, después se encargaría de esa hormiga bochinchera.

 

De nuevo, como pudo, abrió su trompa  tragándose el dolor, e hizo el intento de lazar a Wendy con su lengua viperina; pero no pudo. La hormiga se desprendió del cielo de la cueva, trayendo la astilla de cristal por delante. Con el peso de Rosi, el puntiagudo cristal, entró fácilmente por todo el cuello de la víbora, prensándola a la roca. De Filomena se escapó un ruido gutural de muerte y un río de sangre, comenzó a correr camino abajo.

-¡Malditas sabandijas! ¡Traidora hormiga! ¡Ladina cigarra! ¡Maldita yo que me dejé dormir con el canto! – Y mientras gritaba, movía con frenesí la cola, reventando las paredes y volviendo insoportable el cascabeleo, hasta que, con un último espasmo, torció de un lado a otro los ojos y expiró.

 

La hormiga y la cigarra cantaron de alegría.

 

Afuera aún llovía y seguiría lloviendo hasta por un mes. No había modo de salir de la cueva pronto. Rosi y Wendy tenían hambre. Con los afilados cristales despojaron a la víbora de su piel y la pusieron a secar, cerca de las rocas, que manaban lumbre y calor. Y por treinta días y treinta noches comieron carne de culebra, que de paso les supo gustosa.

 

El temporal por fin cedió, y un rayo de sol primaveral se derritió en los cristales del jardín e iluminó la cueva. Las  amigas, que durante todo ese tiempo se habían dedicado a practicar su música y componer canciones, despertaron al sentir de nuevo el trinar de los ángeles del día. Ellas tuvieron una idea.

 

Nosotros, cuando la lluvia pasó, volvimos a salir, a contemplar el día y disfrutar de uno de esos juegos de  trompo y de corre que te alcanzo o mica oso, como le llamábamos.

 

Algo inusual capturó nuestra atención. De una cueva, una enorme piel de reptil era arrastrada por una hormiga y una cigarra. Venían cantando una canción que hablaba del trabajo duro y honrado de la hormiga y del bello canto de la cigarra. Venían alegres, mostrándole la lengua al cuero duro y tieso de Filomena.

 

El asentamiento ilegal de hormigas, es decir, el hormiguero, las vio venir, y cerrando filas, sonaron el cuerno de alarma, que anunciaba la alerta roja. El comandante, se posicionó enfrente y convocó al ataque, porque pensó que la serpiente traía cautivas, como rehenes, a una hormiga y una cigarra. Pronto el comandante se dio cuenta del error y mandó a socorrer a la hermana, que ya venía cayendo, por el peso de la piel.

 

Hubo muchas hurras entre las hermanas y una disculpa del comandante para Rosi. También hubo muchas hurras para la cigarra y un fuerte ¡buuu!, para el cuero caído y seco de la serpiente.

 

Rosi y Wendy fueron llamadas al estrado, para que narraran la historia en asamblea y de paso ser condecoradas.

-¿Qué desean como recompensa? – Preguntó la hormiga reina – ¿Qué desean por habernos librado de tan horrible reptil?

-¡Nada! – Respondieron ambas – ¡Habernos conocido es nuestro premio y recompensa! ¡Nuestra amistad es el tesoro que deseamos conservar!

-¡Que así sea! – dijo la reina – Pero, el comandante me ha contado tu secreto, Rosi.

 

La hormiga palideció, al pensar que el comandante había referido a la reina su cobardía y holgazanería pasada. La reina prosiguió:

-Deseo que me deleites con una de tus melodías. Ya que Dios te ha bendecido con tan inestimable don del Canto…Eres diferente, Rosi – continuó la reina – Pero no es malo serlo, aunque a veces sea necesario pelear hasta con monstruos para lograr que nuestros sueños se vuelvan realidad.

-¡No, sin Wendy, su majestad! – Dijo la hormiga, refiriéndose a la petición de la soberana – Cantamos a dúo.

-¡Concedido!

La hormiga y la cigarra cantaron una de las mejores canciones que habían compuesto, mientras comían carne de  víbora en la cueva.

 

Cuando terminaron, la reina y la asamblea aplaudieron y no dejaron de aplaudir por varios minutos, hasta que la reina bajó sus manos.

-Todavía tengo un premio para ustedes – Agregó la reina – Desde hoy en adelante se les nombra Cantoras Oficiales de la Corte. Recibirán pago por sus servicios y nunca padecerán hambre.

 

Jamás la hormiguita rosadita y cabezona y la cigarrita de alitas café, habían sido tan dichosas. Sus sueños se habían hecho realidad. Rosi sería una hormiga cantora y nadie jamás la llamaría holgazana. Y Wendy sería una cigarra trabajadora y nunca más se moriría de hambre…

 

Nosotros, podríamos haber pasado allí, hasta que aquella reunión de hormigas se disolviera, pero mamá pensaba de otro modo, y nos llamó a casa porque aunque era tiempo de vacaciones, ella quería que al menos leyéramos un buen libro que nos hiciera despertar...

 

El Rastro Del Loro

 

¡Chuta! El loro tenía más de una semana de haberse perdido. Había escapado de casa una mañana, en un descuido de los hombres de la compañía de mudanza, mientras colocaban con  cuidado y precaución, los muebles nuevos de sala, y se desprendían de los viejos, arrastras, con dejación, para que fueran dispuestos por el servicio de reciclaje municipal.

 

En los apuros, no lo vieron revolotear libre de la jaula, ni salir caminando, con sus pasos de vaquero viejo y corvo. Ni siquiera se percataron de que la familia poseía un loro, hasta que Teresa, la más pequeña de los hijos, preguntó por Pablito.

 

Al principio, los de la mudanza, pensaron que se trataba de un miembro más de la familia. Y en efecto, así era. Pero con pico curvo y plumas rojas, azules, amarillas y verdes.

 

Lo buscaron debajo de las camas; dentro de las ollas y el horno; en el ático y el sótano; en los orificios de la ventilación interna y hasta en los tanques de agua de los inodoros. Nada. Pablito no aparecía por ningún lado.

 

Trataron de pensar del mismo modo que lo haría un loro, y concluyeron que, Pablito había utilizado sus patas para la fuga, con su andar de pingüino tropical y pico árabe.

 

¡Ojalá que este hubiese sido el caso! Porque era tiempo de invierno y afuera caían unas hojuelas tiernas y blancas, que tapizaban las calles de una irritante albura, obligando al uso de gafas, para protegerse de los deslumbres del sol, todavía en el ángulo del otoño. Por otro lado, la nieve recién caída, era un elemento favorable en la búsqueda y haría más fácil el trabajo de encontrar el rastro del loro.

 

Cada uno de los de casa, con el mismo pensamiento, corrió hacia la puerta, y con un cuidado extremo de avanzar en línea y no borrar ninguna huella, se dieron a la tarea de encontrar la primera pisada del loro sobre la nieve. No tardaron en hallarla, porque las depresiones de sus patas corvas, eran claras y continuas. Se notaban temerosas, angustiadas, pensativas y acobardadas, tal vez por sentir aquel frío desconocido bajo sus plantas.

 

La nieve había grabado, no solo las pisadas, pero también los temores, los sentimientos y los pensamientos del loro, mientras se aventuraba en terrenos desconocidos, en un campo virgen, para una criatura tropical como era él

 

De pronto, el rastro se detenía y cambiaba de aspecto. Ahora parecía que el loro caminaba a saltitos, como lo haría un pajarito huraño y temeroso; y se podía observar que, por algún momento, se había detenido a meditar en su rumbo, y tal vez a probar con su lengua negra y reseca, aquellas blancas hojuelas que caían como frágiles hojas del cielo. Después volvían a continuar con saltitos, y todos pensaron que era natural, pues él, una ave desacostumbrada al frío cruel de estas tierras del norte, de seguro había sentido sus patas entumecerse y había optado por saltar.

 

Luego las pisadas se acercaban al manzano del patio. En completo deshoje, por el cierzo; y era allí, precisamente, que se perdía el rastro.

 

La frustración se internaba en las entrañas de los hombres. Y ya se estaba a punto de cantar la retirada, cuando un niño encontró, cerca del manzano, dos plumas largas, verdes y rojas. Seguro eran del loro. Había sobre la nieve, evidencia de lucha y pisadas de otro animal, tal vez un gato siamés, pero lo bueno era que no había rastros de sangre, ni nada que concluyera la muerte de Pablito, en las garras del otro animal. Así, los hombres decidieron avanzar en líneas concéntricas, como las ondas que dibuja una roca en el agua, al caer, alejándose de su punto de origen: el manzano.

 

Marchaban con los ojos muy abiertos, y meditaban cada paso, hasta que el manzano solo fue un puntito lejano de referencia. De pronto, Teresa escuchó entre los pinares:

-¡Vuela, Pablito, que te congelas! ¡Vuela, Pablito, que te coge el gato! ¡Vuela, Pablito, salva tu culito!

Pero todos pensaron que había sido la imaginación de la niña, su deseo vehemente de hallar a su lorito; puesto que, por mucho que revisaron entre los pinares, no se encontró nada. Al caer la noche, la búsqueda fue suspendida por el frío, y porque los hombres se hallaban  agotados de sus pies y sus gargantas. A Teresita, le rodaban las lágrimas, como bolitas de hielo, por la perdida de su lorito.

 

Transcurrieron dos, tres y hasta siete días. Todas las mañanas, desde su ventana, Teresita miraba con nostalgia, aquel lienzo blanco, y suspiraba. “¡Vuelve, Pablito!”, decía. Pero nada. Las esperanzas, como sucede siempre, conforme pasa el tiempo, se iban esfumando. La renuncia o resignación que trae la derrota, se volvía más sólida y patente en los de casa: Había muerto un familiar muy querido.

 

Porque eso era Pablito para todos. Uno más de casa. Lo habían comprado en un viaje que hicieran al centro de América, cuando él era aun un chocoyo, con nada de plumaje en su pescuezo, pocas plumas en sus alas y una mirada distraída, burlona y tonta, de pájaro remedador. Muchas veces estuvo a punto de morir, por la nostalgia inconsciente de sus padres; pero por el cariño y atenciones que le prodigaban su nueva familia, Pablito jamás hubiera pensado que él era un miembro adoptado. Todo lo contrario: la celebración de sus gracias y locuras de ave tropical; las hurras a sus malcriadezas y a las imitaciones soeces de su lengua, que no respetaban religión ni lenguaje – las decía con la misma gracia y sin acento en español y en ingles – y sus carcajadas indecentes a todas horas, lo habían llevado a concluir que él era la estrella de la familia, el miembro más amado, la figura intocable del hogar. Y en el fondo, así era. Era un loro consentido, sin ninguna habilidad para sobrevivir fuera de casa.

 

Todavía, decían los expertos en zoología, había posibilidad de encontrar al loro con vida, pues aunque había habido noches de temperatura menos cero, el invierno aun no había arreciado con ventiscas crueles o tormentas polares, que congelaran los bosques. Desafortunadamente, el jueves de esa semana, la situación cambiaría. El metereológico, anunciaba la caída de veinte centímetros de nieve y temperaturas bajas de menos treinta. Condiciones suficientes para aniquilar a cualquier ser humano o animal, no provisto de las herramientas necesarias para subsistir en un clima tan cruel y despiadado como ese. Unas gruesas lágrimas, rodaron por el rostro de Teresita. Y los demás solo encogieron sus hombros en impotencia: era el final.

 

Mientras tanto, afuera, Pablito había logrado escaparse del gato por un pelito, y había decidido volar de rama en rama, hasta perderlo de vista. Subió a lo más alto de los pinares, donde las ramas se mecían al compás del viento glacial, y en una de ellas, se topó, pico con pico, con el cuervo llamado Quinto, por ser el quinto hijo perdido de su madre. El cuervo miró con curiosidad a Pablito, tratando de descifrar a través de sus colores vivos, la procedencia de aquella extraña ave.

 

El cuervo Quinto, era un pájaro burlón y mal intencionado, quien proveía de aves incautas a los gatos callejeros del vecindario, a cambio de una buena comida caliente de restaurante, durante el invierno.

-Tú no eres de aquí – Dijo - ¿Cómo te llamas?

-Soy Pablito, y sí vivo aquí. Digo, por algún lugar de estos vivo.

-¿Pablito? ¿Qué es eso? ¿Un nombre? ¿Algún lugar de estos? Entonces, estas perdido, Pablito.

-Si – Dijo el loro, con candidez, ignorando con quien hablaba.

-Bien, yo te llevaré a donde perteneces. Ven conmigo, necesitas cenar y divertirte. Después quiero que conozcas a mis amigos.

El cuervo sonrió burlonamente.

-¡Muy bien! – Dijo Pablito, contento de haber hallado a un amigo, y acostumbrado a la buena voluntad en las personas.

El cuervo, era un pájaro borrachín. Y vivía rodeado de botellas de vino y cerveza. Y le encantaba la comida rápida de restaurante, que los gatos le proveían durante las noches.

-¡Ven, bebe, come, diviértete! El vino ayuda a olvidar el frío de adentro y el de afuera también. Come mucho y descansa. Para eso es la vida.

Pablito comió cuanto pudo y bebió en exceso. Pronto sus ojos giraban en sus orbitas y miraba el bosque pasar con sus luciérnagas. Se sintió melancólico y le dio por llorar por su pequeña dueña.

-¡Te tengo! – Dijo el cuervo para sí – Te tendré por tres días. Estarás gordito y añejadito para cuando mis amigos vengan.

El lorito se sintió muy a su gusto con la amistad del cuervo, quien le ofrecía vino y alimento a cada vuelta. Así, hasta que llegó el martes. En tres días el lorito había cambiado su aspecto. Había aumentado de peso y su barriguita se mecía, por entre sus patitas; y su plumaje, alborotado y sucio, era el de un borrachín en zumba.

 

Ese día, Quinto salió temprano a llamar a sus amigos, para que por la noche, recogieran al loro borracho y glotón. Estaría en su punto. Pablito se halló solo en la morada del Cuervo, y sintió sed y nostalgia. Gruesas lágrimas brotaban de sus ojos, y buscó más vino. Pero ya las botellas se hallaban vacías.

-Buscaré afuera – Dijo.

Y trastrabillando, con su cabeza adolorida y con su garganta seca, salio al frío. Parecía un ave enferma y moribunda. Cayó varias veces sobre el hielo y se levantaba carcajeándose de su panza.

 

La ardillita Telma, pasó por el lugar y lo miró en aquellas fachas.

-¿Te sientes bien? – Le preguntó.

-Me siento solo y sediento.

-Entiendo. No eres de por acá.

-Ya no sé de donde soy.

-Te llevaré a mi cueva. Pronto estarás bien.

-Estaré bien, si me das un poco de vino. Mi cabeza zumba y la sed me mata.

-Ya veremos.

Cuando Quinto volvió, con sus amigos los gatos, el loro había partido. Quinto se hallaba furioso, por su mala suerte; pero más furiosos y hambrientos estaban los gatos, quienes  habían ayunado toda la semana, para disfrutar más en pleno el manjar. Ellos se miraron los unos a los otros y acordaron que siempre habría cena. Y de dos o tres mordiscos, cenaron, aunque  de mal gusto, con las carnitas de Quinto, el cuervo burlón.

 

Gracias al cobijo y a las atenciones de Telma, el loro sobrevivió la noche del martes. Y el miércoles por la mañana, ella le aconsejó, darse prisa en consultar con el viejo ganso de la región, llamado Lidio. Él conocía mejor que nadie el arte de la supervivencia y también era la última ave en extender sus alas y viajar al sur, alejándose del invierno, para luego regresar en primavera.

 

Ese mismo día, el loro visitó al ganso Lidio, quien se hallaba ocupado en los preparativos finales para su viaje al sur.

 

Desde que vio venir a Pablito, luchando por no atorarse en la nieve, Lidio se echó a reír, con una risa grave y pedregosa, que se escuchaba por entre todos los pinares. Al ganso le hizo gracia la figura única de ese animal, con los colores del bosque, de los atardeceres y las auroras, y porque vio en él, la clara presencia de otra cultura.

-¿Qué hace un pájaro como tu, en estas latitudes, por estos parajes, buenos solo para los osos que invernan? – preguntó el ganso.

-No sé – respondió Pablito – No conozco otros. Es más, ignoraba que fuera de casa hubiese tanto tumulto. Me arrepiento de haber dejado mi hogar.

-Con que tienes un hogar. Entonces, vuelve pronto a él, antes que este frío acabe contigo.

-No puedo. Me he perdido. Y no sé dónde está.

-Entonces – Dijo el ganso – morirás. Este no es lugar para ti. Yo sé que tu hogar está en el sur. He visto a muchos como tu por aquellos parajes de sol y lluvia, pero aquí…

-¿En el sur? ¿De qué hablas?

Telma, quien había acompañado a Pablito, lo tomó de una de sus alitas, y le mostró unas fotografías, que el ganso conservaba como recuerdo. En ellas se veían las selvas del sur, donde abundaban las aves como Pablito. Aves, bañándose en los manantiales, volando de un bananal a otro, felices de recibir el sol todos los días y a todas horas, contentos de volar bajo las torrenciales lluvias.

-Yo parto esta tarde – Dijo el ganso – Si deseas, puedes venir conmigo. Yo te guío.

Pablito vacilaba, pues pensaba en su amada amiga Teresita y en que tal vez aun podía encontrar su casita.

-¡Acepta! – Le urgió Telma, la ardillita – Sino mañana serás cadáver. ¡Loro muerto! ¿Entiendes?

Pablito dijo sí. Y por todo lo que duró el invierno y parte de la primavera, gozó entre sus hermanos los loros, quienes lo recibieron como a un miembro viejo y conocido, y de paso le enseñaron nuevas palabras sonoras. Se sintió vivo y amado en aquella atmósfera de libertad, sol y lluvia; aunque de vez en cuando extrañaba a los suyos. Comió bananas hasta hartarse y bebió néctar de naranja, hasta que ya no le cupo. Por las tardes, tomó el sol cerca de la costa y se zambulló en el mar. Era un loro feliz, aunque él siempre recordaba haber sido feliz.

 

Al pasar los meses, sintió nostalgia por Teresita y los otros que también eran los suyos. “¡Un día los invitaré a venir a estos parajes!”, se dijo. Y una noche, lloró al recordar las veladas en su casa, las caricias de la niña y los aplausos de los mayores, celebrando sus ocurrencias de pájaro caprichoso. Y pensó en volver. Buscó a Lidio, el viejo ganso, quien también era el ultimo en regresar al norte; y una tarde, emprendieron el viaje de retorno. Un ganso y un loro, volando juntos, divirtiéndose como ninguno por el camino.

 

Aterrizaron sobre los mismo pinares, cerca de la laguna y de los parajes, ahora alegres y floridos, rebosantes de vida y color. Se sentían nuevos. Y Pablito pensó en cómo hallar a los suyos. No hubo necesidad de incurrir en cansancio mental.

 

Entre los pinares, había un sendero y por él venía una madre, con su hija, tomada de la mano. La niña venía de su primer día de escuela y saltaba de un lugar a otro del sendero, enrollando sus canillitas y cantando una canción infantil. La mujer reía.

-¡Me agrada Teresita, que te guste la escuela! – Dijo la mujer.

El loro escuchó aquella palabra mágica y la deletreo para sí: Te-re-si-ta.

-¡Teresita! – Gritó el loro, desde los pinares,

Y soltó sus alas verdes, rojas, amarillas y lustrosas.

 

-¡Teresita! ¡Teresita! – Continuó gritando, mientras volaba.

Y la niña lo vio posarse sobre su hombro, como se posaría un retazo de arco iris sobre una fuente de agua.

-¡Pablito! ¡Pablito! – Gritó ella

Y lo abrazó. Y lo mojó con un manantial de lágrimas derramadas.

La mujer miró a Pablito, y no podía creer, la suerte de ese loro, a quien en casa daban por muerto y enterrado. ¿Cómo había logrado sobrevivir? ¿Qué importaba? Lo bueno era que estaba allí, haciendo feliz a su hija de nuevo.

-¿Dónde has estado, dónde? Te ves un poco requemado y más lustroso. Pero eres el mismo, Pablito.

-¡Trópico! ¡Trópico, mamá! ¡Salsa!

Y todos volvieron a ser felices con las travesuras y locuras de esa ave tropical y caprichosa.

Para el siguiente invierno, la familia completa viajó al sur. Y Pablito cantaba:

-¡Trópico! ¡Trópico, mamá! ¡Salsa!

 

Pedazo De Cielo

 

¡Chuta! Y es que lo vieron caer de repente, como rayo en seco en el verano, sin nubes, ni lluvia. Fue un relámpago corto y blanco y un estruendo largo y amplio. Una línea de fuego abriendo momentáneamente el crepúsculo. Después escucharon el golpe sordo, sintieron el temblor de tierra y vieron el humo y el fuego ascender entre los sembradíos de trigo, que se perdían en la distancia, en un valle sin montañas ni volcanes.

 

Sin medir el peligro, corrieron al encuentro del objeto, o lo que fuera, tal vez, una simple piedra de rayo, como esas que decían los mayores que caían en las temporadas de huracanes y tornados.

 

Había un enorme cráter entre los trigales, como los que dejaban las bombas en otras épocas. Y se fueron acercando despacito, tanteando la tierra y el calor. Abajo, en el fondo del hoyo, descansaba un inmenso objeto, ovalado y blanco, como un gran huevo de gallina. La tierra, en vez de caliente, como lo esperaban, yacía helada y con escarcha. Un humo fosforescente y blanco, como vapor de marmita, se desprendía del huevo y permitía mirar, aun cuando el horizonte se volvía cenizo.

 

Pensaron en qué hacer. Si abandonar el huevo y volver temprano al otro día, o dejar a uno o dos de ellos como guardas, en caso que algo ocurriera o alguien se presentara reclamando posesión del objeto. Benito, el mayor de ellos, fue de la idea que, lo más sabio era dejarlo para la claridad, pues, ¿qué ocurriría si se tratase de un extraño animal o de una criatura devoradora de niños y hombres? No, el asunto era para la mañana, cuando todo nos parece posible y ninguna sombra nos espanta. ¿Y si no estaba? Pues que no estuviera. Total, no era de ellos, y lo único que los ataba al huevo, era la incontrolable curiosidad por saber lo que había dentro.

 

Así fue. Volvieron por la mañana. Y allí estaba el huevo a la espera, sin ningún percance. Bajaron al hoyo y auscultaron la cosa, la palparon, la sonaron con piedras, la movieron de un lado a otro, pues era lo mismo. Y le quisieron hallar una abertura: puerta o ventana, que les permitiera comunicarse con su interior. Uno de ellos propuso golpearlo fuertemente contra las rocas hasta reventarlo. Pero Benito se opuso. Era mejor esperar.

 

La espera duro poco, y antes que pasara el mediodía, cuando ya sus cuerpos olían a cebo derretido por el calor que se elevaba, el huevo comenzó a bambolearse de un extremo a otro, inclinándose, dando saltitos. Luego se resquebrajo por todo su centro, con un ruido a cerámica tornándose añicos. Por precaución, ellos se alejaron.

 

Finalmente, el huevo  terminó de romperse, y de su interior, surgió, para asombro de todos, un niño gordito y cabezón, de la misma edad de la de ellos; pero con toda su piel teñida de azul, una cabellera blanca y un corbatín negro. Pensaron en abandonarlo, pues parecía de otro planeta o galaxia y por su estado soñoliento, que buscaba descansar. Dieron la vuelta, pero él los llamó con un sonido musical de violines, procedente de su garganta.

-¿Quién eres? – Le preguntaron

Y él emitió unas notas musicales, en do y en re, que ninguno comprendió.

-¿Cómo te llamas?

Y  de nuevo vibró música de su garganta. Le hicieron más preguntas, pero con el mismo resultado. Y concluyeron que se trataba de un pobre niño mudo. Por otro lado, él, con su mirada, parecía estudiarlos. Y al poco rato, comenzó a decir frases sueltas en el idioma de ellos, pero con un tono musical. Los jóvenes soltaron la risa. Y él lo hizo también. Una risa musical de guitarras.

 

Le preguntaron otra vez su nombre, pero él les dijo que de donde  procedía, la gente carecía de nombre, así del modo de ellos, porque cada uno era como una nota musical en una escala, con cierta tonalidad y un propósito. Y que al colocarse todos juntos, el resultado era la gran sinfonía universal. La misma música creadora del origen. No le comprendieron. Y como no les dijo su nombre, optaron por llamarlo “Pedazo De Cielo”, porque eso era lo que parecía, con su piel azul y su cabellera blanca. Él sonrió en gusto.

-Entonces, ¿qué haces aquí? ¿Acaso, te caíste? – Preguntó Benito

-No, no me caí. Me he escapado. Me cansé de habitar el extremo redondo de una semicorchea.

-Les harás falta.

-Ni lo creas. Soy tan minúsculo y prescindible. Ni siquiera notarán mi ausencia.

Los jóvenes lo tomaron consigo y lo presentaron a sus padres. Ellos estaban tan acostumbrados a mirar rarezas entre la gente que iba y venía, desplazada, refugiada o perdida entre los caminos de la vida; y untada de sus variados colores: blancos, negros, amarillos, rojos; que no se extrañaron de la apariencia y aspecto del niño azul y blanco que tenían enfrente.

-¿Y cómo se llama? – Preguntó la madre

-No lo sabemos – Respondió Benito – Pero le hemos puesto “Pedazo de Cielo” Y a él, parece gustarle.

-¡Pedazo de Cielo! –Murmuró, con desaliento, el padre - ¡Pedazo de Tierra es lo que aquí necesitamos! ¡Váyanse a jugar, mientras se prepara la cena!

 

Pedazo de Cielo jugó el resto del día y de la noche, esos juegos que todos conocían: uno, dos, tres para todos mis amigos; ladrón librado; mica oso; y hasta esos juegos de niñas, como el de esconde el anillo, escóndelo bien. Y no daba muestras de cansancio.

 

Al final de la jornada, les preguntó si eso de los juegos era de todos los días, y ellos le respondieron que sí; pero solo esa semana, pues la siguiente iniciaba la escuela.

-¡Entonces, me quedaré con ustedes! – Dijo

Al término de la semana, era obvio que algo grave ocurría en el ambiente. No algo fatal, pero sí, algo que podía palparse y sentirse dentro de cada pecho.

 

La gente, en el tumulto de la vida, no lograba atinar qué era aquella vacuidad, hasta que un niño apuntó a los árboles, y observaron a los pájaros, tristes y mudos, moribundos. Ninguno de ellos trinaba, y las horas se les iban arrancándose el plumaje y espulgándose.

 

La alegría de ellos, su música, faltaba, y era esto el vacío de las mañanas. A lo que había que sumar lo marchito y descolorido de los tulipanes y las rosas.

 

A Pedazo de Cielo, la escuela le pareció aburrida, porque le recordaba la labor, el afán y la disciplina de allá arriba. Un esfuerzo infecundo e innecesario. Invitó a los jóvenes a correrse y abandonarla, pero ninguno de ellos aceptó. Y mientras ellos estudiaban, él mataba las horas con juegos de solitario o meciéndose entre las ramas de los pinares.

 

Pronto Pedazo de Cielo halló compañía en esos que se fugaban de clases, para medir la calle y aplanarla, y envolverse en esos juegos mortales de demoler y derrumbar. Adquirió vicios y se le pegaron malas voces. En suma, se dedicó a asolar la tierra en diversión.

 

La siguiente semana, los vecinos se despertaron con un silencio que agobiaba, porque casi simulaba una sordera. No había risas cantarinas, ni en los niños, ni en las fuentes. La ciudad se había vuelto neutral al viento y a la dicha. Allá, a lo lejos, en el río, no había el murmullo de las aguas. Era un silencio aplastante, de los que se conocen pocos, como el que ocurre cuando uno se prepara a dejar caer la primera palada de tierra sobre el féretro de lo más amado. El silencio de los pensamientos recogidos, del alma contraída ante lo profundo del misterio.

 

Los niños olvidaban jugar y el entorno se volvía gris. El día empezaba como terminaba, sin los arreboles del alba o el crepúsculo. Los colores se habían perdido del firmamento, y el sol aparecía, desde su inicio, como un mediodía hiriente. Y así también se ocultaba, sin las naranjas y las manzanas del ocaso. La poesía, la música en la luz y el color habían muerto. Y la piel se marchitaba sobre los huesos de los hombres, como un pan ácimo de muerte.

 

La noche también era lo mismo. Las auroras boreales del norte, solo eran relámpagos blancos y tristes del cielo. Las estrellas habían dejado de titilar y la luna, mostraba una sombra eterna que ocultaba la brillantez de su perla en la pupila. Había llanto en la madrugada. Un lamento de gatos y perros, persiguiendo las sombras, confundidos por la ausencia de olor en los azahares.

 

Después había venido la angustia, por las tinieblas cerrándose en el horizonte. Mientras tanto, en la llanura, Pedazo de Cielo, jugaba a ser feliz, sin nadie que le dijera qué hacer o qué decir. Hasta los jóvenes que se fugaban de la escuela, terminaron por abandonarlo. Y ahora, solo se dedicaba a matar con hondas a las ardillas y conejos silvestres. Pedazo de Cielo echado a perder.

 

Cuando por fin alzó los ojos, y miró la llanura, cerrándose con un negro sólido y grueso, sin ningún matiz, ni armonía, reparó en las palabras de su madre, la corchea.

-¡Tu trabajo es importante! ¡Hazlo bien, con placer y serás feliz! ¡Eres el que nos inspira, el que nos regala, en los matices y en el canto de los cielos, la música y la poesía!

Pero él siempre había pensado que esas eran cosas banales, de las que nadie comía ni vivía, hasta que conoció la tristeza en el corazón del hombre.

 

Volvió a donde sus amigos. Ellos lo esperaban, enfermos y casi mudos. Benito lo abrazó.

-¡Nos morimos, Pedazo de Cielo! ¡Nos morimos!

Pedazo de Cielo se enterneció y lloró.

-¡Es mi culpa! – Dijo –  ¡Yo menosprecié los arreboles que formaba en el alba! ¡La poesía en la aurora y el crepúsculo! ¡En la sinfonía celestial de cada pájaro! ¡La misma vida en el canto y el color! ¡Debo irme! ¡Debo hacer mi trabajo y hacerlo bien! ¡Jamás pensé que tanta alma dependiese de mí! ¡Un simple huevo en el extremo de una corchea!

 

Benito y los demás lo abrazaron. Y el niño azul y blanco, se introdujo en el huevo, y partió.

 

Arriba, se abría de nuevo el firmamento. Y Pedazo de Cielo se divertía mezclando los colores del alba y el ocaso, y dibujando corceles con los cúmulos y nimbos...

 

Las Nuevas Especies

 

¡Chuta! Es que nosotros jamás olvidaremos esos meses, en los que nuestros padres nos encerraron en casa por culpa, según decían, de un criminal nocturno que desaparecía a los niños. Por dos meses o quizá más, no supimos de juegos de calle, ni de baños en el lago, y las visitas de unos a otros, solo se consentían bajo la supervisión estricta de los mayores, por temor a que, en un descuido, fuéramos las próximas victimas. El temor no era gratuito, pues perdimos a cinco de nuestros amigos, entre ellos a la más inquieta y pequeña de nosotros: Lorena.

 

Nunca la pudimos encontrar, aun cuando recorrimos de una punta a otra el pueblo, y llamamos a gritos, a todas horas su nombre. Una tarde, cuando clamábamos por ella, teniendo enfrente la masa cristalina del lago, tuvimos la certeza que una de las más extrañas criaturas del agua, nos saludaba o se despedía de nosotros con sus aletas; pero solo fue eso, y nuestros padres nos urgieron jamás repetirlo.

 

¿Qué ocurrió en esos días? Pensamos que nadie nunca lo supo, y la policía jamás capturó al asesino nocturno. Fue también, durante este tiempo, que se narraban en el pueblo, las más graciosas ocurrencias, como las que dicen que le acaecieron a Lorena, antes de su desaparición. A nosotros, el cuento ya nos vino de terceras bocas, así:

 

El problema era que, esa mañana, ella había amanecido con una terrible comezón en la piel. En toda la piel, la que la obligaba a rascarse con constancia hasta desangrar. Le contó a su mamá,  que durante la noche, no había podido dormir y que, cuando por fin concilió el sueño, había padecido una horrible pesadilla. Soñó que un hongo le crecía en la espalda. No, no un hongo provocado por alguna bacteria y el cual reseca la piel o la vuelve blanca; sino un hongo, es decir, una de esas plantas parásitas que  brotan en los lugares húmedos y oscuros o bajo los grandes árboles y que en los días lluviosos, sirven de refugio, de sombrillas a las ranas y sapos. Un hongo, entre blancuzco y café que la hacía oler a musgo y humedad.

 

La madre se había echado a reír de la ocurrencia de Lorena, su hija de ocho años, y estrechándola entre sus brazos, la consoló, diciéndole que, a veces, una infección con fiebre aguda, podía hacer que uno tuviera los sueños más disparatados y crueles.

- Pero es que me pica la espalda – Había sido la respuesta de Lorena – Me pica allí, donde mis manos no alcanzan a rascar.

La madre la observó enternecida.

-Está bien – dijo – Miremos.

La madre abrió la boca, como nunca antes lo había hecho y un “Dios Mío” escapó de sus labios, al contemplar el hongo, igual al descrito por Lorena. Buscó la calma y dijo:

-No es nada. Hoy mismo veremos al doctor.

El galeno también se sorprendió, pues jamás había visto nada semejante, y con más conocimiento de causa, consoló.

-No es nada – dijo – A veces los jóvenes juegan con cualquier cosa y en cualquier parte y sin darse cuenta se infectan de los más remotos e insólitos misterios.

-Pero si yo solo me baño con mis amigos en el lago – Dijo Lorena para sí

El médico se colocó los guantes y palpó el hongo. Este se le pulverizó entre las manos, y solo dejó un diminuto orificio en la espalda de la niña. El recetó unos ungüentos, para la picazón y unos antibióticos tomados, para la infección. Y enviaría unas muestras del hongo al laboratorio.

 

En un par de días, Lorena se curó del mal, pero una semana después, se levantó sobresaltada a medianoche, con un malestar en la nariz. Era como si una mucosidad se le hubiese endurecido, dentro de una de sus fosas nasales. Unos constantes escalofríos la hacían tiritar, castañetear los dientes y golpear una con la otra sus rodillas. Se arropó lo mejor que pudo y trató de no pensar en su nariz, ni en el frío, hasta por la mañana. Pero de nuevo, al caer dormida, soñó que, desde lo más recóndito de sus pulmones, le subían pequeños cangrejos rosados. Eran cangrejos de sangre y hielo, como de cristal, que se le movían por entre los bronquios y se le iban a depositar en la nariz.

 

Al levantarse por la mañana, lo primero que hizo fue correr hasta donde su madre y contarle la pesadilla y el malestar. Esta vez la madre no rió, porque pudo observar de primer ojo, la protuberancia en la nariz. Pero aun así, le pareció del dominio de lo fantástico lo de los cangrejos.

-Te haré cosquillas en la nariz – Le dijo – Trata de estornudar fuerte.

Tomó una pluma de gallina y se la rozó despacio por entre las fosas nasales, hasta que Lorena no pudo contener la picazón y soltó un fuerte estornudo. Su nariz expelió una cosa roja que rebotó de las almohadas y marcó en estas un rastro de un tierno rosado.

 

La madre lo recogió con un pañuelo y para su sorpresa, se trataba de un diminuto cangrejo color rosado, transparente como el hielo y duro como el diamante. El cangrejo vivía, movía sus tenazas y caminaba de lado, como con sospechas. Otro “Dios Mío”, escapó de los labios de la madre, y de nuevo corrieron donde el doctor.

-Lo enviaré al laboratorio – dijo el medico – Hoy no se puede confiar en los niños, se meten todo en la boca, en la nariz y en cualquier orificio que descubren. El otro día, extraje un fríjol del oído de un muchachito y un maíz, ya con raíces y hojitas, de la nariz de una niña. Ya de nada me extraño. La única pregunta que me hago es, de dónde pudo conseguir esta niña, un cangrejo como este. Parece de hielo o cristal, por su transparencia; pero no se deshace. En fin, ya veremos…

 

No pudo terminar la frase, porque otro estornudo de Lorena, hizo saltar otro cangrejo de igual tamaño y color, ante sus propios ojos. El doctor la envió a rayos equis, pero no le detectaron ninguna anormalidad.

 

El mal se fue solo, y aunque coleccionaron más de cien cangrejos rosados de hielo, por el resto de la semana y Lorena sacó ganancia vendiéndolos a sus amigas a escondidas de su madre,  el doctor insistió en que en la ciudad ocurrían otros fenómenos mucho más raros y extraños, pero que, a excepción de los casos de los jovencitos desaparecidos, la mayoría resultaban ser benévolos. Por lo mismo, lo de Lorena solo era una nimiedad, sin ninguna consecuencia fatal.

 

La madre absorbió el consuelo y bebiéndose un café, leyó el periódico del día. Ya eran diez, los niños desaparecidos durante el mes, y la policía mantenía el estado rojo de alerta, seguido de una fuerte campaña de seguridad, a cargo de grupos comunitarios que, a toda hora del día y de la noche, patrullaban las calles, inquietando el sueño de los perros y las salidas pacificas de los mapaches, que hurgaban los basureros de la vecindad. El periódico citaba a la policía, pues se sospechaba que un enloquecido asesino de niños, andaba suelto. Y se había hecho redada de todos aquellos criminales con historial delictivo, resguardándolos en celdas, mientras duraba la alarma y se aclaraba el misterio. La madre mostraba signos de preocupación, pues entre los jóvenes desaparecidos, se contaba con cuatro amiguitos de su hija. Por lo mismo, Lorena tenía prohibido salir de  casa, más allá de la verja de acero que protegía el jardín.

-¡¿Qué estaremos pagando?! – Dijo para sí la madre.

Más abajo, en otro artículo, leyó sobre los beneficios que se estaban cosechando, de la nueva planta nuclear a orillas del lago. Esta generaba energía limpia a bajo costo. También se hacía mención de cómo la franja industrial, que depositaba residuos y desechos tóxicos en el lago, había implementado las medidas a favor de la fauna y flora submarina, aunque aclaraban que, aún podía ser dañino para la salud, tomar baños, incluso ocasionales, en las playas cercanas.

 

Otra noche más, Lorena se despertó con un fuerte dolor de vientre. Pero más que dolor, era un ardor y cosquilleo interno, incomodo, que la hacía reír sin motivo. No le hizo caso y se quedó dormida. Soñó que en su estomago pululaban cientos y cientos de pescaditos verdes, que luchaban unos contra otros por salir, buscando la luz a través de los intestinos. La pesadilla y el malestar en el vientre, el que ahora se mostraba inflamado como cuero de tambor, la hicieron despertar, con una urgencia incontenible por defecar. Corrió al baño, luchando por llegar, y de un solo golpe, soltó todo el material oscuro del intestino. No deseaba mirar la taza, por temor a que de nuevo, su pesadilla se tornara cierta; pero pudo más la curiosidad y bajó la mirada de poco a poquito. Un aterrador grito, despertó a la madre.

-¡Dios Mío!, ¿qué es esto? – Se preguntó a sí misma la madre. Y corrió con Lorena y con una muestra de lo defecado al hospital.

-No es nada – dijo de nuevo el doctor – Suele suceder que en casos remotos, en vez de lombrices, los jóvenes se llenan de otros bichos intestinales. Aunque por lo inusitado del caso, mandaré una muestra al laboratorio…Pero le digo, a mi me parecen simples pescaditos verdes.

 

Durante la semana, Lorena defecó más de lo mismo, y ya acostumbrada a mirarlos en la taza, hasta les cogió cariño. Tomó  a varios de ellos, en peceras improvisadas, hechas de botes plásticos transparentes, y los mostró a sus amigos.

 

Cuando la semana estaba a punto de terminar, es decir el sábado, ya rayando la medianoche, Lorena se levantó sobresaltada, con el corazón a punto de escapársele por la garganta y con una inusitada sed, que la hacía sentir los labios resecos y partidos, como los sitios  pantanosos en tiempo de sequía. Quizá era otra vez la fiebre, porque había tenido otra pesadilla. Ella era un extraño reptil, con escamas y patas y una lengua bífida. Al palparse la piel, la sentía dura y fibrosa y se daba cuenta que, sus manos, tampoco eran las mismas manos de siempre. Esa noche no esperó a la mañana, si no que, como pudo, corrió al baño y se miró al espejo. La luz blanca le incrustaba alfileres de colores en los ojos y tuvo que ajustar sus pupilas varias veces para lograr encontrarse.

 

Allí estaba ella. Sí, ella. Es decir, el extraño reptil. Un reptil de trompa ancha y ojos saltados, con una lengua que diluía los olores, y unas ansias mortales por el agua. No soportó más, se ahogaba con el aire seco de la superficie. Se deslizó por los pasillos de la casa, ahora vista desde abajo, como la miraría una mascota, e incorporándose,  abrió la puerta que daba hacia la calle. Era una noche fresca de verano. Adentro, la madre dormía, con unos ronquidos, que hacían vibrar los ventanales que daban al jardín. Solo el perro de casa ladró amigablemente, al ver pasar de largo y con urgencia, esa rara y nueva especie, de la que aun se desprendía el olor a su pequeña dueña, Lorena.

 

Al terminar la mañana, y agotados los recursos, la madre reportó a la policía, la desaparición de su hija. Era la onceava victima del depredador nocturno. Y los oficiales se tomaban de los cabellos, tratando de atar los cabos que explicaran el fenómeno y revelaran al culpable. Requisaron incluso dentro de las paredes de la vivienda, a fin de encontrar una tan sola pista no considerada. La madre les dijo que lo único extraño de todo eso, era que había encontrado agua en el piso del baño y el corredor y unas escamas transparentes sobre el lavabo.

 

La fotografía de Lorena, como niña extraviada, cubrió la primera página de los matutinos y la noticia pasó a una página interior, a la par de otra columna, donde un grupo de científicos informaba un hallazgo insólito: el descubrimiento de nuevas especies de reptiles gigantes, en las cristalinas aguas del lago de la ciudad.

 

Nosotros, obedecimos a nuestros padres y jamás volvimos a hablar sobre estas extravagancias de jóvenes – reptiles, que mentes ociosas inventaban; pero de vez en cuando, por las noches, íbamos a escondidas al lago, a gritar el nombre de Lorena, con la ciega esperanza, de que una noche, algo o alguien, quizá Lorena caminando descalza sobre el agua, nos llamara de regreso...

 

 

La Isla (Las Nuevas Especies II)

 

¡Chuta! Es que a veces la curiosidad es buena consejera.

 

Ya había transcurrido más de un año, desde que nuestros amigos habían desaparecido, sin dejar rastro. Y aun venían a nuestra mente sus recuerdos, en forma de sonrisas, bromas y discordias. En la añoranza, nos íbamos por la noche, a caminar a orillas del lago. Queríamos cortar la nostalgia que nos cerraba el horizonte. De vez en cuando, una tenue luz lejana, como de estrella, parpadeaba, queriéndose dormir cerca del agua: eran los pescadores de trucha, que surcaban el lago en sus pequeñas balsas de remos, y de las que pendían lámparas de gas mezclado con hierbas de sahumerio, para espantar a los zancudos voraces del agua.

 

Nosotros esperábamos a su regreso, pues aparte de las truchas, siempre traían una nueva historia entre sus redes. Decían que la isla, en el centro del lago, se había formado en los primeros tiempos, cuando aquella zona era todavía el enorme boquete de un volcán, que había reventado por los tiempos de los dinosaurios. El volcán había desaparecido, diluido entre su misma lava, pero el boquerón quedó allí, y con el tiempo, las corrientes subterráneas trajeron el agua y lo cubrieron. Después, tal vez con la sedimentación y con el empuje interior del magma, la masa de agua cedió al nacimiento de una enorme isla, en el propio centro del lago. Esa era la razón por la que sus aguas sabían a azufre y que en algunas áreas, aun se pudieran divisar cráteres submarinos, túneles profundos a los que nadie les conocía dirección ni fondo. ¡Ay de aquel que, enredado entre las algas, fuera a parar a uno de esos cráteres! Ya había ocurrido antes y los cuerpos de las victimas jamás habían sido encontrados. El peligro radicaba en el exceso de confianza. El remanso, la calma de sus aguas, volvían al lago peligroso. Uno olvidaba que, después de todo, se trataba de un monstruo que dormía, dispuesto a despertar en cualquier momento. En los tiempos de huracanes y tormentas, el peligro era aun mayor. Con el viento, los túneles se abrían y ensanchaban con remolinos acuosos, capaces de tragarse hombres y balsas.

 

La isla era una formación rocosa que daba crédito al origen volcánico del lago. Y sobre la piedra lunar, crecía la más exuberante vegetación del trópico, con una combinación de flores silvestres y árboles frutales, cuidados primorosamente por unas manos invisibles, que los pescadores atribuían a seres extraños de las profundidades, más sensibles y más inteligentes que nosotros, los de la superficie. Ellos, decían, tenían un profundo nivel estético y sublime de la belleza y una vocación natural, por la soledad y meditación…Nada de esto podía confirmarse.

 

La isla era poco frecuentada durante el día y vacía y solitaria por la noche. Y al caer las tinieblas, nadie se atrevía a visitarla; ni siquiera los mismos pescadores, que conocían tan bien sus alrededores. Ellos juraban haber escuchado ruidos, cantos y retumbos, procedentes de ella. Y ya varias aventuras de los muchachitos exploradores, habían terminado en zafarrancho de sálvese el que pueda, pues muchos decían haber visto ojos perturbadores, que los observaban y susurros que los llamaban, desde las cuevas simuladas por las flores y helechos.

 

Nosotros le apostamos a la suerte. Y un sábado por la tarde, decidimos visitar la isla. Como nadie quiso proporcionarnos balsas ni remos o guías para el viaje, aun ofreciendo el doble en pago por los servicios, optamos por usar viejos neumáticos de llantas de  vehículo, de esos de hule grueso y negro. Cada quien subió en el suyo, con el trasero sumergido en el agua y con varas de bambú, como remos. Ibamos extasiados y temerosos a la vez por la aventura, y con ánimos de develar  para siempre el misterio de la isla.

 

La silueta de la isla al fondo, nos dirigía, mientras la oscuridad se volvía espesa y un enjambre de zancudos voraces, nos buscaba para chuparnos el último vestigio de sangre en nuestras venas.

 

Todo marchaba de acuerdo a lo planeado. Y esto nos infundía confianza y nos permitió mofarnos, de las absurdas historietas de los pescadores. Pero a la mitad del camino, el agua se enturbió. Se sintió girar sobre si misma, y nos hizo perder la dirección. Sin saber, habíamos elegido el mejor medio de navegar, en aquellas corrientes caprichosas, pues a una balsa fácilmente la hubieran hecho zozobrar. Hubo una especie de motín,  entre nosotros. Algunos pedíamos el regreso y otros continuar la marcha. Benito llamó a la calma y señalando a la isla, nos hizo entrar en razón. Estábamos tan cerca de nuestro objetivo que, aun si naufragáramos, lograríamos alcanzar la orilla de la isla. Eso nos llenó de nuevos bríos, y apresuramos los remos. Pero nos equivocábamos. Mas adelante, el agua se enturbió aun más, y aunque mis amigos lograron escapar, yo sentí de pronto marearme, por los giros rápidos y constantes del neumático sobre sí mismo, y por la oquedad de las olas, que se lanzaban sobre mí. Perdí el control y caí en lo profundo. Iba hundiéndome sin saberlo, y arriba iba quedando una masa de agua que giraba en torno mío. Grité, pero pienso que ya nadie me escuchó. La oscuridad espesa, me volvía invisible. De pronto, me sentí empujado por debajo, por una enorme masa de roca, que emergía con todo mi cuerpo sobre si. Estaba salvado. La roca comenzó a moverse en dirección a la Isla, y el alivio entró a mis entrañas. Pero no se trataba de una simple roca, pues pronto elevó