|
|
|
|
|
|
|
|
|
La Hormiga Holgazana Y La Cigarra ¡Chuta! Fue el caso que, cuando entró la primavera y la nieve empezó a derretirse, la tierra por fin despertó de su aletargamiento y abrió su seno, como una madre tierna y generosa, para que brotaran sus criaturas: hija – hierba, hija – flor, hijo – árbol, hijo – tulipán…hija – lombriz. Sí, porque al sentir aquel calor amoroso, procedente del vientre materno, también estas ultimas comenzaron a aflorar y salir a la superficie. Eran lombrices largas y ligosas, de esas que la gente se toma la molestia de recoger; así, con asco y repugnancia, por su aspecto a fideo sucio, por su ligosidad y espasmos, porque son buenas para la pesca con anzuelo. Surgían de repente, de los sitios menos esperados, retorciéndose como carruseles de feria.
El patio de nuestra casa era el más afortunado para que tales bichos llegaran, y a nosotros nos gustaba jugar con ellos, recogerlos, también con asco, y ponerlos en cautiverio, en botes de cristal. Por supuesto, no para pescar con anzuelo, sino para otros usos, como el de introducirlos en los bolsos de la escuela de las niñas distraídas. Nos deleitaba escuchar los gritos de ellas, a media clase, al sentir aquello suave, húmedo y ligoso, moverse entre sus dedos. La profesora llamaba al orden y explicaba lo útil de esos animalitos, pues ayudaban a nuestra madre tierra a respirar.
También surgió en primavera, cerca del jardín de mamá, un asentamiento ilegal de hormigas. Se trataba de un hormiguero profundo y elevado, como un volcán. Eran de esa clase de hormigas laboriosas, industriosas y disciplinadas, que no gustan de perder el tiempo en quehaceres inútiles y recreos. No gastaban las horas como nosotros, en juegos de calle y barrio, en mascones de fútbol por las tardes.
Ellas eran como soldados, con su comandante a la vanguardia, guiándolas y ordenándoles qué hacer, como con una idea fija en su mente y nada más. Mi madre no las quería, pues aunque admiraba sus cualidades, que hubieran resultado muy útiles en nosotros, sus hijos; en ellas, eran la perdición. Era gracias a su tenacidad y disciplina que estaban a punto de terminar con el manzano y ya venían por el rosal, cosa que ella jamás permitiría.
Nosotros prestábamos mucha atención a los métodos de trabajo de las hormigas, las estudiábamos, no porque quisiéramos imitarlas, sino porque la escuela había terminado y algunas tardes eran realmente aburridas y tristes, y contemplar a esos animalitos nos mantenía la mente ocupada, pensando en qué buenos guerreros serían y lo que ocurriría si alguien hiciera crecer un animal de esos, que podía levantar, no sé cuantas veces, su mismo peso, y ya domesticado, ocuparlo de ayuda de casa. Las cosas que podría hacer, hasta lo podríamos tomar como transporte y para lucirlo, con nuestros amigos, como mascota.
Ocurre que siempre hay excepciones. Esa tarde, nuestra vista y ocio se posaron en una de ellas en particular. Era una hormiguita cabezona, de aspecto frágil y color rosado, diferente a las demás. No solo su color, por lo que decidimos llamarla Rosi, era lo diferente en ella, sino también sus hábitos de trabajo, si al caso los tenía. Era, para los ojos de las demás, una hormiga holgazana. Rompía la formación, con los oídos sordos a los gritos del comandante; salía tarde del hormiguero, cabizbaja y con ojos soñolientos, desorientada, moviéndose en zig-zags, por entre las flores del jardín, sin ánimos de empezar el día, pues había gastado las horas de la noche cantando, tarareando a solas canciones que ella por si misma componía. Ante las amenazas serias del comandante, pretendía darse prisa y se unía al grupo y a la asignación del día: cortar las hojas del manzano. Las hormiguitas trepaban decididas al tronco del árbol, mordiendo los tallos y soltando las hojas al suelo. Ya en tierra, las acomodaban a sus espaldas y las acarreaban al hormiguero, entre tres o cuatro. Rosi, nosotros lo sabíamos, solo fingía. Hacía la pantomima. Tardaba en subir al tronco y tardaba en bajar. Se colocaba al final de la hoja caída y pretendía cargarla. Más adelante, cuando creía que nadie la veía, la soltaba y subía a la hoja a cantar y descansar. Sus compañeras llegaban al hormiguero, sudorosas y cansadas del ajetreo del día, y se admiraban del estado de reposo de su compañera: fresco y descansado. No había duda, Rosi había nacido con fuerzas más allá de lo normal. Pero como sucede, siempre hay ojos que te vigilan desde el bosque.
Una vez, ocurrió algo muy, pero muy inusual. Al despertar de la mañana, las hormigas guardas del hormiguero, se encontraron de lleno defendiéndose del ataque de una serpiente, de esas venenosas que tienen una maraquita en su cola. Se llamaba Filomena y quería el hormiguero como refugio, para depositar sus huevos. Les había dado un ultimátum, de desalojar al calentar el día o sufrir las consecuencias del rocío de su veneno, que esta vez lo lanzaría a chorros sobre ellas.
Las hormiguitas temblaban, y se daban ya por muertas, pero como buenos soldados, planearon la estrategia: despacharon al refugio a las más pequeñas y débiles y a las madres. Rosi, sin siquiera habérsele ordenado, corrió también a resguardarse, pero la voz inflexible del comandante, la alcanzó. -¡¿Para dónde crees que vas, Rosí?! – Dijo.
Y la hizo volver.
Las hormigas cerraron filas y rodearon al invasor. Se le fueron encima, sin darle tiempo que regara su veneno, con un ataque que la serpiente jamás hubiera imaginado. Ella se retorcía en si misma, con espasmos. Aullaba, con gritos de serpiente adolorida y contra atacaba con su cola, queriéndose desprender a las hormigas, que yacían prensadas, clavándoles sus tenazas en cada palmo de su piel. Rosi, se animaba a veces a combatir e hizo varios intentos de acercarse, a donde sus hermanas se debatían en la defensa, pero jamás llegó a poner un pie en el campo de batalla. Al final, la serpiente huyó despavorida, sin antes jurar venganza. Las pérdidas, en vidas y destrozos, fueron muchas. Había que rehacer el hormiguero y enterrar con honor a las caídas. Rosi descansaba bajo el manzano, cuando oyó la voz del comandante y de otros cuatro de alto rango, acercándose. Lo habían visto todo. El comandante, dirigiéndose a Rosi, dijo: -Te hemos observado desde el primer momento. Hemos visto cómo holgazaneabas, mientras tus hermanas trabajaban. Te hemos escuchado cantar y cantar, mientras tus hermanas se preparaban para el invierno. Y te hemos perdonado. Hemos aceptado, aunque de mal agrado, tu holgazanería. Pero lo que hemos visto hoy, no lo podemos perdonar. No podemos pasar por alto tu cobardía. Hemos visto cómo permitías que tus hermanas murieran por ti y por todos nosotros. Tu solo observabas, sin entrar en la lucha…
Rosi quiso hablar, decir algo en su defensa, pero el comandante prosiguió. -¡No más palabras! E hizo un gesto, que los oficiales que lo acompañaban, entendieron a perfección. Tomaron a Rosi por sus patas, y la expulsaron del campamento.
Nosotros, vimos a Rosi partir, solitaria, vacía, vencida e incomprendida. Ella era una hormiga echada a perder, buena para nada. La tarde caía. Caminó varias cuadras – medidas por hormigas – y se tiró rendida, debajo de un rosal. A los pocos minutos, la despertó un sonido triste y monótono. Buscó de dónde procedía, pero la oscuridad que se cerraba y extendía y las hojas del rosal, no le permitían mirar. -¡¿Quién canta?! – preguntó. Pero no hubo respuesta y el sonido continuó. -¡¿Quién canta tan bello?! – Dijo esta vez, y el cumplido surtió efecto. -Soy yo, Wendy – contestó una cigarrita joven, de alitas café, prendida de una de las ramas del rosal. – ¿De verdad, te gusta cómo canto? -No tienes la menor idea. Pero, ¿qué haces sola? -Nosotras, cantamos solas. Somos muchas en cada árbol, pero cantamos solas. Y morimos solas. De hambre, pues nadie cree que el que canta, merece comer. -¿Ya comiste? – Preguntó la hormiga – Porque lo que soy yo, no he probado bocado. -¿Y qué hace una hormiga sola y hambrienta? -No soy más una hormiga. Hoy puedo ser cualquier cosa, menos una hormiga. -¿Y qué quieres ser? -Quisiera ser de nuevo una hormiga, pero a la que se le dejara cantar. -¡Cantar! -¡Sí, cantar! -Primera vez que oigo esto. A ver, ¿qué quisieras cantar? -Algo como esto… Y la hormiguita cantó, con su tono alto y agudo, una canción de amor incomprendido, de patitas entrelazadas y de la espera de la noche con la amada. -¡Bravo, bravo! – dijo la cigarra, mientras aplaudía. – Sabes que nos podríamos unir, cantar a dúo, y ganarnos el sustento. Podríamos visitar hormigueros y colmenares. Nosotros cantaríamos y ellos nos pagarían con alimento. Leche, pan y miel, para las dos. -Suena bien. Deberíamos de hacernos de un repertorio y practicar, para que nuestras voces no tengan nada que envidiar a la de los ángeles del día, que alegran las mañanas de los hombres con su trinar. -Muy bien – dijo la cigarra – Pero por esta noche, busquemos un refugio, porque mira el cielo, viene tormenta y el viento fuerte, ha comenzado a soplar… Yo conozco un lugar que te va a gustar.
Iban las dos alegres, contentas la una de la otra. La hormiga, meditaba en que a ella le hubiera gustado ser una cigarra trabajadora y la cigarra concluía que no hubiera estado nada mal ser una hormiga cantora. Lo que Wendy ignoraba, era que Rosi era la excepción a la regla. Para sus hermanas, ella era una hormiga holgazana.
Wendy mostró el lugar, y entraron tomándose fuerte de la hierba, pues la tormenta se había adelantado y venía levantando ramas. Con la última luz, miraron pasar veloz a una mariposa, luciendo los bellos colores del trópico. Ellas concluyeron que se trataba de una monarca, que iba camino al sur, pues se despedía desde el aire, con su voz dulce de niña, aun extasiada de su metamorfosis de luz y color.
El refugio era una cueva labrada en la roca, tal vez por alguna ardilla o conejo silvestre. Y ellas subieron a sus lados altos, para evitar ser barridas en caso de una inundación. También buscaron lo profundo, para que la respiración calida de la tierra, las resguardara del frío de la noche. A lo lejos, unas rocas anchas despedían luz y calor, y recogido cerca de ellas, estaba lo que parecía ser el alto turbante de un oriental o un yagual. No le dieron importancia, y mientras caminaban, practicaban el canto. Sus voces rebotaban de las paredes calizas, trayendo de nuevo la armonía a los oídos. Iban a ser ricas y dichosas, haciendo lo que a ellas más les gustaba y comiendo solo como la reina.
Pronto el turbante se contrajo y luego se extendió. Sacó su lengua bífida, de animal de traición y olió y saboreo al enemigo. Reconoció a la hormiga y miró con detenimiento a la cigarra. Paladeo la venganza y de paso contempló a su alimento. Ambas serían un exótico platillo, para su hambre de animal herido. Aun no se reponía de los miles de mordiscos de la mañana. Al recordar la afrenta, azotó con furia su cola con maraca, y esto hizo que la hormiga y cigarra dejaran de practicar y se detuvieran a escuchar, sin imaginar cuán cerca estaban del peligro. -Vienen a buen tiempo, las quiero invitar a cenar – Dijo la serpiente. A la cigarra y hormiga el miedo las hacía tiritar. Y esta ultima se daba por perdida, porque sabía que la víbora, aun recordaría los pinchazos de sus hermanas y, de seguro, con ella se ensañaría, y se fue quedando atrás apretándose a la pared. Había en ese lugar, una especie de cristales delgados, como agujas o alfileres. Ella tomó sin ser vista dos de ellos y los ocultó en sus costados. -Las escuché cantar – Prosiguió Filomena – Y me dije: ¡Qué bueno sería comer con música! Por eso, antes de disfrutar de sus carnitas, quisiera que me cantaran a dúo, una de esas canciones que hablan de la sabiduría infinita de nosotras, las víboras.
¡Era una serpiente vanidosa!
Con temblor y desaliento, ellas accedieron, y mientras cantaban, la víbora Filomena, cerraba sus ojos y sonreía placida, al imaginar el gozo del que disfrutarían sus sentidos al tragarse a esos dos insignificantes bichos pretenciosos. Con señas, Rosí le dijo a Wendy que la levantara sobre su lomo y que volara con ella, sin dejar de cantar. Y que se acercara lo más que pudiera a la cabeza de la víbora. Se jugarían la última carta.
Estaban casi enfrente de los ojos cerrados de la serpiente y esta, al sentir el olor de ambas, tan cerca de sí, se contorsionaba en deseo. Rosi, entonces, pidió a Wendy que se mantuviera en el aire, sin moverse, y soltando un grito cantado, dijo: -¡Abre los ojos, sabia viborita, para que nos veas mejor! La serpiente abrió grande, muy grande los ojos y Rosi, sin perder un segundo, en un solo movimiento, clavó cada uno de los cristales en ambos ojos de Filomena. La cigarra, al ver esto, zumbó despavorida, en retroceso, y buscó el más apartado rincón, más allá de las rocas que manaban luz. -¡Aaay, mis ojos! – Gritó Filomena - ¡Maldita hormiga! ¡Te rastrearé con mi lengua hasta que te encuentre! Y la serpiente soltaba coletazos de dolor, pulverizando las rocas y arrancándose pedazos de su misma piel.
Rosi ahora, tuvo otra idea y dijo a Wendy que se separaran un poco. Recogió otras astillas finas de cristal y se las ató a la espalda. Los ojos de la víbora sangraban con profusión y con su lengua rastreaba al enemigo. Sintió el olor de la cigarra. Y a esta, arrinconada, le temblaban sus alitas. -¡Adiós, cigarrita! – Dijo la serpiente y abrió grande la trompa. La hormiga aprovechó para clavar otra astilla entre la lengua y el paladar. La víbora dió varios brincos de dolor, como quien jinetea. Y aullaba. Pero entre más gritaba y apretaba su trompa, el punzante dolor era mayor
Una vez sosegada, y con el hocico y ojos sangrando, Filomena reinicio su ataque; pero en esta ocasión, la hormiga decidió que tenía que terminar. Cogió una gran astilla de cristal y dijo a Wendy que caminaría por el cielo de la cueva, mientras ella, como carnada, atraía a la serpiente. Esta, a puras penas lograba extender su lengua, porque la astilla clavada se la sujetaba al paladar.
Wendy la vió venir ansiosa, decidida, ensangrentada, regando su veneno por donde sus papilas recogían el olor, dispuesta a terminar. La víbora la olió. Sintió que hoy sí se le acabaría el gusto y el canto a la cigarrita, después se encargaría de esa hormiga bochinchera.
De nuevo, como pudo, abrió su trompa tragándose el dolor, e hizo el intento de lazar a Wendy con su lengua viperina; pero no pudo. La hormiga se desprendió del cielo de la cueva, trayendo la astilla de cristal por delante. Con el peso de Rosi, el puntiagudo cristal, entró fácilmente por todo el cuello de la víbora, prensándola a la roca. De Filomena se escapó un ruido gutural de muerte y un río de sangre, comenzó a correr camino abajo. -¡Malditas sabandijas! ¡Traidora hormiga! ¡Ladina cigarra! ¡Maldita yo que me dejé dormir con el canto! – Y mientras gritaba, movía con frenesí la cola, reventando las paredes y volviendo insoportable el cascabeleo, hasta que, con un último espasmo, torció de un lado a otro los ojos y expiró.
La hormiga y la cigarra cantaron de alegría.
Afuera aún llovía y seguiría lloviendo hasta por un mes. No había modo de salir de la cueva pronto. Rosi y Wendy tenían hambre. Con los afilados cristales despojaron a la víbora de su piel y la pusieron a secar, cerca de las rocas, que manaban lumbre y calor. Y por treinta días y treinta noches comieron carne de culebra, que de paso les supo gustosa.
El temporal por fin cedió, y un rayo de sol primaveral se derritió en los cristales del jardín e iluminó la cueva. Las amigas, que durante todo ese tiempo se habían dedicado a practicar su música y componer canciones, despertaron al sentir de nuevo el trinar de los ángeles del día. Ellas tuvieron una idea.
Nosotros, cuando la lluvia pasó, volvimos a salir, a contemplar el día y disfrutar de uno de esos juegos de trompo y de corre que te alcanzo o mica oso, como le llamábamos.
Algo inusual capturó nuestra atención. De una cueva, una enorme piel de reptil era arrastrada por una hormiga y una cigarra. Venían cantando una canción que hablaba del trabajo duro y honrado de la hormiga y del bello canto de la cigarra. Venían alegres, mostrándole la lengua al cuero duro y tieso de Filomena.
El asentamiento ilegal de hormigas, es decir, el hormiguero, las vio venir, y cerrando filas, sonaron el cuerno de alarma, que anunciaba la alerta roja. El comandante, se posicionó enfrente y convocó al ataque, porque pensó que la serpiente traía cautivas, como rehenes, a una hormiga y una cigarra. Pronto el comandante se dio cuenta del error y mandó a socorrer a la hermana, que ya venía cayendo, por el peso de la piel.
Hubo muchas hurras entre las hermanas y una disculpa del comandante para Rosi. También hubo muchas hurras para la cigarra y un fuerte ¡buuu!, para el cuero caído y seco de la serpiente.
Rosi y Wendy fueron llamadas al estrado, para que narraran la historia en asamblea y de paso ser condecoradas. -¿Qué desean como recompensa? – Preguntó la hormiga reina – ¿Qué desean por habernos librado de tan horrible reptil? -¡Nada! – Respondieron ambas – ¡Habernos conocido es nuestro premio y recompensa! ¡Nuestra amistad es el tesoro que deseamos conservar! -¡Que así sea! – dijo la reina – Pero, el comandante me ha contado tu secreto, Rosi.
La hormiga palideció, al pensar que el comandante había referido a la reina su cobardía y holgazanería pasada. La reina prosiguió: -Deseo que me deleites con una de tus melodías. Ya que Dios te ha bendecido con tan inestimable don del Canto…Eres diferente, Rosi – continuó la reina – Pero no es malo serlo, aunque a veces sea necesario pelear hasta con monstruos para lograr que nuestros sueños se vuelvan realidad. -¡No, sin Wendy, su majestad! – Dijo la hormiga, refiriéndose a la petición de la soberana – Cantamos a dúo. -¡Concedido! La hormiga y la cigarra cantaron una de las mejores canciones que habían compuesto, mientras comían carne de víbora en la cueva.
Cuando terminaron, la reina y la asamblea aplaudieron y no dejaron de aplaudir por varios minutos, hasta que la reina bajó sus manos. -Todavía tengo un premio para ustedes – Agregó la reina – Desde hoy en adelante se les nombra Cantoras Oficiales de la Corte. Recibirán pago por sus servicios y nunca padecerán hambre.
Jamás la hormiguita rosadita y cabezona y la cigarrita de alitas café, habían sido tan dichosas. Sus sueños se habían hecho realidad. Rosi sería una hormiga cantora y nadie jamás la llamaría holgazana. Y Wendy sería una cigarra trabajadora y nunca más se moriría de hambre…
Nosotros, podríamos haber pasado allí, hasta que aquella reunión de hormigas se disolviera, pero mamá pensaba de otro modo, y nos llamó a casa porque aunque era tiempo de vacaciones, ella quería que al menos leyéramos un buen libro que nos hiciera despertar...
El Rastro Del Loro
¡Chuta! El loro tenía más de una semana de haberse perdido. Había escapado de casa una mañana, en un descuido de los hombres de la compañía de mudanza, mientras colocaban con cuidado y precaución, los muebles nuevos de sala, y se desprendían de los viejos, arrastras, con dejación, para que fueran dispuestos por el servicio de reciclaje municipal.
En los apuros, no lo vieron revolotear libre de la jaula, ni salir caminando, con sus pasos de vaquero viejo y corvo. Ni siquiera se percataron de que la familia poseía un loro, hasta que Teresa, la más pequeña de los hijos, preguntó por Pablito.
Al principio, los de la mudanza, pensaron que se trataba de un miembro más de la familia. Y en efecto, así era. Pero con pico curvo y plumas rojas, azules, amarillas y verdes.
Lo buscaron debajo de las camas; dentro de las ollas y el horno; en el ático y el sótano; en los orificios de la ventilación interna y hasta en los tanques de agua de los inodoros. Nada. Pablito no aparecía por ningún lado.
Trataron de pensar del mismo modo que lo haría un loro, y concluyeron que, Pablito había utilizado sus patas para la fuga, con su andar de pingüino tropical y pico árabe.
¡Ojalá que este hubiese sido el caso! Porque era tiempo de invierno y afuera caían unas hojuelas tiernas y blancas, que tapizaban las calles de una irritante albura, obligando al uso de gafas, para protegerse de los deslumbres del sol, todavía en el ángulo del otoño. Por otro lado, la nieve recién caída, era un elemento favorable en la búsqueda y haría más fácil el trabajo de encontrar el rastro del loro.
Cada uno de los de casa, con el mismo pensamiento, corrió hacia la puerta, y con un cuidado extremo de avanzar en línea y no borrar ninguna huella, se dieron a la tarea de encontrar la primera pisada del loro sobre la nieve. No tardaron en hallarla, porque las depresiones de sus patas corvas, eran claras y continuas. Se notaban temerosas, angustiadas, pensativas y acobardadas, tal vez por sentir aquel frío desconocido bajo sus plantas.
La nieve había grabado, no solo las pisadas, pero también los temores, los sentimientos y los pensamientos del loro, mientras se aventuraba en terrenos desconocidos, en un campo virgen, para una criatura tropical como era él
De pronto, el rastro se detenía y cambiaba de aspecto. Ahora parecía que el loro caminaba a saltitos, como lo haría un pajarito huraño y temeroso; y se podía observar que, por algún momento, se había detenido a meditar en su rumbo, y tal vez a probar con su lengua negra y reseca, aquellas blancas hojuelas que caían como frágiles hojas del cielo. Después volvían a continuar con saltitos, y todos pensaron que era natural, pues él, una ave desacostumbrada al frío cruel de estas tierras del norte, de seguro había sentido sus patas entumecerse y había optado por saltar.
Luego las pisadas se acercaban al manzano del patio. En completo deshoje, por el cierzo; y era allí, precisamente, que se perdía el rastro.
La frustración se internaba en las entrañas de los hombres. Y ya se estaba a punto de cantar la retirada, cuando un niño encontró, cerca del manzano, dos plumas largas, verdes y rojas. Seguro eran del loro. Había sobre la nieve, evidencia de lucha y pisadas de otro animal, tal vez un gato siamés, pero lo bueno era que no había rastros de sangre, ni nada que concluyera la muerte de Pablito, en las garras del otro animal. Así, los hombres decidieron avanzar en líneas concéntricas, como las ondas que dibuja una roca en el agua, al caer, alejándose de su punto de origen: el manzano.
Marchaban con los ojos muy abiertos, y meditaban cada paso, hasta que el manzano solo fue un puntito lejano de referencia. De pronto, Teresa escuchó entre los pinares: -¡Vuela, Pablito, que te congelas! ¡Vuela, Pablito, que te coge el gato! ¡Vuela, Pablito, salva tu culito! Pero todos pensaron que había sido la imaginación de la niña, su deseo vehemente de hallar a su lorito; puesto que, por mucho que revisaron entre los pinares, no se encontró nada. Al caer la noche, la búsqueda fue suspendida por el frío, y porque los hombres se hallaban agotados de sus pies y sus gargantas. A Teresita, le rodaban las lágrimas, como bolitas de hielo, por la perdida de su lorito.
Transcurrieron dos, tres y hasta siete días. Todas las mañanas, desde su ventana, Teresita miraba con nostalgia, aquel lienzo blanco, y suspiraba. “¡Vuelve, Pablito!”, decía. Pero nada. Las esperanzas, como sucede siempre, conforme pasa el tiempo, se iban esfumando. La renuncia o resignación que trae la derrota, se volvía más sólida y patente en los de casa: Había muerto un familiar muy querido.
Porque eso era Pablito para todos. Uno más de casa. Lo habían comprado en un viaje que hicieran al centro de América, cuando él era aun un chocoyo, con nada de plumaje en su pescuezo, pocas plumas en sus alas y una mirada distraída, burlona y tonta, de pájaro remedador. Muchas veces estuvo a punto de morir, por la nostalgia inconsciente de sus padres; pero por el cariño y atenciones que le prodigaban su nueva familia, Pablito jamás hubiera pensado que él era un miembro adoptado. Todo lo contrario: la celebración de sus gracias y locuras de ave tropical; las hurras a sus malcriadezas y a las imitaciones soeces de su lengua, que no respetaban religión ni lenguaje – las decía con la misma gracia y sin acento en español y en ingles – y sus carcajadas indecentes a todas horas, lo habían llevado a concluir que él era la estrella de la familia, el miembro más amado, la figura intocable del hogar. Y en el fondo, así era. Era un loro consentido, sin ninguna habilidad para sobrevivir fuera de casa.
Todavía, decían los expertos en zoología, había posibilidad de encontrar al loro con vida, pues aunque había habido noches de temperatura menos cero, el invierno aun no había arreciado con ventiscas crueles o tormentas polares, que congelaran los bosques. Desafortunadamente, el jueves de esa semana, la situación cambiaría. El metereológico, anunciaba la caída de veinte centímetros de nieve y temperaturas bajas de menos treinta. Condiciones suficientes para aniquilar a cualquier ser humano o animal, no provisto de las herramientas necesarias para subsistir en un clima tan cruel y despiadado como ese. Unas gruesas lágrimas, rodaron por el rostro de Teresita. Y los demás solo encogieron sus hombros en impotencia: era el final.
Mientras tanto, afuera, Pablito había logrado escaparse del gato por un pelito, y había decidido volar de rama en rama, hasta perderlo de vista. Subió a lo más alto de los pinares, donde las ramas se mecían al compás del viento glacial, y en una de ellas, se topó, pico con pico, con el cuervo llamado Quinto, por ser el quinto hijo perdido de su madre. El cuervo miró con curiosidad a Pablito, tratando de descifrar a través de sus colores vivos, la procedencia de aquella extraña ave.
El cuervo Quinto, era un pájaro burlón y mal intencionado, quien proveía de aves incautas a los gatos callejeros del vecindario, a cambio de una buena comida caliente de restaurante, durante el invierno. -Tú no eres de aquí – Dijo - ¿Cómo te llamas? -Soy Pablito, y sí vivo aquí. Digo, por algún lugar de estos vivo. -¿Pablito? ¿Qué es eso? ¿Un nombre? ¿Algún lugar de estos? Entonces, estas perdido, Pablito. -Si – Dijo el loro, con candidez, ignorando con quien hablaba. -Bien, yo te llevaré a donde perteneces. Ven conmigo, necesitas cenar y divertirte. Después quiero que conozcas a mis amigos. El cuervo sonrió burlonamente. -¡Muy bien! – Dijo Pablito, contento de haber hallado a un amigo, y acostumbrado a la buena voluntad en las personas. El cuervo, era un pájaro borrachín. Y vivía rodeado de botellas de vino y cerveza. Y le encantaba la comida rápida de restaurante, que los gatos le proveían durante las noches. -¡Ven, bebe, come, diviértete! El vino ayuda a olvidar el frío de adentro y el de afuera también. Come mucho y descansa. Para eso es la vida. Pablito comió cuanto pudo y bebió en exceso. Pronto sus ojos giraban en sus orbitas y miraba el bosque pasar con sus luciérnagas. Se sintió melancólico y le dio por llorar por su pequeña dueña. -¡Te tengo! – Dijo el cuervo para sí – Te tendré por tres días. Estarás gordito y añejadito para cuando mis amigos vengan. El lorito se sintió muy a su gusto con la amistad del cuervo, quien le ofrecía vino y alimento a cada vuelta. Así, hasta que llegó el martes. En tres días el lorito había cambiado su aspecto. Había aumentado de peso y su barriguita se mecía, por entre sus patitas; y su plumaje, alborotado y sucio, era el de un borrachín en zumba.
Ese día, Quinto salió temprano a llamar a sus amigos, para que por la noche, recogieran al loro borracho y glotón. Estaría en su punto. Pablito se halló solo en la morada del Cuervo, y sintió sed y nostalgia. Gruesas lágrimas brotaban de sus ojos, y buscó más vino. Pero ya las botellas se hallaban vacías. -Buscaré afuera – Dijo. Y trastrabillando, con su cabeza adolorida y con su garganta seca, salio al frío. Parecía un ave enferma y moribunda. Cayó varias veces sobre el hielo y se levantaba carcajeándose de su panza.
La ardillita Telma, pasó por el lugar y lo miró en aquellas fachas. -¿Te sientes bien? – Le preguntó. -Me siento solo y sediento. -Entiendo. No eres de por acá. -Ya no sé de donde soy. -Te llevaré a mi cueva. Pronto estarás bien. -Estaré bien, si me das un poco de vino. Mi cabeza zumba y la sed me mata. -Ya veremos. Cuando Quinto volvió, con sus amigos los gatos, el loro había partido. Quinto se hallaba furioso, por su mala suerte; pero más furiosos y hambrientos estaban los gatos, quienes habían ayunado toda la semana, para disfrutar más en pleno el manjar. Ellos se miraron los unos a los otros y acordaron que siempre habría cena. Y de dos o tres mordiscos, cenaron, aunque de mal gusto, con las carnitas de Quinto, el cuervo burlón.
Gracias al cobijo y a las atenciones de Telma, el loro sobrevivió la noche del martes. Y el miércoles por la mañana, ella le aconsejó, darse prisa en consultar con el viejo ganso de la región, llamado Lidio. Él conocía mejor que nadie el arte de la supervivencia y también era la última ave en extender sus alas y viajar al sur, alejándose del invierno, para luego regresar en primavera.
Ese mismo día, el loro visitó al ganso Lidio, quien se hallaba ocupado en los preparativos finales para su viaje al sur.
Desde que vio venir a Pablito, luchando por no atorarse en la nieve, Lidio se echó a reír, con una risa grave y pedregosa, que se escuchaba por entre todos los pinares. Al ganso le hizo gracia la figura única de ese animal, con los colores del bosque, de los atardeceres y las auroras, y porque vio en él, la clara presencia de otra cultura. -¿Qué hace un pájaro como tu, en estas latitudes, por estos parajes, buenos solo para los osos que invernan? – preguntó el ganso. -No sé – respondió Pablito – No conozco otros. Es más, ignoraba que fuera de casa hubiese tanto tumulto. Me arrepiento de haber dejado mi hogar. -Con que tienes un hogar. Entonces, vuelve pronto a él, antes que este frío acabe contigo. -No puedo. Me he perdido. Y no sé dónde está. -Entonces – Dijo el ganso – morirás. Este no es lugar para ti. Yo sé que tu hogar está en el sur. He visto a muchos como tu por aquellos parajes de sol y lluvia, pero aquí… -¿En el sur? ¿De qué hablas? Telma, quien había acompañado a Pablito, lo tomó de una de sus alitas, y le mostró unas fotografías, que el ganso conservaba como recuerdo. En ellas se veían las selvas del sur, donde abundaban las aves como Pablito. Aves, bañándose en los manantiales, volando de un bananal a otro, felices de recibir el sol todos los días y a todas horas, contentos de volar bajo las torrenciales lluvias. -Yo parto esta tarde – Dijo el ganso – Si deseas, puedes venir conmigo. Yo te guío. Pablito vacilaba, pues pensaba en su amada amiga Teresita y en que tal vez aun podía encontrar su casita. -¡Acepta! – Le urgió Telma, la ardillita – Sino mañana serás cadáver. ¡Loro muerto! ¿Entiendes? Pablito dijo sí. Y por todo lo que duró el invierno y parte de la primavera, gozó entre sus hermanos los loros, quienes lo recibieron como a un miembro viejo y conocido, y de paso le enseñaron nuevas palabras sonoras. Se sintió vivo y amado en aquella atmósfera de libertad, sol y lluvia; aunque de vez en cuando extrañaba a los suyos. Comió bananas hasta hartarse y bebió néctar de naranja, hasta que ya no le cupo. Por las tardes, tomó el sol cerca de la costa y se zambulló en el mar. Era un loro feliz, aunque él siempre recordaba haber sido feliz.
Al pasar los meses, sintió nostalgia por Teresita y los otros que también eran los suyos. “¡Un día los invitaré a venir a estos parajes!”, se dijo. Y una noche, lloró al recordar las veladas en su casa, las caricias de la niña y los aplausos de los mayores, celebrando sus ocurrencias de pájaro caprichoso. Y pensó en volver. Buscó a Lidio, el viejo ganso, quien también era el ultimo en regresar al norte; y una tarde, emprendieron el viaje de retorno. Un ganso y un loro, volando juntos, divirtiéndose como ninguno por el camino.
Aterrizaron sobre los mismo pinares, cerca de la laguna y de los parajes, ahora alegres y floridos, rebosantes de vida y color. Se sentían nuevos. Y Pablito pensó en cómo hallar a los suyos. No hubo necesidad de incurrir en cansancio mental.
Entre los pinares, había un sendero y por él venía una madre, con su hija, tomada de la mano. La niña venía de su primer día de escuela y saltaba de un lugar a otro del sendero, enrollando sus canillitas y cantando una canción infantil. La mujer reía. -¡Me agrada Teresita, que te guste la escuela! – Dijo la mujer. El loro escuchó aquella palabra mágica y la deletreo para sí: Te-re-si-ta. -¡Teresita! – Gritó el loro, desde los pinares, Y soltó sus alas verdes, rojas, amarillas y lustrosas.
-¡Teresita! ¡Teresita! – Continuó gritando, mientras volaba. Y la niña lo vio posarse sobre su hombro, como se posaría un retazo de arco iris sobre una fuente de agua. -¡Pablito! ¡Pablito! – Gritó ella Y lo abrazó. Y lo mojó con un manantial de lágrimas derramadas. La mujer miró a Pablito, y no podía creer, la suerte de ese loro, a quien en casa daban por muerto y enterrado. ¿Cómo había logrado sobrevivir? ¿Qué importaba? Lo bueno era que estaba allí, haciendo feliz a su hija de nuevo. -¿Dónde has estado, dónde? Te ves un poco requemado y más lustroso. Pero eres el mismo, Pablito. -¡Trópico! ¡Trópico, mamá! ¡Salsa! Y todos volvieron a ser felices con las travesuras y locuras de esa ave tropical y caprichosa. Para el siguiente invierno, la familia completa viajó al sur. Y Pablito cantaba: -¡Trópico! ¡Trópico, mamá! ¡Salsa!
Pedazo De Cielo
¡Chuta! Y es que lo vieron caer de repente, como rayo en seco en el verano, sin nubes, ni lluvia. Fue un relámpago corto y blanco y un estruendo largo y amplio. Una línea de fuego abriendo momentáneamente el crepúsculo. Después escucharon el golpe sordo, sintieron el temblor de tierra y vieron el humo y el fuego ascender entre los sembradíos de trigo, que se perdían en la distancia, en un valle sin montañas ni volcanes.
Sin medir el peligro, corrieron al encuentro del objeto, o lo que fuera, tal vez, una simple piedra de rayo, como esas que decían los mayores que caían en las temporadas de huracanes y tornados.
Había un enorme cráter entre los trigales, como los que dejaban las bombas en otras épocas. Y se fueron acercando despacito, tanteando la tierra y el calor. Abajo, en el fondo del hoyo, descansaba un inmenso objeto, ovalado y blanco, como un gran huevo de gallina. La tierra, en vez de caliente, como lo esperaban, yacía helada y con escarcha. Un humo fosforescente y blanco, como vapor de marmita, se desprendía del huevo y permitía mirar, aun cuando el horizonte se volvía cenizo.
Pensaron en qué hacer. Si abandonar el huevo y volver temprano al otro día, o dejar a uno o dos de ellos como guardas, en caso que algo ocurriera o alguien se presentara reclamando posesión del objeto. Benito, el mayor de ellos, fue de la idea que, lo más sabio era dejarlo para la claridad, pues, ¿qué ocurriría si se tratase de un extraño animal o de una criatura devoradora de niños y hombres? No, el asunto era para la mañana, cuando todo nos parece posible y ninguna sombra nos espanta. ¿Y si no estaba? Pues que no estuviera. Total, no era de ellos, y lo único que los ataba al huevo, era la incontrolable curiosidad por saber lo que había dentro.
Así fue. Volvieron por la mañana. Y allí estaba el huevo a la espera, sin ningún percance. Bajaron al hoyo y auscultaron la cosa, la palparon, la sonaron con piedras, la movieron de un lado a otro, pues era lo mismo. Y le quisieron hallar una abertura: puerta o ventana, que les permitiera comunicarse con su interior. Uno de ellos propuso golpearlo fuertemente contra las rocas hasta reventarlo. Pero Benito se opuso. Era mejor esperar.
La espera duro poco, y antes que pasara el mediodía, cuando ya sus cuerpos olían a cebo derretido por el calor que se elevaba, el huevo comenzó a bambolearse de un extremo a otro, inclinándose, dando saltitos. Luego se resquebrajo por todo su centro, con un ruido a cerámica tornándose añicos. Por precaución, ellos se alejaron.
Finalmente, el huevo terminó de romperse, y de su interior, surgió, para asombro de todos, un niño gordito y cabezón, de la misma edad de la de ellos; pero con toda su piel teñida de azul, una cabellera blanca y un corbatín negro. Pensaron en abandonarlo, pues parecía de otro planeta o galaxia y por su estado soñoliento, que buscaba descansar. Dieron la vuelta, pero él los llamó con un sonido musical de violines, procedente de su garganta. -¿Quién eres? – Le preguntaron Y él emitió unas notas musicales, en do y en re, que ninguno comprendió. -¿Cómo te llamas? Y de nuevo vibró música de su garganta. Le hicieron más preguntas, pero con el mismo resultado. Y concluyeron que se trataba de un pobre niño mudo. Por otro lado, él, con su mirada, parecía estudiarlos. Y al poco rato, comenzó a decir frases sueltas en el idioma de ellos, pero con un tono musical. Los jóvenes soltaron la risa. Y él lo hizo también. Una risa musical de guitarras.
Le preguntaron otra vez su nombre, pero él les dijo que de donde procedía, la gente carecía de nombre, así del modo de ellos, porque cada uno era como una nota musical en una escala, con cierta tonalidad y un propósito. Y que al colocarse todos juntos, el resultado era la gran sinfonía universal. La misma música creadora del origen. No le comprendieron. Y como no les dijo su nombre, optaron por llamarlo “Pedazo De Cielo”, porque eso era lo que parecía, con su piel azul y su cabellera blanca. Él sonrió en gusto. -Entonces, ¿qué haces aquí? ¿Acaso, te caíste? – Preguntó Benito -No, no me caí. Me he escapado. Me cansé de habitar el extremo redondo de una semicorchea. -Les harás falta. -Ni lo creas. Soy tan minúsculo y prescindible. Ni siquiera notarán mi ausencia. Los jóvenes lo tomaron consigo y lo presentaron a sus padres. Ellos estaban tan acostumbrados a mirar rarezas entre la gente que iba y venía, desplazada, refugiada o perdida entre los caminos de la vida; y untada de sus variados colores: blancos, negros, amarillos, rojos; que no se extrañaron de la apariencia y aspecto del niño azul y blanco que tenían enfrente. -¿Y cómo se llama? – Preguntó la madre -No lo sabemos – Respondió Benito – Pero le hemos puesto “Pedazo de Cielo” Y a él, parece gustarle. -¡Pedazo de Cielo! –Murmuró, con desaliento, el padre - ¡Pedazo de Tierra es lo que aquí necesitamos! ¡Váyanse a jugar, mientras se prepara la cena!
Pedazo de Cielo jugó el resto del día y de la noche, esos juegos que todos conocían: uno, dos, tres para todos mis amigos; ladrón librado; mica oso; y hasta esos juegos de niñas, como el de esconde el anillo, escóndelo bien. Y no daba muestras de cansancio.
Al final de la jornada, les preguntó si eso de los juegos era de todos los días, y ellos le respondieron que sí; pero solo esa semana, pues la siguiente iniciaba la escuela. -¡Entonces, me quedaré con ustedes! – Dijo Al término de la semana, era obvio que algo grave ocurría en el ambiente. No algo fatal, pero sí, algo que podía palparse y sentirse dentro de cada pecho.
La gente, en el tumulto de la vida, no lograba atinar qué era aquella vacuidad, hasta que un niño apuntó a los árboles, y observaron a los pájaros, tristes y mudos, moribundos. Ninguno de ellos trinaba, y las horas se les iban arrancándose el plumaje y espulgándose.
La alegría de ellos, su música, faltaba, y era esto el vacío de las mañanas. A lo que había que sumar lo marchito y descolorido de los tulipanes y las rosas.
A Pedazo de Cielo, la escuela le pareció aburrida, porque le recordaba la labor, el afán y la disciplina de allá arriba. Un esfuerzo infecundo e innecesario. Invitó a los jóvenes a correrse y abandonarla, pero ninguno de ellos aceptó. Y mientras ellos estudiaban, él mataba las horas con juegos de solitario o meciéndose entre las ramas de los pinares.
Pronto Pedazo de Cielo halló compañía en esos que se fugaban de clases, para medir la calle y aplanarla, y envolverse en esos juegos mortales de demoler y derrumbar. Adquirió vicios y se le pegaron malas voces. En suma, se dedicó a asolar la tierra en diversión.
La siguiente semana, los vecinos se despertaron con un silencio que agobiaba, porque casi simulaba una sordera. No había risas cantarinas, ni en los niños, ni en las fuentes. La ciudad se había vuelto neutral al viento y a la dicha. Allá, a lo lejos, en el río, no había el murmullo de las aguas. Era un silencio aplastante, de los que se conocen pocos, como el que ocurre cuando uno se prepara a dejar caer la primera palada de tierra sobre el féretro de lo más amado. El silencio de los pensamientos recogidos, del alma contraída ante lo profundo del misterio.
Los niños olvidaban jugar y el entorno se volvía gris. El día empezaba como terminaba, sin los arreboles del alba o el crepúsculo. Los colores se habían perdido del firmamento, y el sol aparecía, desde su inicio, como un mediodía hiriente. Y así también se ocultaba, sin las naranjas y las manzanas del ocaso. La poesía, la música en la luz y el color habían muerto. Y la piel se marchitaba sobre los huesos de los hombres, como un pan ácimo de muerte.
La noche también era lo mismo. Las auroras boreales del norte, solo eran relámpagos blancos y tristes del cielo. Las estrellas habían dejado de titilar y la luna, mostraba una sombra eterna que ocultaba la brillantez de su perla en la pupila. Había llanto en la madrugada. Un lamento de gatos y perros, persiguiendo las sombras, confundidos por la ausencia de olor en los azahares.
Después había venido la angustia, por las tinieblas cerrándose en el horizonte. Mientras tanto, en la llanura, Pedazo de Cielo, jugaba a ser feliz, sin nadie que le dijera qué hacer o qué decir. Hasta los jóvenes que se fugaban de la escuela, terminaron por abandonarlo. Y ahora, solo se dedicaba a matar con hondas a las ardillas y conejos silvestres. Pedazo de Cielo echado a perder.
Cuando por fin alzó los ojos, y miró la llanura, cerrándose con un negro sólido y grueso, sin ningún matiz, ni armonía, reparó en las palabras de su madre, la corchea. -¡Tu trabajo es importante! ¡Hazlo bien, con placer y serás feliz! ¡Eres el que nos inspira, el que nos regala, en los matices y en el canto de los cielos, la música y la poesía! Pero él siempre había pensado que esas eran cosas banales, de las que nadie comía ni vivía, hasta que conoció la tristeza en el corazón del hombre.
Volvió a donde sus amigos. Ellos lo esperaban, enfermos y casi mudos. Benito lo abrazó. -¡Nos morimos, Pedazo de Cielo! ¡Nos morimos! Pedazo de Cielo se enterneció y lloró. -¡Es mi culpa! – Dijo – ¡Yo menosprecié los arreboles que formaba en el alba! ¡La poesía en la aurora y el crepúsculo! ¡En la sinfonía celestial de cada pájaro! ¡La misma vida en el canto y el color! ¡Debo irme! ¡Debo hacer mi trabajo y hacerlo bien! ¡Jamás pensé que tanta alma dependiese de mí! ¡Un simple huevo en el extremo de una corchea!
Benito y los demás lo abrazaron. Y el niño azul y blanco, se introdujo en el huevo, y partió.
Arriba, se abría de nuevo el firmamento. Y Pedazo de Cielo se divertía mezclando los colores del alba y el ocaso, y dibujando corceles con los cúmulos y nimbos...
Las Nuevas Especies
¡Chuta! Es que nosotros jamás olvidaremos esos meses, en los que nuestros padres nos encerraron en casa por culpa, según decían, de un criminal nocturno que desaparecía a los niños. Por dos meses o quizá más, no supimos de juegos de calle, ni de baños en el lago, y las visitas de unos a otros, solo se consentían bajo la supervisión estricta de los mayores, por temor a que, en un descuido, fuéramos las próximas victimas. El temor no era gratuito, pues perdimos a cinco de nuestros amigos, entre ellos a la más inquieta y pequeña de nosotros: Lorena.
Nunca la pudimos encontrar, aun cuando recorrimos de una punta a otra el pueblo, y llamamos a gritos, a todas horas su nombre. Una tarde, cuando clamábamos por ella, teniendo enfrente la masa cristalina del lago, tuvimos la certeza que una de las más extrañas criaturas del agua, nos saludaba o se despedía de nosotros con sus aletas; pero solo fue eso, y nuestros padres nos urgieron jamás repetirlo.
¿Qué ocurrió en esos días? Pensamos que nadie nunca lo supo, y la policía jamás capturó al asesino nocturno. Fue también, durante este tiempo, que se narraban en el pueblo, las más graciosas ocurrencias, como las que dicen que le acaecieron a Lorena, antes de su desaparición. A nosotros, el cuento ya nos vino de terceras bocas, así:
El problema era que, esa mañana, ella había amanecido con una terrible comezón en la piel. En toda la piel, la que la obligaba a rascarse con constancia hasta desangrar. Le contó a su mamá, que durante la noche, no había podido dormir y que, cuando por fin concilió el sueño, había padecido una horrible pesadilla. Soñó que un hongo le crecía en la espalda. No, no un hongo provocado por alguna bacteria y el cual reseca la piel o la vuelve blanca; sino un hongo, es decir, una de esas plantas parásitas que brotan en los lugares húmedos y oscuros o bajo los grandes árboles y que en los días lluviosos, sirven de refugio, de sombrillas a las ranas y sapos. Un hongo, entre blancuzco y café que la hacía oler a musgo y humedad.
La madre se había echado a reír de la ocurrencia de Lorena, su hija de ocho años, y estrechándola entre sus brazos, la consoló, diciéndole que, a veces, una infección con fiebre aguda, podía hacer que uno tuviera los sueños más disparatados y crueles. - Pero es que me pica la espalda – Había sido la respuesta de Lorena – Me pica allí, donde mis manos no alcanzan a rascar. La madre la observó enternecida. -Está bien – dijo – Miremos. La madre abrió la boca, como nunca antes lo había hecho y un “Dios Mío” escapó de sus labios, al contemplar el hongo, igual al descrito por Lorena. Buscó la calma y dijo: -No es nada. Hoy mismo veremos al doctor. El galeno también se sorprendió, pues jamás había visto nada semejante, y con más conocimiento de causa, consoló. -No es nada – dijo – A veces los jóvenes juegan con cualquier cosa y en cualquier parte y sin darse cuenta se infectan de los más remotos e insólitos misterios. -Pero si yo solo me baño con mis amigos en el lago – Dijo Lorena para sí El médico se colocó los guantes y palpó el hongo. Este se le pulverizó entre las manos, y solo dejó un diminuto orificio en la espalda de la niña. El recetó unos ungüentos, para la picazón y unos antibióticos tomados, para la infección. Y enviaría unas muestras del hongo al laboratorio.
En un par de días, Lorena se curó del mal, pero una semana después, se levantó sobresaltada a medianoche, con un malestar en la nariz. Era como si una mucosidad se le hubiese endurecido, dentro de una de sus fosas nasales. Unos constantes escalofríos la hacían tiritar, castañetear los dientes y golpear una con la otra sus rodillas. Se arropó lo mejor que pudo y trató de no pensar en su nariz, ni en el frío, hasta por la mañana. Pero de nuevo, al caer dormida, soñó que, desde lo más recóndito de sus pulmones, le subían pequeños cangrejos rosados. Eran cangrejos de sangre y hielo, como de cristal, que se le movían por entre los bronquios y se le iban a depositar en la nariz.
Al levantarse por la mañana, lo primero que hizo fue correr hasta donde su madre y contarle la pesadilla y el malestar. Esta vez la madre no rió, porque pudo observar de primer ojo, la protuberancia en la nariz. Pero aun así, le pareció del dominio de lo fantástico lo de los cangrejos. -Te haré cosquillas en la nariz – Le dijo – Trata de estornudar fuerte. Tomó una pluma de gallina y se la rozó despacio por entre las fosas nasales, hasta que Lorena no pudo contener la picazón y soltó un fuerte estornudo. Su nariz expelió una cosa roja que rebotó de las almohadas y marcó en estas un rastro de un tierno rosado.
La madre lo recogió con un pañuelo y para su sorpresa, se trataba de un diminuto cangrejo color rosado, transparente como el hielo y duro como el diamante. El cangrejo vivía, movía sus tenazas y caminaba de lado, como con sospechas. Otro “Dios Mío”, escapó de los labios de la madre, y de nuevo corrieron donde el doctor. -Lo enviaré al laboratorio – dijo el medico – Hoy no se puede confiar en los niños, se meten todo en la boca, en la nariz y en cualquier orificio que descubren. El otro día, extraje un fríjol del oído de un muchachito y un maíz, ya con raíces y hojitas, de la nariz de una niña. Ya de nada me extraño. La única pregunta que me hago es, de dónde pudo conseguir esta niña, un cangrejo como este. Parece de hielo o cristal, por su transparencia; pero no se deshace. En fin, ya veremos…
No pudo terminar la frase, porque otro estornudo de Lorena, hizo saltar otro cangrejo de igual tamaño y color, ante sus propios ojos. El doctor la envió a rayos equis, pero no le detectaron ninguna anormalidad.
El mal se fue solo, y aunque coleccionaron más de cien cangrejos rosados de hielo, por el resto de la semana y Lorena sacó ganancia vendiéndolos a sus amigas a escondidas de su madre, el doctor insistió en que en la ciudad ocurrían otros fenómenos mucho más raros y extraños, pero que, a excepción de los casos de los jovencitos desaparecidos, la mayoría resultaban ser benévolos. Por lo mismo, lo de Lorena solo era una nimiedad, sin ninguna consecuencia fatal.
La madre absorbió el consuelo y bebiéndose un café, leyó el periódico del día. Ya eran diez, los niños desaparecidos durante el mes, y la policía mantenía el estado rojo de alerta, seguido de una fuerte campaña de seguridad, a cargo de grupos comunitarios que, a toda hora del día y de la noche, patrullaban las calles, inquietando el sueño de los perros y las salidas pacificas de los mapaches, que hurgaban los basureros de la vecindad. El periódico citaba a la policía, pues se sospechaba que un enloquecido asesino de niños, andaba suelto. Y se había hecho redada de todos aquellos criminales con historial delictivo, resguardándolos en celdas, mientras duraba la alarma y se aclaraba el misterio. La madre mostraba signos de preocupación, pues entre los jóvenes desaparecidos, se contaba con cuatro amiguitos de su hija. Por lo mismo, Lorena tenía prohibido salir de casa, más allá de la verja de acero que protegía el jardín. -¡¿Qué estaremos pagando?! – Dijo para sí la madre. Más abajo, en otro artículo, leyó sobre los beneficios que se estaban cosechando, de la nueva planta nuclear a orillas del lago. Esta generaba energía limpia a bajo costo. También se hacía mención de cómo la franja industrial, que depositaba residuos y desechos tóxicos en el lago, había implementado las medidas a favor de la fauna y flora submarina, aunque aclaraban que, aún podía ser dañino para la salud, tomar baños, incluso ocasionales, en las playas cercanas.
Otra noche más, Lorena se despertó con un fuerte dolor de vientre. Pero más que dolor, era un ardor y cosquilleo interno, incomodo, que la hacía reír sin motivo. No le hizo caso y se quedó dormida. Soñó que en su estomago pululaban cientos y cientos de pescaditos verdes, que luchaban unos contra otros por salir, buscando la luz a través de los intestinos. La pesadilla y el malestar en el vientre, el que ahora se mostraba inflamado como cuero de tambor, la hicieron despertar, con una urgencia incontenible por defecar. Corrió al baño, luchando por llegar, y de un solo golpe, soltó todo el material oscuro del intestino. No deseaba mirar la taza, por temor a que de nuevo, su pesadilla se tornara cierta; pero pudo más la curiosidad y bajó la mirada de poco a poquito. Un aterrador grito, despertó a la madre. -¡Dios Mío!, ¿qué es esto? – Se preguntó a sí misma la madre. Y corrió con Lorena y con una muestra de lo defecado al hospital. -No es nada – dijo de nuevo el doctor – Suele suceder que en casos remotos, en vez de lombrices, los jóvenes se llenan de otros bichos intestinales. Aunque por lo inusitado del caso, mandaré una muestra al laboratorio…Pero le digo, a mi me parecen simples pescaditos verdes.
Durante la semana, Lorena defecó más de lo mismo, y ya acostumbrada a mirarlos en la taza, hasta les cogió cariño. Tomó a varios de ellos, en peceras improvisadas, hechas de botes plásticos transparentes, y los mostró a sus amigos.
Cuando la semana estaba a punto de terminar, es decir el sábado, ya rayando la medianoche, Lorena se levantó sobresaltada, con el corazón a punto de escapársele por la garganta y con una inusitada sed, que la hacía sentir los labios resecos y partidos, como los sitios pantanosos en tiempo de sequía. Quizá era otra vez la fiebre, porque había tenido otra pesadilla. Ella era un extraño reptil, con escamas y patas y una lengua bífida. Al palparse la piel, la sentía dura y fibrosa y se daba cuenta que, sus manos, tampoco eran las mismas manos de siempre. Esa noche no esperó a la mañana, si no que, como pudo, corrió al baño y se miró al espejo. La luz blanca le incrustaba alfileres de colores en los ojos y tuvo que ajustar sus pupilas varias veces para lograr encontrarse.
Allí estaba ella. Sí, ella. Es decir, el extraño reptil. Un reptil de trompa ancha y ojos saltados, con una lengua que diluía los olores, y unas ansias mortales por el agua. No soportó más, se ahogaba con el aire seco de la superficie. Se deslizó por los pasillos de la casa, ahora vista desde abajo, como la miraría una mascota, e incorporándose, abrió la puerta que daba hacia la calle. Era una noche fresca de verano. Adentro, la madre dormía, con unos ronquidos, que hacían vibrar los ventanales que daban al jardín. Solo el perro de casa ladró amigablemente, al ver pasar de largo y con urgencia, esa rara y nueva especie, de la que aun se desprendía el olor a su pequeña dueña, Lorena.
Al terminar la mañana, y agotados los recursos, la madre reportó a la policía, la desaparición de su hija. Era la onceava victima del depredador nocturno. Y los oficiales se tomaban de los cabellos, tratando de atar los cabos que explicaran el fenómeno y revelaran al culpable. Requisaron incluso dentro de las paredes de la vivienda, a fin de encontrar una tan sola pista no considerada. La madre les dijo que lo único extraño de todo eso, era que había encontrado agua en el piso del baño y el corredor y unas escamas transparentes sobre el lavabo.
La fotografía de Lorena, como niña extraviada, cubrió la primera página de los matutinos y la noticia pasó a una página interior, a la par de otra columna, donde un grupo de científicos informaba un hallazgo insólito: el descubrimiento de nuevas especies de reptiles gigantes, en las cristalinas aguas del lago de la ciudad.
Nosotros, obedecimos a nuestros padres y jamás volvimos a hablar sobre estas extravagancias de jóvenes – reptiles, que mentes ociosas inventaban; pero de vez en cuando, por las noches, íbamos a escondidas al lago, a gritar el nombre de Lorena, con la ciega esperanza, de que una noche, algo o alguien, quizá Lorena caminando descalza sobre el agua, nos llamara de regreso...
La Isla (Las Nuevas Especies II)
¡Chuta! Es que a veces la curiosidad es buena consejera.
Ya había transcurrido más de un año, desde que nuestros amigos habían desaparecido, sin dejar rastro. Y aun venían a nuestra mente sus recuerdos, en forma de sonrisas, bromas y discordias. En la añoranza, nos íbamos por la noche, a caminar a orillas del lago. Queríamos cortar la nostalgia que nos cerraba el horizonte. De vez en cuando, una tenue luz lejana, como de estrella, parpadeaba, queriéndose dormir cerca del agua: eran los pescadores de trucha, que surcaban el lago en sus pequeñas balsas de remos, y de las que pendían lámparas de gas mezclado con hierbas de sahumerio, para espantar a los zancudos voraces del agua.
Nosotros esperábamos a su regreso, pues aparte de las truchas, siempre traían una nueva historia entre sus redes. Decían que la isla, en el centro del lago, se había formado en los primeros tiempos, cuando aquella zona era todavía el enorme boquete de un volcán, que había reventado por los tiempos de los dinosaurios. El volcán había desaparecido, diluido entre su misma lava, pero el boquerón quedó allí, y con el tiempo, las corrientes subterráneas trajeron el agua y lo cubrieron. Después, tal vez con la sedimentación y con el empuje interior del magma, la masa de agua cedió al nacimiento de una enorme isla, en el propio centro del lago. Esa era la razón por la que sus aguas sabían a azufre y que en algunas áreas, aun se pudieran divisar cráteres submarinos, túneles profundos a los que nadie les conocía dirección ni fondo. ¡Ay de aquel que, enredado entre las algas, fuera a parar a uno de esos cráteres! Ya había ocurrido antes y los cuerpos de las victimas jamás habían sido encontrados. El peligro radicaba en el exceso de confianza. El remanso, la calma de sus aguas, volvían al lago peligroso. Uno olvidaba que, después de todo, se trataba de un monstruo que dormía, dispuesto a despertar en cualquier momento. En los tiempos de huracanes y tormentas, el peligro era aun mayor. Con el viento, los túneles se abrían y ensanchaban con remolinos acuosos, capaces de tragarse hombres y balsas.
La isla era una formación rocosa que daba crédito al origen volcánico del lago. Y sobre la piedra lunar, crecía la más exuberante vegetación del trópico, con una combinación de flores silvestres y árboles frutales, cuidados primorosamente por unas manos invisibles, que los pescadores atribuían a seres extraños de las profundidades, más sensibles y más inteligentes que nosotros, los de la superficie. Ellos, decían, tenían un profundo nivel estético y sublime de la belleza y una vocación natural, por la soledad y meditación…Nada de esto podía confirmarse.
La isla era poco frecuentada durante el día y vacía y solitaria por la noche. Y al caer las tinieblas, nadie se atrevía a visitarla; ni siquiera los mismos pescadores, que conocían tan bien sus alrededores. Ellos juraban haber escuchado ruidos, cantos y retumbos, procedentes de ella. Y ya varias aventuras de los muchachitos exploradores, habían terminado en zafarrancho de sálvese el que pueda, pues muchos decían haber visto ojos perturbadores, que los observaban y susurros que los llamaban, desde las cuevas simuladas por las flores y helechos.
Nosotros le apostamos a la suerte. Y un sábado por la tarde, decidimos visitar la isla. Como nadie quiso proporcionarnos balsas ni remos o guías para el viaje, aun ofreciendo el doble en pago por los servicios, optamos por usar viejos neumáticos de llantas de vehículo, de esos de hule grueso y negro. Cada quien subió en el suyo, con el trasero sumergido en el agua y con varas de bambú, como remos. Ibamos extasiados y temerosos a la vez por la aventura, y con ánimos de develar para siempre el misterio de la isla.
La silueta de la isla al fondo, nos dirigía, mientras la oscuridad se volvía espesa y un enjambre de zancudos voraces, nos buscaba para chuparnos el último vestigio de sangre en nuestras venas.
Todo marchaba de acuerdo a lo planeado. Y esto nos infundía confianza y nos permitió mofarnos, de las absurdas historietas de los pescadores. Pero a la mitad del camino, el agua se enturbió. Se sintió girar sobre si misma, y nos hizo perder la dirección. Sin saber, habíamos elegido el mejor medio de navegar, en aquellas corrientes caprichosas, pues a una balsa fácilmente la hubieran hecho zozobrar. Hubo una especie de motín, entre nosotros. Algunos pedíamos el regreso y otros continuar la marcha. Benito llamó a la calma y señalando a la isla, nos hizo entrar en razón. Estábamos tan cerca de nuestro objetivo que, aun si naufragáramos, lograríamos alcanzar la orilla de la isla. Eso nos llenó de nuevos bríos, y apresuramos los remos. Pero nos equivocábamos. Mas adelante, el agua se enturbió aun más, y aunque mis amigos lograron escapar, yo sentí de pronto marearme, por los giros rápidos y constantes del neumático sobre sí mismo, y por la oquedad de las olas, que se lanzaban sobre mí. Perdí el control y caí en lo profundo. Iba hundiéndome sin saberlo, y arriba iba quedando una masa de agua que giraba en torno mío. Grité, pero pienso que ya nadie me escuchó. La oscuridad espesa, me volvía invisible. De pronto, me sentí empujado por debajo, por una enorme masa de roca, que emergía con todo mi cuerpo sobre si. Estaba salvado. La roca comenzó a moverse en dirección a la Isla, y el alivio entró a mis entrañas. Pero no se trataba de una simple roca, pues pronto elevó su cabeza fuera del agua y la giró hacia mí, mirándome con sus ojos fosforescentes y tristes. Se trataba de una inmensa tortuga de las profundidades marinas, de caparazón duro y grueso, con restos de algas prehistóricas, conchas y ostras soldadas a su armazón de hueso.
La tortuga volvió otra vez su rostro hacia mí, y con voz pausada y lenta, me preguntó: - ¿Por qué vas a la isla? ¿No sabes que corres un gran peligro? - No sé – Fue mi respuesta, titubeando aun, de lo inverosímil de escuchar a una tortuga hablar con tal claridad. - ¿No sabes, muchachito? - Quiero decir que no estoy seguro. Hace un año que perdimos a cinco de nuestros amigos. Y no sabemos porqué los asociamos con este lago y con la isla. - Entiendo. Pero esta no es una buena isla. Esta es la isla del destierro. - ¿Destierro? ¿De qué? - ¿No sabes? - Nos invaden. Nuevas criaturas surcan las aguas. Criaturas que no son como nosotros. Es nuestra tarea capturarlas y confinarlas en esta isla. - ¿No son como ustedes? ¿Qué quieres decir? - Todos nosotros nos conocemos, somos criaturas del agua. Y la reina del mar, la Gran Marina, conoce a cada uno de sus súbditos y sus especies. Y estos, te lo aseguro, no son de los nuestros. No pertenecen al agua. -¿Quién es la gran Marina? ¿Acaso no es Neptuno, el rey del mar? -¡Jamás! Eso fue en otro tiempo, muy lejano. Hoy Marina nos gobierna. Y yo soy Mina, su consejera real, la tortuga más vieja y sabia que existe…Ella piensa que es de las ciudades, de donde proceden semejantes criaturas. -¿Las podemos ver? - Correrías un enorme peligro, pues no sabemos cómo reaccionan, ni lo que comen. - Aun así, si lo permites. - Bien, pero según las reglas, yo llego hasta la orilla y allí te espero. -¿De qué reglas hablas? -De las reglas del miedo. ¿Acaso no las conoces? -Muy bien. Llegamos a la costa pedregosa. Y una blanca fosforescencia, nos permitía mirar. -Aquí me quedo. Esperaré por vos, por si acaso vuelves. – Dijo la tortuga. Más allá, murmullos y lamentos me inquietaron. Eran Benito y el resto de los amigos, que me lloraban, como se llora a un muerto o a un desaparecido. Se alegraron mucho de verme y les conté mi experiencia con la tortuga. Pero la de ellos era aún más insólita que la mía: unos caballitos marinos, que halaban una carreta real de las profundidades, los habían rescatado.
Nos adentramos en la isla. Y era cierto, los muchachitos exploradores tenían razón. Infinidad de ojos, como carbunclos, nos miraban con timidez desde las cuevas. Se aspiraba un profundo olor a algas y azahares.
Sin saber porqué, se nos dio por gritar el nombre de nuestra amiga: Lorena. - ¡Lorena! ¡Lorena! A lo lejos, vimos la silueta de un ser asustado, que corría en dirección del lago, y escuchamos sus pasos sordos y apurados sobre la arena, en busca del agua. Corría alejándose de nosotros. Huyendo de nuestras voces. Gritamos aun más alto: ¡Lorena! ¡Lorena! Y la criatura se volvió. -¿Qué desean? – Preguntó de pronto, con un sonido gutural - ¿Quiénes son? -¿Quién o qué eres tu? – Preguntó Benito. -Soy una criatura del lago, pero que no pertenece al agua… Algo me dice que en un tiempo, mi nombre fue Lorena. Aun suena dentro de mí ese nombre, como sonaría una llave que abriera una puerta oculta dentro de uno, en nuestra alma.
Nosotros soltamos la alegría, con un grito de júbilo, pero el reptil entristeció. -Aun si lo fuera – Dijo – No podría regresar a los míos de este modo. No soy más Lorena. ¡Mírenme en lo que me he convertido! Hay otros más iguales que yo en esta isla. Somos prisioneros y juntos nos reconfortamos.
Las demás criaturas fueron saliendo de las cavernas, al oír sus nombres pronunciados por Lorena. -Hablaré con Mina – Dije yo. Mina dormía en la orilla, abrazada a una piedra, y despertó al escuchar mi voz. Abrió sus grandes ojos y alzó su cabeza calva. Le conté la historia y arqueando sus cejas, dijo: -Esto lo debe saber su Soberana. Ella puede soltar este enredo. Pero necesito pruebas. Solo una. -¿Cómo qué? -Como tú. Tú serás mi prueba. Iremos juntos hasta las profundidades, a donde nuestra Majestad Marina.
Al principio me negué, pero la tortuga me cerró el paso, con solo una de sus preguntas sabias. -¿Acaso no quieres lo suficiente a tus amigos? Subido en Mina, entramos en uno de los túneles. Su corriente nos llevó al mar. Y sentí como el agua poco a poco se tornaba de dulce a salada. Nos sumergimos en los abismos y en nuestra ruta, se entreveraban caminos de coral, donde circulaban carruajes de perlas, halados por caballitos de mar. Mantas y esponjas fosforescentes, nos abrían el paso. Y allá, en el fondo de los fondos, un castillo blanco, construido con las más exquisitas perlas de las profundidades, y con oro, plata y mármol.
La reina Marina lucía toda su majestad, sentada en su trono de oro y nácar.
Ella era una sirena de verde cabellera y torso y cola plateados. Su rostro, amplio, bello y dorado, simulaba una luna llena que emitía rayos de luz y color. Sobre su cabellera, una diadema hecha de corales, esmeraldas, rubíes y jades. Y en su mano, un cetro de hueso fosforescente de bestia prehistórica. Se perturbó al mirarme. Mina estuvo presta a inclinarse, y con el debido respeto, le explicó mi presencia. La reina volvía su mirada a mi, mientras la tortuga le narraba la historia de las desdichadas criaturas. -¡Dios Mío! ¡Hay tiempos malos allá arriba. – Dijo. Tomó de sus estantes hechos de algas, unos tarros verdes, y añadió: -Llévate estas pociones y que esas criaturas las beban pronto, para que vuelvan a donde pertenecen. ¡Date prisa, Mina! Que este error nuestro, de confinar seres inocentes, es enorme y nos puede llevar a romper la paz y la armonía, tan preciada entre nosotros. -¡Más grande es el error de los de arriba! – dijo Mina – ¡Ya dejaron de saber para qué existen!. - Ese será otro problema - Dijo la reina – Que no quisiera mezclar. Me despedí de su Majestad Marina, con una reverencia. Y Mina cargó conmigo y con las pociones. La reina movió su aleta real.
Arriba, nuestros amigos esperaban. La tortuga expuso las disculpas de la soberana. Las criaturas tomaron las pociones. Y ante nuestros propios ojos, Lorena y los demás, volvieron a ser lo que antes eran: unos niños contentos y traviesos, alegres de vivir entre nosotros.
Mina llamó, con su voz pausada y grave, de tortuga sabia, a diez carruajes reales. -Ha sido un gusto conocerlos – Dijo. Yo acaricié el lomo de la tortuga. Y ella se sonrió. -Vuelve un día – Me dijo – Y platiquemos. Es muy triste y solitario este oficio de ser sabio. Tu amor y amistad sincera podrían salvarme del desierto gris de la sabiduría. - ¡Volveré! – Le dije, mientras le acariciaba su cabecita calva. Los carruajes nos llevaron sanos y salvos hasta la otra orilla. En las calles, una muchedumbre se desperdigaba con antorchas, en nuestra búsqueda. Nos llamaban. Al mirar al grupo, emergiendo del lago, y a los cinco amigos desaparecidos, de nuevo con nosotros, la multitud no pudo contener el llanto. Los padres desgarraban sus gargantas, en cada gemido y las madres inundaban sus ojos en lágrimas de regocijo y se arrodillaban a bendecir al cielo.
Nosotros, simplemente mirábamos el lago, ese insondable misterio acuoso, oscuro y profundo; y a la isla, esa masa de roca volcánica, que había eructado a nuestros amigos de regreso...
El Naranjo
¡Chuta! Es que ni cuenta nos dimos de cuándo el naranjo había aparecido en el traspatio de la casa, en el cerro, donde ni siquiera el zacate jaragua o las enredaderas que desorientan a los hombres con sus vapores mágicos, crecían. Era una tierra de polvo y grava, yerma; que el gobernador de turno, hombre egoísta y poderoso, había vendido a bajo precio, con linderos y escrituras. Él se había corrido a las riberas del río, donde aun la tierra era buena y lo verde del pasto se extendía hasta besar la bahía.
Mamá nos contó que un viejo, que dijo ser un pariente lejano de nuestro padre, y que parecía el viviente más antiguo de la tierra, con una barba matusalénica arrastrándola por el suelo, se lo había ofrecido, como un obsequio a nuestra pobreza y como gratitud a su hermano, muerto tal vez de la angustia de habernos traído a un mundo donde las vacas eran flacas y transparentes y los garrobos comían ortigas.
Ella se lo aceptó por cortesía, con una sonrisa enternecida por la ingenuidad del hombre, porque era obvio que ni el sol, flama ardiente que hería los mediodías, ni la arena reseca y estéril, sin ningún nutriente, para sus raíces, lo dejarían crecer. El hombre también sonrió de la incredulidad de mamá.
Mamá pensó que no perdía nada con probar y tuvo la osadía de adentrarse hasta bien arriba del cerro y, bajo el sol hirviente, abrir un hoyo del tamaño suficiente para que la raíz hirsuta del arbusto, que a este punto no era más que una ramita seca y sin hojas ni retoños, cupiera cómodamente. Al decir de ella, el árbol ya venía muerto, por las reverberaciones calcinantes del camino, que el pariente tuvo que recorrer para llegar hasta nuestra choza.
Cuando vino la mañana, que se parecía mucho a la tarde y a la noche, con un ambiente neutro, sin vientos, ni nubes y con la variación única del canto de un gallo procedente del valle, mamá abrió un tanto la cortina, lo necesario para que entrara la primera luz y el rescoldo del sol, permaneciera fuera. Quedó boquiabierta, al observar con pasmosidad, que el naranjo, contra toda lógica y esperanza, había crecido milagrosamente, a un tamaño de arbusto maduro, con un tronco grueso y fuerte, ramas extendidas, como manos largas y anchas repletas de hojas; y, lo que era aun más increíble: florecía con azahares blancos como la nieve y olorosos a vida; y de él pendían gajos, con frutos amarillos enormes, maduros y jugosos, nunca antes vistos por aquellas tierras. En todo el perímetro del naranjo, había crecido zacate y musgo y la presencia de la humedad, en torno al arbusto se dejaba sentir, por el color oscuro de la arena y el olor único y penetrante, como el de la tierra recién mojada, después de un fuerte aguacero, que se desprendía de su contorno.
Ella estaba anonadada, y sin importarle el calor espeso que crecía sólido y brutal, conforme el sol lamía lo último del rocío, tendido sobre la arena ingrata, corrió al árbol, restregándose los ojos en descreimiento. Nosotros la seguimos. Una frescura solo sentida cerca de las fuentes de agua que bajan ligeras, la montaña, se podía aspirar. Mamá deseaba cortar uno de los frutos del árbol, pero temía que fuera solo un encantamiento o una ilusión, de esas que le ocurren a los moribundos de sed en el desierto o a los náufragos en alta mar, por el hambre. Pero nosotros le infundimos ánimos y ella lo cortó.
El fruto maduro y jugoso, pero sin semillas, se abrió tierno entre sus manos. Desprendió su piel y comió su pulpa que olía a descanso. Nos dio unas porciones y quedamos tan satisfechos, que se nos olvidó cenar, aunque la cena misma, en esos tiempos, había pasado a ser un plato de nuestra imaginación, pues los días de hambre, estrechos y agudos, habían reducido los tiempos de comida a solo uno: el almuerzo y a imaginar los otros dos.
Mamá, quien siempre gozó del don de la hospitalidad, invitó a los vecinos y estos corrieron la voz a los habitantes del valle, quienes formaron largas filas, hasta ya muy entrada la noche, para gozar del fruto y del refresco bajo el árbol
Uno de los del valle, había traído atada a una cuerda, una vaca moribunda, a la que de flaca, podían contársele las costillas, sin ningún problema. Al ver la bondad de mamá y lo satisfecho que había quedado después de comer el fruto, ofreció cambiar la vaca por una naranja más, para su mujer y sus hijos que lo esperaban abajo en el rancho. Mamá accedió. Y amarró a la bestia al tronco del naranjo. No porque ella lo quisiera así, sino porque el animal de debilidad, cayó rendido sobre la humedad del árbol.
La oscuridad se extendió sobre los cerros y el valle. Mamá, a diferencia de otras noches, dejó las ventanas y puertas abiertas, para que circulara la frescura que manaba del naranjo y el olor a descanso de los azahares, que en la limpidez del cielo y bajo las estrellas, parecían fosforescer con su albura.
Mamá despertó temprano y de nuevo, lo primero que hizo fue alzar su mirada hacia el naranjo. ¡Vaya sorpresa! Afuera, pastando, había una enorme vaca, totalmente distinta a la de la noche, rellena de carnes y con sus ubres rebosando de leche fresca y olorosa. Ella no pudo contener el grito de jubilo: “¡Dios Mío! ¡Esto es un milagro!” Ahora, el perímetro del área cubierta por el zacate y la humedad en torno al árbol, había crecido. Y ya bajaba del cerro del traspatio y rodeaba parte de la casa. Ella nos despertó, con sus alabanzas y salmos, y corrió con un balde hacia el árbol. Tomó con ternura las ubres inmensas de la vaca y la ordeñó cuantas veces pudo, hasta que ya no hubo cumbos, cubetas o tarros, donde echar la leche que se derramaba a borbotones de la ubre, en un río blanco de vida que bajaba a la llanura. ¡Jamás habíamos gustado de tanta leche! A decir verdad, en esos tiempos, hasta se nos había olvidado su sabor. De nuevo mamá compartió con los vecinos la leche y de nuevo estos pasaron la voz a los del valle, quienes fueron llegando con cubetas y cumbos, y con la fe de que mamá, no les negaría un trago de ese jugo blanco de la vaca.
A este punto, se nos cruzó la idea que, si eso había ocurrido con una vaca, bien podría pasar con otro animal, tal vez unas gallinas, patos, tuncos o a algún garrobo que por suerte, se cruzara por el cerro. De modo que se hizo colecta y cada quien colaboró con su gallinita, su tunquito, su conejito, su cabrita, y estos fueron amarrados junto al árbol.
¡Dicho y hecho!. Por la mañana el pueblo despertó con un jolgorio de animales, asombrados de ellos mismos en el traspatio. Durante la noche, las gallinas habían puesto cientos de huevos y empollado. Decenas de pollitos rondaban inquietos, comiéndose las lombrices en torno al árbol. Las cabras, los tuncos y todo otro animal, había parido no uno, pero decenas, según su especie. El cerro y el valle se tornaron una fiesta de selva. Se hizo asado y se comió como nunca antes nadie recordaba haber comido, desde que tenía conciencia de estar en este mundo. Los tiempos de comida se ampliaron de nuevo a tres, pues la tierra dio grano y los ríos resecos, agua y peces.
El naranjo florecía todas las noches y su blancura de azahares fosforescentes, desde el cerro, guiaba a los viajeros por los prados de la abundancia y la felicidad.
Pero lo bueno acaba pronto. Llegó a oídos del gobernador avaro, la noticia del árbol y sus poderes y supo de primera fuente sobre la abundancia de la que gozaban sus coterráneos, de aquellos parajes en un tiempo muertos de hambre. Llamó a sus asesores y revisó linderos y escrituras, valores actuales y tasas impositivas. Hizo sumas por años y calculó deudas atrasadas y morosas al estado. ¡La felicidad no debía regalarse! ¡Podía volverse asunto de costumbre! De no cumplir los propietarios, vendría la expropiación y el desalojo. Todo bajo ley y bajo acuerdo. Por supuesto, el plazo para el pago sería corto, muy corto, solo de unos cuantos días, de manera que ninguno pudiera tener la liquidez para cancelar la mora.
En efecto nadie pudo. El gobernador, como era de esperarse, desalojó primero a mi madre, y declaró nuestro terreno patrimonio estatal, sin derecho de llevarnos nada ni de arrancar nada, mucho menos la joya de sus sueños, el motivo de aquella empresa: El Naranjo.
El árbol continuó dando su fruto al tiempo debido, y a nosotros la pobreza nos empujó a los limites del valle, a los linderos de los sin esperanza. El gobernador tomó el control del naranjo y sus frutos. Estos los vendía a un precio “razonable” y cobraba por los servicios que la gente solicitaba del árbol. Siempre había un porcentaje entre ello. Sus arcas se llenaban y él jamás había sido persona tan feliz, como en ese tiempo.
Una vez, en concejo, uno de los asistentes más brillantes, trajo a flote la descentralización del árbol, es decir, investigar si era posible obtener vástagos, de modo que se generaran más ganancias. Pues si un simple árbol era capaz de producir tanta abundancia, ellos no podrían ni imaginar lo que dos, tres, o diez, serían capaces de lograr. Todo radicaba en descubrir el secreto, el misterio del árbol, que su brillantez de asesor, le decía estar en las raíces.
El gobernador movió su residencia a la casa donde nosotros solíamos vivir y se responsabilizó, junto al brillante asistente, de custodiar día y noche el árbol, y de estudiarlo a fondo. Primero sus frutos sin semilla, después sus flores, sus hojas, sus ramas, su tronco y por último sus raíces. Se excavaría profundo de ser necesario.
El árbol no revelaba nada. Parecía un simple árbol normal. Otro naranjo del trópico. Sus hojas no escondían ningún secreto; excepto por el excelente te y los baños medicinales que se preparaban con ellas. Ahora solo restaba descubrir entre sus raíces. Llevaron palas, azadones y piochas, pero no hubo necesidad de ellos, pues la tierra, húmeda y fresca, se abría sola, al contacto con las manos. Un perro podría haber arrancado el árbol de raíz al proponérselo.
Escarbaron en torno al árbol a mano limpia. Palparon sus raíces olorosas a musgo y rincón, y decidieron arrancar de ellas algunas muestras para estudiarlas en trocitos en el laboratorio. Luego cerraron el hueco, con la misma facilidad, y al árbol pareció, por su semblante vigoroso, no importarle.
Por la tarde, se posó sobre el cerro y el valle, una plomiza nubosidad, que cubría el horizonte y se enrosquillaba en el mar. Luego, un viento huracanado hizo crujir los cimientos de las casas y unos relámpagos con destellos rápidos y serpentinos, acompañados de fuertes truenos, inquietaron la vida del océano.
Los pescadores, refugiados en las galeras, contaban que, esa noche, miraron pasearse por el mar, de modo intermitente, un velero viejo y azul, carcomido por la sal. Y vieron bajarse de él, a un hombre antiguo como un olivo, con una barba larga y greñuda. El hombre, sin importarle la lluvia torrencial, bajó del velero y cruzó el valle en busca del cerro.
Por la mañana, el gobernador se levantó temprano, bañado con su mismo sudor y con unas ansias secas por el agua. Abrió la ventana e inmediatamente la volvió a cerrar, porque un resplandor hiriente y calcinante se incrustaba como alfileres en la piel. Afuera no había árbol, ni animales, ni plantas, sino solo la arena y grava del principio. La tierra yerma que él había vendido. Entonces fue que recordó el sueño de la noche, el cual su asistente compartía.
Eran dos hechos curiosos que ambos se contaron, al sentirse aturdidos por la tormenta y antes de que les cayera el ultimo sueño, que trae consigo la madrugada. Habían soñado con un hombre de barba matusalénica, que entraba a la mitad de la noche y tomaba con cariño, entre sus manos al naranjo, como quien coge a un bebé. Lo reducía a una ramita blanca, la que le hablaba con voz de niño o ángel y le decía “Llévame de aquí”.
El otro hecho, fue el sueño, casi en la vigilia, de las dos culebras venenosas, en que se habían convertido las raíces del naranjo. Ellas los perseguían y se incrustaban en sus pechos, succionando de ellos, una horchata sucia y podrida de sus corazones. Los dos hombres, en el sueño, yacían mudos e impotentes, sin siquiera poder dar un grito ante el terror.
La gente del valle, lloró al naranjo, como se llora a un familiar muerto o desaparecido. Y se maravillaron, del cambio producido en el gobernador y su asistente. Él devolvió las tierras; dejó de aplicar los valores actuales y las tasas impositivas; desvió hacia el valle, agua del río; construyó sistemas de riego y regaló semillas y alimentos para los animales. Nadie lo podía creer. Ahora el naranjo era él. Y lo verde de los pastos se extendió, hasta besar la playa... Y los tiempos de comida, jamás dejaron de ser tres...
El Sapo Sabanero
¡Chuta! Si tan solo hubiese sabido para lo que mi maestra, esa señorita de largas piernas y rostro de virgen, necesitaba el sapo el siguiente lunes. Pero estuve enfermo desde el miércoles, con unos temblores febriles de dengue, que no me dejaron levantar, por los mareos. Y perdí las clases de la semana. Me salió bien, porque desde el jueves por la mañana, cayó un aguacero espeso que se deslizaba a chorros por los canales del techo y brincaba de las láminas de cinc, con una alegría desbordada de niño.
Benito pasó por casa el viernes por la tarde, a la salida de clases. Me traía unos papeles de deberes y un recado de la maestra de las piernas largas. -Tenés que llevar un sapo – Me dijo, extendiéndome los papeles. Yo no pude alzar mi mano por la debilidad y solo le afirmé con la cabeza que me zumbaba como panal de avispas alborotadas. Afuera escampaba y la tarde me traía la tristeza desde el cerro, con el silbido del tren que me recordaba la ausencia obligada de mi padre. -Dice que no importa si es una rana. Pero no quiere dos, sino solo uno…A mi me toca llevar algodón y a otros quién sabe qué. Tampoco respondí. Y Benito entendió que esta vez no fingía, como en otras, cuando el dolor de estómago y las carreras al baño, solo eran un pretexto para quedarme en casa. -Bueno… - Dijo, como quien trata de despedirse, y dio unos pasos. Luego regresó – Se me olvidaba decirte, hoy nos dijo la señorita que se casa. ¡Imagínate! Si yo tuviera más edad, capaz… ¡Me voy! Volveré mas tarde, a ver si te ayudo con el sapo. Le moví la mano en despedida. Y desde la ventana, miraba como el horizonte se alejaba: rojo, anaranjado, plomizo al final. La silueta del cerro crecía frente a mí. Frente a mi tristeza de adolescente.
Llegó el sábado y me sentí mejor. Pude levantarme. Esperé la tarde, porque era la mejor hora para cazar sapos. Me adentré en el cafetal y llegué al río. Afinaba mi oído a los “tumbare, tumbare”. Esperaba coger un sapo grande, el más grande. Un sapo sabanero. Algo que impresionara a la señorita y diera de qué hablar. Conmigo llevaba una vara, una red y una caja de cartón. Eso era suficiente para no llegar tan cerca de una criatura a la que consideraba fea y asquerosa. Mamá me había dicho que me cuidara de los sapos sabaneros, los más enormes de todos, porque se inflaman y avientan leche venenosa en su defensa. A estos había que cazarlos rápido y desde lejos.
Bajo unos helechos, encontré a uno. Hermoso y feo. Me miraba con sus ojos tristes y su trompa cerrada y seria. Parecía un académico, meditando en algún problema de la lengua. Lo tomé desprevenido, por detrás. Le eché la red y luego lo coloqué en la caja. No tuvo tiempo de saltar o saber qué le había sucedido. Yo solo escuchaba su “ook, ook”, tal vez por temor a la oscuridad.
Arriba, el cielo se cerró de nuevo, en una oscurana de huracán, pavorosa. Me dí prisa a subir, resbalándome en el barro pegado a mis zapatos. No pude llegar a tiempo, el aguacero cayó sobre mi enferma humanidad, y las gotas grandes y gruesas, caían sobre mi lomo con un ruido de aporreo. -¡Santo cielo! – Dijo mamá – ¡¿Qué has hecho?! ¡Te podes morir, criatura! Y me pasó una toalla sobre el cabello. Dejé la caja sobre el gabinete de estudio, cambié mi muda empapada, tomé dos aspirinas y me metí de nuevo a la cama. Mamá tenía razón, esto no iba a estar bien. Pero al menos tenía el sapo.
No supe cuando desperté. No había luz en la casa. Escuché el ruido del sapo dentro de la caja, y le tuve lastima, porque en cierto modo, era como yo, solitario, sin nadie que lo entendiera. “Necesita un nombre”, me dije. Un nombre que solo sea eso, aunque no signifique nada. Y aunque no sabía si era macho o hembra, decidí llamarlo Herminio. Pero el sapo, no dejó que lo bautizara, con apelativo tan fuera de ritmo. -Me llamo, Pedro – Me dijo, desde la caja – Y soy el hijo único de mamá. Ahorita mismo, ella ha de estar preguntando por mí. De seguro estará llorando bajo algún hongo. Aunque ya estoy crecido, ella siempre piensa en mi, como en un bebé…”Mi sapito, Pedrito”, me dice. A mi no me agradan mucho esos cariñitos, sobretodo enfrente de mis amigos. Pero así es mamá. Y para eso son las mamás… ¿Por qué me has tomado prisionero? No muchos gustan de nosotros. -No sé – Le respondí -¡No sabes! ¿Qué es eso? Me has atrapado, solo por la gana. ¿No tenías nada qué hacer? -No, no es eso. Alguien me dijo que atrapara un sapo. Nada personal, Pedrito… -Pedro, por favor. Ya tengo mayoría de edad entre los sapos. -Está bien, Pedro. Es que sos parte de mis estudios -Entonces recibiste órdenes. -Sí, de mi maestra -¿Y es bonita? Tú sabes, simple curiosidad. -Tiene rostro de virgen y piernas largas de avestruz. -¿Te gusta? -Se casa. ¿Qué importa si me gusta?...Yo soy el ser más solitario del mundo. Nadie me comprende… -Necesitas un amigo -Tal vez -Yo podría ser tu amigo. Tú sabes lo que dicen de nosotros. Un beso y somos una princesa o un príncipe, como en mi caso… Aunque yo no hallo recomendable un beso. Sería distinto, si fueras una cipota. Preferiría un apretón de patas. -Ya estoy grande, Pedro, para creer en esos cuentos. -¿Y entonces, qué me dices? ¿Te parece poco un sapo que habla? -Está bien, apretaré tu pata. Me levanté en lo oscuro y encendí una vela. Afuera el viento azotaba con fuerza el arrayán, y aullaba como lobo hambriento. Abrí la cajita y saqué el sapo. El me estiró su pata y yo se la apreté, con un poco de disgusto y repugnancia. En seguida sentí que crecía y se transformaba en un joven como yo, con pecas y acné, inseguro de la vida. Era un niño rellenito, cachetón y de pies planos. -¿Ves? – Me dijo – Hoy soy como tu…Soy tu amigo. Pero eso sí, solo por la noche. Al salir el sol, volveré a ser sapo. Seré tu amigo nocturno. -Hasta el lunes – dije – Mi señorita quiere verte el lunes. Te llevaré a clases. -No está mal. Aunque me dan escalofríos las escuelas. Durante lo que quedaba de la noche, nos hicimos muy buenos amigos y antes que el día asomara y él se convirtiera en sapo, me recordó que también comía y que si lo podía dejar cerca de algún basurero, donde llegaran muchas moscas. No le vi objeción. A la mañana, Pedrito era de nuevo el feo y hermoso sapo. Y el domingo por la noche, volvió a ser el joven y continuamos con la platica, ahora más suelta por la confianza y acompañada de juegos de cartas y chibolas. Afuera la lluvia arreciaba.
Llegó el lunes.
-Lo siento, Pedro, pero es hora de clases. Y lo llevé dentro de la caja. El cantaba alegre, porque había hecho finalmente un amigo. -No sabes lo duro que es hacerse de un amigo, cuando se es sapo. Entré al salón y noté que la maestra me siguió con la mirada. -No luces bien – Me dijo. -He tenido fiebre – Le respondí – Pero aquí traigo el sapo – Se lo dije como en triunfo. -Muy bien, te felicito. Ponlo allá, en la mesa, junto a los demás. Me asusté, porque había otros cuatro sapos más, aparte de las herramientas de laboratorio y botes con líquidos de olor fuerte y penetrante.
La maestra proporcionó guantes, uno de los botes con el líquido de olor espantoso, pinzas y algodones y un fino bisturí. Todavía yo no caía en la cuenta de lo que se trataba, pero empezaba a sospechar. -Vamos a estudiar los órganos internos – Dijo la maestra, con aire frío y despreocupado, como si se tratara de un juego con materia muerta – Abriremos la panza de los sapos y veremos los órganos vivos, en pleno funcionamiento, como debe de ser… Por supuesto, primero dormiremos a estas criaturas… Después de todo, no queremos que sufran, ¿verdad?
Sentí correr un escalofrío por toda mi espalda y creí escuchar que Pedrito pujaba de miedo, seguro asustado por su futuro incierto, por su vida donada sin saber, para el bien de la ciencia. Levanté mi brazo. -¿Si? – Preguntó la maestra. Y por primera vez noté, que detrás de ese sí se alzaba una frialdad incalculable. Cruzó por mi mente, la idea esa de las brujas bellas y terribles, esas que con sus encantos, engañan a los incautos y logran sus oscuros propósitos. Ella podría ser una de esas, y quizá esa era su misión, acabar con el príncipe Pedrito bajo el juego del sapo del laboratorio. Todo parecería lógico e inocente. ¿Quién se preocuparía por indagar sobre una criatura fea, como un sapo? La muerte del príncipe quedaría sin castigo para siempre… Pero y si se pudiera evitar. -Después, ¿los coseremos y vivirán, verdad? – Pregunté. La clase entera se echó a reír. Y la maestra también sonrío, de una manera que confirmó mis sospechas. Ella era una bruja bella. -No – Dijo – No es posible… Después tiraremos esas criaturas a la basura. Les aseguro que no sufrirán… ¡Rechuta!, dije para mí, eso es. -No te preocupes, Pedrito, yo te sacaré de esta. Y escuché de nuevo el pujido del sapo. Quizá la fiebre o el temor, me hacía sudar con profusión. Sentía el ardor en mis mejillas y sienes.
La clase, en grupos, colocó los sapos dentro de los cumbos, junto con los algodones sopeados, empapados del líquido asesino. -¡No le harán esto a mi amigo, el príncipe Pedrito! - Grité desesperado, y quité, de un manotazo, el cumbo de sobre el sapo - ¡Pedrito, amigo, hermano, vamos! ¡Convierte! ¡Diles quien eres! Pero nada ocurrió. Y el sapo, mareado, saltó falto de coordinación. -¡Huye, Pedrito! ¡Sálvate! En eso sentí la mano de mi maestra, que acariciaba mi hombro. Su tibia respiración, cayendo sobre mi cabellera, me transportó. ¡Era el hechizo! -Recógelo – Me dijo - Es un simple sapo Traté de oponerme. Pero toda resistencia era fútil. Su otra mano, tomó la mía y me llevó al bisturí. -Si haces un buen trabajo, te premiare, por el esfuerzo. Que no te tiemble el pulso, si no terminaras con la vida del sapito, más pronto de lo que te imaginas. Lo dijo de modo malicioso y posó un beso en mi frente, sudorosa y caliente. Cedí. El mal acompañado de la belleza, es terrible y peligroso.
Miraba a Pedrito, dormido, descuartizado, con sus órganos brincándole, con el don de la vida todavía en él. Unas gruesas lágrimas rodaban por mis mejillas. Había asesinado a mi amigo. ¡Traidor! Había bastado un roce de sus manos, para transformarme en un asesino de sapos o de príncipes. -¡Muy bien hecho! – Dijo la bruja, es decir, la maestra, acercando sus labios a mi oído – ¿Sabes qué? Me casaré contigo, contigo… Si tiras a Pedrito, al cesto de la basura. -¡Noooo! – Grité, conmocionado. Y mis aterradores gritos, despertaron a mamá, quien encendió la luz, porque todavía era sábado y el sapo dormía dentro de la caja. Me levanté sudoroso y agitado, y mi madre me miró con asombro y preocupación. Tomé la caja y dejé en libertad al sapo. -¡Adiós, Pedrito! – Dije Y el sapo me dijo adiós. Mamá veló a mi lado, por el resto de la noche...
Toño, El Que Vendía Mangos
¡Chuta! El cipote Toño, el que vendía mangos y palomitas de maíz en la Colonia, allá por el amate, por la cancha de fútbol de la Planta Eléctrica, decía haberlo visto todo. El, con su maquinita, cortaba los mangos en colochos, los colocaba en bolsitas plásticas y los empimientaba con chile, sal y alguaiste; luego, embolsaba las palomitas blancas de maíz y les derretía mantequilla.
La muchacha había pasado de prisa, al otro lado de la acera, y él, por un instante, se detuvo a contemplarla, porque ¿quién no lo hubiera hecho? Iba con una faldita corta, de pliegues, y bamboleaba sus caderas de un lado a otro, mientras se componía el cabello. Llevaba una cartera pequeñita colgando de su brazo, y caminaba de prisa, equilibrando su cuerpo en sus zapatos de tacones altos. Toño era el único afuera, en la calle, a esa hora del día, cuando el sol caía vertical y los vecinos cerraban puertas y ventanas, para refugiarse del rescoldo de la hora y tomar la siesta. El tiempo del café con pan dulce y la hora en que los niños salieran a jugar vendría después, cuando el sol bajara al otro lado del volcán, y el viento de la tarde refrescara las calles y los almendros.
Los perros callejeros sacaban la lengua por la sed y por la brama.
Toño se había convertido en parte necesaria del paisaje. Después que sus padres murieron, por pasar desapercibido un retén de policía, los vecinos habían hecho una colecta, para recaudar fondos y ayudar a Toño, el huérfano, en la compra de un carretón de madera de cuatro ruedas; una maquinita para cortar y preparar mangos acolochados; y un horno portátil que convertía el maíz, como en una metamorfosis vegetal, en bulliciosas y saltarinas palomitas blancas; y que de ese modo, el desventurado, ganara su subsistencia.
Toño eligió la sombra de un almendro, a mitad de la colonia, para instalar su negocio ambulante en horas de fútbol, durante los fines de semana y a las horas de recreo en la escuela de primaria, durante los días regulares. Por las mañanas, Toño se iba con su comercio móvil a recorrer las calles y ofrecer el mango y las palomitas, en el mercado municipal, donde la competencia era perra y agresiva; cerca de la alcaldía y comandancia militar; y donde su olfato de comerciante lo llevara. Había renunciado por completo a la escuela y se dedicaba a tiempo total a vender para sobrevivir.
Su mango con chile y limón y sus palomitas blancas de maíz con mantequilla, eran únicos, y Toño se los vendía a quien fuera. Se los había vendido a alcaldes y comandantes, a hombres de negocios y empleados, a estudiantes y obreros, a gente de la ciudad y del campo, a personas de derecha e izquierda y hasta a soldados y guerrilleros en la última ofensiva.
Los vecinos amaban a Toño, no solo por considerarlo un fruto de la desgracia, sino porque él se daba a querer con su diligencia y amor al trabajo duro. Mientras otros niños de su edad estudiaban y jugaban en una infancia normal, él rondaba las calles con su carretón, sin llegar a padecer ningún sentimiento de frustración o abandono. El era fuerte y noble. Cuando se iba a caminar por las alamedas, el almendro parecía triste y solitario y cualquier vecino de la colonia sabía que algo hermoso faltaba en el paisaje.
Después que pasó la mujer, Toño lo vio venir a él por detrás, corriendo, subiéndose aun los pantalones y abotonándose la camisa a cuadros. Los zapatos los llevaba sueltos. Toño tenía un ojo clínico para el detalle; aunque era un cipote, su experiencia como vendedor callejero le había enseñado, lo que muchos abogados nunca aprenden, incluso en la universidad: que el diablo está en el detalle. De nuevo dejó de raspar el mango en colochos y prestó atención. El hombre tomó a la mujer por los brazos, arrancó de golpe la cartera, grito unos anatemas, que Toño no alcanzó a escuchar y corrió, perdiéndose por entre los cañaverales. Toño sabía quién era el hombre: Era Enrique, el hijo de la niña Leonor, el que solía recitar poemas en las veladas de la escuela; al que lo disfrazaban de niño dios o de pastorcillo en las pastorelas de diciembre, cuando chiquito, y que ahora, decían las malas lenguas, se había convertido en agitador y cargador de pancartas en las manifestaciones publicas. Pero dudaba sobre quién era ella, la mujer. Le parecía haberla visto en la Gruta Azul, el centro nocturno a la entrada de la colonia, pero desde afuera, pues todavía era un cipote y no lo dejaban ingresar a vender su mango y palomitas.
La mujer se tiró al suelo y comenzó a llorar y gritar “¡El Ladrón, el ladrón!” Ante la agitación, los vecinos interrumpieron la siesta y, a pesar del rescoldo, abrieron puertas y ventanas, para ver y escuchar mejor. La Guardia Nacional, la benemérita, con sus uniformes y G-3, soportando el calor, apareció del lado de la Planta Eléctrica. Platicaron con la mujer y ésta, con un trapo enjugándose las lágrimas, hacía señas, movía la cabeza e indicaba el lado justo, por el que el ladrón había huido. La Guardia hizo unas llamadas por radio y preguntaron a Toño si lo había visto todo. Toño dijo que sí. Y les explicó que se trataba de Enrique, el que vivía al final de la colonia, el hijo de la niña Leonor, la que echaba tortillas. “¿La señora del comedor?”, preguntó La guardia. “Esa misma”, respondió Toño.
Pasadas algunas horas, la Guardia traía al ladrón, con sus brazos hacia atrás y atado de los pulgares. Sus dedos violáceos, por la falta de circulación. Venía descalzo, a pesar que Toño lo había visto correr con los zapatos sueltos; venía sin camisa, no obstante que Toño lo había visto con una camisa a cuadros que se iba abotonando; y venía goteando sangre del rostro. La Guardia traía la cartera pequeña de la mujer. “¿Es este?”, le preguntaron. Y ella respondió que sí. Los guardias conversaron entre ellos aparte y registraron la cartera. Solo había un billete de a cien, una cartera de hombre con documentos personales y una hoja amarilla, anunciando una manifestación en catedral. Ellos se interrogaron el uno al otro, con la mirada.
También del lado de la Planta Eléctrica, vino corriendo una mujer. Toño la reconoció. Era la niña Leonor, la mamá de Enrique. Venía llorando y enjugándose las lagrimas con su delantal. La acompañaba una de sus hijas menores, quien la sostenía del brazo, pues la disípela y la diabetes, le estaban comiendo las piernas. Los Guardias le preguntaron qué se le ofrecía, y ella les dijo que era la mamá de Enrique y la dueña de la cartera que el guardia sostenía. Les contó que la mujer había llegado al comedor y que, en un descuido, había entrado al dormitorio y tomado la cartera. Ella había gritado y suplicado a su hijo que le diera alcance, porque en la cartera iba el dinero para las compras de la semana. Enrique lo había hecho y que la muy zaina se había hecho pasar por victima. Los vecinos hicieron corro para escuchar y consolar a Leonor
Los guardias se volvieron a ver el uno al otro. Soltaron a Enrique, pero querían asegurarse de si era cierto que la cartera pertenecía a ella. Leonor les dijo su contenido: La carterita con documentos personales de su hijo y un billete de a cien para las compras de la semana. La Benemérita le dijo que se equivocaba: la cartera de hombre estaba allí, pero no había tal billete de a cien, sino un volante subversivo, del que deseaban saber un poco más. Ella les contó que iba seguido allá, por la zona del telégrafo y, por esos lados, le habían obsequiado la hoja suelta y que por descuido, solo la había metido a la cartera, pensando en cualquier apuro. “Tenga más cuidado con lo que se limpia, señora”, le dijeron los Guardias. “Por una hoja de estas, cualquier cosa le podría pasar.” Leonor les dijo que lo sentía. Y ellos le entregaron la cartera y el hijo.
“¿Qué hacemos con esta?”, se preguntó la Benemérita, mientras señalaba a la mujer. “¡Qué se vaya al carajo!”. Los vecinos la maldijeron y la amenazaron, que si volvía, ellos mismos la iban a arrastrar hasta los cañaverales.
Toño embolsó más palomitas blancas de maíz y colocó otro mango en la maquinita, porque recordó dónde había visto a la mujer. No en la Gruta Azul, sino conversando con unos informantes en la Policía. Un escalofrío subió por todas las vértebras de Toño. Se agachó debajo de su carretón de cuatro ruedas y escondió un poco más el manojo de hojas amarillas que cargaba. Y pensó que él solo era un cipote, porque el diablo todavía lo cogía por el detalle...
Las Zapatillas Prodigiosas
¡Chuta! Fue el caso que Mauro, rayando los dieciséis, obtuvo su primer trabajo formal, en la planta eléctrica de la ciudad. Se lo dieron casi por lastima, a puras penas, como se dice, porque el jefe conocía a la Tencha, su madre. Y le dolía mirarla subir todos los días la cuesta, con el enorme canasto sobre la cabeza, cargado de frutas y verduras. Con las venas de las piernas a punto de reventar por las varices. Mauro estaba en esa etapa confusa de la vida, donde uno no sabe qué es, si un cipote o un adulto. El era fuerte y agudo para el trabajo, pero aun se deleitaba con esos juegos de la tarde, entre amigos. El jefe lo entendía, y por eso le dijo que lo asignaría como ayudante del empleado más viejo, para que ganara poco a poco experiencia y absorbiera del otro, la responsabilidad hacia la tarea. El trabajo era sencillo, pero a veces peligroso, pues envolvía el manejo de cables de alta tensión y el sembrado de postes. Mauro estaba contento por su asignación y porque por primera vez en su vida, ganaría su propio pisto.
Del salario de la primera quincena, compró unos zapatos de trabajo, de esos burrones reglamentarios, con punta de acero, para proteger los dedos de los objetos pesados. De lo que le sobró, adquirió una falda floreada para su mamá. Del siguiente pago, se hizo de otros zapatos, que desde hacía tiempo había deseado. Eran unas zapatillas domingueras, de charol negro. Al principio le quedaron apretadas, ya que sus pies se habían acostumbrado a la libertad de la desnudez. A lo duro de la grava y a lo caliente del asfalto en los mediodías. Y se le habían vuelto planos y callosos, perfectos para los mascones de fútbol callejero, a pura uña partida.
Con ellos salía a fisiquear los domingos y los días de descanso entre semana. Iba al pueblo a conversar con sus amigos en el parque, y a cortejar a las muchachas que miraban de reojo su buen partido.
Eduardo era su hermano menor. Solo tres años más niño. Y deseaba un día, ser como Mauro. Untarse bien el cabello de vaselina y rasurarse la barbilla. Y desde luego, comprarse unas zapatillas como las de él, de charol. Pero por de pronto, se conformaba con lo de la vaselina, más adelante habría oportunidad para unos zapatos, aunque sea para ir a la escuela.
Un día de exámenes, le rogó a Mauro que le prestara sus zapatillas, solo por esa ocasión, pues quería sentir la comodidad del cuero o lo que fuera, en sus pies, y llegar reposado al examen. ¡Puros inventos! Mauro lo sabía, pero accedió, con la única condición que se dedicara más de lleno a los estudios. Las zapatillas, como era de esperarse, le quedaron largas y flojas. Dicho de otro modo, los pies le bailaban dentro. Y sus compañeros de estudios, soltaban risitas a su paso. Pero el sonreía de contento, orgulloso de tener a un hermano mayor que trabajaba.
Le fue bien. El examen fue un éxito. Jamás había logrado un ochenta por ciento, a decir verdad, ni siquiera un setenta, pues con los gruñidos de la solitaria en el estómago, era difícil concentrarse. Pero las zapatillas lo lograron. Y desde ese día en adelante, cada vez que tenía examen o una clausura o cualquier otro evento de trascendencia, rogaba a Mauro le prestara las zapatillas, y su hermano siempre accedía, aunque después tuviera que enviarlas al zapatero para que les cambiara la suela y aplicara un nuevo lustre.
Era la mañana de un viernes. Día de examen para Eduardo. Día de trabajo para Mauro. Caía una lluvia de fin de invierno, delgada y fina, que engañaba, porque sin sentirse empapaba. Arriba, el cielo cerrado, con una claridad triste y empañada. Eduardo corría a la escuela con las zapatillas. Capaz de apuntarse un diez con ellas puestas.
En la planta eléctrica, el jefe esperaba ansioso a Mauro. Por la noche, la tormenta había disparado los trasformadores y tenían que salir en el camión a reconectar los circuitos y las líneas. La lluvia había cesado.
Con la vara de madera y su gancho, Mauro y el jefe se turnaban, en subir de nuevo el fusible. Era tan fácil y tan rápido. Un ¡clic! Y un ¡puf! Y la electricidad volvía. Así por el camino, hasta llegar al último. Era el turno del jefe, pero Mauro se adelantó. ¡Maldita suerte! ¡Si tan solo él hubiese tenido sus zapatillas puestas! Una gota, una gota chiquita de agua, casi del tamaño del rocío en una hoja, se desprendió lenta del cable y rodó por la vara, tocando a mauro. Una gotita de agua, con doce mil voltios dentro de ella. Una centella blanca, cruzó de golpe el aire y entró a tierra. El jefe se arrancaba el cabello de raíz, y se lanzaba, con el rostro descompuesto, al suelo. ¡Maldita vida! ¡Qué podía decirle a la Tencha!
Esa mañana le fue bien en el examen a Eduardo: un diez perfecto. No cabía duda, esas zapatillas era mágicas. Cuando regresaba a casa, divisó a lo lejos el tumulto. La gente rodeando su casa. Lloraban con gritos que partían el aire. Y se turnaban para abrazar a la Tencha. El jefe, en cuclillas, golpeaba su cabeza, contra la lámina del camión. Entró y miró a su hermano tendido, dormido. Todavía con su cabello engomado y su barbilla alta, de hombre. Se lanzó sobre él y lo sintió húmedo y frío. “¡Si tan solo vos hubieras llevado estas zapatillas!”, dijo. Y se quedó llorando sobre su hermano, hasta que el cansancio lo durmió…
La bulla de la gente y la claridad de la mañana, lo despertó. Aún se hallaba sobre su hermano; pero lo sentía tibio y seco, y un aliento de vida procedía de muy dentro de él. Sus brazos lo sujetaban tiernamente. ¡Mauro vivía!
La gente regresó a llorar, pero esta vez de gozo y felicidad. Abrazaban al muchacho y a Tencha. ¡Milagro! ¡Milagro!, clamaban. ¡Tanto amor de su hermano nos lo ha devuelto! Pero Eduardo callaba. Para él, esas zapatillas eran realmente prodigiosas. Y se aseguraría que su hermano las llevara puestas cada día de trabajo…
El Cisne
¡Chuta! ¿Cómo podríamos explicarlo? Resultaba que las niñas nos recordaban a las aves y a los pájaros en más de uno de sus hábitos. El modo de acicalarse, horas tras horas frente al espejo, por ejemplo, nos traía reminiscencias de los cisnes y flamencos de la laguna. Delicados, esbeltos, solazándose solitarios en el agua, hermoseando su plumaje y contemplándose en esa enorme lamina acuosa.
Su aparente fragilidad, era también otro aspecto. Bellas, de graciosos movimientos, parecían hechas de un barro superior al nuestro: delicado y fino, frágiles vasijas que deberían ser tratadas con esmero.
El aroma de rosas desprendido de ellas, su paso ligero y grave, mientras soltaban su cabellera al aire, y sus faldas cortas y floreadas, anunciando la primavera, nos perturbaban, porque por primera vez, comprendíamos la razón por la que los pájaros trinaban.
Nuestro corazón, viejo pirata traicionero, ahora era otro. Esos juegos de Yo-Yo, trompo y barriletes entre amigos, eran solo los despojos de la inocencia en la memoria, recuerdos de la piel de nuestra infancia muerta, desperdigada por el aire, confundida con la tierra y con el polen de las flores. Ahora, esas mariposas del trópico nos inquietaban. Habían salido de sus capullos, sin siquiera darnos cuenta. Frescas, con los colores del arco iris y la tibieza del verano, sobre sus alas extendidas para el viaje.
De la noche a la mañana, tal vez solo un día antes de tratarlas como a nuestros iguales, en los juegos de barriada, prohibidos para adultos, surgían de pronto una mañana, inalcanzables, convertidas en hermosas aves de ojos oscuros y brillantes, con una nueva luz en la mirada y destilando aromas y almíbar por las tardes. ¿Quién se hubiera atrevido a jugar de nuevo con ellas? Entonces era que nos arrobábamos, cuando nos llamaban y luego se alejaban, porque había silencio en nuestras palabras; o porque sencillamente, como decían los mayores, ellas hablaban el lenguaje de venus y nosotros el de marte.
Tal vez, eso significaba tanto acicalamiento: preparaban su cabellera, su plumaje para un largo viaje. Para lanzarse al viento y emprender el vuelo del amor, el primer vuelo. Por eso desanudaban sus plumas remeras y amanecían dichosas, con su risa cayendo sobre nosotros, los todavía adormilados, como palomitas blancas de maíz de una metamorfosis vegetal inadvertida.
Pero todo esto no era aplicable a nuestra hermana, la pequeña, la pelionera. Esa, la alcachofa de camisetas y bluyines, retadora en los juegos de brazos partidos, entremetida en pláticas ajenas, y de quien de paso se desprendía un fuerte y agrio olor a axila de mozo.
¡Ella era una más de nosotros!
Una mañana, nos despertó el canto dulce de un cisne. Procedía del cuarto de nuestra hermana la alcachofa. El mismo cuarto que por la entera semana, había permanecido vacío, pues mamá le había permitido ir de campamento a la montaña, con otras de su clase. Pero el bello canto provenía de allí, de su cuarto. Abrimos la puerta temerosos, sin hacer ruido. Y allí estaba: un hermoso cisne: esbelto y albo. Acicalaba su plumaje, mientras cantaba. Gozaba de su hermosura reflejada en el espejo. Se pavoneaba seguro de ser un ave de amor, preparada para el viaje.
No pudimos decir nada. Lo dejamos cantar, por temor a que partiera del mismo modo que había llegado: por la ventana abierta del recinto. Había un intenso olor a miel y a rosas. Optamos por la retirada, pálidos, angustiados de poseer un cisne blanco al que cuidar y preocupados de que pretendiera volar demasiado pronto de nuestra morada.
Nuestra hermana había regresado del campamento durante la madrugada, y había puesto pié en tierra temprano, porque mamá la llevaría a comprarle algunos trapos, que carecían de nombre entre nosotros, o no debían mencionarse, porque eran asuntos solo comprensibles entre mujeres…
Diario De Una Niña
¡Chuta! Es que nosotros, registrando un día entre basureros, encontramos un cuaderno de hojas amarillas y verdes, tal vez por los restos de refrescos derramados en sus páginas. Era una especie de diario, de esos que las niñas en particular, suelen llevar para acordarse cuando grandes de sus travesuras. Aunque este, al parecer, era uno de esos diarios serios, que nos dolió leer y que, no lo entendimos por completo, porque a esa edad no éramos capaces de comprender asuntos de niñas y mujeres. Algunas hojas rotas y otras ilegibles, volvían difícil su lectura. Y al final, solo pudimos rescatar del diario, dos días. Dos días que nos cambiaron para siempre el modo lejano, de criaturas de otra galaxia, con el que solíamos mirar a las hembras.
He aquí su lectura:
“Un día: Me siento sola. Acabo de cumplir trece, y siento que el tiempo ya no me pertenece. Corre sin conocerme. Los juegos callejeros de antes me fastidian; y hoy, a solas en el baño, he reído, de modo nervioso, de mi cuerpo. Me he asustado de mi misma. He recordado esa clase de biología que me pareció un cuento de mal gusto: un gusano transformado en mariposa. “Se le conoce como metamorfosis”, dijo la maestra. Y yo he deletreado esa palabra. Primero al derecho, y luego al revés, como si ella aplicara solo a mi. Aunque pienso que eso es lo que me está ocurriendo: una metamorfosis al revés. Mi vientre me duele, mis pechos también duelen y se inflaman, son dos volcancitos queriendo erupcionar. De pronto, un día me ha ocurrido: un río de aguas rosadas bajando desde mi fuente. Ha sido para espantarme. Yo, un gusanito convertido en mariposa, o tal vez al revés. La vida ha comenzado a dolerme. La siento más seria. Me dan miedo esas criaturas con voz grave y barba de chivo, en que se están transformando mis amigos de infancia. A veces pienso que son otros, a los que por primera vez conozco…Me encierro. Cada día me parezco más a mamá.
Mamá la triste, la sola. Hoy fuimos al centro. Tomamos el metro y bajamos en Saint Patrick. Ella iba al Princess Margaret Hospital, a la unidad de Oncología, a su chequeo del mes. Simple rutina, nada de qué alarmarse, me dijo. Y yo pretendí no mirar la lágrima rodando por su mejilla. Mamá la enferma. A la salida de la estación me topé con la misma mujer que suelo ver cuando acompaño a mamá. La loca de todos los meses, vendiendo flores invisibles en cartuchos de papel periódico. Esta vez se me quedó mirando, y para mi sorpresa, dijo mi nombre: “María, comprame una sonrisa, las flores hoy se me han terminado. Comprame solo una, son a centavo.” Yo disimulé mi risa. “Está bien, te la obsequio”, agregó ella y de su boca desdentada y sucia, surgió una mueca alegre, que me asustó. Apreté la mano de mamá.
Mamá venía sonriendo cuando terminó la consulta; pero yo sabía que solo lo hacía por mí, porque en realidad, venía triste. Me invitó a un hot – dog callejero, de parque, y me tomó de la mano, como lo hacía cuando yo era apenas una “quechita”, es decir, una pequeñita en mi lenguaje. Me la acarició con sus dedos suaves y luego la apretó fuerte, como quien desea quedarse con uno para siempre, o como el que teme perderse si se suelta. Bajamos las gradas de la estación, y me di cuenta que la loca, se había ido. De tanto venir a este hospital, de algún modo me he acostumbrado a mirar a esa mujer que, en piltrafas y sin hogar, vende flores invisibles y sonrisas de a centavo.” “Otro día: Algo terrible e irremediable ha pasado. Mamá ha muerto. He llorado mucho. No sé qué haré sin mamá. Mamá la ausente, la muerta. Se fue despacio, despacito, como durmiéndose. Sus brazos recogidos. Parecía un pequeño capullo. Antes de morir, me dijo: “Nosotras las mariposas, volamos temprano.” Y apretó mi mano hasta que las fuerzas le faltaron. He llorado a lagos. Fue una lluvia constante y gris también la de afuera. Salí de casa, como perseguida, buscando el aire que me faltaba, buscando el rumbo que me trajera de vuelta a mamá. Tomé el metro, por si acaso ella aún estaba en el hospital y la que había visto morir en casa era otra. Bajé en la estación de siempre: San Patrick y de nuevo me topé con la loca, a la que no pensaba encontrar a esa hora. Me miró tiernamente, como nunca me había visto, como si de antemano supiera de mi tribulación interna. Sonrió para mí, con una sonrisa bella y dentada. Pensé que no se trataba de la misma mujer, pero sí era ella. Extendió su mano y me ofreció una de sus rosas: enorme y de pétalos color grana. Era la rosa más bella que hasta ese momento había contemplado. También extendí mi mano y la tomé. “Es para ti”, me dijo. “Es gratis”. Yo le sonreí y le dije gracias. Mis lágrimas rodaron y un impulso inconsciente me llevó a abrazar con fuerzas a la mujer. “Mamá”, dije, entre sollozos. Y ella me recogió entre sus brazos…Mamá la viva, la que habita para siempre en mí…
La gente en la estación del Metro, iba y venía con la acostumbrada prisa. Y volteaba la mirada hacia mí, sin detenerse, sonriendo, con un poco de consternación o ironía. Reía de mí y de mis gestos, de mis brazos y manos, extendidos en el vacío.”
Nosotros limpiamos con cuidado esas dos hojas y las guardamos. Deseábamos encontrar y consolar a esa niña. En todo caso, ella era una de los nuestros. Visitamos la unidad de Oncología del hospital, pero no había información disponible. La loca de la estación tampoco apareció, por más que la esperamos por semanas enteras. Y es que en esos tiempos la ciudad se volvía ancha, larga y anónima, y nosotros, tarde o temprano, nos perdíamos y desperdigábamos entre sus noches de neón…
Los Ojos De Mis Padres
¡Chuta! Es que quizá pocos hemos sabido lo que se siente poseer los ojos de nuestros padres. Esos ojos que nos miran con ternura y a los que vemos con respeto y lejanía. En ellos contemplamos sus mundos recorridos; sus lágrimas cristalizadas por nosotros y por el peso de sus vidas; los adioses confundidos con los atardeceres, desde los cerros; la ternura de sus caricias por las noches, buscándonos con urgencia, para saber si, en medio de la angustia, aun respiramos, remotos, dentro de nuestros propios sueños.
Eduardo, nuestro amigo, era eso: los ojos de sus padres. Los vecinos y hasta nosotros se lo decíamos a diario: “Vos tenés los ojos de tus padres” Y él se llenaba de orgullo, porque no había mayor honor que parecerse a los viejos, que lo habían dado todo por él y aparte de ello, tener sus ojos almendrados. Parecerse a ellos, que hubieran sido capaces de dar por él incluso el hígado de haber sido necesario.
El vivía en un pequeño rancho de zinc y madera, junto a otras chozas, cientos de chozas a su alrededor, en desconcierto. Construidas con lo que había dado Dios y donde aun sobraba espacio. Sin la más mínima planeación. Con veredas de polvo en el verano y barro en el invierno. Bifurcadas, entreveradas, encontrándose y perdiéndose, simulando los extraños juegos de tripa chuca y laberinto, con los que nosotros nos desprendíamos del aburrimiento de las horas en la escuela.
Solo una de esas veredas se abría al exterior, comunicando con la civilización de perros y gatos que husmeaban los basureros, y al rugido de autos y camiones, que movilizaban vidas y cargas, sin diferenciarse bien unas de otras.
Todas las mañanas, Eduardo, Toto, su perro aguacatero y sus padres, recorrían esas mismas veredas. Conocían el tumulto de memoria, por lo que cortaban por el atajo. Tenían que hacerlo. El medico los esperaba puntual a las nueve, ni un minuto más ni otro menos, así eran las consultas de caridad, las sin costo, solo por sacar la lengua. Había que pensar siempre en los de atrás que también arrastraban sus pies y en los de adelante, que caían boqueando en la espera. No importaba: era la consulta de su padre.
Después venía el trabajo: el canasto de mamá y la armónica de papá. Cómo le costaba a Eduardo todo aquello. Su vergüenza inspirada en las miradas. La madre, vendiendo o regalando flores silvestres que él cortaba por el camino a casa; el padre, besando la armónica, rebanándola de un lado a otro, como a un elote salcochado; y él, cantando una canción de niño, una de esas tristes, para ablandar el corazón y llamar a la piedad, con un canto de gallo joven, que ya no reconocía como suyo, por el influjo inesperado de la adolescencia. - ¡Ya no cantes, Eduardo! – Le decía Toto, mientras él se le unía con aullidos. Luego la mano abierta, o el brazo extendido, mostrando el cumbito de lata, de esos de leche en polvo, para las limosnas. - Lo que sea su voluntad. Lo que usted quiera compartir con estos pobres. Y entonces era el ruido contento de la moneda al caer: La misericordia en forma de metal, o el pago para no escuchar más aquellos altibajos de ave de corral y el sonido destemplado de la armónica.
Después surgía la madre, alegre del ruido consolador de la moneda, deteniéndose de los espaldares de los asientos, para no caer, por los frenazos agudos del motorista, ebrio de cansancio y calor por el tumulto de la hora. -¡Que Dios se lo pague! Y su mano se extendía, obsequiando una flor amarilla, silvestre, procedente del canasto. Flor que el donante retorcía y desprendía de su mano, porque presentía que a su corazón le era ajena esa pobreza.
Los cuatro daban las gracias de nuevo, antes de salir: Él, bajando la cabeza, escondiendo el rostro, queriendo lanzarse por la ventana; la madre, sonriendo, con su risa de maíces amarillos; el padre afónico, con una flema cansada en su garganta, de tanto repasar en sus labios el instrumento; y Toto, rascándose las pulgas y ladrándole a los hot-dogs callejeros, de los que disfrutaban los estudiantes.
De toda aquella rutina diaria, lo más difícil y vergonzoso, era subir al autobús. Rogarle al motorista la entrada gratis, de cortesía, de compasión, ante la obvia calamidad, sin disfraces. Revelada por lo harapos, en la falta de escuela y en los ojos amarillos, por la anemia. No había engaños. No eran como esos que fingían temblores o cortaduras putrefactas, convertidas en vivas llagas, donde el pus brotaba de la costra abierta y sangrante. No, no había dobleces, porque él, Eduardo, el que solicitaba la entrada, tenía los ojos honestos de sus padres. Pedía solo unos cuantos minutos y después bajarían, callados por la puerta trasera. Era una solicitud justa y propia, pero a la que no todos accedían.
Subían sin disimular el contento, cantando un gracias al busero, quien solo meneaba la cabeza con indiferencia. Luego el padre decía una corta bienvenida y un agradecimiento. La madre lo presentaba a él, el niño dotado para el canto, a quien un día la suerte rodearía de venturas, pero que por hoy, solo buscaba quebrarle un poco la nuca a la miseria.
El padre sacudía la dulzaina para desprenderle la costra y la flema, mientras clareaba su garganta pedregosa por la edad y la enfermedad, que carcomía sus órganos sin darse cuenta. Y Eduardo rogaba a Dios, que no aparecieran en su voz esos altibajos, contra altos, que hacían reír al populacho en el viaje.
Al final, eran pocos los que aplaudían, varios los que abucheaban y unos dos o nadie, que donaban, aunque fuese de mala gana, una moneda.
Cuando salían, Eduardo podía ver el amarillo encendido de las flores silvestres desperdigadas, lanzadas con abandono sobre el piso del autobús. Solo algunas de ellas terminaban prendidas graciosamente de las cabelleras enamoradas de las jóvenes.
Esa era la rutina. Mañana tras mañana, tarde con tarde, hasta que el padre ya no pudo salir de casa, porque la tos era incontenible y una flema verde y roja era escupida en cada estertor agónico del pecho. Entonces fueron solo tres: madre, hijo y perro. La dulzaina colgaba silenciosa de la pared. Ahora solo eran las flores y el canto desafinado que a nadie atraía. Eran los días en que a Eduardo le pagaban para no cantar, para que callara y buscara otro oficio. Como si hubiese sido fácil con la ausencia de escuela.
El invierno se venía, con un cerrado temporal. Habían entrado los días de apagones y correntadas. Eduardo le dijo a su madre que saldría a comprar unas candelas, solo unas candelas, porque aun había brasas en la hornilla. Ella le pidió que no tardara, porque se angustiaba mucho cuando no escuchaba su voz, rondando por entre los canceles. Además, la oscuridad, las tinieblas y el crepitar de la lluvia, eran algo a lo que nunca terminaba de acostumbrarse, porque le recordaba la guerra. El la miró desde la puerta, bajo la lluvia y casi se inclinó a llorar por ella, a derramar un aguacero de dolor dentro de la casa. Toto paró sus orejas y corrió a la puerta. - ¡Espérame, Guayo, no me dejes! Ambos corrieron, bajo la décima noche de lluvia, hundiendo los talones en las pendientes de barro, para no caerse. En la tienda escuchó la radio. Anunciaban desalojos. La tierra cedía ante el peso del agua, que los cerros pelados, no lograban contener. La tendera le dijo que mejor esperara, porque ya había visto pasar a unos socorristas, y le apuntó con el dedo a lo alto del cerro, la tierra cediendo. Era el mismo cielo en pedazos, que se venía encima, abriendo un surco entre las chozas. Eduardo gritó: ¡Mamá! Y se lanzó a la calle.
No había nada qué hacer. El alud se llevaba todo, dejando a su paso un pantano de destrucción. Ya no había nada, ni casas, ni árboles, ni vida, solo un río turbio y revuelto que arrastraba gemidos y lamentos.
Su madre jamás hubiese podido mirar venir la correntada. Tal vez la pudo haber escuchado o sentido con inquietud, como el ruido de una locomotora infernal, viniendo a ella. Tampoco su padre, la hubiese podido haber visto de haber vivido; porque él, Eduardo, el que había ido a comprar unas candelas y por las que se había salvado, sin implorar una oración, era los ojos de sus padres. De sus padres ciegos, desde el vientre, quienes jamás conocieron la luz ni el color, la noche o el día. Ellos que nunca contemplaron su rostro de niño, ni de adolescente, ni de hombre, ni sus ojos igual a los de ellos; porque esa sombra ciega en las pupilas, les negó el derecho a la luz, al amarillo de las flores silvestres, que su madre regalaba; y a su padre, la esperanzadora sonrisa de ella, cuando escuchaba el sonido contento de la moneda.
Más de alguna vez los había visto llorar juntos, cuando pensaban estar solos, o mientras su madre acariciaba su rostro y su cabellera de niño, y le preguntaba cómo era todo aquello que ella solo percibía por su tacto, por su sonido, por su aroma. Y él se lo describía, mientras le decía, balbuceando, por el dolor atrapado en su garganta: “¡Es bello, madre; es bello! ¡Gracias por la vida!” Aunque él, a veces, había deseado de todo corazón, haber nacido también ciego, para ahorrarse el dolor, de mirar tanta miseria de hombres y mujeres, arrastrando sin esperanza a diario la vida…
Ahora, era él y Toto, solos, frente a una ciudad desconocida...
El Árbol Transplantado
¡Chuta! Esta es la historia de un triste árbol transplantado. Un árbol llamado Yaka, confinado a vivir dentro de las cuatro blancas paredes y techo falso de cristal nevado, de una plaza comercial del Norte.
Lo habían trasladado a ese lugar, cuando él era apenas un retoño, por lo que nunca conoció de vientos ni tempestades; ni del calor abrasador del sol, ni de estaciones: primaveras, veranos, otoños e inviernos; ni de la compañía de sus hermanos, los árboles del bosque; ni del arpa armoniosa de los pájaros, anidando entre sus ramas, enamorados de la vida. No conoció de los animalitos ariscos de las praderas; ni de gatos o perros que marcaran con su orina el territorio en su tronco. No padeció desgracias, privaciones o fatalidades; pero tampoco gozó de dichas y felicidades. Nunca tuvo el gusto de conversar con las ardillitas y culebras, ni contemplar las estrellas de los cielos y saborear el dulce rocío de la mañana sobre sus hojas. Jamás sus flores fueron regadas, por el vuelo fecundo de las mariposas y abejas…Era un árbol solitario y triste. Un árbol de plaza.
Llevó una vida monótona, aburrida y triste. Sus noches solitarias, sin luciérnagas que alumbraran o grillos que cantaran entre sus ramas, sin el zumbido alegre de los insectos o el “ju-ju, ju-ju” de los búhos y auroras. Solo frío y tinieblas, aire artificial y el silencio eterno de las paredes y sus ecos nocturnos de pasos imaginarios, voces olvidadas de gente con prisa, que no reparaba en su belleza o en su situación. Solo el tick-tack de un reloj, marcando la misma hora, del mismo día, sobre la pared blanca, sólida como la tristeza.
Era el peso de una miserable y aplastante rutina.
Por las mañanas, los portones abriéndose. El viento impertinente, colándose por las rendijas de cristal, trayendo consigo el murmullo de la vida allá afuera, que él tanto detestaba, porque volvía su soledad aun más insoportable.
Más tarde, los jóvenes apoyándose en su tronco, grabando corazones de amor en su corteza, ignorando que esculpían, sus nombres enamorados, en la carne de un ser tan desgraciado. Y después los niños, meciéndose en sus ramas y traviesos, cortando sus hojas verdes y lustrosas.
Por las tardes, la bullanguera risa de los escolares. Las pandillas correteándose en su derredor. La gente yéndose, terminando el día y cerrando sus negocios, con sonrisas placenteras, si la jornada había sido buena o con rostros largos y compungidos, si las arcas continuaban vacías.
Después lo peor, la noche. La soledad, las tinieblas. Los sonidos de otras horas y el blanco de las paredes…
Una noche de invierno, cuando el viento soplaba fuerte, como ventisca glacial sobre el acero y el concreto, y la nieve caía ligera, en grandes copos, el Yaka, solitario y triste, veía como las aldabas de las puertas, crujían y cedían a la tempestad. A lo lejos, miró arrastrarse sobre la blanca nieve, a dos criaturas del bosque: una completamente negra y la otra también negra, pero con una mancha blanca y larga sobre su espalda y cola. Era una ardilla y un zorrillo, a quienes la tormenta los había tomado desprevenidos y luchaban angustiosamente por encontrar refugio.
El Yaka contempló como las dos criaturas, rascaban con sus patitas el cristal de las puertas y como una de estas cedía al peso de la nieve. Los dos animalitos corrieron plaza adentro, y hallaron natural, descansar bajo el ramaje del Yaka. Este los miró asombrado, pero con una profunda melancolía. -Hola – Les dijo - ¿Qué les ha sucedido? -Somos los seres más desdichados de esta tierra – Respondió el zorrillito, quien se llamaba Carlitos. -¿Los más desdichados? – Preguntó el Yaka, con ironía. -¡Si, los más desgraciados! – Confirmó, Lauri, la ardillita. -Hemos quedado atrapados en esta tormenta. Y de no ser porque esa puerta se abrió, ahorita nuestras carnitas estarían tan tiesas, como tablitas y nuestros dientes tan fríos, como esta noche. – Dijo Carlitos. -¡¿Y por eso son infelices?! -Es que hay más. ¿No ves nuestras fachas? Todos los días es de buscar nuestro sustento, cuidarnos de la lluvia, del viento, de otros animales, que nos buscan como alimento y hasta del hombre…Cómo desearíamos ser como tú, que no necesita nada. Te dan agua, alimento y cortan tus ramas secas y podridas. Te cuidan como a un rey de la plaza. ¿Quién fuera como tú? -¡¿Quién fuera como yo?! – Preguntó con incredulidad el Yaka, porque temía se tratara de una burla de mal gusto – Tu no sabes lo que dices. Daría la mitad de mi vida por sentir unas gotas de lluvia o el rocío sobre mis hojas; y otra mitad, por escuchar el trino de los pájaros sobre mis ramas; y otra mitad, aunque ya llevó tres, porque el viento me azotara en una tempestad y mis flores volaran, para que mis hijos nacieran en otras tierras.
La ardillita y el zorrillito se miraron el uno al otro y después vieron al Yaka, como se mira a un chiflado. -¡No sabes lo que dices! – Dijo Carlitos – Yo daría la mitad de mi vida por vivir en la quietud de una casa, como viven los perros y los gatos. Pero, ¡imagínate! ¡Un zorrillo en una casa! Si la gente tan solo al verme grita: ¡El zorrillo! Y busca vapulearme. Yo me asusto y derramo mi perfume, que tanto estremece a los hombres. Tengo que vivir por siempre buscando el pan de cada día y cuidándome de los escobazos. ¿Es eso lo que quieres? -Si – continuó ahora Lauri - ¿Es eso? ¡Mírame a mí! Flaca, de tanto corretear. Nerviosa, de tanto estar pendiente de las pisadas y de los vehículos. Reumática, por el frío de los inviernos que se cuela, hasta nuestras moradas. Cansada de tanto buscar nueces y otras semillas, para no morirme de hambre, cuando viene la gélida tempestad ¿Es esto lo que quieres? -¡Sí! – Respondió el Yaka, más animado en tanto más le hablaban de la aventura de la vida allá afuera – ¡Díganme más! De cómo es allá, al otro lado de estas paredes. ¿Cómo es la nieve? -¿Quieres saber cómo es la nieve? – Dijo con ironía Lauri, cansada de los comentarios sin sentido del Yaka – Pues bien – Prosiguió, mientras que, con sus patitas, formaba una bola de nieve - ¡Toma! ¡Así es la nieve! ¡Fría, blanca, sin corazón!
Y lanzó la bola, contra el tronco del Yaka. Este suspiró. -¡Ah! – Dijo – ¡El sabor de la libertad! ¡La libertad: Fría y bella! ¡Dame más! Y Lauri y Carlitos, lanzaron nieve al tronco y ramas del Yaka, hasta más no poder.
El Yaka, cerró sus ojos.
-Yaka, ¿estas bien? – Preguntó Lauri. -¡Jamás me he sentido mejor! Solo que no se vayan. Sean por esta noche mi compañía. Háblenme de las luciérnagas. Esas hadas de la noche. Platíquenme de las estrellas. ¿De verdad, cae polvo de ellas, sobre el bosque inquieto? Díganme si es cierto, eso de las fuentes de agua, que cantan cuando bajan alegres la montaña…Díganme que un día saldré de aquí, libre, vivo, dejando esta soledad en las paredes.
La ardillita y el zorrillito sintieron compasión del árbol, porque en efecto, era un árbol triste y desolado. Sintieron pesar de haberse burlado de él y después de escucharlo, hasta añoraron el frío inclemente de aquella noche. -¡Llévenme con ustedes! – Rogó el Yaka, suspirando. -Si pudiéramos… - Dijeron ambos – Con placer lo haríamos. -Lleven aunque sea una de mis ramitas y plántenla en el bosque… Lauri y Carlitos, cortaron con sus patitas la ramita más tierna y viva del Yaka y prometieron sembrarla en la tierra más fértil y húmeda del bosque. -¡Vivirás en el bosque, Yaka! ¡Bajo las estrellas!
El Yaka, lloró de alegría.
Venía la mañana. Los amiguitos se despidieron. El Yaka cerró sus ojos y se durmió. Dormía el último sueño de todo árbol.
Las puertas de la plaza se abrieron al tumulto del negocio. Los hombres, asombrados del azote de la tempestad, contemplaban al Yaka, con sus ramas caídas y muertas. -¡La ventisca lo mató! – Dijeron. Vino el personal de mantenimiento. Arrancó al Yaka de raíz y lo lanzaron, sin ningún sentimiento, al contenedor de la basura. No había pesar por un árbol de plaza muerto. Ya pondrían otro.
Por la noche, en el bosque, una ramita del Yaka era feliz, mientras caía sobre ella, el polvo blanco de las estrellas y contemplaba a las luciérnagas inquietas, jugar…
Siguanaba (Una Variación De Leyenda Salvadoreña)
¡Chuta! Esta era, por seguro, la última vez que ellos, nuestros amigos, contemplarían el río y se bañarían en él. Mañana partirían, con dolor pero con gozo, en el pájaro de acero, a otras aguas y otras tierras. Por eso, al caer la tarde, pidieron a la abuela, quien también sería cosa del pasado en algunas horas, que les narrara la historia de la mujer del río y de los montes, a la que llamaban Siguanaba. La abuela, balbuceando, por la falta de sus dientes y por el nudo que se le formaba en la garganta al presentir el olvido, sin esperar más ruegos, inició.
La gente decía que, hacía muchos años habitó en el pueblo un hacendado muy bien parecido, probablemente de esos cheles que entraron por el Norte y se quedaron. Un día contempló que iba hacia el río, ya entrada la tarde, una mujer bella y hermosa (porque no es lo mismo). Caminaba balanceando su cintura, con ese caminar coqueto y natural que la mujer tiene, cuando quiere atraer al hombre del que gusta. Ella traía un cántaro grande sobre la cabeza y a un niño tomado de la mano. Era un niño gordito y barrigón y llevaba puesto un sombrero que le quedaba grande para su edad y su cabeza. El niño era feo, y no se podía comparar en nada con la mujer. Pero no solo era feo, sino que, por lo que el hombre pudo escuchar, también mal hablado y de vez en cuando lanzaba escupitajos negros, como esos que tiran los que mascan hoja seca de tabaco.
El hombre siguió a la mujer en su alazán y al tenerla cerca, le preguntó si requería de alguna ayuda. La mujer sonrió, con una sonrisa tan bella, que sus dientes blancos solo recordaron las piedras pómez que los cipotes recogen y coleccionan cuando van al río, y unos ojos parecidos a esmeraldas cortadas en círculo y con esmero. El hombre quedó atónito de la belleza de la mujer y espantado de la fealdad del niño y de su charra, porque eso era realmente el sombrero, una charra ridícula que solo hacía juego con su panza. -¿Su hijo? – Interrogó el hombre a la mujer -No – contestó ella – Es algo así como mi sobrino. Es un diablito al que quisiera castigar por tanta malcriadeza que hace. Pero su padre no me deja. El muchachito alzó la vista y el hombre pudo comprobar que, sin duda, era feo. Jamás había visto semejante contraste de mujer bella y hermosa y niño feo. Pero a él, quien le importaba era ella, y así, qué interesaba que ese cipote, que ni era su hijo, fuera tan feo y panzón.
A todo esto los tres habían comenzado a internarse en el río y los últimos celajes formaban en las nubes matices de colores, que simulaban la flor de fuego con una mixtura plomiza. -¿Vive por acá? – Preguntó el hombre – Porque me parece que se le ha hecho tarde para venir al río. La mujer dijo que no, porque solo se trataba de lavar su ropa y llenar el cántaro; mientras tanto, el niño feo tomaría un baño. El hombre quedó un poco pensativo, porque la mujer no llevaba ropa que lavar, salvo la que cargaba puesta, y el niño había conseguido, sin saberse cómo, un volcán de ceniza mojada. La había puesto dentro de su charra y con ella formaba bolitas oscuras que olían a carbón. Tomaba una por una y se las comía o tragaba, ante la mirada de disgusto y repugnancia del hombre.
La mujer había bajado el cántaro y colocado sobre una piedra lisa y plana. El cántaro sonaba a eco, a voces de gente de otro tiempo. El hombre sintió, sin saber porqué, una gran tristeza interior de la cual se repuso de inmediato, al comprobar que la mujer se había desnudado por completo y lavaba tentadoramente sus prendas. El hombre perdió el habla. La mujer era en efecto bella y hermosa, y sacudía sus senos (chiches, pues), y sus nalgas, mientras lavaba. Sus ojos, esmeraldas, eran ahora más brillantes y su cabello, como manojo de trigo, se enredaba entre sus senos. Toda ella invitaba a una caricia y al juego del amor…
La abuela, de pronto, se detuvo en la narración. -Yo, realmente, no sé porqué les estoy contando todo esto. Les estoy destapando los oídos. -No, abuela. Dale, dale. Ya nos picaste – dijeron ellos. Y la abuela, prosiguió: El hombre se fue acercando a ella y comenzó a acariciarla. Primero el hombro, después su cabello, y como la mujer no decía nada, ni se oponía, sino que solo lo veía con ojos arrobados, él también de un salto, se desnudó, y se olvidó del niño feo que yacía comiendo bolas de ceniza detrás de él. Pero en realidad el niño ya no estaba allí. Ellos estaban solos los dos y, el río y el cántaro, se acompañaban en un canto de voces y murmullos de corrientes que invitaban al amor. Pronto él se encontró abrazando a la encantadora mujer y gozando de su tacto y de su piel. Todo parecía que iba por buen camino y que al final, esa era su idea, se la llevaría para su hacienda, donde gozarían todavía más y a mejores anchas.
El punto era que él había perdido la voz y se le figuraba que el cántaro se la había robado. Pensó en romperlo; pero ésta hubiera sido una acción desatinada, que no traería otra cosa, sino la desaprobación de la mujer. Cuando terminaron de refocilarse, la mujer entró al río y él la quería llamar, preguntarle su nombre, pero ella se iba yendo. El se incorporó y la siguió entre las rocas, pero ella se iba en fuga. El caballo del hombre relinchaba furiosamente, y se podía decir que estaba tratando de defenderse de algún peligro.
El hombre corrió hacia donde se escuchaban los relinchos de la bestia, y allí encontró al niño feo y panzón tirándole bolas de ceniza al alazán. Bolas que al caer, se transformaban en arañas negras, peludas y hediondas. El hombre volvió a donde la mujer había dejado el cántaro, pero este ya no estaba allí; y del río salía una melodía triste, una canción de otra época, cantada por una dulce mujer. Dicen que la canción más o menos decía así: ¡Oh! Tu conquistador, que me dejaste aquí tendida, como india y como barro. Vuelve, vuelve, vuelve, que te daré la voz de tus hijos olvidados y la ceniza de mi llanto…
Buscó y buscó, así desnudo y al fin la encontró. Pero esta vez la mujer reía a carcajadas y ya no tenía el cántaro, sino una especie de noria, atada a sus pies y dijo: -¡Oh desolado caminante, que te has atrevido a departir! ¡Me has ajado como todos y te has burlado de mi hijo! ¡Oh caminante, somos luz y somos misterio y estamos atados al tiempo de los tiempos, a vivir hecha esta mujer y este hijo: Siguanaba y Cipitillo! Y él buscó consolarla desde su mudez, pero al acercarse, la mujer clavó sus uñas dentro de su piel y él lanzó un terrible alarido de mudo. Saltó por entre las piedras. Y la mujer era fea, tan fea como el niño horrible y panzón, con largas tetas que golpeaban las rocas y rostro de doblez. El hombre corrió al caballo y lo montó de un salto, pero al volver su mirada atrás, allí estaba ella con sus dientes, con sus uñas clavándole la espalda. El caballo relinchaba como si cargara a lucifer y ella carcajeaba y azotaba a la bestia con su cabello de trenzas duras y maltrechas.
Al hombre lo hallaron el siguiente día, cerca de la alcaldía. Desnudo, medio muerto y medio loco. Dicen que unas mujeres lo curaron día y noche y le preguntaban sobre lo que le había sucedido; pero él nunca habló, solo cerraba los ojos, gemía y lloraba. El caballo fue encontrado al tercer día, también loco, como el dueño y se lanzaba contra las paredes y rocas.
Un día, el hombre se cansó de ver sufrir el animal. Esperó la tarde, y en un descuido de las mujeres que lo cuidaban, lo montó y se encaminó al río, al mismo lugar donde tuvo el encuentro con la mujer; pero todo había cambiado, no era el mismo río de aquella tarde. Había niños bañándose y mujeres lavando. El soltó un alarido, grito de mudo y se tiró al galope a lo más profundo del río, donde se ahogó. Algunas de las mujeres contaban que, en ese momento, pudieron ver un enorme cántaro y escuchar la voz tierna y melodiosa que salía de él, con un eco que decía: ¡En estas tierras solo habita el dolor…!
Cuando la abuela concluyó, ya estaba entrada la tarde. Nosotros nos despedimos por última vez de nuestros amigos, mientras la abuela atizaba el fuego del poyetón y las gallinas se apretaban sobre los atados de leña, buscando el sueño.
A lo lejos, se escuchaba el murmullo del río y de los sapos. Nosotros nos dimos prisa en partir para nuestras casas, pues teníamos la certeza que escuchábamos a alguien lavar en el río. Íbamos apretándonos, unos contra otros, por el miedo y por el frío, con los escalofriantes pensamientos, que caían sobre nosotros, como murciélagos sorprendidos, que unos ojos, tal vez los de aquella mujer, nos observaban desde los montes...
Noche De Poesía
¡Chuta! Es que era el caso que a Mauro, el hermano mayor de Benito, le habían llegado esos días, los mismos que nos vendrían a nosotros después. Esa época en que nos dio por poetizar. Solo que a él le agarró más en serio, ya cuando se largó para una tierra del norte, y asistía de continuo a unas tales noches de poesía, en las que cada quien leía un verso propio y soportaba con aplausos el ajeno. Pero una noche de esas, a Mauro le ocurrió algo que, según él, le amplió el concepto de por si tísico y yermo de la metáfora. Benito nos lo narró, así:
El teléfono celular vibró tres veces dentro de la bolsa de la chaqueta de Mauro. Había decidido no contestarlo. Hacerlo hubiese sido un sacrilegio, en medio del recital, y cuando la poetisa enarbolaba la mirada y elevaba la voz, buscando el cielo, en un verso de angustia que narraba la triste suerte de un pordiosero enfermo, un hombre de la calle o sin hogar, enfermo terminal de cáncer, que lo único que le rogaba a Dios, era que en su última agonía, lo llevara al Sunnybrook Hospital y no al Saint Michael, porque la comida era más apetitosa en el primero y deseaba comer bien su ultima cena, para recordar con alegría esta tierra de soledad.
Cuando el recital llegó a su interludio, Mauro revisó la llamada perdida y el mensaje: era la policía. Le decían que volverían a intentar comunicarse con él dentro de una hora, pero que era urgente. Sin saber porqué, se le vino de golpe todo el amor comprimido por su hijo y su mujer, solos en su tierra natal. Sintió un revoloteo inquieto del corazón, como el de un enorme pájaro, cansado de su jaula, y pasó de largo, sin sentir la vibración de las palabras, el resto del recital.
El teléfono vibró, y esta vez Mauro lo contestó de prisa: era de nuevo la policía, hablándole en un claro y gramático español de colegio. Le preguntaron si conocía a una anciana llamada María… Les dijo que sí, que la había visto varias veces en la iglesia y que hasta les había dado un “aventón” a su apartamento. Dijo “les” porque eran María y su esposo, dos envejecidos personajes, que desde que los vio la primera vez, supo que llevaban su doble soledad a cuestas: la soledad de su vejez, estado que nadie quiere y todos desprecian y la soledad de vivir en un país ajeno y distinto, donde se castañeaba con un frío de menos diez y un entendimiento del lenguaje de cero.
- Necesita de consuelo – Dijo la policía, siempre en español, y amplió: Su esposo a muerto en un accidente de transito y la hemos traído a la morgue para que identifique el cadáver…Lo hemos llamado, porque encontramos su nombre y su teléfono en el bolsillo del difunto, y porque ella nos rogó que lo hiciéramos…Está inconsolable. Dice que ya no tiene a nadie.
Mauro sabía que era cierto: No tenía a nadie. Habían sido traídos a esta tierra, por su única hija, bajo un programa de patrocinio, pero a los pocos días, en un giro oscuro e inexplicable del destino, aquella había perdido por completo el juicio, llevándolos a buscar refugio en terceros y en la ayuda sin rostro del gobierno.
El rostro de la viejita se le dibujó a Mauro ampliamente frente a él, en su interior, como en una de esas pantallas de cine al aire libre, en medio de una lluvia que caía a ventarrones, en los imprevisibles días primaverales de Toronto el Bueno, una ciudad que mucho ama, pero que muerde, cuando no se tiene a alguien cerca a quien amar. Sí, el rostro de ella, de María, cubría la noche. La podía sentir llorando a las once de la noche de un sábado de calles húmedas y solitarias, protegida dentro de un cuarto frío y sin vida, como una morgue. Ella sola, menuda y frágil, con su rostro de olivo milenario y sus manos pequeñas y carnosas, como revestidas con seda. Mauro sintió un pavor. El pavor a la muerte que cada uno llevamos cargando dentro, como un fantasma. Abrazó su cartapacio con sus poesías de la noche, como para recogerse del viento que daba golpes húmedos en la espalda. Abrió la puerta de vidrio y metal y allí estaba ella, tal como se la había imaginado. Al sentir los pasos, ella levantó su mirada y Mauro se apuró a abrazar a la anciana, que ahora parecía más menuda y con su rostro convertido en una dulce pasa, envuelta en una enorme lagrima de dolor. -Se nos fue Napo… - Le dijo, balbuceando, trabándose en cada silaba. Mauro no dijo nada. No podía. Un dolor de otra fuente lo ahogaba: recordaba a su madre. -Todavía ayer me dijo que en el verano tocaría la guitarra con usted. Ya habíamos reunido el dinero para comprarnos una de esas, de verdad… Mauro mantuvo su silencio, y se reprochaba no haberle regalado su guitarra al viejo, si total, esta vida es tan corta y al final somos nosotros y no nuestras pertenencias, los que por ultimo prevalecemos.
Ella continuaba hablando, queriendo desprenderse, en cada palabra, de su dolor, mientras Mauro se limitaba a abrazarla. Ya no la escuchaba, él miraba hacia la calle, donde aun llovía, y hacia el encapotado cielo, donde la imagen de la anciana se le dibujaba, como una poesía infinita, poema de amor arrancado de la muerte. La sombra de un pordiosero, cubriéndose con un pedazo de cartón y con sus cachivaches al hombro, cruzó la calle. Iba limpiándose el rostro...
¡Dios mío, cuánta poesía para una sola noche!
Soy Del Agua
¡Chuta! Y es que allá, a unas veinte cuadras, estaba el lago. No el mar, pero el lago. El lo sabía, porque había sentido el olor primitivo de los peces y de las otras criaturas del agua. Sabía que era un lago y no el mar, porque el sabor salado en sus papilas yacía ausente.
Había escuchado el canto triste y suplicante de las gaviotas, cuando planeaban lento y callado, besando el agua, en busca de alimento.
De haber podido, habría caminado hasta él. Pero no había necesidad de mirarlo o que alguien le contara que allí estaba, extendido, casi a sus pies, pues el sonido arrastrado de sus olas, se lo declaraba sin palabras. Eso sí, habría sido una maravilla contemplar esa masa estática de agua, como un estanque vítreo o un ojo inmenso, ciclópeo, de la tierra. Pero para llegar, tendría que arrastrarse en su silla, cuyas ruedas, con seguridad, se estancarían en la arena o se sumergirían en la humedad formada entre las rocas. No solo ese era el problema. Aun si llegaba, jamás sería capaz de mirarlo. No porque se llenaran de tristeza y lagrimas sus ojos, al recordar su antiguo suelo y su mar lejano; sino porque su vista estaba cerrada para siempre desde hacía más de diez años, lo mismo que sus piernas, perdidas entre el barro y el maíz, desde ese mismo tiempo, cuando una mina, residuo fatal de la guerra, le explotó bajo sus plantas. Luego vino la agonía y la zozobra de sentirse por primera vez sin control en las tinieblas, bajo el amparo de una voz o de un ruido como consuelo y afirmación a su existencia; y aquel sentimiento de inutilidad rumiando las entrañas.
Después había venido el refugio en un nuevo suelo, tierra de la que él solo conocería sus aromas y ese extraño murmullo de otra lengua. El había traído consigo sus tinieblas, su frustración de ser terminado y la pasión por el agua, sobretodo en los veranos, cuando la tibia humedad, le recordaba los calores inclementes de la costa y sus ansias de revolcarse libre en la arena y abrir su boca ancha al mar, para beber la sal primitiva del origen. “Soy del agua”, había dicho en la desesperanza. Y añoraba un día volver a ella.
Fue otro verano, cuando se animó a ir solo, empujándose a si mismo en la silla de ruedas. Se movió por las aceras, presintiendo el ir y venir de los automotores por la calzada; cruzó las intersecciones, orientándose por el parloteo de las gentes; y buscó el sur, guiado por el olor a agua dulce y algas del lago. Lo buscó en silencio, en soledad, del mismo modo que se busca el amor.
Lo alcanzó de tarde, cuando el sol ensangrentado, se largaba en busca de otro umbral en el horizonte ciego del firmamento. Los bañistas también se marchaban, contentos, abrazados. El aspiró fuerte, queriéndose beber el aire de la tarde que presentía.
Sin saber dónde caería, se lanzó sobre la arena, arrastrándose, como se arrastraría un cocodrilo o una tortuga recién nacida, con dificultad, pero con ansias; buscando su refugio de agua. Lanzaba la arena al aire y carcajeaba. Era solo él y el lago. La oscuridad se había cerrado y extendido, pero esto él no lo sentía, y solo unos perros ladraban a lo lejos, sobre la playa vacía. Se extasió al llenarse su cuerpo de humedad y presentir el frío liquido del agua bajo su vientre. Quería más. Como pudo se sentó sobre la arena, con el agua cubriéndolo hasta su cuello y cantó una de esas canciones que solía cantar en sus días de muchacho completo: “La brisa del lago nos traerá recuerdos. Amor amémonos, porque somos gaviotas que vamos de paso…” De pronto, creyó ver la claridad, el sol levantándose en el horizonte y una bulla de peces voladores, revoloteando en derredor de su cabeza y llevándoselo hasta lo profundo. Quiso coger a uno y sus manos crisparon el vacío.
Una mueca triste se le enredó en el rostro. Lloraba. Lloraba por sus ojos, por sus piernas, por el mar ausente, por su suelo, por él, que no volvería, porque pertenecía al agua y por las gaviotas, pañuelos blancos que descenderían por él, en busca de alimento…
Y es que ese dragón ciego de la guerra, nos dejó incompletos a todos nosotros, de alguna forma…
Los Últimos Hombres De Maíz
¡Chuta! Es que después que Benito nos contó esa historia acaecida a tres de los amigos de su hermano mayor, ya no pudimos conciliar el sueño y le pedimos que nos la repitiera. El ajustó la almohada bajo su cabeza e inició, así:
Bajaban sin saber, del volcán de los Izalcos en occidente. Venían apretándose a los montes. Quebraban con su calzado las ramas secas caídas de los cafetos y castañeteaban los dientes por el frío de la mañana que empezaba a despertar, y que se colaba por entre sus trapos y las fisuras de sus zapatos de alpinismo, gastados, raídos por las piedras infames de la reventazón de un mineral, derretido hacía más de un siglo, y que había convertido a la región en un paisaje lunar.
Atrás había quedado, según ellos, el picacho de San Salvador, el boquerón, la enorme trompa de labios negros y gruesos, y el agujero, oscuro y afilado, por donde habían escapado, con todos sus pensamientos y pesadillas por detrás, cayendo sobre ellos, como murciélagos heridos. Si no hubiera sido porque se habían pellizcado el pellejo varias veces y contemplado los primeros rayos del sol, tornar dorados los canastos de los indios que se encaminaban a las cortas de café, los tres habrían jurado que se había tratado de un sueño de mal gusto, efecto de una noche de desvelos.
Recordaban que unas semanas atrás, habían decidido la caminata, el alpinismo pacifico sobre las faldas durmientes del oscuro Boquerón. Alex, Marcos y Flor, aunque ya no eran unos muchachos, sino unos adultos, cuyos desahogados ingresos y su reposada soltería, les permitían otorgarse muchas libertades, aun conservaban esas inquietudes aventureras de adolescentes; y después de pensarlo tres veces, habían ajustado sus mochilas a los hombros y amarrado sus zapatos nuevos de montaña.
Al principio, cada cual había estado reticente y expuesto su temor a la aventura. Alex, lo reciente del conflicto y la posibilidad de encontrar todavía hombres armados deambulando por esas zonas montañosas, con la imaginación perdida en otra guerra sin final. Marcos, el peligro de toparse, sin saber, con un campo minado y terminar sin un brazo, sin una pierna, o en el peor de los casos, sin la misma vida. Y Flor, lo reciente del terremoto que había abierto grietas y surcos profundos en la tierra, donde hombres y animales domésticos habían desparecido en un solo instante; y los continuos tremores y retumbos, como desprendimientos sordos de enormes colinas cayendo en lo profundo de los abismos subterráneos, que amenazaban día y noche, aturdiendo y manteniendo en vilo y desasosiego a la población. Eran, en efecto, puntos serios que considerar, pero a su vez, eran inquietudes a favor de la empresa, porque volvían más creíble, excitante y divertida la aventura.
Y partieron. Entraron por el norte, siguiendo la vereda de polvo que se encumbraba, dejando atrás las mansiones altas de las colinas. A cada paso se sentían más cerca de las nubes y del aliento inmaculado de Dios. Aspiraban profundo la brisa cargada de rocío de la mañana. Abajo, San Salvador se extendía, como un rompecabezas de luz y color. Allá, aquel pedacito, el Salvador Del Mundo; acá, aquel otro, la Teja, o la Chulona; del otro lado, aquello informe, como un lunar oscuro y sin vida, el rancherío de una colonia marginal de pobres; y más allá, en el azul perdido, en la trabazón de cerros, El Teleférico, con sus hilos templados, como cuerdas finas de guitarra.
Se detuvieron varias veces a tomar aire, contemplar el valle, beber agua de botella y desayunarse, con café y pastelitos, que Flor había traído en su mochila, hasta que alcanzaron la cima e iniciaron el descenso a la profundidad del cráter, donde el tiempo había hecho brotar, sobre las rocas negras del paisaje lunar, margaritas silvestres, hierba limón, helechos y musgo. Mientras descendían, conversaban con la naturalidad de los buenos amigos, pues ni Alex ni Marcos sentían atracción alguna por Flor; y a ésta parecía no importarle. A su edad, frisando los treinta y solteros, se habían acostumbrado al amor de noches casuales, sin compromisos, y a la vacía soledad nocturna en el cuarto: el pago a su libertad.
Fue Flor la primera en notar el hueco en la roca, disimulado por los breñales, y también fue la primera en advertir el peligro jamás considerado. - ¡Cuidado! – Gritó. Y empujó a Alex hacia un costado; pero con Marcos, no pudo. Y éste sintió que dos cuchillas afiladas y ardientes le entraban y quemaban la piel de su pierna. Un terrible aullido humano corrió por la gigantesca trompa y regresó, rebotando de sus paredes. Alex se incorporó, con sus manos brotando sangre, cortadas por el filo de las piedras. Marcos, acurrucado, apretaba su pierna, y su rostro se descomponía en una mueca trágica. Había pisado una víbora, una serpiente, de esas que lucen una maraquita en su cola. Quiso desprenderse de su mochila y le faltó el equilibrio. Cayó a tierra, con sus dientes apretados por el dolor y su voz ronca, pidiendo auxilio. Se deslizaba con rapidez, como empujado, por la pendiente de grava lunar, hasta ser tragado por la caverna en la roca.
Alex y Flor corrieron en socorro y de pronto se vieron en las fauces de una resplandeciente oscurana, brillante como el negro del calzado recién lustrado. Se apretaban las manos húmedas por el temor y llamaban quedito a Marcos, como precaución a cualquier derrumbe, y al no obtener respuesta, se arriesgaron con los gritos, hasta que Marcos contestó, como volviendo de un sueño, con su lengua dormida y su dolor ahogándolo. A lo lejos se escuchaba el rumor de un río. Siguieron la voz de Marcos para orientarse, y cuando sus ojos se fueron acostumbrando, miraron lo que parecían ser sombras de diferente tamaño y forma, siluetas de un negro más opaco, que se movían de un lado a otro.
No había manera de ayudar a Marcos. Palpaban su pierna inflamada por el veneno, pero la oscuridad no permitía hacer ningún intento. Había que salir primero de la caverna a como diera lugar. Solo había una dificultad: el hueco por donde fueron tragados había desaparecido. Flor lloraba histérica, imaginando la cruel muerte que el amigo tendría, y se reprochaba haber venido. Alex, saltaba sus pupilas, esforzándose por capturar los escasos puntos de luz, como lo haría un lince; y Marcos, callaba. No sentía su lengua y unos fríos calambres, mordían su pierna y lo hacían sudar con profusión.
Las sombras seguían moviéndose, acercándose tímidamente al grupo. El temor los paralizó. Las sombras parecían flotar, sin más ruido que el murmullo del río, a lo lejos. De pronto, sintieron que decenas de manos los cogían de los brazos y los levantaban en el aire. Ahora, en la cercanía, podían divisar los hermosos carbunclos brillantes de los ojos de las sombras. Se sintieron desposeídos de sus fuerzas y al completo designio de esos seres. Vieron el reflejo de un enorme pedernal hundiéndose en la carne de Marcos, y desmayaron ante el grito agónico del amigo. -¡¿Qué le hacen?! – Se atrevió a gritar Flor -Ayudamos – Dijo una sombra, con una voz desacostumbrada al lenguaje. -¡Déjenlo! -No podemos. Moriría. Lo ha mordido la gran serpiente. Nuestra señora que nos guarda. Sombras cargaban a Marcos y sombras los tomaban de las manos, y los guiaban por un sendero suave, de hierba. Veían el reflejo enorme de lo que parecía ser un bosque de árboles de troncos blancos, fosforescentes, y con la tenue luz, podían distinguir sus ramas hechas de huesos blancos y sus hojas hechas de piel humana, y sus frutos, enormes fresas rojas, pero con la figura de un corazón de hombre, que destilaban un ungüento color ámbar, como la miel, y un olor dulce a bálsamo. Flor se atrevió a hablar de nuevo: -¡¿Qué es eso?! -Es un bosque. Son nuestros hermanos, los árboles de nuestra noche. – Era la misma voz gutural de antes que hablaba como quien lee las frases con cuidado. -Y ustedes, ¿quiénes son? – Preguntó Flor, ahora con un poco de más confianza. -Somos los últimos hombres, los últimos hombres de maíz. Y estos son nuestros aposentos. Lo único que se nos ha dejado. Se detuvieron. El murmullo del río se oía más cercano. Con la guía de las manos tomaron asiento en figuras duras y lisas. Las siluetas se movían en dirección de los árboles. Formaron un círculo en torno a uno de ellos, y se escucharon susurros y lamentos, como los de una plegaria, en una jerigonza precolombina. -¡Es Nahuat! – dijo Marcos, desde el sopor. El lo sabía, había estudiado un poco esa lengua casi muerta en sus visitas a Izalco, cuando niño. Las sombras callaron y con el pedernal, cortaron de cuajo el fruto del árbol. Se desprendió de su tronco, un fuerte aroma a pan recién cocido, hecho de maíz y miel. Partieron el fruto en tres partes y le dieron la mayor porción a Marcos, el resto lo compartió Alex y Flor. No sabía a ningún fruto conocido, porque su aroma traía paz y descanso y una sensación de estar completo. -Nos ha ofrecido su corazón – dijo la misma sombra, refiriéndose al árbol. Eso fue lo último que los tres pudieron escuchar. Sobre ellos cayó una pesadez, un sueño profundo. Cuando despertaron, había una tenue luz en la caverna, pero las sombras, si en algún momento las hubo, se habían ido. El murmullo del río, seguía escuchándose, pero no era más que un volcán de hojas secas, alborotado por el viento que entraba en remolino, por el orificio de la cueva. Más allá, donde les pareció mirar los árboles, solo había algo semejante a un altar cubierto con huesos rotos, trapos de colores brillantes, pintados con añil, y un pedernal.
Marcos no sentía ningún dolor, ni había rastros de la mordedura de la serpiente en su pierna. Las manos de Alex estaban suaves, sin rasguños, como antes. Y Flor sonreía de lo dichosa que era de estar viva. Un viento frío cruzó la caverna, y ellos tomaron sus mochilas y salieron de prisa, como escapando de algo que no lograban comprender; preguntándose si acaso lo enrarecido del aire a esa altura, los había llevado a soñar semejante pesadilla. Aunque no entendían porqué los tres recordaban lo mismo. -Los últimos hombres de maíz – dijo Flor para sí. Y sintió el calor de unas manos que la guiaban y acariciaban. De pronto, Flor se echó a reír y continuó riendo a carcajadas, al percibir la vestimenta rota y los zapatos gastados con que regresaban. Buscaron la vereda y el valle, y recordaron que ellos habían escalado el Boquerón, en San Salvador; pero el volcán por el que ahora descendían era otro, era el de los Izalcos, en el occidente. Dudaron del tiempo transcurrido y de lo sucedido en la caverna: tal vez no había sido una pesadilla. Un escalofrío sacudió sus vértebras y apuraron el paso, apretándose a los montes, gustando de mirar otra vez la claridad, el sol derretirse sobre los canastos de los indios que bajaban a las cortas de café, susurrando una oración…
A La Espera Del Autobús
¡Chuta! Y es que hoy, reflexionando, pienso que debí haber esperado hasta que ella abordara el autobús. Aunque ya no había autobuses que tomar, pues esa ruta corre hasta las doce.
Era viernes y salía de mi trabajo en una fábrica de láminas y clavos, en el este de la ciudad. Había decidido caminar, para respirar los últimos aromas de la noche, y de paso, absorber esa respiración calida de la tierra en el verano. En mi reloj, llegaban las once. Había dejado atrás los negocios de comida griega de la calle Danforth, y me sentía cansado. Decidí abordar el autobús que cruza el Puente Bloor, el mismo puente del que cuentan que, en un tiempo, fue también un acueducto, pero que ahora cumple solo el propósito de servir de unión entre el oeste y el este de la ciudad y de vía, para el metro, los autobuses, los vehículos y los peatones. Desde su altura, dependiendo de qué lado uno se ubique, se puede ver la autopista Don Valley, serpenteando, buscando el sur y el lago. También se divisa a lo lejos, la torre CNN, la cual semeja un platillo volador extraterrestre, clavado en una inmensa aguja.
Llegué a la parada del autobús y me senté en una de las bancas de madera y concreto, que lindan con el pequeño parque. Una joven, rubia y bella, esperaba también el autobús, sentada en el otro extremo de la banca. No la saludé, ni le dije nada, pues ya no se acostumbran esos gestos, sobre todo a esas horas de la noche. Simplemente me senté a esperar. Escuchaba, detrás de mí, los murmullos inquietos y juguetones de las ardillas, que correteaban aun en la oscuridad, y los ruidos de los pájaros, desde sus nidos, bebiéndose el rocío que empezaba a condensarse en las hojas. Eran las once y media en mi reloj. El autobús tardaba. De vez en cuando, yo veía con el rabo del ojo a la joven. No se movía. Parecía orar o meditar en el silencio. Su cabeza inclinada y sus parpados cerrados. “El autobús”, dije, como quien habla para sí. Y noté que ella abrió los ojos buscando las luces del vehículo. Luego los volvió a cerrar. El autobús se detuvo, pero decidí no abordarlo. Todavía restaban dos más, aquella noche. Tampoco ella lo abordó. La vi abrir de nuevo los ojos y sentí su mirada cuestionándome, formulándose, quizá, las mismas preguntas que yo me hacía sobre ella: ¿Por qué no lo había abordado? ¿Qué hacía en esa banca, tan tarde, una mujer sola, joven y bella? Volvió a cerrar sus ojos, como si yo no le importara.
Al cuarto de hora pasó el siguiente autobús. Venía un poco lleno. Se detuvo al vernos y de nuevo, puesto que todavía era viernes y de hecho, no tenía ya nada qué hacer, decidí no abordarlo. Y esperé a que ella lo hiciera. Para mi sorpresa, ella tampoco lo abordó.
Pensé qué haría si ella decidía no tomar el siguiente; es decir, el último. Pensé en cuales serían mis opciones. Me imaginé que tal vez era posible…No sé. Yo tan joven y tan solo en esta tierra, sin amigos, sin familia, sin nada. Bueno, pensé que quizá la podía invitar a que camináramos juntos y de paso tomarnos un café en la madrugada y platicar un poco sobre algo, sobre nada, aunque fuese a veces a señas, pues mi inglés quebrado y mi duro acento de inmigrante, serían una argamasa que se uniría, para formar una muralla insalvable entre nosotros. Pensé que quizá ella también pensaba lo mismo.
En mi reloj dieron las doce. Y el autobús fue más exacto que de costumbre. Venía desbordado, con los últimos pasajeros noctámbulos de las horas. Me puse de pie, tal vez para darle ánimos a ella o para recordarle que se trataba del último de la noche. La oportunidad final de volver a casa, por si no había reparado en ello o por si iba demasiado lejos para intentarlo a pie. Pero esta vez, ni siquiera movió sus parpados. Pensé que dormía. Dejé que se largara el autobús y volví a mi asiento. Pero ahora, a esperar por ella, a que abriera los ojos, y enfrentarla. -We are in the same business, eh? – Me dijo, así, de repente, sin abrir siquiera los ojos. (*) Sorprendido, yo no le entendí. Quiero decir, que no comprendí, lo que ella pretendía decirme con eso de “en el mismo negocio”. -Podría ser – Le dije, de modo general – Aunque me encantaría conversar un poco con usted. -Espero que usted no resulte ser uno de esos… -No, no se inquiete. No sé lo que quiere decir, pero no lo soy. Solo quisiera conversar. -Eso hacemos… – dijo y guardó silencio. -Quisiera invitarla a un café. Cae bien a estas horas. -No, no apetezco. Y le aclaro que, si no estamos en el mismo negocio, es mejor que se retire. Necesito estar sola. ¿De qué negocio hablaría? Me pregunté. Tal vez si fuera más especifica. Pero no me atreví a preguntar más, porque me asaltó un temor, un tanto fundado: podría estar refiriéndose al tráfico de drogas o algún otro asunto ilícito. Y este, de seguro, era el negocio del que hablaba. En tal caso, mi lógica escalonada, me llevaba a otro pensamiento inquietante, revolviéndose en el siguiente nivel, el cual yo no había considerado hasta ese momento: Ella podría estar esperando a alguien en particular y por tal motivo, no abordó el autobús. Alguien también en lo del negocio. Por consecuencia, deseaba estar a solas.
Me levanté de la banca un poco agitado, mirando a mis costados y maldiciendo mi ingenuidad. -Pase buenas noches – Le dije – No quiero perturbarla. De seguro espera a alguien. -No, no espero a nadie. Solo deseo estar a solas. Aunque de algún modo, quizá sí espero a alguien. Pero le agradezco su gesto…Good Night. Volvió a cerrar sus ojos. Yo me batí en retirada, así como derrotado. No había dudas, yo era un perdedor en esta tierra. Después de unos cuantos pasos, volví mi mirada, y allí seguía ella, bajo el farol público, como un fantasma de la noche, como parte de la banca fría de madera y concreto. Tal vez a la espera del día o no sé…
Por pura curiosidad y porque era sábado y las horas me sobraban, decidí volver al lugar, ya entrada la mañana. En mi reloj iban a dar las once. En la acera del puente, la gente se aglomeraba en tumulto. Miraban hacia abajo, a la autopista embreada de la Don Valley. Alguien se había lanzado del puente durante la madrugada. Una mujer. Su sangre aun fresca, era una mancha oscura y húmeda, sobre lo negro de la calzada...
Hoy, reflexionando, pienso que debí haber esperado hasta que el sol del sábado, se derramara sobre el puente y la calzada, y a que el autobús del nuevo día llegara. Aunque creo que esa joven tampoco lo hubiese abordado. Pero, quién sabe y no mi mano la hubiese arrancado de ese precipicio… (*) En inglés, solo para destacar el uso general del termino “business” en el idioma anglosajón. Epílogo
Hoy te soñé de nuevo. Fue un sueño breve y profundo. En los días fugaces de la mocedad. Tú ibas alegre, riéndote, con tu risa fresca de niña con manzanas; meciendo tu cabello al viento y arrebolando tu falda. Ibas sola a mitad del camino, rompiendo la brisa de la tarde y persiguiendo mariposas amarillas. Eras tú. Y mi corazón, desbordado, lo sabía, porque una tempestad de vida se hizo hiedra sobre mi piel y me sentí renacido. Capaz de tornar las piedras en rosas; capaz de tocar un astro o bajar al abismo. Capaz de sobrevivir bajo esa luna apergaminada que nos mira y que también contempló a los dinosaurios; porque contigo, todo era posible. Contigo a mi encuentro, era de nuevo el beso sobre la cabellera oscura, la mariposa de tus labios, dibujando el violeta de las uvas en el corazón inquieto de mi esperanza.
Te miré pasar, como vería pasar a una cierva del campo o a una golondrina lejana. Y grité tu nombre. Tu nombre, que olía a primavera. Porque no quería que pasaras, sino que te quedaras conmigo para siempre; mirando las titilantes luciérnagas de la noche, acampar bajo los verdes pinos. Tú volviste la mirada. Mirada que me consumió en un solo instante. Y te detuviste a contemplar al que te llamaba. Perturbada, que alguien pronunciase, con esa pasión tan mía, tu nombre. -¿Qué desea, señor? – Me preguntaste, indiferente. Y en silencio, te extendí mi mano cansada y vacía. Senil, como mi sueño. Contemplaste mi cabello de nieve y plomo, y sonreíste. -Lo siento. No lo conozco. – Dijiste Y yo te dejé marchar, sin recordarte, que solo unos años atrás, habías sido mía. Mía, como los tulipanes que florecían dentro de mi pecho. Mía, como los pájaros, trinando de amor en el cristal de mi ventana. Fuiste un sueño breve y profundo. En los días fugaces de la mocedad...
|
|
|
||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran
mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación.
Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines
educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la
actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que
se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos
para retirarlo de inmediato. Actualmente hay 62 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com |
|
Contenidos distribuidos bajo una Licencia de Creative Commons. |
|