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AUSENCIA Cumplió los 78. Un arisco mapa de arrugas surcaba su rostro, y se movían alrededor de los ojos tristes de Don Castulo, mientras sus manos callosas y curtidas secaban las lágrimas, que corrían con infinita transparencia por sus mejillas. El añoso algarrobo de cáscaras escamosas y don Castulo parecían haber venido al mundo a un mismo tiempo, y a los pies de ambos, el montículo lúgubre en esa tierra tan suave y la vez tan rústica, con una estaca de Quebracho tallado por manos expertas en uno de sus extremos, y ocupando un minúsculo espacio de la sombra, estaba ella recientemente sepultada. Después de un interminable momento el viejo se alejó del lugar musitando algo
así como un réquiem mientras se encaminaba a su rancho, distante unos cien
metros de este lugar. Se quedó observando mientras pensaba que uno de los hechos más egoístas del hombre, es el de llorar por los muertos, ya que la pena provenía de la falta de su compañía y de esos momentos que ya no se repetirán como los de ellos, juntos caminando en esas cálidas noches pobladas de estrellas, o en aquellas frías mañanas lluviosas en las cuales permanecía a su lado en total silencio, oyéndole contar historias repetidas, entre vasos de caña y el crepitar del fuego. Sí puro egoísmo, decía, y este lamento lo apenaba aún más. Sus pensamientos nostálgicos lo guiaron hasta las horas antes del fatal desenlace. Esa tarde a la hora de la oración, (ese momento en que el día recoge su manto de brillos y la penumbra asoma tímidamente, es un indeciso momento entre la luz y la oscuridad, entre el ocaso y el crepúsculo, todo se torna celeste, mágico y melancólico) al volver juntos, como de costumbre, y después de desuncir los animales de tiro del arado y colgar los arneses en el galponcito, se dirigió a la represa que se hallaba a un costado del patio y al lado del pozo con agua dulce, de boca cuadrada calzada con maderas, lugar poblado de croar de ranas, para que beban los caballos; ya la notó triste, con un profundo cansancio que se reflejaba en sus ojos opacos. A don Castulo le pareció extraño que lo dejara ir solo, pensó que los años tal vez le pesaran más que a él. Se acercó y lentamente paso su deslucida y áspera mano sobre su cabeza, ella sintió la suave caricia pero no hizo ningún movimiento, esto preocupó más aún al viejo. Removió las cenizas y acercando más leña pudo encender nuevamente la hoguera con ayuda de las pocas brasas que quedaban. Después de cenar se sentó junto a ella sintiendo el pavor de lo inevitable. La aurora lo halló entre el humo del cigarro y el sabor amargo de la vigilia, el fuego se había apagado, y el silencio era roto por el canto de los gallos. Estaba solo, el espíritu de su compañera había dado un brinco dejando su
cuerpo inerte. A desgano se puso de pie, sólo quedaba una cosa por hacer, envolvió su cuerpo con una manta, tomó una pala y se dirigió al lugar elegido de antemano. Luego de un arduo trabajo, sepultó allí toda la luz y la alegría. Ya ha pasado un mes de aquel amanecer, Don Castulo no soporta bien la soledad, Ya no será lo mismo, piensa, pero con renovada esperanza ha traído un cachorro, casi idéntico, del mismo pelaje que esa perra, fiel compañera, que había sido su única compañía mientras habitara ese rancho. FIN
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