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Cristino Bogado

Cristino Bogado (1967)

De El dripping del tiempo (Diario de viaje)

NEGRO AULLIDO. 022

Nadie sabe que soy poeta. Porque si alguien lo hubiera sabido, si alguien hubiera por acaso traspasado el umbral de la existencia clandestina que la poesía lleva dentro de mí, yo sería otro para esta gente que forma mi entorno. Algunas veces, la soledad es insoportable y entonces comienzo a renegar de mi destino, sucumbo a un acceso de locura y estoy a punto de cambiarlo por un poco de placer frívolo y despreocupado, ese placer vaporoso que atenúa la profundidad de la mirada, que no duda en transigir con la naturaleza, que anhela ir a la deriva de los objetos de la realidad. Pero, siempre, al borde del abismo logro salvar mi secreto. Y sobrevivo. Hasta la próxima lucha. Porque mi poesía no tiene ninguna relación con una estética platónica, donde un aghatón descendería sobre el universo abyecto de los cuerpos para iluminarlos con su luz fundante y seminal... No. La poesía es más bien una agonía (en sentido griego) que fruto de un milagro. Un combate donde se corre siempre el peligro de perder la vida. Una escaramuza absolutamente corporal cuya esencia es salvar el instante. Esa ilusión fatal del tiempo que no tiene compasión con nuestros cuerpos. Sin la poesía se pierde en los dos frentes. Con ella se salva al menos la ilusión. Hasta el próximo instante. La soledad del poeta consiste en no poder gritar su triunfo al salir vivo de la magma ontopoética ni aullar su dolor cuando ha sido herido fatalmente. Lo trágico está en que no quedan huellas. Todo acontece siempre como una sombra que ha opacado momentáneamente nuestra figura. No quedan los poemas. Los poemas se viven. Por eso no tengo pruebas ni para mí de mi poesía. Sólo el instante abierto (el próximo instante) como un campo de batalla.

ENDRINA MUJER. 020

Nunca la he visto. Pero la conozco. La sé bella, de una belleza endrina. Ni la televisión ni las revistas, o la publicidad, la han profanado. Habita bajo el claroscuro de mi mano, en el límite donde hace eclosión la vida. Su voz es negra como el hálito del café. Su piel como el aroma del pan caliente. De todos modos, ella no me ama. Se ha despedazado en el espacio para confundirme y probar hasta un grado sádico mi devoción. A veces, la encuentro en un burdel ofreciéndome agua pura; otras, en los ojos, de altísimo silencio, de una niña en plena calle, en pleno día. Su seno tiene demasiado fuego para una sola mezquina mano. Su oído conoce toda la historia humana como para sucumbir ante la la palabra. Su boca sabe a lágrima que mana de un corazón alegre. Y su útero, su útero ha fundido mi cuerpo a golpes de humedad y aislamiento. Me la sé como la risa, de una forma intempestiva y total. Diría que no está dentro de mí, sino al contrario, que ella me envuelve, discreta y visceralmente, como lo hace el color o la música. Resumiría que vivo sobre ella, adherido a su superficie como un hongo, sorbiendo su jugo monoteísta, borracho de nostalgia, muerto de vida.

De Contra el ojo

I

DIARIO DEL OJO (fragmento)

*
El día no le permitió salir.
El monstruo del día.

*
Noche de putas.
Forcejeos de nacimiento.

             *
La ceguera me salvaría
No sería necesario entonces
palabra a palabra
frase más frase
levantar una noche
para cobijarse bajo ella
y untar las quemaduras del día
con el aceite que suele soltar:
humedad de río,
oasis de la piel obnubilada.

*
El mundo
siempre lejos de mí
a la distancia
de un salto mortal del ojo.

*
El vértigo de las cosas
vacilando
sobre la cuerda de una mirada.

            *
La verborragia del silencio,
con su presión ascendente
saturado de violencia,
me ha colocado,
fluctuante,
sobre tu superficie plana,
como restos de un naufragio,
en forma de palabra.

LOS OLVIDADOS

“Deberíamos morirnos
 todos antes de nacer”
El ciego de Buñuel

maldita trama
que entre la indiferencia y el deseo
esconde a la mujer
maldito el día
que nos azota con sus horas banales
maldita ciudad
que nos priva de sus putas
implícitas y de las lícitas
maldita la metáfora
bebida espirituosa de poderosos y débiles
maldita mi cobarde adolescencia
que se abstuvo de ultrajes y violencias
maldita confusión de criaturas
la calle
maldita mi geografía corporal
incapaz de la tempestad
que pueda llenar de semen el estanque
de una diosa
maldito barrio
sin perros que despedacen a los hombres
maldito otra vez el día
que oculta el sendero de la lujuria
maldita también la noche
que nos da al mismo tiempo
el cansancio y el sueño
maldita mi alma
embrujada casa poblada por los fantasmas
inagotables de la envidia y el miedo
maldito aquel otro
que duda en matarme cuando me mira
maldita ella
que no intuye a la fiera que apacigua
o a la locura que suspende
mil veces maldita mi tierra
de leves mariguanas y portentosas pustulencias
maldito mi padre
que no me mató al tercer día de mi inocencia
maldita la luz
fulgurante escenografía de la frustración
maldito mi tiempo
post-neolíticamente complejo y anodino
maldita la flor
que no explota con su musculatura cromática
sobre mi torpor
maldita la música
que en su perfecto y redondeado aleph
me excluye
maldito el amanecer pero con todos
sus gallos pavlovianos
maldita la tarde
y sus dustas y orgullosas hormigas
maldito el poeta
de voz dulce y semen agrio
por no abarcar el infinito con la palabra
ni aplastar la carne con la mano
por no irrumpir en la obcenidad
total del verbo
maldito el criminal
maldito el loco
por no desangrar el acto
o abortar la risa
maldito al fin vos Orfeo
y tu impotencia para arrastrar a la muerte
bella o fea deslumbrante o fláccida
hasta todos nosotros

CONSTITUCIÓN POÉTICA

Enarbolar la bandera de la Masa

omitir el abismo 

sucumbir a la fata morgana de la calle 

abotonarse el overall de la Sumisión 

marchar al son de las trompetas de la Entropía

abandonar la carne a la inercia del Tedio 

ahogar al Espíritu con la gimnasia del trabajo 

encerrar los gestos en la casa de los espejos 

castigar el brote perverso de la Inocencia 

la ácida pululación del sinsentido 

la monstruosidad del deseo hecho poesía 

celebrar el pudor del Kapital ante la orgía de la Pereza 

amordazar la vertiginosa sonrisa de Afrodita 

huir, infatigablemente huir, de los cuchillos

que lanza la música de New York 

construir la Ciudad de Dios sobre Tacumbú 

utilizar verdugos como imágenes sagradas 

sustituir la superstición de la escuela

por las iluminaciones del electroshock 

veranear en las playas del masoquismo chic 

prohibir el intempestivo sueño de los niños,

la desgracia cotidiana de la oscuridad,

el ultraje divino de las púberes...

la muerte, que alborota la cobardía de los hombres.

CONSTITUCIÓN POÉTICA II

Que las lágrimas pequeñas del limón bañen el cuerpo,

la tristeza seca y peluda del cuerpo; que planten en su territorio

escondidos oasis llenos de una amargura ínfima y sagrada;

que incendien con un fuego reptante los panales

donde se acumula el dolor; que su música tórpida y picante

ruede polvo y carne abajo como una aurora

que, más que iluminar, cortara; que su apocalipsis cítrico

haga palidecer o retraerse hasta la pleitesía amarilla,

a la serpiente encendida que lo agita.

CONSTITUCIÓN POÉTICA III

Los vapores de yodo y semen

no deben despedazarse átomo a átomo

en el aire perverso

sino en el ácido espiral

cuya punta es la rubia Ariadna

de la percepción

y la cola, el furioso Minotauro

del pensamiento.

CONSTITUCIÓN POÉTICA IV

Venerar la cicatriz,

el dolor cristalizado, el tiempo cosido a la carne

y execrar el tatuaje,

costura comprada y exhibida

como una alhaja

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