
LA EXPEDICIÓN DEL
ALMIRANTE VERNON 1738
CUADRO 5
CAPITULO I
LA OREJA DEL
CAPITAN JENKINS
-¿Es decir,
que no corremos ningún riesgo?
-Así lo
creo.
-Pero
aunque los guardacostas sean vigilantes y activos, nuestro bajel es pequeño, y
si se encontrara con barcos contrabandistas pereceríamos antes de que acudiese
socorro.
-No
necesitamos socorro; nuestro capitán es un león, y repetidas veces se ha batido
con fuerzas triples... Por otra parte, nosotros no seremos los agredidos; a los
ingleses no les conviene atacar; necesitan que les consideren inocentes para
continuar su tráfico ilícito.
El anterior
diálogo se sostenía sobre la cubierta de un buque de guerra español, entre el
segundo de La Isabel (que así se llamaba el barco) y un empleado peninsular que
se dirigía con su hija única -niña de quince años-, a la ciudad de Portobelo,
para donde le habían concedido un empleo.
-Pero,
-dijo el chapetón-, no siempre las costas de Indias han sido guardadas por esta
policía de mar: he oído decir que en otros tiempos los piratas y corsarios
hacían dificilísimo el viaje de España a Indias.
-Efectivamente. Hace apenas quince años que su serenísima majestad don Felipe V
(y al decir esto se descubrió) tuvo a bien escuchar las reiteradas quejas del
comercio de la Feria de Portóbelo y Andalucía, y mandó armar los primeros
guardacostas a cargo del conde Clavijo, los cuales, costeados por el comercio de
Tierra Firme, son vigilados por los comandantes generales de la provincia de
Cartagena.
-Los
ingleses se quejan mucho de la vigilancia de los españoles en las colonias,
-dijo el empleado de Portobelo, que se llamaba don José de Leyva-, y dicen que
son partidarios de la libertad de navegación.
-¡Pero en
país ajeno y no en el propio! -exclamó el teniente Loyzaga-. Cuando algún bajel
de los nuestros llega a Jamaica, por ejemplo, sea en busca de víveres, de agua o
por otro accidente, envían a su bordo algún oficial inglés con guardia, el cual
permanece vigilando, y no se permite vender allí la menor cantidad de tabaco, ni
conservas, ni velas de sebo, que es lo que suelen llevar para traficar con ello
nuestros buques mercantes. Así ya ve usted cómo entienden estos ingleses la
libertad de navegación.
-¿Y hacen
mucho contrabando, a pesar de los guarda-costas?
-¡Muchísimo! Como tienen casas de comercio en Portobelo, Cartagena, el Perú y
Buenos Aires, a su sombra introducen enormes cantidades de mercancías, en cambio
de palo de Campeche, añil, cacao, plata y oro en barras, perlas y otras joyas...
La prueba de esto se la daré a usted. En los pasados siglos los extranjeros iban
a comerciar con Sevilla, en donde se les vendían aquellas mercancías por una
suma que no bajaba de doce millones de pesos anuales, mientras que hoy no pasa
de cien mil pesos lo que los extranjeros compran en Andalucía.
-¡Y esto
con guarda-costas y tanta vigilancia! ¿Cómo sería si no hubiese esta policía?
-repuso el otro.
-A pesar de
todo, nuestro comercio está perdido, y cada día se encarecen más los efectos que
se sacan de España y se abaratan los ingleses.
-¡Vea
usted: y se quejan éstos, y viven amenazándonos con la ira de su gobierno,
porque tratamos de defendernos!
En aquel
momento se vio en el horizonte la vela de un buque mercante, el cual al
principio intentó huir; pero notando que el español -que había izado su
bandera-, era más velero que él, echó al viento sus colores, que resultaron ser
los de Inglaterra, y aguardó la llegada del buque de guerra.
Una hora
después se avistaban los dos bajeles. El inglés iba al mando de un capitán
Jenkins, escocés, con permiso del gobierno español para llevar cierto número de
cargas de mercancías a una casa de comercio de Cartagena.
Sin
embargo, aun cuando sus papeles estaban en regla y con todos los requisitos del
caso, el capitán español fue personalmente a examinar las bodegas del buque
mercante; encontrólas como debían estar, y los bultos no pasaban del número que
había apuntado en sus papeles.
El escocés,
en tanto, se manifestaba furioso con el español, y trataba de hacerle cuantos
desaires podía en su buque. Esto hizo entrar en sospechas al capitán; le
preguntó que si juraba bajo su palabra de honor que no llevaba entre aquéllas
ningunas mercancías de contrabando.
-¿No ha
registrado usted mi buque como se le ha antojado? -preguntó el otro con
insolencia. -Esto no es lo que le pregunto, -contestó el capitán español-. Y
entienda usted que yo tengo orden de su majestad para examinar todos los buques
mercantes que encuentre a mi paso. Repito a usted: ¿Lleva usted mercancías de
contrabando?
-Puede
usted cortarme las orejas si encuentra algo más de lo que tengo apuntado, repuso
el escocés.
El español
notó que los oficiales del buque extranjero se miraron sonriendo. Aquello
despertó aún más sus sospechas, y pidió de nuevo las llaves de las bodegas y
bajó a ellas con varios de los suyos, midió su concavidad y vio que
efectivamente parecían del tamaño que debían tener. Iban en pos de los españoles
el capitán Jenkins y algunos de sus oficiales, murmurando por lo bajo y hablando
entre sí, con mal reprimida ira.
Salía el
capitán de la bodega, cuando se enredó en una tabla mal clavada y fue a dar al
suelo con estrépito, zafándose otra con el golpe. Los ingleses fingieron que se
les habían apagado las antorchas que llevaban en las manos; pero el teniente
Loyzaga, que acompañaba a su capitán, pudo resguardar la luz que llevaba en la
mano, y al resplandor de ésta vio brillar alguna cosa debajo de la tabla que se
había zafado y que Jenkins procuraba volver a ajusfar.
-¡Aguarde
usted! -exclamó Loyzaga, poniéndole la mano sobre el hombro.
-¿Por qué?
-preguntó el escocés.
-¡Capitán!
-exclamó el teniente-, debajo de este entablado hay mercancías.
-¡Miente
usted, insolente! -gritó el capitán Jenkins, poniendo el pie sobre la zafada
tabla-. ¡No permito que nadie me desbarate mi buque!
Esto lo
dijo porque Loyzaga y otros dos compañeros empezaban a arrancar precipitadamente
las tablas, descubriendo una tendada de pequeños líos envueltos en papeles.
Los
ingleses trataron de impedirlo: los unos sacaron puñal, los otros pistolas; se
apagaron las luces y se empeñó en la oscuridad un reñido combate, acompañado de
exclamaciones profanas y juramentos. Entre tanto el capitán de La Isabel, que
iba siempre prevenido para casos como aquél, gritó a sus compañeros:
-Subid por
la escalera de escotilla y dejad encerrados a los contrabandistas.
Al decir
esto se dirigió él mismo adonde decía y por donde entraba la luz; allí dio un
prolongado silbido, que era la señal para que acudiesen a su defensa los treinta
soldados armados que había llevado consigo y dejado sobre cubierta.
Unos y
otros combatientes se calmaron al ver bajar por la escalera a los soldados
armados y con antorchas encendidas. Felizmente las heridas que se habían hecho
unos y otros con los puñales fueron insignificantes, en tanto que las balas de
las pistolas se habían hundido en el enmaderado, en donde quedaron empatadas.
Apresados
el capitán Jenkins y sus oficiales, y llevados a las bodegas del bajel español,
se acudió a registrar el oculto cargamento que llevaba el escocés. Componíase de
una gran cantidad de hilo de oro y plata (que se consumía muchísimo entonces en
las colonias para bordar ornamentos de iglesia, y valía a cinco pesos la onza),
lo cual podía fácilmente ocultarse entre tabla y tabla de la bodega. Uno de
aquellos paquetes se había roto con la presión, y por ese motivo lo pudo ver el
teniente Loyzaga. A más de esto, el buque llevaba entre el lastre una porción de
planchas de estaño y plomo 2 , que pensaban vender a alto precio en Cartagena.
El capitán
de La Isabel ordenó que amontonasen sobre la cubierta del buque de Jenkins todo
el rico cargamento de contrabando, y en presencia de sus dueños, de los soldados
y de toda la tripulación de ambos barcos, lo mandó arrojar al mar.
-¡Qué
lástima del hilo de oro! -exclamó una dulce voz femenina detrás del furioso
capitán Jenkins.
La que
hablaba era Albertina de Leyva, la hija del empleado de Portobelo a quien antes
oímos conversar con el teniente Loyzaga.
-¡Cuántos
mantos para la Virgen Santísima se podrían bordar con esos hilos, en lugar de
que ahora ni los pescados se aprovecharán de ellos! -añadió la niña.
-El escocés
no pudo menos que mirar a la niña y parecerle bellísima.
Era
morenita y pálida: tenía un par de ojos que brillaban como el lucero vespertino,
bajo unas pestañas crespas como su melena negra y sedosa; sus labios rojos se
abrían como una fruta madura para dejar ver dos sartales de perlas finas que
llevaba a manera de dientes.
Sin
embargo, el capitán del buque inglés apartó en breve la mirada de la bella y
fresca española para fijarla en los restos de su ahogado cargamento, parte del
cual nadaba sobre el lomo de las olas, dejando un largo rastro detrás del
barco.
-¡Malditos
españoles! -gritó lleno de ira, levantando los puños cerrados al cielo con
impotente rabia-. ¡He ahí perdido el trabajo de toda mi vida! ¡En esas
mercancías había empleado yo todo lo ganado en diez años de esfuerzos asiduos!
-¡Pobre
hombre! -dijo Albertina, hablando con una de sus criadas-; me da compasión verle
tan afligido.
-Vea
sumerced, -repuso ésta-, cómo el hereje tiene orejas tan grandes, gruesas y
coloradas como tomates sevillanos.
Sonrióse
ligeramente la niña al notar que la comparación era justa. El capitán vio la
sonrisa, y en parte comprendió el motivo: en su ciega cólera dio un paso
adelante con la mano levantada, y quiso castigar a las dos mujeres, que creyó se
mofaban de él y de su desgracia. Pero encontró que alguien le agarraba
fuertemente del brazo por detrás, y que el teniente Loyzaga le decía:
-¡Detente,
villano, mal caballero! ¿Cómo te atreves a levantar la mano contra una dama?
El capitán
de La Isabel, que había presenciado aquella escena, se adelantó entonces, y dijo
a Jenkins con acento de burla:
-Ha
olvidado usted, capitán, una cosa, que aún me falta cobrarle...
-¿Qué más
quiere usted robarme?
-¿No juró
usted por sus orejas que no tenía en su barco mercancías de contrabando?
El escocés
no contestó; pero una ola de sangre subió por su faz ya rubicunda, y se fijó en
su gruesa nariz y en sus largas orejas.
-Pues,
-continuó el español-, si usted olvidó ese juramento, sin duda por los muchos
que ha hecho en vano, a mí no me ha sucedido lo mismo, y pienso obligarle a que
no vuelva jamás a olvidar nuestro encuentro en estos mares.
El escocés
continuó callado; pero a medida que el otro hablaba, había ido perdiendo su
color arrebolada, como si ya comprendiera lo que le iba a suceder.
-Que me
llamen al barbero del barco, -dijo el capitán de La Isabel.
Y cuando
éste estuvo presente, añadió:
-Amuela una
navaja de barba de manera que puedas afeitar al señor capitán, sin que aquello
le cause desagrado.
En tanto
que el barbero negro iba a cumplir con la orden, Jenkins, que empezó a creer que
aquello se convirtiría en una farsa y nada más, dijo dirigiéndose al capitán en
castellano, lengua que sabía muy bien:
-Gracias,
capitán, no necesito afeitarme; es usted muy atento, pero...
-No se le
va a afeitar como usted piensa, -contestó el español-. Pierda cuidado; no tengo
empeño en quitar a usted esa hermosa barba que tanto le embellece.
Aquel
chiste fue acogido con una carcajada general; el escocés poseía una barbilla
rala, desigual y roja, la cual, junto con sus monumentales orejas, era lo más
feo que tenía.
El pobre
capitán escocés, que se veía como ratón en trampa y sin poderse defender, sudaba
y se limpiaba la frente con un pañuelo, hasta que volvió el barbero a
presentarse.
-Ahora,
-dijo el capitán, haciendo una seña a dos marineros: -aten las manos y los pies
del señor Jenkins.
Hecho esto
con suma destreza y prontitud, continuó hablando así:
-A pesar de
que el señor capitán juró por sus dos orejas que no tenía mercancías de
contrabando en su barco, siendo falso el juramento, y teniendo derecho de
quedarme con ambas orejas, le haré el don de una de ellas, que quedará en su
puesto; pero como he pensado en enviar la otra a su muy amado rey, don Jorge II,
el barbero se la cortará, y metiéndola en ese cajoncillo, no dudo que el señor
capitán mismo nos hará el favor de llevarla cuidadosamente a Inglaterra, y decir
a su real amo que si se presentara la ocasión, haríamos lo mismo con él.
Como no
pudiese defenderse de otro modo el mísero contrabandista, empezó a proferir los
insultos más espantosos contra el rey de España y contra toda la nación
española. Viendo aquello el capitán de La Isabel, le mandó poner una mordaza, y
así atado, maniatado y con mordaza, sin acertar a moverse, el barbero le cortó
una oreja, la metió en un frasco con alcohol, y éste en un cajoncillo bien
cuñado, que llevaron junto con su capitán al barco del escocés, y allí le
dejaron en manos de sus compañeros. Mientras que éstos proferían mil insultos y
amenazas de venganza en inglés y castellano, reíanse a carcajadas en el bajel
español, el cual se alejaba poco a poco del lado de su enemigo, hasta que se
perdieron de vista, divididos por las olas del mar.
Poco se
figuraron unos y otros las consecuencias que la cortada de la oreja de Jenkins
iba a tener en la política del mundo, como adelante veremos.
CAPITULO II
LA DECLARACIÓN
DE GUERRA
1739
Reinaba en
Inglaterra Jorge II, el segundo también de la familia de Hannover, que fue
soberano de la Gran Bretaña. Nada querido por su padre, el primer Jorge, que le
conocía como a un mal hombre, fue a su vez mal padre: tenía un carácter tan
frío, que decía su ministro Walpole de él "que hablar al rey de compasión, de
consideración por servicios prestados, de caridad, de generosidad, era como si
se le hablase en un idioma desconocido para él". No sabía qué era benevolencia,
y jamás hizo ningún bien por su gusto, sino forzado. Nunca tuvo lástima de
nadie, ni protegió a nadie, sino cuando era preciso para fines políticos. La
reina, Carolina de Brandenburgo, tenía grande influencia sobre el espíritu del
rey. Ella había rehusado la mano del rey de España, por no hacerse católica, y
prefirió la de Jorge II de Inglaterra, de quien fue una verdadera mártir, y
fingía ser humilde esclava con tal de ganar influencia y contentar su ambición
de mando, que era ilimitada en ella, aunque la ocultaba. Este par de soberanos
eran padres de un hijo digno en todo de su estirpe. Aquel príncipe de Gales, que
no reinó nunca, porque murió antes que su padre, era, dice el historiador Hervey,
falso, débil, avariento en cuanto se trataba de algo bueno, y gastador en todo
lo malo; al mismo tiempo se mostraba despilfarrado y codicioso; generoso con lo
ajeno y nada liberal con lo propio, era apretado sin ser económico; nadie que le
conocía le apreciaba ni le quería. Mentía descaradamente cuando pretendía ser
franco, y decía verdades atroces y desvergonzadas cuando quería manifestarse
familiar. No comprendía la justicia, ni la integridad, ni la sinceridad, ni era
constante en sus afectos, ni tenía dignidad en sus costumbres, y aun carecía de
sentido común en sus conversaciones. El rey le aborrecía tanto, que por un
motivo baladí le desterró de la corte y no le permitió siquiera ver a su madre
en el lecho de muerte.
Mientras
que los miembros de la familia real se ocupaban en sus negocios particulares y
en viajes a Hannover, gobernaba el reino su primer ministro, Roberto Walpole, el
cual profesaba este principio corruptor: todo hombre tiene su tarifa; y por ese
medio gobernaba el país. Sin embargo, era un hombre que conocía su época y los
hombres de su tiempo; era prudente, afable, y cuidó siempre de la honra de su
país dentro y fuera de él.
Sucede en
muchas monarquías que el presunto heredero de la corona generalmente se opone al
gobierno del soberano remante. Como Walpole era el jefe del partido whig, el
príncipe de Gales era el jefe de los tories, y sus partidarios tenían animados
debates en las cámaras.
Es cosa
sabida que el comercio inglés era muy diferente entonces de lo que es
actualmente: no era nunca franco y honorable, sino que buscaba la ganancia por
veredas que hoy día se considerarían deshonrosas, y no tenían empacho los
negociantes en hacer el contrabando en las colonias españolas, con el pretexto
de que abogaban en favor de la libertad del comercio. La vigilancia de la marina
española y la de los guardacostas impedía en mucho los malos manejos de los
comerciantes ingleses. Estos se quejaban amargamente y elevaban sin cesar
memoriales a su gobierno en los que pedían lo que ellos llamaban justicia. Sin
embargo de que el parlamento atendía con gusto a los reiterados lamentos de los
comerciantes, el ministro Walpole, que conocía a fondo la cuestión, no hacía
caso de las injustas quejas del comercio inglés, y entorpecía adrede aquellas
cuestiones cuando llegaban a manos del gobierno. Por otra parte, veía que no
convenía a Inglaterra interrumpir la paz europea: temía que las dos familias de
la estirpe de Borbón que ocupaban los tronos de España y de Francia, se uniesen
contra la Gran Bretaña, y no estaba preparado para hacer frente a fuerzas tan
formidables. La política de Walpole era protegida por la reina Carolina; pero a
la muerte de ésta el ministro perdió su influencia en el espíritu del rey, a
pesar del estado floreciente en que estaba Inglaterra, merced a una paz de doce
años, que difícilmente Walpole había logrado guardar con sus vecinos.
El
parlamento, secretamente pagado por Walpole para que le conservase en el poder,
se hizo tan exigente, que al fin no pudo él contenerle, y vio que no solamente
perdía terreno en el favor del rey y en el del parlamento, sino que cada día se
hacía más impopular entre el pueblo inglés, azuzado por los comerciantes que
pretendían hacerse ricos en las colonias españolas y deseaban que se declarase
la guerra a España con el objeto de apoderarse por entero de las codiciadas
riquezas americanas.
Llegó a tal
grado la efervescencia en Inglaterra contra España, que Walpole hubo de prometer
que se pediría cuenta a Felipe V de los sufrimientos de los comerciantes
ingleses en las colonias españolas. Después de algunos meses en que el gobierno
inglés hizo lo posible para entretener la opinión pública con otros asuntos,
Jorge II al fin anunció, al abrir las sesiones del parlamento en febrero de
1738, que se había celebrado una convención entre el rey de España y su
gobierno, por la cual Felipe V se había comprometido a pagar cierta
indemnización 1 por las pérdidas sufridas en el mar por el comercio inglés
durante cierto tiempo en que había tenido que suspender sus negocios con las
colonias americanas. Aquella era una concesión inmensa que hacía España, y sin
embargo los ingleses no se contentaron con ella; pretendían que los comerciantes
ingleses traficasen en las colonias sin examen ni pesquisa alguna, de manera que
pudiesen circular los buques mercantes de Inglaterra de puerto a puerto,
especulando a su gusto y sin pagar nada al gobierno español. Un grito inmenso de
disgusto se levantó en Inglaterra contra el ministerio que había ratificado el
convenio firmado en el palacio de El Pardo, y los jefes de los partidarios de la
guerra con España recorrieron ciudades y aldeas, enardeciendo el odio contra los
que así olvidaban los deseos y la voluntad del pueblo inglés y en bien de su
comercio.
Los
partidarios de la guerra con España, y los enemigos de ella, habían reunido
todas sus fuerzas para luchar, unos en favor, otros en contra del convenio de El
Pardo, en una sesión de la Cámara de los Comunes que debía tener lugar el 8 de
marzo de 1739.
Walpole
pidió que se ratificase el convenio con España, hablando en su favor varios
miembros distinguidos del parlamento, en tanto que el príncipe de Gales y sus
partidarios y paniaguados azuzaban a los miembros de la oposición para que
hablasen en contra del tratado.
Los
miembros de uno y otro partido se acaloraban cada momento más en la cuestión,
hasta que uno de los más adictos partidarios del príncipe de Gales anunció que
podía presentar a la vista de los miembros de la Cámara una de las muchas
víctimas de la barbarie española: un honrado capitán de un buque mercante
inglés, que había sido mutilado por un guardacostas español.
-¡Que se
presente! -gritaron los ya aleccionados enemigos de España, que sabían su
papel.
Inmediatamente hicieron entrar y situarse delante de una mesa a nuestro antiguo
conocido el capitán Jenkins, el cual, al quitarse el sombrero, puso de
manifiesto que le faltaba una oreja.
-Decid, -le
dijeron- quién os mutiló así, y por qué motivo.
Refirió
entonces, con aire candido y modesto, que yendo tranquilamente por el mar de las
Antillas había sido atacado, registrado su buque, sin motivo ninguno, por un
guardacostas español; y añadió que, como los españoles no encontrasen en su
barco ninguna mercancía de contrabando, le habían maltratado cruelmente,
amenazando matarle, y por último cortádole una oreja...
Aquella
relación causó la sensación deseada por los enemigos de España; un rumor de
indignación corrió por todo el salón.
-¡He aquí
mi oreja! -exclamó la víctima-; y aquellos crueles papistas, -añadió-, al
devolvérmela entre esta caja me notificaron que me presentase a mi rey y le
dijese que así tratarían a su real persona si se ofreciera la ocasión.
Y al decir
esto levantó la oreja en alto para que la viesen todos los circunstantes.
La
indignación subió de punto; los gritos de odio a España, de amor a Jorge II, de
afecto a la familia real, se hicieron generales, y los mismos que habían estado
en contra de la guerra con España, tuvieron que manifestarse también indignados
para no pasar por desleales.
-¿Y qué
pensasteis, capitán, en el momento en que aquellos bárbaros cometían esa
crueldad? -preguntó un miembro del parlamento en un momento en que se calmó un
tanto la tempestad.
-Levanté mi
alma a Dios, -contestó el hipócrita escocés-, para pedirle misericordia, y juré
pedir venganza a mi patria.
Aquello
llenó la medida; inmediatamente se pasó a tratar seriamente de la declaratoria
de la guerra. Los discursos, las proposiciones patrióticas y agresivas a España
menudearon; los que habían apoyado hasta entonces al ministerio y sus actos,
viendo por dónde soplaba el aura popular, como el duque de Argyle y otros, se
volvieron contra Walpole y denunciaron sus actos como obra de persona traidora a
su patria, destructora de la dignidad británica, y otros improperios por este
tenor. El ministerio fue defendido con calor por los pocos que le fueron fieles;
pero la mayoría resultó siempre contra el convenio de El Pardo. Entre los que
votaron contra el convenio hallábase la firma del príncipe de Gales, de seis
duques, cuarenta y dos condes y la mayor parte de la alta nobleza de la Gran
Bretaña, coaligada con los comerciantes.
Jenkins fue
aclamado como héroe en las calles de Londres; le dieron una alta colocación en
la marina de la compañía de las Indias Orientales, y en breve se hizo rico y
renombrado.
Una fuerte
escuadra se mandó preparar en Spithead; pero, a pesar de todos estos
preparativos, no se declaró la guerra a España de una manera franca y decisiva,
y el ministro de Inglaterra en Madrid aseguró a la corte española que aunque el
rey de la Gran Bretaña estaba muy indignado con la conducta de los servidores
españoles en América, no interrumpiría todavía la paz que reinaba entre las dos
cortes, y aguardaba que su majestad católica diera las satisfacciones que se le
pedían.
Felipe V
contestó con dignidad que quien pedía satisfacciones era él, y que si no se las
daban muy amplias, confiaba en Dios y en sus armas para sostener la justicia que
defendía.
Inglaterra
había enviado al mar de las Antillas una escuadra a órdenes del almirante Hosier
para que vigilase los buques mercantes ingleses y les hiciese justicia en todo
caso; es decir, que sacase con bien a los suyos, aun atacando a los españoles.
Quejóse repetidas veces el gobierno español de aquel abuso; pero el inglés
contestaba con recriminaciones casi insultantes, que provocaban a guerra sin
declararla a las claras.
A pesar de
la efervescencia que cundía en Inglaterra, y de los preparativos que se hacían
para armar escuadras y preparar ejércitos, España, con su natural inercia, no
supo ponerse a la defensiva como debiera, y fue dejando tomar cuerpo al enemigo
sin adoptar medidas en las colonias para defenderlas de las llamadas
represalias, que habían declarado lícitas los ingleses.
Ya los
ingleses se habían apoderado de buques españoles en alta mar, haciendo uso de lo
que llevaban, como presa de guerra, cuando el 23 de noviembre de 1739, Jorge II,
apremiado vivamente por la nobleza, el comercio y la nación entera, declaró
formalmente la guerra a España.
Pero antes
de que se declarase turbada la paz, ni pudiesen tener noticias en América de lo
que sucedía en Europa, ya el gobierno inglés había despachado una escuadra a
órdenes del almirante Vernon, con el encargo de que asaltase las ciudades de
Portobelo y Chagres. Veamos quién era este almirante.
Eduardo
Vernon se había distinguido desde muy joven en la marina inglesa, de manera que
a los veinticuatro años era contraalmirante, y después, como miembro del
parlamento, se había hecho notar por su palabra agresiva y audaz y por la
enemistad que manifestaba al ministro Walpole.
Durante los
debates contra el convenio de El Pardo, Vernon, cada vez más violento contra
España, había dicho varias veces que él se consideraba capaz de apoderarse de
las fortalezas de Portobelo con una reducida escuadra. Como Walpole no podía
sufrir la jactancia y las palabras insultantes de aquel marino, a quien
encontraba en su camino por todas partes, le hizo preguntas en son de mofa, y
como para probarle sobre si se consideraba capaz de tomar a Portobelo con seis
buques de guerra, que era lo único que le podía ofrecer por entonces.
-Si me los
entregan y los ponen a mi disposición -contestó el marino-, respondo del buen
éxito de la empresa.
Walpole le
mandó dar los seis buques de guerra y la orden para que se hiciese a la vela
inmediatamente. Muchos consideraron que el ministro había confiado a Vernon una
empresa tan arriesgada, no para que la llevase a cabo con felicidad, sino con el
objeto de que se diese una deslucida por lo menos, o quizás para perderle por
completo.
Los
comerciantes ingleses levantaron hasta las nubes el valor y la audacia de Vernon;
su popularidad no tuvo límites. Dirigiéronle cartas laudatorias, manifestaciones
entusiastas de estimación y le llamaron un segundo Drake y el futuro salvador de
la dignidad del comercio inglés.
Con tan
felices auspicios, lleno de entusiasmo y de deseo ardiente de acabar de ganarse
la popularidad de que gozaba ya, el almirante Vernon se hizo a la vela con su
escuadra, en dirección a Portobelo, antes de la declaratoria de guerra, puesto
que llegó a este lugar el 21 de noviembre de aquel año.
CAPITULO III
EL ATAQUE A
PORTOBELO
La
insalubre ciudad de Portobelo, fundada en una de las bahías más hermosas del
mundo, circundada de una exuberante vegetación tropical -sita en el istmo de
Panamá por el lado del mar de las Antillas-, se hallaba el 21 de noviembre del
año de 1739 dormida y aletargada bajo los quemantes rayos del sol de mediodía.
Las aguas de la bahía parecían un inmenso lago, dentro del cual se miraban el
cielo azul y los tupidos árboles del contorno. Ni una sola hoja se movía, ni un
ser viviente ni insecto alguno hacían ruido; el calor era tan fuerte que se
aguardaba casi ver salir las llamas de los objetos que se miraban; es decir, si
alguien hubiese abierto los ojos a mediodía en aquel lugar en una hora tan
bochornosa. Hasta los tiburones dentro del agua y las piedras en la orilla del
mar parecían tomar la siesta y dormir el sueño de la muerte, producido por la
sofocación.
Portobelo
era entonces una ciudad considerable, a la cual acudían en épocas de feria los
comerciantes más ricos del mundo entero. Poseía dos espaciosas plazas: una al
frente de la aduana -magnífico edificio de mampostería-, y otra delante de la
iglesia parroquial; los conventos de La Merced y de San Juan de Dios, aunque
pequeños, eran ricos y tenían un numeroso personal de religiosos que se
ocupaban, los primeros, en hacer misiones dentro de la ciudad y en los pueblos
vecinos, y los otros en cuidar el hospital anexo a su convento. El hermoso
cuartel llamado de Guinea tenía espacio para una gran guarnición; el castillo
llamado de San Felipe, construido enteramente de hierro, el de San Jerónimo y el
de Santiago de la Gloria, eran obras maestras en su género. Estos habían sido
construidos, sin reparar en gastos, por un célebre ingeniero y por orden de
Felipe II, a fines del siglo XVI.
A pesar de
su posición, de su riqueza y del aprecio que le tenía España, la madre patria
había sido descuidada con Portobelo; y así, esta ciudad sufrió, aun después de
habérsela mandado fortificar, varios asaltos serios de los piratas y
filibusteros. Drake, Morgan, Spring y otros, la habían allanado y robado
repetidas ocasiones, casi siempre por inadvertencia y desidia de sus
gobernadores.
El sol
estaba en su cénit, como decíamos poco há, y quemaba como ardiente fuego la
ensenada, los castillos y la población de Portobelo, cuando a deshoras, y sin
ser sentidos, fueron entrando en la bahía, uno tras otro, los seis buques que
componían la escuadra del jactancioso almirante Vernon.
Todo dormía
en aquel lugar, y hubiérase creído que era aquella una ciudad encantada o
muerta...
La
guarnición de las fortalezas se había acostado toda a dormir la siesta; no había
un hombre de centinela en parte alguna, y así entraron los buques tranquilamente
por delante de la punta del norte, pasando sin tropiezo alguno por frente al
fuerte de San Felipe, cuyos fuegos -si los hubiera habido-, no habrían permitido
la entrada en el puerto. Inclinándose hacia el lado norte, siempre bajo los
apagados fuegos de San Felipe -para no caer en los arrecifes que guarnecen la
ensenada al lado contrario-, continuaron su marcha los navíos, desplegada al
aire la bandera inglesa, atravesaron por delante de la fortaleza de Santiago de
la Gloria y fueron a fondear a poca distancia de la población frente a la
fortaleza de San Jerónimo. ¡Eran las dos de la tarde y aún dormían todos los
habitantes de Portobelo! Imagen de la España de aquella época: ésta dormía
tranquilamente el sueño de la pereza, mientras que otras naciones que no
conocían la costumbre de dormir la siesta, adelantaban por el camino de la
civilización y del progreso, conspirando para tratar de arrancarle sus
propiedades y aprovecharse del letargo criminal en que yacía.
Pero dirá
el lector: ¿es posible tal abandono? ¿No tenía acaso aquella ciudad un
gobernador y una guarnición militar? Su gobernador, don Bernardo Gutiérrez de
Bocanegra, acusado ante la audiencia de Panamá por ciertos delitos, se hallaba
en aquella ciudad descargándose de ellos, y había dejado encomendada la plaza de
Portobelo a un don Francisco Javier Martínez de la Vega Retes. Este tenía, para
defender las tres fortalezas, ciento cincuenta hombres, mulatos y tercerones de
Panamá, de los cuales poco más de treinta estaban sanos, mientras que los demás
se hallaban enfermos en el hospital y en casas particulares.
El
gobernador interino, Martínez de la Vega Retes, era un hombre anciano, inútil,
inepto y descuidado, el cual no había querido remediar las escaseces que sentía
Portobelo en punto a armas, municiones y guarnición militar. Ya varias veces le
habían avisado que Inglaterra se preparaba para tomar las armas contra España,
que los comerciantes ingleses en Portobelo habían vendido sus mercancías y sus
negros a bajo precio y partido para Jamaica, lo que probaba que ellos tenían
noticias de que se había de turbar la paz entre Inglaterra y España. El
gobernador, sin embargo, rehusó prevenirse para el caso de un ataque y todo
quedó en el mayor desgreño y abandono.
Acababan de
fondear las embarcaciones del almirante Vernon frente al castillo de San
Jerónimo, cuando al fin despertaron de su letargo los defensores de las
fortalezas, y empezaron a disparar algunos cañonazos tan certeros que mataron e
hirieron a varios de los tripulantes de los barcos ingleses, y éstos tuvieron
que alejarse de la orilla a la cual se habían acercado. Reuniéronse entonces los
seis navíos para atacar la fortaleza de San Felipe; ésta trató de defenderse;
pero dentro de ella había sólo unos pocos hombres, los cuales, aunque procuraron
hacer frente al enemigo, hallaron que los cañones carecían de cureñas, y sólo
pudieron poner nueve en estado de servicio; pero entonces vieron que la pólvora
estaba mojada y las balas no alcanzaban a los enemigos, mientras que la mal
arreglada fortaleza recibía de lleno los fuegos de los ingleses. Viéndose
desarmada, se puede decir, la guarnición no aguardó el último asalto del
enemigo, sino que, poniendo escalas por la parte de atrás, huyeron todos por la
montaña, capitaneados por su jefe.
Abandonado
el castillo de San Felipe, llamado el Todo Fierro, los ingleses lo tomaron, e
izaron en la cumbre la bandera blanca y roja de la Gran Bretaña.
Entre tanto
el gobernador abandonó la población, se metió en la fortaleza de Santiago de la
Gloria, y mandó unos pocos artilleros a la de San Jerónimo, de donde defendían
la entrada de la ciudad.
La noche
del 21 al 22 de noviembre se pasó sin combate ninguno. Dueños los ingleses de
San Felipe, los de Portobelo no podrían recibir socorro de fuera; así, pues,
Vernon preparaba todo para emprender el sitio de los otros dos castillos, los
cuales él sabía podrían hacerle perder muchos días, semanas y aun meses, si la
población lo deseaba así, puesto que, aunque no recibiesen socorros por la vía
del mar, sí los podrían obtener por tierra.
Una junta
de vecinos con los pocos militares que quedaban se habían reunido y en ella
habían acordado, los que conocían al gobernador como hombre inepto y pusilánime,
que se le exigiría defendiese las dos fortalezas con brío, y que no se entregase
sino después de un combate reñido. El accedió a todo; pero cuando aclaró el día,
los indignados y sorprendidos vecinos vieron una bandera blanca sobre el
castillo de Santiago de la Gloria, y supieron que Martínez de la Vega Retes
propuso al enemigo la entrega de los castillos con tan ridiculas condiciones
que, compadecido Vernon de la población de Portobelo, concedió mayores garantías
de las que pedía su gobernador.
Vernon
entró en Portobelo con banderas desplegadas; y aunque había concedido al
gobernador que saliese con los honores de la guerra, éste no supo hacerlo con
dignidad. Presa de un terror pánico al ver desembarcar a los ingleses, abandonó
prontamente los castillos y huyó vergonzosamente hacia la montaña, dejando la
población a la merced del vencedor, si vencedor puede llamarse al que entra en
una plaza que se ha rendido sin combatir.
CAPITULO IV
ALBERTINA DE
LEYVA
Lloraba
amargamente una sirvienta española en una casa de Portobelo, en tanto que
procuraba revivir el inanimado cuerpo de una hermosa niña que yacía tendida
sobre unos cojines, al pie de un estrado.
Los
lamentos de aquella mujer llamaron la atención de un joven militar inglés que a
la sazón pasaba por frente a la casa; y como ésta permaneciese abierta, no tuvo
embarazo en entrar a averiguar lo que sucedía.
-¡Se muere
mi ama! -decía la criada-. ¡Se muere sin que nadie nos socorra!
-¿Qué
sucede? -exclamó entrando el inglés; e inclinándose sobre el postrado cuerpo de
la niña, la tomó el pulso.
-No ha
muerto, -repuso-; pero la debilidad está matando a esta infeliz...
-Estaba
convaleciendo de una enfermedad muy grave, -contestó la criada-, cuando ocurrió
la llegada de los ingleses; esto alarmó tanto a mi señorita, que desde el primer
cañonazo no ha hecho sino temblar, no ha pasado un bocado, y por último se me
acaba de desmayar como lo ve su merced, sólo porque vio algunos ingleses
uniformados por la calle.
-Es raro,
-dijo el inglés-. Permítame usted tomarle el pulso de nuevo... Aunque soy
capitán de un buque de guerra, estudié para médico, y llevo aquí un cordial que
puede revivir quizá a esta dama.
Ayudado de
la sirvienta, introdujo entre los apretados dientes de la niña algunas gotas de
licor de un pomo que llevaba en el bolsillo. Pasados unos momentos, Albertina de
Leyva, pues era ella, empezó a revivir. Temió el joven asustarla con su
presencia, y salió del aposento, dejándola sola con la criada.
En tanto
que la joven recobra bien sus sentidos, digamos quién era el militar inglés, el
cual, sea dicho de paso, hablaba el castellano perfectamente, y por eso pudo
conversar con la sirvienta de Albertina, como hemos visto.
Hijo de un
inglés que había vivido mucho tiempo en España, aprendió desde su niñez el
idioma castellano. Educado para médico, abandonó aquella carrera por dedicarse a
la marina, en la cual se distinguió tanto por su audacia y felices golpes de
fortuna, que el almirante Vernon le protegió particularmente, y le fue
concediendo ascensos, hasta nombrarle capitán de un buque de guerra de aquella
expedición contra las Indias españolas.
Ardiente
como el clima en que había pasado sus primeros años, Roberto Keith había tenido
numerosas aventuras en tierra y mar, y las damas que le conocían le admiraban y
temían, le buscaban y le huían. Era uno de aquellos hombres que no podían ser
indiferentes nunca: o era odiado a muerte, o amado entrañablemente. Alto, rubio,
de ojos negros, de retorcido bigote, de porte elegante, de palabra fácil y
elocuente, rara vez dejaba de hacer la conquista de la mujer que galanteara; y,
¡cosa rara!, las galanteadas, aunque tuviesen que quejarse de él después, casi
nunca dejaban de perdonarle.
La belleza
de Albertina y su porte señoril llamaron la atención del capitán, el cual
resolvió entretenerse en Portobelo haciendo aquella conquista.
Peligroso
encuentro, por cierto, había hecho Albertina de Leyva, en su soledad y lejos de
su padre, el cual, habiendo partido para Cartagena pocos días antes de la
llegada de Vernon, no podía regresar para amparar a su hija a tiempo. Pero si
nuestra española no tenía a su padre cerca, la protegía su propio corazón. Amada
y amando al teniente Loyzaga, que vino con ella a Indias en La Isabel, como
vimos en el capítulo II de este relato, estaba en vísperas de casarse con él y
de establecerse en Cartagena, pues el insalubre clima de Portobelo había probado
mal a la hija de don José de Leyva.
Merced a
los medicamentos administrados por el capitán Keith, Albertina se acabó de curar
de las fiebres que sufría y habían aniquilado sus fuerzas hasta el punto en que
la vimos. El inglés se captó en breve la buena voluntad de Dolores, la criada, y
aunque su ama procuraba manifestarse seria y retraída y trataba de negarse a
verle, Keith la visitaba diariamente, con diversos pretextos y a despecho de la
niña.
Al fin,
viendo que su criada era cómplice y protectora del inglés, a quien contra su
voluntad introducía a su presencia, Albertina resolvió hablar directamente y a
las claras con él.
-Capitán,
-le dijo-, bien sabe usted cuan agradecida estoy con motivo del bien que me ha
hecho con sus medicamentos.
-Pero esto
no es del caso, hermosa Albertina...
-Sí es del
caso... Quiero que usted sepa que yo no soy desagradecida; pero... le suplico
que no frecuente mi casa; estoy sola; mi padre se halla ausente...
-¡Por lo
mismo!... Yo soy médico y mis servicios ...
-Aguarde
usted que acabe de decirle... Como mi padre está ausente, no quiero que las
malas lenguas puedan herir mi reputación; ya estoy enteramente repuesta; me han
visto en la iglesia; no hay motivo, pues, para que usted venga a visitarme con
frecuencia.
-¡Me
despide usted de su casa! -dijo Keith con aire de despecho-. ¿Acaso la he
faltado al respeto? A pesar de las muchas ocasiones que he tenido...
-¡No, señor
capitán! -exclamó Albertina con dignidad-; no me ha faltado usted al respeto, ni
eso lo hubiera permitido jamás una mujer de mi estirpe y calidad. Pero, repito a
usted, no me conviene que le vean a usted en mi casa. Los vecinos...
-¿Qué le
pueden importar a usted los vecinos de este lugar? Gente pobre e infeliz es la
única que ha quedado: la mayor parte de las casas buenas están vacías. Por otra
parte, si eso es lo que la arredra, vendré a horas en que nadie pueda verme...
-¡Caballero... me insulta usted!... Repito a usted que no me convienen sus
visitas a ninguna hora.
-¡Qué
ingrata es usted!... Cuando yo no vivo sino con la esperanza de verla, me
destierra de su presencia. Pero no la creo... ni la obedeceré... seguiré
viniendo a visitarla, aunque me haga mal semblante.
-¡Como me
ve sola y desamparada, se aprovechará usted de mi posición!
Y al decir
esto se cubrió ella la cara con las manos y rompió a llorar.
Inmediatamente se arrojó el capitán a los pies de la niña; suplicóla en
sentidísimas palabras que le perdonase, y antes de que ella pudiese contestarle,
salió del aposento y de la casa, confiando en que dejaba buena impresión en el
ánimo de Albertina.
Varias
veces se repitieron semejantes escenas entre Keith y Albertina, en una de las
cuales ella le confesó que tenía novio, el cual podría enfadarse al tener
noticia de las visitas del inglés.
-¡Novio!
-exclamó él muy picado-. ¡Ya me lo figuraba!... Y pensó: esta esquivez no era
natural, y he de conquistarla a pesar del novio, o más bien, por causa de él.
-¿Y por qué
se lo figuraba? -preguntó ella.
-¿Y quién
es ese dichoso mortal? -dijo él sin contestar a la pregunta.
-Un joven
capitán de una balandra del gobierno español.
-¡Su
nombre, su nombre! -exclamó Keith con impaciencia.
-¿Y qué le
importa a usted su nombre?
-Efectivamente, no me importa su nombre; me basta saber que existe...
Salió el
capitán inglés de la presencia de Albertina, muy pensativo y cabizbajo, y se fue
a su buque. Allí tuvo noticia de que el almirante Vernon necesitaba conferenciar
con él en su navío, el Straford. Encontróle escribiendo.
-Keith, -le
dijo el almirante-, necesito mandar a Inglaterra a una persona de toda mi
confianza para dar noticia circunstanciada de todo lo ocurrido aquí; triunfo que
deseo se celebre con toda solemnidad en Londres, para que Walpole entienda quién
soy yo, y mis amigos se alegren de una gloria que producirá inmensa resonancia
en toda Europa.
-¿Y a quién
ha escogido usía para llevar esa misión al rey?
-¿Me lo
pregunta usted?
-Lo hago
con todo respeto...
-¿A quién
había de encomendar esto, sino a una persona en quien tengo completa confianza?
¡Al señor capitán Keith!
-¿A mí?
-preguntó éste con expresión de poca alegría. Vernon le miró sorprendido.
-Pensé dar
a usted una noticia agradable; pero veo que me equivoqué... ¿Qué significa?
-Agradezco
en el alma esta distinción, pero...
-¿Pero
qué?
-Muchos de
los marinos de mi buque están enfermos.
-Por lo
mismo, será mejor sacarles de aquí.
-Con los
pocos sanos que conservo no se alcanza a manejar el George.
-Se le
darán marinos sacados de los otros buques, para ayudar.
-Yo
deseaba, por otra parte, acompañar a usía en la expedición a Panamá.
-He
resuelto abandonar esa empresa... Será preciso tomar los puertos y fortalezas de
los españoles en este lado del mar, antes de atacar los puertos y castillos
fuertes en el Pacífico. De otra manera arriesgaríamos perderlo todo.
Keith
permaneció callado un momento.
-¿Y cuándo
deberé partir? -preguntó al notar que Vernon continuaba escribiendo, sin añadir
cosa alguna.
-Al clarear
el día de mañana... Ya se ha mandado preparar lo preciso para el viaje.
-¡Dentro de
doce horas! -exclamó Keith.
-¿Qué le
pasa a usted? -preguntó el almirante-. Le desconozco enteramente.
-Nada,
señor...
-¿Estará
acaso enfermo?... -Y añadió sonriendo-: ¿o los bellos ojos de alguna española le
tienen preso en Portobelo?...
-No,
señor... Iré inmediatamente a prepararlo todo.
Y
despidiéndose salió de la presencia del almirante, pasó a su buque, dio allí las
órdenes más precisas, y empezaba a oscurecer cuando saltó a tierra y se dirigió
a casa de Albertina. Dolores le abrió la puerta.
-¿Podré ver
a tu señora? -preguntó.
-Me ha
prohibido absolutamente que le deje a usted entrar.
-Vengo a
despedirme.
-¡A
despedirse!... ¿Parte usted?
-Antes de
amanecer... Díle eso a la hermosa Albertina.
La criada
entró en la sala en que estaba su señora y detrás de ella, sin aguardar a que le
diesen licencia, siguió el capitán inglés. Empezaba a oscurecer, como dijimos
antes, y Albertina, cerca del balcón abierto, en pie y vestida de blanco,
parecía una sombra aérea.
-Señorita,
-dijo Keith-, perdone usted mi atrevimiento; pero mi excusa es que vengo a
decirla que parto para Inglaterra.
-¿Se va la
escuadra inglesa? -exclamó Albertina con acento de alegría.
-Me voy yo
sólo con mi buque...
-¿Y viene
usted a despedirse?
-Vengo a
avisárselo a usted... No quiero despedirme ni dejarla.
-¿Cómo
así?
-¿Me
perdonará usted si la hago una proposición?
-Según sea
ella...
-No sé cómo
decirle a usted lo que quiero, de manera que no, se ofenda... ¡Tiene usted unas
ideas tan exageradas!
-No diga
nada; así será mejor. -Y alargándole la mano añadió-: Hasta otra vista, capitán;
no quiero detenerle a usted, pues tendrá mucho que hacer.
Keith la
tomó la mano, y sin soltársela, con acento tierno dijo:
-Albertina,
¿me dejará usted partir así con tanta indiferencia?
Ella pugnó
por zafar su mano de la del inglés, pero no contestó nada.
-Escúcheme
usted, ingrata -repuso él-: yo no puedo vivir ya sin su presencia...
Albertina
hizo un esfuerzo y se alejó del lado del capitán.
-Ya he
dicho a usted -dijo con dignidad-, que no gusto de esta clase de conversación;
que ni quiero, ni debo oírle a usted... Viene usted a despedirse; le deseo toda
clase de felicidades lejos de Portobelo
-¿Rehusaría
usted acompañarme?
-¡Yo
acompañarle! ¿En calidad de qué?...
-De mi muy
amada... esposa.
-¡Yo esposa
de usted!... Usted se burla...
-¡De usted,
jamás!... Yo no puedo irme y dejarla, y prefiero casarme con usted...
-¿Aquí,
antes de mañana?
-Quizás no
se podría tan pronto... Pero a nuestra llegada a Inglaterra...
-¡Dolores!
-exclamó Albertina con acento irritado (la criada siempre estaba presente
durante las visitas del capitán)-, este caballero no sabe lo que dice: muéstrele
la puerta de la calle.
Al decir
esto entró en su aposento y se encerró.
Quedóse
parado en la mitad de la sala el frustrado capitán. La criada había encendido un
velón de sebo y puéstolo sobre una mesa, pues ya había cerrado la noche por
completo. A la amortiguada e incierta luz de aquel velón, el capitán y Dolores
se miraron durante algunos momentos; él la hizo una seña, y salieron juntos
hasta la calle; allí hablaron en voz baja, y el capitán, después de ponerla en
la mano una pesada bolsa llena de doblas de oro, se alejó a pasos precipitados
con dirección a su navío, mientras que Dolores entraba en la casa a verse con su
señora.
Media hora
después golpeaba a la puerta, de manera particular, un grumete que había
despachado desde su navío el capitán Keith. Dolores bajó a abrir y recibió y
guardó en el seno un pomo.
-¿Quién
tocaba? -preguntó Albertina cuando volvió a subir la criada.
-No había
nadie cuando llegué a la puerta, -contestó ésta entrando en la cocina.
Momentos
después llevaba a su ama la cena y una espumante jícara de chocolate.
-Tiene un
extraño sabor -dijo Albertina probando aquella bebida.
-¿Qué sabor
ha de tener? -repuso Dolores-, tómeselo sumerced, que está todavía muy débil, y
dijo el capitán inglés que era preciso que se alimentase bien.
-¡No me
hables de ese inglés!... Gracias a Dios que ya salimos de él.
-No me
callaré, señora, si no se toma el chocolate; que la hace daño no comer.
Albertina,
por dar gusto, se tomó toda la jícara; pero apenas hubo acabado de apurarla,
cayó para atrás sobre los cojines de su estrado, profundamente dormida.
Dolores se
acercó a su ama; la llamó, y viendo que no contestaba, bajó de nuevo a la puerta
de la calle, en donde aún la aguardaba el grumete ingles; y como éste no
entendía español, no le habló, sino que en silencio le devolvió el pomo vacío,
que poco antes le había entregado lleno. El muchacho lo tomó, y sin decir nada
tampoco, se puso a correr con dirección al puerto.
CAPITULO V
EN ALTA MAR
El buque
gemía, traqueaba por todas partes, se sacudía, temblaba y tambaleaba, como un
hombre ebrio, al atravesar por en medio de las encrespadas olas. El viento
zumbaba entre los palos desnudos de velas, y hacía sonar las cuerdas, como si
fueran las de un destemplado violín; la lluvia lo empapaba todo, y mojaba hasta
los huesos a los marinos, que corrían como energúmenos de una parte a otra,
obedeciendo a la voz del capitán, que gritaba sus órdenes por medio de una
bocina.
Tendida
sobre unos cojines, en el fondo del mejor camarote de aquel navío, yacía,
cubierta la cara con las manos, la desdichada Albertina de Leyva.
-Mi señora
querida, -decía la sirvienta cuando con el lector penetramos en aquel recinto-:
por el amor de Dios, no se desconsuele así...
-Cállate,
-contestó la niña con apagado acento-; cállate... No me digas nada, que no
quiero oír tu voz.
-Señorita
de mi alma, -contestó humildemente la otra-: mi culpa no es tan grande como lo
parece. Escúcheme su merced...
-Repito que
no quiero oír nada de lo que tantas veces me has repetido... bástame saber que
soy la mujer más desdichada del mundo, y que perdidas están mi reputación y mi
existencia.
-¡No tanto,
señora, no tanto! El capitán es más joven, más gallardo y más rico que cuantos
galanes he visto en mi vida. .. Ya he dicho a sumerced que si él se la sacó de
Portobelo, privada de sentido, aquella madrugada, ha sido con sanas intenciones
de casarse con sumerced apenas lleguemos a Inglaterra. Ya ha visto cuan
respetuoso ha sido desde que nos trajo, pues no me he separado de sumerced un
palmo, desde que bajamos a este camarote, hace ocho días, y...
-¡Ocho
días! -exclamó Albertina-; ocho días hace que yo era la novia de Loyzaga... y la
mujer más feliz... y hoy, ¡Dios mío! Ahora ¿qué soy?
Y al decir
esto, tornó a llorar y a gemir con desconsuelo.
-Parece,
-añadió-, como si los mismos elementos se hubiesen conjurado contra nosotros:
desde que salí del prolongado desmayo que me acometió, no sé por qué, poco
después de la salida del capitán Keith, aquella aciaga tarde, y me encontré en
este odioso lugar, no ha habido una hora de calma; sin cesar ha soplado el
viento; sin tregua el vendaval nos ha batido día y noche...
En aquel
momento el barco, que había subido a la cumbre de una altísima ola, se arrojó de
punta a un valle líquido, y al mismo tiempo lo ladeó un golpe del mar que estuvo
a punto de sumergirlo.
Al sentir
aquel descenso, que parecía como que se fuese al fondo del mar, y después el
golpe que recibió el bajel sobre el costado, Albertina creyó que había llegado
su último momento, y dio una larga y estridente voz, la cual vino a resonar
hasta los oídos del capitán, que se hallaba en lo alto de la escalerilla que
conducía al camarote.
-¡Señor!
-decía Albertina agarrándose de la aterrada Dolores-: ¡Misericordia! Gracias os
doy si me sacáis de este mundo; mundo que ya no quiero ni apetezco. ¡La muerte
será una bendición!
Sin
embargo, después de un momento de vacilación, el bajel se enderezó temblando
aún, y siguió más tranquilo, subiendo y bajando fácilmente por encima de las
olas, ya menos altas y encrespadas; la fuerza del viento se debilitó, y poco a
poco el movimiento del buque se hizo menos agitado. Dolores se levantó del
suelo; arregló los cojines en torno de su ama, la cual no había querido tomar
otra postura desde que se encontró en el bajel comandado por Keith, y pasó a
otro camarote, en donde encontró al mayordomo, a quien pidió algún refrigerio
para su ama, que nada había querido tomar ese día. El mayordomo, que hablaba
algo de español, la dijo que tenía recomendación del capitán para que la
advirtiese que él necesitaba hablar algunas palabras con su ama.
-Ella no
consentirá, -contestó Dolores-, como hasta ahora no lo ha querido consentir
desde que salimos de Portobelo.
-Aguárdeme
un momento -repuso el mayordomo-, avisaré al capitán. Usted sabe que en su buque
nadie puede desobedecerle.
El capitán
no quiso aceptar la negativa de Albertina, y un momento después se presentaba a
la puerta del camarote que ocupaba su prisionera.
-Perdóneme
usted, señora, -dijo-, pero es preciso que yo la hable.
Ella,
agazapada en un rincón, no contestó palabra.
-Vengo a
decirla que si yo hubiese pensado que usted me odiaba tanto -hasta desear la
muerte-, de ninguna manera la hubiera sacado de su casa para traerla conmigo.
Albertina
continuaba callada.
-Mi amor es
verdadero, -continuó él al cabo de un momento-; y así, prefiero darla gusto más
bien, que conservarla en mi poder contra su voluntad.
La niña no
dijo nada.
-Vamos ya
llegando a Jamaica... Si usted quiere, la puedo recomendar al capitán de algún
buque de nación neutral, el cual la puede llevar de nuevo a Portobelo, o a
Cartagena, si usted lo prefiere, y entregarla a su padre...
-¡A mi
padre! -exclamó Albertina con doloroso acento.
-O a su
novio, -dijo Keith con amargura.
-¡Jamás! ¡Oh!
Jamás me pondré delante de mi padre o de...
Y al decir
esto, Albertina se fue a arrojar de rodillas delante del capitán:
-¡Máteme
usted, señor, máteme!... -exclamó-. ¡Yo no puedo hacerlo por mi mano, porque
perdería mi alma! ¡Pero como una caridad lo puede hacer usted! ¡Dios le
recompensará, créamelo, por esta buena obra!
-¡Buena
obra! -dijo el inglés-. No desbarre usted, Albertina. ¡Levántese!... -Y muy
conmovido la hizo levantarse-. Hablemos con calma, -añadió.
La hizo
sentar, y entonces la dijo:
-¿Es decir
que no quiere usted volver a su casa? -¿No ve usted que mi honor está perdido;
que nunca, jamás, podré presentarme delante de los que me han conocido, y que he
perdido al mismo tiempo a mi padre, a mis parientes, a todos?
-¿Qué
quiere usted entonces?... Aunque yo la amo a usted con todo mi corazón, usted me
odia; me lo ha dicho muchas veces...
-¿Qué deseo
yo? -me pregunta-; ya se lo he dicho: que me haga matar. ¿Qué debe hacer usted
si es un caballero?... Eso lo sabe usted mejor que yo.
-Lo que yo
deseo es ofrecerla mi mano de esposo, -contestó él-: lo que estoy obligado a
hacer, es eso mismo. ¿Pero lo admitiría usted?
-¿Y qué
otra cosa puedo hacer para salvar mi honor? -contestó ella.
-Pero... y
si usted me odia, ¿no seríamos desgraciados ambos?
-Procuraré,
-dijo ella, mientras que las lágrimas rodaban por sus mejillas una a una-,
procuraré cumplir con mis deberes mientras viva... Quizá Dios se apiadará de mí
pronto.
-¡Gracias,
amada Albertina! -exclamó el capitán, tomándola una mano que besó
respetuosamente-. La he de hacer tan feliz, una vez que sea mía, que aprenderá a
amarme.
-Le hago
una súplica, -dijo ella, tratando de ocultar la amargura que sentía en el fondo
de su alma-; una súplica encarecida:
-¿Cuál?
-Que
procure no hablarme más antes de que arribemos a Inglaterra, y mientras no
llegue la hora de celebrar el matrimonio.
-¿Por qué
tanta crueldad?
-Así lo
exigen las conveniencias... Yo sé muy bien que usted, como caballero, no se
negará a concederme este favor.
-¿Qué me
pedirá usted que yo la niegue, aunque sea a costa mía?
-Empiece
ya, pues, a cumplir su promesa... ¡En Inglaterra nos veremos! -repuso ella
despidiéndole con un ademán.
Apenas hubo
salido el capitán de su presencia, cuando Albertina rompió a llorar con gran
desconsuelo. Tranquilizóse, al fin, por medio de la oración, y por primera vez
durmió aquella noche, después de su salida de Portobelo; la suerte estaba
echada: sería, contra su voluntad, la esposa de un inglés, de un enemigo
declarado de España... Ella, pensaba, hubiera podido evitar esa desgracia, y,
sin embargo, casi se lo había exigido al capitán. Era preciso olvidar a Loyzaga,
que en adelante la miraría mal y la aborrecería como a mujer inconstante y
voluble. ¿Cómo hacerle saber, y sobre todo hacerle creer que había sido robada
por el inglés, durante un desmayo del cual ella no se había dado cuenta, puesto
que Dolores no la había confesado que recibió de parte de Keith un pomo, cuyo
contenido mezclado con el chocolate, produjo en ella tal fenómeno? A pesar de
todo aquello, veía al fin su honor rescatado, aunque a costa de su dicha, y eso
la bastaba para consolarla un tanto.
CAPITULO VI
EN INGLATERRA
El 13 de
marzo de 1740 llegó a Inglaterra la noticia de la toma de Portobelo; noticia que
fue recibida con loco entusiasmo por los ingleses, que pensaron que aquel
triunfo significaba mucho más de lo que fue en realidad.
El
parlamento felicitó solemnemente al rey por una victoria tan señalada sobre
España, y cuando la familia real se presentaba en alguna parte, era aclamada por
el pueblo con aplausos e insultada la nación española en todos los tonos. Se
mandó elevar el ejército de tierra a veinte mil hombres y a seis mil el de mar,
para atacar a España en América, y se decretaron cuatro millones de libras
esterlinas para los gastos de la guerra.
Keith
cumplió con su palabra al pie de la letra. No bien hubo desembarcado, cuando
buscó un clérigo irlandés, que vivía oculto en Londres, el cual no tuvo
inconveniente en casarle con la triste Albertina de Leyva. Esta comprendió que
era preciso hacer un supremo esfuerzo para no manifestar a su marido todo el
dolor que abrigaba en su corazón, y procuraba tratarlo con un cariño que
absolutamente no sentía. El la trataba con muchísimas consideraciones; pero
cuando quiso presentarla a algunos de sus parientes, éstos rechazaron con odio
manifiesto a la papista española; dos defectos que no podían perdonar los
ingleses de aquella época. Aunque no comprendía el idioma inglés, Albertina
entendió que ya no la quedaba en este mundo ninguna persona que la amase y
estimase sino su marido, el cual, pensaba ella, al fin se cansaría de la
frialdad que ella no podría encubrir, y quizás hasta la abandonaría. La
desgraciada pasaba la mayor parte de su vida sola, pues Keith estaba muy ocupado
preparando el armamento, y ayudando, como hombre que ya tenía conocimiento de lo
que se necesitaba en América, en los preparativos que se hacían para enviar una
escuadra a Vemon, con la cual debería atacar, tomar y aniquilar las colonias
españolas en las Antillas y Tierra Firme, mientras que se le había encomendado
al comodoro Anson que atacase a los españoles en Buenos Aires, Chile y Perú,
hasta el istmo de Panamá, del cual debería apoderarse en combinación con
Vernon.
Estas
noticias llenaban de pesadumbre y de zozobra a la española, cuyo patriotismo se
enardecía, por lo mismo que se veía entre enemigos de su nación; y hubiera dado
su vida por poder enviar a decir a su padre lo que sucedía, para que se
preparasen a resistir al enemigo en Cartagena, lugar que ella sabía sería
atacado en primer lugar.
Aunque
Albertina salía muy rara vez de su casa, Dolores, que se quejaba sin cesar de la
vida en Inglaterra, solía pasar al parque del Regente -que estaba cerca-, a
respirar el aire, y casi siempre regresaba al lado de su señora más quejosa y
disgustada con aquellos herejes desalmados, como ella llamaba a los ingleses.
-¡Mi
señora! -exclamó la criada un día, entrando como un vendaval en el cuarto de su
ama-: ¡acabo de encontrarme con unos compatriotas!
-¿De veras?
-contestó Albertina-. ¿Y cómo los reconociste? Pues deben estar ocultos en
Londres, a riesgo de ser maltratados por este pueblo que tanto nos detesta.
-Les oí
hablar detrás de un bosquecillo algunas palabras en castellano, y sin poderme
contenerme, me les acerqué y les pregunté si eran españoles. En breve entablamos
conversación: ellos están disfrazados de italianos, y, según les entendí, han
venido como espías, mandados por el rey para que indaguen aquí lo que sucede.
-¿Y habrán
descubierto algo?
-Me dijeron
que poco... No han podido obtener todas las noticias que desean, y, sin embargo,
deben embarcarse de vuelta a España pasado mañana.
-¡Yo les
daré cuantas noticias sé!... ¡Cuánto me alegro! -dijo Albertina-. Pero,
-añadió-, yo sé todo esto porque Keith no desconfía de mí. ¿No sería una felonía
aprovecharme de ello para repetir lo que me ha dicho en secreto?
-¡Felonía,
señora! ¿Y no está su merced aquí contra su voluntad, robada por el inglés?
-Sí; pero
tengo que agradecerle que haya reparado su mala acción casándose conmigo...
-Eso no
impide a su merced que antes de ser mujer del capitán fuese en primer lugar
española.
-Tienes
razón... aunque poco sé escribir, pues mi padre no quiso que aprendiera sino a
firmar mi nombre, haré los garabatos que pueda en un papel para avisar lo que he
logrado averiguar acerca de los preparativos que se hacen aquí... Pero,
-añadió-, ¿tú volverás a ver a los españoles?
-Sí; mañana
les encontraré en el parque... Yo les ofrecí llevar todas las noticias que
pudiera recoger de aquí a mañana.
-Está bien.
Entre tanto yo prepararé el papel...
Con mil
dificultades logró al fin Albertina apuntar cuanto sabía de los preparativos que
se hacían en Inglaterra contra las colonias americanas. Cuando su marido llegó a
comer la encontró muy colorada por los esfuerzos inauditos que había hecho para
elaborar una página de mal coordinadas y peor redactadas noticias; faena que
costó más trabajo a la pobre Albertina que a otro escribir un volumen.
Para
ocultar lo que la preocupaba, la española se manifestó más amable que de
costumbre, y púsose a preguntar a Keith mil pormenores acerca de los
preparativos bélicos que se hacían en Inglaterra.
-Acábase de
saber que tres naves de guerra nuestras, -dijo Keith-, después de un obstinado
combate en la bahía de Vizcaya, se apoderaron de un buque de guerra español, el
cual se sacrificó, según dijo su capitán, para dar tiempo a que huyesen los
buques que llevaban a España los tesoros enviados de América.
-¡Tres
buques contra uno solo no es victoria honrosa! -exclamó Albertina-. Pero, ¿en
qué estado están los preparativos que me había dicho usted se hacían con tanto
boato?
-Se están
concluyendo ya y pronto nos daremos a la vela... El almirante Haddock ha
permitido que varias flotillas españolas salgan de Cádiz y de El Ferrol, sin
interrupción alguna, de lo cual se queja con razón el almirante Vernon, el que
ha estado diez meses en Jamaica aguardando recursos para atacar a Cartagena, sin
haber recibido ninguno hasta el día de hoy.
-Y mientras
tanto, -dijo Albertina-, ¿qué ha hecho el rey de Francia? ¿No ayuda a España?
-Sí: hace
poco que salió de Dunkirk una escuadra que va en auxilio de las posesiones
españolas.
-¡Gracias a
Dios! -dijo Albertina sin poderse contener.
-¿Y se
alegra usted de que se aumenten mis enemigos? -preguntó Keith.
-¡Sus
enemigos!
-Sí, puesto
que partiré dentro de breves días en la flota de Sir Chaloner Ogle, que se está
acabando de armar en Spithead.
-¿Y cuántas
naves son las de esa flota? -preguntó Albertina.
-No menos
de ciento setenta... No hay duda ninguna de que venceremos.
-¡Dios es
muy grande! -dijo Albertina-, y no siempre resultan exactas las previsiones de
los hombres.
-Después de
lo sucedido en Portobelo con seis buques no más, -repuso Keith-, creo segura
nuestra victoria.
-Portobelo,
-dijo Albertina-, estaba a cargo de cobardes; esto no volverá a suceder; tanto
más cuanto ya España ha tenido una lección, y mandará a América quién sepa
defender sus plazas fuertes.
-Los
españoles, -contestó él-, son muy lentos en sus movimientos, y con seguridad no
habrán hecho nada para prepararse... por otra parte, nuestros armamentos se han
hecho muy en secreto, y en España no se tiene idea de lo formidable que será el
ataque.
Albertina
se sonrió con aire malicioso, sonrisa que el capitán Keith no comprendió, pero
que le chocó como agresiva y burlona.
-Tan
seguros estamos, -dijo, sacando una cajita de tafilete del bolsillo-, de que
ganaremos sin falta, y de que tomaremos a Cartagena, que se han mandado acuñar
medallas conmemorativas para premiar a los jefes, oficiales e individuos de la
tropa y de la marina real que se distingan más en el ataque de aquella plaza.
Mírelas usted, -añadió, abriendo la cajita y sacando las medallas.
Albertina
se acercó a la mesa sobre la cual Keith había puesto lo que decía, y tomando una
medalla de bronce en la mano, dijo:
-¿Esto qué
significa? Un oficial con la rodilla en tierra presentando a otro su espada, y
con una leyenda en inglés en torno...
-La
leyenda, -contestó Keith-, quiere decir: El orgullo español abatido por el
almirante Vernon. -Y volviendo la medalla, añadió-: Y en la opuesta cara vea
usted seis buques delante de un puerto de mar y estas palabras: Quien tomó a
Portobelo con sólo seis naves.
Palideció
de cólera Albertina, pero supo dominarse al decir:
-¿Y quién
es ese oficial que tan humilde se manifiesta?
-Nada menos
que don Blas de Lezo, jefe de la escuadra española apostada en Cartagena de
Indias. ¿Acaso usted le conoce?
-En la
medalla no se le parece, por cierto; ¡y apostaría mi existencia a que jamás los
ingleses, o ninguna otra nación, le verán en esa postura!
-Eso lo
veremos, -contestó Keith, y tomando una medalla de plata la mostró, diciendo-:
en ésta hay una leyenda todavía más significativa.
-¿Que dice?
-Los héroes británicos tomaron a Cartagena en abril de 1741.
-¿Conque
tienen completa seguridad, -dijo Albertina-, de entrar en Cartagena dentro de
seis meses?... ¡Es tentar a la Providencia, por cierto, el manifestar semejante
soberbia!
-Cuando la
soberbia está fundada en una fuerza como la que tenemos, no es tentarla.
-Veremos,
capitán Keith, -contestó Albertina con una sonrisa forzada-. ¿Quiere usted hacer
una apuesta?
-¿Con
motivo de qué?
-Apuesto lo
que usted quiera a que los ingleses no entran en Cartagena; y si acaso entraren
-que Dios no lo permitirá-, jamás don Blas de Lezo entregará la espada... yo le
conozco...
-¿Y qué
extraordinarios méritos tiene ese oficial?... ¿Es joven? -preguntó Keith con
cierta inquietud celosa.
-Es amigo
viejo de mi padre, y tendrá su edad: entre cincuenta y sesenta años. Es natural
de Pasajes, en la provincia guipuzcoana. Se educó en Francia y sirvió en las
guerras que ocurrieron en la época de la coronación de nuestro actual rey. En un
combate perdió una pierna que le llevó una bala de cañón. Estuvo en muchísimas
batallas navales, en donde varias veces fue herido. Concluida la guerra de
sucesión, continuó en la armada real española. Era capitán de navío, y tuvo el
honor, como se lo he oído repetir varias veces, de presenciar la reconquista de
Mallorca; le hicieron después jefe de una escuadra en Indias, con la cual
perseguía a los piratas y corsarios ingleses y holandeses que frecuentaban esos
mares; después le mandaron al Mediterráneo, en donde fue el terror de los
piratas argelinos. Hará tres años que su majestad el rey le confió el mando de
la escuadra que escolta los galeones del nuevo mundo a España, en lo cual se ha
distinguido por su gallardía y valor a toda prueba... ¿Y piensa usted que un
hombre de ese temple entregará su espada a los ingleses?
-¿Qué
sabemos?... Los españoles no son los únicos valientes del mundo.
-Volviendo
a nuestra apuesta, -repuso Albertina-, ¿me dará usted esas medallas en depósito
hasta que se sepa cuál ha sido el resultado del sitio de Cartagena?
-Que me
place... Guárdelas usted, que éstas me las regalaron a mí.
-Pero no me
las volverá a pedir hasta el fin de la guerra. ¿Lo promete usted? -preguntó
Albertina.
-No se las
pediré, por cierto.
Al día
siguiente Dolores se veía con sus compatriotas, y les entregaba el papel escrito
por Albertina y las medallas de que hablamos arriba, las cuales fueron llevadas
a Madrid por los espías españoles, y pueden verse todavía en un museo de Madrid,
en donde Felipe V las mandó guardar como una curiosidad.
CAPITULO VII
SE REÚNEN LAS
ESCUADRAS PARA ATACAR A CARTAGENA
Preparábanse en Inglaterra dos formidables expediciones para atacar a la América
española, como lo sabe el lector. Haremos aquí una corta reseña de la expedición
enviada al océano Pacífico, para después contraernos más a espacio a la que tocó
a Vernon comandar por la parte norte de Suramérica.
A Jorge
Anson, barón de Soberton -marino de gran renombre en las armadas inglesas-, fue
encomendada la invasión de las costas de Chile y Perú, hasta el istmo de Panamá,
como ya dijimos antes, en combinación con la del almirante Vernon por el
oriente. El comodoro Anson salió de Inglaterra con seis fragatas de guerra en
septiembre de 1740, y se dirigió al mar del sur; atravesó el estrecho de Maire
con un malísimo tiempo, y más lejos perdió varios de los buques que llevaba.
Subiendo por las costas de Chile siguió a las del Perú, con una azarosísima
navegación, y no hizo más hazaña que robar y quemar el puerto de Paita,
apoderarse de cinco naves pertenecientes al comercio del Perú y de una fragata
española -Nuestra Señora de Covadonga-, proveniente de Manila. Sin lograr
acercarse a Panamá, uno de sus mayores deseos, y al fin, desbaratada y arruinada
la expedición por los temporales y huracanes, resolvió regresar a Europa en un
solo buque que le quedaba tomando la ruta del golfo de Bengala y cabo de Buena
Esperanza. Después de cerca de cuatro años de un viaje sumamente peligroso, y
sin haber obtenido nada de lo que se había propuesto, Anson entró en el puerto
de Spithead, en junio de 1744, cargado de botín, es cierto, pero sin gloria
ninguna. A pesar de todo, el gobierno inglés le premió con un grado superior en
la marina. En 1758, después de haber tenido varios combates navales con los
franceses, a quienes batió, fue nombrado primer lord del almirantazgo, y murió
cuatro años después, a los sesenta y cinco de edad. Publicó la Historia de su
viaje en torno del mundo, y dejó un inmenso caudal, proveniente, en gran parte,
de la fragata española Nuestra Señora de Covadonga, que llevaba un tesoro que
valía trescientas treinta mil libras esterlinas, de lo cual se apropió para sí
mismo, sin participar nada de esto al gobierno, que había hecho el gasto de la
expedición.
Entre
tanto, el almirante Vernon con la escuadra que tenía en las Antillas, después de
la toma de Portobelo, quiso apoderarse de Cartagena con siete buques de guerra y
otras embarcaciones de menor fuerza; pero encontró la plaza defendida por don
Melchor de Navarrete, el cual no dejó arrimar al enemigo. Este rechazo le obligó
a regresar a Jamaica y pedir con instancias los recursos necesarios para poder
atacar a Cartagena, ciudad mucho más fuerte que Portobelo, de mayor importancia
y a la cual Vernon tenía malísima voluntad.
Ya hemos
visto que en Inglaterra se hacían grandes preparativos para enviar una poderosa
escuadra en auxilio del almirante Vernon, la cual salió de Inglaterra al fin del
año de 1740. Dicha escuadra iba a cargo de sir Chaloner Ogle y de lord Cathcart,
el cual mandaba el ejército de desembarco. Aunque salieron de Spithead ciento
sesenta naves -una de las cuales mandaba nuestro amigo Keith-, gran número de
ellas fueron desbaratadas y perdidas por un temporal espantoso que acometió a la
escuadra frente a la bahía de Vizcaya. Los buques que quedaron sanos continuaron
su viaje a América (otros regresaron a rehacerse en Inglaterra), y en el mes de
diciembre tuvieron que detenerse en una isla neutral -la Dominica-, en busca de
agua y leña. Mientras que se retardaban allí, enfermó de disentería lord
Cathcart, y murió en pocos días, dejando el mando de las fuerzas de línea al
general Wentworth, hombre de poca experiencia, de escasa autoridad y sin ningún
talento militar, según se dijo, pero patriota y consagrado a sus deberes.
El 9 de
enero de 1741 llegó la maltrecha escuadra al fondeadero de Port-Royal, en
Jamaica. Encontraron al gobernador de la isla, Trelawney, y al almirante Vernon
aguardando refuerzos con mucha ansiedad, pues corrían rumores de que se habían
reunido las fuerzas navales de España y Francia para atacarles. Pocos días antes
habían recibido tropas frescas de Norteamérica, las cuales, unidas a las
llegadas de Inglaterra y a las que comandaba Vernon, formaron un conjunto de
fuerzas tan formidable como nunca lo hubiese visto el nuevo mundo, reunido en un
solo lugar.
El
almirante Vernon, que se encontraba a la cabeza de la armada, investido de
facultades omnímodas, era, sin embargo, hombre de poca iniciativa, y parece que,
a pesar del tiempo que había permanecido en Jamaica ocupado tan sólo en estudiar
la situación de las colonias españolas, no tenía plan ninguno formado de las
operaciones que había de emprender para hostilizarlas.
Pocos días
después de llegadas las fuerzas de Inglaterra, se celebró una junta o consejo de
guerra, compuesto del brigadier general Wentworth, el gobernador de Jamaica y
los oficiales superiores de todas las tropas allí reunidas y presidido por el
almirante Vernon.
Una vez que
éste hubo hecho una corta relación de la situación en que se hallaban, en la
cual hizo uso de ciertas palabras hirientes con respecto al sucesor de lord
Cathcart, cuya muerte fingía sentir mucho, el general Wentworth tomó la palabra
para preguntar al Almirante Vernon cuáles eran las fuerzas de los enemigos en
las principales plazas fuertes de las colonias.
-No he
podido saberlo a punto fijo, -contestó con altanería Vernon-, y creo es inútil
semejante averiguación.
-No creo
que sea inútil, -contestó sir Chaloner Ogle-; pero si ya no tiene remedio en lo
pasado, trataremos de averiguarlo antes de emprender operaciones.
-Lo creo
inoficioso, -insistió Vernon-. A pesar de todo, yo había mandado un pequeño
buque con el objeto de pedir informes secretos acerca de las guarniciones que
existen en La Habana, Cartagena y las colonias francesas; pero a poco se averió
y tuvo que volverse a Jamaica.
-¡Lo que se
averió no fue el buque! -exclamó Wentworth, de muy mal humor.
-¿Qué
quiere usted decir? -preguntó Vernon con voz destemplada.
Pero sir
Chaloner se interpuso para evitar una molestia perjudicial para la causa que
defendían.
-Soy de
opinión, -dijo hablando recio-, que se deben mandar varias de las fragatas más
veleras, con los marinos más experimentados en estos mares, a tomar lenguas, de
manera que puedan regresar con las noticias que necesitamos de aquí a pocos
días.
-Me niego a
ello, -repuso Vernon-. Usted, señor, acaba de llegar de Inglaterra, y carece
naturalmente de la experiencia que yo tengo... Dígame: ¿cree usted que yo
necesité saber qué guarnición tenía la plaza fuerte de Portobelo cuando la tomé,
con seis buques no más
-La
guarnición no servía para nada, -dijo Wentworth y según me he dejado decir,
sobraron cinco buques en aquel ataque... pues con uno solo se hubiera podido
tomar. ¡Ha sido más el ruido que las nueces en aquel asunto!
Vernon, que
fundaba su orgullo en la toma de Portobelo, se levantó furioso, y empezaba a
dirigirse al general para pedirle razón de sus palabras, cuando los demás
oficiales le rodearon, suplicándole que se reportase, que primero estaban los
intereses y la gloria de su rey que los asuntos particulares. Wentworth, que
comprendió que se había propasado en sus palabras, las retiró y volvió a reinar
la paz en el consejo; pero era una paz ficticia. De allí para adelante los dos
jefes se tuvieron grandísima mala voluntad, y siempre procuraron llevarse la
contraria en cuantas operaciones proponía el uno o el otro.
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