Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Almirante Vernon

LA EXPEDICIÓN DEL ALMIRANTE VERNON 1738

CUADRO 5 

CAPITULO I

LA OREJA DEL CAPITAN JENKINS 

-¿Es decir, que no corremos ningún riesgo? 

-Así lo creo. 

-Pero aunque los guardacostas sean vigilantes y activos, nuestro bajel es pequeño, y si se encontrara con barcos contrabandistas pereceríamos antes de que acudiese socorro. 

-No necesitamos socorro; nuestro capitán es un león, y repetidas veces se ha batido con fuerzas triples... Por otra parte, nosotros no seremos los agredidos; a los ingleses no les conviene atacar; necesitan que les consideren inocentes para continuar su tráfico ilícito. 

El anterior diálogo se sostenía sobre la cubierta de un buque de guerra español, entre el segundo de La Isabel (que así se llamaba el barco) y un empleado peninsular que se dirigía con su hija única -niña de quince años-, a la ciudad de Portobelo, para donde le habían concedido un empleo. 

-Pero, -dijo el chapetón-, no siempre las costas de Indias han sido guardadas por esta policía de mar: he oído decir que en otros tiempos los piratas y corsarios hacían dificilísimo el viaje de España a Indias. 

-Efectivamente. Hace apenas quince años que su serenísima majestad don Felipe V (y al decir esto se descubrió) tuvo a bien escuchar las reiteradas quejas del comercio de la Feria de Portóbelo y Andalucía, y mandó armar los primeros guardacostas a cargo del conde Clavijo, los cuales, costeados por el comercio de Tierra Firme, son vigilados por los comandantes generales de la provincia de Cartagena. 

-Los ingleses se quejan mucho de la vigilancia de los españoles en las colonias, -dijo el empleado de Portobelo, que se llamaba don José de Leyva-, y dicen que son partidarios de la libertad de navegación. 

-¡Pero en país ajeno y no en el propio! -exclamó el teniente Loyzaga-. Cuando algún bajel de los nuestros llega a Jamaica, por ejemplo, sea en busca de víveres, de agua o por otro accidente, envían a su bordo algún oficial inglés con guardia, el cual permanece vigilando, y no se permite vender allí la menor cantidad de tabaco, ni conservas, ni velas de sebo, que es lo que suelen llevar para traficar con ello nuestros buques mercantes. Así ya ve usted cómo entienden estos ingleses la libertad de navegación.

-¿Y hacen mucho contrabando, a pesar de los guarda-costas? 

-¡Muchísimo! Como tienen casas de comercio en Portobelo, Cartagena, el Perú y Buenos Aires, a su sombra introducen enormes cantidades de mercancías, en cambio de palo de Campeche, añil, cacao, plata y oro en barras, perlas y otras joyas... La prueba de esto se la daré a usted. En los pasados siglos los extranjeros iban a comerciar con Sevilla, en donde se les vendían aquellas mercancías por una suma que no bajaba de doce millones de pesos anuales, mientras que hoy no pasa de cien mil pesos lo que los extranjeros compran en Andalucía. 

-¡Y esto con guarda-costas y tanta vigilancia! ¿Cómo sería si no hubiese esta policía? -repuso el otro. 

-A pesar de todo, nuestro comercio está perdido, y cada día se encarecen más los efectos que se sacan de España y se abaratan los ingleses. 

-¡Vea usted: y se quejan éstos, y viven amenazándonos con la ira de su gobierno, porque tratamos de defendernos! 

En aquel momento se vio en el horizonte la vela de un buque mercante, el cual al principio intentó huir; pero notando que el español -que había izado su bandera-, era más velero que él, echó al viento sus colores, que resultaron ser los de Inglaterra, y aguardó la llegada del buque de guerra. 

Una hora después se avistaban los dos bajeles. El inglés iba al mando de un capitán Jenkins, escocés, con permiso del gobierno español para llevar cierto número de cargas de mercancías a una casa de comercio de Cartagena. 

Sin embargo, aun cuando sus papeles estaban en regla y con todos los requisitos del caso, el capitán español fue personalmente a examinar las bodegas del buque mercante; encontrólas como debían estar, y los bultos no pasaban del número que había apuntado en sus papeles. 

El escocés, en tanto, se manifestaba furioso con el español, y trataba de hacerle cuantos desaires podía en su buque. Esto hizo entrar en sospechas al capitán; le preguntó que si juraba bajo su palabra de honor que no llevaba entre aquéllas ningunas mercancías de contrabando. 

-¿No ha registrado usted mi buque como se le ha antojado? -preguntó el otro con insolencia. -Esto no es lo que le pregunto, -contestó el capitán español-. Y entienda usted que yo tengo orden de su majestad para examinar todos los buques mercantes que encuentre a mi paso. Repito a usted: ¿Lleva usted mercancías de contrabando? 

-Puede usted cortarme las orejas si encuentra algo más de lo que tengo apuntado, repuso el escocés. 

El español notó que los oficiales del buque extranjero se miraron sonriendo. Aquello despertó aún más sus sospechas, y pidió de nuevo las llaves de las bodegas y bajó a ellas con varios de los suyos, midió su concavidad y vio que efectivamente parecían del tamaño que debían tener. Iban en pos de los españoles el capitán Jenkins y algunos de sus oficiales, murmurando por lo bajo y hablando entre sí, con mal reprimida ira. 

Salía el capitán de la bodega, cuando se enredó en una tabla mal clavada y fue a dar al suelo con estrépito, zafándose otra con el golpe. Los ingleses fingieron que se les habían apagado las antorchas que llevaban en las manos; pero el teniente Loyzaga, que acompañaba a su capitán, pudo resguardar la luz que llevaba en la mano, y al resplandor de ésta vio brillar alguna cosa debajo de la tabla que se había zafado y que Jenkins procuraba volver a ajusfar. 

-¡Aguarde usted! -exclamó Loyzaga, poniéndole la mano sobre el hombro. 

-¿Por qué? -preguntó el escocés. 

-¡Capitán! -exclamó el teniente-, debajo de este entablado hay mercancías. 

-¡Miente usted, insolente! -gritó el capitán Jenkins, poniendo el pie sobre la zafada tabla-. ¡No permito que nadie me desbarate mi buque! 

Esto lo dijo porque Loyzaga y otros dos compañeros empezaban a arrancar precipitadamente las tablas, descubriendo una tendada de pequeños líos envueltos en papeles. 

Los ingleses trataron de impedirlo: los unos sacaron puñal, los otros pistolas; se apagaron las luces y se empeñó en la oscuridad un reñido combate, acompañado de exclamaciones profanas y juramentos. Entre tanto el capitán de La Isabel, que iba siempre prevenido para casos como aquél, gritó a sus compañeros: 

-Subid por la escalera de escotilla y dejad encerrados a los contrabandistas. 

Al decir esto se dirigió él mismo adonde decía y por donde entraba la luz; allí dio un prolongado silbido, que era la señal para que acudiesen a su defensa los treinta soldados armados que había llevado consigo y dejado sobre cubierta. 

Unos y otros combatientes se calmaron al ver bajar por la escalera a los soldados armados y con antorchas encendidas. Felizmente las heridas que se habían hecho unos y otros con los puñales fueron insignificantes, en tanto que las balas de las pistolas se habían hundido en el enmaderado, en donde quedaron empatadas. 

Apresados el capitán Jenkins y sus oficiales, y llevados a las bodegas del bajel español, se acudió a registrar el oculto cargamento que llevaba el escocés. Componíase de una gran cantidad de hilo de oro y plata (que se consumía muchísimo entonces en las colonias para bordar ornamentos de iglesia, y valía a cinco pesos la onza), lo cual podía fácilmente ocultarse entre tabla y tabla de la bodega. Uno de aquellos paquetes se había roto con la presión, y por ese motivo lo pudo ver el teniente Loyzaga. A más de esto, el buque llevaba entre el lastre una porción de planchas de estaño y plomo 2 , que pensaban vender a alto precio en Cartagena. 

El capitán de La Isabel ordenó que amontonasen sobre la cubierta del buque de Jenkins todo el rico cargamento de contrabando, y en presencia de sus dueños, de los soldados y de toda la tripulación de ambos barcos, lo mandó arrojar al mar. 

-¡Qué lástima del hilo de oro! -exclamó una dulce voz femenina detrás del furioso capitán Jenkins. 

La que hablaba era Albertina de Leyva, la hija del empleado de Portobelo a quien antes oímos conversar con el teniente Loyzaga. 

-¡Cuántos mantos para la Virgen Santísima se podrían bordar con esos hilos, en lugar de que ahora ni los pescados se aprovecharán de ellos! -añadió la niña. 

-El escocés no pudo menos que mirar a la niña y parecerle bellísima. 

Era morenita y pálida: tenía un par de ojos que brillaban como el lucero vespertino, bajo unas pestañas crespas como su melena negra y sedosa; sus labios rojos se abrían como una fruta madura para dejar ver dos sartales de perlas finas que llevaba a manera de dientes. 

Sin embargo, el capitán del buque inglés apartó en breve la mirada de la bella y fresca española para fijarla en los restos de su ahogado cargamento, parte del cual nadaba sobre el lomo de las olas, dejando un largo rastro detrás del barco. 

-¡Malditos españoles! -gritó lleno de ira, levantando los puños cerrados al cielo con impotente rabia-. ¡He ahí perdido el trabajo de toda mi vida! ¡En esas mercancías había empleado yo todo lo ganado en diez años de esfuerzos asiduos! 

-¡Pobre hombre! -dijo Albertina, hablando con una de sus criadas-; me da compasión verle tan afligido. 

-Vea sumerced, -repuso ésta-, cómo el hereje tiene orejas tan grandes, gruesas y coloradas como tomates sevillanos. 

Sonrióse ligeramente la niña al notar que la comparación era justa. El capitán vio la sonrisa, y en parte comprendió el motivo: en su ciega cólera dio un paso adelante con la mano levantada, y quiso castigar a las dos mujeres, que creyó se mofaban de él y de su desgracia. Pero encontró que alguien le agarraba fuertemente del brazo por detrás, y que el teniente Loyzaga le decía: 

-¡Detente, villano, mal caballero! ¿Cómo te atreves a levantar la mano contra una dama? 

El capitán de La Isabel, que había presenciado aquella escena, se adelantó entonces, y dijo a Jenkins con acento de burla: 

-Ha olvidado usted, capitán, una cosa, que aún me falta cobrarle... 

-¿Qué más quiere usted robarme? 

-¿No juró usted por sus orejas que no tenía en su barco mercancías de contrabando? 

El escocés no contestó; pero una ola de sangre subió por su faz ya rubicunda, y se fijó en su gruesa nariz y en sus largas orejas. 

-Pues, -continuó el español-, si usted olvidó ese juramento, sin duda por los muchos que ha hecho en vano, a mí no me ha sucedido lo mismo, y pienso obligarle a que no vuelva jamás a olvidar nuestro encuentro en estos mares. 

El escocés continuó callado; pero a medida que el otro hablaba, había ido perdiendo su color arrebolada, como si ya comprendiera lo que le iba a suceder. 

-Que me llamen al barbero del barco, -dijo el capitán de La Isabel. 

Y cuando éste estuvo presente, añadió: 

-Amuela una navaja de barba de manera que puedas afeitar al señor capitán, sin que aquello le cause desagrado. 

En tanto que el barbero negro iba a cumplir con la orden, Jenkins, que empezó a creer que aquello se convirtiría en una farsa y nada más, dijo dirigiéndose al capitán en castellano, lengua que sabía muy bien: 

-Gracias, capitán, no necesito afeitarme; es usted muy atento, pero... 

-No se le va a afeitar como usted piensa, -contestó el español-. Pierda cuidado; no tengo empeño en quitar a usted esa hermosa barba que tanto le embellece. 

Aquel chiste fue acogido con una carcajada general; el escocés poseía una barbilla rala, desigual y roja, la cual, junto con sus monumentales orejas, era lo más feo que tenía. 

El pobre capitán escocés, que se veía como ratón en trampa y sin poderse defender, sudaba y se limpiaba la frente con un pañuelo, hasta que volvió el barbero a presentarse. 

-Ahora, -dijo el capitán, haciendo una seña a dos marineros: -aten las manos y los pies del señor Jenkins. 

Hecho esto con suma destreza y prontitud, continuó hablando así: 

-A pesar de que el señor capitán juró por sus dos orejas que no tenía mercancías de contrabando en su barco, siendo falso el juramento, y teniendo derecho de quedarme con ambas orejas, le haré el don de una de ellas, que quedará en su puesto; pero como he pensado en enviar la otra a su muy amado rey, don Jorge II, el barbero se la cortará, y metiéndola en ese cajoncillo, no dudo que el señor capitán mismo nos hará el favor de llevarla cuidadosamente a Inglaterra, y decir a su real amo que si se presentara la ocasión, haríamos lo mismo con él. 

Como no pudiese defenderse de otro modo el mísero contrabandista, empezó a proferir los insultos más espantosos contra el rey de España y contra toda la nación española. Viendo aquello el capitán de La Isabel, le mandó poner una mordaza, y así atado, maniatado y con mordaza, sin acertar a moverse, el barbero le cortó una oreja, la metió en un frasco con alcohol, y éste en un cajoncillo bien cuñado, que llevaron junto con su capitán al barco del escocés, y allí le dejaron en manos de sus compañeros. Mientras que éstos proferían mil insultos y amenazas de venganza en inglés y castellano, reíanse a carcajadas en el bajel español, el cual se alejaba poco a poco del lado de su enemigo, hasta que se perdieron de vista, divididos por las olas del mar. 

Poco se figuraron unos y otros las consecuencias que la cortada de la oreja de Jenkins iba a tener en la política del mundo, como adelante veremos. 

CAPITULO II

LA DECLARACIÓN DE GUERRA

1739 

Reinaba en Inglaterra Jorge II, el segundo también de la familia de Hannover, que fue soberano de la Gran Bretaña. Nada querido por su padre, el primer Jorge, que le conocía como a un mal hombre, fue a su vez mal padre: tenía un carácter tan frío, que decía su ministro Walpole de él "que hablar al rey de compasión, de consideración por servicios prestados, de caridad, de generosidad, era como si se le hablase en un idioma desconocido para él". No sabía qué era benevolencia, y jamás hizo ningún bien por su gusto, sino forzado. Nunca tuvo lástima de nadie, ni protegió a nadie, sino cuando era preciso para fines políticos. La reina, Carolina de Brandenburgo, tenía grande influencia sobre el espíritu del rey. Ella había rehusado la mano del rey de España, por no hacerse católica, y prefirió la de Jorge II de Inglaterra, de quien fue una verdadera mártir, y fingía ser humilde esclava con tal de ganar influencia y contentar su ambición de mando, que era ilimitada en ella, aunque la ocultaba. Este par de soberanos eran padres de un hijo digno en todo de su estirpe. Aquel príncipe de Gales, que no reinó nunca, porque murió antes que su padre, era, dice el historiador Hervey, falso, débil, avariento en cuanto se trataba de algo bueno, y gastador en todo lo malo; al mismo tiempo se mostraba despilfarrado y codicioso; generoso con lo ajeno y nada liberal con lo propio, era apretado sin ser económico; nadie que le conocía le apreciaba ni le quería. Mentía descaradamente cuando pretendía ser franco, y decía verdades atroces y desvergonzadas cuando quería manifestarse familiar. No comprendía la justicia, ni la integridad, ni la sinceridad, ni era constante en sus afectos, ni tenía dignidad en sus costumbres, y aun carecía de sentido común en sus conversaciones. El rey le aborrecía tanto, que por un motivo baladí le desterró de la corte y no le permitió siquiera ver a su madre en el lecho de muerte. 

Mientras que los miembros de la familia real se ocupaban en sus negocios particulares y en viajes a Hannover, gobernaba el reino su primer ministro, Roberto Walpole, el cual profesaba este principio corruptor: todo hombre tiene su tarifa; y por ese medio gobernaba el país. Sin embargo, era un hombre que conocía su época y los hombres de su tiempo; era prudente, afable, y cuidó siempre de la honra de su país dentro y fuera de él. 

Sucede en muchas monarquías que el presunto heredero de la corona generalmente se opone al gobierno del soberano remante. Como Walpole era el jefe del partido whig, el príncipe de Gales era el jefe de los tories, y sus partidarios tenían animados debates en las cámaras. 

Es cosa sabida que el comercio inglés era muy diferente entonces de lo que es actualmente: no era nunca franco y honorable, sino que buscaba la ganancia por veredas que hoy día se considerarían deshonrosas, y no tenían empacho los negociantes en hacer el contrabando en las colonias españolas, con el pretexto de que abogaban en favor de la libertad del comercio. La vigilancia de la marina española y la de los guardacostas impedía en mucho los malos manejos de los comerciantes ingleses. Estos se quejaban amargamente y elevaban sin cesar memoriales a su gobierno en los que pedían lo que ellos llamaban justicia. Sin embargo de que el parlamento atendía con gusto a los reiterados lamentos de los comerciantes, el ministro Walpole, que conocía a fondo la cuestión, no hacía caso de las injustas quejas del comercio inglés, y entorpecía adrede aquellas cuestiones cuando llegaban a manos del gobierno. Por otra parte, veía que no convenía a Inglaterra interrumpir la paz europea: temía que las dos familias de la estirpe de Borbón que ocupaban los tronos de España y de Francia, se uniesen contra la Gran Bretaña, y no estaba preparado para hacer frente a fuerzas tan formidables. La política de Walpole era protegida por la reina Carolina; pero a la muerte de ésta el ministro perdió su influencia en el espíritu del rey, a pesar del estado floreciente en que estaba Inglaterra, merced a una paz de doce años, que difícilmente Walpole había logrado guardar con sus vecinos. 

El parlamento, secretamente pagado por Walpole para que le conservase en el poder, se hizo tan exigente, que al fin no pudo él contenerle, y vio que no solamente perdía terreno en el favor del rey y en el del parlamento, sino que cada día se hacía más impopular entre el pueblo inglés, azuzado por los comerciantes que pretendían hacerse ricos en las colonias españolas y deseaban que se declarase la guerra a España con el objeto de apoderarse por entero de las codiciadas riquezas americanas. 

Llegó a tal grado la efervescencia en Inglaterra contra España, que Walpole hubo de prometer que se pediría cuenta a Felipe V de los sufrimientos de los comerciantes ingleses en las colonias españolas. Después de algunos meses en que el gobierno inglés hizo lo posible para entretener la opinión pública con otros asuntos, Jorge II al fin anunció, al abrir las sesiones del parlamento en febrero de 1738, que se había celebrado una convención entre el rey de España y su gobierno, por la cual Felipe V se había comprometido a pagar cierta indemnización 1 por las pérdidas sufridas en el mar por el comercio inglés durante cierto tiempo en que había tenido que suspender sus negocios con las colonias americanas. Aquella era una concesión inmensa que hacía España, y sin embargo los ingleses no se contentaron con ella; pretendían que los comerciantes ingleses traficasen en las colonias sin examen ni pesquisa alguna, de manera que pudiesen circular los buques mercantes de Inglaterra de puerto a puerto, especulando a su gusto y sin pagar nada al gobierno español. Un grito inmenso de disgusto se levantó en Inglaterra contra el ministerio que había ratificado el convenio firmado en el palacio de El Pardo, y los jefes de los partidarios de la guerra con España recorrieron ciudades y aldeas, enardeciendo el odio contra los que así olvidaban los deseos y la voluntad del pueblo inglés y en bien de su comercio. 

Los partidarios de la guerra con España, y los enemigos de ella, habían reunido todas sus fuerzas para luchar, unos en favor, otros en contra del convenio de El Pardo, en una sesión de la Cámara de los Comunes que debía tener lugar el 8 de marzo de 1739. 

Walpole pidió que se ratificase el convenio con España, hablando en su favor varios miembros distinguidos del parlamento, en tanto que el príncipe de Gales y sus partidarios y paniaguados azuzaban a los miembros de la oposición para que hablasen en contra del tratado. 

Los miembros de uno y otro partido se acaloraban cada momento más en la cuestión, hasta que uno de los más adictos partidarios del príncipe de Gales anunció que podía presentar a la vista de los miembros de la Cámara una de las muchas víctimas de la barbarie española: un honrado capitán de un buque mercante inglés, que había sido mutilado por un guardacostas español. 

-¡Que se presente! -gritaron los ya aleccionados enemigos de España, que sabían su papel. 

Inmediatamente hicieron entrar y situarse delante de una mesa a nuestro antiguo conocido el capitán Jenkins, el cual, al quitarse el sombrero, puso de manifiesto que le faltaba una oreja. 

-Decid, -le dijeron- quién os mutiló así, y por qué motivo. 

Refirió entonces, con aire candido y modesto, que yendo tranquilamente por el mar de las Antillas había sido atacado, registrado su buque, sin motivo ninguno, por un guardacostas español; y añadió que, como los españoles no encontrasen en su barco ninguna mercancía de contrabando, le habían maltratado cruelmente, amenazando matarle, y por último cortádole una oreja... 

Aquella relación causó la sensación deseada por los enemigos de España; un rumor de indignación corrió por todo el salón. 

-¡He aquí mi oreja! -exclamó la víctima-; y aquellos crueles papistas, -añadió-, al devolvérmela entre esta caja me notificaron que me presentase a mi rey y le dijese que así tratarían a su real persona si se ofreciera la ocasión. 

Y al decir esto levantó la oreja en alto para que la viesen todos los circunstantes. 

La indignación subió de punto; los gritos de odio a España, de amor a Jorge II, de afecto a la familia real, se hicieron generales, y los mismos que habían estado en contra de la guerra con España, tuvieron que manifestarse también indignados para no pasar por desleales. 

-¿Y qué pensasteis, capitán, en el momento en que aquellos bárbaros cometían esa crueldad? -preguntó un miembro del parlamento en un momento en que se calmó un tanto la tempestad. 

-Levanté mi alma a Dios, -contestó el hipócrita escocés-, para pedirle misericordia, y juré pedir venganza a mi patria. 

Aquello llenó la medida; inmediatamente se pasó a tratar seriamente de la declaratoria de la guerra. Los discursos, las proposiciones patrióticas y agresivas a España menudearon; los que habían apoyado hasta entonces al ministerio y sus actos, viendo por dónde soplaba el aura popular, como el duque de Argyle y otros, se volvieron contra Walpole y denunciaron sus actos como obra de persona traidora a su patria, destructora de la dignidad británica, y otros improperios por este tenor. El ministerio fue defendido con calor por los pocos que le fueron fieles; pero la mayoría resultó siempre contra el convenio de El Pardo. Entre los que votaron contra el convenio hallábase la firma del príncipe de Gales, de seis duques, cuarenta y dos condes y la mayor parte de la alta nobleza de la Gran Bretaña, coaligada con los comerciantes. 

Jenkins fue aclamado como héroe en las calles de Londres; le dieron una alta colocación en la marina de la compañía de las Indias Orientales, y en breve se hizo rico y renombrado. 

Una fuerte escuadra se mandó preparar en Spithead; pero, a pesar de todos estos preparativos, no se declaró la guerra a España de una manera franca y decisiva, y el ministro de Inglaterra en Madrid aseguró a la corte española que aunque el rey de la Gran Bretaña estaba muy indignado con la conducta de los servidores españoles en América, no interrumpiría todavía la paz que reinaba entre las dos cortes, y aguardaba que su majestad católica diera las satisfacciones que se le pedían. 

Felipe V contestó con dignidad que quien pedía satisfacciones era él, y que si no se las daban muy amplias, confiaba en Dios y en sus armas para sostener la justicia que defendía. 

Inglaterra había enviado al mar de las Antillas una escuadra a órdenes del almirante Hosier para que vigilase los buques mercantes ingleses y les hiciese justicia en todo caso; es decir, que  sacase con bien a los suyos, aun atacando a los españoles. Quejóse repetidas veces el gobierno español de aquel abuso; pero el inglés contestaba con recriminaciones casi insultantes, que provocaban a guerra sin declararla a las claras. 

A pesar de la efervescencia que cundía en Inglaterra, y de los preparativos que se hacían para armar escuadras y preparar ejércitos, España, con su natural inercia, no supo ponerse a la defensiva como debiera, y fue dejando tomar cuerpo al enemigo sin adoptar medidas en las colonias para defenderlas de las llamadas represalias, que habían declarado lícitas los ingleses. 

Ya los ingleses se habían apoderado de buques españoles en alta mar, haciendo uso de lo que llevaban, como presa de guerra, cuando el 23 de noviembre de 1739, Jorge II, apremiado vivamente por la nobleza, el comercio y la nación entera, declaró formalmente la guerra a España. 

Pero antes de que se declarase turbada la paz, ni pudiesen tener noticias en América de lo que sucedía en Europa, ya el gobierno inglés había despachado una escuadra a órdenes del almirante Vernon, con el encargo de que asaltase las ciudades de Portobelo y Chagres. Veamos quién era este almirante. 

Eduardo Vernon se había distinguido desde muy joven en la marina inglesa, de manera que a los veinticuatro años era contraalmirante, y después, como miembro del parlamento, se había hecho notar por su palabra agresiva y audaz y por la enemistad que manifestaba al ministro Walpole. 

Durante los debates contra el convenio de El Pardo, Vernon, cada vez más violento contra España, había dicho varias veces que él se consideraba capaz de apoderarse de las fortalezas de Portobelo con una reducida escuadra. Como Walpole no podía sufrir la jactancia y las palabras insultantes de aquel marino, a quien encontraba en su camino por todas partes, le hizo preguntas en son de mofa, y como para probarle sobre si se consideraba capaz de tomar a Portobelo con seis buques de guerra, que era lo único que le podía ofrecer por entonces. 

-Si me los entregan y los ponen a mi disposición -contestó el marino-, respondo del buen éxito de la empresa. 

Walpole le mandó dar los seis buques de guerra y la orden para que se hiciese a la vela inmediatamente. Muchos consideraron que el ministro había confiado a Vernon una empresa tan arriesgada, no para que la llevase a cabo con felicidad, sino con el objeto de que se diese una deslucida por lo menos, o quizás para perderle por completo. 

Los comerciantes ingleses levantaron hasta las nubes el valor y la audacia de Vernon; su popularidad no tuvo límites. Dirigiéronle cartas laudatorias, manifestaciones entusiastas de estimación y le llamaron un segundo Drake y el futuro salvador de la dignidad del comercio inglés. 

Con tan felices auspicios, lleno de entusiasmo y de deseo ardiente de acabar de ganarse la popularidad de que gozaba ya, el almirante Vernon se hizo a la vela con su escuadra, en dirección a Portobelo, antes de la declaratoria de guerra, puesto que llegó a este lugar el 21 de noviembre de aquel año. 

CAPITULO III

EL ATAQUE A PORTOBELO 

La insalubre ciudad de Portobelo, fundada en una de las bahías más hermosas del mundo, circundada de una exuberante vegetación tropical -sita en el istmo de Panamá por el lado del mar de las Antillas-, se hallaba el 21 de noviembre del año de 1739 dormida y aletargada bajo los quemantes rayos del sol de mediodía. Las aguas de la bahía parecían un inmenso lago, dentro del cual se miraban el cielo azul y los tupidos árboles del contorno. Ni una sola hoja se movía, ni un ser viviente ni insecto alguno hacían ruido; el calor era tan fuerte que se aguardaba casi ver salir las llamas de los objetos que se miraban; es decir, si alguien hubiese abierto los ojos a mediodía en aquel lugar en una hora tan bochornosa. Hasta los tiburones dentro del agua y las piedras en la orilla del mar parecían tomar la siesta y dormir el sueño de la muerte, producido por la sofocación. 

Portobelo era entonces una ciudad considerable, a la cual acudían en épocas de feria los comerciantes más ricos del mundo entero. Poseía dos espaciosas plazas: una al frente de la aduana -magnífico edificio de mampostería-, y otra delante de la iglesia parroquial; los conventos de La Merced y de San Juan de Dios, aunque pequeños, eran ricos y tenían un numeroso personal de religiosos que se ocupaban, los primeros, en hacer misiones dentro de la ciudad y en los pueblos vecinos, y los otros en cuidar el hospital anexo a su convento. El hermoso cuartel llamado de Guinea tenía espacio para una gran guarnición; el castillo llamado de San Felipe, construido enteramente de hierro, el de San Jerónimo y el de Santiago de la Gloria, eran obras maestras en su género. Estos habían sido construidos, sin reparar en gastos, por un célebre ingeniero y por orden de Felipe II, a fines del siglo XVI. 

A pesar de su posición, de su riqueza y del aprecio que le tenía España, la madre patria había sido descuidada con Portobelo; y así, esta ciudad sufrió, aun después de habérsela mandado fortificar, varios asaltos serios de los piratas y filibusteros. Drake, Morgan, Spring y otros, la habían allanado y robado repetidas ocasiones, casi siempre por inadvertencia y desidia de sus gobernadores. 

El sol estaba en su cénit, como decíamos poco há, y quemaba como ardiente fuego la ensenada, los castillos y la población de Portobelo, cuando a deshoras, y sin ser sentidos, fueron entrando en la bahía, uno tras otro, los seis buques que componían la escuadra del jactancioso almirante Vernon. 

Todo dormía en aquel lugar, y hubiérase creído que era aquella una ciudad encantada o muerta... 

La guarnición de las fortalezas se había acostado toda a dormir la siesta; no había un hombre de centinela en parte alguna, y así entraron los buques tranquilamente por delante de la punta del norte, pasando sin tropiezo alguno por frente al fuerte de San Felipe, cuyos fuegos -si los hubiera habido-, no habrían permitido la entrada en el puerto. Inclinándose hacia el lado norte, siempre bajo los apagados fuegos de San Felipe -para no caer en los arrecifes que guarnecen la ensenada al lado contrario-, continuaron su marcha los navíos, desplegada al aire la bandera inglesa, atravesaron por delante de la fortaleza de Santiago de la Gloria y fueron a fondear a poca distancia de la población frente a la fortaleza de San Jerónimo. ¡Eran las dos de la tarde y aún dormían todos los habitantes de Portobelo! Imagen de la España de aquella época: ésta dormía tranquilamente el sueño de la pereza, mientras que otras naciones que no conocían la costumbre de dormir la siesta, adelantaban por el camino de la civilización y del progreso, conspirando para tratar de arrancarle sus propiedades y aprovecharse del letargo criminal en que yacía. 

Pero dirá el lector: ¿es posible tal abandono? ¿No tenía acaso aquella ciudad un gobernador y una guarnición militar? Su gobernador, don Bernardo Gutiérrez de Bocanegra, acusado ante la audiencia de Panamá por ciertos delitos, se hallaba en aquella ciudad descargándose de ellos, y había dejado encomendada la plaza de Portobelo a un don Francisco Javier Martínez de la Vega Retes. Este tenía, para defender las tres fortalezas, ciento cincuenta hombres, mulatos y tercerones de Panamá, de los cuales poco más de treinta estaban sanos, mientras que los demás se hallaban enfermos en el hospital y en casas particulares. 

El gobernador interino, Martínez de la Vega Retes, era un hombre anciano, inútil, inepto y descuidado, el cual no había querido remediar las escaseces que sentía Portobelo en punto a armas, municiones y guarnición militar. Ya varias veces le habían avisado que Inglaterra se preparaba para tomar las armas contra España, que los comerciantes ingleses en Portobelo habían vendido sus mercancías y sus negros a bajo precio y partido para Jamaica, lo que probaba que ellos tenían noticias de que se había de turbar la paz entre Inglaterra y España. El gobernador, sin embargo, rehusó prevenirse para el caso de un ataque y todo quedó en el mayor desgreño y abandono. 

Acababan de fondear las embarcaciones del almirante Vernon frente al castillo de San Jerónimo, cuando al fin despertaron de su letargo los defensores de las fortalezas, y empezaron a disparar algunos cañonazos tan certeros que mataron e hirieron a varios de los tripulantes de los barcos ingleses, y éstos tuvieron que alejarse de la orilla a la cual se habían acercado. Reuniéronse entonces los seis navíos para atacar la fortaleza de San Felipe; ésta trató de defenderse; pero dentro de ella había sólo unos pocos hombres, los cuales, aunque procuraron hacer frente al enemigo, hallaron que los cañones carecían de cureñas, y sólo pudieron poner nueve en estado de servicio; pero entonces vieron que la pólvora estaba mojada y las balas no alcanzaban a los enemigos, mientras que la mal arreglada fortaleza recibía de lleno los fuegos de los ingleses. Viéndose desarmada, se puede decir, la guarnición no aguardó el último asalto del enemigo, sino que, poniendo escalas por la parte de atrás, huyeron todos por la montaña, capitaneados por su jefe. 

Abandonado el castillo de San Felipe, llamado el Todo Fierro, los ingleses lo tomaron, e izaron en la cumbre la bandera blanca y roja de la Gran Bretaña. 

Entre tanto el gobernador abandonó la población, se metió en la fortaleza de Santiago de la Gloria, y mandó unos pocos artilleros a la de San Jerónimo, de donde defendían la entrada de la ciudad. 

La noche del 21 al 22 de noviembre se pasó sin combate ninguno. Dueños los ingleses de San Felipe, los de Portobelo no podrían recibir socorro de fuera; así, pues, Vernon preparaba todo para emprender el sitio de los otros dos castillos, los cuales él sabía podrían hacerle perder muchos días, semanas y aun meses, si la población lo deseaba así, puesto que, aunque no recibiesen socorros por la vía del mar, sí los podrían obtener por tierra. 

Una junta de vecinos con los pocos militares que quedaban se habían reunido y en ella habían acordado, los que conocían al gobernador como hombre inepto y pusilánime, que se le exigiría defendiese las dos fortalezas con brío, y que no se entregase sino después de un combate reñido. El accedió a todo; pero cuando aclaró el día, los indignados y sorprendidos vecinos vieron una bandera blanca sobre el castillo de Santiago de la Gloria, y supieron que Martínez de la Vega Retes propuso al enemigo la entrega de los castillos con tan ridiculas condiciones que, compadecido Vernon de la población de Portobelo, concedió mayores garantías de las que pedía su gobernador. 

Vernon entró en Portobelo con banderas desplegadas; y aunque había concedido al gobernador que saliese con los honores de la guerra, éste no supo hacerlo con dignidad. Presa de un terror pánico al ver desembarcar a los ingleses, abandonó prontamente los castillos y huyó vergonzosamente hacia la montaña, dejando la población a la merced del vencedor, si vencedor puede llamarse al que entra en una plaza que se ha rendido sin combatir.

CAPITULO IV

ALBERTINA DE LEYVA 

Lloraba amargamente una sirvienta española en una casa de Portobelo, en tanto que procuraba revivir el inanimado cuerpo de una hermosa niña que yacía tendida sobre unos cojines, al pie de un estrado. 

Los lamentos de aquella mujer llamaron la atención de un joven militar inglés que a la sazón pasaba por frente a la casa; y como ésta permaneciese abierta, no tuvo embarazo en entrar a averiguar lo que sucedía. 

-¡Se muere mi ama! -decía la criada-. ¡Se muere sin que nadie nos socorra! 

-¿Qué sucede? -exclamó entrando el inglés; e inclinándose sobre el postrado cuerpo de la niña, la tomó el pulso. 

-No ha muerto, -repuso-; pero la debilidad está matando a esta infeliz...

-Estaba convaleciendo de una enfermedad muy grave, -contestó la criada-, cuando ocurrió la llegada de los ingleses; esto alarmó tanto a mi señorita, que desde el primer cañonazo no ha hecho sino temblar, no ha pasado un bocado, y por último se me acaba de desmayar como lo ve su merced, sólo porque vio algunos ingleses uniformados por la calle. 

-Es raro, -dijo el inglés-. Permítame usted tomarle el pulso de nuevo... Aunque soy capitán de un buque de guerra, estudié para médico, y llevo aquí un cordial que puede revivir quizá a esta dama. 

Ayudado de la sirvienta, introdujo entre los apretados dientes de la niña algunas gotas de licor de un pomo que llevaba en el bolsillo. Pasados unos momentos, Albertina de Leyva, pues era ella, empezó a revivir. Temió el joven asustarla con su presencia, y salió del aposento, dejándola sola con la criada. 

En tanto que la joven recobra bien sus sentidos, digamos quién era el militar inglés, el cual, sea dicho de paso, hablaba el castellano perfectamente, y por eso pudo conversar con la sirvienta de Albertina, como hemos visto. 

Hijo de un inglés que había vivido mucho tiempo en España, aprendió desde su niñez el idioma castellano. Educado para médico, abandonó aquella carrera por dedicarse a la marina, en la cual se distinguió tanto por su audacia y felices golpes de fortuna, que el almirante Vernon le protegió particularmente, y le fue concediendo ascensos, hasta nombrarle capitán de un buque de guerra de aquella expedición contra las Indias españolas. 

Ardiente como el clima en que había pasado sus primeros años, Roberto Keith había tenido numerosas aventuras en tierra y mar, y las damas que le conocían le admiraban y temían, le buscaban y le huían. Era uno de aquellos hombres que no podían ser indiferentes nunca: o era odiado a muerte, o amado entrañablemente. Alto, rubio, de ojos negros, de retorcido bigote, de porte elegante, de palabra fácil y elocuente, rara vez dejaba de hacer la conquista de la mujer que galanteara; y, ¡cosa rara!, las galanteadas, aunque tuviesen que quejarse de él después, casi nunca dejaban de perdonarle. 

La belleza de Albertina y su porte señoril llamaron la atención del capitán, el cual resolvió entretenerse en Portobelo haciendo aquella conquista. 

Peligroso encuentro, por cierto, había hecho Albertina de Leyva, en su soledad y lejos de su padre, el cual, habiendo partido para Cartagena pocos días antes de la llegada de Vernon, no podía regresar para amparar a su hija a tiempo. Pero si nuestra española no tenía a su padre cerca, la protegía su propio corazón. Amada y amando al teniente Loyzaga, que vino con ella a Indias en La Isabel, como vimos en el capítulo II de este relato, estaba en vísperas de casarse con él y de establecerse en Cartagena, pues el insalubre clima de Portobelo había probado mal a la hija de don José de Leyva. 

Merced a los medicamentos administrados por el capitán Keith, Albertina se acabó de curar de las fiebres que sufría y habían aniquilado sus fuerzas hasta el punto en que la vimos. El inglés se captó en breve la buena voluntad de Dolores, la criada, y aunque su ama procuraba manifestarse seria y retraída y trataba de negarse a verle, Keith la visitaba diariamente, con diversos pretextos y a despecho de la niña. 

Al fin, viendo que su criada era cómplice y protectora del inglés, a quien contra su voluntad introducía a su presencia, Albertina resolvió hablar directamente y a las claras con él. 

-Capitán, -le dijo-, bien sabe usted cuan agradecida estoy con motivo del bien que me ha hecho con sus medicamentos. 

-Pero esto no es del caso, hermosa Albertina... 

-Sí es del caso... Quiero que usted sepa que yo no soy desagradecida; pero... le suplico que no frecuente mi casa; estoy sola; mi padre se halla ausente... 

-¡Por lo mismo!... Yo soy médico y mis servicios ... 

-Aguarde usted que acabe de decirle... Como mi padre está ausente, no quiero que las malas lenguas puedan herir mi reputación; ya estoy enteramente repuesta; me han visto en la iglesia; no hay motivo, pues, para que usted venga a visitarme con frecuencia.

-¡Me despide usted de su casa! -dijo Keith con aire de despecho-. ¿Acaso la he faltado al respeto? A pesar de las muchas ocasiones que he tenido... 

-¡No, señor capitán! -exclamó Albertina con dignidad-; no me ha faltado usted al respeto, ni eso lo hubiera permitido jamás una mujer de mi estirpe y calidad. Pero, repito a usted, no me conviene que le vean a usted en mi casa. Los vecinos... 

-¿Qué le pueden importar a usted los vecinos de este lugar? Gente pobre e infeliz es la única que ha quedado: la mayor parte de las casas buenas están vacías. Por otra parte, si eso es lo que la arredra, vendré a horas en que nadie pueda verme... 

-¡Caballero... me insulta usted!... Repito a usted que no me convienen sus visitas a ninguna hora. 

-¡Qué ingrata es usted!... Cuando yo no vivo sino con la esperanza de verla, me destierra de su presencia. Pero no la creo... ni la obedeceré... seguiré viniendo a visitarla, aunque me haga mal semblante. 

-¡Como me ve sola y desamparada, se aprovechará usted de mi posición! 

Y al decir esto se cubrió ella la cara con las manos y rompió a llorar. 

Inmediatamente se arrojó el capitán a los pies de la niña; suplicóla en sentidísimas palabras que le perdonase, y antes de que ella pudiese contestarle, salió del aposento y de la casa, confiando en que dejaba buena impresión en el ánimo de Albertina. 

Varias veces se repitieron semejantes escenas entre Keith y Albertina, en una de las cuales ella le confesó que tenía novio, el cual podría enfadarse al tener noticia de las visitas del inglés. 

-¡Novio! -exclamó él muy picado-. ¡Ya me lo figuraba!... Y pensó: esta esquivez no era natural, y he de conquistarla a pesar del novio, o más bien, por causa de él. 

-¿Y por qué se lo figuraba? -preguntó ella. 

-¿Y quién es ese dichoso mortal? -dijo él sin contestar a la pregunta. 

-Un joven capitán de una balandra del gobierno español. 

-¡Su nombre, su nombre! -exclamó Keith con impaciencia. 

-¿Y qué le importa a usted su nombre? 

-Efectivamente, no me importa su nombre; me basta saber que existe... 

Salió el capitán inglés de la presencia de Albertina, muy pensativo y cabizbajo, y se fue a su buque. Allí tuvo noticia de que el almirante Vernon necesitaba conferenciar con él en su navío, el Straford. Encontróle escribiendo. 

-Keith, -le dijo el almirante-, necesito mandar a Inglaterra a una persona de toda mi confianza para dar noticia circunstanciada de todo lo ocurrido aquí; triunfo que deseo se celebre con toda solemnidad en Londres, para que Walpole entienda quién soy yo, y mis amigos se alegren de una gloria que producirá inmensa resonancia en toda Europa. 

-¿Y a quién ha escogido usía para llevar esa misión al rey? 

-¿Me lo pregunta usted? 

-Lo hago con todo respeto... 

-¿A quién había de encomendar esto, sino a una persona en quien tengo completa confianza? ¡Al señor capitán Keith! 

-¿A mí? -preguntó éste con expresión de poca alegría. Vernon le miró sorprendido. 

-Pensé dar a usted una noticia agradable; pero veo que me equivoqué... ¿Qué significa? 

-Agradezco en el alma esta distinción, pero... 

-¿Pero qué? 

-Muchos de los marinos de mi buque están enfermos. 

-Por lo mismo, será mejor sacarles de aquí. 

-Con los pocos sanos que conservo no se alcanza a manejar el George. 

-Se le darán marinos sacados de los otros buques, para ayudar. 

-Yo deseaba, por otra parte, acompañar a usía en la expedición a Panamá. 

-He resuelto abandonar esa empresa... Será preciso tomar los puertos y fortalezas de los españoles en este lado del mar, antes de atacar los puertos y castillos fuertes en el Pacífico. De otra manera arriesgaríamos perderlo todo. 

Keith permaneció callado un momento. 

-¿Y cuándo deberé partir? -preguntó al notar que Vernon continuaba escribiendo, sin añadir cosa alguna. 

-Al clarear el día de mañana... Ya se ha mandado preparar lo preciso para el viaje. 

-¡Dentro de doce horas! -exclamó Keith. 

-¿Qué le pasa a usted? -preguntó el almirante-. Le desconozco enteramente. 

-Nada, señor... 

-¿Estará acaso enfermo?... -Y añadió sonriendo-: ¿o los bellos ojos de alguna española le tienen preso en Portobelo?... 

-No, señor... Iré inmediatamente a prepararlo todo. 

Y despidiéndose salió de la presencia del almirante, pasó a su buque, dio allí las órdenes más precisas, y empezaba a oscurecer cuando saltó a tierra y se dirigió a casa de Albertina. Dolores le abrió la puerta. 

-¿Podré ver a tu señora? -preguntó. 

-Me ha prohibido absolutamente que le deje a usted entrar. 

-Vengo a despedirme. 

-¡A despedirse!... ¿Parte usted? 

-Antes de amanecer... Díle eso a la hermosa Albertina. 

La criada entró en la sala en que estaba su señora y detrás de ella, sin aguardar a que le diesen licencia, siguió el capitán inglés. Empezaba a oscurecer, como dijimos antes, y Albertina, cerca del balcón abierto, en pie y vestida de blanco, parecía una sombra aérea. 

-Señorita, -dijo Keith-, perdone usted mi atrevimiento; pero mi excusa es que vengo a decirla que parto para Inglaterra. 

-¿Se va la escuadra inglesa? -exclamó Albertina con acento de alegría. 

-Me voy yo sólo con mi buque... 

-¿Y viene usted a despedirse? 

-Vengo a avisárselo a usted... No quiero despedirme ni dejarla. 

-¿Cómo así? 

-¿Me perdonará usted si la hago una proposición? 

-Según sea ella... 

-No sé cómo decirle a usted lo que quiero, de manera que no, se ofenda... ¡Tiene usted unas ideas tan exageradas! 

-No diga nada; así será mejor. -Y alargándole la mano añadió-: Hasta otra vista, capitán; no quiero detenerle a usted, pues tendrá mucho que hacer. 

Keith la tomó la mano, y sin soltársela, con acento tierno dijo: 

-Albertina, ¿me dejará usted partir así con tanta indiferencia? 

Ella pugnó por zafar su mano de la del inglés, pero no contestó nada. 

-Escúcheme usted, ingrata -repuso él-: yo no puedo vivir ya sin su presencia... 

Albertina hizo un esfuerzo y se alejó del lado del capitán. 

-Ya he dicho a usted -dijo con dignidad-, que no gusto de esta clase de conversación; que ni quiero, ni debo oírle a usted... Viene usted a despedirse; le deseo toda clase de felicidades lejos de Portobelo 

-¿Rehusaría usted acompañarme? 

-¡Yo acompañarle! ¿En calidad de qué?... 

-De mi muy amada... esposa. 

-¡Yo esposa de usted!... Usted se burla... 

-¡De usted, jamás!... Yo no puedo irme y dejarla, y prefiero casarme con usted... 

-¿Aquí, antes de mañana? 

-Quizás no se podría tan pronto... Pero a nuestra llegada a Inglaterra... 

-¡Dolores! -exclamó Albertina con acento irritado (la criada siempre estaba presente durante las visitas del capitán)-, este caballero no sabe lo que dice: muéstrele la puerta de la calle. 

Al decir esto entró en su aposento y se encerró. 

Quedóse parado en la mitad de la sala el frustrado capitán. La criada había encendido un velón de sebo y puéstolo sobre una mesa, pues ya había cerrado la noche por completo. A la amortiguada e incierta luz de aquel velón, el capitán y Dolores se miraron durante algunos momentos; él la hizo una seña, y salieron juntos hasta la calle; allí hablaron en voz baja, y el capitán, después de ponerla en la mano una pesada bolsa llena de doblas de oro, se alejó a pasos precipitados con dirección a su navío, mientras que Dolores entraba en la casa a verse con su señora. 

Media hora después golpeaba a la puerta, de manera particular, un grumete que había despachado desde su navío el capitán Keith. Dolores bajó a abrir y recibió y guardó en el seno un pomo. 

-¿Quién tocaba? -preguntó Albertina cuando volvió a subir la criada. 

-No había nadie cuando llegué a la puerta, -contestó ésta entrando en la cocina. 

Momentos después llevaba a su ama la cena y una espumante jícara de chocolate. 

-Tiene un extraño sabor -dijo Albertina probando aquella bebida. 

-¿Qué sabor ha de tener? -repuso Dolores-, tómeselo sumerced, que está todavía muy débil, y dijo el capitán inglés que era preciso que se alimentase bien. 

-¡No me hables de ese inglés!... Gracias a Dios que ya salimos de él. 

-No me callaré, señora, si no se toma el chocolate; que la hace daño no comer. 

Albertina, por dar gusto, se tomó toda la jícara; pero apenas hubo acabado de apurarla, cayó para atrás sobre los cojines de su estrado, profundamente dormida. 

Dolores se acercó a su ama; la llamó, y viendo que no contestaba, bajó de nuevo a la puerta de la calle, en donde aún la aguardaba el grumete ingles; y como éste no entendía español, no le habló, sino que en silencio le devolvió el pomo vacío, que poco antes le había entregado lleno. El muchacho lo tomó, y sin decir nada tampoco, se puso a correr con dirección al puerto. 

CAPITULO V

EN ALTA MAR

El buque gemía, traqueaba por todas partes, se sacudía, temblaba y tambaleaba, como un hombre ebrio, al atravesar por en medio de las encrespadas olas. El viento zumbaba entre los palos desnudos de velas, y hacía sonar las cuerdas, como si fueran las de un destemplado violín; la lluvia lo empapaba todo, y mojaba hasta los huesos a los marinos, que corrían como energúmenos de una parte a otra, obedeciendo a la voz del capitán, que gritaba sus órdenes por medio de una bocina. 

Tendida sobre unos cojines, en el fondo del mejor camarote de aquel navío, yacía, cubierta la cara con las manos, la desdichada Albertina de Leyva. 

-Mi señora querida, -decía la sirvienta cuando con el lector penetramos en aquel recinto-: por el amor de Dios, no se desconsuele así... 

-Cállate, -contestó la niña con apagado acento-; cállate... No me digas nada, que no quiero oír tu voz. 

-Señorita de mi alma, -contestó humildemente la otra-: mi culpa no es tan grande como lo parece. Escúcheme su merced... 

-Repito que no quiero oír nada de lo que tantas veces me has repetido... bástame saber que soy la mujer más desdichada del mundo, y que perdidas están mi reputación y mi existencia.

-¡No tanto, señora, no tanto! El capitán es más joven, más gallardo y más rico que cuantos galanes he visto en mi vida. .. Ya he dicho a sumerced que si él se la sacó de Portobelo, privada de sentido, aquella madrugada, ha sido con sanas intenciones de casarse con sumerced apenas lleguemos a Inglaterra. Ya ha visto cuan respetuoso ha sido desde que nos trajo, pues no me he separado de sumerced un palmo, desde que bajamos a este camarote, hace ocho días, y... 

-¡Ocho días! -exclamó Albertina-; ocho días hace que yo era la novia de Loyzaga... y la mujer más feliz... y hoy, ¡Dios mío! Ahora ¿qué soy? 

Y al decir esto, tornó a llorar y a gemir con desconsuelo. 

-Parece, -añadió-, como si los mismos elementos se hubiesen conjurado contra nosotros: desde que salí del prolongado desmayo que me acometió, no sé por qué, poco después de la salida del capitán Keith, aquella aciaga tarde, y me encontré en este odioso lugar, no ha habido una hora de calma; sin cesar ha soplado el viento; sin tregua el vendaval nos ha batido día y noche... 

En aquel momento el barco, que había subido a la cumbre de una altísima ola, se arrojó de punta a un valle líquido, y al mismo tiempo lo ladeó un golpe del mar que estuvo a punto de sumergirlo. 

Al sentir aquel descenso, que parecía como que se fuese al fondo del mar, y después el golpe que recibió el bajel sobre el costado, Albertina creyó que había llegado su último momento, y dio una larga y estridente voz, la cual vino a resonar hasta los oídos del capitán, que se hallaba en lo alto de la escalerilla que conducía al camarote. 

-¡Señor! -decía Albertina agarrándose de la aterrada Dolores-: ¡Misericordia! Gracias os doy si me sacáis de este mundo; mundo que ya no quiero ni apetezco. ¡La muerte será una bendición! 

Sin embargo, después de un momento de vacilación, el bajel se enderezó temblando aún, y siguió más tranquilo, subiendo y bajando fácilmente por encima de las olas, ya menos altas y encrespadas; la fuerza del viento se debilitó, y poco a poco el movimiento del buque se hizo menos agitado. Dolores se levantó del suelo; arregló los cojines en torno de su ama, la cual no había querido tomar otra postura desde que se encontró en el bajel comandado por Keith, y pasó a otro camarote, en donde encontró al mayordomo, a quien pidió algún refrigerio para su ama, que nada había querido tomar ese día. El mayordomo, que hablaba algo de español, la dijo que tenía recomendación del capitán para que la advirtiese que él necesitaba hablar algunas palabras con su ama. 

-Ella no consentirá, -contestó Dolores-, como hasta ahora no lo ha querido consentir desde que salimos de Portobelo. 

-Aguárdeme un momento -repuso el mayordomo-, avisaré al capitán. Usted sabe que en su buque nadie puede desobedecerle. 

El capitán no quiso aceptar la negativa de Albertina, y un momento después se presentaba a la puerta del camarote que ocupaba su prisionera. 

-Perdóneme usted, señora, -dijo-, pero es preciso que yo la hable. 

Ella, agazapada en un rincón, no contestó palabra. 

-Vengo a decirla que si yo hubiese pensado que usted me odiaba tanto -hasta desear la muerte-, de ninguna manera la hubiera sacado de su casa para traerla conmigo. 

Albertina continuaba callada. 

-Mi amor es verdadero, -continuó él al cabo de un momento-; y así, prefiero darla gusto más bien, que conservarla en mi poder contra su voluntad. 

La niña no dijo nada. 

-Vamos ya llegando a Jamaica... Si usted quiere, la puedo recomendar al capitán de algún buque de nación neutral, el cual la puede llevar de nuevo a Portobelo, o a Cartagena, si usted lo prefiere, y entregarla a su padre... 

-¡A mi padre! -exclamó Albertina con doloroso acento. 

-O a su novio, -dijo Keith con amargura. 

-¡Jamás! ¡Oh! Jamás me pondré delante de mi padre o de... 

Y al decir esto, Albertina se fue a arrojar de rodillas delante del capitán: 

-¡Máteme usted, señor, máteme!... -exclamó-. ¡Yo no puedo hacerlo por mi mano, porque perdería mi alma! ¡Pero como una caridad lo puede hacer usted! ¡Dios le recompensará, créamelo, por esta buena obra! 

-¡Buena obra! -dijo el inglés-. No desbarre usted, Albertina. ¡Levántese!... -Y muy conmovido la hizo levantarse-. Hablemos con calma, -añadió. 

La hizo sentar, y entonces la dijo: 

-¿Es decir que no quiere usted volver a su casa? -¿No ve usted que mi honor está perdido; que nunca, jamás, podré presentarme delante de los que me han conocido, y que he perdido al mismo tiempo a mi padre, a mis parientes, a todos? 

-¿Qué quiere usted entonces?... Aunque yo la amo a usted con todo mi corazón, usted me odia; me lo ha dicho muchas veces...

-¿Qué deseo yo? -me pregunta-; ya se lo he dicho: que me haga matar. ¿Qué debe hacer usted si es un caballero?... Eso lo sabe usted mejor que yo. 

-Lo que yo deseo es ofrecerla mi mano de esposo, -contestó él-: lo que estoy obligado a hacer, es eso mismo. ¿Pero lo admitiría usted? 

-¿Y qué otra cosa puedo hacer para salvar mi honor? -contestó ella.

-Pero... y si usted me odia, ¿no seríamos desgraciados ambos? 

-Procuraré, -dijo ella, mientras que las lágrimas rodaban por sus mejillas una a una-, procuraré cumplir con mis deberes mientras viva... Quizá Dios se apiadará de mí pronto. 

-¡Gracias, amada Albertina! -exclamó el capitán, tomándola una mano que besó respetuosamente-. La he de hacer tan feliz, una vez que sea mía, que aprenderá a amarme. 

-Le hago una súplica, -dijo ella, tratando de ocultar la amargura que sentía en el fondo de su alma-; una súplica encarecida: 

-¿Cuál? 

-Que procure no hablarme más antes de que arribemos a Inglaterra, y mientras no llegue la hora de celebrar el matrimonio. 

-¿Por qué tanta crueldad? 

-Así lo exigen las conveniencias... Yo sé muy bien que usted, como caballero, no se negará a concederme este favor. 

-¿Qué me pedirá usted que yo la niegue, aunque sea a costa mía? 

-Empiece ya, pues, a cumplir su promesa... ¡En Inglaterra nos veremos! -repuso ella despidiéndole con un ademán. 

Apenas hubo salido el capitán de su presencia, cuando Albertina rompió a llorar con gran desconsuelo. Tranquilizóse, al fin, por medio de la oración, y por primera vez durmió aquella noche, después de su salida de Portobelo; la suerte estaba echada: sería, contra su voluntad, la esposa de un inglés, de un enemigo declarado de España... Ella, pensaba, hubiera podido evitar esa desgracia, y, sin embargo, casi se lo había exigido al capitán. Era preciso olvidar a Loyzaga, que en adelante la miraría mal y la aborrecería como a mujer inconstante y voluble. ¿Cómo hacerle saber, y sobre todo hacerle creer que había sido robada por el inglés, durante un desmayo del cual ella no se había dado cuenta, puesto que Dolores no la había confesado que recibió de parte de Keith un pomo, cuyo contenido mezclado con el chocolate, produjo en ella tal fenómeno? A pesar de todo aquello, veía al fin su honor rescatado, aunque a costa de su dicha, y eso la bastaba para consolarla un tanto.  

CAPITULO VI

EN INGLATERRA

El 13 de marzo de 1740 llegó a Inglaterra la noticia de la toma de Portobelo; noticia que fue recibida con loco entusiasmo por los ingleses, que pensaron que aquel triunfo significaba mucho más de lo que fue en realidad.

El parlamento felicitó solemnemente al rey por una victoria tan señalada sobre España, y cuando la familia real se presentaba en alguna parte, era aclamada por el pueblo con aplausos e insultada la nación española en todos los tonos. Se mandó elevar el ejército de tierra a veinte mil hombres y a seis mil el de mar, para atacar a España en América, y se decretaron cuatro millones de libras esterlinas para los gastos de la guerra. 

Keith cumplió con su palabra al pie de la letra. No bien hubo desembarcado, cuando buscó un clérigo irlandés, que vivía oculto en Londres, el cual no tuvo inconveniente en casarle con la triste Albertina de Leyva. Esta comprendió que era preciso hacer un supremo esfuerzo para no manifestar a su marido todo el dolor que abrigaba en su corazón, y procuraba tratarlo con un cariño que absolutamente no sentía. El la trataba con muchísimas consideraciones; pero cuando quiso presentarla a algunos de sus parientes, éstos rechazaron con odio manifiesto a la papista española; dos defectos que no podían perdonar los ingleses de aquella época. Aunque no comprendía el idioma inglés, Albertina entendió que ya no la quedaba en este mundo ninguna persona que la amase y estimase sino su marido, el cual, pensaba ella, al fin se cansaría de la frialdad que ella no podría encubrir, y quizás hasta la abandonaría. La desgraciada pasaba la mayor parte de su vida sola, pues Keith estaba muy ocupado preparando el armamento, y ayudando, como hombre que ya tenía conocimiento de lo que se necesitaba en América, en los preparativos que se hacían para enviar una escuadra a Vemon, con la cual debería atacar, tomar y aniquilar las colonias españolas en las Antillas y Tierra Firme, mientras que se le había encomendado al comodoro Anson que atacase a los españoles en Buenos Aires, Chile y Perú, hasta el istmo de Panamá, del cual debería apoderarse en combinación con Vernon. 

Estas noticias llenaban de pesadumbre y de zozobra a la española, cuyo patriotismo se enardecía, por lo mismo que se veía entre enemigos de su nación; y hubiera dado su vida por poder enviar a decir a su padre lo que sucedía, para que se preparasen a resistir al enemigo en Cartagena, lugar que ella sabía sería atacado en primer lugar. 

Aunque Albertina salía muy rara vez de su casa, Dolores, que se quejaba sin cesar de la vida en Inglaterra, solía pasar al parque del Regente -que estaba cerca-, a respirar el aire, y casi siempre regresaba al lado de su señora más quejosa y disgustada con aquellos herejes desalmados, como ella llamaba a los ingleses. 

-¡Mi señora! -exclamó la criada un día, entrando como un vendaval en el cuarto de su ama-: ¡acabo de encontrarme con unos compatriotas! 

-¿De veras? -contestó Albertina-. ¿Y cómo los reconociste? Pues deben estar ocultos en Londres, a riesgo de ser maltratados por este pueblo que tanto nos detesta. 

-Les oí hablar detrás de un bosquecillo algunas palabras en castellano, y sin poderme contenerme, me les acerqué y les pregunté si eran españoles. En breve entablamos conversación: ellos están disfrazados de italianos, y, según les entendí, han venido como espías, mandados por el rey para que indaguen aquí lo que sucede. 

-¿Y habrán descubierto algo? 

-Me dijeron que poco... No han podido obtener todas las noticias que desean, y, sin embargo, deben embarcarse de vuelta a España pasado mañana. 

-¡Yo les daré cuantas noticias sé!... ¡Cuánto me alegro! -dijo Albertina-. Pero, -añadió-, yo sé todo esto porque Keith no desconfía de mí. ¿No sería una felonía aprovecharme de ello para repetir lo que me ha dicho en secreto? 

-¡Felonía, señora! ¿Y no está su merced aquí contra su voluntad, robada por el inglés? 

-Sí; pero tengo que agradecerle que haya reparado su mala acción casándose conmigo... 

-Eso no impide a su merced que antes de ser mujer del capitán fuese en primer lugar española. 

-Tienes razón... aunque poco sé escribir, pues mi padre no quiso que aprendiera sino a firmar mi nombre, haré los garabatos que pueda en un papel para avisar lo que he logrado averiguar acerca de los preparativos que se hacen aquí... Pero, -añadió-, ¿tú volverás a ver a los españoles? 

-Sí; mañana les encontraré en el parque... Yo les ofrecí llevar todas las noticias que pudiera recoger de aquí a mañana. 

-Está bien. Entre tanto yo prepararé el papel... 

Con mil dificultades logró al fin Albertina apuntar cuanto sabía de los preparativos que se hacían en Inglaterra contra las colonias americanas. Cuando su marido llegó a comer la encontró muy colorada por los esfuerzos inauditos que había hecho para elaborar una página de mal coordinadas y peor redactadas noticias; faena que costó más trabajo a la pobre Albertina que a otro escribir un volumen. 

Para ocultar lo que la preocupaba, la española se manifestó más amable que de costumbre, y púsose a preguntar a Keith mil pormenores acerca de los preparativos bélicos que se hacían en Inglaterra. 

-Acábase de saber que tres naves de guerra nuestras, -dijo Keith-, después de un obstinado combate en la bahía de Vizcaya, se apoderaron de un buque de guerra español, el cual se sacrificó, según dijo su capitán, para dar tiempo a que huyesen los buques que llevaban a España los tesoros enviados de América. 

-¡Tres buques contra uno solo no es victoria honrosa! -exclamó Albertina-. Pero, ¿en qué estado están los preparativos que me había dicho usted se hacían con tanto boato? 

-Se están concluyendo ya y pronto nos daremos a la vela... El almirante Haddock ha permitido que varias flotillas españolas salgan de Cádiz y de El Ferrol, sin interrupción alguna, de lo cual se queja con razón el almirante Vernon, el que ha estado diez meses en Jamaica aguardando recursos para atacar a Cartagena, sin haber recibido ninguno hasta el día de hoy. 

-Y mientras tanto, -dijo Albertina-, ¿qué ha hecho el rey de Francia? ¿No ayuda a España? 

-Sí: hace poco que salió de Dunkirk una escuadra que va en auxilio de las posesiones españolas. 

-¡Gracias a Dios! -dijo Albertina sin poderse contener. 

-¿Y se alegra usted de que se aumenten mis enemigos? -preguntó Keith. 

-¡Sus enemigos! 

-Sí, puesto que partiré dentro de breves días en la flota de Sir Chaloner Ogle, que se está acabando de armar en Spithead. 

-¿Y cuántas naves son las de esa flota? -preguntó Albertina. 

-No menos de ciento setenta... No hay duda ninguna de que venceremos. 

-¡Dios es muy grande! -dijo Albertina-, y no siempre resultan exactas las previsiones de los hombres. 

-Después de lo sucedido en Portobelo con seis buques no más, -repuso Keith-, creo segura nuestra victoria. 

-Portobelo, -dijo Albertina-, estaba a cargo de cobardes; esto no volverá a suceder; tanto más cuanto ya España ha tenido una lección, y mandará a América quién sepa defender sus plazas fuertes. 

-Los españoles, -contestó él-, son muy lentos en sus movimientos, y con seguridad no habrán hecho nada para prepararse... por otra parte, nuestros armamentos se han hecho muy en secreto, y en España no se tiene idea de lo formidable que será el ataque. 

Albertina se sonrió con aire malicioso, sonrisa que el capitán Keith no comprendió, pero que le chocó como agresiva y burlona. 

-Tan seguros estamos, -dijo, sacando una cajita de tafilete del bolsillo-, de que ganaremos sin falta, y de que tomaremos a Cartagena, que se han mandado acuñar medallas conmemorativas para premiar a los jefes, oficiales e individuos de la tropa y de la marina real que se distingan más en el ataque de aquella plaza. Mírelas usted, -añadió, abriendo la cajita y sacando las medallas. 

Albertina se acercó a la mesa sobre la cual Keith había puesto lo que decía, y tomando una medalla de bronce en la mano, dijo: 

-¿Esto qué significa? Un oficial con la rodilla en tierra presentando a otro su espada, y con una leyenda en inglés en torno... 

-La leyenda, -contestó Keith-, quiere decir: El orgullo español abatido por el almirante Vernon. -Y volviendo la medalla, añadió-: Y en la opuesta cara vea usted seis buques delante de un puerto de mar y estas palabras: Quien tomó a Portobelo con sólo seis naves. 

Palideció de cólera Albertina, pero supo dominarse al decir: 

-¿Y quién es ese oficial que tan humilde se manifiesta? 

-Nada menos que don Blas de Lezo, jefe de la escuadra española apostada en Cartagena de Indias. ¿Acaso usted le conoce? 

-En la medalla no se le parece, por cierto; ¡y apostaría mi existencia a que jamás los ingleses, o ninguna otra nación, le verán en esa postura! 

-Eso lo veremos, -contestó Keith, y tomando una medalla de plata la mostró, diciendo-: en ésta hay una leyenda todavía más significativa. 

-¿Que dice? -Los héroes británicos tomaron a Cartagena en abril de 1741. 

-¿Conque tienen completa seguridad, -dijo Albertina-, de entrar en Cartagena dentro de seis meses?... ¡Es tentar a la Providencia, por cierto, el manifestar semejante soberbia! 

-Cuando la soberbia está fundada en una fuerza como la que tenemos, no es tentarla. 

-Veremos, capitán Keith, -contestó Albertina con una sonrisa forzada-. ¿Quiere usted hacer una apuesta? 

-¿Con motivo de qué? 

-Apuesto lo que usted quiera a que los ingleses no entran en Cartagena; y si acaso entraren -que Dios no lo permitirá-, jamás don Blas de Lezo entregará la espada... yo le conozco... 

-¿Y qué extraordinarios méritos tiene ese oficial?... ¿Es joven? -preguntó Keith con cierta inquietud celosa. 

-Es amigo viejo de mi padre, y tendrá su edad: entre cincuenta y sesenta años. Es natural de Pasajes, en la provincia guipuzcoana. Se educó en Francia y sirvió en las guerras que ocurrieron en la época de la coronación de nuestro actual rey. En un combate perdió una pierna que le llevó una bala de cañón. Estuvo en muchísimas batallas navales, en donde varias veces fue herido. Concluida la guerra de sucesión, continuó en la armada real española. Era capitán de navío, y tuvo el honor, como se lo he oído repetir varias veces, de presenciar la reconquista de Mallorca; le hicieron después jefe de una escuadra en Indias, con la cual perseguía a los piratas y corsarios ingleses y holandeses que frecuentaban esos mares; después le mandaron al Mediterráneo, en donde fue el terror de los piratas argelinos. Hará tres años que su majestad el rey le confió el mando de la escuadra que escolta los galeones del nuevo mundo a España, en lo cual se ha distinguido por su gallardía y valor a toda prueba... ¿Y piensa usted que un hombre de ese temple entregará su espada a los ingleses? 

-¿Qué sabemos?... Los españoles no son los únicos valientes del mundo. 

-Volviendo a nuestra apuesta, -repuso Albertina-, ¿me dará usted esas medallas en depósito hasta que se sepa cuál ha sido el resultado del sitio de Cartagena? 

-Que me place... Guárdelas usted, que éstas me las regalaron a mí. 

-Pero no me las volverá a pedir hasta el fin de la guerra. ¿Lo promete usted? -preguntó Albertina. 

-No se las pediré, por cierto. 

Al día siguiente Dolores se veía con sus compatriotas, y les entregaba el papel escrito por Albertina y las medallas de que hablamos arriba, las cuales fueron llevadas a Madrid por los espías españoles, y pueden verse todavía en un museo de Madrid, en donde Felipe V las mandó guardar como una curiosidad.

CAPITULO VII

SE REÚNEN LAS ESCUADRAS PARA ATACAR A CARTAGENA 

Preparábanse en Inglaterra dos formidables expediciones para atacar a la América española, como lo sabe el lector. Haremos aquí una corta reseña de la expedición enviada al océano Pacífico, para después contraernos más a espacio a la que tocó a Vernon comandar por la parte norte de Suramérica. 

A Jorge Anson, barón de Soberton -marino de gran renombre en las armadas inglesas-, fue encomendada la invasión de las costas de Chile y Perú, hasta el istmo de Panamá, como ya dijimos antes, en combinación con la del almirante Vernon por el oriente. El comodoro Anson salió de Inglaterra con seis fragatas de guerra en septiembre de 1740, y se dirigió al mar del sur; atravesó el estrecho de Maire con un malísimo tiempo, y más lejos perdió varios de los buques que llevaba. Subiendo por las costas de Chile siguió a las del Perú, con una azarosísima navegación, y no hizo más hazaña que robar y quemar el puerto de Paita, apoderarse de cinco naves pertenecientes al comercio del Perú y de una fragata española -Nuestra Señora de Covadonga-, proveniente de Manila. Sin lograr acercarse a Panamá, uno de sus mayores deseos, y al fin, desbaratada y arruinada la expedición por los temporales y huracanes, resolvió regresar a Europa en un solo buque que le quedaba tomando la ruta del golfo de Bengala y cabo de Buena Esperanza. Después de cerca de cuatro años de un viaje sumamente peligroso, y sin haber obtenido nada de lo que se había propuesto, Anson entró en el puerto de Spithead, en junio de 1744, cargado de botín, es cierto, pero sin gloria ninguna. A pesar de todo, el gobierno inglés le premió con un grado superior en la marina. En 1758, después de haber tenido varios combates navales con los franceses, a quienes batió, fue nombrado primer lord del almirantazgo, y murió cuatro años después, a los sesenta y cinco de edad. Publicó la Historia de su viaje en torno del mundo, y dejó un inmenso caudal, proveniente, en gran parte, de la fragata española Nuestra Señora de Covadonga, que llevaba un tesoro que valía trescientas treinta mil libras esterlinas, de lo cual se apropió para sí mismo, sin participar nada de esto al gobierno, que había hecho el gasto de la expedición. 

Entre tanto, el almirante Vernon con la escuadra que tenía en las Antillas, después de la toma de Portobelo, quiso apoderarse de Cartagena con siete buques de guerra y otras embarcaciones de menor fuerza; pero encontró la plaza defendida por don Melchor de Navarrete, el cual no dejó arrimar al enemigo. Este rechazo le obligó a regresar a Jamaica y pedir con instancias los recursos necesarios para poder atacar a Cartagena, ciudad mucho más fuerte que Portobelo, de mayor importancia y a la cual Vernon tenía malísima voluntad. 

Ya hemos visto que en Inglaterra se hacían grandes preparativos para enviar una poderosa escuadra en auxilio del almirante Vernon, la cual salió de Inglaterra al fin del año de 1740. Dicha escuadra iba a cargo de sir Chaloner Ogle y de lord Cathcart, el cual mandaba el ejército de desembarco. Aunque salieron de Spithead ciento sesenta naves -una de las cuales mandaba nuestro amigo Keith-, gran número de ellas fueron desbaratadas y perdidas por un temporal espantoso que acometió a la escuadra frente a la bahía de Vizcaya. Los buques que quedaron sanos continuaron su viaje a América (otros regresaron a rehacerse en Inglaterra), y en el mes de diciembre tuvieron que detenerse en una isla neutral -la Dominica-, en busca de agua y leña. Mientras que se retardaban allí, enfermó de disentería lord Cathcart, y murió en pocos días, dejando el mando de las fuerzas de línea al general Wentworth, hombre de poca experiencia, de escasa autoridad y sin ningún talento militar, según se dijo, pero patriota y consagrado a sus deberes. 

El 9 de enero de 1741 llegó la maltrecha escuadra al fondeadero de Port-Royal, en Jamaica. Encontraron al gobernador de la isla, Trelawney, y al almirante Vernon aguardando refuerzos con mucha ansiedad, pues corrían rumores de que se habían reunido las fuerzas navales de España y Francia para atacarles. Pocos días antes habían recibido tropas frescas de Norteamérica, las cuales, unidas a las llegadas de Inglaterra y a las que comandaba Vernon, formaron un conjunto de fuerzas tan formidable como nunca lo hubiese visto el nuevo mundo, reunido en un solo lugar. 

El almirante Vernon, que se encontraba a la cabeza de la armada, investido de facultades omnímodas, era, sin embargo, hombre de poca iniciativa, y parece que, a pesar del tiempo que había permanecido en Jamaica ocupado tan sólo en estudiar la situación de las colonias españolas, no tenía plan ninguno formado de las operaciones que había de emprender para hostilizarlas. 

Pocos días después de llegadas las fuerzas de Inglaterra, se celebró una junta o consejo de guerra, compuesto del brigadier general Wentworth, el gobernador de Jamaica y los oficiales superiores de todas las tropas allí reunidas y presidido por el almirante Vernon. 

Una vez que éste hubo hecho una corta relación de la situación en que se hallaban, en la cual hizo uso de ciertas palabras hirientes con respecto al sucesor de lord Cathcart, cuya muerte fingía sentir mucho, el general Wentworth tomó la palabra para preguntar al Almirante Vernon cuáles eran las fuerzas de los enemigos en las principales plazas fuertes de las colonias. 

-No he podido saberlo a punto fijo, -contestó con altanería Vernon-, y creo es inútil semejante averiguación. 

-No creo que sea inútil, -contestó sir Chaloner Ogle-; pero si ya no tiene remedio en lo pasado, trataremos de averiguarlo antes de emprender operaciones. 

-Lo creo inoficioso, -insistió Vernon-. A pesar de todo, yo había mandado un pequeño buque con el objeto de pedir informes secretos acerca de las guarniciones que existen en La Habana, Cartagena y las colonias francesas; pero a poco se averió y tuvo que volverse a Jamaica. 

-¡Lo que se averió no fue el buque! -exclamó Wentworth, de muy mal humor. 

-¿Qué quiere usted decir? -preguntó Vernon con voz destemplada. 

Pero sir Chaloner se interpuso para evitar una molestia perjudicial para la causa que defendían. 

-Soy de opinión, -dijo hablando recio-, que se deben mandar varias de las fragatas más veleras, con los marinos más experimentados en estos mares, a tomar lenguas, de manera que puedan regresar con las noticias que necesitamos de aquí a pocos días. 

-Me niego a ello, -repuso Vernon-. Usted, señor, acaba de llegar de Inglaterra, y carece naturalmente de la experiencia que yo tengo... Dígame: ¿cree usted que yo necesité saber qué guarnición tenía la plaza fuerte de Portobelo cuando la tomé, con seis buques no más 

-La guarnición no servía para nada, -dijo Wentworth y según me he dejado decir, sobraron cinco buques en aquel ataque... pues con uno solo se hubiera podido tomar. ¡Ha sido más el ruido que las nueces en aquel asunto! 

Vernon, que fundaba su orgullo en la toma de Portobelo, se levantó furioso, y empezaba a dirigirse al general para pedirle razón de sus palabras, cuando los demás oficiales le rodearon, suplicándole que se reportase, que primero estaban los intereses y la gloria de su rey que los asuntos particulares. Wentworth, que comprendió que se había propasado en sus palabras, las retiró y volvió a reinar la paz en el consejo; pero era una paz ficticia. De allí para adelante los dos jefes se tuvieron grandísima mala voluntad, y siempre procuraron llevarse la contraria en cuantas operaciones proponía el uno o el otro.