
EL ALMIRANTE
CORSARIO FRANCISCO DRAKE 1586
CUADRO 2
I
Ellos, los
viles de botín sedientos, cual camada de lobos han osado acercarse a tu umbral,
cara matrona.
RAFAEL NÚÑEZ
En 1586
Cartagena había adelantado notablemente. Aunque no estaba enteramente concluida
su catedral -una de las más ricas de la América del sur en aquellos tiempos-,
ella poseía grandes riquezas; desde 1559 había ya convento de Santo Domingo, y
desde 1575 los padres franciscanos tenían el suyo. En ese mismo año el rey
Felipe II había expedido a Cartagena el título de muy noble y muy leal, y el año
anterior le había concedido un escudo de armas . Naturalmente había ya muchos
edificios construidos con elegancia y solidez, y familias ricas españolas se
empezaban a establecer allí definitivamente, llevando consigo las comodidades y
las costumbres cultas de la madre patria.
Alboreaba
apenas el día 9 de febrero de 1586, cuando los habitantes de Cartagena vieron
llegar a la bahía, entrando por Boca Grande -aún abierta a la navegación-, una
pequeña carabela, la cual enarboló la bandera española para que la permitiesen
entrar sin tropiezo.
Casi toda la
población circulaba por las calles y plazas, y entraba en las iglesias y salía
de ellas, llevando sobre la frente la ceniza, señal de la humildad, pues era
miércoles de ceniza, y los devotos españoles no perdonaban ceremonia religiosa
ninguna, y cumplían todos, sin excepción, con los piadosos deberes del fiel
católico.
Un joven
gallardo, aunque muy mal traído en sus vestidos, saltó a tierra y habló con el
oficial que salió a recibirle para conducirle hasta la casa del gobernador, con
quien el recién llegado anunció que tenía que hablar de parte del gobernador de
Santo Domingo. Al atravesar la ciudad halló que estaba preparada como para
sufrir un asalto; todas las bocacalles tenían parapetos de tierra, y en algunas
veíanse cañones que las defendían; pero no en todas, porque los cañones eran
escasos y no alcanzaban. En algunas partes el oficial hizo notar al recién
desembarcado que habían enterrado flechas envenenadas en el suelo, a usanza de
los indios, y muchas casas tenían guarnición dentro de ellas.
-¿Por qué son
estos preparativos? -preguntó el joven-. ¿Acaso teníais ya noticia de que se
acerca una expedición enemiga?
-Sí,
-contestó el otro- hace algunos días que el gobernador recibió una carta de su
majestad el rey, en la cual le avisaba que había partido de Inglaterra el
perverso pirata que tantos males ha causado ya en las Indias... Creo que se
llama Francisco Drake.
-Sí, o el
Dragón... ¡Cuánto celebro que sepáis ya esta noticia, lo cual me evitará dar una
nueva tan desagradable!
Hablando de
esta manera, el joven llegó a la casa del gobernador y fue introducido en la
sala principal. Una joven que estaba asomada a uno de los balcones que daban a
la calle, entró entonces y saludó al recién llegado.
-¿Buscabais a
mi padre? -preguntó con amable sonrisa.
-Vengo,
-contestó el otro, haciéndola una respetuosa salutación-, en busca de su señoría
el señor don Pedro Fernández de Bustos, de parte del gobernador de Santo
Domingo.
-Su merced
está aún en la catedral, asistiendo a la misa mayor-, contestó la joven...
-Mi comisión
es sumamente importante, -repuso el otro-, y si fuera posible mandarle avisar mi
llegada...
-Se hará lo
que pedís, señor; pero hacedme la merced de decirme el nombre del mensajero del
gobernador de Santo Domingo.
-Vuestro
servidor, señora, Hernán Mejía Mirabal, ayuda de campo de la confianza del señor
gobernador de Santo Domingo, el cual me envió aceleradamente para que avisase el
peligro que corría Cartagena de un asalto.
-Aguárdeme
vuesamerced un momento aquí, mientras voy a dar orden de que prevengan a mi
padre de vuestra llegada.
Momentos
después regresaba la niña a la sala y hacía señas a Hernán Mejía para que se
sentase en un sillón de alto espaldar que estaba a un lado de la puerta que
conducía al balcón, mientras ella tomaba otro que se hallaba al frente.
Doña Clara de
Bustos era hija única del viudo gobernador de Cartagena, y por este motivo era
dueña y señora de su casa. Criada al lado del noble anciano, que la idolatraba,
se había acostumbrado a hacer en todo su voluntad, no obstante la rigidez de las
costumbres de esos tiempos.
Un tanto
morena, muy pálida por el calor del clima; sus grandes ojos llenos de fuego y
expresión, sombreados por largas y crespas pestañas, formaban contraste con una
abundantísima y larga cabellera color castaño claro, que le caía en dos anchas
trenzas, a la morisca, y le bajaba casi hasta los pies sobre su traje claro. Un
collar de oro la adornaba el cuello; brazaletes de perlas los blancos brazos;
llevaba en su diminuta mano un abanico, hechura de los indios, formado de
vistosísimas plumas, y su pie de andaluza estaba calzado con zapatitos bordados,
de plumas también, fabricados con fique y hechos en el país.
-Perdone
vuesamerced mi despedazado y sucio vestido, -dijo el joven, notando la elegancia
y lujo de la hija del gobernador-; pero me vine de improviso de Santo Domingo,
con lo que llevaba sobre el cuerpo, que es lo único que me dejaron los piratas.
-¡Ah!
-exclamó la joven dejando de abanicarse, y sin contestar a la primera parte del
discurso del recién llegado-; ¿es decir que ya llegó el inglés a Santo Domingo?
-Sí, señora;
y desgraciadamente se ha robado cuanto poseíamos, después de haber incendiado
los mejores edificios, derribado en parte las iglesias y saqueado nuestros
haberes...
-¡Jesús,
Jesús! ¡Qué cosa tan horrible! Sin embargo, aunque aquí llegue no podrá entrar:
¿no os parece? Mi padre ha mandado defender el puerto y la ciudad, según dicen,
con suma habilidad...
-Es verdad;
¡pero aquel hombre es terrible...! La herejota de su reina Isabel le hizo
caballero y barón, le dio veinticinco navíos de guerra, tripulados con dos mil
trescientos hombres audaces, sanguinarios y enemigos de nuestra raza y de
nuestra santa religión... No obstante su llegada a La Española cuando menos lo
esperábamos, nos defendimos lo mejor posible; pero ¿qué hacer contra tanta gente
fresca, bien armada y sin ley ni Dios? Asaltaron la ciudad a media noche,
entráronla a fuego y sangre, y quemaron todas las casas adonde penetraban,
después de haberlas saqueado... Y al fin fue preciso rescatar la parte de la
ciudad que no habían quemado aquellos malandrines, ofreciéndoles veinticinco mil
ducados en oro.
-¿Y esta es
la suerte que se nos aguarda? -exclamó Clara sobresaltada.
-Quizás no...
aquí se han hecho preparativos para recibir a los piratas... hay más gente y se
les aguarda; nosotros estábamos desapercibidos enteramente...
-¡Dios mío,
Dios mío! ¿Qué haremos, señor capitán? -dijo la consternada niña, dejando caer
el abanico para levantar las manos al cielo.
-Mejía
Mirabal levantó el abanico, y, al entregarlo a la hija del gobernador, dijo:
-¿Qué
haremos? -dice vuesamerced-. El señor gobernador dispondrá lo que le parezca
mejor, y yo y los veinte hombres que vinieron conmigo daremos toda nuestra
sangre para defender a tan bellas y nobles damas como vos, hasta rendir la vida
en la lid.
En aquel
momento el maestresala del gobernador entró a avisar que su amo se acercaba ya,
y efectivamente se presentó momentos después don Pedro Fernández de Bustos,
seguido de algunos pajes de su servidumbre, pues los altos empleados de las
Indias gastaban todo el boato de los grandes de España.
Miró
sorprendido a su hija al encontrarla sola conversando con el recién llegado, y
preguntóla por la dueña que la cuidaba.
-Salió a
misa... y como me quedase aquí, llegó el señor capitán con noticias tan
terribles, que no he podido menos de oírle.
Díjole
entonces éste lo que antes había relatado a Clara, y añadió que la expedición
del pirata podría llegar frente a Cartagena de un momento a otro, pues él había
salido la noche antes de aquella en que Drake había anunciado que se pondría en
marcha para aquel puerto a saquearlo sin misericordia.
-Pero señor
capitán, -preguntó Clara-, ¿quién es ese hombre tan fiero, y por qué se ha
propuesto su reina maltratar a estas Indias con tanta crueldad?
-Es cierto,
capitán, -añadió el gobernador-. Mucho he oído hablar de ese Drake o Dragón
inglés, pero no sé quién sea.
-Según oí
decir en Santo Domingo a un mal flamenco que le había acompañado en muchas de
sus aventuras, el Francisco Drake, que hoy cuenta unos cuarenta y cinco años,
nació en un poblachón ingles 2 , de padre protestante, enemigo declarado de
nuestra santa religión, el cual enseñó a su hijo sus malísimas ideas. Como el
protestantazo aquél era muy pobre, mandó a su hijo, desde muy niño, como grumete
a un buque mercante holandés. Entre tanto la santa reina María Tudor, esposa de
nuestro muy querido rey Felipe II, castigó duramente al hereje del padre del
pirata, y éste juró hacer la guerra a los católicos para vengarle.
-¡Mala raza!
-exclamó el gobernador-; ¡estirpe de malandrines!... Veamos cómo ha cumplido su
juramento.
-A medida que
el actual pirata iba creciendo, creció también su ambición, y, muy joven
todavía, se vio dueño de un buque mercante, en el cual transportaba negros que
vendía como esclavos en los puertos de las Indias; y como dueño de un navío que
llamaba el Dragón, tomó parte en aquella expedición que hizo un tal Hawkins a
las costas de México, y que fue desbaratada por la marina española.
-¡Bien me lo
acuerdo! -dijo don Pedro Fernández-. Aquella señalada victoria de nuestra marina
aconteció hacia 1570... Yo estaba recién casado, y en el mismo año nació mi
Clarita aquí presente.
-Después de
aquel desastre, Drake se ensañó más y más contra los españoles, y juró no
abandonar la persecución de nuestras Indias sino con la vida. Las costas de
Venezuela, las de México y las del Darién tuvieron que sufrir muchísimo con sus
depredaciones. Oyó hablar de su audacia y de su fama como corsario la hija de
Ana Bolena, la perversa Isabel, y le hizo comparecer delante de ella; gustóle su
porte y el odio que tenía a los católicos, y le confió varias empresas en
Europa, y después una para que fuese a tratar de destruir las ricas colonias
españolas en el mar Pacífico. Después de atravesar el estrecho de Magallanes con
una escuadra de cinco buques, salteó y saqueó las costas de Chile y Perú, y
aunque no tocó en Panamá, siguió por el norte hasta un pueblo que los nuestros
llaman de San Francisco y que él bautizó con el nombre de Nueva Albión 3 .
-¡Insolente!
¿Y eso cuánto hace?
-Unos ocho
años.
-¡Virgen
Santísima de los Desamparados! -exclamó la niña agarrando una mano de su padre-;
¡y qué mal hombre es aquél! Continúe vuesamerced...
-Temeroso
probablemente el pirata de que saliesen ya a su encuentro las escuadras
españolas que se aguardaban en el Perú, y reducido a un solo buque -puesto que
los otros habíanse despedazado en las costas del mar Pacífico-, resolvió
regresar a su tierra, cargado de riquísimo botín, por la vía de Filipinas, Java
y cabo de Buena Esperanza, movimiento que ejecutó con toda felicidad hasta
llegar a Inglaterra, después de más de tres años de ausencia.
-¡El diablo
le ayudará! -exclamó el gobernador-, pues éste anda suelto en su tierra desde
que aquel mal rey Enrique VIII desobedeció al Papa, se divorció de nuestra
princesa Catalina y llevó a su reino las herejías de Lutero.
-¿Y cómo le
acogió su reina?
-Malísimamente aquella vez, porque estaba de paz con España, y pretendía hacer
no sé qué tratados con el rey Felipe... Pero al cabo de poco la Isabel tuvo
necesidad de un corsario de su temple para que llevase, a cabo las vituperables
hazañas que le distinguen, y sin pararse en delicadezas, se fue ella misma al
barco en que estaba el pirata, y sin más ni más le confirió el título de
caballero.
-¡Hija de Ana
Bolena había de ser! -exclamó don Pedro Fernández-... ¿Y después qué hizo aquel
malandrín?
-Ponerse a la
cabeza de una escuadra compuesta de veinticinco barcos bien armados, llevando a
bordo dos mil quinientos hombres, con el objeto de venirse a estas Indias,
atacarlas, saquearlas, tratarlas de destruir, y así hacer la guerra al rey de
España.
-¡Señor
gobernador, señor gobernador! -exclamó el maestresala, entrando
apresuradamente-. ¡Llega el capitán del puerto a hablar con vuesamerced y trae
noticias alarmantísimas!
-¡Que entre!
-contestó el magnate, mientras que la niña se dejaba caer, temblando de miedo,
sobre un banco.
-Señor, -dijo
un hombre alto, grueso, rojo de cara y con aire marcial; iba vestido de militar:
señor gobernador, acabo de ver surgir sobre el horizonte diez y nueve velas,
cuyas formas me hacen creer que son las del maldito pirata inglés.
-¡Diez y
nueve velas! ¡Coronel Vique!...
-¡Diez y
nueve, sí señor!
-¿No me
decíais, -repuso el gobernador, dirigiéndose al capitán Mirabal-, que el Drake
poseía veinticinco barcos?
-Efectivamente esos tenía cuando llegó a Santo Domingo; pero envió cinco o seis
naves a su tierra conduciendo los millones que había tomado allí...
-Que
inmediatamente se preparen las baterías, -dijo el gobernador-; se avise al
capitán Miguel González para que prepare los 500 indios flecheros que tiene a su
cargo entre los manglares, y ponga gente que defienda la Media Luna; que el
capitán Martín Polo con su compañía de cien hombres se plante en el paso de la
Ciénaga, con el objeto de que el enemigo no desembarque en la Punta de Canoa; la
compañía de negros esclavos, con sus capitanes, se situará en el puente...
-Y a mí,
señor, ¿qué cargo me dais? -preguntó el recién venido.
-Elegiréis el
puesto que os plazca... -contestó el gobernador cortésmente.
-¿Me
concedéis la defensa del Fuertecillo?
-Es uno de
los más peligrosos...
-Si no fuera
así, señor don Pedro, no lo elegiría yo.
-¡Bien, bien!
-exclamó el gobernador-; Vique, -añadió-, daréis al capitán Mirabal lo que
necesite.
-Tengo veinte
hombres, -dijo éste-, y las armas necesarias.
-Vique,
-añadió don Pedro-, vuesamerced permanecerá en la ciudad con trescientos hombres
de infantería y ochenta de caballería.
Ya para
entonces se había llenado la casa del gobernador de oficiales y de vecinos.
-¡A su puesto
cada cual! -gritó el gobernador-. Los que no quieran o no puedan pelear, tomarán
a su cargo las mujeres y los niños con todo lo que se ha prevenido para el caso,
e irán a acampar en el alto de La Popa, en el monte y en las casas que se han
preparado para albergar a los que salgan de la ciudad.
Clara, entre
tanto, permanecía callada y temblorosa, derribada sobre la silla, con los ojos
fijos en su padre, con aire aterrado.
-Hija, -dijo
el gobernador acercándosele-: es preciso que te animes; y así como yo debo dar
ejemplo de valor en esta plaza, tú lo debes dar a la población que emigra; ¿me
entiendes?
Clara se
levantó como impelida por un resorte, se limpió los ojos llenos de lágrimas,
hizo un esfuerzo supremo, y, besando la mano de su padre respetuosamente, dijo:
-¡Sumerced
tiene razón!... Seré valiente y animosa como hija de quien soy. ¡Adiós, padre
querido!...
Volvióse al
joven Mirabal, le hizo una señal de despedida y se alejó en busca de sus
criadas.
II
El sol
ardiente de los trópicos arrojaba sus rayos de fuego sobre los arenales de
Cartagena; la mar parecía a lo lejos un espejo azul con reflejos tornasolados,
salvo en las playas, contra las cuales se estrellaba suavemente, produciendo una
música sorda y monótona; el cielo no ostentaba una sola nube, y su azul intenso
parecía reflejar con rayos de oro los fuegos del rey del mundo solar... El calor
era sofocante; la brisa, que no alcanzaba a rizar las ondas marítimas, apenas
mecía suavemente las hojas de los manglares que circundaban entonces la bahía de
Cartagena en su totalidad. La población masculina de la ciudad se hallaba sobre
la playa y miraba con asombro y terror la escuadra enemiga que se acercaba,
aunque lentamente, y se dirigía hacia la entrada de Boca Grande, la cual, como
hemos dicho antes, se hallaba entonces abierta a la navegación y defendida
apenas por unos fuertes provisionales, hechos de tierra, cuya defensa era
imposible contra los tiros del cañón enemigo.
Las campanas
de las iglesias tocaban a rebato, y a cada momento se presentaban los vecinos al
gobernador, unos armados con bocas de fuego malísimas y otros con machetes y
lanzas.
Los bajeles
enemigos llevaban banderas y gallardetes negros, y se adelantaban como sombras
fatídicas hacia la plaza, llenando de pavor y de coraje a cuantos los veían.
El obispo
Fray Juan de Montalvo se hallaba en medio de su grey y rodeado del guardián de
San Francisco, fray Sebastián de Garibay, y algunos de sus religiosos, del prior
de Santo Domingo, fray Bartolomé de la Sierra, y de otros clérigos y religiosos
que estaban, unos, establecidos definitivamente en Cartagena, y otros, que se
habían detenido allí de paso para el interior del Nuevo Reino de Granada, o para
Panamá o el Perú, pues Cartagena era escala obligada para cuantos iban al sur de
América.
El obispo
dirigía palabras de consuelo a la atribulada población, mientras que el
gobernador y los otros empleados civiles y militares de alta graduación
procuraban alentarla, asegurándola que aunque los ingleses parecían muchos, el
valor de los españoles era proverbial, y si Dios les protegía, no había duda que
les rechazarían.
-Recuerdo,
-decía a varios curiosos que le rodeaban, un antiguo poblador y colono
cartagenero, que había vivido allí desde muy niño-, recuerdo lo que sucedió el
año de sesenta. ¡Cuánto no tuvimos que sufrir entonces!
-¿Qué hubo,
señor don Benito, en aquel tiempo? -preguntóle un joven-; pues yo, aún no había
nacido entonces...
-¡Contadnos
eso, contádnoslo señor! -exclamaron varios, rodeando al viejo.
-Acababa de
desembarcar en esta plaza el sucesor del muy apostólico varón don fray Gregorio
Bátela -su señoría don Juan de Simancas, que había sido consagrado obispo en
Santa Fe por el obispo Barrios-, cuando una mañana como esta nos cogieron
enteramente desprevenidos siete navíos grandes, comandados por dos piratas
franceses, llamados Martín Coté el uno, y el otro, cuyo apellido no supe nunca,
le titulaban aquellos malandrines el capitán Juan.
-¿Y qué
hicieron?
-¡Diabluras!
-¿Y vosotros
no procurasteis defender la plaza?
-El
gobernador se había ido a la feria de Portobelo; la ciudad estaba desamparada, y
capitaneados por el señor obispo mismo, hubimos de huir al monte... Los piratas
se hicieron dueños de todo, quemaron el barrio de Getsemaní, y del convento de
los padres franciscanos no quedó ni la ceniza.
-¿Por eso
sería que los padres se fueron a establecer entonces en Tolú? -preguntó un
curioso.
-Así lo
hicieron; pero, a instancias de toda la población, regresaron en breve y
labraron el convento que veis ahora, tan holgado y rico edificio como es...
-¡Al grano,
al grano, señor don Benito! -exclamó un militar con impaciencia-. Decidnos qué
más hicieron los franceses.
-¡Qué habían
de hacer sino saquear cuanto hallaron a mano! Lo que no podían llevarse lo
quemaban, hasta que, en una disputa con un clérigo de los que llevaban, el
Martín Coté murió de un balazo que aquél le dio en el corazón; los suyos le
hicieron un famoso entierro y le sepultaron en la iglesia catedral...
-¡Los
desvergonzados! -exclamó otro de los oyentes-. ¿Y todavía está allí?
-¡No tal!
Cuando se fueron los piratas y volvimos a la ciudad, el señor obispo mandó sacar
el cadáver, arrojarle a un muladar y bendecir la iglesia de nuevo.
-Oiga
vuesamerced, señor don Benito, -dijo con altanería el gobernador, que le había
estado escuchando- ya que se entretiene en referir lo sucedido en otros tiempos
para amilanar a los que le escuchan, ¿por qué no cuenta cómo el año siguiente,
el de sesenta y uno, estando aquí de gobernador mi padre don Juan de Bustos,
logró, junto con el visitador Arteaga, defender la ciudad con tan buen éxito que
ciertos piratas franceses que trataron de entrar en ella fueron rechazados con
pérdidas?
-Sí, señor,
-contestó el otro que era de mal genio-; si vuesamerced me manda, contaré
también los disgustos que don Juan tuvo con el obispo y otros sacerdotes de la
Diócesis, y cómo acabó su vida en Panamá, en castigo de su atrevimiento,
arrastrado por una mula.
-¡Insolente!
-gritó el airado gobernador.
Pero en aquel
momento le llamaron para que diese una orden urgente, y el viejo Benito se metió
entre la multitud, y no se puso delante de don Pedro Fernández sino después de
muchos días y cuando calculó que los acontecimientos ocurridos luego deberían de
haberle hecho olvidar sus imprudentes palabras; que entonces no era chanza
afrentar a un alto funcionario público.
Entre tanto,
la expedición del pirata se adelantaba con mayor celeridad; había refrescado el
viento y soplaba una brisa favorable del mar hacia la tierra.
El obispo y
los demás sacerdotes y religiosos se habían retirado a sus iglesias y conventos,
y oraban y pedían a Dios que librase a Cartagena del azote que la amenazaba. Los
demás habitantes masculinos habían tomado las armas, como lo tenía mandado el
gobernador, y cada cual se hallaba en su puesto; la playa estaba solitaria, pero
la naturaleza parecía agitada, aguardando los acontecimientos que se preparaban.
Ya se columbraba sobre la cubierta de las naves que habían adelantado, la
apiñada multitud de guerreros, ataviados con vestidos Vistosos y variados, y
aunque llevaban las armas en las manos y los buques tenían gran número de
cañones, todos guardaban un silencio sepulcral, mientras que los gallardetes de
negro tafetán ondulaban sobre sus cabezas.
Adelántase la
nave Capitana, en la cual se conocía que iba el almirante inglés, pues rodeaban
varios oficiales, con señales de respeto, al que estaba en pie sobre la proa.
Era éste un hombre de pequeña estatura, elegante de formas, blanco de color, de
ojos azules y penetrantes, barba enteramente rubia y ademán altivo y audaz.
Al llegar
frente a la entrada de Boca Grande, el primer bajel disparó un cañonazo sobre el
remedo de fuerte que había allí entonces 5 , desbaratando el terraplén de tierra
que ocultaba a los pocos soldados que, como centinelas avanzados, no diré
defendían el punto, sino que se escondían detrás de él. Estos contestaron al
cañonazo disparando sus mosquetes; y viendo que el navío echaba al agua un
barco, pusieron pies en polvorosa, y atravesando la península a todo correr,
siguieron por el lugar que hoy llaman el Limbo y avisaron lo que ocurría,
uniéndose a los que defendían la ciudad.
Dos negros
pescadores que no comprendieron el peligro que les amenazaba, habían quedado en
aquel punto recogiendo sus redes. Los ingleses les tomaron prisioneros, les
llevaron al bajel de Drake y les mandaron que diesen noticias circunstanciadas
de los preparativos que hubiesen hecho los cartageneros para defenderse. Los
africanos, llenos de espanto al ver amenazada su vida, y además poco adictos a
sus amos, confesaron que ellos mismos habían ayudado a sembrar de púas
envenenadas todas las bocacalles de la ciudad, y les dieron noticias de la
fuerza que existía allí y de la manera más fácil que había para entrar en la
ciudad.
Una vez que
obtuvo todas las noticias que necesitaba, Drake se metió en la lancha con
algunos oficiales de su confianza, llevando a su lado, atados y maniatados, a
los negros prisioneros. El almirante-corsario llevaba personalmente la sonda en
la mano, seguido de sus buques, los cuales fueron entrando en la bahía uno en
pos de otro.
La situación
era solemne... Las dos galeras artilladas que había en el puerto, tripuladas con
ciento cincuenta soldados cada una, y mandadas por el coronel Vique, se pusieron
en actitud de defensa y aguardaron a que se acercase la lancha del capitán para
descargar sobre ella todos sus fuegos. Al frente, en el punto que hoy se llama
del Pastelillo, se encontraba un capitán español oculto entre los manglares, a
caballo y comandando a quinientos indios, que debían disparar sus flechas contra
el enemigo en un momento dado...
La noche se
había acercado poco a poco, y los españoles notaron que de repente se detuvo la
expedición, y que varias lanchas fueron arrojadas de los buques enemigos, como
para consultar a Drake, el cual, en pie sobre su embarcación, parecía dirigir un
discurso a los suyos... La oscuridad ocultó lo demás, y apenas se veían las
grandes sombras de los bajeles en medio de las tinieblas de una noche
oscurísima, pues se había encapotado el cielo; una muy negra nube cubría las
estrellas, la brisa gemía entre las cuerdas de los buques, y la voz del mar se
oía a cada momento más ronca, más solemne y amenazadora.
III
Veamos ahora
qué había sido de las pobres mujeres que huyeron esa mañana de la ciudad,
amedrentadas con la lejana vista de los piratas.
Toda la
pequeña serranía, que forma una especie de triángulo, cuyos puntos salientes son
La Popa y el cerro en que después levantaron el castillo de San Felipe, y todo
el sitio cercano al mar que llaman Crespo, era una montaña espesa, poblada de
fieras y frecuentada por los indios que aún no habían aceptado la religión y
soberanía de los españoles.
En el sitio
mismo en que después labraron el convento de Santa Cruz de La Popa, vivía un
indio joven llamado Luis Andrés, el cual tenía su casa o bohío en ese solitario
lugar, en torno del cual el gobernador había mandado levantar muy de prisa
algunos ranchos para albergar a la población que debía salir huyendo del ataque
de los corsarios.
Llevando en
pos suya los enfermos, los ancianos y los niños, las mujeres habían emprendido
marcha hacia medio día, no llegando al sitio escogido para ellas sino ya caída
la tarde.
Clara había
hecho un esfuerzo supremo para no manifestar su terror, y fingía que no tenía
ningún recelo ni temor de que los piratas pudiesen penetrar en Cartagena; y, sin
embargo, temblaba ocultamente al pensar en el peligro que correría su padre, y
el recuerdo del gallardo joven que había llegado en la mañana atravesaba sin
cesar por su mente. La hija del gobernador estaba, no obstante, comprometida a
casarse con un capitán cuyo nombre no apuntan las crónicas; después veremos el
motivo de este silencio, del cual es preciso que confesemos no se acordaba la
joven absolutamente. Su padre había ajustado el matrimonio sin consultarla a
ella, según las costumbres de su tiempo; pero Clara no sentía por el capitán
sino la más completa indiferencia.
Las esclavas
habían sacado los avíos, colgado las hamacas para sus amas, y arreglado lo mejor
posible los tristes albergues preparados para ellas. Cuando llegó la noche,
formaron una gran fogata en medio del improvisado campamento, y los encargados
de ello distribuyeron alimentos a todos. Pocas personas, empero, tenían hambre;
el susto y el cansancio les habían quitado el apetito, mientras que por todas
partes se oían los ahogados sollozos de las mujeres que lloraban por los maridos
e hijos que habían dejado en Cartagena; los lamentos de los enfermos, que
carecían de comodidades y medicamentos, y los chillidos de los niños, asustados
con aquel repentino cambio de todas sus costumbres...
Clara,
recostada en su hamaca, había visto llegar la noche llena de espanto. ¿Qué
estaría sucediendo entre tanto en la ciudad? ¿Qué harían los piratas? ¿Se
contentarían tan sólo con saquear e incendiar la población, o asesinarían
también a los que habían procurado defenderla? Estas ideas la tenían despierta y
llena de zozobra, en tanto que las demás mujeres se habían calmado poco a poco;
el sueño tranquilizaba ya a los niños, y el fresco vespertino aliviaba a los
enfermos, de manera que se fueron callando uno a uno hasta que todo quedó en
silencio.
De repente la
mayor parte de los prófugos se incorporó sobresaltada: llegó a sus oídos,
primero el ruido dé algunos tiros aislados, y después descargas sobre descargas
de mosquetería y de cañón, que ya crecían, ya menguaban, llevando la
consternación hasta el fondo del alma de aquellas desventuradas... El terror,
que al principio las había hecho gritar y llorar, al fin las obligó a callar, y
todas escuchaban en silencio, pero llenas de angustia, aquel ruido tan pavoroso
y significativo. ..
Así pasaron
algún tiempo; el combate había disminuido, según parecía, porque ya los fuegos
eran menos nutridos, cuando de repente se oyó el paso de un caballo que caminaba
trabajosamente por en medio de la montaña, cuyas veredas habían dejado, de
propósito, muy obstruidas, con el objeto de que el enemigo no pudiese hallar el
camino que habían tomado las prófugas.
-¡Alguien se
acerca! -exclamó Clara-, arrojándose de la hamaca y corriendo a la puerta de la
choza que la habían señalado, con su dueña y sirvienta.
En aquel
momento se desmontaba un militar en el espacio abierto que formaba una especie
de plazoleta frente al campamento. Clara se le acercó con otras muchas mujeres,
y al conocerle:
-¡Capitán!
-exclamó-, ¡vos aquí!... Entonces, todo debe de haberse perdido. ¿Mi padre vive?
-¿Y el mío?
-¿Y mi
marido?
-¿Y mi
hermano?
-¿Y mi hijo?
Gritaron las
demás, rodeándole.
-No puedo
daros noticia de ninguno, señoras, -contestó el militar, tratando de alejarse de
las demás mujeres y acercarse a Clara.
Volviéronse a
oír de nuevo muchas descargas de fusilería y de cañón, disparadas con tanto brío
y presteza, que se conocía que los combatientes deberían de estar muy cerca los
unos de los otros.
-¡Cómo es
esto! -exclamó Clara mirando al militar-; se pelea en Cartagena, ¿y vos os
halláis aquí?
-Vine en
busca vuestra, señora, para ampararos, -repuso el otro.
El que
acababa de llegar era el novio de Clara; pero ella no manifestó mayor
complacencia por su galantería.
-El soldado,
-contestó ella-, no abandona nunca la ciudad sitiada para atender a asuntos
particulares. Pero a lo menos podrías decirme, ¿qué ha sucedido y por qué os
halláis aquí?
-El enemigo,
-contestó él-, rodeó completamente la ciudad por el mar y por la bahía, y a
pesar de la oscuridad de la noche, atacó por todos lados a los nuestros, que se
defendieron con denuedo. Como sabéis, yo mandaba los quinientos indios flecheros
situados entre los manglares, los cuales, (como indios que son) rehusaron entrar
en combate de noche, y, a pesar de los muchos esfuerzos que hice, se desbandaron
en el momento en que una descubierta enemiga venía sobre el punto en que yo
estaba; hálleme solo, desamparado; pensé en que todo estaba perdido; que sería
imposible defendemos contra aquella nube de enemigos, que parecían salir a
millares de sus barcos, y resolví entonces venir a ofreceros mis servicios,
ampararos, señora, y...
-¡Basta,
basta, señor capitán! -exclamó ella-. Repito que un militar no deja nunca el
lugar que le han encomendado defender.
-¿Pero qué
podría hacer yo solo contra una nube de enemigos?
-¿Preguntáis
lo que hace el hombre de honor delante de los enemigos?... ¡Morir en el puesto
defendiéndose, o ir a unirse a los suyos para luchar por su rey y su patria
hasta rendir el alma!... ¡Eso hace un caballero que prefiere la muerte a la
deshonra!
Al decir
estas palabras, Clara le volvió la espalda y fue a unirse con las demás mujeres
emigradas.
IV
Bueno será
que volvamos ahora a Cartagena, y veamos qué había sucedido allí durante aquella
noche terrible.
Los
españoles, enseñados a guerrear con indígenas, los cuales rarísima vez atacaban
al enemigo de noche, no aguardaban que les acometiesen durante la oscuridad, y
aunque no se puede decir que descuidaran sus posiciones, no tuvieron la
suficiente vigilancia. Entre tanto el corsario inglés mandó que varios buques
pasasen de nuevo por la salida de Boca Grande y arrojasen mil hombres sobre las
playas de alta mar, mientras que muchas lanchas, cuyos remos habían envuelto en
telas para no ser sentidos, atravesaron la bahía y se dirigieron, unas hacia el
puente, y otras trataron de desembarcar en el litoral en que hoy están los
baluartes de Santa Isabel, Baranoa y San Ignacio. Felizmente el teniente Diego
Daza y el capitán Pedro Marradas, que estaban de guardia en aquellos puntos,
vieron llegar a los piratas, y dando voces llamaron en su auxilio a los que
defendían el puente. A pesar del nutrido fuego que hacía el capitán Mirabal
desde el Fuertecillo (sin duda el Reducto actual), y el capitán Miguel González
desde la Media Luna, los ingleses alcanzaron a desembarcar en varios puntos, y
se trabó el combate entre los españoles y los piratas... Entre tanto, se
iluminaban la bahía y la ciudad con los disparos de artillería que hacían los
buques enemigos por una parte, y las dos galeras españolas por otra. La batalla
se había trabado sangrienta y furiosa; sin cesar se oía el grito de ¡Santiago,
cierra España! de los españoles, y los juramentos de los ingleses; la sangre
corría a torrentes; ya no se peleaba con armas de fuego sino con espada y lanza;
los ingleses no adelantaban un paso; al contrario, se les obligaba a pelear en
retirada sobre sus botes, cuando de improviso llegó a reforzar a éstos un
batallón enemigo que había desembarcado en la posición que defendía con los
indios flecheros el capitán de quien hablamos antes, el cual dejó descubierto
aquel sitio. Al mismo tiempo desembarcaban los mil hombres que los piratas
habían enviado por la vía del mar, y los españoles se encontraron entre dos
fuegos. Aunque hasta entonces los ingleses habían perdido mayor número de
soldados que los cartageneros, aquel nuevo incidente cambió la suerte del
combate. Viéndose herido de muerte el abanderado Cosme de Alas, se arrojó sobre
el enemigo como un león; con el asta de la bandera mató a dos ingleses, y
envolviéndose en los pliegues de ella, cayó muerto exclamando:
-¡Viva
nuestro rey Felipe II!
El capitán
Mejía Mirabal, seguido de sus veinte hombres, los cuales, a pesar de haber
combatido como héroes estaban aún ilesos, se arrojó entonces sobre las lanchas
del enemigo para echarlas a pique, y estuvo casi a punto de matar a Drake mismo,
que estaba en una de ellas; pero la multitud de enemigos era tanta, que nada
pudo hacer, y tuvo que volver caras y huir hacia el convento de San Francisco,
mientras que los ingleses desembarcaban para perseguirle.
La derrota se
declaró en todas partes a un mismo tiempo: unos se amparaban en las iglesias,
otros en los conventos; pero la mayor parte de los vencidos tomó el camino de la
montaña, en donde se consideraban más seguros.
El coronel
Vique, que vio perdida la ciudad, tomó consigo al capitán Mirabal y a los
hombres que le quedaban a éste, y corrió adonde estaban las galeras españolas,
con ánimo de quemarlas para que no cayesen en manos de los enemigos. Cuando
llegó a ellas, encontró que una ya estaba ardiendo, pero puso fuego a la otra,
dejando libres a los galeotes que las servían, los cuales, como es natural,
corrieron a entregarse a los piratas y tomar servicio bajo sus banderas.
Desamparada
la ciudad, entraron los piratas en ella sedientos de sangre para vengar sus
muertos, y de riquezas para ellos mismos. Pero, no obstante la conocida crueldad
e inhumanidad de Drake, los cronistas españoles no mencionan ninguna muerte
alevosa que hubiesen cometido esta vez los corsarios a su entrada en Cartagena.
Sea que todos los españoles huyesen hacia la montaña, sin quedar ninguno en
Cartagena, o sea que los ingleses se entretuviesen en robar lo que encontraban a
mano en las casas, y no hubiesen buscado con empeño a los dueños de ellas, lo
cierto es que durante los subsiguientes días los piratas se ocuparon en enterrar
a los muertos y sacar de todas las casas, iglesias y conventos lo que hallaron
en ellos, llevando a sus bajeles cuanto pudiera serles útil. Ropas, muebles,
ochenta cañones, pertrechos y todas las campanas de la ciudad cayeron en su
poder. Pero no contentos con aquello, atrajeron a los negros esclavos y los
pusieron en tormento para que confesasen en dónde habían ocultado sus amos los
efectos y valores que no pudieron llevarse a la montaña. Muchos negros dijeron
prontamente y con gusto todo lo que pudiera lastimar a sus amos, sin que hubiese
necesidad de ponerles en tormento; pero algunos pocos procuraron defender los
intereses de sus dueños, y a éstos mandó Drake que les llevasen a los bajeles
para que sirviesen como esclavos de los esclavos que llevaba ya.
Quiso
enseguida perseguir a los habitantes que se habían asilado en la montaña; pero
hubo de desistir de tal empresa, porque algunos de sus soldados y marinos
perecieron atravesados por saetas envenenadas que les dispararon -no se supo
quién ni de dónde-, apenas intentaron internarse en el bosque.
Así se
pasaron los días y las semanas, y ni el pirata desocupaba la ciudad, ni los
míseros emigrados podían volver a ella. ¡Qué cuaresma tan angustiosa la que
pasaron! ¡Qué de sobresaltos, sustos, afanes y escaseces sufrieron aquellas
mujeres delicadas, aquellos débiles niños y hombres ancianos y enfermos!
Al fin Drake
se dio trazas para que el gobernador supiese que, antes de partir en busca de
aventuras en otros puertos de las posesiones españolas de Indias, había de poner
fuego a la ciudad, de manera que cuando volviesen los colonos a Cartagena no
hallasen sino las cenizas de sus casas y templos. Semejante noticia alarmó
muchísimo a cuantos poseían alguna propiedad; y como el gobernador hubiese
enfermado gravemente y no pudiese cumplir con el deseo de ir a entenderse con el
almirante inglés, el obispo ofreció ir él mismo a hablar con el famoso
aventurero.
Encontróle
establecido en la casa del gobernador, gozando de todas las comodidades de que
el otro carecía en una miserable choza en el fondo de la montaña.
A pesar de
ser hereje y enemigo declarado de todo subdito del rey de España, Drake le
recibió con cortesía, le mandó sentar y le preguntó en qué le podía servir.
-Vengo de
parte de don Pedro Fernández de Bustos, gobernador de esta plaza, a ofreceros un
rescaté si dejáis en pie los edificios de la ciudad, puesto que, -añadió el buen
obispo con tristeza-, lo que había dentro de las casas creo que ya no existe.
-Si me dais
cuatrocientos mil pesos de oro, me iré mañana mismo, sin pediros cosa ninguna
más.
-¡Cuatrocientos mil pesos! ¡Imposible!...
-Pues si así
os parece, señor obispo, no hablemos más del asunto, y ahora mismo mandaré pegar
fuego a la ciudad.
El obispo
salió muy triste y desconsolado de la presencia del pirata, y se fue a la
catedral a orar.
Era sábado
santo, y la semana santa se había pasado en Cartagena aquel año sin una sola
fiesta de iglesia, sin una ceremonia religiosa, cosa que hacía llorar de
angustia al buen prelado. El templo estaba saqueado; los malandrines habían
robado cuanto encontraron de algún valor, y la vista de los santos sin vestido,
las santas sin manto y desprovistas de las ricas joyas que los fieles les habían
donado, produjo un agudísimo dolor en el ánimo del reverendísimo señor Montalvo.
Arrojóse al
suelo y, puestas las manos, levantó su espíritu al Dios de los desventurados.
-¡Señor, Dios
de los Ejércitos! -decía-, mirad con misericordia a esta desdichada población, y
no permitáis que los herejes quemen vuestros templos. Mañana es Pascua de
Resurrección; ¿dónde iremos a daros gracias, si se han venido abajo las iglesias
al golpe de aquellos bandidos sin ley ni Dios?
Oraba
devotamente hincado el obispo, cuando llegaron a avisarle que los piratas habían
incendiado algunas casas de tablazón, que estaban en las afueras de la ciudad, y
que se preparaban para quemar los templos.
Corrió el
anciano pastor otra vez a verse con el pirata. Encontróle esta vez muy serio y
entonado, y antes de que el señor Montalvo le saludara, exclamó con ceño feroz,
sacando un papel del pecho:
-Lea
vuesamerced esta carta que me encontré en el bufete del gobernador de esta
plaza; en ella vuestro rey, don Felipe de España, avisa a don Pedro Fernández de
Bustos mi próxima llegada a las Indias, le manda que se aperciba para recibirme,
y, -añadió mirando al obispo con mal contenida cólera-, ¡me llama corsario!
¡Corsario inglés!...
El obispo no
contestó.
-Sepa
vuesamerced, -añadió el pirata-, que yo guardaré esta carta para mostrarla a su
majestad la reina, mi señora, para que ella haga entender al rey Felipe II que
yo no soy ningún corsario y que trabajo en honor de Inglaterra y para obedecer a
mi real señora.
-Señor Drake,
-contestó el señor Montalvo, sin alterarse-, ahora no son del caso esas
averiguaciones, y lo que nos importa es concertarnos en lo que se deba dar para
que no se quemen la ciudad y sus templos.
-Ya os dije
antes la cantidad que necesito.
-¡Pero señor,
-exclamó el obispo-, eso será imposible! Vos habéis recogido ya cuanto quedó en
la población. ¿De dónde hemos de sacar semejante suma de dinero?
-Recibiré su
equivalente en perlas y otras joyas...
-No lo tienen
los habitantes, aunque se que den sin un maravedí y den todas las mujeres cuanto
tengan de valor.
-Ya lo
dije...
Mesábase los
cabellos el desventurado obispo, y se paseaba con agitación de una a otra parte
de la habitación.
El pirata
estaba asomado al balcón.
-Señor
obispo, -exclamó al fin-, hacedme el favor de pasar acá.
Y cuando el
buen prelado hizo lo que el otro le pedía:
-¿Veis
aquellos hombres, parados allí enfrente? -le preguntó el inglés.
-Los veo...
-¿Sabéis lo
que hacen allí?
-¡Qué he de
saber!
-Aguardan una
seña mía para correr a incendiar los templos.
-¡Dios mío!
¡Dios mío! -exclamó el obispo con la mayor agitación, y volviéndose al pirata
añadió-: Es preciso que se convenza vuesamerced de que no quedan en Cartagena
cuatrocientos mil pesos en oro, plata y joyas... ni la mitad siquiera, ni la
cuarta parte quizás. ¡Os lo juro por Dios!
-Bien... os
creo, señor obispo, -dijo entonces Drake, entrando en el salón-; arreglemos
amigablemente este asunto.
El obispo se
acercó primero al balcón y vio que los hombres que el pirata le había señalado
permanecían en su puesto, y ya más tranquilo tomó asiento frente al corsario.
Poco rato
después el buen obispo salía apresuradamente de la casa del gobernador, y
montado en una mula que le había prestado el almirante corsario, se dirigía al
monte en busca de los emigrados. El pirata le había hecho jurar que obligaría a
todos los habitantes de Cartagena, que allí estaban asilados, a que diesen como
rescate cuanto poseían en joyas, oro y plata.
Ya estaba
casi oscuro cuando el afligido pastor regresó acompañado de algunos negros que
llevaban el rescate. Los hombres, a la voz de su prelado, habíanle entregado
cuanto llevaron para ocultarlo en las montañas; las pobres mujeres se quitaron
los anillos, zarcillos, brazaletes y cadenas que tenían, y llorando los
entregaron también.
Avaluáronse
aquellos despojos, y resultaron valer, por junto, ciento siete mil pesos, en
cambio de lo cual Drake dio cartas de pago, firmadas a 2 de abril de 1586.
Concluido
todo, recibido el rescate por una parte, y la firma del pirata inglés por otra,
éste dijo al guardián del convento de San Francisco, que era uno de los testigos
allí presentes:
-Ahora toca a
vuesamerced rescatar su convento ...
-¡Mi
convento! ¿Luego no se ha rescatado la ciudad?...
-La ciudad
sí, pero no lo que está fuera de ella. (Getsemaní no estaba entonces poblado, y
sólo había allí el convento de franciscanos, el matadero y algunas pocas casas
más).
-¡Jesús
dulcísimo! -exclamó el guardián- ¿Y cuánto quiere vuesamerced por mi pobre
convento, del cual vuestros compañeros ya sacaron cuanto adentro había?
-¡Necesito,
por lo menos, dos mil pesos!
-Mil tengo,
señor, único tesoro que había logrado ocultar... Os diré en dónde se halla, para
que lo mandéis sacar.
-Eso es muy
poco...
-Llevaos las
campanas que aún quedan en la torre.
Drake tomó un
papel, dio el recibo para que el guardián entregase el oro a uno de sus
edecanes, y mandó que descolgasen las campanas.
-Ahora
necesito saber, -dijo el pirata-, quién es el dueño de las ocho casas y el
matadero, que aún quedan sin rescatar.
-Alonso Bravo
Hidalgo, -contestáronle.
-Que le
manden entrar, si está en la ciudad, y si no está, que metan fuego a todo.
Momentos después se presentaba Bravo Hidalgo delante del corsario, y después de
amenazarle con quemarle sus propiedades y llevarle preso en sus bajeles, le
arrancaron cinco mil pesos en oro que tuvo que entregar uno sobre otro.
V
A la mañana
siguiente, domingo de pascua, la única campana que había quedado en la catedral
de Cartagena (porqué estaba rajada, era muy grande y poco cómoda para bajarla de
la torre) repicaba alegremente llamando a los fieles a misa.
Cuando había
amanecido el día 2 de abril, los cartageneros vieron con alegría que los bajeles
corsarios salían uno en pos de otro por Boca Grande, y que, impelidos por un
viento favorable, en breve sus velas desaparecieron en el horizonte.
La alegría de
los vecinos era templada por el espectáculo de su ruina; sin embargo, todos se
alentaban unos a otros, y con la proverbial hospitalidad española, los que
habían conservado algunas propiedades, no tenían empacho en repartirlas con sus
amigos y vecinos.
Muchos de los
negros esclavos habían desaparecido, unos llevados por la fuerza en los buques
de los piratas y otros que habían huido en busca de otros amos, figurándose que
mejorarían de condición. Aquello no sorprendió a nadie, pero sí causó asombro la
desaparición del capitán, cuyo nombre ocultan las crónicas, y que era novio de
Clara de Bustos. Desde el momento en que ella le afeó su conducta y le volvió la
espalda con indignación, nadie lo vio nunca más, ni vivo ni muerto. ¿Qué fue de
él? ¿Fue acaso pasto de alguna fiera de las que abundan en la montaña? ¿Huyó a
alguna otra colonia con nombre supuesto? ¿Se hizo pirata y tomó servicio bajo las
banderas de Drake? Aquello no se supo jamás, ni nadie se afligió por ello;
Clara, menos que ninguna otra persona, pues había dado su corazón al bravo
capitán Mejía Mirabal, y pocos días después dióle también su mano de esposa con
el beneplácito de su padre.
El matrimonio
de doña Clara de Bustos y del capitán Mejía Mirabal fue el último que celebró el
bueno y caritativo obispo fray Juan de Montalvo. Los trabajos y angustias que
había pasado durante el tiempo en que estuvo Drake en Cartagena; los afanes del
último día, y la pena que le causó no poder socorrer eficazmente a la multitud
de desgraciados que habían quedado en la miseria (pues él había dado cuanto
tenía para ayudar a rescatar la ciudad), minaron su salud a tal punto, que cayó
a la cama muy enfermo, y no bien habían pasado algunos meses cuando murió,
sentido y llorado por toda la población.
EPILOGO
Diez años han
transcurrido desde aquel en que el santo obispo Montalvo unió con el yugo
matrimonial a la hija del gobernador de Cartagena, don Pedro Fernández de
Bustos, con el valiente y denodado capitán Mejía Mirabal. ¡Cuántas cosas habían
sucedido en Cartagena durante aquel tiempo! Cuatro obispos consecutivos habían
gobernado la grey que con tanta abnegación amparó el reverendísimo padre fray
Juan de Montalvo, y dos gobernadores se habían sucedido en el gobierno de la
provincia, uno de los cuales empezó a fabricar las murallas (que deberían
defender esta plaza de los ataques de los piratas), y a cegar a Boca Grande,
para impedir que entrasen por allí bajeles enemigos.
Clara de
Bustos, madre de cuatro hermosos niños, vivía feliz y satisfecha en la ciudad de
Mompox, en donde estaba empleado su marido, aunque solía afligirse con las
frecuentes excursiones que hacía éste a Cartagena y a la feria de Portobelo, en
donde se reunían en ciertas épocas del año todas las riquezas del Perú y los
productos de Europa que se enviaban a las colonias.
El día en que
volvemos a ver a nuestra antigua amiga, la encontramos escuchando embelesada el
relato que le hacía su marido de lo que le sucedió en un viaje que acababa de
hacer a Cartagena y Panamá.
-¿Qué muerte,
-le decía él-, te parece que ocurrió hace algunas semanas cerca de Portobelo?
-No atino...
-La de
nuestro antiguo enemigo, el favorito almirante de Isabel de Inglaterra...
-¿El Drake?
-El mismo...
-¿Y moriría
excomulgado, como había vivido siempre?
-Murió
impenitente como vivió.
-¿Y no trató
de entrar nuevamente en Cartagena?
-¡Cómo no!...
Pero fue rechazada su expedición con sólo cincuenta hombres y cuatro cañones
desde el fuerte del Pastelillo, recién edificado, como tú sabes... Fueron tantas
las averías que sufrieron sus buques, que resolvió pasar de largo y salirse de
nuevo de la bahía.
-¿Pero en
Portobelo, dices, logró entrar?
-La muerte se
lo impidió... A mediados del año pasado el Drake salió de Inglaterra con
veinticinco bajeles armados y tripulados con una horda de malandrines de su
casta; todo aquello suministrado por la hija de Ana Bolena, con el objeto de que
hiciese lo posible para arruinar las colonias de su majestad Felipe II. Empezó
por asaltar las islas de Puerto Rico y Santo Domingo: la primera rechazó a los
piratas con tanto brío, que uno de sus capitanes, Juan Hawkins, murió de la
rabia al día siguiente. El Drake se dirigió entonces a tierra firme, saqueó y
quemó a Riohacha, aunque sus habitantes le ofrecieron treinta y cuatro mil
ducados de rescate en perlas, las cuales tomó, y en seguida ardió la ciudad. De
allí pasó a Santa Marta, en donde hizo lo mismo, y apenas tocó en Cartagena,
como te dije, y viendo que no le era fácil entrar allí, se dirigió al río
Chagres, por donde envió una expedición a Panamá ... Yo estaba allí entonces...
-¡Jesús,
Jesús! -exclamó Clara-; bien me lo figuraba yo que estarías en peligro.
-No temas ya;
el peligro fue conjurado sin mayor dificultad, porque logramos rechazar y
derrotar a los ingleses, los cuales (es decir, los que quedaron vivos, que
fueron pocos) se volvieron a sus bajeles mohínos y cabizbajos. Encontraron al
Drake enfermo de fiebres, las cuales aumentaron con la ira que le dio el mal
éxito de la expedición; y como dirigiese los buques hacia Portobelo, murió de
improviso, a la vista de la ciudad y a la entrada de la bahía. Sus compañeros
arrojaron al mar su cadáver 6 el 28 del mes de enero de este año, y en seguida,
aterrados con la pérdida de sus dos jefes, regresaron a Inglaterra, en donde
serán muy mal recibidos por su reina Isabel, puesto que llevan poco botín, a
pesar de lo mucho que han robado.
-Y si han
robado tanto ¿por qué llevan poco botín?
-Parece que
perdieron a la salida de Santa Marta, en las bocas del río Magdalena, los buques
en que llevaban sus riquezas; y como en Panamá no entraron ni tampoco en
Portobelo, no deben de llevar gran cosa...
Efectivamente, como lo había anunciado Mirabal, los piratas regresaron a
Inglaterra a dar cuenta a la reina de las muertes de Hawkins y de Drake, e
Isabel les insultó con palabras muy poco comedidas, según la costumbre de la
hija de Enrique VIII. La muerte de Drake causó gran consternación en Inglaterra;
los poetas cantaron sus hazañas, y su retrato se encuentra entre los de los
almirantes de cuyas glorias se jacta la Gran Bretaña.
Carta Aclaratoria | Contestación | Introducción | La Venganza de un Piloto | El Corsario Francisco Drake | Los Filibusteros y Sancho Jimeno | El Obispo y el Filibustero | Almirante Vernon
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