
LA VENGANZA DE UN
PILOTO 1544
CUADRO 1
I
-¿Doscientos
azotes?
-Ya lo dije.
-Pero...
-No me
repliques.
-Permitidme,
teniente Bejines, deciros que el piloto es hombre malo, peligroso, y que si no
muere de los azotes...
-¡Qué ha de
morir si es una fiera bravía!
-Por lo
mismo, si queda vivo, no dudéis de que se vengará... Mejor sería mandarle
ahorcar o dejarle libre y sin castigo.
-No puedo ni
quiero matarle... Su falta ha sido gravísima, pero no tanto que me permita
quitarle la vida... Encontré al miserable aporreando a una niña infeliz, porque
ésta había defendido una gargantilla de oro que él le quería arrancar... y como
le reprendí fuertemente, me insultó y le mandé preso a la cárcel; de allí se
huyó con tres reos más, y le encontraron asaltando una casa para robarla.
-¡Buena
pieza!...
-Ya ves, no
puedo mandarle ahorcar, ni el señor gobernador, que me ha dado sus poderes, lo
aprobaría; pero deseo castigarle de una manera que no le permita olvidar su
estadía en Cartagena.
-Bien,
teniente Bejines, seréis obedecido; pero mucho me temo que os pesará.
-No lo
creo... aquel hombre es un miserable y deseo que salga del puerto apenas haya
purgado sus crímenes.
-Veré cómo
le embarcamos en la primera nave que se presente.
-Yo mismo
iré a presenciar el castigo; avísame cuando sea tiempo.
El piloto
sufrió los doscientos azotes en silencio y parecía que más le doliera la
vergüenza de sufrirlos que el dolor de recibirlos. Arrojaba sobre el teniente
Bejines, que era un gallardo mozo, muy favorito del gobernador Heredia, miradas
tales de odio infernal, que éste no pudo menos que recordar lo que le había
dicho el subalterno, a quien había confiado el castigo del delincuente.
Pero cuando
supo que el piloto había pasado por la dura prueba sin mayor deterioro en su
salud, y que se había embarcado con rumbo hacia España, muy mohíno y cabizbajo,
sintió gran descanso y en breve olvidó el incidente.
Don Pedro de
Heredia había regresado de su expedición a Antioquia, muy maltrecho en fama y en
hacienda, pues perdió en ella mucho de lo que había ganado en otras; pero los
grandes preparativos que hacía para volver a emprender nuevas correrías,
pusieron en movimiento la ciudad de Cartagena, y Alonso Bejines se ocupó
activamente en ayudarle a acopiar hombres, armas y dineros, así como toda suerte
de bastimentos propios para el caso.
II
Aquel siglo
fue el de toda especie de aventuras, unas criminales, otras santas: unos se
precipitaban contra los seres indefensos para apoderarse de cuanto tenían; otros
volaban a amparar y a socorrer a los desgraciados y convertir a los recién
conquistados idólatras; estos quitaban la vida a millares de hombres, y esotros
ofrendaban su vida por conquistar almas para Dios.
En tanto que
San Francisco Javier recorría las Indias Orientales y San Luis Beltrán las
Indias Occidentales, con el objeto de proteger, amparar y dar la vida del alma a
millares de indígenas, una nube de piratas recorría los mares para robar y
asesinar a cuantos encontraban desapercibidos.
Según don
Justo Zaragoza la palabra pirata viene del griego pierates, que significa ladrón
que anda robando por el mar y es cruel y despiadado, enemigo del género humano.
Tenían los
reyes de aquel tiempo tan poca idea de lo que hoy llamamos honor, que los
soberanos de Inglaterra y Francia no hallaban inconveniente en permitir que en
sus puertos preparasen los piratas navíos casi públicamente, con el objeto de ir
a atacar las colonias de otras naciones con las cuales estaban en guerra. Es
cierto que los reyes de Inglaterra y Francia aseguraban que ellos no protegían
las piraterías de sus súbditos; pero en secreto dábanles licencia para que
enarbolasen las banderas de sus naciones, y con ellas pasasen el mar y robasen
los puertos de la América del sur.
Un tal
Roberto Baal (sin duda de origen flamenco, pero súbdito francés), preparaba en
el puerto del Havre una expedición de aventuras para atacar a las colonias
españolas. Los descalabros sufridos durante tantos años por los ejércitos
franceses que combatían contra los españoles, habían puesto de muy mal humor a
Francisco I; así, éste por entonces no ponía trabas ningunas a las expediciones
ilícitas de los corsarios enemigos de España.
Roberto Baal
llevaba en sus buques gran número de jóvenes á quienes había engañado,
asegurándoles que su intención era fundar una colonia en la isla de San
Cristóbal, y a los cuales daba una corta cantidad para que comprasen armas y
municiones, a trueque de firmar obligaciones que les convertían en esclavos
suyos durante largos años, sin comprenderlo, sino cuando ya no había remedio.
La flotilla
se componía de varios barcos bien armados y tripulados por gran número de
criminales escapados de todos los presidios de Europa, y de los más robustos e
inocentes jóvenes que Baal había podido atrapar.
Iba ya a
levar anclas el buque mayor, cuando se presentó delante del pirata un hombre que
pidió que le enrolasen entre los soldados. Quiso hablar aparte al jefe.
-No os pido
nada, señor -dijo a Baal-, y firmaré lo que mandéis... Me constituiré en vuestro
esclavo, no por cierto número de años, sino por toda la vida, con sólo una
condición...
-¿Quién os
ha dicho que yo llevo esclavos? -preguntó Baal.
-Nadie... Yo
sé y conozco a fondo las condiciones del pacto que hacéis con los que lleváis
como colonos... y conociéndolo, me adhiero a ello... pero, como os he dicho, con
sólo una condición...
-¿Y cuál es
esa condición?
-Que
asaltaréis a Cartagena de Indias...
Una luz
diabólica brilló en los ojos del pirata.
-¿Por qué a
Cartagena?
-Porque allí
podréis hacer rico botín.
-¿Y qué más?
...
-No más...
-¿Y qué
motivo tenéis para eso? ¿No sois acaso español?
-Sí... pero
quiero vengarme de un hombre ... y de la población entera.
-Comprendo... Pero ¿conocéis la manera de entrar en ese puerto?
-He sido por
muchos años práctico y piloto en todos los puertos de tierra firme.
-Bien...
¿Cómo os llamáis?
-Iñigo
Ormaechea.
-¿Sois
vascongado?
-Sí... y por
eso nada olvido jamás...
-Os tomo a
mi costa... Si sois piloto, como decís, en breve lo veremos durante la
navegación; y si nos lleváis ocultamente a Cartagena de Indias, vuestra parte de
presa será igual a la de un oficial, es decir, igual a la de ocho soldados...
-Repito,
capitán, que yo no pido sino una cosa: que me llevéis a Cartagena y me permitáis
hacer la presa que se me antoje; no de dinero sino de otra cosa; lo demás no
importa... Yo no vivo sino para vengarme; yo no existo sino con esa intención
grabada con letras de fuego en el fondo de mi alma...
III
¿Qué era
Cartagena en aquella época? Un pobre caserío rodeado de espesa montaña, sin
murallas, sin fortalezas, sin puentes. Boca Grande estaba abierta a la entrada
del mar, y los navíos más grandes penetraban por allí, de manera que nada era
más fácil ni más frecuente que el ver surgir de repente un barco a las puertas
de Cartagena, sin previo aviso y sin saberse cómo.
Las islas
adyacentes, y aquellas cubiertas hoy de edificios, estaban unas cuajadas de
malezas y de fieras, y otras infestadas todavía por tribus de indígenas. La Popa
y San Felipe estaban aún cubiertos de corpulentos árboles; los únicos edificios
de cal y canto que había en la ciudad eran una parte de la catedral (empezada a
edificar en 1538), el hospital y las casas del adelantado don Pedro de Heredia,
las cuales abarcaban mucho terreno y tenían una puerta que miraba a la bahía y
otra a la entonces calle principal. Pero si la población era poco hermosa, la
gente parecía muy alegre y divertida, y se aprovechaban de toda fiesta de
iglesia para formar bailes en las casas, y juegos de toros y torneos en las
plazas públicas.
La fiesta de
Santiago Apóstol, patrón de España, el 25 de julio de 1544, iba a celebrarse en
Cartagena con grandísimo boato. El gobernador De Heredia casaba a su hermana
favorita con un capitán Mosquera, que prometía hacer lucida carrera en la
colonia, y escogió el día del apóstol para que la ceremonia se llevase a cabo
con la mayor solemnidad posible.
Habían de
jugarse cañas en la plaza mayor; preparábase plaza de toros en la isla que se
llamó después Getsemaní; la iglesia catedral estaba adornadísima para la fiesta
religiosa; las damas habían preparado vistosos trajes, y los galanes no las iban
en zaga con respecto a plumajes, terciopelos y bordados de oro; los cocineros
más afamados tenían encargo de hacer ricos platos para las mesas de los vecinos
más acomodados, y la tarde anterior habían matado multitud de aves, lechones
apetitosos y otros animales que aderezaron durante la velada para trabajar menos
al día siguiente. En fin, todos se acostaron aquella noche rendidos de cansancio
y soñando con lo que habían de lucir, de comer, de divertirse y lucrar en la
preparada fiesta. La noche estaba oscura, porque no había luna, pero en lo alto
del cielo brillaban innumerables estrellas, y sobre la mar se arrastraba
perezosamente una neblina que anunciaba calor para el día siguiente. La mar
estaba tranquila; las olas batían las playas con acompasado murmullo, y los
árboles de los contornos se mecían blandamente, impelidos por la brisa que
soplaba de tierra hacia el mar. Las luces se habían ido apagando una a una en
todas las casas de la ciudad, y por último no se vio más luz que la que se
filtraba por una ventana de la catedral, reflejo de la lámpara que ardía delante
del sagrario.
-Oigo un
ruido extraño del lado del mar, -dijo uno de los vecinos, incorporándose en su
hamaca y llamando a sus criados.
-Señor, -le
contestaron-: es el viento que empieza a levantarse y anuncia quizá un temporal
para mañana.
-Paréceme
oír voces de mando, gritos ahogados y ruido de armas...
-El viento
suele remedar todos los rumores de la tierra, -contestóle uno de los soñolientos
criados.
El hidalgo
se envolvió en los pliegues de su hamaca y todo quedó en silencio. Rato después
el enfermo y tullido hermano del adelantado De Heredia, don Alonso, despertó
sobresaltado.
-¡Hermano!
-le gritó llamándole.
El
gobernador, que reposaba en la vecina estancia, despertó.
-¿Qué
sucede? -preguntó.
-Escucha,
-le contestó el otro-: todos los perros del lugar ladran espantados; los gallos
despiertan sobresaltados; algo sucede en la ciudad.
-Ya vendrá
la aurora, -repuso el adelantado.
Y,
levantándose, se acercó al vecino balcón. Estaba oscurísimo, como suele suceder
poco antes del amanecer. En aquel momento sonaron en diferentes partes de la
ciudad tambores, añafiles y clarines.
-¡Será en
honor de la fiesta del apóstol! -exclamó Alonso.
-¡No tal!
-dijo el gobernador-: desconozco esos sonidos...
-Entonces
¿qué significa?...
-Que tenemos
enemigos dentro de la ciudad, -dijo don Pedro, vistiéndose apresuradamente y
dando voces para llamar a sus criados.
Pocos
momentos después la ciudad estaba en los mayores conflictos: los piratas
franceses, capitaneados por Roberto Baal, habían penetrado por Boca Grande
aprovechándose de la oscuridad de la noche y del descuido de los habitantes, y,
guiados por el traidor piloto Iñigo Ormaechea, habían rodeado la ciudad y se
apercibían para saquearla a su sabor.
Las escenas
de horror, de espanto y de congoja fueron muchas; Cartagena no había sido antes
atacada por piratas, y nadie se había preparado para semejante desgracia. Los
ricos trataban de huir a los cercanos montes, llevándose sus tesoros, y los
pobres procuraban escaparse para no caer en manos de los enemigos. Las mujeres
gritaban, los niños lloraban, los hombres daban voces, los militares buscaban
sus armas, los sacerdotes y los frailes pedían a Dios misericordia...
Cuando el
sol surgió sobre el horizonte, debió de sorprenderse al encontrar la ciudad que
había dejado tan tranquila la tarde antes, teatro de semejantes escenas.
El teniente
Bejines estaba recién casado, y su mujer era tan bella cuanto virtuosa. El tal,
apenas oyó la algazara, se levantó prontamente, y dejando. a su mujer en el
aposento, bajó a la puerta de la calle para preguntar lo que sucedía.
Abrió la
puerta cautelosamente, y como vivía en una calle excusada, no oyó ruido ninguno
en ella, y sin precauciones sacó el cuerpo afuera... No se oía nada, y la
oscuridad no le permitía ver a dos pasos de distancia, cuando de repente oyó una
voz estridente que decía:
-¡Muere,
tirano!... ¡Que este pago te lo da el que afrentaste!
Y al mismo
tiempo sintió que le hundían en la espalda, atravesándole de parte a parte, un
largo y agudísimo puñal.
Cayó al
suelo el desgraciado teniente, bañado en su sangre; quiso hablar, pero no pudo
hacerlo; mas al levantar los ojos vio, iluminado por los hachones que llevaban
encendidos algunos de los piratas que pasaban en aquel momento, la cruel y
vengativa mirada del piloto, a quien había mandado azotar un año antes.
Estremecióse
el moribundo, recordando, sin duda, la profecía del sargento, y al tratar de
incorporarse, quedó muerto...
-Ahora,
-dijo el piloto- acabaré de vengarme; y entró precipitadamente en la casa del
que había asesinado.
Momentos
después salía de la casa llevándose a la hermosa mujer del desdichado teniente,
a quien pretendía llevar a uno de los navíos corsarios, sin duda para que le
dieran rescate por ella; pero en su precipitación se tropezó con el postrado
cuerpo de su víctima y para no caer, tuvo que soltar su presa. Esto salvó a la
viuda de Bejines, la cual logró huir y ocultarse de manera que el perverso no la
pudo hallar, a pesar de las muchas pesquisas que hizo para dar con ella.
............................................................................................
Dos años
después, día por día, el malvado Iñigo Ormaechea moría sacrificado por los
indios caribes de una de las pequeñas Antillas, los cuales se habían apoderado
de una carabela pirata que naufragó en sus costas, robada por el piloto a su
patrón Roberto Baal.

"Piraterías y agresiones de
varios pueblos de Europa en la América Española".
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