
EL OBISPO
PIEDRAHITA Y EL FILIBUSTERO MORGAN EN SANTA MARTA
CUADRO 4
I
Cuando el 29
de junio de 1525 don Rodrigo de Bastidas entraba en la bahía que llamó de Santa
Marta, y fundó aquella ciudad -una de las más notables de nuestras costas
atlánticas-, iba en su compañía un joven llamado Juan Muñoz de Collante, natural
de Granada y, según parece, de hidalga cuna. Este era tan amante a las
aventuras, que viendo que en Santa Marta no hallaba las suficientes para su
gusto, siempre a la busca de nuevas escenas se fue con Pizarro y tomó parte en
las conquistas del Perú, y con Belalcázar en las de Quito, llegando con éste al
Nuevo Reino de Granada, en donde al fin se radicó; pero no por eso descansó,
porque en seguida intervino muy activamente en las expediciones más arduas,
siendo descubridor y conquistador de gran parte de los territorios que hoy día
componen la república colombiana.
Sin embargo,
aquello no fue lo que le diera mayor lustre; su mérito principal consistió en
ser el bisabuelo de uno de los hombres más notables que registran nuestros
anales, tanto porque fue un prelado digno hijo de los apóstoles de Jesucristo,
como por ser un historiador notabilísimo. Hablamos de don Lucas Fernández de
Piedrahita. Descendía éste del conquistador Muñoz Collante, por la línea
materna; era de familia rica de Santa Fe de Bogotá, nacido en los primeros años
del siglo XVII. Cuando abrazó la carrera eclesiástica, aunque amante de las
letras y poeta, pasó su juventud sirviendo los curatos de Fusagasugá y Paipa. En
1654 fue nombrado racionero de la iglesia metropolitana; a poco subió a
canónigo, y en seguida a provisor y gobernador de la arquidiócesis, por estar
vacante el cargo de arzobispo. En 1661 entregó el arzobispado al sucesor del
famoso y benéfico fray Cristóbal de Torres, el señor Arguinao. Empero, sus
relevantes dotes llenaron de envidia a muchos, y le granjearon enemigos, los
cuales le acusaron ante el Consejo de Indias, no se sabe por qué motivo. El
doctor Piedrahita pasó inmediatamente a España; allí no solamente se le declaró
inocente, sino que, para desagraviarle de tan injusto cargo, le promovieron al
obispado de Santa Marta. Consagróle el prelado de Cartagena en 1669, y pasó a
tomar posesión de su cargo en el mismo año.
A pesar de
su amor al estudio, el obispo tenía el genio del misionero y la inspiración que
guía a los apóstoles. Su mayor placer consistía en visitar a los indios de su
diócesis y hacer infinitos esfuerzos para catequizarles, en lo cual empleaba
gran parte de su tiempo y todo cuanto percibía y le daban los vecinos para sus
gastos particulares. Su espíritu conciliador, sus grandes virtudes, su
conversación amena y jovial y su elocuencia en el pulpito, llamaron tanto la
atención de sus feligreses, y nació en ellos tal afecto hacia su pastor, que
pobres y ricos le seguían por todas partes, y estaban pendientes de sus labios.
Santa Marta
prosperaba a ojos vistas; el señor Piedrahita se ocupaba en reedificar la
catedral y en mejorar los edificios, iglesias y conventos de aquella ciudad,
cuando recibió orden de pasar promovido al obispado de Panamá.
Naturalmente
sus feligreses se afligieron mucho y procuraban que se alargase el mayor tiempo
posible su permanencia en Santa Marta, cuando ocurrió una terrible calamidad que
sumió en la miseria y la consternación a todos los habitantes de la ciudad.
El pirata
inglés Juan Enrique Morgan se preparaba para atacar la ciudad de Portobelo,
centro de la famosa Feria Sudamericana, en donde se reunían las riquezas de
Europa y los minerales del Perú, Nuevo Reino de Granada y Centroamérica; pero
mientras reunía en la isla de Providencia, capital y centro de su gobierno, los
bajeles y municiones suficientes para llevar a cabo empresa tan importante,
mandó a algunos de sus capitanes a que merodeasen en las costas de Tierra Firme
y no perdiesen el tiempo desocupados.
Una mañana,
pues, y cuando menos lo aguardaban los samarios, vieron surgir en su puerto dos
buques corsarios al mando de los piratas Cos y Duncan -el uno francés y el otro
inglés-, confederados para el robo y enviados por Morgan, como hemos visto, a
cumplir con el encargo de no perder el tiempo, hacerse las manos y ejercitarse
en su oficio.
Mientras una
parte de la población huía a los montes, el bueno del obispo permanecía
tranquilamente en su casa, aguardando el resultado de la invasión.
De repente
oyó gran ruido en la puerta, y como sus criados no se atreviesen a abrir, él en
persona lo hizo.
-¡Llamadnos
al obispo! -gritaron los piratas.
-¡Le tenéis
delante! -contestó él.
-¡Vos, un
obispo! -exclamaron los invasores, contemplando los pobres vestidos del prelado,
los cuales en unas partes estaban remendados y en otras tan rotos, que se le
traslucía la ropa interior, y mirando su faz venerable y humilde al mismo
tiempo, que no se había inmutado ni espantado.
-¡Vos el
obispo Piedrahita! -repitieron los corsarios.
-¡Me habéis
nombrado! ¿En qué os puedo servir, hijos míos?
Los
franceses se descubrieron con aparente respe .o; los ingleses se rieron con
mofa.
-¿En qué
podéis servirnos? -preguntaron estos últimos-. Nada menos que en darnos lo que
tengáis.
-Registrad
mi casa: lo que halléis en ella os lo doy con buena voluntad.
Mientras que
unos se apoderaban de la casa, otros se llevaban al prelado a la iglesia
catedral.
-¿En dónde
están las alhajas de la iglesia? -le preguntaron.
El señor
Piedrahita se hincó delante del sagrario, en silencio, orando fervorosamente.
-Allí debe
estar lo que más aprecian estos hijos de Roma, -repuso uno, levantando una
carabina y disparándola contra el sagrario, cuyas puertas se vinieron abajo con
la custodia, derramándose las sagradas formas al pie del altar.
El obispo
dio un doloroso gemido e inclinándose, púsose a consumir las hostias
apresuradamente, antes que los herejes cometiesen otros desafueros.
Los
franceses se habían hincado también, y rehusaban poner las manos en los vasos
sagrados; ellos bien sabían que, como la propiedad era común entre todos cuando
se repartiese el botín, a ellos tocaría su parte de todas maneras.
Los ingleses
daban voces, alanceaban los santos, ponían las manos en cuanto encontraban de
valor, y como uno de éstos viese al obispo aún hincado, que lloraba al ver las
profanaciones de aquellos energúmenos, le dio un golpe en la espalda con un
alfanje que le hizo caer de bruces contra el suelo.
Levantóse
entonces el santo varón, y alzando los ojos al cielo exclamó, imitando a su
Divino Maestro:
-¡Perdónalos, Señor, que no saben lo que hacen!
Lleváronle
en seguida, con los brazos atados a la espalda, a su casa, y allí le dijeron:
-Nada
encontramos aquí de valor: nos vais a confesar en dónde habéis guardado vuestro
dinero y vuestras alhajas.
-Jamás me
alcanza lo que tengo para dar a tantos pobres. ¿En dónde he de tener cosa alguna
guardada?
-Eso no es
cierto, -le contestaron-. Nosotros sabemos muy bien cuan ricos sois vosotros los
obispos de Indias.
Llevaron
entonces cuerdas y le dieron tormento, en medio del cual confesó que tenía sólo
una joya, que apreciaba muchísimo, por ser la esposa que le habían dado cuando
le consagraron obispo.
-¡Sacadla!
-le dijeron soltándole.
El pobre
anciano entonces fue al quicio de una puerta, levantó una losa y sacó un anillo
con un rubí, lo besó afligido y lo entregó a los ladrones.
Ya para
entonces los piratas habían recorrido toda la ciudad y saqueado cuanto había en
ella; y como temiesen que llegase socorro de Cartagena, enviaron preso al obispo
a uno de sus bajeles, sin duda para que les sirviese de rehenes en caso
apurado.
Al mismo
tiempo los piratas mandaron a un padre dominicano, fray Luis Buitrago, a
Cartagena para que recogiese allí treinta mil pesos que aquellos bandidos pedían
a trueque de no incendiar la ciudad.
Alborotóse
Cartagena con aquella noticia, y el gobernador mandó dos buques con un general
Antonio de Quintana y tropas por el Magdalena para que arremetiesen a los
invasores por tierra.
Comprendieron los corsarios lo que les iba a pasar, y metiendo en uno de sus
bajeles no sólo al obispo, sino también al gobernador de Santa Marta, don
Vicente Sebastián Mestre, desaparecieron de la noche a la mañana del puerto, y
en tanto que el general Quintana aguardaba a alguna distancia de la bahía que
amaneciese el día para atacar a los piratas, éstos ya iban lejos.
II
La isla de
la Providencia era, como hemos dicho antes, la guarida principal que Morgan
consideraba como su capital, en donde se reunían los piratas que tenía bajo sus
órdenes.
La
Providencia no está separada de la isla de Santa Catalina sino por un canal tan
angosto, que en un tiempo se pasaba de la una a la otra por un puente. Allí
tenían los piratas un castillo, en donde encerraban a los prisioneros por los
cuales podían exigir crecidos rescates, y un subterráneo en donde guardaban sus
robados tesoros.
Como
aquellas islas están rodeadas de escollos, no podían entrar en el único puerto
que tiene la de la Providencia, sino llevando un piloto, por lo cual los
corsarios se consideraban seguros en ella.
Al llegar
delante de su capitán los invasores de Santa Marta, presentaron los tesoros que
habían sacado de allí, y le avisaron que llevaban prisionero al obispo
Piedrahita. Preguntando Morgan la manera como habían apresado al obispo, los que
le habían maltratado se jactaron de ello, haciendo mofa de la santidad de aquel
hombre.
-¡Silencio!
-gritó Morgan de repente, interrumpiendo a los que hablaban; y añadió,
dirigiéndose a sus edecanes-: Encerraréis a estos hombres en los calabozos más
seguros, e iréis a traer a mi casa al santo obispo.
Miráronse
asombrados los corsarios, pero obedecieron a una y otra orden sin replicar.
Morgan no era hombre que se compadeciese jamás, y no comprendían lo que aquello
significaba.
-Reverendísimo e ilustre señor obispo, -dijo el capitán corsario, saliendo a
recibir al señor Piedrahita hasta la puerta del aposento-; me veis aquí,
-añadió-, avergonzado y confuso...
-¡Vos
avergonzado y confuso! -exclamó el obispo con sorpresa, pues conocía, por
haberlos oído referir repetidas veces, los crueles hechos de aquel pirata, y
aguardaba algún nuevo insulto, cuando fue llamado a la presencia del capitán.
-Sí, señor;
estoy lleno de pena por la conducta que con vos observaron mis oficiales y
soldados en Santa Marta, es decir, con respecto a vos; que los demás no merecían
las mismas consideraciones.
Le hizo
sentar en la mejor silla; después le mandó servir en platos de oro, que eran los
que él usaba con gran boato, lo mejor que había en la isla; le cedió su propio
aposento, y le dijo que apenas pudiera le devolvería a su diócesis de Santa
Marta sin exigirle ningún rescate.
-Señor,
-dijo al fin el sorprendido obispo, que no creía lo que sus ojos veían y sus
oídos oían-; ya que vuesamerced me hace estos favores ...
-¡Justicia
sólo! -interrumpió diciendo el corsario y haciéndole una cortesía.
-Le suplico,
-siguió el obispo-, que vuesamerced no me mande a Santa Marta.
-¿Y eso por
qué?
-Yo estoy
nombrado obispo de Panamá; pero mis feligreses me habían cobrado tanto e
inmerecido cariño, que no me dejaban partir, y a mí, que también les amaba, me
costaba mucho trabajo separarme de ellos. Puesto que aquello ya se ha
verificado, no me hagáis pasar de nuevo por el dolor de despedirme de mis
queridos samarios.
-Si os
place, señor obispo, podéis decirme adonde os debo enviar.
-A
Cartagena... Deseo ver al señor obispo Sanz Lozano, que me consagró; y como yo
estoy ya muy anciano, quizá no le volveré a ver en este mundo.
-Se hará
como mandéis, -repuso el corsario; y le acompañó en seguida a un dormitorio que
le habían preparado con toda clase de comodidades y regalos.
-Quizás,
-dijo el capitán filibustero antes de separarse de su huésped-, quizá vuestra
señoría no aguardaba que yo le recibiese con las consideraciones debidas; pero
quiero deciros cuál ha sido el motivo...
-¿Luego
había un motivo? -exclamó el obispo-. Yo creía que esta vuestra conducta era
hija tan sólo del buen corazón, y me decía para mí mismo: ¡cómo han calumniado a
este capitán Morgan que habían pintado tan enemigo de los españoles, tan recio y
tan duro con ellos! Yo le he encontrado más suave que un guante de seda, más
amable que una dama, más cortés que el caballero más galante de la cristiandad.
No me digáis, capitán, que teníais un motivo para tratarme como a vuestro
amigo... Dejadme partir agradecido de vos, y hasta amándoos como a un hijo.
-Señor,
-dijo Morgan, hincando una rodilla en tierra-, bendecidme, sí, bendecidme, pues
aunque hoy me llaman hereje, no siempre lo he sido...
-¡Oh, sí! Lo
haré con toda el alma -exclamó el obispo bendiciendo al capitán, muy conmovido-.
¡No digáis que sois hereje todavía, puesto que podréis dejar de serlo cuando
queráis!
-¡No, no; ya
eso es imposible! Pero os diré el motivo que tenía. Mi madre era irlandesa
católica, la cual, robada por un corsario llamado Mansfield, casó con mi padre,
que era mitad corsario, mitad labriego y contrabandista del país de Gales, y que
pertenecía a la religión reformada; y como la maltrataba cuando se decía
católica, ella resolvió ocultar pero no olvidar su religión.
-¡Pobrecilla! -exclamó el obispo.
-Me hizo
bautizar por un sacerdote católico, y cuando niño me enseñó a rezar las
oraciones que sabía -continuó diciendo el pirata-; pero desde niño me mandó mi
padre a servir a Mansfield, y olvidé cuanto me enseñó mi madre...
-Pero
podrías recordarlo, -dijo el obispo-; nunca es tarde para volver al buen
camino.
-Repito,
-contestó el corsario con impaciencia-, lo que pasó, pasó... y no hablemos
más... El motivo que tenía, pues, para trataros como a amigo y vengar las
afrentas que os hicieron, es el recuerdo de mi madre, de mi pobre madre, que
murió de pesadumbre, ¡pesadumbres en gran parte causadas por mí!
Iba a salir,
cuando le llamó el obispo.
-¿Qué
afrentas, -dijo-, son las que vais a vengar?... Yo no recuerdo ninguna ya...
-¡Cómo!
¿Habéis olvidado a los que os ataron las manos y os atormentaron; a los que os
golpearon y trajeron preso y contra vuestra voluntad hasta aquí?
-Sí,
capitán, sí; todo lo he olvidado y les he perdonado desde el fondo del alma.
-¡Les habéis
perdonado porque sois un santo! Pero yo, que no lo soy, les he de castigar.
-¡Perdonadles, perdonadles por Dios! ¡Por la memoria de vuestra madre! -exclamó
el obispo juntando las manos.
-En nombre
de mi madre, -repuso el otro- sí; en nombre de ella...
Y al decir
esto se alejó a pasos precipitados.
-¿Les
perdonará o no les perdonará? -exclamó en voz alta el obispo, midiendo con sus
pasos el aposento.
Al cabo de
un rato quiso salir a buscar a Morgan, pero encontró todas las puertas trancadas
por fuera, y hubo de acostarse a descansar, que bien lo necesitaban sus
debilitadas fuerzas.
III
No bien la
luz del sol había empezado a arrojar sobre la tierra sus primeros albores,
cuando Morgan entró en el aposento del obispo y le halló ya levantado y de
rodillas delante de un crucifijo que siempre llevaba consigo. Detúvose
respetuosamente en el umbral de la puerta y aguardó a que él concluyese sus
oraciones.
En breve se
levantó don Lucas Fernández Piedrahita, y dio los buenos días a su huésped.
-Ved, -le
dijo éste, extendiendo a su vista varios ornamentos de iglesia y un lujoso
pontifical-: os hago estos pequeños obsequios, para que os acordéis de mí.
Acercóse el
obispo a los ricos regalos con alguna desconfianza.
-Pero,
-dijo-, estos objetos no pueden ser vuestros; ¿en dónde los tomasteis?
-Los saqué
de Panamá el año de sesenta y uno; -contestó sonriendo el corsario-, así, pues,
yo no hago sino restituir al obispo lo que es suyo. Me lo adjudicaron en la
repartición que se hizo del botín, y los tenía guardados hasta que se presentase
ocasión de disponer de ellos.
El obispo
suspiró y dio las gracias al corsario, el cual mandó que encerrasen los
ornamentos en una caja que debían embarcar con el señor Piedrahita en un bajel,
mandado preparar para enviarle a Cartagena.
Como es
sabido, el obispo Piedrahita era un hombre sumamente instruido, estudioso, y
había escrito ya la Historia de las Conquistas del Nuevo Reino de Granada
(aunque no se dio a la estampa sino en el mismo año en que murió): su elocuencia
era grande y su caridad proverbial. Entre tanto que se preparaba la embarcación
que le debía llevar a Cartagena, se entretuvo conversando familiarmente con el
capitán Morgan (que hablaba castellano muy bien), y en darle consejos que éste
recibía en silencio, pero que seguramente le aprovecharon, como veremos
después.
Al fin, por
la tarde del día siguiente avisaron a Morgan que el bajel preparado para el
obispo estaba ya listo para darse a la vela. Salió el corsario a acompañar al
obispo hasta el puerto; pero en el momento en que dejaban el castillo, el
prelado levantó los ojos hacia las almenas y quedóse quieto, con los ojos
espantados, fijos en cuatro cadáveres que tambaleaban, impelidos por el viento,
pendientes de unos maderos.
-¡Jesús!
-exclamó el buen obispo-, ¿qué veo allí?
-Son los
cuerpos de los que os afrentaron en Santa Marta, -contestó fríamente Morgan-.
Anoche les hice ahorcar en castigo.
-¿No os
había rogado que les perdonaseis?
-Sí, pero ya
estaban condenados a muerte.
Hincóse el
obispo de rodillas en el suelo, y con los ojos arrasados en lágrimas y vueltos
hacia los cadáveres, oró gran rato por aquellos desdichados. Levantóse en
seguida, y dirigiéndose al corsario dijo:
-¡Oh! me
habéis hecho sufrir mucho, y no me consolaré sino cuando sepa que habéis
abandonado esta carrera de crímenes. Ojalá que aquellas muertes fueran las
últimas que hubieseis hecho.
Cuando hubo
partido el bajel que llevaba al obispo a Cartagena, Morgan se estuvo paseando
solo y callado sobre la muralla de la fortaleza, hasta que la noche cubrió de
oscuridad el mar y perdió de vista las velas del barco en que iba el señor
Piedrahita.
El santo
obispo fue recibido en Cartagena con grandes regocijos, y de allí pasó a Panamá,
en donde se ocupó de tratar de borrar las huellas que habían dejado los piratas
dos años antes, y en fabricar las iglesias y monasterios en la nueva ciudad,
edificada en sitio mejor después de la invasión.
Dos años
después de haber llegado a Panamá el obispo, recibió una carta de Morgan -no
supo jamás enviada por qué conducto-, en la cual le decía:
"Ilustrísimo
señor:
Esta es para
avisar a su señoría que, después de haber reflexionado maduramente en las
palabras que me dijisteis antes de vuestra partida, resolví abandonar para
siempre la carrera militar. Empecé por persuadir a mis compañeros que no
convenía que atacásemos a Portobelo, y después, temiendo que no me permitiesen
dejarles, huí una noche con algunos de mis más adictos y pasé a Jamaica, en
donde me he radicado, al amparo del gobernador de la Isla, después de casarme
con una de sus hijas. Acabo de recibir el nombramiento de Comisario del
Almirantazgo en Jamaica, y el título de Caballero que me envía su majestad el
rey de Inglaterra Carlos II. Como esta posición la debo a vuestros buenos
consejos, me apresuro a daros parte de ello, y a enviaros la expresión de mi
agradecimiento.
-Juan
Enrique Morgan".
-¡Bendito
sea Dios! --exclamó el obispo, dando señales de una grande alegría-; a lo menos
se logró sacar esta alma del camino de una irremediable perdición. ¿Habrá
esperanzas de salvarla? ¡Sólo Dios podrá saberlo en su misericordia infinita!
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