
LOS FILIBUSTEROS Y
SANCHO JIMENO 1697
CUADRO 3
I
Corría el año
de 1697. España y Francia continuaban en guerra abierta, la cual llevaban
adelante no sólo en Europa, sino en América, Asia y África, y los ejércitos se
batían en tierra y las escuadras navales en los mares. El mundo entero gemía
agitado por aquellos dos gigantes, que procuraban sobreponerse el uno al otro, y
adquirir cada cual más poderío y mayor influencia en la política europea. Sin
embargo, hacía muchos años que España iba decayendo y perdía batalla tras de
batalla: en Flandes, en Cataluña, en Italia, en todas partes, los ejércitos del
enfermo Carlos II eran vencidos por los siempre victoriosos hasta entonces de
Luis XIV.
Todos los
medios parecían buenos al gobierno francés, con tal de conseguir la victoria y
arruinar a España. Así fue como, conociendo que Carlos II obtenía los mayores
recursos de sus colonias americanas, y siendo Cartagena de Indias uno de los más
ricos depósitos del caudal del rey de España, Luis XIV resolvió que aquella
plaza fuese atacada y arruinada por sus escuadras.
Juan Bernardo
Desjeans, Barón de Pointis, era un marino de notable reputación, que había
combatido con buen éxito en África y en otras partes. Siendo éste -que contaba
ya cincuenta años- hombre de experiencia y muy respetado por sus compañeros de
armas, Luis XIV le encomendó la expedición a las colonias españolas de América,
con encargo de apoderarse en primer lugar de Cartagena. Pointis debía ponerse de
acuerdo con el gobernador de las posesiones francesas en Santo Domingo, cuya
capital era Petit-Goave. Dicho gobernador era también un distinguido marino,
Juan Bautista Ducassé, antiguo negrero y de grande influencia sobre los
filibusteros de las islas adyacentes.
Los
filibusteros eran los miembros de ciertas compañías de piratas o bandidos de
mar, unos ingleses, otros franceses, que tenían sus guaridas en las pequeñas
Antillas que los españoles no habían tomado para sí, y en donde se aprestaban
expediciones contra las colonias españolas .
La escuadra
francesa, al mando del barón de Pointis, había llegado a La Española a
principios de marzo; constaba de diez buques de guerra, a los cuales añadió
Ducassé dos navíos grandes con tropa armada y doce pequeños, llenos de negros
prófugos, y piratas y filibusteros sin ley ni Dios, pertenecientes a todas las
naciones del mundo. El ejército se componía de cerca de diez mil hombres,
perfectamente armados y municionados, llevando además amplias provisiones de
boca robadas, y todos animados por la pasión del lucro y llenos de osadía y
crueldad 2 . Ofreció Pointis pagar a los filibusteros mercenarios una suma igual
a la que tocara a las tropas del rey que iban en los buques traídos de Francia,
pago que había de hacerse con el botín que tomasen en Cartagena, cosa por cierto
vergonzosa y que hoy deshonraría a un gobierno.
Todo estaba
listo y preparado en Petit-Goave para emprender marcha, y sin embargo no se
daban las órdenes de embarque, porque Ducassé aguardaba un mensajero que había
mandado ocultamente a Cartagena, a tomar lenguas y averiguar si podía entenderse
con algunos de los oficiales de la guarnición española de la plaza, a varios de
los cuales conocía personalmente. Regresó al fin el mensajero y encerróse con
Ducassé, con quien tuvo una larga conferencia, cuyo resultado no lo supo nadie;
ni siquiera el mismo general de las tropas del rey tuvo conocimiento exacto de
las noticias que trajo el enviado del gobernador. Este sólo dijo que todo andaba
bien en Cartagena, y que podrían darse a la vela lo más pronto posible.
II
Gobernaba la
ciudad y la provincia de Cartagena don Diego de los Ríos, hombre perezoso,
descuidado y poco activo, que nunca se decidía a dar un paso sino después de
largas reflexiones, con lo cual dejaba escapar toda ocasión favorable. Tenía,
además, un gravísimo defecto, y era el de la envidia y la mala voluntad que
profesaba con respecto al castellano de Boca Chica, don Sancho Jimeno, el cual
poseía muy relevantes prendas, una actividad asombrosa, una pericia
sorprendente, una gallardía poco común, y era tan bien quisto entre las damas,
como obedecido y respetado por sus compañeros de armas. En su primera juventud
fue paje del segundo don Juan de Austria (hijo ilegítimo de Felipe IV), y a la
muerte de este príncipe sirvió en las guerras de Flandes, Como su familia era
hidalga pero pobre, don Sancho se vio obligado a aceptar un destino en las
Indias, y estuvo interinamente de gobernador de Cartagena. Su extraordinaria
honradez, llevada hasta el mayor grado, le granjeó enemigos
Aquella noble
acción fue recompensada por la Providencia, pues Teresa de Guzmán, no sólo era
bella como un lucero, sino virtuosísima y de espíritu tan generoso y levantado
como el de su esposo.
Relegado Sancho
Jimeno a Boca Chica, en calidad de castellano de la fortaleza, como se viese
querido por el pueblo cartagenero, aunque mal visto por todos aquellos que
envidiaban sus virtudes, sin por eso tratar de imitarlas, el español resolvió ir
lo menos posible a la ciudad de Cartagena; así fue como compró un terreno en la
vecina isla de Barú, para que viviese allí su esposa, y de esa manera verla
frecuentemente, sin abandonar su puesto en la fortaleza de San Fernando, que le
tenían encomendada.
-Señor, -dijo
un negro, sirviente de confianza de Sancho Jimeno, entrando una madrugada en su
dormitorio-, acaban de llegar unos marineros en los botes que traen sal de
Zamba, y éstos dicen que cuando ellos salieron de aquel lugar entraban en la
ensenada veintidós bajeles de filibusteros.
-¡De
filibusteros!
-Sí, señor, y
añaden que entre éstos hay grandes navíos armados con multitud de cañones y
llenos de soldados.
-Están a diez
leguas de distancia no más de Cartagena los enemigos, ¡y nosotros desprevenidos!
-exclamó el castellano, arrojándose de su hamaca; y vistiéndose apresuradamente
buscó papel, pluma y tinta, y escribió una carta que cerró y selló.
-Anda ahora
mismo a Cartagena, -dijo al negro, que aún permanecía en el aposento-, y lleva
ese papel al señor gobernador don Diego de los Ríos.
-No está en
Cartagena, señor.
-¿No está en
Cartagena?
-Ayer tarde se
puso en marcha para Turbaco, con toda su familia.
-¡Sin
avisármelo siquiera!... Pero esto urge; anda a Turbaco con esa razón, y no te
detengas en ninguna parte hasta no entregarle el papel.
Un cuarto de
hora después el negro, con dos remeros embarcados en una ligerísima canoa, salía
del castillo de San Fernando y se dirigía a tierra firme en busca del camino de
Turbaco.
Algunas horas
hacía que el gobernador estaba disfrutando de la fresca de la tarde en el bonito
pueblo de Turbaco en donde poseían casas de recreo los ricos de Cartagena,
cuando llegó jadeante el negro esclavo del castellano de San Fernando.
He aquí la
carta de Sancho Jimeno, que leyó el gobernador con suma sorpresa:
"Excelentísimo señor:
Ahora mismo
que son las seis de la mañana de este ocho del mes de abril, acabo de tener
noticia de que en Zamba se hallan más de veinte bajeles de filibusteros, los
cuales vendrán sin duda a atacar a esta plaza. La guarnición del castillo de San
Fernando no consta sino de sesenta y ocho negros y esclavos de las haciendas
vecinas, que he podido alquilar, y sólo treinta y cinco soldados veteranos. Los
primeros son casi salvajes y no entienden el ejercicio ni la disciplina. Esta
fortaleza ha tenido en todo tiempo una guarnición de cerca de cuatrocientos
hombres. Suplico, pues, a su excelencia que inmediatamente me mande los soldados
que me hacen falta, que yo desde este momento mandaré a buscar los víveres que
se necesitan para un sitio, si acaso los piratas nos lo ponen. Ahora tres años
hubo peligro de piratas en Cartagena, cuando yo tenía el cargo de gobernador, y
con sólo tomar las providencias del caso para defender la plaza, los bandidos lo
supieron y no se atrevieron a atacarnos. Ahora sucederá lo mismo, si su
excelencia toma las precauciones debidas.
Besa los
pies de su excelencia su más rendido servidor,
SANCHO
JIMENO,
Castellano
de Boca Chica".
"P. D.-Acabo
de saber que su excelencia está en Turbaco. Como presumo que se vendrá
inmediatamente para Cartagena, espero la llegada de los soldados que necesito a
más tardar mañana en la tarde".
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-¡Vaya, vaya!
¡Si será aprehensivo el señor Castellano de Boca Chica! -exclamó el gobernador.
Y volviéndose al negro añadió-: Dile a tu amo que mañana no me iré a Cartagena,
porque tengo que hacer un rodeo; que a eso vine, y no me he de ir sin cumplir
con lo que pensé hacer... Y añade que pierda cuidado; que hace meses que yo
tenía noticia de esa expedición de franceses y filibusteros, pero que no es a
Cartagena adonde se dirigen, sino a Portobelo, y allí hallarán la armada del
conde de Saucedillo, que les hará frente.
-¿No sería
mejor que su excelencia le escribiese todo eso a mi amo?... Yo puedo olvidar
algo, y...
-¡Escribirle!
-exclamó el perezoso gobernador-; no lo pienses... Yo vine a descansar en
Turbaco, y ni recado de escribir traje. Anda, anda a buscar a tu amo, y repítele
lo que te he dicho, que eso lo tranquilizará y me dejará en paz y sosiego.
Recibió don
Sancho Jimeno el recado del gobernador con no reprimida ira; envió
inmediatamente estas noticias a Cartagena, para que se fuesen preparando y
apercibiendo; pero ninguno de los empleados del gobierno español quiso o pudo
tomar las providencias del caso y el castellano veía con desesperación que
pasaban las horas y los días sin que regresase el gobernador, no obstante los
muchos mensajes que mandaba, puesto que los mensajes produjeron lo contrario de
lo que aguardaba: don Diego, que, como ya sabemos, no quería a don Sancho, por
llevarle ,1a contraria permaneció ausente de Cartagena hasta el día doce, en que
regresó. Este hizo saber a don Sancho que el día siguiente por la tarde le
enviaría la guarnición que pedía, y mientras tanto él fue a visitar los
castillos de Manzanillo y Santa Cruz, sitos en la bahía y distantes de la
ciudad.
Como llegase el
gobernador ya oscuro al castillo de Santa Cruz el día doce por la noche, no
quiso regresar a Cartagena, y pernoctó allí.
Cuando se
levantó el día trece, vio que toda la guarnición estaba sobre las murallas
mirando hacia el mar.
-¿Qué miráis?
-preguntó.
-Una multitud
de velas que parecen venir hacia acá.
-Os equivocáis,
-repuso el gobernador muy serio-; esos deben de ser los bajeles de filibusteros
que van a Portobelo.
-¿Estáis seguro
de eso? -preguntó el comandante del castillo.
-Lo presumo
así...
-¡Señor
gobernador! -exclamó el comandante con indignación-, habéis faltado a vuestro
deber cuando no apercibisteis la plaza con tiempo. Ved cómo uno de los buques
mayores se dirige, hacia el puerto directamente.
-¡Coronel
Vallejo! -dijo el gobernador, muy airado-, ¿cómo os atrevéis a proferir esas
palabras? Pase vuesamerced arrestado a Cartagena.
-¡A un coronel
no se le trata así! -dijo el otro con rabia-, y...
-Callad, y
cumplid mi orden, porque os puede costar caro el irrespeto... -¿Pero quién queda
en mi lugar en este castillo? -Nadie... Si el enemigo nos ataca seriamente, no
tenemos fuerzas suficientes para guarnecer a Santa Cruz y hemos de abandonarlo
con tiempo... Pero, -añadió-, no entrará el enemigo en Cartagena... Hace más de
cien años que ningún pirata, filibustero o enemigo, ha osado hacerlo. ¿Y por qué
lo han de intentar ahora?
Dos horas
después el gobernador regresaba a Cartagena llevando consigo toda la guarnición
de Santa Cruz, en el momento en que un barco enemigo, con cincuenta bocas de
cañón, se ponía de guardia a la entrada del puerto, quedando éste bloqueado por
mar.
En el entre
tanto, éste era el suceso que ocurría en el castillo de San Fernando de Boca
Chica: don Sancho Jimeno había mandado llamar a su esposa para despedirse de
ella.
-Adiós, -la
decía abrazándola tiernamente-, adiós amada Teresa... Es posible que no nos
volvamos a ver jamás; no me olvides en tus oraciones hija mía.
La niña (apenas
había cumplido dieciocho años), que le tenía echados los brazos al cuello, se
apartó temblando para mirar a su esposo de frente.
-¡Don Sancho!
-exclamó (ella nunca había podido llamarle de otro modo)-; ¿qué dice vuesamerced?
¿Por qué habla de muerte? ¿Está acaso enfermo o un peligro le amenaza?
-No estoy
enfermo... pero me amenaza un grandísimo peligro...
-¿Cuál?
-Se acercan los
filibusteros a atacar esta plaza; el gobernador no ha querido darme los auxilios
que necesito... Moriré, pues, bajo las ruinas de aquesta fortaleza que se me ha
encomendado ...
-¿Y por qué no
pedís auxilio a don Diego de los Ríos? ¿Por qué no le explicáis la necesidad de
ello?
-Lo he hecho
repetidas veces... y no he recibido ninguna contestación; me resignaré a morir;
pero jamás, ¡lo juro por Dios Nuestro Señor!, rendiré la bandera española ante
ninguna otra del mundo.
-Aún es tiempo,
-dijo Teresa con angustia-, permitidme ir yo misma a ver al gobernador...
-¿Tú? ¡jamás!
No volveré a humillarme ni a pedirle nada...
-Señor, señor
-gritaron algunas voces desde las murallas-, ¡se acerca un bajel enemigo con la
bandera de Francia desplegada!
-Llegó la hora
del peligro... Teresa, debes partir...
-¿Yo partir?
¡Nunca jamás! Compartiré con vos el peligro, y si es preciso morir, moriremos
juntos.
-No, hija mía;
tu presencia me quitaría el valor...
-Soy tu esposa
-dijo la niña con dignidad, tuteando a su marido por primera vez en su vida.
-Mi esposa, sí;
pero yo soy el castellano de la fortaleza, que ha jurado defenderla con la vida;
tú nada has jurado: puedes vivir...
-¿Sin ti?
¡prefiero la muerte!...
-Quizá
saldremos victoriosos; ¿por qué no? Vete, amada mía, que me quitas el ánimo...
-Si eres tan
bueno, tan noble, tan grande, Sancho mío, que...
-No, no trates
de adularme, -repuso él sonriendo con tristeza:-, y obedéceme...
-Ella insistía
en quedarse, hasta que al fin la dijo su esposo con gravedad: -Yo mando en este
castillo; no puedo tener bocas inútiles en él; Teresa, es preciso que te
alejes... Te hago, sin embargo, una recomendación: si los enemigos penetran en
la bahía, huye de aquí, hija mía; no aguardes al enemigo, que puede
afrentarte... Vete a Villanueva entonces, que allí encontrarás a la familia
Heras Pantoja, que es muy amiga nuestra, como tú sabes, y te amparará en memoria
mía.
Con estas o
semejantes palabras, don Sancho fue convenciendo a su afligida esposa de que
debía partir, y llevándola casi en brazos hasta la playa, la sentó en el barco
que había aprestado para ella, y recomendándola a las negras esclavas que la
acompañaban, saltó a tierra nuevamente, mientras que los remeros se dirigían
hacia la cercana costa de la isla de Barú, en donde, como hemos dicho, don
Sancho Jimeno poseía su casa de campo.
III
La mar estaba
algo agitada, y la brisa soplaba de tierra hacia afuera, como si el viento mismo
fuese patriota y rechazase el ataque del enemigo. Como hemos visto antes, se
había separado de la flotilla comandada por el barón de Pointis y por Ducassé,
un navío de guerra de cincuenta cañones, el cual, con las velas desplegadas al
viento y enarbolada la bandera francesa, se adelantaba con gracia y como un
enorme cisne hacia Boca Chica, en tanto que los demás bajeles se detenían lejos
de la costa. A poco arreció el viento, blanqueó el mar, levantáronse las olas y
el buque tuvo que variar de rumbo y navegar con sesgado giro, subiendo y bajando
sobre las líquidas colinas que trataban de impedirle el paso. Sin embargo, el
bajel adelantaba, y los que lo contemplaban desde lo alto de las murallas del
castillo de San Fernando, veían a cada momento con mayor claridad los colores de
la bandera que batía el viento con ira, los soldados que guarnecían la cubierta
con el arma al brazo, y pudieron contar las cincuenta bocas de cañón con que iba
armado.
No obstante el
viento contrario, ya empezaba a caer la tarde, cuando el bajel llegó a las
inmediaciones de Boca Chica. Un tiro de cañón disparado de la fortaleza de San
Fernando rozó las olas a un lado del buque enemigo, y otro, disparado un momento
después, rompió un palo saliente a proa. El navío se alejó un poco, disparó tres
cañonazos consecutivos, más como una señal que para hacer daño, y permaneció
quieto en cuanto era posible, batido como estaba por la brisa. Otro cañonazo
disparado de San Fernando le hizo ver que ya no podía hacerle daño; contestóle
otro tiro, yendo a caer la bala sobre la arena de la playa, en donde quedó
sepultada. Al mismo tiempo notóse que la flotilla que se veía en lontananza se
dividía: una parte de los bajeles se dirigió hacia Boca Chica, y otros se
movieron como para tomar la vía de la ciudad de Cartagena.
Poco a poco fue
cayendo el día, y los últimos rayos del sol poniente iluminaron con ondas de
fuego derretido las altas almenas del castillo de San Fernando, y dieron un
color de sangre a la bandera española que tremolaba en su cumbre.
-Cuando
amanezca el día, -pensó don Sancho Jimeno, bajando de su mirador, después de
haber dado las últimas órdenes al artillero Francisco Vives-, cuando amanezca el
día de mañana, estaremos sitiados enteramente por agua... Pediré por última vez
auxilio al gobernador por la vía de tierra. Si no me manda gente, no sé qué
pensaré de él, pues no puedo creer que un español sea traidor a su rey hasta ese
punto.
IV
La noche había
cerrado enteramente; la luna, muy nueva todavía, arrojó una amortiguada y
melancólica luz sobre la mar, que aullaba con ronquísima voz entre las rocas de
la ribera, sobre los dormidos arenales y los tembladores juncos; plateó
levemente las copas de los manglares, se deslizó con suavidad por las orillas de
los muros de las fortalezas, iluminó tenuemente la cúspide de las olas, y en
seguida fue a morir hundiéndose en el horizonte. Dos sombras salieron de la
fortaleza de San Femando y tomaron una vereda que serpenteaba, ya por la orilla
del mar, ya entre las malezas del interior de la isla de Tierra Bomba, unas
veces ocultándose entre dos colinas, otras deslizándose por entre los manglares
de la ribera del mar. Aquellas dos sombras eran las de los mensajeros que
enviaba por última vez el castellano de la fortaleza de San Fernando al
gobernador de Cartagena, avisándole la situación crítica en que se hallaba.
Uno de los
mensajeros era un negro esclavo que don Sancho había comprado hacía poco tiempo
al capitán Francisco Santarem, militar llegado no hacía mucho tiempo a
Cartagena, el cual se decía que se había criado en Francia entre la servidumbre
de la reina María Teresa de Austria, y hablaba el francés al igual del
castellano; el compañero del negro era un soldado de la guarnición, veterano de
toda la confianza del castellano, el cual llevaba el mensaje escrito que enviaba
éste a don Diego de los Ríos.
-Mi cabo, -dijo
el negro al soldado en el momento en que se acercaban a la punta de Chumba,
detrás de la cual iba la vereda que seguían-, si está cansado, puede su merced
darme la partesana, que yo se la llevaré con gusto.
-Toma, hermano,
-dijo el cabo-, que me pesa mucho esta noche el arma, más que otras veces. ¡Qué
calor hace! ¡El viento, en lugar de refrescar, parece que viniera del infierno!
-Yo no siento
calor, -dijo el africano recibiendo la partesana con un anhelo extraño, que.
despertara sospechas en el cabo, si hubiese visto brillar un diabólico relámpago
en los ojos del esclavo.
-¡Tú qué vas a
sentir, si vosotros los negros nacisteis para aguantar soles y sufrir estos
climas endemoniados, sin que os hagan mella!
El negro
contestó con una carcajada; se detuvo enseguida, puso las manos en la boca y dio
un grito particular.
-¿Qué significa
eso? -preguntó el cabo-. ¿Por qué haces ese ruido extraño?
-¿Este ruido
qué significa? pregunta vuesamerced. Ya lo sabrá dentro de un momento.
El cabo se
detuvo.
-Dame mi arma,
-dijo volviéndose hacia el lugar en que acababa de ver a su oscuro compañero,
más oscuro que la noche misma; pero éste había desaparecido.
-¡Juan!
-exclamó-; ¿dónde estás?
Nadie le
contestó. En ese instante le llamó la atención, en medio del rumor del mar que
se rompía en aquel punto con estrépito, un ruido como de voces humanas, y antes
de darse cuenta de lo que le pasaba, se vio rodeado de una turba de hombres que
se arrojaron sobre él, y sin darle tiempo de defenderse, encontróse atado de
pies y manos.
-¡Juan!
-gritó-; ¡traidor!
-¡Silence! -le
contestó en francés uno de los circunstantes, hundiéndole un puñal en el pecho
hasta el mango. Sacóselo después, lo limpió tranquilamente en la ropa de la
víctima, y se puso a vaciarle los bolsillos. Sacó la carta del gobernador y se
alejó con sus compañeros.
Empezaba a
clarear el día, cuando el negro Juan llegaba a Cartagena, se dirigía a la casa
del gobernador, y allí anunciaba que iba con un recado del castellano de Boca
Chica.
-Mi amo, el
señor don Sancho Jimeno manda este papel, -dijo el negro con hipócrita
humildad-, para que su señoría se imponga de lo que dice.
El gobernador
lo abrió.
-Pero ésta no
es letra de don Sancho, -dijo mirando al negro-, ni trae su sello.
-Mi amo se
había lastimado una mano, -contestó éste sin turbarse-, y se lo escribió el
artillero Francisco Vives.
El gobernador
leyó lo siguiente, no sin asombro:
"Excelentísimo
señor:
Ha resultado
falsa la alarma que hemos tenido con respecto a la escuadra francesa; yo sé de
una manera evidente que no tratará de entrar en Cartagena, sino que continuará
con dirección a Portobelo. No debe su señoría mandarme, pues, auxilio ninguno.
De su
excelencia su más rendido servidor,
El castellano
de San Fernando".
Largo rato
estuvo el gobernador mirando el papel que tenía en la mano.
-¡Cosa bien
rara! -dijo-; esta letra me es familiar, aunque no conozco la de Francisco
Vives, ni creía que ese hombre escribiese tan bien; pero ésta se parece mucho a
otra que he visto últimamente... Dime, -repuso, dirigiéndose al negro-: ¿cómo ha
sabido tu amo las intenciones de la escuadra enemiga?
-No sé, señor.
-¿No está desde
ayer tarde una fragata bloqueando la entrada al puerto?
-Sí, señor;
pero cuando le dispararon algunos cañonazos de la fortaleza, se retiró más
lejos... Oí decir a mi amo que el enemigo lo que pretendía hacer con eso era
impedir que de Cartagena mandasen aviso a la escuadra del conde de Saucedillo...
-¿Qué he dicho
yo desde el principio? -exclamó el candido gobernador-. Los filibusteros, ya lo
veis, no han pensado en atacarnos...
-Mi amo, -dijo
el negro-, despácheme vuesamerced, que quiero estar temprano en Boca Chica con
la contestación... Mi amo me dijo que bastaría que su excelencia pusiese su
firma en el mismo papel que traje, lo cual le probaría que el señor gobernador
lo había recibido.
Alegróse el
perezoso don Diego de los Ríos de no tener que escribir carta, y tomando una
pluma firmó el papel que había llevado el negro, se lo devolvió a éste, y pidió
su desayuno, mientras que el esclavo regresaba a toda prisa a buscar la barca
que le había llevado de Tierra Bomba; embarcóse en ella y puso manos a los
remos. Nadie notó desde la playa que, yendo ya cerca del otro lado de la bahía,
se detuvo para volver menudos pedazos la carta de don Sancho Jimeno, junto con
la firma del gobernador, cosa que, si la viera éste, le habría sorprendido
mucho.
Iba aún el
negro por mitad del camino, cuando empezáronse a oír cañonazos, uno tras otro;
unos del fuerte de San Fernando, contra más de doce bajeles enemigos que se
habían acercado a Boca Chica; otros, de estos navíos que atacaban con brío la
fortaleza. Momentos después arrimábanse (sin preocuparse del fuego que les
hacían de los muros y almenas del castillo, con lo cual mataban a los que
sacaban el cuerpo fuera de la cubierta) tres pontones llenos de filibusteros
armados con bombas y morteros para dispararlas. Los piratas se arrojaban a las
playas con grandísimo riesgo, muriendo unos en la empresa; pero la mayor parte
llegaron hasta un punto en que las murallas mismas de la fortaleza les servían
de parapeto.
La situación de
don Sancho Jimeno era angustiosísima. ¿Cómo defenderse de aquel ejército de
hombres que no temían a Dios ni al diablo, a quienes poco importaba morir, ni
que murieran los demás, con sesenta negros bozales y treinta y cuatro soldados
veteranos por junto, pues el que había enviado a Cartagena no regresaba? Pero el
peligro en que se hallaba enardeció el valor sereno de aquel hombre, que
recorría, sin perder su calma, las murallas, animando con su presencia a los
artilleros y hasta chanceándose con los que notaba asustados.
Tres horas
después de medio día, ya todos los veintidós bajeles del enemigo (contándose
entre éstos diez navíos de guerra de ochenta y noventa cañones) estaban frente a
Boca Chica, los cuales se desplegaron en semicírculo para atacar la fortaleza.
Una hora antes
de oscurecer, los sitiados vieron que de algunos de los buques arrojaban botes
con gente que debería desembarcar en la punta llamada de El Horno, la cual,
resguardada por la formación del terreno, no podía ser defendida por el
castillo. Sancho Jimeno, despreciando el peligro, y a riesgo de ser despedazado
por las balas enemigas, subió al sitio más alto de la fortaleza, con el objeto
de mirar hacia Cartagena, por ver si le enviaban los socorros que había pedido.
-¿No veis venir
nada? -preguntó el artillero Francisco Vives que le acompañaba.
-Nada, señor.
-¡Maldito
gobernador! -exclamó el castellano, perdiendo por primera vez la paciencia-. Nos
sacrificará indudablemente a su desidia y su flema! ¡Mañana amaneceremos
cercados por mar y tierra!
Las balas
disparadas por los franceses arrancaban entre tanto trozos de muralla, y al
estruendo de los cañonazos se unía el estridente fragor de la fusilería.
-¡Señor
castellano! -gritó Vives agachando la cabeza al sentir venir una bala, la cual,
pasando por lo alto, fue a hundirse dentro del pavimento, a dos pasos de
distancia de don Sancho, que ni se movió ni pestañeó siquiera-. Señor mío,
-añadió-, vámonos de aquí, que nada ganará el rey con nuestra muerte, y sí
perderá si os mata el enemigo.
-Efectivamente,
-contestó don Sancho, dando la última mirada al camino por donde esperaba la
llegada de la tropa pedida-; es preciso que nos resignemos a defendernos con la
poca gente que tenemos: esta noche el enemigo se hará dueño de Tierra Bomba, y
mañana será inútil aguardar auxilio. Bajemos...
La agitación
del mar del día anterior se había cambiado en una calma completa; ni una hoja se
movía en los árboles, y el rumor de las olas era un suave susurro al tocar las
playas; la luna, que lucía apenas un medio disco de plata sobre un cielo azul
pálido, se confundía con el brillo intenso de los luceros que se miraban en las
aguas mansas del océano, semejante a un inmenso lago. Los fuegos habían cesado
con la noche; pero los buques enemigos, semiocultos en las sombras, estaban
llenos de luces, y se notaba en ellos gran movimiento, como también el ruido que
se oía por el lado de tierra probaba que hacían preparativos para el sitio de la
fortaleza por aquella parte.
Sancho Jimeno,
después de haber pasado la noche en vela, preparándose para el formidable ataque
que aguardaba al día siguiente, se había quedado dormido hacía apenas una hora,
cuando lo despertaron para avisarle que acababa de llegar el negro despachado la
noche antes a Cartagena.
Este se acercó,
con los ojos bajos, al sitio en que estaba el castellano.
-¿Por qué has
tardado tanto? -exclamó don Sancho al verle.
-El señor
gobernador no me quiso despachar hasta esta noche, -contestó el esclavo
embustero.
-¿Me mandó ya
los auxilios?
-Cuando
amanezca estarán aquí.
-¡Cuando
amanezca no podrán pasar! ¿Cuánta gente mandaba? -añadió.
-No me dijo...
-¿No me escribió?...
-Dijo que no
tenía tiempo...
-¿Y qué
más?...
-Lo que dije:
que al aclarar el día despacharía lo que deseaba el señor castellano.
-¿Y dónde está
el cabo que se fue contigo? A él comisioné para que trajera la carta, y no a
ti.
-El cabo se
quedó en el camino... de aquí para allá.
-¿En el camino
de aquí para allá?...
-Quiero decir,
de allá para acá...
Don Sancho
Jimeno fijó los ojos en el negro, y éste se puso a temblar, sin poderse
contener.
-Contesta, -le
dijo el castellano-: ¿Dónde quedó el cabo?
-Se me perdió
en la oscuridad de la noche...
-¿No se te
había encomendado que le señalases el camino?
-Sí, mi amo,
pero... no supe qué se hizo. En aquel momento se oyó el estruendo más espantoso:
parecía que el mundo se venía abajo; la fortaleza cimbraba, atacada por todos
cuatro costados por la artillería enemiga.
Don Sancho tomó
su espada y se arrojó fuera del aposento, pero no antes de haber dicho:
-Este negro es
sospechoso... Que le suman en las bóvedas con un par de grillos; ahora no hay
tiempo para más... ¡Es preciso que todo hombre tome las armas, sin excepción
ninguna!
Al salir fuera
del aposento, el castellano notó que el mar se iluminaba tenuemente con los
primeros albores de la mañana, y que un vientecillo fresco se había levantado
del lado de tierra.
V
Hacía diez
horas que los franceses y filibusteros bombardeaban la fortaleza de San
Fernando, y cañoneábanla con más de mil cañones que llevaban los navíos de
guerra, y además bajeles preparados para el caso. Habían desmontado ya quince de
los cañones que coronaban las baterías, matado diez de los treinta y cuatro
soldados veteranos que encerraba el castillo, y los demás estaban casi todos
heridos y fuera de combate.
Poco después de
medio día, los filibusteros que habían entrado en la bahía, entre Tierra Bomba,
Barú y la isla de Las Brujas, apresaron dos embarcaciones que el gobernador (que
comprendía al fin toda la gravedad de la situación y sospechaba que la supuesta
carta de don Sancho Jimeno debía de haber sido el fruto de alguna traición)
enviaba al sitiado castellano de Boca Chica.
La ciudad de
Cartagena era presa de la mayor alarma, y todos se preparaban para defenderse lo
mejor posible; pero la situación angustiosa de don Sancho había despertado la
simpatía en los moradores de la ciudad, los cuales pidieron con el mayor empeño
que se enviase algún socorro a aquel valiente. Al fin don Diego había accedido
mandando a un religioso de San Juan de Dios, que era además cirujano; a un
tambor que debía hacer gran falta a don Sancho, que carecía de todo, y veinte
hombres veteranos. Estos salieron muy temprano de la plaza, pasaron la bahía
entre claro y oscuro, y se fueron deslizando por la orilla de las playas de
Tierra Bomba, aunque el estruendo medroso del cañoneo les había tenido muy
alarmados durante todas aquellas horas. Como hubiesen notado que un pequeño
barco de los filibusteros se hallaba en la mitad de la bahía, como en acecho, el
religioso saltó a tierra con sus compañeros en la punta de Periquito, pensando
que le sería fácil continuar por tierra hasta la fortaleza. Pero se había
equivocado el bueno de fray Alonso de Villarreal: los filibusteros le vieron, y
en el acto echaron dos botes al agua, los cuales arrojaron cincuenta hombres a
tierra, y en breve rodearon y cogieron desprevenidos a los cartageneros, que en
vano procuraban ocultarse entre los manglares.
Media hora
después el religioso compareció delante de Ducassé; pero como el primero no
supiese hablar francés, ni el segundo castellano, tuvieron que entenderse en
latín, lengua que el gobernador de Petit-Goave había aprendido en su juventud.
Este, con mal coordinadas frases, le pidió al religioso que fuese a la
fortaleza, hablase con el castellano y le preguntase, de parte de los jefes de
la escuadra, si estaba dispuesto a entrar en negociaciones para el rendimiento
del castillo.
Suspendieron
sus fuegos los enemigos, y respiraron los mal traídos sitiados cuando vieron
acercarse un oficial francés y un fraile de San Juan de Dios con bandera blanca.
Con trémula voz el religioso pidió que le llamasen al castellano, porque tenía
que hablarle de parte de los sitiadores.
Presentóse
sobre uno de los parapetos exteriores don Sancho Jimeno.
-¿Qué deseáis,
padre? -preguntó; y, reconociéndole, añadió manifestando sorpresa-: ¿su
paternidad viene como parlamentario del enemigo?
-Me acaban de
tomar preso... Venía con un piquete de soldados a traeros socorro...
-¡A buen
tiempo!...
-Uno de los
jefes enemigos me mandó aquí para que os notificase que si rendíais las armas y
entregabais el castillo inmediatamente, os daría cuantas garantías pidierais
para vos y para la guarnición; y me dijo que tenía noticias seguras de que la
guarnición de la fortaleza era poquísima, y no podría sostenerse una hora más.
-Dígale su
paternidad al señor general de la escuadra, -contestó Jimeno-, que no puedo
entregar la fortaleza, porque no es mía; el rey me la ha dado a guardar, y sólo
con una orden de su majestad (y se descubrió al decir estas palabras) la podría
rendir.
-Pero, señor
don Sancho...
-Añada vuestra
paternidad, -repuso-, que tengo la gente y las municiones suficientes para
defender el castillo durante todo el tiempo que sea necesario.
Y al decir esto
bajó del parapeto, y el Capacho regresó a dar cuenta de su comisión al general
enemigo.
Cuando el barón
de Pointis supo el resultado de la conferencia con Sancho Jimeno, se enfureció
sobremanera.
-¡Insolente
español! -exclamó-. ¡Ha de pagar caro su presunción! Que no se le tenga ya
ninguna consideración, -añadió-; yo le enseñaré a respetar el pabellón francés.
Mandó entonces
que desembarcasen todas sus tropas y ocho cañones de a cuarenta libras, que no
había querido emplear hasta entonces, por parecerle inútil tanta fuerza. Aquella
tarde empezó el ataque contra la fortaleza con tal vigor, que antes de oscurecer
ya habían deshecho los parapetos exteriores que daban a la playa. Continuó el
cañoneo durante gran parte de la noche, y al amanecer el día diez y seis de
abril, aparecieron en completa ruina los terraplenes y baluartes cercanos al
mar; pero don Sancho Jimeno continuaba defendiéndose con brío, sin descansar un
momento, y apuntando con tanta certeza, que había inutilizado varios buques, y
dos bajeles menores de los filibusteros se habían hundido, llevándose al fondo a
muchos enemigos con armas y pertrechos.
Este incidente
enfureció a tal punto al barón y a Ducassé, que mandaron que se arrojasen sobre
el desgraciado castillo cuantas granadas y bombas se pudiese. Los sitiados
empezaron entonces a respingar y a gruñir, aunque el castellano procuraba
alentarles con la voz y con el ejemplo, asegurándoles que pronto les llegarían
auxilios, si acaso no se cansaba al fin el enemigo al verles tan valerosos; pero
los negros, particularmente, iban perdiendo el ánimo, y cada vez que una granada
despedazaba un trozo del techo y hería a alguno, los gruñidos aumentaban, la
disciplina se alteraba, y don Sancho no podía menos que comprender que no sería
posible continuar la lucha por muchas horas más.
El artillero
Francisco Vives era casi el único que acompañaba en su empeño al denodado
castellano; sin embargo, comprendía aun más que don Sancho que la guarnición no
sufriría por más tiempo semejante situación.
Don Sancho se
hallaba descansando algunos momentos de sus fatigas, mientras el artillero
trataba de reparar algunos de los daños hechos por las granadas, cuando una gran
vocería le hizo volver a acercarse a las murallas.
-¿Qué sucede?
-preguntó.
-Que acaba de
perder la cabeza el sargento Nuño, que se dejó ver un momento por encima de la
muralla; y que nosotros, -añadió el que hablaba, que era un mulato fornido-, no
resistimos ya más...
-¡Qué
vergüenza! -exclamó el castellano-. ¿Queréis inclinar nuestro pabellón, el de la
gloriosa España, ante el francés?... No es posible semejante ignominia...
Aguardemos a mañana; entre tanto, recibiremos auxilios de Cartagena...
-¡Auxilios!
-repuso con insolencia el mulato-: no puede acercarse nadie por mar ni por
tierra. Hace una hora que dos piraguas que venían de Cartagena con tropas
tuvieron que devolverse, perseguidas por uno de los buques pequeños de los
filibusteros.
-Pero el conde
de Saucedillo, que está en Portobelo con los galeones reales, puede llegar de un
momento a otro... Aguardemos, hermano.
En aquel
momento se oyó de nuevo gran ruido de voces, y otro mulato se acercó mustio y
temblando:
-Están echando
escalas, señor, -exclamó-. ¡Estamos perdidos, pues los enemigos han jurado no
dejar uno de nosotros con vida!
No habían
transcurrido cinco minutos, cuando el enemigo suspendía sus fuegos en todas
partes. Una bandera blanca tremolaba sobre la cumbre de la desmantelada
fortaleza.
-El general
francés, -dijo un negro dirigiéndose a don Sancho-, pide que el castellano de la
fortaleza se presente para hablar con él.
Pálido de rabia
y de indignación, el castellano de Boca Chica se lanzó sobre el parapeto más
cercano al campamento enemigo, y exclamó:
-¡Aquí estoy!
¿Qué se ofrece?
-Manda el barón
de Pointis, general de las escuadras de su majestad el rey de Francia, que le
abráis la puerta de la fortaleza, -contestó el intérprete del jefe supremo de la
expedición.
-¿Y con qué
derecho pedís eso? -repuso don Sancho.
-La guarnición
de la fortaleza ha pedido buen cuartel, -contestáronle-; ved la bandera blanca
sobre vuestra cabeza.
-Si la cobarde
guarnición lo ha hecho así, -dijo el español con soberbia-, yo, que soy el
castellano de esta fortaleza, juro que no me rendiré jamás; arrojaré fuera a los
miserables que se han humillado, pues todavía quedan a mi lado muchos valientes
con honor.
Al decir esto
subió al puesto en que se hallaba la bandera, la arrancó, volvióla pedazos y
arrojó éstos al viento.
Los franceses
habían estado mirando las acciones de don Sancho Jimeno, sorprendidos y atónitos
de tanta altivez.
-¡Las escalas!
¡Las escalas! -gritaron todos llenos de ira-. ¡No habrá cuartel! ¡Muera el
insolente español!
-¡Misericordia!
¡Misericordia! ¡Nos rendimos todos! -exclamó la espantada guarnición.
-Si así lo
queréis, -dijo el general francés, deteniendo la furia de los suyos-, arrojad
las armas por encima de las murallas.
Los de adentro
obedecieron.
Mientras tanto
don Sancho se hallaba delante del puente levadizo con la espada desenvainada.
-¡Nadie sale a
deshonrar la causa del rey de España! -gritó con estentórea voz.
El francés
aguardó algunos momentos, y al cabo de ellos mandó a un emisario a pedir que se
abriese la puerta; y como no obtuviese contestación, hizo que se gritase por
medio de una bocina, que si le obligaban a entrar por encima de las murallas,
pasaría a cuchillo hasta el último ser viviente que encontrase dentro de la
fortaleza.
Arrojóse
Francisco Vives de rodillas delante del castellano:
-Señor, -le
dijo-, no hay remedio; es preciso entregarnos; no queda en pie un solo soldado
de honor; estamos en manos de los negros. ¡Permitid que abran la puerta; os lo
suplico por Dios!
El castellano,
sin contestar una palabra, rompió su espada, arrojó los pedazos, y haciéndose a
un lado, cruzó los brazos y dejó que abriesen la puerta y bajasen el puente
levadizo.
Los franceses
quisieron entrar inmediatamente, pero Pointis les detuvo.
-Deseo ver al
castellano de la fortaleza, -dijo hablando en francés.
Don Sancho
atravesó el puente lenta y majestuosamente, fijando sus altivas miradas sobre
los enemigos; al llegar a la otra extremidad abrió los brazos y dijo
pausadamente:
-Ved aquí al
castellano de la fortaleza de San Fernando... Ni me rindo ni pido cuartel; yo no
entrego el castillo, sino aquestos cobardes, que no han tenido ánimo para rendir
la vida en su defensa. Estoy desarmado: podéis hacer de mí lo que a bien
tengáis.
El general
enemigo se volvió a sus oficiales y les dijo:
-Este es el
hombre más heroico que he visto en mi vida. Aunque él no lo quiera, hemos de
salvarle.
-Señor
castellano, -dijo el francés saludándole cortésmente ¿dónde está vuestra
espada?...
-Le he roto...
Un vencido no ha menester armas. El barón se desabrochó la suya, y
presentándosela le dijo:
-Aceptad la
mía, caballero, que un hombre como vos no puede dejar de tenerla.
Don Sancho hizo
un ademán como para rechazarla.
-¿La rehusáis,
caballero? Este es un obsequio, no del vencedor al vencido, pues vuesamerced no
se ha rendido, sino de un admirador vuestro.
Saludó Jimeno
al barón, y recibiendo la espada se la ciñó:
-Me honráis
demasiado... -dijo; pero no pudo añadir otra cosa, pues la ira le hacía callar.
Sin embargo hizo un esfuerzo supremo:
-Permitid,
-añadió volviéndose al francés-, que os haga los honores del castillo. Y al
decir esto entró adelante con el sombrero en la mano.
VI
La triste y
humillada guarnición se hallaba reunida a la entrada de la fortaleza.
-Bien, -dijo el
general arrojando una mirada sobre unos treinta negros y mulatos y algunos
veteranos heridos que allí aparecían-; llamad, señor, al resto de vuestra
tropa.
-Esto que veis,
general, es todo lo que hay; los demás, que no eran muchos, han muerto...
-¿Y con estos
pocos hombres, señor castellano, habéis resistido tres días con sus noches a un
ejército de diez mil hombres con gruesa artillería y armados lo mejor que se ha
visto?... ¡En verdad, -añadió, dando una patada en el suelo-, que este
atrevimiento es inaudito!
-No lo
considero atrevimiento, barón, -repuso don Sancho con sosiego-; ni creo que era
faltar a mi deber como caballero, tratar de defender con un puñado de hombres el
castillo que se me había encomendado. ¡Oh, -añadió-, si éstos no fueran tan
cobardes, primero hubiéramos visto volverse polvo estos muros que entregamos!...
Sin embargo, si consideráis que mi conducta no ha sido como debería ser, aquí
estoy en vuestras manos; podéis hacer de mí lo que os plazca.
No respondió
cosa alguna el francés, sino que se apartó con su estado mayor a un salón
interior, en donde pasó largo rato conferenciando a solas con sus oficiales.
Entre tanto don
Sancho se había sentado sobre un cañón en lo alto de un muro, de donde
contemplaba con honda pena los preparativos que hacía el enemigo para emprender
marcha hacia Cartagena. Una voz desconocida para él le arrancó de su triste
meditación.
-Señor Jimeno,
-decía en malísimo castellano un coronel francés que acababa de ser nombrado por
su jefe comandante del castillo-: vengo a pediros que me entreguéis por
inventario los víveres y municiones que debéis de conservar en los almacenes de
la fortaleza.
-Yo no tengo
nada que entregaros, -repuso el español arrugando el entrecejo.
-¡Cómo!
-Buscad al
artillero Francisco Vives, -repuso Jimeno-: él os dará cuenta de todo eso; él
tenía las llaves de los almacenes y no yo...
Y diciendo esto
volvió la espalda al coronel, y siguió contemplando los movimientos de la
escuadra enemiga.
Fuese muy
quejoso el coronel a dar cuenta a sus jefes de la manera como le había recibido
el español.
-¡La firmeza de
carácter de este hombre es asombrosa! -exclamó el barón-; y si así fueran todos
los cartageneros, gastaríamos un siglo en rendir la plaza.
-¿Qué pensáis
hacer con él? -preguntó el antiguo negrero Ducassé-. Anda solo por la fortaleza
y si no fuera porque yo le he puesto centinelas de vista...
-¡Le insultáis
con eso! -exclamó el general-. Ese hombre es un héroe, y exijo que le dejéis en
libertad.
-¡En
libertad!... Si Jimeno pasa a la ciudad de Cartagena, nos puede hacer muchísimo
daño. ¿No sería mejor dejarle en esta fortaleza prisionero?
-Hacedme el
favor de suplicarle que pase a hablar conmigo.
Momentos
después el castellano de Boca Chica entraba con sombrero en mano en el salón en
que le aguardaba el francés. Este, al verle, se descubrió:
-Os escucho.
-¿Deseáis
vuestra libertad?
-Soy vuestro
prisionero; ya no puedo tener opinión acerca de mí mismo; pero es muy natural
desear la libertad.
-Podéis hacer
uso de ella...
-Sois
generoso...
-Con una
condición, empero...
-¿Cuál?
-Que no iréis a
la ciudad de Cartagena. Esta fortaleza, que era el puesto que se os había
señalado, ha sucumbido; no tenéis obligación de ir a defender otra.
-Es verdad...
pero un súbdito debe morir defendiendo la propiedad de su rey...
-Entonces
¿rehusáis vuestra libertad?
-¿Para qué
engañaros?... No puedo hacer uso de ella sino para combatir de nuevo hasta
rendir el alma, si es preciso, en la lid.
-¿No tenéis
familia?
-Sí; una esposa
idolatrada...
-¿Está acaso en
Cartagena?
-No; debe
hallarse en una estancia que tengo no lejos de aquí.
-Comprendéis,
señor don Sancho Jimeno, -dijo el francés-, que yo sería un imbécil si os
permitiera salir de aquí para ir a animar a los que quiero combatir...
-Yo tampoco,
-dijo el otro gravemente-, obraría de ese modo si estuviese en vuestro lugar.
-Sin embargo...
yo no quiero dejaros preso aquí... Me he enamorado de vuestro denuedo y noble
ánimo; me interesáis muchísimo y deseo vuestro bien; pero ¿qué hacer en este
caso? Ayudadme a favoreceros.
-Os lo
agradezco en el alma, barón, pero...
-¡Vamos!
Ablandaos un poco; transijamos la dificultad: en lugar de dejaros encerrado en
estos calabozos os mando preso cerca de vuestra esposa...
-¡Yo no puedo
llevar soldados a mi casa!
-No enviaré
sino un centinela, que no os desagradará.
-¿Cuál?
-Vuestro honor.
Me bastará vuestra palabra de permanecer preso cerca de vuestra esposa durante
mi permanencia en estas costas, y al momento mismo os enviaré allá, y estaré más
tranquilo que si os tuviera encerrado en una jaula de hierro.
El español se
puso a pasear en silencio de una punta a otra del aposento.
-Acepto, -dijo
al fin-, con una condición.
-Veamos cuál
es.
-Que
escribiréis las bases de nuestro tratado en un papel que firmaremos ambos; no
quiero que se sospeche jamás que he obrado con poca lealtad.
..........................................................................................
Una hora
después el castellano de Boca Chica saltaba en un bote, y acompañado por un
oficial francés, que llevaba un salvoconducto, y por el religioso de San Juan de
Dios, que había suplicado al barón de Pointis que le permitiese seguir al lado
de Jimeno, dirigió él mismo la embarcación hacia las vecinas playas de Barú.
Cuando de lejos descubrieron la casa de la propiedad de don Sancho, el oficial
dijo:
-Mi comisión ha
concluido, caballero: el general me encargó que os dejase antes de entrar en
vuestra casa.
Saludó
cortésmente don Sancho Jimeno, y mientras que el francés volvía a buscar su
embarcación, él se dirigía a su casa.
Todo estaba
solitario; no se veía un esclavo en las plantaciones de caña; la casa de
habitación estaba cerrada, y no había animal doméstico en ninguna parte.
-Sin duda
Teresa se ha marchado a Villanueva, como yo le mandé, -dijo don Sancho.
-¿Qué haremos
ahora? -preguntó el desconsolado padre, el cual, después de haber pasado tantos
sustos, ansiaba llegar a un lugar seguro en donde poder descansar.
En aquel
momento se presentó el mayordomo de la hacienda; confirmó lo que había pensado
el español, y les ofreció su casa, que estaba a alguna distancia.
-Yo no puedo
quedarme aquí -contestó el castellano de San Fernando-: he sido enviado por el
general enemigo, bajo mi palabra, al lugar en que se halle mi mujer; allí debo
permanecer hasta que nos veamos libres de los franceses.
-Descansad
vuesamerced en mi casa hasta mañana, -dijo el mayordomo.
-No; no puedo
hacerlo hasta no llegar a mi destino; dadme un guía, -añadió-, y un caballo
ensillado, y ahora mismo seguiré camino. Su paternidad, -añadió dirigiéndose al
religioso-, puede quedarse aquí en paz, y así dirá al barón, si me manda llamar,
adonde he tenido que irme; pues yo me considero preso aún, aunque no rendido...
-Pero ya llega
la noche...
-Por lo mismo,
debo emprender viaje inmediatamente, pues no he de descansar hasta llegar a
Villanueva.
El religioso le
tomó la mano.
-¡Jesús, María!
-exclamó-, estáis ardiendo de calentura.
-Hace seis
noches que no duermo y otros tantos días que no he podido pasar casi ningún
alimento... De ahí proviene la calentura.
-No llegaréis,
señor, por caminos extraviados, como vuesamerced ha de llevar, sino hasta
mañana; mejor será que descanséis aquí hasta mejoraros.
-Repito que si
no me dan lo que pido inmediatamente, me iré a pie y solo...
Hubieron de
darle gusto. El mayordomo mismo lo fue a acompañar, y fue bien pensado, porque
algunas horas antes de llegar a Villanueva, a pesar de su grande ánimo, las
fuerzas desampararon por completo al castellano; perdió el movimiento y la voz,
y no llegó al lado de su esposa sino en un estado tal de postración, que por
muchos días estuvo entre la vida y la muerte.
VII
El gobernador
don Diego de los Ríos, después de la caída de la fortaleza de Boca Chica, creyó
conveniente abandonar todas las fortalezas y castillos de la bahía y el de San
Felipe y la Popa, lugares que el enemigo fue tomando uno a uno y estableciéndose
en ellos, con el objeto de prepararse a un ataque serio dirigido a la ciudad. La
heroica defensa del castillo de San Fernando había hecho comprender a los
franceses que, no obstante su enorme artillería y el gran número de tropas que
llevaban, no era tan fácil, como habían pensado, la rendición de aquella plaza
fuerte.
Al fin quedó
todo preparado para el ataque definitivo, siendo el día y la hora un secreto
hasta para los oficiales de las tropas francesas y los jefes mismos de los
filibusteros, de quienes el barón desconfiaba siempre, por su falta de
disciplina y espíritu revoltoso.
Don Diego de
los Ríos había concentrado sus fuerzas en los lugares más peligrosos, y
encargado su custodia a los oficiales de su mayor confianza. Uno de éstos era el
capitán don Francisco Santarem -el amo de aquel negro infiel de quien hemos
hablado en otro capítulo. Habíasele encomendado el baluarte llamado de la Media
Luna, el cual tenía una brecha por donde debía defenderse contra la tropa que
llegara por la vía de tierra. La brecha encomendada a dicho capitán no medía más
de tres varas, en donde le habían dado orden de situar dos cañones. Varias veces
el gobernador había preguntado a Santarem si ya tenía arreglado el parapeto, a
lo cual éste contestaba que inmediatamente se pondría a la obra; pero con varios
pretextos se descuidaba, pasaban los días así y él nada hacía.
La noche del 1°
de mayo cerró lluviosa y oscurísima; ni una estrella brillaba en el cielo, negro
como un manto de terciopelo; recias ráfagas de viento sacudían las banderas y
rugían entre los mástiles de los navíos enemigos anclados en la bahía. Los
centinelas sobre las murallas no alcanzaban a distinguirse a dos varas de
distancia, y el ¡quién vive! era continuo en contorno de la ciudad, enteramente
sitiada por los franceses.
Serían las doce
de la noche cuando un bote fue arrojado al agua por el lado de Tierra Firme,
frente al baluarte de la Media Luna, y con los remos envueltos en lienzos para
que no hiciesen ruido; los cuatro hombres que iban en el bote remaron
activamente con dirección al barrio de Getsemaní.
Los centinelas
que se hallaban en la puerta del puente dieron un estentóreo ¡quién vive! y
llamaron al cabo de guardia. En el mismo momento la tenue lluvia que había caído
hasta entonces se convirtió en un recio aguacero, y los soldados que se vieron
cegados por la lluvia y por el viento, volvieron instintivamente la espalda al
temporal.
Cuando pasó la
ráfaga y dirigieron las miradas hacia el punto en que habían visto una sombra
deslizarse sobre el agua, nada vieron ya... Una pequeñísima luz, como la de un
cigarro encendido que fue arrojado al agua, sirvió de guía y señal a los del
bote, y éstos, en breves momentos arrimaron al pie del baluarte de la Media
Luna; arrojáronles de arriba una escala de cuerdas, de la cual uno de los
embarcados se asió y subió ligeramente a lo alto de la brecha, mientras que los
otros ataron el bote, y todo volvió a quedar en silencio, salvo el caer de la
lluvia, que se deslizaba por encima de las murallas y goteaba dentro de la
arrimada embarcación.
No había sobre
aquel baluarte sino un solo hombre, envuelto en una capa, y un negro agazapado,
que era el que había arrojado las cuerdas.
-¿Quién va?
-exclamó el de la capa, en voz baja, bien que el ruido causado por la lluvia
impedía que se oyese ningún otro a corta distancia.
-Yo...
¡Ducassé!... ¿Hablo con el capitán Santarem? -contestó en francés y muy paso el
recién llegado.
-No os
equivocáis. ¡ Qué noche tan propicia para nuestro objeto! ¿No es así? -repuso el
de la capa en el mismo idioma, y también a media voz.
-¿Nadie nos
oye?
-Nadie
absolutamente... Yo ofrecí a mis compañeros de guarnición velar aquí con Juan,
mientras que ellos aprontaban los cañones para traerlos cuando escampe la
lluvia.
-¿Y los haréis
traer?
-Según lo que
dispongáis... Ya sabéis cuáles son mis condiciones.
-¡Pedís
demasiado!
-¡Demasiado,
cuando os entrego la llave de la ciudad!
-¡De todos
modos hemos de entrar en ella!
-Acordaos de
Boca Chica: aquí todos son por el estilo de Sancho Jimeno, y con gusto rendirán
la vida por su rey...
-También hay
otros como vos: don José Márquez, don Pedro Cañarete y don Juan de Berrío... los
cuales son accesibles a rendirse por interés.
Santarem dio un
paso atrás y se mordió el labio.
-Transijamos,
-repuso el jefe de los filibusteros-: el tiempo urge y tengo que volverme al
campamento... La lluvia empieza a ceder, y si aclara nos pueden ver desde los
baluartes inmediatos.
-¿Qué me
ofrecéis en resumidas cuentas?
-Dinero no...
-¿Dinero no?
-Mercancías.
-¡Bien! Las que
yo escoja...
-No tanto
así... Pero unos cuatrocientos mil pesos en ropas, cuyo precio fijarán peritos
escogidos por mí...
-Y por mí
también... y una balandra en que llevarlas fuera de aquí; pues yo tendré que
dejar la plaza con vosotros, repuso Santarem.
-Convenido...
-¿Tengo vuestra
palabra?
-La tenéis...
Os juro por mi honor que si cuando ataquemos la ciudad, este puesto se halla
desamparado, tendréis lo que habéis pedido.
-¿Y cómo sabré
la hora del ataque?
-Oiréis un tiro
primero, y dos más, uno tras otro, en seguida, aquí enfrente, al pie del
castillo de San Felipe... Aguardad la señal quizás antes del día de mañana.
Al decir esto,
y sin despedirse, se acercó al baluarte, se deslizó por la escala de cuerdas que
había quedado pendiente, bajó al bote, y los que lo tripulaban remaron
aceleradamente hacia la opuesta orilla, mientras que el negro quitaba las
cuerdas y las ocultaba en un hoyo que cubrió con una piedra.
La lluvia había
cesado enteramente, cuando la luna asomó sobre el horizonte plateando torres,
campanarios y murallas, y haciendo brillar las armas de los centinelas que se
paseaban sobre los baluartes. Hacía rato que los soldados que estaban a órdenes
de Santarem habían regresado a la muralla, y avisado a éste que todo estaba
listo para transportar los cañones a la Media Luna.
-Aguardemos el
día, -dijo él.
A pesar de las
precauciones que tomaban los franceses para no ser oídos, sentíase por todas
partes cierto rumor extraño, que probaba que algo inusitado ocurría en el
campamento enemigo.
Santarem se
sentó sobre un parapeto y empezó a quejarse, diciendo que estaba muy enfermo, y
que si continuaba así tendría que retirarse de las murallas.
De repente se
oyó al pie del castillo de San Felipe un tiro seguido de otros dos, y reinó
después el silencio.
Inmediatamente
arrecióle el mal al capitán don Francisco Santarem; pidió que le llevasen una
silla para que le transportasen a su casa, que estaba al otro lado de la ciudad,
y sin dar órdenes ningunas con respecto a la defensa del baluarte, se hizo
llevar en la silla, fingiéndose muy enfermo. Sus soldados, que eran los peores
de la plaza (escogidos así ex-profeso por el traidor capitán), al verse sin jefe
se desbandaron en silencio y esa parte de la muralla quedó abandonada.
VIII
Empezaba apenas
a clarear el día 2 de mayo de 1697, cuando todos los ejércitos franceses
atacaron la ciudad por tierra y por mar.
Viendo que el
baluarte de la Media Luna había sido desamparado por su capitán y abandonado por
los que le acompañaban, el jefe de la plaza ordenó a un don Pedro Cañarete que
corriese a ocupar ese baluarte con los ochenta hombres que tenía a sus órdenes;
pero éste, en lugar de obedecer, se fue a ocultar al otro lado de la ciudad. Un
don Juan de Berrío dejó solo el baluarte de San Lázaro, cuya defensa le habían
encomendado, y aunque otros cartageneros hicieron resistencia, los franceses se
apoderaron antes de anochecer de todo el barrio de Getsemaní, y empezaron a
arrojar bombas sobre la parte de la ciudad de Cartagena que se sostenía, y en
donde se hallaban las casas más ricas e importantes de ella.
La población
entera se hallaba sumida en la mayor consternación el día 3 de mayo. Las bombas
habían arruinado muchas casas, entrádose hasta el interior de las iglesias y
causado graves daños, y al mismo tiempo no faltó quien difundiese por la ciudad
la especie de que si no se rendía la plaza, los filibusteros asesinarían a
cuantos hallasen vivos en la población, y que no dejarían piedra sobre piedra. A
esto se añadía que nadie tenía confianza en la pericia y el valor del
gobernador, y todos abrigaban el temor de que muchos oficiales de la guarnición
estuviesen vendidos a los enemigos, y aun se susurraban sospechas contra don
Diego de los Ríos mismo.
A medio día el
gobernador vio asediada su casa por una turba de revoltosos, que pedían a gritos
que procediese a capitular. Que no había esperanza ni posibilidad de sostenerse
aún, era la convicción de todos. Cartagena era entonces un emporio de riqueza,
la riqueza lleva consigo la molicie y el temor de perder la vida; así, pues,
pocos eran los que sentían amor a su rey y a su honor, y no les importaba
humillarse ante las huestes enemigas, si aquello podía reportarles mayores
bienes que si resistiesen con valor al empuje de los contrarios.
Vacilaba el
perezoso y débil gobernador ante la imponente voz de los revoltosos, cuando se
presentó una diputación enviada por una compañía de valientes que guardaba el
baluarte de Santo Domingo, compuesta de comerciantes de Santafé de Bogotá y de
Quito que estaban establecidos en Cartagena. Estos pedían con instancia que no
se cejase ante las exigencias de la plebe; aseguraban que con la guarnición que
existía en la plaza y los recursos que poseían, podrían defenderse hasta
fastidiar al enemigo, que había tenido ya muchas bajas y estaba descontento.
Pero no bien hubo hablado la comisión de los comerciantes de Santo Domingo,
cuando se presentó otra respetabilísima: iba de parte de los dos cabildos, que
pedían se capitulase inmediatamente, porque no había resistencia posible.
Después de esto llegaron varios religiosos, los cuales, en nombre de las
comunidades religiosas de la ciudad, suplicaban que no se derramase sangre
inútilmente, porque no había esperanza de rechazar al enemigo... Ante estas
opiniones, a las que se añadía la suya propia, el gobernador resolvió capitular.
Mandó enarbolar bandera blanca y envió emisarios al general de la armada
francesa ofreciendo, bajo condiciones muy honrosas, entregar la plaza. Accedió a
todo el barón de Pointis, y el día 4 de mayo por la mañana salió la guarnición
de Cartagena (dos mil hombres) con sus armas, los empleados del gobierno civil,
con una parte de sus haberes, el Tribunal de la Inquisición y las monjas del
Carmen y de Santa Clara, que prefirieron quebrantar su clausura más bien que
permanecer en la ciudad en que imperaban los filibusteros, a pesar de que se
había estipulado que los vencedores respetarían las iglesias y los conventos.
Tranquilizáronse un tanto los espíritus cuando vieron que Pointis se dirigió a
la catedral inmediatamente que entró en la ciudad, y pidió respetuosamente al
provisor, que le había salido a recibir, se entonase el Te Deum.
Nombró en
seguida gobernador de la ciudad al gobernador de Petit-Goave, Juan Bautista
Ducassé, el cual dio amplias licencias de hacer su gusto a los filibusteros.
Pero los habitantes, que se veían maltratados, y robados los templos por aquella
horda de bandidos, acudieron a quejarse al general de la escuadra francesa, y
aunque éste se indignó y quiso arbitrar remedio, Ducassé no pudo o no quiso
poner término a aquellos abusos, y cruzáronse entre los jefes palabras muy
hirientes. En resumen los cartageneros no obtuvieron las garantías que se les
habían ofrecido, y el susto y la aprehensión reinaron en todos los ánimos, pues
no se sabía hasta qué punto llegarían las vejaciones de los filibusteros,
quienes recorrían las calles tomando para sí cuanto se les antojaba y aterrando
a los pobres vecinos con sus amenazas.
Entre tanto que
sucedían estas cosas, el capitán Santarem alojaba en su casa a algunos de los
franceses, compraba -ya sabemos a qué precio- un cargamento de mercancías,
expropiadas por los enemigos a sus conciudadanos, las cuales embarcaba en una
balandra de los filibusteros; y aunque era mal mirado por los cartageneros y
despreciado por los franceses mismos, él se manifestaba muy satisfecho con sus
mal adquiridas riquezas, de las cuales fue a disfrutar en Francia muy a su
sabor, y después se radicó en Portugal, de donde era oriunda su familia.
IX
Veamos ahora
qué había sido de nuestro héroe Sancho Jimeno durante todas las semanas en que
le hemos perdido de vista.
Cuando se vio
curado de la enfermedad que le había acometido después de la rendición de Boca
Chica, tuvo la pena de saber que Cartagena se había rendido, no obstante los
muchos recursos que poseía. Hallábase, pues, retirado en Villanueva al lado de
su esposa, cuando se presentó un negro que le enviaba el mayordomo de la
hacienda que tenía en Barú, el cual le dijo que llevaba una carta que había
escrito el padre de San Juan de Dios que allí estaba asilado.
-Dame la carta,
pues, -dijo Jimeno alargando la mano.
-La carta me la
dio el mayordomo...
-¿Y qué la
hiciste?
-Hacía una hora
que había salido de la hacienda y me preparaba para pasar al estero, frente al
pueblo de Pata de Caballo, cuando me cogieron preso unos blancos de Cartagena
que están allí escondidos, me quitaron la carta, la leyeron, y me mandaron que
siguiera mi camino, que ellos sabrían qué habían de hacer con la carta.
-¡Atrevidos!
-exclamó Jimeno-. Pero tú a lo menos debes saber el motivo que tuvo el religioso
para escribirme.
-Debió ser para
avisar al amo que estaban en la hacienda unos franceses que iban de parte de su
general, a ver si sumerced estaba todavía en su casa de campo, como él se lo
había mandado.
-Vuélvete otra
vez, hijo, -repuso Jimeno-, y di a los franceses que si no estoy en Barú, es
porque mi mujer se había venido para acá, y que aquí como allá estoy a sus
órdenes, como prisionero que soy de su gobernador.
Dos días
después de aquel en que estuvo el negro a dar cuenta a su amo de lo que hemos
sabido, Jimeno recibió una orden del gobernador Diego de los Ríos, mandándole
que aclarase un cargo que tenía contra él el barón de Pointis, el cual le
acusaba de traición, porque los soldados franceses que fueron a su hacienda de
Barú habían sido llevados presos al gobernador por los aldeanos de Pata de
Caballo, y que no habían apresado al oficial que les mandaba, porque éste logró
escapárseles y pasar a avisar al barón de la mala partida que les había jugado
Sancho Jimeno.
-¡Yo hacer
traición! -exclamó el ex-castellano de Boca Chica-. Inmediatamente pasaré a
vindicarme.
Mandó llamar al
negro que se había dejado quitar la carta, llevó consigo a varios habitantes de
Villanueva, como testigos de que no había salido de allí, y que los soldados no
fueron llevados presos al gobernador, y se presentó a vindicarse delante de los
franceses dueños de Cartagena.
Ya no halló en
la ciudad al barón de Pointis: indignado éste con la conducta de Ducassé, o
deseoso de hacerse dueño absoluto de los caudales, decían otros, que había
tomado de las cajas reales (de ocho a nueve millones de francos), habíase
embarcado en sus bajeles, después de transportar a ellos todo el oro, que fue
llevado al puerto, cargado en ciento diez mulas.
Pointis recibió
muy bien a Jimeno, y le dijo que jamás había dudado de su honorabilidad, y que
le relevaba de su palabra, de manera que en adelante ya no debería considerarse
como prisionero suyo, ni le exigía ningún rescate.
-Valientes como
vos, -dijo-, son rarísimos en el mundo, y el molde en que se fabrican caballeros
de vuestro temple, se ha quebrado, y no se encuentra en ninguna parte de la
tierra.
Cuando Pointis
salió del puerto en dirección a Francia, Sancho regresó a Cartagena, en donde
fue muy aplaudida su conducta, y todos deseaban ver la espada que le había dado
el general francés cuando no rindió el castillo de Boca Chica.
Era la espada
de poquísimo valor; la empuñadura de cobre, y la hoja, no de acero toledano, que
eran las más preciadas en aquella época, pero se la envidiaban todos, y algunos
hubieran dado por merecerla su peso en oro.
Ducassé, en
tanto, con sus filibusteros acababa de recoger las mercancías que más le
convenían, las alhajas de las iglesias, entre otras un soberbio y riquísimo
sepulcro de plata maciza, que era el orgullo de los cartageneros. Pesaba ocho
mil pesos de plata, y pertenecía al convento de San Agustín, de donde una
piadosa cofradía, que lo había regalado a la iglesia, lo sacaba el viernes santo
en procesión por las calles de la ciudad. Aquellos piratas desmantelaron los
castillos y escogieron los mejores cañones para llevárselos, de manera que
embarcaron cerca de cien piezas de artillería que sacaron de la fortaleza. Los
cañones que no pudieron o no quisieron llevarse, fueron precipitados al mar;
trataron de volar las fortalezas y derribar los muros; y, por último,
resolvieron irse, a instancias de Ducassé mismo, que temía que aquellos
energúmenos acabasen por volver cenizas la ciudad cuyos edificios él había dado
su palabra de respetar.
Los
filibusteros estaban disgustados con Pointis porque no había distribuido entre
ellos equitativamente el botín sacado de Cartagena. Estos decían que había
sacado veinte millones de francos en monedas, barras y efectos, mientras que el
general francés aseguraba que el botín no valía más de nueve a diez millones,
sumándolo todo. Ducassé trató de calmarles, ofreciendo poner su queja al rey de
Francia, y por último les hizo embarcar y salir definitivamente del puerto.
¡Cuál no sería
la alegría de aquella desgraciada ciudad cuando desaparecieron en el horizonte
las últimas velas de los bajeles de los filibusteros! El gobernador que, como
hemos visto, era lento en sus movimientos, indeciso y enemigo de la actividad,
ordenó desde Mahates, en. donde estaba desde cuando salió de la ciudad, que
Sancho Jimeno permaneciese mandando en la ciudad, como que era la persona más
querida en Cartagena y la de su mayor confianza.
Jimeno mandó
inmediatamente a llamar a su mujer y con ella entraron muchas familias que
habían huido desde el principio del sitio de Boca Chica. Los lamentos, los
gemidos, las expresiones de espanto y las escenas de dolor que se representaban
por todas las calles a medida que los míseros habitantes encontraban sus casas
saqueadas, llenaban de indignación a Sancho Jimeno, el cual aseguraba que si el
gobernador le hubiese enviado la guarnición que le pidió, y si después se
sostuviera en la plaza, los franceses hubieran partido sin entrar en la ciudad,
pues el barón mismo le había dicho que más gente había perdido por causa del
clima y de las fiebres, que en los combates que había sostenido; de manera que
si atacaron a Boca Chica cerca de diez mil hombres, cinco mil escasos se
embarcaron al partir.
Ocupábase
Sancho Jimeno en reunir y armar a la dispersa tropa, en tapar las brechas de las
murallas, remendar las fortalezas y poner en orden todo, cuando le fueron a
avisar que entraban nuevamente por Boca Chica siete bajeles de piratas
filibusteros, con banderas negras desplegadas, los cuales, sin duda, tendrían
intención de acabar de arruinar la ciudad.
Efectivamente,
yendo por la mar, algunos jefes de los filibusteros se habían separado de
Ducassé, quien siguió para Santo Domingo, mientras que aquéllos regresaron a
Cartagena con las más negras intenciones.
X
La ciudad no
estaba en situación de resistir: no había un cañón montado, ni las armas se
hallaban en buen estado, y la mayor parte de los vecinos permanecían fuera...
Era preciso, pues, manifestarse impávidos y aguardar de pie firme, pero sin
tratar de defenderse, a la horda de piratas que se acercaba.
Don Sancho
Jimeno aconsejó a las mujeres que saliesen inmediatamente de la plaza,
llevándose a sus niños y los pocos haberes que aún conservaban; mandó con ellas
muchos de los hombres que de nada le podrían servir, y él permaneció con unos
pocos en la casa de la gobernación.
Aunque hizo
muchos esfuerzos para que partiera su mujer, ésta se resistió valientemente a
sus súplicas y permaneció en su casa.
Empezaba a
desaparecer el sol tras el horizonte, cuando un mulatito muy vivo que se hallaba
en acecho, entró en el salón en donde don Sancho estaba con unos pocos de sus
amigos, y le dijo que acababan de desembarcar los piratas, y que se dirigían
hacia aquel lado.
-Iré a
encontrarles, -dijo él calándose el sombrero, abrochándose la espada y tomando
una pistola-. Quiero manifestarles que no les temo, -añadió.
Miró a sus
compañeros como para invitarles a que le acompañasen, pero ninguno le contestó,
ni siquiera se movió del sitio en que estaba.
Don Sancho
salió, bajó la escalera, y llegaba al portal, cuando se encontró con los
filibusteros.
-¿Qué se os
ofrece aquí otra vez? -preguntó con sosiego a los jefes.
-¿Quién sois
vos para atreveros a preguntárnoslo? -contestaron con insolencia.
-El encargado
de la comandancia de la plaza.
-¡Que le
encadenen y le metan en las bóvedas! -exclamó el que iba adelante.
-No, no,
-repuso otro-. A éste debemos tratarle con consideraciones, ¡es Sancho Jimeno!
¡Es tan cierto
que el valor se impone a todos!
Rodeáronle los
filibusteros con curiosidad.
-Bien, pues,
-repuso el que iba adelante, dirigiéndose a algunos de los que venían atrás-: le
llevaréis a su casa en lugar de sumirle en las bóvedas, pero le pondréis guardia
y me responderéis de él.
Quisieron
algunos atarle.
-¡Atrás! -dijo
el español-. ¡Nadie me toque! Aquí están mis armas... Yo iré solo; no me
escaparé.
Los bandidos
recibieron la pistola y la espada, y le dejaron tomar la cabeza de la escolta,
que se dirigió a su casa, en donde la desventurada Teresa le esperaba temblando.
La escolta registró todas las habitaciones, y robó cuanto había en ellas; en
seguida encerraron a los dos esposos en un cuarto y pusieron un centinela frente
a la puerta.
Toda la noche
los presos estuvieron oyendo los gritos de espanto, los clamores de los vecinos
que pedían auxilio, a quienes saqueaban y maltrataban los piratas. Don Sancho se
paseaba en su aposento, lleno de angustia al verse impotente para hacer cosa
alguna en favor de los desgraciados, mientras que Teresa sollozaba en un rincón.
En las puertas
de todas las casas había centinelas que no dejaban salir a nadie, en tanto que
los bandidos robaban y ponían en tormento a los que no entregaban su dinero, y a
los esclavos y sirvientes para que denunciasen a sus amos. Esto se hacía con
método y orden, registrando la ciudad manzana por manzana y llevando el botín a
una casa cerca del puerto, en donde habían de distribuirlo después. Aquella
gente no robaba para sí, sino que todos los bienes eran comunes hasta que
llegase la hora de la distribución. Al aclarar el día siguiente se presentó una
escolta en la casa de don Sancho Jimeno.
-Venimos a que
nos entreguéis cuanto tengáis en oro, plata y alhajas, -dijo el oficial de la
escolta.
-¿No ha estado
la casa a vuestra disposición?
-No hemos
hallado en toda ella nada de valor.
-Pues entonces
no conseguiréis más, porque todos los valores que yo poseía estaban aquí.
-¡Mentís!
-exclamó el filibustero-. Nos han dicho que sois millonario...
Jimeno no
contestó una palabra, y se contentó con sonreír con aire despreciativo.
Eran ellos muy
despreciables para que él se resintiese de sus insultos.
-¿No me
contestáis? -preguntó el filibustero, tratando de reportarse, pues comprendía
que con un hombre como aquél no valían los insultos.
-No,-dijo
Jimeno-; no contesto, porque es bien sabido que no tengo más renta que la que me
produce mi sueldo de empleado, y la de una pequeña estancia que tengo en Barú.
-Me entregaréis
cien mil pesos, o vuestra avaricia os costará la vida. -No poseo cien
maravedís... Haced lo que queráis; y puesto que no me puedo defender, me
mataréis si se os antoja.
-Iréis entonces
con los otros condenados a muerte.
Jimeno se puso
el sombrero y se dirigió a la puerta, después de haber arrojado una mirada de
despedida a Teresa, que parecía una estatua de mármol: tan pálida y rígida
estaba en un rincón del aposento.
-¡Sancho,
-exclamó ella-, llevadme también!
Este miró al
oficial como para consultarle.
-¿Es vuestra
mujer? -preguntó el bandido.
-Es mi
esposa...
-Puede seguir
con nosotros.
-Ven, Teresa,
-dijo Jimeno, tomándola de la mano-. Mejor estarás a mi lado, indudablemente.
Condujeron a
los dos esposos a la catedral, en donde se hallaban reunidos gran número de
prisioneros, entre otros el provisor, el guardián de San Francisco y varios
dominicanos y muchas señoras y unos pocos vecinos de los más acomodados de
Cartagena...
-O entregáis el
dinero, -dijo el pirata a Jimeno, o podéis escoger confesor entre todos estos
señores, -añadió mostrando a los sacerdotes-, porque vais a morir.
Por toda
contestación, don Sancho se arrojó a los pies del provisor y le pidió que le
confesara.
Algunos
momentos después se puso en pie y dijo tranquilamente:
-Estoy listo.
-¿Y vuestra
mujer? -preguntó el filibustero como para probar su fortaleza.
-A ella le
dejaréis la vida, puesto que yo voy a morir.
-Teresa no oyó
esto, porque conversaba en un rincón de la iglesia con algunas señoras amigas
suyas.
-¿No os
despedís de ella?
-¡Para qué
causarla esa pena! ¡Pobrecilla! Hacedme el favor de ocultarle mi muerte por
ahora, -añadió en voz baja.
-Venid, pues, a
vuestra casa; quizá allí me diréis en dónde escondiste vuestros tesoros... en
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