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Eduardo Sacheri
La promesa
Decime vos para qué cuernos te hice semejante
promesa. Se ve que me agarraste con la defensa baja y te dije que sí sin
pensarlo. Pero esta mañana, cuando me levanté, y tenía un nudo en la garganta, y
una piedra que me subía y me bajaba desde la boca hasta las tripas, empecé como
loco a buscar alguna excusa para hacerme el otario. Pero no me animé a fallarte,
y a los muchachos los había casi obligado a combinar para hoy, así que no podía
ser yo quien se borrara.
-¿A dónde vas? -me preguntó Raquel, cuando vio
que a las doce dejaba el mate e iba a vestirme.
-A la cancha, con los muchachos -le dije. No
agregué palabra. Ella, que no sabía nada, pobre, se moría por preguntarme. De
entrada había pensado en contarle. Pero viste cómo son las minas. Capaz que las
agarras torcidas y te empiezan con que no, con que cómo se te ocurre, con que yo
que Rita los saco a escobazos, a vos te parece hacer semejante cosa. Y yo no
estaba de ánimo como para andar respondiendo cuestionamientos. Por eso no abrí
la boca. Y Raquel daba vueltas por la pieza mientras yo me ponía la remera y me
ataba los cordones. Me ofrecía un mate más para el estribo. Me decía te preparo
unos sandwiches y te los comés por el camino. Me seguía por la casa secundando
mis preparativos. A la altura del zaguán no pudo más:
-Pensé que habían dejado de ir -me soltó. Me
volví a mirarla. No era su culpa.
-Pero hoy vamos -respondí. La besé y me fui.
Eran las doce y cuarto. Llegué a lo de Beto a la
una menos veinte.
-Pasa que estoy terminando de embolsar el papel.
Dame una mano. -Me hizo pasar a un comedor sombrío, donde el rigor del mediodía
de noviembre se había convertido en una penumbra agradablemente fresca.- Llená
esa bolsa, que yo termino con ésta. -Lo obedecí. Al salir pasó llave a la puerta
y me dio una de las dos bolsas para que cargara.- Metéle pata que llegamos al de
menos cinco.
Con la lengua afuera subimos al tren y nos
tiramos en un asiento de cuatro. Casi no hablamos en todo el viaje. Cuando
bajamos, el Gordo estaba sentado en los caños negros y amarillos del paso a
nivel. Nos hizo una seña de saludo y se desencaramó como pudo.
-Quedé con Rita que pasábamos una y media.
Métanle que vamos retrasados. ¿Se puede saber por qué tardaron tanto?
-Cómo se ve, Gordo, que esta mañana no tuviste
que hacer un carajo -le marcó Beto, con un gesto hacia las bolsas repletas de
papelitos.
Caminamos las tres cuadras en silencio. Rita
estaba esperándonos, porque apenas el Gordo hizo sonar el timbre nos abrió y nos
hizo pasar a la sala. Nos turnamos para intercambiar besos y palmadas, pero
después no supimos qué decir y nos quedamos callados. En eso se sintió ruido de
tropilla por el pasillo, y entró Luisito hecho una tromba pateando la número
cinco contra las paredes y vociferando goles imaginarios. Cuando nos vio, largó
la pelota y vino a abrazarnos entre gritos de alegría.
-¿Te gusta, tío Ernesto? -me preguntó mientras
estiraba con ambas manos la camiseta lustrosa que tenía puesta.
-Che, dejáme mirarte un poco. -Hice un silencio
de contemplación admirativa.- Pero ya parecés de la Primera, Luisito. ¿Vieron
muchachos?
Los otros asintieron con ademanes
grandilocuentes.
-Andá a buscarte el abrigo, Luis -mandó Rita, y
dirigiéndose a nosotros: -¿Toman algo, chicos?
-No, nena, gracias. Vamos un poco atrasados
-respondí por todos.
-Vení, Ernesto, acompañáme.
Rita me hizo seguirla hasta el dormitorio,
mientras el Gordo y Beto le tomaban lección a Luisito sobre la formación del
equipo en las últimas dos campañas.
-La verdad, es que mucho no lo entiendo, Ernesto.
Pero bueno, si te lo pidió habrá sido por algo.
Yo, para variar, no supe qué decir. Preferí
preguntar: -¿A Luisito qué le dijiste?
Me miró con ojos húmedos -Le dije la verdad. -Y
luego, dudando:- ¿Hice mal?
¿Y yo qué sé?, pensé. -Quedáte tranquila, nena.
Hiciste bien -respondí.
Cuando volvimos a la sala, el Gordo me informó en
tono solemne que el pibe se había trabucado únicamente con el reemplazante de
Cajal entre la quinta y la décima fecha del torneo anterior.
-Por lo demás estuvo perfecto -concluyó
sonriendo.
Nos turnamos para estrechar, ceremoniosos, la
mano del aprendiz, que no cabía en sí del orgullo. Después nos despedimos de
Rita y partimos.
En la esquina compramos una Coca grande. Nos la
fuimos pasando mientras esperábamos el colectivo.
-El que toma el último sorbo, la liga -lancé.
-No seas asqueroso -me reconvino Beto.
-Y vos no seas pelotudo -lo cortó el Gordo. Valió
la pena la chanchada sólo por verle la cara de repugnancia al pobre Beto. Como
es de práctica en estos casos, el último trago se fue prolongando hasta límites
inverosímiles. Y se cruzaron acusaciones recíprocas de: «¡Che, vos no tomaste,
escupiste!», y otras por el estilo. El Gordo, en un acto de arrojo, terminó con
el suplicio cerrando los ojos y bebiendo de un trago. Ahí Beto pudo desquitarse
con cinco o seis cachetazos a la espalda monumental del otro. Luisito se reía
como loco. Y yo por un ratito me olvidé del asunto que traíamos entre manos.
Bajamos del colectivo a cuatro cuadras de la
cancha, en la parada de siempre. Eran las dos y media, más o menos.
-¿Alguno sabe cómo cuernos vamos a pasar los
controles de la cana? -A veces Beto y su buen criterio me sacan de quicio.
-Dame una de las dos bolsas -le contesté
haciéndome el impaciente.
Porque en el fondo tenía razón. Si nos paraba la
cana, ¿qué decíamos? Disimulé el asunto cuanto pude, entre los rollos de cinta y
papel de diario picado. Se la di a Luisito. Rita tenía razón, pensé. Mejor que
el pibe sepa.
-Ustedes esperen acá a que entremos. Nos vemos en
la puerta tres.
Si pasamos acá ya está, me dije mientras nos
acercábamos al cordón policial. Caminábamos sin apurarnos. Mi mano descansaba en
el hombro de Luisito. Me nacía llevarlo de la mano, pero como ya cumplió los
diez pensé que a lo mejor lo ponía incómodo. A él lo revisó una mujer policía,
que apenas hojeó por encimita el contenido de la bolsa. A mí faltó que me
sacaran radiografía de tórax y me pidieran el bucodental, pero finalmente pasé.
En el acceso mostré los carnets y seguimos viaje. Menos mal que había ido a
pagar las cuotas atrasadas en la semana, porque cuando pasamos por la ventanilla
vi que la cola era un infierno. Entramos a la cancha y me fui derechito adonde
me pediste: contra el alambrado, debajo del acceso tres, a mitad de camino entre
el mediocampo y el área. Un lugar de mierda, bah. Para el arco más cercano te da
el sol de frente desde media tarde. El otro arco no se ve, apenas se adivina.
Desde esa altura te lo tapa desde el juez de línea hasta el pibe que alcanza la
pelota. Además, cualquier tumulto que haya en las gradas se te vienen encima y
te dejan hecho puré contra los alambres. Pero al mismo tiempo es un lugar
histórico: el único sitio que supimos conseguir aquella tarde gloriosa en que
salimos campeones por primera (y hasta ahora única) vez en nuestra perra y
sufrida vida. Por eso me lo pediste. Y por eso enfilamos para ahí apenas
entramos.
Beto y el Gordo llegaron a los cinco minutos.
-¿Cuándo empieza la reserva? -preguntó el Gordo,
que venía jadeando.
-En diez minutos -contesté.
-No es por nada, pero ¿vieron la altura que tiene
el alambrado? -Beto seguía empeñado en su maldito sentido común.
-Ya veremos -lo fulminé con una mirada de no
hinches más, te lo pido por lo que más quieras.
-Déjense de pavadas y vamos a jugar a algo. -El
Gordo estaba decidido a cumplir los rituales adecuados. Se plantó contra el
alambrado y nos invitó a acompañarlo.
-Ahora vas a ver cómo matan el tiempo los turros
de tus tíos -le expliqué a Luisito.
-¿Cuál querés? -El Gordo le cedió la iniciativa a
Beto.
-Dame al cuatro de ellos.
-Como quieras. Yo me quedo con el diez nuestro.
-¿A qué juegan, tío?
-Esperá -contesté-. Esperá y vas a ver.
Apenas empezó el partido de reserva le vino un
cambio de frente al diez de nuestro equipo. Como la cancha es un picadero, la
pelota tomó un efecto extraño y se le escapó por debajo de la suela.
-¡Dale pibe! -tronó la voz frenética del Gordo-.
¡A ver si te metés un poco en el partido! -El muchacho pareció no darse por
enterado.
Al rato el cuatro visitante pasó como una
exhalación pegado al lateral y tiró un centro precioso, aunque ningún compañero
llegó a cabecearlo. Beto se colgó bien del alambrado e inició su participación
en la competencia.
-¡Levantá la cabeza, pescado! ¡Hacé la pausa!
¿Siempre el mismo atorado? ¿Será posible? -Beto vociferaba mientras el cuatro
intentaba volver a recuperar las marcas.
Luego el diez nuestro eludió a un par de tipos y
largó la pelota a tiempo. Enseguida se volvió hacia el alambrado y buscó al que
lo había increpado, como diciendo a ver qué pavada decís ahora. El Gordo no
perdió tiempo.
-¡Por fin, muerto! ¡Por fin diste un pase como la
gente, finadito!
Beto estaba nervioso. Su candidato estaba muy
tirado atrás, y no frecuentaba nuestro territorio. El Gordo se encaminaba a una
victoria indiscutible. Su hombre recibió el balón cerquita nuestro, lo protegió,
y antes de que pudiera hacer más recibió la atropellada de un rival que lo dejó
tendido encima de la línea de cal.
-¡Ma sí! ¡Lo mejor de la tarde! ¡Partílo en dos,
total, pa' lo que sirve...! ¿Qué hacés juez? ¿A quién vas a amonestar? ¿Por qué
mejor no lo echas al petiso ése, que tiene menos huevos que mi tía la soltera?
El diez, pobre pibe, saturado, apenas se puso de
pie se acercó al alambrado, lo ubicó al Gordo y le vomitó todos los insultos que
pudo antes de que el línea lo llamara al orden. Era el final.
-¡Tiempo! -gritó el Gordo, con los brazos en
alto-. ¡Beto, pagá los panchos!
-Si serás turro, Gordo, no te gano desde el año
pasado...
-Es una ciencia, pibe, es una ciencia -agregó el
Gordo con aires de importancia, mientras se sacaba la camisa empapada en el
sudor del esfuerzo.
La verdad es que mientras los escuchaba me
divertí de lo lindo. Creo que hasta por un momento me olvidé de toda nuestra
tormenta, de toda la bronca que teníamos adentro, de toda la rabia que juntamos
desde abril hasta la semana pasada. Pero apenas volvimos de comprar los panchos
y nos tiramos en las gradas a comerlos, el asunto se impuso en todo su tamaño.
-Vamos a tener que hacernos caballito -de nuevo
la voz de Beto, llamándome a la realidad. Miraba el alambrado de arriba a abajo,
tratando de calcular la altura-. Está mucho más alto que cuando dimos la vuelta,
¿no?
-No, lo que pasa es que ahora sos quince años más
viejo, nabo. -El Gordo era un optimista de raza, no cabían dudas.
-Déjate de joder, que hablo en serio. Cuando
salimos campeones nos hicimos caballito y saltamos enseguida. Y aparte no estaba
el de púas arriba de todo. ¡Mirá ahora!
-Tiene razón, Gordo -intervine-. Por las púas no
te preocupes. Para eso me traje la campera gruesa. Lo que me da miedo es la
cana. No nos van a dejar ni mamados.
Pero el Gordo no era hombre de dejarse derrotar
rápidamente.
-¿Y vos te pensás que con la gente que va a haber
a la hora del partido se van a andar fijando? No te calentés, Ernesto.
-Ojalá, Gordo. Ojalá sea como vos decís.
-La única es hacerlo rápido, en medio del kilombo
de la entrada. -Beto hablaba mirándose los zapatos. Estaba tenso.
-Creo que Beto tiene razón -concedí-. Igual
tenemos que apurarnos.
Terminamos los panchos y volvimos al alambrado.
La cancha se iba llenando de a poco. Pensé que era una suerte. Porque así, a
cancha llena, era mejor. Somos una manga de ilusos, me dije: ganamos tres
partidos y venimos como chicos a esperar que rompan la piñata. Cuando terminó el
preliminar, la gente que estaba sentada tuvo que pararse porque ya no se veía
nada. Habían llegado las banderas. Un par de pibitos las ataban en la parte alta
del alambrado. Estaban sonando los bombos. De repente, un cantito nació del codo
más cercano a la platea. La gente empezó a prenderse. Nosotros también cantamos.
Cuando Luisito se sacó la camiseta y empezó a revolearla por sobre su cabeza, y
le vi los hombritos pálidos y las pecas, retrocedí treinta años, me acordé de
vos y me puse a llorar como un boludo. Beto me pegó dos bifes y me sacudió la
melancolía:
-No seas imbécil, a ver si te ve el pibe.
El Gordo cantaba como un poseído. Desde el codo
llegó otro canto a encimarse con el primero. Pero ahora la gente saltaba. Y yo
sentí esa sensación indescriptible de estar en una cancha envuelto por el canto
de la hinchada nuestra, el vértigo del piso moviéndose bajo los pies y ese canto
que cinco mil tipos vociferan desafinados pero que todo junto suena precioso,
como si hubiesen estudiado música.
Corrieron la tapa del túnel y el Gordo hizo una
seña. Se plantó bien firme sobre las dos piernas abiertas y se agarró fuerte del
alambrado. Beto se le trepó como pudo, escalando la carne rosada de la espalda
del otro.
-¡Aaaaayyyyyy! ¿Para qué mierda venís a la cancha
en mocasines, tarado?
-¡Calláte y quedáte quieto, Gordo, que me estoy
cayendo al carajo!
-¡Metánlé, metanlé! -Yo miraba para todos lados
buscando a los canas, pero no se veía nada.
Beto llegó por fin hasta los hombros del otro,
atenazó el alambrado con las manos finitas y me gritó que subiera. Me di vuelta
hacia Luisito, que interrumpió la revoleada de camiseta para darme un abrazo tan
fuerte que me temblaron de vuelta las piernas.
-Gracias, tío -me dijo. ¿Te das cuenta, el
mocoso? Va y me dice gracias, tío. Y yo con esta cara de boludo, llorando como
una madre, semejante grandulón de cuarenta y tres pirulos, pelado como felpudo
de ministerio, socio conocido y respetado de la institución, subiéndome a
babuchas de un gordo que insulta en dos idiomas mientras sostengo entre los
dientes una bolsa de papel picado.
Pero por otro lado, mejor, porque el llanto y la
sensación de ridículo me lavan, ¿entendés?, me purifican. Porque mientras le
piso la cabeza al Gordo suelto una risita al escuchar su puteada, y mientras
flameo a punto de caerme, y me agarro como puedo de la camisa de Beto y siento
cómo ceden las costuras, empiezo a ver la cancha como aquella vez, hasta las
manos de gente, ¿te acordás? Un gentío increíble, mientras subíamos al alambrado
para tirarnos a dar la vuelta. La soñada, la prometida, la imprescindible vuelta
olímpica que nos juramos dar cuando fuimos por primera vez a la cancha los
cuatro, un miércoles que nos rateamos de séptimo grado, y aunque perdimos tres a
cero dijimos «el fin de semana volvemos», y volvimos a perder como perros, pero
de nuevo juramos «hasta que salgamos campeones vamos a seguir viniendo». Y ese
día, el glorioso, vos me decías: «¿Viste, Ernesto?, ¡mira lo que es esto, mira
lo que es esto!», y desde lo alto del alambre me mostrabas las dos cabeceras
llenas, el hervidero del sector Socios, la platea enloquecida. Y ahora es casi
igual, porque mientras me acomodo en los hombros de Beto y trato de recuperar el
aliento veo a todo el mundo saltando y gritando, y escucho los petardos, y veo
las banderas que brillan en el sol de noviembre y es casi lo mismo, porque
viendo la cancha así pienso que si salimos campeones una vez podremos salir de
nuevo, y me duelen los dientes de tan apretados que los tengo sobre la bolsa
pero no me importa, ni me importan los cuatro policías que vienen abriéndose
paso entre la gente para bajar a esos tres boludos que se creen equilibristas
soviéticos. Porque al final entiendo todo, porque ahora se me borra el dolor de
tu ausencia, o mejor dicho ahora te encuentro, y me parece que todo cierra, que
nos rateamos en séptimo y que vinimos en las buenas y en las malas y que te
enfermaste y que me pediste y que te prometí solamente para esto, para que yo me
estire y me agarre del alambre de púas y con la mano libre abra la bolsa y
hurgue en el fondo y encuentre bien guardada la cajita. Para que vocifere dale
campeón, dale campeón, junto con el Gordo, con Beto, con Luisito y con los otros
cinco mil enajenados; para que la abra mientras miro al cielo y al sol que se
recuesta sobre la tribuna visitante, para que entienda al fin que allí te vas y
te quedás para siempre, en ese grito tenaz, en ese amor inexplicable, en las
camisetas que empiezan a asomar desde el túnel, y en ese vuelo último y triunfal
de tus cenizas.
Cuento incluído en el libro: "Esperándolo a Tito y
otros cuentos de fútbol" de Eduardo Sacheri, año 2000 , ED: Galerna

Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires en
1967.
Es profesor de Historia y ejerce en nivel
secundario y universitario.
Amante del fútbol, hincha de Independiente,
ha escrito narraciones sobre el fútbol, además de importantes obras literarias
como la novela La pregunta de sus ojos (2005), que fue llevada
al cine por el director Juan José Campanella con el nombre de El secreto de sus
ojos y que ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Oscar a la mejor
película extranjera 2010. El guión de la película fue escrito por Campanella y
Sacheri.
Entre sus obras se encuentran:
 |  |
Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, editado en España
como Los traidores y otros cuentos (2000) |
 |  |
Te conozco Mendizábal y otros cuentos (2001) |
 |  |
Lo raro empezó después: cuentos de fútbol y otros relatos (2004) |
 |  |
La pregunta de sus ojos (2005, novela) |
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Un viejo que se pone de pie y otros cuentos (2007) |
 |  |
Aráoz y la verdad (2008, novela) |
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