Roberto Fontanarrosa
"Aldo Pedro: el jugador hincha"
-Aldo, he descubierto que te amo.
Aldo Pedro cesó de untarse sus melancólicos bigotes con bálsamo Sloan y miró
a lo lejos, como pensando.
-Ahora todos me quieren -musitó, ausente, mientras sorbía un sobrio trago de
aceite verde.
-No, no -insistió aquella voluptuosa mujer, yo siempre te he querido,
siempre.
Aldo Pedro echó hacia atrás la pluma que ornaba su sombrero de ala ancha y
sacudió su melena de novio en el recuerdo. Rememoraba, tal vez, los
insultos, rememoraba, quizás, las amenazas, las ofensas.
-No es cierto -silabeó nuevamente.
-Siempre, siempre -porfió la mujer, retorciendo con desesperación su ceñida
blusa azul y oro-; yo nunca te protesté, ni te odié, ni pedí a Dios que te
agarrara un cáncer, ni pedí a los rivales que te quebraran en cuatro, ni
prometí no volver a la cancha hasta que te echaran a patadas del club, ni me
amargué porque no te hiciste mierda con el auto en el bulevar Rondó...
Aldo Pedro entrecerró sus pequeños ojos tornasolados, avezados en la
búsqueda del intersticio esquivo, baqueanos en medir la distancia
milimétrica del pase a Ramoncito, aguzador en la pesquisa constante de
localizar espacios vacíos, o bien en detectar al Chango Gramajo, hábilmente
oculto tras sus marcadores.
-Mentira, vos me odiabas, me odiabas como todos...
-No, no... te juro... nadie te odiaba, eran unos pocos apátridas, eran
infiltrados en la hinchada, todos te quisimos siempre, te amamos siempre...
Aldo Pedro acomodó su capa, su espada cantora y pareció escuchar. De lejos
llegaba un coro celestial de querubines entonando el Opus 9, tocatta y fuga
"Gol del Aldo". Recordaba, quizás, aquel remoto equipo de tercera, el de
Pignani, el de Palma, y tantos otros que habían sido devorados por el túnel
del tiempo, o de los vestuarios.
-Mentira... todos me odiaban...
-No digas eso, Aldo.
La mujer entrelazó sus dedos expertos en lanzar confetti, globos,
preservativos inflados y rompeportones, en los revueltos cabellos del Aldo.
Sobre aquella cabeza legendaria, sobre ese endemoniado rulo izquierdo que
volara un día, certero y cruel como un águila vengadora, hacia una pelota
rauda, coqueta, ese endemoniado parietal izquierdo que golpeara el fútbol
disparado desde la derecha y lo pusiera lejos, inesperado y seco, de la mano
inmóvil de Fenoy, del griterío canalla del Monumental.
-Es que has recorrido un largo camino muchacho -aventuró aquella mujer-; has
cambiado mucho, ahora juegas para todos, corres, te prodigas...
Aldo Pedro meneó apenas la cabeza. Recordaba, quizás, cuando don Miguel lo
mandaba al muere, a buscar contra los laterales los pelotazos de los
volantes, a dominar la pelota de alto, de espaldas al arco, con los dos
marcadores centrales que le reventaban los riñones a rodillazos, que lo
amasijaban contra la raya, cuando debía evitar el anticipo, dominar el
fútbol y esperar que Gennoni no se estrellara contra un palo picando en
diagonal hacia el centro, o el Oreja no le pidiera la pelota entre una
manifestación de defensores; cuando después de todo eso, hecha la pausa que
refresca, metido el toque justo, debía salir picando hacia el arco, hacia el
gol, porque él era el número nueve, porque llevaba el número nueve en la
espalda como una condena y los números nueve deben estar ahí, adelante
carajo, que así jugaban Cagnotti, Potro, Guzmán, y no como este malnacido de
Poy, que ojalá le dé un síncope en el medio de la cancha; cuando lo
odiaban...
-Mentira... -el último romántico se ajustó con morosa lentitud el suspensor-.
Yo sé que ahora vendrán caras extrañas. Yo siempre me brindé, nunca pudieron
decir de mí, como de otros talentosos, que jugaba cuando quería, ni que era
cagón, ni que no quería la camiseta; sin embargo me odiaban, salvo un
pequeño grupo al que miraban como descastados, como leprosos... no... como
leprosos no, como apestados.
-No es cierto, no es cierto -la mujer sollozaba doblada sobre el bombo-,
eres amado, eres el gran ídolo viviente de Rosario, eres hermoso, no morirás
nunca, y cuando mueras, en los partidos contra Ñul te sacaremos como al Cid,
embalsamado, con la azul y oro, para que tiemblen las huestes del Parque...
Aldo Pedro volvió a mirar hacia el horizonte, apartó con deliberado cariño a
la mujer y sonrió apenas. El vaivén de su melena en los hombros eran las
palmadas de un viejo amigo. Miró hacia ambos lados, como esperando el
anticipo, y finalmente picó raudo. El centro podía llegar en cualquier
momento.
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