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CAPITULO XI Propiedad de las tierras-Agricultura-Plantas alimenticias-Frutas-Venados y otros animales cuya carne comían-Sal compactada-Esmeraldas de Somondoco-Tejuelos de oro que servían de moneda-Mercados y ferias-Construcciones-Cercado del zaque-Casa fuerte del zipa en Cajicá-Patenas de oro que pendían de los cercados del hunsa y del sugamuxi-Monumentos de piedra de los Chibchas. La propiedad individual de las tierras existía entre los
Chibchas, y los bienes raíces se transmitían por herencia a las mujeres y a los
hijos del difunto. Como los objetos de lujo, esmeraldas, tunjos y joyas de oro y
cobre eran propios de la persona, la enterraban con ellos, y así esta parte de
la riqueza, a la vez particular y pública, dejaba de acumularse, y cada
generación se veía precisada a renovarla. Las poblaciones tenían bosques y
lugares de pesca comunes. Cultivaban la planta en el pueblo de indios de Samacá, y el precio del rapé era tan caro, que dice el Padre Simón que llegó a venderse en Bogotá a $600 la arroba.
Entre las frutas de distintos climas que preferían, los
cronistas hacen mención de las siguientes: los aguacates ( persea gratissima),
las guamas ( inga), las piñas ( bromelia ananas), las guayabas ( psidium
pomiferum), las pitahayas ( cactus metocactus), las guanábanas ( annona muricata)
y otras más. |
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Extraían los Chibchas sal en gran cantidad para
su consumo y para el tráfico con las tribus vecinas. Paro poderla transportar a
grandes distancias la preparaban compactada por el mismo procedimiento que se
practica hoy en Zipaquirá, Nemocón y Tausa, que eran las salinas explotadas por
ellos. Hacían evaporar el agua salada en muy grandes vasijas de barro que ellos
llamaban gachas y hoy moyas. Estas sólo servían una vez, pues
la sal quedaba formando un pan semiesférico consistente, de dos o tres arrobas
de peso, tan adherido a la vasija, que para despegarlo era preciso romperla.
Dijimos antes que cultivaban el algodón, con el cual tejían mantas que pintaban
con pincel. Trazaban a lo largo de las mantas fajas angostas con colores
vegetales, y dibujaban labores no muy vistosas.
Estimaban mucho las esmeraldas, y como las minas de Muzo, que producían las más
bellas de estas piedras, quedaban en tierras de sus enemigos, explotaban las de
Somondoco, las que en tiempo anterior a la conquista fueron muy ricas. Se
hallaban estas minas en territorio del cacique del mismo nombre, en una larga
loma o cuchilla. El modo de beneficiarlas era el siguiente: movían la tierra
deleznable que estaba sobre las vetas de esmeraldas, con coas o barras
puntiagudas de madera resistente, y luego la arrastraban haciendo correr sobre
ella agua de unos grandes estanques donde la recogían. Este trabajo no se podía
ejecutar sino en la época de las lluvias. Los indios de Somondoco cambiaban las
esmeraldas por oro, mantas de algodón y cuentas.
No tenían en su territorio minas de oro, metal muy usado y estimado por ellos;
lo obtenían de otras tribus. De Moniquirá sacaban el cobre. Hacían uso de una
medida de capacidad para el maíz, y se servían del palmo y del pie para
determinar la longitud.
Fueron los Chibchas con los habitantes del Chimú, en el Perú, los dos únicos
pueblos del Nuevo Continente que se sirvieron de moneda para sus cambios.
Consistía la moneda de los Chibchas en unos tejuelos ó discos de oro, vaciados
en moldes apropiados, y sin ninguna señal. Como no tenían peso, los medían
encorvando el índice de manera que se apoyara en la primera coyuntura del
pulgar; en el vacío que quedaba ponían éstos. Debían tener, pues, próximamente
una pulgada de diámetro. Fundían otros de mayores dimensiones, para lo cual se
servían de unas cintas de algodón que daban la vuelta a su circunferencia y
cubrían el ancho del borde.
Servía esta moneda para el pago de los tributos de los caciques que rendían
vasallaje al zipa y al zaque; y también para los cambios en los mercados
interiores, pues en sus tratos con las tribus vecinas permutaban unas cosas por
otras, como lo acostumbraban hacer entre ellos mismos cuando les faltaba moneda.
Recordaremos algunas de las circunstancias en que los cronistas hacen mención de
tejuelos de oro. Los indios de Guachetá hicieron presente a Jiménez de Quesada
de algunos de éstos. Muerto el zipa Tisquesusa, los españoles saquearon su
albergue y hallaron "una totuma, vaso de oro fino, llena de tejolillos de lo
mismo que pesaron mil pesos poco menos, que, según pareció, de sus tributos
aquella noche de su desventura, un señor se la dio de sus vasallos." En una
sepultura excavada en territorio de Tunja, se halló una mochila llena de
tejuelos de oro que valieron algo más de cien mil pesos.
Para que se vea cuán general era entre los indios el uso de esta moneda,
citaremos lo que dice Rodríguez Fresle que acordó el Rey, más de cuarenta años
después de la conquista:
"Gobernando D. Lope de Armendáriz, sucedió que del arbitrio que el contador
Retes dio a Su Majestad acerca de la moneda con que estos naturales contrataban,
que eran unos tejuelos de oro por marcar, de todas leyes, mandó el Rey que esta
moneda se marcase. Abriéronse cuatro cuños de una marca pequeña para más breve
despacho, por ser mucha la moneda que había de estos tejuelos, y particularmente
la que estaba en poder de mercaderes y tratantes. Dio Su Majestad un término
breve para que todas estas personas y las demás que teñían esta moneda la
marcasen sin derechos algunos; y pasado, dende adelante se le paga sen sus
reales quintos... Esto no impidió á los indios hacer su moneda y tratar con
ella; sólo se mandó que por un peso de oro marcado se diese peso y medio de oro
sin marcar; y con esto había mucha moneda en la tierra, porque los indios
continuamente la fundían.
En la rica colección de antigüedades chibchas que Mr. Randall llevó de Bogotá a
Nueva York en 1882, había tejuelos de oro de varios tamaños y precios.
Como los Chibchas no tenían conocimiento de la ley o calidad del oro, y sólo
veían que este metal en su estado nativo era de un color más o menos subido, no
tenían en cuenta sus quilates para dar valor a los tejuelos.
Había frecuentes mercados públicos en los principales lugares; en Bacatá,
Zipaquirá, Tunja y Turmequé los tenían cada cuatro días; hacían sus tratos muy
tranquilamente y sin levantar la voz. Comerciaban con las tribus vecinas en
varias ferias, a las cuales concurrían en épocas fijas; las más importantes
tenían lugar en el Sur, en el territorio de los Poincos, a quienes los españoles
llamaban Yaporogos. Extendíanse éstos en ambas márgenes del Magdalena, desde el
río Coello hasta el Neiva. Eran ricos en oro, el que cambiaban con los Chibchas
por sal, mantas y esmeraldas. La feria de Coyaima, a orillas del Saldaña, era
muy concurrida; acudían a ella especialmente los indios del pueblo de Pasca y
sus convecinos. Tenían otro mercado cerca de Neiva, probablemente en Aipe; la
conocida inscripción indígena que se ve allí en una gran piedra orillas del
Magdalena, lo indica claramente. Es como un muestrario de artículos de comercio:
mantas, joyas de oro, etc.
En el Norte había una gran feria en Sorocotá, orillas del río Sarabita, llamado
Suárez por los españoles. Acudían allí de todas las tribus vecinas con los
frutos de sus tierras y con oro de Girón y del Carare a comerciar con los
Chibchas. Hacían sus contratos de mayor cuantía sobre una gran piedra,
colocándose todos a la redonda, pues tenían por agüero favorable seguir esta
costumbre. Habiendo querido el alcalde de Vélez acabar con esta superstición,
hizo romper la piedra, que pesaba cosa de cuatro quintales, y se halló que era
un rico mineral de plata, del que se extrajeron más de veinte libras de metal.
En vano se buscó el filón de donde se había desprendido, pues no fue posible
descubrirlo.
Eran los Chibchas muy entendidos en sus tratos y aun dados a la usura, pues si
no se les pagaba al vencimiento del plazo, se tenía por costumbre que cuantas
lunas pasaran del tiempo señalado, fuera creciendo la deuda por mitades, de
manera que se centuplicaba en un año.
Llamó mucho la atención de los conquistadores el aspecto pintoresco de las
poblaciones, y muy particularmente los vistosos cercados de los caciques, que de
lejos parecían fortalezas inexpugnables, de donde vino el nombre de Valle de
los Alcázares que pusieron a la sabana de Bacatá.
Las paredes de los bohíos eran hechas de palos hincados a trechos en la tierra;
en los intervalos construían bahareques formados de cañas entretejidas y atadas,
llenos de barro los intersticios. Cubríanlos de paja larga sobre bien trabadas
varas. Quedaba el techo de dos alas, de forma rectangular; algunas veces lo
hacían cónico. Las puertas y las ventanas eran pequeñas. Las casas de los
señores y caciques tenían muchos aposentos, grandes patios y molduras de madera;
acostumbraban pintarlas y cubrir de espartillo el suelo.
Encerrábanlas con unos cercados cuadrados,
hechos de cañas entretejidas que formaban paredes de tres a cuatro metros de
altura. En cada esquina del cercado, y aun a trechos en las paredes, estaban
plantados gruesos maderos de nueve a diez metros de altura, pintados de rojo y
con una garita en la parte superior. Ya dijimos que estas gavias servían para el
sacrificio de víctimas humanas.
Para llegar a las habitaciones del zaque había que pasar dos cercas, que
distaban doce pasos la una de la otra; en la de más adentro había grandes casas.
El cercado o casa fuerte del zipa en Cajicá tenía un corredor interior en toda
la extensión del cuadro, de cinco varas de ancho, cubierto con un toldo
impermeable de tela gruesa y muy tupida, en el que entrarían unas dos mil varas
de género. Dentro del cercado había varias casas vistosas y bien arregladas, con
las paredes guarnecidas de carrizos muy limpios, enlazados con hilos de diversos
colores. Unas de ellas estaban llenas de armas, en otras guardaban maíz, papas,
frijoles y cecina de venado y de otros animales. Había, en fin, grandes
aposentos que servían de habitación.
En la parte exterior de las puertas del cercado del zaque y del sugamuxi
acostumbraban poner pendientes láminas, patenas y otras joyas de oro fino que
brillaban siempre que el sol las hería, y producían además un sonido metálico
agradable, dando unas con otras, cuando las movía el viento o abrían las dos
hojas de la puerta. Las piezas de oro que descolgaron los españoles del cercado
del sugamuxi valieron 80,000 ducados. Eran estos indios tan respetuosos y poco
codiciosos, que no se les ocurría hurtar una joya, aunque las puertas eran de
caña y no tenían más cerradura que un cordel, con que las aseguraban con una o
más vueltas y nudos.
No llegaron los Chibchas a construir ningún edificio de piedra, pues la
conquista los sorprendió en los momentos en que se ocupaban en dar este paso
adelantado en la vía del progreso.
En el valle del Infiernito, cerca de la villa de Leiva, existían hasta hace muy
poco tiempo dos filas de columnas, o más bien bases de columnas paralelas, de
asperón de color rojo, de cuarenta centímetros de diámetro, y medio metro de
altura fuera del suelo. Las dos filas distaban entre sí diez metros en la base,
y estaban inclinadas las columnas hacia lo interior.
Se contaban 34 en la fila del Sur y sólo 12 en la del Norte, fijadas todas a una
distancia igual de cuarenta centímetros. A pocos pasos se veía tendida una
columna de cinco metros y medio de largo. Además, en el Valle, en dirección al
Occidente y a una distancia hasta de seis leguas, yacía esparcido un centenar de
piedras, de 2 a 4 metros de longitud, 50 a 80 centímetros de anchura y 40 a 60
de espesor, con una estría o raya en hueco en una extremidad.
Por fortuna, antes de que una mezquina especulación hubiera
hecho desaparecer por completo esas ruinas que revelan los esfuerzos de un
pueblo por civilizarse, el ingeniero D. Fortunato Pereira Gamba las visitó.
Debemos a su amistad la siguiente importante comunicación, junto con los diseños
que la acompañan:
''Tengo mucho gusto en dar parte a usted de la impresión general que me produjo
la visita que hice en Diciembre de 1894 al valle del Infiernito. En primer lugar
debo decirle que ya no queda casi nada allí de lo que habían erigido en tiempos
pasados Un indio, dueño del terreno, ha arrancado todos los zócalos para
venderlos a una persona que los emplea en la construcción, de una casa. Como en
otra ocasión, hace diez y siete años, había estado ya en el lagar que ocupan las
ruinas, he recapacitado y reunido mis recuerdos, complementando así las actuales
observaciones.
"El valle del Infiernito queda, a unos cinco kilómetros al Oeste de la villa de
Leiva, en una abra que se determina entre dos colinas de poca altura. El terreno
superficial es de aluvión, y en él existen grandes piedras de acarreo, que son
exclusivamente areniscas y ocupan una extensión considerable.
"Lo que se ha llamado las ruinas hoy día está reducido a algunas
piedras más o menos labradas y a los vestigios de las que los indios arrastraban
hacia el Infiernito para labrarlas allí. Anteriormente existieron dos filas de
zócalos enterrados en el suelo y orientados en su dirección de una manera exacta
de Oeste a Este. Las piedras históricas que existen en aquel lugar pueden
dividirse en las clases siguientes:
" Zócalos. Estos estaban enterrados; aún pude ver algunos ya
sacados y el rastro que dejaron en los sitios en que estuvieron. Están
perfectamente labrados, muy redondos, próximamente iguales en dimensiones, de 2
metros 20 centímetros de largo por 35 centímetros de diámetro. Estaban
enterrados por su extremidad b (figura 1ª). La parte que sobresalía del
suelo tiene una especie de asiento o muesca. Este remate del zócalo en a
no es rotura, como generalmente se ha creído, sino labor intencional. Los
zócalos debieron de ser muy numerosos.
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FIGURA 1ª
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" Piedras en labor. Muchas piedras más grandes que los zócalos estaban principiadas a labrar. Estas iban a ser transformadas en columnas; pasan de 3 metros de longitud por 80 centímetros de diámetro en bruto, tienen el rastro de la labor empezada (como se indica en la figura 2ª, entre las líneas a b, c d), por el cual se ve que intentaban darles forma redonda. Las figuras 2ª y 3ª dan idea de una de éstas, que está cerca de lo que era la fila o zócalos. No son piedras planchas, como se ha creído.
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FIGURA 2ª
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FIGURA 3ª
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" Columnas. Quedan algunas ya terminadas; su diámetro es un poco mayor en el centro que en las extremidades, como lo muestra la figura 4ª, y están muy bien redondeadas.
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FIGURA 4ª
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'' Piedras cuyo arrastre se suspendió.
Finalmente, desde el fondo del valle los indios estaban arrastrando piedras al
sitio de las ruinas. Se hallaban diseminadas aquí y allá, como si hubieran sido
abandonadas en el momento de la paralización de los trabajos. Se distinguen por
las dos muescas a b, c d (figura 3ª), la una adelante y la otra atrás.
Estas dos muescas, que servían para halar las piedras, señalan la dirección que
llevaban todas hacia el lugar de la construcción principiada. Los indios
escogían entre las areniscas de la formación de acarreo las más largas y propias
para su trabajo.
"Cuál fuera el plan de aquella construcción, no creo que pueda colegirse, pues
apenas hubo allí un trabajo preliminar de preparación y reunión de materiales.
Lo que puede asegurar es que todos los trabajos de labor se hacían en el sitio
propio de la construcción, sin que a los indios se les ocurriera que era mejor
labrar las piedras en el lugar de su yacimiento y transportarlas ya labradas.
Tampoco se les ocurrió el uso de rodillos o algún otro medio que facilitara el
acarreo de tan pesados materiales. El arrastre lo hicieron a fuerza de brazos
por medio de cuerdas anudadas en las dos muescas de que están provistas estas
piedras.
"El estado de completa conservación de las areniscas labradas induce a creer que
la época en que se ejecutaron estos trabajos no está muy lejana, que la
conquista sorprendió a los Chibchas ocupados en sus labores, y con ella se
determinó una suspensión súbita de la construcción del edificio proyectado. Las
piedras ya labradas se habrían deteriorado mucho en un lapso más considerable
que el que ha transcurrido desde la conquista; además, se habrían hallado más o
menos enterradas en el suelo bastante movedizo del lugar que ocupan.
"Terminaré haciéndole notar que los indios tenían bastante material preparado,
pues del Infiernito se han llevado en diversas épocas piedras labradas para
emplearlas en la construcción de edificios públicos y privados; en el claustro
del convento del Eccehomo, edificado a dos leguas de las ruinas, se cuentan 32
de estos zócalos, 12 en la casa de capellanías de Leiva, etc., fuera de las
piedras que sirven de puentes en zanjas y barrizales."
A las muy juiciosas observaciones del señor Pereira sólo agregaremos que nos
parece muy probable que el propósito de los Chibchas fuera erigir un templo al
Sol, su dios principal, propósito que la tradición indígena atribuyó al fabuloso
zaque Garanchacha. La orientación de las dos filas de zócalos del Oeste al Este
confirma este dictamen.
Cerca de Ramiriquí se encuentran en distintos lugares diez columnas de asperón
gris, cinco de ellas enteras y las demás rotas en dos y tres pedazos; las
primeras tienen de 2m85 a 6 metros de largo y de 66 a 80 centímetros de
diámetro. Una de ellas es mitad cilíndrica y mitad cuadrada, y otra tiene la
forma de me dio cilindro. Todas tienen en ambos extremos una raya hueca en
contorno como para atarlas (figura 9). Son, pues, estas columnas de la misma
construcción que las del Infiernito: simples imitaciones en piedra de gruesos
maderos. Fray Pedro Simón dice que en su tiempo se veían tres grandes columnas
cerca de Tunja, y dos más en Moniquirá.
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9. Columnas de arenisca que se hallan cerca de
Ramiriquí.
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Fáltanos hablar del único monumento de piedra que dejaron los Chibchas. En la serranía de Pacho hay un peñón abrupto que termina en una mesa casi horizontal, sobre la cual se alza un obelisco de cerca de veinte metros de altura. Dos grandes piedras, separadas entre sí unos treinta centímetros, le sirven de base. Sobre ellas se levantan enormes trozos de roca bruta, semejantes a prismas rectangulares, colocados unos sobre otros sin argamasa, y que disminuyen de espesor a medida que se elevan. (Véase la figura 10).
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10. Obelisco de piedra levantado por los Chibchas
en la serranía de Pacho.
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Debemos a la benevolencia del señor Nicasio O. Galindo el dibujo y las dimensiones de estas columnas.
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