Selecciona acá para volver al inicio

Capítulo XIX

CAPITULO XIX

Tiranía de Tisquesusa y Quemuenchatocha-¿Cómo pudieron 166 españoles someter a la nación chibcha?-Constancia y valor de los Castellanos-El sueño de Tisquesusa, resistencia de éste a los españoles y su muerte-Quemueuchatocha es hecho prisionero dentro de su palacio, y muere pronto de vejez-Conversión del Sugamuxi y rasgos de ingenio que de él se refieren-Resistencia tenaz del tundama; Baltasar Maldonado le da muerte violenta-Peripecias del gobierno de Saquesaxigua; pretendo Quesada que revele dónde guarda el tesoro, lo somete a tormento y lo hace morir a consecuencia de él-Conversión de Aquiminzaque; muere degollado por orden de Hernán Pérez de Quesada con varios otros caciques-Hernán Pérez muere herido por un rayo-Don Juan, cacique de Tundama, agraviado por el oidor Çortés de Mesa, se suicida-Cortés de Mesa es degollado en Bogotá- Término de la conquista y condición ulterior de los Chibchas.

La historia sólo conserva los nombres de tres de los principales jefes que gobernaban los estados chibchas cuando Gonzalo Jiménez de Quesada invadió su territorio: Tisquesusa, Quemuenchatocha y Sugamuxi.

Era el primero un tirano cruel y temido de sus súbditos, a quienes oprimía exigiéndoles tributos excesivos de oro y esmeraldas. No se distinguió por el valor militar, y los españoles nunca lograron verle la cara.

Quemuenchatocha había subido muy joven al trono de los zaques, y se hallaba entonces en edad avanzada. Era hombre de gran corpulencia y de aspecto feo y desagradable, pues tenía la cara muy ancha y la nariz enorme y torcida.

Dotado de astucia y de sagacidad, mostrábase diligente y muy vigilante en todo lo que se refería al gobierno y se hacía temer y respetar de todos. Siempre fue precipitado e inexorable en sus castigos. Era tan inclinado a aplicar el suplicio de la horca, que cuando entraron los españoles hallaron al poniente de Tunja un cerro con gran número de palos hincados y cuerpos pendientes, al que llamaron el cerro de la horca. Aun por faltas de poca gravedad hacía clavar en dicho alto un madero abierto en la parte superior, en el que metían, a manera de cuña, el cuello de la víctima. Usaba con frecuencia otros castigos más atroces, sin que sus súbditos se atreviesen a quejarse de su opresión ni a faltar en nada a sus mandatos. Muchos se sentían profundamente lastimados por la crueldad con que había dado muerte a sus deudos más queridos, pero no se quejaban, por temor de correr igual suerte.

En el cacicazgo de Iraca había tenido Nompaním por sucesor a Sugamuxi, cuyo nombre vino a sustituirse al que tenía antes su estado. Pronto lo daremos a conocer.
¿Cómo pudieron someter 166 hombres a un pueblo que contaba un millón de habitantes, y tenía a la sazón numeroso ejército?  El espanto, la sorpresa y el desconcierto causaron la ruina de los Chibchas. Si se hubieran unido para la defensa, su número habría bastado para oprimir y vencer a esa partida de héroes, flacos, debilitados y remotos de socorros y de favor humano."
El autor del Epítome de la conquista pinta esto muy a lo vivo y en muy pocas frases:
"Cuando entraron en aquel Nuevo Reino los cristianos, fueron rescebidos con grandísimo miedo de toda la gente, tanto que tuvieron por opinión entrellos que los españoles eran hijos del Sol y de la Luna...y que ellos los habían engendrado y enviado del cielo a estos sus hijos para castigallos por sus pecados.... Ansí entrando por los primeros pueblos los desamparaban y se subían a las sierras que estaban cerca, y dende allí les arrojaban sus hijicos para que comiesen...Sobre todo cogieron miedo a los caballos, tanto que no es creedero; pero después, haciéndoseles los españoles tratables y dándoles a entender lo mejor que ser podía sus intentos, fueron poco á poco perdiendo parte del miedo, y sabido que eran hombres como ellos quisieron probar la ventura. Cuando esto fue era ya muy metidos en el Nuevo Reino en la provincia de Bogotá; allí salieron a dar una batalla, lo mejor en orden que pudieron, gran cantidad de gente; fueron fácilmente desbaratados, porque fue tan grande el espanto que tuvieron en ver correr los caballos, que luego volvieron las espaldas y así lo hicieron todas las otras veces que se quisieron poner en esto, que no fueron pocas. En la provincia de Tunja fue lo mismo cuando en ello se quisieron poner, é por eso no hay para qué dar cuenta de todos los rencuentros y escaramuzas que se tuvieron con aquellos bárbaros, más de que todo el año treinta y siete (1537) y parte del de treinta y ocho se gastó en subjetallos a unos por bien y a otros por mal."

No pretendemos con esta cita deprimir los héroes que llevaron a feliz término la ardua empresa de la conquista, pues antes hace nuestras las ideas contenidas en los siguientes versos de Castellanos:
Había de pintar aquesta historia
Una pluma de prósperos caudales;
Porque valor y fuerza tan notoria,
Tanto perseverar en tantos males,
Escede los más dignos de memoria,
Y vuela sobre fuerzas naturales.
Todos eran valientes,
Al general subyectos y obedientes,
En las adversidades muy pacientes,
En los trabajos son infatigables...

Volviendo a Tisquesusa, cuenta el Padre Simón que, cuando se preparaba a hacer la guerra al hunsa, tuvo un sueño que lo preocupó mucho. Representóles su imaginación que se estaba bañando en su casa de recreo de Tena, y que toda el agua se le convirtió en sangre. Lleno de temor, hizo llamar los principales jeques de sus dominios para que le explicasen el sueño. Los más viejos dieron primero su parecer, declarando que significaba que el zipa se había de bañar en la sangre del zaque; a todos los que estuvieron de acuerdo con esta interpretación, tan a la medida del gusto de su señor, los premió con mantas, joyas y favores. Había en Ubaque un jeque famoso entre todos, llamado Popón, que se jactaba de tener continuas pláticas con el Demonio. Popón desapareció de Bacatá la noche antes de presentarse a declarar el sueño; caminando para su casa, encontró dos o tres indios principales, a quienes dijo poco más o menos lo siguiente:
"Vuélvome a mi tierra sin haber explicado a vuestro zipa el sueño, por ser muy diferente lo que le ha de suceder de lo que le han declarado los otros jeques, y si yo se lo dijera en su presencia me había de matar, por ser como es tan cruel; pero decidle que lo que soñó que le parecía se bañaba en sangre no quiere decir que se ha de bañar en la sangre del hunsa, sino en la suya propia, porque unos hombres de otras tierras que van llegándose ya a ésta, lo han de matar."

Dicho esto, siguió su camino tratando de poner en salvo su persona, pues no dudaba que el bacatá lo haría buscar para castigar su temeridad, quitándole la vida. Así lo intentó, aunque fueron inútiles todas la diligencias que se hicieron para dar con él'.

Cuando supo Tisquesusa que los españoles seguían del pueblo de Suba para Muequetá, salió precipitadamente con sus mujeres y sus tesoros un lugar oculto. Desde allí enviaba sus tropas a hostilizar a los hijos del Sol, recomendando a todos que guardaran el secreto de su escondite. Pasó algún tiempo, y cuando ya estaba conquistada gran parte del territorio chibcha, un indio sometido a la terrible prueba del tormento reveló el paradero de su señor. Hallábase éste con su ejército en un bosque inmediato á Facatativá, donde tenía casa de recreo, probablemente en el pintoresco lugar embellecido por enormes bloques erráticos que se llama Cercado del zipa. Partió Jiménez de Quesada acompañado por parte de su caballería, y después de caminar toda la noche, dieron al amanecer en el campamento enemigo. Sorprendidos los indios, no acertaron a defenderse, y sólo pensaron en huir. Tisquesusa salió con algunos de los principales de su corte y de su guardia por una puerta del cercado, y fue herido de muerte por el pasador o flecha de la ballesta de un soldado llamado Alonso Domínguez, que le tiró sin conocerlo. Sacáronlo sus amigos a un bosquecillo próximo, donde murió bañado en su sangre, como se lo había anunciado el jeque Popón. Los usaques lo enterraron en un lugar oculto.

El hunsa Quemuenchatocha no opuso ninguna resistencia a los españoles. Cuando ya llegaron a las puertas de su cercado, viéndose imposibilitado de huir por sus años y su excesiva obesidad, se hizo llevar a uno de los aposentos de su palacio. Sentóse, según la costumbre de sus mayores, en una silla baja de madera labrada y con espaldar muy vuelto hacia atrás. Servíale de alfombra un lecho de cuatro dedos de espartillo suelto y menudo. Estaba con el rostro grave y severo, y muchos de los principales caballeros de su corte lo rodeaban, permaneciendo todos de pie. Tan persuadido estaba de su grandeza, que no dudaba que los españoles lo habían de respetar como lo hacían sus vasallos, y que no se atreverían a poner las manos en su persona. Cuando vio entrar a Quesada seguido de seis hombres armados por el patio del cercado y llegar a su presencia con el semblante animado, se quedó quieto sin dar muestras de alteración. El licenciado lo hizo poner luego preso en lugar seguro y con guardias. Aunque se le volvió pronto la libertad, poco sobrevivió a su desgracia.
Sugamuxi vio con horror su ejército vencido y puesto en fuga por un reducido número de españoles mandados por Jiménez de Quesada. El célebre templo de Sogamoso quedó reducido a cenizas, y las láminas, platos y otros objetos de oro que adornaban el cercado del cacique y los santuarios, fueron presa del vencedor. Resentido y enconado aquél por la pérdida de su poder y de sus riquezas, de las que logró salvar no poca parte, entró en alianza con el tundama, y se sometió cuando éste fue vencido. Arrepentido de sus errores idolátricos, el altivo sucesor de Idacansás inclinó humilde la frente y recibió las aguas del bautismo cristiano con otras personas de su familia hacia 1541.

Púsosele el nombre de D. Alonso, y fue muy celebrado y estimado de los conquistadores y de los religiosos por su despejada inteligencia, su carácter insinuante y simpático y sus dichos agudos y originales. Distinguíase, además, por la liberalidad con que usaba de sus riquezas. Merecen recordarse algunos rasgos que pintan la agudeza de su ingenio. Hallándose en Bogotá en una visita con un oidor, le mostró éste un retrato del rey de España. Quedóse D. Alonso mirándolo con atención, y entonces le dijo el oidor: "¿Qué os parece, D. Alonso, nuestro rey?" Respondióle con mucha sosiego: "Muy bien, si tuviera su corte en Sugamuxi." Aludiendo finamente con esta sentencia a la dificultad de gobernar bien hallándose a tan gran distancia de sus súbditos. En otra ocasión le dijeron que iba un juez muy justiciero a Sugamuxi; volviéndose entonces a los indios les dijo fuesen al río a ver cómo corrían las aguas, y si no iban para arriba sino para abajo, como de costumbre, no creyesen que aquel juez había de seguir otro camino que los anteriores.
D. Alonso sobrevivió más de veinticuatro años a la conquista, y murió muy generalmente sentido. Los padres franciscanos le dieron sepultura en Sogamoso, y probablemente uno de ellos compuso en su honor el conocido epitafio cuya copia se debe al Padre Bernardo Lugo.

Fue el tundama el único entre los caciques poderosos del país de los Chibchas que resistió tenazmente a la conquista española. Era muy altivo, belicoso y atrevido, y tenía raras dotes militares, como lo demostró defendiéndose y fortificándose con sus tropas en la isla de Duitama, llanura rodeada de pantanos donde no podía obrar la caballería española.
Estando el capitán San Martín en el pueblo de Iza, llegó a su campamento un indio con la cara, brazos y cuerpo bañados en sangre; traía recién cortadas la mano izquierda y ambas orejas, colgado todo de los cabellos. Contó que venía de Tundama, donde habiendo llegado la fama de los valerosos hechos de los hijos del Sol, él, como viejo experimentado, había aconsejado al cacique que les saliera de paz con algunos presentes, como era de costumbre. Ofendido el tirano lo reprendió severamente y con crueldad lo hizo mutilar, diciéndole que fuera a decir a los suachies que llegaran, que los pondría de esa suerte a ellos y a los que los siguieran.

Ni aun de los caballos, que tanto espanto producían entre los indios, tuvo miedo, pues entre recados amenazantes que enviaba a los españoles, les hacía decir que esperaba hacer paveses de los cueros de sus caballos, y de los dientes de los hombres cuentas para sus mujeres.

Vencido el tundama después de larga y porfiada resistencia en el pantano de Duitama, luchó aún algún tiempo, "inclinando al fin su cuello siempre libre, al yugo de perpetuo vasallaje." Pagando un día el tributo, que entonces se daba en oro labrado, Baltasar Maldonado remachaba las joyas a martillo para fundirlas. Preguntado por qué no traía bastante cantidad de oro, el tundama, disgustado, respondió con algún desabrimiento. Encendido en cólera el jefe español, levantó el martillo y lo hirió de muerte, quebrantándole la cabeza. Maldonado, que era valiente entre los valientes, deploró toda su vida su criminal arrebato de cólera. Por pena de este delito y de otros castigos excesivos lo privó Miguel Díaz de Armendáriz de los repartimientos que tenía. Apeló de la sentencia ante el licenciado Pedro de la Gasca, que gobernaba en el Perú, y éste lo dio por libre y lo restableció en sus bienes y honores.
La suerte final de los últimos príncipes que llevaron el título de zipa, de zaque y de tundama, no fue menos desgraciada que la de sus inmediatos antecesores.

Por la muerte de Tisquesusa usurpó el trono de los zipas su sobrino y capitán general Saquesaxigua, atropellando los derechos que a él tenía el cacique de Chía. Era el más hábil general del ejército de Bacatá, astuto, liberal, de presencia agradable, muy respetado, y acostumbrado, como su tío, a ejercer despóticamente la autoridad. Empezó por hacer guerra tenaz a los españoles, inquietándolos con asaltos continuos. Dos insignes caballeros de sangre real, Cuximinpaba y Cuxinimegua, le hacían oposición, murmurando abiertamente de él. Temeroso de perder el poder, determinó hacer la paz con los españoles. Púsose en camino acompañado de la gente principal de la corte, con muchos criados cargados de regalos consistentes en finas mantas, ricas joyas de oro y esmeraldas. Siguieron adelante los mensajeros a anunciar su venida al licenciado, quien los recibió con agrado y envió a su encuentro algunos de sus principales capitanes. Fue muy cordial la recepción, túvose por magnífico el presente "que fue de las ganancias crecimiento," y el zipa dio vasallaje y obediencia al rey de las Españas, en las manos de Jiménez de Quesada. Poco después atacaron a los Panches las fuerzas unidas de los dos jefes amigos, y les dieron sangrienta batalla.

Con este triunfo creyó Saquesaxigua llegar al colmo de la prosperidad y reducir a sus rivales a la impotencia. No sospechaba en medio de las fiestas que le dieron sus súbditos en Bojacá, que muy pronto se le condenaría a un fin afrentoso. Acercóse Cuximinpaba con mucha cautela a Hernán Pérez de Quesada, y le aseguró que Saquesaxigua era usurpador, cosa que los españoles ignoraban, y que además se había hecho dueño del tesoro del bacatá. Hernán Pérez firmó con algunos de sus compañeros de armas, tan codiciosos como él, un escrito dirigido a su hermano el licenciado, en el que le pedía que lo mandara prender y reducir a prisión hasta que entregara las riquezas de su rebelde predecesor.

Quesada hizo conducir al zipa preso a Bogotá, e intentó persuadirle a que entregara los tesoros que tenía escondidos, que no eran de él sino del rebelde Tisquesusa, para que gozara de su libertad y conservara el poder sin que nadie pudiese arrebatárselo. Ofreció Saquesaxigua entregar todo el oro que tuviera, siempre que se le dieran cuarenta días de término para recogerlo pues alegó que lo tenía repartido entre varias de sus gentes. Convínose en ello, y entonces llamó a algunos vasallos de toda su confianza y les dio órdenes secretas. Cada día traían una carga de joyas y láminas de oro envueltas en una manta, las que producían muy agradable sonido metálico para los oídos españoles. Treinta y seis indios cubiertos de galanas telas acompañaban al que llevaba la carga. Pasaban por el aposento del zipa a otro cuarto, donde había instado a los hijos del Sol que no mirasen hasta el último día; caía la carga al suelo con sonoro golpe, y luego cada indio echaba disimuladamente parte de las joyas en una mochila que tenía oculta bajo la manta. Transcurrieron los cuarenta días sin que el infortunado príncipe hubiese hallado ocasión de fugarse, que era lo que intentaba. Entraron los españoles llenos de alborozo al cuarto donde esperaban hallar depositadas grandes riquezas. Mudos de cólera salieron de allí, y llenos de asombro de burla tan cruel. Quesada no pudo contener su indignación, y mandó poner en duras prisiones al autor del engaño, no sin amenazarlo y hacerle dar algunos palos.

El zipa, que era muy astuto, logró convencer al licenciado de que los de la burla habían sido sus dos mortales enemigos: Quiximinpaba y Quixinimegua; que eran ellos quienes se habían puesto de acuerdo con los indios que acompañaban la carga de joyas de oro para que la sacaran otra vez repartida. Prendidos los dos usaques inocentes, fueron puestos en tormento. Nada pudieron revelar respecto de la existencia del tesoro, y sin más prueba que la acusación de su rival, fueron condenados al suplicio de la horca.

Requirió Hernán Pérez a su hermano para que se averiguase de Saquesaxigua por medio del tormento lo que con los halagos había ocultado hasta entonces. Después de haber seguido proceso, que duró muchos días; fue sometido al tormento de tracto de cuerda. Ejecutábase este castigo atando a la víctima las manos por detrás, y colgándola por ellas de una cuerda que pasaba por una garrucha, con la cual la levantaban en alto y después la dejaban caer de golpe, sin que llegase al suelo.
"Le dieren tres tractos de cuerda la primera vez, y después quando se le reiteró el tormento otros tres; y aunque en ellos siempre prometía de dar el oro, nunca lo dio. Desde a un mes, como era hombre delicado y se veía afligido con la prisión y tristeza, murió."

¡Mancha indeleble dejó la muerte cruel del último zipa en la simpática memoria del conquistador de los Chibchas! Olvidó la mansedumbre y la templanza que inspiraban sus actos. "Quien leyere este suceso en el Compendio historial que escribió el mismo Adelantado, tendrá bien que lamentarse del sentimiento y dolor con que confiesa haber cooperado a la injusticia con el fin de complacer a su gente, de suerte que la obligase a informar con tanto aplauso de sus hazañas que por ellas consiguiese el gobierno perpetuo del Nuevo Reino."

Al zaque Quemuenchatocha sucedió su sobrino Aquiminzaque en el gobierno nominal de los hunsas, pues los españoles disponían del poder. Convirtióse muy de veras al Catolicismo hacia 1541. Dispuso casarse conforme a los ritos de la Iglesia con una hija del elector de Gámeza. Invitó a la ciudad de Tunja a los caciques que le estaban sometidos, y a numerosos amigos. Inmenso concurso de indios llenó la ciudad.

Alarmáronse Hernán Pérez y sus compañeros, entre quienes se hallaban algunos de los que vinieron con Federmán y Belalcázar de Venezuela y de Quito acostumbrados a tener en poco la vida de los indios. Hablóse de gran peligro, de levantamiento general, y muchos lograron convencer a Hernán Pérez de que era preciso hacer un castigo ejemplar quitando la vida al zaque y a los principales caciques, y aunque otros hablaban en favor de ellos, hizo reducir a prisión a Aquiminzaque, los caciques de Toca, Motavita, Samacá, Turmequé, Boyacá y Suta y otros señores y capitanes. Todos fueron condenados a ser degollados en la plaza pública como traidores.

Tenía el zaque veintidós años de edad, estaba dotado de clara inteligencia y de un exterior agradable. Respondió con entereza de rey al escribano que le leyó la sentencia: "Decid al capitán mayor que de más a más le debo este beneficio que hoy me hace de quitarme la vida, y que pues me hizo cristiano cuando me quitó este reino temporal, no me apresure tanto la muerte, que por su culpa pierda el eterno." Fue sacado de la prisión en una mula enlutada, y en el lugar del suplicio hizo profesión de la fe católica y se puso a merced del verdugo.

Siguió Hernán Pérez acompañado de su hermano Francisco a la jornada del Dorado. A su regreso los sometió a juicio D. Alonso Luis de Lugo, y fueron desterrados lejos de las Indias.

Regresaban más tarde a Cartagena, y hallándose a bordo de una nave pronta a zarpar en el cabo de la Vela, se nubló el cielo, cruzaron la atmósfera relámpagos y rayos, y uno de estos mató a los dos Quesadas, sentados frente a frente en una mesa de juego.

Al desgraciado Tundama muerto por Baltasar Maldonado sucedió su sobrino, a quien bautizó con el nombre de Juan el primer Arzobispo del Nuevo Reino, Fray Juan de los Barrios. El infame oidor de la Audiencia Andrés Cortés de Mesa usó de excesivo rigor con él para que le dijese dónde tenía oculto su tesoro. Hízolo pasear desnudo las calles ocupadas por sus vasallos, con las manos atadas atrás y soga puesta al cuello. Fue tal el sentimiento que causó esta afrenta al cacique, que se ahorcó dentro de su casa. Poco después fue condenado Cortés de Mesa a la pena de degüello, que sufrió en Bogotá por este delito y por haber dado alevosa muerte a Juan de los Ríos.

Terminada la conquista después de haber vencido la tenaz resistencia de algunos caciques que se retiraron con sus vasallos, sus familias y sus haberes a peñones de difícil acceso, quedaron incorporados los Chibchas en la extensa nación que se formó pocos años después con el nombre de Nuevo Reino de Granada. Ningún otro de los primitivos pueblos que ocupaban su territorio logró resistir mejor que él a las causas de destrucción, inherentes a la conquista. No se vio sometido al duro trabajo de las minas, ni a las faenas de la navegación. Jamás se rebeló contra el yugo que le impusieron los hijos del Sol. Pasó los tres siglos de la colonia labrando la tierra que le dio siempre el sustento. Sirvió en los ejércitos de los patriotas que consumaron la obra de nuestra Independencia nacional, con abnegación y valor.

Con absoluta imparcialidad hemos pintado las virtudes y los vicios de los Chibchas. Sus descendientes son hoy ciudadanos libres y forman un elemento esencial de la Nación, elemento de trabajo, de fuerza y de orden, pues ni germina entre ellos el espíritu de rebelión, ni conocen la envidia que engendran las rivalidades de raza. Sirven en el ejército como soldados disciplinados; son sumisos a las autoridades, sufridos y valerosos, y se ocupan en trabajos agrícolas.

Harán muy bien nuestros gobiernos si procuran levantar el nivel intelectual y moral de los descendientes de los primitivos habitantes del centro de la República; las felices cualidades que los distinguieron siempre, son del número de aquellas que contribuyen más a la conservación del bien inestimable de la paz nacional.

Capítulo I | Capítulo II | Capítulo III | Capítulo IV | Capítulo V | Capítulo VI | Capítulo VII | Capítulo VIII | Capítulo IX | Capítulo X | Capítulo XI | Capítulo XII | Capítulo XIII | Capítulo XIV | Capítulo XV | Capítulo XVI | Capítulo XVII | Capítulo XVIII | Capítulo XIX


 


 Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato.
Actualmente hay 266 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com
 
Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (cc) 1996 - 2011
Contenidos distribuidos bajo una
Licencia de Creative Commons.
Licensia de Creative Commons